Rumbo a la frontera: ejemplo perfecto de «eso-idad»
La frontera con México es el filo del mundo conocido. Más allá, solo sombras y peligro, figuras al acecho: enemigos hambrientos, criminales, fanáticos; depredadores de colmillos afilados, turba malévola e ingobernable que se abalanza ansiosa sobre el viajero desprevenido. Los policías federales, armados hasta los dientes, son entes diabólicos: pasan de un momento a otro de la obstinación huraña a la furia congestionada a voz en grito. Luego te extorsionan, como hicieron conmigo.
¡Manda abogados, pistolas y dinero! ¡No vayas! ¡Te vas a morir!
Pero espera, un poco más abajo, en el México de los altos sombreros flexibles abombados, la música de mariachi, las trompetas quejumbrosas, las sonrisas que muestran los dientes, están los lugares más salubres y seguros: puedes ir en avión y quedarte una semana, emborracharte hasta las chanclas con tequila, caer enfermo con una diarrea aguda y volver a casa con un poncho tejido o un cráneo de cerámica pintado a mano. Hay también, aquí y allá, vertederos de jubilados estadounidenses: un tutifruti de gringos entrecanos en asentamientos permanentes en la costa o en comunidades valladas y colonias artísticas tierra adentro.
Ah, y los potentados y petrócratas de la Ciudad de México, treinta multimillonarios, entre ellos el séptimo hombre más rico del mundo, Carlos Slim, que en conjunto poseen más dinero que todos los otros mexicanos juntos. Sin embargo, los campesinos de ciertos estados del sur de México, como Oaxaca y Chiapas, son más pobres, desde el punto de vista de sus ingresos personales, que sus homólogos en Kenia o Bangladés; languidecen con aires de melancolía estancada en laderas pelonas, pero con arrebatos estacionales de fantásticas mascaradas que aligeran los rigores y estupefacciones de la vida pueblerina. Las víctimas de la hambruna, los forajidos y los voluptuosos ocupan más o menos el mismo espacio, ese extenso paisaje mexicano: miserable y suntuoso, primario y majestuoso.
Incluso cerca de la frontera norte, inmensos asentamientos estacionales de letárgicos canadienses quemados por el sol y remanentes de quince colonias de mormones polígamos que huyeron de Utah a México para mantener grandes harenes de dóciles esposas con gorritos, brillantes de sudor en el desierto de Chihuahua, vestidas con las requeridas capas de ropa interior que llaman «prendas del templo». Además, grupos aislados de menonitas de la vieja colonia que hablan bajo alemán en zonas rurales de Chihuahua, como Ciudad Cuauhtémoc, y Zacatecas, arreando vacas y exprimiendo leche de su propio ganado para producir un queso semisuave, chihuahua o menonita, derretible y mantecoso, sabrosísimo en los varéniques o en bolitas de pan.
Baja California es fanfarrona y pobre, la frontera es propiedad de los cárteles y de ratas fronterizas de ambos lados; al estado de Guerrero lo gobiernan bandas de narcos; Chiapas está dominada por zapatistas idealistas enmascarados y, en los márgenes de México, los spring-breakers, los surfistas, los mochileros, los jubilados irascibles, los recién casados, los desertores, los fugitivos, los traficantes de armas, los cerdos y fisgones de la CIA, los lavadores de dinero y, mírenlo allá en su carro, el gringo viejo manejando con ojos entrecerrados pensando: México no es un país: México es todo un mundo, demasiado grande para ser del todo inteligible, pero tan diferente de un estado a otro, con una extrema independencia de cultura, temperamento y cocina, y con todos los demás aspectos de la peculiar mexicanidad, ejemplo perfecto de «eso-idad».
Ese gringo viejo era yo. Iba manejando hacia el sur en mi propio carro bajo el sol mexicano por la carretera recta y en pendiente que atraviesa los escasamente poblados valles de la Sierra Madre Oriental: la escarpada columna vertebral de México es toda montañosa. Los valles, espaciosos y austeros, estaban sembrados de yucas, la Yucca filifera a la que los mexicanos le dicen palma china. Me salí de la carretera para verlas de cerca y escribí en mi cuaderno: No sé explicar por qué, en las millas vacías de estos caminos, me siento joven.
En eso me pareció ver una delgada rama temblorosa, en el suelo bajo la yuca, como sedimento. Se movía. Era una culebra, una madeja de escamas relucientes. Empezó a contraerse y replegarse; su suave y angosto cuerpo latía en la perístole de la amenaza, parduzca, como la grava y el polvo. Retrocedí, pero ella siguió convirtiéndose lentamente en una espiral. Más tarde supe que no era venenosa. No era una serpiente emplumada ni la piafante víbora de cascabel siendo devorada por el águila de ojos desorbitados en el vívido escudo de la bandera nacional mexicana. Era una chirrionera, tan abundante en esta llanura como las serpientes de cascabel, de las que México tiene veintiséis especies, por no mencionar la coralillo, la culebrilla ciega de las macetas, la culebra ratonera, el crótalo, la serpiente de jardín tamaño lombriz o la boa constrictora de tres metros de largo que habitan en otros lugares del país.
La dicha del camino que se despliega frente a uno: una dicha rayana en euforia. «A nuestras espaldas quedaba América entera y todo lo que Dean y yo habíamos conocido previamente de la vida en general, y de la vida en la carretera —escribe Kerouac sobre su llegada a México en su libro En el camino—. Al fin habíamos encontrado la tierra mágica al final de la carretera y nunca nos habíamos imaginado hasta dónde llegaba esta magia».
Pero al seguir avanzando, mientras reflexionaba sobre los viejos troncos torcidos de las yucas y sus coronas globulares de hojas puntiagudas como espadas («Las hojas están erectas cuando son jóvenes pero se arquean al envejecer», escribe un botánico, pareciendo sugerir una imagen chapada a la antigua), cada una un palo solitario de la familia de los espárragos, y en efecto parece una lanza suculenta que se hinchó para convertirse en una palmera del desierto clavada en la arena, tenaz, aunque al crecer se vaya curvando. También pienso que ha sido un verano difícil. Inadvertido, rechazado, desairado, pasado por alto, dado por sentado, menospreciado, digno de burla, un poco risible, estereotípico, carente de interés, parasitario, invisible a los jóvenes, el anciano en los Estados Unidos, y el hombre y escritor que soy, se parece mucho a la yuca, al mexicano. Tenemos todo eso en común, la acusación de senectud y superfluidad.
Puedo identificarme, pues. Pero irme de mi país para venir a México en un momento en que me siento particularmente omitido y debilitado en lo que a mi condición se refiere no es triste ni lamentable. Así es la vida. Mi estado de ánimo es triunfal, listo para un largo viaje, escabulléndome sin decirle a nadie, bastante seguro de que nadie se dará cuenta de que me he ido.
Nuevamente como el mexicano despreciado, la persona a la que siempre le recuerdan que no es bienvenida, a la que nunca nadie extraña. Tiene toda mi compasión. Soy esta yuca de pelo alborotado y espalda torcida; también soy (aunque viajo en la otra dirección) un migrante sospechoso. Pienso: Yo soy tú.
Un gringo en su dégringolade
En la opinión dicha al pasar de casi todos los estadounidenses, soy un anciano; alguien, por lo tanto, que importa poco, ya no está en su mejor momento y se va apagando en patético diminuendo mientras ostenta su credencial de jubilado. Como en general los viejos son vistos en los Estados Unidos: alguien invisible, o bien alguien a quien más que respetar hay que desoír; pronto se habrá ido y quedará en el olvido; un gringo en su dégringolade, en descenso.
Como es natural, esto me resulta insultante, pero por orgullo disimulo mi indignación. Mi obra es mi respuesta, mi viaje es mi rebeldía. Pienso en mí a la manera mexicana, no como un anciano sino como la mayoría de los mexicanos consideran a los mayores: un hombre de juicio. No un ruco agotado a quien pasar por alto y tratar con condescendencia, sino alguien a quien se le debe el respeto que tradicionalmente se da a los mayores, alguien de la tercera edad (por usar el eufemismo mexicano), a quien podría llamarse don Pablo o tío por deferencia. De los jóvenes mexicanos se espera, por costumbre, que cedan su asiento a la gente mayor. Conocen el dicho «Más sabe el diablo por viejo que por diablo». El modo estadounidense, en cambio, es «Hazte a un lado, viejo, y abre paso a los jóvenes».
Como alguien a quien podría llamarse un antiguo navegante, quiero agarrar a los escépticos con mi mano flacucha, mirarlos fijamente a los ojos y decirles: «He ido a un lugar en el que ninguno de ustedes ha estado jamás y adonde ninguno de ustedes podrá nunca ir. Es el pasado. Pasé varias décadas ahí y puedo decirles que no tienen ni la menor idea».
En mi primer viaje largo (a África central, hace cincuenta y cinco años) me tonificaba la idea de ser un extranjero en tierras extrañas: lejos de casa, con un nuevo idioma que aprender, comprometido a estar dos años desconectado, dando clases a alumnos descalzos en el monte. Iba a quedarme seis años en África, aprendiendo a ser fuereño. Mi siguiente trabajo docente fue en Singapur, y cuando este terminó, al cabo de tres años, abandoné el empleo asalariado y me convertí en residente de Gran Bretaña, donde por diecisiete años llevé conmigo el obligatorio documento de identidad para extranjeros.
En parte por apasionada curiosidad y en parte para ganarme la vida, seguí viajando. Los viajes riesgosos que hice a los treinta o cuarenta y tantos, lanzándome a lo desconocido, hoy me dejan estupefacto. Pasé un invierno en Siberia. Fui por tierra a la Patagonia. En China no sé cuántos trenes traqueteantes tomé y me fui en carro al Tíbet. Cumplí cincuenta paleando en mi kayak a solas por el Pacífico, amenazado por los isleños, zarandeado por las olas, desviado por un fuerte viento de la Isla de Pascua. Incluso haber ido de El Cairo a Ciudad del Cabo en 2001 con escala en Johannesburgo para mi cumpleaños sesenta parece ya un viaje irrepetible, al menos para mí, cuando recuerdo que un forajido me disparó en el desierto de Kaisut, cerca de Marsabit, y que en Johannesburgo me robaron la mochila y todas mis pertenencias. Una década después, en una excursión africana para escribir la secuela de un libro, continuando en Ciudad del Cabo en dirección a la frontera del Congo, cumplí setenta en el desierto del Kalahari y me defendí de los patanes en el hedor y la miseria del norte de Angola. Todos estos viajes, diez, se volvieron libros.
«Escribe la historia de un contemporáneo que se haya curado del desamor contemplando largamente un paisaje», escribió Camus en sus Carnets. Acatando el consejo (que para mí siempre ha sido un mantra) en un momento en el que creía estar harto de las largas travesías, me subí al carro y emprendí un viaje de dos años por las carreteras secundarias del Sur profundo con un libro en mente. Rejuvenecí, en el sentido estricto de la palabra; andar en el carro sin rumbo fijo me hizo sentir joven otra vez.
En aquellos años, viajando por el sur, di un rodeo y atravesé por primera vez la frontera con México, en Nogales. Fue una epifanía viajera que me despertó a un nuevo mundo. Me asombró cómo, tras pasar por un torniquete de la valla de hierro de casi diez metros de alto, al cabo de pocos segundos me encontraba ya en un país extranjero: el olor y el chisporroteo de la comida callejera, el rasgueo de las guitarras, las bromas de los vendedores ambulantes.
«Justo al otro lado de la calle empezaba México —escribe Kerouac—. Miramos maravillados. Para nuestro asombro, era exactamente igual a México».
En aquel entonces conocí a unos migrantes, mexicanos resueltos a pasarse al otro lado y otros que habían sido deportados; en esa visita vi a una mujer de mediana edad rezar frente a su plato de comida en un refugio para migrantes, el Comedor de la Iniciativa Kino para la Frontera. Era zapoteca, de una aldea montañosa del estado de Oaxaca; decidida a entrar a los Estados Unidos y (según decía) convertirse en camarera en algún hotel y poder mandar dinero para su pobre familia, había dejado a sus tres hijos pequeños con su madre. Sin embargo, se había perdido en el desierto; la Border Patrol, al descubrirla, la detuvo, le dio una paliza y la botó en Nogales. La imagen de ella rezando se me quedó en la mente y reforzó mi resolución: en mi viaje, cada vez que tuviera dificultades o me sintiera débil, pensaría en esta valerosa mujer y seguiría adelante.
Conocer los riesgos que tomaban los migrantes me daba ánimo. Como no oía sobre los mexicanos más que opiniones ignorantes, tanto de los más altos cargos en los Estados Unidos como de los borrachines y xenófobos comunes y corrientes (estos últimos, quizá desinhibidos con ayuda de su prejuicioso líder), decidí hacer un viaje a México. Estudié el mapa. Mi único prestigio era mi edad, pero en un país donde se respeta a los mayores, eso era suficiente. Más que suficiente.
Otra consideración fundamental relacionada con mi edad: ¿cuánto tiempo podría manejar yo solo en mi carro largas distancias por los desiertos, ciudades y montañas de México? Después de los setenta y seis tienes que renovar la licencia cada dos años. Si la siguiente vez reprobaba la prueba de la vista, nunca más podría volver a conducir un auto. El hecho de saber que tenía un tiempo limitado y mi licencia fecha de caducidad, me espoleó. Mi carro me había dado un buen servicio en el sur. Consideré, entonces, hacer un viaje improvisado por carretera a lo largo de la frontera con México para luego atravesar el país desde la frontera hasta Chiapas, con un entusiasmo como el que sentía de joven.
Tenía en mente un libro sobre México, pero hay cientos de buenos libros sobre México escritos por extranjeros. Uno de los primeros es de un inglés, Job Hortop, que era tripulante de un barco de esclavos, además de haber sido él mismo galeote por doce años en barcos españoles. Escribió sobre México y su propio calvario en The rare travels of an Englishman who was not heard of in three-and-twenty years’ space [Los raros viajes de un inglés del que no se supo nada en el lapso de veintitrés años] en 1591, que fue incluido en los Voyages de Hakluyt. El primer informe exhaustivo sobre México en lengua inglesa apareció como cincuenta años más tarde, escrito por otro inglés, Thomas Gage, que llegó como fraile dominico a Veracruz en 1625.* El libro de viajes de Gage sobre las maravillas de la Nueva España apareció en 1648. Una importante obra de mediados del siglo XIX fue el pormenorizado epistolario La vida en México (1843), de la escocesa Fanny Erskine Inglis, conocida como Madame Calderón de la Barca por su apellido de casada (con el ministro plenipotenciario de España en México, así que tenía acceso a todas partes y era por lo general indiscreta). Otra obra perdurable y perspicaz sobre viajes por México (y que alaba el libro de Fanny) es Viva Mexico!, de Charles Macomb Flandrau, publicado hace más de cien años.
Y Stephen Crane, D. H. Lawrence, Evelyn Waugh, Malcolm Lowry, John Dos Passos, Aldous Huxley, B. Traven, Jack Kerouac, Katherine Anne Porter, John Steinbeck, Leonora Carrington, Sybille Bedford, William Burroughs, Saul Bellow, Harriet Doerr y más. La lista es larga. Han visitado México escritores eminentes, y aunque todos ven algo diferente, el país invariablemente representa para ellos lo exótico, lo colorido, lo primitivo, lo incognoscible. Un déficit común de estos autores es su comprensión exigua del español.
En su corto viaje (cinco semanas) a México en 1938, Graham Greene no pronunció una palabra de español. Su Caminos sin ley recibió loas de algunos críticos, pero es un libro que busca culpables, malhumorado, sombrío, exagerado y desdeñoso de México. Viajó por Tabasco y Chiapas en una época en que la Iglesia católica estaba bajo asedio del gobierno (que en otras partes del país estaba en guerra contra los cristeros, fuertemente armados).
Greene, que se había convertido al catolicismo, tomó la represión religiosa como afrenta personal. «Detesté México», escribe en algún punto, y más adelante: «Cómo llega uno a odiar a esa gente». De nuevo: «Nunca he estado en un país donde estés tan consciente del odio todo el tiempo». De unos campesinos rezando (probablemente indígenas tzotziles) dice que tienen «rostros de cavernícola» y cuenta que tuvo que padecer «comidas indescriptibles». Hacia el final del libro menciona el «odio casi patológico que empecé a sentir por México». Y, con todo, ese viaje por el país inspiró una de sus mejores novelas, El poder y la gloria.
Somerset Maugham visitó México enviado por una revista en 1924, al mismo tiempo que D. H. Lawrence, con quien se peleó. Más adelante escribió algunos deprimentes relatos cortos inspirados en México, pero no un libro entero. Cuando Frieda Lawrence le preguntó qué pensaba del país, Maugham dijo: «¿Quieres que admire a hombres con grandes sombreros?».
El odio o desprecio por México es un tema en el oscuro y rencoroso libro de viajes de Evelyn Waugh, Robo al amparo de la ley, y en el más conocido Más allá del Golfo de México, de Aldous Huxley. Waugh: «Cada año [México] se vuelve más hambriento, perverso y desesperado». Huxley: «El crepúsculo, cuando llegaba, era un asunto vulgar» y «Bajo chales muy cerrados, se percibe el resplandor reptiliano de los ojos indígenas».
Siguen apareciendo libros sobre México, muchos de ellos excelentes: sobre los cárteles de las drogas, las estupendas ruinas, la frontera, el salvaje narcotráfico, arte y cultura mexicanas, la comida, la política, la economía, obras para familiarizarse con el país, libros ilustrados, guías de hoteles y centros vacacionales en la playa, manuales de consejos prácticos para futuros jubilados, guías de surfing, libros para excursionistas y campistas, libros que adornan el país y otros persecutorios y llenos de advertencias, como la útil guía de 2012 Don’t Go There. It’s Not Safe. You’ll Die, and Other More Rational Advice for Overlanding Mexico and Central America [No vayas. Es peligroso. Te vas a morir… Y otros consejos más racionales para viajar por México y Centroamérica].
Por amargados que fueran los escritores extranjeros, ninguno es más hostil hacia México que los mismos mexicanos. Carlos Fuentes (el escritor mexicano más famoso entre los no mexicanos) discrepaba tanto de sus colegas y recibía de ellos tantos insultos que se mudó a París. Otros escritores mexicanos buscan rutinariamente trabajo en universidades estadounidenses o se expatrian a otras tierras. Se entiende: el dinero es algo a tener en consideración. Hay un largo y amargo estante de obras lamentables, representado por el voluminoso compendio informativo La ira de México. Siete voces contra la impunidad. Las reflexiones de Octavio Paz sobre la muerte y la soledad, las máscaras y la historia, El laberinto de la soledad, es despiadado, pero es también uno de los libros más perspicaces que haya leído sobre las actitudes y creencias de los mexicanos (un amigo mexicano cuyas opiniones respeto discrepa: «No —dice—, es una trama de estereotipos»).
Pero no he encontrado a ningún viajero o comentarista, extranjero o mexicano, que haya podido sintetizar México, y quizá esa ambición es una iniciativa inútil y anticuada. El país escapa a toda generalización o resumen; es demasiado grande y complejo, demasiado diverso en su geografía y cultura, demasiado desordenado y multilingüe (el gobierno mexicano reconoce sesenta y ocho lenguas distintas y trescientos cincuenta dialectos). Algunos escritores han tratado de ser exhaustivos. En su vejez (tenía setenta años pero seguía dispuesta a viajar), Rebecca West empezó a reunir notas para un libro sobre México que esperaba que fuera tan enciclopédico como su vívida crónica de cuatrocientas mil palabras sobre Yugoslavia: Cordero negro, halcón gris. Aunque abandonó el proyecto, las partes que llegó a escribir, reconstruidas y publicadas póstumamente con el título de Survivors in Mexico [Sobrevivientes en México], son esclarecedoras y por momentos vehementes y perspicaces.
Algo que todos los libros sobre el país insinúan es que, aunque los europeos emigran con éxito a México y se vuelven mexicanos, ningún estadounidense puede lograrlo: el gringo será siempre, incorregiblemente, un gringo. Esto en la práctica no es un apuro sino que representa una liberación. Considérese esa clase de chacoteo ritualizado que los antropólogos sociales denominan «relación de broma». Este tonteo se practica en México con un alto grado de refinamiento. Los mexicanos, para permitirles a los gringos la singularidad de ser ellos mismos, intercambian con ellos insultos alegres para subrayar las diferencias, usando el humor de la irreverencia privilegiada para evitar el conflicto. O, en palabras del antropólogo A. R. Radcliffe-Brown (quien definió esta interacción social): «una relación de dos personas en la que, por costumbre, a una se le permite, y en ocasiones se le exige, tomarle el pelo a la otra y reírse de ella, a quien a la vez se le exige no ofenderse».
Debido a la generosidad mexicana y al buen humor de una cultura que valora las formas, sobre todo las formas que rigen las burlas jocosas, un estadounidense que acepta el papel de gringo se licencia en gringoísmo. A un gringo que no abusa de ese estatus se le concede la libertad de ser diferente. Casi todo el tiempo los mexicanos usan la palabra gringo sin mucha malicia (gabacho es la palabra despectiva en México para los gringos; en España es una manera de menospreciar a un francés). Y así, la tradición de los gringos que encuentran refugio en México viene de lejos, y hay en todo el país, sobre todo ahora, comunidades permanentes de gringos, jubilados y escapistas que no tienen intención de volver a su patria, a los que les resulta muy fácil aparecerse por ahí y quedarse varios años. Esta hospitalidad mexicana con los gringos contrasta irónicamente con la actual ubicuidad de los mexicanos satanizados y cercados, a los que se considera sospechosos, se les cuelga el sambenito de indeseables y no son bienvenidos en los Estados Unidos.
Paradojas palmarias como esas, y la repetición de los estereotipos, también me motivaron a hacer este viaje, esperando llegar a conocer mejor el país extranjero al otro lado de la alta valla al final del camino. Otro factor era mi preocupación por el hecho de que mis días de manejar estuvieran contados, por mi vida de escritor en punto muerto, por el recordatorio constante de mi vejez… Sabía que un viaje por carretera me levantaría el ánimo, me liberaría de la inútil obsesión por el autoanálisis y provocaría en mí (como dice el escritor inglés Henry Green en Pack My Bag) «ese dichoso estado en el que de ahí en adelante deja de importarte un carajo».
Lo que pensaba hacer era una excursión de un extremo de México al otro, lo opuesto de la ruina, del dégringolade; más bien un salto al vacío, alejarme de casa, atravesar la frontera y seguir manejando hasta quedarme sin carretera. El más desenfadado viaje a México se convierte en algo serio… o peligroso, trágico, riesgoso, esclarecedor, que en ocasiones te destroza el intestino, y en mi caso fue todo eso.
Pero apenas me había sentado tras el volante me acometió la sensación de que un viento cósmico me acariciaba y me recordó lo que los mejores viajes pueden hacerle a uno: quedé en libertad.
«¡No vayas! ¡Te vas a morir!»
Me tomó cuatro días y medio manejar de Cabo Cod a la frontera. En un impulso súbito, había salido de mi casa a toda prisa a media tarde el día anterior al que planeaba partir, tras vaciar impacientemente en una caja todo el contenido del refrigerador y meterla en el coche para ir comiendo en el camino. Llegué a Nyzck, Nueva York, al anochecer. Al día siguiente anduve mil kilómetros de paisaje otoñal por Dixieland, por la tristeza de las escenas sureñas, con la melancolía de ser pasado por alto, pero que a mí me resultaba familiar, como la cara de un viejo amigo, por los dos años que había pasado manejando por carreteras secundarias para mi libro Deep South. El tercer día, tras un recorrido de ochocientos kilómetros, desemboqué a las afueras de Montgomery, Alabama, donde a altas horas de la noche me preparé unos tallarines en el microondas de la habitación del motel y vi un juego de futbol americano.
Atravesé el abúlico y somnoliento sur rumbo al golfo; pasé por Biloxi, Pascagoula y Nueva Orleans, encharcado por los bayous, hasta Beaumont, Texas, donde todos los hoteles, chicos y grandes, estaban llenos de gente que había perdido su casa en el reciente huracán. Eran los desplazados: jóvenes sin camisa y familias tumbadas en los lobbies, fumadores deliberando en el estacionamiento, no desesperados sino perdidos, patéticos, fatalistas, como refugiados del Día del Juicio, un destello de lo que será el fin del mundo: gente pobre, hambrienta, agachada en moteles abarrotados, sin ningún lugar adonde ir.
Me hospedé más cerca de Houston, en el amplio Winnie (3 254 habitantes), a cierta distancia de la carretera principal, donde me soplé un sermón etílico de un motociclista que había llegado procedente de Billings, Montana.
—¿Que si Billings es bonito? No, vaya que no. ¿Pero dice que va a la frontera? Una vez estuve en Laredo. Me equivoqué de carretera. Cuando vi el letrero de «A México» giré la moto en redondo: di una vuelta en U en un camino de un solo sentido. Al diablo los policías, yo no me acerco a ese maldito lugar. Los mexicanos se robarían mi moto y me pasarían a chingar. Ni loco atravieso esa frontera.
Prácticamente chimuelo, lleno de tatuajes, con pelo grasoso, hombros curvos a fuerza de abrazar el manubrio de la Harley, inclinado en su bestia y bebiendo una cerveza en el estacionamiento del motel, era el hombre de apariencia más correosa que hubiera visto en toda la semana: astuto, entendido en platillos voladores, motosierras y carreteras secundarias, además de familiarizado con los reveses de la vida. Acababa de recoger a su hijo en una cárcel de Montana («Estuvo año y medio: eso lo perseguirá el resto de su vida») y dijo algo que se me quedó dando vueltas en la cabeza: «¿En coche a México? Tienes que estar loco, cabrón. ¡No vayas! ¡Te vas a morir!».
Otra lección: es un error revelar que te apasiona ir a cualquier lado, porque todo mundo te dará diez razones para no ir: quieren que te quedes en casa comiendo pastel de carne y jugando con la computadora, que es lo que ellos están haciendo. Volví a oír ese refrán al día siguiente en Corpus Christi, con la vista borrosa después de tener que manejar por el desierto pasando Victoria y Refugio por haber dado una vuelta equivocada y pedido indicaciones en una gasolinera de McAllen.
Un hombre bizco y robusto, otro machito, aunque sobrio, quiso desalentarme:
—No cruces en Brownsville —dijo a gritos mientras llenaba la bomba de su camión monstruo—. Es más, no cruces en ningún lado. Los cárteles te van a estar observando, te van a seguir. Si bien te va, te dejarán tirado en la carretera y se llevarán tu vehículo. Y si no tienes suerte, te matarán y punto. No te acerques a Mex.
Con todo, mi curiosidad por ver la valla me llevó al Valle de Río Grande, desde donde bajé por Harlingen hasta McAllen, donde manejé por la calle Veintitrés hasta el International Boulevard y la frontera en Hidalgo, donde la cosa era evidente, fea e inequívoca. Marcando el borde de nuestro gran territorio, detrás de un puesto de Whataburger, un mercado de pulgas y una tienda Home Goods, se erguía una fea valla de acero que la mente podría asociar con el cerco de alguna cárcel. Con sus ocho metros de altura, no se parecía a nada que hubiera yo visto en ningún otro país. Un congresista texano había dicho de ella que era «una ineficiente solución del siglo XIV para un problema del siglo XXI», descripción bastante exacta porque, como muro medieval, carente de toda practicidad, no era más que un símbolo de exclusión, fácil de sortear por arriba, trepándose a él, o por abajo, construyendo un túnel. En una era de vigilancia aérea y tecnología de alta seguridad, era la barrera que construiría el herrero con unos fierros anticuados: kilómetros de una vieja fortificación oxidada, ejemplo visible de paranoia nacional.
—Solo están matando a diez personas al día —dijo Jorge («Dígame George»), el mesero del desayuno en el hotel de McAllen, mostrándome su rostro cadavérico.
—Eso fue en Juárez —dije—, pero oí que ahora está más tranquilo por allá.
Las historias de los mexicanos sanguinarios son tan viejas como sus primeros cronistas, como Francisco López de Gómara en su Hispania Victrix (1553), citado por Montaigne en su ensayo «De la moderación», que menciona que «adoraban a muchos dioses» y «les hacían sacrificios de sangre humana». Pero, al igual que muchos comentaristas impresionables de hoy en día, Gómara nunca viajó a México, y toda su información era de segunda mano y cuestionable. Lo mismo puede decirse de Daniel Defoe, quien en Robinson Crusoe (1719) habló de las «atrocidades» de los españoles y de los «bárbaros e idólatras» a los que masacraron en América por tener «la costumbre de realizar rituales salvajes y sangrientos, como el sacrificio de seres humanos a sus dioses». Dice Crusoe: «el nombre español se ha vuelto odioso y terrible».
—Y esa señora que tuvo un accidente —añadió Jorge moviendo el dedo índice— porque cayó en su carro el cadáver que estaba colgado de un puente.
—Fue en Tijuana —observé con suficiencia—, y hace mucho tiempo.
—Aquellos cuarenta y tres estudiantes secuestrados y asesinados en Guerrero.
—Entiendo lo que me quiere decir, George.
—Tome un avión. No vaya en carro.
—Voy a cruzar. Ese es mi plan.
—Pero ¿por qué en carro?
—Por muchas razones.
—Mucha suerte, señor.
«Sin terror no hay negocio»
Interpreté la advertencia de Jorge como el convencional «Ten cuidado», fórmula que se dirige a todos los viajeros a la hora de su partida, palabras que a mí normalmente me suenan vacías, resentidas y envidiosas, la clase de precaución que al flojo taciturno y hogareño le dará permiso de decir en algún momento, mucho tiempo después, «¿Ves?, ¡te lo dije!».
«Me vale madre», le dije con esa grosera manera mexicana de indicar que no me importaba, cosa que lo hizo reír y luego rezongar y sacudir la cabeza. Supuso que yo era un imprudente.
Y tenía razón, porque en verdad no sabía nada, o acaso muy poco, del caos imperante en ese país. Mucha gente había muerto por la violencia de los cárteles, eso todo mundo lo sabía, pero los hechos brutales y las singularidades se me escapaban. O quizá yo les había hecho caso omiso para no permitirme desistir de mi viaje. Ahora escribo en retrospectiva. La simple y llana estadística, por ejemplo, nos dice que más de doscientas mil personas han sido asesinadas o han desaparecido desde diciembre de 2006, cuando el gobierno de México declaró la guerra contra el crimen organizado. A principios de 2017, cuando emprendí mi viaje, no sabía que en los primeros meses de ese año hubo en México 17 063 asesinatos y que Ciudad Juárez había registrado un promedio de uno diario: más de trescientos en el momento de mi partida, porque los cárteles de Juárez y Sinaloa estaban compitiendo por el dominio de la ciudad, en una lucha interna por el control del comercio de drogas. A fines de 2017 México había registrado 29 168 asesinatos, en su mayoría relacionados con los cárteles.
Y en Reynosa, pasandito la frontera desde McAllen, Texas, donde, ajeno a todo esto, me estaba quedando, la violencia era crónica. Las calles eran peligrosas por el fuego cruzado de súbitas escaramuzas sangrientas (secuestros y asesinatos) y una táctica que se había vuelto común, el narcobloqueo, un cierre de carreteras con vehículos interceptados, a los que a veces les prendían fuego, para que sirvieran de barricada con el propósito de proteger a narcos bajo asedio de la policía o el ejército. «Reynosa amanece con narcobloqueos, persecuciones y balaceras» fue titular en el sitio web de Proceso en el momento de otro de mis cruces, pero me perdí el artículo y todo lo que vi en Reynosa fueron controles con policías fuertemente armados y soldados con pasamontañas negros en oscuros camiones blindados en forma de caja.
Reynosa era ahora una de las ciudades más violentas de México debido a un vacío de poder en los cárteles, resultado de que el ejército mexicano hubiera conseguido encontrar y matar a dos cabecillas del Cártel del Golfo: Julián Loisa Salinas (el Comandante Toro) en abril de 2017, y al año siguiente, Humberto Loza Méndez (el Betito), a quien tropas gubernamentales mataron en Reynosa junto con otros tres, lo que dio lugar a mayor caos y más luchas intestinas.
Los Zetas, que empezaron en Reynosa como integrantes del brazo armado del Cártel del Golfo, se inspiraron para formar su propio cártel. Se vanagloriaban de ser despiadados. La mayoría eran desertores de las fuerzas especiales del ejército mexicano que la habían emprendido contra sus oficiales y decidieron aprovechar sus aptitudes para el asesinato con el fin de ganar dinero en serio como sicarios. Esas peleas en las calles de Reynosa provocaron nada menos que cuatrocientas muertes entre mayo de 2017 y enero de 2018, cuando yo andaba cruzando de un lado a otro, dando tumbos a lo largo de las calles laterales y caminos con baches de Reynosa en un carro de llamativas matrículas con la leyenda «Massachusetts: el espíritu de los Estados Unidos».
La fachada de Reynosa me había cautivado: su plaza pintoresca, su bonita iglesia, sus amables comerciantes, sus buenos restaurantes y puestos de tacos y su próspero mercado, la estampa de los colegiales de uniforme cargando sus mochilas. Necesité varias visitas para ver lo que yacía detrás de este convincente despliegue de alegre mexicanidad: las colonias pobres, los narcomenudistas a la espera de clientela cerca de las barriadas y asentamientos irregulares en la orilla de la ciudad, los perros hambrientos ladrando, los bloqueos de carreteras con vehículos blindados uno junto al otro tripulados por soldados de ceño fruncido y rifles de asalto y policías nerviosos pero fuertemente armados, la mayoría con pasamontañas para no ser identificados y evitar que más adelante unos sicarios vengativos fueran a tenderles una emboscada y matarlos.
Las bandas criminales mexicanas reflejan la política mexicana, los estados mexicanos, la geografía mexicana y la textura de la vida mexicana en general: el mundo México. Tienen demasiados aspectos y temperamentos como para que alguien pueda precisarlos. La violencia no es nada más el gobierno contra los cárteles, sino los cárteles peleando entre ellos, lo que se complica con las escisiones ideológicas dentro de un mismo cártel. Ideológicas en un sentido amplio y brutal: el bando dedicado a decapitar se opone al que destripa o amputa manos y pies, o cuelga cuerpos de los faroles o se dedica a intimidar y esclavizar migrantes o a la más reciente táctica de sembrar cadáveres en calles de la ciudad, como cuando los matones de Joaquín Guzmán bajaron de dos camionetas treinta y cinco cadáveres sanguinolentos (doce eran de mujeres) sobre el Boulevard Manuel Ávila Camacho, cerca de un centro comercial de la parte más bonita de la ciudad portuaria de Veracruz, un día de septiembre de 2011, para aterrorizar a los adversarios y mostrarles quién mandaba ahí. La ausencia de autoridad en un solo cártel significaba muchos mafiosos compitiendo por el poder y más violencia que nunca.
Las mutilaciones mandan un mensaje. Una lengua cortada indica que alguien era un soplón, y como dedo es un eufemismo para referirse a los traidores (que señalan con el dedo), al cadáver de un traidor le faltará uno. Es más, como profundiza un patólogo forense en Améxica, de Ed Vulliamy, el libro definitivo sobre los cárteles fronterizos: «Los brazos amputados podrían significar que robaste una parte de tu remesa; las piernas, que trataste de alejarte del cártel». Las decapitaciones son una inequívoca «declaración de poder, una advertencia para todos, como las ejecuciones públicas de antaño».
¿Y por qué hay una competencia tan sangrienta entre los cárteles? Porque un grupo mexicano que se dedique con éxito al comercio de estupefacientes en México puede generar unas utilidades que ascienden a miles de millones de dólares. Los cárteles más emprendedores reinvierten el dinero en infraestructura. Antes de ser detenido por segunda vez, Guzmán, conocido como el Chapo por su corta estatura, dirigía la mayor operación aérea de México: era dueño de más aviones que Aeroméxico, la aerolínea nacional. Entre 2006 y 2015, las autoridades mexicanas confiscaron quinientas noventa y nueve aeronaves (quinientos ochenta y seis aviones y trece helicópteros) del Cártel de Sinaloa; en comparación, Aeroméxico tenía una mísera flota de ciento veintisiete aviones. Los vuelos del Chapo (que aseguraba tener también submarinos) daban mantenimiento principalmente a la drogadicción de los estadounidenses, que son los mayores consumidores de drogas ilícitas del mundo y gastan más de cien millardos de dólares al año en cocaína y crack, heroína, marihuana y metanfetamina, que pasan de contrabando por la frontera, según un informe de 2014 de la RAND Corporation.
Dos exaliados de los Zetas ya eran para entonces rivales, la Vieja Escuela Zeta peleando con la facción del Cártel del Noreste para controlar las principales rutas de tráfico de drogas y personas. Lo que hacía a los Zetas peligrosos e impredecibles no eran únicamente sus salvajes maneras de matar sino el hecho de que no tuvieran ataduras con ninguna región en particular, algo inusual entre los gángsteres de México, donde los villanos tendían a causar problemas en sus propios territorios, rutas específicas o plazas. Plaza, en el narcolenguaje, significa territorio valioso para traficar. Nuevo Laredo y Tijuana se consideran plazas codiciadas, de ahí el caos reinante. Los Zetas estaban en todas partes, decía la gente, incluso en Sinaloa, donde estaban en guerra con el Cártel de Sinaloa, fragmentado y desorganizado tras la detención del Chapo. En Améxica, Vulliamy cita a un empresario informado de McAllen: «Hoy por hoy los Zetas y los cárteles se están infiltrando al lado estadounidense: están en Houston, en Nueva York, en todas las reservas indias».
Una atrocidad de los Zetas de la que yo no estaba enterado tuvo lugar en 2010, en la pequeña ciudad de San Fernando, al sur de Reynosa. Una pandilla itinerante de Zetas detuvo dos camiones de migrantes, donde viajaban hombres, mujeres y niños de Sudamérica y Centroamérica huyendo de la violencia de sus países. Los Zetas exigieron dinero. Los migrantes no tenían. Los Zetas exigieron que los migrantes trabajaran para ellos como asesinos, operarios o mulas. Los migrantes se negaron, así que los llevaron a una bodega del rancho El Huizachal, amarrados de pies y manos y con los ojos vendados, y a cada uno le dieron un tiro en la cabeza. Setenta y dos murieron. Un hombre (de Ecuador) se hizo el muerto, escapó y dio la alarma.
Los detalles grotescos de la masacre se conocieron cuando se detuvo a uno de los perpetradores, Édgar Huerta Montiel, alias el Wache, desertor del ejército. Reconoció haber matado a once migrantes porque, según dijo, creía que trabajaban para una pandilla hostil a la suya. Un año después, cerca del mismo municipio, la policía encontró cuarenta y siete fosas clandestinas con un total de ciento noventa y tres cuerpos, en su mayoría de migrantes o de pasajeros de camiones secuestrados y asaltados al pasar por esa zona del estado de Tamaulipas, aproximadamente a ciento treinta kilómetros al sur de la frontera con los Estados Unidos.
En busca de dinero, sirvientes o mujeres con los cuales traficar del otro lado de la frontera, los Zetas y otras organizaciones rutinariamente interceptaban camiones y camionetas y secuestraban a los ocupantes: migrantes, obreros, personas que iban de la casa al trabajo, y vagabundos como yo; a esa clase de plagio de los cárteles se le conoce con el nombre de levantón. Atraídas por los bajos salarios de Reynosa (casi todos los empleados empiezan ganando diez dólares diarios), operan ahí cientos de fábricas estadounidenses y europeas, y en las colonias alrededor de la ciudad viven hasta cien mil trabajadores.
En McAllen, a quince minutos de Reynosa, un hombre me dijo: «Había por aquí un gringo, el gerente de una planta. Cruzaba la frontera todas las mañanas, de traje y corbata, en un todoterreno grandote. Un buen día le hicieron un levantón y la compañía tuvo que pagar mucho por su rescate. Entonces cambiaron los vehículos: ahora los gerentes de las plantas andan con ropa vieja, en camionetas destartaladas».
Este hombre, un inmigrante mexicano originario de Monterrey, que vivía en el filo de la frontera con México, me dijo que hacía más de veinte años que no pasaba al otro lado.
«Estoy contento aquí en Texas, y no quiero problemas —dijo—. Estamos apenas a kilómetro y medio del centro de Reynosa y, ¿sabes qué?, nunca nos llegan noticias de allá. Nunca sale en los periódicos. Todo lo que sé es lo que la gente murmura: las habladurías locales, rumores, chisme. Nada oficial.»
Pero eso fue mucho más adelante en mi viaje.
Hubo otra escisión en el Cártel de Sinaloa, del Chapo, cuando su grupo de pistoleros formó una nueva pandilla, el Cártel de Jalisco Nueva Generación, conocido por sus violentas masacres y sus asesinatos a policías, y por haber sido los primeros en usar granadas propulsadas por cohete para derribar helicópteros militares. Ese cártel era uno de los grupos delictivos más temidos; lo encabezaba un psicópata, Nemesio Oseguera Cervantes, alias el Mencho, exvendedor de aguacates y expolicía. La aspiración del Mencho por dominar el narcotráfico y dejar fuera de la jugada al Cártel de Sinaloa había traído consigo un aumento en el índice de asesinatos. En Tijuana, por ejemplo, la cantidad de homicidios reportados en 2017 (1 781) fue mayor que cualquier otro año. Eran en su mayoría matanzas de narcotraficantes a manos del Cártel de Tijuana, banda especializada en tráfico de drogas y personas aliada con el Cártel de Sinaloa, que protegía su territorio contra el Cártel Jalisco Nueva Generación. Se dejó un narcomensaje, una clara nota amenazante, prendida en los cadáveres acribillados de un hombre y una mujer encontrados en un barrio de Tijuana en enero de 2018. Decía: «Bienvenidos a 2018. La plaza no es de Sinaloa, es de Nueva Generación». Un año después, la violencia de los cárteles en Tijuana superó a todos los años anteriores, con cerca de dos mil asesinatos.
Otro horror: en marzo de 2018 tres estudiantes de cine de Guadalajara se fueron de viaje a Tonalá, Jalisco, donde planeaban filmar una película. La pintoresca Tonalá es famosa por su cerámica, sus coloridas tiendas y sus iglesias coloniales. Los estudiantes, como tenían poco dinero, se quedaron con la abuela de uno de ellos, pero cuando salieron a caminar por el pueblo en busca de locaciones, los confundieron con miembros de un grupo rival llamado Cártel Nueva Plaza. Los levantaron, torturaron y asesinaron, y entregaron los cadáveres a un rapero mexicano bastante conocido, Christian Omar Palma Gutiérrez (su nombre artístico es QBA), que, junto con otros, confesó haber recibido un pago del Jalisco Nueva Generación para disolver los cuerpos en tinas de ácido. Ese mismo año, tres italianos que vendían productos chinos a vendedores ambulantes en mercados de la provincia desaparecieron en el pueblo de Tecalitlán, Jalisco. Los secuestró en una gasolinera un grupo de policías locales en motocicletas y los vendieron por cincuenta y tres dólares a una pandilla que después los mató e incineró los cuerpos.
Las decapitaciones y mutilaciones hicieron su entrada en la guerra de las pandillas mexicanas. «El machete es la forma de argumento más convincente», escribió Charles Macomb Flandrau en su libro Viva Mexico! (1908). Hasta entonces, los cárteles eran partidarios de balas cuya ubicación dejaba un mensaje: rematar con un tiro detrás de la cabeza indicaba que la víctima era un traidor; uno en la sien, que era miembro de una banda rival. Sin embargo, a principios de la década del 2000 empezaron a aparecer cuerpos sin cabeza tirados en las orillas de las carreteras, y se exhibían en público cabezas humanas, en las intersecciones y aleatoriamente en los techos de los carros. Se creía que esta carnicería estaba inspirada en una táctica de los comandos militares guatemaltecos de élite, llamados los kaibiles.
Un hombre al que conocí en Matamoros durante mi travesía fronteriza explicaba que a los kaibiles los endurecían sus oficiales. Estos alentaban a los reclutas a que criaran un perro desde que fuera cachorro; luego, en cierto punto de su adiestramiento, se les ordenaba que mataran al perro y se lo comieran. Por lo que supe de ellos, los kaibiles merecían esa singular clasificación de «superdepredador», la aterradora criatura del mundo animal en lo alto de la cadena alimentaria (el tigre, el oso grizzly, el león) que no tiene depredadores naturales y domina a todos los demás. Cuando los kaibiles se volvieron mercenarios de los cárteles mexicanos ocurrieron las primeras decapitaciones; la primera conocida tuvo lugar en 2006: un comando armado irrumpió en un centro nocturno de Michoacán y arrojó cinco cabezas humanas en la pista de baile. Hoy en día, las decapitaciones son, de acuerdo con una autoridad en la materia, «una entrada infaltable en el diccionario de la violencia» de los cárteles mexicanos.
En vez de ocultar los cadáveres en fosas clandestinas, ahora los exhibían triunfalmente, como cuando el Jalisco Nueva Generación (cuando aún formaba parte del Cártel de Sinaloa del Chapo) tiró los treinta y cinco cadáveres en una avenida de Veracruz en septiembre de 2011. En represalia, los Zetas esparcieron veintiséis cadáveres en Jalisco y doce en Sinaloa. Las investigaciones aclararon que los cuerpos pertenecían a ciudadanos comunes y corrientes, no a delincuentes: eran trabajadores y estudiantes que habían sido levantados, asesinados y exhibidos para infundir miedo en cualquiera que pusiera en tela de juicio la determinación homicida de los Zetas.
Hay asesinatos ideados con una astucia tan diabólica que parecen inimaginables. En Morir en México. Terror de Estado y mercados de la muerte en la guerra contra el narco, John Gibler escribe sobre una serie de extraños y violentos episodios ocurridos en Torreón, en el estado de Coahuila, que limita con Texas: «¿Quién creería, por ejemplo, que la directora de una cárcel estatal dejara a asesinos convictos salir por la noche y les prestara vehículos oficiales, rifles de asalto automáticos y chalecos antibalas para abatir a tiros a gente inocente en un estado vecino y luego rápidamente atravesar de nuevo el límite estatal y volver a la cárcel tras los barrotes, la coartada perfecta? ¿Quién creería que una organización narcotraficante paramilitar formada por exintegrantes de las fuerzas especiales del ejército mexicano secuestraría a un agente de la policía local para hacerle confesar bajo tortura todos los detalles ya mencionados sobre el escuadrón de la muerte de los reos, grabara en video la confesión, ejecutara al poli frente a la cámara de un tiro al corazón y luego subiera el video a YouTube? ¿Quién podría entender que el procurador general de la República, horas después de la confesión y ejecución publicadas en línea, arrestara al director de la cárcel y unos días después tuviera una conferencia de prensa en la que reconociera plenamente que el escuadrón de la muerte de los presos llevaba meses operando y había matado a diez personas en un bar en enero de 2010, a ocho personas en un bar en mayo de 2010 y a diecisiete personas en una fiesta de cumpleaños en julio?». Y, sin embargo, todo esto realmente ocurrió.
Con frecuencia me animaban a atravesar la frontera en Laredo para cruzar a Nuevo Laredo. En abril de 2012, cuando el Chapo estaba en guerra contra los Zetas, se encontraron catorce torsos (cuerpos sin brazos ni piernas) en un carro a un costado de la carretera en Nuevo Laredo. Zetas muertos. Algunos de los torsos estaban en la cajuela; el narco tiene para eso un término específico: encajuelado. Un mes después se encontraron nueve cadáveres colgando de un puente de la carretera federal 85 en el centro de Nuevo Laredo; al lado de uno de ellos había en una gran manta un narcomensaje que los identificaba como miembros del Cártel del Golfo asesinados por los Zetas. Al día siguiente se hallaron en una camioneta catorce cuerpos decapitados y horas más tarde, enfrente del elegante Palacio Municipal de Nuevo Laredo, unas hieleras con las cabezas. En esa ocasión había una nota del Chapo, en la que atribuía la matanza a su cártel, como un modo de insistir en que la plaza de Nuevo Laredo era suya.
Los Zetas no se dejaron intimidar. El 9 de mayo de 2012 dejaron los cuerpos despedazados de dieciocho hombres adentro de dos vehículos (algunos de ellos encajuelados) en Chapala, Jalisco. Todos estaban decapitados, aunque también habían metido en los carros las cabezas cercenadas. Poco después, en el estado de Michoacán, los Zetas encontraron la horma de su zapato. Su nombre era Nazario Moreno, alias el Más Loco, líder del despiadado Cártel de Los Caballeros Templarios, que a las personas a las que reclutaban las obligaban a comer carne humana, la de sus víctimas, como parte de sus ritos de iniciación. Cuando el ejército mexicano abatió a Moreno a tiros en 2014, los Zetas prosperaron, y siguieron siendo dominantes. Pero para el Más Loco hubo una bonificación póstuma: fue proclamado santo. En Apatzingán, su ciudad natal, se erigieron capillas y altares para San Nazario, el capo muerto representado en la figura de un santo con toga, venerado por los michoacanos crédulos.
Otra masacre de la que mucha gente sigue con interés las investigaciones —y de la que yo algo sabía, pues, como la atrocidad gratuita que era, había tenido mucha cobertura mediática— ocurrió en 2014 en el estado de Guerrero, cuando cuarenta y tres estudiantes de una escuela de Ayotzinapa que viajaban en camiones fueron secuestrados y asesinados. Solo se encontró el cuerpo de uno de ellos. Pese a que se organizó una enérgica campaña en nombre de los afligidos padres, el crimen quedó sin resolver. El procurador general de la República dijo que los estudiantes habían sido entregados por agentes de la corrupta policía local a un grupo delictivo que los mató e incineró los cadáveres. Esa aseveración fue desmentida en una amplia historia oral de la masacre recopilada por John Gibler, Una historia oral de la infamia. Los ataques contra los normalistas de Ayotzinapa. Cita ahí a una mujer que, reflexionando sobre la relación corrupta entre los cárteles de la droga y la policía en el estado de Veracruz, asolado por la muerte, dice: «Es que ya sin terror no hay negocio». Este resumen es cruda expresión de un tema dominante en el caos de la vida mexicana.
En el curso de mis viajes mexicanos pasé unas semanas agradables en Baja California Sur, una de las zonas del país que seguían siendo tranquilas y eran frecuentadas por sus playas y su pesca deportiva, sus salubres hoteles y centros vacacionales. Sin embargo, pocos meses después de mi partida (cuando seguía alabando la hospitalidad y la magnífica comida), en diciembre de 2017, se encontraron seis cadáveres colgados de unos puentes en Los Cabos: dos cerca del aeropuerto internacional en Las Veredas, dos en el puente sobre la carretera que conecta Cabo San Lucas con San José del Cabo y dos en un tercer puente cerca del aeropuerto, obra de grupos de narcotraficantes que se adjudican Los Cabos, territorio en camino de convertirse en un rentable destino turístico y mercado para las drogas.
El caos y la incertidumbre en México orillaron al Departamento de Estado de los Estados Unidos a concebir en 2018 un nuevo sistema de recomendaciones de cuatro niveles para quienes viajaran al país vecino, en lugar del anterior sistema impreciso de alertas y advertencias: nivel 1, Tome las precauciones normales (gran parte de México); nivel 2, Tenga mayor cautela (Cancún, Cozumel, Ciudad de México); nivel 3, Recapacite sobre su viaje (Guadalajara, Puerto Vallarta, el resto de Jalisco), y nivel 4, No viaje (Acapulco, Zihuatanejo, Taxco). Yo no supe nada de esto hasta que regresé de mi viaje, aunque reiteradas veces se me advirtió que evitara manejar en el estado de Guerrero y que no fuera a Acapulco (advertencias de las que hice caso).
Barrancas del Cobre, en el estado de Chihuahua, se encuentra en la zona de Tome las precauciones normales y es visitada por turistas y excursionistas. Cuando terminó mi viaje mexicano leí acerca de un joven profesor estadounidense, Patrick Braxton-Andrew, que se fue de mochilero a México y el 28 de octubre de 2018 salió de su hotel con unas sandalias puestas para dar una breve caminata antes de cenar a las afueras del pueblo de Urique, ubicado en el fondo de una barranca de la sierra Tarahumara. Ese mismo día lo mató un miembro del Cártel de Sinaloa, un hombre identificado como el Chueco (y que siguió libre).
En muchos asesinatos y secuestros la policía o el ejército mexicanos habían estado implicados como cómplices o perpetradores. Un documental de Human Rights Watch sobre México informaba que en agosto de 2017 el gobierno mexicano reconoció que seguía sin conocer el paradero de más de treinta y dos mil personas desaparecidas desde 2006. En agosto de 2016, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) concluyó que la policía federal había ejecutado arbitrariamente a veintidós de los cuarenta y dos civiles que murieron en una confrontación en Tanhuato, Michoacán, en 2015. Tanhuato, famoso por sus fiestas, es también una importante estación de la ruta del narcotráfico que va para el norte.
Un informe de la CNDH determinó que agentes de la Policía Federal mataron al menos a trece personas disparándoles por la espalda, torturaron a dos detenidos y quemaron vivo a un hombre, para después alterar la escena del crimen moviendo los cadáveres, y colocaron armas a las víctimas para justificar los homicidios. Nadie fue acusado por los crímenes y la investigación sobre los asesinatos permaneció abierta.
El ejército y la policía de México también torturan rutinariamente a los sospechosos. La CNDH había recibido casi diez mil quejas por maltratos del ejército desde 2000. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México informó que una encuesta con más de sesenta y cuatro mil personas privadas de la libertad en trescientas setenta cárceles mexicanas arrojó que más de la mitad de la población penitenciaria había sufrido algún tipo de violencia física en el momento de su arresto: 19% informaron haber recibido descargas eléctricas, 36% dijeron que les habían impedido respirar (sofocándolos, asfixiándolos o metiéndoles la cabeza en agua) y 59% haber recibido patadas o puñetazos. Además, 28% dijeron que los amenazaron con hacer daño a su familia.
Los periodistas tienen un largo historial como víctimas tanto de los cárteles como de la policía sobre la que investigaban. De 2000 a octubre de 2017, ciento cuatro periodistas fueron asesinados y veinticinco desaparecieron, de acuerdo con la Procuraduría General de la República, y entre enero y julio de 2017, ocho periodistas fueron asesinados y uno secuestrado. Todos ellos habían publicado reportajes sobre los crímenes de los cárteles y la corrupción policiaca, y los mexicanos más vengativos, citando una declaración del presidente Donald Trump, «La prensa es enemiga del pueblo», decían que los periodistas habían recibido su merecido. El International Press Institute, en su informe de diciembre de 2017, afirmaba que México era entonces «el país más mortífero para la prensa, por delante de Irak y Siria».
Así estaban las cosas, pues. Esa era la historia reciente de caos en México cuando fui manejando hacia la frontera, sin conciencia de ello y sonriéndole al sol, entrecerrando los ojos frente al camino que se desplegaba ante mí y bendiciendo mi suerte, pensando: «¡La serpiente chirrionera no es venenosa!». Y estaba por descubrir que en México nadie usaba nunca la palabra cártel ni mencionaba el nombre de los grupos delictivos; ni Zeta ni Golfo ni ningún otro. Podían matarte por pronunciar esas palabras prohibidas. Lo que oía, cuando preguntaba, era siempre un susurro temeroso, no más fuerte que el ruido de una respiración superficial, y lo que decía ese susurro, acompañado de unos ojos muy abiertos a modo de advertencia, era mafia. También descubrí que el miedo común a la llamada mafia (las bandas de narcotraficantes) había unificado a la gente buena y creado comunidades vigilantes.
Mientras más me acercaba a la frontera, más estridente era la advertencia, hasta que, ya ahí, el agente de migración de los Estados Unidos respondió una de mis preguntas con un «No sé. No tengo la menor idea. Nunca he ido para allá», levantando el brazo azul y la uña amarilla de su dedo peludo para señalar los ochenta kilómetros de soleada carretera rumbo a México.
Rumbo a TJ: «Aquí empieza la patria»
Como quería tener una noción de toda la frontera (pues la frontera estaba en cabeza de todos), en vez de cruzar de McAllen a Reynosa decidí irme directo a Tijuana para hacer una travesía lenta e ininterrumpida de toda la frontera, un viaje de oeste a este, de San Ysidro, California, a Brownsville, Texas, que era también de Tijuana a Matamoros, zigzagueando entre los Estados Unidos y México, ida y vuelta de una ciudad fronteriza a otra. Ya en el extremo este de la línea, me encaminaría decididamente al sur desde Reynosa.
La ciudad texana de McAllen y las que la rodean, Hidalgo, Mission, Progreso, Pharr y algunas otras, es adonde muchos mexicanos que viven cerca de la frontera van a hacer sus compras, y muchos trabajadores mexicanos con visas abarrotan los puentes cada mañana desde los estados de Nuevo León y Tamaulipas, para regresar por la tarde, cuando termina la jornada laboral. Como casi todas las grandes ciudades fronterizas de los Estados Unidos, son bilingües y boyantes; su prosperidad depende del dinero que gastan dichos visitantes y de la tenacidad de los trabajadores agrícolas mexicanos, sin ellos casi nada se recogería de los campos en tiempos de cosecha. Los texanos no van a McAllen para pasársela bien, pero muchos mexicanos sí.
Debo agregar que a McAllen y las ciudades cercanas también llegan incursiones de migrantes que vienen de más lejos, de estados más pobres como Oaxaca y Michoacán, que aparecen ahí como por arte de magia después de que los traficantes conocidos como coyotes o polleros los cruzan por el río Bravo desde Reynosa. De vez en cuando los migrantes, perseguidos por la Border Patrol, pasan corriendo jardines suburbanos, o se apiñan de treinta en treinta en «casas de paso» en vecindarios de clase media hasta que los cárteles y traficantes pueden llevarlos más al norte, eludiendo los puestos de control. Es común que los traficantes los tengan como rehenes en las casas de paso y los obliguen a llamar a sus parientes en México para que les manden el dinero que exigen por el rescate.
Pasé la noche en McAllen y salí por la mañana en dirección al oeste por la Route 83, que se extiende por la frontera, que aquí es el río Bravo, hasta pasar Roma (donde podía saludar con la mano a los excursionistas del otro lado, en Ciudad Miguel Alemán) y, en el filo acuoso de Zapata, el lago Falcón, de tres kilómetros de ancho, que en su extremo sureste se acrecienta en la presa Falcón. En Laredo la carretera me llevó tierra adentro a las ciudades agrícolas del sur de Texas y luego hacia el este por los pálidos precipicios de arcilla y las hondas barrancas del Box Canyon y los treinta kilómetros de largo de la presa Amistad, que une los dos lados de la frontera y está rodeada no de bosque sino de un mar azul verdoso de enebros que te llegan a la cabeza y robles raquíticos. Más adelante, la verdadera naturaleza: no el estereotipo del desierto texano sino un bosque de mezquite y cedro que parece espeso e infranqueable y que está deshabitado, de no ser por los buscadores de migrantes, recorriendo en sus vehículos las rutas laterales o en el esporádico puesto de control, con perros detectores y agentes de la Border Patrol y su saludo categórico en la señal de alto: «¿Es usted ciudadano estadounidense?».
Al caer la noche me encontraba subiendo a las altas planicies, lejos de la frontera; aquí el terreno, del oeste de Langtry al Big Bend, es demasiado escabroso para las carreteras, un páramo de arroyos y crestas de arañados peñascos, obstáculos más difíciles de franquear para quien quiere cruzar la frontera. Finalmente, después de manejar novecientos kilómetros desde McAllen, llegué a Fort Stockton; sus moteles, llenos de trabajadores de ojos vidriosos, agotados tras una ardua jornada en los campos petroleros al noroeste de la ciudad.
A la mañana siguiente tomé la Interestatal 10 al oeste, rumbo a la próspera expansión de El Paso, con vista a las polvosas colonias horizontales de Ciudad Juárez, hacia las carreteras rectas y el desierto alto de Nuevo México y más allá a las sencillas colinas y los plácidos valles boscosos del sur de Arizona. Disfruté de la desolación, los resecos bordes de la carretera estampados de sombras frondosas, para después pasar Tucson y las sólidas montañas y las grises llanuras, donde elegí al azar un pueblo, Gila Bend, y un motel para pasar la noche.
Al día siguiente el camino se adentró más cerca de la frontera, y en Yuma y Calexico, México volvió a asomarse en el horizonte: más allá de los verdes campos de Cate City, el resplandor de Mexicali. Pasé El Centro (una andrajosa cuadrícula de calles calientes y bungalós desteñidos) y luego Valle Imperial, descrito por William T. Vollmann en Imperial, exhaustiva obra de observación social, erudición y vagabundeo. Luego a Ocotillo metiéndome entre las colinas pedregosas y a Jacumba Wilderness Area, pendientes de montaña hechas de puras rocas lisas, y finalmente di un rodeo hacia el camino del desierto que llevaba a Potrero y a Dulzura y al pequeño, pobre, silencioso distrito de San Ysidro… Al otro lado de la valla, bullía Tijuana.
Una travesía de la frontera
Había aves cantoras (gorjeando, piando, emitiendo sonidos lastimeros) escondidas en los enmarañados matorrales de desgarbados arbustos, el azumiate o chilca en flor, y sauces larguiruchos. Había empezado mi zigzagueo de la frontera e iba caminando por un sendero arenoso del Border Field State Park de San Ysidro, municipio del sur de San Diego. A esas alturas de mi viaje ya era evidente que la frontera no es un corte de cuchillo bien diferenciado, un tajo en el paisaje, salvo en las mentes de políticos y cartógrafos; es como la mayoría de los límites nacionales, un manchón borroso, y en muchas partes es evidente que México no le da topetazos a la frontera sino que se derrama sobre ella y lo encharca todo (a troche y moche, como dicen los mexicanos), dando a muchas ciudades fronterizas una embrollada ambigüedad cultural.
San Ysidro parecía tan mexicano y tan pobre como cualquier pueblo de México, y el último censo, en 2010, mostró que es 93% hispánico. Sin embargo, comparadas con las casas modestas del San Ysidro venido a menos, las villas del lado mexicano en Tijuana, en lo alto de la calle Cascada, se veían orgullosas en su empalizada natural. Allá arriba, en el otro extremo de la valla, un residente de Tijuana estaba desenredando una manguera de jardín con dos grandes perros moviéndose torpemente a su alrededor. Me llamó la atención, me vio mirándolo fijamente y me saludó con la mano de manera amable, desde su país.
Esto era el extremo occidental de la frontera, que está señalado por una alta valla de listones de hierro color óxido, paralela a una valla más baja y más vieja, ampollada de herrumbre, que se extiende por abajo de la marca que deja la marea y su extremo se hunde en el océano Pacífico. Esa mañana había marea baja y yo estaba por descubrir que no era un detalle sin importancia: una marea baja les permite a los migrantes bracear más fácilmente hacia el otro lado de la valla y correr por la playa grasienta hacia los matorrales estadounidenses.
Así, junto con los pájaros gorjeantes del parque, a menudo hay también algunos desesperados fugitivos humanos. Tres aves, que alguna vez estuvieron al borde de la extinción, se salvaron de ese destino y diligentemente están anidando en la zona, gracias a los empeños de los conservacionistas: el charrancito, que llama kerre-kaiet, kerre-kaiet; el chorlo nevado, que pía prroí-prroí, y el rascón crepitante, que rara vez se deja ver, pero su metálico ic-ic-ic resuena en los arbustos. Los migrantes no emiten ningún sonido.
Se prohíbe que los carros entren al parque, que no tiene árboles ni parece parque sino un desecho arenoso de senderos descarnados en dunas bajas y ciénagas lodosas, y la quebradiza maleza, apenas lo bastante alta para ocultar a alguien en su densidad, se reduce a marisma salina más cerca del estuario del río Tijuana. Solo pueden pasar la verja del parque los senderistas y los observadores de aves. Ese día caluroso yo estaba solo. No había otro sonido que los cantos de los pájaros, que pronto fue superado por el precipitado rumor de dos agentes de la Border Patrol en vehículos todoterreno que pasaron a toda mecha junto a mí, con sus grandes llantas sacudiendo la arena húmeda.
—Están buscando a alguien que acaba de llegar por la marea —me dijo un guardaparques que pasó en su camión; yo le había hecho señas para pedir indicaciones sobre el camino—. Por ahí tiene que estar.
El migrante se había escondido en la maleza del lado norte del humedal, cerca del río Tijuana, detrás de la hierba alta que se ve desde Imperial Beach. Los hombres de los vehículos todoterreno estaban registrando la zona; ya había llegado un helicóptero, que sobrevolaba cerca de las aves de rapiña, los cernícalos y los aguiluchos.
—Si consigue eludirlos hasta que oscurezca —dijo el guarda—, se escapará en plena noche —sonrió con sus evocaciones—. Hace años era muy distinto: veía a treinta o cuarenta tipos tirando a patadas la valla, suponiendo que dos o tres lo lograrían. Eso ya no se ve.
Seguí caminando y cerca de la valla vi al tijuanense del lado mexicano; rodeaba la manguera verde de jardín con los brazos mientras sus dos perros le ladraban como si quisieran incitarlo a jugar. Con la manguera en la mano miró hacia la valla y se paró de frente a mí.
Lo saludé con la mano y me devolvió el saludo. Soltó la manguera retorcida y se puso a jugar con los perros. Caminé lo más lejos que pude: la Plaza de Toros Monumental se erigía imponente sobre mí del lado mexicano, y un mural con las banderas de los Estados Unidos y México unidas con el mensaje EL AMOR VENCE AL ODIO, hasta donde se extiende, y termina, la valla de listones de hierro, como a treinta metros de la orilla, medio sumergida en el océano. Los todoterreno de la Border Patrol seguían zumbando, las aspas del helicóptero seguían girando y un agente estaba junto a su distintivo automóvil blanco y negro escudriñando el terreno con los binoculares. En la hierba del pantano, en alguna parte, entre el río y el sendero Sunset Spur, había un hombre escondiéndose como conejo en un matorral, completamente quieto, con la cabeza agachada y el corazón latiendo como loco.
Lo que había hecho no era extraordinario. Al tomar nota de que había marea baja, se abrió camino por el centro de Tijuana a la punta oeste de la ciudad por el distrito residencial Jardines Playas de Tijuana; cruzó la vía costera, Avenida del Pacífico; bajó al malecón y al Paseo Costero, para luego saltar del muro bajo a la arena, caminar hacia el norte por la playa hasta llegar a la valla, bisecando la playa. De haber sido buen nadador, se habría adentrado un poco en el mar para rodear el extremo de la valla y barrenar las olas de costado por la resaca hacia los Estados Unidos hasta desembocar en la playa del Parque de la Amistad.
Pero había salido con marea baja, tal vez se había aferrado a la valla y, tras nadar de perrito hacia la playa, había salido a toda mecha hacia los arbustos, donde lo detectaron más o menos a la misma hora en que yo empecé mi caminata, a las diez de la mañana. Ahora estaba de cuclillas, parpadeando y resfriado, contando con el camuflaje oscuro de su ropa mojada, instintivamente rígido hasta que pasara el peligro. Estaba esperando que cayera la noche para poder meterse más adentro de San Diego County. Si lograba cruzar el río y llegar a las calles de Imperial Beach, para la mañana ya podría estar en Chula Vista.
El hombre perseguido estaba solo y sobreviviendo gracias a su ingenio. Otros migrantes, con dinero, solían contar con ayuda, ya fuera de los cárteles o de los facilitadores conocidos como coyotes. En un periodo de siete meses, en el momento en que yo estaba caminando por la valla, seiscientos sesenta y tres ciudadanos chinos habían sido detenidos tratando de cruzar desde Tijuana, varios de ellos atrapados al final de un largo túnel bajo la valla. Se calculaba que habían pagado algo entre cincuenta y setenta mil dólares por cabeza para ser conducidos a los Estados Unidos. China es hoy uno de los principales países expulsores de migrantes ilegales, junto con oportunistas y migrantes económicos del Oriente Medio y el Sur de Asia.
No mucho después de que estuve en ese sector de la frontera, un congresista de California visitó la cárcel federal estadounidense de Victorville, donde esperaba encontrar a centroamericanos perseguidos en busca de asilo. Se sobresaltó al enterarse de que, de los seiscientos ochenta presos bajo llave, trescientos ochenta eran ciudadanos hindúes que habían volado de la India a la Ciudad de México, donde pagaron miles de dólares a coyotes para que los metieran clandestinamente a los Estados Unidos. El 20% de los detenidos en las instalaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas dentro del Centro de Detención de Adelanto, cerca de Victorville, eran ciudadanos hindúes. Según una nota de Los Angeles Times (13 de agosto de 2018), en la primera mitad de 2018 se detuvo a más de cuatro mil ciudadanos de la India cruzando ilegalmente la frontera con los Estados Unidos. Tras su detención dijeron estar en busca de asilo político (del país conocido como «la mayor democracia del mundo»). Más o menos en la misma fecha se arrestó a seiscientos setenta y un bangladesíes atravesando la frontera cerca de Laredo, Texas, que (según afirmaban) habían cruzado el río con ayuda de miembros del Cártel de los Zetas, a los que habían pagado más de veintisiete mil dólares por cabeza.
Estos no mexicanos son los «extranjeros de interés especial» (SIA por sus siglas en inglés), entre los que, además de los chinos, se cuentan iraquíes, afganos, pakistaníes, sirios y africanos (con predominio de nigerianos). Casi todos recibieron ayuda de los coyotes, que trabajaban para los cárteles, pero algunos llegaron con estrategias más ingeniosas: deslizándose por el oleaje a bordo de motos Jet Ski, y de doce en doce en pangas (embarcación de diseño sencillo con proa ascendente impulsada por un motor fuera de borda, muy socorrida por pescadores del tercer mundo, piratas somalíes y traficantes de personas). Estos botes eran rutinariamente confiscados por la Border Patrol de California cuando depositaban a migrantes que cruzaban Imperial Beach pegando la carrera.
El helicóptero seguía volando en círculos sobre el Border Field Park cuando caminé a la entrada y me llevé el carro a un estacionamiento cerca del paso a Tijuana, no lejos de ahí. Crucé a pie la frontera, rellené un formulario de inmigración y me sellaron el pasaporte. Luego tomé un taxi a Avenida Revolución, el corazón de Tijuana, y caminé a un restaurante de antojitos, la Cenaduría La Once, que me habían recomendado por su pozole. Ahí sentado, actualizando mis notas, me sentía contento: bien alimentado, asombrado de lo fácil que había sido para mí cruzar la frontera, e iluminado por una conversación que tuve con un hombre en la Cenaduría.
—Vamos a California todo el tiempo —me dijo—. Compramos jeans, camisetas, televisiones. Mucho de eso está hecho en México. Con todo y los impuestos de importación que tenemos que pagar de regre
