PRÓLOGO
LIMPIDEZ Y BRILLO DE DIAMANTE
SON SUS PÁGINAS
Una tarde de verano fui al encuentro de dos compañeras de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en la unam. Encendidas de asombro y maravilla se peleaban la palabra; apenas me respondieron el saludo.
—¿De qué hablan? —pregunté. Sin interrumpir su diálogo, me mostraron la portada del libro El gobierno del cuerpo.
—¿Y en qué materia lo están viendo?
—Literatura y Sociedad Mexicana. Gustavo Sainz.
—¿Y todavía podré inscribirme?
—Yo creo que sí. Hoy es la segunda clase.
Las acompañé. Me deslumbró la sapiencia y bonhomía del profesor. Ese libro se convirtió en el eslabón inicial de mi futuro, a los 20 años, en cuarto semestre de la carrera de Ciencias de la Comunicación. Además, haber cursado la clase de Sainz me permitiría ir descubriendo lo que realmente quería: dedicarme a leer y a escribir. Como Gustavo era director de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, semanas después me atreví a pedirle trabajo. Me lo dio. Una de mis labores fue la organización del ciclo Veladas Literarias, donde los escritores presentaban su libro más reciente, en la Librería del Palacio.
A finales de 1978, Gustavo me solicitó que invitara a Garibay para promover Las glorias del gran Púas. Así lo hice; no fue sencillo encontrarlo en su casa de Cuernavaca. Cuando le comuniqué a Gustavo que Garibay había accedido, le dio gusto, pero me advirtió:
—Cuida que llegue; tiene fama de no presentarse.
Previo a la fecha, le marqué a Garibay, en horas y días diversos. Y era tanto mi nerviosismo, que dos ocasiones tuve el mismo diálogo con la mujer de voz severa que me respondía.
—Por favor, con el señor Garibay.
—¿Cuál de los dos?
—Con Ricardo Garibay.
—¿Cuál de los dos?
—Con el señor.
—Los dos son señores.
—Con el escritor.
—No se encuentra.
Un día antes, percibiendo mi angustia, la mujer se presentó como su esposa. Me preguntó la razón por la que lo venía buscando; le expliqué y agregué:
—Estoy muy preocupada porque si no viene voy a tener un problema muy grande: ¿qué voy a hacer con la gente ahí reunida?, que suponemos será mucha.
—Ah, este Ricardo, siempre diciendo que sí y luego no cumple. Déjemelo a mí. Le voy a decir que iré a esa presentación. Y que, si no va, me voy a quedar esperándolo en el pórtico de Bellas Artes. A ver si se atreve a dejarme ahí plantada.
La noche de la presentación, junto a una de las columnas del Palacio, vi a una guapa y elegante mujer que impaciente esperaba a alguien. Pero estaba tan seria que preferí seguirme de largo. Poco después, llegó Garibay, sonriente, del brazo de Minerva Velasco.
De esta manera, los dos títulos reunidos en este volumen están ligados a mi biografía. Además, la lectura de El gobierno del cuerpo fue la entrada al universo garibayense; a partir de ese título me dediqué a buscar y leer cuanta obra encontrara de Garibay. Este libro es un muestrario de los temas que acompañaron al escritor en su trayectoria narrativa y periodística: literatura fantástica, mujeres enamoradas, hombres despectivos, muertes gratuitas, triángulos amorosos, la provincia mexicana y sus personajes lacerados por la pobreza, la Revolución mexicana y la infancia.
Los 29 textos de El gobierno del cuerpo están incluidos en el volumen 1, “Cuento”, de la colección integrada por los 10 libros que comprenden las Obras Reunidas, aunque no guardan el orden del índice de la edición de Joaquín Mortiz del 14 abril de 1977. El abanico de géneros reunidos bajo el rubro de “cuento” es una clara muestra del poco respeto que Garibay le tenía a las clasificaciones. Le irritaban profundamente las etiquetas, los cercos de la gramática y todo cuanto tuviera un tufo académico. Por eso, en El gobierno del cuerpo vamos a encontrar cuentos, relatos, guiones televisivos, apuntes, autobiografía.
El libro abre con “Aixa”, una santa, cuyo santuario tiene una puerta labrada con “mucha riqueza y sin aldabas ni cerraduras. No había salidas”. Había que recorrer 42 días de marcha ciega por el desierto porque no había trazo alguno. Los hombres que llegaban jóvenes entraban encanecidos. Quienes llevaban como ofrenda piedras preciosas las dejaban tiradas entre el bosque de columnas cuando eran llamados por su nombre. Se escuchaban mil imprecaciones y blasfemias y millones de besos, “tersuras de silenciosisímas caricias”. Desde todas partes avanzaban centenares de hombres para beber en los tiernos labios de la mujer única. “Aixa era verde y ámbar, gris, era roja y enceguecedoramente amarilla, era azul y estaba untada de un color violeta y nada era tan blanco como su negro cuerpo prodigioso”.
“Aixa” podría interpretarse como una metáfora del placer de acariciar a una mujer, sin importar su edad o condición social, y abismarse en la negrura de la pasión y encenegarse de gozo y contento y delicias. Los hombres que llegan a ese santuario no saldrán con vida. Ni podrá rescatarse su cadáver. Esta evocación de todas las edades del mundo y la historia de las culturas, el escritor volverá a ensayarla en la novela Taíb, una sirena que se hace amante de un escritor, Garibay, por supuesto. En ella confluyen todas las maravillas y horrores de la naturaleza.
El segundo texto es “Kaoru Kai”, donde un actor ensaya cómo despedirse de su amante japonesa, azafata del vuelo donde la conoce; el hombre se declara ferviente admirador de su belleza y le extiende una tarjeta con los datos del hotel para que lo visite. Ella lo busca y pasan la noche juntos. El actor finge gestos y frases que lo hagan parecer un ser sensible al adiós. Esta historia Garibay la recupera —con mínimos cambios en la escritura— y la publica en 1993 en el libro Trío, el cual reúne tres historias. Las líneas que agrega Garibay son más propias de su edad, 70 años, que la del cínico actor en sus espléndidos 50. La cita dice así: “Anota esto: no quieres sufrir, te has acostumbrado a la ceguera, a la sordera y a la mudez, y a pesar de ti, lo único bueno que te queda tira hacia el sufrimiento, que aquí es lo único cierto”.
“El gobierno del cuerpo” es el tercer texto. Los personajes son dos amantes; K, un escritor maduro, y una joven —en este relato es Laura; 20 años después sería evocada como Juvencia, una de las Treinta y cinco mujeres, libro de semblanzas femeninas. Y es Juventina en El joven aquel— que está empeñada en aprender. Quiere saber cuándo o cómo llegará a ser escritora. El hombre no la toma en serio y ella le reclama que el tiempo se les va en amarse entre espejos, palabras soeces y descalificadoras. Aunque admite: “me gobierna mi cuerpo”. Ella propuso que se vieran, cuando él pudiera, en su departamento porque quiere aprender y porque “usted necesita verme para escribir”. Costumbre o necesidad que él confiesa en 1996, cuando Garibay escribe en su breve novela El joven aquel: “Uno de los pesares de hoy es la soledad, o soledades, por mejor decirlo. En lo de escribir ha sido igual desde siempre; no en el vivir, donde siempre tuve la mujer al lado, para leerle, para preguntarle, para ser reverenciado por ella. Esto cría un hábito que nada suple. Durante quince años escribí delante de Juventina, y frase a frase ella oía lo que me iba saliendo; y antes, en la cama, fumando después del amor, Nadia oía paciente y exhausta mis pergeños y me tentaba agradecida. Y no que me ayudaran a hacer los libros, sí que fueran necesarios testigos del esfuerzo lento y largo para conseguir cada uno. Un testigo del que uno está existiendo en su mejor especie. Un testigo amado, un rostro lleno de gracia sin cuya mirada uno no se concibe escritor. Lo de escribir se hace a solas, por supuesto; lo de vivir escribiendo se hace como digo, y cuando nadie me contempla ni llora o goza con lo que es más mío, siento una soledad que nunca sentí desde los veinte años hasta los setenta años”.
En este texto, Garibay se describe a sí mismo, después de mencionar a Laura: “K le lleva veinticinco años. No es desconocido y no es popular. La docta fama le llega de su obsesivo afán de perfección. Trabaja las sílabas nota a nota. Cada letra es una joya, y así la engarza. Limpidez y brillo de diamante son sus páginas. Aristocracia altanerísima, amor insomne y blasfemo por el numeroso dibujo que la pluma va dejando en el papel”.
Los siguientes cuatro relatos tienen como hilo conductor las relaciones entre hombres y mujeres, desde la exhibición de la belleza para atraer a posibles pretendientes en una reunión de intelectuales y deportistas en “La zapatera prodigiosa”. Ella fracasa en sus intentos porque los intelectuales fingen indiferencia. En el texto “Crema Chantilly” se expone el alivio, la renuncia, de una mujer madura a las aventuras amorosas. Se despide de las prisas y los arreglos, de la dieta. Su muda interlocutora, por el contrario, la escucha tensa e impaciente porque tiene una cita con su amante. La anécdota de “Restorán japonés” narra la intención de un hombre por conquistar a una mujer con halagos y los manjares del restaurante, pero ella sólo se dedica a comer, masticar, beber… Y cuando parece que va a decirle algo, sólo eructa. “La guerra” se desarrolla en un bar donde una mujer ha citado a su marido para intentar convencerlo de que regresen a vivir juntos y tratar de evitar el inminente divorcio. Pero el hombre responde a sus propuestas con una sarta de improperios que también alcanzan a los niños, hijos de ambos. La violencia machista que le dirige a su todavía esposa es brutal, de alto calibre.
En ese tenor es la anécdota de “Isabel es culpable”. Se desarrolla en algún poblado de la provincia. La india Isabel es joven y está casada con un hombre mayor; son pobres. En el mercado, un varillero, entre su variada mercancía, tiene un lindo vestido que le gusta a Isabel. Ella lo mira con verdadero gusto, pero es imposible que pueda comprarlo. El vendedor se lo obsequia. Ella se lo pone cuando está a solas. Las mujeres la descubren, y dan por cierto que se entregó a satisfacer los deseos del fuereño a cambio del vestido. Cuando el varillero regresa al poblado, el esposo lo busca para vengar su honor. Salen a relumbrar los machetes. El relato termina “y luego la pantalla se hace oscura”, lo que podría interpretarse que hemos leído un guion de cine o televisión.
En “Leonora es perfecta (El curioso impertinente)”, con la inclusión del paréntesis, Garibay hace evidente que toma la anécdota que Cervantes incluye en El Quijote de la Mancha para recrearla en la actualidad. Los tres personajes son Leonora, que posee todas las cualidades de gracia y belleza posibles. Leopoldo, un junior millonario que se enamora de la mujer, pero teme que cuando se casen termine el encanto, aunque Leonora se conduce magníficamente como esposa y ama de casa. Y Leonardo, que es profesor y escritor, íntimo amigo de Leopoldo. Como a éste le parece imposible su magnífica suerte, le propone a su amigo que enamore a su esposa mientras él se va de cacería. El profesor accede a regañadientes, pero consigue que Leonora lo visite en su cuarto de azotea donde comentan de libros y los textos que él va escribiendo. Y ahora es Leonardo quien se asombra al descubrir la sensibilidad e inteligencia de la mujer. Se hacen amantes, pero deciden ocultárselo al millonario ocioso. Y todos felices. En el texto de Cervantes, los tres personajes fallecen en un breve periodo.
“El mar de mis lágrimas inundándome” es un extraordinario despliegue de la habilidad que Garibay adquirió para reflejar la psicología femenina en su papel de amante obsesiva, sufriente y celosa por el hombre que la tiene relegada. Memorables las disquisiciones de Lena en medio de la preparación de mamilas para su bebé. Aquí, dos matrimonios son los personajes. Amigos los cuatro.
“Lolo Campa el Venadito” es un guion con todos los clichés de película de charros: El atractivo macho alfa, Lolo, James Bond charro, agrega Garibay; la bella y abnegada esposa, mancillada para salvar la vida su esposo. Prostíbulo, pelea de gallos, asesinatos gratuitos y el fusilamiento de Lolo el Venadito porque la ley debe imponerle un alto a sus tropelías.
“Jacinta” es un apunte sin trama; la atmósfera es campirana.
“Cuentos con ingleses” contiene dos relatos: el primero, Aduana, es un diálogo que evidencia la conducta absurda de los empleados de la aduana inglesa, a partir de una caja de puros que el señor Sánchez Fogarty compró en Veracruz para regalarla a un amigo. En el segundo relato, Club de magistrados, el mismo personaje hace una visita al Club de Magistrados Jubilados de la Corte Suprema del Imperio, invitado por J. Anthony Deel, quien le muestra los recintos de tan exclusivo lugar: Cuarto de Silencio, Sala del Billar, Salón de Lectura… En toda la casona reina el silencio. Cuando un recién jubilado hace ruido al cambiar la página del diario que está leyendo, lo miran reprobatoriamente los ancianos que lo rodean. Se infiere que quien cumpla con las estrictas reglas de ese lugar se colocará una placa con su nombre en alguna de las salas. No es sencillo entender la trama de este relato, como si la enigmática atmósfera fuera mero reflejo de una etiqueta social estúpida.
“Alemán tomando cerveza” es el título del cuadro de una cantina. Un hombre está emborrachándose para mitigar su angustia y falta de dinero para solventar un problema de urgente resolución.
“Náufragos” carece de ubicación del puerto o ciudad de la cantina donde se desarrollan los diálogos entre un marino extranjero y un parroquiano. Las frases están en perfecto inglés sin los juegos de grafía que Garibay le imprime al lenguaje hablado. El marino sufre una angustia por algo que no consigue explicar. El parroquiano le invita a beber sin medida ni cuidado. Al final, en la madrugada, el marino sigue buscando el refugio, el sitio, donde podrían controlar su desmedida ansiedad.
“El pesaroso comienzo de Erik Henry y su desconcertante testamento” es el único relato de Garibay que recrea la atmósfera de un país extranjero: Sidney, Australia. A los 17 años, en 1906, Erik abandona a sus hermanas y violento padre, y se embarca como empleado en un barco. Es excelente la recreación de la personalidad y entorno del niño huérfano. Durante años conoció “todos los muelles del planeta”. Se enriqueció y llegó a Acapulco. Se hizo dueño de un hotel. Muere a los 87 años y deja un testamento donde da las indicaciones puntuales para la fiesta de su sepelio. Pero no hay amigo o empleado que le cumpla la última voluntad.
Este relato Garibay lo incluye en Acapulco (1978), donde confluyen la crónica y la literatura. El libro es un amplio muestrario de la pirotecnia verbal garibayense; narrativa sin concesiones al lector ni división de géneros.
“Ira” es un relato entre un abuelo y su nieta, Ira. La niña quiere que su abuelo le cuente un cuento antes de dormir. Pero el hombre está viendo, en la televisión, una pelea de box entre el Famoso Gómez y el Púas —no encontré la referencia de que se haya dado este encuentro—. La mezcolanza del abuelo al intentar contar un cuento alrevesado del “lobito trespeleco y aplatanado” y la emoción de la pelea es hilarante.
“Instantáneas de la muerte y la espera”, se infiere que Garibay entrevista a la anciana Emilia para que le cuente los detalles de la muerte de su padre cuando ella era niña. La recreación del pueblo, la cantina y el inexplicable asesinato del hombre es de magnífica factura.
“Mazamitla” es un relato que Garibay escribió durante la beca del Centro Mexicano de Escritores en 1952; Juan Rulfo fue uno de sus compañeros y entregaba avances de El Llano en llamas. En 1954, Mazamitla fue editada como novela breve en la colección Los Presentes, dirigida por Juan José Arreola, otro becario de su generación.
El texto está dividido en XV pasajes. Se inicia con el fusilamiento de Juan Paredes. Por un problema de linderos, el cacique Maximiano Llamas es quien maquina el plan legal —con la intervención del notario, médico, juez y el comandante segundo de caballería— para fusilar, en la noche, en el cementerio al caudillo. No es lineal la narración y hay otras historias, de muertes gratuitas y abuso de poder.
“Tráiler” es el relato de un anciano y su nieto, campesinos de un poblado perdido en la serranía; sin caminos, la gente se ve obligada a transitar por la carretera. Un día, un coche atropella, accidentalmente, al abuelo y al niño. Los golpes y las heridas son leves, pero la indemnización es jugosa. A partir de ahí, los próximos meses, ambos deciden fingir atropellamientos. Hasta la medianoche de aguanieve cuando, al borde del abismo, de bajada, aparece el tráiler…
“La noche terrible” tiene cabos sueltos que a Garibay no le dio la gana de amarrar: inventar lo necesario para convertirlo en un cuento. Es como si se hubiese apegado a la realidad, donde suelen abundar historias sin un final adecuado; nomás suceden. La calidad literaria no es acorde al misterio que despierta.
“Matías y el Ángel” está compuesto por varias viñetas de la provincia mexicana, donde Matías vio a un ángel condenado a morir. La interpretación a este texto, después de varias lecturas: la cauda devastadora de los desastres naturales se debe a la muerte de un ángel.
“El despertar” parece ser que nos cuenta la visita de Garibay a Metztitlán. Recuerdos cargados de melancolía. Sin personajes. Podrían ser varios sucesos, pero la narración, por sí misma, no es clara. Lo cierto y evidente: es una bella parrafada lírica.
“Infancia” se compone de siete breves apuntes o ensayos que se desarrollarán en el relato autobiográfico Fiera infancia y otros años (1982). Solamente Cólico y Gula son historias que pueden comprenderse cabalmente.
“Calle 16” también está compuesto por recuerdos de la infancia de Garibay; ahora escribe el apunte de cuatro niñas de su escuela: Gabriela, Victoria y Maravilla, quienes volverán a ser mencionadas en Fiera infancia…, como las niñas que le robaban la calma y el sosiego por su gracia y belleza. En cambio, Magdalena huele muy feo y todos los niños se asquean de ella.
“El General Frijoles” es un cuento donde el Frijol es un pícaro que siempre asegura que va a defender la plaza del inminente ataque de los revolucionarios. Ante su valentía, la gente acomodada, incluyendo las autoridades, confía en él. A cambio, el hombre pide unos centavos, chínguere y frijoles. Pero nunca cumple su compromiso y suele irse a la población más cercana a emborracharse. Hasta que un día, ante la amenaza de otra avanzada de revolucionarios, el visitador de rentas lo obliga a defender el poblado. Su destino es contado por este funcionario.
“El Coronel” es una semblanza del abuelo de Garibay. Fue publicado en 1955, cuando el escritor tenía 32 años. Su estilo, poderosa prosa, ya estaba presente. Don José de Jesús Garibay tuvo varios puestos en el gobierno, aunque se desempeñó como jefe político, principalmente. En ocasiones enfrentó militarmente a los enemigos del Estado. Las descripciones de las batallas que libró, así como sus cualidades físicas, morales y éticas, son muy vívidas, verosímiles. El cierre del relato es inesperado: “Así era el hombre que no conocí”. Sin duda, es el broche de oro de un narrador que se precie de serlo.
“Todo para el vencedor” está pensando como un guion para televisión o cine. Son varios trabajadores de un taller mecánico. Guánzaras “es un apolo de barriada” que debe comprar piezas para arreglar un camión cargado de pollos. Pero en lugar de ir a la refaccionaria va al deshuesadero de su padrino, quien le regala las piezas. En la noche, con ese dinero, se va a bailar con su novia y le cuenta la “hazaña” de su reparación gratuita. Me permito citar íntegramente la última escena del guion porque la vena narrativa de Garibay impide que la cámara tome, a su aire y circunstancia, la escena sino que él debe describir hasta los sentimientos de los animales: “Exterior. Carretera-Curva. Noche. En el cuadro sonoro: las últimas caudas, como venidas de muy lejos, del estruendo del danzón y de la catástrofe, juntas, íntimamente confundidas; luego, la oscuridad y el silencio. Y luego, de pronto, cloqueos, aleteos. Y en el borde la carretera, subiendo de la barranca, aparece un pollo apajarado, asustado, sin rumbo. Junto a él aparece otro. Y otro. Y otro. Y otro. Y empiezan a cruzar la carretera, desolados, inocentes”.
“La tierra prometida (Televisión en dos episodios)” es un guion donde se narra el devenir de una familia campesina que llega a la capital. El matrimonio y seis hijos. Se instalan en Ciudad Nezahualcóyotl, donde vive un paisano. Al poco tiempo fallece la bebé. A los cuatro meses la esposa está cansada de tantas carencias; malhumorada, maltrata a su familia. Corre a golpes a Goyo y Tobe, de 13 y nueve años, para que se vayan a buscar trabajo. En realidad, los manda a la calle sin oficio ni beneficio. Severiana, de 19 años, se convierte en prostituta. Y su hermano Tolín, de 18 años, de carterista pasa a graduarse en las fuerzas especiales del ejército. El padre se la vive sentado, vendiendo verduras y calabacetes afuera de su choza. La anécdota parece lugar común, pero la verosimilitud es certera.
* * *
Las glorias del gran Púas (1978) es la breve crónica de una biografía frustrada. Julio Scherer, director del periódico Excélsior, le encargó a Garibay que hiciese la biografía de Rubén Olivares, la cual formaría parte de la breve colección de libros que publicó el diario. Se pensaba en una edición de un millón de ejemplares. Se acordó que 20 por ciento de las ventas sería para Olivares, 15 para Garibay y 10 para el fotógrafo Nacho Castillo, director de fotografía de Excélsior.
El boxeador y el escritor se conocieron en el Alexandria Hotel, dos noches antes de la pelea entre Olivares —Mister Knock Out— y el tailandés Piaget Lupikanet en el Sports Arena de Los Ángeles, el 2 de junio de 1976. Los presentó el fotógrafo. Se vieron durante el pesaje dos días después; Garibay lo vio almorzar. Y presenció la pelea, que sólo duró 15 segundos, porque el Púas derribó al contrincante con dos ganchos al hígado.
De ahí, la comitiva se fue a festejar al Bradley’s Club; el peleador y el escritor cruzaron un saludo y una invitación a cenar. Conoció a la mesera, la señora del Bradley’s. Y cuando Garibay quiso hablar con Olivares, nadie supo decirle dónde estaba. En la Ciudad de México tampoco se hizo presente, pese a que el fotógrafo lo buscó en todos los sitios donde el boxeador solía drogarse.
Tres semanas después, Chucho Castillo consiguió llevar a Olivares al periódico. De ahí se fueron a una cantina. Después, a una vecindad de la Bondojo, donde Garibay conoció a la mamá, hermana y a “la señora de la Bondojo”, otra de las mujeres del boxeador. Visitaron La Canica, una popular pulquería. Y estuvieron en la casa de la Lindavista, con su esposa —“la señora de la Lindavista”— e hijas.
El texto no señala si hubo más intentos de buscar al Púas, pero es evidente que con un personaje escurridizo es imposible escribir una biografía. Scherer rechazó el material; gustoso, lo imprimió Rogelio Carvajal Dávila en la editorial Grijalbo. Es una edición original y atractiva, de formato cuadrado; tipografía grande, a dos columnas; secundarias y 14 fotografías a página completa. En la primera edición se tiraron 10 mil ejemplares. Se editaron tres más con el mismo tiraje, a un precio de 37 pesos. Garibay escribió la cuarta de forros.
Con tan breve materia prima, la maestría de Garibay consiguió una crónica graciosa, de ritmo narrativo caudaloso, cuando la atmósfera lo requiere. Los breves diálogos dejan constancia del carácter desenfadado del boxeador y de sus chanzas cábulas que se le escapan, aunque quiera comportarse respetuosamente.
En una entrevista, Miguel Ángel Quemáin —Tierra Adentro, número 76, 1995— le pregunta a Garibay la distinción entre literatura y periodismo. El escritor le responde: “La literatura requiere de una profunda sabiduría de las semejanzas entre los seres humanos. El periodismo supone que todos los hombres son diferentes. Por eso, el testimonio del periodismo es motivo siempre de escándalo, está haciendo ver una singularidad irrepetible. Ése es el patrimonio del periodismo. Por eso, además, es tan caduco, porque al siguiente día hay que buscar otro irrepetible y otro y otro…”.
De ahí que Garibay nos haya entregado a un irrepetible Rubén Olivares, quien años después buscó demandar al escritor porque no le había pagado el porcentaje de las ventas que habían acordado. El escritor debió explicarle, probablemente, la diferencia entre crónica y biografía.
Josefina Estrada
Historias que van desde lo erótico hasta la más inmediata realidad social, las de los seres que pueblan este volumen caleidoscópico están perfectamente adecuadas en forma y contenido y muestran una inusitada capacidad de estilo: desde una elaboración formal que sigue las pautas más estrictas de la literatura clásica, hasta el uso de las modernas técnicas del cine y la televisión y la muy peculiar y distintiva forma del autor para presentar el lenguaje coloquial, todos los textos interesarán y sorprenderán al lector atento.
Este libro es una recopilación hecha por el autor de sus historias escritas entre 1951 y 1976.
Ricardo Garibay
El gobierno del cuerpo
AIXA
El santuario era una sola estancia. Parecía circular porque tenía más de cien lados iguales. Una puerta de entrada en cada lado, labrada con mucha riqueza y sin aldabas ni cerraduras. No había salidas. Estaba en el principio o en medio o al fin del desierto, y eran necesarios cuarenta y dos días de marcha sobre la llameante arena, para llegar hasta alguno de sus umbrales. Cuarenta y dos días de marcha a ciegas porque nadie jamás pudo trazar ninguna ruta, ni nadie la equivocó jamás. Del río de caravanas cargadas con leche de cabra y piedras preciosas, nunca nadie regresó. Las aldeas de los bordes del desierto decaían sin hombres. Las leyes impusieron pena de muerte aun al menor asomo de tentación (y labiosos los hombres depredaban y se mataban entre sí por cualquier cosa. “Bien. Siquiera los vemos morir”, explicaron los ancianos legisladores), y pena de muerte para el adulto que pronunciara delante de los niños el maldito nombre de Aixa la Santa.
Desfalleciendo ya las caravanas, el santuario aparecía como una colina más en los sedeños arabescos del desierto. Llegando, el tamaño de un camello en reposo frente una de las puertas, era como el de una hormiga frente a las puertas del paraíso. A veces, llegando entraban. A veces debían esperar, y los que llegaban jóvenes, entraban hombres ya macizos, de cerrada barba, y los que llegaban macizos, entraban canos, justo a tiempo apenas para arrastrarse hasta el tálamo celeste.
En los bosques de columnas, adentro, erraban bajo el peso de los cántaros donde se petrificaban los agrios o restos de la leche de cabra. Y uno llevaba un rubí, otro dos perlas, otro una esmeralda; algunos, varios pedazos de cuarzo purísimo; había quien escondía un diamante en los pliegues de los harapos sobrevivientes de las jornadas y la espera. Dejarían los cántaros al trasponer la septuagésima séptima hilera de columnas. Echarían al piso las joyas cuando fueran llamados, cada uno por su nombre, siete columnatas antes de la eternidad, cuando ya ondulantes rayos de colores, voceríos de innumerables muchedumbres, canciones, mil imprecaciones y blasfemias, cítaras, arpas y cuernos, millones de besos, tersuras de silenciosísimas caricias, inaudibles suspiros del más hondo solaz, una aurora boreal constante, el melancólico escándalo de los suicidas, la vida, toda, cuando ya la vida sempiterna de muchas generaciones de amantes saliera, viniera al encuentro de los que llegaban; música y luz tenuísimas, como nacidas en las venas de cada uno de ellos, desbocados hacia el deliquio, golpeándose en su carrera contra los plintos enormes, el canto de las esferas que dijeron los antiguos, cuanto habitaba el cuerpo de Aixa universal, su voz indescriptiblemente armoniosa, grave y dulce perversísima voz, venía al encuentro de los dichosos desventurados que llegaban. Desde todas las puertas avanzaban centenares. Una pura adoración, beber en los tiernos labios sapientísimos de la mujer única, dejar en ellos el alma vagabunda para siempre.
Aixa era verde y ámbar, gris, era roja y enceguecedoramente amarilla, era azul y estaba untada de un color violeta y nada era tan blanco como su negro cuerpo prodigioso. Estrías estrellas se tendían en sus muslos y brazos, temblaban en sus lagrimales y en sus uñas. Plácidos lagos instantáneos espejeaban en su vientre y su espalda. En la redondez de sus hombros y rodillas se abismaba la luz. El mar la cabellera.
—¿Cómo será el tálamo? —preguntó Abu-l-Tayyib Ahamad ibn al Husayn al compañero más cercano, ya los pies desangrándosele en la espesa alfombra de piedras preciosas.
—Alá sí lo sabe. Quiero llegar vivo —gimió el otro.
Abu-l-Tayyib Ahamad ibn al Husayn, llamado Mutanabi, avanzaba envuelto en el clamor, recitando por última vez sus inmortales poemas; sentía así su renuncia más grande y dolorosa, pues era como ir regándolos, despilfarrándolos muy a sabiendas, doliéndose por los que alentaban lejanos todavía dentro de su frágil espíritu pictórico. “Yo sí, en verdad, dejo sin acabar un mundo entero. Un reguero de diamantes me sale de la boca. El canto del pájaro infernal y celeste morirá conmigo”. Y esto lo confortaba. Mutanabi, “el que se las da de profeta”, harto de sus propias imposturas y de arrastrar su soberbia ante tronos de príncipes de tercer orden, en el pináculo del amor a sí mismo, avanzaba poseyéndose por última vez, ya gritando su amor por Aixa, la completamente desconocida, su anticipada rendición: “En pleno día parece una luna ceñida por la verde oscuridad de los huertos”. Faltaban dos columnatas, qué fascinante era el estruendo de las multitudes que habitaban el cuerpo de Aixa. “Es como estar en la tempestad. Estoy en la espiral de los pájaros, todos los pájaros, los cielos y los infiernos”, gritó Mutanabi. Sus piernas sangraban horriblemente. Había botado los cántaros, había ensordecido y lo cegaban soles. Tendía desesperadamente los brazos. Llegó, por fin.
Aixa lo recibió con una mesura muy gentil. Lo conocía. Lo saludó por su nombre y le dijo “Mi Señor” y que lo esperaba. Le enjugó las heridas. Lo invitó a recostarse en la estera, a descansar. Le ofreció un cuenco de agua con granos de anís. Era todo el mobiliario, la estera. Mutanabi obedeció con paternal timidez, disculpándose: “Tiré los cántaros, traigo algunos poemas, nada más”. Aixa sonrió, parecía muy joven y endeble, adolescente y algo boba o tipluda. La estancia era un cuarto cualquiera de los pobreríos de la Samawa. Aixa sería una pequeña prostituta como tantas otras de allí. A la noche aparecerían sus padres y sus once hermanos a devorar las sudadas ganancias. “Me engañaron, perdí mi tiempo —pensaba Mutanabi, adormecido en la íntima frescura de la estera—. Y yo, ¿dónde me hice estas heridas?”. La muchacha se había sentado a sus pies y lo contemplaba humildemente. Mutanabi, jinete de hembras de veras, impar cabalgador, alcanzó a suponer que, de pronto, en aquella mirada de perro flaco, había sorprendido el fulgor fugaz de una pantera.
Lo despertó un abrazo de dulcísimo fuego, un río de llamas delicadas desde las ingles a las axilas, hasta la nuca. Sentía en los muslos la fuerza de dos o más toros a la vez. La plenitud más minuciosa embargaba sus músculos. Una inmensa y callada alegría, la alegría de ser Mutanabi. Sintió en las sienes una caricia magistral, imperceptible roce. Aixa lo tentaba, lo besaba, iba envolviéndolo, anegándolo. Se insinuaban en la lujosa penumbra resplandores de pedrerías, cada joya un amante, caravanas sin fin, veinte siglos de amor alrededor de la estancia. Como que parpadeaba en algún horizonte el rumor de muchos mundos e idiomas y júbilos y desgarros. Aixa era núbil, destrozable. Era de esplendorosa juventud. Era una anciana libidinosa. Estaba en el rotundo verano. Se perdía entre los brazos de Mutanabi, omnipotente amante sin término que abría los brazos angustiosamente mínimo buscando no sucumbir a la embestida de Aixa suavísima carne colosal. Jades y mármoles. Orquestas. Procesiones de hombres que cantan. Encerronas de borrachos. Mutanabi se jugaba la eternidad; con su último resto de razón mantenía los ojos afanosamente abiertos, se asomaba, casi ya en la demencia, a los densos y dilatados territorios de la mujer que lo devoraría, de la que no saldría nunca más, adorada carne preñada de lamentaciones, iras y gratitudes ya sin remedio, veinte siglos de suicidas ahí, en calcinados parajes, en sombreados parajes, en los perfectos músculos del cuello, en los lóbulos de las orejas, detrás de los párpados, entre los nervios. Cerca del corazón, al pie de una alta higuera, un muchacho ensaya desde los tiempos de Alejandro melodías para flauta. Arenales. Un barco llegando a puerto desaparece y aparece un barco llegando a puerto en pleno vientre. En la espalda un vendaval y en el vendaval un hombre que prepara los cántaros para salir hace quince siglos hacia el desierto de Aixa la Santa. Hacia los hombros de Aixa, por las rodillas, hombres sollozando en atardeceres de luz charcosa. Hombres que vieron edades idas antes de que nacieran los más antiguos. Vestiduras que vi en láminas de libros en el colegio de la Samawa. En la comba de las caderas, filósofos inmersos en un aire de profunda derrota. Van y vienen generaciones de generaciones: en el costado, en las malezas deliciosas, bordeando la rauda sangre. Tras el líquido brillo de tus labios, amada mía, se libran luchas a muerte; visires, changadores, reyes y truhanes pelean sin ley ni límite y sin poder sucumbir. Creces, amada mía, eres muchas mujeres, todas las mujeres. Tus piernas son como las desmesuradas columnas que rodean la estancia. Hacia tus cúpulas voy, desciendo. Gimes, aúllas, bramas. No me encuentras entre los pliegues de tu tálamo. Me ciegan los reverberos que fluyen de tu sudor. Mar de tu saliva, nado. Me mezo en la sonante aurora de tu cuerpo. Tú, luna de día ceñido de verdores, aquellos huertos. Tú, Aixa, mira la luz que de ti sale parda, anaranjada luz donde me voy hundiendo, ya, uno apenas, yo, uno más, yo que ya era inmortal, maldito sea tu nombre, Aixa, te dicen la Santa, maldita seas, infinitamente agradecido quedaré en el cuenco de tu mano.
Aquello como un girasol iba apagándose. Mutanabi buscaba sitio entre varios pescadores, en un figón del Asia Central, justo en lo hondo del cuenco de la mano derecha, justo cuando Aixa se alzaba, niña casi, para ofrecer la estera a un hombre de cabellos crespos, muy negro y flaco, que en ese momento dejaba a su espalda las postreras columnas; todavía cargaba un cántaro, y, desconfiado, no había dejado donde debiera su ofrenda principal: una gota perfecta y enorme de cristal de roca.
1973
KAORU KAI
Junto tus manos y voy alzándolas hasta mi boca. Las abandonas y te curvas hacia atrás, te me alejas, y la rendija de tus ojos —arista de hielo— me mira en la penumbra como si yo fuera ya un fantasma, sólo un dolor de tu memoria.
Juntas así las besaré, ay, muy pronto lejanísimas, tus manos largas y frías, unciosas. Unciosamente las abriré para mi cara, hundiré mi cara en ellas un instante como toda la vida.
No podemos desnudarnos de nuevo, ya no hay tiempo. Por eso tampoco me atrevo a acercarme a ti más de la cuenta. Además, estamos exhaustos; si volviéramos a la cama nos veríamos hasta quedarnos dormidos. Hace unas horas supimos que era para nunca más, e hicimos el amor milimétricamente, como buscando morir ahí, bárbaros y fantasiosos. Ya no hay tiempo. Se dirá que, a lo último, apenas si hallé resquicio para arrojarme sobre tus manos, sollozando.
“Se arrojó sobre sus manos, sollozando” —es buen final. Lo leí ¿dónde? Frase clásica, por supuesto, y nada falsa pues me estoy despidiendo de veras para siempre.
Pero no puedo, caramba, no la alcanzo, tendría que agacharme mucho. Tiene en las manos su bolsa, su maletín de azafata y el frasco de té. Abreviemos. Le besaré las puntas de los dedos, cerrando los ojos, reverencia casi, no podrá quejarse y procurando ¿no? porque se mueve uno bordeando el ridículo, cuidado, y más con tanta huella de hombre genial como hay que dejarle, guardar la línea, fíjate, digo, sobre todo no pierdas el equilibrio.
Ciego beso las puntas de tus dedos una vez, dos veces. Te acompaño a la puerta. Cuánto me lastima en estos momentos oír al clown que nunca me abandona. Cuánto me duele no llorar y estar seguro de que no lo haré; aunque un ahogo, o algo como eso, no sé, me anuncia que habré de llorar, y cuánto. En la puerta me beberé tu nombre.
Como despedida diré Kaoru Kai, bien, sólo eso, tu nombre, como si dijera una oración: Kaoru Kai, cosa eterna. Buen hallazgo. Sí, sí, pensaré cosa eterna, para darle peso suficiente a mi voz, a mis sílabas. O no, no, lo diré mejor como lo he dicho tantas veces, lamiéndolo en tus labios, nadando en el dulce brillo de tu saliva. A lo mejor también te digo esto último. Las mujeres aman la sensualidad, debo recordarlo, se ríen del ánimo religioso. ¿Quieres que una hembra no te olvide, en verdad? Úntale el nombre en la boca y sonríe con una buena dosis de cinismo. Sentirá que la posees, que te ama y que tú ya estás pensando en otra cosa; es decir, no te olvidará.
—Call me Kaoru —me has dicho—. Call me Kai. If you love me, call me Kai. If you want to tell me hello or how are you, then call me Kaoru.
—Your name is Kaoru Kai —dije, y añadí sobre su vientre, sofocándola—: Kaoru Kai…
Ella rio en silencio y en silencio dijo “¿Kaoru Kai?” y se mordió los labios, como saboreando el nombre, como descubriéndose en él, luego me mordió, devolviéndomelo.
Grabaré Kaoru Kai con toda mi alma en tu boca.
Kaoru Kai, diré. Te volverás y alcanzarás a verme un airecillo de melancolía fugaz y desconcertante por doloroso, por vivamente doloroso, por involuntario. Lo habré improvisado medio segundo antes. Será perfecto, te lo juro. Nunca te habré parecido tan desvalido y soberano. La despedida comenzará a serte insoportable. Pensarás es el actor, el gran actor que me mira por última vez. Yo no diré más, y tendrás que sentir: qué extraordinario. Cada una de mis arrugas será magistral. Veré que me estarás mirando como si una ligera tempestad interior me azotara en lo más adentro. Mi boca se curvará tristemente. Te envidio, yo no veré nada de esto. Te compadezco, nunca he dejado de ser un hijo de perra. Ya estamos en la puerta. Cuántas cosas he pensado desde la ventana hasta acá. La gente no vive mis estafas tanto como a veces supongo; de alguna manera tienen razón en admirarme.
Kaoru Kai —digo. Nos miramos. Y diría que nuestros rostros se abren para darse uno a otro, que se precipitan uno en otro, que con delicada desesperación se devoran; desmayándose devoran líneas y sombras y brillos del rostro amado. Estamos mirándonos. Cada uno quiere ser el otro. Por un instante siento cómo tus ojos van entrando en mis ojos, y tu nariz va siendo mi nariz, y mi boca me sabe a tu boca. Oh, dicha. Podrías decirme: Kaoru Kai, y mi voz sería tu voz diciendo que me amas. Por un instante mi rostro se aposenta en tu rostro. Nos estamos mirando. Y otra vez tú vuelves a ser tú. Me oigo gritando: es la última vez, eh, fíjate, mírala de veras, ahora sí de veras, incrústate en los ojos para siempre su cara, que nunca más puedan ver más que su cara.
Pero soy un profesional, el rey. Y decido resultar inusitado ciento por ciento; o sea, el hombre que hace estas cosas —despedirse definitivamente, por ejemplo— de oficio, vagamente, ya el afán puesto lejos; el hombre a quien le basta un parpadeo para mudar de alma.
Ahora —insisto en que podría jurarlo— está asombrándola un levísimo pliegue de desdén en mi comisura derecha. A Elda, en Florencia hace tres años, le pasó lo mismo cuando más esperaba mi desesperación, durante el minuto final, cuando ella supuso que me vería estallar en sollozos. Mi mirada se ha hecho opaca, parece lejana o fatigada, con ganas de abreviar (¡vamos, este ejercicio me ha salido redondo cien veces frente al espejo! casi no tiene mérito; es la tranquila impaciencia que usé en Tormenta en Verano, sí, la escena donde descubro que ya no me importan los engaños de Adelaida, y la despacho: “Desde hoy mi vida será una feroz nostalgia —le digo—, pero vete ya, simplemente vete ya”, le digo atento a las campanadas del reloj, las seis en punto, debe irse esta bruja, debo quedarme solo, de un momento a otro llegará Diana Leyva, la jovencita a la que después pervierto. Tormenta estuvo en pantalla de estreno ¿qué? treinta y dos semanas, y ese close-up me dio el contrato de Amantes en conflicto), sí, lejana o fatigada, no perdamos más tiempo, aquí no pasa nada, o sí, tal vez más de la cuenta; y por un momento, oquéi, concedamos, mi gesto deja adivinar una inesperada gula postrera, pornografía pura por el cuerpo de Kaoru Kai, como si ahora, a la mera hora, me trasijara un recuerdillo, eso y nada más. ¡Bravo!
Me oigo gritar: “¡no la estás mirando, mírala, estúpido mírala, ella sí está ya a veinte kilómetros de distancia, mírale la pena, ya no puede sonreír, ya no quiere esconderse!”.
Oquei —digo, me oigo decir—, it’s enough. Good bye.
Nunca olvidaré mi apacible desolación distraída. He sido artista hasta el raperáp.
Oh, cómo quisiera, cómo quisiera no sé qué, cualquier cosa u horror menos esto, esto que está sucediendo, esta mierda.
Ya me das la espalda. Veo tus hombros, tu sweater verde y tu blusa de encaje blanco. Veo tus cortos cabellos japoneses, negros y ásperos, que dejan libre el largo cuello, y porque te mueves indecisa como si quisieras desandar el paso que ya diste, veo tu perfil acongojado.
Cierro la puerta.
Necio. Ni siquiera sentías que entrabas en el vacío. Tokio brillaba en el f
