Todos escucharon en respetuoso silencio, pero seguían decepcionados. La mayoría ya conocía el fragmento y ya había meditado largamente sobre él.
El muchacho podía haber elegido algo más original, más palpitante.
Cuando terminó de leer, Henry cerró la Biblia, miró al cielo y comenzó a hablar:
Todos nosotros, en algún momento, nos hicimos la misma pregunta que todas las generaciones se han hecho:
¿Qué es lo más importante de nuestra existencia?
Queremos emplear nuestros días de la mejor manera, pues ninguna otra persona puede vivir por nosotros. Entonces necesitamos saber: ¿hacia dónde debemos dirigir nuestros esfuerzos, cuál es el supremo objetivo a ser alcanzado?
Estamos acostumbrados a escuchar que el tesoro más importante del mundo espiritual es la Fe. En esta simple palabra se apoyan muchos siglos de religión.
¿Consideramos la Fe como lo más importante del mundo? Pues bien, estamos completamente equivocados.
Si creímos en eso en algún momento, podemos dejar de creer.
En el pasaje que acabo de leer fuimos llevados a los primeros tiempos del cristianismo. Y, como vimos, “quedan la Fe, la Esperanza y el Amor. Esos tres. Pero de ellos, el mayor es el Amor”.
No se trata de una opinión superficial de Pablo, el autor de esas líneas. Al final de cuentas, un momento antes él había hablado de la Fe y dijo: “Aunque tenga una inmensa Fe, al grado de mover montañas, si no tuviera Amor, nada seré”.
Pablo no evadió el asunto; por el contrario, comparó la Fe con el Amor. Y concluyó: “de ellos, el mayor es el Amor”.
Debe haber sido muy difícil para él expresar eso; finalmente, un hombre suele recomendar a otros aquello que es su punto fuerte.
El Amor no era el punto fuerte de Pablo. Un estudiante con sentido de observación notará que, a medida que envejecía, el apóstol se tornaba más tolerante, más tierno. Aunque la mano que escribió “pero de ellos, el mayor es el Amor”, estuvo muchas veces manchada de sangre en su juventud.
Además, esa carta a los corintios no es el único documento que muestra el Amor como el summum bonum, el Don Supremo. Todas las obras maestras del cristianismo concuerdan en ese punto.
Pedro dice: “Sin embargo, cuiden, por encima de todo, el Amor intenso de unos para con los otros porque el Amor cubre multitud de pecados”.
Y Juan va más lejos: “Dios es Amor”.
Podemos leer, también, en otro texto de Pablo: “El cumplimiento de la ley es el Amor”.
¿Por qué Pablo dice eso? En aquella época los hombres buscaban llegar al Paraíso cumpliendo los Diez Mandamientos, y los centenares de otros mandamientos que habían creado con base en las Tablas de la Ley. Cumplir la ley era todo. Era, incluso, más importante que vivir.
Entonces Cristo dijo: “Voy a mostrarles una manera más simple de llegar al Padre. Si la aprenden, pueden hacer centenares de otras cosas sin temor de ofender a Dios: Amor. Si ustedes aman, estarán cumpliendo la ley, aunque no tengan conciencia de eso”.
Podemos comprobar por nosotros mismos que ese consejo funciona.
Tomemos cualquiera de los mandamientos: “Amar a Dios sobre todas las cosas”. He aquí el Amor.
“No tomarás el nombre de Dios en vano.”
¿Osaríamos hablar superficialmente de alguien a quien amamos?
“Santificarás las fiestas.”
¿No estamos muchas veces ansiosos, esperando el día de encontrarnos con quien amamos para dedicarnos al Amor? Entonces, si amamos a Dios, sucederá lo mismo.
El Amor exige que obedezcamos todas las leyes de Dios.
Cuando un hombre ama, no es necesario exigirle que honre a su padre y a su madre o que no mate. Exigir que no robe al hombre que quiere bien a su prójimo es una ofensa: ¿cómo podría robarle a alguien a quien ama? Y sería superfluo pedirle que no levante falsos testimonios, pues jamás haría eso, como tampoco sería capaz de desear a la persona que otro ama.
Por lo tanto, “el Amor es el cumplimiento de la Ley”.
El Amor es la regla que resume todas las otras reglas.
El Amor es el mandamiento que justifica todos los otros mandamientos.
El Amor es el secreto de la vida.
Pablo lo aprendió y nos dio, en la carta que leímos hace un momento, la mejor y más importante descripción del summum bonum, o Don Supremo.
