OCTAVIO PAZ: CONCIENCIA DEL 68
La conciencia, decía André Breton, es aquello que, “ocurra lo que ocurra, nos lleva a oponernos a todo lo que atente contra la dignidad de la vida”. La conciencia es lo opuesto a la razón de Estado.
OCTAVIO PAZ,
El ogro filantrópico (1977)
Octavio Paz retornó a México en 1953, luego de casi una década de servicio diplomático en Estados Unidos, Francia, la India, Japón y Suiza. Se quedaría en el país cinco años, con salidas esporádicas, antes de ser enviado de nuevo a Francia y a la India. Ese lustro en México fue fructífero: activo en revistas y suplementos, publicó los ensayos El arco y la lira (1956) y Las peras del olmo (1957) y mucha poesía, de Semillas para un himno (1954) a La estación violenta (1958), pasando por Piedra de Sol (1957). La publicación en Francia de Aigle ou soleil? en 1957, en la traducción de Jean-Clarence Lambert, fortalecía la pertinencia de su voz en el escenario mundial.
Además de su trabajo en Relaciones Exteriores, Paz fue procurado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que lo invitó a participar en sus Cursos de Invierno, en diversos programas de Radio Universidad y, desde luego, volver a su vieja iniciativa, Poesía en voz alta, que estrenó su obra teatral La hija de Rappaccini (1956).
Su retorno lo llevó a constatar que la Revolución mexicana hallaba su cauce en el crecimiento de una clase media que se beneficiaba de conquistas como el acceso a la educación superior y, con ella, de la aparición de una “clase” estudiantil nacional cuyas exigencias de democracia —junto a las de algunos movimientos obreros y gremiales— comenzaban a modificar el escenario político y a sacudir el monopolio del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Percibía cómo el lento desarrollo social y político chocaba con el autoritarismo, el corporativismo oficial, el patrimonialismo, la farsa democrática y, desde luego, con la enorme corrupción aledaña.
Su enfado se manifestó de diferentes maneras. Durante un viaje en ferrocarril hacia el norte del país escribió “El cántaro roto” (1955), quizá su poema más combativo desde su juventud en Yucatán y en la España en guerra civil. Un testimonio rabioso contra el protagonismo del “sapo” caciquil de la historia mexicana; también, una descarga de ira contra sí mismo, como un “hombre roto” más. Lo publicó en el primer número de la Revista Mexicana de Literatura, dirigida por Carlos Fuentes y Emmanuel Carballo, y guiados de cerca por Paz. En el centro del poema se pasea, orondo, impávido, venerado —“los fines de semana en su casa blindada junto al mar, al lado de su querida cubierta de joyas de gas neón”—, el cacique gordo de Cempoala que, como explica Enrique Krauze,1 es “el aliado de Cortés, pero reencarnado, a través de la historia, en el sacerdote azteca, el obispo católico o el inquisidor, el caudillo del siglo XIX, el general revolucionario o el banquero”:
El dios-maíz, el dios-flor, el dios-agua, el dios-sangre, la Virgen,
¿todos se han muerto, se han ido, cántaros rotos al borde de la fuente cegada?
¿Sólo está vivo el sapo,
sólo reluce y brilla en la noche de México el sapo verduzco,
sólo el cacique gordo de Cempoala es inmortal?2
Y sin embargo, castigado bajo el oprobio, el poeta siente que respira la “palabra perdida” que debemos desenterrar entre todos, pues puede resarcirlo todo: la palabra que permite soñar y que augura cantar, la que propicia “dormir con los ojos abiertos”.
Además de escribir, pensar y criticar, revive el fervor rebelde de su juventud. Por ejemplo, durante la huelga ferrocarrilera de 1958, entusiasmado con la posibilidad de un movimiento obrero independiente del control estatal, participa en algunas manifestaciones y firma manifiestos que piden en la prensa respeto a la libertad sindical. Por ejemplo, el 30 de agosto rubricó un desplegado —con Carlos Pellicer, Alvar Carrillo Gil, Alí Chumacero, Abel Quezada, Carlos Fuentes, Jaime García Terrés, Fernando Benítez, Guillermo Haro, Emilio Uranga, Ricardo Martínez, Juan Soriano y Pedro Coronel— en el que refrendaba su posición sobre las demandas sociales, expresando su incomodidad aún en su condición de funcionario público:
Somos testigos de un movimiento obrero que desea la purificación del sindicalismo nacional y que repudia a los dirigentes que durante años han traicionado los fines que legitiman la asociación de los trabajadores, desviando la lucha obrera en su provecho y con propósitos personalistas. Hemos escuchado a los obreros y estudiantes, hemos leído con atención sus argumentaciones y pensamos que en todas estas expresiones alienta un sincero deseo de establecer el verdadero diálogo entre el pueblo y sus gobernantes.3
Se incorporó así con firmeza en una nueva corriente crítica que lo situó como un intelectual antagónico a sus pares que eran próximos al gobierno: “se interroga cada día con mayor ansiedad sobre la naturaleza del sistema político mexicano, sobre todo luego de su experiencia en Estados Unidos y Francia”.4 Que no se le despidiera por hacerlo ya era indicio de que algo comenzaba a cambiar. En su trabajo, recibió un ascenso y colaboró muy cerca con el poeta José Gorostiza, su superior jerárquico, quien lo encaminó al área de Organismos Internacionales desde donde Paz combatió, en la medida de sus posibilidades, en favor de una apertura a la modernidad. Pero no había mucho espacio hacia donde moverse, y la vida en la oficina lo deprime, incluso más que en 1951, cuando escribió la “Visión del escribiente”:
Y llenar todas estas hojas en blanco que me faltan con la misma, monótona pregunta: ¿a qué hora se acaban las horas? Y las antesalas, los memoriales, las intrigas, las gestiones ante el Portero, el Oficial en Turno, el Secretario, el Adjunto, el Substituto. Vislumbrar de lejos al Influyente y enviar cada año mi tarjeta para recordar —¿a quién?— que en algún rincón, decidido, firme, insistente, aunque no muy seguro de mi existencia, yo también aguardo la llegada de mi hora, yo también existo. No, abandono mi puesto.5
A finales de 1958, después de publicar Piedra de Sol, se apoderó de él un deseo ferviente de volver a París, cerrar su historia con Elena Garro y reencontrarse con viejos camaradas y nuevos afectos. Gracias a su amigo Manuel Moreno Sánchez, que intervino en su favor, el presidente entrante Adolfo López Mateos —quizá inquieto con la creciente militancia del poeta— ordenó que se le enviara de nuevo a París. Luego de un rápido divorcio unilateral,6 Paz arribó a Francia con la esperanza de una nueva vida. Un entusiasmo inicial que fue satisfactorio en términos intelectuales y creativos, pero que fue trastocándose en decepciones y desamores, hasta que llegó, con su ascenso al rango de embajador, la orden de trasladarse como tal hacia la India.
Partió al subcontinente envuelto por una tristeza de la que dan elocuente testimonio los poemas de Salamandra (1962). En su discurso de presentación ante las máximas autoridades indias, el 10 de septiembre de 1962, deslizó un párrafo final en el que parece expresar, apenas disimulado por la almidonada retórica diplomática, sus aspiraciones para México:
México e India son dos naciones con un rico pasado histórico, ambas han sido cunas de civilizaciones originales y ambas, sin renegar de sus orígenes, han emprendido vastos movimientos de reforma social tendientes a utilizar los beneficios de la era moderna en provecho de la mayoría. En un mundo cada vez más separado por las ideologías y los intereses contradictorios, cada vez más unido por la ciencia, el pensamiento, el arte y también, desgraciadamente, por la amenaza de la destrucción universal, India y México han afirmado que la conservación de la paz internacional es una tarea en la que deben participar activamente todas las naciones […]. En efecto, concebimos la paz internacional como un concierto de voces distintas y armónicas, no como un monólogo; para nosotros, la unidad no es enemiga de la pluralidad.7
En principio, el embajador y la embajada misma estaban en un hotel. Paz cumplía con su trabajo y con sus tareas protocolarias, hacía amigos entre intelectuales y artistas, viajaba por la India y —pues era el embajador concurrente— por Afganistán y Ceylán (hoy Sri Lanka). El asombro ante la anciana y poderosa cultura mítica y artística de esas regiones comenzó a seducirlo. Junto a los informes y análisis diplomáticos de rigor, comenzó a escribir los poemas que irían a dar a Ladera este (1969) y varios libros de ensayos —Cuadrivio (1965), Los signos en rotación (1965), Puertas al campo (1966)— al tiempo que se adentraba en el pensamiento de Claude Lévi-Strauss y en el arte de Marcel Duchamp, sobre quienes escribiría sendos libros.
Su resurgimiento al amor culmina en enero de 1966 cuando celebra nupcias con la joven Marie José Francine Jeanne Tramini, pasión que incita su gran poema de esos años, Blanco (1967). Un renacer amoroso entusiasta que se apareja con la pasión social de su juventud combativa, en especial ante los signos de cambio y rebeldía que ocurrían poco a poco en México. Su correspondencia a partir de 1966 —en especial la que sostiene con Carlos Fuentes— refleja con creciente fuerza su malestar ante el despotismo que apreciaba en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, cacique gordo en turno de un aparato político cada vez más esclerotizado y, por lo mismo, peligroso.
El revitalizado Paz comenzó a calcular desde entonces, en 1966, su retorno definitivo a México. A los cincuenta y dos años escucha de nuevo el llamado de la “acción” que había acatado en 1937, cuando viajó a Mérida y a la España de la guerra civil. Volver a México y dejar atrás el letargo de su carrera diplomática; participar en la vida política; actuar y escribir; editar una revista literaria y crítica que diseña maniáticamente con sus amigos Fuentes, Tomás Segovia y Arnaldo Orfila.
Se trasladó a México en 1967 para presentarle el país a su esposa e ingresar a El Colegio Nacional y terminar con un prolongado proceso iniciado en 1958, del cual dejó constancia Alfonso Reyes: “México, diciembre 8 lunes […]. El Colegio Nacional: elecciones desiertas por no alcanzar votos los candidatos: Antonio Gómez Robledo, Octavio Paz y un arquitecto Ramírez Vázquez que quiso colocarnos Antonio Castro Leal”.8 Tres años después fue propuesto de nuevo y, finalmente, aceptado en septiembre de 1966. Fernando Benítez relató que hubo reticencias en la votación, pues no tuvo el apoyo unánime de los humanistas sino el de los hombres de ciencias. (Al respecto Carlos Fuentes le escribió: “Haro […] me contó los incidentes de la elección. Más bien el único incidente: el del fruncido pacheco (con p minúscula) don Silvio Zavala, que pidió más tiempo para considerar tu candidatura. Haro le contestó: ha tenido usted quince años para considerarla”.) Carlos Monsiváis explicó la decisión de invitar a Paz en términos que dan cuenta el papel que tenía el poeta en esos años:
El Colegio Nacional, la máxima institución de nuestro establishment cultural, acepta a un escritor disidente, a un artista cuya norma ha sido invariablemente la ruptura. Y no es —obviamente— Octavo Paz quien cede, es la necesidad de una cultura que no desea extinguirse o petrificarse lo que decide tal inclusión.9
Por su trabajo y por la lejanía, Paz demoró once meses en formalizar su ingreso impartiendo su lección inaugural. Le pidió al astrónomo Guillermo Haro que fuera él quien respondiera a su discurso y no Jaime Torres Bodet, el poderoso exfuncionario a quien le correspondía la réplica. Paz le explicó, con franqueza encomiable, el porqué de la imposibilidad de diálogo entre ellos: “el verdadero diálogo implica una voluntad mutua que, en este caso, no existe”.10
Las noticias que llegan de México lo impelen a tomar partido. En 1966 grupos radicales en pugna —de ultraizquierda, de ultraderecha, del PRI, de la CIA, del MURO, etc.— cierran la Universidad Nacional para exigir la destitución del rector Ignacio Chávez y la cancelación de sus reformas, como el examen único de ingreso. El 26 de abril Chávez fue obligado por un grupo porril a firmar su renuncia, para luego ser echado del edificio de Rectoría entre humillaciones atroces. Paz le escribe entonces:
No sé qué me abochorna más, si la villanía de los “estudiantes” que se apoderaron de la Universidad o el saber que la pasividad general ha permitido (por lo menos hasta ahora) la impunidad de los trúhanes. Me pregunto si los universitarios —profesores y estudiantes— podrán seguir siéndolo sin sentirse cómplices de lo ocurrido. Por fortuna, muchos han reaccionado. Según leo en Excélsior han renunciado más de mil profesores y la mayoría de los directores. Esas renuncias son un desagravio. Y algo mejor: un homenaje a la obra notable que usted y su administración han realizado en nuestra desdichada Universidad. Estas líneas, admirado amigo, no tienen más objeto que unirme a ese homenaje.11
El clima de confrontación y cuestionamiento que anega la década de los sesenta, en vez de contagiar su espíritu libertario a México, se convertía en nuevas formas de opresión.
Paz dedica cada vez más interés al ánimo crítico que se manifiesta en otras partes. El hedonismo dionisiaco de la cultura juvenil que va de la mano, a veces, con la voluntad contestataria, lo exalta. Ante el desastre en la URSS y su órbita, y ante el anquilosamiento de la Revolución cubana, lo intrigan las múltiples formas de inconformidad que comienzan a manifestarse a partir de 1965 en Berkeley (donde había estado en 1943) y después en Francia y Checoslovaquia, y vierte su interés en “Revuelta, revolución, rebelión”, ensayo que forma parte de un nuevo libro, Corriente alterna (1967). En su recorrido por los significados de las tres palabras, propone:
Revuelta no implica ninguna visión cosmogónica o histórica: es el presente caótico o tumultuoso. Para que la revuelta cese de ser alboroto y ascienda a la historia propiamente dicha debe transformarse en revolución. Lo mismo sucede con rebelión: los actos del rebelde, por más osados que sean, son gestos estériles si no se apoyan en una doctrina revolucionaria. Desde fines del siglo XVIII la palabra cardinal de la tríada es revolución. Ungida por la luz de la idea, es filosofía en acción, crítica convertida en acto, violencia lúcida. Popular como la revuelta y generosa como la rebelión, las engloba y las guía. La revuelta es la violencia del pueblo; la rebelión, la sublevación solitaria o minoritaria; ambas son espontáneas y ciegas. La revolución es reflexión y espontaneidad: una ciencia y un arte.12
Las rebeliones juveniles lo entusiasman, y no sólo por recordarle el culto de la acción revolucionaria que, treinta años antes, había alimentado su propia juventud. En la primavera de 1968, como escribe Krauze, escuchó
las noticias sobre la rebelión de los estudiantes parisienses y vio en la posible fusión del movimiento estudiantil y la clase obrera el esperado cumplimiento de la profecía de Marx, el principio de la Revolución de Occidente. Por fin, creyó ver a la Revolución alzarse en la «espléndida actitud» de los jóvenes de Occidente, nuevos nómadas de la era industrial, reinventores del neolítico, desdeñosos del futuro, idólatras del instante.13
Cuando el levantamiento en Francia comienza a implosionar, y casi apenado Paz por haberse ilusionado tanto, en vísperas del comienzo de unos juegos olímpicos con los que el gobierno deseaba proponer su candidatura al primer mundo, se inicia el movimiento estudiantil en México. La reyerta que le dio origen no tarda en convertirse en una querella en defensa del derecho a la crítica y a la manifestación, primer límite al poder del Estado.
Como es sabido, el movimiento estudiantil creció velozmente en fuerza y tamaño hasta que, el 2 de octubre, una manifestación en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, terminó en masacre y en detenciones. Apenas se enteró Paz de lo ocurrido, tomó la decisión de no servir más como embajador. Además de hacer público el motivo de su decisión distribuyó un poema, “México: Olimpiada de 1968”, y una carta al gobierno, por medio de los organizadores del Programa Cultural de la olimpiada.
Un mes más tarde viajó hacia Europa y hacia la fructífera tercera parte de su vida…
1 Enrique Krauze, “Octavio Paz: El poeta y la Revolución”, en Redentores. Ideas y poder en América Latina, Debate, Barcelona, 2011, p. 215.
2 Octavio Paz, “El cántaro roto”, Obra poética I, en Obras completas, volumen 11, Fondo de Cultura Económica, México, 2004, p. 214. En lo sucesivo, nos referiremos a las Obras completas de Octavio Paz como OC.
3 “Al pueblo y al gobierno”, Excélsior, 30 de agosto de 1958, p. 16.
4 Cfr. Guillermo Sheridan, Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, Era, México, 2004, p. 460.
5 Octavio Paz, ¿Águila o sol?, en OC 11, p. 167.
6 Cfr. Ángel Gilberto Adame, “Un divorcio en Paz”, Octavio Paz. El misterio de la vocación, Aguilar, México, 2015.
7 “Expediente personal de Octavio Paz Lozano”, Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Fondo SRE, Sección Diplomática, Expediente III-2944-1 (2), 1960-1968.
8 Alfonso Reyes, Diario 1951-1959, Fondo de Cultura Económica, México, 2015, p. 691.
9 Carlos Monsiváis, “El escritor vivo”, en La Cultura en México, núm. 287, 16 de agosto de 1967, p. 4.
10 Cfr. Carta del 31 de octubre de 1966, en la Correspondencia de Octavio Paz con Jaime Torres Bodet, en IISUE/AHUNAM/Fondo Incorporado Jaime Torres Bodet.
11 Recogida en Ignacio Chávez, Epistolario selecto (1929-1979), El Colegio Nacional, México, 1997, p. 297.
12 “Revuelta, revolución, rebelión”, en OC 10, p. 589.
13 Krauze, ob. cit., pp. 225-226.
La palabra del escritor tiene fuerza porque brota de una situación de no-fuerza. No habla desde el Palacio Nacional, la tribuna popular o las oficinas del Comité Central: habla desde su cuarto. No habla en nombre de la nación, la clase obrera, la gleba, las minorías étnicas, los partidos. Ni siquiera habla en nombre de sí mismo: lo primero que hace un escritor verdadero es dudar de su propia existencia.
OCTAVIO PAZ,
El ogro filantrópico (1977)
LAS CARTAS
Lo que sigue es una recopilación de material epistolar escrito por Octavio Paz en el que se refiere a los movimientos estudiantiles en Francia y en México. Inicia con una carta de 1966 sobre un conflicto estudiantil que hubo ese año en la Universidad Nacional Autónoma de México en el que Paz apreció un aviso del porvenir. Termina con una carta de 1970 en la que saluda a unos muchachos que le pidieron figurar como padrino de su promoción.
Perteneció Paz a una generación para la que escribir cartas era una actividad necesaria y rigurosamente considerada por la agenda cotidiana, un calendario paralelo al de los arduos días oficinescos: el dedicado a los afectos, los trabajos privados y la exploración de las ideas con (y a veces contra) sus amigos. Sus cartas, desde su primera juventud, fueron de muy variado temple: las íntimas, familiares y amorosas; las cartas a los amigos, cargadas de debates e ideas, charlas en papel, diferidas o anticipatorias y las de índole práctica con editores y editoriales, profesores y traductores, colegas en revistas o diarios.
Desde hace veinte años la vasta obra epistolar de Paz ha comenzado a recopilarse y a publicarse. El último libro que llevó su firma en vida —apareció unas semanas antes de su deceso en abril de 1998— fue el primero de su epistolario: su Correspondencia con Alfonso Reyes.1 En los años siguientes han sido publicadas sus cartas a Pere Gimferrer, a Tomás Segovia, a Jean-Clarence Lambert y a Jaime García Terrés, así como su correspondencia —pues incluye las respuestas de sus destinatarios— con Arnaldo Orfila y José Luis Martínez.2 Son innumerables las misivas a decenas de corresponsales que han aparecido en libros, revistas y periódicos. La labor de reunir, editar y estudiar adecuadamente la totalidad de la correspondencia de Paz exigirá varios lustros aún y el interés de nuevas generaciones. Servirá para enriquecer y criticar la variada complejidad de su pensamiento y su obra, lo mismo que para apreciar con mayor hondura las circunstancias históricas, estéticas, sociales y morales del prolongado y atribulado tiempo que duró su vida.
Durante lo que llamó “el año axial” de 1968, cargado de tensiones sociales y políticas en todo el mundo, Paz se halla en la India como embajador de México. Se encuentra, pues, relativamente aislado —y más por una serie de huelgas de correos y dificultades para encontrar periódicos que lo hacen depender de su radio, en el que escucha los noticieros de la BBC de Londres. Es una de las razones por las que aumenta la cantidad y la extensión de sus misivas con intercambios de noticias, análisis, conjeturas y cálculos, un gimnasio epistolar en el que todo se pone velozmente en juego. No son pocas las ideas que se convertirían después en los ensayos sobre la crisis de 1968 y sus alrededores que aparecen primero en estas cartas.
He reunido, con el apoyo de mis colaboradores y amigos, medio centenar de misivas, inéditas la mayoría de ellas, algunas dedicadas completamente a los movimientos estudiantiles y sus entornos políticos y sociales, y otras —a veces un párrafo; a veces un par de renglones— en las que el asunto aparece mencionado al margen de tópicos de otra índole. Estamos seguros de que existen muchas más cartas en los archivos de sus corresponsales en Europa y en Hispanoamérica; de que habrá cartas sobre los movimientos de 1968 lo mismo con Claude Roy que con Julio Cortázar, por mencionar sólo dos nombres. Así, pues, este libro se resigna a ser el primer paso de una obra en proceso.
criterios empleados en esta edición
Hemos optado por transcribir el material siguiendo los originales de Paz al pie de la letra. En algunas ocasiones, porque la carta abría paréntesis sobre otras cuestiones, optamos por omitir partes y señalarlo así con corchetes […]. Respetamos los subrayados de Paz y aun sus testados, pero ponemos en cursivas los títulos de libros y revistas. Respetamos su costumbre (quizás adquirida en su larga vida de oficinista) de emplear las mayúsculas en los cargos oficiales. Cuando escribe solamente el apellido o el nombre de una persona completamos el nombre, pero solamente si hay posibilidad de confusión. Si la carta está íntegramente dedicada al asunto que nos atañe, conservamos las cortesías iniciales y finales.
Pensando sobre todo en los lectores jóvenes para quienes lo ocurrido hace cincuenta años puede verse enriquecido por información ancilar, presentamos brevemente cada carta y, a pie de página, aportamos información relevante para su lectura, con ánimo de apreciar el contexto o remitir a la bibliografía.
Las referencias a las obras de Paz remiten a la edición que él mismo preparó de sus Obras completas (en adelante OC) para el Fondo de Cultura Económica en México y Círculo de Lectores en España:
La casa de la presencia. Poesía e historia, volumen 1.
Fundación y disidencia. Dominio hispánico, volumen 3.
El peregrino en su patria. Historia y política de México, volumen 8.
Ideas y costumbres I. La letra y el cetro, volumen 9.
Ideas y costumbres II. Usos y símbolos, volumen 10.
Obra poética I (1935-1970), volumen 11.
Miscelánea II, volumen 14.
Miscelánea III. Entrevistas, volumen 15.
LOS DESTINATARIOS
Juan Almela (1934-2014), que firmaba su poesía como Gerardo Deniz, emigró con su familia de Madrid a México en 1942. Científico autodidacta, poseedor de una erudición de muy amplio espectro, trabajaba como corrector de pruebas y estilo en el Fondo de Cultura Económica. Junto a Tomás Segovia, Almela fue el traductor esencial del México de esa y otras épocas: Roman Jakobson, Georges Dumézil, Émile Benveniste, Claude Lévi-Strauss (tradujo también del sánscrito, del alemán, del ruso, el sueco y el italiano). Comenzó a escribir poesía por 1954, narró en alguna ocasión, sorprendido por un libro de Paz. A mediados de la década de los sesentas, aún inédito como poeta, le envió algunos poemas a la India e iniciaron su correspondencia. Es el gran heterodoxo, nuestro más alto raro (en el alto sentido dariano de la palabra). Publicó una veintena de libros singulares a partir de Adrede (Joaquín Mortiz, México, 1970), que Paz recomendó fervientemente a su editor. En 2005 reunió su poesía completa en Erdera (FCE, México, 2005). Las cartas que se citan en este libro fueron generosamente aportadas por el poeta Fernando Fernández, amigo y albacea literario de Almela.
Dore Ashton (1928-2017) fue historiadora, curadora e influyente crítica de arte. Conoció a Paz en 1957 en México, en casa de su mutuo amigo, el pintor y arquitecto Mathias Goeritz. Presencia crítica principal en la historia del expresionismo abstracto estadounidense, Ashton publicaba en Art Digest desde 1951 y, a partir de 1955, en el New York Times. Su libro principal es The New York School: A Cultural Reckoning (1973), publicado cuando ya era maestra en la Universidad de Columbia. Su ensayo “Octavio Paz and Words and Words and Images”, que propone una curiosa equivalencia entre la escritura poética y la crítica de arte, apareció en Review: Literature and Arts of the Americas (Nueva York, número 18, 1976). En 1968 Ashton estaba casada con el pintor latvio-estadounidense Adja Yunkers (1900-1983). Las cartas provienen de la colección Dore Ashton Papers, 1849, circa 1928-2014. Archives of American Art, Smithsonian Institution en Washington, D. C.
Fernando Benítez (1912-2000) inició su vida como reportero, editor o director de revistas y suplementos, sobre todo el del diario Novedades, México en la Cultura (1949-1961), después en su continuación, La Cultura en México (1961-1970) en la revista Siempre! y, finalmente, en Sábado, suplemento del diario Unomásuno (1977-1984). (El primer número de Sábado, por cierto, llevó como primer artículo un ensayo de Paz sobre arte de México.) Benítez publicó una veintena de libros de historia, biografía y antropología a lo largo de su vida, como el vasto (y en opinión de Paz “notable”) Los indios de México (1968) y hasta Los demonios en el convento: sexo y religión en la Nueva España (1985). Publicó también dos novelas: El rey viejo (1959) y El agua envenenada (1961).
Antonio Carrillo Flores (1909-1986), doctor en derecho, “una de las figuras más influyentes de su generación” según Roderic Ai Camp. Hijo de Julián y hermano de Nabor, era el secretario de Relaciones Exteriores del gobierno de Díaz Ordaz (1964-1970). Antes, había sido secretario de Hacienda del gobierno de Adolfo Ruiz Cortines, embajador en Estados Unidos y la Unión Soviética. En 1970 fue director del Fondo de Cultura Económica y en 1979 sería diputado federal por el Partido Revolucionario Institucional. Paz lo llamó en Vislumbres de la India (1995) un “hombre afable, inteligente y sensible”. Fueron compañeros en El Colegio Nacional, al que el excanciller ingresó en 1972.
Carlos Fuentes (1928-2012), narrador, ensayista, dramaturgo, es el corresponsal más cercano a Paz en 1968 cuando, radicado en Londres, escribe Cumpleaños (1969) y Terra nostra (1975). En su novela La región más transparente no es poco lo que hay de Paz en el personaje llamado Manuel Zamacona. En una carta de 1959 a José Bianco, Paz escribe: “Mis sentimientos frente a Fuentes son ambiguos —fue amigo mío, muy amigo; después de la novela, dejé de verlo; ahora nos hemos vuelto a ver—. No puedo evitar quererlo; no puedo evitar que me irrite… y me defraude”. Según Fuentes (en Myself and Others, 1988), conoció a Paz en París en 1950, cuando iba a estudiar a Ginebra. Paz relata emocionadamente su encuentro en “La pregunta de Carlos Fuentes”, uno de sus ensayos sobre él, recogidos en Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano, volumen 4 de sus Obras completas. Fuentes, por su parte, escribió “El tiempo de Octavio Paz” (1971), su prólogo a Los signos en rotación y otros ensayos, antología que preparó para Alianza Editorial. La nutrida y muy rica correspondencia entre ambos escritores —que va de 1956 a 1988 y aguarda una edición crítica a la altura del material— está entre los Carlos Fuentes Papers, Manuscripts Division, Department of Rare Books and Special Collections, Princeton University Library.
Pere Gimferrer (1945), poeta y escritor catalán, recibió el Premio Nacional de Poesía a los veintiún años de edad por su libro Arde el mar (1966), el primero de veinte hasta la fecha. Ese mismo año de 1966, Gimferrer envió su libro a Paz, que le contestó la primera de dos centenares de misivas que, sin las respuestas de Gimferrer, fueron recogidas y someramente anotadas por el catalán en 1999 en la editorial Seix-Barral: Memorias y palabras. Cartas a Pere Gimferrer 1966-1997 (con un prólogo de Basilio Baltasar). En su Obra poética II, volumen 12 de sus Obras completas, Paz recoge tres poemas de Gimferrer en sus traducciones al español.
Lysander Kemp (1920-1992), poeta, traductor, profesor en la Universidad de Texas en Austin, ante la cual intervino para invitar a Paz cuando, después de 1968, buscó empleo en las universidades (Paz estuvo en Austin de septiembre a diciembre de 1969, escribiendo su libro Postdata). Kemp tradujo a Paz a partir de 1950 con El laberinto de la soledad que publicó Grove Press. Se le deben a él, en su calidad de director editorial de la Universidad de Texas, las primeras ediciones en inglés de El arco y la lira (en traducción de Ruth L. C. Simms) y El caracol y la sirena y otros ensayos (1976) en traducción de Kemp. Las cartas que le envió Paz se guardan en el Harry Ransom Center de la misma universidad. Paz tradujo su poema “La conquista”, que se recoge en Obra poética II, volumen 12 de sus Obras completas.
Jean-Clarence Lambert (1930), poeta y ensayista francés. Como narra en Les armes parlantes, pratique de la poésie (Belfond, París, 1976), conoció a Paz en París en 1951, en la embajada de México, un día que acompañó a André Breton a visitarlo. Lambert comenzó a traducirlo desde entonces (¿Águila o sol?, El laberinto de la soledad, Libertad bajo palabra). Publicó Octavio Paz, le feu des mots (Esperluète, 2004), ensayos sobre su poesía y poética. Paz escribió un “prólogo-poema” para Código, recopilación de sus poemas (Era, México, 1971). La editorial El Tucán de Virginia publicó en 2017 su libro Apollinaire en México. Las cartas que Paz envió a Lambert entre 1952 y 1992 se reunieron en Jardines errantes (Seix-Barral, Barcelona, 2008), con un “Liminar” del destinatario.
James Laughlin (1914-1997), poeta y editor estadounidense, fundador de la mítica editorial New Directions, aquella que debutó en 1936 con New Directions in Prose & Poetry, libro fundacional que incluía colaboraciones de Ezra Pound, Wallace Stevens, William Carlos Williams, E. E. cummings y Henry Miller, entre otros. Su catálogo de escritores extranjeros no es menos rico, de Apollinaire a Borges y de Camus a Mishima. En 1943 el profesor Lloyd Mallan —que comenzó a tratar a Paz en San Francisco y a promover su poesía en el ámbito estadounidense— logró que Laughlin publicara A Little Anthology of Mexican Poetry en la revista de la editorial (9, 1947). Más tarde la poeta Muriel Rukeyser, amiga de Paz desde la estancia de ambos en San Francisco, en 1943, le propuso a Laughlin un libro de Paz: Configurations aparecería en 1971 con traducciones de Rukeyser, Paul Blackburn, Denise Levertov y otros. A partir de ese año New Directions publicó una decena de libros, desde sus Early Poems 1935-1955 hasta la colección The Poems of Octavio Paz. En “El esquí y la máquina de escribir” (1990), Paz dejó una intensa semblanza de su amigo (recogida en Excursiones/Incursiones. Dominio extranjero, volumen 2 de sus Obras completas, p. 547). La extensa correspondencia de Paz con Laughlin se guarda entre los James Laughlin Papers, circa 1929-1997. Houghton Library, Harvard University.
José Luis Martínez (1918-2007), historiador, ensayista, editor de las cartas de Alfonso Reyes, autor de Literatura mexicana del siglo xx y de la histori
