El otro Hollywood

Eve Babitz

Fragmento

cap-1

DEDICATORIA

Principalmente, a Mae y Sol Babitz.

Pero también a Mirandi y Laurie, que viven junto al mar.

Y Diane Gardiner, sin la cual se habrían pasado por alto menos rarezas.

Y a Earl McGrath, a quien, lo admito, le debo Todo.

Y al presidente de mi discográfica favorita, Ahmet Ertegun.

Además de a cualquier otro Ejecutivo de Atlantic Records que me haya invitado a cenar, piense hacerlo o me haya dicho alguna vez: «Ten, haz la portada de este disco».

Y a Annie Leibovitz y su compañero fiel, Ciudadano Wenner, que recogen musgo en el Norte. Y a Grover Lewis, que disipa melancolías con sus ojos azules en una ciudad triste de alfombras azules, Texanamente. Y a Sara y Charlie y la chica de la coca.

Y a Brian G. Hutton, siempre el Príncipe, pero nunca, gracias a Dios, Don Perfecto.

Y a Carol Grannison-Killorhan, anfitriona de santuarios y cocinera de ocas.

Y a mi agente de Hollywood favorito, Mike Hamilburg, de ojos verdes. Y a mi editor de Boston favorito, Seymour Lawrence, un cliente exigente.

Y a Ginny Ganahl, si tienes que preguntar, nunca lo sabrás.

Y al hotel Beverly Hills.

Y a Robert L. Marchese, mi compañero de conversaciones sobre Lawrence de Arabia. (Un bellezón.)

Y a Marva, la mejor peluquera del mundo, y además te deja guapa.

Y a la Rainier Ale.

Y a Andy Warhol y Paul Morrisey, para quienes haría cualquier cosa con tal de que pagaran.

Y a los Didion-Dunne, por ser lo que no soy.

Y a Ned Doheney, postales de los espléndidos pavos reales de Hollywood.

Y a todos los bellezones artistas, en especial, a Ron Cooper, el poseído, y a Wudl y a Larry Bell, el maestro del cristal, y a Billy Al Bengston, a quien pido disculpas por apagar un cigarrillo en su suelo blanco hace 10 años. Y a Kenny Price. Y a Ed Ruscha, un hombre de gustos sencillos pero nadie hace alas así, o sea que se ha quedado con un Rolls blanco y sin alas.

Y a Barney.

Y a Derek Taylor. Diles lo grande que soy, Derek. Como cuando me presentaste a un Beatle como «la mejor chica de América».

Y a Robert y Harry Deustch, por su persistencia impresionante. Pero no a Phyllis.

Y a Marie, una amiga.

Y a L. Rust Hills, por el cuento del helado y el de tomar partido y los anagramas. Ese Esquire se cae a pedazos. Babe Vizet es mío.

Y a los huevos Benedict y al Beverly Wilshire.

Y a Ingolf Dahl, a Clark House y a otros del pasado.

Y a Jim Morrison, siguiendo los pasos de Rimbaud.

Y a Stephan Stills, por «Everydays» y por permitirme encargarme del grafismo.

Y al lenguado de Musso’s, a la florentina de berenjena, al tipo que prepara las tortitas y a mi amigo del aparcamiento (no el de planta, al que te aparca el coche, el joven). Y a los buñuelos de cangrejo de Don the Beachcomber.

Y a Joseph Heller, a Speed Vogel y al tipo que se fugó con la niñera. Y a la inspiración de Milo Minderbinder.

Y a Anne Marshall, una bella amiga para todos nosotros.

Y a Michelle Guilliane, por llamar antes de traerme a Kim Fowley a casa.

Y a Kim Fowley, al menos por los 6 dólares.

Y a Van Dyke Parks, por nada por lo que se digne a saludar.

Y a Simon Rodia.

Y a la majestad de las montañas púrpuras sobre la llanura y sus frutos.

Y a Linda Ronstadt por «Long, Long Time», los pendientes, Arizona y esa voz, Dios mío.

Y a Glen Frey de los Eagles, para que no me retire la palabra.

Y a la sección de crítica literaria del New York Times y a cada uno de sus críticos.

Y a Chuck Berry, un guapo de ojos castaños que sabe lo que le gusta aunque sea el césped artificial y los televisores de 21 pulgadas. Y a Bo, por contarnos lo de la cama.

Y a Sara Harrison, a Noel Harrison, a Simon Harrison, a Harriette Harrison, a Kathy Harrison, a Zoe (mi amiga) Har­rison, a Margaret Harrison y a los nuevos gemelos.

Y a Stuart Reed, en quien creo.

Y a Jackson Browne de todos modos.

Y a Billy James, que me salvó.

Y a Virginia Team, como la conocen aquellos que la conocen.

Y a Aivars Perlback.

Y a Pauline Kael, a quien descubrimos un feliz día en KPFA y cuyas frases tampoco son correctas sintácticamente. (Me dijo lo mismo. Me quedé de piedra.)

Y a la futura buena voluntad de Consumer’s Liquor, la mejor licorería de Estados Unidos y muy bien bautizada.

Y al Chateau Marmont.

Y a Joseph Cornell. Un Artista de Verdad.

Y a la tempura.

Y a Camilla McGrath.

Y a Terry Melcher, por Culver City Blues Again.

Y a Dickie Davis, por su lealtad a pesar del suelo manchado del lavabo de señoras del Troubadour.

Y al doctor Boyd Cooper, ginecólogo extraordinario.

Y a Kate Steinitz, a quien le gustaban mis colegas antes de que los tuviera.

Y a Jock, Michaela, a Nini, a Jocky, Brook, a los huesos picantes imposibles, a la tarta de queso y berros, a cualquier cosa con vinagreta y un buen vino.

Y al señor Major, siento haber salido así.

Y a la tierra, a la playa, a los árboles, a las colinas, al cielo, al edificio Bradbury, a Broadway Hollywood y a todas las flores de primavera.

Y a Marc Foreman y Wilhelm Reich.

Y a las autovías.

Y a Dan, a la señora Alcerro y al episodio Valentino.

Y a Orson Welles, la luz de mi vida.

Y a los tiempos inmemoriales y a la suspensión de la incredulidad.

Y a Connie Freiberg, las cruces que carga hechas de cabello de ángel pero que pesan en unos hombros tan quemados.

Y a Marcel Proust.

Y a Sally Stevens.

Y a «LUNCH Poems».

Y a Sandy & John Gibson, arrinconados.

Y a Fred Roos, otro Jeque que podría haber protagonizado esta película, y a su perro silencioso, Rover.

Y a Alan Sororti, nuestro miembro de la asamblea a dieta.

Y a las pastas de té, a los conejos de chocolate, a Pupi’s, Clifton’s y a las flores de calabacín fritas à la Ron Cooper.

Y a David Anderle y a Michael Monroe por elevar el tono.

Y a Michael McClure, cuyos secretos están a buen recaudo en la cabeza de Jean Harlow.

Y a Marshall Ephron, por el primer libro, y al mariachi Ubu.

Y a Kuilli Anton, la chica más bella de Lake Arrowhead.

Y a Bonnie Jean, a The Fred C. Dobbs y al chile psicodélico.

Y a la crema agria.

Y al Hawaii Theater de mi juventud.

Y a Les Noces.

Y a Terry O’Shea y sus tiras mágicas que brillan en la oscuridad hechas de marfil y esmeraldas de plástico y que no debería haberle contado a nadie.

Y a Joyce Haber y su Francis Albert, una Saga de L. A.

Y a Jack Smith, el cronista travieso.

Y a Claudia Martin, por la vida de Ginny.

Y a David Geffin y al Picasso perdido encontrado en Silver Lake. Yo sigo pensando, David, que Picasso vino y se lo llevó.

Y a Colman, por el vino.

Y a la señora Bungay, por el abrigo de pieles de Año Nuevo, porque sí.

Y por aquel Año Nuevo y por Wudl, un Dill y un Arnoldi en casa de Berrigan y la salsa mole. No, Arnoldi pasó.

Y a Brandon’s Memorabilia, de la 3.ª planta del 13 de la calle 53E por estar ahí cuando los necesitaba.

Y a Michael Bloomfield y su guitarra cálida y su mirada fría, o viceversa.

Y al otro lado de aquel muro de Paul Butterfield, donde siempre he pensado que suena una armónica y es más verde.

Y al Corey’s.

Y al color verde.

Y a See’s Candy, el Bordeaux es mi favorito desde siempre.

Y a las pastas del té. Y a los brioches.

Y a Leon Bing, una chica con pasado.

Y a Michael Elias, ¡a la huelga!

Y a los Ford, los Harrison, no los Henry.

Y a Dianna Gould, una mujer de noches tormentosas y días llorosos que se ríe.

Y a Jack Gross y al Chateau Nose.

Y a los espejos. Sobre todo, a los que pueden manipularse.

Y a las FRESAS y los ESPÁRRAGOS, comienza la temporada.

Y al Champán y la Pascua.

Y a cómo en el Polo Lounge te sirven la nata montada en una salsera de plata cuando pides un café irlandés. Y a cómo te sirven la nata montada en una copa de plata en el Cafe Antico Greco de la Via della Croce en Roma cuando pides chocolate caliente con panna (que es nata montada en italiano).

Y al tartuffo con panna de la Via Buffalo o de la Piazza Navona, donde piensas que por fin has comido suficiente chocolate. Y puede que sea verdad.

Y al sábado.

Y a Nick de Custom Print.

Y a David Giler, que tampoco podría haber salido como le habría gustado al señor Major. Con lo de Nancy Kwan y demás…

Y a Fred Myrow y su mujer, Elana, pese a la cena.

Y a Alan King Moffitt y a Frances por mi dentadura (la mejor de la familia).

Y a sor Mary Agnes Donahue por su cara de cromo y por dejar el jardín para siempre. Y a Goode.

Y a MacGillivray y Nuuhiwa por el bautismo de sangre del mar.

Y a Guido y Adolpho.

Y a Art Pepper por tocar TAN bien. Y decirlo todo.

Y a Wickham y Ochs, un matrimonio de conveniencia.

Y a Clair Miller.

Y al Desbutal, al Ritalin, al Obetrol y al resto de estimulantes. No es que no os quisiera, pero era demasiado duro.

Y a Dennis Morgan, Valentines, Enrico Macias y les choses Françaises.

Y al fotomatón.

Y al retsina barato.

Y a los teléfonos.

Y al observatorio donde solía buscar a James Dean cuando murió.

Y al mundo, barahúnda.

Y a Steve Martin, el coche.

Y a ese cuya mujer rabiaría solo con que pusiera sus iniciales.

Y a Margaret.

Y para Chico con amor y sordidez y ayo silver.

cap-1BIS

—¿De dónde eres?

—Hollywood.

—¿De nacimiento?

—Sí.

—¿Cómo era?

—Diferente.

cap-2

HIJAS DEL PÁRAMO

Mi madre emigró a Los Ángeles de joven, durante la Gran Depresión. En la ciudad donde vivía —Sour Lake, Texas— había un cura católico nacido, criado y formado en Chicago. El hombre entendía perfectamente la absoluta necesidad de mi madre de salir de Sour Lake y le organizó el viaje a Holly­wood a casa de unos amigos y creo que también le consiguió trabajo. Mi madre trabajó una temporada de recepcionista del médico cuya mujer, Mary Astor, escribía un diario sobre su relación con George Kaufman, pero no creo que fuera el empleo que le buscó el cura.

A mi madre la cautivó Los Ángeles y la abrumó hasta el punto de que se hizo artista. Dibujaba las casas porque le encantaban.

Mi padre emigró desde Brooklyn a Los Ángeles cuando tenía 16 años, con su madre, su padre y dos hermanas. Vivían en Boyle Heights, que es donde vivían por entonces todos los judíos de L. A. La tía de mi padre, que era la hermana de mi abuela, era actriz de cine. No era una estrella, pero sí importante. Interpretaba a mamás yidis e hizo fortuna. Mi padre había estudiado violín clásico desde pequeño y a los 15 años había ganado la medalla de oro al mejor violinista infantil de Nueva York.

En aquellos tiempos, entrar en un estudio como músico de plantilla era cuestión de nepotismo igual que lo sería hoy si todavía quedaran músicos de plantilla. Mi tía abuela, Vera Gordon, la actriz, convenció a su amigo Harry Lubin para que concediera a mi padre una oportunidad de tocar en su orquesta, lo que se consideraba un buen trabajo porque daba seguridad y montones de dinero. Mi padre llevó una partitura de Stravinsky.

«¿Cómo iba a decidir si tu padre sabía tocar? —se ríe Harry, todavía divertido por la broma que mi padre ejecutó con toda solemnidad—. ¡Si yo ni siquiera sabía leer la partitura para ver si tocaba las notas correctas!»

En mi familia todos tenían algo que ver con «las Artes» y, por tanto, mi hermana y yo crecimos rodeadas de «las Artes».

No recuerdo la edad que tenía la primera vez que oí describir Los Ángeles como un «páramo» o «siete suburbios en busca de una ciudad» o cualquier otra de las ocurrencias habituales.

Para los que nos criamos allí nunca fue así.

Para empezar, siempre pasaban muchas cosas, había mucha gente variopinta y mi madre organizaba constantemente cenas y veladas.

De todos modos, no entiendo la palabra «páramo» porque físicamente está claro que no podían pensar que fuera un páramo: tiene montones de cítricos y crecen flores por todas partes.

Sé que se refieren a «culturalmente». Pero no lo es.

Culturalmente, L. A. siempre ha sido una jungla húmeda rebosante de proyectos que supongo que la gente de otros lugares no ve. En cualquier caso, se necesita un tipo particular de inocencia para que te guste L. A. Hace falta un tipo de simple felicidad interior para ser feliz en L. A., para elegirlo y ser feliz aquí. Cuando la gente no es feliz, se enfrenta a L. A. y dice que es un «páramo» y da otras descripciones igual de útiles.

Vera Stravinsky una vez me contó que en 1937 fue en unas limusinas a un pícnic que había preparado Paulette God­dard («porque estaba hecha una gourmet…», dijo Vera). Al Pícnic acudieron los Stravinsky, Charlie Chaplin y Paulette Goddard, Greta Garbo, Bertrand Russell y los Huxley. Se subieron a los coches en busca de un buen sitio, pero no encontraron ninguno y siguieron conduciendo. Salíamos de una sequía y todo estaba reseco, no había nada de hierba, y al final atisbaron el irrisorio «río» Los Ángeles y decidieron extender la manta en sus ridículas márgenes y sacarle el máximo partido. El «río L. A.» es un hilillo que solo recuerda remotamente a un río cuando ha diluviado tres meses seguidos y ni siquiera entonces parece un río. En fin, dispusieron la comida, el champán, el caviar, el paté y todo lo demás y se sentaron a orillas del «río» bajo un puente por el que circulaban los coches.

—¡Eh!

Levantaron la vista y vieron a un motorista de la policía con los puños en las caderas y cara de enfado.

—¿Sí? —Bertrand Russell se levantó a preguntar.

Un cartel advertía de que no se permitían las comidas campestres junto al «río».

El policía señaló el cartel y miró a Russell y luego dijo:

—¿Es que no sabe leer?

Si los detalles difieren, si fue otro año y los Huxley no estaban, sigue siendo una anécdota del «páramo» de L. A. Es una historia de L. A.

El policía cedió cuando reconoció a Garbo.

Mi vida de niña giraba en torno a situaciones y ocasiones como esa. En nuestro páramo, para conciertos teníamos las Noches en la Azotea y los Festivales de Ojai. Ambas, organizaciones que no había creado el ayuntamiento ni nada parecido porque el ayuntamiento de Los Ángeles nunca se ha preocupado por la cultura. No le interesa y punto. Así pues, las Noches en la Azotea eran pequeños conciertos de música de cámara a cargo de músicos de estudio (que no obstante eran músicos de verdad como mi padre) y los Festivales de Ojai los patrocinaban las señoras de Ojai, una pequeña comunidad de ancianas encandiladas por John Bauer, un inglés que hacía infinidad de cosas en Los Ángeles a fuerza de encanto y energía y las hacía porque en esencia era un niño y los niños adoran L. A. Un niño de 1,93.

El Luau, un polinesio hortera, era el restaurante favorito de Stravinsky. Solo les gusta a los niños.

Mi padre coleccionaba discos de Dixieland. Tiene miles de viejos 78rpm y me crié escuchando a Ledbelly cantar «… vuela al este, vuela al oeste, vuela a donde prefieras». Cuando éramos lo bastante mayores, nos ponía discos picantes de Bessie Smith. Y cuando ya fuimos mayores de verdad, nos puso discos sobre drogas como «If You The Viper», donde Stuff Smith finge, o no, darle una calada rápida a un porro antes de arrancarse por… «Soñé con una trompeta de metro y medio… la María Juana, pero suave». Yo sabía quién era María Juana. No sufrí privaciones culturales.

Mi padre solía tocar con Stuff Smith y Nat King en un bar de enfrente de la NBC en Sunset con Vine, donde trabajaba de músico de estudio.

Los músicos de estudio y los músicos en general, hombres que han crecido practicando detalles minuciosos toda la vida, son especiales. La norma general según los músicos dicta que a los violinistas les gustan las mujeres hasta extremos extravagantes, los oboístas están locos y los trompistas son sexis. El resto son convencionales, todo lo convencionales que quepa imaginar, y si vas a un ensayo de la Filarmónica de L. A. verás a un puñado de contables sentados con sus camisas de cuadros y comprenderás que nadie se somete al Arte como ellos. ¡Imagina ceñirte a las limitaciones de una orquesta, bajo la batuta del director, obligado a tocar algo que escribió otro hace 200 años!

La única clase de músicos que frecuentaban mi casa eran gente como Stuff Smith, que estaba loco, o compositores. Los músicos eran demasiado convencionales para que mi padre quisiera pasar con ellos más tiempo del que ya compartían.

Las cantantes de ópera eran harina de otro costal. Un día entré en el salón donde mi padre estaba ensayando. Estaba sentado al clavicémbalo explicando a Palestrina en tono serio y, en una silla plegable con los pies calzados de rosa cruzados delicadamente por los tobillos encima del asiento de otra silla plegable, había una adolescente. Vestía chaleco y pantalones de cuadros verdes y una camisa de la Ivy League. Llevaba la melena pelirroja recogida en rulos que se había cubierto con un pañuelo atado como se lo ataban todas ese año en el instituto. Levantaron la vista al oírme entrar después del colegio. No les interrumpí, me metí en mi cuarto. La voz que sonó a continuación brotó del manantial cristalino de un fiordo, fría, clara y natural. Estuvo a punto de partirme el corazón. Solté los libros encima de la cama y corrí de vuelta al salón. Era la adolescente, cantando.

Me senté en las escaleras y escuché el resto del ensayo. La adolescente en ningún momento quitó los zapatos rosas de la silla de delante, cantó en italiano, latín vulgar, alemán y francés y, entre uno y otro, habló en un suave californiano que decía wader en lugar de water.

Era lo que, en Hollywood High, calificarían de «mona».

Al acabar, mi padre dijo que se llamaba Marni Nixon. Marni Nixon lo hizo todo. Cantó canciones medievales e interpretó las voces de West Side Story y El rey y yo y tuvo varios hijos. Era una de los habitantes del páramo.

A Marilyn Horne, la cantante de ópera a quien según The New York Times sus amigos llaman «Jackie», sus amigos, yo incluida, la llaman Jackie. Una vez me reconoció que Marni Nixon le provocaba lo mismo que a mí y no solo eso «sino que su tono…». Supongo que se refería a que Marni estaba siempre ahí con su voz cristalina e informal, deslizándose por la cima, en un tono…

Joseph Szigeti, el violinista recién fallecido, vivía en Palos Verdes. Me encantaba y me contestaba a las cartas, o sea que probablemente le caía bien. Vivía en la casa más bonita que he visto en la vida y fue allí donde probé los higos por primera vez. Antes de eso no comía higos porque me parecían viles amenazas a la felicidad, pero en aquella casa de la colina con vistas al Pacífico y una piscina oval rodeada de macetones de hormigón con geranios, copas de cristal y vino blanco (hasta para los niños) y su maravillosa mujer, comí higos. Me alegraba que mi padre fuera amigo suyo, pero, claro, mi padre era amigo de toda clase de seres fabulosos.

Había un compositor llamado Bennie Herrmann. Bernard Herrmann, rezaban los créditos como responsable de la música de la mayoría de las películas de Alfred Hitchcock y Ciudadano Kane. Pero yo no sabía nada de su pasado en el teatro Mercury y esas cosas. Sencillamente mi hermana y yo los queríamos, a él y a su mujer, nos invitaban a nadar en su piscina en verano y nosotras creíamos que habíamos muerto y estábamos en el cielo. Lucy Herrmann, la mujer, nos servía limonada y flotábamos en balsas y bebíamos limonada y Lucy nos contaba cuentos con su preciosa voz de Vassar. De hecho, hasta el día de hoy, me lleva mucho tiempo empezar a ponerme nerviosa al oír una de esas voces de Vassar porque Lucy tenía una y nosotras sencillamente la adorábamos. De hecho, no ha sido hasta hace poco, cuando he conocido a una chica tan espantosa con su «¡Qué divino!» lanzado al aire, cuando mi recuerdo de Lucy se ha visto ensombrecido y ha terminado imponiéndose en mí el ODIO natural que sienten la mayoría de los estadounidenses por ese sonido nasal.

Eugene Berman, un hombre que diseñaba decorados para la Metropolitan Opera y que era un pintor maravilloso, estaba casado con Ona Munson (la que regentaba el burdel en Lo que el viento se llevó, la que despertaba los celos de Vivien Leigh por las visitas de Clark Gable al establecimiento) y vivían a una manzana de nuestra casa. A ella nunca la conocí, solo a él, y siempre se comportó como un príncipe conmigo hasta que crecí y empezó a tratarme igual que trataba a la mayoría de los adultos, que era con impaciencia caprichosa y comentarios desagradables. Pero si estabas fuera de la ciudad te escribía y a mí me escribió justo antes de morir. Me escribió desde su casa de Roma y me contó que no estaba enfermo, que se encontraba perfectamente.

Cuando mejor lo pasábamos era cuando Edward James venía a la ciudad y nos contaba lo que había estado haciendo. Edward James es un inglés de madre estadounidense («por tanto teníamos baño con agua corriente en todos los dormitorios, ¡una obscenidad para la época!», se reía). Pobre Edward, una vez me contó: «Cuando murió papá, acababan de cambiar los impuestos sucesorios de tal manera que mamá y las chicas recibían 10.000 libras anuales cada una ¡y a mí solo me tocaron los castillos y los cuadros!». Edward vive en una catástrofe perpetua. En su vida pasan tantas cosas constantemente que avergonzaría a una ráfaga de disparos. Para empezar, Edward colecciona serpientes. Le gustan y se las lleva al Prado de Ciudad de México, donde una vez se le escapó una en el vestíbulo. Edward fue la primera persona no francesa que compró un Picasso («Después lo cambié por 40.000 cabezas de ganado y una hacienda en el sur de México»). Vino A América a ver a su «querido amigo Lawrence», como se refería a D. H., pero Lawrence falleció enseguida y Edward y Huxley siguieron hacia el Oeste, a L. A. «Por entonces estaba escribiendo una novela —explicaba Edward—, y quería titularla Viejo muere el cisne¸ pero Aldous se adelantó y no pude impedirlo.» Edward escribió una novela titulada El jardinero que vio a Dios y es una maravilla al estilo inglés y dandi e incluye un apartado sobre Ottoline Morelle que es una delicia, pero, claro, el libro entero es una delicia y supongo que si no fue bien fue porque Edward era tan rico que nadie lo creyó. En 1939 o 37, diseñó con Dalí el Pabellón para la Exposición Universal. Edward James era otro ejemplo de nuestras privaciones culturales, del páramo desierto que habitábamos. Edward me dijo que era tan guapa como la bisnieta del Marqués de Sade, ¡incluso más! La amiga que tenía sentada al lado casi se muere de envidia y disgusto, el Marqués de Sade era su persona favorita.

Kenneth Rexroth y Kenneth Patchen visitaban nuestra casa para los recitales de poesía. Mi madre era una loca de la poesía pero a mi hermana y a mí nos aburría y nos distraíamos, así que enredábamos a alguien como Lucy Herrmann para que nos contara cuentos en otra habitación. O nos quedábamos con mi madre en la cocina, donde estaba cocinando en lugar de escuchando poesía.

Robert Craft rondaba por ahí cuando era pequeña y siempre estuve loca y perversamente prendada de él, incluso a los 10 años. Era malísimo, ¿cómo no iba a enamorarme? Una vez expulsó a una arpista del escenario hecha un mar de lágrimas en pleno ensayo. Y otra vez, cuando acabábamos de volver de Japón, me enseñó un libro de arquitectura japonesa y rompió a llorar ante tanta belleza. Ahí me mató, ya no pude resistirme. La gente hacía comentarios celosos malintencionados sobre Robert Craft, pero yo siempre pensaba: «Lo odian todos menos Stravinsky». Y ahora que he leído su obra, asusta lo buena que es. De joven lo «adoptaron» los Stravinsky y venía a casa a ensayar a Corelli, fue la primera vez que pensé que la música era hermosa. Y era malísimo, la arpista que huyó entre lágrimas del escenario del Royce Hall solo regresó cuando llegó Stravinsky, menudo y envuelto en sus bufandas de lana de cuadros.

Vera Stravinsky es la persona de naturaleza más aristocrática del planeta. Desde que veo, desde la época en que los niños miran a los adultos y los encuentran falsos y repulsivos, Vera siempre se mantuvo al margen de ese círculo crítico porque Vera era Vera y su inocencia resplandeciente es algo tan encantador y tan sensual y tan pura vida que tienes que haber estado ahí, tienes que haberla escuchado reírse, tienes que haber visto su cuarto repleto de flores y sus capas de satén púrpura confeccionadas en Roma y forradas de tafetán iridiscente para saber que algo así es posible, que Todo es Posible y que una mujer hilada con la seda más fina da la soga más resistente. Esperé a tenerla cerca para comer caviar, sabía que de lo contrario no le habría pillado el punto.

Stravinsky era Stravinsky.

Era menudo y feliz y brillante y un borracho. Solía pasarme vasos de whisky por debajo de la mesita del café cuando mi madre no miraba, cuando yo tenía 13 años. Para la fiesta de mi 16 cumpleaños me vestí de blanco (un blanco muy escotado, por supuesto) y cuando mi madre no miraba Stravinsky me metía pétalos de rosa por el escote.

Habida cuenta de que la ciudad de Los Ángeles es como es, la Filarmónica de L. A. nunca tocaba nada más allá de Brahms, salvo en una ocasión en que permitieron a Stravinsky dirigir una de sus piezas y mi padre me llevó a verla. Yo tendría unos 3 años. Nos sentamos en el gallinero y mi madre no estaba y mi padre dijo:

—¿Ves a ese hombrecillo de allá abajo?

—Ajá.

—Es Stravinsky.

Puesto que el teatro entero parecía centrar la mirada en aquel hombrecillo, me llevé la impresión de que Stravinsky era más grande que la mayoría de las cosas a pesar de ser menudo.

Para Navidad un año mi hermana y yo le regalamos una granja de hormigas pero desgraciadamente, nos contó, murieron todas. Coleccionaba insectos en estuches de cristal, preciosos.

Tenían Picassos por toda la casa.

Mi padre conoció a Stravinsky al principio de su aventura americana y le ayudó a dominar el arco y otros asuntos de violines y violas con los que se topa un compositor. Mi padre también tocó el violín en L’Histoire du Soldat, que fue la primera vez que escuché música así. Tenía 5 años.

Interpretaron la obra en el Festival de Ojai y Stravinsky dirigió el ensayo con vestuario (Edward Rebner fue quien dirigió la función). Yo los vi ambos. Victor Burton, que tocaba la batería en la Red Nichols 5 Pennies, se encargó de la percusión. Fue la primera vez que oí hablar del diablo (trata de ese hombre que vende su alma al diablo a cambio de la princesa y dinero). Durante años tuve pesadillas con el diablo que saltaba como un muñeco de resorte por detrás de la cama de la princesa. Saltaba TRES METROS del suelo con sus cuernos y una cola negra. Mi padre me contó que la cola era en realidad una lengua muy larga que salía de la boca situada donde debería estar el culo del diablo, ya que el diseñador de vestuario era un cachondo. Pero no fue aquello lo que me provocó pesadillas. Fueron los TRES METROS.

L’Histoire du Soldat sigue emocionándome a lo ruso y recordándome al diablo.

De pequeñas siempre nos llevaban a los ensayos y probablemente por eso los prefiero a los conciertos. Hay algo en el hecho de escuchar a un grupo de gente intentando una y otra vez tocar algo bien hasta por fin conseguirlo que crea una tensión dramática que no se alcanza cuando interpretan el concierto de punta en blanco. Para conseguirlo cada director tiene su estilo. Robert Craft hace llorar a las arpistas. Otros, sin embargo, como Henry Lewis, que es negro y está casado con la cantante de ópera Marilyn Horne (Jackie), era más sutil. Elegía unos cuantos compases anteriores a lo que no funcionaba y aseguraba que esa era la parte que debían pulir, con lo cual solía ocurrir que los músicos se concentraban tanto en el fragmento que ya estaban tocando bien que el que se les resistía se arreglaba sin pensar.

¿Cómo es que no me convertí en una música consumada en lugar de en una rubia de playa?, cabría preguntar. Cuando tenía 5 años mi padre me entregó mi «primer» violín (se entendía que vendrían más conforme fuera creciendo). No podía hacer nada, estaba atrapada. Pero era una niña espabilada y sabía que habría alguna manera de escapar de la tortura y casi por casualidad resultó que era incapaz de afinar el instrumento. No sabía cuándo estaba desafinado. Ensayaba con el violín desafinado. Sacaba de quicio a mi padre (lo mismo que él a mí), así que se acabó. Durante toda mi vida he sufrido la privación cultural del violín.

No conocíamos a ninguna estrella de cine y, como todo el mundo, estábamos absolutamente enamorados de ellas. Robaba Photoplays por las fotografías de Tony Curtis.

Si mi hermana y yo nos criamos en un páramo, nos costó verlo así en su momento y sigue costándome todavía hoy. Como es natural, la ciudad la dirigían como si fuera Kansas y el museo solo exponía paisajes y animales disecados. Pero la gente que podía hacer cosas dependía de sus propios recursos y tenía que apañárselas sola porque el alcalde solo asistía al Desfile de la Rosa. Al fin y al cabo, alguna adversidad tenía que haber entre tanto sol y tanto dinero. Y no es que gente como Stravinsky y Schoenberg y Thomas Mann y demás hablaran solos en el baño por falta de compañía.

La gente fue siempre muy amable con nosotras, con mi hermana y conmigo, mientras crecíamos. Tanto Eugene Berman como Szigeti seguían escribiéndome poco antes de morir y en realidad los dos solo me conocieron de niña. Nadie se enfadó aquella vez que mi hermana y yo nos quedamos pegadas con chicle en mitad del estreno de una pieza de Schoenberg, el punto álgido del Festival de Ojai de aquel año. Nos entraron entre bastidores y nos despegaron con alcohol y nos reímos.

Pero probablemente de no haber sido un páramo, para empezar, no habría habido chicles.

cap-3

HOLLYWOOD CON VINE

A los 14 años empecé a escribir un libro, mis memorias, titulado No criaría a mis hijos en Hollywood. Unas semanas antes había dejado que un hombre espectacularmente atractivo me llevara a casa en coche después de una fiesta a la que no me estaba permitido asistir, y cuando le dije que tenía 14 años, me bajó a una manzana de casa y me aconsejó en tono paternal, antes de darme un beso inolvidable y nada paternal: «No te subas al coche con cualquiera, podrías acabar mal». No volví a verlo salvo en las portadas de prensa al cabo de un par de años cuando lo encontraron muerto en el cuarto de baño de Lana Turner. Se llamaba Johnny Stompanato, pobre. Más o menos antes de aquello ya estaba escribiendo el libro, pero después de aquello me puse en serio. Desde entonces, no he dejado de escr

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