Las áureas
Las palomas eran idiotas. Las hembras volaban hasta las ventanitas y los tejados de las casas, sofocadas de calor, con ganas de morirse de una vez. Luego se quedaban quietas, azoradas por el desgano, y con el paso del tiempo se iban poniendo flacas, hasta que se convertían en una mezcla de huesos y pelusa de nido. Sus ojos pedían clemencia, pero nadie del pueblo quería ayudarlas. A la sombra lucían tiesas de hambre, pero no les daba por ir a picar migaja ni semilla ni bicho volador, de tan perezosas como eran. Los machos se habían vuelto locos desde hacía mucho tiempo, porque eso es lo que los machos de todas las especies saben hacer mejor: tirar plumas o petardos al aire, sacar el machete o reventarse a picotazos los unos a los otros. Y así estaban todo el día, cucurrucucú, las palomas idiotas, y no se daban cuenta, o acaso no querían darse cuenta, de que las carretas pasaban por el centro del pueblo cada mediodía a la misma hora.
Los hombres, como endemoniados, montaban encima de las carretas. Punzonaban la mañana con sus cuchillos sin vaina y sus gritos, mientras las pobres mulas, lenguafuera, sudaban miedo a la correa. Tan borrachos ellos que lanzaban palabrotas contra dios en el cielo y dios en la tierra y dios en el agujero del culo y hasta en el ojo de la aguja, y pedían luego perdón a diosito entre lagrimones, no fuera a ser que les cobraran caro el insulto. Tan curdas estaban que al pasar con las carretas por el centro de la placita nunca sabían qué habían aplastado, si una fruta vieja o una paloma que crujía como pastel roto de boda, cucurrucucú, pero por si acaso decían entre hipidos, ay, la mercé pa lo que murió, sea alma o pichón. Así se quedaban con la conciencia bien fregada y tranquila por un rato. Hombre que nunca ha aplastado a una paloma no sabe lo que se siente ser macho.
Ninguno se detenía un segundo a escuchar los lamentos del loco del pueblo:
—¡Mis bellaquitas! ¡Mis bellaquitas! ¿Por qué las matan así? Mis pobrecitas, mis queridas. ¿No tienen miedo a ser juzgados algún día por las palomas, cabrones sin alma de plumas? ¡La cabeza se usa no solo para llevar pelos y piojos! ¡Machócratas! ¡Verdugos!
Las tripitas de las infelices, desperdigadas tras el paso de las carretas, lucían como los adornos de las fiestas que alguna vez se celebraron en esa misma plaza tiempo atrás. Luego, nadie se ocupaba de limpiar el reguero de sangre y churre que quedaba sobre los adoquines. Para qué, si las carretas pasarían de nuevo mañana, a la misma hora en la que el sol raja las piedras. Para qué si las carretas seguirían arrastrando el polvo común y corriente de la derrota que se metía en los pulmones de todos y se mezclaba con el olor a sangre de paloma. Solo el loco del pueblo se ocupaba de recoger los cadáveres de los pájaros y enterrarlos en el trillo. A veces, el padrecito Iván salía de la iglesia, cubierto por su sombrilla negra de siempre, y fregaba la entrada del templo por purito oficio de disciplina, que no ganas. Las malas lenguas lo juzgaban con los ojos si demoraba un par de días en baldear el umbral, no fuera dios a encontrarlo así, manchado de sangre, encuerado en sangre, si acaso alguna vez se llegaba al pueblo. Fatal bienvenida sería esa, tremenda puercada el recibirlo con mugre en la iglesia que es su propia casa, decían las malas lenguas, así que para callarlas el padrecito se fingía limpio y tiraba cubos de agua sobre la sangre de las palomas, aunque luego en la oscuridad de la iglesia se comiera las hostias y se limpiara las manos en la ropa interior. Allá adentro estaba permitido todo eso y más, allá adentro todo se perdonaba, se decía a sí mismo con ironía. El concepto dios había dejado de interesarle muchos años antes, cuando el recuerdo de los muslos gordos de la única mujer de su vida lo destrozó como pajarito en puño.
En sus primeros años como cura, luego de la muerte de su mentor Juan el Doloroso, el padrecito se compadecía de las palomas reventadas por las carretas y caminaba entre ellas con ojos de paria, de quien ha visto mucho sin saber por qué, y a veces también les hacía la señal de la cruz en el aire, como si les diera la extremaunción a las infelices que pasaban tanto trabajo para morir. Las palomas, como si lo entendieran, se arrastraban a sus pies lentas y más tontas que antes, y algunas eran tan caprichosas que malheridas y todo volaban con las tripas afuera, cucurrucucú, por encima de la cabeza del padrecito, y aleteaban su agonía sobre los aleros de las casas. Aquella costumbre de darles la extremaunción desapareció enseguida, nomás descubrió que las palomas no eran bichos mansos, que no había nada de santo en ellas, sino tan solo apetito de venganza y una memoria infinita.
En definitiva, aquel era un pueblo de palomas flacas y rotas. Iván, que desde niño había vivido entre las crías de pájaros de su padre, recordaba el momento exacto en que se había iniciado su lucha contra aquellas criaturas. Un día, vio cómo volaba una paloma con las entrañas pafuera desde el tejado de una casa hasta una de las ventanas de la iglesia. Allí la infeliz hizo su nido y puso huevo sin morirse. Por primera vez en mucho tiempo, el padrecito sintió que su incredulidad empezaba a quebrarse un poco. Pensó que quizás aquel era un prodigio verdadero, el milagro por el que tanto había pedido en su juventud, la prueba que habría de convencerlo de que los brazos santísimos de dios eran más fuertes que los muslos amantísimos de una puta. Aquel era un huevo santo. Se puso de rodillas frente al nido y rezó un padrenuestro fervoroso. Suya era la alegría de quien ha encontrado la luz al final de las montañas de la incredulidad. Pero la ilusión de un milagro que reviviera su propia fe se le hizo niebla entre los dedos cuando de aquel huevo salió un pichón feo, pescuezipelao como hereje y con las tripas pafuera como mismo la madre paloma.
El padrecito Iván lo reconoció enseguida como una abominación de la naturaleza que solo abría el pico para suplicar descanso eterno, o a lo mejor para decirle: «Aquí estoy yo, pichón santo santísimo, y he nacido para probarte, Iván Roca, que dios no existe». Eso pensaba a veces el padrecito, en la soledad de la iglesia, pero no se lo decía a nadie, sino que masticaba a escondidas sus ideas, como si estas fueran hostias.
Cuando contaba a los feligreses del descubrimiento de aquel milagro retorcido, les decía que una paloma destripada, sin esperanza de sobrevivir a la mañana siguiente, había puesto un huevo en la iglesia y anidado en calma, y que esa era una clara señal de que dios no olvidaba a quienes sabían esperar bien, en paciencia y con las manos unidas en rezo, así los trillos de la vida estén cubiertos de espinas. Aquella era una metáfora ajustada perfectamente a su realidad, ya que los caminos del pueblo, la cuestabajo y la manigua estaban cubiertos de guisasos. Y así, mintiéndoles a todos los que quisieran escucharle acerca de su falsa convicción de haber presenciado un milagro, terminaba el padrecito la historia con dos avemaríaspurísimasinpecadoconcebida susurradas a duras penas.
Dios era el opio de pueblos tristes como aquel.
Bien sabía Iván que el pichón no era divino y mucho menos una respuesta a sus oraciones. Aquella abominación de la naturaleza no tenía nada de santa. A nadie le contó cuánto horror sintió al observar a la madre paloma y a su criatura, ambas acurrucadas en el nido, con las entrañas colgantes. El cura se preguntó entonces si ya la piedra de su vida no tenía suficiente peso como para enganchársela al cuello y lanzarse con ella por la cavidad más abismal de la montaña, para no recordar cada noche los muslos gordos de Rosalía. Luego resucitó un vestigio de su antigua clemencia hacia los pájaros. Cuando aún era niño, su padre, Ariste Roca, le puso entre las manos el primer pichón de su vida y le dijo que quien cuidaba bien a un pichón sabría tocar a una mujer cuando le llegara el momento. Y sí, en algún rincón de la memoria de Iván sobrevivía un rastro de piedad hacia lo indefenso, un rastro sepultado por los hábitos de venganza y el oficio repetitivo de los rezos, por el mirar al cielo en busca de una señal cualquiera que no fuese los ojos vacíos de los macholocos, quienes jamás habían cuidado pichón alguno en la infancia y que, sin embargo, hacían filas todas las tardecitas frente a la plaza, con tal de besar los muslos de Rosalía y comprar la lumbre de su amor.
La señal estaba clara. Al menos sí para Iván Roca, que habría jurado que aquel pichón pescuezipelao le suplicaba misericordia y un alivio al sufrimiento de nacer. No obstante, el pajarito tardó en morirse, porque todo lo que está vivo ejerce presión contra la inexistencia. Ni la muerte ni la vida tienen nada de santas, y tampoco nada de eternas, y donde empieza una termina la otra, basta con tirar de la puerta de la realidad, basta con que un hombre tense un poco los goznes de esa puerta para definirlo todo. Cuando el padrecito contaba a sus feligreses el milagro de la paloma, omitía a propósito la parte donde él mismo masacraba al pichón con un pedrusco, y olvidaba incluso contar el momento en que, furioso, destrozó el nido a manotazos. La madre paloma voló con prisa hacia el tejado de una casa, huyó fuera del alcance de las manos del asesino y de su piedra, y desde allá le lanzó a Iván miradas huecas e idiotas, o al menos eso pensó el padrecito en un inicio. Más tarde entendería que las miradas de la paloma eran de puro rencor, del odio raigal de las hembras hacia quienes aplastan un pichón o matan a un hijo.
Desde entonces, el padrecito se hizo precavido por necesidad. Cada vez que salía de la iglesia miraba hacia el cielo, no fuera a ser que la destripada, la paloma del supuesto milagro en el que pocos creían —aunque Iván lo hubiera narrado con fervor desde el púlpito, con las omisiones necesarias y los necesarios añadidos— lo persiguiera de un lado al otro del pueblo y terminara cagándole la cabeza como en otras tantas ocasiones. El batir de aquellas alas era un canto de la venganza y la pulpa blanca del odio caía siempre sobre él: en los hombros, en las mejillas, en la sombra del bigote recién afeitado, en la frente o la tonsura. Iván sabía, sin necesidad de alzar los ojos, que la paloma cabrona le daba vueltas y lo vigilaba desde los aleros, y que había encontrado una oportunidad perfecta —una más— para recordarle el asesinato del pichón.
Y así sucedió día tras día, año tras año, y cuando la paloma vengativa finalmente murió, sus descendientes heredaron de ella una marca distinguible —cierta mancha homogénea sobre las plumas que rememoraba las tripas pafuera de su ancestra— y, además, la disposición de perseguir al padrecito Iván para cagarle los pensamientos y hacer de su vida un purgatorio.
Por eso, el cura salía siempre de la iglesia con su sombrilla negra a cuestas, y la gente le seguía llamando pajaritapielbonita, como mismo cuando era niño. Todos creían que Iván se cuidaba demasiado la piel, que antes de caminar por la placita se untaba una crema blanca y de apariencia cagalitrosa, quizás para protegerse del sol. Pajaritapielbonita. Un pecado de orgullo, decían todos.
Cuando el pueblo fue invadido por el sofoco de la noche áurea, Iván Roca se dijo a sí mismo que era asunto común que en la oscuridad se ausentara la cordura de las casas y entonces se prendiera la calentura de las hembras.
Según las mujeres del pueblo, aquella calentura era un fuego divino que las dejaba exánimes por unos segundos. «Es como una lanza que te rasca el coño hasta que el calor se sube a tu cabeza, por los hombros sube, se engancha del pelo como bichería de verano y escarba en los oídos. Llega el momento en que no ves, no escuchas, no hablas, solo sientes», decían todas. «La necesidad de sentir es una urgencia que te convierte en fiera, y no hay agua que la apague, ni penca que mate esas ganas de encontrar a dios y de tirarse sobre el polvo del camino para que a diosito le sea más fácil tomarte ahí, en la soledad de los trillos, en lo más profundo de la cuestabajo».
Los hombres dijeron que la noche áurea era culpa de la tierra caprichosa de las montañas, que provocaba fenómenos naturales como la menopausia precoz de las yeguas, el estreñimiento en las puercas y un cloquear sin fin en las gallinas. Qué cosas raras induce el calor, qué anomalías tan curiosas como la locura momentánea de las mujeres, que de calladitas y aguantadas se iban asilvestrando poco a poco. Las ancianas se quitaban las ropas bañadas en sudor, las que eran madres se despojaban con furia de sus prendas íntimas y las más jóvenes ya estaban desnudas desde hacía mucho. Los gemidos se escuchaban en una y en otra casa, un eco sobrenatural que espantaba a los hombres y a los animales en los patios. En respuesta a la calentura aquella, el padre le jaló los pelos a la hija, para que aquella desvergonzada escondiera las tetas. El viejo bañó a la vieja con agua fría para que volviera a ser decente. El esposo detuvo a la esposa que intentaba abrir la puerta para escapar a la noche panziabierta en busca de un alivio a tanto fuego divino y a la necesidad de recibirlo. Los hombres desenfundaron las varas, los machetes y las correas, a ver si así ellas guardaban silencio, no fuera la casa a ser marcada con la cruz roja del gemido y de la maledicencia.
Fue inútil. Nada podía detener el temblor de la quemazón allá abajo, las manos que se ahogaban entre manos, los dedos que desabotonaban prendas, sin pensar ni un segundo en la modestia que durante años las mujeres del pueblo habían tenido que fingir. Ahora todo estaba justificado, incluso la rebeldía, puesto que dios lo quería así, y desnudas se fueron quedando todas porque dios también lo quería así.
Pero los hombres no saben perder, no saben darse cuenta de cuándo han sido derrotados, incluso si es el propio dios quien les asesta el golpe. Intentaron retener a las mujeres. Ellas, que en aquel momento ya no se conformaban con gemir, sino que querían más. El deseo escalaba como astilla debajo de las uñas. ¿Qué dios más poderoso en el cielo o en la tierra existe que no sea el deseo? ¿Qué dios más poderoso que el del cuerpo al abrirse? Ese cuerpo que ya no tiene ropa, pero tampoco tendría piel si pudiera arrancársela, destajársela, quitarla a golpe de tijera de encima de los huesos, hasta que aquellos sean puros, blancos, entregados a la tierra y al polvo donde podrán revolcarse a gusto. Pegadas contra las paredes y más desnudas que animal en el camino, las mujeres intentaron abrir las puertas, pero los maridos, los hermanos y los padres les impidieron la salida. La calentura fue haciéndose cada vez más peligrosa, hasta el punto de que algunas empezaron a rascar las puertas con las uñas.
El vapor dentro de las casas se espesó. Una niebla ardiente hizo que los ojos de los hombres lloraran y que les doliera el culo y la próstata. Aquel era un malestar sin alivio, como después llegó también una cagalera sin alivio. Vaciaron los vientres sobre los pantalones mientras las gallinas se reían, cloclocló, en los patios, y las mujeres seguían en su persistente tarea de ir al encuentro del llamado. A puro retortijón juraban algunos que se les movían las panzas por debajo de las camisas mal abrochadas, como si en las tripas tuvieran guardado un niño o un reino de gusanos. Las casas ya no eran casas, sino volcanes, y las mujeres ya no sentían sofoco, sino furia.
«Solavaya con las endemoniadas», se santiguaron ellos.
«Somos santas santísimas esposas de dios», aullaron todas en respuesta.
La furia se volvió tan densa como el vapor dentro de las casas, así que los hombres abrieron las puertas con tal de no quedarse adentro, asfixiados por la peste de sus propias heces y los humores de aquel purgatorio. Libres al fin, las mujeres huyeron. Ni maldición lanzada al aire, ni azote, ni palabra de amor las detuvo. Cagados y solitarios, los hombres se miraron las caras bajo la luz de la luna, cada uno a las puertas de su propio hogar, y enseguida se prometieron no decir nada nadita nada de lo que había sucedido aquella noche: ni de la calentura, ni del vapor, ni de las diarreas, ni de las carcajadas de las gallinas. Mucho menos volverían a hablar de las mujeres, endemoniadas por un fuego satanás, por un fuego santanilla, que las había arrebatado de la paz de sus vidas.
«Las matarán en el camino, se morirán de hambre, se morirán de sed, no sabrán regresar», se consolaron mutuamente y, en venganza, intentaron patear a las gallinas que aún cloqueaban, insomnes.
Ninguno imaginó que las mujeres regresarían a la mañana siguiente. Nomás el sol acababa de salir y las casas ya habían sido aireadas como la ropa sucia después de un revolcón, a pesar de que el olor a mierda y a celo estaba impregnado como una pátina sobre la cal del piso y en las paredes. La noche había pasado demasiado rápido y a los hombres no les había dado tiempo para extrañarlas o para hacerse a la idea de que tendrían que buscar nuevas mujeres, quizás en algún pueblo del llano donde la sangre no se espesara tanto con la altura.
Tampoco les dio tiempo a entender lo que sus ojos vieron.
Esplendían por toda la vereda. Ellas, las áureas, las calenturientas, que caminaban de vuelta a sus hogares. Incluso las más ancianas estaban desnudas, y ninguna hacía gesto de pudor ni pretendía cubrirse. Cuando les preguntaron si no era mejor taparse las vergüenzas, las áureas pusieron su mejor cara de pena fingida, la que reservaban para las noches de impotencia de los maridos borrachos o para las noches de luto cuando puñaleaban a alguien, hasta que los hombres se dieron cuenta de que ellas no veían vergüenza donde dios había puesto el dedo. Sus cuerpos, bañados en polvo de oro, eran santos santísimos. Mientras más se acercaban al pueblo, más brillaban, hasta que los esposos, los hermanos, los hijos y los padres se cubrieron los ojos y lloraron de desdicha y a lo mejor también de arrepentimiento.
Al verlas, incluso el padrecito Iván abrió las puertas de la iglesia de par en par y, por costumbre, se persignó diez veces. Él, que era incrédulo por hábito y que estaba seguro de que detrás de aquel baño de oro había una explicación perfectamente racional. Él, que creía en lo endemoniado y en lo angélico como vestigios de una religión a la que servía porque estaba convencido de que los hombres debían tener algún vicio. Él, que pensaba en dios como una casa endeble, apenas sostenida por la esperanza sin tuétano de lo humano, de repente se vio rodeado por los hombres del pueblo, que apestaban a noche larga, y sobre todo por aquellas mujeres de pelos y bocas brillantes:
—Padre, panzarriba me tomó diosito, qué potencia, qué orgasmo tan santo —gritaban.
—¡Ya cállense, lagartas! —rugió una de las más ancianas del grupo áureo. Respondía al nombre de Regina Coi y tenía el pelo largo, canoso y que apestaba a maíz. Mientras se acariciaba el vientre con las manos, lanzó una sonrisa turbia que todos en el pueblo le conocían demasiado bien—: Más santo es lo que traigo aquí adentro.
Ante aquella afirmación se hizo silencio por un segundo y el padrecito Iván aprovechó para alzar las manos en son de paz, a ver si la muchedumbre lo escuchaba ahora, a ver si así enfilaban todas hacia sus casas y lo dejaban buscar la sombrilla negra, que afuera no podía estar mucho tiempo sin sentir miedo a lo que del cielo caía. Pero no lo dejaron estar tranquilo. No lo dejaron ni decir pío ni buscar sombrilla alguna, como tampoco le permitieron pronunciar palabra. «Santo santísimo es lo que dios me puso adentro», gritaban las mujeres a la vez, «a mí, me lo puso a mí, a mí me lo puso, a ti no», con tanta violencia que el padrecito pensó que así era como empezaba el apocalipsis, con un baño de oro y no de plagas, entre las tetas y los cabellos de aquellas mujeres.
Entre niñosantísimo y nenémesías pensó que iba a morirse.
Pero no murió, solo tragó polvo de oro y tosió polvo de oro como un infeliz.
Puma
Puma recuerda que su padre la trajo al pueblo, montaña arriba y lejos de la guerra que acababa de estallar en el llano, con el sigilo propio de los culpables y diciéndole todo el tiempo que las sendas, carijo, son caprichosas como las viejas y provocan que los viajeros se pierdan en sus entrañas para siempre. Ansioso, se pasaba la lengua por encima del diente de su suerte, aquel que llevaba encajado en el cielo de la boca, y de vez en cuando se rascaba también las cicatrices que le crecían en lugar de las orejas. Puma iba guindada como un hollejo a la carreta que habría sido la única herencia para el hijo varón, su hermano, si este no se hubiera muerto.
El pueblo era un ánfora desolada. Tenía más polvo que casas y más bejucos que habitantes. Lo único bonito de aquel sitio eran los cantos de las palomas, que cucurrucuseaban sonsas desde los aleros. Puma nunca había escuchado tanta música, ella que solo recibía sopapos del padre por fea, por pecosa, por machorra. Hasta entonces, su vida había transcurrido entre sacudidas y empujones, cuidando a un hermanito mocoso y lleno de gusanos que se le pegaba a las piernas por miedo al padre, un hermanito que unas semanas antes de subir a las montañas se puso de repente verde de vómitos y toses, y que Puma golpeó en la espalda con la intención de sacarle, a puro golpe, los gusanos del corazón y los pulmones. El chico solo crujió como mismo crujen las cajas de madera barata cuando se queman al sol. Nomás gimió una vez y así, como una caja vacía, se quedó quieto para siempre.
En vano, Puma esperó que le saliera de la boca un capullito, una crisálida, alguna metamorfosis que hiciera bonita su muerte. Como no se atrevía a llorar, se guardó las lágrimas hasta que todas se le encaramillaron en la garganta. Después de que el vejigo falleciera, el padre cogió a Puma de la mano y le dijo: «Te llevo para el pueblo con los abuelos, que ya te han salido tetas y en cualquier momento me desgracias, allí te darán cauce y te darán comida, que aquí chifla el mono y no hay nada para llevarse a la boca». La miró por primera vez con una ternura de hombre muy antiguo y le sonrió con sus dientes luminosos. Aquella era, de verdad, una sonrisa, y no una de las muecas que Puma había contemplado luego de viajar junto a él durante tanto tiempo. Manuel Cajús presentía la ausencia de la hija, y le pesaba porque jamás se había alejado de ella en casi diecisiete años y porque la pérdida lo había hecho consciente de que la muerte estaba ahí, en una esquina, esperando como borracha a que le pasara la carreta de la vida por delante para montarse y joder la fiesta.
Y al pueblo la llevó. Montaña arriba la llevó. En honor al padre hay que decir que no la dejó sola en uno de los trillos o en medio de la placita, como si Puma fuera un bulto de ropa sucia o un animal flaco dentro de una bolsa, sino que fustigó a la yegua para que tirara de la carreta y atravesara el pueblo en un espanto veloz, y luego condujo las riendas por un camino polvoriento y desolado, hasta encontrarse con aquella casa. Aparcó la carreta afuera y cogió a Puma de la mano. Antes de llegar al umbral se mojó un dedo en la boca, acicaló las cejas de la hija a salivazos y tocó a la puerta de la casa con los nudillos. Fue un toque leve, que no levantaría a muerto alguno de la tumba. Sin embargo, la delicadeza de aquel gesto amedrentó a Puma. Estaba acostumbrada a que Manuel, con esos mismos nudillos, le acariciara las puertas de la cara como si quisiera derrumbarlas.
Una vieja respondió al llamado. Al verla, Puma entendió la definitiva metamorfosis de aquel hombre con el que hasta entonces había vivido, aquella transformación que era capaz de convertir a una fiera en un niño penoso. De la boca de Manuel se escapó la palabra mamita, que Puma nunca había pronunciado en voz alta porque la suya, la madre suya, era una puta, una golfa flaca, una demonia gallinácea que se había bajado de la carreta de la familia cuando se aburrió de dar vueltas por el llano. Puta, golfa y demonia como era, al menos bonitura tenía, y unas tetas y un coñito así, como de juguete, recordaba el padre a cada rato, y se relamía al revivir aquellas memorias, un coñito de pajarita. Como Puma apenas podía recordarla, aquellas palabras eran todo lo que la chica conocía de su madre.
Al levantar la mirada de la tierra, Puma se encontró a la anciana en el umbral de la puerta. Había algo de fulgor en ella, algo etéreo, como si en vez de caminar flotara. La vieja estaba tan preñada que su panza lucía a punto de explotar, y en su rostro arrugado no había otra señal que no fuera la serenidad de los últimos días de gravidez. Nomás vio al hijo díscolo y largamente perdido, Regina Coi se pasó una mano por los cabellos y el olor a maíz tierno se expandió por todos sitios:
—A ver, Manuelito, ¿dónde te metiste todo este tiempo?, ¿debajo de una piedra? —fue lo único que preguntó al ver que el padre de Puma no se atrevía ni siquiera a moverse.
—He viajado por ahí, mamita, con la malasangre presa en la sesera —contestó él.
—Me dijo un gallero que te había visto vendiendo estampitas del pobre Juan el Doloroso y que tenías dos muchachos. Por lo visto se te murió uno.
La vieja era rápida para sacar conclusiones, pensó Puma. No daba rodeos y ya en pocas palabras había despachado la muerte de su hermanito.
—Esta es la grande, la que queda, mamita.
—Mira, sí, grande es. Seguro me la trajiste criada para que te la enderece. Si ha estado contigo todo este tiempo, torcida estará.
—Bueno, mamita, no sea majonera. Se la traje porque la niña… porque la niña…
Fue entonces que Puma se dio cuenta de que a lo mejor el padre no se había inventado una excusa para dejarla allí, en manos de alguien a quien no veía en años.
—Puma, me llamo Puma, y no soy una niña ya —cacareó desesperada la chica. Cualquier cosa era mejor que vivir junto al padre en la carreta hasta el fin de los tiempos, recibiendo sopapos y escuchándolo quejarse por el cantío de los gallos roncos y por los huecos del camino en los que la yegua espantada hundía los cascos—. Sé limpiar, cocino, yo hago de todo, abuela. Y lo que no sepa hacer, lo aprendo en un tristrás.
Aquel abuela le nació natural de la boca, como si la palabra hubiera estado ahí, esperando en la esquina de los dientes para escapar al aire libre.
—Te ha salido gallita la muchachona —sonrió la anciana mientras se acariciaba el pelo largo y desgreñado—. Saber hablar, sabe. Y dura se ve. Además, en esta casa pronto va a hacer falta otro par de manos, que con tanta barriga no puedo hacer nada ya. Luego, cuando nazca el nené…
Puma descubrió una mueca triste en los ojos del padre.
—Dar a luz a otro hijo, mamita, es como matar al que ya tenía.
—La barriga es picuda, así que seguro nace varón.
Regina Coi, con la paciencia de quien vierte veneno en un pozo, ignoró el dolor en la voz de su primogénito. A lo mejor esa era su venganza: regodearse en los detalles del nacimiento y en la llegada del otro hijo, para cobrarse de esa manera las noches sin dormir, pensando en el que se había ido y que, en años, no había dado señales de vida. Que si tendrá ropa y medias para esos pies que se le hielan desde chiquito. Que si estará hambriento o con la panza llena. Que si encontrará un techo para guarecerse. Que si la malasangre le dará por la fuma, por la toma o por los gallos. Que si le habrán roto ya el corazón de loco y la cabeza de chorlito, como le pasa a todos los díscolos que se apartan demasiado de sus madres y que persiguen el sueño de hacerse ricos a costa de la calavera de un pobre cura. Puma entendió a Regina Coi sin necesidad de palabras y un ramalazo de alegría le atenazó las entrañas cuando vio al padre moqueado y casi lloroso, sin atreverse a pedir agua ni pedazo de pan.
—Escucha bien: si me la dejas, no me la vengas a recoger después. Antes que entregarte a la muchachona, te apuñalo como si fueras un coyote robagallinas, ¿estamos de acuerdo? Lo que se regala no se quita. Recuerda que fuiste tú el que me la viniste a poner en la puerta —la anciana hizo una pausa, se acarició de nuevo su pelo larguísimo y luego volvió a hablar—. Manuelito, date ahora media vuelta y coge ligero la cuestabajo, no sea que se te acabe la suerte. La gente en este pueblo no olvida. A todos les debes la cabeza de un santo. Hace tiempo hay una tumba abierta en el cementerio que tiene tu nombre y yo no estoy para jelengues de nuevo, ni quiero que me vengan a preguntar por tus huesos de perdulario. Ya hemos tenido bastantes años malos por tu culpa, y ahora no quiero que se me agrien los jugos —le advirtió la vieja con una sonrisa ácida.
Puma se la correspondió, sin saber que no volvería a encontrarse con su padre en años. Aunque no podía imaginar lo que pasaba por la mente de la abuela en aquel momento —si angustia por el hijo díscolo, si dolor al verlo partir de nuevo en aquella carreta en la que la desgracia se había montado luego de desplazar de las riendas a la vida—, Puma se pegó a su falda. Regina Coi era una caja cerrada, un baúl lleno de polvo, y dentro de su corazón había guardado ya la sábana sucia que Manuelito significaba para ella. En su lugar, había aireado la sábana limpia y delicadísima del hijo nuevo.
Al despedirse de Puma, Manuel Cajús no le dijo, por primera vez en toda una vida, ni marimacha, ni fea ni pecosa, y el silencio fue a lo mejor su regalo, su intento por dejar algo bueno en la memoria de la hija, a ver si así ella lo recordaba mejor de lo que realmente había sido. Bien se sabe que no hay peor muerte que esa: morir en los recuerdos de la familia antes que por naturaleza.
—Pumita —la llamó—, no seas fiera con la abuela.
Quiso hacerle una caricia, pero Puma apartó la cabeza y la mano del padre se quedó en el aire, prieta por el calor del sol y durísima como el olvido.
Sin esperar a que Manuelito montara en la carreta y arrastrara todo el churre de su vida por los caminos solitarios, la abuela abrió las puertas de la casa y dejó que la chica pasara adentro:
—Corre. Pon a hervir el agua y lávate las manos, Pumita —le susurró, más esplendente que nunca, apoyada en el umbral y con las piernas trémulas—. Has llegado en el momento preciso para asistir al milagro. ¡Ahora mismo va a nacer el hijito de dios!
Y así fue que Puma notó las contracciones y le dio temblequera de saber a la vieja tan vieja, y a la panza tan grande, de estar tan sola en aquella casa que era un mundo desconocido para ella. Más temblequera le dio al ver cómo la anciana se acuclillaba y a cuatro patas empezaba a pujar, como si pujar no fuera un secreto de las mujeres, sino la cosa más normal del mundo. De tantos nervios acumulados comenzó a preguntar cosas idiotas y chachareó como una mosca mientras la carne de Regina Coi se iba abriendo en una herida antigua y su olor a maíz se extendía por toda la casa. El gemido de aquella ancianita, que unos minutos antes esplendía y que ahora se iba poniendo roja de tanto dolor, se hizo cada vez más seco. Apenas hablaba. Si acaso, pedía compresa fresca para aliviarse los calores y murmuraba incoherencias semejantes a «hijo de dios hijito de dios el Mesías ya llegó». Puma pensó que la culpa de todo la tenía dios, por hacerle eso a su abuela y por meterle adentro a un monstruito cuya cabeza enorme ya empezaba a asomar.
Le pusieron Federico al recién nacido cabezón. Al anochecer, cuando regresó a la casa Claudio Cajús —con los ojos perdidos y los pies ampollados: marido de Regina y abuelo de Puma— ya no quedaba sangre en el piso de tierra ni rastro de la placenta. La recién parida, con todas sus arrugas intactas, le daba leche a Federico, que para ser Mesías chillaba bastante.
—Yo soy Puma y soy tu nieta —la propia Puma, que después de limpiar todos los estropicios del paritorio ya se había aprendido la casa de memoria y se sentía parte de la familia, se presentó al abuelo—. Y ese de allá es Federico, aunque la abuela le dice hijito de dios.
El anciano se quitó los zapatos con una mueca de cansancio y se encogió de hombros, como si aquella información fuera intrascendente.
—Cómo va a ser hijo de dios —rechistó el viejo en un susurro—, si tiene mi nariz. La nariz de todos los Cajús.
Fue en ese instante que Puma decidió no decir ni ajiguaguao aunque le arrancaran la boca con pinzas y tragar hasta sus propios pensamientos con tal de no buscarse problemas en aquella casa. Cuando la vieja que amamantaba empezó a mentir por los cuatro costados y los dos codos, cuando empezó a escupir mentiras como culebras —que si el niño había nacido envuelto en membrana de oro, que si pasó estrella por el cielo en pleno día, que si no conoció dolor porque aquel parto estaba lleno de gracia—, Puma dijo que todo era cierto, pues la abuela le había pegado los ojos encima, con tal de saber de qué lado se encontraba la lealtad de la nieta. Con los dedos puestos en cruz, Puma juró que había visto a tres viajantes asomados a las puertas de la casa, con unos jolongos cargados a tope, y que, cuando les abrió una hendija, estos le habían ofrecido unos regalos para el niño. Unos regalos que ella no aceptó, por bruta y por miedosa.
Al pasar junto al abuelo, Puma negó con la cabeza de forma casi imperceptible. Con aquel gesto quería decirle que nada de lo que había dicho era verdad, aunque Claudio Cajús no pareció darse por enterado, de tan perdido que estaba en sus propios pensamientos o en masajearse los pies llenos de ampollas.
—Qué pena que no hayas dejado pasar a los que traían los regalos, niña —se quejó en voz baja el viejo—. Con la falta que hacen en esta casa unos pesitos, así nos los traigan unos pelandrujos imaginarios.
La furia de los Mesías
Durante meses, el padrecito Iván Roca no prestó demasiada atención a las demandas de los hombres que llegaban con la hija, la esposa o la hermana agarradas por las greñas y en un avanzado estado de preñez. Ellos —que no sabían nada de los asuntos del cielo, mal que se entendían con los de la tierra— se cansaron de rogarle al cura que exorcizara el pecado, fruto de la debilidad de la carne y de la noche áurea, que tan bien se notaba en aquellos vientres hinchados y ya a punto de dar a luz. Iván se limitó a devolverlos a casa con dos santiguaos:
—No se enerven, hijos, no desesperen, que este pueblo está tan lejos, tan metido en las montañas, que ni el diablo llega acá sin pensárselo dos veces y hasta tres a lo mejor. Aquí no se necesita exorcismo alguno y sí preparación para esos partos que cualquier mañana nos sorprenden —fue su respuesta a las demandas.
Su tiempo de reparación había llegado finalmente. Lo sentía en la piel y dentro de sus huesos.
Convocó al pueblo, a todo el pueblo. Fue a cada hogar y prometió soluciones para las quejas y los celos, y en cada hogar mintió al decir que dios le había susurrado en el oído la verdad y que ahora iba a contarla al mundo para que se supiese cuál era la voluntad del Señor. Con tal promesa, los vecinos acudieron a escucharle. Parado frente a la puerta de la iglesia, el padrecito Iván Roca los vio llegar uno a uno: a los macholocos más borrachos y flacos que de costumbre, a las mujeres que arrastraban los pies por el peso de vida que cargaban dentro de sus cuerpos y, en el centro de la muchedumbre, a Regina Coi, que ya había dado a luz y que llevaba a su hijo entre los brazos, como envuelto entre sus canas.
—¿Y qué dijo dios ahora? —preguntó uno de los descreídos. El padrecito conocía la naturaleza de aquel hombre, pues algunas veces lo había visto masticar la hostia con disimulo y hurgarse con un dedo en la nariz en el momento del sermón. Simpatizaba con la gente así, descarada y sinvergüenza como él.
—Dios me ha hablado —dijo Iván. Luego de pronunciar la palabra dios se relamió—: Ha querido sembrar su semilla en este pueblo perdido. Y es aquí donde pronto nacerá el Mesías, el hijo de dios hecho carne, que reinará sobre los muertos y los vivos.
Tenía una sonrisa beatífica, una sonrisa que le quemaba la boca, como si el endiablado fuera él, como si el demonio estuviera pastando en su lengua. Había buscado, durante años, una cura al mal de la memoria que lo asolaba, a aquel no poder olvidarse de Laputa y de su desprecio, a aquel no poder tachar la burla que el pueblo le había entregado al joven Ivancito, al pajaritapielbonita hijo de Ariste Roca, que solo había tenido un sueño en la vida, que solo había esperado por un milagro de amor y que de él había quedado huérfano. Mientras pasaba el tiempo, Iván se había dado cuenta de que la venganza —que una vez imaginó alcanzaría sin mucho esfuerzo— se le hacía cada vez más esquiva, que todos sus intentos por devolverle el golpe a las malas lenguas de los vecinos eran no más que gestos fatuos y rabietas consigo mismo, y que los ecos de su furia enquistada no llegaban a ningún sitio. Si algo había aprendido Iván Roca de su experiencia en el seminario era que los hombres que aún tenían fe —ya fuera en la piel de un dios o en una piel de hembra— solo merecían escarmiento. Él, por iluso, más que ninguno. Mientras fracasaba una y otra vez en sus intentos de vengarse, le sorprendieron los años. Solo la noche áurea encendió nuevamente en él la chispa de un fuego de rencores que se había amansado a medias.
Nunca se sintió más lejos de dios que aquella tarde en que afirmó que el polvo de oro y la calentura de las mujeres habían sido señales divinas, y que la preñez de todas era milagro. «Benditas quienes se entregaron con el beneplácito de dios y de los hombres», dijo, y luego recalcó aquello de los hombres para que todos entendieran que allí se acababan las peticiones de exorcismos y que empezaba una nueva era para el pueblo. La era de los Mesías, de los cuales el hijo de Regina Coi había sido el primero en llegar al mundo. A la vez que se alejaba de dios con cada palabra, Iván sentía que, si en verdad había diablo en su boca, pues entonces era un diablo piadoso, uno que sometía los celos de los machócratas. Frente a él, arrobadas, las mujeres parecían virgencitas como las de piedra que estaban enclaustradas en los altares de la iglesia. Tenían ojos de celo y de fe. Una fe como de santanilla que pica carne.
Iván Roca se convenció, de esa manera, que su venganza era santa santísima.
Irónico como era, bendijo entre risas la locura del pueblo.
No era la primera vez que los vecinos eran arrastrados por un alud semejante. Algunos años atrás, en los inicios de su carrera evangélica —bien que lo recordaba el padrecito—, los habitantes del pueblo habían sufrido otra chifladura temporal. Por aquel entonces, él era todavía un hombre joven y nadie le decía padrecito, sino Iván a secas. «Entre tanta montaña y tanta soledad, la gente no puede ser común y corriente, la locura les queda de maravilla, es más, la locura es el traje perfecto para los habitantes de un lugar en el que todas las cabezas se queman como si fueran granos de maíz bajo el sol». Así le había dicho su mentor, Juan el Doloroso, un viejo de una tos tremebunda, que andaba por el pueblo con un pañuelito de tísico y jurando y perjurando que se moriría ese año sí o sí, que ya sus pulmones no daban más, que se le había reventado una úlcera o tenía pie diabético, que si hígado graso y cáncer de próstata, que si columna bífida y gota, todas dolencias imaginarias, dolencias inventadas. Cuando se terminaba el año, el viejo padre, que aún seguía vivo, se persignaba: «Se hará la voluntad de dios, si no me quiso muerto, por algo será, pero estoy seguro de que pronto los males que soporta mi miserable y pobrísimo cuerpo de pecador me matarán finalmente». Cada año, Juan el Doloroso escogía una enfermedad nueva de la que sufría todos los síntomas por un ciclo de doce meses. Iván, por pura caridad y por deber de afecto hacia el único hombre que había sido bueno con él, intentaba ayudarle como mejor sabía, con palabras de ánimo y rosarios infinitos que Juan el Doloroso rumiaba en silencio, en el fondo contento por atraer tanta atención sobre sí mismo. Cuando se murió por fin, con mucho más de cien años y una salud tan fuerte como su vida, nadie le creyó que estaba muerto de verdad. A comienzos de ese mismo año, Juan el Doloroso alzó sus legañosos ojos a las nubes y señaló con un dedo hacia arriba: «Hágase la voluntad de dios, ahora sí llegó mi tiempo, lo siento en el aire». Al escucharlo, todos los vecinos suspiraron con hastío. El propio Iván se encogió de hombros y se dispuso a esperar con paciencia el anuncio de la patología imaginaria que afectaría durante los próximos trescientos sesenta y cinco días al viejo padre: qué riñones imaginariamente enfermos tendría que curar con tisanas, sobre qué cáncer de estómago tendría que rezar los padrenuestros de cada día o qué tipo de derrame cerebral sería el causante de aquella muerte tan anunciada.
Cierto día, luego de una cena magra, Iván dejó por un rato a solas a Juan el Doloroso y fue a descansar de su oficio de enfermero a tiempo completo. Durmió un par de horas y si acaso escuchó un estruendo allá afuera, muy cerca de las paredes que conectaban su cuarto con el mundo exterior, probablemente lo adjudicó a una pesadilla de la que luego no tendría un recuerdo demasiado claro.
Al despertarse, llamó al viejo porque no alcanzaba a escuchar su tos o sus quejidos, cosa rarísima, pues a esa hora de la tarde el malestar imaginario de Juan el Doloroso llegaba a su apogeo. No lo encontró en la sacristía, ni frente a los altares de las tres vírgenes de piedra, ni en el campanario, ni en su cama de tuberculoso, así que salió al jardín trasero que conectaba a la iglesia con el cementerio del pueblo, que desde hacía tiempo estaba lleno de yerbas resecas.
En esta pocilga me enterrarán algún día, pensó Iván y de inmediato sintió una lástima enorme hacia sí mismo. No tuvo ni un instante más para apenarse de su suerte, porque fue entonces que vio al anciano, de pie, apoyado en la reja del jardín, muy rígido.
Capaz que le haya dado una apoplejía, se asustó Iván y de inmediato rezó el padrenuestro más verdadero de toda su existencia. Si ya era malo cuidar a un enfermo imaginario, cómo sería de jodido cuidar a uno verdadero. Cuando se acercó al padre Juan le notó la carne fría y como de pedrusco, los ojos cerrados y una sonrisa como la de los santones de los libros. Y muerto, muertísimo. Un rigor mortis acelerado había atrapado al cadáver en su telaraña y lo había petrificado allí mismo.
El pueblo lo tomó como una señal divina, porque esas eran las cosas que los comunes hacían siempre. Iván recordó que Juan el Doloroso siempre justificaba la credulidad sin medida de la gente y los exculpaba del exceso de fe, ya que vivían aislados, entre montañas, gallos y manigua, entre soledades y violencias cuchilleras, mirando al cielo del mundo desde el cielo mismo, y pensando en la tierra mala y poco fértil como una de las plagas del apocalipsis. «La gente vive como puede y no como quiere, Iván», decía, «la gente piensa como vive, más no se les puede pedir». Los habitantes del pueblo se enteraron de la muerte del viejo cura y desfilaron todos, con esa curiosidad macabra de los humanos, para ver el cuerpo cada vez más pétreo junto a la verjita, y fue entonces que comenzaron a decirle padrecito a Iván, ahora que ese título había quedado vacante. Cuando lo llamaban así, algunos de los feligreses hacían una mueca de asco, de vaya padrecito este, tal vez porque habían conocido a Iván cuando aún era un niño que vendía pajaritos en sus jaulas, tal vez por la palidez extrema de su piel, que tan ajena le era a aquella gente curtida por la candelá del cielo.
Entretanto, mientras el desfile fúnebre de los curiosos pasaba frente al cadáver, Iván trataba de adecentar un poco la tierra para que el viejo fuera a descansar allí con algo de dignidad. Tanto bejuco y yerba mala y tanta dureza de la tierra sobre el cráneo de un muerto acabado de llegar no debía ser nada agradable para el difunto. Quitó la malayerba, cogió una pala y trató de levantar la primera capa de pedruscos del jardín, para de esa forma crear un sitio apacible donde sembrar el ataúd de Juan el Doloroso. Bien que recordaba Iván que los dolores imaginarios del viejo lo hacían gruñir en la madrugá porque bien el colchón de la iglesia era demasiado blando o bien demasiado duro para sus huesos.
«Ay, no, cómo vamos a enterrar al pobre padre en esa tierra infame», dijo alguien, y todos en el pueblo empezaron a quejarse de inmediato. Por qué había que enterrar a un santo como el padre, que de tan santo había sufrido todas las enfermedades de la tierra y expurgado todos los pecados con el dolor de la carne. La prueba de su santidad era evidente ya que había muerto ahí, de pie, sin caer, y se le había petrificado la carne y se le había puesto fría la piel. Eso significaba sin duda que el viejo era incorruptible y que su muerte santa santísima ennoblecía al pueblo.
Enseguida, los vecinos analizaron a coro los beneficios de tener a un santo propio en la región. Tal vez entonces el pueblito dejaría de estar olvidado por dios en las montañas y a lo mejor vendría gente de otros lados a visitar al santo, a pedirle prodigios y caprichos, a comprar reliquias, que bien se sabe que un pueblo es capaz de salir de la miseria, por más enlodado que esté en la lejanía, por virtud de un milagro. ¿Y qué milagro podía ser mejor que un cuerpo incorrupto?
A Iván se le escapó una carcajada incrédula. Les recordó a los habitantes que la ciencia es exacta cuando dice que, donde hay muerte, hay putrefacción, y donde hay putrefacción habrá luego de nuevo muerte, porque el círculo es eterno en ese sentido. Más valía sembrar el cuerpo del anciano antes que verlo deteriorarse al aire libre. «La santidad no es el opio de los pueblos, así que no se puede ser tan idiota», lanzó al aire aquella sentencia, pero nadie la escuchó. Incluso, en voz baja se dijo por ahí que el nuevo padre no sabía nada de dios y sí bastante de pichones, que no se le podía hacer caso a un pajaritapielbonita como él. En respuesta, Iván Roca gritó que, por su voluntad, que era la voluntad de dios en la tierra, el viejo se iba a una tumba a dormir en paz de una vez.
Fue entonces que los machócratas del pueblo sacaron las navajas y los machetes. Una mujer dio un grito ahogado y las palomas cagonas volaron hasta las ventanas. Iván retrocedió. Cómo no retroceder si los machócratas se persignaban y advertían a una misma vez que ayayay del que toque al santo e intente quitar la estatua de carne muerta del jardín, esa estatua que era el futuro santo santísimo del pueblo.
—Si el padre Juan fue santo —dijo Iván—, yo soy un pichón de paloma.
Y, como ante ojos de todos, Iván era un pichón de paloma con oficio de cura, el cadáver del viejo se quedó en el jardín de la iglesia y fue vigilado como una reliquia por varios días más, todos los días que el pueblo resistió el hedor de la carne al corromperse. Como buenos negociantes, algunos vecinos se fueron montaña abajo a regar el rumor de la supuesta incorruptibilidad de Juan el Doloroso. Los machócratas insistieron en dejar el cuerpo al aire libre, como si no sintieran el tufo cabalgante, e incluso cuando llegaron las primeras visitas seguían llamando santo al cadáver. «Por aquí, por aquí verán al santo viejito, Juan el Doloroso, que cura todos los males de la tierra a cambio de una modesta contribución», anunciaban los improvisados negociantes que se habían establecido en el jardín de la iglesia y que hacían guardias sucesivas con tal de que a Iván no le diera la maña de enterrar el cuerpo.
Pero Iván estaba tranquilo. Con su conciencia, al menos. Se consolaba pensando que, dondequiera que estuviera el alma del viejo —es decir, si existía un alma después de la putrefacción, cosa dudosa— parecía estar en paz porque en la noche no se oían sus quejidos. Después, el pensamiento analítico de Iván le hizo deducir que aquella era la prueba suficiente, toda la que él necesitaría en la vida, para saber que no existía nada después de la muerte: ni milagro alguno, ni resurrección.
La iglesia, antes silenciosa, se fue llenando de los gritos de los habitantes del pueblo, que como pregoneros fúnebres intentaban vender, a cuanto ser viviente pasara por el jardín o sus cercanías, estampitas dibujadas a mano de Juan el Doloroso.
«Venga, compre a su santico, que se lo doy baratico».
«Llévese su estampa del padrecito Juan, para que nunca le falte el pan».
«Si quiere curarse del dolor, lleve su reliquia, por favor».
Hubieran vendido al viejo entero o por pedazos si el curso de la naturaleza no hubiera continuado su senda, si lo evidente del avance del deterioro de aquella carne mortal no hubiera afectado la imagen del santo y la sensibilidad de los visitantes. Fue una lástima pues, por primera vez en toda su historia, el pueblo empezaba a florecer, y la gente llegaba de otros sitios con la esperanza de acercarse a lo divino. Tantas esperanzas nunca son buenas, se dijo Iván, quien recordó que la carne del hombre es siempre débil, para el pecado y hasta para la muerte. Los visitantes, asqueados ante aquella imagen que de santa no tenía un pelo, dejaron de asomarse con curiosidad a la verjita, y los vendedores improvisados de estampas de Juan el Doloroso quebraron enseguida.
—Ahora me lo entierran, por favor —gritó Iván desde las puertas de la iglesia cuando vio que los negociantes empezaban a recoger sus carpas—. No me lo dejen como espantapájaros a la intemperie, que eso fue un cura.
Es probable que las palabras de Iván conmovieran a los mercachifles o, tal vez, estos sintieron vergüenza de querer irse así, sin antes darle cristiano entierro a aquellos restos pobrecitos. En silencio, cavaron una tumba para los despojos del padre, y en las semanas siguientes incluso le pagaron a un escultor local de poco talento para que creara un angelito obeso de piedra, un angelito que desde entonces veló por el reposo de los muertos sentado sobre una cruz, que tal parecía como si quisiera hundirla con el culo. A Iván la escultura le pareció horrenda, pero se conformó con saber que al menos habían enterrado al viejo en un ataúd forrado de tela, que Regina Coi le había cosido un sudario rojo llamará como despedida y que allí, al fin, Juan podría reposar sus huesos doloridos.
—Quedó bien bonita la tumba, padrecito Iván —susurraron los feligreses cuando acudieron a misa el siguiente domingo. Luego de que explotaran a conciencia el cadáver del cura muerto, todos estaban angustiados por el futuro de sus almas.
—Sí, sí, bien bonita —afirmó Iván mientras intentaba no recordar mucho la imagen del angelito culón—. Y lo que es mejor, en paz.
Así, en aquella misa, firmó por primera vez su tratado de mentiras con el pueblo. Un tratado bilateral, cabría decirlo, ya que las mentiras iban de un lado a otro, y se tejían sobre las montañas que eran más altas y antiguas que dios.
Unas semanas después del entierro de Juan el Doloroso, el angelito culón que custodiaba su tumba perdió una mano por culpa de aquel muchacho díscolo, Manuelito, el hijo de Regina Coi, al que se le había atravesado entre ceja y ceja continuar exprimiendo el negocio funerario de los despojos del cura y que fue sorprendido, con las manos en la masa de la tumba, por el propio Iván. Después de la profanación, los restos descabezados de Juan el Doloroso regresaron a la tierra y los padres del ladrón pagaron al artista local por la reconstrucción de la estatua.
La locura está sembrada en las venas de los pueblos y los milagros son una forma primitiva de locura, se dijo a sí mismo el padrecito Iván, muchos años después de la muerte de Juan el Doloroso, aquella tarde en que repartió nuevas mentiras para perdición de la muchedumbre. Sobre la lengua sintió el saborcito del poder, que era muy parecido al del pecado. Al terminar el sermón que había dedicado a la noche áurea y a sus evidentes frutos, el cura bendijo todos los vientres de las mujeres y la cabezota del recién nacido de Regina, prometió castigos de fuego eterno y clavos ardientes a aquellos que se interpusieran en el camino del Señor y santificó con un padrenuestro las frentes de los macholocos y machócratas. A ellos no les quedaba otra que aceptar la santidad de la noche de calentura de sus mujeres, los polvos de oro y los chiquitos endilgados, ahora que todo eso, según Iván, era obra de dios y asunto divino.
No obstante, Iván Roca tenía absoluta certeza de que las mujeres habían huido a los trillos para escapar de la rutina y de la violencia en la cama conyugal, ya que el calvario de las hembras no tenía fin en la manigua de espinas de la vida. La ausencia de fe del sacerdote ni siquiera se ponía a prueba cuando recordaba el famoso polvo de oro que había bañado de pies a cabeza a todas las prófugas. Bien sabía él que no existía un amante en aquel pueblo o en otros, ni gallero por afortunado que fuera en juegos del azar o en el robo, que tuviera tanto oro disponible. Pero también es preciso decir que la incredulidad del padrecito Iván, su tozudez sin fronteras y su mente que analizaba sin piedad el absurdo de lo divino eran los verdaderos milagros del pueblo. Siendo aún muy niño, había pedido una prueba de la existencia de dios con todas las fuerzas de su alma y, así, se había pasado buena parte de su juventud en un continuo rogar por la salvación de su fe. Desde entonces, se había aferrado a su papel de incrédulo y nada, por santo santísimo que luciera, lo había disuadido de lo contrario.
Como en su mente todo debía tener una explicación racional, incluso la noche áurea, Iván Roca se convenció de que en las montañas algún macholoco había encontrado una veta de oro, gorda y luminosa, que había mantenido en secreto y escondida de los ojos ajenos, por miedo al hurto. Aquello era posible, porque los hombres del pueblo, además de pobres de solemnidad, eran tacaños de solemnidad y temerosos de los apetitos de sus vecinos, y era muy probable que si alguno había hallado un tesoro de tal naturaleza se lo callara hasta la muerte. Sobre esa misma veta dorada de seguro se habrían revolcado las mujeres, las jíbaras que se habían largado de sus casas en busca de lo divino y que habían terminado encontrando el más humano de los tesoros. Hubiera sido buen escritor el padrecito si la vida no lo hubiera llevado al camino del servicio a dios, es decir, al camino del servicio de la incredulidad, que debería ser el verdadero dios de los hombres.
Cuando unos pocos días después empezaron a nacer los vejigos, los hijos de la calentura o del milagro, el pueblo ya era de nuevo común y corriente, pacífico en apariencia, roto por el calor y la destemplanza de la tierra. Igual que los pichones de las palomas, aquellos niños eran feos y pescuezipelaos, tan feos y tan pescuezipelaos que sus madres se cuestionaron cómo era posible que un hijo de dios no representara toda la belleza del mundo. Hubo quien incluso se preguntó si dios tendría esa misma nariz ganchuda o una cabezota así de enorme, o unos ojitos de sapo igual de curiosos que aquellos que los chiquitos mostraban con total descaro. También, es preciso decirlo, algunas mujeres creyeron que aquella fealdad era la prueba más certera de que sus hijos eran comunes y corrientes, y que la noche áurea no había sido más que el estremecimiento de la furia colectiva. Sin embargo, algunas recién paridas se mantuvieron en sus trece, cada una de ellas convencida de que acunaba al verdadero Mesías sobre el pecho y que las otras eran solo madres de una copia defectuosa. Se celaban mutuamente, y también celaban a dios, que al parecer tenía mucho en común con el resto de los hombres, porque a todas les había sembrado la misma duda y la misma promesa. Tan enceladas estaban que a veces se descubrían odiando a la vecina, a la amiga y a la madre, quienes ya no eran cómplices de la noche áurea, sino rivales.
A las puertas de la iglesia, el padrecito Iván se cansó de bendecir las frentes de los vejiguitos y de susurrar en las orejas de las madres una promesa. A cada una le juró que su hijo era el verdadero Mesías. Como todas las que acudieron en busca de confirmación donde el cura, Regina se regresó a casa con Federico en brazos, llena de euforia por ser la elegida. Cuando Federico se le meó encima, pensó que aquel pipí calentito era pipí divino y que seguro le curaría los achaques de la vejez.
Maná
El único huerto del pueblo que siempre estaba reverdecido era el de la familia de Maná Gutiérrez. No importaba si eran tiempos de seca, ni si el sol rajaba las piedras y las cabezas de las muchachas inocentes. De cualquier forma, los padres de Maná la obligaban a tenderse sobre la tierra a sudar todo el calor de la juventud. Del sudor de la chica salía el verdor del campo, o al menos de ese sudor era que se alimentaba la tierra desgañitada en su pedir por agua.
Maná era obediente, así que se encueraba a la primera orden y nunca había que darle correazos. Lo único que pedía a cambio de estar tendida en aquel campito sediento era que después no le dieran a comer de aquellas papas ni de aquellos tomates y mucho menos la obligaran a probar esos frutos que sabían todos iguales: a su propio sudor. La madre, Rita Gutiérrez, a veces intentaba colarle alguna legumbre del huerto familiar en la comida, pero la muchacha hacía una arcada y se cruzaba de brazos, aferrada a su único capricho. A los padres no les gustaba tener que gastar huevos y más huevos en la hija malcriada, pero a decir bien, tampoco a Maná le gustaba estar tendida frente al sol, con los pechitos y el culo encharcados, y ser esclava de la tierra.
Su rutina era la misma cada día. Se levantaba al cantío del primer gallo y pensaba en las musarañas durante un rato. Pensar en las musarañas era el equivalente a su felicidad, porque al menos entonces no tenía que preocuparse por darse vuelta y vuelta en la tierra, ni moverse de un surco al otro, ni sentir las picadas de los bichitos en las nalgas, que los muy desgraciados iban del surco a la piel con tanta rapidez que Maná no podía impedirlo. Cuando ya el sol estaba afuera, la muchacha se iba a cumplir su trabajo, brincaba la reja del patio y salía al campo que era de Pedro Gutiérrez, su padre, donde la familia había creado un huerto, tan bonito y tan verde que daba gusto de mirar. Se iba quitando las piezas de ropa una por una, hasta quedarse como vino al mundo, en pura piel y huesos y en su hastío infinito por la repetición de un día tras otro. Luego se tendía sobre el surco y dejaba el tiempo correr mientras contemplaba las nubes con forma de niños cabezones, las nubes maizales, las nubes dolientes, las que parecían carretas y las picudas como las cimas de las montañas o enmarañadas como la manigua. Sudaba a gusto, sudaba plenamente. Le sudaban el coño y los ojos, y de los pliegues del cuello y el ombligo bajaban charcos y charcos, como si en vez de una muchacha, lo que estuviera sobre la tierra fuera un ánfora de lluvia salada.
Antes que Maná, era su abuela quien cuidaba la tierra, era su abuela la encargada de tirarse sobre el surco y permanecer el día entero allí. Maná la recordaba siempre desnuda, con las tetas convertidas en pellejito, envuelta en los bejucos de las plantas que reverdecían a su alrededor. Gracias a ella, la tierra curaba sus cráteres de sequía y siempre pedía más, más y más de aquel sudor de esperanza. Para Maná la abuela era un cadáver, una extraña, un abono que la familia dejaba caer sobre la tierra y a la que obligaban a estar ahí, tostadísima al sol y cabrona por su destino de surtidor humano. Pocas veces habló con ella, porque luego de estar insolada y casi febril todo el día, la vieja no quería saber de la casa ni del hijo, de ningún asunto mundano, ni siquiera de los asuntos de dios, y mucho menos de aquella chiquita culicagá que era su nieta.
Cuando la abuela murió, el padre quiso enterrarla en el surco, a ver si el milagro de aquel cuerpo continuaba surtiendo efecto aun desde el otro mundo. Pensó que solo así el huerto de los Gutiérrez, tan verde y tan bonito, el único del pueblo que producía sin la tacañería propia de la tierra enojada, no terminaría tan muerto como la anciana. Una procesión llevó en andas el cadáver. Entre ellos iba Maná, que sudaba copiosamente dentro de su único vestidito de los domingos, de las bodas y los entierros. En el cortejo fúnebre, Pedro Gutiérrez buscó con los ojos a su hija y la encontró enseguida, nomás girar la cabeza, gracias al círculo verde que había nacido a su alrededor.
Desde ese momento, Maná se convirtió en el nuevo surtidor de la familia y repitió cada una de las tareas que de forma metódica vio reproducir a la abuela durante años: levantarse con el cantío del gallo, pensar en las musarañas, marchar al surco, encuerarse hasta quedar en huesos y pellejos, tenderse sobre la tierra, contar nubes cabezonas y sentir el sol dentro de cada poro.
Antes, cuando la abuela vivía, los muchachos del pueblo no se asomaban al huerto, porque nada nuevo había que ver allí salvo la envidia por el florecer del vecino y a una vieja pelleja tirada sobre la tierra, seguro loca loquita de la vida. Eso es lo que les pasa a los ancianos cuando les da por andar encuerados, con las vergüenzas al aire de los chismes y la sesera floja, decían con sorna. Uno que otro se atrevía en ocasiones a vencer el asco por el cuerpo flojo y a pensar como los curiosos, que saben aprovechar lo que les ponen en el camino, sea bueno, malo o regular. De todo se aprende, pensaban los chicos más despiertos del poblado, incluso de una vieja loquísima de la vida y desnuda en su huerto, porque al verla se puede entender cómo es de verdad el cuerpo de una mujer. Las tetas no les parecían interesantes, pero sí aquella cavidad secreta que a veces la anciana mostraba cuando abría las piernas en el surco, la cavidad mojada, el manantial que les hizo preguntarse a los muchachos si una mujer podría ahogar a un hombre. Un poco asustados por el descubrimiento, dejaron de visitar el huerto por un tiempo, incluso cejaron en sus intentos de robarse los ajíes peregrinos que aparecían por ahí, al alcance de las manos, y una que otra frutica de temporada que también aparecía por ahí, y que los chicos solo mordían y botaban al suelo de inmediato, no fuera a ser que la anciana loquísima de la vida encontrara a los mirones y gritara: «ataja ahí al miraviejas, o peor aún, vénganse para acá, que les voy a enseñar lo que es de verdad una mujer».
Cuando Maná ocupó su lugar en el huerto, los muchachos regresaron, atraídos por el imán de lo nuevo, y ya no les fue tan fácil apartarse de la verja. Como animales deslumbrados ante la belleza, solo los frenaba el miedo, solo los frenaba el peligro. El peligro y el miedo tenían la silueta de Pedro Gutiérrez, quien oteaba el huerto a ver si los desgraciados aquellos retornaban a fisgonear la carne joven de la hija. Pero, aun así, pese a que el hombre salía a veces con una pistola que nunca disparaba ni hacía nada salvo rechinar de puro óxido, los muchachos no podían resistirse ante la contemplación de aquel cuerpo.
—¡Fuera, perversos! —gritaba Pedro Gutiérrez al descubrir las sombritas mal escondidas entre los bejucos y los matorrales—. ¡Váyanse, auras tiñosas, piojosos, chinches mironas!
Gritaba insultos hasta desgañitarse y los muchachones huían solo por precaución, no se fuera a escapar un tiro y este les diera en las nalgas. Pero el padre de Maná no hubiera disparado ni siquiera si la pistola hubiera estado en condiciones, porque bien recordaba él lo que se sentía ser jovencito y tener ganas de piel hembra. Si Maná levantaba la cabeza, en busca del padre y con ganas de vestirse otra vez —que su cuerpo era suyo y no del hambre babosa de aquellos macholocos jovencitos—, el padre le gritaba:
—Quédate tranquila, Maná, que ya las auras tiñosas volaron.
Al cabo de unos meses, Pedro Gutiérrez ni siquiera se preocupó por fingir que cargaba la pistola para espantarlos —total, ya todos sabían que aquel objeto viejo no disparaba—, y solo se concentró en dormir la siesta luego de la canchánchara del mediodía.
El día en que los muchachos quisieron brincar la cerca, confiados en que Pedro no saldría a reclamarles nada, el día en que se descocaron y empezaron a gritarle a Maná todas las puercadas que conocían y otras inventadas al segundo, ese día se sintieron por primera vez hombres. La sensación les duró poco, lo que un soplido, porque Maná se levantó de la tierra, con los ojos de las fieras y una pelota de tierra húmeda en las manos que lanzó contra la cabeza de uno de los mirones:
—Asómense de nuevo, cachuchos, vengan todos toditos todos, que yo no soy mi padre y me encanta picar caras con el cuchillo que tengo acá —y señaló hacia la tierra, hacia un lugar indefinido que podía ser un montículo, un barrizal o, a lo mejor, también un cuchillo.
Quizás no fue su amenaza la que convenció a los mirones de apartarse, sino sus ojos. Bien que recordaban los muchachos a las madres locas y a las locas hermanas en la furia de la noche áurea. Cosa jodida son las mujeres, pensaron ellos, que de repente se van a las montañas a buscar a dios. Y como dios, el miedo definitivo, había llegado a las mentes de todos a la vez, desistieron de contemplar a Maná desnuda.
Por puro despecho, mientras se largaban, le gritaron:
—¡Púdrete, Lacharca!
Por un tiempo, Maná perdió su nombre. Aquella era la estrategia que los muchachos del pueblo tejían cuando estaban cabrones con las mujeres que no podían tener: llamarlas Lamacha, Laputa, Lagorda, Laloca y otras lindezas semejantes, pues pensaban que de esa forma se amasaba el amor, entre maldiciones y pedradas, entre puños y machetes.
Alrededor de Maná, todo continuaba reverdeciendo.
Así, florecida y enfrutada, la encontró Puma. La primera vez que vio a Maná pensó que no existía cosa más hermosa que un huerto vivo con una muchacha desnuda sobre él, y pensó también que ya no importaba nada más en el mundo, ni su historia pasada ni la por venir. Olvidó en un tristrás el recado de la abuela que la había enviado a casa de los Gutiérrez a buscar unos emplastos para la cabezona afiebrada del nenémesías, que no dejaba de quejarse y de berrear, y que parecía haber nacido con una tristeza y una llantina congénitas. En brazos había que llevarlo a todos sitios para consolarlo y, en el proceso, Puma se manchaba de meado divino, de vomitona divina y de divina caca.
Que se jodieran el mundo, la abuela y el nenémesías. Que se jodieran la esperanza y el recuerdo. Al fin y al cabo, Puma había encontrado la verdad, el principio divino de las cosas, porque la sonrisa de una muchacha desnuda es siempre el principio de todos los principios.
Laputa
Ella misma había escogido su nombre, aunque pocos le decían Rosalía. Laputa para aquí y Laputa para acá, y cada vez que la llamaban, Rosalía viraba la cabeza y saludaba con la mano en alto y los dedos pegaditos los unos a los otros. Había repasado el gesto toda su vida, cómo torcer el rostro mientras alzaba la mano, cómo enseñar los dientes bonitos y manchados luego de tanto masticar por vicio la yerba que le daban a las mulas para que no criaran sarro.
Rosalía no tenía edad. Diez, veinte, treinta años antes llevaba en el rostro las mismas patas de gallina, y de los labios le salía desde siempre el olor verde de las quijadas de las mulas. Las muchachitas enamoradas venían escondidas a ver a Laputa, venían a pedirle consejo a la única mujer que hablaba en el pueblo del poder de un coño. Vivía del poder de su coño tan, pero tan bien, que todos contaban que mucho tiempo atrás, uno de sus amantes, enamorado del sabor a yerba que manaba de sus labios, había construido para ella, en el centro de la plaza y con sus propias manos, aquella casona de viga dura y rejas de bronce. El amante la había construido a propósito frente de la iglesia, como si con ello buscara provocar a dios, o a lo mejor hacerle un favor a dios al ponerle a la mujer más puta delante de los ojos, para que así el pobre se solazara un poco del aburrimiento de estar en la iglesia todo el día contando palomas, hostias y aspersiones de agua bendita. Y por contar, decían también que la fama de Laputa había recorrido todos los trillos y caminos de las montañas, de norte a sur, y de este a oeste, que el poder de sus nalgas atraía el poco dinerito que aún llegaba al pueblo. De ella se narraban leyendas fervorosas, como que era capaz de dar besos con la pucha, que tenía dos diamantes engarzados en los pezones y que cabalgaba desnuda encima de perros jíbaros y yaguas caídas, envueltica en brea o en grasa, brillosa de ganas, como las brujas de antaño. A pesar de todas las habladurías, las ciertas y las imaginarias, no faltaba mes en que una casadera no tocara la puerta de Rosalía:
—Laputa, ¿usté no tendrá un tiempito para mí? —le preguntaban y Rosalía notaba enseguida los ojos de pena que compartían todas las mujeres de aquel pueblo.
—Laputa, le traje un regalito, ¿me lo acepta y me ayuda? Ande, ande.
—Laputa, vine porque quería hacerle una pregunta.
Se le tiraban a la yugular las muchachitas con sus preguntas. No daban rodeos, y nomás Rosalía se asomaba a la puerta, encontraba los ojos de las casaderas a las que sus propias madres enviaban en busca de la única mujer que en todo aquello, por maldición o bendición, podía abrir la boca y decir lo que pensaba sin que los machócratas le fueran arriba a manotazos. Así de fuerte era el poder de un coño que cobraba por sus servicios y no estaba enlazado en sagrado matrimonio a hombre alguno.
«Vaya, hija», decían las madres, «vaya con Laputa, le lleva un regalito para contentarla y le pregunta todo lo que desee saber de su cuerpo y todo lo que quiera saber del cuerpo de su futuro marido».
Nunca se equivocaban las madres, puesto que ellas mismas habían sido instruidas por Laputa diez, veinte, treinta años atrás. Lo poco o lo mucho que sabían del placer se lo debían a aquella mujer sin edad. Tampoco se equivocaban las madres cuando les recordaban a las hijas que no se anduvieran con remilgos y preguntaran a Laputa por sus futuros esposos, cuáles eran sus vicios y sus virtudes, qué información se guardaban del resto del mundo y que, sin embargo, le susurraban a Rosalía en la intimidad. «Ella se acuerda de todo», afirmaban, sin exageración alguna, puesto que Laputa, si bien apenas sabía escribir y de su nombre solo había aprendido a esbozar la inicial, tenía una memoria tan limpia, tan libre del sarro del olvido como sus propios dientes.
En aquellos tiempos, todas las mujeres del pueblo la querían. Era la madre regañona que masticaba yerba y se reía de los pesares, ella que era tan práctica que entendía el amor en su justa medida, brevísima y casi invisible. Forzar al amor a salirse de su curso es el motor de las tragedias, pensaba Rosalía, pues en sus muchos años ya había visto todo o casi todo: el surgimiento de la pasión y su desaparición, el surgimiento de un orgasmo y su desaparición. Si se esforzaba un poco, era capaz de recordar a todos los hombres vivos del pueblo, desnudos en su cama y jovencísimos, llorando de dicha y de placer, de rodillas en una súplica, porque a la larga o a la corta cada uno de ellos le había pedido alguna vez matrimonio; a ella, que no tenía madera de esposa y que como puta era todo lo feliz que se podía ser en esta tierra. Solavaya la madera de esposa, se persignaba Rosalía, solavaya la madera del amor. Si recordaba un poco más, si daba marcha atrás a sus pensamientos, frente a los ojos de su memoria ya no solo se aparecían los hombres vivos del pueblo, sino también los muertos, los que llevaban cincuenta, sesenta, quizás setenta años dormiditos en los edredones duros de la tierra, enterrados en los jardines familiares o en alguna vereda del camino, los que habían muerto ya viejos en los brazos de las mismas esposas que una vez tocaron a las puertas de Laputa, los que habían encontrado la cruz del sepulcro todavía jóvenes, los que se fueron del pueblo y cruzaron montañas y no regresaron nunca de la cuestabajo, y a los cuales se les lloró como perdidos o como náufragos del mar sin fin de la tierra.
Cuando existía el amor en el pueblo se lloraba a los hombres que se iban, pensaba Rosalía, y hasta de eso, hasta del amor que fue y ya no, hasta del amor que tuvo forma y que ahora solo era un manchón de violencia y borrachera, se acordaba ella. Y qué jodido era recordar, qué cansancio sentía al cerrar los ojos y rememorar todos los rostros y todos los hechos, y todas las tragedias y las alegrías, qué fatalidad depositar tanta carga humana en las gavetas de su memoria.
Casi siempre, Rosalía se detenía en el conteo de los rostros que alguna vez conoció y que ya no estaban vivos. Se detenía en el conteo de los rostros luego de recorrer tres, cuatro o cinco generaciones perdidas sin remedio en el sofoco de la muerte, y evitaba mirar en esas otras gavetas de su memoria, limpísimas también, en las que se encontraban los recuerdos más profundos, de cuando el pueblo aún no era pueblo, sino una covacha sin barnices, e incluso de mucho antes, de cuando empezaron a llegar los primeros hombres a aquel lugar entre montañas. Rosalía los recibió a todos con el placer dispuesto para estallar dentro de ella, y luego los vio morir y luchar unos contra otros, los blancos contra los morenos, los morenos contra los blancos. Aquellas carnes que habían nacido para los orgasmos se daban palos y más palos hasta el cansancio. Flechas van y vienen, y arcabuz dispara hasta que toda aquella belleza quedó convertida en astillas. Qué desperdicio de cuerpos y de juventud, qué desperdicio, se lamentaba. En el fondo estaba convencida, ella que había vivido tanto, de que todo era igual desde siempre: los hombres luchaban contra otros hombres, y morían por conceptos tan absurdos como la tierra, el poder o los dioses. De dioses estaba cansada, ella que había estado allí antes que todos. Por eso la cruz de la iglesia le parecía sofocante y cerraba las ventanitas de su casa el día entero con tal de no verla. Le asfixiaba el calor que la cruz lanzaba sobre el pueblo, aunque no odiaba al flaco que sufría en el madero, ni tenía nada en contra de su delgadez y sus milagros. Aquel cuerpo martirizado y coronado de espinas le recordaba los tantos cuerpos de los muchachos que habían pasado por su lecho, quienes siempre se le habían puesto de rodillas para pedir un sorbo más de amor, de tiempo o de compasión. Ella no podía darles nada salvo lo único verdaderamente perdurable del mundo: un orgasmo, es decir, un trozo de la lumbre.
Solo por la lumbre aguantaba sobre los hombros el peso de tantas gavetas de memoria.
En la última de ellas, la más cerrada de todas, la que acaso tuviera algo de polvo encima, se encontraba el primer recuerdo de Laputa. A él accedía poco, con tal de no tener que hacer tanto esfuerzo moviendo los fardos pesados de los años. Cuando se animaba, cuando le parecía que era demasiado tener que aguantar tantas cosas, Rosalía suspiraba y abría aquella gaveta para consolarse. Se consolaba, sí, porque cuando encontraba su primer recuerdo se veía sola, limpísima de memoria y feliz: bastaba con masticar yerba todo el día, sin nadie a su alrededor que la molestara, ni hombres ni mujeres, ni vivos ni muertos, ni amor, ni perdón, ni guerras y tampoco orgullo. Las montañas eran chiquitas o así lo parecían, y el mundo era tan joven como ella, tan inocente como ella. Solo en aquella ventana de tiempo, en aquel segundo en los tantos y tantos siglos de sus remembranzas, existía una lumbre salvaje, sin riendas, que no necesitaba la mediación de otros cuerpos para cimentar su templo. Un placer que era toda su carne y que la recorría desde las cutículas de los dedos hasta los mechones de su pelo, desde la boquita manchada de verde hasta los vellos de su coño.
Rosalía, que muchos años después escogió un nombre cuando entendió que alguien necesitaba llamarla, y que luego perdió ese nombre para llamarse Laputa, porque así de volubles son los hombres, se conformó con recordar y saber que en el tiempo todo es círculo: así como se habían alzado templos y lapidado a dioses, algún día volvería a ella aquel placer casi olvidado de la soledad. Entonces caería la iglesia con su cruz calurosa, y las palomas cágalotodo desaparecerían del tapiz de las historias y todos los huesos de todos los hombres que había disfrutado se los tragaría la tierra para siempre.
El tiempo no era un problema para Rosalía.
De hecho, tiempo le sobraba. De vez en cuando tendía a asomar un ojo por las hendijas de las ventanas, con tal de no perderse ningún acontecimiento fundamental en el pueblo, por si acaso llegaba el fin del mundo conocido en el mismo momento en que pretendía tomar una siestecita. Su hogar era el más visitado de todos aquellos lares. A veces llegaba una de las muchachitas casaderas, una de esas que ya no podían sentir amor como antes, porque el amor como todo en la tierra había comenzado a gastarse. A veces llegaba a su puerta uno de sus viejos o nuevos amantes. Los viejos arrastraban sus arrugas, sin esperanza de convencer a Laputa de abandonar el negocio de ofrendar el cuerpo, pero aún ansiosos de oler la yerba fresca en su boca. Los nuevos, imberbes y bonitos, daban uno o dos aldabonazos y en ocasiones corrían lejos, de tan muchachones como eran. Luego iban ganando huevitos, se hacían más hábiles en el oficio de ser hombres y terminaban convencidos de que era allí, en las puertas de Laputa —la de su coño y la de su vida— donde ellos nacían finalmente. ¿Cómo iba Laputa a negarles la lumbre del placer? Imposible. A los viejos y a los nuevos amantes los invitaba a pasar, les colaba un poco de tisana mientras ellos se iban quitando los pantalones. Luego les refrescaba el amargor de la boca con un beso, un beso de yerbita pura, que disparaba un nosequé en los amantes, un fulgor de esperanza para los viejos y de comienzo para los jóvenes, quienes de inmediato estaban listos para la guerra de los cuerpos, para chillar como animales en el matadero luego del amor y de la purga del amor.
Muy bonito todo, pero Rosalía era práctica:
—Primero te me encueras con calma y organizas la ropa en esta silla. Luego te das un baño antes de acostarte en mi cama, te quitas el churre de todos los orificios, y que no te quede uña sin limpiar. Cuando ya estés fresco, deja en la mesita tu colaboración.
Ninguno se negaba a colaborar, incluso los más roñosos del pueblo o los más pobres. En tantos años, jamás Laputa les había fijado precio, ya que consideraba que era una total falta de gusto ponerle pesos delante a lo que el cuerpo habría dado sin menudeo. Verdad es que gratis lo hubiera hecho todo, gratis los desnudaría y gratis les enseñaría a bañarse a los más cochinos, y gratis les daría la lumbre del amor para que mantuvieran la llama fija en el centro de sus recuerdos hasta que el olvido de la muerte la apagara con un soplido. Pero caminar por los tiempos de los hombres le había enseñado a adaptarse, la había hecho práctica. La última vez que no cobró por su cuerpo, la última vez que fue blanda con un chico, le salió el disparo por el coño de tan mal que fue, porque el chico se puso cerrero y había creído que aquello sí era amor de veras: no la ilusión de la llama sino la tea completa, la tea esplendente.
Cada vez que venían a visitarla, sus amantes compraban la esperanza de ser únicos en el recuerdo de Laputa. De alguna forma lo eran porque ella conseguía grabarlos en las gavetas de su memoria. Si alguien mencionaba a Antonio Julián del Cabote, de inmediato le venía a la mente el rostro pecoso del último muchachito que perdió la virginidad en su lecho. Si le decían Manuelito Cajús, pensaba en los dientes perfectos, en aquellos dientes como de lámpara y trampa, que habían iluminado el cementerio en la noche en que el chico fue a robarse la cabeza de Juan el Doloroso. Si le hablaban de Diego Hermida, Laputa recordaba casi de momento los pelos largos del pecho y el sabor del tabaco caliente en la garganta de aquel que había muerto tantos años antes, porque para Rosalía todo recuerdo era antes un sabor, un dolor, un olor. Gratis, eso sí, no hacía nada. No porque pensara que su coño valía más que el coño de las otras mujeres del pueblo. La única diferencia, entre el suyo y el de las otras, era que Rosalía tenía conciencia de la lumbre que le crecía allá adentro y de lo mucho que puede conseguir una mujer cuando abre y cierra las puertas frente al instinto más perdurable del hombre.
Ese conocimiento, esa conciencia le daba un poder tremendo, que los machócratas olían y que, a su manera, respetaban. Aunque jamás dijo una cifra, sus clientes se esforzaban por dejar lo más que podían en la mesita de la colaboración, incluso a veces vaciaban las famélicas arcas de la familia con tal de ver feliz a Laputa. Las arcas flaquitas se notaban de inmediato en los hogares cuando las esposas iban a buscar un mendrugo de dinero para comprar cualquier cosa necesaria, no para ellas, que no tenían nada, sino para la prole o para el esposo mismo. Pero incluso sabiendo adónde había ido a parar el dinero, ninguna se ponía en contra de Laputa. Se encogían de hombros y decían, «Laputa da y Laputa quita», como mismo hablaban de dios.
Magnánima como dios era Rosalía. O mucho más que él. Cuando esas mismas esposas iban a su casa en busca de un consejo, otro más, o para pedirle que por piedad no recibiera más a sus maridos, que ya estaban macholocos con Laputa, al punto de dejar la casa sin dinero, Rosalía suspiraba. Con una paciencia adquirida solo a paso de tiempo iba hasta la mesita, juntaba unas monedas, se las entregaba a la mujer y le decía «cómprate algo para ti y para los niños, y deja que él pase un poquito de hambre, ya verás entonces cómo se endereza». Eso sí, no les mentía jamás, no les prometía cerrar las puertas si acaso el amante regresaba, ni les prometía no cobrar por su lumbre. Y todas estaban de acuerdo, porque Laputa era la puta del pueblo, la amante y la consejera de todos, y eso la hacía parte de cada una de las familias. Contra una hermana, contra una madre, contra una abuela: nunca.
Cómo cambian las épocas, pensaba a veces Rosalía. Antes las mujeres venían a llorarme de amor por los maridos que se les escapaban, ahora vienen a llorarme la miseria. Luego sonreía, porque era una mujer práctica y antigua, y bien que sabía que las cosas se transforman con el tiempo y que todo tiene una causa. Cierto que los hombres se habían vuelto cabrones y duros, que solo jugaban a los gallos y a los cuchillos, que andaban enojados todo el tiempo y lo mismo aplastaban palomas con las carretas que rompían caras. Nadie en el pueblo les hacía frente, excepto Rosalía.
La primera vez que vino uno de esos machócratas a pegarle en el cogote, a espantarle un manotazo, la primera y única vez que alguien lo intentó, Rosalía le detuvo la mano con los ojos. No porque sus ojos fueran sobrenaturales ni porque tuviera algún don de otro mundo, como la gente murmuraba todavía por allí. No fue brujería, sino fiereza, lo que detuvo la mano del golpeador, que de golpeador se transformó en cordero. El hombre estuvo toda la noche con la mano en alto, llorando petrificado frente a Rosalía, con los mocos afuera como niñito indefenso, entre ruegos, con tal de que Laputa le permitiera descansar de aquel dolor de tener el brazo en alto. Pero Rosalía no le perdonó ni aquella noche, ni en las semanas siguientes, y tuvo que pasar un mes para que aquel sujeto, desesperado, se pusiera de rodillas de nuevo: ya no para pedirle matrimonio precisamente, sino perdón. Ella, magnánima una vez más, lo escuchó con los ojos fijos sobre su rostro y le recordó calmada aquella leyenda del pueblo que decía que quien golpea a una mujer tiene cien años con la mano petrificada como castigo, y cuando se dice cien, puede decirse mil. El hombre rompió a llorar de nuevo de tanto temor acumulado en las tripas.
—¡Llanto ni llanto! —Rosalía se pasó la lengua por encima de sus dientes limpísimos, ya hastiada de aquel encuentro—. Está bien, te perdono, pero ni se te ocurra levantarme la mano otra vez, que te la dejo tiesa hasta el fin del mundo.
Fue entonces que aquel desgraciado cabroncito pudo mover el brazo, bajar la mano, incluso articular los dedos que no era capaz de sentir. Se puso de tal suerte que, luego de un tiempo, ya era capaz de hacer nuevamente pinza, aunque el brazo se le quedó feo y como seco, un brazo lento que ya no sirvió para dar machete ni sopapos. El tal hombre se llamaba Raúl Jovellanos, recordaba Rosalía, pero también él perdió su nombre cuando le empezaron a decir Pataecabra. La esposa de Pataecabra, unos días después de que su marido recuperase a medias el movimiento del brazo, vino a ver a Rosalía y le dio las gracias por haberlo dejado así, manizambo y dócil.
Rosalía fue la primera en aplaudir la furia del polvo de oro en las mujeres. Rio en silencio. Vaya forma que tienen las mujeres de vengarse del matrimonio, se dijo, y volvió a reír de aquella ironía que hacía que las esposas salieran desnudas al frío de la noche y se largaran a la manigua como jíbaras en celo, mientras ella, la puta del pueblo, contaba las monedas de su mesita y masticaba su yerba de todos los días, tranquila y con sueño. Cuando llegó a sus oídos el sermón del padrecito Iván, que seguía teniendo su piel blanquísima de siempre, la piel que Rosalía recordaba tan bien, le dio un nuevo ataque de risa. Tuvo que taparse la boca con las dos manos con tal de que no se escucharan sus carcajadas afuera y la gente creyese que se había vuelto loca o que finalmente la lumbre se le había subido a la cabeza. Entre jajajas y jojojos, entre hipidos y ahogos estuvo parte del día, porque ya podía avizorar que el pueblo se iba a llenar pronto de sangre nueva, sangre de bastarditos nacidos de la noche áurea. No importaba si el cura los llamaba bendecidos, no importaba si todos afirmaban que aquellos eran los hijos de dios, Rosalía sabía, y sabía bien, que en aquellas montañas no existía divinidad alguna y que los nenes sembrados en el vientre de las mujeres eran resultado del deseo, del placer, de la lujuria, de todo lo bueno y perdurable que existía en el mundo. Hijos en todo caso del dios del deseo, bastardos del dios del deseo, qué maravilla.
Cuando se le acabó el ataque de risa y recuperó la compostura, Rosalía se alegró mucho de poder guardar en las gavetas de su memoria aquel momento. Incluso sintió felicidad, esa, la genuina, la que no abunda en ningún tiempo, al anticipar que en los vientres de aquellas mujeres se formaban sus amantes del futuro. Los cuerpos que desearía en unos años eran ahora pequeños renacuajos, bolitas de frijol en las panzas de sus madres, e imaginó el momento en que empezarían a formarse sus dedos, sus cabezas hermosas, sus costillas, todo lo que la muerte se llevaría antes o después, pero que Rosalía tendría antes el gusto de amasar, de besar, de refrescar con su aliento.
Nunca los hombres habían acudido a la casa de Rosalía con tantas ansias como entonces. La fiebre de la noche áurea había acabado, y ella pensó que la furia de los nenémesías iba a ser sepultada, como otras tantas cosas, en el olvido de la gente. Al cabo de unos años seguro que nadie, excepto ella, se acordaría de las circunstancias en las que aquellos niños habían sido engendrados. Pero en eso estaba equivocada: su conocimiento vasto de la naturaleza humana le falló como pocas veces. Mientras las recién paridas se miraban por encima de los hombros las unas a las otras, de tan seguras que estaban de haber dado a luz a un salvador, los padres putativos corrían en masa a tocarle las puertas a Rosalía, la besaban como nunca y le pedían de rodillas, como enamorados jovencitos, que escapara de la vida de putanguería y de jolgorio, y se fuera con ellos a cualquier sitio. Tantas veces le lloraron y le suplicaron que Rosalía empezó a tener ganas de gritar y de mandar a todos al quinto infierno que seguro estaba más allá de las montañas. Durante días se cerró a cal y canto en su casa, desoyó los gritos y los gemidos que chocaban contra su puerta.
—Ay, váyanse a llorar a la iglesia —les gritó desde una ventana, y lanzó una bacinica llena de meado sobre los cuerpos de los hombres reunidos frente a su casa, con tan mala suerte que no logró alcanzar a ninguno.
El padrecito Iván la contempló desde el umbral de la iglesia, con una mueca de rencor en el rostro, seguro de que Laputa le había arruinado la paz del mediodía al decir algo semejante. Rosalía le sostuvo la mirada. Que no se imaginara Iván que ella iba a hacerle el trabajo sucio de expurgar pecados y consolar llantenes: cada uno con su propia carga, que la suya era bastante ya. Le cerró la ventana en la cara solo por demostrarle quién era la diosa del pueblo, quién dictaba las leyes allí. Era mejor que el cura no se creyera demasiado poderoso, que bien recordaba ella —Rosalía o Laputa, daba igual cómo la llamaran— todas las pecas del cuerpo de Ivancito. Bien que lo conocía, ya que él le había llorado sobre los muslos sin siquiera pagarle.
Cabeza de pollo
—Esa mujer va a ser tu desgracia —le había dicho su madre antes de hacerle un santiguao por encima de la cabeza—. Que me perdone diosito, pero una mujer bonita y extranjera no trae más que tragedias al marido. ¿De dónde vino? ¿Qué se sabe en verdad de ella? Naitica. En mi casa no la quiero… ¿Qué me dices, Claudio? ¿Que te vas tú? Pues lárgate, mal hijo, aunque me partas el alma. ¡Aunque me partas el corazón! ¿No quieres a tu madre ya, que te vas a ir en contra de la que te ha parío? ¿Quién le abre las puertas a la tragedia, Claudio? Namás tú, por cabezón.
El muchacho salió de la casa sintiéndose diez veces más pesado que antes. Le pesaban los santiguaos de la madre, que al verlo alejarse continuó con sus rezos y sus predicciones sobre la grandísima desgracia que significaba para un hijo el hecho de ir en contra de la más santa voluntad del universo: el designio de aquella que lo trajo al mundo. A Claudio Cajús le pesaban también sus propios pasos, como si los zapatos de repente le quedaran muy grandes para unos pies tan chiquitos como los suyos, o como si, por el contrario, los zapatos se hubieran estrechado hasta el punto de reventarle los pies. Arrastraba su decisión con cada movimiento: el grillete del amor al cual se había atado por cabeza dura.
Todavía escuchó por un buen rato, mientras se alejaba, la voz de la madre que rezaba un despojo, un virgencita generosa consíguele a mi hijo otra esposa, y un virgencita de los milagros haz de ese matrimonio un trago amargo. Entre rezo y rezo, Claudio Cajús se dio cuenta de que ya no sabía si el santiguao se había transformado en maldición o si lo había sido desde el principio. Incluso empezó a preguntarse si el poder de la oración era realmente tan fuerte que le hacía tener ganas de volver a la casa que recién había abandonado o si en verdad era su propia cabeza terca la que dudaba.
En duda y temor es en lo que el amor se transforma con el tiempo.
No se detuvo porque le había dado a Regina su palabra, y esta le pesaba ahora más que los pies ampollados bajo el peso de sus decisiones. Sin palabra, Claudio no era Claudio. Sin palabra, era solo un muchacho flaco y testarudo, un chico demasiado joven para ella, que ya era mujer hecha y derecha, un niñito con tres camisas viejas y una carreta como únicas pertenencias en el mundo. Dos de las camisas ya estaban en casa de Regina desde hacía tiempo y, la noche anterior, Claudio había aparcado la carreta frente a su puerta, tan seguro entonces de que iba a quedarse a vivir allí por el poder santo santísimo del amor como ahora sentía miedo de la vida que lo esperaba junto a Regina.
En ese instante se dio cuenta de que no existía nada en el mundo tan fuerte ni tan santo como el miedo. Se tambaleó hacia adelante y tuvo la sensación de que el paisaje del pueblito churroso y sus montañas también churrosas se abrían frente a él para mostrarle aquello en lo que se convertiría en pocos años. Claudio Cajús se persignó como puerco que va al matadero y al que solo le queda un último chillido al que asirse antes de desaparecer bajo el cuchillo. Vio, dibujada en la piel áurea de las montañas, toda su vida futura. Entendió la fragilidad de ese amor que se deterioraría entre las paredes agrietadas de una casa luego de escasos meses, porque lo que hoy se jura eterno, mañana será infierno. Como mismo las paredes de la casa se irían desconchando sobre ambos, sobre la belleza pelinegra de Regina y sobre la palabra de Claudio, se desmoronarían los pilares del amor. Nada podría detener el estropicio porque el destino ya estaba escrito en el mapa del tiempo que el muchacho podía entrever entre los picos de las montañas. Y sí, les nacería un hijo de dientes espléndidos. Lindísimo el hijo, una esperanza de que las paredes del amor se sostendrían un rato más sin caer sobre ellos. Qué dulce niño aquel que más tarde crecería y se les haría pillo y malandro. De la sangre Cajús heredaría la terquedad, y unos pocos años después se le trabaría entre ceja y ceja la idea de hacerse rico, costara lo que costase, aunque fuera como ladrón de tumbas. Una noche —Claudio Cajús lo leyó en la piel del futuro—, Manuelito huiría al destierro: con su ausencia, a las paredes de la casa familiar le quedaban los años contados.
Claudio se frotó los ojos y continuó alejándose de su madre. Pensó que ojalá h
