Alicia Underground

Patricio Betteo

Fragmento

Alicia Underground

Érase el día de hoy

Érase el día de hoy, un cálido día de verano, que estábamos mi hermana y yo recostadas a los pies de un hermoso roble. Parecía que habitábamos uno de esos óleos, tan de moda entre las familias adineradas. Las flores extendían sus pétalos al sol, se oía el trinar de los pájaros, el agua de un arroyo repiqueteaba alegremente en las rocas. Entre las ramas del árbol bajaban delgadas columnas de luz que seguramente hacían brillar mi cabello.

—En los óleos no se oye trinar a los pájaros, zonza —aclaró Aurora, que normalmente hacía lo posible por destruir todas mis observaciones.

Tampoco vayas a creer que mi hermana me hace mucho caso. Un día calculé que de quince cosas que le digo, sólo me responde a dos. También le gusta decir que mi cabeza es un agujero lleno de confeti. ¡Cómo se atreve!

Papá un día me explicó que Aurora está en una edad “introspectiva”. Por eso mismo se queda quieta como una diosa odiosa y mira y vuelve a mirar las revistas que le traen sus tíos de París. El papá de ella también es mi papá… Pero esa es una historia muy obvia y aburrida que te contaré en otra ocasión.

Como se me estaban llenando de hormigas las piernas y el sol me estaba quemando el pelo, decidí ocuparme de otros asuntos en un paraje con menos bichos y más sombra. Y así como así, sin aviso previo, pasó corriendo a mi lado un conejo blanco con chaleco abotonado y anteojos de cristal rojo. Tenía una trompeta en una mano y un reloj de bolsillo en la otra. Parecía estar muy apurado, como quien llega tarde a una cita con…

—¡La Reina, la Reina! ¡Tarde se me hace! —lo escuché decir con una voz típicamente conejuna.

¿Dónde he visto eso antes? Déjà vu es la palabra para describir la sensación de haber vivido algo por segunda vez cuando sabemos que es la primera. ¿Habrá una palabra francesa para describir algo que hemos imaginado alguna vez pero que nunca nos ha pasado justamente a nosotros?

Corrí detrás del conejo como quien persigue una pelotita que rebota por un pasillo. Alguien debería escribir una historia de terror angustioso en la que el condenado deba soportar la eternidad persiguiendo pelotitas que reboten por los pasillos y siempre terminen rodando debajo de un mueble. Y cuando el condenado estire el brazo para alcanzarlas, las toque apenas con la punta de los dedos y eso las aleje irremediablemente. Y cuando consiga una regla plana para jalarlas, la regla se le escape y también se pierda en la oscuridad debajo del mueble. ¡Pobre condenado!

Volviendo al asunto del conejo. Corrí a través del campo, justo para verlo desaparecer en un extraño agujero en el suelo. Creo que ya te dije que no me gusta que se metan en mis asuntos. Pero sí me gusta que me digan qué hacer cuando yo lo pregunto directamente y es Multa Mortal no contestar a tiempo. ¿Qué hago?

Ó ¿Me introduzco de cabeza en la madriguera como una loca suicida? Ú 13

Ó ¿O busco otras alternativas? Ú 18

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El pozo antigravedad

¡Y saz! Vamos para dentro. Por vez primera en la historia de los saltos al vacío, no hay decepción alguna: uno cae y, en efecto, sólo hay vacío allá abajo. Lo que nunca sabemos es por cuánto tiempo y si nos romperemos todos los huesos contra el fondo. Lo mejor sería contentarme con imaginar que, mientras caigo y caigo por esa madriguera, el conejo cayó antes que yo y que, si es un conejo suavecito, cuando llegue yo al fondo me hundiré encima de él como ladrillo sobre una almohada y después reiremos como grandes amigos.

No sé si es una caída muy larga o es que caigo lentamente. Esto me da tiempo de sobra para comprobar que es un túnel en verdad impresionante. Arriba y debajo de mí se extiende la oscuridad, y a mis costados, en las paredes, están acomodados muebles de todo tipo. Alcanzo a tomar un objeto al azar de una repisa. Es un pequeño elefante de vidrio, de los que coleccionan las abuelas. Cuando he terminado de analizar si es un elefante africano o de la India, trato de devolverlo a otro saliente. No quiero causar un accidente y descalabrar a alguien allá abajo. Como estoy acostumbrada a hacer cosas complicadas mientras pienso cosas igual de complicadas, logro abrir una cajonera, deposito cuidadosamente la figura de vidrio adentro, cierro la cajonera e incluso logro sacar un poco de brillo al pomo del cajón con mi delantal. Misión cumplida. Alcanzo a ver cómo el mueble se desintegra en la oscuridad arriba de mí.

No me apetece leer los lomos de los libros de algunos estantes (¿has intentado leer mientras caes?) pero logro desacomodar los lomos de algunos de los libros que están particularmente ordenados. Tampoco es que tenga muchas cosas que hacer. Consigo colocarlos en la posición incorrecta para hacer enojar al dueño de este túnel absurdo.

Sigo cayendo y no sé cuánto tiempo ha pasado. La idea de perderme la cena no me desagrada tanto. Sin embargo, la idea de que podría perderme mi medio-cumpleaños1 me llena los ojos de aguatriste.

Me recompongo con una pirueta y ahora alcanzo una cajita de música que pasa a mi lado. Al abrir la tapa escucho un tintineo… Es tan dulce y melancólico que me recuerda inexplicablemente la manera en que Archibaldo me mira con sus ojos de ternero triste cada vez que paso al pizarrón. Cierro de golpe la cajita y, como toda una experta en Baja Gravedad, la deposito a tiempo sobre un enorme tocador de madera que aparece debajo de mí y que se esfuma lentamente sobre mi cabeza para reunirse con el resto del mundo que he dejado atrás.

Veo enseguida un perchero con forma de dinosaurio, cosa que me causa una gracia enorme y hace que mi risa rebote por el túnel (creo que estos días he abusado de mis cambios de ánimo), y después, aleluya, brota de la oscuridad un piso que se acerca lentamente. Aterrizo de pie sobre una montaña de confeti. ¿Será el confeti del agujero dentro de mi cabeza?

Damas y caballeros, creo que he llegado al centro de la Tierra.

Mil puertas

—¡Tarde se me hace! ¡La Reina, la Reina! —escucho decir al conejo antes de que diera la vuelta a la esquina.

Y corro tras él justamente para verlo desaparecer por una pequeña puerta detrás de una cortina… al fondo de un enorme salón iluminado por mil faroles. Se me aflojan las calcetas cuando descubro que, debajo de los mil faroles, hay al menos mil puertas de todos los colores y materiales imaginables.

Madera, acero, cristal. Alguna de tela, aquella de piedra, otra de un material parecido al corcho. Una de pan y otra de mazapán. Ninguna comestible, todas de alta seguridad. Las hay altas, anchas, angostas y pequeñas. Cada una con una cerradura… pero sin ninguna llave a la vista.

Cada vez que me acerco a alguna, escucho una mano invisible poniendo el seguro. Pateo el suelo y suelto un gruñido. Todas están cerradas con llave. ¡Todas! ¡Lángaros!

Si no puedo entrar por ellas, puedo al menos espiar. Me pongo en cuatro patas y trato de mirar por debajo de las puertas, sólo para encontrar oscuridad y formas difusas. Con la mejilla todavía contra el piso frío, me deslizo por todos lados, buscando algo, no sé qué. Y es así, cuando ya comenzaba a sentirme como un lagarto, que me encuentro con una mesita que no había visto antes. Sobre ella, como un triple enigma, me esperan tres llaves. Las veo claramente desde abajo, pues la mesa es de vidrio.

—¡Hola, hola! —las saludo desde el suelo.

La primera llave tiene forma de engranaje, igual que aquellos bichos giratorios que habitan los relojes y las grandes maquinarias. Veo que, en el centro de la rueda, un ojo misterioso me mira sin parpadear. ¡Qué genial! Sospecho que podría obsesionarme por descubrir su porqué y su para qué.

La segunda llave —mi siguiente favorita, sin duda— es alargada y de cristal rojo, de veras bonita y ligera al tacto. Me hace pensar en príncipes imposibles… guapos, valientes y muy listos. Su agarradera tiene forma de corazón. Es tan bonita y cursi que sospecho que es una trampa para niñas bonitas y cursis. ¡La amo!

La tercera es la más pesada… ¡y tiene forma de pez! Creo que también es mi favorita por ser verdosa y misteriosa. Su capa de óxido indica que estuvo siglos y siglos en el agua y me hace pensar en tesoros hundidos. ¿Qué hago?

Ó ¿Tomo la llave con forma de engranaje? Ú 24

Ó O, tal vez... ¿la llave de corazón? Ú 127

Ó ¿O la llave verdosa y misteriosa con forma de pez? Ú 234

1 Mi papá inventó eso de los “medio-cumpleaños”. Yo soy la única niña del mundo que tiene dos festejos al año; uno completo, como todos… y otro cada seis meses para hacer más soportable la espera. Nota de la nota: Sé que Aurora siempre me ha odiado en secreto por eso.

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Un embudo de viento

¡Necesito saber a dónde va ese conejo con tanta prisa! Pero no tanto como para hacer una tontería. Obedeciendo mi Manual de supervivencia para damiselas de Inglaterra, supongo que debería descolgarme por ese agujero con una cuerda reforzada y una lámpara sostenida entre los dientes. Además de otras medidas, como verificar la estabilidad del terreno, profundidad estimada y toxicidad del aire. Perdona que esté siendo sarcástica.

Cuando, en un derrepente, una mancha negra oculta al sol, veo una casita solitaria al fondo de esta enorme pradera. Tal vez pueda caminar hasta allá, considerando que la distancia es corta y que el sol está escondido y ya no cansa la vista. No creo que Aurora me eche de menos si emprendo una pequeña excursión… ¡Siempre será mejor esto que meterme en un agujero oscuro y maloliente! Y tal vez en esa interesante casita despintada pueda beber té frío y mordisquear galletas de avena con Los Tres Osos. ¿Estoy siendo sarcástica otra vez?

La distancia es mucho mayor de lo que aparentaba. La casita solitaria parece alejarse a cada paso que doy, así que ahora camino a doble de velocidad. Pasan los minutos y el clima se transforma en algo muy feo y turbulento. Por no decir que casi caigo en una zanja tratando de esquivar a un par de granjeros aterrados que corren en sentido contrario. ¿Estarán huyendo de algo? Me pregunto si ellos, al igual que el conejo, también se meterán en la madriguera.

¡Tan hermoso que estaba el día! Y ahora, parece que el aire se ha enfadado con alguien. Pensé que era conmigo, pero lo que presencié después demostró que no. El aire está enfadado, sí, pero con esa casita.

Un par de relámpagos hace ladrar a un perro en algún lugar y alcanzo a ver a una niña que se acerca a la ventana con aire preocupado. Es pecosa, pelirroja y casi de mi edad… Incluso es tan guapa como yo. Debo examinarla de cerca, hay algo en su cara que me llama la atención.

Estoy a pocos metros. Los árboles cabecean violentamente perdiendo sus hojas en complicados remolinos. El aullido del viento ya no me deja oír ni al perro ni a mis pensamientos. Vuelan hierbajos por todos lados y mi falda se levanta desvergonzada. A esto le llamo una “tormenta sin agua”, y ahora que estoy a pocos metros, no estoy segura de querer entrar en ese lugar. Las ráfagas sacuden los tablones de la casa mientras la poca pintura azul que le queda se deshace en mil escamas. Veo, más allá, a una vaca que no puede pastar a gusto, pues está a punto de despegar del piso.

Me pregunto si Aurora estará corriendo en círculos con su revista parisina sobre la cabeza gritando: “¡Alicia, Alicia! ¿Dónde estás? ¡Papá me va matar!”. No puedo evitar sonreír mientras me quito los cabellos de la cara.

Faltan palabras para describir lo que sucedió después. Por un lado, porque se me llenaron los ojos de tierra y todo lo vi a medias. Y, por otro lado, porque sencillamente no lo puedo explicar sin sonar como que estoy loca. Las casas no desaparecen de repente. ¿Acaso eso fue un tornado? Y… ¿quién era la niña de ahí dentro? La busco en las alturas, pero los nubarrones de polvo café no me dejan ver.

Parece broma, pero, ya que hubo desaparecido el ladrido del perro, la vaca y la casa con todo y niña, la mancha negra se movió del cielo y el sol volvió a colorear la pradera como si nada hubiera pasado. Cuando examiné el terreno, vi que sólo había quedado un enorme rectángulo de polvo y una tubería rota. Entonces reaccioné del mismo modo que cuando estoy frente a la clase y fracaso ante la pizarra: encogí los hombros y emprendí mi regreso… (¡Te juro que no me sé la respuesta de todo esto!)

Tenemos visitas

Deseo resaltar mi apariencia para las visitas que vienen a tomar el té, pero Aurora se ha negado a prestarme sus guantes de terciopelo. Insiste en que yo todavía conservo la mitad del par y que no me prestará el de la mano izquierda hasta que yo no le devuelva el de la mano derecha. De veras que tener dieciocho años le embota el cerebro.

Miss Watson nos ha indicado que debemos ser particularmente educadas esta tarde, pues los Baum vienen de muy lejos y debemos causar muy buena impresión. Vale decir que saqué la leche por la nariz cuando supe que el matrimonio Baum venía con sus nueve hijos. Nunca memoricé sus nombres, salvo el del más pequeño. Y como yo también soy la más chica, supongo que fue motivo para que “los adultos” nos sentaran juntos en la vieja mesita de bordado de Aurora, ahora cubierta por un mantel y que parece un comedor para enanos. Ahí fue donde Lyman y yo tuvimos nuestro memorable encuentro. Debes saber que ese muchachito me causó una inexplicable simpatía. Tal vez fueran sus ojeras moradas y sus orejas de azucarero. ¡Siempre me han gustado las personas que tienen ojeras permanentes! ¿Serán los efectos del confeti oscuro que vive en mi cabeza?

—Prefiero que me digan Frank —se atrevió a decir el niño mientras se mordía la uña.

—Por supuesto, ¡serás siempre Frank para mí! —asentí con la propiedad de una señorita—. Yo me llamo Alicia, y aquella que coquetea con tus hermanos es mi hermana Aurora. ¿Cómo es la vida en tu país, Lyman?

—No está mal —confesó, al tiempo que se despegaba los calzoncillos y se reacomodaba en su silla.

—¿Y qué lugar es ese? —pregunté mientras le untaba mermelada a mi pan. Cuando Lyman contestó “Chittenango”, se me rompió la tostada en las manos. Muy a tiempo, corrí a encerrarme en el armario de abrigos para poder soltar una carcajada. ¡Qué genial, jaja! ¿Qué país era ese?

Volví a nuestra mesa con la naturalidad de quien acaba de devolver un vaso a la cocina.

—Chittenango está en Nueva York —murmuró el pequeño Lyman paseando sus galletas por el plato. No se atrevía a mirarme a los ojos. De veras me divertía verlo ahogándose en mi compañía.

Nunca había estado en un té tan ruidoso, pues éramos muchos y los estadounidenses suelen hablar muy atropelladamente y en todas direcciones. Por suerte, en nuestra pequeña mesa privada, Lyman y yo pudimos conversar de varias cosas… no sin algunas interrupciones. Me enteré por su mamá —una señora regordeta un poco metiche que vigilaba nuestra entrevista— que el pequeño Lyman tenía una imaginación “portentosa” y que inventaba las más insólitas historias.

La misma señora me aseguró que ese niño tímido que ahora se escarbaba la nariz sería un escritor muy famoso cuando fuera grande. Ninguno de los dos me supo dar un ejemplo claro de alguna historia que hubiera escrito el pequeño Lyman. A lo que yo añadí, como una verdadera señorita, que “no podía esperar a leer alguna de ellas y que me encantaría visitarlos en Shitmango cuando él fuera archifamoso”. La señora regordeta que era su mamá se desternilló de risa y por fortuna volvió a sus asuntos.

Como quien guarda su mejor truco para reventar de aplausos un show, le conté a Lyman, con cierto método de vendedor de cepillos, que la tonta de Aurora decía que “Oxford era el lugar más aburrido de la Tierra”. Y yo le contestaba que “¡eso era un error, Aurora!”, pues yo, en el picnic de ayer, había visto a un gentleman conejo con bifocales rojos y un reloj y una trompeta. Pensé que Lyman quedaría boquiabierto. Pero no. Ahora mi tímido interlocutor empujaba sus manoseadas galletas en fila, mientras hacía un tímido “chuchú” parando los labios. Fue cuando usé mi carta comodín.

—Y después de eso… vi un embudo de viento llevarse una casa.

Lyman me miró fijamente. Ahora sí que había captado su atención. ¡Niño raro! Entonces le narré con todo detalle lo que vi. La mancha que cubrió el sol de repente, los granjeros asustados, la vaca flotante. Sin olvidar inflar las partes dramáticas, como lo de la niña atrapada dentro la casa, que en mi versión gritaba y gritaba mientras golpeaba el vidrio antibalas.

—¿Y qué pasó después? —preguntó. Te juro que Lyman había olvidado parpadear y que había un brillo diferente en sus ojos. Sabiendo que el niño tenía imaginación y que tal vez necesitara material para algún cuento, con cierta autoridad inglesa le dije:

—El resto de la historia deberás imaginarla tú, Lyman Frank Baum.2

Ó FIN

2 Lyman Frank Baum, en efecto nacido en Chittenango, Nueva York, publicó en 1900 su libro El mago de Oz. Fue un éxito total. Le siguieron trece aclamadas secuelas, la última en 1918. [N. del A.]

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¡Hexagofobia!

La llave de engranaje entra perfecta en la cerradura de una puerta de hojalata. ¡Me encanta ser tan astuta!

Suelto un grito con lo que pasa después: la llave se escapa de mis dedos como poseída por un imán y gira por sí sola en la cerradura. Sin duda, esto parece conducirnos a las entrañas del mecanismo, como si un gran reloj se preparara para destrabar sus secretos.

Cuando la puerta se abre al fin, sólo me deja ver una franja de oscuridad. Sin pensar lo que estoy haciendo (¡qué raro!), doy un paso adentro. Dos pasos, tres pasos y ¡BLAM!, la puerta se cierra detrás de mí.

Mis ojos se adaptan a la penumbra mientras avanzo cuidándome de no pisar algo desagradable y asesino, como una cáscara de fruta o un escalón. Comienzo a distinguir poco a poco una silueta delgada que se mueve hacia mí muy lentamente. No hace el más mínimo ruido y parece imitar todos mis movimientos como si preparara una trampa. Levanto la mano y aquella forma esbelta levanta la mano. Muevo los dedos y el fantasma mueve los dedos. ¡Espera! ¡Es un espejo!

Como puedo confiar plenamente en mi propio reflejo (creo yo), camino con naturalidad hacia él; pero no calculo bien la distancia y las dos Alicias nos golpeamos en la frente. El espejo se deshace ruidosamente y, cuando todos sus pedazos ya están en el suelo, me encuentro en una habitación pequeña y débilmente iluminada por un candelabro que cuelga del techo.

Cuento seis paredes alrededor. Seis paredes son seis lados, y seis lados forman un hexágono. Recordando mis clases de geometría, un hexágono es un polígono regular. Y sé que, como en los panales de las abejas, los hexágonos pueden repetirse infinitamente hacia todos lados hasta que nos dé dolor de cabeza.

—¿Habrá una habitación con forma de hexágono conectada con ésta? —sospecho.

Cuando paso a través del espejo situado en la pared de enfrente, me encuentro en una nueva habitación hexagonal con un candelabro y un espejo roto a mis espaldas. Sospecha confirmada. Sin perder más tiempo, atravieso un nuevo espejo que se pulveriza al tacto y estoy en otra recámara con forma de hexágono iluminada por un candelabro. Repito la operación, escogiendo ahora un espejo a mi izquierda mientras trazo una ruta imaginaria por un laberinto de hexágonos. Lo mismo.

Me detengo un segundo y me pregunto qué pasaría si, en vez de pensar en mis clases de geometría cuando voy de un cuarto a otro, pienso mejor en cosas bonitas. Tal vez los deseos se hagan realidad en este lugar… ¡Ya sé! Cuando atraviese el siguiente espejo, pensaré en un bonito vestido o en una cebra pegaso que come de mi mano. Cuando instalo la imagen del pegaso en mi cabeza, también veo al conejo de lentes oscuros escabullirse detrás de un arbusto. Y me hace pensar que el conejo ha de estar muy acostumbrado a los pegasos como para no detenerse a darles siquiera los buenos días. ¡Oh, no! ¡El Señor Conejo tiene prisa, mucha prisa! Y esto me hace pensar que yo no tenía prisa alguna hasta que me encontré atrapada en este laberinto de hexágonos, espejos y candelabros.

Otro espejo se desbarata y me encuentro en otra habitación en forma de panal. O tal vez sea la misma de hace rato. ¡No puedo dejar de pensar en mi situación! ¡Horror! Por segunda vez en este día, se me escapan las lágrimas. Caigo en el piso, rodeada por mis propios reflejos. Somos seis Alicias que lloran en el centro de esta pesadilla. Mi confusión multiplicada por seis, seis veces más lágrimas. ¡No vuelvo a usar una llave con forma de engranaje en mi vida! ¡Ahora odio los hexágonos! ¡Tengo… hexagofobia!

¡Si me viera Archibaldo! ¡Yo tan hermosa y tan perdida! La angustia le rompería el corazón.

Te pediría ayuda, pero no creo que se te ocurra algo, ¿o sí?

Ó ¿Rompo TODOS los espejos de un cuarto antes de pasar al siguiente? Ú 27

Ó ¿O mejor examino el candelabro que cuelga del techo? Ú 30

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Yo a través del espejo

Buena idea. Los romperé uno por uno, en el sentido contrario de las manecillas del reloj… como si eso fuera a regresar el tiempo. ¡Crash, crash, crash, crash y crash! Polvo de espejo vuela por todos lados y por arte de magia el piso se abre bajo mis pies como una flor de origami. Caigo lentamente mientras mi falda se llena de aire y me transforma en un paracaídas humano.

El descenso es mucho más corto que cuando entré en la madriguera. Y, al final, aterrizo sobre algo mullido, casi como una cama. ¡Momento! ¡Estoy en mi recámara!

—¡Hogar, dulce hogar! —aleteo sobre mis frazadas.

Me aburro, salto de la cama. ¡Y me estampo contra una pared! Es la pared de siempre, con su tapiz de patitos, sólo que “alguien” la ha cambiado de lugar. ¿O será la cama que está volteada? Hay algo extraño aquí y no puedo determinar exactamente qué es. Mi cómoda está en posición contraria y la puerta se encuentra del lado izquierdo en vez del derecho. Es entonces que, para mi gran alivio, veo a Dinah asomándose por debajo de un mueble. Me saluda con un diminuto bostezo y brinca sobre la cama para seguir su siesta.

Estoy muy contenta de haber escapado del laberinto panal y de saber que mi gatita está como de costumbre, pero todavía hay cosas que requieren solución en este lugar. Y se me ocurre buscar en el librero de Aurora. ¡Cómo molestó a papá para que le comprara ese librero! ¿Te dije que mi papá también es el papá de Aurora? Pero esa es una historia un tanto obvia y aburrida que podré contarte en otra ocasión.

Volviendo al librero de Aurora: veo que sus adoradas novelas de las hermanas Brontë tienen la portada en la contraportada y que las letras de las páginas están volteadas de extraña manera. Así que me abalanzo sobre a mis propios estantes para comprobar si a mis no-tan-adoradas fábulas de La Fontaine les ha pasado algo similar. Dinah sale pitando gracias al escándalo que estoy armando.

Lo mismo. Letras volteadas. Entonces se me ocurre mirarme en el espejo del tocador. Curiosamente, y por primera vez, mi imagen reflejada tiene la raya del cabello en el lado correcto y las palabras de los libros se pueden leer perfectamente en sus reflejos. En el mundo del espejo, la cama está en el lugar de siempre, y si doblo el cuello, veo que más allá del ángulo de la puerta está el reloj cucú del pasillo y que la manecilla del segundero gira correctamente y no a la izquierda como lo hace aquí, afuera del espejo.

Golpeo suavemente con los nudillos. Este espejo no parece querer desbaratarse como los de hace un rato. Podría golpearlo más fuerte, pero no quiero saber el problemón que me espera si arruino un espejo de la casa y encuentro detrás de él sólo cartón y madera, y todo para qué, y ahí van todas mis mesadas... El laberinto panal era una cosa, pero este es nuestro cuarto, digo, mi cuarto. ¿Les dije que Aurora al fin se va a estudiar Alta Costura a Londres?

Es entonces que veo a un gato atigrado durmiendo sobre un banquito de tres patas. Sacude un poco los bigotes y gira las orejas como cualquier gato que sueña. Ya he visto a Dinah hacer eso muchas veces... ¡pero este gato es enorme! Sus sueños han de ser enormes y tal vez extravagantes. No me preguntes cómo, tampoco te vayas a reír, pero presiento que yo estoy atrapada en los sueños de ese gato —¡qué idea más rara!— y que si el gato se despierta, el sueño se acaba.

Estiro la mano para acariciarlo.

El gato abre de pronto los ojos, dilata sus enormes pupilas y ¡puf!, el sueño se apaga como una vela.

Cuando abro los ojos me encuentro recostada en el centro de la habitación hexagonal. Mejor mantenerse lejos de los espejos. Queda revisar el candelabro.

Ó Sigue leyendo Ú 30

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Alborotos
en la oscuridad

Pues ahí está. El candelabro. Pesado y retorcido. Las velas jóvenes asoman entre deformes bultos de cera. Las velas ancianas están despanzurradas y exhalan su último aliento de luz mientras se ahogan. Con un sonido seco, veo caer una gota de cera al piso, justo donde yo estuve sentada llorando. Con mi suerte, ahora tengo cera en la cabeza, lo que me lleva a pensar que aquel que se esté ocupando del mantenimiento de este lugar merece unos buenos azotes.

El candelabro cuelga de una cadena que va al techo. Sigo la cadena con los ojos y veo que se pierde en un agujero enorme. Y cuando empiezo a descifrar las formas en la enorme oscuridad del agujero, veo la silueta de una araña gigante que me mira fijamente con sus ojos rojos.

Es tan grande y asquerosa que, cuando saca todo el cuerpo de su escondite y despliega sus patas, ocupa la mitad del techo. Me quedo congelada de terror cuando la veo caer sobre mí.

El candelabro se desploma a mi lado en un espantoso estallido de cera. Vuelan gotas ardientes por todos lados, me tapo la cara y grito contra mis manos. Sé que la araña me va a morder y luego me va a comer lentamente. ¡Alicia, despierta! ¡Alicia, despierta!

El sonido que llega después lo puedo describir como el rugido de una ola. La falda de mi vestido se agita violentamente y siento una fuerza extraña alrededor. El rugido se descompone en lo que parecen millones de zumbidos como de avispas. Si con eso no me despierto de esta pesadilla, pueden despedirse de mí. Pero no, sigo aquí, con las manos contra la cara e imaginando que en cualquier segundo sentiré a la araña peluda abrazándome con sus patas gigantes y llenándome de veneno.

Más zumbidos. ¡Estoy metida en una nube de insectos! Y más allá del “bzz-bzz” escucho un gruñido, un chillido y luego un impacto metálico. Siento algo así como arena en todo el cuerpo y vuelvo a escuchar aquel ruido metálico seguido de un alboroto como de patas y pelo, y luego el rechinar de una máquina… o tal vez una armadura. La arena que siento sobre mi piel en realidad son aleteos de insectos, y me pregunto si no se me habrá metido un bicho en la oreja. Pero no me atrevo a quitarme las manos de la cara y mucho menos a abrir los ojos.

Es más: no abriré nunca los ojos. Mi falda sigue volando y otras cosas violentas suceden frente a mi cara, ahora a mis espaldas, ahora a mi derecha, ahora a mi otra derecha y en todas las esquinas de esta maldita habitación hexagonal. Mi mente ya no piensa en la araña. Ahora piensa que se me están cansando los brazos y que si no me habré hecho pipí del susto.

Debajo del rugido sigo escuchando un alboroto casi animal, seguido por ese sonido metálico como de una sartén contra el suelo. Y otra vez ese otro chillido agudo, que ahora comprendo que proviene de la garganta de alguien. ¿Las arañas tendrán garganta?

Un último sartenazo y llega el silencio. O al menos algo parecido al silencio. Queda un rumor de insectos en el aire. Pero el aire sin duda se ha calmado. Mi vestido ha dejado de agitarse.

—Puedes abrir los ojos —dice una voz.

A mi alrededor hay un campo de batalla o, mejor dicho, de lo que fue una batalla. Hay pedazos de velas por todos lados y cera derretida embadurnada hasta el techo. Los trozos que se reconocen del candelabro flotan sobre charcos de una sustancia viscosa, por no decir que todos los espejos están rotos y que casi todo el papel tapiz de las paredes ha sido arrancado en un combate que no vi pero sí sentí. Una enorme pata de insecto se retuerce a mis pies.

—¡Qué asco! —alejo esa cosa con la punta del zapato. Soy muy valiente.

La araña, o lo que queda de ella, se encuentra encogida en un rincón, panza arriba. Es grande como un sofá. Peluda como un perro. Y al fondo, entre una nube de abejas mágicas, mi salvadora enfunda su espada.

La colección de la reina

—Entonces… ¿la Reina de Corazones… no es una Reina-Reina de Corazones-Corazones? —le pregunto mientras trato de desatorar su brazo.

—No, mi colibrí.

—Nada que ver con las cartas de la baraja.

—Nada que ver.

Debo advertirte que, aunque Tina es de pocas palabras, ella es la mecabípeda más esplendóptima que haya conocido jamás. ¿Por qué? Por un lado, Tina me salvó la vida. Con letras muy negritas. Y, por si fuera poco, tiene una armadura y unas piernas tan largas que cuando ella da un paso yo tengo que dar como cien. Por eso, hemos decidido que siempre me transporte sobre sus enormes hombros metálicos. Y ella no parece cansarse nunca. Cuando estoy allá arriba, me mareo un poco con el vaivén de su caminar, así que le pido en ocasiones que nos detengamos para que yo me pueda recostar sobre el pasto hasta que deje de darme tantas vueltas la cabeza. Además de que hace mucho calor en esta pradera y a cada rato me dan ganas de succionar el delicioso néctar de unas flores rojas y carnosas, que primero me resultaron muy hermosas pero después me parecieron ultraapetitosas. Porque ya he aprendido algunas cosas de las abejas mágicas de Tina. Además, ya decidí que en mi siguiente vida quiero ser una abeja… o mejor un colibrí.

Ah, también debo decirte que me hice unas bonitas coletas.

En resumen, todo ha sido maravilloso en las últimas horas. Salvo una cosa que me preocupó un poco y otra cosa que me puso los pelos de punta. Te voy a platicar ambas en un momento, pero tal vez debas saber antes cómo es que llegamos a este jardín después de estar en esa porquería de laberinto.

Que quede entre nosotros: esa “porquería de laberinto” era la casa de Tina. Ahí vivía ella con sus abemágicas y también

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