1. PRELIMINARES
El sol se eleva en el horizonte. Inunda la tierra y el océano con su luz rosada. La brisa marina sacude suavemente la selva, con sus ramas desnudas por la estación seca. El joven hechicero admira el azul del cielo entre las hojas de la inmensa ceiba o ya’axche’ que se levanta en medio de su patio; se trata del árbol preferido de los dioses. Los espíritus cantan. El hombre se alegra; el día pinta bien. Los preparativos están muy avanzados: infusiones, pomadas, filtros, alcohol… Casi no falta nada. Ruidos bruscos llegan desde la cocina. Se trabaja: el cuchillo golpea la tabla, la mano del mortero aporrea vegetales. Son sonidos agradables. El hechicero se acerca. Entre los maderos de la pared ve a un esclavo picar hojas y a otro machacarlas. Los dos operan bajo la mirada grave del padre del hechicero, acostumbrado desde siempre a los rituales. El joven piensa que tiene suerte de poder aprovechar la experiencia de su progenitor; un festival de la luna no puede improvisarse. El viejo mago, a quien la edad ha vuelto venerable, ocupa el puesto de primer orador del santuario en la isla de Kusaamil o “lugar de las golondrinas”, muy famoso por haber sido bendecido por los dioses.
El hijo se frota las manos con satisfacción. Al parecer, el festival será muy concurrido. Según la sacerdotisa que dirige el santuario, siete peregrinas han confirmado su visita, ¡cada una con su escolta! Provienen de diferentes lugares de la península, y una de ellas pertenece a la nobleza de Chichén. Son siete damas que necesitan ayuda para tener hijos. Por costumbre, el santuario sólo recibe a dos o tres, de suerte que la próxima luna será una gran celebración.
Contento, el joven sale de casa, su guarida, para dirigirse al santuario. Lleva su pareja de jaguares: los animales necesitan moverse. Quiere asegurarse de la calidad de los preparativos. Tiene confianza en la mujer que administra el lugar. Más aún, la admiró durante mucho tiempo. Cierta complicidad los unía, recuerdos de amores también; pero ahora… ella se está amargando por la enfermedad.
Después de correr toda la mañana, el hechicero llega a la arboleda que rodea el santuario. Hace sonar el caracol allí amarrado para anunciarse. Se abre la puerta. El joven entra en el recinto con sus dos animales sujetos con correas; le gusta hacer alarde de su poder. Atraviesa la amplia plaza donde se yergue una estela. Lo ve todo muy calmado por el momento. Camina hacia los espacios reservados para las sacerdotisas.
A lo lejos ve a la sacerdotisa líder en la explanada de su residencia, dando instrucciones a un grupo de doncellas que ejecutan un baile. La mujer lleva un sombrero de ala ancha sobre un velo que la cubre casi por completo. El hechicero sabe que ese velo protege su delicada piel de los rayos del sol, al tiempo que oculta los efectos de la enfermedad: cabello escaso, lesiones…
La mujer observa al hechicero que camina hacia ella. Al notar los jaguares aprieta los dientes. Ese hombre… ¡Qué arrogancia! Las bailarinas también ven a los animales. Se agrupan unas con otras. El joven sube a la plataforma, flanqueado por sus felinos. Les ordena que se sienten. Las sacerdotisas retoman el baile. La lideresa cruza los brazos bajo su túnica. La palidez de su rostro resalta lo oscuro de sus ojos; un volcán hierve en ellos.
—¡El mismísimo primer hechicero! Con su escolta… ¿A qué debo semejante honor?
El visitante se inclina.
—Honorable madre de las sacerdotisas, vengo a asegurarme de que todo esté listo. Y a saber cómo estás.
La boca de la mujer se tuerce en una media sonrisa; sabe bien que su salud no le importa mucho a su interlocutor. Sin poder impedirlo, lanza una mirada al pectoral que cuelga del pecho musculoso de éste: un rectángulo de piel de jaguar en el que luce un sol de oro. Como para evitar que los recuerdos la alteren, se concentra en el festival.
—Todo marcha bien; puedes estar tranquilo. Los músicos llegan hoy, así que podremos repetir los bailes y los cantos. Las cocineras vendrán mañana del pueblo. Tenemos víveres e incienso suficientes. Los cuartos para las peregrinas están listos.
—Bien. Todo se organiza también por mi lado. Alcohol, hierbas… Otros dos hechiceros van a ayudarnos y cuatro enanos le han confirmado a mi padre su llegada.
—¡Cuatro! Es la primera vez… Serán cómo los Bakabo’ob que sostienen las esquinas del universo. Tendremos una ceremonia grandiosa.
—Sí. Los dioses están a nuestro favor. Realizaremos milagros.
—Ese es nuestro fuerte, los milagros. La fama del santuario se extenderá aún más.
—Entonces, si todo está bajo control, iré a entrenarme. Debo estar en mi mejor forma. —El joven mira a las bailarinas y ajusta su cinturón, del que pende la vaina de su cuchillo.
De súbito, uno de los jaguares se levanta y salta, empujando a su dueño. El hechicero suelta la correa, sorprendido. Un ratón gordo corre a lo largo de la pared. La mujer grita:
—¡Ch’o’chito!
El jaguar sostiene al roedor entre sus colmillos. Las bailarinas se quedan boquiabiertas frente al sacrilegio. El hechicero emite una orden con fuerza. El jaguar se sienta; inerte, el ratón cuelga de su boca. La mujer vocifera:
—¿No puedes controlar a tus demonios? Yo había domesticado a ese animalito. Venía a verme cada mañana. El ratón, aliado de los gemelos divinos en el Popol Vuh. ¿Te acuerdas?
El hechicero carraspea.
—Lo siento… Se escapó.
Se escucha el ruido de los huesos al romperse. En dos bocados, el jaguar se traga a su presa. El hechicero levanta una mano, impotente.
—Un roedor tan gordito… Hay muchos en la isla. Podrás reemplazarlo.
La mujer aprieta los labios. Si estuvieran solos, lo abofetearía.
—Gracias por tu amable sugerencia —murmura—. Por cierto, ¿por qué no vas a entrenarte a la selva? Habría menos desastres. Aquí vamos a trabajar.
Enojada por la pérdida de su animalito, la mujer apenas se inclina antes de dar la media vuelta hacia las bailarinas. No hay nada que esperar de tal seductor. Que vaya a perderse al final de la isla, si se le antoja. Ella tiene muchas tareas; un mundo que debe hacer funcionar: sacerdotisas, músicos, sirvientas… Y reemplazar a Ch’o’chito. Además, debe encontrar un remedio para que dejen de temblarle manos y brazos. ¿Tal vez un tratamiento de arcilla?
Algo avergonzado pero con la cabeza en alto, el hechicero abandona el santuario. No se va a conmover… ¡por la muerte de un ratón! Claro, la gente prefiere no matarlos, pero fue un accidente… Empieza a correr con sus jaguares, su ejercicio favorito. Al acercarse a la playa suelta a los animales, a quienes alegra la libertad. El joven y sus felinos se dirigen a la punta norte de la isla, por senderos que discurren entre pantanos, manglares y bosques, sin pasar por los dos pueblos que bordean el camino principal. Los jaguares corren, nadan y aterrorizan a la fauna local. Su pelaje se confunde con la vegetación. El dueño vuela también, a veces adelante de sus animales; él mismo es un waay, espíritu transformado en felino. En el cielo, los zopilotes observan al trío con la esperanza de un festín.
El hechicero termina su impetuoso paseo al final de la tarde, bañado por el sudor y por la luz dorada del sol que baja hacia el inframundo. Llega a casa con las piernas cubiertas de lodo.
Hay tres casas bajo el árbol inmenso, dispuestas a la orilla de su sombra. Se yerguen sobre plataformas; sus fachadas han sido blanqueadas con cal y pintadas con símbolos divinos. Los techos de palma les brindan protección contra el ardiente sol. El conjunto también comprende un pozo, árboles frutales y huertos elevados. La morada de los hechiceros es simple pero cómoda.
El padre está sentado en la cocina. Espera a su hijo; tienen que hablar de algunos detalles.
2. PEREGRINAJE
Sentada en una silla que transportan dos cargadores, Manik piensa en el viaje que emprende mientras se balancea al ritmo de la caminata. Se dirige a Kusaamil, el santuario de la piedra parlante. Es su último intento. Ha estado casada los últimos dos años. Tiene quince y todavía no ha parido; peor aún, no hay ningún niño en camino. Su marido se impacienta. Él tiene treinta; esperaba de su mujer una manada de varones. Manik cruza las manos. “¿Podrá la diosa Luna cumplir mi deseo?”, se pregunta. El recuerdo del duro bastón de su esposo la hace estremecer. Se obliga a mirar al frente; trata de olvidarlo.
Su grupo, conformado por una dama de compañía, un guía y los cargadores, se une a una caravana de mercaderes que marchan rumbo al mar. Unos soldados abren el paso mientras otros protegen la retaguardia. Los ataques son frecuentes en la selva; la ciudad de Chichén tiene numerosos enemigos y los ladrones merodean. Los tiempos son difíciles. A paso rápido, la caravana atraviesa la zona sur de la ciudad, reservada a la élite. Los viajeros pasan por la puerta del este. Toman el camino que conduce a la ruta más transitada. Manik se siente angustiada; es la primera vez que se aleja tanto. Con una mano aprieta el collar de perlas de sílex, herencia de su tatarabuelo, antiguo astrónomo de la corte real.*
Además del collar, Manik porta otras dos joyas o reliquias, tal como lo recomendó el chamán que la atiende —según él, éstas tienen la función de incitar a los ancestros a reencarnar—: unos aretes de jade heredados de su madre y un anillo decorado con una equis de jade, símbolo del cosmos, que su tatarabuelo dio a su segunda esposa. Manik besa el anillo. Ancestros, ¡el viaje empieza!
La primera noche la pasan en Sak’i** o “Águila blanca”, ciudad que pretende ser la mayor productora de cacao de la región. Su alianza con la gran urbe de Koba se representa con un sakbeh, es decir, el camino elevado que las une. La caravana no toma esa dirección, sino que avanza por la selva para llegar directamente al puerto de Polé.*** Después de cinco días de marcha, los viajeros arriban a ese puerto frente a la isla de Kusaamil.
Tras dejar su equipaje con los cargadores, Manik se encamina hacia el océano. Nunca lo ha visto. Su inmensidad la deja boquiabierta. Se siente minúscula, como cuando contempla Wakah Chan, la Vía Láctea. A pesar de todo lo que le contaron, no logra ver la famosa isla enfrente.
El guía de la noble dama organiza la travesía para el día siguiente. Sin embargo, los barqueros de Polé no muestran gran optimismo; los vientos del norte les han impedido navegar desde hace días. Numerosos mercaderes esperan poder salir para Kusaamil. Los viajeros de Chichén deberán aguardar también. Las damas se instalan en una casa de huéspedes.
Por la noche, Manik ve el brillo del fuego en lo alto de unas torres a la orilla del mar. Se agitan unas telas frente a las llamas. Manik distingue, del otro lado del mar, pequeñas luces intermitentes. ¡Intercambian mensajes entre Polé y Kusaamil!

Al amanecer, los barqueros tienen cara de enojados, igual que los vientos. Anuncian que la travesía parece demasiado peligrosa. Los capitanes no saldrán hasta que el norte se haya calmado. Los viajeros se reúnen a la sombra para esperar.
Sentada sobre una piedra al borde del manglar, Manik observa al grupo: la mayoría son mercaderes, acompañados de unas veinte mujeres. Supone que éstas viajan a Kusaamil por la misma razón que ella; de ser así, seguramente también han bebido gran cantidad de cocciones para estimular su fertilidad. Aunque no se conocen, se dedican sonrisas amables. Manik nota que, en su mayor parte, parecen ser esposas de mercaderes o mercaderes ellas mismas. Lucen signos particulares de su región de origen. Las que provienen de ciudades del litoral, como Tsibilchaltun, portan joyas de caracoles irisados. Sin embargo, muchas vienen de poblados de los alrededores, como Ek Balam y Tsibanche’, y visten los mejores algodones. Manik es la única de Chichén y la más joven. También es la única con el cráneo cónico, típico de los personajes de alto rango.
Manik piensa que, en estos tiempos, la nobleza no siempre es sinónimo de poder. Ciertos mercaderes poseen más riqueza e influencia que varios nobles juntos.
A pesar de las incertidumbres, Manik se regocija de haber nacido noble por sus dos padres. Su padre es arquitecto y su madre, originaria de Ismal,**** trabajaba en los mejores talleres de cerámica de Chichén. Al recordarla, Manik suspira; murió dando a luz a su única hija. “Mi nacimiento la mató.” Manik saluda al espíritu de esa valiente mujer. Felizmente, ella heredó su talento para la pintura. Segura de su superioridad, no trata de conversar con las esposas de los mercaderes; aunque está casada con uno, un tolteca, lo que la coloca en un sitio mucho más elevado de la pirámide social, por encima de cualquier comerciante local.
El viento sigue soplando con ímpetu. Para pasar el tiempo, Manik recoge una ramita y empieza a dibujar en la arcilla húmeda a sus pies. Desde que fue capaz de sujetar un palillo, siempre ha pintado o dibujado, tal como le contaron que hacía su madre.
Un chamán quema plantas perfumadas para honrar a los dioses y espantar a los mosquitos. El calor se vuelve intenso. Manik no está segura pero, al parecer, los vientos se están apaciguando. ¿Tal vez gracias a la fuerza del sol?
Hay que decidir: partir o quedarse. Un capitán lanza un silbido agudo; su mano apunta hacia el horizonte.
—El norte se está debilitando, y aunque todavía hay olas… —pone la mano sobre la alta proa pintada de rojo, idéntica a la popa—, ¡nuestras grandes piraguas pueden enfrentarlas!
Los viajeros se animan y se levantan de inmediato. Manik deja caer la rama; su dibujo queda inconcluso. Alrededor de la piedra donde estaba sentada se desarrolla una escena mitológica. Mientras los pasajeros empiezan a embarcarse, los curiosos se acercan para observar la obra; reconocen a los gemelos divinos que persiguen a un pájaro de larga cola. Evocan la leyenda: se trata de los héroes fundadores de la cuarta era que, gracias a su audacia, hicieron caer al quetzal, símbolo del dios creador o de su encarnación en la tierra, el rey.
Las cargas se amontonan en las piraguas. Luego suben los viajeros, unos treinta en cada nave. En total, nueve embarcaciones surcan el mar; un número non para alejar la mala suerte. Saasil, la dama de compañía de Manik, se acomoda al lado de su patrona. Tiene quince años más que ella; su experiencia le otorga cierta autoridad. De temperamento alegre, bendice a sus ancestros por darle la posibilidad de realizar semejante viaje.
Guías, capitanes, cargadores y esclavos reman y cantan. Una misma canción es entonada al unísono en las naves que avanzan unas detrás de otras.
Cerca del litoral, el agua se mueve un poco y brilla en tonos de verde y azul transparentes. Sensible a los colores, Manik se maravilla frente a tanta belleza. A lo lejos, el turquesa se torna añil. El viento cambia y se calienta; ahora llega del sureste. El capitán vuelve a silbar. En cada piragua izan una vela de algodón grueso, cubierta de resina. Guardan los remos. Manik mira hacia atrás. La tierra se borra, pero al frente todavía no se distingue la isla. Los viajeros son sacudidos por olas hambrientas. ¿Fue buena idea embarcarse ese día?
La piragua en la que Manik viaja se hunde entre dos murallas de agua que bañan a los viajeros. Las mujeres gritan. Tras extraer el agua de la embarcación, los hombres siguen remando y cantando con más fuerza. Manik se seca la cara; el mar los amenaza, pero ella está acostumbrada al miedo. Viajará hasta Kusaamil con la expectativa de dar a luz algún día, pero, de no ser así… Los maridos no mantienen mucho tiempo a las mujeres estériles. Las expulsan. O las ofrecen en sacrificio.
¡Ah! Manik lamenta tanto su matrimonio con un extranjero. Antes de eso todo iba bien, pero desde hace dos años… Resulta difícil soportar el vacío. Manik ora, encerrada en su miedo de no ser fecunda, aterrorizada ante la posibilidad de que la sacrifiquen.
A su lado, Saasil está maravillada por el mar, la sensación de ser transportada por la fuerza de las olas, como manos que la empujan. Respira a fondo el aire húmedo como el rocío, cargado de sal que pica un poco la nariz. Todo su cuerpo se mueve con el balanceo de la piragua. Se siente tan tranquila como en el vientre de su madre. Toca el hombro de su patrona.
—¡Mira, enfrente!
Desde la cumbre de las olas se aprecia algo. En el horizonte se dibuja a veces una línea verde, muy pálida, entrecortada por niebla traslúcida. ¡Isla a la vista! Manik reflexiona. ¿Cómo podrá convencer a Ixchel de fecundarla, si la diosa no ha escuchado ninguno de sus ruegos hasta la fecha? Baja la cabeza. La dama de compañía siente el paso de una nube negra. Gordita y sonriente, toma la mano de su patrona.
—No te preocupes, querida; Ixchel obra milagros.
—Pero, Saasil, ¿qué puedo hacer que no haya intentado ya?
La dama de compañía se inclina hacia el oído de la joven.
—¡Sorpresas te esperan! —murmura—. Se dice que en Kusaamil se encuentran los más hermosos machos de la creación…, ¡mandados por Ixchel misma!
Se tapa la boca con su rebozo para reírse un poco. Tanta felicidad irrita a Manik en lugar de tranquilizarla. Dice en voz baja, como para sí misma:
—Machos… ¡Pero es un bebé lo que necesito! De lo contrario, mi esposo me mandará al fondo del cenote sagrado.
La idea le produce escalofríos. Si es lo que debe pasar, vaya, que ocurra. Se sentirá mejor con los dioses del inframundo que con su marido furioso.
El agua adquiere nuevamente una tonalidad turquesa, más y más tenue a medida que las embarcaciones se acercan a la playa. Manik tiene la impresión de flotar en el aire, tan transparente es el mar. Sacan los remos, que pegan en el agua. Manik imagina el bastón de su esposo. Saasil está fascinada por las paletas de madera que se hunden en la espuma.
Las piraguas atracan mientras el sol calienta la espalda de los viajeros. El cielo se cubre de rosa y amarillo. Un adivino da gracias a los dioses por la buena travesía; quema bolitas de incienso que difunden olores suaves. A pesar de que el día llega a su fin, todavía hay gente trabajando en el muelle, el principal de Kusaamil. Numerosos soldados mantienen el orden.
Una guía local se ofrece a conducir a la noble dama al santuario de Ixchel. Manik y Saasil están de acuerdo en seguirla. Su propio guía, que viajó con ellas desde Chichén, las esperará en el puerto: no cualquier hombre puede llegar al lugar sagrado. Las otras viajeras se unen a las damas de Chichén.
Las mujeres pasan al lado de un edificio de pisos circulares y en cuyas paredes hay caracoles incrustados que el viento hace cantar. El monumento musical capta la atención de Manik. Su marido le ha hablado de esas construcciones redondas, dedicadas al principal dios de los toltecas, Quetzalcóatl, muchas veces representado por una serpiente o por la espiral de una concha. El sonido de los caracoles es cautivador, pero Manik se niega a rogar a esa divinidad; le recuerda demasiado a su esposo.
Las mujeres llegan a la gran ciudad de la isla; hay un mercado, barrios antiguos y nuevos. Prosiguen su marcha. A sus espaldas, el sol se hunde en el inframundo. Las sombras se alargan y ellas se apresuran. El grupo camina a través de un paisaje oscuro que una luna naciente no logra iluminar.
Encima de una muralla y de las copas de los árboles, desnudos por la estación seca, se ven numerosas construcciones altas. Manik cuenta: son siete, como los niveles del cielo.
La guía anuncia:
—Miren arriba. Arde un fuego frente a T’aantum, la piedra parlante. Hemos llegado.
Sopla con fuerza en un caracol para que abran las puertas.
* La vida de esos parientes viviendo en Tikal a su apogeo ha sido narrada en El escriba del imperio maya (Grijalbo, 2012).
** Valladolid.
*** Xcaret.
**** Izamal.
3. T’AANTUM, EL SANTUARIO DE KUSAAMIL
Los guardias dejan pasar a las peregrinas, cansadas por la larga jornada. Unas sacerdotisas las reciben. Con sus largos vestidos blancos parecen fantasmas; apenas murmuran. La blancura de su piel fascina a las recién llegadas. Intrigada, Manik piensa en los albinos, pero las cabelleras y los ojos de sus anfitrionas son negros. Sin embargo, el interés de la joven se desplaza rápidamente a los alrededores.
Un fuego arde encima de la pirámide, el cerro sagrado. Los escalones que llevan a la cumbre están pintados de rojo claro. Abajo se yergue una estela pesada. Un poco atrás, a la derecha, hay pequeñas casas distribuidas en torno a un amplio patio; es el gineceo, reservado a las mujeres que buscan remedio para su esterilidad. Ahí, a las peregrinas y sus acompañantes se les asignan sendas plataformas amplias y provistas de un colchón y cojines.
Les ofrecen una merienda en la plaza de la estela. Manik nota que la mayoría de las mujeres permanecen en parejas o en pequeños grupos cerrados; por las semejanzas entre ellas, parecen familiares. Fraternizan por afinidades regionales. Manik se queda con su dama. De repente se oyen tintineos agudos detrás de la pirámide, lo que atrae las miradas de las damas curiosas.
Una tropa de bailarines y músicos hace su entrada, las piernas cubiertas por campanillas de cobre. A excepción de Manik, las viajeras nunca han visto metal ni escuchado tales sonidos. En Chichén se utilizan a menudo esas campanillas en las ceremonias. Flautas, silbatos, tamborines y maracas ejecutan una marcha solemne. Los bailarines llevan capas negras y máscaras de murciélago. Los sigue una plataforma iluminada por antorchas y sostenida por esclavos. Jóvenes bailarinas se mueven a los lados. Encima, en un trono de mimbre, una sacerdotisa reza. Su larga falda y su capa dejan ver la piel blanca de su cara, manos y tobillos. Insignias bordadas la relacionan con los dioses del lugar y del extranjero, entre ellos la serpiente, que todos los clanes y pueblos veneran. En vez de turbante, porta una serpiente de cascabel enroscada sobre el cráneo. La cabeza del animal se mueve frente a su rostro.
Manik sabe que, así ataviada, la mujer simboliza a Ixchel, en su personalidad de vieja curandera. Muy arrugada, la encarnación divina se apoya sobre un bastón en forma de reptil.
Las peregrinas quedan boquiabiertas a la vista de tantas maravillas. Bailan alrededor de la curandera mítica, quien las bendice con un cascabel, al tiempo que las salpica de rocío perfumado. Las campanillas que adornan las muñecas de la sacerdotisa acentúan cada uno de sus movimientos. Sus cargadores rodean la plaza, donde están expuestas nueve estatuas que representan las fases de la luna. La mujer diosa las rocía una después de la otra. Incienso, música, cantos, bailes… Manik está hipnotizada por la escena, dominada por Ixchel. La procesión se inmoviliza al pie de la estela.
Con voz grave, la mujer del trono anuncia que ella es la x-chilam, la intérprete de las voluntades divinas y la jefa del santuario.
—Me llaman la madre de las sacerdotisas. Durante el festival seré la madre de todas ustedes. Que se acerquen las que solicitan la ayuda de Ixchel.
La dama baja lentamente de su pedestal. Intimidada, Manik obedece y avanza; otras seis mujeres la imitan.
Muy intrigada, Manik levanta la mirada hacia el animal que forma el turbante. Es una serpiente de verdad; su cuerpo es tan ancho como un brazo. Mueve suavemente su lengua bífida. Como las demás, Manik no entiende cómo semejante ejemplar puede permanecer sobre una cabeza sin tratar de escaparse. ¡Magia pura! La encarnación de Ixchel, la vieja curandera, disfruta de su efecto.
Ella pregunta el nombre, la edad y la procedencia de las siete mujeres. Toca sus reliquias.
Al llegar su turno, Manik siente que la mirada de la x-chilam la atraviesa; ninguna dulzura emana de ella. Su piel parece naturalmente clara, sin maquillaje; sólo las arrugas están pintadas. Al revelar su nombre de familia, Muwan, Manik precisa que su clan proviene de la antigua ciudad imperial de Mutal.* El detalle interesa a la encarnación divina.
—¿Una noble familia de Mutal, ahora instalada en Chichén?
—Sí…
Al notar que la sacerdotisa admira su anillo, Manik se atreve a agregar:
—Perteneció a la esposa de mi bisabuelo, astrónomo del rey. Los Muwan cuentan también con un ancestro que vino de Teotihuacan hace siglos.3 Uno de sus descendientes fue rey de Mutal…
La sacerdotisa interrumpe el recuento genealógico.
—Entonces, como todo el mundo, los Muwan huyeron del reinado.
—No había opción. Los dioses abandonaron a las grandes dinastías. Mi bisabuelo emigró hacia Koba, luego a Chichén.
—Chichén… Cada vez se habla más de esa ciudad. Antes sólo era un rancho de milperos.
—Pues ahora los mercaderes viajan desde muy lejos para llegar allá —susurra Manik y se muerde el labio. Precisamente es a uno de ellos a quien atribuye su desgracia.
Su padre, Asben, le habló mucho de los toltecas del Anáhuac que se instalaron en Chichén. Según él, esos mercaderes hicieron un viaje similar al que hace siglos emprendieron los de Teotihuacan para llegar a Mutal. Manik suspira; ella ha pagado caro el sueño de grandeza de su padre erudito.
La sacerdotisa afirma:
—Los del Anáhuac van a enriquecer a Chichén, tal como ocurrió siglos antes con Mutal. Así, los Muwan podrán volver a vincularse con sus antiguas raíces.
La lucidez de la sacerdotisa sorprende a Manik, quien admite:
—Mmmh… Sí, mi marido es tolteca.
La sacerdotisa asiente ligeramente. Se pone el anillo en el dedo y cierra los ojos. Cuando los abre, Manik ve brillar una chispa. La figura divina le devuelve la joya.
—¡Ah! Los ciclos del tiempo se repiten. El Anáhuac se une a las Bajas Tierras otra vez. Que los ancestros encarnen a través de ti, aquí en Kusaamil.
La sacerdotisa continúa su recorrido. Después de hablar con cada mujer, la x-chilam ora a la luna, la cual, dice enfáticamente, estará llena al día siguiente. La palabra llena deja a Manik reflexionando. La sacerdotisa habla de rituales que empezarán al alba y se prolongarán hasta la noche. Recomienda a las damas descansar bien. Sube al trono. Los esclavos levantan la plataforma. Desde arriba, la sacerdotisa mueve los brazos hacia el cielo. Sus manos tiemblan; las campanillas de sus muñecas cantan.
—Ixchel, potente y sabia curandera… Tú que sabes abrir el camino para los hijos, escucha nuestras oraciones. Mañana serás la diosa de la fertilidad.
Los cargadores conducen a la encarnación divina hacia el templo, donde desaparece. Las jóvenes sacerdotisas llevan a las viajeras a sus alojamientos.

Manik despierta en su cuarto a oscuras. Escucha armoniosas voces que cantan. Se desliza afuera para ver lo que pasa. En la cima de la pirámide, las sacerdotisas celebran la llegada del sol, símbolo de los varones. Manik también lo saluda; este día será determinante. Lleva a sus labios el anillo y las perlas de sílex del collar, pensando en sus ancestros y principalmente en su madre. Toca sus aretes y recita una súplica para la que murió dando a luz.
—¡Madre heroica! Vuelve para que yo pueda darte vida de nuevo.
Al notar que otras peregrinas salen, ella entra; no quiere que la vean con su ropa de noche arrugada, la cabellera enmarañada.
Algunas sirvientas van de un alojamiento a otro repartiendo jarras de agua fresca. Saasil pone las suyas en el patio de atrás y ayuda a su dueña a prepararse. Después de lavarse, las damas se alisan las cabelleras y las faldas; salen.
Con la cabeza cubierta por un velo y el rostro pintado de rosa claro, las jóvenes sacerdotisas las reciben. En silencio, dirigen a las viajeras hacia la plaza frente a la pirámide. En una esquina, esteras suspendidas de forma horizontal ofrecen sombra; sus diseños calados dibujan círculos y medialunas en el suelo, ilustrando las fases lunares. Las sacerdotisas disponen pequeños bancos en ese lugar; luego llevan jarras de agua perfumada con piña, tazones de atole con amaranto, grandes platos que desbordan tortillas, frutas y huevos de tortuga revueltos y aderezados con salsa de un rojo intenso.
Saasil susurra a su dueña:
—¡Mira este mole! ¡Qué salsa tan untuosa! Deben trabajar mucho con el molcajete aquí. Por el color, yo diría que han molido kiwis.
—¡Sí, semillas de achiote, qué delicia! —exclama Manik lamiéndose un dedo en el que se advierte una gota roja.
Las otras viajeras comentan que ese banquete es diferente de lo que acostumbran comer.
Manik explica:
—Seguramente los mercaderes extranjeros trajeron esta receta. Se dice que son muchos en Kusaamil.
—Han tenido la excelente idea de viajar con su molcajete —señala Saasil, abriendo las manos hacia el cielo.
—¿Te das cuenta?… ¡En casa tenemos un achiote grande en su cubeta! Podríamos moler las semillas para hacer una salsa como ésta. ¿Tal vez con jitomate?
—Si con esto pudiera satisfacer a mi esposo… ¡No deja de hablar de “la increíble cocina de Acalán”!
Las dos mujeres intercambian una mirada cómplice.
Terminada la comida, las sacerdotisas invitan a las peregrinas a subir al templo en la cima de la pirámide. La mayoría de ellas se dirige rápidamente a su alojamiento y vuelve con pequeños envoltorios. Manik también va a buscar su ofrenda: un cofrecito lleno de granos de jade y cacao. Saasil toma varias canastas.
—Las mujeres de mi familia nunca podrán viajar hasta aquí —dice—. Por eso me dieron sus regalos, para que yo se los ofrezca a Ixchel, por favores obtenidos. —Levanta sus dos manos llenas y añade—: Cuando los dioses regalan niños, sanaciones…
Las dos mujeres se unen al grupo que empieza a subir. Arriba hay una estela de piedra clara que se levanta frente al templo de tres entradas. Dentro de éste se distingue un altar repleto de estatuas, pero no invitan a nadie a entrar ahí. Apilan las ofrendas al pie de la estela, la famosa piedra parlante. Las sacerdotisas cantan oraciones, además de tocar flautas y tamborines. Con los brazos cruzados sobre el pecho, una mano en cada hombro, las peregrinas oran. El sonido de una caracola pone fin al recogimiento.
Todas bajan hacia la plaza. La x-chilam aguarda en la sombra, apoyada en su bastón con cabeza de serpiente. Esta vez lleva un turbante de piel de jaguar, símbolo de su alto rango. Sin maquillaje ni arrugas, su piel se ve muy blanca, casi radiante. Las sacerdotisas se inclinan frente a ella; las peregrinas también. Manik piensa que la mujer tiene alrededor de treinta años y es capaz de encarnar las diferentes personalidades de la diosa: virgen joven, amante de los dioses y vieja curandera.
La x-chilam se dirige a las viajeras:
—Tomen las ramas y las flores que hay en las jarras detrás de mí. Van a decorar la estela al pie de la escalera. Las ramas simbolizan la selva; las flores rojas, la sangre y el corazón, mientras que las blancas son el respiro que nos anima a todos, el respiro que a nuestros cuerpos de maíz dio Itzamnah, el padre creador. La vegetación activará el alma del monumento.
Las mujeres preparan los arreglos de flores. Con ayuda de una escalera, una sacerdotisa los amarra sobre la estela. Las flores blancas yacen en lo alto; las rojas, en el centro. Las mujeres esparcen pétalos alrededor. Queman incienso. El ritual de la fertilidad empieza oficialmente cuando la dama del turbante de jaguar ora para que el árbol cósmico dé abundantes frutos. Promete:
—¡Que los hijos broten del árbol de la vida! Las sacerdotisas mantendrán la estela despierta, alimentándola día y noche durante toda su estadía.
La x-chilam divide el grupo: por un lado, las peregrinas; por otro, sus acompañantes. A éstas las invita a pasar el día en el mercado del puerto. Además, podrán asistir a un espectáculo de acróbatas por la noche. Las damas se separan. Saasil abraza a su ama.
—¡Que los dioses realicen tus sueños, mi hijita!
Manik se divierte al verla tan contenta de escapar de las oraciones. Mientras las acompañantes trotan hacia la ciudad y su puerto lleno de actividades, la x-chilam pronuncia un largo discurso. Insiste en la importancia de guardar secreto absoluto acerca de los tratamientos que recibirán las peregrinas.
—De no ser así, el fruto de sus entrañas podría secarse, su matriz desvanecerse. ¡No podrían dar a luz nunca e incluso correrían el riesgo de morir repentinamente!
Aterrorizadas, las siete peregrinas prometen nunca revelar nada a nadie.
Unas sirvientas distribuyen cubiletes de báalche’, bebida sagrada que contiene un poco de alcohol, preparada esa misma mañana. El néctar suele reservarse para los hombres durante las ceremonias, pero este día especial las mujeres pueden probarlo. Todas se desean mutuamente un alma serena: ¡jeets óolal!
De pronto se escucha un himno. Aparece un grupo de músicos caminando alrededor de un hechicero atlético. Éste porta un esplendoroso colgante solar. Manik duda: ¿será oro? Ha visto una joya similar en Chichén; la del rey. El cuerpo musculoso del hechicero está tatuado con ocelos de felino. Su cara está oculta bajo una máscara de jaguar, símbolo de la noche y del sol que desciende al inframundo. Al compás de una música rítmica, el hombre gira y salta como un dios. Al final, la sacerdotisa se une a él para bailar. Los principios masculino y femenino se juntan para dar unos pasos. La melodía se termina; la luna y el sol nocturno se separan.
Sin decir palabra, el hechicero enmascarado se acerca a las peregrinas. Escucha la sangre de cada una. Toma el pulso de la muñeca y el hombro para conocer sus estados de ánimo; sólo las mujeres sanas pueden someterse al tratamiento. Manik se sobresalta al sentir la mano en su cuello. Una onda de calor la invade. El hombre concluye su examen bendiciéndolas a todas con su voz grave. Manik se siente aliviada: temía ser considerada impura, como lo cree su marido.
El hechicero y los músicos van a orar al templo en lo alto de la pirámide. La x-chilam conduce a las siete mujeres a través de un jardín, hacia los baños de vapor. Frente a una construcción de piedra abovedada, dedicada a la purificación, las damas se desvisten.
Después de pasar por el vapor sigue una exfoliación intensa. Las pieles se tornan rojas. Las mujeres vuelven al vapor y luego reciben un masaje con aceites perfumados. Las masajistas insisten en la región abdominal. Las peregrinas beben gran cantidad de infusiones purificadoras. A continuación las peinan y les entregan una túnica de tela muy fina, casi transparente.
Cada vestido es único, bordado y decorado con perlas de nácar. El de Manik es verde azulado, el color del quinto punto cardinal, al centro del universo; ella lo ve como señal de buena suerte. También le ofrecen un par de sandalias cuyas tiras hacen juego con el vestido, así como un grueso rebozo en el cual podrá enrollarse.
Ya vestidas, con flores y plumas en la cabellera, las peregrinas estrenan una nueva piel, como una nueva vida. Se miran unas a otras, maravilladas por el cambio.
En el mismo jardín, las sacerdotisas las hacen practicar un baile que presentarán por la noche a la diosa. Repiten cánticos y oraciones. El sol alcanza el cenit. A pesar de la sombra de los grandes árboles, el calor se vuelve agobiante. Sirven báalche’ y frutas. Las mujeres ríen. La cabeza les da vueltas. Sienten que flotan en otro mundo.
El astro de luz comienza su descenso. Unos cargadores se acercan con camillas. Manik se deja caer en la suya con delicia. Piensa que le gustaría recibir esos tratamientos durante toda su vida. Ya no recuerda lo que temía del viaje.
* Tikal.
4. LUNA LLENA
Mientras las peregrinas dormitan en sus camillas, los cargadores atraviesan con rapidez la isla hacia el otro litoral, al oriente. La procesión comprende varios grupos: músicos, cocineras, sacerdotisas con su traje ritual. Los bailarines los siguen. Al final marchan los esclavos llevando ollas, esteras y otros utensilios.
Se acercan al mar turbulento, donde empieza el cielo. Ahí surgen los astros desde el inframundo, el terrible Xibalba. El viento sopla con tanta fuerza que poca gente vive en esa costa; es el lugar perfecto para realizar ceremonias que deben permanecer en secreto.
Contra todo pronóstico, la procesión encuentra un océano tranquilo. El aire marino despierta a las durmientes, que emergen de sus sueños impregnados de báalche’. Hace frío; ellas se tapan con sus rebozos. La gente baja hacia la playa al son de una suave melodía. Al amparo de una pared baja de piedra calcárea, las cocineras encienden el fuego. Instalan quemadores de incienso y antorchas para delimitar un amplio medio círculo frente al mar; las camillas, que tienen patas, están colocadas dentro del arco, unas detrás de otras, formando una pirámide. Manik se encuentra en la cúspide, con tres compañeras de cada lado.
Sentadas, con un nuevo cubilete de báalche’ entre las manos, las peregrinas observan a los esclavos y a los sirvientes que se afanan. Manik no piensa siquiera en dibujar sobre la arena; está demasiado interesada en los hombres que arman unas pequeñas tiendas de campaña. Son siete, una para cada dama. Algunas esteras cubren el suelo. Los músicos tocan sin parar y las sacerdotisas entonan himnos, ligeramente vestidas y coronadas de flores. Las cocineras llenan los vasos de báalche’ mientras que de sus ollas salen exquisitos olores. Manik nota la belleza de toda esa gente que trabaja. Debe reconocer que Saasil está bien informada.
Atrás, el sol cae en el inframundo. La gran estrella, Nohoch Eek’, aparece cerca del poniente. El cielo se colorea de nubes rosadas con bordes dorados.
Cerradas por tres de sus lados y alumbradas por quemadores, las tiendas de algodón blanco brillan como faroles. Sólo la fachada frente al mar permanece abierta, lo mismo que el techo, donde cuelgan guirnaldas de flores.
Las cocineras sirven excelentes platillos diseñados para despertar los sentidos. Las tortillas rellenas de pavo y granos crujientes están bañadas por un mole espeso de cacao amargo, perfumado con canela y decorado con pétalos. Todos los que están ahí saborean las delicias. Los cubiletes de báalche’ circulan entre los músicos y los bailarines. Un poeta anima la cena con versos sobre la belleza de los cuerpos.
Se encienden algunas estrellas. Una luz pálida alumbra el horizonte marino. Flota un canto suave en el que se entremezclan voces y flautas para convidar a la luna a la ceremonia.
De repente, el astro de la noche desgarra el horizonte y dispersa su luz rosada sobre las olas. La música se vuelve más insistente. A coro, las mujeres entonan los cantos que ensayaron durante el día y bailan para honrar a la diosa.
La luna se alza formando un medio círculo. Se percibe su luz por debajo del horizonte; el océano parece traslúcido. Alrededor, el cielo se jaspea de lentejuelas doradas, la cabellera de Ixchel. A medida que la luna se alza de las profundidades, la música cobra fuerza. Se agregan maracas, tambores y —¡oh, sorpresa!—, salida de quién sabe dónde, una marimba de caparazones de tortuga que emite notas moduladas. El paisaje, las voces, las melodías… La escena, de gran belleza, fascina a Manik, quien se siente poseída por la luna. Respira profundamente, desbordando gratitud. “¡Gracias, padre, por haber insistido en que hiciera este viaje!”
Bailarines y sacerdotisas se mueven al ritmo enloquecedor de los tambores.
Se escucha un largo llamado de caracola. La música se calma, la compañía se dispersa. Tres hechiceros llegan por la playa. El del centro, de mayor edad, luce un turbante blanco. El de su derecha lleva una antorcha y un incensario, y el de su izquierda, una concha grande. Estos dos parecen ser los asistentes del anciano del turbante. Éste sujeta una correa cuyo extremo está amarrado al cuello de un felino. ¡Un impresionante jaguar! Las siete mujeres se ponen nerviosas. ¡Son tan peligrosas esas bestias! Manik está lo suficientemente lúcida para extrañarse de que hagan pasear semejante animal como si fuera doméstico. ¿Será que alucina? Sus visiones a veces la engañan.
—¿Ves un jaguar? —murmura al oído de su vecina.
Sin voltearse, la mujer hace señas afirmativas, la boca abierta formando una O, muy inquieta. Da un paso por el costado y toma a Manik de la mano.
Detrás de los tres hombres hay una plataforma con un trono de mimbre. La sacerdotisa de la víspera está sentada en él; esta vez no encarna a la vieja curandera, sino a Ixchel, en su personalidad de mujer joven y fértil. A la altura de su pecho tiene una lámpara de alabastro que ilumina su rostro, casi traslúcido, reluciente como la luna. Vestida de blanco vaporoso y con flores, llena el espacio de su pureza. Subyugadas, todas las peregrinas desean parecerse a ella.
El hombre del felino se coloca frente al grupo y anuncia:
—Me llamo K’ult y soy primer orador de Kusaamil. Estamos aquí para implorar a la diosa madre que les conceda el privilegio de tener hijos.
La sacerdotisa baja del trono y deja la lámpara encendida en su lugar. El hechicero con el incensario camina hacia ella. Su instrumento, de largo mango, termina en una cazuela donde se queman tizones. El de la concha pone sobre las brasas un puñado de copal y hojas, lo que produce abundante humo perfumado. Ixchel la joven está envuelta en una nube aromática. Parece levitar. De reojo, Manik observa al orador con su jaguar atado con la correa. Obediente, el animal se acuesta a sus pies. La diosa luna y los dos hechiceros se dirigen hacia las peregrinas. Las bañan en nubes de copal. Los músicos llaman a los ancestros con sus voces graves.
El orador habla:
—Buscamos curación y perdón por parte de los dioses. El camino para el hijo debe estar abierto, para que Ixchel pueda fecundarlas. Las leyes que prohíben el adulterio no se aplican aquí. Vamos a purificarnos en la luz de la diosa a fin de prepararnos para recibir su esencia.
El astro nocturno se desprende del océano. Sus reflejos irisados corren sobre el agua hasta la espuma que bordea la playa. El orador da la espalda al grupo y entra en el mar. Las sacerdotisas elevan un himno:
La felicidad la cantamos
porque vamos a tomar las flores
de todas las mujeres juntas.
Redentoras.
Solamente reír,
deja a tus ojos reír,
antes del salto de un látigo del corazón
para abandonar tu pureza femenina
al que ama.4
Con el agua hasta los muslos y los brazos levantados como para sostener la luna, el orador reza con voz enérgica; luego invita a las peregrinas a unírsele. Ellas cuchichean; el agua presenta tantos peligros que casi nunca se adentran en ella. K’ult las anima. Las bailarinas atan los bellos vestidos a la cintura de las mujeres. Los bailarines las guían. El orador habla de la bondad de la diosa madre que reina en el cielo. Bañarse en su luz atrae buena suerte. Las siete damas entran en el mar con precauciones, todas agarradas de la mano. Cuando el agua les cubre las rodillas, sienten la arena que huye bajo sus pies.
El orador se acerca a la mujer que encabeza la fila. Su asistente le entrega la concha grande y él la llena de agua que vierte sobre la frente de la dama.
—Ixchel, concede tus bondades a esta mujer piadosa que quiere tener hijos.
Repite tres veces el movimiento orando con voz firme. Cada peregrina es bañada de ese modo a la luz de la diosa. Manik siente que Ixchel la contempla con amor. K’ult invita a las mujeres a volver a la playa. Ahí, unas sirvientas las enjuagan con agua dulce y fragante, y luego las secan con telas esponjosas. Las damas se quedan enrolladas en su toalla.
Una bailarina trae un amplio cuenco de mármol blanco con aceite dentro; la sacerdotisa hunde los dedos en él. Al tiempo que murmura un canto, unta la suave mezcla en la frente de la primera mujer, trazando una X, signo del cosmos. Una sirvienta abre la toalla. La sacerdotisa rodea las areolas y los pezones con su aceite; después baja hacia el pubis, donde apoya la mano al momento de terminar su canto. Tras ser untadas con el aceite santificado, las siete mujeres se ponen de nuevo sus túnicas.
La música vibra con pulsaciones intensas. Las sacerdotisas bailan sobre el puente de chispas que lleva a la luna; sus pies apenas tocan la espuma. Unos bailarines se unen al movimiento. Brazos, piernas y troncos ondean, confundiéndose entre sombras y reflejos. La sensualidad de los cuerpos hipnotiza a las peregrinas, que palmotean para marcar el ritmo. La tropa se acerca a ellas para incluirlas en el baile. La luna, la música y el báalche’ los hechizan a todos.
El frenesí finaliza con un largo llamado a la luna. Jadeantes, las peregrinas son conducidas a sus tiendas. Reciben nuevos cubiletes de báalche’. Manik paladea el suyo; tiene un sabor un poco diferente. Se siente algo ebria. Ve doble. Se recuesta en la camilla. Las bailarinas se reparten entre las peregrinas para untar su piel. Acarician hombros, vientres, senos, nalgas. Los finos dedos se inmiscuyen en las delicadas carnes y las amasan. La música fluye en ondas tranquilizadoras. Manik se deja mimar como un bebé en los brazos de su madre, o más bien en los de un amante cariñoso, experiencia que desconoce pero imagina gracias a los cuentos de Saasil.
En el cielo, Manik ve un murciélago con cara humana dando vueltas. ¿Será su bisabuela, la maga con alas? La luna tiene rasgos femeninos. Pestañea.
Tanta suavidad… Sin entender por qué, Manik siente lágrimas escurrir sobre sus mejillas. Una bailarina las seca y la alienta a sumergirse en la perfección del momento. La luz del astro, las melodías, los cantos… Las peregrinas se entregan a una suave euforia.
Parada en el centro del espacio sagrado, la x-chilam, de blanco, apunta con el dedo índice hacia algunos músicos y bailarines, a los que manda a las tiendas. Los efebos entran y cierran las cortinas. A la noble de Chichén no le designan a nadie; acostada en su camilla, ella se queda esperando.
Al voltear los ojos hacia el mar, Manik ve una embarcación grande que avanza en su dirección, impulsada por varios remeros y alumbrada por antorchas cuyo humo dibuja un surco negro en el aire nocturno. Un techo se yergue en el centro.
La sacerdotisa blanca camina hacia la peregrina de Chichén y baja su mano para pedirle que se levante. Manik debe esforzarse. La x-chilam le susurra al oído:
—El hechicero te eligió para honrar a Ixchel —dice, atando la túnica verde.
Manik piensa en el anciano que llegó con el jaguar. Baja la cabeza con amargura, sin atreverse a protestar. Conoce la costumbre: a menudo ofrecen jóvenes vírgenes a los dioses de edad. La sacerdotisa la toma del brazo y la lleva a la orilla del mar.
La gran piragua se aproxima. Los remeros saltan en el agua para inmovilizarla. Uno de ellos se acerca y se inclina frente a la sacerdotisa. Ella señala con el dedo a la joven a su lado. El hombre se da vuelta hacia la elegida y le alarga una mano. Manik no lo ve. Queda boquiabierta frente a la nave.
Su techo está sostenido por cuatro pilares esculpidos en forma de falo. En cada uno hay un enano desnudo, con el cuerpo pintado de un color distinto, símbolo de los puntos del cielo: rojo para el oriente, negro para el poniente, blanco para el norte y amarillo para el sur. En el quinto punto, el del centro, hay un techo redondo, verde, rodeado por una cortina de perlas que combinan y chocan entre sí.
Al notar que Manik no reacciona, la sacerdotisa toma su mano y la pone sobre la del remero. Con delicadeza, éste alza a la dama en sus brazos y la lleva al barco. Allí, otras dos manos se tienden en su dirección. Manik ve unos dedos finos. Los sigue; su mirada recorre unos brazos tatuados hasta los hombros. Apenas se atreve a levantar la cabeza para observar la cara, maquillada como la de un felino. El hombre lleva un pectoral de jaguar, collares, brazaletes y un penacho de plumas de águila. Su taparrabo está cubierto de bordados.
Al contrario de lo que Manik había imaginado, quien le lanza una mirada intensa es un hombre casi de su misma edad. Cuando pone los pies al borde de la embarcación, la joven toma las manos extendidas. El hechicero la levanta y la deposita en la piragua, la cual se dirige hacia una pequeña bahía.
La madre de las sacerdotisas vuelve con las otras peregrinas; se queda a convencer a Ixchel.
En el barco, que es llevado por la corriente, el hechicero aprieta los hombros de la joven para infundirle fuerza. La mira intensamente. Manik siente un flujo de calor invadiendo su cuerpo. El hombre indica el centro del barco, el centro del mundo. Bajo el techo hay un colchón cubierto por una manta verde y rodeado de cojines del mismo color.
Manik recuerda los consejos del chamán de Chichén; él insistió en que ella debía aceptar los rituales para que el tratamiento tenga éxito. Enrollada en su túnica, la joven se inclina para acostarse en la acogedora cama. Se escucha música: un tunk’ul o tambor con hendiduras lanza sonidos mágicos, acompañado de maracas. Las olas, apacibles, imponen el ritmo.
Recostada, Manik admira el interior del techo, ornado por una equis color turquesa. ¡Un diseño igual al de su anillo! El cosmos. Alrededor hay estatuas que representan el sol, la luna, los astros. Contempla la constelación de los jabalís que se aparean, la cual indica el lugar donde surgió el dios del maíz al principio de la cuarta era. Guirnaldas de flores dibujan una franja perfumada. Manik flota entre los niveles del cielo.
Cuando el hechicero desata su penacho, Manik toca sus reliquias.
—Madre o bisabuela, ¡prepárense para salir del Xibalba!
De pie, sujetándose de su respectivo pilar con una mano, los enanos contemplan el centro del mundo, con su sexo ya erguido para el ritual.
El hechicero se inclina para pasar bajo el techo. Se tiende al lado de la elegida. Murmura una oración mientras desliza los dedos entre los pliegues de la túnica. Los perfumes de cortezas y resinas que emanan del hombre embriagan a Manik, quien se funde con esa encarnación del principio masculino. Él la estrecha al tiempo que pronuncia unas palabras para la ocasión:
—Que Ixchel bendiga nuestra unión y que abra el camino para el hijo que mereces tener, mujercita delicada como la orquídea.
Manik lo escucha en silencio. No conoce la respuesta adecuada; el chamán de Chichén no le dijo nada al respecto. El hombre prosigue, aún más bajo:
—Desde que te vi ayer, llenas mi corazón. Tus ojos de jade, tu belleza… Pensé en ti todo el día.
Sin dejar de sostenerla con firmeza, el hechicero besa su cara, sus o
