La sirena y el jubilado

Élmer Mendoza

Fragmento

Capítulo 1

Uno

Toda mujer es una joya invaluable, como Inés Arredondo, que da nombre a esta plaza y es nuestro orgullo. Entonces vamos a sacudirnos el polvo, queridas amigas, vamos a sacudirnos el peso de la historia que nos ha arrinconado en casilleros que tenemos que derribar. Muchas han demostrado que somos capaces de todo y yo quiero ser parte de ese grupo que lucha y propone leyes que beneficien de una vez y para siempre a las mujeres. Es necesario y lo merecemos. Se ha dado un paso muy significativo con las reformas legislativas que establece la Ley Olimpia, que reconoce la violencia digital y sanciona delitos que violan la intimidad sexual de las personas utilizando medios digitales. Lo celebramos, sin embargo, los horrores que padecemos, las humillaciones que soportamos y las agresiones que nos marcan la espalda como azotes son increíbles. ¿Somos mayoría en el país? Entonces también tenemos que estar suficientemente representadas en el Congreso, y hasta allí quiero llegar para hacer valer esa mayoría y decirles a todas y a todos que no vamos a permitir que asesinos de mujeres estén libres, que violadores de nuestras hijas cometan sus tropelías y anden como si nada, incluso burlándose de sus víctimas. ¿Sabían ustedes que algo tan íntimo como las toallas sanitarias fueron inventadas por varones? Qué cosa, ¿no?

Te quiero, amiga, más claro ni el mezcal.

Comadre, votaré por esta muchacha. Habla bonito, ahora falta que, si llega, cumpla.

Iremos contra los acosadores, sobre esos miserables que deben recibir todo el peso de la ley. Tenemos que crear un país donde las mujeres tengamos el respeto, la educación y las oportunidades que merecemos. Dice Ricardo Vigueras que en México ser mujer es como haber nacido con discapacidad, y por supuesto que hay infinidad de mexicanos y mexicanas que lo creen. ¡Acabemos con eso! ¡Vamos a impedir que ser mujer se convierta en una maldición! Eso mero. Esos son calzones, no chingaderas. Estoy aquí porque a las mujeres no nos bastan las promesas. ¡Ya no! ¡Queremos realidades que nos ayuden a ser mejores y voy a conseguirlas a costa de lo que sea!

¡Órale, creo que esta mujer sí va en serio!

Oscurece. La ciudad es un perro andaluz. Aplausos indolentes. Bandadas de pájaros regresan a sus nidos. Los árboles de la plaza vibran. Unas treinta mujeres, entre amigas y desconocidas que se han detenido, algunas con carriolas, escuchan a la joven de pelo largo castaño claro que les habla desde el brocal de una fuente vacía. Voz modulada. Media docena de fumadores, apartados, miran al conjunto con sorna.

Pinche vieja, se ve que le falta un tornillo.

Puras pendejadas.

Menos uno que se acerca lo más posible.

Yo le hacía el favor.

Tiene buen trasero.

Saca una pistola y dispara dos veces a la oradora. Ahh. Lleva sus manos al vientre y cae hacia delante. Gritos. Blusa azul manchada. Abuela, ¿qué es esto? ¡Muérete, pendejo! ¡Hijo de la chingada! Los pájaros levantan el vuelo. No llega al piso porque una mujer robusta que está al frente la detiene cuando va en caída libre. ¿No decías que la política era un juego? ¡Asesino! Rostros de asombro. ¡Agarren a ese cabrón! El señalado corre. Seguro la mató. Las carriolas se alejan veloces. Las mentadas de madre. Se pierde por Río Subterráneo.

Dos

Si bien su cuenta bancaria está a nombre de Camilo Granados, lo conocerán como Néstor del Valle. Toda buena vida es una decisión abrupta. Se encuentra leyendo cómodamente sentado en un sillón de piel beige, parte de un juego de tres piezas. Viste unos jeans desgastados, playera blanca, chamarra ligera y pantuflas cafés. Piensa un instante después de escuchar el timbre de la puerta. Es jueves. ¿Quién podrá ser? No recibe visitas, no tiene parientes cercanos, sus amigos están perdidos en la distancia y en el barrio no hay niños traviesos. Nunca espera a nadie ni pide comida a domicilio. Casa acogedora de tres habitaciones, sala y cocina. Tiene el hábito de aprender algo todos los días, quizá por eso no está intrigado. Lo que sí, es atento y si alguien llama a la puerta, verá quién es. ¿Acaso un migrante solicitando ayuda? Nunca se acercan por acá; prefieren las grandes avenidas, donde se sienten más cómodos y seguramente los socorren mejor. ¿Cubrebocas? Pocas personas usan. Por la mañana leyó que Rubens pintaba con su sangre, ¿será verdad? Algo habrá en sus umbrosos dibujos, porque en Las tres Gracias o en Perseo liberando a Andrómeda no creo; son obras refulgentes, apabullantes. Desde luego que recuerda a Aoki Nyomi mientras recorre el pasillo de cinco metros, por un lado está su habitación y por el otro la sala, hasta la puerta de madera que es café oscuro y que abre. Tres señoras mayores, como él, lo miran. Nota sus sonrisas bajo los cubrebocas. Esa necesidad que trajo la pandemia del covid-19 y que algunos continúan utilizando.

Buenas tardes, vecino, disculpe la molestia, vivimos aquí, en la misma calle, soy Magui, ella es Chita.

A mí puede llamarme la Comadre, como todo mundo.

Gracias, señoras.

Ella lo dijo, soy Chita.

Son simpáticas. Exhiben propaganda política con la foto de una mujer joven, en sus blusas lucen botones con la misma foto o con la expresión “¡Sí se puede!”.

Somos del comité de apoyo a Carmencita, su vecina de la izquierda, que quiere ser diputada federal. La que tiene esa linda bugambilia.

Néstor del Valle observa al trío de poco más de doscientos años de edad, con él seguramente estarán cerca de los tres siglos. Y sí, algunas veces ha visto a la muchacha, alta, hermosa, cuerpo perfecto, quizá de treinta y cinco años, y que canta bastante bien para ser política.

Esta tarde estamos distribuyendo volantes y solicitando cooperación, ya ve usted que las campañas son costosas y Carmencita todavía no tiene el apoyo de su partido, que más bien quiere dejarla fuera.

Ni la tendrá.

Esos malnacidos.

Remacha Chita y se quita el cubrebocas.

No se cansan de poner obstáculos a las mujeres.

Rostro fino, mirada intensa.

Pero mire, nosotras no la vamos a abandonar, éramos muy amigas de sus abuelos, que en paz descansen, y ella vivió desde joven aquí, en esa casa, al tiempo que lo hacían nuestros hijos, que hace años se fueron a donde les vino la gana.

Por sus profesiones, Comadre, no lo olvides.

Usted lleva poco tiempo en el barrio y no se deja ver mucho, por eso tal vez no la identifica, pero es una gran muchacha.

Que canta precioso.

La verdad, nos gustaría verla en la Cámara de Diputados poniendo en su lugar a esos machotes que sólo obedecen al presidente.

La voz del amo.

Tontos de capirote.

Chita de nuevo.

Visten bien, usan el pelo corto, maquillajes discretos y perfumes suaves. Quizás ha visto a alguna cuando regresa de sus caminatas matutinas. Sabe quién es la abuela de la muchacha porque se saludaban de vez en cuando.

Así que, señor vecino, díganos si contamos con usted.

Con mucho gusto, permítanme un momento.

Del Valle vuelve adentro, cruza el pasillo donde cuelgan pequeños cuadros con figuras negras realizadas escrupulosamente. Paredes blancas. Una televisión donde de vez en cuando ve películas y documentales. Esa chica me ha dado buenos momentos con su canto sin quererlo, merece mi apoyo. Regresa dos minutos después y deposita cinco mil pesos en un tóper azul, que le muestra la señora Magui.

Oh, muchas gracias, señor, qué espléndido.

Que Dios lo bendiga.

Que haya mucha suerte.

¿Algún mensaje para Carmencita?

Que cumpla sus promesas.

Se lo diremos.

Mencionaremos su nombre si usted nos dice cómo se llama.

Así está bien.

Del Valle cierra la puerta. Alcanza a escuchar expresiones jubilosas de las señoras por su donativo y se siente bien. No es tan difícil tener un buen momento, aunque deba ir de nuevo al cajero para tener efectivo. Regresa a su sillón favorito, abre un delgado libro de fotos de cuadros negros como los de la pared, observa por un minuto una de ellas, que ocupa toda la página, en que una mujer está ligada por una línea negra a una mancha del mismo color. Rasgos orientales. Recuerda las palabras de Nyomi antes de morir: Nada debe dañar mi obra; ni el clima, ni el tiempo, quizás el fuego pudiera afectarla, pero nada más; cuando me alcances, llévala contigo para que nos una en el más allá. Lo cierra, toma la novela Tongolele no sabía bailar de Sergio Ramírez y continúa leyendo. Tampoco ahora Tongolele responde nada. La palabra pobretería encubre desprecio de clase. Una sandez ideológica. Suena su celular, el número es el de su ejecutivo del banco, que desea hablar con Camilo Granados, uno de sus tres nombres. No responde.

Cierra los ojos. Son las seis de la tarde. Los cierra porque ha escuchado dos descargas de AK-47. ¿Las imaginó? No, fueron reales, acaso a doscientos metros. Tal vez en el parque Antonio López Sáenz. Es verdad, reflexiona. Hace tiempo que no hay hora para matar. No es más un ritual. Se coloca el libro en el pecho y se queda quieto. Pone su mente en blanco. Se dice a sí mismo que es un viejo jubilado que vive sin esperar la muerte porque está seguro de que está a la vuelta de la esquina. Por hábito se mantiene activo, cuida su dieta y no abandona su gusto por la lectura, esos viajes maravillosos a otro universo. Quien cuenta los años espera la muerte. No es su caso. Bebe un trago de café frío, reflexiona, cada vez está más seguro de que lo más importante del mundo está dentro de su casa. Su mundo. ¿Es posible que cada quien tenga un mundo? Claro que no, y mis vecinas son una prueba confiable. Una quiere ser diputada y las otras quieren que lo sea. ¿Qué es lo que quiero yo? Medita un momento. Poca cosa, lee un poco, da vuelta a la página y sigue leyendo.

Tres

En el departamento de Carmen. Pálida, ojerosa, labios resecos, despeinada. Cuenta.

Mi padre me vendió. O me cambió, según se vea, por una troca y un puñado de dólares. El narco llegó al Naranjal, un rancho de cuatro casas en la sierra de Mocorito, donde no había naranjos; lo apodaban el Mirachueco. Le dijo: Don Cipris, afuera hay una troca del año para que no ande a pie; si quiere ir a Guamúchil o a dónde sea, lo haga a la hora que le dé su gana, y aquí hay cueros de rana para que gaste, si quiere arreglar sus tierras, comprar una parcela o tomar cerveza una semana, le alcanza. Y puso un fajo de billetes verdes sobre la mesa donde comíamos, con fuerza. Escuchamos el ruido. A cambio, me voy a llevar a la Carmen.

Nuestra casa era de tres cuartos y en el del fondo estábamos mi mamá y yo, mi papá quiso protestar pero el Mirachueco, que tenía unos veinticinco años y como diez mujeres, lo calló y le aclaró: No vengo a preguntarle si ella quiere o no; mire, don Cipris, todas quieren, al principio siempre dicen que no, lloran un poco, pero luego se encariñan; la voy a tratar bien, se lo prometo, y sé que usted necesita una troca y que le gusta la tierra de la viuda del Colorado; mire, si después necesita algo más, me dice, que ya somos familia. Caray, Mirachueco, qué dura me la pones, oímos a mi papá muy preocupado. Dos meses atrás, mis dos hermanos mayores habían sido acribillados mientras rayaban bulbos para sacar goma y le había dolido hasta el alma. Déjese de cosas, don Cipris, vengo con todo respeto a pedir a su hija y usted no me puede salir con eso, ¿me entiende?

La sirena habla en voz baja, trata de recordar la voz de su padre y escucha un río sin agua.

Ahora llámela, que no traiga nada, yo me encargo de comprarle lo que le haga falta. Es que. Nada, don Cipris, llámela y no haga que me encabrone; por si quiere saber, vamos a vivir en Los Mochis, si alguna vez su señora o usted quieren visitarla, serán bien recibidos, pero me avisan antes.

Mi papá sabía que no tenía opción. Por eso digo que me cambió; supe que me había ofrecido mil veces perdón en su lecho de muerte, y también a mi mamá, sobre todo a ella, que no paraba de lloriquear y murió antes que él. Estábamos asustadas, yo no quería pensar en lo que me esperaba con un hombre que me había saludado una vez y que comentó que cantaba bonito. Mi mamá deseaba impedir que me llevara pero la detuve.

Pausa. Bebe un sorbo de agua. Cierra los ojos. Descansa. Un reloj de Dalí pasa flotando.

Ambas sabíamos que no tenía remedio, que el narco había venido por mí y no se iría con las manos vacías, que podía matar a mi papá si se oponía, como dejó entrever, y de todas maneras me llevaría con él. Ella tuvo la idea de que escapara por la ventana trasera, se asomó y ahí estaban dos tipos desconocidos con cuernos de chivo al lado del horno para pan, seguramente vigilando que no me fugara. Siguió con su lagrimeo. Cuando el narquillo ordenó que me pidiera salir, ella me abrazó sin parar de llorar. Así la dejé. Aparecí con lo que traía puesto, el Mirachueco sonrió, era delgado, blanco y bastante guapo, le dio la mano a mi papá como para cerrar el trato y nos fuimos.

Afuera de la casa había una 4x4 que luego se robarían; mi papá no sabía manejar.

La mujer se detiene, imagina el reloj de Dalí en una sala de conciertos.

Fueron tres meses de sexo, sudor y drogas. Probé de todo, me la pasaba volando, quizá no caí en ninguna adicción porque era fuerte, tenía dieciocho años; desde luego que era bonita y de buen cuerpo, sin embargo, dos meses después el Mirachueco, al que le decían así porque era bizco, empezó a encontrarme defectos, que mis nalgas no eran tan grandes y redondas, que mis pechos eran chicos y también que no se explicaba por qué no quedaba embarazada; todas sus mujeres empezaban a vomitar a los pocos meses de estar con él. ¿Qué iba a saber yo de eso? Nunca había visto a un ginecólogo.

Por momentos, su cara es la viva imagen de la tristeza.

Le tenía pavor, pero creí estar enamorada. A veces cantaba pero nunca me elogió. Lo que no voy a negar es que el sexo lo disfrutaba, nunca lo hice como un instrumento de control, realmente me sentía bien y si estaba con él decidí que la pasaría lo mejor posible.

Una noche que estaba bien pasado me golpeó, luego me violó y se largó vociferando que yo no servía para nada, que no valía la troca que le había dado a mi papá. Quedé desconcertada, con la mente a oscuras, a esa edad no había pensado en ser madre, quería ser cantante como Lola Beltrán, porque decían que tenía la voz como ella; viera que “Paloma negra” me salía casi como a Lola la Grande. Pensé que no regresaría, me relajé un poco y guardé un poco de dinero. Pero nada, a los dos días volvió; no crea que me ofreció disculpas, nada, me empezó a besar, a meter mano y de nuevo sexo, sudor y drogas. Era insaciable y la verdad yo no sabía qué hacer.

Del Valle le aconseja que descanse, que si gusta después termina la historia, pero la mujer hace caso omiso.

Además, eso espaciaba la ingesta de cocaína, metas o lo que hubiera traído a casa, aparte del whisky, que se tomaba como agua. Vivíamos cerca del parque Sinaloa, un lugar muy bonito, lleno de árboles viejos, pero sólo me llevó una vez; lo suyo era estar en la cama.

La mujer mira al viejo, que escucha tratando de que no siga, intenta sonreír pero no lo consigue.

Durante este tiempo nunca vi a mis padres. Tres veces le pedí permiso para visitarlos pero se negó; incluso le propuse que me llevara pero tampoco quiso. Durante los siguientes meses me violó dos veces y me pegó otras dos; una de ellas me dejó para el arrastre, uno de sus guaruras me tuvo que llevar al médico y estuve tres semanas con la cara morada y muy hinchada. Cada que podía me reclamaba por no quedar preñada. Cuando me empezó a maltratar, supe que había negociado otra muchacha y que ya estaba embarazada.

Un día me dijo: Mira, pinche Carmen, si no sirves para tener plebes vas a ser mi puta, así que prepárate porque te vas a poner nalgas y chichis. Yo no quería operarme, pero callé, no fuera a atizarme de nuevo. Sonreí y lo besé para que sintiera que estaba de acuerdo. Buscamos un cirujano; el Mirachueco, que cada vez estaba más corto de vista, le explicó lo que quería, el médico le preguntó si estaba seguro, respondió que claro, que tenía que dejarme hecha un cuero, según él; acordaron precio, día, hora y hospital donde me harían diversos análisis y la cirugía. Le adelantó la mitad de sus honorarios, pagó clínica, personal de apoyo y listo. Primero me pondrían implantes en los pechos.

Cierra los ojos, verdes, tiene la certeza de que su cansancio es el mismo que el de ese dúctil reloj que imagina en el hombro de Del Valle.

El día señalado, cuando llegamos a la clínica en su troca blindada, nos estacionamos. Al lado una Hummer con dos guardaespaldas. Era temprano. Entramos, el doctor nos esperaba, le dijo al Mirachueco que colocar los implantes tomaría algunas horas, que podía hacer su trabajo o esperar en la cafetería, que lo buscaría al terminar. Optó por esperar, dijo que rezaría por mí y se marchó. Uno de sus hombres lo siguió, el otro se quedó de guardia. El doctor me informó que los resultados de mis análisis estaban bien y me indicó que pasara a una habitación, que dejara mis cosas, afeitara mis piernas, algo que nunca había hecho, y me cambiara con una bata azul.

Aunque tiritaba de miedo, daría el paso, lo había decidido cinco días antes. Desde el primer maltrato había guardado dinero en pocas cantidades; pensaba que podría regalarlo a mis papás. Pero cuando dispuso que me operaran, resolví que sería para otra cosa. Me puse la bata, traía mi monedero en mis calzones y allí lo dejé.

Vi pasar al cirujano ataviado para trabajar, una enfermera vino por mí, le dije que debía decirle algo al guarura y que faltaba afeitarme; indicó que no era necesario; salí, el guardaespaldas no estaba a la vista y aproveché para escapar sin saber por dónde. Encontré al muchacho cerca de la cafetería. Qué onda, morra, preguntó. ¿A dónde vas? Traía un vaso de café caliente. ¿Está bueno el café? Coqueteé, tomé el vaso de su mano para probarlo pero se lo eché en la cara. Qué onda, pinche vieja, gritó y corrí, disparó dos veces no sé a quién ni a dónde, me moví deprisa por pasillos llenos de gente hasta que encontré una puerta. Detrás de mí escuchaba carreras, maldiciones y preguntas: ¿Han visto a una vieja con una bata azul? Me describían las enfermeras y el guarura. Llegué a Urgencias. Me metí bajo una cama donde una mujer lloraba de dolor. Había otras tres y en ellas personas se quejaban de sus heridas. Miré sangre en el piso.

Respira. De nuevo cierra los ojos. Nota que el reloj ha crecido.

Los oí acercarse pero no se asomaron, ni ellos quieren ver el desgarrador infortunio que impera en esas salas, verdaderas puertas al otro mundo. Lugares de lo más lastimeros. Luego salí con un gorro y una bata blanca de enfermera que encontré en un perchero, en el estacionamiento de los médicos me escabullí entre los carros. Cuando alcancé la calle, una troca blindada salía como rayo del otro estacionamiento pero en sentido opuesto. Agarré el pequeño monedero y tomé un taxi a la terminal de autobuses, compré un pantalón, una blusa y un brasier, me cambié en el baño y me vine a Culiacán.

La mujer guarda silencio, sus recuerdos están tan ordenados que pareciera haberlos memorizado.

Aquí vivían mis abuelos maternos. De momento no los busqué porque no quería comprometerlos, pero me sentí acompañada. Me aboné en una casa de estudiantes para señoritas donde respondí algunas preguntas que no me delataban. Pasaron los días. A veces tomaba un taxi y pasaba frente a la casa; veía a mi abuela regando las plantas o conversando con las vecinas. Resistía las ganas de llorar. Con el dinero que le robé al Mirachueco después renté un departamento con baño donde cabía una cama, conseguí trabajo en el Partido Democrático del Pueblo Bueno e ingresé a la prepa abierta. Uno de los mejores días de mi vida fue cuando leí en un periódico que habían matado a ese infeliz. Respiré hondo. Entonces me vine con mis abuelos. Me enteré de que el malnacido había puesto un vigilante durante dos meses cerca de la casa y pasaba de vez en cuando a preguntar por mí y amenazar a los viejos en caso de que me ocultaran. Pronto murieron mis padres; nunca me atreví a visitarlos ni en el panteón.

Respira hondo, ve la ventana cubierta con una persiana blanca. El viejo es una estatua que escucha. El reloj se escurre sobre su cabeza.

Terminé la prepa y mis abuelos me animaron a seguir estudiando. Entonces me fui a la Ciudad de México, a la UNAM, y me inscribí en Ciencias Políticas. Allí hice algunos amigos que no he visto más. Me atraía estudiar canto, pero al final no me atreví, me conformé con cantar en casa. Antes de terminar la carrera murió mi abuelo, un buen hombre; pero la que era una visionaria era mi abuela, que se nos adelantó hace dos años. Una gran mujer que influyó muchísimo en mi vida. Y bueno, aquí estoy, dispuesta a apostar fuerte por el futuro, aunque tenga que derribar algunos muros, que espero no me caigan encima.

Néstor del Valle, que escucha con atención, hace un gesto afirmativo y bebe café, sabe que la justicia es una ilusión y que Carmen no pudo actuar de otra manera. Están en casa de Néstor. Se nota un tanto relajada, como si se hubiera librado de una pesada carga. Se acomoda en la cama. Habitación pintada de violeta claro, clóset abierto, ordenado; un librero con libros y revistas. Le duele el cuerpo. Esa presentación en la plaza Inés Arredondo, donde r

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