Capítulo uno
—No.
»Dije que no. Ahora no.
»Steven, por favor, te lo suplico…
»No…
»No.
»Sé lo que quieres, es solo que…
»Stevie, estoy vestida de negro. Solo quiero…
»Solo por esta vez, necesito…
El teléfono de Cherry sonó, pero lo ignoró. Estaba tratando de salir por la puerta mientras mantenía a distancia a una perra demasiado grande.
Trataba, pero sin éxito. Stevie era demasiado grande y entusiasta para controlarla: la empujaba moviendo la cola y solicitaba afecto con sus suplicantes ojos cafés. Tenía una mirada que parecía humana, como la de los gorilas.
—Okey, está bien —accedió Cherry alzando los brazos en señal de derrota—. Sí, sí, de acuerdo.
Stevie saltó para restregar su enorme cabeza en los pantalones negros de Cherry, primero en uno de sus muslos, luego en el otro.
—Lo sé… —suspiró Cherry mientras acariciaba el amplio lomo de la perra—. Eres una buena chica, Stevie.
Stevie tenía dos años y era cruza de terranova y gran pirineo, a la que algunas personas llamaban “piriterranovense”, pero no Cherry. Era enorme y blanca con manchas negras alrededor de los ojos y de las orejas, y tan esponjosa que parecía oveja o una especie de cabra montañesa. De hecho, había quienes recolectaban el pelaje de sus perros pirineos y confeccionaban suéteres con él. Pero no Cherry. No, tampoco hacía eso.
Stevie parecía un oso polar con máscara de ladrón, pero quizás era la perra más linda que hubiera existido. Su nombre completo era Stevie Nicks. El exesposo de Cherry fue quien eligió el nombre.
Su celular volvió a sonar y ella continuó ignorándolo. Stevie seguía empujando, tratando de acercarse más. Siempre se comportaba así cuando Cherry pasaba todo el día en el trabajo.
Stevie metió la cabeza entre sus piernas y empujó de nuevo, parecía una muestra de sumisión, era uno de sus movimientos favoritos. Pero Cherry tenía piernas cortas y, cada vez que la perra se movía de esa forma, prácticamente la derribaba.
—¡Stevie! —exclamó dando un paso hacia atrás intentando recuperar el equilibrio—. ¡Por Dios! —exclamó. El teléfono sonó de nuevo en dos ocasiones consecutivas. Un mensaje de texto tras otro.
Stevie seguía entre sus piernas, envolviéndole la rodilla. Eran tan larga que parecía dragón chino. Esto ya era demasiado.
—Suficiente, ¡a tu casa! —ordenó Cherry—. Vete a tu casa, Stevie. Lo siento, no puedo hacer esto ahora.
Stevie escuchó la palabra “casa” y trotó obediente hasta su casita de perro. Si algo podía reconocerle Cherry a Tom, era que la había entrenado bien. Cuando la perra estuvo dentro, Cherry le dio un premio con probiótico y cerró la reja de metal. La “casita” ocupaba la mitad del vestíbulo.
Después tomó el rodillo para retirar la pelusa y comenzó por sus muñecas. Estaba cubierta de pelaje blanco, hasta en zonas donde Stevie no se había restregado. Había pelaje por toda la casa, incluso en el aire. Era una situación complicada, el lugar era un chiquero. Tal vez debería cambiarse de ropa…
O, quizá, debería quedarse en casa.
En realidad no quería ir sola a un concierto. Había planeado ir con su amiga Stacia, pero esta cambió de opinión, y Cherry no pudo pensar en alguien más que pudiera querer el boleto que sobraba.
Tenía treinta y seis años, y sus amigos ya no iban a conciertos porque tenían hijos. O porque veían series “reconocidas” de televisión. O porque les gustaba acostarse temprano para llegar a tiempo a su clase de spinning a la mañana siguiente o a la clase de lo que fuera que estuviera de moda ese año. Ni siquiera ella iba ya a conciertos.
Tom odiaba los conciertos. De hecho, no tenía ningún interés por la música y no le agradaba la gente. Cada vez que Cherry lo convencía de que la acompañara a un concierto, él pasaba la noche entera mirando a todos con el ceño fruncido, sin siquiera darse cuenta de que lo estaba haciendo. Se veía incómodo incluso cuando su rostro estaba relajado.
Cherry empezó a pasar el rodillo quitapelusa por sus hombros. El teléfono sonó.
Compró los boletos para ese concierto el mismo día que lo anunciaron. Goldenrod era su banda favorita de Omaha. Los había visto tocar en vivo dos veces, antes de conocer a Tom, y antes de que se volvieran más o menos famosos y de que se separaran. El de esta noche sería un concierto de reencuentro y tocarían todo su primer álbum de principio a fin. No quería perdérselo, estaba harta de perderse todo.
El teléfono sonó, lo sacó de su bolsillo trasero y miró la pantalla. En el grupo de chat que tenía con sus hermanas había treinta y cinco mensajes. Lo abrió.
El primer mensaje era de Honny:
“SE ACABA DE ESTRENAR EL TRÁILER DE JUEVES! ESTO NO ES UN SIMULACRO!!!!”.
Puso el teléfono en modo silencioso y lo volvió a guardar en su bolsillo. Dejó el rodillo quitapelusa encima de la casa de Stevie y la miró con aire severo.
Stevie miraba a Cherry desde abajo, con ojos suplicantes. Tenía una expresión de anhelo incluso cuando su rostro estaba relajado.
—Te dejaré salir, pero no puedes saltarme encima y tampoco me acompañarás.
Stevie permaneció en silencio, anhelante.
Cherry giró el seguro de la casa para perro.
—Quieta —Stevie se puso en cuatro patas de un salto dentro de su casita—. Hablo en serio, Steven —sentenció mientras volvía hacia la puerta.
Stevie parecía lista para salir corriendo.
Cherry se apresuró a llegar a la puerta y la cerró de golpe en cuanto salió.
Capítulo dos
Se estacionó en la calle, lo más cerca que pudo del lugar del concierto. Era un pequeño club en una zona industrial en el centro de Omaha. Llovía y ya había oscurecido.
Tal vez era una tontería salir sola por la noche de esa manera, al menos debería avisarles a sus hermanas a dónde iba para estar segura. Aunque, más que una medida de protección, avisar le parecía solo una manera de optimizar el proceso para cuando, más adelante, tuvieran que buscar su cadáver.
Sus hermanas continuaban despotricando en el grupo de chat y también habían comenzado a enviarle mensajes individuales para preguntarle por qué no respondía en el grupo. Ella siguió ignorándolas, metió el teléfono y su cartera en su bolsillo, salió del automóvil y caminó rápido hasta la puerta del club.
El joven que revisaba los boletos casi ni la miró cuando le mostró su identificación. Esperaba haber llegado lo bastante temprano para conseguir una mesa porque el único lugar para sentarse allí eran unas cuantas mesas altas cerca de la barra.
Entró y fue directo hasta la última mesa disponible y dio un pequeño salto para sentarse en la silla. ¡Victoria!, pensó, pero de inmediato se sintió tonta. ¿Desde cuándo conseguir una silla se había convertido en una victoria? Por otra parte, también se sentía eufórica por el simple hecho de estar ahí, de haber salido de casa.
Salir sola la hizo sentir osada.
Aunque… comparada con todas las demás personas en el lugar… se sintió vieja.
También gorda. Como siempre.
Pero más o menos linda, con esos jeans oscuros y el diáfano suéter color verde oliva…
De hecho, le agradaba todo lo que traía puesto ese día: las pesadas botas de cuero azul celeste que ordenó de Dinamarca; los largos aretes rosas fabricados por un artista plástico que encontró en internet y el antiguo relicario en forma de corazón que se ponía con casi todo.
Tenía prendas lindas, tal vez demasiadas prendas lindas. Por eso se apoderó de todo el clóset en su habitación de casada y luego de la habitación para invitados completa. Tom tuvo que guardar todos sus zapatos y su ropa de vestir en un clóset de abajo. Nunca la hizo sentir mal por ello, pero claro, tampoco usaba ropa de vestir.
La ropa era importante para Cherry, su apariencia en general lo era. Entre semana, por las mañanas, cuando subía al elevador para llegar a su oficina, en el décimo segundo piso del edificio Western Alliance, en verdad le complacía ver su reflejo en las puertas de latón con acabado de espejo.
Siempre fue capaz de mirarse con claridad, tenía buen ojo y podía apreciarse a sí misma. Conocía bien el material que tenía para trabajar. Por ejemplo, tenía el cabello largo y abundante, de un hermoso e inusual color castaño, y lo sabía. Sus ojos eran color avellana y tenían pestañas largas. Unas pecas preciosas sobre el puente de la nariz. Hoyuelos en las mejillas. Una linda sonrisa. Sabía todo esto sobre sí misma porque podía verlo.
Y también… era gorda.
No gorda como muchas mujeres creen serlo. Cherry en verdad era gorda. De forma objetiva. Y lo sabía. Incluso podía decirlo en voz alta porque no era algo que se ocultara.
Provenía de un extenso linaje de mujeres gordas. En ese momento, por ejemplo, la pantalla de su teléfono se mantenía iluminada porque había tres mujeres gordas enviándole mensajes. Primero fue una niña gorda, luego una adolescente gorda y ahora era una señora gorda.
Sabía cómo se veía y cómo la veía la gente, y pensaba en ello todo el tiempo. Independientemente de lo que estuviera pensando o haciendo (que era mucho; si Cherry fuera parte de un tren, sería la locomotora), ella también estaba pensado que era gorda.
Estaba tan acostumbrada a pensar en que era gorda que rara vez notaba que lo estaba haciendo. Estaba tan acostumbrada a pensar en que era gorda que nunca pensaba en ello.
Cuando notó el pelo de perro en su manga, frunció el ceño y lo retiró con los dedos.
Comenzó a llegar más gente para el concierto y se dedicó a observarla entrar por la puerta. Todos eran mucho más jóvenes de lo que esperaba. ¿No eran demasiado jóvenes para conocer a Goldenrod?
Quizás este era el tipo de gente que asistía a todos los conciertos en ese bar… Tipos con barbas desiguales. Chicas con cortes de cabello burdos y tatuajes que subían por sus cuellos hasta llegar a las mejillas. En estos tiempos, todos estaban tatuados, literalmente. Incluso las madres que llevaban a sus hijos a la práctica de futbol y las maestras de jardín de niños. Seguramente era difícil ser joven y rebelde en tiempos así: si en verdad querías destacar, tenías que tatuarte la cara. Tenías que usar prendas tan poco favorecedoras que nadie con más de treinta años se atrevería a ponerse. Las chicas en el concierto vestían algo llamado mom jeans: pantalones tipo “mamá” que ensanchaban la cadera y aplanaban las nalgas. Mom jeans y mocasines de papá. Ella no tenía la valentía de hacer algo así, era demasiado mayor y gorda para no sacarles provecho a sus puntos fuertes.
Desearía que Stacia estuviera ahí… Stacia o alguien más.
En los viejos tiempos habría asistido al concierto con un numeroso grupo de amigos del trabajo o la escuela, pero cuando te casas, las amistades cambian. Y luego vuelven a cambiar cuando todos empiezan a tener hijos. Ella se había quedado atrás en la etapa de los hijos, y ahora Tom también se había ido, y eso era peor que el hecho de haberse quedado atrás. Era como si la hubieran catapultado a la casilla de inicio.
Tal vez necesitaba amigos más jóvenes.
Aunque, al menos, no era la más vieja en el lugar. Reconocía a algunas personas simplemente por haber vivido en Omaha toda su vida y frecuentado ciertos lugares.
Vio a un individuo que solía trabajar en una tienda de discos cuando había tiendas de discos en Omaha. Y a una mujer que trabajaba para el periódico cuando en Omaha todavía se publicaba un periódico de verdad. A veces el mundo era tan nuevo que le mareaba, ¡y apenas tenía treinta y seis años! No resultaba sorprendente que su madre siempre pareciera tan confundida.
Alguien la tocó en el hombro, era una joven con un desafortunado fleco corto que quería saber si necesitaba las otras sillas que rodeaban la mesa. Cherry contestó que no y la joven las arrastró hasta la barra para sus amigos.
Los observó un rato y luego se dio cuenta de que estaba mirando a la gente como si fuera una demente del siglo xx. Lo mejor sería mirar la pantalla de su teléfono como cualquier persona normal. Poco después echó de nuevo un vistazo a la barra y se encontró con la mirada de alguien que la observaba a ella. Un hombre… que le sonrió.
Frunció el entrecejo. ¿Acaso era…?
Sí, sin duda. Sonrió sorprendida y, cuando el hombre ya iba caminando hacia ella, su sonrisa se amplió.
—¡Russell Sutton! —exclamó cuando el hombre llegó a su mesa—. No lo puedo creer.
—Cherry, Cherry —comentó él con una sonrisa fulgurante—. Eres como un flashback, solo mírate.
—Mírate a ti —replicó Cherry mirándolo. Se veía…
Vaya, Dios mío, se veía igual que siempre, como si acabara de salir del vientre de su madre con un excelente corte de cabello y lentes de armazón de carey. Como si hubiera nacido con esa sonrisita. Russell Sutton, de los Sutton del vecindario Fairacres. Hablando de flashbacks. Hablando de impactantes sacudidas del pasado lejano.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Russ con una amplia sonrisa, como si no pudiera evitarlo. Cherry se rio, era una pregunta tonta.
—Vine al concierto.
Russell se recargó en la mesa alta y un mechón de cabello castaño le cayó sobre la frente.
—Sabes a lo que me refiero. No te había visto en siglos. ¿Viniste sola?
—Sí, ¿y tú?
Russ se encogió de hombros y se echó el cabello hacia atrás con una mano.
—Más o menos. Vine solo, pero ya sabes cómo son estas cosas, conozco a toda la gente en el lugar. Tú eres el rostro nuevo, Cherry. ¿Dónde te habías metido?
Ella volvió a reír.
—En ningún lugar. Estuve por ahí. Todavía vivo en el centro de la ciudad y sigo trabajando para el ferrocarril.
—No sabía que trabajabas para el ferrocarril. ¿Qué es lo que haces ahí?
—Me siento en una oficina y doy órdenes —contestó ella y Russell se rio.
—Apuesto a que eres buena para ello. Estás casada, ¿verdad? Con el tipo que hace aquel cómic, ¿no? Del que están haciendo una película, ¿no?
Cherry apretó los dientes, pero solo por un segundo y sin dejar de sonreír.
—Así es… Jueves.
—¿La van a filmar ese día? —preguntó Russ confundido.
—No. Así se llama el cómic, Jueves.
—Ah —Russ hizo una mueca, avergonzado—. Lo siento. Nunca lo leí, en realidad.
—No te… —comenzó a decir Cherry con una sonrisa franca—. No hay problema —negó con la cabeza—. Además, de hecho, estoy… —volvió a negar con la cabeza y agitó la mano izquierda—: divorciada.
Russ se enderezó un poco.
—Oh.
—Es decir, nos estamos divorciando.
—Lo lamento, Cherry —comentó Russ con una expresión muy seria.
—No, no lo lamentes. Es… —replicó agitando la mano de nuevo—. Ya sabes.
—Yo estoy divorciado desde hace tres años —agregó él.
—Ay, Russ —musitó Cherry que dejaba de sonreír finalmente—. Lo siento.
—No hay problema —dijo Russ encogiéndose de hombros—. Sobreviví —agregó con una mirada dulce.
Cherry le sonrió de nuevo y él se inclinó e hizo chocar su codo con el de ella.
—Sobrevivirás.
—Gracias —respondió ella riéndose un poco.
—¿Te gustaría beber algo?
Cherry miró el bar.
—Sí, pero no quisiera perder mi asiento.
—Te traeré algo entonces. ¿Qué quieres?
Cherry se mordió el labio y musitó:
—No, descuida. Después tendría que ir al baño cuando comience el concierto y entonces perderé mi asiento.
—Ay, por Dios. Solo dime qué quieres. Cuidaré tu asiento toda la noche, abuela.
—¿En serio? ¿Lo prometes? —preguntó Cherry señalándolo con el dedo índice—. No puedo ver un concierto entero de pie.
—Cherry, hemos ido a varios conciertos juntos —replicó Russ exasperado.
—Por eso lo digo. Me arruiné los pies estando parada toda la noche con zapatillas de tacón alto.
—Ah, sí, claro —sonrió él con aire nostálgico—. Solías usar esos zapatitos como de chica de calendario —agregó y alzó la mano cerrada, apretando las puntas del pulgar y del dedo índice extendidos—. Hacían que tus pies se vieran diminutos.
Cherry le golpeó la espinilla con la punta de sus burdas botas.
—Quiero una Coca Zero. Y en una hora tienes que regresar a esta mesa a cuidar mi asiento para que yo pueda ir al baño.
—No te dejaré sola —dijo Russ mientras se alejaba de ella dando grandes zancadas.
Cherry sonrió al verlo caminar hacia el bar, pero dejó de hacerlo de inmediato. Y, aunque apretó bien los labios, sentía como si siguiera sonriendo.
Russell Sutton. ¿Quién lo habría pensado?
Capítulo tres
Russ trajo una Coca Zero para Cherry y una cerveza para él, y cumplió su palabra: se quedó en su mesa. Sacagawea había comenzado a tocar, era una banda local que nunca despegó, pero que ahora le abría a Goldenrod. Russ y Cherry solo se acercaron un poco más el uno al otro y continuaron hablando. Ella le contó más sobre su empleo. Comenzó como diseñadora gráfica, pero él ya sabía eso, luego la ascendieron y se convirtió en jefa del equipo, luego en gerente, y ahora dirigía el departamento de marketing. Una mujer con mayor rango era quien dirigía el departamento oficialmente, pero Cherry era el cerebro de la operación y, a menudo, también la boca. Además, siempre era quien se aseguraba de que todo se llevara a cabo. A pesar de ello, cuando le explicó todo esto a Russ, se borró a sí misma un poco del panorama.
Desde que terminó la universidad, Russ había trabajado para el gobierno o en asuntos relacionados con él. Ahora era el jefe de personal del alcalde, a pesar de que este era republicano y él había sido liberal toda su vida. Su abuelo, de hecho, fue gobernador cuando en Nebraska todavía elegían demócratas. También participaba en varios grupos cívicos: para incentivar el voto, promover la alfabetización e implementar programas artísticos en vecindarios marginados.
Russ en verdad conocía a la mitad de la gente en el bar. Varias personas se detuvieron en la mesa para saludarlo y siempre la presentó: “¿Conoces a mi amiga Cherry? Prácticamente fuimos compañeros de habitación en Creighton”. Russ todavía iba a muchos conciertos, veía muchas películas y cenaba una vez a la semana con sus padres. Y seguía siendo en verdad, pero en verdad, muy atractivo.
“Guapo” no era la palabra correcta en su caso, porque ni era alto ni tenía espalda ancha. Tenía rasgos más bien afilados, parecía el típico actor irlandés de una emisión de drama de la bbc. Era un poco más tosco que los demás, un poco más vivaz también. Sus ojos eran de un azul intenso, oscuro y profundo. Se sonrojaba con facilidad. Cuando se emocionaba o se emborrachaba, se ruborizaba.
Esta noche se veía un poco sonrojado, de hecho.
Russ se casó al terminar sus estudios de leyes con alguien a quien Cherry nunca conoció, una tal Marian que trabajaba en la Fundación comunitaria y que estudió en una de las escuelas de Omaha en las que estudiaban las chicas católicas adineradas. Tuvieron un hijo de nombre Liam y ahora tenía ocho años y estudiaba en Saint Margaret Mary. ¿Que si quería ver una fotografía? Claro, por supuesto. Miró la pantalla del teléfono de Russ y sonrió. Su hijo era un encanto. Se lo dijo.
Ella no tenía fotografías para enseñarle a Russ. Aunque en su teléfono había mil, no pensaba mostrarle una de Stevie, sería demasiado triste…. Y tampoco quería hablar de Tom. No podía hablar de Tom de la manera en que Russ hablaba de su exesposa, como si solo fuera una de las cosas que le habían sucedido en los años que pasaron desde la última vez que él y Cherry hablaron.
—No puedo creer que trabajes en el área de administración —exclamó Russ. La banda telonera acababa de terminar su actuación, Goldenrod comenzaría a tocar dentro de poco—. Siempre fuiste muy creativa.
—Lo sigo siendo —dijo Cherry sintiéndose agraviada. Tragó de golpe el hielo que estaba masticando—. No mucha gente puede ser creativa y práctica al mismo tiempo. En realidad, ese es mi superpoder: puedo asegurarme de que el trabajo sea bueno y de que se realice. Y puedo comunicarme sin problema con la gente encargada de las cifras y del dinero.
—Ah —dijo Russ mirando el vaso de Cherry—. ¿Quieres otra Coca Zero? —preguntó.
Cherry negó con la cabeza.
—¿No extrañas ser una artista? —preguntó Russ.
—Sé que se supone que debería decir que sí, pero… creo que soy mejor ejecutiva. En realidad, no creo haber sido una artista del todo.
—Por supuesto que lo eras.
Cherry puso los ojos en blanco.
—Russ, ¿alguna vez viste mis diseños? —preguntó. Russ se encogió de hombros.
—Solo no creo que hubieras estudiado Arte en la universidad si no hubieras sido buena para ello.
Bueno, eso era cierto.
—Lo hacía bien, pero no era una artista —dijo. Al menos no del mismo modo en que lo eran las otras personas con quienes estudió. No como Tom—. Si tuviera que volver al diseño, extrañaría lo que hago ahora.
—Es solo que no te puedo imaginar trabajando en el ferrocarril —dijo Russ—. No te imagino como industrialista.
—Bueno, ni soy millonaria ni le robo a nadie —afirmó.
Russ se rio.
—¿Todavía ves a Stacia y a toda esa gente?
Cherry asintió con dificultad.
—Sí, la misma gente de siempre.
Russ sacudió la cabeza como si recordara algo con cariño. Cherry imaginó algunos de los detalles.
Un hombre pasó junto a su mesa y saludó a Russ con un movimiento de la cabeza, este ondeó la mano como respuesta.
—¿Alguna vez has deseado haberte ido de Omaha? —preguntó Cherry. Russ la miró de reojo.
—¿A qué te refieres?
Cherry alzó la vista. Estando de pie junto a ella sentada, él era un poco más alto.
—A que… siempre son los mismos rostros —dijo—. Los mismos viejos círculos que se intersecan. ¿Alguna vez deseaste haberte ido?
Russ sonrió sutilmente, pero la miró muy animado.
—Esta noche no.
Cherry corrió al baño antes de que comenzara el concierto y, cuando volvió, encontró a Russ sentado en su silla alta. Al verla, él le sonrió y le cedió el asiento. La banda iba entrando al escenario. Cherry se sentó y aplaudió, le emocionaba mucho el espectáculo, sobre todo ahora que estaba a punto de empezar.
El grupo comenzó a tocar la primera canción y Cherry sintió de inmediato como si regresara en el tiempo, como si volviera a tener veintitantos. Regresó a su último año en la universidad, cuando reproducía ese cd una y otra vez. Goldenrod fue la banda que puso de moda el estilo “emo de Omaha”. Guitarras sencillas y bonitas. Melodías vocales susurradas y quejumbrosas. Infelicidad en su punto más intenso. Todas las letras de las canciones de Goldenrod eran sobre estar solo o sobre sentirse culpable. De hecho, era sabido que el vocalista principal sufría de depresión. Esta noche llevaba una corona de papel y tocó los primeros acordes de la canción con una guitarra acústica.
Por Dios, Cherry amaba esta canción. Amaba este sentimiento. Se rio un poco, por puro gozo. La gente a su alrededor gritaba de alegría.
Para ese momento, Russ se había movido a un lado de Cherry para estar frente a la banda. Volteó a verla con una sonrisa y cantó el primer verso de la canción: “I was young, and I was tired, and I was splitting in three”.
Cherry sonrió.
Estos conciertos eran muy populares ahora, las bandas tocaban de principio a fin los álbumes que más amaba el público; después de escuchar varias canciones, Cherry comprendió por qué. Era encantador escuchar todas las canciones que el grupo no tocaría usualmente en un concierto, las que ni siquiera llegaron a ser lado B. Era fabuloso escuchar los temas en el orden preciso que conocía.
Cherry seguía sonriendo. No dejaba de llorar. Seguía volteando a ver a Russ, aún no se reponía de la conmoción de volver a verlo, pero ahí estaba él, parado a su lado. Tan cerca que su brazo rozaba el de ella cada vez que bebía un trago. Russ Sutton en persona.
En ese primer álbum de Goldenrod había una canción que siempre hizo que se acordara de él, una canción que ella había manipulado para que coincidiera con el imposible enamoramiento que sentía por él, porque era obvio que había un enamoramiento, y ahora Russ estaba junto a ella cantando esa misma canción.
Tal vez era un mensaje del universo…
Tenía que ser un mensaje del universo, era demasiado peculiar y específico para que solo fuera una casualidad. Era la primera vez, desde que Tom se fue, que Cherry salía a hacer algo solo para ella. Salió sola por primera vez en su vida, quizás, y esa noche singular y perfecta estaba ahí, esperándola. Una banda a la que adoraba, un álbum que le encantaba… y un chico por el que alguna vez sintió algo demasiado intenso.
Mucho, de una manera dolorosa y triste.
No, tal vez el universo no estaba de su lado. ¿Acaso un dios benevolente habría enviado a Russ Sutton para que lo encontrara en su camino? La punzada que sentía en el estómago era deliciosa y le resultaba conocida, pero en el pasado nunca condujo a una sensación de satisfacción. Al menos, no respecto a Russ.
Y, sin embargo…
Sentir algo bastaba para estar satisfecha, ¿no? ¿Acaso no era satisfactorio estar tan cerca de alguien tan atractivo y excitante? Sentirse atraída por alguien y emocionarse se sentía bien.
Russ pasó el peso de su cuerpo a la otra pierna y apoyó el brazo en el respaldo de la silla de Cherry.
Y ella se permitió disfrutarlo.
Capítulo cuatro
Todas irían al Galway esa noche.
Tenían veintidós años y todavía sentían que tenían que salir y beber legalmente todos los fines de semana por el simple hecho de que podían hacerlo, porque era lo que hacían los adultos. Los adultos bebían en bares, no en dormitorios universitarios ni en sótanos.
Las noches del viernes y del sábado, y a veces las de los jueves, las amigas de Cherry se ponían blusas de seda con escote profundo, corte de ombliguera y apertura lateral, y salían a los bares.
Ella nunca fue una de las participantes más entusiastas, en parte porque era demasiado gorda para que una ombliguera se le viera bien, pero sobre todo porque su padre era alcohólico, y convivir con gente ebria le provocaba ansiedad en lugar de alegrarla. Además, que ella misma se emborrachara no ayudaba en nada.
Cherry no se emborrachaba como sus amigas, ella tenía que beber bastante más para empezar a sentir algo siquiera. Tal vez se debía a su sobrepeso o, quizás, a su genética. Podía beber un shot tras otro sin marearse o sentirse torpe. De hecho, permanecía perfectamente sobria durante varias rondas, en las siguientes se acaloraba y, si continuaba, al final vomitaba.
Aquella situación no tenía ninguna ventaja, aguantar tanto alcohol no le enorgullecía. No quería ser una de esas mujeres que siempre estaba demostrando que podía beber como un hombre porque eso le parecía… costoso. Calórico. Y triste.
No obstante… ahora era viernes por la noche y todos salían de fiesta. Y a Cherry le agradaba salir de fiesta. Además, en el Galway al menos había música.
Se puso un vestido entallado con escote profundo y falda completa, y se ofreció para ser la conductora designada.
El Galway atraía a tres tipos de clientes: estudiantes de la Universidad Creighton, alcohólicos profesionales y personas a las que en verdad les gustaba la música folklórica irlandesa. Estaba en el centro, incrustado en un hueco entre dos edificios de oficinas. Un bar tan estrecho no debería ofrecer música en vivo; los músicos siempre estaban apretujados al fondo, sobre una tarima contrachapada. Además, no había dónde sentarse a escucharlos, difícilmente se podía permanecer ahí de pie.
Para poder ver a la banda, Cherry arrastró a Stacia hasta el extremo del bar donde estaba el escenario. Stacia estaba bebiendo una mula moscovita porque ese verano todos bebieron mulas moscovitas. La música no le importaba, pero sabía que a Cherry sí y por eso solía complacer sus caprichos.
Stacia era la compañera de cuarto de Cherry y una de sus amigas más cercanas. Era muy hermosa, pero los viernes por la noche se transformaba en una bomba candente. Sus senos eran apenas lo suficientemente pequeños para no necesitar sostén y, a pesar de que era solo un poco más alta que Cherry, es decir, no mucho, su torso tenía esa misma apariencia de serpiente que los torsos de las concursantes de American Idol. De hecho, seguía usando jeans de tiro bajo para presumirlo. Jeans de tiro bajo, ¡en 2010!
Cherry dejó de usarlos en cuanto le fue posible y, desde entonces, entre semana solo usaba skinny jeans y leggings de yoga, y los fines de semana alguno de los dos costosos vestidos tipo rockabilly que había comprado por internet.
El problema con las marcas de vestidos rockabilly era que estaban obsesionadas con las cerezas, como el significado en inglés de su propio nombre, y Cherry no había usado nada con cerezas, ni cualquier otra fruta, desde que tuvo edad suficiente para elegir su propia ropa.
Esta noche llevaba un vestido amarillo con un patrón vaquero vintage. Era su vestido predilecto, a pesar de que la última vez que se lo puso para salir a un bar, un tipo, tan viejo como su padre, le ofreció llevarla a pasear. Siempre usaba ese vestido con suéter azul claro y zapatos de tacón color rojo brillante. Sus amigas le decían que se veía adorable.
Cualquiera hubiera creído que salir con sus amigas delgadas y sexys y ver cómo los estudiantes de Derecho trataban de ligar con ellas toda la noche habría sido deprimente para Cherry, pero si hubiera permitido que ese tipo de cosas la desanimaran, no habría salido nunca. Ella siempre había sido más gorda que sus amigas y siempre fue menos atractiva para los chicos, pero enfurecerse o deprimirse por ello habría sido como enojarse con el sol por salir por la mañana.
A veces el asunto la desanimaba…
La carcomía constantemente, claro. En silencio.
Pero no la desanimaba tanto, es decir, no evitaba que saliera.
Estaba bebiendo una Coca-Cola y la banda sonaba como Mumford & Sons, pero con gaitas y flautas irlandesas.
—Me gusta tu vestido —dijo alguien.
Cherry volteó a mirarlo, era un chico de su edad, con cabello oscuro y corto. Lentes de armazón redondo. Tenía las mejillas sonrojadas y sostenía un tarro de cobre. Probablemente ya estaba ebrio.
Cherry asintió y el chico se inclinó hacia ella.
—Cuando tenía seis años, tenía una piyama que se veía igual.
—¿En los años cuarenta?
—Mi mamá confeccionaba toda mi ropa.
—Qué bien —comentó Cherry mientras mordía un poco de hielo y miraba en otra dirección.
—Estuviste en mi clase de Ética.
Cherry volteó a mirarlo de nuevo. Eso no podía ser cierto, si hubiera visto en clase a ese chico, lo recordaría porque tenía una apariencia tan atractiva que lo habría notado de inmediato. Le gustaba su cabello: corto y ondulado, pero no trasquilado. Lo bastante largo para caerle sobre los ojos y obligarlo a quitárselo de la frente. Sus ojos eran oscuros y centelleantes, era muy probable que estuviera ebrio.
—Yo me sentaba en la parte de atrás. Cuando asistía, claro. Porque la clase empezaba a las ocho de la mañana y yo no estoy hecho para eso.
En efecto, Cherry tomó la clase de Ética de las ocho de la mañana.
—Tú te sentabas al frente —continuó el chico—. Y te gustan los suéteres.
—A ti te gustan los suéteres —intervino Stacia, quien ahora estaba parada detrás de Cherry con una sonrisa en el rostro.
El chico la miró de reojo, luego volteó de nuevo a ver a Cherry y extendió la mano.
—Me llamo Russ —dijo.
Cherry estrechó su mano.
—Yo soy Cherry y ella es Stacia.
—Cherry —dijo él—. ¿Es tu seudónimo para bailar swing?
—¿Mi qué?
—Ya sabes, como las chicas rockabilly que usan este tipo de vestidos y tienen nombres así. Susie. Dixie. Flo. Cherry. ¿Tu verdadero nombre es Jessica o algo similar?
—Su verdadero nombre es Cherish —replicó Stacia riéndose. Por la expresión de Russ, fue muy evidente que no se esperaba eso.
—¡Oh, Dios! Cherish quiere decir “querer”. Es muy dulce —dijo él.
—No soy una chica rockabilly —aclaró Cherry—. Solo soy una chica con un vestido.
—Te dije que me gustaba.
—Oye, yo te conozco —intervino Stacia señalándolo. Russ asintió.
—Sí, estuvimos juntos en Economía —dijo él.
—Eso es… Entonces… te llamas Russ —dijo Stacia. Ya estaba un poco ebria.
—Así que, ¿bailas swing? —le preguntó Russ a Cherry y ella puso los ojos en blanco.
—Tú usas lentes con armazón redondo, ¿acaso por ello eres un niñito mago? —le preguntó a pesar de que, en realidad, sus lentes le encantaban.
—Quizá. ¿Por qué te pusieron Cherish tus padres?
—¿Por qué te pusieron Russ tus padres? —preguntó a su vez Cherry con un suspiro.
—Porque así se llamaba mi papá. Y mi abuelo.
Cherry no entendía por qué ese chico insistía en hablar con ella. A menos de que estuvieran muy ebrios, los hombres nunca le hablaban en los bares. O a menos de que fueran muy viejos. O de que ya casi fuera la hora del cierre, momento en que comenzaban a disparar en todas direcciones.
Lo cual, por otra parte, no quería decir que los hombres nunca le hablaran.
No era como si nadie la tocara o la amara. De hecho, ya no era virgen. Tuvo dos novios en la preparatoria y uno cuando empezó la universidad, después de eso, incluso se acostó con alguien más. Y por lo menos dos de esos chicos se enamoraron de ella. Quizá dos y medio.
Solo que… ninguno de ellos llegó y trató de conquistarla de la nada.
Cherry tenía que gustarles poco a poco, tenía que ganárselos. Lo hacía estando cerca, siendo encantadora e increíblemente linda para ser una chica gorda. Lo hacía oliendo bien, rozando con su cabello el hombro del chico en cuestión. Teniendo unos senos tan abundantes que casi le llegaban al mentón y que era imposible ignorar cuando la miraban a los ojos.
Todos los hombres que en algún momento salieron con ella comenzaron siendo sus amigos, y lo más probable era que, al principio, todos hubieran pensado que era demasiado gorda para salir con ella. Pero luego lograba empezar a gustarles y, entonces, todas las cosas que les agradaban de ella cobraban más importancia que su gordura.
Pero el punto era que ninguno comenzó por acercarse a ella y a hablarle en un bar, ni en el centro estudiantil ni en una fiesta. Es decir, ninguno de ellos trató de coquetear con ella.
Por todo lo anterior, no era posible que este tipo delgado y guapo, con ojos azul profundo, estuviera coqueteando con ella. Además, era obvio que no estaba tan ebrio y, sobre todo, Cherry no estaba sentada tras un escritorio ni parada detrás de una pared: el tipo podía verla de cuerpo entero.
—¿Te puedo invitar un trago? —preguntó el chico y enseguida volteó a ver a Stacia—. ¿Invitarles? ¿A ambas?
—Está bien —respondió Cherry al mismo tiempo que Stacia exclamó: “Mula moscovita”.
—Mula moscovita —repitió Russ, mirando a Cherry.
—Ella está bebiendo Coca-Cola —precisó Stacia.
—¿Coca-Cola con…?
—Coca-Cola sola —aclaró Cherry.
—Es la conductora designada —dijo Stacia riendo, como si fuera gracioso.
—Qué conveniente. Me vendría bien un conductor designado —comentó él señalando a Cherry—. No vayas a ninguna parte, regreso enseguida.
Stacia ni siquiera esperó a que Russ estuviera lo bastante lejos para no escucharla.
—Es lindo.
—¿Lo es? —preguntó Cherry forzándose a sonar escéptica.
—¿Cómo? —exclamó Stacia empujándola—. Sí. Ya sabes que me gustan los chicos delgados con cabello oscuro. Parece poeta o el integrante de una banda.
—Lo que quieres decir es que se ve pálido y mal alimentado. Parece el tercer integrante más guapo de U2 —dijo Cherry y Stacia hizo una mueca de desagrado.
—¿Crees que se ve como el calvo?
—¿Te refieres a The Edge? No, lo que quise decir es que parece un integrante ficticio de U2 que resultaría ser solo el tercero más guapo.
—Entonces quieres decir que parece católico —reflexionó Stacia al tiempo que inclinaba el tarro de cobre para beber las últimas gotas de su coctel—. A mí me parece suficientemente guapo.
—Puedes quedártelo si quieres.
—No lo sé… Me parece que quien le gusta eres túúúúú —dijo Stacia para molestarla y Cherry hizo una mueca.
—Ya sabes cómo funciona esto. Yo solo soy la persona accesible que se encuentra cerca de tu intimidante y desnudo torso —dijo.
—Cállate, Cherry —exclamó Stacia, pero lo hizo riéndose, lo que Cherry tomó como una confirmación de que sabía que era cierto.
—Señoritas —dijo Russ al volver con tres bebidas: dos tarros de cobre y un vaso con Coca-Cola. Stacia tomó uno de los tarros y Russ giró en dirección a Cherry y permaneció parado cerca de ella—. Cambiemos —dijo.
Entonces Cherry tomó las dos bebidas que él traía y Russ tomó el vaso vacío de ella, junto con el de Stacia, y volvió a abrirse paso entre la multitud. Regresó un instante después, se paró frente a Cherry y tomó la bebida que ella le estaba guardando.
—Conductora designada… —comentó Russ. Cherry medía un metro sesenta y cinco, casi un metro setenta y ocho cuando se ponía zapatillas de tacón, pero él era un poco más alto que ella, aunque no mucho. Y no, no se veía como The Edge, sino como Bono—. Ustedes… ¿se turnan?
—Para nada —contestó Stacia—. Cherry es la conductora designada vitalicia.
—No suena justo, es como cuando mi hermano mayor pedía ir en el asiento del copiloto para siempre.
—¿Y le funcionó? —preguntó Cherry.
—Sí. Era más alto que yo —contestó Russ mirándola directamente a los ojos.
—A Cherry no le molesta ser la conductora designada siempre —intervino Stacia.
—¿Es verdad? —preguntó Russ sin dejar de mirar a Cherry.
—Es que no bebo.
—Nunca ha bebido una mula moscovita —intervino Stacia—. No la ha probado siquiera.
—Tiene buen sabor —le dijo Russ a Cherry.
—Sí, supongo que sí. Porque te la sirven en un vaso especial y toda la cosa.
—De hecho, puedes percibir el sabor del cobre —dijo Stacia.
—Así es —confirmó Russ y alzó el mentón hacia Cherry con aire inquisitivo—. ¿Por qué no bebes?
—Me gusta mantener mis sentidos alerta y en funcionamiento.
—Tus sentidos… —empezó a decir Russ, pero se detuvo. Sonó tan tonto que Cherry rio por primera vez esa noche.
Russ la miró con el ceño fruncido y bebió un sorbo.
El grupo de música folklórica irlandesa tocó con un poco más de vigor. No solo eran aceptables, en realidad eran muy buenos. Al parecer, eran de Kansas City, y el líder podía tocar cualquier instrumento que le pusieran enfrente.
Algunas personas empezaron a bailar. La gente fue alejándolos del escenario, pero permanecieron juntos.
Russ parecía interesado en la música, no solo en beber cerca de los músicos.
—Esperaba que bailaras swing —le comentó a Cherry entre una y otra canción.
—¿Por qué? —preguntó ella suavizando el ceño—. ¿Tú bailas swing?
—Un poco —contestó Russ al tiempo que encogía los hombros.
—Bailar swing no parece ser algo que la gente haga “un poco”. Es como decir que haces “un poco” de karate.
—No en realidad.
—Es un compromiso —dijo Cherry—. Tienes que ir a un lugar especial en una noche específica, tienes que usar ropa apropiada…
Stacia solo los escuchaba y se reía de ambos.
—Te recuerdo que tú eres la que trae puesto un vestido de swing —le dijo Russ.
—Solo me parece lindo.
—Es lindo —convino Russ asintiendo.
—Me parece cool que bailes swing —intervino Stacia—. ¿Es difícil?
—En absoluto —contestó él sin dejar de mirar a Cherry—. Podría mostrarles…
—¿Puedes bailar swing con esta música? —preguntó ella señalando con la cabeza al músico que tocaba la gaita.
—Por supuesto, permíteme mostrarte —respondió, pero Cherry frunció la nariz.
—Mejor no. Soy la conductora designada.
—¿Y eso qué tiene que ver? ¿Qué significa?
—Significa que mis sentidos todavía están alerta —contestó.
—Cobarde —replicó él al tiempo que volteaba por encima del hombro para ver a Stacia—. ¿Tú disfrutas de la alegría, Stacie?
—Me llamo Stacia —contestó ella—. Y sí, la disfruto.
—Stacia —corrigió Russ extendiendo la mano. Stacia la estrechó.
—¿Estás seguro? —preguntó ella en un tono coqueto—. Yo no traigo vestido para bailar swing…
Russ la atrajo hacia él.
—Eso es meramente opcional.
Cherry se hizo hacia atrás para darles espacio.
Russ guio a Stacia, le enseñó algunos pasos hacia delante y hacia atrás. Hizo contacto visual con ella y le sonrió. Stacia reía. Russ la tomó de la mano y de su hermosa cintura descubierta.
En cuanto empezaron a moverse al mismo ritmo, Russ la lanzó hacia delante alejándola, pero enseguida la jaló con una vuelta. Stacia gritó, estaba encantada. No era tan hábil como Russ, pero eso no pareció ser un obstáculo para él. Cherry no pudo evitar sonreír.
Después de algunos movimientos más, Russ rodeó a Stacia con el brazo, la abrazó fuerte y la hizo girar tan lejos como pudo. Besó rápido su mano y miró a Cherry.
—Tu turno —declaró al tiempo que tomaba su mano y, por un instante, las sujetó a ambas.
—Vamos, Cherry —la animó Stacia—. Es muy divertido.
Cherry permitió que Russ la atrajera hacia él.
—No sé cómo…
—Solo sígueme —dijo Russ balanceándose hacia atrás y hacia delante con su mano sobre la cadera de ella.
Cherry bajó la vista y miró sus pies.
—No, mírame a mí —agregó. La alejó, pero la hizo volver. Tomó su otra mano y la alejó hacia el otro lado—. Mírame, Cherry.
Cherry lo miró. Russ tenía las mejillas sonrojadas, sus ojos brillaban. La atrajo de vuelta a él, la espalda de ella quedó contra su pecho.
—Relájate, solo sigue el ritmo.
—El ritmo —repitió Cherry sintiendo el brazo de Russ firme sobre su cintura. Imaginó lo que pensaría, que era mucho más gruesa que Stacia. Era obvio que sentía su panza con el codo. Russ colocó su otra mano sobre su cadera y volvió a hacerla girar, esta vez, bajo su brazo alzado. La hizo girar de nueva cuenta y la alejó de nuevo. Cherry casi se quedó sin fuerza, mientras dejaba que Russ le diera vueltas. ¿Había hecho girar tanto a Stacia? Comenzaba a marearse, pero no podía dejar de reír. Cada vez que la hacía girar, la falda de su vestido volaba y trazaba un círculo. Se alegró por haberse puesto mallas.
Stacia no dejaba de observarlos riendo y aplaudiendo.
Cuando terminó la canción con un furioso solo de violín, Russ hizo girar a Cherry con suavidad, tomó la mano de Stacia, la sostuvo sobre su cabeza y la hizo girar una vez más. Los tres sonreían. Russ tenía el rostro sonrojado y sudoroso, y las tenía a ambas tomadas de la mano.
—Fue asombroso —afirmó Stacia.
—Te dije que no era difícil —dijo Russ.
Cherry soltó su mano, pero no podía dejar de sonreírle.
—Tú hiciste todo el trabajo. ¿Cómo aprendiste a bailar de esa forma? —preguntó Stacia.
—Tomé clases en la secundaria.
Su respuesta los hizo a los tres estallar en carcajadas. Russ aún tenía a Stacia tomada de la mano. De pronto, un individuo pasó junto a ellos y chocó su hombro con el de Russ como si lo conociera.
—Ey —dijo ignorando a las chicas—. Ya nos vamos. Nos dirigimos todos a tu departamento.
—Sí, de acuerdo —comentó Russ. Volteó a ver a Cherry y luego a Stacia—. Todos van a mi departamento, ¿quieren venir?
—Claro —exclamó Stacia y miró a Cherry con los ojos iluminados—. Claro que queremos, ¿cierto?
—Claro —asintió Cherry—. Por supuesto.
Camino al departamento de Russ, Cherry y Stacia no pudieron hablar porque él viajó en el automóvil de ellas para mostrarles el camino. También iban con ellos otras amigas de Cherry porque ella era la conductora designada que las llevaría a casa. Cuando se dirigían al auto, Russ gritó: “¡Pido el asiento del copiloto!”.
Vivía en un edificio de departamentos cerca de Creighton, en un vecindario un poco peligroso. La escuela estaba en ese vecindario, aunque había seguridad en todo el campus, no faltaba a quien le abrieran el auto para robarle.
Cherry esperaba un departamento asqueroso porque ahí vivían tres universitarios, sin embargo, no estaba tan mal. Había pocos muebles, pero estaba limpio, tenía piso de duela y techos altos. Para cuando Cherry y sus amigas llegaron, ya había demasiada gente en la sala. Se escuchaba música de rap y varios estaban bailando, Cherry reconoció a algunas personas porque las había visto en clase o en su dormitorio.
—Hay bebidas en la cocina —comentó Russ.
Stacia y las otras amigas, Grace y Elizabeth, se dirigieron allá, pero él se quedó con Cherry.
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