El vuelo

Christel Guczka

Fragmento

Capítulo 1

I

Como nunca antes, los habitantes de la aldea sienten la furia del viento. Potentes ráfagas de aire arrancan los techos de las casas, las puertas, las cercas y todo lo que se encuentra a su paso. Las personas intentan sostenerse de los árboles o las rocas para evitar ser arrastradas por los remolinos donde ya vuelan animales y algunos muebles; otras solamente se lamentan sin siquiera escuchar otro sonido que el de la naturaleza dispuesta a mantener su dominio en aquellas tierras.

En lo alto, fuera de la vista de los que luchan por salvar sus vidas, un par de alas gigantescas parecen suspendidas, imposibilitadas para volar lejos de ahí: no tienen quien las guíe, ahora sólo son dos trozos de tela que se debaten entre la lluvia y el choque de vientos, que lentamente las van dejando caer…

Estibaliz se despierta sobresaltada, con sudor en la frente. No es la primera vez que tiene esa pesadilla, que termina con la silueta difusa de una persona que camina hacia el acantilado aumentando poco a poco la velocidad de sus pasos, como si tomara vuelo para lanzarse al vacío. Justo cuando llega a la orilla del risco, todo se nubla y ella vuelve en sí, con la angustia en el pecho. Lo siente tan real que casi juraría haberlo vivido, pero no: ella está ahí, recostada en su cama mirando el techo, tratando de comprender el significado de su sueño. Comenzó a partir del “suceso”, como lo nombra la gente al referirse a la tragedia que vivieron hace años, como si evitando la palabra “muerte” la historia cambiara o los efectos de la pérdida se desvanecieran.

Es así, con ese cuidado, como la mayoría en el pueblo los trata, cual si fueran figuras quebradizas que con cualquier indiscreción pudieran venirse abajo, incluso ahora, a siete años de distancia, cuando continúa la vida a pesar de todo. Y es que hay espacios que nunca se llenan más que con los pocos recuerdos que sostiene la memoria; instantes que, a fuerza de repetirlos en la mente, se van desgastando con el paso del tiempo y hay que insertarles un tanto de fantasía, una pizca de esperanza y color para que no mueran en la quietud del silencio o el olvido.

Así ha hecho ella, a diferencia de su padre, a quien de pronto sorprende con la mirada suspendida en el mar del pasado, un pasado que sólo guarda para él, con sus dolores y detalles. Es casi como si pudiera verlo naufragar en esas lágrimas que nunca terminan de derramarse por sus ojos: contenidas, presas de aquella partida que no tuvo retorno y que sólo les basta una distracción para ocultarse, sigilosas, de nueva cuenta entre los párpados.

La chica mira su despertador: son las 5:40 de la madrugada, media hora antes de que suene para levantarse e ir al colegio. Hoy será el día en que lancen la convocatoria para el festival de barcas, que año con año celebra la comunidad. Esta vez no quiere pedirle ayuda a nadie en la construcción de la suya; ya es una joven de catorce años. Se levanta y, entre las penumbras, se asoma casi por inercia a la ventana de su habitación para constatar que su negro amigo no ha llegado. Aún es temprano.

Desde que llegaron se instalaron en esa casa, cuando apenas era una niña, y comenzó a recibir la visita de un hermoso cuervo negro azulado que por las mañanas siempre tocaba con su pico el cristal, esperando un poco de alimento. Era casi un polluelo curioso cuando llegó y se quedó parado sobre su única pata mirando hacia adentro.

La joven aún recuerda su sorpresa en ese primer encuentro con el mundo silvestre: las ardillas correteando por las tejas, las águilas surcando el mar a plena vista de su casa, a unos pasos del muelle. Fue entonces cuando su madre ideó una pequeña tabla que se sostenía sobre el pretil de su ventana para que ella pudiera dejarle algunas migajas de pan.

—¿Por qué le falta una pata? —preguntaba la niña.

—Algunas aves se electrocutan o pierden sus extremidades cuando se posan sobre los alambres electrificados que la gente pone en sus casas.

Y la cruda imagen que esa revelación causó en la pequeña la dejó sin dormir varias noches, imaginando el sufrimiento de tantos seres que suele pasar inadvertido para la mayoría.

A pesar de tantas cosas que ahora son diferentes, esa misma ave sigue visitándola, ofreciéndole cierta estabilidad.

Se dirige al baño, se enjuaga la cara mientras escucha en la planta baja los pasos arrastrados de papá, que seguramente estará preparando su café. Lo imagina recorriendo con la mirada el refrigerador para elegir el desayuno que compartirán. Oye que prende la radio para enterarse de las noticias:

La empresa Shingu construirá el edificio de madera híbrida más alto de la ciudad.

Incendios al norte del país consumen un 30% de las reservas naturales.

En aumento la migración alrededor del mundo.

Un barco pesquero encalla en una barrera de rocas cerca de la zona costera.

El radio se apaga.

Tiba, como le dice de cariño su padre, siempre soñó con viajar en barco, pero, a pesar de que muchos anclan en el muelle del pueblo trayendo mercancías, pocos admiten a turistas curiosos. Ellos llegaron de la ciudad por carretera, tras un largo trayecto que a Tiba le pareció interminable, luego de que su madre decidiera pausar su carrera temporalmente y su padre recibiera una propuesta de trabajo. Fue una buena oportunidad para cambiar de aires y empezar una vida diferente en aquel lugar, de ambiente relajado y saludable.

Llegaron después de miles de kilómetros en camioneta, con paradas forzosas en hoteles de paso donde descansaban un poco, se alimentaban, cargaban gasolina y seguían su camino hacia su nueva casa.

Si bien al inicio le costó trabajo despedirse de sus amigos del colegio, pronto encontró actividades que la mantenían fascinada y siempre alerta por los nuevos descubrimientos que la naturaleza le ofrecía: que los cangrejos se comunican frotando sus tenazas, que es posible conocer la edad de un árbol por los círculos concéntricos que tiene su tronco al cortarlo, que luego de una gran tormenta es posible encontrar un rayo fosilizado en superficies arenosas, que conocemos únicamente el 10% de las profundidades del mar. Cada aprendizaje lo anotaba en una libreta para recordarlo y no paraba de hacer preguntas a sus padres durante la cena.

Sus crónicas infantiles continúan guardadas en uno de los cajones de su buró. De pronto le gusta regresar a ellas para no olvidarse de la curiosidad y la sorpresa que le hicieron amar ese entorno que hoy considera su hogar, a pesar de todo.

En ese instante, suena por fin el despertador y Tiba escucha el grito de su padre que le anuncia el desayuno listo.

II

Entre giros bruscos y trompicones, la señora Alba la lleva al colegio. Cada mañana toca el claxon de su camioneta verde olivo y Tiba sale corriendo de su casa para subirse al asiento trasero, donde ya la espera Elías con algún artefacto diferente que quiere mostrarle. Su hermana Sara está como copiloto de la madre, con los audífonos puestos y ausente de todo.

—¡Buenos días! ¡Tu cinturón! —es lo que le escucha decir a esa mujer cada que sube, para luego pasar a la retahíla de asuntos familiares, que transitan desde los pendientes de compras de despensa, tareas postergadas, temas médicos del abuelo enfermo, pleitos con su esposo o simplemente chismes de la comunidad. Cada uno de ellos queda resonando en una perorata que no espera respuesta de nadie.

Con esos discursos de fondo durante el trayecto, el niño al lado de Estibaliz le explica cómo se arma el robot que le regaló una tía por su reciente cumpleaños. Aprieta las piezas, las gira e intenta manipular los botones que prenden y apagan las luces de su cabeza; un pequeño ajuste en las piernas y el muñeco empieza a moverlas al compás de una alarma de patrulla.

—¡Basta, Elías, que me asustas! —replica la madre prendida al volante conforme se acerca a la primaria del niño.

Sin responderle, él guarda el robot en su mochila y le susurra a Tiba que al siguiente día le llevará la tarántula que encontró entre los matorrales del jardín. De un salto sale de la camioneta y se echa a correr hacia el grupo de compañeros que hacen fila a la entrada de su escuela.

Unos metros más adelante, Sara y Tiba bajan de la camioneta. Ambas acuden a la misma secundaria, con un año de diferencia entre las dos.

—¡Que tengan un buen día! —escucha Tiba decir a Alba mientras cada una de ellas toma su respectivo camino.

En la fachada del colegio ya están pegados los anuncios con los requisitos para el concurso de barcas y la fecha límite de inscripción. Los participantes deben ser menores de edad que, con ayuda o no de sus tutores, construyan un minibarco capaz de flotar y avanzar durante la

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