«Soñarán en el jardín», de Gabriela Damián Miravete: cuentos (que quieren ser mapas) para caminar hacia el futuro
El español es un territorio compartido y en permanente transformación, un espacio donde conviven voces diversas que amplían los límites de la literatura. Desde esa mirada surge Mapa de las Lenguas, la iniciativa de Alfaguara y Random House que cada año identifica y proyecta las narrativas más significativas escritas en nuestro idioma. En su edición 2026, el mapa se compone de ocho libros que atraviesan géneros, estilos y geografías: del testimonio a la distopía, de la fábula a la crónica. Ocho propuestas que dialogan con el presente y desafían fronteras literarias y simbólicas. Aquí, Gabriela Damián Miravete escribe sobre «Soñarán en el jardín» (Alfaguara).

Gabriela Damián Miravete. Crédito: cortesía de Alfaguara.
Nací en la Ciudad de México, una tierra inquieta, con memoria de lago y corazón de lava. Aprendí a leer repitiendo el nombre antiguo de mi ciudad, de sus calles, que eran ríos: Te-noch-ti-tlan; Mix-coac, Co-yoa-cán. Aprendí también a leer su vaivén telúrico en los terremotos de 8.1Mw y, al mismo tiempo, a fascinarme, a sentir el vértigo de su historia en las piedras de sus construcciones, que por las noches guardaban, con misteriosa inteligencia, tanto el calor del sol como las gélidas voces de los muertos. Cuando aprendí a escribir, le conté a mi Querido Diario (que, no se lo pierdan, tenía un dibujo de Hello Kitty en la cubierta) las cosas que mis nueve años iban pensando y sintiendo al habitar en esas calles; todas ellas mezcladas con fantasías alocadas, salidas tanto de mis sueños como de telenovelas sobrenaturales o los animes o los libros de ciencia ficción que el paso de mis tíos por la casa hacía brotar entre los tomos de la Enciclopedia Hispánica como sanjuaneras después de la lluvia.
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Cuando escribí los cuentos de Soñarán en el jardín para que el corazón de otras personas se encontrara con el mío, quise que mi amado territorio fuera el suelo fértil que alimentara la semilla de mis historias y las hiciera crecer. Brotaron entonces frutos raros, agridulces, de vocación clarividente. De forma inevitable, las notas periodísticas sobre las pesadillas cotidianas de la violencia, los estragos de la desigualdad y del extractivismo se mezclaron con la fantasía, la belleza y el consuelo de las lecturas que yo más había disfrutado. No era una combinación sencilla, fácil de articular con honestidad. ¿Cómo compartir la rabia, la impotencia en torno a los feminicidios desde ese lugar en el que escribo? Ese punto en el mapa de mi propia imaginación en el que la tierra se nutre del mito, del sueño, del deseo de un futuro distinto. Y desde el cuento, ese espacio breve, esa bolsa para transportar alimentos, remedios, sabiduría. Al parecer, estaba en problemas. Pero, como suele suceder en esas encrucijadas, recordé que no estaba sola: me acompañaban quienes habían dibujado mapas de lugares inexistentes para hablar con la verdad, para hacernos ver otras posibilidades en mundos nuevos: Le Guin, Tolkien, Di Giorgio, Casares, Borges: «La idea de una literatura que coincida con la realidad es, pues, bastante nueva y puede desaparecer; en cambio, la idea de contar hechos fantásticos es muy antigua, y constituye algo que ha de sobrevivir por muchos siglos», afirmaba este último, y yo lo seguí, tarareando su melodía. Estoy convencida de que la imaginación fantástica proteica y estimulante nos hace enfrentar la realidad con una valentía quizá más discreta, pero no menos importante: la que devuelve a las historias su poder para producir realidad, para señalar, en lo existente, esa semilla capaz de transformar al mundo; y de proponernos, en lo inexistente, un deseo maravilloso no sólo para contemplarlo con anhelo, sino para caminar hacia él.
El español es un territorio compartido, un espacio diverso habitado por múltiples voces que lo transforman cada día. Desde esa mirada nace Mapa de las Lenguas, una iniciativa conjunta de Alfaguara y Random House que, cada año, traza una cartografía de la mejor narrativa escrita en nuestro idioma.
Cada país selecciona las obras más prometedoras, relevantes o singulares de su escena literaria: títulos que merecen ser leídos más allá de sus fronteras. Mapa de las Lenguas es la plataforma que les permite expandirse y ser publicados de manera simultánea en todo el ámbito del español. Una colección que refleja la temperatura de lo que está ocurriendo en la literatura de cada país.
En 2026, ese mapa se dibuja con ocho libros que revelan la amplitud y la diversidad de la narrativa contemporánea: del testimonio histórico a la distopía, de la fábula poética a la crónica de lo real. Cada uno de estos libros es una forma de resistencia: contra el realismo, contra el olvido, contra las fronteras.
Desde Argentina, Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores de Roberto Chuit Roganovich combina el terror ecológico y la ciencia ficción para crear una criatura que atraviesa la historia y las entrañas del planeta; mientras que en México, Soñarán en el jardín de Gabriela Damián Miravete convierte la fantasía especulativa en un acto de resistencia y esperanza.
En España, Presentes de Paco Cerdà reconstruye la memoria desde la no ficción con la intensidad de una novela, y Laura Chivite, con El ataque de las cabras, transforma la rareza de crecer en una celebración del humor y la imaginación.
Desde Colombia, Andrea Mejía deja fluir en La sed se va con el río una prosa poética que une lo humano y lo natural, mientras Antonio García Ángel mezcla sátira y vértigo en Que pase lo peor, una fábula brillante sobre el desorden contemporáneo.
En Chile, Alfredo Andonie irrumpe con Serpiente, una novela queer y nocturna que captura el deseo y la historia en los años setenta; y desde Perú, Dany Salvatierra imagina con Criaturas virales una Lima distópica donde la belleza se abre paso en medio del colapso.
Mapa de las Lenguas no busca fijar una geografía, sino mostrar su movimiento: el idioma como materia viva, la literatura como territorio en expansión.
Te damos la bienvenida a nuestro MAPA DE LAS LENGUAS 2026.

