«Minnesota», de Jo Nesbø
Bob Oz es el nuevo investigador protagonista de una novela de Jo Nesbø. El antihéroe definitivo que nunca se rinde, ni tan solo cuando le suspenden. El intento de asesinato de un traficante de armas lo pondrá en acción... desobedeciendo todas las normas. A continuación, LENGUA publica un adelanto de «Minnesota» (Reservoir Books, octubre de 2025), una novela policiaca ambientada en unos Estados Unidos al borde del precipicio.
Por Jo Nesbø

1
LLEGADA. SEPTIEMBRE DE 2022
—¿Cuál es el propósito de su visita, señor Holger Rudi?
El agente de control de pasaportes, un hombre con una expresión cansada en los ojos, me observa sin interés mientras se rasca el antebrazo bajo el escudo de U.S. Customs and Border Protection.
—Investigar —respondo.
—¿Y qué va a investigar?
He volado desde Oslo, vía Reikiavik, hasta Mineápolis, la diferencia horaria es de siete horas y mi cuerpo me dice que hace mucho que debería haberme acostado ya, así que, en lugar de seguir mi impulso inicial de contestar «Un asesinato» y acabar en una sala de interrogatorios, respondo que voy a escribir sobre un policía de origen noruego.
—Entonces ¿es usted escritor?
Me apetece contestar que soy taxidermista. Disecador. Que he venido a buscar la piel necesaria para vestir al personaje, que la historia ya la tengo clara en mi mente. Es una imagen que hace meses que me persigue, un título que me he concedido. Pero, como ya he dicho, estoy cansado.
—Sí —respondo.
—Interesante. Da la casualidad de que me bautizaron en The Norwegian Lutheran Memorial Church. —El agente me sonríe y me devuelve mi pasaporte noruego—. Aquí, en Minnesota, estamos por todas partes.
Desde el taxi que me lleva a la ciudad noto enseguida que ha cambiado. Hay carreteras nuevas y construcciones que no estaban ahí hace ocho años, cuando visité Mineápolis por última vez. Veo el perfil del centro dibujarse ante nosotros. Salimos de la autopista hacia el área empresarial. Entre los rascacielos asoma una mole angulosa que refleja el sol del atardecer.
—¿Qué es esa cosa de vidrio? —pregunto al conductor.
—¿Eso? Es el U.S. Bank Stadium. Ahí juegan los Vikings.
—¡Vaya!
—¿Le gusta el fútbol?
Me encojo de hombros.
—Vi jugar a los Vikings. En el estadio antiguo. Tal vez debería hacerme con una entrada.
—Suerte con eso.
—¿Suerte?
El taxista, un hombre al que le echo unos cincuenta y tantos, me mira por el retrovisor a través de unas gafas de montura almendrada.
—Son difíciles de conseguir. Ayer me ofrecieron una entrada que no era nada del otro mundo por 350 dólares.
—¿En serio?
—En serio. Antes podías ir al fútbol con tu hijo, pero ahora es como todo en este país: solo para ricos.
Miro por la ventanilla. Cuando veníamos de visita a Estados Unidos, a casa de mis tíos, rara vez bajábamos a Downtown, el centro. Comprábamos lo necesario en la tienda de la esquina o en Southdale Mall. Me choca lo silencioso que parece, la poca gente que hay por las calles. Ocho años atrás, mi primo me llevó a un restaurante en una azotea de Hennepin Avenue y era un hervidero de gente. Sobre todo la siguiente avenida que cruzamos, Nicollet Mall.
—¿Dónde está todo el mundo?
—¿Se refiere a la gente?
—Sí.
—Ah, nada ha vuelto a ser igual después de lo que ocurrió.
«Lo que ocurrió». Para mí, «lo que ocurrió» son los asesinatos de hace seis años, mientras que, para él y el resto de Mineápolis, se trata de la muerte de George Floyd hace dos, por supuesto. En el recorrido desde el aeropuerto al centro hemos pasado por delante de tres grafitis con la imagen del hombre negro asesinado por la policía de Mineápolis.
—Hace mucho de eso —digo.
—No da esa sensación —contesta el conductor—. Hubo quien creyó que serviría para unir a la gente. Todos contra la policía racista, ¿no? Si quiere que le diga lo que pienso, destrozaron esta ciudad. Coincidió con la pandemia y se formó la tormenta perfecta…
Nos detenemos ante el hotel Hilton, pago en efectivo y le doy una buena propina. Antes de que se marche le digo que necesito a alguien que me lleve por la ciudad y le pregunto si le interesa. Negociamos una tarifa por hora, acordamos que puedo llamarlo cuando esté listo y me da su número de teléfono.
En el amplio vestíbulo del hotel y en el restaurante apenas hay gente. Supongo que la recepcionista me sonríe bajo la mascarilla. Le entrego mi pasaporte y, cuando ve que mi reserva es de más de una semana, me advierte de que la habitación solo se limpia cada cinco días. Me da una tarjeta para la habitación 2406, casi el último piso, tal como había solicitado.
—¿La planta de las hemorragias nasales?
Un hombre con sombrero de vaquero me sonríe en el ascensor al ver que presiono el número 24. Lo dice de esa manera casual, bromista y a la vez amable que, en mi experiencia, solo dominan los norteamericanos y los habitantes del extremo más septentrional de Noruega. Intento pensar en algo ocurrente y divertido para responder, pero soy del sur de Noruega. En su lugar, opto por soplar para intentar compensar la presión de los oídos.
La cama es grande, mullida, y me duermo al instante.
Me despierto porque tengo que ir al baño. Para no desvelarme evito encender la luz, y distingo el asiento del váter en la penumbra. Al sentarme estoy a punto de caerme de espaldas antes de que mi trasero aterrice en el aro de plástico. Se me había olvidado que en Estados Unidos los retretes son más bajos que en Noruega. A la vez, recuerdo que, de pequeño, eso me hacía creer que en Norteamérica quieren más a los niños. Eso y todos los canales de televisión con dibujos animados y series infantiles, los metros y metros de expositores con chucherías de todos los colores en Southdale, y el parque de atracciones Valleyfair, donde mi tío siempre tenía algo nuevo que enseñarnos cuando íbamos a pasar las vacaciones de verano. Pensaba que era un país infantil y maravilloso. En resumen: amaba Estados Unidos. Con el tiempo comprendí que no era un país perfecto, pero también que lo amaría hasta el fin de mis días.
Me despierto una segunda vez y aún es de noche. Me levanto, marco el número del taxista, le pido que me recoja en el cruce de Nicollet Avenue con la calle Diez Sur y salgo. Apenas ha empezado a clarear en dirección a la ciudad hermana de Saint Paul, al otro lado del Mississippi. Paso ante un sintecho que duerme con el cuerpo pegado a la fachada de un rascacielos con el logo de un banco americano, como si tuviera la esperanza de encontrar algo de calor en el edificio. Un coche patrulla de la policía está aparcado en Nicollet Avenue, pero los cristales ligeramente tintados me impiden ver si hay alguien en su interior. Al cabo de un cuarto de hora, mi taxi se detiene junto a la acera. Me monto en el asiento trasero.
—Vamos a Jordan.
El conductor me mira por el retrovisor.
—¿La ciudad?
—No, el barrio.
Veo que duda.
—¿Algún problema?
—No, señor. Pero, si quiere comprar droga, tendrá que coger otro taxi.
—No voy a eso. Voy a ver «the projects».
—¿En Jordan? Ya no existen, señor.
—¿No?
—Tiraron los últimos hace cinco o seis años.
—Pues ahí vamos.
Nos deslizamos por la ciudad dormida. Hay que fijarse en los detalles para notar cuándo se pasa de un barrio pudiente a otro más humilde. Si han cortado el césped de los jardines de las pequeñas casas, si han recogido la basura, qué clase de coches hay aparcados a lo largo de la calle.
Pasamos por delante de una gasolinera Winner, abierta las veinticuatro horas, y cuatro chicos negros nos siguen con la mirada.
—¿Es ahí donde se compra la droga ahora? —pregunto.
El conductor no responde. Unas manzanas más adelante frena el coche.
—Aquí… —dice—. Aquí estaban los últimos bloques de pisos de Jordan.
Observo un cartel que dice NO SE PERMITEN ARMAS A PARTIR DE ESTE PUNTO y, justo detrás, un edificio bajo de nueva construcción. Es una escuela infantil. En la penumbra, un par de ardillas avanzan nerviosas y a trompicones por el césped, mientras sus grandes colas erguidas se mueven tras ellas con extraña suavidad.
«¿Cuál es el propósito de su visita, señor Holger Rudi?».
Mi propósito es meterme en la cabeza de un asesino. Seguir el rastro de lo sucedido en 2016. Será un libro que ya he empezado y que lleva el título provisional de El vengador de Mineápolis. Supongo que la editorial que lo va a publicar querrá opinar al respecto, pero no tengo dudas sobre cómo lo promocionarán. El true crime se ha convertido en el género de moda en el mercado literario, parece que el público no se cansa de historias sangrientas, a poder ser asesinatos espectaculares con un aura de misterio, giros inesperados, villanos y héroes a ambos lados de la ley y, también si es posible, finales cuestionables que den pie a atrevidas teorías de la conspiración. Mi libro lo tiene todo salvo esto último. Las respuestas están dadas, no cabe duda alguna sobre la culpabilidad. Lo que falta es intentar comprender cómo y por qué pasó lo que pasó. Para lograrlo tengo que ponerme en el lugar no solo del asesino, sino de todos los implicados en la historia. Recurrir a lo que ya sé y añadirle algo de imaginación para ver el mundo, los lugares en los que todo aconteció, a través de sus ojos. Encontrar lo humano en lo inhumano. Obligarnos al lector y a mí mismo a plantearnos la pregunta: ¿podría haber sido yo?
He destinado ocho días a este trabajo de campo, así que dispongo de un tiempo limitado. Tengo que ponerme en marcha. Empezaré por el tipo que estuvo aquí, donde me encuentro ahora, también al amanecer, seis años atrás.
Cierro los ojos y veo. Las torres se elevan desde el suelo. Cubren el cielo. Allí, en el sexto piso, hay una ventana abierta. Vuelo hasta ella. Bien, ahora soy él. Miro hacia fuera. Lo contemplo todo. La altura me da perspectiva.
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2
PUNTO DE MIRA. OCTUBRE DE 2016
La altura me proporcionaba perspectiva. Durante un rato pude ser un observador externo o, al menos, fingir que lo era. Juzgar de una manera que consideraba imparcial a la sociedad, la gente y su vida allí abajo. Había estado sentado junto a la ventana del sexto piso desde las siete, contemplando desde arriba ese hormiguero, la gente que salía de los portales de los bloques de pisos de protección oficial de Jordan.
Eran las 8.11 de la mañana de un martes. Vi coches que salían del borde de la acera y de los aparcamientos de detrás de los edificios. De los tubos de escape ascendía humo blanco. Autobuses escolares amarillos con rejas en las ventanillas, como cárceles sobre ruedas, recogían a los niños: una premonición de lo que los esperaba en la vida. Otros autobuses llevaban a gente a su trabajo. Algunos trabajarían en fábricas, pero la mayoría en el escalafón más bajo del sector servicios. En la barriada Jordan abundaban quienes no tenían obligaciones, ni escolares ni laborales, y muchos seguían en la cama. Algunos miraban al techo, una vez perdida la esperanza que les había dado ocho años atrás el primer presidente negro, quien, en tres meses, saldría por la puerta de la residencia presidencial y metería todos sus trastos en una furgoneta de mudanza. Así que allí se quedaban, intentando encontrar la respuesta a la pregunta recurrente: ¿por qué?, ¿para qué levantarse?
Uno de los que habían encontrado un motivo para levantarse salió por la puerta. Resultaba interesante que en Jordan las puertas de entrada se abrían hacia dentro en lugar de hacia fuera. Dicen que es mucho más difícil forzar la puerta cuando las bisagras están detrás del marco, además de que, en Jordan, el peligro de morir durante un robo violento es mayor que el de fallecer en un incendio, a pesar de que es el barrio de Mineápolis donde hay más incendios intencionados.
Las 8.13. Un pálido sol otoñal luchaba por atravesar la niebla de la mañana. Acerqué el ojo a la mira y situé la cruz en el centro de la puerta del portal 3. Ayer salió por ella exactamente a las 8.16. Ayer era lunes, hoy martes, las personas son animales de costumbres, por lo que tenía razones para suponer que hoy iría a trabajar más o menos a la misma hora. A pesar de eso, llevaba allí desde las siete. Al fin y al cabo, era autónomo, tal vez se concedía dormir un poco más los lunes y salía antes de casa los demás días.
Me froté las manos. Esa noche había helado y un viento frío se colaba entre las cortinas, que había pegado a la ventana con cinta adhesiva para que no interfirieran en mi objetivo. Había visto a los camellos ocupar sus puestos en las esquinas y las primeras transacciones. La mayor parte de los clientes eran negros, unos cuantos latinos, pero también se habían deslizado por las calles coches con manos blancas asomando por las ventanillas. Las 8.15. Inhalé el olor a grasa rancia, ajo y humo de cigarrillo. Había limpiado el pequeño apartamento por última vez, pero la peste de la vieja alfombra era la misma, y seguiría allí cuando dentro de no mucho derribaran el bloque.
Las 8.16. Me escocían los muslos. Me apoyé en los talones para aliviar la presión. No era una postura óptima. Me arrodillé en el sofá que había acercado a la ventana. El cañón del rifle estaba apoyado en el respaldo de una silla. La distancia era de 330 yardas, algo más de la ideal, en especial con esas ráfagas de viento. Prefería zanjarlo deprisa con un disparo a la cabeza. Era demasiado arriesgado, podía fallar y estropearlo todo. Así que el plan era empezar con un disparo al pecho para que cayera al suelo y después volver a cargar el arma y darle el tiro de gracia. El rifle era un M24 que había comprado hacía seis días por 1.900 dólares. No lo compré en una tienda, claro, sino a un traficante local que utilizaba testaferros, casi todos adictos sin antecedentes, necesitados de ingresos rápidos. El traficante los mandaba a una de las tiendas de armas «fáciles», esas en las que los dueños no hacían preguntas, aunque el cliente llevara «hombre de paja» escrito en la frente, que se conformaban con comprobar los datos del impreso en el registro y luego, sin pensarlo más, vendían veinte armas potencialmente asesinas a un yonqui que no distinguía la culata del cañón. El colgado percibía un máximo de veinte dólares por arma, pero el empresario las revendía por más del doble del precio en tienda. Se llamaba Dante; un gordo presumido que había nacido y se había criado en el campo de las afueras de Mineápolis, que vestía marcas italianas, comía italiano y hablaba con un impostado acento italiano. Y, por supuesto, estafaba a la italiana en el negocio que tenía montado en un garaje a dos manzanas escasas de aquí. Sus clientes eran gente con antecedentes penales. No los delincuentes de poca monta que mandaban a su novia a la tienda a comprar armas o iban en persona con un carnet falso, sino uno de esos que estaban dispuestos a pagar un poco más a un suministrador profesional. Pagar por la seguridad de que, si el arma se perdiera en el escenario de un crimen, la policía no podría seguir su rastro hasta llegar a ellos.
Dante descuidaba mucho su salud y su peso, pero sí prestaba atención a su aspecto. El cabello y la barba parecían recién repasados con un cortaúñas, e iba siempre conjuntado de la cabeza a los pies. Y sentía pasión por el oro. Llevaba oro en la ceja, oro en las orejas, oro al cuello y, sobre todo, oro en los dientes.
Los dientes de oro fueron lo primero en lo que me fijé el día que fui a su garaje. Desprendían un brillo húmedo cuando me dijo que esperaba que usara el rifle para cazar venados y que no apareciera en el escenario de un crimen, porque esa arma en concreto la había comprado él en persona, sin recurrir a intermediarios.
—Solo lo menciono, no hace falta que respondas, amigo.
Eso último estaba de más, yo no había pronunciado ni una sola palabra desde que había entrado en el garaje. Además, ¿qué podía haber respondido? ¿Que era a él a quien iba a cazar? ¿Que me estaba vendiendo el arma que se iba a usar para matarlo? Sentí alivio al ver que estaba solo, pero, aun así, no me quité las gafas de sol ni me aflojé el cordón que me ceñía la capucha a la cabeza. Me limité a asentir, señalé lo que quería —el rifle y dos granadas de mano—, saqué el dinero que me exigía y, cuando me entregó la funda que le correspondía, yo mismo envolví el arma en plástico de burbujas y la coloqué junto con la mira telescópica y las dos granadas en el hueco abierto en la gomaespuma. Observó mis manos. No apartó la vista un instante. Puede que se fijara en la estrella del diablo del dorso. O en la cicatriz de la mejilla. Tal vez se lo mencionara a alguien. No importaba gran cosa. Tampoco la despedida que voceó cuando me marchaba con lo que probablemente creía un acento español aceptable: «Hasta la vista». Hasta que volvamos a vernos.
No tenía ni idea de cuánta razón tenía.
La puerta de la calle se abrió de nuevo.
Dante.
Salió con paso ligero y se detuvo. Exactamente igual que el día anterior por la mañana, miró a derecha e izquierda mientras se golpeaba la palma de la mano izquierda con el puño derecho. Como si cada día fuera una pelea. Como si tuviera que elegir si ir a la izquierda o a la derecha. ¿Tan inocentes somos?
Su coche, un Maserati, estaba aparcado detrás del edificio. No es que fuera nuevo, pero no dejaba de ser un pequeño milagro que un vehículo como ese permaneciera en Jordan sin ser desguazado. La explicación era sencilla: el coche estaba bajo la protección de sus clientes en las bandas, y todo el mundo aquí, en Jordan, lo sabía.
Coloqué la cruz en su pecho. Había calculado la distancia y el ángulo y había bajado la mira, porque él estaría mucho más bajo que yo. Contuve la respiración, intenté apretar el gatillo con suavidad, sabía que mi pulso estaba mucho más acelerado de lo que debería. El gatillo cedió, siguió cediendo, pero el disparo no se produjo. Mi pulso siguió acelerándose. Intenté decirme que no debía impacientarme, no debía pensar que en unos instantes empezaría a moverse y se convertiría en un objetivo mucho más difícil. No debía apretar, solo presionar y presionar.
El hombre de ahí abajo se estremeció, tuvo un escalofrío y se sopló las manos. Como un jugador que sopla sobre los dados.
Giró hacia la derecha.
En ese mismo instante, el rifle retrocedió. Debía de estar sujetándolo con firmeza, porque no llegué a perderlo de vista. Vi cómo se ponía rígido, como si se diera cuenta de que había olvidado algo. Después, un objeto cayó sobre la acera desde el interior de su larga gabardina. Lo primero que me vino a la mente fue la imagen de Monica y mía en el baño, ella rompiendo aguas, el sonido del líquido sobre los azulejos y los dos a punto de desmayarnos, muertos de miedo y felices, muertos de miedo y felices.
Era sangre. Dante se desplomó. Hacia atrás. Sobre la puerta. Se abrió hacia dentro. Se quedó tumbado en la oscuridad del portal, con los pies asomando. No se oyeron ni gritos ni voces, ningún paso a la carrera ni puertas que se abrían allá fuera. Y, de repente, música hiphop. Uno de los que estaban tumbados en la cama se había levantado y había abierto la ventana para ver qué pasaba.
Sentí que llegaban los temblores y las náuseas, pero pensé en Monica y los niños. Pensé en ellos con insistencia mientras cargaba el rifle con otro cartucho. Me lo eché al hombro, apreté un ojo contra la mira telescópica y lo vi tumbado, inmóvil, pensé que sus zapatos parecían caros. Que pasaría un buen rato antes de que la policía se presentara aquí, en Jordan, que quizá para entonces alguien hubiera robado esos zapatos. Tuve que pestañear para quitarme algo del ojo y, cuando se despejó de nuevo, vi que los zapatos se movían. Había alguien en la oscuridad del portal, alguien que lo estaba arrastrando para ponerlo a salvo. Quise disparar, pero la idea de que podía darle a algún vecino que solo quería comportarse como un ser humano y hacer lo que debía me hizo dudar un instante. Cuando de todas formas decidí correr ese riesgo, porque absolutamente nadie es inocente del todo, la puerta se cerró.
Me puse de pie, tuve que apoyarme en la encimera de la cocina al notar que se me había dormido un pie. Envolví el rifle en el plástico de burbujas. Pasé un paño por la encimera, el apoyabrazos del sofá y el respaldo de la silla. Luego fui al baño. Me lo puse todo. Me arranqué un pelo rebelde de la ceja. Lo sostuve entre dos dedos, me lo coloqué en la lengua y me lo tragué. Me pinchó la garganta, como si se resistiera a bajar. Me puse las gafas de sol y tiré del cordón de la capucha de la sudadera. Me eché al hombro la mochila con todas mis cosas, agarré la maceta con la yuca y eché un último vistazo al apartamento antes de cerrar la puerta con llave.
Subí dos pisos hasta la casa de la señora White. Llamé. Oí el arrastrar de zapatillas en el interior. Se detuvieron y todo quedó en silencio. Supongo que me estaría observando por la mirilla. La puerta se abrió. Nunca se lo había preguntado, por supuesto, pero la señora White debía de tener más de ochenta años. Una dulce anciana negra de cabello canoso, que no olía a mermelada de melocotón ni a miel, sino a algo intermedio.
—Tomas —dijo—. Hacía mucho que no te veía. ¿Tú también has oído esa explosión? —Le ofrecí la planta de yuca sin decir palabra—. ¿Para mí? —sonrió algo sorprendida. —Asentí. Ella ladeó la cabeza—. ¿Pasa algo, Tomas? Tienes un aspecto… inexpresivo. ¿Es por el gato? Lo echas en falta, ¿verdad? ¿Te ha dicho cuándo lo tendrá listo? Tienes que ser paciente, ya lo sabes.
Asentí de nuevo, me di la vuelta y me marché. Oí que no cerraba la puerta, sabía que me seguía con la mirada. Que estaba preocupada. Tal vez pensaba, sentía más bien, que era la última vez que me veía.
El ascensor me llevó abajo, abajo, abajo.
Fuera, el aire era claro y cortante, la niebla matinal se iba disipando. Hoy ganaría el sol. Fui con paso rápido en dirección Downtown.
Tardé cuarenta minutos.
El centro de Mineápolis siempre me recordaba a los coches de Motown de los años ochenta, atrapados en un limbo entre el pasado y el futuro. Limpio y ordenado, conservador y sin rasgos distintivos, práctico y probablemente aburrido. Había rascacielos y puentes, cierto, pero ningún Empire State Building ni ningún Golden Gate, y, si le preguntaras a alguien de Londres, París o Nueva York qué le venía a la cabeza si decías Mineápolis, es probable que te respondiera que lagos y bosques. Vale, si fuera alguien mejor informado, te diría que la ciudad tiene el sistema de pasarelas cubiertas más largo del país. De camino al cruce de Nicollet Mall y la calle Nueve, pasé por una de ellas, un puente de cristal y metal que unía los centros comerciales y los edificios de oficinas, adonde la gente huía cuando el termómetro marcaba bajo cero en invierno y superaba los cien grados Fahrenheit en verano.
Entré en la pequeña tienda de animales. Estaban atendiendo a un cliente, me pareció que estaba encargando una jaula más grande para su conejo. Aún sucede a veces que uno tiene experiencias que le devuelven la fe en la humanidad. Me situé delante de uno de los acuarios y, cuando se me acercó el dependiente, señalé uno de los pececillos que nadaban ahí dentro y dije que lo quería.
—Un pez globo enano —dijo, y atrapó el pez verde con una redecilla—. Es un pez de acuario bonito, pero no es adecuado para principiantes. Requiere muy buena calidad del agua.
—Lo sé.
Lo metió en una bolsa de plástico con agua e hizo un nudo.
—Tenga cuidado, que no se lo coma el gato. O usted mismo. Tiene órganos con un veneno que es cien veces más…
—Lo sé. ¿Aceptas efectivo?
Volvía a estar en la calle.
Un coche blanco y negro se acercaba despacio. En la puerta se veía el escudo de la Policía de Mineápolis, MPD, y su lema: «Proteger con valor, servir con compasión». Puede que los policías que iban tras los cristales ahumados intuyeran algo. Pero no me pararían. Después de haber sido acusados en los medios de comunicación de registrar sin motivo por el perfil racial, el director del MPD acababa de anunciar que iba a acabar con esa criticable práctica. La intuición ya no era una razón válida para interpelar a alguien como yo.
El coche pasó, supe que me habían visto. Del mismo modo que sabía que me habían captado cámaras de vigilancia, puesto que había muchas en Nicollet Mall con la calle Nueve, más que en ninguna otra parte de la ciudad.
Y sabía una cosa más.
Sabía que estaba muerto.
Minnesota, de Jo Nesbø, sigue aquí.

