Yo, Mwanito, el afinador de silencios
Escucho, pero no sé
Si lo que oigo es el silencio
O dios.
[...]
SOPHIA DE MELLO BREYNER ANDRESEN
La primera vez que vi a una mujer tenía once años y me hallé, de súbito, tan desarmado que me deshice en lágrimas. Vivía en un descampado solamente habitado por cinco hombres. Mi padre había dado un nombre al lugar. Simplemente lo había llamado así: «Jesusalén». Aquélla era la tierra donde Jesús habría de descrucificarse. Y punto.
Sin embargo, mi viejo padre, Silvestre Vitalício, nos había explicado que el mundo se había acabado y que nosotros éramos los últimos supervivientes. Más allá del horizonte, sólo había territorios sin vida, a los que él vagamente llamaba el «Otro-Lado». En pocas palabras, el planeta entero se reducía a un lugar vacío de gente, sin carreteras ni rastro de bicho viviente. En esos remotos parajes incluso las almas en pena se habían extinguido.
Por el contrario, en Jesusalén no había sino vivos. Desconocedores de cualquier nostalgia o esperanza, pero gente viva. Nuestra existencia era tan solitaria que ni siquiera sufríamos enfermedades y yo creía que éramos inmortales. A nuestro alrededor sólo se morían los animales y las plantas. Y en las épocas de estiaje, nuestro río sin nombre, un arroyo que corría detrás del campamento, moría de mentira.
La humanidad éramos yo, mi padre, mi hermano Ntunzi y Zacaria Kalash, nuestro capataz, que, como verán, ni presencia tenía. Y nadie más. O casi nadie. A decir verdad, me había olvidado de dos semihabitantes: la borrica Jezibela, que era lo bastante humana para desahogar los devaneos sexuales de mi viejo padre. Tampoco he nombrado a mi tío Aproximado. Este pariente bien merece una mención. Porque él no vivía en el campamento con nosotros. Vivía junto al portón de entrada al coto, más allá de la distancia permitida, y sólo nos visitaba de vez en cuando. De su cabaña nos separaban horas de distancia y las fieras.
Para nosotros, los niños, la llegada de Aproximado era motivo de gran alegría, una pequeña sacudida en nuestra árida monotonía. El tío nos suministraba víveres, ropa y productos básicos. Nervioso, mi padre salía al encuentro del camión donde se amontonaban los encargos, e interceptaba al visitante antes de que el vehículo invadiera el coto que circundaba el casar. En el cercado, obligaba a Aproximado a lavarse para no introducir elementos contaminantes de la ciudad. Se lavaba con tierra y con agua, ya hiciera frío o fuera de noche. Tras el baño, Silvestre descargaba el camión apresurando las entregas y abreviando las despedidas. Y en un fugaz instante, más breve que un batir de alas, Aproximado volvía a desaparecer más allá del horizonte ante nuestras angustiadas miradas.
—No es un hermano directo —justificaba Silvestre—. No quiero hablar demasiado con él. Ese hombre no conoce nuestras costumbres.
Este reducto de humanidad, unido como los cinco dedos, estaba en realidad dividido: mi padre, el tío y Zacaria tenían la piel oscura; yo y Ntunzi también éramos negros, pero de piel más clara.
—¿Somos de otra raza? —pregunté un día.
Mi padre respondió:
—Nadie es de otra raza. Las razas —dijo— son uniformes que vestimos.
Tal vez Silvestre tuviera razón. Pero yo aprendí, aunque demasiado tarde, que a veces ese uniforme se filtra en el alma de los hombres.
—Esa piel clara te viene de tu madre, Dordalma. Alminha era un poquito mulata —me aclaró el tío.
* * *
La familia, la escuela, los demás, todos eligen en nosotros una centella prometedora, un territorio en el que podremos brillar. Unos nacerán para cantar, otros para bailar, otros nacerán sencillamente para ser otros. Yo nací para estar callado. Mi única vocación es el silencio. Mi padre fue quien me lo explicó: tengo tendencia a no hablar, tengo talento para aguzar silencios. Así es, silencios, en plural. Porque no existe un único silencio. Y todo silencio es música en estado de gravidez.
Cuando me veían quieto y serio en mi escondite invisible, no es que estuviera pasmado. Estaba ocupado, estaba entregado en cuerpo y alma a una labor: tejía los delicados hilos con los que se fabrica la quietud. Afinaba silencios.
—Ven, hijo mío, ven y ayúdame a callar.
Al final del día, el viejo se recostaba en la silla del soportal. Y todas las noches me sentaba a sus pies, contemplando las estrellas allá arriba en la oscuridad. Mi padre cerraba los ojos, moviendo la cabeza a un lado y a otro, como si un compás guiara aquel sosiego. Luego inspiraba hondo y decía:
—Éste es el silencio más bonito que he escuchado hasta hoy. Gracias, Mwanito.
Saber estar debidamente callado requiere años de práctica. En mi caso era un don natural, herencia de algún antepasado. ¿Quién sabe?, quizás un legado de mi madre, doña Dordalma. De tan callada, había dejado de existir y nadie había notado que ya no vivía entre nosotros, los vivos vigentes.
—¿Sabes, hijo? Existe la calma de los cementerios. Pero el sosiego que reina en este soportal es diferente.
Mi padre. Su voz era tan discreta que parecía otra variedad de silencio. Solía toser, y esa tosecilla ronca era una lengua oculta, desprovista de palabras o gramática.
A lo lejos, en la ventana de la casa contigua, se divisaba una lamparilla oscilante. Seguramente era mi hermano, que nos espiaba. Una culpa me rasgaba el pecho: yo era el escogido, el único que compartía un trato familiar con nuestro eterno progenitor.
—¿No llamamos a Ntunzi?
—Deja estar a tu hermano. Me gusta más estar solo contigo.
—Pero empiezo a tener sueño, padre.
—Quédate sólo un poco más. Es que tengo rabia, tanta rabia acumulada... Necesito ahogar esa rabia y no tengo valor para tanto.
—¿Y a qué se debe esa rabia, padre?
—Durante muchos años he alimentado a fieras creyendo que eran animales dignos de estima.
Yo me quejaba de sueño, pero él era quien se dormía. Lo dejaba cabeceando en la silla y regresaba a mi cuarto, donde Ntunzi me esperaba despierto. Mi hermano me miraba con una mezcla de envidia y conmiseración.
—¿Otra vez ese cuento del silencio? —me decía.
—No digas eso, Ntunzi.
—Ese viejo se ha vuelto loco. Y lo peor es que al tipo no le gusto.
—Claro que le gustas.
—¿Y por qué nunca me llama a mí?
—Porque dice que yo soy afinador de silencios.
—¿Y tú te lo crees? ¿No ves que es una tremenda mentira?
—No lo sé, hermano. ¿Qué voy a hacer si le gusta que me quede allí con él, calladito?
—Pero ¿no ves que son pamplinas? Lo que pasa es que le recuerdas a nuestra difunta madre.
Ntunzi me recordaba una y otra vez por qué mi padre me había elegido como hijo predilecto. El porqué de ese favoritismo se originó en un único instante: en el funeral de nuestra madre, Silvestre no fue capaz de aceptar la viudez y se apartó a un rincón para entregarse al llanto. Entonces me acerqué, y él se arrodilló para afrontar la pequeñez de mis tres años. Levanté los brazos y, en vez de limpiarle la cara, coloqué las manitas sobre sus oídos. Como si quisiera aislarlo y alejarlo de cuanto tuviera voz. Silvestre cerró los ojos en ese espacio sin eco, y vio que Dordalma no había muerto. Extendió un brazo ciego en la penumbra:
—¡Alminha!
Y nunca más volvió a pronunciar su nombre. Ni evocó recuerdo alguno del tiempo en que había sido su esposo. Quería todo aquello acallado, sepultado en el olvido.
—Y tú me ayudarás, hijo mío.
Para Silvestre Vitalício, mi vocación estaba decidida: yo cuidaría de esa incurable ausencia, pastorearía los demonios que le desgarraban el sueño. Una vez, mientras compartíamos momentos de sosiego, me arriesgué a preguntarle:
—Ntunzi dice que yo le recuerdo a mamá. ¿Es cierto, padre?
—No, al revés: tú me alejas de los recuerdos. Ntunzi es el que me clava espinas con recuerdos de otros tiempos.
—¿Sabe, padre? Anoche soñé con mamá.
—¿Cómo puedes soñar con alguien que no has conocido?
—Sí que la conocí, sólo que no me acuerdo.
—Viene a ser lo mismo.
—Pero recuerdo su voz.
—¿Qué voz? Dordalma casi nunca hablaba.
—Recuerdo un sosiego que parece, no sé..., parece agua. A veces creo que me acuerdo de la casa, del sosiego que reinaba en la casa...
—¿Y Ntunzi?
—¿Ntunzi qué, padre?
—¿Insiste en decir que se acuerda de mamá?
—No hay día que no se acuerde de ella.
Mi padre no contestó. Masculló algo incomprensible y luego, con la voz ronca de quien ha descendido a lo más hondo del alma, afirmó:
—Voy a decir algo que no volveré a repetir: no podéis recordar ni soñar nada, hijos míos.
—Pero yo sueño, padre. Y Ntunzi se acuerda de tantas cosas...
—Es todo mentira. Eso que soñáis, lo creé yo en vuestras cabezas. ¿Lo entiendes?
—Entiendo, padre.
—Y lo que recordáis se debe a que yo lo enciendo en vuestras cabezas.
El sueño es una conversación con los muertos, un viaje al país de las almas. Pero ya no había difuntos ni tierra de almas. El mundo se había acabado, y el fin era un desenlace absoluto: la muerte sin muertos. El país de los difuntos quedaba abolido, y el reino de los dioses, cancelado. Esto dijo, de una sentada, mi padre. Aún hoy, esa explicación de Silvestre Vitalício me parece lúgubre y confusa. Sin embargo, en aquel momento fue rotundo:
—Por eso no podéis soñar ni recordar. Porque yo mismo no sueño ni recuerdo.
—Pero, padre, ¿usted no tiene recuerdos de nuestra madre?
—Ni de ella, ni de la casa, ni de nada. Ya no me acuerdo de nada.
Y se levantó, temblequeando, para calentar el café. Sus pasos eran como los de un baobab que avanza arrancando sus propias raíces. Echó un vistazo al fuego, hizo como si se mirara al espejo, cerró los ojos y aspiró profundamente los fragantes vapores de la cafetera. Sin embargo, con los ojos cerrados susurró:
—Voy a decir un pecado: dejé de rezar cuando naciste.
—No diga eso, padre.
—Pues lo digo.
Hay quien tiene hijos para estar más cerca de Dios. Él se había convertido en Dios en cuanto nací yo. Así habló Silvestre Vitalício. Y prosiguió: los falsamente tristes, los malos solitarios creen que las lamentaciones te elevan a las alturas.
—Pero Dios está sordo —dijo.
Hizo una pausa para levantar la taza y saborear el café y concluyó:
—Y aunque no estuviera sordo: ¿qué palabras hay para hablar a Dios?
En Jesusalén no había ni una iglesia de piedra ni una cruz. Para mi padre, mi silencio era su catedral. En él aguardaba el regreso de Dios.
* * *
En realidad, yo no nací en Jesusalén. Soy, digamos, emigrante de un lugar sin nombre, sin geografía, sin historia. Al morir mi madre, cuando yo tenía tres años, mi padre nos cogió a mí y a mi hermano mayor y abandonó la ciudad. Atravesó bosques, ríos y desiertos hasta llegar al lugar que le pareció más inaccesible. En esa odisea nos cruzamos con miles de personas que seguían el rumbo inverso: huían del campo hacia la ciudad, querían escapar de la guerra rural para refugiarse en la miseria urbana. La gente se extrañaba: ¿por qué nuestra familia se dirigía al interior, donde el país se estaba consumiendo?
Mi padre iba en el asiento delantero. Parecía enfadado. Quizás creía que iba en un barco en vez de ir en un vehículo.
—Esto es el Arca de Noé motorizada —proclamó cuando tomamos asiento en aquella tartana.
Junto a nosotros, en la parte de atrás de la camioneta, viajaba Zacaria Kalash, el antiguo militar que apoyaba a mi viejo padre en sus quehaceres diarios.
—Pero ¿adónde vamos? —preguntó mi hermano.
—A partir de ahora, ya no hay «dónde» —sentenció Silvestre.
Al final de ese largo viaje, nos instalamos en un coto desierto desde hacía mucho tiempo, y de un campamento de cazadores abandonado hicimos nuestro refugio. A nuestro alrededor, todo estaba deshabitado debido a la guerra: no había ni sombra de humanidad. Incluso los animales escaseaban. Sólo abundaba una espesura feroz, sin trazo de camino alguno desde hacía tiempo.
Así pues, nos instalamos entre los escombros del campamento. Mi padre en las ruinas principales; Ntunzi y yo en una casa anexa. Zacaria se estableció en un viejo almacén situado en la parte posterior. La antigua casa de la administración quedó desocupada.
—Esa casa —dijo mi padre— está habitada por sombras y gobernada por recuerdos —y luego ordenó—: ¡Allí no entra nadie!
Las labores de reconstrucción fueron mínimas. Silvestre no quería profanar aquello a lo que él llamaba una «obra del tiempo». Sólo se encargó de una tarea: en la entrada del campamento había una plazuela con un mástil donde otrora se izaban banderas. Mi padre hizo del mástil un soporte para un gigantesco crucifijo. Sobre la cabeza de Cristo fijó una tablilla donde se leía: «Bienvenido sea, señor Dios».
—Un día Dios vendrá a pedirnos disculpas —tal era su creencia.
Mi tío y el ayudante se santiguaban, azorados, para conjurar la herejía. Nosotros sonreíamos confiados: alguna protección divina debíamos de disfrutar para no haber sufrido nunca una enfermedad, para no haber sido mordidos por una serpiente ni embestidos por ningún animal.
* * *
En ocasiones, sin querer, preguntábamos por qué estábamos allí, lejos de todo y de todos. Y mi padre respondía:
—El mundo se ha acabado, hijos míos. Sólo queda Jesusalén.
Yo me creía lo que nos decía mi padre. Ntunzi, en cambio, consideraba todo aquello un delirio y, no satisfecho con la respuesta, volvía a preguntar:
—¿Y no hay nadie más en el mundo?
Silvestre Vitalício inspiraba como si la respuesta exigiera mucho valor y, después de soltar un suspiro contenido, murmuraba:
—Somos los últimos.
Diligente como era, Vitalício se ocupaba de criarnos con cuidado y esmero. Ahora bien, evitando que ese cuidado se convirtiera en ternura. Él era un hombre. Y nosotros estábamos aprendiendo a ser hombres. A ser los únicos y últimos hombres del mundo. Recuerdo que me apartaba con firme delicadeza cuando yo lo abrazaba:
—¿Cierras los ojos cuando me abrazas?
—No lo sé, padre, no lo sé.
—No debes hacer eso.
—¿Cerrar los ojos, padre?
—Abrazarme.
A pesar del distanciamiento físico, Silvestre Vitalício siempre ejerció de padre materno, antepasado presente. A mí me extrañaba tanto esmero. Porque ese celo se contradecía con lo que predicaba. Aquella dedicación sólo tenía sentido si había, en algún lugar por descubrir, un tiempo con futuro.
—Padre, cuéntenos, ¿cómo murió el mundo?
—La verdad es que ya no me acuerdo.
—Pero el tío Aproximado...
—El tío cuenta muchas historias...
—Entonces cuéntenoslo usted, padre.
—Lo que pasó fue lo siguiente: el mundo se terminó incluso antes del fin del mundo...
El universo se había terminado sin espectáculo alguno, sin estallidos ni resplandores. Se había marchitado, se había agotado por tanta desesperación. Y así, mi padre divagaba sobre la extinción del cosmos. Primero empezaron a morir los lugares-hembra: las fuentes, las playas, las lagunas... Luego murieron los lugares-macho: los pueblos, los caminos, los puertos...
—Sólo sobrevivió este lugar. Y aquí es donde viviremos para siempre.
¿Vivir? Vivir es cumplir sueños, aguardar noticias. Silvestre no soñaba, no aguardaba noticias. Al principio quería un lugar donde nadie se acordara de su nombre. Ahora, ni él mismo recordaba quién era.
El tío Aproximado enfriaba el ardor de las cavilaciones paternas, diciendo que su cuñado se había marchado de la ciudad por razones banales, propias de quien siente que la edad se le ha echado encima.
—Vuestro padre se quejaba de que sentía que se estaba haciendo viejo.
La vejez no es una edad: es cansancio. Cuando nos hacemos viejos, todas las personas nos parecen iguales. Ése era el lamento de Silvestre Vitalício. Los habitantes y los lugares ya eran todos indistintos cuando se decidió a hacer el viaje definitivo. Otras veces, muchas, Silvestre había declarado: la vida es demasiado valiosa para desperdiciarla en un mundo desencantado.
—Vuestro padre está pasando un momento crítico —concluía el tío—. Se le pasará el día menos pensado.
Pasaron días, años, y el delirio de mi padre persistió. Con el tiempo, las apariciones del tío se hicieron más escasas. Aquellas crecientes ausencias me dolían, pero mi hermano me desengañaba:
—El tío Aproximado no es quien crees que es —me advertía.
—No entiendo qué quieres decir.
—Es un carcelero. Eso es lo que es: un carcelero.
—¿A qué te refieres?
—Ese al que llamas tío guarda esta prisión a la que estamos condenados.
—¿Y por qué tendríamos que estar en prisión?
—Por el crimen.
—¿Qué crimen, Ntunzi?
—El crimen que nuestro padre cometió.
—No digas eso, hermano.
Todas las historias que mi padre inve
