EL DIÁLOGO COMO EXPERIENCIA
por Abraham Skorka
“Y les dijo Dios…”1 Es el primer testimonio dialogal que hallamos en la Biblia. La única criatura a la que se dirige en tal sentido el Creador es el ser humano. Del mismo relato del Génesis resulta que el individuo se caracteriza por su especial capacidad para relacionarse con la naturaleza, con el prójimo, consigo mismo y con Dios.
Los referidos vínculos que tiende el hombre no conforman, por cierto, compartimentos estancos e independientes unos de otros. La relación con la naturaleza nace a partir de su observación y la íntima elaboración de lo observado; con el prójimo, a partir de las pasiones y las experiencias vividas, y con Dios, a partir de lo más profundo del ser, nutrido por todas las anteriores y como consecuencia del diálogo consigo mismo.
El verdadero diálogo demanda tratar de conocer y entender al interlocutor, y marca la esencia de la existencia del hombre pensante; como lo expresa —a su manera— Ernesto Sabato en el prólogo de Uno y el universo:2 “Uno se embarca hacia tierras lejanas, o busca el conocimiento de hombres, o indaga la naturaleza, o busca a Dios; después se advierte que el fantasma que se perseguía era Uno mismo”.
En el diálogo con el prójimo, las palabras son meros vehículos comunicantes cuyo sentido no es siempre el mismo, en ciertos aspectos, aun para todos los miembros de una sociedad que habla el mismo idioma. Hay matices propios que cada uno les otorga a muchos de los vocablos que hacen al acervo idiomático. El diálogo demanda para sus actores descubrirse mutuamente.
“La vela de Dios es el alma del hombre que revela todos los ámbitos de las entrañas.”3 Dialogar, en su sentido más profundo, es acercar el alma de uno a la del otro, a fin de revelar e iluminar su interior.
En el momento en que se alcanza una dimensión dialogal tal, uno se da cuenta de las similitudes que comparte con el otro. Las mismas problemáticas existenciales, con sus demandas y sus múltiples resoluciones. El alma de uno se refleja en la del otro. Los hálitos divinos que ambos poseen saben entonces aunarse para conformar junto a él una atadura que jamás flaqueará, como está dicho: “La cuerda de tres dobleces no ha de desmembrarse rápidamente”.4
Muchos fueron los momentos que sirvieron de acercamiento y conocimiento entre el cardenal Bergoglio y yo, y que pavimentaron una senda larga de encuentros con distintas características y circunstancias.
Cierto día fijamos lugar y fecha para sentarnos meramente a hablar. El tema era la vida misma en sus múltiples facetas: la sociedad argentina, la problemática mundial, las expresiones de vileza y grandeza que presenciábamos en derredor. Dialogar en la más absoluta intimidad, salvo la presencia de Él, que aunque no lo nombráramos asiduamente (¿acaso hacía falta?) lo sentíamos siempre presente.
Los encuentros fueron repitiéndose, cada uno con sus propios temas. Cierta vez, fijado el encuentro en mi escritorio en la comunidad, le fui comentando acerca de ciertos documentos enmarcados que adornan las paredes del despacho. Me detuve en unas hojas manuscritas del famoso pensador, el rabino Abraham Joshua Heschel, y en otros textos. Sin embargo, mi amigo se detuvo en el mensaje de salutación que había pronunciado en la sinagoga hacía unos años, en ocasión del inicio de la liturgia del año nuevo hebreo, que se encontraba colgado junto al de Heschel. Mientras acomodaba algunas cosas del siempre desordenado ámbito, lo observé parado frente a aquellas páginas firmadas y datadas por él.
La intriga me embargó. ¿Qué habrá pasado por su mente en aquel momento? ¿Qué tenía de peculiar ese gesto, más que el de cuidar y mostrar un documento que considero testimonio valioso en lo que hace al diálogo interreligioso de nuestro medio? No le pregunté. Hay silencios, a veces, que guardan en sí un dejo de respuesta.
Pasado un tiempo, fijamos nuestra reunión en su escritorio, en el Arzobispado. La conversación conllevó a discutir acerca de la presencia del sentimiento religioso en la poesía hispanoamericana. Me dijo: “Tengo una antología en dos tomos al respecto que se la presto, aguarde que voy a la biblioteca a buscarlos”. Quedé en la soledad de su pequeño estudio. Observé el armario con las fotos que lo acompañaban. Deben de ser seres muy queridos y significativos para él, reflexioné. Repentinamente distinguí entre ellas, enmarcada, una foto que le había regalado de un encuentro compartido en el que nos habíamos retratado juntos.
Quedé impactado, en silencio. Hallé la respuesta de aquel otro.
En aquella reunión decidimos componer este libro.
Si bien todo rabino durante su formación pacta un compromiso especial con Dios, pues como maestro de la Ley adquiere el deber de ser paradigma de ella más que cualquier otro judío, una vez en funciones, se debe a los hombres su compromiso con el Creador. Al igual que los profetas, luego de los momentos de elevación espiritual en soledad, debe retornar a la gente y enseñarle sobre la base de la espiritualidad adquirida. Pues las dimensiones espirituales alcanzadas individualmente sólo adquieren sentido, al decir de los relatos bíblicos, cuando sirven para compartirlas con muchos.
Si bien es la palabra oral la que más utilizan los rabinos, siempre subyace el desafío de pulir los términos y plasmarlos en escritos. Las palabras pueden desdibujarse o tergiversarse en el tiempo. Los conceptos escritos permanecen, documentan y permiten que muchos tengan acceso a ellos.
Con el cardenal Bergoglio me unen estas dos enseñanzas. Siempre la preocupación, y el tema central de nuestras charlas, fue y es el individuo y su problemática. Solemos anteponer la espontaneidad oral a la estructuración de lo escrito. Por lo cual, plasmar en un libro la intimidad de nuestros diálogos significó aunarnos con el prójimo, quienquiera que fuese éste. Transformar el diálogo en conversación con muchos, desnudar las almas, aceptando todos los riesgos que ello implica, pero profundamente convencidos de que es la única senda del conocimiento de lo humano, aquella susceptible de acercarnos a Dios.
EL FRONTISPICIO COMO ESPEJO
por Jorge Bergoglio
El Rabino Abraham Skorka hizo referencia, en un escrito, al frontispicio de la Catedral Metropolitana que representa el encuentro de José con sus hermanos. Décadas de desencuentros confluyen en ese abrazo. Hay llanto de por medio y también una pregunta entrañable: ¿aún vive mi padre? No sin razón, en los tiempos de la organización nacional, fue puesta allí esa imagen: representaba el anhelo de reencuentro de los argentinos. La escena apunta al trabajo por instaurar una “cultura del encuentro”. Varias veces aludí a la dificultad que los argentinos tenemos para consolidar esa “cultura del encuentro”, más bien parece que nos seducen la dispersión y los abismos que la historia ha creado. Por momentos, llegamos a identificarnos más con los constructores de murallas que con los de puentes. Faltan el abrazo, el llanto y la pregunta por el padre, por el patrimonio, por las raíces de la Patria. Hay carencia de diálogo.
¿Es verdad que los argentinos no queremos dialogar? No lo diría así. Más bien pienso que sucumbimos víctimas de actitudes que no nos permiten dialogar: la prepotencia, no saber escuchar, la crispación del lenguaje comunicativo, la descalificación previa y tantas otras.
El diálogo nace de una actitud de respeto hacia otra persona, de un convencimiento de que el otro tiene algo bueno que decir; supone hacer lugar en nuestro corazón a su punto de vista, a su opinión y a su propuesta. Dialogar entraña una acogida cordial y no una condena previa. Para dialogar hay que saber bajar las defensas, abrir las puertas de casa y ofrecer calidez humana.
Son muchas las barreras que en lo cotidiano impiden el diálogo: la desinformación, el chisme, el prejuicio, la difamación, la calumnia. Todas estas realidades conforman cierto amarillismo cultural que ahoga toda apertura hacia los demás. Y así se traban el diálogo y el encuentro.
Pero el frontispicio de la Catedral todavía está allí, como una invitación.
Con el Rabino Skorka hemos podido dialogar y nos ha hecho bien. No sé cómo empezó nuestro diálogo, pero puedo recordar que no hubo muros ni reticencias. Su sencillez sin fingimiento facilitó las cosas, incluso que le preguntara, después de una derrota de River, si ese día iba a cenar cazuela de gallina.
Cuando me propuso publicar algunos diálogos nuestros, el “sí” me salió espontáneo. Reflexionando luego, en soledad, la explicación de esta respuesta tan rápida, pensé que se debía a nuestra experiencia de diálogo durante bastante tiempo, experiencia rica que consolidó una amistad y que daría testimonio de caminar juntos desde nuestras identidades religiosas distintas.
Con Skorka no tuve que negociar nunca mi identidad católica, así como él no lo hizo con su identidad judía, y esto no sólo por el respeto que nos tenemos sino también porque así concebimos el diálogo interreligioso. El desafío consistió en caminar con respeto y afecto, caminar en la presencia de Dios y procurando ser irreprochables.
Este libro testimonia ese camino… a Skorka lo considero hermano y amigo, y creo que ambos, a lo largo de estas reflexiones, no dejamos de mirar con los ojos del corazón ese frontispicio de la Catedral, tan decidor y promisorio.
1. SOBRE DIOS
Skorka: Hace muchos años que nos conocemos y que se forjó una fraternal amistad entre nosotros. Cuando analizo los textos talmúdicos encuentro uno que dice que la amistad significa compartir comidas, momentos, pero al final señala que la real amistad consiste en poder revelarle al otro la verdad del corazón. Eso es lo que se fue dando a través del tiempo entre nosotros. Creo que indudablemente lo primero que nos unió fue y sigue siendo Dios, quien hizo cruzar nuestros caminos y permitió revelarnos la verdad de nuestros corazones. Si bien abordábamos múltiples temas en nuestras habituales conversaciones, nunca hablábamos explícitamente de Dios. Tácitamente, por supuesto, se hallaba presente. Sería bueno comenzar este encuentro, que planeamos dejar como testimonio de nuestro diálogo, hablando de aquel que tanto significa en nuestra existencia.
Bergoglio: ¡Qué buena la palabra camino! En la experiencia personal de Dios no puedo prescindir del camino. Diría que a Dios se lo encuentra caminado, andando, buscándolo y dejándose buscar por Él. Son dos caminos que se encuentran. Por un lado, el nuestro que lo busca, impulsado por este instinto que fluye del corazón. Y después, cuando nos encontramos, nos damos cuenta de que Él nos buscaba desde antes, nos primereó. La experiencia religiosa inicial es la del camino: Caminá hasta la tierra que te voy a dar.5 Es una promesa que Dios le hace a Abraham. Y en esa promesa, en ese camino, se establece una alianza que se va consolidando en los siglos. Por eso digo que mi experiencia con Dios se da en el camino, en la búsqueda, en dejarme buscar. Puede ser por diversos caminos, el del dolor, el de la alegría, el de la luz, el de la oscuridad.
Skorka: Lo que usted dice me refiere a distintos versículos bíblicos. Por ejemplo, cuando Dios le dice a Abraham: “Camina delante de mí y sé íntegro”.6 O cuando el profeta Miqueas le quiere explicar al pueblo de Israel lo que Dios espera, y entonces le dice: “Hacer justicia, amar la piedad y caminar con humildad junto a tu Dios”.7 Sin lugar a dudas, la experiencia de Dios es dinámica, por utilizar una palabra que aprendimos en nuestras comunes ciencias exactas.8 Pero, ¿qué cree que le podríamos decir al hombre en estos tiempos cuando el concepto de Dios se halla tan degradado, vapuleado, tan mal usado?
Bergoglio: Lo fundamental que hay que decirle a todo hombre es que entre dentro de sí. La dispersión es un quiebre en el interior, nunca lo va a llevar a encontrarse consigo mismo, impide ese momento de mirar al espejo de su corazón. Ahí está la semilla: contenerse a uno mismo. Ahí empieza el diálogo. Uno a veces cree tener la precisa, pero no es así. Al hombre de hoy le diría que haga la experiencia de entrar en la intimidad para conocer la experiencia, el rostro de Dios. Por eso me gusta tanto lo que dice Job después de su dura experiencia y de diálogos que no le solucionaron nada: “Antes te conocía de oído, ahora te han visto mis ojos”.9 Al hombre le digo que no conozca a Dios de oídas. El Dios vivo es el que va a ver con sus ojos, dentro de su corazón.
Skorka: El libro de Job nos da una gran enseñanza, porque —en síntesis— dice que no podemos entender cómo se manifiesta exactamente Dios en las acciones individuales. Job, que era un hombre de justicia, de rectitud, quiere saber por qué perdió todo, hasta su salud. Sus amigos le dicen que Dios lo castigó porque ha pecado. Él les contesta que aun si hubiera pecado, no era para tanto. Recién cuando aparece Dios, Job se queda tranquilo. No obtiene una respuesta, lo único que existe es un sentir del Señor. De este relato se pueden deducir varias cosas que marcan mi personal percepción de Dios. Primero: que los amigos de Job —que defendieron una tesis que decía “has pecado, por ende, Dios te ha castigado”, transformando a Dios en una especie de computadora que premia o castiga— incurrieron en arrogancia y necedad. Al final del relato, Dios le dice a Job —que tanto le recriminaba la injusticia que el Creador hizo con él— que interceda en oración por sus amigos,10 porque ellos habían hablado incorrectamente acerca de él. Quien gritó sus penas a los cuatro vientos al reclamar por la justicia celestial fue visto placenteramente por Dios. Los que sostenían un discurso esquemático acerca de la esencia de Dios fueron aborrecidos por Él. Dios, a mi entender, se revela a nosotros de un modo muy sutil. Nuestro sufrimiento en el presente podría ser una respuesta para otros en un futuro. O tal vez seamos nosotros una respuesta de algún pasado. Se honra a Dios en el judaísmo cumpliendo con los preceptos revelados por Él. Se siente su presencia a través de una búsqueda, como usted mencionó, en una senda que cada uno y cada generación deben configurar.
Bergoglio: Exactamente. El hombre recibe la creación en sus manos como un don. Dios se la da, pero a la vez le impone una tarea: que domine la Tierra. Ahí aparece la primera forma de incultura, lo que el ser humano recibe, la materia prima que debe ir dominando para realizar la cultura: transformar un leño en una mesa. Pero hay un momento en que el hombre se excede en esa tarea, se entusiasma demasiado y pierde el respeto por la naturaleza. Entonces surgen los problemas ecológicos, el calentamiento global, que son las nuevas formas de incultura. El trabajo del hombre frente a Dios y frente a sí mismo debe mantenerse en una tensión constante entre el don y la tarea. Cuando el hombre se queda sólo con el don y no hace la tarea, no cumple su mandato y queda primitivo; cuando el hombre se entusiasma demasiado con la tarea, se olvida del don, crea una ética constructivista: piensa que todo es fruto de sus manos y que no hay don. Es lo que yo llamo el síndrome de Babel.
Skorka: En la literatura rabínica se pregunta qué es lo que no le gustó a Dios en la torre de Babel. ¿Por qué frenó la construcción confundiendo las lenguas? La explicación más simple de la lectura del texto es porque esas construcciones que trataban de llegar a los cielos eran parte de un culto pagano. Implicaba un acto de arrogancia con respecto a Dios. El midrash11 dice que a Dios le molestó que a los constructores de la torre les importara más perder un ladrillo que si desde semejante altura se cayera un hombre. Eso es lo que pasa hoy, es el juego entre el don y la tarea. El equilibrio tiene que ser exacto, el hombre tiene que progresar pero para volver a ser hombre. Si bien el que sembró y generó todo es Dios, el centro de lo material y de la gran obra divina es el hombre. En la realidad que estamos viviendo lo único que importa es el éxito del sistema económico, y lo último que importa es el bienestar de todos los hombres.
Bergoglio: Lo que usted dijo es genial. En el síndrome de Babel no está solamente la postura constructivista, sino que también aparece la confusión de lenguas. Eso es típico de situaciones en las que se da una exageración de la tarea, ignorando el don, porque en ese caso el puro constructivismo lleva a la falta de diálogo, que a su vez conlleva la agresión, la desinformación, la crispación… Cuando uno lee a Maimónides y a Santo Tomas de Aquino, dos filósofos casi contemporáneos, vemos que siempre empiezan poniéndose en el lugar del adversario para entenderlo; dialogan con las posturas del otro.
Skorka: De acuerdo con la interpretación talmúdica, Nimrod era un dictador de Babilonia que tenía a todos en un puño y por eso se hablaba un solo idioma, el suyo. El tirano impuso construir una torre que llegara a los cielos para dejar su marca, y así —con cierta arrogancia— estar más cerca de Dios. No se trataba de una edificación pensando en el hombre. Lo importante no era que todos vivieran bien. El castigo fue que cada uno tuviera su propia lengua, por haber construido lo suyo, a través de un único idioma despótico, y no algo universal. Este relato es tremendo y tiene una vigencia impresionante.
2. SOBRE EL DIABLO
Bergoglio: El Demonio es, teológicamente, un ser que optó por no aceptar el plan de Dios. La obra maestra del Señor es el hombre, algunos ángeles no lo aceptaron y se rebelaron. El Demonio es uno de ellos. En el libro de Job es el tentador, aquel que busca destruir la obra de Dios, el que nos lleva a la suficiencia, a la soberbia. Jesús lo define como el padre de la mentira, y el libro de la Sabiduría dice que el pecado entró en el mundo por la envidia del Diablo a la obra maestra de Dios. Sus frutos son siempre la destrucción, la división, el odio, la calumnia. Y en la experiencia personal, lo siento cada vez que soy tentado para hacer algo que no es lo que Dios me pide. Creo que el Demonio existe. Quizá su mayor éxito en estos tiempos fue hacernos creer que no existe, que todo se arregla en un plano puramente humano. La vida del hombre sobre la Tierra es una milicia, lo dice Job en el sentido de que las personas son constantemente puestas a prueba; es decir, una lucha por superar situaciones y superarse. San Pablo lo toma y lo aplica a los atletas que en un estadio se tienen que privar de muchas cosas para lograr el éxito. La vida cristiana también es una suerte de atletismo, de pugna, de carrera, donde hay que deshacerse de las cosas que nos separan de Dios. Más allá de esto, quiero señalar que una cosa es el Demonio y otra es demonizar las cosas o las personas. El hombre es tentado, pero no por eso hay que demonizarlo.
Skorka: La concepción judía es tremendamente amplia. Dentro de la mística existe lo que llaman “el otro sentido”, algo así como si hubiera fuerzas del mal. Si bien en la Biblia aparece esa imagen primigenia de la víbora
