El ghetto de las ocho puertas

Alejandro Parisi

Fragmento

En sus orígenes, la palabra Polonia significa “gente de campo”. Y en los orígenes de esta historia también estaban Polonia y su gente, pasando a través de los cristales de la ventanilla como una secuencia de fotografías idénticas, campo y más campo rodeado por un horizonte infinito, apenas alterado por chimeneas de fábricas lejanas, campesinos y animales desganados vagando por los pastizales y niños de rostros borrosos que esperaban junto a las vías para saludar el paso del tren. En cada estación, familias enteras subían arrastrando bultos y animales. Gallinas, cabras, hombres y mujeres y niños con ropas modernas, campesinos vestidos con ajados trajes de domingo, judíos cubiertos de pie a cabeza con caftanes negros, barbas largas y sombreros de ala ancha como venidos de otro tiempo… De vez en cuando, algún pasajero saludaba a mi madre y ella respondía con un murmullo.

Habíamos partido de Lodz hacía más de una hora, y en todo aquel tiempo ninguna había dicho nada. Aunque, quizá, en silencio y cada una a su modo, las tres estuviéramos pensando lo mismo. Edwarda, mi hermana, leía un libro sin prestar atención al paisaje que a mí me deslumbraba. Sentada a mi lado, mamá respiraba profundamente y se llevaba a los ojos un pañuelo blanco para limpiarse unas lágrimas que se habían secado hacía ya tiempo. La tristeza, en cambio, perduraba.

Tres años atrás, mamá había sido la mujer de un comerciante próspero y señora de una casa acomodada; ahora se había convertido en una viuda que cargaba con dos hijas sin saber cómo haría para mantenerlas. Antes de eso había estado enamorada de otro hombre, un hombre al que su familia no había aceptado. Según ellos, aquello no había sido amor, sino la simple confusión de una muchacha sin experiencia. Así fue que le presentaron a Jacob Ostromogilsky, quien se convirtió primero en su marido y luego en el padre de sus dos hijas. De origen ruso al igual que toda su familia, Jacob había desertado del ejército del Zar en la primera guerra y había huido de Rusia para establecerse en Lodz, donde vivían su padre, su madre, dos de sus hermanos y sus dos hermanas. Jacob se acopló a la vida familiar de Polonia y, pocos años más tarde, montó la perfumería Moderne en Piotrykowska 17, una de las calles más importantes de Lodz. Vendía perfumes, perfumes que él mismo traía de Francia.

Aquellos viajes de papá eran cajas de sorpresas. Siempre íbamos a recibirlo a la estación y, luego de los abrazos y los besos de rigor, sus tres mujeres nos dedicábamos a contemplar los regalos: las blusas de seda que exaltaban aún más la belleza de mi madre, las muñecas de cabellos rubios y mejillas sonrosadas... Recuerdo esa época como una mezcla perfecta de placeres infantiles, regalos y sonrisas que parecía durarían por siempre.

Pero entonces ocurrieron cosas terribles, y todo pasó rápidamente, como suelen ocurrir las cosas terribles. En marzo de 1929 mi padre había comprado una importante cantidad de perfumes franceses que había pagado contrayendo una deuda con un prestamista. No era la primera vez que lo hacía, y en una situación normal hubiera vendido los perfumes y hubiese recuperado los pagarés sin complicaciones. Pero 1929 fue un año imprevisible, incluso para mi padre, que era un gran ajedrecista y mejor comerciante: el negocio se vació de clientes, de repente parecía que en Polonia ya a nadie le interesaba comprar perfumes.

Aunque en ese tiempo yo sólo tenía siete años, aún puedo recordar el rostro ensombrecido de mi padre cada vez que regresaba del negocio. Lo que más lo atormentaba no era no poder mantener a su familia, sino no poder pagar su deuda. Las ventas habían caído, y los pagarés comenzaban a pesarle más que las balas, las trincheras, el exilio y todo lo que había soportado en su vida. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por salvaguardar su honor.

El sábado anterior a Pentecostés, Jacob Ostromogilsky salió de viaje en dirección a Varsovia. Su intención era pedirle a Zygmunt Danziger, hermano de mi madre, el dinero que necesitaba para saldar su deuda y poder continuar con el negocio y con su vida. Mamá, Edwarda y yo lo acompañamos a la estación. Lo despedimos con besos y abrazos. Es extraño, o quizá revelador, pero el único recuerdo nítido que me quedó de aquel día fue la imagen de sus zapatos alzándose del andén para posarse en la escalerilla del tren que lo condujo a Varsovia. Nada más, ni siquiera su rostro, su sonrisa o una palabra de afecto, tan sólo la urgencia de partir y terminar con todo aquello.

Pasamos el fin de semana las tres solas con las sirvientas que entonces llevaban nuestra casa. En aquella época aún no iba a la escuela y, a diferencia de mi hermana, que era siete años mayor y ya estudiaba en el colegio secundario, tenía mucho tiempo libre. El martes, luego de las fiestas, mi madre me vistió y prometió llevarme al parque. Dijo que antes pasaríamos por la perfumería a esperar a mi padre, que debía regresar de Varsovia justo a tiempo para abrir el negocio.

Caminamos por Lodz tomadas de la mano bajo el sol de primavera. Cuando llegamos a la perfumería, encontramos la puerta del negocio cerrada por dentro, sin la cadena y el candado de seguridad. Hasta yo podía darme cuenta de que algo andaba mal. Preocupada pero decidida, mi madre me pidió que esperara en la calle hasta que ella me llamara. La vi entrar, luego oí un grito. Y nada más, sólo silencio.

Al entrar primero sentí un olor dulce, pero de una dulzura distinta a la de los perfumes que había en los estantes. Llamé a mamá, pero ella no respondió. Papá tampoco. Avancé unos pasos y entonces descubrí a mi madre desmayada en el suelo y, más allá, un bulto impreciso desparramado junto al calentador a gas. Los zapatos también estaban allí. Fueron lo único que vi, pero eso bastó para que comprendiera lo que había pasado.

Mis gritos atrajeron a vecinos y amigos, que recogieron a mi madre del suelo y nos llevaron a casa. Ese mismo día sepultaron a papá. Más tarde supimos que, antes de suicidarse, había escrito tres cartas: una para la policía, con todas las aclaraciones pertinentes al caso; otra para nosotras; la tercera no recuerdo para quién era, aunque es posible que fuera para sus hermanos o sus padres.

A través de su carta nos enteramos de que en Varsovia papá no había recibido ayuda de nadie: la negativa de su cuñado terminó de mancillar el poco orgullo que le quedaba. Regresó a Lodz desesperado y endeudado. Tal vez avergonzado, o bien para que no interfirieran en su plan, papá evitó despedirse de su mujer y sus hijas. Tan sólo acabó con su vida como ese año lo hicieron tantos otros hombres, incluido el padre de Stefa, a quien conocería ese mismo año al comenzar la escuela.

Stefa fue mi primera amiga, y aunque lo que nos unió fue un banco de clase, ambas compartíamos la ausencia de nuestros padres. El suyo se había suicidado bebiendo yodo y había sido sepultado en el mismo cementerio que papá. A veces, Stefa, su madre, yo y mamá íbamos juntas al cementerio a llevarles flores. Salvo aquellos “paseos”, mamá apenas si salía de casa. Todo había ocurrido tan de repente que aún no podía explicárselo. Distinto hubiera sido si papá hubiese estado enfermo, pero Jacob Ostromogilsky había muerto a los cuarenta y seis años, completamente sano, esclavo de su honor.

Pronto las cuentas comenzaron a acumularse, la perfumería permanecía cerrada y con una deuda inmensa. En apenas unos meses lo habíamos perdido todo, a mi padre, su negocio, las criadas, la cocinera y todo lo demás, incluida la casa, ya que debimos mudarnos a una mucho más pequeña. Todo parecía haberse terminado para nosotras…

Recuerdo que unos años antes de su muerte, cuando yo tendría unos cinco o seis años, entré a la perfumería acompañando a mi madre y descubrimos una escena extraña: un joven, empleado de mi padre, estaba de rodillas frente a él y frente a su propio padre, que sostenía un crucifijo en alto y pronunciaba amenazas. Aquel chico había robado algunos perfumes, y, al descubrirlo, su padre lo había llevado hasta el negocio y, delante suyo y de papá, lo obligó a jurar por su Dios que nunca volvería a robarle. Es extraño que en aquella época en la que sucederían tantas atrocidades, matanzas y guerras, los hombres defendieran su honor con tanto romanticismo. Y fue ese honor lo que, poco tiempo después de la muerte de papá, llevó a su acreedor hasta nuestra casa para devolvernos los pagarés que él había firmado. Aquello significó dos cosas: que la perfumería aún no estaba quebrada y que alguien debía hacerse cargo de ella.

Durante dos años mamá intentó sacar a flote el negocio. Pasaba los días en la perfumería; por las tardes, al regreso de la escuela, Edwarda iba a ayudarla. Yo, que aún era pequeña, terminadas las clases regresaba para hacerme la comida y ordenar la casa con la suficiencia de alguien mayor a los nueve años que tenía por entonces. Porque la muerte de papá nos hizo crecer de golpe, y no sólo a nosotras, sus hijas, sino también a mi madre, que se convirtió en la única responsable de la familia y de un negocio que agonizaba.

Pronto, o mejor dicho, tarde, mamá comprendió que sus esfuerzos eran en vano. No conocía el oficio y tampoco tenía fuerzas para sobrellevar todo aquello. Al fin terminó aceptando que en Lodz no había futuro para nosotras. No le quedaron más opciones que recurrir a los mismos parientes que habían empujado a mi padre al suicidio. Pero esta vez ellos aceptaron ayudarnos, siempre y cuando dejásemos Lodz para establecernos en Varsovia. Así fue que juntamos nuestras cosas, incluidas varias cajas de perfumes, y tomamos aquel tren en el que mi padre había hecho su último viaje en 1929 y que, ahora, en 1932, me enseñaba la inmensidad de Polonia a través de sus ventanas acristaladas.

Nuestro silencio se debía tanto al temor frente a lo desconocido, la gran ciudad que era Varsovia y en la que mi madre había crecido hasta casarse, como a los recuerdos que inevitablemente nos acompañaron durante todo el viaje. De a ratos, mi madre me acariciaba la frente o señalaba algo en la ventanilla para que yo mirara el paisaje y dejase de observarla a ella. Entonces yo contemplaba el paisaje y luego posaba mis ojos en mamá, que volvía a acariciarme la frente.

Antes de que yo naciera, mi madre sufrió una caída que la postró en cama durante nueve días. Y por nueve días sufrió dolores que pusieron en peligro mi nacimiento y demoraron el parto. Todos esperaban lo peor, que yo naciera muerta, o bien que mi madre no lograra sobrevivir a las heridas internas que le habría infligido la caída. Al fin, al noveno día nací con una pequeña marca en la cabeza que, según las creencias, me auguraba una vida feliz y la suerte de los elegidos. Porque si bien mis padres no eran religiosos sino modernos, o asimilados, como nos llamaban los judíos que aún vestían al estilo asiático; si bien las mujeres de mi familia habían dejado de afeitarse la cabeza y usar peluca y los hombres se habían afeitado las barbas que los habían identificado durante miles años; si bien habíamos cambiado la Torá por los libros de divulgación científica y las escuelas rabínicas por las aulas de las universidades, aún conservábamos ciertas creencias supersticiosas. Quizá por eso, ahora, en el tren, luego de perderlo todo, mi madre me acariciaba la cabeza en busca de esa suerte que nos había abandonado.

Tenía ojeras debajo de los ojos, el rictus serio y la mirada perdida. Ni siquiera contestaba a mis preguntas. Había cambiado tanto en esos tres últimos años… Si bien íbamos a encontrarnos con su familia, no estaba feliz. Tampoco yo. Después de todo, si ellos se hubieran decidido a ayudarnos antes, mi padre hubiese seguido con vida, mi madre hubiese seguido siendo la mujer bella y alegre que ya no volvería a ser y yo no tendría que haber partido de mi pueblo hacia una ciudad que no conocía.

Cuando el tren se detuvo en la estación de Varsovia, recogimos nuestras cosas y descendimos tomadas de las manos, las tres. Abajo, en el andén, nos esperaba Zygmunt, el hermano de mi madre. Era más bajo de lo que imaginaba, aunque sus ropas eran nuevas y en su chaleco resaltaba el brillo dorado de la cadena de su reloj de bolsillo. Hubo llantos, abrazos y miradas feroces que él no vio o no quiso ver. Alguien cargó nuestras valijas hasta un droshky de cuatro ruedas tirado por un caballo, que nos condujo al edificio en el que vivían mis abuelos y donde nos habían alquilado un cuarto para las tres, en el número 16 de la calle Chtodna.

Al llegar, lo primero que hice fue asomarme a la ventana. Por un momento cerré los ojos y respiré el aire perfumado por las flores y los árboles de la plaza de enfrente. Cuando volví a abrirlos, un pájaro cruzó la plaza volando a media altura; desde allí podía oír su canto. Después de mucho tiempo sentí algo parecido a la felicidad. Inconscientemente, me llevé una mano a la cabeza buscando esa marca que había desaparecido con los años pero que parecía conservar la suerte que volvía a ordenar nuestras vidas. Con los ojos abiertos, bien abiertos, me dije que lo peor ya había pasado, que las cosas no podían más que mejorar.

El edificio de la calle Chtodna era amplio. Nuestro cuarto, en cambio, era tan estrecho que apenas si cabían tres camas. Junto a él estaba el cuarto de Olga Cybulski, una mujer mayor que andaba por la casa ayudándose con un bastón, y que por las noches rezaba sosteniendo un rosario con cuentas de plata. El tercer ambiente del piso era una pequeña sala con cocina a gas. Para hacerla funcionar había que colocar monedas: un té, una moneda; una olla de agua caliente, muchas monedas. De a ratos me detenía a observar el fuego, tratando de calcular cuántas monedas harían falta para cocinar las comidas y los dulces que preparaba nuestra cocinera de Lodz. Ahora, en cambio, además de no tener empleadas que hicieran las tareas de la casa, cada día subíamos hasta el cuarto piso donde vivían mis abuelos: comer con ellos nos ayudaba tanto a combatir la soledad como a ahorrar el poco dinero que nos quedaba.

En el edificio también vivía una hermana de mamá, una mujer a la que todo el mundo apodaba doctora Karola. La llamaban así porque había estado casada con un médico, que murió de una infección en el frente ruso luchando por Polonia en la misma guerra de la que mi padre había desertado. De medicina mi tía sabía poco y nada, pero eso no le impedía dar indicaciones cuando algún vecino llamaba desesperado porque su hijo tenía fiebre o su mujer se había quebrado una pierna. Me gustaba escucharla recetar extraños remedios que nadie cuestionaba, y a veces hasta debía cubrirme la boca para que no se oyera mi risa. Porque a Débora Tauberhaus, mi abuela, no le gustaba que la gente riera… En verdad le gustaban pocas cosas. Se quejaba y daba órdenes sin parar. Cada día, a las tres de la tarde, una enfermera iba a atenderla y las dos, misteriosamente, se encerraban en el cuarto. Una vez que dejaron la puerta entornada, pude ver que mi abuela se tendía de espaldas en la cama, con el torso desnudo, y la enfermera le desparramaba sobre la piel puñados de gusanos negros que al rato se tornaban rojos como la sangre. “Es sangre”, me dijo mi abuelo, y después también dijo que eran sanguijuelas y que se las colocaban para que absorbieran la enfermedad de su mujer. Cuando le pregunté si existían sanguijuelas que absorbieran el mal humor, él se rió y me acarició el cabello de la misma forma que lo hacía mi padre.

Si bien en Lodz había ido a la escuela primaria pública, pronto entendí que en Varsovia no sería sencillo acceder a una de esas plazas. Los únicos judíos que lo lograban eran hijos de altos funcionarios o tan ricos como para sobornar a quien fuera necesario. Al parecer, los judíos vivíamos en un país que sólo nos aceptaba a cuentagotas. La única opción era pagar una escuela privada. Pero, ¿cómo pagarla si apenas teníamos dinero para vivir? Otra vez debimos pedirle ayuda a la familia de mi madre. Y fue mi tío Zygmunt quien pagó para que cada día yo fuera a la escuela. Además de la muerte de mi padre, ahora también le debía la posibilidad de seguir estudiando.

La escuela secundaria a la que asistía era de especialidad contable. A diferencia de la de Lodz, donde se estudiaba el alemán, el segundo idioma que enseñaban en Varsovia era el francés, que aseguraba a los alumnos el toque de distinción que exigía vivir en una ciudad occidental y moderna.

Lo único que conservaba de la primera escuela era una pequeña cartuchera de cuero marrón que me había traído de Berlín el hermano menor de mi padre, exiliado de Polonia por cuestiones políticas. Dentro de la cartuchera llevaba regla, transportador, tinta y las plumas que cuidaba con mucho recelo. Pero sobre todo cuidaba la cartuchera, que olía a cuero y era mucho mejor que las cartucheras ajadas que llevaban mis compañeros de clase.

Dos casas más allá de la nuestra, estaba la fábrica de cajas de cartón de Mordejai Danziger, mi abuelo. A veces, de regreso de la escuela lo ayudaba con su trabajo. Me gustaba pasar la tarde con él, pegando con almidón las cajas que servirían para envolver medias, camisas y vajilla. Había cajas de todos los tamaños, y además de que me entretenía pegando las cajas, el abuelo resultaba ser una excelente compañía para mi soledad.

Porque por entonces mamá salía mucho. Durante el día, recorría las casas de los amigos de la familia y también de los antiguos amigos que había tenido antes de casarse. No lo hacía para pasear o matar el tiempo, sino para vender los perfumes que habíamos traído de Lodz, y también billetes de lotería. Cuando vendía un número ganador, mamá recibía una pequeña comisión que se transformaba en ropa, comida o mantas para el invierno. Aunque aún era joven, nunca volvió a estar con ningún otro hombre. De noche la podía oír llorar bajo las sábanas y mirar el techo con los ojos abiertos, que, como los de un gato, reflejaban la luz de las lámparas de gas que entraba por las rendijas de la ventana.

Edwarda también había comenzado a trabajar: era telefonista en Dunlop, una empresa inglesa que vendía neumáticos. Había conseguido el trabajo a través de Ada, la mujer del tío Zygmunt, que había trabajado allí de taquígrafa hasta que se casó y pudo dedicarse a lo que más le gustaba: hacer nada. A Edwarda se la veía alegre y más hermosa que nunca. A los dieciocho años se había convertido en toda una mujer. Salía por las mañanas y regresaba bien entrada la tarde; entonces yo me sentaba a escucharla hablar de lo grande y moderna que era Varsovia, de las tiendas que, un poco más allá de nuestra calle, vendían sombreros, guantes y libros, de los Jardines de Sajonia y de los peces que atravesaban el Vístula para comer los mendrugos de pan que les arrojaba la gente. “No hay tantas fábricas como en Lodz, aquí se puede ver el cielo”, repetía Edwarda mientras se peinaba el cabello.

Así fue como conocí Varsovia: sin salir de casa, oyendo todo lo que me contaba ella. Salvo a la escuela, yo no iba a muchos lugares. Pero los domingos, por la mañana, bajaba a la calle y cruzaba la plaza para alcanzar la iglesia de Karola Bormeussa. Era una iglesia católica, como todo nuestro barrio, y los domingos se realizaban bodas de católicos que llegaban en droshky o en autos relucientes. Me gustaba entrar a la iglesia y presenciar la ceremonia, donde no se rompían copas ni se cubrían las cabezas de los novios; me confundía ver a los hombres y las mujeres mezclados en el templo. Afuera, las parejas se besaban, abrazadas ante el fotógrafo que vivía en la planta baja de nuestro edificio. Allí, en una sala junto a la puerta de calle, aquel hombre tenía colgados decenas de retratos de novios recién casados. Cada vez que podía, entraba para contemplar una foto en particular: en ella, un hombre vestido con traje oscuro y camisa blanca rodeaba con el brazo la cintura de una joven bellísima de largos cabellos negros tocados con una corona de flores blancas. Hermosa, sonreía enseñando una dentadura perfecta bajo su nariz pequeña mientras sus ojos claros se entrecerraban para evitar el flash de la cámara.

Siempre, al salir o regresar a nuestro edificio, entraba a la sala del fotógrafo para ver aquel retrato que se había vuelto sepia con el paso del tiempo. Un día el fotógrafo se acercó en silencio. Por un momento esperé que me echara, después de todo aquel era su lugar de trabajo y no necesitaba una niña curiosa ocupando la sala. Sin embargo el hombre permaneció en silencio durante varios segundos, hasta que al fin dijo: “Era hermosa”. “Y está muerta”, dijo después. La sola idea de que el hombre hubiera fotografiado a una muerta me heló la sangre. Subí corriendo las escaleras en dirección a mi casa, asustada y confundida.

Estuve varios días sin salir para evitar pasar cerca de aquel retrato y, lo que hubiera sido peor, cruzarme con el fotógrafo. ¿Qué clase de demonio podía desenterrar un cadáver, vestirlo con el ajuar de novia, mantenerlo alzado para que pareciera vivo y sacarle una fotografía? ¿Y cómo había logrado que sus ojos permanecieran abiertos? ¿La había embrujado? ¿O acaso había logrado fotografiar a un fantasma? En Lodz mi abuela paterna me había contado historias de demonios que resucitaban a los muertos y los convertían en almas en pena; a veces se los veía vagar por los pueblos buscando vengarse de aquellos que les impedían el descanso eterno. Quizá la mujer de la foto fuera eso… ¿Y el novio? ¿Sabría que se había casado con un fantasma?

Demoré menos de cinco minutos en completar la historia: aquella pareja se había comprometido porque estaban tan enamorados como nunca nadie lo había estado antes, pero en vísperas de la boda ella había muerto de una terrible enfermedad, quizá hasta atropellada por un caballo; después del entierro, desesperado, su novio había esperado que el cortejo fúnebre se marchara para desenterrarla y casarse con ella. El fotógrafo, evidentemente en complicidad con el novio, se había prestado a retratarlos y ahora exhibía la foto como un trofeo de su victoria sobre la muerte.

Una tarde en que miraba la iglesia a través de la ventana, Edwarda reparó en mi cara de preocupación. Insistió con las preguntas y acabé por contarle aquella extraña historia. Me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé de hablar, la vi sonreír. Entonces ella dijo dos cosas: que la mujer había muerto después de que le habían tomado la foto, y que yo estaba leyendo demasiados libros.

No se equivocaba. Cerca de casa, en la calle Elektralna, había una biblioteca pública que alquilaba libros por unos pocos centavos. Cada lunes, me acercaba hasta allí para tomar un libro y devolver el que había leído esa semana. Por aquella época leía mucho, muchísimo, en especial a Tolstoi, Dickens, Dostoievski, Henryk Sienkiewicz, Wladyslaw Reymont… Cuando acababa mis tareas escolares y no tenía que ayudar al abuelo con las cajas, me sentaba a leer durante horas. Aún recuerdo las historias de encierros, familias que se odiaban y personajes heroicos que me quitaban el sueño.

Como las de los libros, nuestra familia tampoco era perfecta. Mi tío Zygmunt y su mujer parecían espectros que lo sabían todo y a los que debíamos pedir ayuda todo el tiempo. Cada vez que la tía Ada venía de visita, la abuela cobraba una vitalidad exacerbada, como si la inmovilidad parcial de su cuerpo sanara milagrosamente durante el rato que ella necesitaba para sacar su mejor vajilla y servir toda clase de pasteles y dulces. Pero lo que más me molestaba era que, antes de que la tía Ada se sentara a la mesa, la abuela le tendía un almohadón debajo de su silla. Debía morderme los labios para no gritar: ¿acaso mi madre, que pasaba el día recorriendo casas para ganar un poco de dinero, no merecía también un almohadón mullido sobre el que descansar su cuerpo? No para mi abuela. Ella era así, interesada, y mamá, Edwarda y yo teníamos muy poco que ofrecerle.

Cuando llegaban las vacaciones, tomaba el tren y volvía a cruzar Polonia para pasar el verano con la familia de papá. En la estación me esperaba mi primo Busik. Comprábamos té caliente en uno de los puestos que había en el andén y lo bebíamos mientras nos poníamos al día sobre las novedades del último año. Luego nos dirigíamos a casa de la abuela Eugenia, que siempre me esperaba con regalos y el cariño que no encontraba en mi abuela de Varsovia.

De alguna forma, estar con la madre y los hermanos de mi padre era como estar con él, y las historias que ellos contaban me permitían conocerlo mejor. Mis visitas provocaban extensas reuniones, los primos en torno a la abuela y la mesa cargada de comida, riendo, hablando a los gritos por sobre las conversaciones de los mayores. Para esa época, tanto en Varsovia como en Lodz ya todos comenzaban a hablar de Hitler. Algunos con indiferencia, otros con temor, pero nadie evitaba hablar del tema. Cuando le pregunté a mi abuela quién era Hitler, ella me enseñó su fotografía en el diario: al verlo, tan acicalado, con aquel bigote infantil bajo la nariz, pensé que un hombre tan pequeño no podía ser tan peligroso como decían. Pero el Partido Nacionalsocialista había ganado las elecciones en Alemania y, ya en 1935, los temores al nazismo comenzaban a tomar forma, una forma oscura que pronto cubriría a toda Europa.

Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 debían demostrarle al mundo entero la magnificencia del Estado alemán y la superioridad de la raza blanca. Pero curiosamente el atleta más popular resultó ser un negro. De origen afroamericano, Jesse Owens ganó las pruebas de cien, doscientos y ochocientos metros y salto en largo, empañando los festejos de los organizadores. Las noticias salían con retraso en los periódicos de Varsovia, sin embargo pudimos ver la fotografía de Owens frente a un Hitler furioso y desconcertado.

Entre otras noticias, también leímos que, luego de realizar su primer “Inventario racial biológico”, Alemania se preparaba para la guerra. Lo que no decían los diarios era cuándo y dónde comenzaría. Aunque, curtidos por la historia, desde ese momento todos esperamos que los alemanes quisieran apoderarse una vez más de Polonia.

Después de todo lo que pasó con papá, al fin mamá, Edwarda y yo habíamos logrado establecernos y hacer, o mejor dicho, tratábamos de hacer nuestra vida: yo en la escuela, Edwarda atendiendo teléfonos en Dunlop y mamá recorriendo las calles de Varsovia para vender a otros los perfumes y la suerte que ella había perdido hacía tiempo.

En la primavera de 1936, el jefe de mi hermana, un tal Potok, la invitó a comer a su casa junto con su mujer y su inquilino, un hombre de poco más de treinta años que trabajaba en Brol & Rowvinski, una de las tantas fábricas textiles que por entonces había en Polonia. Así fue como mi hermana conoció a Boris Lewin.

La primera vez que vi a Boris fue un domingo, al regreso de la iglesia. Lo encontré sentado en la sala de casa, un tanto nervioso, intercambiando miradas con Edwarda. Al abrir la puerta, Edwarda salió a mi encuentro y, pasándome una mano por los hombros, me presentó como su hermana pequeña, lo que era verdad pero me molestaba: si hay algo que ningún niño nunca quiere escuchar es que lo presenten como tal. Quizá Boris reparó en mi fastidio, lo cierto es que primero dijo que yo no era tan pequeña y luego se incorporó para besarme el dorso de la mano como hacían los galanes de los libros que yo leía. Era un hombre bajo, catorce años mayor que mi hermana, con abundante cabello rubio peinado hacia atrás. Vestido con traje claro y corbata oscura con rayas blancas, camisa blanca y zapatos brillantes, daba la imagen de un hombre moderno y de buena posición.

Me lo confirmó la caja envuelta en papel rojo que depositó sobre la mesa. Al abrirla, encontré dos niveles de bombones, todos envueltos con un brillante papel metalizado. Se deshacían en la boca sin que necesitara morderlos. Edwarda ya me había dicho que Boris era amable, cariñoso, que trabajaba mucho y ganaba bien… aunque el gesto de besarme la mano y aquellos bombones habían bastado para que yo terminara de aceptarlo.

Mientras comía un bombón tras otro y mi madre se apuraba en servir el té, Boris y Edwarda conversaban y se dedicaban rápidas miradas desde una distancia prudente. Durante la semana salían a cenar, al teatro, a oír música en los cafés. Mi hermana siempre regresaba a medianoche, antes de que el portero cerrara la entrada del edificio. Si regresaba más tarde, tenía que llamar a aquel hombre de sienes plateadas y rostro rojo de alcohólico, darle una propina y, lo que era peor, delatar que llegaba a una hora demasiado imprudente para una chica soltera y de buena familia.

Siempre que regresaba de sus citas con Boris mi hermana contaba los avances de una relación que, aunque escandalizara a mi abuela, progresaba con toda la lentitud que exigía la época: un día contó que Boris le había tomado la mano; otro día que le entregó un ramo de flores; al fin, un día la besó: entonces le propuso matrimonio.

Habían fijado fecha para febrero del año siguiente. Pocos días antes de la boda, cuando las últimas nevadas habían sellado las puertas y ventanas de toda Varsovia, dentro de una casa de la calle Chtodna, precisamente en el cuarto piso, sobre una alfombra, moría Mordejai Danziger, mi abuelo. Cuando los empleados de la casa de sepelio lo retiraban en camilla, pude ver su pierna descubierta por las sábanas. Igual que con mi padre, no le vi la cara, no quise verlo. Me bastó saber que sus pies habían dejado de caminar.

La costumbre judía exigía guardar luto por cuarenta días, lo que para los judíos ortodoxos de la calle Krochmalna hubiera supuesto aplazar la boda. Sin embargo nosotros no éramos tan estrictos como ellos: nada nos impedía celebrar la boda el mismo 19 de febrero. Eso sí, se realizó en la sinagoga de Nozyk, en la calle Twarda, junto al teatro judío. Boris y Edwarda llegaron en el Buick negro de Potok, como estrellas de cine, disfrutando de una felicidad que debía durar por siempre. Primero, en silencio, los hombres se sentaron por un lado y las mujeres por otro. Luego alabamos la grandeza del Dios de nuestros padres, y una vez que el novio rompió la copa todos nos dirigimos al departamento que Boris había comprado para vivir con su esposa. Recuerdo aquella fiesta con el fervor de la adolescente que era, a medio camino entre los niños que correteaban por la sala y los adultos que bailaban al compás del gramófono. Algunos estaban de pie, otros sentados, las chicas tarareaban melodías, y todos, todos, comían como desaforados. Entretenida con los parientes y los juegos de niños que entonces me parecían lo mejor de las fiestas, no reparé en un muchacho llamado Edek, que recorría el salón con la mirada altiva y un rostro bello que sólo pude descubrir años más tarde. Sí noté la presencia de Busik, mi primo de Lodz, vestido de soldado, que por entonces estaba haciendo el servicio militar y asistió a la boda antes de partir con su regimiento. Cuando la fiesta terminó, mi madre y yo regresamos a la casa de la calle Chtodna, sin Edwarda. En apenas un año y medio, mi hermana había

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