Junto a la cabaña de nuestro abuelo, sobre una elevada cresta, frente a la pendiente donde crecen castaños de Indias, a lomos de su caballo, se halla Claire, envuelta en una gruesa manta. Ha acampado por la noche y ha encendido un fuego en el hogar de la pequeña estructura que nuestro antepasado construyó hace más de una generación, y en donde, al llegar a este país, vivió como un ermitaño o una criatura del monte. Era un soltero autosuficiente que con el tiempo se convirtió en propietario de toda la tierra que se veía desde allí. No se decidió a casarse hasta los cuarenta, y al hijo que tuvo le dejó esta granja junto a la carretera de Petaluma.
Claire se mueve despacio por encima de dos valles llenos de bruma matutina. La costa queda a su izquierda. A la derecha el camino hacia Sacramento y los pueblos del delta, como Río Vista, y también hacia las poblaciones que son una reliquia de la Carrera del Oro.
Convence al caballo para que descienda a través de la blancura junto a árboles muy compactos. Ha estado oliendo a humo durante los veinte últimos minutos y, en las afueras de Glen Ellen, ve arder el bar del pueblo: el pirómano de la zona ha atacado pronto, con la seguridad de que el local estaría vacío. Claire lo contempla desde lejos sin desmontar. Territorial, su caballo, raras veces permite que se le monte de nuevo: sólo se le puede engañar una vez al día. Ni jinete ni animal se fían del todo el uno del otro, aunque el caballo es el mejor aliado de mi hermana Claire, y ella utilizará cualquier truco que se salga de lo establecido para evitar que se encabrite y corcovee. Lleva bolsas de plástico con agua y se inclina hacia delante y se las rompe en el cuello, de manera que Territorial cree que es su propia sangre y se calma por espacio de un minuto. Cuando Claire monta a caballo pierde su cojera y, convertida en centauro, tiene a su cargo el universo. Algún día conocerá a un centauro y se casará con él.
El fuego tarda una hora en extinguirse. El bar de Glen Ellen siempre ha sido escenario de peleas, e incluso ahora Claire ve escaramuzas que se inician en las calles, quizá para honrar el hito todavía en llamas. Acerca el animal a la roja madera resbaladiza de un madroño y se come las bayas, luego desciende hasta el pueblo y deja atrás el fuego. Muy cerca, al pasar, oye el ruido, semejante a un trueno, de las últimas vigas que se hunden, y aleja el caballo del sonido.
De vuelta a casa pasa cerca de viñedos con sus calefactores de aspecto prehistórico que mantienen el aire en movimiento para que las viñas no se hielen. Diez años atrás, cuando Claire era muy joven, los braseros ardían toda la noche para mantener tibio el aire.
Casi todas las mañanas entrábamos en la cocina a oscuras y cortábamos en silencio gruesas lonchas de queso. Mi padre bebía una copa de vino tinto. Luego nos íbamos al establo. Coop ya estaba allí, retirando con el rastrillo la paja sucia, y enseguida empezábamos a ordeñar a las vacas, la cabeza apoyada en su costado. Un padre, sus dos hijas de once años, y Coop, el asalariado, pocos años mayor que nosotras. Nadie había hablado todavía, sólo se había oído ruido de cubos y el de las puertas que seguían oscilando después de abrirlas.
En aquellos días Coop hablaba muy poco, tan sólo monologaba en voz baja, como si el lenguaje fuese una cosa poco segura. En esencia aclaraba lo que veía: la luz en el establo, por dónde trepar la próxima valla, qué pollo separar de los demás para capturarlo y metérselo bajo el brazo. Claire y yo le escuchábamos siempre que podíamos. Coop era por entonces un alma sin sombras. Nos dábamos cuenta de que su actitud taciturna no surgía de un deseo de distanciarse sino de sus vacilaciones en materia de palabras. Su experiencia era del mundo material, en el que nos protegía. Pero en el mundo del lenguaje se convertía en nuestro alumno.
En aquella época, nosotras dos funcionábamos casi siempre por cuenta propia. Nuestro padre, viudo, nos había criado sin ayuda de nadie, y estaba demasiado ocupado para prestar atención a sutilezas. Se daba por satisfecho si sacábamos adelante nuestros quehaceres y se enfadaba enseguida si era difícil encontrarnos. Desde la muerte de nuestra madre era Coop quien escuchaba nuestras quejas y preocupaciones, y quien nos cedía el protagonismo cuando pensaba que era eso lo que queríamos. Para nuestro padre Coop era prácticamente invisible. Lo formaba para granjero y nada más. Pero lo que Coop leía eran libros sobre campamentos y minas de oro en el noreste de California, libros sobre quienes lo habían arriesgado todo al girar a la izquierda en el codo de un río, y de ese modo habían encontrado una fortuna. En la segunda mitad del siglo XX llevaba, por supuesto, un retraso de cien años, pero sabía que en los ríos, o bajo determinados tipos de hierba, o en las sierras con pinares, aún quedaban afloramientos áureos.
Existía un libro, poco más que un folleto de lomo blanco, que encontré en lo alto de una estantería en el vestíbulo de la granja. Entrevistas con californianas: mujeres desde los primeros tiempos hasta el día de hoy. Como muchas de aquellas pioneras no escribían, archiveros de Berkeley se habían trasladado con grabadoras para recoger los relatos de sus vidas y el ambiente de otras épocas. En la monografía figuraban historias que se remontaban a comienzos del siglo XIX y que llegaban hasta el presente, desde «El relato de doña Eulalia» hasta «El relato de Lydia Méndez». Lydia Méndez era nuestra madre. Fue allí, en aquel libro, donde descubrimos a la mujer que murió la semana en que Claire y yo nacimos. Sólo Coop, de nosotros tres, que trabajaba en la granja desde pequeño, la había conocido. Para Claire y para mí no era más que un rumor, un fantasma que nuestro padre no mencionaba casi nunca, alguien cuyas respuestas quedaban recogidas en unos cuantos párrafos de aquel librito, y que se nos mostraba en una descolorida fotografía en blanco y negro.
Todas las protagonistas del libro eran seres humildes, pensaban que la historia sucedía a su alrededor, no dentro de ellas. «Crecimos en la gran llanura central, al noroeste de Los Ángeles, donde mi padre trabajaba en las minas de asfalto. Me casé a los dieciocho años y el día de nuestra boda bailamos muchísimas piezas con la música de La Vaquilla y El Grullo: los violinistas y los guitarristas, dijo mi marido, eran los mejores de la región. La mesa de caballetes con la comida se instaló junto a la gran roca en el pastizal. El padre de mi marido desembarcó treinta años antes en San Francisco y aquel mismo día, según me cuentan, tomó el barco para Petaluma y construyó esta casa. Cuando llegué había mil gallinas ponedoras. Pero mi marido no quería emplear a otras personas para trabajar en la granja, de manera que sólo teníamos vacas lecheras y cultivábamos maíz; los zorros mataban a las gallinas y era demasiado costoso protegerlas. También había otros animales —gatos monteses y coyotes— en las colinas, además de serpientes de cascabel en los bosques de secuoyas; y una vez vi un puma. Aunque la verdadera maldición eran los cardos. Luchábamos para impedir su avance. Pero nuestros vecinos nunca dominaron el arte y las simientes de los suyos volaban hasta nuestra propiedad.
»Un poco más abajo, por Petaluma Road, había un individuo que tenía un centenar de cabras, un hombre bueno. A veces venía y acampaba con sus cabras en nuestros campos, unas cabras pequeñas de una raza especial que se comían los cardos y que, al digerirlos, mataban las simientes: por alguna razón las masticaban como es debido. Las vacas no lo hacen. Una vaca come cardos, pero las simientes pasan por ella como si nada. Si uno aborrecía a los cardos, aquel hombre podía encantarle... Hubo un terrible episodio de violencia en la granja vecina a la nuestra. La familia Cooper fue asesinada por un jornalero que golpeó al matrimonio con un trozo de madera hasta matarlos. Al principio nadie sabía quién había hecho semejante barbaridad, pero su hijo se escondió durante varios días en el hueco que había debajo de las tablas del suelo. Tenía cuatro años y acabó por salir y contar quién había asesinado a sus padres. Recogimos al chico para que se quedara con nosotros y trabajase en la granja.»
Ése es todo el retrato que nos queda de nuestra madre. De cualquier otra cosa que pudiera haberse planteado o que pudiese pensar nos separa una distancia infranqueable. Habló sobre todo de los acontecimientos que se le habían caído encima, de manera que sólo supimos de su afecto por el cabrero, de su breve alegría cuando bailó el día de su boda, y de los detalles de los asesinatos en la granja vecina que trajeron a Coop a nuestro hogar. Nada se nos revelaba sobre sus placeres, ni sobre su inteligencia, ni sobre su piedad. Cosas que podrían haber servido de norte para nuestro padre. Sólo dos páginas sobre aquella californiana que, a los veintitrés años, moriría al dar a luz.
Lo que no figuraba en el librito blanco, por consiguiente, era la extraña decisión de nuestro padre, durante el caos que rodeó a la muerte de Lydia, que lo llevó a adoptar, saltándose todos los trámites, en el mismo hospital donde su mujer estaba dando a luz, a una niña —la hija de otra madre, muerta también de parto—, de manera que se llevó a casa a dos criaturas, y crió a la otra, a la que puso el nombre de Claire, como suya. Las dos, Anna y Claire, habíamos nacido la misma semana. La gente daba por sentado que las dos éramos de su sangre. Tal fue el gesto de nuestro padre, nacido de la desaparición de Lydia Méndez. La madre muerta de la otra niña no tenía familia, o era una solitaria; quizá por eso pudo mi padre hacer lo que hizo. Todo aquello sucedió en un hospital de campaña en las afueras de Santa Rosa y, por decirlo sin rodeos, el personal médico le debía una esposa, le debía algo.
De vez en cuando, y como cualquier otro padre, el nuestro nos abrazaba. Aquello sólo sucedía si éramos capaces de sorprenderlo en esa tierra de nadie entre el cansancio y el sueño, cuando parecía estar en desacuerdo consigo mismo. Me reunía con él en el viejo sofá que era su asiento habitual, y me tumbaba como un perro flaco en sus brazos, imitando su abandono ante el cansancio: demasiado sol, quizá, o exceso de trabajo durante el día.
También Claire estaba allí a veces, si no le apetecía quedarse fuera o si había una tormenta. Pero yo quería sencillamente apoyar la cara sobre la camisa a cuadros de mi padre y fingir que me dormía. Como si aspirar el olor de la carne de un adulto fuese un pecado y también un timbre de gloria, un derecho en cualquier caso. Hacer una cosa así durante el día habría sido impensable y nuestro padre habría procedido a apartarnos. No era un padre moderno, lo habían criado con unas cuantas reglas muy masculinas, y ya no tenía una esposa que matizase o que pusiera en peligro sus creencias. De manera que era preciso sorprenderlo en aquel estado de duermevela, cuando había perdido el control en el sofá de tela escocesa, para que nos aceptara a las dos, una en cada brazo. Yo vigilaba el movimiento del párpado, el temblor en aquella capa de piel que señalaba su cansancio, como si alguien estuviera tirando de él con una cuerda en el centro del río para llevarlo a otra parte. Y después también me dormía yo, descendiendo al estrato que estaba más cerca de él. Un padre que te permite eso debería protegerte todos los días, pienso yo.
Más de un siglo antes de nosotros, en agosto de 1849, un grupo de aventureros acampó en un valle situado a más de ciento cincuenta kilómetros al norte de Petaluma. Construyeron cabañas en un lugar al que pusieron el nombre de Badger Hill y empezaron a buscar oro. Eran veinte los que cribaban la arena de los arroyos, hundidos hasta la rodilla en el agua helada, y casi se rindieron ante las tormentas invernales que les cayeron encima. Pero en el plazo de seis meses descubrieron oro mezclado con cuarzo en un lugar que acabaría llamándose Grass Valley. Se levantó un centenar de hoteles desvencijados, y nombres estrambóticos para minas empezaron a motear los mapas que se reimprimían constantemente: Slumgullion, Delírium Trémens, Falso Trueno, Deleite del Infierno, Camposanto, Jack el Solitario, Espléndido Infierno, Ne Plus Ultra, Tenedor de Plata, Caballito Mecedor, Sultana. Hubo gentes que, sin suministros, empezaron a perderse por las montañas, se convirtieron en cazadores por necesidad, y abatieron urogallos, ganado, osos, con escopetas y pistolas. Aparecieron carnicerías por todas partes. Buques de vapor viajaron tierra adentro hasta los puntos más distantes donde aún era posible navegar, como el río Feather. Y llegó una civilización multiforme. Jugadores, empresarios del abastecimiento de agua, cazadores profesionales, prostitutas, cronistas, bebedores de café, comerciantes en whisky, poetas, perros heroicos, novias por correspondencia, mujeres que se enamoraban de muchachos bendecidos por la suerte, ancianos que se tragaban el oro para esconderlo en su viaje de regreso a la costa, aeronautas, místicos, Lola Montes, cantantes de ópera: buenas, malas, y las que hicieron camino fornicando por el territorio. Y los dinamiteros que allanaban pendientes excesivas y te volaban la tierra bajo los pies. Se excavaron veinticinco kilómetros de túneles bajo el pueblo de Iowa Hill. Ardió Sonora. Ardió Weaverville. Ardieron Shasta y Columbia. Se reconstruyeron y ardieron de nuevo y volvieron a quemarse. Sacramento se inundó.
Cien años después, en la época de la obsesión de Coop, aún quedaban cinco mil buscadores de oro a tiempo completo repartidos por las orillas de los ríos Yuba y Russian. Registraban los antiguos pueblos de las Sierras que tenían nombres de amantes o de perros o de personajes de novelas, nombres que eran una cápsula del tiempo del hambre y del deseo de una nueva vida. Ne Plus Ultra. Hasta en los puntos más insignificantes de los mapas del condado había sucedido algo. En esta orilla del río se mataron dos hermanos al discutir sobre la dirección que debían tomar. En este claro se cambió a una mujer por un emplazamiento. Es como si hubiera una novela corta de Balzac a la vuelta de cada curva.
Ahora los buscadores de oro se trasladaban en vehículos con remolque, y utilizaban dragas accionadas por gasolina para extraer todo lo que quedaba en los lechos de los ríos. Un siglo de inundaciones y tormentas había liberado el oro de los lechos prehistóricos, arrastrándolo hasta los ríos. Mineros con trajes de neopreno estaban «rebañando» las corrientes y nadaban en la oscuridad submarina sosteniendo gigantescas fuentes de luz.
Todo lo relacionado con el oro estaba en oposición a la vida de Coop en nuestra granja. Aún debía de seguir sintiendo que no venía de ningún sitio, puesto que el horror del asesinato de sus padres nunca se mencionaba entre nosotros. Se le había hecho entrega de las costumbres y los deberes ligados a la vida en la granja, de manera que estaba en condiciones de cabalgar hasta la cabaña de nuestro abuelo con los ojos cerrados, sabiendo, por el sonido de la brisa en un árbol, dónde estaba exactamente y en qué dirección miraba, como si se hallara en el interior de un espacio arquitectónico perfectamente controlado. Nuestra tierra se había limpiado de piedras y de rocas, las tablas de madera de la mesa de nuestra cocina estaban tan limpias como las páginas de un libro y, cuando se abrían las puertas de la cerca, siempre se volvían a cerrar. Pero el metal amarillo era euforia y azar para Coop, una disciplina ilógica, una historia fantástica que incluía un asesinato o una falsa identidad o una historia de amor. Hizo dos horas de autostop en dirección noroeste por la carretera Colfax-Iowa Hill y estuvo viendo a los buscadores, con sus herramientas para inspeccionar fisuras, que trabajaban en la bifurcación septentrional del Russian River. Tenía diecisiete años cuando, lleno de entusiasmo, se puso a trabajar por una miseria y la posibilidad de una gratificación con los tubos de succión Anaconda. Volvió a casa al cabo de una semana con la espalda torcida. No dijo una palabra delante de nosotras, las chicas, sus oyentes llenas de curiosidad, sobre sus actividades. Dondequiera que hubiese ido podíamos ver que estaba de algún modo alterado, que había hecho algo peligroso.
Su trabajo consistió en saltar desde la plataforma flotante, con el tubo de succión Anaconda en las manos, y hundirse hasta el fondo del río. Un segundo después el generador despertó y su cuerpo salió despedido de lado a lado mientras trataba de orientar la manguera viva para que buscase el posible oro atrapado por debajo de las rocas. A veces, cuando dejaba de succionar la grava, la manguera saltaba fuera del agua, volaba por el aire, con Coop todavía cabalgando encima hasta caer de nuevo sobre la dura superficie del río y sumergirse una vez más, con el cristal y el cuero y el hierro de la escafandra presionándole el cuello, mientras que en el interior, por el delgado conducto a modo de cordón umbilical, el aire le llegaba de manera poco profesional y vacilante y, Coop se daba cuenta, sin seguridad, hasta la boca.
Coop llegó a sentarse en la cocina —pequeña y oscura— de la granja con nosotras e intentó hablar de aquello, pero apenas era capaz de dar siquiera el primer paso para explicarnos lo absurdo y peligroso de lo que se había atrevido a hacer. De manera que no supimos lo que había ocurrido. Recuerdo que nos quedamos allí y salmodiamos: «La semana que Coop perdió, ¿dónde se fue?, ¿con quién la pasó? ¿Quién fue la mujer que así lo dejó?».
Las suaves colinas onduladas de nuestra granja se vestían de verde con las lluvias constantes del invierno y se quedaban secas y marrones durante el verano y el otoño. De vuelta a casa, hacia el norte viniendo de Nicasio, trepábamos hasta la cumbre de las colinas y luego torcíamos bruscamente para tomar la estrecha pista de tierra de la granja, que descendía casi medio kilómetro antes de llegar a los establos, mientras el coche saltaba sobre los badenes hechos con goma de neumáticos de tractor, clavada en la tierra con pinchos. Cuando Claire y yo éramos mayores, al volver de alguna fiesta en Glen Ellen, medio dormidas y con la vejiga llena, maldecíamos a los inútiles badenes. A oscuras, al pie de la colina, teníamos que parar el coche. Me toca a mí, decía yo, quitándome el vestido nuevo de algodón y los zapatos ajustados: para poder seguir adelante era necesario retirar las mulas —demasiado amistosas y muy despiertas— del camino al pie de la colina.
En tanto que hermanas, cada una reflejaba a la otra, competía con la otra, y Coop era nuestro ídolo común. Cuando ya rondaba los veinte descubrimos que tenía otras vidas, que desaparecía en la ciudad, que frecuentaba billares y salones de baile, y que volvía justo a tiempo para llevar a Claire a Nicasio, donde le daban clases de piano. Mi hermana se fijaba en sus manos morenas y de dedos largos, en cómo manejaba el embrague, en su manera de tomar las curvas como si guiara el coche por el agua, para regresar luego a la línea recta con un solo gesto. Le encantaba la facilidad de Coop, el que apenas tuviera que esforzarse para hacer cualquier cosa con la que se enfrentara. Un año después, al recogerla en Nicasio, se cambió al asiento del acompañante y le tiró las llaves; a continuación sacó un libro en rústica de la guantera y empezó a leer, mientras Claire, frenética e insegura acerca de todo, conducía el coche que se le antojó de repente gigantesco —tuvo la sensación de que estaba gritando— hasta lo alto de la carretera llena de curvas y luego lo deslizaba, colina abajo, para acabar en la granja. Coop nunca alzó la vista, ni dijo una sola palabra, quizá —al descubrirla en el espejo lateral— miró la cara de una mula a la que casi habían rozado. A partir de entonces Claire fue y volvió sola de las lecciones de piano, echando de menos a Coop. Coop, tan s
