Historias de Inmigración

Lucía Gálvez

Fragmento

Contents
Índice
Portada
Índice
Agradecimientos
Prólogo
La temprana y próspera inmigración irlandesa
Eugenio Mattaldi y su yerno Gastón Fourvel Rigolleau. Una familia de empresarios
Los galeses en la Argentina. En busca de la Tierra Prometida. Michel D. Jones
Étienne Belsunce, Enrique Rivarola y Ángel García: tres motivos distintos para emigrar
Cesare Agustoni y sus hermanos
John Hamilton, un pionero escocés en Malvinas y Santa Cruz
Familia Glassmann
Jules Gastón Bouillet y Clara Passemarte. Luis Frumento y Clara Bouillet
Isaac Benzecry
Los “gauchos judíos”
Los gauchos judíos: del campo a la ciudad
Constantino Izrastzoff
Pablo y Sofía Lenzner, pioneros de la Patagonia
Torcuato Di Tella
Pedro Noro y la petite Rosinette
Manuel Sadosky y sus padres Natalio y María
Pedro Ignacio Irungaray y María del Pilar Iriberri
Abraham Sacas Curi y Grace Coulthard
Hipólito Fernández
Francisco Prati
Yubrán Massuh y su familia tucumana
Vángelo Grapsas
José Clementi, Esther Golastra y su hija Hebe
Rafael Carmona y Ramón Julián Pérez
José Barreiro, María Rosa Vicente Barreiro
Josef y Anna Chuchla. Enrique Kaluzynski y Teófila Chuchla
Antonio López Llausás y María Teresa Llovet
Friedrich Wilhelm Rasenack
Santiago Stegner: de Zagreb a Florida
Alfredo Bessone, Clelia Molineris y su hijo Juan Edgardo Bessone
Enrique Vera Morales: de la División Azul al Club del Progreso
Gagik Vardarnian: la expresión por medio del arte. De Erevan a Buenos Aires
Epílogo
Biografía
Otros títulos de la autora
Créditos
Grupo Santillana
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Conquista, población, mestizaje y entrada de esclavos africanos formaron la intrincada trama social de los inicios.<sup>1</sup> El otro momento fundacional es la gran inmigración de europeos y mediterráneos que cambiaron la composición étnica de la población hispano-criollo-indígena y mulata, duplicándola cada veinte años, de 1857 a 1930, para seguir aumentando en forma más pausada hasta fines de la Segunda Guerra Mundial. Durante ese período, más de seis millones de personas llegaron a la Argentina. Muchas de ellas lo hicieron como trabajadores estacionales, volviendo a sus hogares después de la cosecha o de un período determinado, pero en el país quedaron tres millones trescientos ochenta y cinco mil nuevos habitantes. Estas cifras que, en proporción, son las más elevadas de todos los países del Nuevo Mundo, demuestran la importancia de la inmigración en la formación de la Argentina moderna. El primer intento de colonización europea no española en el Río de la Plata se realizó en febrero de 1825, después de la firma del Tratado de Amistad, Navegación y Comercio entre la República Argentina y el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda. Pero las doscientas familias escocesas que vinieron fueron instaladas en el sur de la provincia de Buenos Aires, en la frontera con el indio, y la colonización no prosperó. En 1828, el general John Thomond O’Brien, gran amigo de San Martín, se propuso traer a la Argentina “doscientos jóvenes irlandeses trabajadores y honestos” para que formaran la base de una colonia agrícola, proyecto que también fracasó. Los primeros inmigrantes espontáneos se fueron acercando a partir de la época de Rosas. Algunos habían sido combatientes italianos de la revolución de 1848, la mayoría constructores o albañiles. Había también jardineros gallegos contratados para trabajar en Palermo, comerciantes ingleses y algún que otro alemán, ovejeros escoceses o irlandeses y algunos aventureros vascos. “Aunque no se incentiva su llegada mediante leyes, existe una actitud permisiva que acusa un sostenido crecimiento de colectividades extranjeras, buena parte de la cual emigra de Montevideo”.<sup>2</sup></p> <p>La Generación del ’37, con Alberdi, Echeverría y Sarmiento a la cabeza, tenía muy claras las ideas: educación, inmigración y leyes cumplidas eran los pilares sobre los que debía levantarse el edificio de la nueva nación. La Constitución era la piedra fundamental, pero, para que no fuera, al decir de Alberdi, “la Constitución de un desierto”, los legisladores deberían atraer a los posibles pobladores europeos proclamando todas las garantías y los derechos que tendrían y mostrándoles un país en orden. Las mentes más lúcidas sabían que, si la Argentina quería marchar al mismo ritmo de las grandes naciones, había que cambiar muchas cosas, entre ella la intolerancia y la ignorancia. Las elites que soñaban, planeaban, echaban las bases para el nuevo país y querían lograr su crecimiento económico y moral entendieron que para ello era necesaria la unidad en los grandes proyectos nacionales, la tolerancia para con las ideas distintas, la libertad de expresión y de culto, el orden y la paz. Esto no se consiguió sino después de acuerdos, secesiones, guerras y pactos que fueron acercando a los opositores. La Constitución ideada por Alberdi fue hecha realidad por Urquiza y los legisladores del ’53. Sin embargo, los argentinos —porteños y provincianos—, díscolos y levantiscos, siguieron poniendo escollos en el camino hacia la unidad, a la que se llegó después de mucho esfuerzo y sangre derramada.<sup>3</sup></p> <p>A pesar de estos y otros inconvenientes, los inmigrantes fueron llegando con su carga de esperanzas y, aunque sólo una minoría pudo ser propietaria de la tierra, muchos ascendieron económica y socialmente —o tuvieron la alegría de ver el progreso de sus hijos— y todos, con mayor o menor esfuerzo, consiguieron trabajo y accedieron a las libertades constitucionales.</p> <p>En el otro platillo de la balanza habría que poner los afectos que tuvieron que dejar, la tristeza de no saber si alguna vez volverían a su tierra, las dudas e incertidumbres ante lo desconocido —sobre todo los que no entendían el idioma—, las primeras desilusiones al ver que las cosas no eran como se las habían pintado...</p> <p>Todo el que emigra de su patria y se aleja de los suyos siente una pérdida irreparable que ni el tiempo ni la distancia podrán borrar. Aquellos que lo hicieron, conservando el buen ánimo y la constancia necesarios para levantar una familia, son dignos de admiración y respeto.</p> <p>En la Argentina, las guerras civiles y la economía pastoril habían impedido hasta entonces la formación y el desarrollo de una clase media. Los objetivos de progreso de la república liberal no podrían cumplirse sin su existencia. La inmigración vino a llenar ese vacío. Pero no fueron electricistas ingleses ni mecánicos alemanes, como querían Sarmiento y Alberdi. Ellos tenían su lugar en las fábricas de sus ciudades industrializadas. En cambio vinieron los aldeanos de la Europa meridional o los centroeuropeos que buscaban una alternativa para lograr una vida digna y en libertad. Curiosamente, las tres primeras colonias organizadas —la primera en Baradero, provincia de Buenos Aires, la segunda, Esperanza, en Santa Fe y la tercera, San José, en Entre Ríos— estaban formadas con un predominio de suizos de habla alemana o francesa, pertenecientes al cantón de Valais.<sup>4</sup> También había familias provenientes de Saboya y el Piamonte. Los atraía el artículo 25º de la Constitución: “No se podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias o introducir y enseñar las artes y las ciencias”. El censo de 1854 muestra un gran aumento poblacional: se contabilizan veintidós mil ochocientos británicos (incluyendo cuatro mil norteamericanos); veinticinco mil franceses (muchos de ellos vascos); quince mil italianos (alemanes y suizos) y veinte mil españoles (incluyendo vascos, canarios, etcétera).<sup>5</sup></p> <p>En 1856, por intermedio de Aarón Castellanos y del gobierno de Santa Fe, se fundó Esperanza, primera colonia agrícola de la provincia y madre de futuras colonizaciones. Los primeros años, la poca previsión de los organizadores y las malas cosechas, debidas a las sequías o a las lluvias abundantes, causaron dificultades a los colonos pioneros. No se habían preparado los ranchos como estaba convenido y no se compraron todos los animales prometidos ni todas las semillas necesarias, pero, a pesar de estos inconvenientes debidos a la improvisación, ya en 1882 Esperanza albergaba a setecientas sesenta y cinco familias entre las que se encontraban mil italianos. Después de 1860, los colonos edificaron sus propias viviendas sin intervención oficial, alambraron sus terrenos, arbolaron y multiplicaron sus ganados y cosechas.</p> <p>La Colonia San José, fundada en 1857, financiada por Urquiza y administrada por el francés Alejo Peyret, fue planeada con tiempo e inteligencia. Mediante contratos particulares se otorgaron dieciséis cuadras de terreno a cada familia, cerca del río Uruguay. Además recibían: cien pesos para semillas y objetos de primera necesidad, cuatro bueyes y dos vacas lecheras con cría; madera y leña necesarias; carne y harina para el mantenimiento de la familia durante un año. La deuda se acababa en cuatro años, pagando el dos por ciento mensual, después de la cosecha.</p> <p>No todos estaban de acuerdo con este tipo de inmigración organizada y menos aún con la subsidiada, que tuvo su auge entre 1887 y 1891, cuando el gobierno financiaba pasajes anticipados. “Pronto comenzaron a comprobarse las desventajas de la inmigración subsidiada mediante acuerdos celebrados en Europa, generalmente bajo las presiones de los cónsules extranjeros y sin garantías suficientes. No siempre las profesiones declaradas eran las verdaderas, y la gran mayoría de los candidatos provenía del subproletariado de las grandes ciudades.”<sup>6</sup> Muchos preferían la inmigración espontánea: “...los que emigran espontáneamente de un país, excluyendo los criminales que huyen de las condenas, son los más vigorosos, los que se sienten más aptos para la lucha, para desplegar energías y afrontar las circunstancias más difíciles y peligrosas”.<sup>7</sup> Dardo Cúneo afirma que Buenos Aires prefería la inmigración espontánea, sin contrato ni adjudicación de tierras, porque, al ser su economía decididamente pastoril, no necesitaba brazos de agricultores sino más bien de proletarios, de gente que quisiera realizar los trabajos urbanos que no gustaban al criollo.</p> <p>Al principio, la mayoría eran hombres solos los que se aventuraban para después llamar a sus familias. No todos, sin embargo, encontraron la Tierra Prometida: para 1885, la mayor parte de las tierras públicas ganadas a los indígenas ya estaba vendida. Inmensas extensiones de suelo pampeano habían pasado a pertenecer a unos pocos propietarios que no tenían interés en venderlas a los recién llegados. Según Dardo Cúneo, la elite propietaria fomentaba la inmigración sólo para conseguir trabajadores asalariados en los campos y proletarios en las ciudades. Muchos no deseaban favorecer el arraigo de extranjeros.<sup>8</sup> Como a fines del siglo XIX la agricultura estaba subordinada a la ganadería, los contratos particulares duraban sólo cuatro o cinco años. El propietario obligaba al arrendatario o mediero a roturar la tierra, cultivar cereales y, antes de irse, dejarla sembrada con alfalfa destinada a la ganadería.</p> <p>El país no estaba preparado para recibir a tanta gente. Los colonos debieron construir sus pobres ranchos, y los inmigrantes urbanos, hacinarse en conventillos. Sarmiento explicó claramente esta situación en su mensaje presidencial de 1868. “En la expectación de mil inmigrantes por año, debemos desde ahora acometer la tarea de prepararles tierra de fácil adquisición y regir su distribución por leyes que estorben que un individuo se apodere del territorio que basta en Europa para sostener un reino o que la generación actual despoje a las futuras de su derecho a tener un hogar y un pedazo de suelo que llamar su patrimonio.”<sup>9</sup> Otro problema provocado por la inmigración fue el enfrentamiento entre el inmigrante y el nativo. Según Cúneo: “La inmigración venía sirviendo a la finalidad de crear proletariado barato, enfrentando al inmigrante con el nativo e inmediatamente al inmigrante ya radicado con el que acababa de llegar”.<sup>10</sup> Al respecto, indicaba un diario porteño en esos días: “¿Se tendrá en cuenta a nuestros paisanos en este reparto de tierra argentina? Si es provechoso e importante dar tierra a los extranjeros para que ayuden al crecimiento nacional, no menos necesario y justo resulta entregarlas a los argentinos que ya han pagado con su sacrificio —peleando en la guerras contra el indio, por ejemplo— y a quienes por otra parte les corresponde en prioridad por nacimiento y cariño”.<sup>11</sup></p> <p>Esta rivalidad entre inmigrantes y criollos se dio en los primeros años por desconfianza y desconocimiento mutuos.</p> <p>Más adelante, gracias a la igualdad proporcionada por la escuela pública, a la fraternidad barrial y a la natural solidaridad criolla, los inmigrantes no se sintieron discriminados y menos aún sus hijos, que ya se sentían argentinos. “Pero si la vida de las colonias transcurría sin conflictos de rechazo violento por parte de la población criolla, en cambio la literatura y algún periodismo destaca la figura del inmigrante pintándola con los peores rasgos físicos y morales.”<sup>12</sup></p> <p>El setenta y ocho por ciento de los inmigrantes italianos, que formaban la colectividad más numerosa, y el sesenta y ocho por ciento de los españoles, que les seguían en número, se establecieron en las ciudades. Los franceses (principalmente vascos y bearneses) formaban por su importancia numérica el tercer grupo, aunque eran apenas el cuatro por ciento del total. Los seguían los “rusos” —en realidad, judíos que huían de los <i>pogroms</i> zaristas— y los súbditos del Imperio Otomano, llamados genéricamente “turcos”, aunque en su mayoría eran sirio-libaneses cristianos. Es asombrosa la elevada proporción de extranjeros en la población nacional de principios del siglo XX: de acuerdo con el tercer censo, realizado en 1914, la proporción era del treinta por ciento, pero en algunos centros urbanos ésta se elevaba al setenta u ochenta por ciento. Hebe Clementi distingue dos momentos definidos en el período que va de 1857 a 1914.</p> <p>“En el primero, de 1857 a 1890, la inmigración, aunque no tan abundante, viene amparada por la política del gobierno que auspicia la radicación de colonias, otorga facilidades de viaje, reserva recursos financieros para la promoción, dicta leyes de inmigración (1876) y Leyes de Tierras (1876 y 1884) y legisla acerca de la educación para afianzar la imagen del Estado acorde con un país de fluencia migratoria. En el segundo momento, de 1890 a 1914, la crisis económica inicial y la incorporación del aluvión inmigratorio ‘descalificado’ —en el sentido de que deja de estar orientado hacia la colonización— provoca su instalación en ámbitos urbanos con el consiguiente hacinamiento [...] El caudal máximo de entrada inmigrante se dará entre 1904 y 1913, con 2.895.025 inmigrantes, de los cuales emigran 1.356.785, que deja un saldo de 1.538.240.”<sup>13</sup></p> <p>En 1914 más de la mitad de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires no eran argentinos. Pero en las provincias mediterráneas pobres, alejadas de las zonas dinámicas del Litoral y la pampa, como Catamarca, La Rioja o Santiago del Estero, la proporción de extranjeros jamás superó el tres o cuatro por ciento. Por otra parte, nueve de cada diez extranjeros se radicaron en la región pampeana, y el sesenta y dos por ciento de éstos, en la Capital Federal o en la provincia de Buenos Aires. La mayoría se dedicó al comercio y la artesanía y algunos llegaron a ser grandes empresarios. En 1914 los sectores secundario y terciario estaban formados por una mayoría de extranjeros: entre cuarenta y siete mil empresarios industriales, treinta y un mil quinientos no eran argentinos. En el sector terciario estaban los comerciantes minoristas y todos los servicios que exige una ciudad opulenta.</p> <p>La influencia de la inmigración se dejó ver a través de las colectividades, algunas de ellas muy numerosas y prósperas, como las de los piamonteses y suizos en Santa Fe, o las de los judíos, saboyanos y alemanes del Volga en Entre Ríos, los galeses establecidos en Chubut, los estancieros ingleses y escoceses en Santa Cruz, los viñateros italianos en Mendoza, los ganaderos vascos e irlandeses en la provincia de Buenos Aires, los colonos alemanes e italianos en el Chaco, los suizos, polacos y alemanes en Misiones y, más adelante, los intelectuales españoles en la Capital Federal.</p> <p>En un artículo sobre la inmigración, Víctor Massuh destaca tres aportes que los inmigrantes hicieron a la formación de una identidad argentina: en primer lugar, la condición de un país abierto al mundo, que da la bienvenida a quienes “traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes”. Según Ortega y Gasset, la Argentina era un “país poroso”, comparable a la Grecia clásica, que fue receptiva a todo lo asiático pero transfigurándolo en una entidad nueva. En segundo lugar, la inmigración apostaba al futuro, aspirando a crear, más que a continuar, una tradición. “El inmigrante abandona la rigidez tradicional de un oficio heredado [...] se proyecta en el destino del hijo, convertido ya en la encarnación del país venidero.” Un tercer rasgo de la identidad argentina logrado por el hecho mismo de la inmigración es el pluralismo, el cosmopolitismo cultural. “En virtud del así llamado mestizaje de nacionalidades, religiones, etnias y lenguas, el argentino aprendió a convivir con lo distinto. Es decir, a sentirse un ciudadano plural [...] Este rasgo nos predispone al cosmopolitismo, a una visión planetaria, incluso a la universalidad. No otra cosa quiso significar Borges al decir que ‘nuestra tradición es el mundo’.”<sup>14</sup></p> <p>Desde hace más de diez años me ronda este tema, fundamental, de los múltiples cambios que el fenómeno de la inmigración introdujo en la Argentina. Fue, verdaderamente, otro momento fundacional, con sus héroes, más anónimos que conocidos, sus epopeyas y sus hazañas cotidianas. La mayoría de las historias de estos inmigrantes puede calificarse de ejemplar. Ellos se esforzaron y trabajaron duro por un ideal, en nombre de valores como la fe, la honestidad y el culto al trabajo. A través de estas historias de vida, narradas por los propios protagonistas, sus hijos o sus nietos, se pueden vislumbrar los orígenes del colorido mosaico que es nuestra sociedad actual y percibir la gran Argentina que lo enmarcó.<sup>15</sup> El país debe mucho a tantos hombres y mujeres de “buena voluntad” que, trabajando para su progreso y el de sus familias, hicieron crecer la tierra de sus hijos y sus nietos. Era otra Argentina, con vocación de grandeza y un gran optimismo —algo inconsciente, tal vez— respecto del progreso y sus propias fuerzas.</p> <p>En estos tiempos absurdos en los que no llegamos entender por qué estamos como estamos, es necesario dirigir una mirada hacia el pasado y recordar que, ayer nomás, nuestra patria pudo ser refugio para quienes buscaban libertad, y oportunidad para quienes no la tenían. La sangre de esos viajeros y de los que llegaron siglos atrás, llenos de esperanzas y coraje, es la misma que corre por nuestras venas. Una Argentina unida en la diversidad de ideas y costumbres, con posibilidades para todos sus habitantes, la Argentina que trabaja, crea, estudia y se esfuerza, espera que la rescatemos de las garras de la corrupción y de la ignorancia.</p> <div> <p>NOTAS</p> <p>1 Desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XVII.</p> <p>2 Hebe Clementi, <i>El miedo a la emigración.</i> Buenos Aires, Siglo XX, 1985.</p> <p>3 Acuerdo de San Nicolás, junio de 1852; secesión de Buenos Aires, septiembre de 1852 hasta la batalla de Cepeda (triunfo de la Confederación), en octubre de 1859; Pacto de San José de Flores y reforma de la Constitución en 1860; batalla de Pavón, triunfo de Buenos Aires, 1861; revolución del 80: capitalización de Buenos Aires.</p> <p>4 Héctor Norberto Guionet, <i>La Colonia San José,</i> 3ª ed., Buenos Aires, Ediciones Pasco, 2001.</p> <p>5 Hebe Clementi, ob. cit.</p> <p>6 Citado en Graciela Swiderski y Jorge Luis Farjat, <i>La inmigración,</i> Buenos Aires, Colección Arte y Memoria Audiovisual, enero de 1999.</p> <p>7 <i>La Nación</i>, 1910, artículo citado en Swiderski y Farjat, ob. cit.</p> <p>8 Dardo Cúneo, <i>De inmigración y nacionalidad.</i> Buenos Aires, Paidós, 1977.</p> <p>9 Citado en Swiderski y Farjat, ob. cit.</p> <p>10 Dardo Cúneo, ob. cit.</p> <p>11 <i>Ibíd.</i></p> <p>12 Hebe Clementi, ob. cit.</p> <p>13 <i>Ibíd.</i></p> <p>14 Víctor Massuh, <i>Inmigración árabe e identidad argentina,</i> texto leído el 22 de agosto de 2002 en el Club Sirio-libanés de Buenos Aires.</p> <p>15 Lamentablemente, faltan aquí algunas importantes colectividades como húngaros, checos, daneses, portugueses, japoneses, etc., que no alcancé a incluir.</p> </div> <?xml version="1.0" encoding="UTF-8" standalone="no" ?><!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.1//EN" "http://www.w3.org/TR/xhtml11/DTD/xhtml11.dtd"><html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> <head> <title/> <meta name="viewport" content="width=device-width, initial-scale=1, maximum-scale=1"> <body> <style> html * {padding:0px;font:1em/1.4em Georgia, "Times New Roman", Times, serif;padding:0 0.6em 1.2em 0.6em;color:#000"} img {max-width:100%;height:auto;display:block;margin:0 auto;} </style> <div> <img alt="" src="https://fragmentos.megustaleer.com/MAR-010711/Images/portadilla_-12.jpg"/> <p>Entrevista a Maureen Hughes Moore de Acuña en septiembre de 2002. Foto: El granadero Cirilo Hughes. Gentileza de Maureen Hughes.</p> </div> <p>Todos los pueblos que emigraron a la Argentina trajeron su caudal de tradiciones y costumbres. La inmigración irlandesa se caracterizó por ser de las más tempranas y poseer un fuerte sentido comunitario. Sin tener en cuenta a los oficiales irlandeses que se quedaron después de las Invasiones Inglesas o aquellos otros que vinieron a luchar por la independencia, como el almirante Brown, desde 1830 es perceptible, sobre todo en la provincia de Buenos Aires y en el Litoral, una importante afluencia de irlandeses. El primer grupo que llegó durante el gobierno de Rosas estaba formado por católicos que querían practicar su culto o aventureros en busca de fortuna. La gran mayoría trabajaba como pastores de ovejas con la aspiración de ser propietarios. Muchos venían atraídos por las oportunidades en el comercio de la lana y de la carne, los precios bajos de la tierra y los altos salarios que se ofrecían. Irlanda había sido anexada a la corona británica a principios del siglo XIX, pero la población se empobrecía con velocidad. La crisis se agravó en 1840 con la “gran hambruna” producida por una mala cosecha de papas, alimento básico de este pueblo.</p> <p><i>“The great patato rot”</i> aceleró el proceso de inmigración. Miles de personas al borde de la inanición se embarcaron hacia América del Norte en busca de sustento. Los que vinieron al Río de la Plata, con sus familias o en forma individual, habían recibido favorables referencias de sus parientes y amigos sobre las facilidades que otorgaba la Argentina. Algunos de ellos vinieron con cierto capital, aunque su principal riqueza era la educación recibida en sus familias.</p> <p>“Estos irlandeses no se quedaron en las ciudades, como lo hicieron por lo general sus compatriotas que emigraron a los Estados Unidos, al Canadá o a Australia, sino que en su mayoría se internaron en la campaña, muchas veces sobrepasando la frontera entre la civilización y los indios, internándose en lo que entonces se conocía como el ‘Desierto’, donde fundaron establecimientos que en más de una oportunidad fueron arrasados por los salvajes. Posteriormente, cuando comenzó el trazado de las líneas férreas, facilitaron en toda forma la fundación de pueblos alrededor de las estaciones, muchos de los cuales llevan ahora su nombre.”<sup>1</sup></p> <p>Desde 1830 se fueron radicando individualmente en la campaña bonaerense, poblándola con ovejas y otros ganados. Según sus posibilidades, trabajaban como asalariados (pastores o puesteros), aparceros o arrendatarios. En el contrato de “medieros” el dueño confiaba de dos mil a tres mil ovejas a un pastor irlandés por un tiempo específico. Al final del período, la majada de diez mil a doce mil ovejas se dividía por la mitad: cincuenta por ciento iba al dueño y cincuenta por ciento al pastor. Este sistema permitió a muchos irlandeses establecerse rápidamente en sus propias estancias y creó una nueva oportunidad para los que llegaron de Irlanda en busca de trabajo, pues podían conseguirlo de sus propios compatriotas. “Los irlandeses llegan a la Argentina en el momento de mayor impulso en la expansión del ovino, cuando los altos precios internacionales de la lana favorecen la transferencia de capitales hacia las áreas productoras, beneficiando de una u otra manera a quienes están involucrados en esa actividad [...] Pobres en capital pero ricos en fuerza de trabajo [...] los inmigrantes ven en esa actividad en expansión un campo propicio para su posible incorporación como productores.”<sup>2</sup></p> <p>En cuanto sus medios se lo permiten pasan a ser propietarios comprando parte de sus tierras a los terratenientes locales. Es así como surgieron numerosas estancias en los hasta entonces prácticamente desiertos campos de la provincia de Buenos Aires, primero hacia el Sur (Cañuelas, Chascomús, Ranchos), luego hacia el Oeste (Monte, Lobos, Navarro, Las Heras, Chivilcoy, Mercedes, Suipacha) y, a partir de 1865, hacia el Norte (Luján, San Andrés de Giles, Carmen de Areco, Pilar, San Antonio de Areco, Baradero, Rojas, Salto, etc.). De allí se extenderían a los campos de Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba. La capacitación para el trabajo permitió a muchos de estos propietarios llegar a ser grandes estancieros. Algunos tuvieron que establecer acuerdos con los indios vecinos para respetar mutuamente sus límites.</p> <p>Una vez instalados, su espíritu comunitario los llevó a reunirse con otros connacionales y a levantar escuelas y hospitales para su gente. A sus llamados acudieron religiosos irlandeses, varones y mujeres que establecieron colegios para la educación de sus hijos, hospitales para la atención de sus enfermos o entidades de carácter puramente social. Los sacerdotes irlandeses (especialmente los pasionistas y palotinos) tuvieron un papel muy activo en la vida de la comunidad y en mantenerla unida. En 1844 designaron al reverendo Anthony Fahy como capellán. Pronto, además de consejero, se convirtió en banquero y administrador de la renta de muchos compatriotas. Un rico comerciante, el protestante Thomas Armstrong, lo apoyó. <i>Father</i> Fahy había ideado un sistema para mejorar la calidad de vida de los emigrantes recién llegados. Recorría las estancias de sus compatriotas predicando y administrando los sacramentos. Hacía también de “casamentero” ayudando a que los jóvenes irlandeses se conocieran.</p> <p>“Durante veintisiete años jugó un rol fundamental en la consolidación y el desarrollo de la comunidad irlandesa en la Argentina.”<sup>3</sup> Hilda Sábato y Juan Carlos Korol citan en su trabajo la evocación que sobre él hace William Bulfin: “Benditos sean aquellos tiempos cuando el padre Fahy partía de Buenos Aires a caballo a visitar a su rebaño desperdigado. Frecuentemente galopaba de cuarenta a sesenta millas por día, cambiando caballos aquí y allá cuando se le presentaba la oportunidad. Muchas noches dormía en su recado envuelto con su poncho, con el techo de paja de algún rancho sobre su cabeza y a veces nada más que el estrellado cielo de la pampa. Muchas de sus comidas las comía donde los huéspedes debían tomar la carne con los dedos y usar su propio cuchillo de campo como mejor les pareciese”.</p> <p>En 1856 llegaban a Buenos Aires las Hermanas de la Misericordia y unos cuantos sacerdotes irlandeses que ayudarían al padre Fahy hasta su muerte, ocurrida en 1871. “Personajes como el padre Michael Leahy y su hermano John, Samuel O’Reilly, Patrick Lynch, entre otros, actuaran incansablemente como sacerdotes, médicos, maestros y consejeros de las familias irlandesas, convirtiéndose muchas veces en verdaderos árbitros de sus destinos. La figura del sacerdote está entonces en el centro de la vida del inmigrante. Él es el articulador social por excelencia y el mentor de la mayor parte de las actividades que se organizan en torno a la comunidad.”<sup>4</sup></p> <p>Otro conocido sacerdote, monseñor Patrick Dillon, fundó en 1875 <i>The Southern Cross,</i> el diario irlandés con mayor antigüedad entre los publicados fuera de Irlanda. Este periódico tuvo gran importancia en la comunicación entre los miembros de la comunidad, y aún la tiene después de haber superado los ciento veinticinco años de vida. Otras instituciones centenarias son el colegio de Santa Brígida, fundado en 1899 por la Acción Católica Irlandesa y puesto bajo la dirección de las <i>Sisters of</i> <i>Mary.</i></p> <p>Maureen Hughes Moore es nacida en la Argentina como también sus padres, sus abuelos y siete de sus ocho bisabuelos; no obstante, por sus venas no corre más que sangre irlandesa: Hughes, Casey, O’Neill, Browne, Moore, Kirk, Gahan, Atkinson, Murphy, Keenan, son parte de los catorce tatarabuelos que emigraron. “Durante cuatro generaciones se casaron entre ellos —afirma—. Muchos eran primos segundos. Recién los de mi generación empezamos a mezclarnos. Esta característica se encuentra también en algunas familias inglesas. La enorme diferencia está en que los irlandeses nacidos acá siempre se sintieron argentinos. Los irlandeses y los ingleses son absolutamente distintos y también lo son sus actitudes. El inglés siente que está haciendo de colonizador para la madre patria; el irlandés se identifica más con el lugar donde va y con su gente.”<sup>5</sup></p> <p>Criollos e irlandeses tenían en común el amor por la tierra y el gusto por la libertad de galopar en las grandes llanuras. Es evidente también que el pertenecer a una misma religión ayudó mucho en los comienzos de la integración irlando-argentina o “hiberno-argentina”, como gustan llamarse a sí mismos. “Hubo entre paisanos criollos y campesinos irlandeses una influencia mutua, buena para ambos —destaca Maureen—. El criollo era muy bruto con los animales. El irlandés tiene una gran tradición de amor al caballo, que transmitió al gaucho”.</p> <p>“Los patrones irlandeses eran muy buenos con los criollos que trabajaban con ellos. Los gauchos se referían a ellos como <i>Los Johnnies,</i> en alusión a los muchos nombres John o Sean que había en la comunidad. Había un peón indio que era tan fiel a Lorenzo Casey, mi bisabuelo, que en una escaramuza interpuso su cuerpo y recibió el balazo que le iba dirigido. Lo llevaron a Buenos Aires y pudo salvarse. El problema había empezado cuando un grupo de ‘requisadores’ fue a la estancia Las Lilas a buscar caballos para la guerra del Paraguay. En realidad hacían de intermediarios y se los vendían al ejército. Lorenzo Casey salió con los peones de noche a defender la caballada y allí sucedió el episodio. El peón indio se curó y vivió muchos años. Mi bisabuelo le dio una chacra cerca de Luján para él y su mujer criolla. Ya viejo lo sacaba a pasear a caballo a papá, que tenía cuatro años. Él nos ha contado que una vez, arreando los toros, uno de ellos le pegó un guampazo: el indio sacó el cuchillo, se hizo un corte para desenganchar el cuerno y siguieron andando... Había una excelente comunicación con los peones. Eran como de la familia. Recuerdo a la mulata doña Adela que estaba en la estancia desde el siglo XIX y se acordaba de la fiebre amarilla. De tanto estar con nosotros hablaba inglés.</p> <p>”Yo viví en Las Lilas hasta los ocho años por esa idea de que había que vivir en Buenos Aires. Nos vinimos a Belgrano y papá viajaba, pero íbamos a la estancia durante las vacaciones. Después que me casé, pude volver a vivir unos años en el campo de mi marido. Pero no a todas las mujeres de la familia les gustaba tanto vivir en la estancia: mi abuela, Maud Casey, se fue a vivir a Londres y mi bisabuela, Catalina Browne, mujer de Lorenzo, vivía furiosa porque su marido no quería saber nada con tener casa en Buenos Aires como la mayoría de sus conocidos.”</p> <p>Con el fin de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, los mercados empezaron a saturarse de lana. Entonces los estancieros irlandeses se dedicaron a las vacas. Eduardo Casey, hermano de Lorenzo, trajo la cabaña de Shorton para reforzar la cría de ganado vacuno. Fue uno de los hombres más representativos de la activa y optimista Generación del ’80. Su padre había nacido en Irlanda en 1809. Según cuenta Maureen, es tradición familiar que él y sus hermanos llegaron a la Argentina a caballo desde el Perú después de haber tomado un barco en California. Siempre venían en grupos de hermanos o amigos. Habían viajado allí porque tenían derechos sobre una mina. “Era la época de la fiebre del oro en California, así que se cruzaron hasta allí, pero como no les fue bien tomaron un barco por el Pacífico y desde Lima siguieron a caballo. Cuando llegaron a Buenos Aires no tenían un peso. Mi tatarabuelo tenía veinte años cuando empezó a trabajar como pocero. Haciendo el foso de la estancia El Durazno, se prometió a sí mismo ser algún día su dueño.”</p> <p>Tenía menos de treinta años cuando el 26 de septiembre de 1837 se casó en Ranchos con la irlandesa Mary O’Neill. Con trabajo e inteligencia fue labrando una fortuna. Compró campos en Chascomús y después en Las Heras y en Navarro. Finalmente pudo comprar la estancia El Durazno, en Lobos, donde nacieron varios de sus hijos, entre ellos Eduardo, el más famoso de la familia. Tuvieron nueve hijos que fueron llegando matemáticamente cada dos años desde 1839 hasta 1855. Una de sus hijas entró de monja en la Misericordia, orden irlandesa recién llegada al país.</p> <p>Lawrence Casey fue el primer estanciero que pagó un millón de pesos por un campo. El remate se hizo en la recova del Cabildo, causando el asombrado escándalo de los porteños ante el despilfarro de “ese inglés loco”.</p> <p>Todos los hermanos Casey fueron consumados jinetes y, como buenos irlandeses, entusiastas amigos de los caballos. Lorenzo Casey y O’Neill nació en Lobos en 1851, y en 1881 se casó con Catalina Browne en la capilla de Santa Brígida, que ayudó a levantar su suegro, John Browne. Este último había llegado al Río de la Plata en 1840. Se casó con Anne Slamon en 1847 y tuvieron once hijos. Se estableció en San Vicente y luego en Luján, donde compró una estancia de unas seiscientas treinta hectáreas en el paraje llamado La Choza. Allí en 1872 el padre O’Reilly bendijo la capilla de Santa Brígida en una fiesta recordada por muchos años, donde después de la misa hubo carreras de caballos, bailes, etc. John Browne, otro bisabuelo, se d </div> <div id="div_newsletter" class=""> <h3 id="h3_news">Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales</h3> <h3 id="h3_OK">¡Ya estás apuntado/a! 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rcTagManagerLib.isCheckout = isCheckout; rcTagManagerLib.compliantModuleName = compliantModuleName; rcTagManagerLib.skipCartStep = skipCartStep; // list names rcTagManagerLib.lists = {"default":"Fragmento","filter":"filtered_results"}; // Google remarketing - page type rcTagManagerLib.ecommPageType = 'other'; // get products list to cache rcTagManagerLib.productsListCache = []; // Listing products /////////////////////////////////////////////// if (!disableInternalTracking) { // Initialize all user events when DOM ready document.addEventListener('DOMContentLoaded', initGtmEvents, false); window.addEventListener('pageshow', fireEventsOnPageShow, false); } function initGtmEvents() { // Events binded on all pages // Events binded to document.body to avoid firefox fire events on right/central click document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickPromotionItem, false); //Botones Newsletters var btnNewsletter = document.querySelectorAll('.modalSubscriptionForm'); btnNewsletter.forEach((btn) => btn.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickNewsletter, false)); //Botones Menu var Menu = document.getElementById("iqitmegamenu-horizontal"); Menu.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventNavegacionMenu, false); //Menu Movil var MenuMovil = document.getElementById("iqitmegamenu-mobile"); MenuMovil.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventNavegacionMenuMovil, false) if (rcTagManagerLib.trackingFeatures.goals.socialAction) { // bind event on like/follow action rcTagManagerLib.eventSocialFollow(); } //////////////////////// // ALL PAGES EXCEPT CHECKOUT OR ORDER if (!isCheckout && !isOrder) { // bind prestashop events with tracking events prestashop.on( 'updateCart', function (event) { rcTagManagerLib.eventAddCartProduct(event); rcTagManagerLib.eventCartUpdate(event); } ); prestashop.on( 'clickQuickView', function (event) { rcTagManagerLib.eventProductView(event) } ); prestashop.on( 'updatedProduct', function (event) { rcTagManagerLib.eventProductView(event) } ); prestashop.on( 'clickIqitWishlistAdd', function (event) { rcTagManagerLib.eventWishlistProduct() } ); // init first scroll action for those products all ready visible on screen setTimeout(()=>{ rcTagManagerLib.eventScrollList(); // bind event to scroll window.addEventListener('scroll', rcTagManagerLib.eventScrollList.bind(rcTagManagerLib), false); },3000); // init Event Listeners document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickProductList, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventGetAddCartQuantity, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartQuantityDelete, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventLogin, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventLogout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCreateAccount, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventNewsletter, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventUpdateAccount, false); //Sliders setTimeout(()=>{ let Sliders = document.body.querySelectorAll(".slick-slider"); Sliders.forEach((slider)=>{ slider.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventClickCarousel,false); slider.addEventListener('touchstart', rcTagManagerLib.eventTouchStartCarousel,false); slider.addEventListener('touchmove', rcTagManagerLib.eventTouchMoveCarousel,false); slider.addEventListener('touchend', rcTagManagerLib.eventTouchEndCarousel,false); }), 2000 }) if (rcTagManagerLib.trackingFeatures.goals.socialAction) { // bind event to allow track social action on document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventSocialShareProductView, false); } //////////////////////// // SEARCH PAGE if (controllerName === 'search') { rcTagManagerLib.eventSearchResult(); } //////////////////////// // PRODUCT PAGE if (controllerName === 'product') { // send product detail view rcTagManagerLib.eventProductView(); rcTagManagerLib.eventProductPreview(); rcTagManagerLib.eventProductReview(); //Nuevos DataLayer Ficha Producto var btnCompraDirecta = document.querySelector('.add-to-cart.direct'), btnCambioIdioma = document.querySelector('.link_relacionado_manuscrito'), tags = document.querySelectorAll('.tag_lvl2'), descripcion = document.getElementById('product-descripcion'), detalles = document.getElementById('product-details-tab-nav'), btnVerAutor = document.querySelectorAll("#author-follow"), btnResena = document.querySelector(".boton-review"); 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document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartQuantityUp, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartQuantityDown, false); } //////////////////////// // CHECKOUT if (compliantModuleName === 'default' && controllerName === 'order') { // Events on Checkout Process document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventPrestashopCheckout, false); } else if ( compliantModuleName === 'supercheckout' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // Compatible with super-checkout by Knowband document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcSuperCheckout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcSuperCheckout, false); } else if ( compliantModuleName === 'onepagecheckoutps' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // compatible with OPC by PrestaTeamShop document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcPrestaTeam, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcPrestaTeam, false); } else if ( compliantModuleName === 'thecheckout' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // Compatible with thecheckout by Zelarg document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcTheCheckout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcTheCheckout, false); } else if ( compliantModuleName === 'steasycheckout' && controllerName === compliantModules[compliantModuleName] ) { // Events for steasycheckout document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventOpcStEasyCheckout, false); document.body.addEventListener('click', rcTagManagerLib.eventCartOpcStEasyCheckout, false); } } } function fireEventsOnPageShow(event){ //rcTagManagerLib.eventPageType(); // rcTagManagerLib.eventUserInfo(); // fixes safari back cache button if (event.persisted) { window.location.reload() } if(window.location.pathname.substring(4) == 'module/lblemailactivation/activation'){ rcTagManagerLib.onConfirmarCuenta(); } // Sign up feature if (rcTagManagerLib.trackingFeatures.goals.signUp && rcTagManagerLib.trackingFeatures.common.isNewSignUp) { rcTagManagerLib.onSignUp(); 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