- Cubierta
- Portada
- Índice
- Epígrafe
- Agradecimientos
- Las opciones nacionales
- La política comercial de Chile en los últimos veinte años
-
- Antecedentes
- La diplomacia económica
- Conclusión
- Una reflexión antes de empezar
- América Latina: un continente difícil de comprender
-
- Sobre la América Latina bicentenaria y su integración inconclusa
- Países que miran al mundo y países que miran al barrio
-
- Países que miran al mundo
- Los países que miran al barrio
- Chile, el país con más socios en el mundo
-
- El trabajo de campo en Chile
- Un poco de historia sobre Chile
-
- Chile y su paso por tiempos políticos difíciles
- Chile pasa a jugar en las grandes ligas
- Chile y sus negociaciones regionales
-
- Chile y el Grupo Andino
- Chile y el descubrimiento del camino hacia el desarrollo
- Chile, el país que mira al mundo y «mucho más que eso»
- Breve análisis de algunos acuerdos de Chile con el mundo
-
- Chile y el Mercosur: cerca no es atados
- Chile y Estados Unidos: manual para no perder un tren
- Chile y la Unión Europea: el arte de convencer a un continente
- Chile y la APEC: cómo atravesar el Pacífico sin morir en el intento
- Chile y China: el diálogo entre el pequeño y el dragón
- Chile y la India: «Ya que estamos en Asia, conquistemos al otro gigante»
- Decodificando parte del secreto del desarrollo económico de Chile
-
- El peso del cobre en las exportaciones
- El régimen militar de Chile y su jugada con los Chicago boys
- ¿Chile copió su estrategia hacia el desarrollo?
- ¿Es posible adaptar el modelo chileno?
- Modernización del Estado en Chile: el punto de inicio de su estrategia
- Uruguay, el pequeño que mira hacia la región
-
- Un poco de historia sobre Uruguay y su entorno
-
- Uruguay y su apertura unilateral al mundo
- El Uruguay antes de ingresar al Mercosur
- Uruguay y su ingreso al Mercosur
- ¿Hoy existe el Mercosur?
- Tiempos que parecían de avance
- Uruguay mirando el mundo desde una cerradura
-
- Mercosur e Israel: el primero, pero con poco resultado comercial
- Mercosur, Uruguay y Estados Unidos
- Mercosur y Asia: una integración estratégica
- Mercosur y Unión Europea: la negociación del fracaso
- Mercosur y África: desde hace tiempo muy cerca
- Mercosur perdido en la región de los mil proyectos
- Modernización del Estado en Uruguay: la base imprescindible
- Apuntes para reflexionar
-
- Sobre América Latina
- Sobre el Mercosur
- Sobre Chile
- Sobre Uruguay
- Las claves encontradas
-
- Primero debemos saber hacia dónde vamos
- Debemos estar más atentos a lo que pasa en el mundo
- Uruguay se engaña al decir que tiene una estrategia de apertura al mundo
- No hay que esperar a que vengan, sino ir a buscarlos
- Debemos ser realistas
- ¿Uruguay es un país o un país en medio de dos potencias?
- ¿Qué es la transformación económica?
- Uruguay y sus opciones de apertura al mundo
- Chile no creció gracias al cobre sino por haber aprendido a no depender de él
- Proponerse grandes metas y jamás bajar los brazos hasta cumplirlas
- Referencias bibliográficas
- Sobre el autor
- Legales
- Grupo Santillana
El futuro del Uruguay, ¿es realmente posible?
Hay apatía porque no ve salida histórica; se está a «puertas cerradas». Delante hay un muro.
Es el asomo y recelo de que no hay solución puramente uruguaya para el Uruguay. ¿Y entonces qué?
Si el presente uruguayo compele a tales dudas colectivas es porque nos expone obstáculos sobre los que no se tiene conciencia clara, y esto nos obliga a todos a remontar a los orígenes para retomar la realidad. Hay momentos en que los países son urgidos a «re-contar» su vida, para hacerse cargo de ella plenamente o librarse a la deriva. Lo que es el Uruguay, nos lleva a lo que fue, para elaborar el será. Veamos así lo esencial.
Alberto Methol Ferré
El Uruguay como problema (1967)
AGRADECIMIENTOS
Primero, gracias a la Universidad Católica del Uruguay por el sentido crítico sobre la realidad que me regaló y aún me sigue regalando. La intención de hacer un trabajo riguroso desde lo académico y sólido desde lo conceptual no tuvo como único objetivo recibir un título, sino que también estuvo motivada por la firme convicción de querer aportar información técnica que contribuyera con el país. Este concepto sobre el sentido de la investigación académica me lo regaló la Universidad. Muy especialmente quiero agradecerle a un gran visionario que algún día se dio cuenta, mientras pocos siquiera se lo planteaban, de que nuestro país necesitaba formar jóvenes en integración económica y comercio internacional: el Dr. Héctor Di Biase. Aquí también extiendo mi agradecimiento al Lic. Manuel Olarreaga, con quien mucho aprendí sobre la investigación relacionada al comercio internacional. Debo agradecer también el constante apoyo del Mag. Gonzalo Oleggini, tutor de mi memoria de grado, trabajo que fue la base de esta obra, y al entonces coordinador de Memorias de Grado de la LNII, Dr. Amílcar Peláez.
Gracias a mi familia, en especial a mi padre, mi madre y mis dos hermanas, por motivarme siempre a ir más allá. A mis padres, muy especialmente, por ayudarme a entender que la formación es el pilar más importante para poder expresar las ideas. Gracias a la Fundación Itaú, por confiar en investigadores jóvenes y hacer que trabajos académicos que pueden contribuir con la sociedad no terminen guardados en un cajón para siempre.
El nivel de las entrevistas y la información de primera mano utilizada para esta investigación habrían sido inaccesibles sin el invaluable apoyo del exembajador de Chile en Uruguay, Sr. Andrés Rebolledo, quien me brindó estudios académicos recientemente publicados en Chile. Por otra parte, debo agradecer muy especialmente a los expresidentes de la República de Chile, Dr. Patricio Aylwin e Ing. Eduardo Frei Ruiz-Tagle, y de la República Oriental del Uruguay, Dr. Julio María Sanguinetti y Dr. Luis Alberto Lacalle, quienes además de brindarme sus valiosas opiniones sobre el tema me abrieron puertas para llegar a destacados expertos de primera línea que me ayudaron a comprender claramente los procesos de inserción internacional de ambos países.
LAS OPCIONES NACIONALES
El trabajo de Nicolás Albertoni Gómez es un provocativo esfuerzo de repensamiento de la inserción internacional de un país vinculado al mundo desde su matriz original. El Uruguay, en efecto, nació de un acuerdo internacional entre sus dos vecinos y la potencia dominante en el mundo del siglo XIX, Gran Bretaña. No era ello una casualidad sino la inevitable resultancia de una posición geográfica que nos abría las rutas del Océano Atlántico y de un puerto en torno al cual se configuró la propia identidad nacional. De su competencia con el puerto de Buenos Aires nació un sentimiento autonomista que se fue lentamente profundizando para culminar en una independencia hondamente sentida, independencia adentro de una confederación, como quiso Artigas, o independencia nacional como quiso Rivera, pero gobierno propio siempre.
Lo que hoy es el Uruguay y Artigas definió como provincia hace doscientos años, compartía con sus colegas del lado argentino la rivalidad con Buenos Aires, pero desde intereses y situaciones bien distintas. Ninguna de esas provincias tenía la posibilidad de salir hacia los mares, encerradas detrás de los grandes ríos cuya llave de entrada tenía la creciente Buenos Aires. La Banda Oriental, Provincia Oriental o Estado de Montevideo, como alternativamente se le llamó, siempre pudo negociar con la metrópoli porteña desde la posibilidad de tener socios o aliados de afuera. Y eso le dio, justamente, la posibilidad de comandar un proceso que terminó en la independencia absoluta.
No olvidemos que en las célebres Instrucciones del año XIII, el primer texto constitucional de la República aún en proyecto, se define la apertura de los puertos de Colonia y Maldonado y el rechazo de toda tasa al comercio entre las provincias. Ni tampoco que, cuatro años después, firmó Artigas con el comandante de la flota británica un acuerdo que aseguraba la libertad comercial.
La historia y la geografía, entonces, nos hablan de un país naturalmente abierto, que por su propia dimensión estaba obligado a mirar hacia afuera. Situación bien distinta a la de sus dos grandes vecinos, cuya primera e imprescindible tarea fue unificar sus inmensos territorios.
La historia económica uruguaya muestra, naturalmente, etapas diferentes en cuanto al grado de apertura comercial. Todas ellas fueron el resultado de cada momento. Razón por la cual el proteccionismo se impuso para desarrollarse en tiempos en que el mundo entero se cerraba y las economías nacionales procuraban desarrollos propios. Es más, hubo momentos —como en la segunda guerra mundial— que la precariedad de los abastecimientos del exterior impuso el desarrollo de manufacturas que, en otras condiciones, seguramente no se habría dado.
Es muy frecuente escuchar críticas a estas etapas de nuestra evolución desde un ángulo anacrónico. Se juzga aquel momento como si se estuviera viviendo desde el ambiente actual, sin advertir todas las condicionantes que pesaban sobre los gobiernos de entonces. Podríamos no haber tenido una industria de neumáticos, por ejemplo, pero si en aquel tiempo no se hubiera alentado su instalación, no habrían existido los neumáticos. Que hubo también excesos en esa protección, es indudable, pero no ha de juzgarse el principio por su patología.
Hoy mismo vivimos el fenómeno opuesto. En pleno auge del valor de las materias primas, se ha olvidado la industria de un modo exagerado. Es lógico pensar que aquellas actividades que no son capaces de exportar, no merecen una protección especial en el mercado interno. Pero también hay que prevenirse de que una situación coyuntural no puede acabar con procesos que valorizan nuestras materias primas y en el mediano plazo nos dan otras posibilidades.
Más que de los principios, los problemas suelen venir de los excesos. Los problemas que el mundo desarrollado sufre desde hace cuatro o cinco años, no son el resultado simple de un déficit presupuestal estadounidense o de una banca que se expandió con productos hipotecarios espurios. Manejado todo dentro de un esquema de prudencia, no se habría llegado a la crisis. Pero la «exuberancia irracional» de los mercados de la que habló el Sr. Alan Greenspan condujo a un estado de artificialidad que terminó siendo fatal.
El Uruguay entró al Mercosur insistiendo en que debería ser la plataforma de un regionalismo abierto y no una fortaleza neoproteccionista. Es tan natural que Uruguay y Paraguay reclamaran aranceles más bajos a la importación, como que Brasil, más industrial, los pretendiera más elevados para dar una preferencia a su industria en el mercado regional. El punto de equilibrio es lo que siempre costó encontrar y porque este quedó alto es que Chile, mucho más abierto, no se pudo incorporar plenamente al Mercosur.
Los primeros ocho años fueron optimistas. Las economías crecían razonablemente y el comercio interior de la región también. Desde la devaluación brasileña de enero de 1999, el viento cambió. Allí se advirtió que las asimetrías eran muy fuertes y que la economía de mayor tamaño tenía una repercusión desmesurada sobre el resto.
Desde entonces, se ha seguido operando un proceso de estancamiento institucional del Mercosur. No se avanzó en los procedimientos de solución de controversias, incumplidos con frecuencia; menos aún en la coordinación macro-económica y, como si fuera poco, disputas comerciales han evidenciado restricciones al flujo comercial contradictorios con la esencia misma del proceso de integración. Es verdad que el comercio ha seguido creciendo, junto a la expansión de las economías, pero es indudable la distancia que media entre las declaraciones oficiales y la realidad.
De ahí, entonces, los replanteos de la situación. Hay quienes lisa y llanamente hablan de la salida del Mercosur. No es lógico cuando un tercio largo de nuestro comercio está en la región. No es deseable, tampoco, porque nuestros intereses van mucho más allá del tránsito de mercaderías e incluyen energía, turismo, comunicaciones, dragados, puertos y tantas otras cosas. Lo que sí debería reconsiderarse es la posibilidad más realista de reducir la pretensión integracionista a una zona de libre comercio, que estimule los intercambios pero sin encerrarnos tanto en las fronteras regionales. Esto nos permitiría avanzar hacia el mundo con mayor facilidad que la de hoy.
Chile ha sido un formidable ejemplo de apertura, pero es notorio que su gran impulso se llevó a cabo bajo una dictadura, con elevado costo social. La respuesta, en perspectiva, fue favorable, pero requirió luego de muchas gradaciones. Lo importante es que los gobiernos democráticos no cambiaron el rumbo. Simplemente, pasaron de la apertura unilateral a una negociada en sucesivos tratados internacionales con todos los grandes mercados. Este último camino es el que parece más aconsejable para Uruguay.
Dicho de otro modo: mantenerse en el Mercosur, procurar que su relación sea más flexible y seguir abriendo espacios hacia todos los mercados posibles.
No siempre se advierte con claridad cuáles son las consecuencias de la globalización. Esta nos impone, cada vez con más fuerza, mejorar nuestra competitividad en todas las dimensiones requeridas. No es exportable un costo excesivo de energía eléctrica o de telecomunicaciones. No lo es, tampoco, un peso impositivo que crece desde lo nacional hasta lo departamental, agresivamente, por cargas estatales desmesuradas. Y al final de la ecuación está la formación adecuada de gente que pueda realmente competir con el productor extranjero. No hay que engañarse con la vieja idea de que en China se trabaja todavía por un plato de arroz. Todo ha cambiado en ese gigantesco Estado-continente que alteró los equilibrios del mundo, cuya competitividad se asienta, en primer lugar, en la eficiencia y rendimiento de sus trabajadores y empresarios. Nuestro país debe realizar un gigantesco esfuerzo para mejorar la capacitación de su gente, simplemente porque hoy en el mundo no es posible alcanzar resultados sin una producción tecnificada. La mano de obra barata y de baja calificación ni es nuestro horizonte ni tampoco ofrece ninguna ventaja.
Mirar la experiencia de Chile, como hace Albertoni, es un inteligente ejercicio de análisis. Es un trabajo lúcido, independiente y muy bien sustentado, incluso con una investigación realizada en el país trasandino. Es obvio que nada se puede copiar con éxito, pero tampoco hay duda de que la experiencia es la mejor fuente de inspiración para encontrar un rumbo adecuado. El Uruguay hoy navega en una oscilante línea híbrida, demasiado apegado a las limitaciones del Mercosur. Debe procurar mayores libertades, con una acción diplomática y política del mayor nivel. Que un joven provoque esa reflexión convoca, pues, al optimismo.
JULIO MARÍA SANGUINETTI
Expresidente de la República Oriental del Uruguay
LA POLÍTICA COMERCIAL DE CHILE EN LOS ÚLTIMOS VEINTE AÑOS
Una interrogante que se reitera en más de una oportunidad en este trabajo de Nicolás Albertoni Gómez es si Uruguay podría igualar el éxito de Chile. Una pregunta difícil de responder y, debo reconocer, que al leerla inicialmente me genera la duda acerca de si es posible comparar la experiencia de dos países que tienen realidades diferentes, por mucho que tengan similitudes sociales, económicas y políticas. Pero el autor resuelve esta pregunta desde un enfoque muy original y al mismo tiempo respetuoso de ambos procesos, consciente de que cada país cuenta con características propias que no se pueden cambiar.
Por eso y como tampoco me siento con el derecho de proponer recetas al pueblo uruguayo, en las siguientes líneas me referiré a la política exterior comercial que ha seguido Chile en los últimos veinte años, la que ha estado marcada por una estrategia que —más allá de sus innegables exitosos resultados— ha gozado de un amplio consenso interno y ha sido fruto de una larga, paciente y perseverante labor de cuatro gobiernos.
A partir de este relato, creo que se pueden sacar valiosas lecciones, sobre todo para un país como Uruguay, que ha concebido su política comercial externa a partir de su plena integración al Mercosur.
Antecedentes
Los gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia (1990-2010), entre otros aspectos, debieron hacer frente al desafío de reinsertar a Chile en el mundo para así superar el aislamiento en que había quedado tras casi diecisiete años de dictadura militar. Sin embargo, para entender este proceso es necesario referirse a la estrategia seguida por los gobiernos democráticos anteriores al golpe de Estado de 1973 y a la desarrollada por el régimen de facto del general Pinochet.
Durante los años sesenta, en lo económico la política exterior chilena fue el fiel reflejo de las ideas desarrollistas que prevalecían en esa época. Se buscaba la protección de casi todos los sectores productivos y el Estado se transformó en el motor de la economía.
Fuertemente influenciada por el pensamiento de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de las Naciones Unidas, cuya sede se instaló en Santiago, los gobiernos chilenos concibieron la integración como un mecanismo de defensa frente a las tendencias negativas de la economía mundial, favoreciendo la protección de la industria nacional, una liberalización muy modesta y gradual del comercio, y crecientes controles de los flujos de inversión.
Estas ideas se canalizaron a través de un fuerte impulso a la integración latinoamericana a través de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) y el Pacto Andino, y participando en diversas organizaciones económicas internacionales, que incluían al resto de América Latina y a países de Asia y África, como el Grupo de los 77 y el Movimiento de los No Alineados. En ellos se abogaba por la creación de un nuevo orden económico mundial para hacer frente a los países más industrializados.
Todo lo anterior cambió radicalmente con el gobierno militar, el cual optó por una apertura unilateral del comercio exterior concentrando sus esfuerzos en el ámbito multilateral del GATT. Es cierto que esta nueva estrategia fue importante en el éxito económico que Chile comenzó a experimentar en los años ochenta, pero no se tradujo en la posibilidad de acceder a otros mercados. Asimismo, el multilateralismo, que sí, al menos en la teoría, implicaba la liberalización concertada de todos los mercados del mundo, tuvo efectos limitados porque los compromisos que muchos países asumieron en la denominada Ronda de Uruguay fueron muy graduales y restrictivos. Esto provocó que muchos sectores quedaran al margen de las negociaciones y que no se lograra eliminar el problema del escalamiento arancelario, que afectaba a los productos chilenos de mayor valor agregado, y en especial, a las exportaciones de manufacturas.
Además, el golpe militar y las graves violaciones a los derechos humanos ocurridas en nuestro territorio, e incluso fuera de él, marcaron un profundo quiebre en la inserción internacional de nuestro país. La dictadura sufrió un fuerte aislamiento político, contó con el rechazo generalizado de la opinión pública internacional y fue permanentemente condenado por diversos organismos internacionales.
Este ambiente hostil afectó las relaciones económicas de Chile. Se suspendieron importantes flujos de cooperación internacional y disminuyó la inversión extranjera, principalmente la europea. A la vez, en 1976 Chile se retiró del Pacto Andino, porque las nuevas autoridades no compartían las doctrinas económicas proteccionistas que caracterizaban a esa organización.
No obstante, el profundo proceso de liberalización y de apertura que impulsó el gobierno militar en nuestra economía permitió contrarrestar el aislamiento político. El mercado se abrió al exterior, los aranceles fueron rebajados unilateralmente, se dictó un estatuto mucho más favorable para las inversiones extranjeras y se privatizaron numerosas empresas públicas, proceso que despertó gran interés entre los inversionistas de distintas partes del mundo. De este modo, y pese a la enorme deuda externa y las continuas crisis económicas que se sucedieron a partir de la década del ochenta, Chile empezó a ganar un creciente prestigio en los círculos económicos y financieros internacionales.
En medio de este panorama asumió el primer gobierno democrático, encabezado por el presidente Patricio Aylwin, tras la derrota de la dictadura, el cual se impuso como principal objetivo en su política exterior la reinserción de Chile en el concierto internacional. Sin embargo, el contexto en que debió asumir este desafío era muy distinto al que existía cuando se produjo el golpe de estado de 1973. Primero, porque el peso de los temas económicos en la política exterior había aumentado significativamente, como consecuencia del grado de internacionalización que ya exhibía nuestra economía y del modelo aperturista que se pretendía continuar. Y segundo, debido a que el éxito de nuestras exportaciones obligaba a realizar un esfuerzo mucho más intensivo en la defensa de las posiciones comerciales chilenas, las que sufrían continuas amenazas por las políticas proteccionistas de nuestros principales mercados de destino. De ahí que las nuevas autoridades pusieran mucho énfasis en la liberalización del comercio mundial.
La diplomacia económica
Teniendo en consideración lo anterior, la política comercial que pusieron en marcha los gobiernos de la Concertación representó una de las mayores innovaciones de la política exterior seguida por Chile en muchas décadas. Ya no se trató solo de abrir unilateralmente nuestra economía, sino que dicha estrategia se combinó con la negociación multilateral y una inserción más activa en los grandes espacios económicos que se estaban configurando en el mundo. Fue el comienzo de lo que podríamos denominar la «diplomacia económica», a partir de la cual la búsqueda de instrumentos bilaterales o regionales tuvo un carácter prioritario en las relaciones exteriores y vino a responder a un doble propósito: por una parte asegurar el acceso de los productos nacionales a los grandes mercados mundiales y regionales, y por otro lado, no quedarse al margen de esos mercados, ya que ello podía significar que otros países obtuvieran ventajas que perjudicarían a los productos chilenos. Es así entonces como Chile empezó a desarrollar una política comercial inédita en nuestra historia, la que en sus inicios se fue orientando de manera preferente a América Latina, aprovechando el marco jurídico de la entidad sucesora de la ALALC, la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI). Al cabo de un año se firmó un acuerdo de libre comercio con México (1991), que se constituyó en el primero de ese tipo que se suscribía en la región. Sin duda, toda una paradoja si se considera que a pesar de todos sus defectos el proceso de integración latinoamericana ya llevaba treinta años de trayectoria.
En ese entonces, la puesta en vigencia del nafta, acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos, México y Canadá, causó un gran impacto en la región. Nuestro país no estuvo ajeno a ello y se estimó fundamental para nuestra reinserción internacional que Chile se sumara a ese pacto, ya sea negociando con el bloque en su conjunto o por separado con esos tres países. Para ello había razones políticas y económicas. Entre las primeras, sin duda la más importante era que se creía que el nafta contribuiría a consolidar nuestra incipiente democracia —en ese entonces bajo el influjo de los enclaves autoritarios heredados del régimen de Pinochet— porque suponía una fuerte condicionalidad democrática. Y entre las segundas, el prestigio que alcanzaría el país y la importancia de asegurar el acceso de los productos chilenos al mercado de Estados Unidos que era el destino más importante de nuestro comercio exterior. Sin embargo, dicha aspiración tuvo su primer tropiezo debido a razones internas propias de la política estadounidense, lo que significó un revés para el proyecto Iniciativas de las Américas del presidente George Bush, con el que esperaba constituir una zona de libre comercio en el hemisferio.
Sin perjuicio de lo anterior, Chile siguió profundizando las negociaciones comerciales con diversos países de la región. Así, se firmaron acuerdos de libre comercio con Venezuela (1993) y Colombia (1994), además de acuerdos de complementación económica con Argentina (1991) y Bolivia (1993) que no contemplaron la liberalización total del comercio mutuo.
En ese contexto me tocó asumir la Presidencia de la República en marzo de 1994. Las condiciones no eran las mismas a las de cuatro años antes. Entre otros aspectos, la situación internacional era de creciente interdependencia, la globalización comenzaba a tomar fuerza y nuestra economía era cada vez más dependiente del exterior.
Además, cumplida la reinserción internacional de Chile por mi antecesor, ahora correspondía convertir la política exterior en un instrumento para el desarrollo nacional.
Junto con insistir en principios tradicionales de nuestra política exterior, como el respeto al derecho internacional, la solución pacífica de las controversias, la cooperación internacional y la promoción de la democracia, los derechos humanos y la paz, se añadió una estrategia de inserción múltiple y equilibrada con nuestros principales socios comerciales.
Con relación a América Latina, el paso más importante fue la asociación de Chile al Mercosur, bajo el esquema de un acuerdo de complementación económica, que contempló la liberalización gradual de todo nuestro comercio. No fue fácil dar este paso. En Chile el acuerdo debió sortear un intenso debate en el Congreso Nacional y hubo sectores, especialmente el mundo agrícola, que se opusieron fuertemente a ingresar al Mercosur. Además, hubo que persuadir a los países miembros para que le dieran a Chile la calidad de país asociado, pese a que ellos eran partidarios de que nuestro país adhiriera como miembro pleno del grupo.
Sin perjuicio de lo anterior, la firma del acuerdo marcó el retorno de Chile al proceso de integración de América Latina y su participación en uno de los bloques que en ese entonces no solo era el más cercano, sino también parecía ser el más promisorio. Pero además, había una fuerte necesidad estratégica, pues se esperaba que el acuerdo fuera a proporcionar un marco estable para la creciente integración física con los países del pacto, materia en la que Chile se estaba quedando al margen con las consecuencias que ello podría provocar para la seguridad del país.
Hubo quienes cuestionaron nuestra decisión de no integrarnos como miembro pleno al Mercosur. Básicamente lo hicimos por dos razones. La primera es que el Mercosur se convirtió e
