Título original: Songmaster
Traducción: Rafael Marín
1.ª edición: agosto, 2013
© 2013 by Orson Scott Card
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B. 21.255-2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-481-2
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A Ben Bova,
un Maestro Cantor que se preocupa
tanto de desarrollar voces jóvenes
como de cantar sus propias canciones.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Presentación
Prólogo
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MIKAL
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JOSIF
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KYAREN
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RRUK
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El autor
Presentación
Card es uno de los valores fundamentales de la nueva ciencia ficción norteamericana. Nuestros lectores ya conocen sus más recientes éxitos: El juego de Ender (1985) y su continuación La voz de los muertos (1986), ambos galardonados con los premios mayores de la ciencia ficción: el Hugo y el Nebula, y publicados en nuestras colecciones.
Lo que caracteriza de forma destacada la obra de Card es su gran habilidad en el tratamiento de las emociones y los sentimientos. Todos los críticas y lectores reconocen la especial capacidad de este autor para meter al lector en la piel de sus protagonistas y hacerle percibir con ellos cómo las experiencias que viven esos personajes van modificando su visión del mundo, les maduran y les transforman.
Y ello es así desde los primeros relatos que sorprendieron a todos por la gran intensidad emotiva y la importancia que Card otorga a los temas de raíz ética, moral e incluso religiosa. Con toda seguridad no es ajeno a este hecho su calidad de mormón practicante y su primera actividad literaria como autor de obras dramáticas para uso de su comunidad religiosa.
Por ello para mí (como para muchos otros, supongo) fue una sorpresa encontrarme con una El juego de Ender, que reunía algo del Card que todos conocíamos rodeado de un envoltorio destinado a convertirse inevitablemente en best-seller. El tema tradicional de Card, la formación de la personalidad de un protagonista a partir de su niñez, se rodeaba en El juego de Ender de un ropaje tecnológico y militar al tratar de la formación de un líder destinado a librar una de las más decisivas batallas de la humanidad: el enfrentamiento con la extraña especie de los insectores.
Me pareció entonces que Card, cansado de que sus mejores obras no obtuvieran el éxito de público que necesitaba para afirmar su carrera de escritor, había decidido utilizar su gran capacidad narrativa con el objetivo manifiesto de lograr un éxito popular. Así ocurrió y El juego de Ender se alzó con los premios Hugo y Nebula con gran facilidad.
Pero a algunos les pareció incluso una cierta traición esa concesión de Card en aras del éxito. Norman Spinrad ha comparado la aparición de El juego de Ender al surgimiento de las historias sobre Velentine y Majipoor escritas por Robert Silverberg, de mucha menor entidad que su anterior obra pero con una clara voluntad de alcanzar el bato popular.
Por ello El juego de Ender no se libró de la polémica entre los Críticos que saludaban su indudable calidad e interés pero temían por la continuidad de la mejor obra de Orson Scott Card que, hasta el momento, estaba formada por Maestro Cantor (1980) y Hart’s Hope (1983).
Afortunadamente 1a secuela de El juego de Ender demostró que Card pretendía seguir con aquello en lo que es un maestro indiscutible: la sentida narración de las emociones de sus protagonistas. En La voz de los muertos, por primera vez, Card se atrevía a tratar a fondo los sentimientos de toda una familia, de un conjunto de seis personajes entre los que Ender venia a ajustar las difíciles relaciones emotivas. Se trata de un «tour de force» difícilmente alcanzable y que convierte La voz de los muertos en la gran obra maestra que indudablemente es.
Pero sigue existiendo una distinción importante entre los libros de la saga de Ender y las dos novelas más importantes del Card anterior a Ender. En cierta forma el Ender de La voz de los muertos, tal y como ha reseñado un crítico tan agudo como Norman Spinrad, es un héroe establecido, un ser casi todopoderoso que soluciona los problemas de los demás. En el fondo, en La voz de los muertos los problemas emocionales que interesan son principalmente los de Novinha, sus hijos y su difunto esposo, sin olvidar el misterio de los cerdis, la nueva especie encontrada en la colonia Lusitania.
Ender, a pesar del sentimiento de culpa por su genocidio, está, en cierta forma, por encima del bien y del mal y se presenta como un demiurgo capaz de solucionar todos los problemas de los demás.
No ocurre así con los protagonistas de Maestro Cantor o de Hart’s Hope. En estas novelas vemos evidentemente como la formación sentimental y humana de unos niños se traduce en su evolución como personas, en su maduración y crecimiento moral y emocional. Y ésta es la síntesis de lo que un lector tiene derecho a esperar: percibir que los personajes de las novelas «viven» sus experiencias y son modificados por ellas, al igual que nos ocurre en la vida de cada día a cada uno de nosotros. Desgraciadamente la ciencia ficción ha carecido durante muchos años de esta visión, necesaria indudablemente a cualquier narrativa que quiera seguir siendo considerada adulta. Afortunadamente los nuevos autores como Card aportan al género esa imprescindible madurez emotiva.
Sirva todo ello de preámbulo para que se me permita decir que, pese al indudable éxito editorial de la saga de Ender, sigo pensando que lo mejor de Card se encuentra en este Maestro Cantor que hoy presentamos y en el Hart’s Hope que pensamos incluir en un futuro cercano en nuestras colecciones. Y todo ello sin olvidar el innegable interés y calidad de la saga de Ender.
El mismo Spinrad dirá:
«En Hart’s Hope y Maestro Cantor, Card demuestra ampliamente que comprende el significado profundo del relato del héroe arquetípico y que puede comunicarlo al lector con fuerza y claridad»,
para después preguntarse:
«¿Y por qué esas últimas obras [El juego de Ender y La voz de los muertos] le han proporcionado el nivel de ventas, los premios y los lectores que le fueron negados tras obras artísticas y moralmente superiores como Hart’s Hope y Maestro Cantor?»
Ésa es una buena pregunta que tal vez no sea necesaria en nuestro país que accederá a las más importantes obras de Card tras conocer que es, sin ningún lugar a dudas, un autor que merece el éxito precisamente gracias a la saga de Ender.
Hart’s Hope es una novela de fantasía que transcurre en un paisaje pseudo-medieval repleto de simbolismos y en la que se nos narra la historia de un héroe arquetípico que antepone su propio sacrificio al triunfo egoísta. Para Paren Miller, del famoso fanzine Locus, la novela ha merecido el calificativo de única y memorable y posiblemente lo sea.
También es única y memorable la historia de este Maestro Cantor que hoy presentamos. Secuestrado a temprana edad, el joven Ansset ha sido educado en el aislamiento de la Casa del Canto. Su vida es la música y la canción. Su voz tiene calidades que nunca antes habían sido oídas. Su arte puede reflejar todas las esperanzas y miedos que siente su audiencia y, amplificando las emociones de su público, puede usar la voz para sanar... o para destruir. Por ello será el esperado Pájaro Cantor de Mikal el Terrible, el emperador de la galaxia, y sus canciones serán puestas a prueba para calmar la preocupada consciencia del temido gobernante.
Lo importante es que, a través del relato, vamos percibiendo la evolución de Ansset, su madurar y su crecimiento emocional. El conjunto forma una sobrecogedora historia de poder y de amor. La saga de la formación de un artista y su educación sentimental y política. Una vida trágica y gloriosa narrada por una mano experta en el tratamiento de sentimientos y emociones. De nuevo Card utiliza un protagonista infantil para extraer lo mejor de sus capacidades de narrador.
Quede para la pequeña histona que Maestro Cantor arranca de un relato publicado en Analog en 1978. Se tituló Mikal’ s Songbird (El Pájaro Cantor de Mika) y fue finalista del premio Nebula 1978 y del Hugo 1979. Posteriormente Card desarrolló el tema para convertirlo en una novela corta titulada Songhouse (La Casa del Canto) publicada en el Analog de septiembre de 1979 y traducida al castellano en el número 137 de Nueva Dimensión publicado en septiembre de 1981. La novela corta fue también finalista del premio Hugo del año 1980. Posteriormente «La Casa del Canto» se convirtió en la primera parte de Maestro Cantor, (aunque hay alguna diferencia como el capítulo 18 que aparece por primera vez en la novela). Maestro Cantor se publicó en 1980 y, al año siguiente, obtuvo el premio Memorial Edmond Hamilton y Leigh Brackett otorgado en recuerdo de dos de los más queridos autores de la época clásica. Finalmente, y gracias el éxito de la saga de Ender Maestro Cantor se ha reeditado en 1987 en los Estados Unidos con gran éxito.
Miquel Barceló,
para la edición en la colección Nova.
Prólogo
Nniv no acudió a recibir la nave estelar de Mikal. En cambio, esperó en la Casa del Canto, construida de piedra irregular, escuchando la canción de las paredes, el susurro del centenar de jóvenes voces en las Cámaras y las Celdas, el frío ritmo de las corrientes de aire. Había pocas personas en la galaxia que se atrevieran a intentar que Mikal fuera hasta ellos. Nniv, sin embargo, no era atrevido. No se le ocurría pensar que el Maestro Cantor tuviera que ir a recibir a nadie.
Fuera de los muros de la Casa del Canto, el resto de los habitantes del planeta Tew no estaban tan tranquilos. Cuando la nave de Mikal lanzó sus salvajes impulsos de energía sobre el campo de aterrizaje y se posó firme y delicadamente en el suelo, había miles de personas esperando para verle. Podría haber sido un líder bienamado que fuera a oír las bandas de música y las aclamaciones de la multitud que llenaba el campo de aterrizaje. Podría haber sido un héroe nacional, con flores extendidas a su paso y dignatarios inclinándose con un saludo y esforzándose por enfrentarse a una situación para la que, en Tew, aún no habían dispuesto ningún protocolo.
Pero el verdadero motivo de las ceremonias y la adoración externa no era el amor, sino un incómodo recuerdo del hecho de que Tew había tardado en someterse a la Disciplina de Frey. Los embajadores de Tew habían jugado ante otros mundos con los planes y las alianzas para formar una resistencia patética y última al conquistador más irresistible de la historia. Ninguno de los planes sirvió de nada. Numerosas alianzas y naciones de las más poderosas habían fracasado y ahora, cuando las naves de Mikal aparecían, ningún mundo interior se resistía; no estaba permitido mostrar ninguna hostilidad.
Ciertamente, tampoco había terror alguno en los corazones de los oficiales que se encaminaban hacia él con calculada pompa. Los días de saquear planetas conquistados habían terminado. Ahora que ya no había ninguna resistencia, Mikal demostraba que podía gobernar con brutalidad y al mismo tiempo con inteligencia, consolidar un imperio con la finalidad de abarcar los mundos más distantes de la galaxia y confederaciones en donde su nombre era tan sólo un rumor. Mientras los dignatarios tuvieran cuidado, el gobierno de Mikal en Tew sería razonablemente justo, sólo suavemente represivo y desagradablemente honesto.
Algunos se preguntaban por qué Mikal se interesaba por Tew. Parecía aburrido mientras se abría paso entre la alfombra de flores. Sus guardias y lacayos mantenían a la multitud a una prudente distancia. No miraba a ninguna parte y pronto desapareció en el interior del vehículo que lo condujo rápidamente a las oficinas del Gobierno. Y no fue Mikal, sino sus ayudantes, quienes preguntaron, despidieron y contrataron, los encargados de plantear y explicar las nuevas leyes y el nueva orden, de revisar rápidamente el sistema político del mundo para que encajara en los parámetros del pacífico imperio de Mikal. ¿Qué necesidad tenía, entonces, Mikal de venir a Tew?
Sin embargo, la respuesta tendría que haber sido obvia, y pronto lo fue para todos aquéllos que estaban lo suficientemente bien informados como para saber que Mikal había desaparecido del edificio que iba a alojarle. En realidad, Mikal no era distinto de los demás turistas que visitaban Tew. El planeta era sólo un mundo sin importancia, y no estaba, en absoluto, considerado dentro de los planes imperiales, excepto por la Casa del Canto. Mikal había venido a ver la Casa del Canto. Y, puesto que era un hombre rico y poderoso, sólo había una auténtica razón para visitarla.
Quería un Pájaro Cantor, naturalmente.
—No puede disponer de un Pájaro Cantor, señor —dijo la tímida muchacha de la sala de espera.
—No he venido a discutir con porteras.
—¿Con quién le gustaría discutir? No servirá de nada.
—Con el Maestro Cantor, con Nniv.
—No comprende —explicó la muchacha—. Los Pájaros Cantores sólo se dan a los que verdaderamente puedan apreciarlos. Somos nosotros quienes los ofrecemos. No aceptamos peticiones.
Mikal la miró con frialdad.
—No estoy haciendo ninguna petición.
—¿Entonces qué hace aquí?
Mikal no dijo nada más. Simplemente, se quedó allí de pie, esperando. La muchacha intentó discutir con él, pero Mikal no contestó. Ella intentó ignorarle y continuar con su trabajo, pero él esperó durante más de una hora, hasta que no lo pudo soportar. La muchacha se levantó y salió sin decir una palabra.
—¿Cómo es? —cantó Nniv, en voz baja y tranquilizadora.
—Impaciente —contestó ella.
—Sin embargo, te esperó —la corrección no dio paso a la crítica en la voz de Nniv. Ah, es un maestro amable, pensó la muchacha, pero no dijo nada.
—Es tozudo —continuó—. Es un gobernante, y no se resigna a creer que exista algo que no pueda conseguir, alguien a quien no pueda ordenar, algún lugar que no pueda ocupar con su presencia.
—Ningún hombre puede viajar por el espacio sin saber que hay lugares que no puede ocupar —respondió Nniv amablemente.
Ella inclinó la cabeza. —¿Qué le digo?
—Dile que lo veré.
La muchacha se sorprendió; estaba desconcertada. Abandonó las palabras y cantó su confusión. La canción era débil e incontrolada, pues nunca sería un maestro cantor, ni siquiera una instructora, pero preguntó a Nniv, sin palabras, por qué quería escuchar a un hombre semejante, por qué se arriesgaba a que el resto de la humanidad pensara que la Casa del Canto trataba a todos los hombres por igual, juzgando sólo según el mérito de cada cual, no según el poder... excepto a Mikal.
—No me corromperá —cantó Nniv suavemente.
—Dile que se marche —suplicó ella.
—Tráemelo.
La muchacha perdió el control y lloró; declaró entonces que no podía hacer una cosa así.
Nniv suspiró.
—Entonces haz que venga Esste. Mándame a Esste, y haz que te releven de tu puesto hasta que Mikal se marche.
Mikal, una hora más tarde, aún esperaba en la antesala, cuando las puertas volvieron a abrirse. Esta vez no era la portera, sino otra mujer, más madura, con sombras bajo los ojos y porte altivo.
—¿Mikal?
—¿Eres tú el Maestro Cantor? —preguntó Mikal.
—No —dijo ella, y por un instante Mikal se sintió profundamente cohibido por haberlo pensado. ¿Pero por qué tengo que estar avergonzado?, se preguntó, y descartó aquellos sentimientos. La Casa del Canto maquina hechizos, decía la gente corriente de Tew, y aquello ponía nervioso a Mikal. La mujer le condujo fuera de la sala, canturreando. No dijo nada, pero su melodía indicaba a Mikal el camino que debía seguir, y por lo tanto siguió la tonadilla de la música a través de los fríos salones de piedra. Las piedras se abrían aquí y allá; las ventanas eran lo único que arrojaban luz (y era una luz tenue de un cielo gris e invernal). Durante todo el recorrido por la Casa del Canto no se encontraron con nadie, ni oyeron ninguna otra voz.
Por fin, después de subir muchas escaleras, llegaron a una gran sala, la Sala Alta, aunque, en realidad, nadie lo mencionó. Sentado en un banco de piedra, en el fondo de la estancia, resguardado de la fría brisa que entraba por los postigos abiertos, se encontraba Nniv. Era un hombre viejo, su rostro reflejaba más el paso de los años que sus propios rasgos y Mikal se sorprendió. Anciano. Eso hizo pensar a Mikal en su propia muerte, que sólo había empezado a percibir cuando cumplió los cuarenta años. Ahora tenía sólo sesenta, pero ya no era joven y sabía que el tiempo jugaba en su contra.
—¿Nniv? —preguntó Mikal.
Nniv asintió y su voz murmuró un bajo mmmm.
Mikal se volvió hacia la mujer que le había acompañado hasta allí. Ésta seguía canturreando.
—Déjanos a solas —dijo Mikal.
La mujer permaneció donde estaba, mirándole como si no comprendiera. Mikal se enfureció, pero no dijo nada porque de repente la melodía aconsejó silencio, ordenó silencio, y Mikal se volvió hacia Nniv.
—Dile que deje de canturrear. Me niego a ser manipulado.
—Entonces te niegas a vivir —dijo Nniv, y su canto se asemejó a una risa, aunque su voz continuaba siendo suave.
—¿Me estás amenazando?
Ninv sonrió.
—Oh, no, Mikal. Simplemente te hago ver que todos los seres vivos son manipulados. Mientras haya una voluntad, ésta será doblegada y manejada constantemente. Sólo a los muertos se les permite disfrutar del lujo de la libertad, yeso sólo porque no quieren nada, y por tanto no pueden ser contrariados.
Los ojos de Mikal se tornaron fríos en ese instante, y habló con voz controlada que parecía disonante y embarazosa tras la música del discurso de Nniv.
—Podría haber venido por la fuerza, Maestro Cantor Nniv. Podría haber hecho que aterrizasen ejércitos y armas que habrían obligado a la Casa del Canto a trabajar bajo mi voluntad. Si tuviera la intención de coaccionaros, asustaros o bien, de alguna manera, abusar de vosotros no habría venido solo, expuesto al ataque de los asesinos, a pedir lo que deseo. He venido a verte respetuosamente, y se me tratará con el mismo respeto.
La única respuesta de Nniv fue mirar a la mujer, a quien dijo:
—Esste.
Ella guardó silencio. Su canturreo había sido tan penetrante que las paredes resonaron claramente en el repentino silencio posterior.
Nniv esperó.
—Quiero un Pájaro Cantor —dijo Mikal.
Nniv no dijo nada.
—Maestro Cantor Nniv, conquisté un planeta llamado Lluvia, y en él había un hombre de gran fortuna que poseía un Pájaro Cantor y me invitó a escuchar cantar al niño.
Y, al recordarlo, Mikal no pudo contenerse. Se echó a llorar.
Sus sollozos sorprendieron a Esste y a Nniv. Este hombre no era Mikal el Terrible. No podía serlo, pues los Pájaros Cantores, aunque impresionaban a todo el mundo, sólo podían ser plenamente apreciados por ciertas personas, gente cuyo interior más profundo resonara con la más poderosa de las músicas. Era sabido en toda la galaxia que un Pájaro Cantor jamás acudía a una persona que matara, codiciosa, que sintiera gula o que ansiara el poder. Ese tipo de gente no podía escuchar realmente la música de un Pájaro Cantor, y no cabía la menor duda de que Mikal había comprendido al Pájaro Cantor. Nniv y Esste podían oír sus cantos involuntarios demasiado claramente como para equivocarse.
—Nos has hecho daño —dijo Nniv, con la voz apesadumbrada.
Mikal se contuvo como pudo.
—¿Yo, haceros daños a vosotros? ¿Yo? El solo recuerdo de vuestro Pájaro Cantor me destroza.
—Te exalta.
—Rompe mi compostura, que es la clave de mi supervivencia. ¿Cómo os he dañado?
—Al demostrarnos que realmente mereces un Pájaro Cantor. Estoy seguro de que sabes lo que eso significa. Todo el mundo sabe que la Casa del Canto no se inclina ante los poderosos en lo que respecta a los Pájaros Cantores. Y sin embargo... te concederemos uno. Ya puedo escucharlo: «Hasta la Casa del Canto se vende a Mikal...»
La voz de Nniv hizo una imitación estridente y apropiada de la forma de hablar de la gente corriente, aunque, como es natural, ese tipo de criaturas no existía en la galaxia. Mikal se echó a reír.
—¿Cree que es divertido? —preguntó Esste, y su voz afectó a Mikal de una manera tal que le hizo retroceder.
—No —respondió.
Nniv cantó suavemente, tranquilizando a Esste y a Mikal.
—Pero, Mikal, sabes también que no fijamos ninguna fecha de entrega. Tenemos que encontrar el Pájaro Cantor adecuado para ti, y si no lo encontramos antes de que mueras, no puede haber queja.
Mikal asintió.
—Pero de prisa. De prisa, si podéis.
Esste cantó. Su voz resonaba llena de confianza.
—Nunca nos damos prisa. Nunca nos damos prisa. Nunca nos damos prisa.
La canción fue la despedida de Mikal. Se marchó y encontró sólo la salida, guiado por el hecho de que todas las puertas, excepto las de la derecha, estuvieran cerradas para él.
—No comprendo —le dijo Nniv a Esste después de que Mikal se hubiera marchado.
—Yo sí —contestó Esste.
Nniv susurró su sorpresa mediante un siseo creciente que se repitió en las paredes de piedra y se mezcló con la brisa.
—Es un hombre de gran fuerza y poder personal —le dijo—. Pero no se ha corrompido. Cree que puede usar su poder para el bien. Ansía hacerlo.
—¿Un altruísta? —a Nniv le costaba trabajo creerlo.
—Un altruísta. Y esta es su canción —dijo Esste, y entonces empezó a cantar, usando ocasionalmente las palabras o pronunciado extrañas vocales, o incluso mediante el silencio, el viento y la forma de sus labios para expresar su comprensión hacia Mikal.
Por fin su canción terminó, y la propia voz de Nniv se cargó de emoción mientras cantaba su reacción.
—Si realmente es como lo cantas, entonces le amo —dijo Nniv cuando terminó su canción.
—Yo también —contestó Esste.
—¿Quién encontrará un Pájaro Cantor para él, sino tú?
—Encontraré el Pájaro Cantor de Mikal.
—¿Y le enseñarás?
—Le enseñaré.
—Entonces habrás hecho el trabajo de toda una vida.
Y Esste, aceptando el duro desafío (y el posible honor inestimable), cantó su sumisión y dedicación, y dejó a Nniv a solas en la Sala Alta para que escuchara la canción del viento y contestara lo mejor que pudiera.
Durante setenta y nueve años, Mikal no tuvo Pájaro Cantor. En todo ese tiempo, conquistó la galaxia, impuso la Disciplina de Frey sobre toda la humanidad, estableció la paz de Mikal para que cada recién nacido tuviera una esperanza razonable de vivir hasta la edad adulta, y nombró un gobierno de gran categoría para cada planeta, cada distrito, cada provincia y cada ciudad que existiera.
Y siguió esperando. Cada dos o tres años, enviaba un mensajero a Tew para que le hiciera una pregunta al Maestro Cantor:
—¿Cuándo?
Y siempre obtenía la misma respuesta.
—Todavía no.
Y los años y la carga del trabajo de su vida envejecieron a Esste. Muchos Pájaros Cantores fueron descubiertos gracias a su búsqueda, pero ninguno que pudiera cantar adecuadamente la canción de Mikal.
Hasta que encontró a Ansset.
ESSTE
1
Había muchas maneras de encontrar a un niño en el mercado de niños de Doblay-Me. Muchos de ellos, naturalmente, eran huérfanos, aunque, ahora que las guerras habían concluido con la Paz de Mikal, la orfandad era una posición social mucho menos frecuente. Otros habían sido vendidos por padres desesperados que necesitaban dinero... o que necesitaban quitarse a un hijo de enmedio y no tenían valor para asesinarlo. Muchos eran bastardos procedentes de mundos y naciones donde la religión o las tradiciones prohibían el control de natalidad. Y otros habían sido introducidos en secreto.
Ansset era uno de esos cuando un buscador de la Casa del Canto le encontró. Había sido raptado y sus secuestradores, a causa del pánico, habían optado por sacar un rápido beneficio del bebé, en vez de dedicarse al arriesgado negocio de pedir un rescate a cambio de su devolución. ¿Quiénes eran sus padres? Probablemente tenían recursos económicos, pues de lo contrario no hubiera merecido la pena secuestrar al niño. Eran blancos, porque Ansset era extremadamente blanco de tez y muy rubio. Sin embargo, había millones de personas que encajaban en aquella descripción, y ninguna agencia del gobierno era tan ingenua como para asumir la responsabilidad de devolverlo a su familia.
Por tanto Ansset, cuya edad era imposible averiguar, aunque no podía tener más de tres años, fue uno más entre los doce niños que el buscador llevó a Tew. Todos ellos habían respondido bien a varias pruebas sencillas: reconocimiento de tono, repetición de melodías y respuesta emocional. En realidad, habían respondido suficientemente bien como para ser considerados potenciales prodigios musicales. Y la Casa del Canto los había comprado (no, no, los niños no son comprados en el mercado de niños); la Casa del Canto los había adoptado a todos. Tanto si se convertían en Pájaros Cantores como en simples cantores, maestros o profesores, o aunque no sacaran ningún provecho de la música, la Casa del Canto les educaba y se preocupaba por ellos durante toda su vida. In loco parentis, decía la ley. La Casa del Canto era madre, padre, niñera, hermana, prole y, hasta que los niños no alcanzaban cierto nivel de sofisticación, incluso Dios.
—Nuevos —cantaron un centenar de chiquillos en la Sala Común, mientras Ansset y sus compañeros adquiridos en el mercado entraban en la estancia. Ansset no destacaba de los demás. Cierto, estaba aterrorizado, pero lo mismo les sucedía a los otros. Y aunque su piel nórdica y sus cabellos le diferenciaban del otro extremo del espectro racial, ese tipo de cosas eran estrictamente ignoradas y nadie le ridiculizó por ello, como tampoco habrían ridiculizado a un albino.
Fue presentado de un modo rutinario a los demás niños; y del mismo modo rutinario todos olvidaron su nombre en cuanto lo oyeron; y también de forma habitual cantaron una bienvenida cuyo tono y melodía eran tan confusos que no sirvió de nada para mitigar el miedo de Ansset; como de costumbre, Ansset fue asignado a Rruk, una niña de cinco años que conocía bien las normas.
—Puedes dormir conmigo esta noche —dijo Rruk, y Ansset asintió en silencio—. Soy mayor. Dentro de unos meses, muy pronto, tendré una celda —esto no significaba nada para Ansset—. De todas formas, no te mees en la cama, porque nunca nos toca la misma dos veces seguidas.
El orgullo de tres años de Ansset fue suficiente como para que se ofendiera ante aquello.
—No me meo en la cama —dijo. Pero no parecía enfadado... sólo asustado.
—Bien. Algunos se asustan tanto que lo hacen.
Era casi la hora de acostarse; los niños nuevos siempre venían a la hora de acostarse. Ansset no hizo ninguna pregunta. Cuando vio que los otros niños se desnudaban, se desnudó él también; cuando vio que encontraban pijamas bajo las mantas, él también encontró uno y se lo puso. Rruk intentó ayudarle, pero Ansset rehusó la oferta. Ella pareció dolida durante un instante, pero entonces le cantó la canción del amor.
Nunca te lastimaré.
Siempre te ayudaré.
Si tienes hambre
te daré mi comida.
Si estás asustado
yo soy tu amiga.
Te quiero ahora
y el amor no tiene fin.
Las palabras y conceptos iban más allá de la capacidad de comprensión de Ansset, aunque no el tono de voz. El abrazo con el que Rruk le envolvió fue todavía más significativo, y Ansset se apoyó en ella, aunque siguió callado y no lloró.
—¿Quieres ir al lavabo? —preguntó Rruk.
Ansset asintió, y ella le condujo a una larga habitación, al lado de la Sala Común, donde el agua corría rápidamente por los canalillos. Fue allí donde supo que Rruk era una niña.
—No mires —dijo ella—. Nadie mira sin permiso.
Una vez más, Ansset no comprendió las palabras, pero el tono de voz era claro. lo comprendía instintivamente, como siempre había hecho; era su mayor don, conocer las emociones aún mejor que la persona que las experimentaba.
—¿Cómo es que no hablas más que cuando estás enfadado? —le preguntó Rruk cuando estaban acostados en camas contiguas (al igual que otro centenar de niños).
Fue entonces cuando Ansset perdió el control. Sacudió la cabeza, se dio luego la vuelta, la metió debajo de las sábanas y lloró hasta que se quedó dormido. No vio a los demás niños a su alrededor que le miraban con desdén. No supo que Rruk canturreaba una tonada que significaba: «Dejadnos en paz, dejadnos tranquilos, dejadnos vivir.»
Sin embargo, sí se dio cuenta cuando Rruk le palmeó la espalda y supo que el gesto era de afecto. Y por esto nunca olvidó su primera noche en la Casa del Canto y el por qué nunca pudo sentir hacia Rruk otra cosa que no fuera amor, aunque pronto sobrepasaría las cualidades bastante limitadas que tenía la niña.
—¿Por qué permites que Rruk esté siempre a tu lado, cuando no es ni siquiera una Brisa? —le preguntó una vez un compañero estudiante cuando Ansset tenía seis años. Éste no contestó con palabras, sino con una canción que hizo que el curioso perdiera el Control, provocando su humillación, y logrando que llorara abiertamente. Nadie más se atrevió a desafiar jamás el derecho de Rruk sobre Ansset. No tenía amigos de verdad, pero su canción para Rruk era un desafío demasiado poderoso.
2
Ansset se aferraba a dos recuerdos de sus padres, aunque no sabía quiénes eran aquellas personas que aparecían en sus sueños. Eran la Dama Blanca y el Gigante cuando se le ocurría ponerles nombre. Nunca le hablaba a nadie de su existencia, y sólo pensaba en ellos cuando los había visto en sueños la noche anterior.
El primer recuerdo era de la Dama Blanca sollozando, tendida en una cama de enormes almohadas. Miraba a la nada y no veía a Ansset entrar en la habitación. Los pasos del niño eran vacilantes. No sabía si ella se enfadaría por haber entrado allí. Pero sus lamentos suaves y ahogados le atraían, pues eran un sonido que no podía resistir, y se acercaba y se quedaba junto a la cama donde ella apoyaba su cabeza en un brazo. Él extendía la mano y la tocaba. Hasta en sueños la piel era caliente y febril. Ella le miraba y sus ojos estaban inundados en lágrimas. Ansset ponía la mano en sus ojos, le tocaba las cejas, deslizaba sus deditos hacia abajo, y le cerraba los párpados tan cuidadosamente que la Dama Blanca no reaccionaba. Ella suspiraba y él acariciaba toda su cara, mientras sus sollozos se suavizaban hasta convertirse en un tenue susurro.
Entonces el sueño se bifurcaba y terminaba de diversas y extrañas formas. Siempre entraba el Gigante, con una misteriosa voz, retumbante, abrazos y gritos. A veces también él se tumbaba en la cama con la Dama Blanca, otras cogían a Ansset y le hacían correr extrañas aventuras que siempre terminaban con el despertar. A veces la Dama Blanca le daba un beso de despedida, y otras, no advertía su presencia cuando el Gigante entraba en la habitación. Pero el sueño siempre empezaba igual, y esa parte que nunca cambiaba era lo que Ansset recordaba.
El otro recuerdo era el momento del secuestro. Ansset estaba en un lugar muy amplio, con un tejado distante que estaba pintado con animales extraños y gente deforme. Una fuerte música surgía de un lugar iluminado donde todo el mundo se movía constantemente. Entonces se producía un sonido ensordecedor y ese lugar se volvía todo luz y ruido y conversación, y la Dama Blanca y el Gigante andaban entre la multitud. Había empujones y codazos, y alguien se interponía entre la Dama Blanca y Ansset, separando sus manos. Ella se volvía hacia el desconocido, pero en ese mismo momento Ansset sentía que una mano poderosa atrapaba la suya. Le alejaban de un tirón y chocaba bruscamente con la gente. Entonces la mano le tiraba hacia arriba, lastimándole el brazo, y por un instante, alzado por encima de la muchedumbre, Ansset veía a la Dama Blanca y al Gigante por última vez. Los dos se abrían paso entre la multitud, con caras temerosas y las bocas abiertas a punto de gritar. Pero Ansset no podía recordar nunca lo que decían, porque una ráfaga de aire caliente le golpeaba y una puerta se cerraba, y entonces siempre, siempre se despertaba, temblando, pero sin llorar, porque oía una voz que decía tranquilo, tranquilo, tranquilo, con un tono que significaba miedo, caída, fuego y vergüenza.
—Tú no lloras —dijo el profesor, un hombre con una voz más confortante que la luz del sol.
Ansset negó con la cabeza.
—A veces —contestó.
—Antes —repuso el profesor—. Pero ahora aprenderás el Control. Cuando lloras malgastas tus canciones. Las quemas. Las ahogas.
—¿Canciones? —preguntó Ansset.
—Eres una pequeña olla llena de canciones —dijo el profesor—, y cuando lloras la olla se rompe y todas las canciones se derraman y se pierden. El Control implica mantener las canciones en la olla, y dejarlas salir una a una.
Ansset sabía lo que era una olla. La comida salía de las ollas. Pensó entonces que las canciones eran comida, además de música.
—¿Conoces alguna canción? —preguntó el profesor.
Ansset negó con la cabeza.
—¿Ninguna? ¿Ni una sola?
Ansset bajó la mirada.
—Canciones, Ansset. No palabras. Sólo una canción que tenga palabras, sólo canta así...
Y el profesor cantó un breve fragmento de melodía que le decía a Ansset: Confía, confía, confía.
Ansset sonrió. Cantó la misma melodía al profesor. Durante un momento, el maestro también sonrió; luego pareció sorprendido, y extendió una mano, con los ojos llenos de admiración, y acarió el pelo de Ansset. El gesto fue afectuoso, y por eso Ansset le cantó la canción del amor, pero no las palabras, porque todavía no tenía memoria para recordarlas. Cantó la melodía como Rruk se la había cantado, yel maestro lloró. Fue la primera lección de Ansset en su primer día en la Casa del Canto, y el maestro lloró. No comprendió hasta mucho más tarde que el maestro había perdido el Control y éste se sentiría avergonzado durante semanas hasta que sus propios dones fueran mejor apreciados. Sólo sabía, entonces, que cuando cantaba la c
