Título original: Silk and Steel
Traducción: Laura Paredes
1.ª edición: marzo, 2014
© 2014 by Kat Martin
© Ediciones B, S. A., 2014
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B 8273-2014
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-798-1
Maquetación ebook: Caurina.com
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A mi gran amiga, Meryl Swayer, y a su querido marido, Jeffrey,
a quien todos echaremos mucho de menos.
Contenido
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Lady Kathryn Grayson se ocultó sin hacer ruido entre las sombras tras la puerta del viejo establo de piedra. Se estremeció; el camisón raído la protegía poco del frío, y la paja del helado suelo de tierra le arañaba las plantas de los pies descalzos. Delante del establo veía a un mozo de cuadra, flaco y pecoso, y el brillo negro de un carruaje caro.
Se acercó más a la puerta y observó que el vehículo estaba a punto de partir y que lucía el blasón dorado de un noble: la cabeza de un lobo sobre una espada plateada. Dos lacayos charlaban con el conductor un poco hacia la izquierda y, mientras escuchaba su conversación, el corazón empezó a latirle con fuerza. El carruaje no se dirigía a Londres, sino que se disponía a volver al campo. ¡Por Dios, se alejaba de la ciudad! ¡Si encontraba donde esconderse, estaría a salvo!
Su nerviosismo aumentó, y la respiración se le aceleró y formó un vaho helado en el aire frío de la mañana. Tenía que irse cuanto antes. El carruaje era la solución perfecta.
Miró un poco más para valorar las líneas elegantes y bien definidas del lujoso coche, con una incontrolable sensación de esperanza. El compartimiento trasero para el equipaje serviría si dentro había espacio para ella. Rogó que lo hubiera, respiró a fondo para calmar el temblor que la sacudía y se dispuso a moverse deprisa, antes de que los lacayos volvieran a ocupar su lugar en el vehículo. Cuando oyó que los hombres reían y vio que prestaban atención a un par de perros que ladraban, corrió hacia la parte posterior del coche y los pies parecieron volar sobre la tierra enlodada mientras la enredada cabellera negra ondeaba a su alrededor y le rozaba los hombros.
Abrió con rapidez la cobertura de piel y se metió en el compartimiento, donde se acomodó entre los baúles y las bolsas, a la vez que procuraba tranquilizar los latidos furiosos de su corazón y rezaba para que no tuvieran que añadir más equipaje antes de la partida del carruaje.
Pasaron los segundos. El pulso le resonaba en los oídos. Aunque la mañana era fría, el sudor le empapaba los cabellos en las sienes y resbalaba por las mejillas. Oyó que los hombres se acercaban y ocupaban su lugar en lo alto del coche. Notó que se inclinaba con el peso. Después, los cuatro caballos negros tensaron los tirantes y el carruaje emprendió la marcha en dirección a la parte delantera de la posada.
Se detuvo sólo un momento, lo suficiente para que su único pasajero subiera y se acomodara en el asiento de piel. Luego, el conductor fustigó a los caballos e iniciaron el viaje.
Oculta a salvo en el portaequipaje, Kathryn suspiró de alivio y dejó caer su cansado cuerpo sobre la madera lacada en negro. Estaba exhausta, increíblemente exhausta. La noche había sido agotadora. Corrió y después caminó kilómetros sin nada más que su camisón sucio, con las piernas doloridas y los pies llenos de cortes que sangraban, temiendo todo el rato que la encontraran. Cuando llegó a una carretera y a la posada cubierta de hiedra, dio gracias a Dios y se dirigió con cuidado al establo de la parte posterior. Varias horas después dormía entre un montón de paja cuando la despertó el ruido de arneses y de caballos al ser enganchados a los tirantes. Kathryn supo en el acto que era su oportunidad para alejarse sin peligro.
Ahora, mientras el día frío de otoño comenzaba a caldearse, sus músculos se relajaron con el calor del espacio de la parte trasera del carruaje y empezó a dormitar. Se dormía y se despertaba, como en una ocasión en que el coche se detuvo en una taberna junto a la carretera al final de la tarde y su ocupante bajó, seguramente para comer algo. Kathryn ignoró cómo le gruñeron las tripas ante esa idea y se relajó de nuevo cuando el coche volvió a arrancar, demasiado cansada para notar siquiera los bandazos de las ruedas en los baches del camino.
Las horas pasaron despacio. Tenía calambres en las piernas debido al limitado espacio del portaequipaje. La espalda y los hombros le dolían, y un dolor sordo la molestaba en la nuca. Mientras el carruaje seguía su ruta, casi estaba agradecida de no haber tomado nada de comer o beber, ya que no tenía forma de bajar para hacer sus necesidades.
El ritmo del carruaje aumentó su necesidad de dormir. Con un sueño más profundo, la cabeza le cayó hacia el pecho y empezó a soñar.
Volvió a verse en el hospital de Saint Bartholomew, acurrucada en el suelo frío de piedra de su celda, sucia y mal ventilada. El miedo la envolvía como una densa niebla matutina y le agarrotaba la garganta. Se acercaba a un rincón y apoyaba la espalda contra la pared gris, deseando poder desaparecer tras ella. Podía oír a las pacientes de las otras celdas y se tapaba los oídos con las manos para aislarse de los gritos y fingir no escucharlos.
El corazón le latía irregular y resonaba en el silencio que ella se había creado en su interior. Por Dios, vivía en el mismísimo infierno, o por lo menos en su versión humana. ¿Qué demonio había ideado un lugar así? ¿Cuánto tiempo más iba a soportarlo? Oía el ruido de pisadas y cadenas que se acercaban en su dirección y deducía que los guardias devolvían a alguna desdichada a su celda.
O quizá venían a buscarla a ella.
Kathryn se hacía un ovillo y deseaba desaparecer. Los había eludido durante un tiempo; se mostraba silenciosa y dócil para que la dejaran en paz. Pero tarde o temprano irían a buscarla como hacían con las demás.
Los pasos eran cada vez más fuertes. El corazón le latía de miedo. Dios mío, que no me busquen a mí. A otra persona. A cualquier otra. ¡A mí no! ¡A mí no! Y los veía: uno, alto y ancho de hombros, con labios carnosos y sucios cabellos rubios apartados de la cara con una cintita de cuero; el otro, bajo y gordo, y el estómago le sobresalía de los pantalones marrones y manchados de grasa.
Kathryn reprimía un sollozo cuando se detenían en la puerta de su celda. El hombre gordo llevaba unos grilletes de hierro en el brazo. A través de los barrotes de la puerta, le lanzaba una sonrisa lasciva.
—Buenas noche, señorita. Ya es hora de que demos un paseo.
—¡Nooo! —Empezaba a retroceder, desesperada, mientras buscaba con la mirada algún medio de huir. Sabía lo que querían, lo que les hacían a algunas de las otras mujeres. Había escapado de ellos hasta entonces, aunque no sabía muy bien por qué—. ¡Déjenme en paz! ¡Aléjense de mí! Se lo advierto, ¡váyanse y déjenme tranquila!
El hombre más alto se limitaba a sonreír, pero el gordo soltaba una carcajada fuerte: un sonido rudo, cruel, hiriente, que provocó un escalofrío en la espalda de Kathryn y la despertó de su sueño.
El corazón parecía a punto de salirle del pecho y tenía el camisón empapado en sudor, pegado al cuerpo. Inclinó la cabeza contra la pared del portaequipaje y se recordó que el sueño no era real, ya no. Por algún milagro del destino, o quizá por intervención divina, había engañado a los dos despiadados guardias, se libró del destino que le tenían reservado y logró huir de Saint Bart.
Kathryn se obligó a no pensar en ello, a enterrarlo en lo más profundo de su mente y a concentrarse en conservar esa libertad que tanto le costara conseguir. Se encontraba fuera del hospital, fuera del manicomio donde permaneció encerrada casi un año.
De momento eso era lo único que quería, lo único en que podía pensar. El futuro se extendía ante ella, pero ya habría tiempo de planear, de decidir qué hacer. Lo importante era evitar que la capturaran.
Volvió a dormirse. No tenía idea de cuántas horas habrían pasado cuando la despertó un fuerte tirón en el brazo que la sacó tambaleante del carruaje. Habría aterrizado en el barro si un segundo lacayo no le hubiera agarrado el otro brazo y la hubiese levantado con un tirón seco que le lanzó la cabeza hacia atrás.
—¡Suélteme! —Kathryn forcejeó con él para intentar soltarse de la fuerte presa—. ¡Quíteme las manos de encima!
—¡Esta mocosa viajaba escondida! —exclamó uno de los hombres, que le pasó un brazo por la cintura para acercar la espalda de Kathryn contra su pecho—. Seguro que es una ladrona.
Cuando oyó esa palabra, Kathryn le propinó un fuerte puntapié en la espinilla y el hombre dio un respingo hacia atrás, con lo que la peluca plateada le quedó torcida.
—Maldita mendiga, si vuelves a hacer eso te arrepentirás.
—Vuelva a golpearme, señor, y le prometo que será usted quien se arrepentirá —replicó Kathryn, muy erguida.
—Muy bien, ya basta. —La voz grave se abrió paso entre el tumulto y ambos hombres se detuvieron al instante. Por primera vez, Kathryn observó al hombre alto, imponente, que estaba entre las sombras y que supuso que sería el propietario del carruaje. Iba vestido con unos pantalones negros ceñidos, una levita negra y un chaleco a juego y con un fino filete plateado. Por delante, le asomaba el volante de la camisa de batista blanca, y de cada manga colgaba un poco de puntilla. Tenía la piel oscura y los cabellos todavía más oscuros y algo ondulados, recogidos detrás con una ancha cinta negra atada en un lazo—. Suelte a la chica, Cedric. Parece poder expresarse bien. Déle la oportunidad de hablar.
Los dos hombres obedecieron con cierto pesar. Le soltaron los brazos y dieron un paso atrás.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre alto—. ¿Y qué rayos hacías en la parte trasera de mi carruaje?
Kathryn se puso derecha e intentó no pensar en la lamentable imagen que ofrecía con su camisón sucio, manchado de tierra, y los cabellos sueltos y enredados que le caían sobre la cara. Soltó la mentira que había inventado para la ocasión y las palabras le salieron de los labios con una facilidad sorprendente:
—Me llamo Kathryn Gray y le diré una cosa, señor: No soy ninguna mendiga, y tampoco una ladrona. Soy una dama que ha sufrido un problema infausto. Si es el caballero que parece ser, le suplico que me ayude.
El hombre frunció el entrecejo. Tenía las cejas negras y unos ojos igualmente negros que, bajo los últimos rayos del sol de la tarde, parecían poseer un brillo plateado. La examinó de arriba abajo, captando hasta el último centímetro de su aspecto desastrado. Su mirada era tan intensa que, sin darse cuenta, Kathryn se cubrió el pecho con los brazos.
—Entre en la casa. Hablaremos en mi estudio.
Su consentimiento sorprendió a Kathryn. Iba sucia desde la punta de los cabellos grasientos hasta la planta de los pies desnudos y fríos. Sabía que debía de rezumar el hedor nauseabundo del manicomio por todos sus poros. Se armó de valor, no prestó atención a las miradas incrédulas de los lacayos y lo siguió hasta la casa, que era de hecho un enorme castillo de piedra al que se habían ido añadiendo partes con los años. Kathryn se detuvo justo al cruzar el umbral.
—Le agradezco su cortesía, milord, pero querría pedirle un favor.
—¿Todavía tiene que explicarse y ya me pide un favor? Quienquiera que sea, no se anda con rodeos. ¿Qué favor desea?
—Un baño, milord. No puedo comentar bien mis circunstancias con lo sucia que voy y vestida de un modo indecente. Si me permitiera bañarme y me prestara algo de ropa para cambiarme, estoy segura de que ambos nos sentiríamos más cómodos.
Él la contempló un largo rato mientras sopesaba sus palabras y contrastaba el modo educado de hablar con el aspecto harapiento. Kathryn lo observó a su vez y vio los ángulos bien definidos del rostro y la complexión ancha de hombros y estrecha de caderas. Era un hombre atractivo, sin duda, pero mostraba una dureza, un aspecto de voluntad de hierro que le decía que tuviera cuidado.
—Muy bien, señorita Gray, puede tomar un baño. —Se volvió hacia el mayordomo de nariz larga, que permanecía a escasa distancia—. Llame a la señora Pendergass, Reeves. Pídale que atienda las necesidades de la señorita y después acompáñela de nuevo aquí abajo. —Se giró de nuevo hacia Kathryn y añadió—: La esperaré en mi estudio. —Su mirada se intensificó—. Y le advierto que, si lo que me dice no es la verdad, será expulsada de aquí como si fuera basura, señorita Gray. ¿Me explico con claridad?
—Sí, milord. Con toda claridad —respondió Kathryn con un escalofrío. Él asintió en silencio y se dio la vuelta para marcharse—. ¿Milord?
—¿Sí, señorita Gray? —murmuró con un suspiro de exasperación.
—Me parece que no sé su nombre.
El hombre arqueó las cejas e hizo una reverencia exagerada.
—Lucien Raphael Montaine, quinto marqués de Litchfield, a su servicio. —Una media sonrisa burlona le asomó a los labios—. Bienvenida al castillo de Running.
Se volvió y se alejó, y esta vez Kathryn no lo detuvo. El ama de llaves, la señora Pendergass, apareció unos momentos después y la condujo a un elegante dormitorio situado en el piso de arriba. Kathryn ignoró la mirada de reproche de aquella mujer metida en carnes y se dirigió tras el biombo para vaciar la vejiga con un suspiro.
Ya sintiéndose mejor, se acercó a la ventana para aguardar el baño. Desde ahí se veía el patio interior. El castillo era magnífico, de cientos de años, con torres almenadas y una buena parte de la muralla exterior aun intacta alrededor de lo que en su día debió de ser el patio bajo.
La casa en sí se hallaba muy bien cuidada. El dormitorio que Kathryn ocupaba estaba decorado en azul marino y marfil, acentuado con elegantes piezas orientales. El gusto del marqués era impecable.
La voz del ama de llaves interrumpió sus pensamientos:
—Su baño está preparado. No sé quién es usted ni cómo logró imponerse a su Excelencia, pero le aconsejo que no trate de aprovecharse. Su caridad se debe a la generosidad, no a la debilidad. Más le vale recordarlo.
Lo recordaría, seguro. Le había bastado una mirada a esos duros ojos oscuros para saber que el marqués no era nada débil.
—Yo, que usted, no me demoraría —prosiguió la mujer—. A su Excelencia no le gustaría.
«Y no le gustará verlo enfadado», fueron sus palabras implícitas.
Kathryn aceptó el consejo en silencio, se quitó el camisón manchado, contenta de que fuera uno de los suyos, bordados, y no uno de los del hospital con el cuello ribeteado con una amplia cinta roja. Avanzó desnuda hacia el baño con sólo un poquito de vergüenza, se metió en la humeante bañera de cobre y, al sumergirse en el agua, dejó extasiada que el calor penetrara en sus músculos doloridos, que el hedor y la suciedad se diluyeran bajo la fragancia de rosas. Se recostó sonriente en el metal, disfrutando de ese placer simple, tan distinto de las restregaduras mensuales que había soportado en Saint Bart.
La señora Pendergass se fue mientras ella se lavaba la cabeza con el jabón con aroma de rosas que le había llevado para que lo usara. Después, se la aclaró y volvió a acomodarse bien. En unos instantes se vestiría con la ropa que el ama de llaves le hubiera conseguido y se enfrentaría a aquel hombre de cabellos oscuros. Antes de bajar, ensayaría la mentira que tenía preparada. De momento se permitiría el placer de quedarse allí en el agua jabonosa y caliente, un placer que no había experimentado en casi un año.
Sentado tras el amplio escritorio de caoba de su estudio, Lucien Montaine, marqués de Litchfield, se reclinó en su silla de piel. Juntó las manos pensando en la mujer de arriba, en realidad poco más que una niña, pues no tendría más de veinte años. Aun sucia y desarreglada tenía algo..., algo que lo intrigaba. Quizá fuera el modo en que se comportaba, más como un miembro de la realeza que como la mendiga que parecía.
Era más alta de lo corriente, más delgada de lo que debería haber sido, con el pelo castaño oscuro y unos senos pequeños y firmes que su camisón harapiento no hacía mucho por ocultar. Pero hablaba como una dama. Se preguntaba quién demonios sería.
En ese momento llamaron a la puerta. El mayordomo, Preston Reeves, hizo pasar a la chica al estudio en cuanto les ordenó que entraran. Apenas capaz de creer que la mujer que tenía delante era la misma persona desaliñada que se había escondido en la parte trasera de su carruaje, Lucien se levantó de modo instintivo.
Incluso vestida con una simple blusa blanca y la falda de algodón marrón de una sirvienta, no había duda de que era una dama. La postura de sus hombros y la mirada de sus ojos verdes hablaban por sí solos.
Y vio que era preciosa. Tenía cejas oscuras y bien arqueadas, rasgos delicados, nariz recta, y labios carnosos y de forma perfecta. Lo que no había visto de su cara bajo la suciedad era ahora más que evidente: una piel del color de la miel mezclada con nata y unos puntos rosas que le teñían las mejillas.
—Quizás tenía razón, señorita Gray. Su aspecto ha mejorado. ¿Por qué no se sienta y me cuenta qué sucede?
Kathryn hizo lo que se le decía y se sentó en la silla situada frente a él, con la espalda erguida y las manos juntas en el regazo. Lucien observó que parecían ásperas y algo enrojecidas, en contraste con la feminidad suave del resto del cuerpo. Se preguntó a qué se debería, pero lo dejó correr y le dedicó a ella toda su atención.
—Como le he dicho, me llamo Kathryn Gray. Vivo en un pueblo cerca de Ripon, no muy lejos de York. Mi padre es el párroco de la iglesia local. Estaba fuera visitando a unos amigos cuando me secuestraron.
—¿La secuestraron? —Lucien se inclinó hacia delante—. ¿Me está diciendo que alguien entró en su casa y se la llevó?
—Exactamente, milord —asintió—. Por ese motivo llevaba puesto el camisón. No sé quiénes eran, de dónde salieron o por qué me eligieron a mí. Lo único que sé es que tenían planes nefandos para mí.
—¿De veras? ¿Y qué planes eran ésos?
La chica se aclaró la garganta, pero siguió mirándolo directamente a la cara.
—Oí como uno de ellos decía que iban a llevarme a..., a una casa de citas. Por supuesto, al principio no supe a qué se refería el hombre, siendo como soy la hija de un párroco. Pero, al cabo de un rato, empecé a comprender de qué hablaban. Mi padre había predicado sermones contra tales lugares, así que pude deducir sus intenciones.
—Ya entiendo. —Había algo en su relato que le daba que pensar, pero estaba fascinado por el control con que lo había contado y detectaba una nota inconfundible de desesperación. Dadas las circunstancias, suponiendo que dijera la verdad, resultaba sorprendente que fuese capaz de ocultarla tan bien—. Continúe, señorita Gray.
—Esos hombres querían venderme. Supongo que por eso me dejaron... en paz. Al parecer hay mercado para tales cosas.
—Eso tengo entendido —dijo el marqués, tras efectuar un ligero gesto con los labios.
Estaba seguro de que habrían obtenido un buen precio por ella. Por un instante tuvo la enojosa idea de que no le habría importado ser el dueño de esas casas. Le hubiese gustado pasar una noche en brazos de la enigmática señorita Gray.
—Por fortuna, escapé —siguió Kathryn, de ese modo frío y controlado que le hacía preguntarse al hombre qué emoción herviría bajo la superficie calmada. Su distinción era evidente en cada movimiento, en cada gesto. Si ella no le hubiese dicho lo contrario, habría estado seguro de que pertenecía a la nobleza—. Corrí lo más lejos y rápido que pude —continuó hablando Kathryn—. Me había escondido en los establos cuando...
—¿Cómo? —le interrumpió Lucien—. ¿Cómo escapó?
—¿Cómo? —soltó, nerviosa por primera vez.
—Eso es lo que le he preguntado. ¿Cómo escapó de los hombres que la secuestraron? Es una dama y sin duda no es rival para ellos. ¿Cómo logró huir?
Las manos le temblaron un momento en el regazo. Inspiró a fondo y se enderezó, de nuevo controlada.
—Habíamos pasado días viajando, hospedándonos en un lugar inmundo tras otro. La noche antes de llegar a Londres, nos detuvimos en una posada. Uno de los hombres, un tipo gordo y con mal aliento, me llevó a una habitación detrás de la cocina. Él y su amigo, un hombre alto y corpulento, con los cabellos rubios y sucios, debieron de decidir que me..., que me... —Se humedeció los labios, perdiendo un poco el control—. El tipo gordo me metió en esa habitación mientras el alto esperaba fuera. Empezó a maldecir porque no conseguía desabrocharse los botones de los pantalones. Cuanto estaba distraído, le golpeé la cabeza con un orinal y huí por la ventana.
—Muy hábil —comentó Lucien, reclinándose en su silla.
—Estaba desesperada —prosiguió Kathryn—. Tenía que escapar. Anduve toda la noche y, por fin, llegué a los establos de la posada. Estaba exhausta. Me escondí en la paja y dormí un rato. Al despertarme, vi su carruaje y..., bueno, ya conoce el resto de la historia.
—Sí, supongo que sí. —Lucien se levantó de la silla y rodeó el escritorio para detenerse frente a ella—. Supondré que me cuenta la verdad, señorita Gray. Es así, ¿verdad? —La miró con dureza y hubiera jurado que detectó una ligera vacilación en la joven.
—Le digo la verdad, milord —aseguró Kathryn entonces, levantándose también—. Y le pido, como el caballero que sin duda es, que me ayude.
Lucien reflexionó un momento. Había decidido ayudarla en cuanto cruzó la puerta de su estudio, quizás incluso antes.
—Muy bien, señorita Gray. Por la mañana dispondré que un carruaje la conduzca a su casa junto a su padre. Ordenaré que una de las doncellas la acompañe y...
—Por favor, milord —le interrumpió Kathryn a la vez que le ponía una mano en el brazo—. Mi padre no está en casa y me daría miedo volver mientras él esté ausente. Quizá podría usted avisarlo y, mientras tanto, yo esperaría aquí hasta que él viniera a buscarme. Me doy cuenta de que es mucho pedir, pero...
—¿No puede acudir a nadie más para que la ayude?
—No. —Sacudió la cabeza—. Mi padre volverá en unos días. Si lo avisa, estará encantado de venir a buscarme.
Lucien la observó con atención. No estaba seguro de hasta qué punto se creía su historia. Había algo que no encajaba en la mujer del carruaje, en la que estaba en el estudio y en la que Kathryn acababa de describir. No, no se hallaba convencido de que le contara la verdad, aunque por lo menos algunas partes sonaban muy convincentes. Aun así, como caballero, se veía obligado a ayudar a cualquier dama en apuros, y no había duda de que ésta lo estaba. Y el misterio que la envolvía seguía intrigándolo.
—Que se quede aquí no es ningún problema. Mi tía llegará por la mañana. Así no estaremos solos. Mientras tanto, mandaré aviso a su padre a Ripon. —Le dedicó una sonrisa medio burlona—. ¿Será eso suficiente, señorita Gray?
—Sí, milord, será más que suficiente. Estaré siempre en deuda con usted.
—Cuando llegue mi tía, le encontrará ropa más adecuada. Son más o menos de la misma talla. Mientras tanto, viajar en el carruaje tanto rato como hizo usted no debió de resultar nada cómodo. Puede ocupar el dormitorio que usó para bañarse. Volveremos a hablar por la mañana.
—Gracias, milord —dijo ella con una sonrisa de evidente alivio. Se volvió y se dirigió a la puerta.
—¿Cuánto tiempo hace que no come?
Se giró para mirarlo y de repente perdió la compostura. Por primera vez, Lucien se dio cuenta de la fuerza de voluntad que la muchacha había necesitado para mantener el control.
—No sabría decirle con exactitud.
Lucien maldijo en voz baja.
—Le haré subir una bandeja al dormitorio.
—Gracias.
—Duerma un poco, señorita Gray. Y no se preocupe. En el castillo de Running está a salvo.
La chica le lanzó una sonrisa temblorosa y a Lucien le pareció haber visto el brillo de las lágrimas en sus ojos antes de que se volviera para alejarse. Inspiró a fondo para calmarse y cerró la puerta del estudio. ¿Qué había aceptado al dejar que se quedara? No estaba seguro y, aun así, no lo lamentaba. Esa mirada rápida bajo su cuidadoso control le había indicado lo mucho que ella necesitaba ayuda.
Los días siguientes serían interesantes. Se preguntó qué diría su prometida al descubrir la presencia de ese nuevo huésped.
2
Kathryn durmió como no recordaba haberlo hecho nunca. La noche anterior había comido hasta casi reventar, después se metió bajo las limpias sábanas blancas, que olían a lavanda y a almidón, y descansó la cabeza en una mullida almohada de plumas.
Su dormitorio en Milford Park, el hogar donde vivió hasta ser recluida en Saint Bart, era más elegante aun. Su ropa estaba confeccionada con las sedas y los encajes más finos y la comida que tomaba era abundante y cara. Su padre era el conde de Milford y, como hija suya, ella daba por sentados todos esos lujos. Después de entrar en el mundo inmundo y brutal de Saint Bart, comprendió lo afortunada que había sido.
Echó un vistazo al vestido prestado de batista de color verde musgo y estampado con unas florecitas amarillas, que llevaba puesto, y se le humedecieron los ojos. Era precioso y, salvo sobrarle un poco en el busto, le quedaba casi perfecto. Un año atrás, ni siquiera se habría dado cuenta, pero ahora..., ahora veía la vida de un modo totalmente distinto. Se sentó en un escabel tapizado, frente a un espejo con el marco de marfil y dorado, y se cepilló los largos cabellos mientras le daba gracias al giro afortunado del destino que la había llevado al castillo de Running.
Y al relato que convenció al marqués alto y sombrío de hospedarla. La historia de ser vendida a la prostitución tenía más de real que de ficción; era un relato que le contó una de las mujeres de Saint Bart. Por desgracia, a diferencia de lo que Kathryn había contado, la joven no logró huir de sus secuestradores. En lugar de eso, perdió un poco la razón, debido a la crueldad a la que se vio sometida en el burdel al que la llevaron, y acabó en el manicomio.
Kathryn se estremeció al pensar en ello, o en la parte de la historia que era cierta. Escapó de los guardias como lo había explicado: el gordo la metió en una habitación junto a la cocina para violarla mientras el alto esperaba fuera su turno. Cuando el primer hombre se peleaba con los botones de los pantalones, ella lo golpeó en la cabeza con un orinal y salió por una ventana de la cocina hacia la oscuridad de la noche.
Se obligó a guardar ese desagradable recuerdo en lo más profundo de su mente. Como el marqués había dicho, en el castillo de Running estaba a salvo y se quedaría en él tanto como la providencia y su Excelencia permitieran. Imaginaba que sería una semana por lo menos. El viaje en posta de correo duraba un mínimo de tres o cuatro días de ida y otros tantos de vuelta y eso era lo que tardaría el mensajero de Litchfield en llegar a Ripon, descubrir que no había ningún párroco llamado Gray en la iglesia local ni en ningún otro lugar de los alrededores y volver al castillo con la noticia.
Para entonces ella ya se habría ido.
De momento, tenía intención de disfrutar de la comodidad y la seguridad del castillo de Running. Necesitaba tiempo para recuperarse de los terribles meses que había pasado en Saint Bart y, lo que era más importante, para planear el futuro. No estaba segura de lo que iba a hacer, pero de algún modo encontraría la forma de salir adelante por sí misma.
Por desgracia, sin un lugar adonde ir ni dinero para llegar, la idea de marcharse no la entusiasmaba. Pero temía mucho más enfrentarse al marqués de Litchfield cuando descubriera que lo que le había contado era falso.
Tomó una horquilla y la hundió en el moño que se había hecho en la parte posterior de la cabeza mientras se preparaba para enfrentarse a su Excelencia en el comedor del desayuno, a donde él le había pedido que fuera para conocer a su tía. Observó que le temblaba la mano. Cada persona que conociera suponía una amenaza a su seguridad, cada una era un enemigo que podía hacerle regresar al manicomio. Se estremeció al pensar en ello.
No conocía a la tía del marqués, no sabía qué clase de mujer sería ni si se creería la historia que había inventado. Si no..., ¡oh, Dios! Si convencía al marqués de que llamara a las autoridades...
Se obligó a no pensar tal cosa. Interpretaría su papel lo mejor que pudiera y, si la señora era tan compasiva como su sobrino, seguro que podría quedarse.
Inspiró a fondo, temblorosa, se alisó la tela del vestido prestado, valorando su tacto lujoso como nunca antes, y se dispuso a bajar.
Lucien Montaine la estaba esperando, vestido para montar con unos ceñidos pantalones marrones y una camisa de batista blanca y manga larga. Colgada en el respaldo de su silla había una chaqueta de delicada lana marrón. Cuando Kathryn entró, se levantó, le sonrió a modo de saludo e inclinó la cabeza hacia la atractiva mujer rubia que se encontraba sentada a su lado.
—Me gustaría presentarle a la hermana de mi padre, Winifred Montaine DeWitt; vizcondesa de Beckford, te presento a la señorita Kathryn Gray.
Kathryn hizo una reverencia. Le sudaban las manos y sentía una opresión en el pecho.
—Encantada de conocerla, lady Beckford.
Lady Beckford sonrió. Era una mujer de cuarenta y pocos años, con el cabello rubio, que empezaba a encanecer en las sienes, y unos ojos hundidos, claros y de color azul que parecían albergar una gran compasión, como si deseara poder compensar a Kathryn de algún modo por lo que hubiera sufrido. La ternura se reflejó en su rostro y eso afectó a Kathryn, que por un momento se sintió mareada. Le vino a la cabeza la cara hermosa de su madre y durante un segundo horroroso creyó que se desmoronaría, se lanzaría a los pies de la pobre mujer y le revelaría la verdad.
La noche anterior se había mostrado fuerte. No tenía otro remedio si quería sobrevivir. Pero esa mujer de ojos llenos de dulzura le hacía pensar en el hogar y la familia y desear que hubiera alguien a quien poder recurrir, alguien que la ayudara.
Le costó una gran fuerza de voluntad calmarse, limitarse a devolverle la sonrisa.
—Por favor, acompáñenos, señorita Gray —la invitó lady Beckford, que la observaba con sus ojos sabios y educados—. Mi sobrino me ha contado lo que pasó. Pobrecita, me imagino lo que habrá sufrido.
«No» —pensó Kathryn—. «No puede imaginárselo. Ni en sus peores pesadillas.»
—Doy gracias a Dios por haberme encontrado con lord Litchfield y porque él es tan amable de ayudarme —comentó Kathryn mientras el marqués la sentaba junto a él, frente a su tía. Casi podía notar esos fascinantes ojos oscuros fijos en ella.
—No podía dejar de ayudarla. Lucien es un caballero. Quizás intimide un poco al principio, pero cuando se lo conoce mejor se ve que es bastante inofensivo.
—¿Inofensivo? —soltó el marqués con una ceja arqueada—. No me parece una descripción nada halagadora, tía Winnie.
Ni correcta, de eso Kathryn estaba segura. El hombre alto y de cabellos negros, sentado a la cabeza de la mesa, con las mandíbulas fuertes y unos severos ojos negros, era cualquier cosa menos inofensivo. Se estremecía por dentro al pensar lo que pasaría cuando averiguara que lo había engañado.
«Me habré ido» —se dijo con firmeza—. «Para entonces estaré a kilómetros de distancia.»
—Coma algo, querida. Está pálida y demasiado delgada. Necesita sustento después de lo que le ha pasado.
Kathryn sonrió. A cada momento que pasaba, le gustaba más esa mujer, pero seguía sin saber si podía confiar en ella.
—Tiene un aspecto delicioso —aseguró al recibir el plato que un lacayo llenó y le entregó.
Era una comida más consistente que la que solía servirse tan temprano, y Kathryn la atacó como si no fuera a probar bocado nunca más, olvidando por completo dónde estaba. Levantó la vista y vio que el marqués la observaba con unos ojos llenos de duda, mientras que la mirada de lady Beckford rebosaba lástima.
—Lo siento, yo... —Dejó la servilleta a un lado; había perdido el apetito de repente—. No me daban demasiado de comer.
Eso era cierto. Unas gachas aguadas y un poco de pan duro con alguna que otra tajada de carne con gusanos.
—No se preocupe —la tranquilizó el marqués con una dulzura sorprendente—. Mi tía tiene razón. Necesita recuperar fuerzas.
Miró los huevos que quedaban en el plato y la suculenta tajada de perdiz asada y se le hizo la boca agua. Tomó otro bocado y luego otro, con cuidado de comer más despacio esta vez, más como la dama que había sido en su día. Aun así, se terminó hasta la última migaja del plato.
—¿Más? —preguntó Litchfield.
—Ya he comido más que suficiente, gracias —contestó Kathryn sacudiendo la cabeza.
—Muy bien —dijo lady Beckford—. Si ya ha acabado, iremos a pasear por el jardín y podrá contármelo todo sobre usted.
A Kathryn se le revolvió el estómago y pensó por un momento que iba a vomitar la deliciosa comida que acababa de tomar. ¡Por Dios, pasear con esa mujer y conversar sobre sí misma era lo último que deseaba hacer! Tendría que volver a mentir y no quería. Tragó saliva con dificultad, debido a que los nervios le agarrotaban la garganta. Quizá todo iría bien. Quizá, si se acercaba a la verdad sólo hasta donde se atreviera. La noche anterior le había funcionado.
A pesar de que el corazón le latía atemorizado, se obligó a sonreír y responder:
—Me encantaría.
—El castillo tiene unos jardines preciosos. Tal vez lord Litchfield quiera acompañarnos.
El marqués sonrió con indulgencia, se levantó y las ayudó a las dos a ponerse en pie.
—Lo siento, tendrá que ser otro día. Tengo que atender unos asuntos de negocios. —Su mirada se desvió hacia Kathryn y pareció entretenerse en su boca—. Disfrute de su paseo, señorita Gray.
—Gracias, milord. Lo haré —dijo Kathryn, que se humedeció inconscientemente los labios mientras el corazón se le aceleraba de un modo extraño.
Cuando volvieron a la casa unas horas después, estaba mucho menos tensa y podía sonreír con cierta sinceridad. Lady Beckford le había hablado como si fueran viejas amigas e insistió en que Kathryn la llamara tía Winnie igual que su sobrino. Le habló de su marido, que había fallecido un par de años atrás, y, al mencionar su nombre, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Kathryn también había llorado. Intentó no contar demasiado y procuró decir generalidades, pero las preguntas sobre su familia la llevaron a hablar de su madre y su hermana, muertas desde hacía diez años, lo que le recordó a su tutor, el despiadado tío Douglas, y su año infernal en Saint Bart. Le caían las lágrimas a borbotones y lady Beckford la abrazó, convencida de que lloraba por los sufrimientos a los que se había enfrentado con sus secuestradores.
Pero en realidad no importaba. El interés de la mujer le sirvió a Kathryn de consuelo y, para cuando regresaron a la casa, se estaban haciendo amigas.
Los días se esfumaron. Kathryn veía al marqués en el almuerzo y a menudo en la cena, pero pasaba la mayor parte del tiempo con tía Winnie o sola. Como había dicho lady Beckford, los jardines eran preciosos, así que se pasaba en ellos todo el tiempo que le era posible.
La biblioteca del castillo era amplia, y el reconfortante mundo de los libros la atrajo como siempre. A Kathryn le encantaba leer: poesía, novelas y, sobre todo, filósofos, como Sócrates, Platón, Aristóteles y Descartes. Un día dio con una sección de la biblioteca que contenía obras médicas, con libros de medicina, curación y hierbas, y a partir de ese día pasaba todas las horas libres enfrascada en ellas.
Al cuarto día de estancia en el castillo, el marqués la encontró ahí. Al ver su silueta alta en el umbral, Kathryn cerró con rapidez el libro que estaba leyendo, se lo escondió bajo la falda y tomó otro.
Cuando Litchfield leyó el título del que sostenía, arqueó sus finas cejas negras.
—¿La filosofía de Descartes sobre la existencia del hombre? No es corriente que una mujer se interese por estas cuestiones.
—La filosofía me ha interesado siempre. —Se encogió de hombros—. Platón dice: «La vida que no se analiza no vale la pena vivirla.»
—«Sólo hay una cosa buena, el saber, y sólo una mala, la ignorancia»—replicó el marqués con una sonrisa.
—Sócrates —supuso correctamente ella devolviéndole la sonrisa—. También dijo: «Sólo sé que no sé nada.»
El marqués se rió con eso. A Kathryn le pareció una risa agradable; nada brusca, sino grave y melodiosa; una risa fluida, como si la usara siempre que lo deseaba.
—¿Y ese otro libro que está leyendo?
—¿Qué..., qué otro libro? —Se puso tensa.
—El que esconde bajo la falda. Más vale que confiese, señorita Gray. Sé que hay algunos libros aquí que se considerarían poco adecuados para que los leyera una joven, pero no creo que haya nada tan inaceptable como para que me escandalice saber que usted lo lee.
No había más remedio que entregarle el libro. Y así lo hizo, aunque muy renuente.
—¿Sobre el movimiento del corazón y la sangre en los animales, de William Harvey? —Parecía sorprendido.
—Tiene una colección muy buena de libros de medicina y hierbas curativas. Sé que el libro del señor Harvey está algo anticuado, pero pensé que quizá me serviría para comprender... —Sus palabras se quedaron en el aire cuando el marqués arqueó aun más las cejas.
—Pensó que le serviría para comprender ¿qué, señorita Gray? ¿Por qué iba a interesarle leer un libro como éste? No se puede decir que esté de moda.
Notó que se ruborizaba. El desagrado del marqués era evidente en la postura de sus hombros, en la mirada fría de sus ojos. Leer un texto tan gráfico era alg
