Antiguo obrero estuquista, el señor Largo Caballero ha debido de hacer un gran esfuerzo de voluntad y de inteligencia para aprender también a gobernar. Ha llegado a ello a través de un trabajo obstinado y una moralidad intransigente. Físicamente, aun siendo madrileño como es, no se parece ni a ese tipo meridional que suele presentarse en el extranjero ni tampoco al hombre que hubiese vivido siempre en la ciudad. Sus rasgos, que la edad ha esculpido sin deformarlos, recuerdan más bien a los de una vieja efigie romana. Uno se lo figura en tiempos de Catón el Viejo, compartiendo su tiempo entre los negocios de Estado y el cultivo de la tierra. La austeridad de su rostro está acompañada, como suele ser habitual, por una cierta timidez. Habla poco y no hace vida social. Pero cuando se decide, bajo la presión de una convicción largo tiempo contenida, a expresar una idea en la que cree firmemente, es capaz de hablar sin esos rodeos corteses que son habituales entre los oradores españoles.
JEAN HERBETTE, embajador de la República Francesa,
26 de septiembre de 1931
...os digo que al dejar los cargos no he tenido que volver a la clase obrera, porque jamás salí de ella; me ha bastado con sustraerme a los halagos y las comodidades personales, sabiendo que mi puesto no podía estar más que en el campo obrero. Porque la redención de la Humanidad solo puede hacerla la clase obrera.
FRANCISCO LARGO CABALLERO,
Jaén, 5 de noviembre de 1933
Una de las mayores satisfacciones de mi vida política la ha constituido mi absoluta coincidencia con él sobre el problema español, coincidencia que se operó sin haber cambiado entre nosotros media palabra, y que abarcó no solo lo fundamental sino detalles secundarios ... muchos no valoraban en todo su alcance el fenómeno de que dos hombres de temperamento tan distinto y de formación tan diversa hubiesen coincidido de manera tal sobre problema tan complejo.
INDALECIO PRIETO, carta a Carmen Largo Calvo,
17 de mayo de 1946
Agradecimientos
Este texto empezó a materializarse gracias al impulso, extremadamente benevolente, de dos destacados y persistentes mentores: Antón Saracíbar, director entonces de la Fundación Francisco Largo Caballero, y Manuel Fernández Cuesta, director entonces también del sello editorial Debate. Sin estos dos beneméritos y constantes impulsores, pese a mis dilaciones, puedo decir, sencillamente, que esta obra no habría empezado a construirse. En el transcurso de su elaboración, bastante más prolongada de lo que yo pensé entonces, y con vicisitudes obligadas como la de tener que reducir drásticamente el original, cuya extensión lo hacía inviable para una edición «para todos los públicos», he recibido alientos, apoyos, orientaciones, consejos y correcciones por parte de colegas, amigos, profesionales de la archivística y eruditos en algún aspecto concreto de su contenido, y todos, lo que es lo mejor, movidos por el afecto personal. Gracias a ellos se han evitado algunos errores, lo que no implica que se hayan subsanado todos, pero quiero pensar que sí lo han sido los más importantes. Nada puede ser más grato que ofrecerles aquí el testimonio de reconocimiento de la deuda contraída por mí, agradecimiento que vale mucho menos que su ayuda.
Me asalta, eso sí, la preocupación por la posibilidad de omitir involuntariamente en la referencia que hago alguna de estas irrecompensables ayudas. Por si esto ocurriese, deseo que conste que mi agradecimiento a los que de una forma u otra han seguido y colaborado en la elaboración de este trabajo, más allá de su expresión formal e individualizada, desea expresar el convencimiento de que sin asistencias de quienes son nombrados o no, de su confianza permanente, hubiera sido imposible llegar al final de algo que tiene como responsable, claro está, a una única persona, pero en la que siempre dejan su huella otras muchas.
Entre aquellas cuya ayuda ha sido esencial para la consulta de la documentación empleada figura en muy primer lugar Aurelio Martín Nájera, director del Archivo y Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias, un auxilio fundamental el suyo, con su disponibilidad y su consejo, junto con una entrañable comprensión y una particular sabiduría. Y con él todo el personal de esa institución. No puedo decir menos de la Fundación Largo Caballero, donde Antón Saracíbar, Almudena Asenjo, Jesús Pérez —su actual director—, Nuria Franco y el resto de sus colaboradores me ofrecieron siempre su más completa disponibilidad. Lo mismo vale para Julián Vadillo en la Fundación Anselmo Lorenzo (CNT), María Victoria Ramos en el Archivo del PCE, Alonso Puerta y su magnífica atención en el de Indalecio Prieto, y para las diversas personas que me atendieron exquisitamente en la Biblioteca Gabriel Miró, de la CAM, en Alicante, en el Archivo Histórico Nacional, en el ahora llamado Centro Documental de la Memoria, en Salamanca, y en el Archivo General de la Administración.
Un lugar especial en mi agradecimiento ocupan también quienes me han hecho conocer ciertos documentos o me los han facilitado directamente, como es el caso de Ángel Viñas, Jorge Marco, Sandra Souto, Ana Domínguez Rama y Josep Sánchez Cervelló, al cual debo la noticia de que el Archivo del Monasterio de Poblet guarda documentos de Josep Tarradellas interesantes para nuestro objeto. Un caso especial en este apoyo ha sido también el de Rodolfo Llopis junior, en todo fiel reflejo de su padre, interesado siempre en esta obra, que muy claramente refleja la culminación de lo que Rodolfo Llopis senior emprendió ya en vida sin verlo concluido nunca; Llopis hijo —al que Caballero y los demás conocieron siempre como Fito— nos facilitó informaciones, incluidas las gráficas, de gran interés. En este mismo caso se encuentra Paul Preston. Y no quiero dejar de mencionar tampoco la cordialidad y sencillez con que Adolfo Ferrero y Antonio Ortiz pusieron a mi disposición su texto inédito «Largo Caballero en la Dehesa de la Villa», con noticias entrañables sobre las vicisitudes del dirigente como vecino de aquella zona de Madrid.
De otra parte, Aurelio Martín Nájera, Octavio Ruiz-Manjón, Ángel Viñas, Eduardo González Calleja, Sandra Souto, Jorge Marco, Carlos Navajas, Jorge Saborido, Juan Andrés Blanco, Glicerio Sánchez Recio y Ana Domínguez Rama leyeron total o parcialmente el texto antes de su última versión. Todos, algunos con conmovedora y ejemplar dedicación, me hicieron comentarios e indicaciones que han resultado decisivos. Gracias a ellos la figura de Largo Caballero «no se ha perdido» en la densa maraña de la historia completa del obrerismo español. Debo reconocer, sin embargo, que no todos sus sabios consejos fueron seguidos..., aunque no dudo de la indulgencia de mis excepcionales comentaristas. El contacto establecido con un clásico de la historia del anarquismo, César M(artínez) Lorenzo, desde su retiro en Francia, ha sido una de las más agradables secuencias de este tiempo y de las más provechosas al facilitarme libros y algún material más de gran valía.
De otras muchas personas he recibido sistemáticamente aliento, apoyo y comprensión, incluida la disponibilidad para consultar ciertos textos suyos. Me parece imprescindible, con todo mi agradecimiento, dejar constancia aquí de la cercanía, interés y colaboración de Luis Gómez Llorente, maestro en historia del socialismo y experto en Largo Caballero, Bruno Vargas, que lo es en Rodolfo Llopis, Clara Lida, que me ofreció la oportunidad de hablar en México de este libro aún en sus primicias, Walther Bernecker, Paul Preston y sus tesoros eruditos y bibliográficos, Rubén Pallol, Gutmaro Gómez y Ana Martínez Rus. Asimismo, en tiempos de memoria como los de hoy, quiero dejar aquí constancia del afecto con que acogieron mis primeros trabajos sobre Largo Caballero sus hijos Francisco y Carmen, por desgracia ya fallecidos y que aparecen repetidamente en esta historia, a los cuales tendría yo hoy muchas más preguntas que hacer, muchísimas más, que las que les hice entonces.
El remate de todas estas deudas es, sin duda, la contraída con la editorial Debate y con los sucesivos editores que se encargaron del seguimiento de este libro, Virginia Fernández y Miguel Aguilar, director hoy de ella. Sin olvidar en forma alguna la tarea editorial de Xisca Mas y el férreo y receptivo trabajo de corrección de Ana Mata. De la publicación de una obra extensa sobre Francisco Largo Caballero no podía quedar al margen una institución como la que lleva su nombre, algo en lo que insistieron sus sucesivos directores. Una de mis mayores satisfacciones es la conjunción de ambas instituciones, Debate y la Fundación Largo Caballero, en la materialización de este proyecto. No quiero terminar sin una nueva mención a Miguel Aguilar, cuya confianza y paciencia han sido a lo largo de estos años tan constantes y relevantes que no puedo sino reconocer que la decisión de recortar el original, siempre dolorosa, tiene que ser perdonada... Gracias a Miguel Aguilar puede estar ahora en manos del lector y yo sometido a juicio, como corresponde.
Gracias, siempre insuficientes pero muy sinceras, a todos ellos.
Madrid, septiembre de 2012
Siglas utilizadas
ANFD Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas
ASM Agrupación Socialista Madrileña
CE Comisión Ejecutiva (PSOE, UGT)
CEDA Confederación Española de Derechas Autónomas
CGTU Confederación General del Trabajo Unitaria
CN Comité Nacional (PSOE, UGT)
CNT Confederación Nacional del Trabajo
CND Consejo Nacional de Defensa
ERC Esquerra Republicana de Catalunya
FAI Federación Anarquista Ibérica
FETE Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza
FJS Federación de Juventudes Socialistas
FNJS Federación Nacional de Juventudes Socialistas*
FNTT Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra
FSI Federación Sindical Internacional (Internacional de Amsterdam)
HISME Gabinete Hispano-Mexicano de Estudios Industriales
IRS Instituto de Reformas Sociales
IC Internacional Comunista
IOS Internacional Obrera Socialista
IR Izquierda Republicana
IS Internacional Socialista
ISR Internacional Sindical Roja
JARE Junta de Auxilio a los Refugiados Españoles
JEL Junta Española de Liberación
JSU Juventudes Socialistas Unificadas
OCN Organización Corporativa Nacional
OIT Oficina Internacional del Trabajo
PCE Partido Comunista de España
POUM Partido Obrero de Unificación Marxista
PSOE Partido Socialista Obrero Español
PSUC Partido Socialista Unificado de Cataluña
SERE Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles
SFIO Section Française de l’Internationale Ouvrière
UGT Unión General de Trabajadores
UJCE Unión de Juventudes Comunistas de España
UR Unión Republicana
Introducción El hombre más representativo de su clase
El proletariado español ha perdido al hombre más representativo de su clase.
RODOLFO LLOPIS, El Socialista,
23 de marzo de 1946
Francisco Largo Caballero murió en París el sábado 23 de marzo de 1946, a las doce de la noche, con setenta y seis años y seis meses de edad.1 El deceso ocurrió a consecuencia del largo y penoso período final de una dolencia renal que se sumó a un amplio número de achaques de salud manifestados desde antes. La enfermedad renal había experimentado un rápido agravamiento a fines de enero de aquel año y obligó a intervenirle quirúrgicamente varias veces en sus últimos meses de vida. El 4 de febrero sufrió un cólico nefrítico de cuyas secuelas ya no se repondría. El día 9 se le ingresó en la clínica del doctor Leriche en la avenida Lyautey, de París, donde se le extirpó el riñón derecho. El 14 de aquel mismo mes se le amputó la pierna izquierda, atacada de gangrena... Una vez ingresado en la clínica ya no la abandonó, y en ella tuvo lugar su fallecimiento.
El rápido deterioro físico del viejo luchador en edad tan avanzada no tuvo, pues, clemencia. El acabamiento y los sufrimientos físicos del antiguo dirigente y gobernante, cuya salud se había ido quebrantando seriamente desde que comenzó su azaroso exilio, tuvieron un eco notable en los círculos políticos y sindicales europeos del exilio español, y no menos en América. Tuvieron también un testigo y un lenitivo de excepción en su hija menor, Carmen, la única de sus descendientes presente junto a él en este momento final. Las cartas de esta mujer de singular fortaleza, con poco más de veinte años entonces, son el testimonio más cercano que tenemos de los días de pesadumbre que precedieron al óbito del principal dirigente obrero en el exilio.
La muerte de Francisco Largo Caballero no por esperada desde hacía meses causaría menos consternación. Sin ninguna duda, fue la muerte de un político o gobernante español en el exilio que más eco tuvo en los medios internacionales. Seguramente había sido aún más ominosa si cabe la senda última de un hombre de la relevancia de Manuel Azaña, muerto seis años antes. Sin embargo, la muerte del presidente de la República se produjo en siniestras circunstancias internas en Francia, e internacionalmente tan excepcionales como el gran conflicto bélico en pleno curso, y esto impidió que adquiriese la resonancia que tuvo la de Largo Caballero, ocurrida una vez derrotado el fascismo y en vías de recomposición el movimiento obrero internacional.
Fechado aquel mismo día, 23 de marzo, además de la nota oficial mencionada en la que se decía que «no es el momento de manifestaros cuán tremendo ha sido el golpe sufrido por el Socialismo con su desaparición», aparecía en El Socialista, editado ahora en Toulouse, un artículo necrológico a toda plana que firmaba de nuevo el fiel, generoso y gran amigo de siempre, Rodolfo Llopis. El título de la necrología era «¡Yunques, sonad/enmudeced, campanas!», recogiendo la cálida e impetuosa estrofa de Antonio Machado en su elegía a Francisco Giner. Tras un párrafo primero en lenguaje de patente y profundo pesar, donde Llopis hablaba de una agonía lenta y penosa, arrostrada con extraordinaria entereza, ahondada por el convencimiento de aquel luchador de que «su acción en España no había terminado todavía», se insertaban estas palabras: «El proletariado español ha perdido al hombre más representativo de su clase».
El artículo acababa reproduciendo la plegaria que ante la muerte hacían esos elegíacos versos de su título.2
En la marea de palabras laudatorias que provoca siempre la muerte de un hombre ilustre, no cabe duda de que las de Rodolfo Llopis eran la expresión sinceramente acongojada de alguien a quien acababa de marchársele un correligionario antiguo, un amigo entrañable, un trozo importante de su vida pública, y también de la privada, que había nacido muchos años antes. Nada más lejos de una necrología formal que aquel texto. Pero no es fácil calibrar si, en las urgencias de la congoja, Llopis llegó a sopesar en toda su hondura, en toda su penetración, que una frase corta como aquella resultase ser lapidaria. Porque hubiese sido muy difícil reflejar más limpia y conceptuosamente, con más luz y sensibilidad y con mayor conocimiento, la significación profunda, en su imagen más recia, del que acababa de morir y, tal vez, el sentido entero de un legado histórico tan complejo como el suyo.
«El hombre más representativo de su clase...» Para que esta frase mereciese haber sido esculpida no era indispensable que fuese verdadera. Pero hete aquí que, por añadidura, lo era. Seguramente hubiesen sido posibles otras muchas expresiones laudatorias para quien acababa de morir. Pero esta, tan breve y directa, era toda una definición de una vida, más fiel que ninguna otra que se hubiese pronunciado nunca sobre ella. Y lo mejor, si cabe, es que no contenía tinte valorativo, no contenía en verdad laudatio alguna. Era la más certera ubicación, la más imperecedera, de una larga obra en una larga historia. Apuntaba al corazón mismo de lo que había significado esta figura del movimiento obrero español en su época de esplendor. La representación, para bien y para mal, de toda una clase y lo que resumía el bagaje dejado eran lo más certero que podía decirse para la ubicación inequívoca de un gran hombre en la historia española del movimiento reivindicativo del proletariado.
Ahora bien, ¿en qué sentido podía decirse que aquella muerte significaba para el proletariado la pérdida de su hombre más representativo? ¿Por qué era Largo Caballero representación y símbolo de toda una clase? Ciertamente, no responde a este interrogante el hecho de que Largo Caballero mismo hubiese comentado años antes que se le tenía por hombre representativo... Lo había dicho en octubre de 1937, en el gran mitin que fue puesto por escrito en La UGT y la guerra, al comentar que no pocos de los que después le combatieron le tuvieron durante mucho tiempo como «hombre representativo de la clase obrera».
De la inseparable pertenencia a su clase, Francisco Largo Caballero había dicho y escrito muchas cosas y muchas veces. Caballero fue siempre —insobornablemente, lo sabía bien Llopis— un hombre de su clase. Hasta el punto de que para él, lo veremos a lo largo de este libro, la clase, la pertenencia a la clase obrera, no era una circunstancia o una elaboración histórica, no era una forma de discutir el mundo, como acertaron a exponer líderes que reflexionaron más profundamente sobre ello. No era siquiera un descubrimiento ni, en definitiva, una conciencia. Es decir, no era solo aquello ni lo era fundamentalmente. Era, más que nada y antes que nada, el resultado de una intuición. Para él, se trataba de una conformación vital, casi ab origine, potenciada por un nacimiento, una obligada forma de vida y un horizonte moral. Desde la intuición, llegaría a percibir la clase casi como una realidad material. Y, para que fuese tal, habría de moldeársela y, sobre todo, debía ser organizada.
Sin embargo, no estamos aquí únicamente ante la percepción subjetiva de quien había sabido entender y reconocer desde muy temprano su circunstancia histórica personal, casi inmodificable, y se había mantenido siempre fiel a ella. Algo más de una decena de años antes de su muerte, cuando aún le quedaba un sostenido trecho de la batalla, Largo Caballero declararía, sin un ápice de petulancia ni intención ejemplar:
Yo, que puedo decir que he recorrido toda la escala política, que he sido concejal, diputado provincial, diputado a Cortes y ministro, os digo que al dejar los cargos no he tenido que volver a la clase obrera, porque jamás salí de ella; me ha bastado con sustraerme a los halagos y las comodidades personales, sabiendo que mi puesto no podía estar más que en el campo obrero. Porque la redención de la Humanidad solo puede hacerla la clase obrera.3
Más allá de los condicionamientos subjetivos, decimos, este hombre que jamás salió de su clase, el proletariado, como él señalaba, recorrería en más de medio siglo de militancia la estela que le convertiría en la representación más viva del movimiento obrero. Una representación de la clase que, además, se incardinó siempre en la dirección de ella. Las palabras transcritas del mismo Largo Caballero son, nos parece, la introspección más sencilla y vehemente, a la que sería difícil negarle sinceridad, de aquello en que se moldeaba la nítida imagen de un dirigente singular en la historia del movimiento del proletariado español en su época de plenitud, en su Edad de Oro. Una edad que coincidió, y no es poca paradoja, con aquellos decisivos tiempos especialmente difíciles que marcaron la historia de la modernidad española en la Restauración y en la crucial y yugulada empresa de la República.
Francisco Largo Caballero fue sin duda —no se equivocaba Rodolfo Llopis— el hombre más representativo de la clase obrera española en su época de esplendor de la primera mitad del siglo XX. Una singular edad dorada también, cuyo sentido histórico, está bien claro, no cabe asimilar en absoluto a una historia de logros, victorias y plenitudes. Caballero no podría significar una historia de victorias sencillamente porque la edad dorada del obrerismo español tiene tanto de ellas como de derrotas. Semejante época de plenitud se basa en otra dimensión. Fue la Edad de Oro de una lucha secular. Y acabó, no lo olvidemos, en la más trágica de tales derrotas...
No cabe duda tampoco de que la representatividad que Llopis encontraba en aquel hombre no dejó nunca de ser compartida y contradictoria. Ciertamente —¿quién podría negarlo?— el proletariado español alumbró, entre el último cuarto del siglo XIX y la mitad del siglo siguiente, dirigentes de peso e impacto incontestables. Cabe hablar no ya solo del Apóstol y Fundador, de Pablo Iglesias, a quien nadie se atrevió nunca a negar su absoluta primacía, aun cuando se la combatiera, sino de otros muchos hombres esforzados entre la dirigencia y la doctrina primitivas del obrerismo español en todas sus vertientes: Anselmo Lorenzo, Antonio García Quejido, Matías Gómez Latorre, Jaime Vera, Federico Urales. Esto por no adentrarnos en la nómina de aquellos que por su coincidencia o proximidad generacional son los verdaderos coetáneos de Caballero. Entre todos los dirigentes obreros españoles, de cualquier tendencia, que vivieron el final en derrota de un movimiento nacido más de medio siglo antes, la presencia de Francisco Largo Caballero destaca por el impacto profundo de su obra, la estela de sus seguidores y la permanencia de su memoria. No menos, tal vez, que por las responsabilidades históricas que muchos han querido deducir de su actividad. Otros líderes tuvieron la misma longevidad pública o mayor aún, pero, por causas que no es cuestión de analizar ahora, no alcanzaron paralelo relieve.
A diferencia del fundador, Pablo Iglesias, de una generación anterior, Francisco Largo Caballero, que tampoco pertenecía a la última generación de dirigentes que ejercieron su responsabilidad en los años treinta, vivió de cerca tanto los más significativos destellos y la herencia inmediata de los orígenes como los desastres de la derrota final. En ese más de medio siglo de militancia, entre 1890 y 1946, fue protagonista justamente de los momentos de esplendor y de los de desastre hasta el trascendental de 1939, cosa que no ocurrió en el caso del Fundador ni de otros hombres de la primera generación de dirigentes obreristas, protagonistas, sobre todo, de una historia de progreso y relevancia ascendentes. De ahí, entre otras cosas, que la trayectoria de Largo Caballero contenga perfiles que la diferencian, no siempre para bien, entre los rasgos comunes a los liderazgos proletarios, pero que la hace también tan paradigmática y tan compleja como la del obrerismo español en su conjunto.
Francisco Largo Caballero, y no hay excepción a este juicio entre sus contemporáneos, fue un hombre duro de talante y de carácter. Hirsuto y cortante por lo general, sumario a veces, contradictorio y difícil de entender en otras ocasiones, con un punto de rigidez y otro, compensatorio, de ironía. Y, sin embargo, con un profundo e inagotable fondo de pragmatismo. Tan duro en su vida pública como comprensivo y humano en la privada. Que supo administrar con maestría sus pronunciamientos y sus silencios, como captaría con penetración un hombre que le admiraba pero no le aprobaba, Jean Herbette, embajador de Francia. A nadie dejó indiferente y su capacidad de liderazgo no fue discutida nunca ni por sus más acérrimos enemigos.
Fue, de otra parte, mucho más un hombre de decisiones, de acción, de organización, que de pensamiento. ¡Cuántas veces y cuán equivocadamente ha querido verse en ello el más rugoso, el más toscamente esculpido, perfil de su figura! Nunca pretendió ser un doctrinario. Extremadamente difícil de apear de sus convencimientos, frío en la toma de decisiones y pragmático en la ejecución de ellas, de una excepcional constancia y tenacidad en el trabajo, Francisco Largo Caballero acertó muchas veces y se equivocó otras tantas... Pero tampoco fue el opaco burócrata con el que, con torpeza, se le ha querido identificar en tantas ocasiones también. Nunca fue indulgente, pero al fin la vida le impuso ser tolerante. A pesar de esa cierta estructura pétrea de su personalidad, como tallada a severos golpes de cincel, más de una vez se le tuvo por un oportunista sin principios claros, un pragmático y un «seguidista», para quien la táctica fue siempre más importante que los principios. Los ejemplos más socorridos para fundamentar este juicio los han proporcionado desde antiguo, sobre todo, su trayectoria durante la Dictadura de Primo de Rivera y su aparente cambio de convencimientos en los años centrales de la década de los treinta.
Seguramente no hay sobre él juicio más erróneo que este. Porque a Largo Caballero no se le puede entender si se le juzga desde la limitada plataforma que solo contempla una de las grandes etapas de su trayectoria, cuando estas, y son varias, aparecen estrechamente enlazadas e inevitablemente marcadas por circunstancias históricas bien precisas, y siempre ásperas, sobre un fondo en el que resplandece siempre el mismo horizonte: el del proletariado llamado a transformar la sociedad por caminos diversos y hasta dispares, como varia y dispar es la historia del país y del tiempo que le tocó vivir. Se ha hablado de los «dos Largo Caballero». El hombre del liderazgo burocrático del obrerismo, de la colaboración con la política burguesa, del gradualismo estéril en las reivindicaciones, del reformismo en una palabra, frente a la amenazante contrafigura, más tardía, del dirigente predicador de la revolución, de la ruptura con la democracia, de la toma violenta del poder, de la dictadura del proletariado, de la guerra civil...
En rigor, ambos estereotipos son históricamente falsos. La primera de esas visiones fue la que presentó sistemáticamente el conjunto de sus contradictores más a la izquierda en la historia de la política obrera en España. Según estos, Largo Caballero, como Pablo Iglesias y otros líderes obreros socialistas, no habría sido sino una «adormidera» para la revolución proletaria. Para otro tipo de contradictores, fundamentalmente la derecha de las propias organizaciones socialistas o sus enemigos encuadrados en el fascismo, sin que falte tampoco una amplia representación de la historiografía, el ensayo y el análisis político y social posteriores a su muerte, el único Largo Caballero merecedor de memoria es el hombre de la izquierda verbalista, de la radicalización del obrerismo, de la retórica revolucionaria, al que no se considera ajeno a las responsabilidades más tenebrosas en el conflicto final de los años treinta del siglo XX. Como polaridades excluyentes en una larga trayectoria «representativa», ninguna de ambas imágenes recoge la profundidad y complejidad de su figura.
Sin embargo, la visión contraria que pretende que no hay un Largo Caballero inteligible si no es en la globalidad de toda su trayectoria de medio siglo, algunos la han considerado igualmente una falacia que no es capaz de dar cuenta tampoco de su verdadero significado histórico. Para esta visión globalizadora, de la que este libro se hace eco plenamente, Largo Caballero fue un dirigente fundamental, lo que no quiere decir que indiscutible e indiscutido, que no puede entenderse por su actuación en los años treinta del siglo XX si se prescinde del tercio de siglo de actividad que le precede y del decenio que le siguió. No hubo una transposición de su obra y su significación. El Caballero revolucionario en manera alguna es explicable sin el anterior intervencionista, que fue justamente la autodefinición elegida por él. La historia del líder obrero Francisco Largo Caballero, del político y del gobernante, solo puede entenderse en su plenitud si se le juzga con la adecuada visión histórica. Si no se pretende ver el ayer con los ojos del hoy... Y, guste o no, tal plazo es el que abarca el recorrido completo de su vida pública, desde los veinte años de edad hasta su misma muerte, pues su actividad no cesó nunca hasta el umbral de la tumba.
Así puede entenderse nuestra insistencia en que no existieron varios Largo Caballero... Visto así, se comprende igualmente que no fue sino un hombre al servicio de un único principio servido por distintos caminos: la reivindicación estricta del progreso de su clase. Y que a ese horizonte plegó todas sus tácticas. Así de simple y así de problemático. A ese único principio, derivado de la temprana intuición del destino de su clase, plegó todas sus decisiones; por él ganó algunas batallas, concibió algunas notables y funestas quimeras, sin duda, y perdió, como todos los demás, la guerra decisiva. Sujeto siempre a él, esculpió una imagen singular y conquistó también su fuerza y plenitud como dirigente seguido por importantes masas. En ese principio, se ha moldeado en él una posteridad en la que su figura ha sido reclamada por sus seguidores con más fuerza, más prolongada y con mayor devoción, que la de ningún otro dirigente, con la excepción, como siempre, de Pablo Iglesias. Ninguna figura de cualquier otro dirigente obrero español ha perdurado, para aclamarla o repudiarla, como la de nuestro hombre.
Hay también una constatación más que no parece inoportuna. Con Largo Caballero ha solido ensañarse una historia «de buenos y malos»; historia que tanta fruición parece proporcionar a ciertos tratadistas para quienes el malo en cuestión es precisamente el caballerismo, el izquierdismo peculiar del caballerismo, mientras que las grandes virtudes residen en el prietismo, cuando no más peregrinamente aún en el besteirismo o, que de todo hay, en la correcta y previsora visión del comunismo español de los años treinta... El contraste entre el sensato, liberal y socialdemócrata socialismo de Prieto y el bronco, autoritario y falsamente revolucionario socialismo de Caballero es el más conocido fruto de esta fértil viña. Y si en tan contrastado panorama entra aún la no menos contradictoria figura de Juan Negrín, el retrato puede convertirse en una caricatura.
Ni en el terreno de los comportamientos colectivos, nos parece, ni en el perfil concreto de los líderes, tal visión de esta historia parece adecuada. Y no solo porque falsea a Largo Caballero, prenda de todos los males, sino porque falsea en el mismo grado a Indalecio Prieto, que, lejos de ser el líder oportuno, forzado al fracaso en el momento oportuno, de ser un clarividente pragmático, erró tanto o más, y no más justificadamente, que su contradictor en el seno del socialismo. Ello por no hablar de la imagen, las ideas y las decisiones del hombre bueno de esta película, Julián Besteiro, cuyo fin no fue menos trágico. Lo cierto es que todos tropezaron en la misma piedra. Los maniqueísmos son siempre malos, y en el socialismo español nada más erróneo que contraponer lo blanco y lo negro; los matices del paso de un campo a otro son mucho más complejos que todo eso. Por ello, no pretendemos aquí en forma alguna defender un cierto socialismo o un cierto líder, y nos repugna hablar de buenos y malos, de parlamentarios y revolucionarios de salón, de políticos y sindicalistas. Si hay algo que la historia del socialismo español no permite son justamente tales dicotomías tajantes.
Las muchas virtudes y las no menores carencias, los aciertos y los errores, las intuiciones luminosas y las cegueras —pues estas últimas, contra lo que pensase Pablo Iglesias, no fueron en modo alguno patrimonio exclusivo de los anarcosindicalistas—, estuvieron siempre presentes en la historia de este estuquista, al que se le ha regalado alguna vez como cualidad más notable su falta de instrucción. Como lo estuvieron en la historia de todos los demás dirigentes socialistas. El aliento utópico y el oportunismo pragmático, que conjugaban prédica con práctica, el afán insobornable de pelea reivindicativa y la práctica exclusivista, a veces, las intuiciones certeras y los errores palmarios —en una palabra, los rasgos históricos del proletariado español hasta mediado el siglo XX, las responsabilidades, el coraje y las improvisaciones que forjaran esa historia—, por nadie están representadas como lo estuvieron por Francisco Largo Caballero. Él fue el más fiel heredero de la figura de la que parecen desprenderse tantas evoluciones posteriores del movimiento obrero español, la de Pablo Iglesias. En muchas cosas, y con diverso valor y consecuencias, la herencia más clara del pablismo es la que se refleja en la trayectoria de Francisco Largo Caballero. Pero paradójicamente, y a la postre, aparece también como el seguidor que más lejos llevó el magisterio recibido. Rodolfo Llopis acertó a ver luminosamente todo esto en el momento de mayor desazón, el de la muerte.
La Historia no ha sido nunca complaciente con Francisco Largo Caballero. Pero es más notable aún, claro, que no ha sido nunca justa. Su significación ha sido comúnmente sesgada y fragmentada. Ahora bien, la generalidad de este juicio, sin embargo, estaría del todo injustificada si no se hiciese mención de las excepciones que no faltan en medio de tan poco convincente panorama, si no se señalara, incluso, que alguna vez ha habido hagiografía en exceso. No en vano, como decimos, la vida de Largo Caballero es la que más prolongada estela de memoria, de debatida memoria, ha dejado en las filas del movimiento obrero, socialista o no. El primer intento serio de escribir una biografía del personaje se debe a este hombre tan citado aquí, al correligionario, amigo incondicional, confidente muchas veces, fiel soporte en los momentos más difíciles de la vida de Francisco Largo Caballero, que fue Rodolfo Llopis, fallecido después de una activa y fecunda vida militante en 1983. Se desarrolló tal intento ya antes y también, sobre todo, después de la muerte de Caballero. En marzo de 1953, Llopis publicaba un artículo en El Socialista en el que explicaba por qué no había terminado de escribir su biografía de Caballero. Decía que no disponía de los documentos que juzgaba indispensables. Y era cierto. En sus escritos personales no publicados nos da, no obstante, un preciso y precioso conjunto de detalles sobre el curso de su empeño. El loable proyecto, pues, nunca se consumó, pero constituye hoy un apoyo impagable. Luego han escaseado las obras de conjunto, aunque algunas han salido de plumas de correligionarios y seguidores: Fernández Alborz, Arsenio Jimeno...
La literatura adversa sobre Largo Caballero no se ha limitado, como podría pensarse, a las páginas y los juicios de los corifeos, más o menos adornados académicamente, del interior y el exterior, de las conspicuas derechas españolas que vencieron en la guerra civil. En ellas han pululado desde los publicistas a sueldo hasta los policías y editores piratas (Francisco Casares, Manuel Aznar, Joaquín Arrarás, Eduardo Comín Colomer, Mauricio Carlavilla y tantos más), y si ellos eran los diádocos, luego vinieron los epígonos... La historiografía académica de antes y de después no ha circulado por lo común con mayor cautela. Hasta tiempos recientes, alguna de esa historiografía no ha sabido en absoluto desmarcarse de las condiciones y visiones del momento, y esto especialmente tras 1975. Pero si a la altura actual una reconstrucción de la trayectoria histórica de Largo Caballero hubiese de considerar en detalle todas las distorsiones que han afectado a esa trayectoria, este libro habría corrido el serio peligro de convertirse en una diatriba, y no en una única dirección.
Pero no se trata ahora de adentrarse en polémica de ninguna especie. Muchas de las acusaciones contra Largo Caballero surgieron en las propias filas de sus correligionarios en vida de él y posteriormente. Hablamos de ellas en el lugar correspondiente. Se equivocan, creemos, y son muchos, quienes han insistido en una visión de Largo Caballero que no ha abierto su campo más allá del momento de la llamada «radicalización», del caprichoso revolucionarismo, si no es que se han limitado aún más a la «estupidez», y la calificación es del propio Francisco Largo Caballero, según podrá verse en esta obra, de encontrar en él al «Lenin español» y el disparate de hacerlo responsable de la guerra civil en no se sabe bien qué batallas contra otros Franciscos...
El presente es, por el momento, el más extenso estudio publicado sobre Largo Caballero y ha llevado su tiempo. Su extensión, desde luego, no garantiza su acierto. Y no carece, por lo demás, de precedentes más que valiosos. Y entre ellos queremos citar, con el riesgo siempre de ser injustos con otros, la reciente biografía de Juan Francisco Fuentes y los ejemplares estudios que hiciese nuestra malograda colega Marta Bizcarrondo en los años setenta y ochenta del pasado siglo. Estamos seguros de que ninguna visión histórica sobre el personaje fue tan aquilatada, penetrante, documentada y ajena a prejuicios como la que esta autora aportó. Por nuestra parte, pese a los perfiles claramente polémicos que la figura de Largo Caballero ha ofrecido siempre, este libro se abstiene de entrar en ellos, bien sea frente a nuestros contemporáneos o a los del dirigente. No es un alegato a favor de él y mucho menos una hagiografía. No participa de la mayor parte de los asertos conocidos, pero tampoco polemiza con quienes han mantenido y escrito desde posiciones distintas. Lo que aquí se expone se fundamenta en sus propios argumentos.
El aparato documental en el que se basa nunca puede alcanzar la amplitud que un historiador desearía; es decir, una amplitud inconmensurable. Seguramente, sobre la disponibilidad de materiales documentales Llopis hubiese pensado hoy de otra manera. Pero tampoco eso es un consuelo ni una coartada. Hemos intentado explorar, en nuestras posibilidades, todos aquellos fondos en los que la historiografía actual sabe que existen documentos que pueden apoyar la tarea, con la única excepción, creemos, de los fondos de la antigua Unión Soviética a cuyo conocimiento tanto han contribuido otros historiadores de cuyo benemérito trabajo hemos hecho un uso respetuoso y consentido, ante el que todo agradecimiento es pequeño. Justo es decir que la documentación publicada existente tiene hoy como centro la monumental empresa de las Obras Completas de Largo Caballero, que contiene, con pocas excepciones —las intervenciones en congresos, por ejemplo—, los discursos, escritos y otros documentos del dirigente. Benemérita tarea, llevada a cabo con exquisita profesionalidad por Aurelio Martín Nájera y Agustín Garrigós. Su uso ha sido de especial utilidad, si bien no completo porque algunas partes de este trabajo estaban ya confeccionadas cuando apareció, en 2009, la última parte de esa obra, especialmente en lo referente al texto clave de Largo Caballero Notas Históricas de la guerra de España. Algunas de nuestras notas al final del libro revelan esa particularidad, en la que se entremezclan la consulta de los originales con el aporte de la recopilación.
Esta Introducción no puede terminar, en fin, sin el recuerdo especial de las dos personas de las que más he aprendido en el curso de una tarea larga, más larga de lo previsto, sobre la vida y la historia de un hombre difícil de historiar. En primer lugar, el del entrañable Rodolfo Llopis, el hombre que más estimó a Largo Caballero y que mejor guardó su memoria. Y, en segundo lugar, el de nuestra colega desgraciadamente desaparecida antes de conocer el fin de estas líneas, cuya voz crítica, estoy seguro, hubiese sido tan fecunda, Marta Bizcarrondo, que fue la historiadora que mejor comprendió su obra.
Las páginas aquí escritas las tengo por un modesto y sincero homenaje a la memoria de ambos.
Primera parte
El obrero consciente
1
De Chamberí a Pablo Iglesias...
(1869-1890)
Sus palabras produjeron en mi inteligencia el mismo efecto que la luz en las tinieblas...
FRANCISCO LARGO CABALLERO, Mis recuerdos
Comenzaba el otoño del año 1868. De inmediato correrían los días y meses bulliciosos, de renovación y entusiasmo, que siguieron a la salida de España de la reina Isabel II. Fueron tiempos aquellos plenos de acontecimientos, de sobresaltos e inquietudes, aunque pocas veces a lo largo del siglo hubo otros de parecida esperanza. La salida de la reina, fundamental suceso del momento, había tenido lugar el día 30 de septiembre, es decir, al siguiente de que triunfara definitivamente la «Gloriosa» revolución en la batalla del Puente de Alcolea.1 Tal vez nunca antes unos militares «pronunciados» habían estado, ciertamente, tan cerca de protagonizar una verdadera revolución. En efecto, con aquellos hechos se abría una etapa de acelerado cambio que el país demandaba y que se aprestaba a vivir con intensidad. La «Revolución española» entraba en una nueva fase. Se explicaba bien así lo que escribiese un periodista-historiador del momento: «¡Qué hermoso espectáculo presenta un país a la luz del sol de una victoria revolucionaria!».2
La «ex reina» Isabel, como decían los revolucionarios, había decidido prolongar sus vacaciones cantábricas, que tenían como sede tradicional San Sebastián, haciéndolas seguir de otras, presumiblemente más largas, del lado de allá de la frontera francesa. Fue una obligación ante la que la puso el triunfo incuestionable de la Gloriosa Revolución de Septiembre, tras la decepcionada constatación expuesta asimismo por la reina, según se dice, en castizo también, cuando exclamó: «Creía tener más raíces en este país».3
Transcurrido septiembre, lo que quedaba del año trajo incidencias decisivas. El mismo día 30 de ese mes, la Junta Revolucionaria de Guipúzcoa dirigía a la de Madrid un comunicado en el que decía: «Doña Isabel de Borbón con toda su familia marchó a Francia. Una dinastía huye con toda esta familia. La nación sola aparece ante nuestra vista». Madrid asistía luego a la instauración de un Gobierno Provisional, bullía en expectativas de cambio y mejora, y se llenaba de toda clase de dicterios y chascarrillos punzantes sobre la Monarquía caída, entre los que se incluía aquel de un castizo que comentó al conocer la noticia: «Ya se ha ido esa», «una emigrada».
El siguiente, 1869, sería el año constituyente, aunque de hecho el período político de tal género había comenzado ya en 1868, con la revolución misma, pero el momento clave se produjo al año siguiente con la aprobación y promulgación efectiva de un nuevo texto constitucional, la Constitución de 1869, que siguió manteniendo el régimen monárquico, aunque por el momento sin monarca.
Los acontecimientos de septiembre abren, según es bien sabido, un período crucial de la historia española del siglo XIX para el que ha cristalizado el apelativo de Sexenio Revolucionario.4 El Sexenio constituyó una época de activos intentos de cambio en el país, casi ninguno de los cuales, en definitiva, fue duradero. Por lo pronto, hubo dos intentos constitucionales; el primero de ellos, en 1869, consagró un régimen monárquico democrático mucho más avanzado que los diseñados en la época isabelina, y el segundo, el diseño republicano, no pasó en el terreno constitucional del proyecto mismo y en el político acabó en una trascendental discordia.
El período comenzado en el otoño de 1868 significó la eclosión de dos fuerzas sociales llamadas a protagonismos históricos decisivos en el futuro. Una fue la mediana y pequeña burguesía de ubicación urbana fundamentalmente, con potencialidades dispares según los ámbitos del país, que era el producto de las primeras transformaciones de las estructuras socioeconómicas por obra de la revolución liberal emprendida en la primera década del siglo. Estos grupos emprenderían el camino de una más firme implantación desde los años veinte del siglo XIX, tras un período muy activo que ha quedado grabado en el lenguaje histórico de forma bien caracterizada: el Trienio Liberal. La debilidad numérica de tales capas sociales, la fragilidad de su empuje económico y la división misma y escasa autonomía para la actuación política eran, empero, patentes. De hecho, la revolución liberal en España tiene como factor histórico destacado el ser resultado no de la imposición de esta burguesía, sino de su pacto con la vieja nobleza. La otra fuerza cuya eclosión tendría ahora su momento fue la obrera y, derivada de ella, el obrerismo reivindicativo, con aquella conformación histórica a la que Fernando Garrido llamó del «obrero asociado»,5 para la que resultó elemento determinante la introducción en el país de la Asociación Internacional de los Trabajadores (Primera Internacional), algo que sucedió casi simultáneamente con el incierto triunfo de la revolución democrática pretendida por la nueva burguesía.
En el terreno político, la revolución democrática protagonizada por tal burguesía fue ganando en profundidad en aquellos años hasta culminar en la proclamación de una república, la Primera República Española, en febrero de 1873.6 La debilidad política y el difuso apoyo social con que aquel régimen se intentó implantar marcaron su breve existencia, menos de un año. Las condiciones económicas del país quedan bien descritas por su conceptuación de «economía dual» que hiciese hace años Nicolás Sánchez-Albornoz,7 economía de muy notable base agraria en la que ya destacaban algunos núcleos más modernos del industrialismo expandido por Europa occidental. Tanto en el ámbito agrario como en el urbano e industrial, el naciente obrerismo a imagen europea vivió en aquel sexenio sus primeras realizaciones y las primeras etapas de una trayectoria fluctuante y compleja.
El internacionalismo tuvo en España la particularidad de la progresiva preeminencia de la versión anarquista (el bakuninismo) frente a la marxista ortodoxa (en el espíritu de Marx y sus seguidores), que fue la que inspiró la dirección de la Asociación Internacional hasta su desaparición en 1876, en duro y amplio enfrentamiento con el bakuninismo. Una particularidad muy característica del naciente obrerismo español fue, pues, el predominio primigenio en él de la corriente anarquista, por razones que se han intentado explicar muchas veces.8 Las versiones del obrerismo español en su vertiente marxista fueron en principio más débiles. Su desarrollo pasó por la creación de una nueva Federación Madrileña de la Internacional y, en definitiva, por el nacimiento de un Partido Obrero de inspiración marxista que tuvo su primer acto fundacional en 1879, en Madrid.
Los hombres de la nueva Federación y del Partido Obrero —o Partido Socialista Obrero— fueron los mismos: los fundadores Mora, Mesa, García Quejido y otros más, entre ellos el joven Pablo Iglesias, que sería referencia indiscutible del socialismo español hasta su muerte en 1925. Fue en esa línea donde nacería la historia que aquí se aborda. La España de 1869, año del que arranca, presentaba una configuración en la que estaban ya consumados en lo esencial los rasgos que la caracterizarían tras el momento de las revoluciones de la burguesía y la expansión del sistema capitalista. La naturaleza de esa revolución liberal en el país ha sido objeto de no pocas porfiadas discusiones y era aún discutida en los años treinta del siglo XX, cuando se hablaba aún de los «residuos feudales» en una sociedad que era todavía fundamentalmente agraria. En cualquier caso, se trataba de un país de enorme diversidad en sus rasgos económicos y sociales básicos. Hasta mucho tiempo después, en pocos lugares de ese país pudo hablarse de la existencia de un proletariado moderno, proletariado industrial, urbano, despegado de las viejas tendencias gremialistas y societarias, de la cultura artesanal, anteriores a la Internacional.
Coetáneamente con nuestro Sexenio Revolucionario o Democrático, los acontecimientos no serían de menor trascendencia en toda Europa. Francisco Largo Caballero nació en esas condiciones históricas, en un país de la periferia de la Europa más desarrollada, igualmente en profundo cambio, y él mismo dejaría claro su convencimiento de ello cuando, setenta y seis años después, escribiese:
Surgí a la vida en vísperas de grandes acontecimientos mundiales: guerra franco-prusiana, Commune de París, proclamación de la Tercera República en Francia y de la primera en España.9
La villa de Madrid era entonces lo que era, y no podía decirse que fuese mucho para ser capital de un Estado del Occidente de Europa: una ciudad no comparable con las grandes metrópolis de las potencias europeas más desarrolladas que habían experimentado una espectacular expansión en el siglo del progreso industrial. La urbe de Madrid, en aquella década de los sesenta, reinando aún esa, Doña Isabel II, había derribado las viejas murallas construidas en tiempos del rey Felipe IV en el siglo XVII y había comenzado una nueva expansión urbana. Su población superaba el cuarto de millón de habitantes sin llegar al medio, cifra esta última que no alcanzaría sino al comenzar el siglo XX. Una urbe donde convivían los agrupamientos vecinales de la ciudad aristocrática, Capital y Corte, con la artesanal, funcionarial y de servicios, con barrios tan bien diferenciados que hacían contrastar vivamente la nueva urbanización del este con las viejas formas de los barrios antiguos y poco evolucionados.
Efectivamente, en la ciudad habían florecido en esta época que acababa de terminar las primeras empresas urbanísticas modernas para renovar el entramado de su red inmobiliaria. Los expertos suelen reconocer unánimemente que el punto de partida a largo plazo de la transformación del Madrid moderno arranca del «Proyecto de Ensanche de Madrid» de Carlos María de Castro que viese la luz en 1860.10 Los emprendimientos urbanísticos del marqués de Salamanca en el conocido barrio homónimo eran el mejor ejemplo de las transformaciones operadas. Es decir, que la primera modernización con un nuevo estilo en la sociedad liberal madrileña se había hecho en el reinado que acababa de finiquitar de manera tan accidentada aunque de ningún modo imprevista.11
Unos años después, cuando comenzaba la década de los noventa y el viejo Madrid no había perdido casi nada de su tradición castiza, un nativo de aquella ciudad, de su corazón mismo, obrero estuquista por más señas, emprendería un recorrido vital que, desde aquella médula de la ciudadanía más enraizada en el «pueblo», le llevaría no hacia una nueva ubicación social y ciudadana, no, sino, como en un redivivo y particular camino de Damasco, hacia una nueva conciencia con la que transitaría, durante algo más de cinco decenios, una historia diferente. Ese hombre había nacido en el límite de un nuevo corazón castizo de Madrid. Se llamaba, ya lo hemos dicho, Francisco Largo Caballero.
Si esta primera parte de la vida del militante, activista y dirigente obrero que pretendemos describir la rotulamos «El obrero consciente» es porque el sentido de esta expresión tal vez no podría aplicarse mejor a nadie más que a este hombre que nació obrero y murió como tal, y que dedicó más de cincuenta (nada plácidos) años de su vida al activismo obrerista y socialista. La transformación de un niño y un joven que se ganó la vida en sus primeros años sumergido en los más variados oficios no advino a través de su consolidación en ninguno de ellos, sino que, rara vez mejor dicho, cristalizó a través de una intuición y una conciencia destacadas y peculiares, y en ellas experimentaría crecimientos y dificultades durante el resto de su existencia.
EN EL CORAZÓN DEL NUEVO ENSANCHE MADRILEÑO
Francisco Largo Caballero nació un 15 de octubre de 1869, a las siete y media de la tarde, en uno de los barrios de población mezclada pero mayoritariamente artesanal del Madrid «nuevo» del siglo XIX. El barrio iría cambiando a medida que el siglo avanzase y acabaría convirtiéndose en un espacio madrileño muy característico en el tránsito al siguiente. Nos referimos a Chamberí, un nombre que al parecer procedía del siglo XVIII, adjudicado al antiguo agrupamiento de Los Tejares.12 El natalicio tuvo lugar, para ser más exactos, en la misma Plaza Vieja de Chamberí, en pleno corazón de la nueva ciudad que estaba conformándose, y en la buhardilla del inmueble precisamente.
Nacía un futuro obrero, pero aquel barrio, decíamos, estaba lejos de nuestra imagen de lo que podría ser un barrio obrero en el sentido moderno de esa denominación. Se situaba como espacio en pleno corazón de un ensanche reciente, que se distinguía tanto del casco viejo de la ciudad, que quedaba al sur, como de su extrarradio, que se extendía hacia el norte y el oeste. Chamberí fue el barrio de mayor crecimiento demográfico en los decenios finales del siglo XIX y constituía el núcleo del Ensanche Norte, mientras que el barrio de Salamanca había constituido el Ensanche Este y la Arganzuela, el Sur. En 1860, la población activa o en edad laboral en todo el Ensanche Norte era de 1.870 mujeres y 1.851 hombres. En 1880, las cifras respectivas eran 9.510 y 8.462.13
Chamberí constituía más bien una trama urbana donde convivían entreveradas las familias de menestrales, artesanos y oficiales especializados, con una pequeña burguesía que tenía pocas posibilidades de aparentar buena posición; una zona socialmente heterogénea, frontera entre la vieja ciudad y los nuevos espacios urbanos generados por el capitalismo liberal. Un barrio donde abundaban las gentes de los oficios. En cuanto a la actividad económica, en los años ochenta y noventa del siglo XIX Chamberí era el barrio en la zona del Ensanche madrileño que concentraba mayor número de establecimientos industriales, superando a otros barrios como Arganzuela o Pacífico; hay que tener en cuenta que en aquellas fechas la zona más industrializada de Madrid era justamente el centro, es decir, la zona más antigua.14
El barrio creció a partir de 1860 fundamentalmente alimentado por la población inmigrada; ese año había 562 personas que figuraban como recién llegados. El espacio urbanizado empezó a crecer aun antes de que hubiera sido legalmente previsto; el Plan Castro preveía que en su territorio se extendiera un amplio jardín.15 Chamberí, en definitiva, «sobre todo a partir del derribo de la cerca en 1868», se puebla de «casas de tres, cuatro y hasta cinco pisos que contrastan con las primitivas viviendas del arrabal, que solían ser casas bajas de bajo y principal, lo más con alguna buhardilla», de forma que «una casa del barrio de Chamberí podía convertirse en un perfecto resumen y síntesis de la pluralidad de situaciones sociales que albergaba Madrid».16 En cualquier caso, el barrio en efervescencia distinguía dentro de sí zonas bastante diferenciadas, como eran Trafalgar, Bravo Murillo, Luchana, Almagro o Santa Engracia, pero era en el corazón del viejo arrabal de Chamberí donde se daba el «tradicional asentamiento de artesanos, pequeños comerciantes, trabajadores de la construcción, jornaleros y algún que otro trabajador de fábrica».17
Por desgracia, Francisco Largo Caballero, que acabaría siendo escritor prolífico, fue tercamente parco —la terquedad fue siempre característica de su personalidad...—, y paradójicamente muy reiterativo, en noticias autobiográficas si descontamos las políticas, pues rara vez hablaría o escribiría sobre los entresijos de su vida personal y familiar. Solo se extendería algo más en ello, a veces de forma obligada, en los terribles tiempos del exilio en que acabaría su vida. Y es, por cierto, esta propensión a contar su vida en la vejez, después de las múltiples y recientes vicisitudes pasadas, la que viene en nuestra ayuda. Ocupa un lugar central en todo ello el relato autobiográfico Mis recuerdos, que redactaría en el verano de 1945 en forma epistolar, con setenta y seis años de edad.18 Junto con ello, o lo expuesto en alguna breve entrevista muy anterior, tenemos el hecho de que en un momento temprano de su exilio, en 1939 y 1940, mantuvo conversaciones con el veterano correligionario, estrecho colaborador y entonces auténtico refugio para sus desgracias que fue Rodolfo Llopis, con el que comentó muchos episodios de su vida, referentes sobre todo a su infancia y juventud.19
Provisto de esta información, Llopis se propuso escribir una biografía de Largo Caballero que no llegó a concluir ni publicar, pero cuyo manuscrito inacabado se conserva y cuyos tres primeros capítulos aparecieron en El Socialista. Lo escrito había sido discutido y aprobado por Caballero en persona, nos dice Llopis. Las pocas, aunque jugosas, noticias que Caballero facilita en su autobiografía se completan, pues, con lo que escribió Rodolfo Llopis20 y con lo que puede extraerse de la abundante correspondencia que mantuvo durante el exilio.
Contaba Caballero su nacimiento en la Plaza Vieja de Chamberí, en la casa, que tenía el número 9, sobre cuyo solar se construiría luego la Tenencia de Alcaldía del distrito, que aún hoy existe, precisamente al año siguiente de aquel en que tuvo efecto el derribo definitivo de la vieja cerca del Madrid antiguo. Su padre, Ciriaco Largo, fue uno de aquellos inmigrantes que acudieron en alto número al Madrid de 1868 tras la caída de la Monarquía. Natural de Toledo, tenía el oficio de carpintero y se había trasladado a la capital en busca de un trabajo mejor remunerado. Muy pronto conoció a una de las abundantes criadas domésticas que atendían a las familias acomodadas de la Corte, Antonia Caballero Torija, mujer «alta, delgada y rubia», cuyo lugar de origen era Brihuega, en Guadalajara. Antonia tenía un hermano en Madrid, Francisco, que vivía en esa Plaza Vieja de Chamberí. Ciriaco y Antonia se casaron al poco de conocerse y fueron a instalarse precisamente en la buhardilla de la casa en la que habitaba Francisco Caballero.
Allí nació el futuro dirigente, primer y único fruto de ese matrimonio, en el día y hora que quedan señalados. El matrimonio procedió a bautizar cristianamente al recién nacido, lo cual ocurrió21 en la cercana iglesia parroquial de las Santas Teresa e Isabel, en Chamberí, «filial de la de San José», que estaba, y está, en lo que los madrileños conocen como Glorieta de Iglesia, a escasos trescientos metros de la Plaza Vieja de Chamberí. Ofició el bautizo un cura ya anciano, Manuel Mellado, «teniente de la misma»; como padrinos actuaron sus tíos Francisco Caballero y Antonia Concostrina, y se impusieron al neófito los nombres de Francisco Ricardo.22
Antonia Caballero dejó su trabajo como sirvienta una vez casada, pero aquel matrimonio naufragó muy pronto; muchos años después, su hijo contaría a Llopis con cierta detención las circunstancias de ello. Ciriaco se desentendió prácticamente de su familia casi desde el comienzo y sus ausencias del hogar serían frecuentes, originadas primero por su presencia en reuniones políticas de devoción republicana, donde al parecer no se desperdiciaba ocasión para la jarana o el alboroto. Incluso llegó a participar en el asalto al Casino Carlista de la calle de la Corredera. Las disensiones en la pareja fueron creciendo en tono y frecuencia, hasta llegar a la agresión física de Ciriaco a su esposa. Caballero dirá textualmente que su padre pegaba a su madre.23 El esposo no aceptaba el menor reproche por su conducta. La actividad política parecía haberse complicado también con infidelidades, pues empezó a frecuentar el «baile de Capellanes» y la plaza de los Mostenses...
Antonia Caballero toleró todo menos la sevicia. Parientes y vecinas le recomendaron de inmediato que hiciese uso de la reciente legislación que había instituido el divorcio. La primera denuncia a este efecto ante el juez la efectuó el 7 de febrero de 1871, en el distrito de Palacio, motivada «por los malos tratamientos que [su marido] le da de palabra y de obra, haciéndola imposible vivir en su compañía». Ciriaco Largo negó estos asertos y se opuso al divorcio, pero el juez permitió a la demandante ejercer su derecho «ante el juzgado competente». En definitiva, «al año y cuatro meses de haber nacido el hijo» el matrimonio se deshacía. Por lo que Caballero dejó reseñado, sabemos que Ciriaco Largo murió en 1885,24 aunque ignoramos si volvió a establecer algún contacto con su familia antes de fallecer. A partir de 1871, pues, cuando Caballero tenía algo más de dos años —y no cuatro, como escribe en su autobiografía—, la vida familiar se redujo a la convivencia de madre e hijo y atravesó momentos de extrema dificultad. Es, por tanto, reseñablemente acertada la afirmación de G. H. Meaker de que Largo Caballero vivió «una infancia dickensiana».25 Mientras el niño era asistido por la familia materna, la del tío Francisco, Antonia Caballero volvió a su oficio de sirvienta.
Sin que sepamos la fecha exacta en que esto ocurrió, pero seguramente transcurridos algunos años, la necesidad imperiosa hizo que Antonia aceptase un puesto de empleada en un hotel en la ciudad de Granada, lo que llevó al niño Francisco a vivir una azarosa, y sin duda imborrable, aventura. De entonces diría tener sus primeros recuerdos personales. Marchó, pues, a esa ciudad con su madre, en un accidentado viaje en carromato mensajero, «galera de cosario», en el lenguaje del tiempo, porque por entonces «los trenes eran raros en España», nos dice. El itinerario de la galera fue tan tortuoso como su función de transportar mercancías consignadas a distintos puntos haría suponer. Caballero dice haber visto el mar por vez primera en este viaje, lo que parece responder al hecho de que desde Jaén el itinerario se desviaba hacia Martos para pasar luego por Priego y, atravesando el portillo de Zafayona, desembocar en Alhama de Granada y descender a Vélez Málaga para torcer luego hacia el norte en dirección a la ciudad de la Alhambra.26
El empleo de la madre se ubicaba en la fonda u hotel de Siete Suelos27 y madre e hijo se instalaron en la vivienda de una tal María Vela. Comían lo que la madre traía de la fonda, que aún daba para alimentar a la patrona misma. Caballero fue ingresado entonces, probablemente a los cinco años de edad, en el Colegio de los Escolapios, de Granada, que estaba en la ribera izquierda del Genil, en el paseo del Violón. Recuerda que era una escuela «fría y sombría» en la que los escolares —los gratuitos, se entiende— comían tras recibir el alimento en un plato que habían de sostener primero en la mano mientras hacían cola. La casa de residencia debía de estar en la colina de la Alhambra, «la Colina Roja», no lejos del lugar de trabajo. Desde allí, bajaba todos los días Antonia a su hijo «a veces por la cuesta de Escoriaza, a veces por la del Pescado», hasta llegar al paseo de la Bomba y del Salón y desde allí, cruzando el río Genil por el puente de las Brujas, hasta el paseo del Violón, donde estaba, y está, el Colegio de los Escolapios. Un itinerario nada corto, sobre todo para quien había de regresar de nuevo, cuesta arriba, al pie de la Alhambra.
Caballero recordaría luego que siempre identificó aquellos parajes y la propia escuela en las ocasiones en que volvió más tarde a Granada, pero no cuánto tiempo duró aquella estancia en la ciudad andaluza, que en todo caso debió de ser breve. Comentaría, eso sí, que a la vuelta hablaba con acento andaluz, «cosa que hacía mucha gracia a los madrileños». De nuevo en Madrid, la vida familiar siguió un ritmo semejante: el trabajo materno en el servicio doméstico y la residencia, por el momento, en casa de la familia de Antonia en la plaza de Chamberí, situación que perduró hasta 1880, año en que murió Francisco Caballero, cuyo oficio había sido el de zapatero.28 En todo caso, la etapa escolar subsiguiente se desenvolvió de nuevo con los padres escolapios, en las Escuelas Pías de San Antón de la calle de Hortaleza. Tampoco esta vez duró mucho la vida escolar, algo más de dos años. Su final fue brusco, pues, según Llopis, los mismos frailes escolapios manifestaron a su madre que al tener ya siete años debía empezar a trabajar, episodio que Caballero transforma en la compungida y resignada aseveración de que debía comenzar a trabajar «para ganar el pan que comía». En todo caso, los benevolentes frailes señalaron que podía seguir yendo a la escuela los domingos por la mañana... No debió de hacerlo porque «después —escribirá— no he vuelto a pisar una escuela para recibir instrucción».
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Nos hemos movido con cierta detención por esta aleccionadora marcha de los siete primeros años de la vida del futuro dirigente porque semejante peripecia no es, lógicamente, algo que pudiera borrarse de la memoria y la experiencia de un hombre nacido pobre, con muy escasas o nulas posibilidades de progreso, en una sociedad como la española de fines del siglo XIX. Caballero mismo, según hemos reseñado, fue consciente de la precariedad de sus expectativas sociales y contó en su vejez esta peripecia vital con alguna detención, nunca con resentimiento, sino más bien con pudor y un condescendiente distanciamiento, con una cierta complacencia también por la superación de aquel negro panorama de la infancia. Tan negro que el niño hijo de un carpintero inmigrado en Madrid tuvo un período de instrucción escolar de escasamente tres años...
Y los que vendrían inmediatamente después no serían más halagüeños. Porque se sucedieron entonces los durísimos episodios a los que se vio abocado al tener que ganarse los primeros y miserables salarios en las sórdidas condiciones que conocemos por diversos relatos. En efecto, aquel niño y adolescente, de brillantes y penetrantes ojos azules, bien parecido, según dicen, de mirada burlona a veces y airada muchas más, como nos muestra la abundante iconografía que su vida pública propició más tarde, de estatura proporcionada y enjuto de carnes, de cabellera no muy abundante ni firme, vivió, a partir de los siete años, su primera experiencia de obrero, distinta de la de algunos dirigentes, pero igualmente semejante a la de otros más, y la referiría de palabra y por escrito solo muchos años después y nunca de forma muy completa.
El asunto es, sin embargo, tema de alguna muy conocida entrevista periodística, como la que en 1934, es decir, a la distancia de más de cincuenta años de los hechos, le hiciese la periodista Josefina Carabias, que la tituló precisamente «Cuando yo era estuquista».29 Aunque en esta distendida entrevista Caballero contaba a Carabias cosas, adornadas luego por ella con florituras de su propia cosecha, que no coinciden exactamente con las que comentó años después con su incondicional amigo Rodolfo Llopis ni con las que escribiría en su autobiografía Mis recuerdos, la conversación tiene interés aunque no fuese más que por el tono humano y cordial que aquella gran periodista supo infundir a su reportaje. Carabias decía que quien fue de niño «Paquito, “el chico del carpintero”» conservaba aún «sus ojos verdes, maliciosos y vivos todavía». En una fábrica ubicada «entre la casa donde vivía con mis tíos y el Convento de las Siervas de María», o sea, en torno a la calle actual de Martínez Campos, «Paco» ejerció el oficio de «cajero», como diría con sorna el entrevistado, o lo que es lo mismo, de armador de cajas de cartón, mercancía que producía aquella fábrica. Oficio serio, sin duda, para ejercerlo a los siete años de edad... Su sueldo era de un real por día de trabajo, sin que precisara cuántas horas duraba la jornada, y la tarea incluía el traslado de las cajas de cartón («en una plancha de madera sobre la cabeza», sabemos por las otras fuentes) a los establecimientos que las solicitaban. Con alpargatas generalmente rotas —aunque su tío era zapatero...—, el reparto había de hacerse en cualesquiera condiciones climatológicas y a cualquier distancia.
Aquello duró poco, solo unas semanas, y la siguiente experiencia laboral la tuvo en un taller de encuadernación en la calle de la Aduana, con un salario de dos reales por semana y la función de «plegar» cartones. Extraordinario oficio, le parecería en su vejez a Caballero, aquel en el que se podía estar manejando «libros de ciencia» cuando en su escaso aprendizaje escolar solo tuvo en sus manos «la Cartilla, el Catón y el Fleury».30 Pero si aquello le hacía ilusión, la realidad del trabajo era muy otra, de forma que a Carabias le diría algo muy distinto: «Le tomé horror a la cultura», lo que no dejaba de ser una simple boutade. De hecho, su función era la de mero aprendiz que plegaba y pegaba papeles en los cartones de las tapas, cuando no tenía que acompañar al mercado a la hija del patrono. Su jornal era miserable, pero, como él mismo comenta, aún debía estarse muy agradecido por el favor de que le enseñaran a uno el oficio... Oficio que acabó de mala manera en enfrentamiento con el patrón a causa de la sospecha del aprendiz de que su jornal de dos reales había sido abonado en moneda «con más cobre que plata», es decir, falsificada. El aprendiz acabó arrojando una moneda al patrono y no volvió jamás por aquel taller.
En el siguiente menester, ejercido entre los ocho y los nueve años de edad, cambió bastante la rama productiva, pues fue el de la cordelería, esta vez en un establecimiento ubicado en un entorno muy tipificado del Madrid de las clases bajas, en el barrio de Las Peñuelas, «famoso entonces porque en él se albergaba la gente maleante de Madrid».31 De la manera en que un niño de esa edad podía ser explotado por un patrono sin escrúpulos da buena cuenta el anecdotario de las desgracias que refiere nuestro aprendiz sobre la actividad tan variada que hubo de hacer para el suyo, en la que se entreveraba el manejo de una manivela para retorcer cabos de hilo de cáñamo (que había de manejar subido a un taburete por su corta edad y estatura), llevar gallos de pelea al reñidero por cuenta de su patrón, aficionado a tal fiesta, o conducir bestias de carga al abrevadero. Un burro derribó al pequeño jornalero y le causó una herida en la ceja de la que le quedó huella toda la vida. Todo ello amenizado con «palabrotas y pescozones», según su propio testimonio. El trato era tan infame que nuestro aprendiz, como él mismo cuenta, se marchó de aquel empleo para ocupar otro en el mismo oficio en la carretera de Extremadura, con una peseta de salario al día y la novedad de permanecer interno en el establecimiento, lo que aparejaba la gratuidad de comida y techo a cambio de convivir con su madre solo los domingos, aunque representase un alivio económico. Pero el ambiente de malos tratos persistía y el final del empleo fue aún más brusco. Estando enfermo, el patrón interpretó que estaba perdiendo el tiempo y le golpeó. Caballero tiró el cáñamo a la cara del patrón y jamás regresó, pese a las peticiones de su madre y del propio patrón.
En consecuencia, con nueve años recientemente cumplidos, el futuro dirigente se convirtió en un demandante de trabajo «sin orientación alguna», que andaba por Madrid al azar, con la urgencia de ganar algo para la familia, que pedía trabajo «en los talleres de carpintería, ebanistería, marmolistas, cerrajería, pintura y decoración».32 Con desinhibición y cierto candor, ciertamente poco habitual en él, Caballero narró varias veces el afortunado azar que le llevaría a su oficio definitivo. Y es que, en su periplo, aterrizó un buen día pidiendo trabajo en el taller que en la calle del Olivar tenía un zapatero remendón. El artesano le preguntó si conocía el oficio. «No, no sé nada, pero querría aprenderlo», respondió. El zapatero rechazó emplearlo. Estando en estas, entró en el establecimiento un hombre al que llamó la atención el chico; le preguntó qué hacía allí y cuando supo que pedía trabajo le preguntó: «¿En qué?», a lo que el muchacho contestó: «En lo que sea». Fue entonces cuando oyó la proposición trascendental: «¿Te gustaría ser estuquista?». Era la primera vez que Caballero oía semejante nombre de un oficio. Ante su asentimiento inmediato, el hombre dijo: «Pásate mañana por el 17 de la calle de Jesús del Valle y pregunta por Agustín Pérez que soy yo y tendrás trabajo. Serás estuquista». La aceptación fue tan rápida, aun sin conocer del todo el contenido de la propuesta, que a las seis de la mañana del día siguiente, relata Caballero, comenzó a ejercer su nuevo oficio. Nos dice que aquello debió de ocurrir «en mayo de 1878». En tal caso, faltaban aún doce años para que «ser obrero» significase para Caballero la inmersión en una nueva conciencia.33
Pero ¿qué sería eso de estuquista?... Caballero se explaya luego en su autobiografía sobre tal oficio, relativamente aristocrático en el mundo obrero, muy técnico y cuya actividad, que consistía en aplicar una capa de escayola fina, el estucado, a las paredes interiores de edificios de calidad, iba destinada a satisfacer a los ricos. Solo se hacía en «casas confortables». Un oficio al que «se le consideraba como la aristocracia del ramo de la construcción». Más que un oficio, un arte, añade. Su trabajo comenzó en el Hospital de los Franceses, que se construía por entonces precisamente en el barrio de Salamanca. Contaría en su momento a Josefina Carabias que como oficial estuquista su jornal sería de 3, 3,50 y hasta 4 pesetas, lo que para aquel tiempo no era ciertamente un jornal bajo. «Para llegar a ganar un duro era menester llevar ya muchos años en el oficio.» Solo dos o tres «ases» del estuquismo, lo que Caballero confiesa no haber llegado a ser nunca, podían ganar un jornal de 7 u 8 pesetas.
«He trabajado de estuquista treinta y dos años: muchos de ellos simultaneando con el desempeño gratuito de cargos de responsabilidad en la organización obrera y en el Partido Socialista.»34 Aseguraba luego Caballero que hubo de dejar el oficio precisamente «cuando comenzaba a emanciparme de trabajar por cuenta ajena» y situaba este momento en coincidencia con su elección como concejal en el ayuntamiento de Madrid. Su memoria también debía de estar flaqueando. Su elección como concejal, en compañía de Pablo Iglesias y Rafael García Ormaechea, tuvo lugar en 1905; por tanto, solo le concedía una antigüedad en el oficio de veintisiete años. Pero el detalle tiene escasa importancia. La entrevista de la Carabias muestra visiblemente cómo puede adornarse una biografía con datos inexactos; entre ellos, los referentes a su vida matrimonial, por ejemplo, según comprobaremos en su momento.
Por lo demás, Caballero no abandonó la convivencia junto a su madre hasta el fallecimiento de esta en 1896, cuando ya era un estuquista experimentado y un reciente militante socialista obrero.
SER OBRERO EN EL MADRID DE LA RESTAURACIÓN
Fue al comienzo de la década de los noventa del siglo XIX cuando se operó un verdadero corte en las perspectivas vitales del futuro dirigente. Ocurriría entonces el descubrimiento de la figura de Pablo Iglesias, se despertaría su conciencia obrera y se volcaría decididamente hacia el asociacionismo. Para ser más precisos, el gran cambio habría que situarlo algo más tarde, en torno a 1899, a los treinta años de edad, en que comenzase para él la inmersión decidida y casi exclusiva en la élite de la dirigencia obrera que a partir de entonces tendría alcance nacional y que, irreversiblemente, se iría volviendo más densa con el paso de los años.
Ahora bien, el Madrid en el que transcurrieron la niñez y juventud de nuestro hombre, entre los años setenta y noventa del siglo XIX, dejaría una huella indeleble en su comportamiento posterior. Madrid era por entonces, según se ha escrito, «una ciudad preindustrial cuya configuración social sigue profundamente lastrada por el mundo de los oficios».35 El desarrollo continuado hacia un Madrid que superase definitivamente una conformación social y urbana propia de los albores del industrialismo, no se produciría sino ya en el siglo siguiente. Pero Caballero había nacido justamente cuando llegaba a su madurez aquella era del «obrero asociado» que se abrió con el siglo XIX, y que un lúcido y activo tratadista y polemista como Fernando Garrido creía ver plasmada en el internacionalismo de los años sesenta del siglo y en los primeros pasos del socialismo.36 Un año antes del nacimiento del futuro dirigente, en 1868, había llegado a España la buena nueva de la Asociación Internacional de los Trabajadores, fundada cuatro años antes, a la que se encontrarían ligadas las grandes figuras del socialismo europeo, con Marx y Bakunin a la cabeza. Grandes figuras, por cierto, a cuyas personalidades y doctrinas encontradas no permanecerían ajenas ni mucho menos las vicisitudes de la Asociación en España, y que, de su parte, se ocuparon con mayor o menor detención del desarrollo del internacionalismo obrero en España, en sus escritos y en sus actuaciones.37
En la trayectoria pública, sindical y política, de Largo Caballero los diferenciados mundos de socialistas y anarquistas, sus cambiantes y siempre complicadas relaciones, ocuparán un importante lugar y, por lo general, atravesarán situaciones de conflicto. En realidad, aquellos primitivos socialistas o anarquistas españoles, entre los que se encuentran los verdaderos «fundadores», los primeros representantes de la época dorada del «proletariado militante» en España, como lo llamase el patriarca anarquista Anselmo Lorenzo, constituían de hecho la generación anterior a la de nuestro estuquista nacido en 1869, con la que este conviviría durante bastante tiempo pero con la que no puede ser identificado.
En el último cuarto del siglo XIX, el tejido social de Madrid no constituía ni de lejos el de una sociedad moderna con una economía evolucionada; o, lo que es lo mismo, estaba a mucha distancia sociodemográfica y económica de la verdadera región industrial de España que eran la Cataluña costera y, con otras características, también el País Vasco costero. En su composición sociodemográfica y su desarrollo económico, Madrid cambió relativamente poco a lo largo del siglo XIX. Con independencia de que se fuesen acentuando las diferenciaciones territoriales en su entramado urbano y social, era aún una ciudad donde predominaba la economía antigua basada en las pequeñas empresas y los oficios, el artesano de taller y largo aprendizaje, con ciertos resabios gremiales. No es, pues, raro que la expresión «trabajador de taller» estuviese presente en sus primeros tiempos en el vocabulario de nuestro dirigente.
Las condiciones de vida en general y sus diversos componentes (trabajo, salario, alimentación, casa, vestido, etc.), así como el particular nacimiento de la conciencia reivindicativa del obrerismo en los tiempos del cambio de siglo, quedan reflejados con bastante proximidad en una notable masa testimonial.38 Precisamente, los años finales del siglo XIX y primeros del XX fueron la época en que la cuestión social empezaría a adquirir un estado público de notable resonancia que influiría en su tratamiento desde diversos ámbitos sociales. En este contexto ambiental se desarrollaría la primera actividad militante de Caballero. Por ello es conveniente prestarle alguna atención. La cuestión social era en la época una denominación nada «vaga». Algún político especialmente lúcido como José Canalejas distinguía muy bien entre la cuestión social y la «cuestión obrera».39 Una expresión bien formulada del problema político de fondo sobre el que se elevaban los proyectos reformistas sociales es la de que la cuestión social procede de «la convicción de que la sociedad y el Estado burgueses han de proteger al trabajador, en cuanto desvalido y necesitado de tutela, y la convicción paralela de que la sociedad y el Estado burgueses han de protegerse frente a la amenaza de los trabajadores unidos en asociaciones».40
Estamos en la época de las memorias, informes, concursos, comisiones y demás sobre «la cuestión social y la cuestión obrera», de los que no debe abstraerse, en todo caso, su carácter de empresa política de una clase dominante según formas clásicas de dominación, es decir, oligárquicas. La cuestión social, un panorama y una preocupación que nacen ya en los años de la revolución democrática en el Sexenio, es sobre todo la manifestación del temor de la burguesía liberal a la desestabilización social.41 Es el producto de una progresiva ruptura social en un mundo de relaciones económicas donde el Estado hasta entonces no interviene. De ahí que la preocupación por la cuestión social represente una eclosión, en cierta manera abrupta, de las ideas intervencionistas.42 La situación de la masa obrera es el aspecto central de esa cuestión social, pero no el único. El incipiente movimiento obrero en sus diversas tendencias aprovecharía ese clamor social para exponer con energía y determinación sus propias visiones del problema y sus soluciones, por lo general radicales.43
En el Madrid de 1880 había, en una población que apenas rebasaba el cuarto de millón de personas, algo más de 150.000 que comprendían desde los dependientes de comercio hasta los jornaleros de profesiones diversas o difíciles de clasificar. Tal vez el número estricto de obreros estaba en torno a los 90.000. El 30 por ciento de la población asalariada estaba formada por mujeres y un 27 por ciento del total era menor de dieciocho años.44 Sobre las condiciones en que el trabajo se desarrollaba, las informaciones son también abrumadoras. La jornada no era, por lo común, inferior a las once horas, y a veces se extendía sencillamente de sol a sol. No existía aún el descanso semanal, al menos en los oficios más ejercitados. Los informes sobre el «coste de la vida del obrero» son frecuentes ya a fines de siglo, y se harán más generales a medida que avance el siglo XX. En el Madrid de los años ochenta, el salario diario podía oscilar entre las 6 pesetas del maquinista de imprenta, las 3,50 a 4 pesetas del tipógrafo, las 2 pesetas del albañil y los 6 reales del jornalero de Obras Públicas o el jornalero «de la Villa», llamado así cuando esas obras públicas eran por cuenta del municipio. Pero nos faltan informaciones sobre otra multitud de oficios.45 De ese montante, un 60 por ciento se iba en alimentación, pero, como decía un obrero informante, «realmente, el alimento que nosotros consumimos es siempre el peor, porque tenemos que comer de fiado», y cuando se tenía dinero había que ir siempre a comprar lo más barato.46
La vivienda del obrero era sistemáticamente una muestra pavorosa de hacinamiento y ocupaba, o bien los sótanos —rara vez la planta de la calle—, o bien las buhardillas de los edificios; «los sotabancos o las buhardillas», dice algún informante, y los testimonios son muy extensos y muy fiables. Todas ellas eran caras, de forma que una unidad de habitación debía ser ocupada por más de una familia. El obrero madrileño, como el de todos los demás sitios, que dedicaba, como decimos, alrededor de un 60 por ciento del salario a la alimentación, invertía el resto casi íntegramente en el pago del alquiler de la vivienda o, de hecho, infravivienda. Ni que decir tiene que el vestido del obrero estaba igualmente tipificado y su adquisición constituía una empresa casi imposible. De ahí que, casi siempre, la «caridad» de las clases pudientes ejercida sobre la clase obrera se centrase en esa necesidad de ropa. Su calzado era siempre la alpargata; la vestimenta iba desde la obligada bata del comercio, que podía sufragar el patrono, a la ropa de trabajo más escueta en los jornaleros, la blusa y el basto pantalón, todo ello del peor algodón. Y casi nunca faltaba la gorra, pues el sombrero en aquellos tiempos era una prenda de ricos. Eran más que raros los obreros que podían sostener un «traje de fiesta» y este, en todo caso, se mantenía sin cambiar durante años.
Cuando se elaboró la Información de Madrid y de otros lugares de España, a comienzos de los años ochenta, Caballero era un muchacho de quince años colocado ya en su trabajo de estuquista y relativamente bien pagado, pues se trataba de un oficio muy especializado y con oferta de trabajo. El salario diario que Caballero obtenía en sus mejores momentos como obrero estuquista especializado era notablemente superior al que recibía el obrero de la construcción, que entre los años ochenta y noventa del siglo no superó nunca las 2 pesetas diarias, de las que debía dedicar a su dieta nunca menos de 1 peseta.47 Sin embargo, como sabemos bien por el propio Caballero, la estabilidad en el empleo, que diríamos hoy, era una dimensión completamente desconocida. Se cobraba cuando había trabajo... Como hemos señalado, nuestro hombre destaca, aunque sea de forma entrecortada y fragmentaria, lo que significó en su trayectoria vital convertirse en un obrero con una dedicación profesional que para las condiciones de entonces era estable, que iría adquiriendo la técnica de un oficio después de haber pasado desde niño por otros varios y que ascendería con cierta rapidez por la escala de aquel obrerismo especializado de raíces y sabor aún antiguos, gremiales. El joven aprendiz primero y oficial estuquista después trabajaba desde las seis de la mañana «hasta que se encendían los faroles de la vía pública», con una hora de interrupción para comer. A los diecisiete años de edad, era oficial de su oficio con dos ayudantes, según cuenta.
Pero este trabajo especializado tenía, en cualquier caso, un fuerte carácter estacional, hecho común a la inmensa mayoría de los oficios; de ahí que en sus datos de empadronamiento posteriores figurase la observación de que no era un trabajo seguro y que el jornal se obtenía «cuando se podía». Caballero buscó, pues, en estos años empleos complementarios. Así pudo ser ocasionalmente vendedor de verduras, situación que, por cierto, le permitió acceder a sus primeros devaneos sentimentales. También ejerció de obrero de la construcción al servicio de las instituciones públicas, por un jornal que oscilaba entre 1,50 y 1,75 pesetas. La cuestión de la vivienda era igualmente problemática, y los escasos datos que Caballero proporciona de su infancia son una muestra palpable de ello. Cuando regresa con su madre desde Granada ha de volver a vivir, como sabemos, en casa de su tío materno, de la que habrá de salir pronto por la imposibilidad de seguir ocupándola. Se trataba de una sola unidad de habitación, en la buhardilla en este caso, ocupada por varias familias.
En aquel mundo de claros rasgos preindustriales, Largo Caballero no pasó nunca de ser un obrero de oficio bastante distinto del obrero industrial. Esta condición representaría bien el tipo de obrero madrileño, con rasgos claros de la procedencia artesanal antigua de su actividad; metódico, sociable y «castizo», de escasa instrucción y menos lecturas, encajado en un sistema que estaba muy lejos del nuevo obrerismo fabril de las zonas más industrializadas del país. Entre los dirigentes obreros españoles de comienzos del siglo XX, aun entre los que procedían del propio medio obrero, que eran la inmensa mayoría, existía una disparidad de trayectorias sociales llamativa. Es conocida la predominancia entre los dirigentes obreros de personajes en cierta manera «intelectualizados»; por ejemplo, el tipógrafo, oficio de Pablo Iglesias y otros muchos. Caballero es un obrero de la construcción, de escasa formación, que ha de adquirir la instrucción por su cuenta. Esta diferencia es de enorme importancia porque confiere a nuestro estuquista madrileño rasgos ostensibles de su visión de la pertenencia a una clase, de la militancia, de la disciplina y hasta de la función primordial de la organización.
¿Cómo era la instrucción de los obreros? El asunto es uno de los tópicos más universales en la época de predicación de la reforma social, fuera quien fuese quien lo tratase, dentro y fuera del propio movimiento obrero. Pero no podía haber una más cruda dicotomía entre lo que eran los discursos y escritos de sociólogos y filántropos y la pavorosa realidad de una escolarización imposible. Y lo era en ese doble ámbito que el lenguaje del tiempo señala como el fabril y el agrícola, no solo en este último. El caso de Caballero es bastante típico: en el mejor de los casos se trataba de la instrucción que se ha adquirido con un tiempo mínimo de asistencia a la escuela. Por ello no es infrecuente la figura del obrero autodidacta. Una buena parte de los elementos dirigentes de la época la encarnan bien, aunque no toda ella. Tal es el caso, con sus limitaciones, del joven Largo Caballero. Estos obreros-artesanos contaban con su propia y antigua cultura de oficio, que muy poco tenía que ver con la instrucción, aspecto este de los más desoladores que sobre la condición obrera nos muestran las informaciones de aquel tiempo.48
Cuenta Caballero que muchos de estos trabajadores tenían que trabajar los domingos y eran los lunes el día dedicado al asueto, que consistía sobre todo en comer, beber y estar juntos... «en el Puente de Vallecas, Ventas del Espíritu Santo, Tetuán de las Victorias o Puerta de Hierro».49 La cultura obrera, o la cultura del obrero, es uno de los ingredientes de la condición que preocupan por entonces tanto a la organización de los obreros conscientes como a aquellos elementos burgueses sinceramente inquietos por la mejora de sus condiciones. Ahora bien, cuando se habla de cultura hay que diferenciar realidades implicadas necesariamente en la relación social de clase o entre clases y, lo que es mucho más primario y más decisivo, las condiciones que introducía en ese contexto la instrucción. En la personalidad de Largo Caballero, el contraste y la suma final de ambas dimensiones son enteramente decisivos.
Es bien sabido que el analfabetismo dominaba en la población de los estratos inferiores, en la ciudad pero mucho más aún en el campo, y que se calculaba, a fines de siglo, en una proporción que iba de los dos tercios de la población a tres cuartos. La Institución Libre de Enseñanza señalaba que casi la mitad de los niños en edad escolar en España no asistían a ninguna escuela. De los 16,6 millones de habitantes que tenía el país no sabían leer ni escribir ¡11,9 millones!50 El caso era bastante más grave entre las mujeres y, por supuesto, en el mundo agrario, donde todos los problemas de la situación del proletariado se agravaban. Si no se atiende a estas circunstancias, difícilmente podría entenderse la trayectoria de Caballero, bien apegada a experiencias primordiales durante la mayor parte de su vida.
En el Largo Caballero de los años posteriores permanecen tanto elementos de estas vivencias compartidas en la niñez y juventud como también, sin duda, muchas de las características que, al ser adquiridas en un aprendizaje programado y progresivo en el seno de una organización del proletariado, darían un contenido enteramente distinto, prometeico, a la vida del militante. Caballero vivó luego una experiencia que en modo alguno era única, pero que para él adquiría una dimensión crucial vivida de manera inopinada y directa, sin intermediación de adoctrinamiento alguno, al contrario de lo que a otras gentes les sucedió. Viviría una especie de «iluminación» que le habría de llevar en poco tiempo a convertirse en un arquetipo muy ilustrativo del obrero consciente en la España del tránsito entre los siglos XIX y XX.
ENCUENTRO CON PABLO IGLESIAS
Cuenta nuestro estuquista que fue trabajando en obras de construcción en la carretera de Tetuán de las Victorias —en la explanación del entorno de la actual calle de Bravo Murillo, en su tramo final—, probablemente en uno de esos interludios de escasez de oferta de empleo en su propio oficio, cuando oyó hablar de la Fiesta del Trabajo del Primero de Mayo, en la que se habían celebrado un mitin y una manifestación en Madrid. Corría el año 1890 y aquella fiesta se organizaba por vez primera en España. Fue entonces también cuando, con poco más de veinte años de edad, oyó hablar del dirigente socialista Pablo Iglesias. De hecho, la celebración real no fue el día 1 de mayo, ni en España ni fuera de ella, sino el día 4, domingo.51 En cualquier caso, sabemos que el propio Caballero no estuvo presente en la celebración, como él mismo reconocería. Escribiría más tarde, sin embargo, que la impresión que le causó aquel descubrimiento le llevó a cumplir con la obsesión que la manifestación le imbuyó de inmediato: «asociarme».
La obsesión de asociarse tuvo un cumplimiento inmediato. Como no existía sociedad de estuquistas, oficio con pocos y selectos practicantes, el joven Francisco Largo Caballero pidió su ingreso en la sociedad de albañiles El Trabajo, cuya sede estaba en el número 2 de la calle Jardines, justamente en el domicilio donde tenía su ubicación propia una sociedad pionera en el asociacionismo obrero español del siglo XIX, la del Arte de Imprimir, la «cuna de un gigante», como escribiría Juan José Morato, que cedía sus locales a otras asociaciones convirtiéndose en el germen de un Centro Obrero.52 «Desde ese día —escribe Caballero— quedé afiliado a la Unión General de Trabajadores de España», a la que pertenecían todas esas sociedades. Estaba en sus veintiún años de vida y, si la memoria no le falla, la cosa sucedió, en efecto, inmediatamente después de las celebraciones obreras de mayo.
El entusiasmo asociativo siguió luego su curso natural. De la sociedad de albañiles, y tras una intensa labor de captación asociativa entre sus compañeros, se pasó a la constitución de la Sociedad de Estuquistas, a la que Caballero dio su primer impulso, constitución que tuvo su acto solemne, justamente, en un local lleno de emociones infantiles, el de las Escuelas Pías de San Antón, donde había aprendido parte de sus primeras letras, cedido por los religiosos escolapios. Caballero, según cuenta, oyó hablar a Pablo Iglesias por vez primera en aquel acto fundacional. La impresión producida, a juzgar por sus palabras, sería casi una epifanía:
Pablo Iglesias pronunció un discurso exponiendo las ventajas de la organización obrera. Era la primera vez que oía al fundador del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores. Excuso decir con el interés y atención que escuché la palabra sencilla, pero de una lógica y una dialéctica irresistible, del apóstol de las ideas marxistas en nuestro país. Sus palabras produjeron en mi inteligencia el mismo efecto que la luz en las tinieblas.53
Tras ello, esa especie de iluminación o caída del caballo en el camino de Damasco, accedería a su primer cargo societario, el de vocal de la directiva de la Sociedad de Estuquistas de la Unión General de Trabajadores, sociedad de la que después sería secretario y presidente. Tenía, pues, su primer contacto con la unión sindical cuando esta, fundada dos años antes, en 1888, se encontraba a punto de celebrar su II Congreso. Contaba entonces con 36 secciones y 3.900 afiliados.54 Con el tiempo, la sociedad de estuquistas aumentaría su importancia y cambiaría repetidamente de sede hasta recalar años después en la madrileña calle del Piamonte, en un edificio que habían adquirido las organizaciones obreras ugetistas y que acabaría convirtiéndose en la Casa del Pueblo del socialismo madrileño al comenzar el siglo XX. Precisamente, y como Caballero mismo cuenta, una huelga declarada por la sociedad de estuquistas, la suya, para reclamar la jornada de ocho horas, fue la primera que la UGT convocó «reglamentaria» y acabó en un triunfo.55
En cuanto a la vocación propiamente política, en una carta dirigida a su correligionario y seguidor Francisco Díaz Alor en 1938, Caballero hacía constar que su ingreso en el Partido Obrero tuvo lugar el 9 de marzo de 1893, tres años después de haber ingresado en la UGT, en 1890, aunque no daba más precisiones.56 Sin embargo, en Mis recuerdos habla de su alta en la Agrupación Socialista Madrileña el 14 de marzo de 1894, lo cual se trata tal vez de un lapsus. En cualquier caso, cuando quedaban pocos años para la entrada en el nuevo siglo, Caballero se había convertido ya, definitivamente, en un obrero consciente.
Pero ¿qué era, en qué se manifestaba, esa conciencia? ¿A qué se aludía cuando se hablaba del obrero consciente o del obrero organizado? Se trataba, en primer lugar, de un apelativo muy propio de los primeros propagandistas del nuevo obrerismo en el último cuarto del siglo XIX. Era bastante claro el contexto en que el calificativo se aplicaba. Decíase del obrero que, habiendo recibido la buena nueva de la lucha colectiva por la emancipación social, había reflexionado, percibido el significado profundamente injusto de su propia ubicación social y vital, el sentido preciso de su pertenencia a una «clase», ante lo cual había reaccionado tomando partido y asociándose para la lucha por una sociedad distinta. La imagen estaba relacionada, pues, con una «toma de conciencia», más o menos verbalizada e instrumentalizada. La toma de conciencia no podía desarrollarse sino en el seno de una progresiva percepción de las relaciones sociales que llevaba a percibir igualmente la pertenencia de clase como una realidad nueva. Percepciones todas ellas que tenían vertientes tanto subjetivas como objetivas. Y todo ello en una situación histórica concreta marcada por el aumento numérico mismo de los partícipes de un tipo social que adquiría con rapidez un notable grado de autoidentificación.
La clase, la acción de clase como absoluta y exclusiva, sería ya en la vida y en el pensamiento de Caballero el motor primordial, el basamento de todas sus decisiones, creencias y... quimeras. Escribía el anarcosindicalista Abad de Santillán en 1937: «Nosotros no creemos en instintos infalibles de clase». Parece como si Francisco Largo Caballero fuera o la excepción o el desmentido a tal creencia.57 El encuentro con Pablo Iglesias, su inmediata afiliación posterior a las organizaciones obreras, la sindical y la política, la toma de conciencia de su situación en un universo que adquiere ahora una nueva conformación, hicieron de inmediato y perdurablemente de Caballero, en definitiva, el activista incansable que sería ya toda su vida. Él mismo lo ha dejado escrito:
Se produjo un cambio radical en mi vida. Abandoné toda diversión y distracción que no tuviera un objetivo cultural o instructivo. Entregué todas las energías físicas e intelectuales de que podía disponer a la defensa y propaganda del ideal voluntariamente abrazado.58
No hay posiblemente una declaración, declaración de fe, más contundente, tal vez más candorosa, de sus nuevas convicciones que la hecha por él mismo en fecha ya tardía de su andadura y sus experiencias, en 1933:
... os digo que al dejar los cargos no he tenido que volver a la clase obrera, porque jamás salí de ella; me ha bastado con sustraerme a los halagos y las comodidades personales, sabiendo que mi puesto no podía estar más que en el campo obrero...59
«Volver a la clase», entendida, por tanto, casi como un lugar físico. Ni salir ni, por tanto, volver; siempre en el campo obrero. «He tenido el honor de ser odiado y perseguido con saña por la clase burguesa y sus representantes.» Los amigos y los enemigos adquieren su especial sentido, su prístina significación como tales, en función de la clase a la que pertenecen. Pero a ese honor se contrapone el mayor agravio: «Tampoco me han faltado las acometidas furiosas, calumniosas, difamatorias, de elementos de mi propia clase, incluso de titulados correligionarios míos».60
Tomando, pues, como origen de una nueva época las convulsiones del Sexenio Revolucionario, está claro que el obrero consciente era fundamentalmente el obrero asociado. El asociacionismo de clase se distingue necesariamente del viejo societarismo de muy antigua raigambre en los trabajadores españoles del siglo XIX, ya que contiene connotaciones que van más allá de la «ayuda mutua», el esfuerzo colectivo o la solidaridad aunque siga conteniéndolas también. Pero no puede olvidarse, en cualquier caso, que en Caballero, como en otros muchos, la socialización como integrante de una clase tomó forma en el molde de las ideas marxistas, fuera cual fuese su conocimiento directo y real de ellas. Y ello con independencia de lo que la percepción de clase tiene en él fundamentalmente de intuición. Aun así, la nueva conciencia asociativa no pierde de momento su vieja impronta societaria, entre otras cosas porque la sociedad no ha perdido aún sus añejos fundamentos preindustriales ni ha tomado conciencia plena, a su vez, de las escandalosas condiciones vitales en que se desenvuelve el obrero.
Pero, además, va de sí que el obrero concienciado y, en consecuencia, asociado, es naturalmente el obrero organizado, y es la «organización de la clase» el último y definitivo signo de la conciencia. En el socialismo, tanto Iglesias y Caballero como otros muchos líderes fueron paladines de esa idea: no existe clase obrera si no es clase organizada, lo que explica el primado táctico de la organización y de la preservación de la organización misma como uno de los grandes objetivos. Matías Gómez Latorre, un dirigente destacado junto con Pablo Iglesias, pertenecientes ambos a la generación anterior, diría que era preciso oponer a la fuerza del Estado burgués «la fuerza organizada del proletariado», precisamente «representada por trabajadores conscientes».61 De todas formas, sería erróneo considerar la adquisición de una conciencia como el efecto de un acto puntual de voluntad o de comprensión instantánea de una situación. Ello no es más que una imagen. Una toma de conciencia es un proceso, claro está, y es un efecto de una precisa dialéctica con el entorno.
Una observación de un político de especial agudeza como Manuel Azaña, expuesta muchos años después, viene aquí perfectamente al caso para aclarar esta idea. Se trata de la caracterización que haría de la «semilla» de la que nacían los socialistas. El efecto «revelación» era importante pero no lo era todo; había otros caminos. Decía Azaña en abril de 1934, dejando claro que él no era socialista, que se llega a serlo de dos maneras: «O por una formación intelectual, doctrinal, que se apoya en un sistema filosófico y económico, con un concepto completo de lo que es la vida de la humanidad, de la suerte de la sociedad y del devenir de los pueblos», o porque
... Sin esa formación doctrinal y sin esa riqueza intelectual, en la conciencia de un individuo se haya hecho aquella iluminación necesaria —por qué motivos o razones no es del caso examinarlo— que le revela su situación de proletario.62
Parecería como si Azaña hubiese esculpido en magistrales trazos, como era habitual en él, dos imágenes que resumirían en sí dos grandes modos del socialismo español (y del foráneo), Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero, que eran posiblemente los modelos que tenía en mente. Lo cierto es que aquella iluminación de la conciencia modificó profundamente la conducta del joven Largo Caballero. Liberado del servicio militar por excedencia del cupo de reclutas en el que le hubiera tocado integrarse, «quedé libre para dedicar todas mis actividades al trabajo y a la organización obrera», diría. Sin embargo, hay un elemento más. Se trata de la particular relación que todo este proceso tiene con algo que podríamos llamar el aprendizaje de la clase. Hay, además, otro extremo de particular importancia como caracterización esencial de esa toma de conciencia: aquí, como prueba de un proceso histórico reiterado, la conciencia societaria («asociarme»), sindicalista, es previa a la construcción de la conciencia misma de clase.63
Las convicciones y posiciones de Largo Caballero estarán cargadas desde entonces de actividad con un sentido lleno de pragmatismo. Sus primeras direcciones y objetivos de lucha son el trabajo a destajo, los salarios bajos y pagados en las tabernas. Caballero es muy pronto consciente de las muchas malas costumbres presentes en unas relaciones laborales aún escasamente reguladas por el Estado. Años después, desde su puesto de concejal del ayuntamiento madrileño, emprendería una cruzada contra la apertura de las tabernas en domingo. Por ello, en definitiva, «el primer beneficio que el obrero puede esperar de la unión con sus camaradas no debe ser el mejorar inmediatamente sus condiciones de trabajo, sino el que no empeoren».64
El impulso unitario, contenido sustancial formativo para un nuevo tipo de hombre del trabajo, lo había sabido poner muy en primer plano Pablo Iglesias. Desde el principio, Caballero se consideraría un discípulo aventajado del fundador. El estuquista dedica una temprana foto a Pablo Iglesias y se ufana de su conquista de la confianza de sus compañeros y «muy especialmente la de Pablo Iglesias, tan exigente en el cumplimiento del deber». Sin embargo, pese a todo este conjunto de hechos que nos hablan de la asunción de un nuevo proyecto de vida militante en el sindicalismo, parece mucho más aventurado hablar de un Francisco Largo Caballero convertido prontamente en socialista consciente y, menos aún, en socialista instruido. La gran escuela inspiradora de su conducta no fue, bien es verdad, un socialismo elaborado imposible de entender en sus profundidades en la medida de la precariedad de los condicionamientos culturales de una clase obrera como la madrileña del tiempo; esa escuela fue más bien, con todas sus connotaciones, el pablismo, algo a lo que nos referiremos más adelante. La precariedad de las concepciones socialistas, la instrucción y la capacidad de elaboración teórica del proletariado español son asuntos bien conocidos.65
Caballero procedía —y encajaría, además, en él— del estrato del obrerismo militante menos relacionado con la instrucción doctrinal. El bagaje intelectual que poseía al entrar en la lucha social, dice él mismo con conciencia también muy certera, «era bien pequeño». Iba poco más allá de la simple escuela primaria entre los cuatro y los siete años. He aquí también un modelo de dirigente obrero nada infrecuente en la trayectoria del obrerismo español. Configuraría su ideología, puede barruntarse, en materiales doctrinales de escasa entidad y siempre lejos de las fuentes originales, en obras de divulgación casi siempre, como otros muchos obreros militantes de su época y de su misma procedencia. Pero su dedicación a la instrucción se hizo, sin duda, con ahínco en sus primeros tiempos. Aprendió sobre todo algunos conceptos básicos del marxismo, máximas y hasta meros latiguillos, que repetiría con cierta frecuencia hasta el final de los años treinta en sus escritos y discursos. Fundamentalmente, leyó y escribió luego en el periódico oficial socialista, pero también en órganos de provincias y periódicos no socialistas. Ni que decir tiene que para él la lucha de clases es uno de los pilares en que se funda la acción del proletariado. No es preciso reelaborarla mentalmente sino que «existe», dirá muchas veces, teniéndose por un estricto marxista. Y a ella y sus consecuencias se atendrá.
Merece la pena, por lo que sirve a la caracterización del personaje, comparar la forma en que Caballero accedió a la militancia con la de algún otro personaje destacado del primer socialismo. Como planteamiento de base repárese en que Caballero no era tipógrafo, como lo eran Iglesias, Gómez Latorre, García Quejido, Morato, Lorenzo y otros más, oficio propio de la mayor parte de la élite dirigente del socialismo primitivo o, como en el caso de Anselmo Lorenzo, del anarquismo. Nunca fue un obrero ilustrado. Morato, por ejemplo, hombre de la misma generación que Caballero, pasó de tipógrafo a periodista.66 Indalecio Prieto, de cuya endeblez cultural se hará eco su gran enemigo en Vizcaya, Óscar Pérez Solís, tuvo una trayectoria aún más ajustada, de corrector de pruebas en el periódico a periodista. Prieto era también de la procedencia más humilde, con una azarosa vida infantil y juvenil, pero su orientación vital posterior se dirigió hacia un medio social donde la instrucción sería clave: la imprenta, el periodismo, la escritura.67 Para Prieto, adquirir instrucción fue condición esencial de su mejora social y de su papel mismo en el ámbito socialista; con autodidactismo tenaz, a toda prueba, aprendiéndolo casi todo, además, en «la propia vida», con cierto talento literario. Su conocimiento directo de los clásicos del socialismo puede colocarse probablemente a la misma altura que el de Caballero, si no más baja aún. Curiosamente, esa falta de instrucción y conocimientos doctrinales ha sido motivo de acusación no pocas veces contra Caballero, pero nunca contra Prieto...
En el caso de Caballero no es nada fácil establecer con seguridad, si dejamos de lado su contacto con Iglesias, qué fue lo que leyó y adquirió intelectualmente acerca de los doctrinarios, clásicos y contemporáneos, del socialismo mediante una instrucción basada en la lectura, en sus tiempos de juventud y madurez. Sin embargo, existe el curioso testimonio de la entrevista que le hiciese Eduardo Carrió, aparecida en Nuevo Mundo el 6 de octubre de 1904, con el título «El descanso dominical y los obreros».68 En tan temprana fecha, el entrevistador insistía en que en la aseada habitación de un quinto piso de la calle Eloy Gonzalo, donde Caballero vivía entonces, sobre su mesa «se amontonaban libros viejos en cuyos lomos adivinábanse los nombres de Karl Marx, Engels, Bakunin y otros apóstoles del socialismo». En la entrevista, por lo demás, Caballero se mostraba ferviente partidario de «la supresión de las corridas de toros en domingo y el cierre de tabernas, pues en dicho día ni unas ni otras favorecen necesidades». La educación moral e intelectual del obrero, en la línea de Pablo Iglesias, había hecho evidentes progresos, según se ve. Luego, al final de la entrevista, vino la foto con el brazo de Caballero apoyado en el montón de volúmenes en el que blanqueaban «las amarillentas hojas del libro de Carlos Marx, el maestro, el inspirador de aquel obrero entusiasta...». Puede que el entrevistador viese lo que quería ver; pero ahí quedó su escrito en lo que valiese.
Caballero mismo diría posteriormente que, muy lejos ya del período escolar, aprendió «en folletos, libros, periódicos, etc., especialmente en El Socialista, el problema de la lucha de clases».69 Y señalemos un hecho pese a su carácter enteramente anecdótico: confesaría que «iba casi todos los días» a la librería modesta que en la plaza de El Callao, de Madrid, tenía su amigo Manuel Juncosa, afiliado socialista.70 ¿Surtió allí Caballero su biblioteca? No lo sabemos, pero sí que esta biblioteca, aunque fuese modesta, existió. Años después, los franquistas la confiscaron.71 En el verano de 1933, en su discurso sobre «Posibilismo socialista en la democracia» diría a los jóvenes:
He tenido afán, deseos, entusiasmo por aprender, por enterarme, y conozco, aunque sea superficialmente, toda la parte teórica del marxismo, de todos nuestros camaradas marxistas. Eso os lo puedo demostrar llevándoos a mi casa, donde no entran los libros para adorno, sino para ser leídos.72
En el sentido intelectual, Caballero jamás fue un obrero devenido en escritor de doctrina; ni lo pretendió, claro. Su horizonte doctrinal, aunque nada amplio, se movió, sin duda, en las mismísimas coordenadas en las que lo hicieron la mayor parte de los primitivos dirigentes del obrerismo socialista español ligados al sindicalismo: influencias francesas del guesdismo recibidas de Iglesias, robustas convicciones sobre la importancia de la organización, conocimiento más o menos directo de textos punteros y directos de Marx, ejemplificados por el Manifiesto comunista, seguramente el único texto marxista que Caballero frecuentó, aunque puede que en algún momento tardío leyese alguno más, como la Crítica del programa de Gotha, que citaría directamente, o El programa de Erfurt de Kautsky, que citaría también. La influencia directa de Pablo Iglesias fue, sin duda, un elemento determinante y debe suponerse que conoció todos sus escritos, bastantes de los cuales emplearía en su propia actividad polémica.
Años más tarde, Eduardo Aunós, ministro en dos dictaduras, haría de él una breve etopeya significativa: «Hombre de sentido realista, autodidacta y poco dado a especulaciones ... era discípulo predilecto de Pablo Iglesias ... Dentro del sector proletario socialista gozaba de gran predicamento tanto por su auténtica procedencia obrera como por su capacidad directiva, la austeridad de su vida y su absoluta consagración a la tarea de mejora y defensa de los derechos sociales».73 Ya en los años treinta del siglo XX, Caballero retoma en algún momento sus referencias a Marx, e insiste en su conocimiento directo.74 En los momentos críticos del verano de 1933, cuando su discurso tiene que confrontarse con las posiciones de Besteiro o de Prieto, Caballero hace constar que «yo también tengo documentos» (referencia dirigida a la manera de argumentar de Besteiro, sin duda) echando mano de la Crítica del programa de Gotha. En plena guerra civil, precisamente el 27 de agosto de 1936, el periodista ruso Mijaíl Koltsov nos hace saber que en una entrevista celebrada con quien era ya señalado como inminente presidente del Gobierno, este «cita algunos párrafos del libro de Lenin El Estado y la revolución sobre el pueblo en armas».75 ¿Leyó directamente Caballero a Lenin, ahora que desde 1933 lo empezaban a llamar con el apodo de «el Lenin español»? Y si así fue, ¿cuándo lo hizo? No tenemos respuesta para estas preguntas, pero en el lenguaje de Caballero están ausentes las citas de Lenin.
En definitiva, la ampliación de sus lecturas doctrinales en la edad tardía no parece otra cosa más que un mito, difundido en parte por él mismo, y en el que creen, sin embargo, algunos tratadistas.76 Nunca diría algo más concreto acerca de ellas ni de su uso. No nos consta por su testimonio que fuese lector directo de Guesde, de Deville, de Lafargue, granero doctrinal de otros dirigentes, si bien es verdad que de una generación anterior a la suya.77 Sus lecturas directas de Marx no parece que fueran más lejos de lo ya comentado. En cualquier caso, en el acopio de conocimientos visibles y orientaciones elaboradas no sería poco lo que le prestase su contacto con organizaciones obreras y sindicales internacionales, algo que empezó a tener cierta importancia en su actividad a raíz de su asistencia a la sesión inaugural de la Oficina Internacional del Trabajo (OIT), en 1919. Caballero fue en su raíz un perfecto autodidacta y aprendió mucho más de sus experiencias que de los textos, sin duda. Pero creer, como creen no pocos, que su «ineptitud teórica» fue una rémora para su liderazgo, que estaba relacionada con su falta de cultura, y tal vez con una cierta displicencia por el saber, es un error más entre tanto tópico reiterado. No prueba otra cosa que el profundo desconocimiento del personaje.
Caballero sería un modelo de dirigente obrero cuya actividad y ascenso como tal se explican mejor por su valía para la organización, su dedicación constante y su cerrado sentido de la misión obrera. Su capacidad para poner orden en las actuaciones sindicales y la constancia en su desempeño, al menos en los primeros tiempos, se consideraron sus mejores cualidades. Y él mismo las consideraba así. Junto con ello había una prácticamente desbordante capacidad de trabajo, capaz de ocuparse de múltiples tareas a un tiempo, como demuestra su trayectoria entre 1899 y 1917, por ejemplo, tiempo en que desempeñó cargos dispares en un continuo ascenso. No es extraño, pues, que en algún momento se le acusara de pretender acaparar tales cargos. Instalado en su condición obrera sin ambages de ningún tipo, en los años del exilio todavía hace constar su única profesión de estuquista en algunos documentos de identidad posteriores a 1939. Su condición de ex jefe del Gobierno solo la utilizó alguna rara vez en sus angustiosos esfuerzos por huir de Francia antes de 1943.
Poco podemos decir de la psicología íntima del personaje si no es a través de lo que sabemos como reflejo de su vida pública. Caballero fue celoso guardián de su vida privada y familiar, y después tendremos que aludir a alguna consecuencia negativa de ello para nuestro conocimiento de su vida. Los someros retratos que hacen de él algún entrevistador o algún crítico tampoco ayudan mucho. De ahí que tenga más valor la amplia galería de retratos fotográficos que nos ha llegado de su persona y actividades. Todos ellos convienen, sin embargo, en la sequedad de su carácter y la persistencia de su ironía. Pese a todo, no debemos lamentar este sesgo recóndito de su biografía, porque ello no fue sino un reflejo de su propia concepción vital.
Aun así, no es difícil percibir que Caballero dio desde muy pronto la imagen, que no hay por qué pensar que respondiese enteramente a la verdad, de un hombre ordenado en extremo, eficaz gestor, de escasas palabras, frío, con tendencia a la burocratización, terco hasta el extremo en el mantenimiento de sus posiciones, algo autoritario y celoso de su papel. Un hombre que desprendía una sinceridad y una pasión por su obra que fueron el fundamento de un carisma inigualado por ningún otro dirigente obrero.Tal vez no hay retrato breve de su personalidad más penetrante que el que nos dejó Jean Herbette, embajador de Francia en tiempos republicanos, en un informe enviado a su Gobierno donde relataba la impresión que el personaje le produjo en su primera visita.78 La brillantez de la descripción sube de punto cuando el francés habla de la imagen con la que le asocia, la del romano Catón el Viejo, que repartía su tiempo entre los asuntos de Estado y el cultivo de la tierra. No es preciso caracterizar la tierra que cultivaba Largo Caballero: su tierra era su clase...
Un cronista hacía de él en 1912 la breve pero certera instantánea que le presentaba «frío y sereno, de ordinario, como un inglés», de modo que solo el día que se indignaba cambiaba de faz.79 «Vosotros habéis oído hablar algunas veces de que Largo Caballero es un hombre frío, insensible...», les dice a los obreros de Linares en fecha tan tardía como enero de 1936.80 Que, por lo demás, su militancia empezase por el sindicalismo y no por la política no fue en modo alguno una circunstancia azarosa, sino que estaba ligada a las dificultades de la niñez, las limitaciones de su cultura y los avatares de su experiencia laboral. Estaba estrechamente ligada, en suma, a una condición obrera muy específica y al tipo de conciencia que esa condición propiciaba.
Caballero desempeñaría sucesivamente, en esos años finales del siglo XIX, todos los cargos directivos en su asociación de oficio, la de los estuquistas: vocal, secretario y presidente. Cuando el sindicalismo ugetista iba ganando adeptos, ejerció de presidente de la Sociedad de Profesiones y Oficios Varios. El VI Congreso tuvo lugar de nuevo en Madrid y se celebró en septiembre de 1899. Fue allí donde se decidió que el Comité Nacional del sindicato pasase a residir definitivamente en Madrid en lugar de Barcelona. Contaba ya con 75 secciones y una afiliación de algo más de 15.000 miembros. En este último congreso del siglo XIX, el estuquista Francisco Largo Caballero sería elegido vicetesorero de la UGT, cargo en el que sustituiría a Baldomero Huetos. Fue su primer cargo en el Comité Nacional. El año 1899 marcaba así un hito que no tendría retroceso. Del seno del Comité y luego, cuando esta se creara, de la Comisión Ejecutiva no saldría ya, en realidad, sino en 1938, cuarenta años después, si exceptuamos algún paréntesis breve y crítico en los años republicanos.
Caballero, hombre en su primera madurez ya, con treinta y un años, experimentaría un rápido ascenso que se aceleraría en lo venidero. En una foto fechada en 1900, dedicada precisamente a su mentor y maestro, Pablo Iglesias, le contemplamos pulcramente vestido, con cabellera completa aunque no muy recia, cejas pobladas y amplio y bien recortado bigote al estilo de la época. En actitud serena, risueña y optimista, con cierto dejo de satisfacción que encaja mal con la imagen tópica de su sequedad y frialdad de rasgos. La dedicatoria está escrita con letra clara, de colegial que había rellenado seguramente muchos cuadernos de caligrafía... No parece ya la imagen de un obrero, incluso de élite, sino la de un empleado de mesa y pluma. Su figura no oculta tampoco una fuerza interior contenida. La evolución personal, en su realización más íntima e incluso en su aspecto externo, del primitivo estuquista parece haber sido muy rápida. Con aspecto muy semejante aparece en una foto posterior, de 1911, que no oculta el paso de los años. Caballero vestiría ya desde entonces el atuendo de un dirigente que parecía cuidar su imagen. Por lo general, con terno que incluía chaleco y, con frecuencia, el sombrero. A veces faltándole una última pasada en el planchado... Y siempre con una muy fea corbata, en opinión de un dandi a su modo como era Indalecio Prieto.
2
Luz en las tinieblas (1890-1917)
Mi puesto no podía estar más que en el campo obrero. Porque la redención de la Humanidad solo puede hacerla la clase obrera.
FRANCISCO LARGO CABALLERO,
5 de noviembre de 1933
Desde que comenzase el siglo XX, Francisco Largo Caballero no dejaría de ostentar cargos en el sindicato y en el partido, aunque su ascenso en el partido fue posterior al del sindicato. En los primeros tiempos de su militancia su dedicación se volcó especialmente en el sindicalismo, y muchas de sus preocupaciones entroncaban bien con las viejas aspiraciones societarias: mutualismo, cooperativismo, resistencia y preparación organizativa. Su llegada a la presidencia de la Agrupación Socialista Madrileña y a la de la Casa del Pueblo de Madrid, ya entrado el siglo, fueron momentos importantes en su trayectoria. Entre 1899 y 1917 se desenvolvió, pues, la primera etapa de su trayectoria de dirigente de ámbito superior al de su propio oficio.
Transcurriría un largo período de diecisiete años en los que Caballero desdoblaría el campo de su dirigencia sindical y política con el desempeño de cargos políticos institucionales de diverso género. La culminación del período sería su llegada a la secretaría general del sindicato socialista. A poco de comenzar el siglo, Caballero habría de dejar de ejercer su oficio de estuquista para dedicarse por entero a la vida pública. Desde entonces su sostenimiento personal se sujetó a la remuneración —magra siempre, desde luego— recibida por el desempeño de sus cargos militantes o institucionales. Pasaría en esos años a ser miembro del Instituto de Reformas Sociales, concejal del ayuntamiento de Madrid y diputado provincial en su diputación, y ostentaría también sus primeros puestos representativos en los órganos directivos del Partido Socialista. Al fin, avanzada la segunda década del siglo, llegaría el momento de inflexión determinante: su presencia e intervención personal en lo que sería la prueba de mayor entidad, el primer gran test de significación y fuerza, para el obrerismo español del primer tercio del siglo XX, la huelga general revolucionaria de 1917.
Largo Caballero, dirigente nacional, sin ser exactamente un centralista, sí fue siempre consciente de que, puesto que en Cataluña el arraigo de las organizaciones socialistas presentaba particulares dificultades, el centro natural de la actividad era Madrid. De otra parte, era el mundo obrero ligado a los oficios y el taller que él había conocido directamente el que siguió siendo su campo predilecto. Sería más tarde, ya en los años veinte, cuando adquiriría plena conciencia de que el sindicalismo socialista debía evolucionar fuertemente a tono con las nuevas formas predominantes de la producción. Para entonces, su responsabilidad en el sindicalismo socialista sería máxima.
En el terreno de su predilección ideológica, de la maduración también de su práctica como dirigente, lo más determinante en el período sería, indudablemente, el hecho de desenvolver siempre su actividad junto a Pablo Iglesias. Las primeras palabras oídas en boca del fundador tuvieron en nuestro estuquista, según nos recordaría, el mismo efecto que la «luz en las tinieblas». La trayectoria política y sindicalista de aquel obrero ya concienciado estaría muchos años iluminada por esa luz, por no decir que tal iluminación sería ya rectora en toda su vida militante. A la luz del pablismo, efectivamente, vivió Caballero todas sus experiencias socialistas futuras. La huella sería indeleble y nadie lo expresó mejor que él mismo. Y, sin embargo, la herencia pablista en Caballero no es asunto que haya merecido de la mayor parte de los autores la atención que parece reclamar.
EL APRENDIZAJE: «PABLISMO» E «INTUICIÓN DE CLASE»
Como escribiese el politólogo y militante socialista alemán Robert Michels a comienzos del siglo XX, los líderes socialistas europeos se extrajeron socialmente de dos categorías distintas, «los que pertenecieron antes al proletariado y los que provenían de la burguesía o, más bien, del estrato intelectual de la burguesía». Se ha escrito luego que los dirigentes de esa segunda categoría fueron mucho más numerosos en la historia de los partidos socialistas de la Segunda Internacional. «Solo un escaso número de trabajadores manuales alcanzaron posiciones directivas en los partidos de la Segunda Internacional.»1 Si esto es indiscutiblemente cierto, lo es con particular transparencia en el caso del movimiento obrero español, sobre todo en lo que afecta a la segunda generación de tales dirigentes. Nuestro Juan José Morato, socialista de la primera hora, escribiría que en la mayor parte de los países «el movimiento propiamente obrero —sindical— y el movimiento socialista, aunque con cierto enlace, han sido obra de hombres diferentes. Los organismos de resistencia, labor casi exclusiva de obreros; los partidos socialistas, labor en mucha parte de obreros, pero en tanta o más de hombres de las profesiones liberales».2
Ambos asertos pueden tenerse por sustancialmente ciertos. El caso de Francisco Largo Caballero es un arquetipo bien ajustado de esa primera categoría, si no de fundadores sí de dirigentes, que incluye los obreros, en sentido literal, que ocuparon puestos en el movimiento obrero socialista español, con la particularidad tantas veces señalada de que aquí se operó siempre una estrecha simbiosis, o duplicidad, entre dirigentes del partido y del sindicato. Caballero fue un obrero manual que llegó a los puestos fundamentales de la dirigencia obrera en España tanto en el terreno propiamente sindical, su campo de acción electivo, como en el político, y que en el terreno intelectual y en su conformación como militante jamás desbordó su origen.
Una caracterización más de nuestro dirigente podría iluminarse desde la perspectiva generacional, con todas las cautelas que un análisis de este género requiere. Largo Caballero ocupa un lugar particular en las cohortes de dirigentes del socialismo español, y seguramente esa pertenencia generacional no está exenta de consecuencias para la trayectoria completa de su militancia. Por la fecha de su nacimiento, y por los contenidos mismos de su «entelequia» generacional —para emplear un concepto de Karl Mannheim—, su posición histórica y demográfica entre los dirigentes obreros españoles de la primera mitad del siglo XX tiene una especial inserción. Largo Caballero está entre quienes pertenecieron a una cohorte intermedia entre dos grandes generaciones: la de los nacidos en torno a los años cincuenta del siglo XIX, la de los fundadores, que cristaliza como generación activa en los ochenta, y la de los nacidos precisamente en esta última década, los años ochenta, que alcanzará su madurez como eje de la dirigencia en los años del segundo decenio del nuevo siglo, es decir, entre aproximadamente 1915, la decisiva conmoción de 1917 y las complejas vicisitudes que la siguieron.3 A su vez, los dirigentes nacidos en los años ochenta del siglo XIX constituirían luego el grueso de los responsables socialistas en la coyuntura decisiva de los años treinta del siguiente siglo. Caballero, con más edad que estos últimos, conviviría, sin embargo, en su trayectoria histórica —y no sería el único— con esa segunda generación de dirigentes obreristas. Lo mismo ocurrió con Besteiro.
En la primera de aquellas generaciones citadas se integran figuras tan señeras, entre otras, como las de Iglesias, García Quejido, Gómez Latorre, Mora, Mesa, Acevedo, Vera, Morato, etc., en el socialismo, o Anselmo Lorenzo, patriarca de todos los internacionalistas, que había nacido en Toledo en 1841, en las filas anarquistas. Es decir, fundamentalmente los hombres que pusieron en pie la Internacional en España. Iglesias había nacido en 1850, Gómez Latorre era casi de sus mismos años, nacido en Jaén en 1849, García Quejido, un hombre clave en los orígenes de la UGT, en 1856, y José Comaposada en 1856. También Francisco Mora era algo más mayor, nacido en 1842. Ahora bien, Vicente Barrio había nacido en 1863, Morato en 1864, Caballero en 1869, Julián Besteiro en 1870 y Antonio Fabra Rivas en 1879.
Sin embargo, la más importante cohorte de los dirigentes del siglo XX, en plena actividad en los años treinta, fue la nacida en los años ochenta del siglo anterior. De los Ríos, Prieto, Jiménez de Asúa, Andrés Saborit, Wenceslao Carrillo, Luis Araquistáin, Daniel Anguiano y Rodolfo Llopis; entre los anarcosindicalistas, Ángel Pestaña, Salvador Seguí (nacidos ambos en 1886) y Joan Peiró, o, en otro terreno, Azaña y Ortega, eran todos nacidos en esa década. Negrín era algo más joven, de 1892, y Ramón Lamoneda de 1893, mientras que Buenaventura Durruti había nacido en 1896, Abad de Santillán en 1897 y Juan García Oliver en 1901; todos eran ya hombres del siglo XX.
Realmente, ser discípulo directo de Iglesias, aprender el socialismo a partir de su frecuentación personal y su ejemplo, representó para el joven militante tener como flujo fundamental en su formación lo que durante mucho tiempo se conoció como pablismo. En la historia del socialismo español, la calificación de pablismo —pabloiglesismo, se diría alguna vez también, o paulismo4— se aplicó como categoría ortodoxa en la fundamentación doctrinal de la reivindicación proletaria por el socialismo, o también como la táctica precisa, la praxis, aplicada en tal reivindicación, teniendo ambas cosas como referencia la figura, las posiciones defendidas y la obra personal de Pablo Iglesias, el fundador siempre respetado, muerto en 1925. Pero, tanto como ello, el de pablismo fue también un término, difundido con mayor resonancia tras la muerte del fundador, empleado como caracterización, sobre todo en diatribas, polémicas, críticas, acusaciones y descalificaciones, de una forma peculiar, con una limitada elaboración teórica, de entender las bases doctrinales y prácticas que tomarían cuerpo en las organizaciones obreras socialistas, con resultados negativos en su conjunto.5
El pablismo sería, antes que nada, una forma de entender la lucha de clases como clave de la actuación obrera, nacida esencialmente de una configuración del mundo obrero caracterizada por su dependencia de ciertos arcaísmos en el proceso evolutivo del obrerismo ligado aún a formas antiguas del proceso productivo en España, es decir, a una tardía y fragmentaria industrialización. Los orígenes de las concepciones anarquistas y anarcosindicalistas en el obrerismo español resultan aún más complejos y no dejaron de preocupar a ciertos teóricos españoles del marxismo en los años veinte y, sobre todo, treinta.6 La situación española, en todo caso, no aparecía como algo aislado y característico del obrerismo español, sino que, por el contrario, respondía a corrientes, y tenía una evidente dependencia, del pensamiento y los postulados básicos presentes en el socialismo europeo de la Segunda Internacional.7 Lo que importa dilucidar ahora son aquellos rasgos más pronunciados que denotan la huella de ese magisterio y práctica en la trayectoria de Largo Caballero, con objeto de situar esta en su contexto explicativo más adecuado en la historia del socialismo.
Caballero fue, sin ninguna duda, un pablista, algo que no siempre entendieron con claridad quienes se han ocupado de su figura antes y ahora, por lo que esta afirmación tal vez pueda resultarle a alguien sorprendente o abusiva. Sin embargo, parece perfectamente verosímil mantener que la trayectoria de Caballero, considerada con la suficiente amplitud temporal y temática, refleja como ninguna otra los componentes del pablismo en el socialismo español, por más que lo común —y desenfocado, a nuestro juicio— sea afirmar que serían Besteiro y el besteirismo los que más directamente recogiesen tal herencia.
El aprendizaje o la herencia del pablismo se integrarían en la vida de militante y dirigente de Francisco Largo Caballero bajo la forma de unas constantes que pueden identificarse con claridad. Así, la concepción «cerrada» de la clase, renuente en principio, aunque solo en principio, a la integración en las organizaciones de clase de elementos provenientes de otras situaciones sociales; la prioridad de la organización, la persistencia del binomio revolución/reformismo, sin percibir grandes contradicciones entre ambas tácticas, entre otras de menos definidos o más abiertos perfiles. Pero no es menos cierto que en la obra de Caballero existen otros rasgos cuyo desarrollo puede atribuirse mucho más a factores que poco tienen que ver con esa dependencia de las ideas del fundador. Dos son especialmente destacables: la permanente concepción de la acción obrera ligada al espíritu societario8 y, lo que no es menos importante, la presencia, el peso y las consecuencias de un rasgo esencial en su trayectoria que aquí llamamos su intuición de clase. Existe, además, una tercera que con el paso de los años iría adquiriendo una particular expresión, según tendremos ocasión de analizar más adelante: la concepción de un sindicalismo político, cuya significación puede considerarse decisiva en los años treinta, pero cuya aparición es anterior, rompiendo así con esquemas que tenían un abolengo consolidado en el pensamiento de la Segunda Internacional.
El pablismo se basó en la asunción temprana, y reiteradamente repetida, de posiciones precisas acerca del horizonte táctico del movimiento obrero fundamentado en una praxis del «reformismo» que no se entendía contradictoria con la de la «revolución». Obviamente, el reformismo social, que constituía una dimensión clave y directa de la concepción gradualista de la acción obrerista, no era un invento obrero. Ya nos hemos referido a ello en el capítulo anterior. La regulación legislativa de las relaciones laborales era, y es, precisamente el punto neurálgico de la política social que como atribución política del Estado constituía, a su vez, la más patente manifestación del abandono por el pensamiento liberal, a fines del siglo XIX, de la idea de «neutralidad económica» del Estado. Un sector del movimiento obrero organizado se prestó a favorecer este reajuste, aplazando o renunciando a objetivos más ambiciosos a cambio de logros y representatividad inmediatos. Ahí estaba la clave de lo que en medios socilialistas se designaría como intervencionismo (del movimiento obrero en la obra legislativa del Estado burgués).
De tal forma, a la altura de 1915 Largo Caballero escribiría que era un «convencido intervencionista, en el sentido de que la clase obrera está obligada a influir directamente, siempre que le convenga, en todas las esferas de la administración y dirección del Estado».9 La expresión intervencionismo traduce casi siempre la posición reformista de Caballero, como ocurre también, exactamente, y con mayor énfasis aún, en el caso de Julián Besteiro. Asimismo, en un breve texto publicado en Acción Socialista, con el título «Labor revolucionaria», daría una de las más explícitas versiones de una particular visión del reformismo-revolucionario, o al revés:
Proceden revolucionariamente, y por tanto dentro de la línea de la más estricta pureza del ideal socialista, todos los que colaboran en las instituciones creadas por el Estado para intervenir en los problemas planteados por la lucha de clases. Hacer otra cosa, propagar lo contrario a esa colaboración, es, aunque no se quiera, hacer la apología de la «acción directa».10
Como prueba de que esta revolución por la vía del intervencionismo, esta doble práctica, no siempre se interpretó con claridad, figuran las diatribas generadas en el propio seno del socialismo, especialmente las que se despliegan en el período crucial de 1933-1936. Así, por ejemplo, el semanario Democracia, empresa de Besteiro y sus hombres en 1935, llegó a reproducir ese texto de Caballero, de 1915, en un momento, el verano de 1935, en que Caballero pasaba por ser el líder de la insurrección revolucionaria del proletariado, con lo cual el besteirismo creía asestar un golpe mortal a su contrincante. Al conocer el hecho, Caballero afirmó que «es un artículo que suscribiría ahora mismo sin ninguna modificación». Hacía luego un pequeño excurso por lo que siempre había significado la táctica socialista de «intervención en los organismos oficiales», para acabar afirmando rotundamente que «una cosa es revolución y otra insurrección».11
Organismos como el Instituto de Reformas Sociales (IRS) o las Juntas Locales de Reformas Sociales, los Tribunales Industriales y otras instituciones «no podrán retardar ni un momento la revolución social; al contrario: la acercan, la precipitan». «Todos los socialistas reconocen que la legislación social es indispensable para que los trabajadores mejoren económica e intelectualmente.» Ahora bien, y la distinción es, a nuestro juicio, de gran importancia:
La colaboración de los socialistas dentro de los Gobiernos burgueses no es idéntica a la colaboración en las instituciones antedichas, pues en los primeros se contribuye a fortalecer y perfeccionar los elementos coercitivos de que dispone la clase capitalista para sojuzgar a la clase trabajadora.
Por tanto, no se identificaba la colaboración gubernamental en sentido estricto, pues se colaboraría con los «elementos coercitivos» del capitalismo, con la participación en las instituciones dedicadas a la organización del trabajo. Veremos que estas concepciones experimentarían una notable evolución a la altura de los años treinta. En consecuencia, el reformismo de Caballero apoyaba por ahora la penetración en las instituciones de gobierno, porque, si se considerase perniciosa la colaboración de los socialistas en las corporaciones donde se preparan las leyes de carácter social,
lógicamente debemos renunciar a toda acción política, pues en los Parlamentos, Diputaciones y Ayuntamientos no solo se hace crítica del régimen capitalista, sino que se coopera también a hacer y perfeccionar las leyes de todas clases.
No era cuerdo, se pensaba, despreciar cualquier concesión que hiciesen los que administraban los intereses del capitalismo «pues nunca se hacen estas voluntariamente, sino obligadas por la fuerza obrera». «Del lobo un pelo», concluía este ilustrativo texto. De las actitudes, controversias y equívocos que proliferaron en el seno del socialismo español a causa de la supuesta dicotomía reformismo/revolución hay un amplísimo reflejo en la vida de Caballero. Se ha señalado también el patente contenido de tono y tradición menchevique que, en el contexto del socialismo de la Segunda Internacional, tiene esta posición alejada tanto del anarquismo como del bolchevismo.12
Desde sus orígenes, el pablismo se caracterizaría igualmente por la insistencia nunca aminorada en la prioridad —convertida casi en un a priori— de la organización. De hecho, para esta concepción pablista que recoge íntegramente Caballero la cuestión es aún más de fondo: la clase no existe como tal si no es en cuanto clase organizada. De ahí se derivaría también de inmediato la convicción de que la huelga, como instrumento fundamental de fuerza en toda tarea reivindicativa, debía practicarse bajo condicionamientos muy estrechamente fijados, que figuraban en los estatutos de la UGT. «La huelga, como lucha que es al fin y al cabo, necesita preparación y no debe entablarse siempre que se quiera, sino cuando se pueda», escribiría Caballero.13 «La Unión General se opuso siempre a la declaración de huelgas irreflexivas.» De ahí también el permanente rechazo de la «acción directa», clave de la concepción reivindicativa del anarcosindicalismo de la CNT.
Una cuestión más, y no baladí, sería la manera en que el pensamiento de Iglesias, y el aprendizaje que Caballero realizase de él, afrontarían desde comienzos del siglo la realidad de un movimiento obrero moldeado en dos vertientes, partido y sindicato, identificables y separables pero en el fondo de imposible actuación independiente. Como decimos, las relaciones en el movimiento obrero entre partido y sindicato constituyen una de las grandes preocupaciones para el conjunto de fuerzas adscritas a la Segunda Internacional, con unos problemas nunca resueltos de forma suficiente.14 Caballero nunca dejó tampoco de establecer con claridad y pragmatismo los cometidos distintos de cada una de las dos instituciones, sin que ello pudiese ocultar que él mismo fue en sus orígenes, y lo siguió siendo, un dirigente de perfiles más sindicales que de partido. No conviene, pues, olvidar que otra de las características fundamentales del caballerismo es su apuesta por el «sindicalismo político». Y que sobre la relación partido/sindicato elaboraría ideas particulares, federativas, en la bisagra entre los años veinte y treinta del siglo XX.
La cerrada orientación de clase que impregna al primitivo pensamiento pablista aparece en público ya tan tempranamente como en los informes obreros de procedencia socialista a la Comisión de Reformas Sociales en 1884. Ni que decir tiene que en Caballero, como hemos indicado ya, la clase está por encima de cualquier otra forma de identificación. «En 1888 [fecha de la fundación de la UGT] y bastantes años después los trabajadores no han comprendido lo que es la “lucha de clases” y de ahí lo paradójico que resultaba el que en el terreno económico luchasen contra la clase patronal y, en cambio, en el terreno político conviviesen unos y otros dentro de los partidos republicanos y hasta monárquicos que, por muy avanzados que fuesen, siempre serían burgueses...»15 Esto y otras circunstancias alimentarían la torcida percepción de que el obrerismo, inapelablemente de clase, significaba el rechazo a la integración en sus filas de elementos de otras clases no obreras. Incluso dentro del propio movimiento la cuestión del «intelectualismo» no dejaría de producir ciertas distorsiones.
El supuesto rechazo de los «intelectuales» en las filas del socialismo fue algo que normalmente también se puso en la cuenta del pablismo y su, se dijo siempre, «inflexibilidad», buena parte de la cual habría heredado Caballero. No obstante, lo único real en todos estos supuestos fue el hecho de que la incorporación al socialismo de personas no procedentes de la clase obrera, entre las que se encontraban esos hombres de ciencia o letras a los que se llamaba «intelectuales», fue un proceso muy lento, pero de ninguna forma inexistente. Todavía en 1920, el XIV Congreso de la UGT, en una declaración de principios bajo la inspiración de Caballero, incluía esta:
Que el nuevo Comité Nacional solicite, en la forma que crea conveniente, la colaboración individual o colectiva de los trabajadores intelectuales que estén conformes con los principios y tácticas de la Unión General, para preparar las reformas económico-sociales inmediatas y los modos de administración del porvenir.16
En varios momentos clave de su vida, Caballero se referiría a esa herencia pablista, aunque bien es cierto que lo haría como exposición de una genealogía, como justificación y legitimación de propias y discutidas decisiones. La clase y su organización, la huelga y la educación obrera, la perentoriedad del asociacionismo, la revolución como gradualismo transformador y la acción siempre en múltiples frentes reivindicativos, serían perfiles de su actividad cuya paternidad era claramente pablista.17 Y el hecho de que fuera Besteiro el dirigente que heredase o sustituyese directamente a Iglesias en los cargos dirigentes, parece haber funcionado aquí como un espejismo.18 Sí parece, por el contrario, adecuada la observación de una «veneración moral [de la figura de Pablo Iglesias], de carácter acrítico y desprovista de todo intento de valoración política, que dominó en el sector Besteiro-Saborit».19
Por ello, la frecuente ubicación ideológica de Julián Besteiro como el heredero directo y fiel de Pablo Iglesias no deja de ser una apreciación desacertada. Más bien parece que Besteiro no fue en ningún caso heredero intelectual, ni táctico, de Iglesias. Sobre la naturaleza de la acción obrera organizada en relación con el Estado burgués, las diferencias entre uno y otro fueron, además, tempranas. Una de las primeras se produjo en relación con la participación ministerial en el Gobierno Provisional que hubiese surgido de un hipotético triunfo de la huelga de 1917 derribando a la Monarquía. Iglesias habría sido partidario de la participación en él y estuvo comprometido a actuar en ese sentido en los acuerdos a que se llegó con dirigentes como Melquíades Álvarez.20 Besteiro era contrario aunque admitiese que era preciso colaborar con un gobierno de tal especie. Si bien se reconocía la honradez y cultura de su sucesor, «no ocurría lo mismo con la opción política que Besteiro representaba, y quizás por ello tratará de enlazar esa opción con la figura de Iglesias, y a él mismo como continuador de tal labor, para mantener una unidad que el partido empezaba a perder».21
En definitiva, y esto es lo más importante, Caballero encarnó con bastante nitidez todo el grueso de las ideas que informaron ese pablismo, incluso en los casos en que menos lo parecía. Por ello nos parece una afirmación fundamentada la de que Caballero pudiera ser el dirigente socialista que más fielmente respondiese, antes y después de su muerte, a las inclinaciones y las orientaciones de Iglesias. Caballero fue, a buen seguro, tan personalista como Iglesias. Lo que aprendió pronto lo mantuvo siempre, cosa que con frecuencia suelen olvidar quienes enjuician su obra. En Largo Caballero, durante medio siglo de militancia, pareció existir siempre una fuente primigenia de sus convicciones, actitudes y decisiones. Y que incluso puede considerarse una dimensión de su figura anterior a todo aprendizaje. Fue esa fuente algo que aquí llamamos una particular intuición de clase. Si algo caracterizó hasta su muerte a Francisco Largo Caballero fue una forma especial de entender y vivir la pertenencia de clase y las ineludibles consecuencias que de ello se derivaban.
Seguramente, sería correcto afirmar que esta especial intuición es la que determinaría, incluso, su rápida adquisición de una conciencia de clase, aunque en modo alguno, ya lo hemos señalado, es desdeñable el influjo de las condiciones mismas en que se desarrolló su infancia y pubertad, y que, por lo tanto, se encuentran en la base formativa de su actividad desde el principio. La capacidad intuitiva no puede ejemplificarse en ninguna obra concreta, aunque, naturalmente, puede atribuirse a muchas de sus actuaciones, acertadas o erróneas. Mientras que su espíritu societario le llevaría a concebir una comunidad obrera construida y fortalecida desde sus propias bases materiales y con sus peculiaridades culturales, el hecho de actuar siempre movido por una intuición básica, una captación rápida, de lo que fuese la misión histórica de su clase, presenta ciertas dificultades para explicarlo y entenderlo bien. Pero es un componente bien perceptible de su carácter.
Partamos del hecho de que la atribución de un comportamiento intuitivo fue hecha ya antes como base explicativa para no pocas concepciones y actitudes de ciertos líderes del obrerismo, socialista o no, pero especialmente en relación con Pablo Iglesias. Acerca de este se ha dicho que, careciendo de una reflexión filosófica marxiana, su visión es compensada, como en otros socialistas españoles de comienzos del siglo XX, por un marxismo intuitivo «al parecer igualmente eficaz que el fundamentado en El capital».22 Sería de nuevo Juan José Morato quien escribiese sobre «los aciertos casi intuitivos» que caracterizaban al fundador del PSOE.23 Pues bien, ese marxismo intuitivo fue siempre el capital más recóndito en el que se basó Caballero y con los mismos fundamentos que Iglesias. La intuición, sin embargo, representó en la obra de Caballero un resorte mucho más relacionado con la acción que con el pensamiento; de ahí que haya sido visto, según podemos apreciar, como una cualidad que podía sustituir a la «reflexión» y dar los mismos frutos que esta.24
Por lo que sabemos, una de las primeras atribuciones de esa intuición de clase referida a Largo Caballero procede de la pluma de un viejo sindicalista como Amaro del Rosal, que al comentar su actuación en los tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera, escribiría que Caballero era «el dirigente de mayor intuición de clase, capaz de representar ese papel táctico de un oportunista revolucionario en el período de la dictadura».25 Quien estuviera durante cierto tiempo en contacto directo con el dirigente, Santiago Carrillo, escribió asimismo sobre «su gran talento natural, su fuerte carácter y su intuición de clase», sin negar las limitaciones que afectaban también a Caballero mismo y a algunos de los dirigentes de su línea.26 Hablar de la posesión de una particular intuición de clase, o «de la clase», llevaría las cosas, más allá de la preparación intelectual, al terreno de la percepción intuitiva de la situación o pertenencia y de la conciencia de clase. Parece claro que la percepción de que el sistema social en el que se vivía se fundamentaba en la explotación de una clase por otra y de que contra ella el único fundamento posible sería la «acción exclusiva de clase», solo de clase, fue para Caballero la forma justamente más intuitiva de concebir la reivindicación obrera como un proyecto de vida.
El más reciente biógrafo de Caballero, Juan Francisco Fuentes, ha señalado igualmente «la concepción, más bien intuitiva, que Caballero se había formado del movimiento sindical y de su papel transformador en el régimen capitalista».27 La observación es certera. Ahora bien, es preciso reconocer que la «concepción intuitiva» de alguna realidad u objeto, si se quiere conceptualizar más allá de su simple contenido descriptivo, o metafórico, tiene como categoría sociológica, psicológica o sociohistórica, un estatus nada evidente. Aun con esa limitación conceptual, puede afirmarse que Largo Caballero fue, y es algo que se desprende con naturalidad del conocimiento de su vida y obra, un hombre capaz de intuir, y por tanto prever, necesidades, desarrollos, posibilidades y dificultades, antes de la reflexión misma, en muchas situaciones concretas por las que atravesó su vida militante. Sin embargo, otra cosa bien distinta es que ello garantizase el acierto de sus decisiones como dirigente, y gobernante también, inmerso en grandes responsabilidades.
Ahora bien, en relación con algunas cualidades patentes que caracterizarían a Francisco Largo Caballero de manera decisiva y permanente, aquellas que, por otra parte, más le separarían de la personalidad de Iglesias, habrían de tenerse en cuenta también, en primer lugar, la insobornable tendencia y actividad societarias que Caballero encarnó siempre, que se materializarían en su más temprana praxis institucional, asociativa, en la práctica cotidiana y en el sentido concedido al inmediato «interés» obrero. Así, algún correligionario como Saborit (y no solo él) llegaría a pensar que lo mejor de Caballero fue su obra al frente de la Mutualidad Obrera, y Caballero mismo, cuando ya en el exilio justificaba su capacidad para dirigir el Gobierno de la República en las circunstancias críticas del 4 de septiembre de 1936, escribiría: «Para mí esto no era una cosa nueva, estaba acostumbrado dentro del Partido y de la Unión General a levantar organizaciones que otros habían dejado caer», y como demostración de ello citaba «la Agrupación Socialista Madrileña, la Mutualidad Obrera, la Unión General, la Cooperativa Socialista, la Casa del Pueblo de Madrid y otras». Las tareas institucionales comunitarias tenían para él un valor equiparable a las políticas y de resistencia.28
Caballero, hombre extremadamente directo, incluso sumario, en sus formas de comunicación, fue un dirigente que entendería de forma primaria y rápida cuáles eran los intereses, la misión, el destino del grupo de pertenencia. En eso se basó gran parte de su carisma. Caballero fue, ante todo, un «hombre de acción», dirían sus más fieles amigos ya en el exilio posterior. Por ello, él señaló, e incluso alardeó de ello, su permanencia inconmovible en la clase en la que había nacido. Siempre fue obrero y nunca quiso ser otra cosa... De ahí que fuese un dirigente que orientó su acción a conseguir en todo momento una perfecta sincronía con el sentir de la masa obrera, de la que a veces denunciaría su inacción o su inconsciencia. Que esto se haya llamado «atentismo», «seguidismo», «oportunismo», etc., son calificaciones que permiten caracterizar una manifestación evidente de esa intuición, pero que, lejos de ayudar al análisis, más bien lo esquematizan.
Que Caballero actuó siempre sobre el resorte básico de una privilegiada intuición, que condicionaría sus decisiones y que supliría análisis más profundos a lo largo de su obra de dirigente en la época de apogeo del obrerismo, es algo que prácticamente nadie ha discutido. Más bien, suele ser esta una de las principales carencias que se le atribuyen. Dio muestras de esa intuición en momentos en que pareció ver la imperiosa necesidad de cambios en las tácticas obreras: en 1920, 1923, en la conversión decisiva al republicanismo, y de nuevo con la pérdida de la fe en la democracia burguesa que se opera progresivamente desde 1933. Por no decir en el momento de afrontar la sublevación militar en 1936. Lo más notable fue la captación siempre pronta de los intereses inmediatos de la clase y el recurso a la rectificación de cualquier política por encima de cualquier otra consideración. O, lo que es lo mismo, la idea expuesta con transparente claridad por él mismo: la de que «la táctica está sujeta a lo que las circunstancias aconsejan», si esto es algo más que mera redundancia. Caballero fue un iluminado de la potencia del estricto interés de clase como palanca de transformación, tal vez en mayor medida aún que Pablo Iglesias.
Sin embargo, todo ello no quiere decir que aquella iluminación intuitiva fuese una salvaguardia, o una guía infalible, para la comprensión en cada momento de la acción adecuada que el proletariado, y él mismo como dirigente, debiesen adoptar. En bastantes momentos la intuición le traicionó y la reflexión no rectificó el error. De esta forma, lo que no es sino una muestra más de la complejidad de su figura, los elementos intuitivos en la toma de decisiones como líder le llevaron en algún momento de su historia a la caída en auténticas quimeras. En efecto, ciertos convencimientos de su madurez se manifestaron irremediablemente quiméricos, en especial el de que en la España del conflicto y la crisis crucial de los años treinta del siglo XX la acción transformadora del proletariado podía llevar, con sus propias y únicas fuerzas, a una nueva sociedad, operar un cambio histórico decisivo. Quimera que acabó en una derrota igualmente decisiva. Pero esta es otra cuestión y no debemos adelantar acontecimientos...
SOCIETARIO, SINDICALISTA Y «REFORMISTA»
A poco de comenzar el siglo, Largo Caballero dejaría el trabajo profesional para entregarse en cuerpo y alma a la tarea en la organización socialista sindical y algo menos en la política, que en ambos casos maduraban lenta y difícilmente en el país. Lo que serían la definitiva configuración de una trayectoria personal y la consolidación de una forma peculiar de entender la acción obrera, iban a fraguarse en los años que llevarían hasta 1917.
En 1899 accedía al cargo de vicetesorero de la Unión General de Trabajadores, cuando la plana dirigente del sindicato había efectuado ya su traslado a Madrid. Ese mismo año, en el V Congreso del Partido Socialista Obrero, alcanzaba su primer cargo político: vocal de lo que entonces era el Comité Nacional presidido por Pablo Iglesias, acompañado de una directiva que era elegida entre la militancia de Madrid. Juan José Morato resultaría elegido secretario.29 En 1901 seguía siendo presidente de la sociedad de estuquistas La Solidaridad y todavía ejercía el oficio. Solo en 1907 su significación política en la organización obrera empezó a adquirir una dimensión más amplia al ser elegido presidente de la Agrupación Socialista Madrileña, lo cual ocurrió en la sesión plenaria del 27 de enero de aquel año, continuación de la que había comenzado el día 20 anterior, resultando elegido por 109 votos, en una votación reñida. Sucedía en el cargo a Vicente Barrio. En la sesión se pidió la convocatoria de una junta general extraordinaria, petición apoyada por más de ochenta firmas, que no fue admitida, y que proponía una reunión específica en cuyo orden del día figurase como asunto único la votación del comité directivo;30 esto prueba lo tenso de la situación.
En esta primera ocasión, Caballero permanecería en el cargo durante doce años seguidos, es decir, hasta 1919. Volvería a él después, en 1921, con ocasión de la discusión enconada de las 21 Condiciones impuestas por la Tercera Internacional para el ingreso de los partidos socialistas en ella,31 y de nuevo al dimitir de su cargo de presidente del PSOE en diciembre de 1935.32 Desde entonces ostentó ese cargo hasta el final de la guerra civil. La vida política de Caballero en el partido estuvo, pues, bastante ligada a la presidencia de la Agrupación madrileña y, desde luego, a sus luchas internas. La vocalía en el Comité del Partido no duró, por el momento, sino el tiempo que medió entre dos congresos, pues dejaría de ocuparla en el VI Congreso, celebrado en Gijón en agosto de 1902. Sin embargo, Caballero seguiría presente entre los delegados a los subsiguientes congresos, en los que representó a muy diversas agrupaciones de toda España. En los primeros años del siglo, accedería también a dos puestos de representación en instituciones públicas como miembro del partido y del sindicato: al primero de ellos en 1904, cuando entró a formar parte de los vocales obreros del recién creado Instituto de Reformas Sociales, y al segundo al año siguiente, al lograr la candidatura socialista al ayuntamiento de Madrid la elección de tres concejales entre los que se encontraría Caballero. Un paso más, este de otro orden, lo representaría su llegada a la presidencia de la Casa del Pueblo madrileña.
La creación y las vicisitudes de esta emblemática institución del obrerismo socialista fueron por lo demás movidas. Sus sucesivas sedes madrileñas habían albergado organizaciones diversas antes de comenzar el nuevo siglo, desde varios sindicatos obreros, el partido y un buen número de asociaciones como cooperativa, escuela, etc., hasta la Agrupación Socialista Madrileña. En 1908 figuran inscritas en sus registros 110 sociedades con 28.000 afiliados.33 Caballero había sido ya presidente de esta institución plural cuando se llamaba Centro de Sociedades Obreras y se ubicaba en la calle de Relatores, adonde se había trasladado a fines de 1899, porque el volumen de afiliación al sindicato hacía ya necesario ampliar su sede. Las organizaciones sindicales y políticas del socialismo madrileño habían tenido su sede en los locales de las calles de Jardines, de la Bolsa y de Relatores, en el corazón del viejo Madrid y no muy lejanas entre sí. En 1908 quedaría establecida en su sede definitiva en el palacete adquirido en la calle del Piamonte número 2, una perpendicular a la muy castiza de Barquillo y algo más apartada de las anteriores. Bajo su responsabilidad estuvo el traslado de la institución a la calle del Piamonte, operación que fue laboriosa, siendo presidente de la Junta Administrativa. Disensiones internas entre los dirigentes le llevaron a la dimisión en 1907, por lo que en el momento de la inauguración de la nueva sede no desempeñaba ya el cargo.34
Nunca decayó el gran afecto de Caballero por la institución a lo largo de sus diversas metamorfosis y progresos, a juzgar por el tiempo que desempeñó cargos en su regencia. Allí estuvo su despacho sindical durante años. En cierto momento narra con alguna detención incidentes como la llamada que le hizo el gobernador civil de Madrid en su condición de presidente del Centro de Sociedades Obreras, sacándolo con urgencia de la obra donde ejercía su oficio sin darle tiempo a cambiarse de «indumentaria», para que intermediara en una huelga de panaderos, o como en el caso del conflicto originado por el hundimiento del Tercer Depósito del Canal de Isabel II (Aguas del Lozoya) en abril de 1905, incidente que costó numerosas víctimas entre los obreros y que el Gobierno quiso enterrar de inmediato para no provocar protestas sobre responsabilidades y corrupciones en las contratas. El Centro Obrero fue el eje de una gran protesta, y Largo Caballero se atribuye un gran protagonismo —que otros adjudican a Iglesias— en su desenvolvimiento.35
A comienzos de siglo también se comprometería con dos actividades societarias de dirección, las de presidente de la Cooperativa Socialista de Consumo, un entidad de la que sería socio desde 1909 y de la que en 1910 suscribió una acción en la sección de consumo de 25 pesetas de valor, y, sobre todo, la de presidente y gerente de la Mutualidad Obrera Madrileña, sociedad de servicios médico-farmacéuticos y funerarios, de desenvolvimiento muy fructífero pero algo tormentoso a juzgar por los primeros escritos periodísticos de Caballero, en los que describía con amplitud vicisitudes cotidianas de la institución.
Los primeros años del nuevo siglo vieron como Largo Caballero ascendía a muy diversos cargos, en la organización socialista e institucionales, y, por tanto, fue una época de mayor dispersión de su actividad. En 1908 se produjo un salto cualitativo en su trayectoria de dirigente al ser elegido vicepresidente de la Unión General de Trabajadores en su IX Congreso. El presidente continuaría siendo Pablo Iglesias y el secretario general, puesto clave en el sindicato, el benemérito Vicente Barrio. Caballero conservaría su puesto de vicepresidente, siempre junto a Pablo Iglesias, hasta su elección como secretario general en 1918. Diez años, pues, ostentó ese cargo en el sindicato. Mientras, continuando en la presidencia de la Agrupación Socialista Madrileña, no pasaría de nuevo a ser miembro, como vocal, del Comité Nacional del Partido Socialista sino en 1915, en el X Congreso. En él se mantendría también hasta 1918, y desde entonces en ese mismo puesto de vocal pero ya en la Comisión Ejecutiva, organismo creado por entonces. No abandonaría esa comisión hasta diciembre de 1935.
En estos años, el sindicalismo sería para él el molde esencial donde se forjaba la conciencia proletaria. Al principio, este sentimiento contradiría posiciones más extendidas en el seno del socialismo, donde la primacía de lo político no se discutía. La observación acertada sobre la primacía de lo organizativo en la práctica caballerista, y la herencia en que se insertaba, han llevado, tanto a muchos tratadistas como a contradictores políticos y sindicales, a ver en el sindicalismo socialista una tendencia perenne a la burocratización, una trayectoria identificada con la gestión de intereses ligada siempre a pautas bien establecidas y protocolarias. Así podría decir Joaquín Maurín que, apoyada en una cierta aristocracia obrera, se había creado en el interior del socialismo una burocracia dirigente bien visible.36 Una «conducta societaria» acompañaría siempre las normas de comportamiento del obrero sindicado socialista, y de ello habla también Manuel Cordero, ya en los años treinta, cuando se produce un espectacular crecimiento de la afiliación ugetista.37
Caballero emplea la expresión «obreros organizados» y otras muchas análogas desde sus primeros escritos en la segunda década del siglo. Incluso el viejo término «sociedades de resistencia», de regusto decimonónico, sigue formando parte de su vocabulario. De la misma forma que el «espíritu de clase», la lucha en el terreno político (Partido Socialista) y en el terreno económico (sociedades de resistencia), la alusión al «movimiento obrero organizado», a las «filas obreras organizadas» y otras semejantes son categorizaciones consustanciales en el lenguaje caballerista.38 En un artículo aparecido en El Socialista en el que comentaba otro crítico con el reformismo, escrito por Camilo Barcia, decía que «resulta excesivamente paradójico que a los hombres que desde hace muchos años vienen contribuyendo en modesta labor, pero con consecuencia y probidad indiscutibles, a organizar a la clase trabajadora, sin lo cual no hay posibilidad de hacer la Revolución emancipadora... a estos se les clasifique como antirrevolucionarios o reformistas».39
En definitiva, todo ello mantenía una estrecha relación, en el caso del sindicalismo socialista, con la cuestión del reformismo. En el espinoso asunto del reformismo —espinoso, decimos, por haber servido de alimento permanente a interpretaciones encontradas sobre la significación real del caballerismo, sobre todo en sus manifestaciones de los años treinta—, constituye un hito importante la incorporación del dirigente a la vocalía obrera del IRS desde su creación en 1904.40 Tres años después se pondría en marcha otra importante institución en la que, sin embargo, Caballero tendría mucho menos protagonismo, el Instituto Nacional de Previsión.41
En la primera composición del Instituto, las vocalías de representación obrera recayeron en los socialistas Matías Gómez Latorre, Francisco Mora, Francisco Largo Caballero y Rafael García Ormaechea, junto con dos miembros más.42 Todo ello con la pequeña remuneración que suponían «5,28 pesetas líquidas por sesión».43 Largo Caballero fue el que más tiempo permaneció en su condición de vocal pues lo fue todo el tiempo de existencia del IRS, perviviendo su adscripción a él tras la reforma que de hecho significó el origen del futuro Ministerio de Trabajo, pasando luego también al organismo que lo sustituyó, el Consejo de Trabajo, del que Caballero fue nombrado miembro en 1924. En su condición de vocal del IRS asistió ciertamente, algo que él se cuidó siempre de destacar bien, junto con los demás vocales obreros, al proceso de elaboración de muchas disposiciones legales de diverso rango sobre las relaciones laborales que se gestaron en aquella casa.
Es indudable que la experiencia de Caballero en un organismo de esta índole marcó de forma indeleble su manera de ver el «intervencionismo» estatal. Debe tenerse en cuenta que bastantes de las leyes que Caballero propondría en su etapa de ministro de Trabajo muchos años después, y la consagración de instituciones, como los Jurados Mixtos, por ejemplo, habían sido tratadas por él desde los primeros años de su contacto con instituciones directas de reforma social, convertidas en asesoras de toda la política social, como era el Instituto. Poco después de su entrada en él, el VIII Congreso de la UGT, en 1905, expresaba su satisfacción por la labor de los miembros obreros del IRS.
En representación del Instituto, Caballero pertenecería durante un tiempo a la Junta de Aranceles, en la cual era el único vocal nato que ostentaba representación obrera, de la que denunciaría no pocas irregularidades que pretendían favorecer grandes intereses de comerciantes o industriales.44 En esta entidad estuvo adscrito precisamente a la Sección de Subsistencias, denunciando realidades como la de que se ponían trabas a la importación de carne, de bacalao o de tocino mientras se fomentaba la exportación de estos mismos productos, lo que hacía que se mantuviesen mucho más caros.
La experiencia del Instituto de Reformas Sociales no tardaría en ir acompañada de su primera incorporación a una actividad pública de distinto tipo: la política representativa en las instituciones de gobierno, experiencia que perviviría también durante años, materializada, en principio, en una concejalía en el ayuntamiento de Madrid. En noviembre de 1905, concretamente en las elecciones celebradas el día 12 de ese mes, se produjo el primer éxito electoral del Partido Obrero en Madrid centrado en la vida municipal, justamente en una concurrencia en solitario y cuando se acababa de vivir un serio contratiempo en las elecciones generales de 1903.45 El éxito era todavía más meritorio por cuanto habían conseguido vencer, con no poco esfuerzo, las conocidas artimañas electorales obra del caciquismo, que Caballero mismo describe con cierto detalle, si bien reconoce que los propios socialistas en su candidatura, «por esta vez y sin volverlo a aplicar nunca», pusieron en práctica algunas de ellas aunque sin llegar al «pucherazo».46 La importancia de estar presentes en las instituciones públicas, que Caballero defendería siempre tenazmente, justificaba este «golpe de audacia». Tres hombres del Partido Obrero —Pablo Iglesias, Rafael García Ormaechea y Francisco Largo Caballero— ganaban sendos escaños como concejales en el ayuntamiento de Madrid, los tres como representantes del distrito de Chamberí.47
Para Iglesias, como para Caballero, aquel triunfo electoral supondría un hito en su trayectoria y un indudable fortalecimiento de la presencia del socialismo en las instituciones políticas. Pero el episodio, por otra parte, nos lleva a un asunto distinto relativo a la historia personal de Largo Caballero. Mientras que Pablo Iglesias no figuraba inscrito en el padrón del distrito, resulta que la inscripción misma de Caballero nos permite arrojar alguna luz, aunque no toda la deseable, sobre un episodio algo oscuro de su vida familiar: el referente a su primer casamiento y a su primer hijo, Ricardo Largo Álvarez, del que poco sabemos.
En efecto, Caballero, según consta en su inscripción como candidato a concejal, figuraba empadronado en el número 10 de la calle de Eloy Gonzalo, es decir, no lejos del lugar donde había nacido.48 Habitaba en la planta quinta del edificio, situación que, como sabemos, era normal para un obrero de la época. Pagaba 10 pesetas mensuales por el alquiler de la vivienda, que compartía con Adolfo Chacón, cerrajero de treinta y siete años, y con Juan Iglesias Hernández, albañil de treinta y cinco. En la inscripción figura como profesión de Caballero la de estuquista, con un sueldo diario de 5 pesetas «que no es seguro» y que cobra «los días que trabaja». Era cabeza de familia y vivía casado con Isabel Álvarez Fernández, de treinta y seis años, mujer de la misma edad que Caballero y de la que él no hablaría nunca sino en muy raro momento de su exilio. Tenían un hijo de catorce años. Ello indica que la vida en común con Isabel había comenzado en torno a los veintidós años de edad, es decir, poco después de comenzar su vida militante y su estabilización profesional. Sin duda, el hijo en cuestión es Ricardo. La vida familiar de Caballero en ese momento constituye una singular laguna en su biografía que nunca aclaró.
El primer apuntamiento del carnet de la Mutualidad Obrera a nombre de Caballero era del 1 de septiembre de 1904 con la edad de treinta y cuatro años; los apuntamientos siguientes incluirían ya a su segunda compañera, Concepción Calvo, en 1911, su hija Concepción en 1912, Francisco en 1914, Isabel en 1915 y Carmen en 1919. En cambio, nada se señala en ellos de su primera compañera, Isabel Álvarez, ni del hijo de ambos, Ricardo. Este no debió de vivir en familia con su padre a partir de 1911. ¿Cuál fue la razón? Hoy desconocemos la respuesta.49 De su matrimonio con Isabel Álvarez nunca se habla en el entorno de Caballero, ni sabemos cuándo concluyó, aunque sí sabemos que su nuevo matrimonio con Concepción Calvo tuvo lugar en 1909. El matrimonio se instaló entonces en la calle de José Abascal, 18.
Estos pormenores biográficos, que parecen indicar una vida familiar algo menos plácida de lo que presentaron siempre los relatos de la época, se omiten en la entrevista aparecida en la revista Crónica en febrero de 1934, cuya autora fue Josefina Carabias. La Carabias introduce en su reportaje alguna ilustración costumbrista no real, y poco explicable, cuando dice que «Paco» dejó de ser un punto de baile cuando conoció a Concepción Calvo, omitiendo el anterior casamiento del joven estuquista, porque seguramente este mismo no se lo reveló. La misma periodista había escrito una crónica anterior, aparecida en la revista Estampa el 22 de agosto de 1931, titulada «La esposa y las hijas de Largo Caballero». Josefina Carabias habló con la familia Largo Calvo en su casa de la Dehesa de la Villa en Madrid y, según cuenta, sacó la impresión de que «a pesar de su merecido encumbramiento, sigue conservando el espíritu noble y sencillo de la gente del pueblo». Concepción Calvo le dijo a la periodista que hacía veintidós años que se había casado con su esposo. El matrimonio había tenido cuatro hijos, tres de los cuales habían nacido ya «cuando los sucesos del año diez y siete». En 1931 Carmen, la pequeña que vivió prácticamente toda la odisea de Caballero en el exilio y que estuvo presente en su muerte, tenía entonces «diez u once años» y «debe ser el ojo derecho de su padre», apunta Carabias.
Volviendo a la trayectoria pública, Largo Caballero mismo dedica una extensa crónica en Mis recuerdos y, en su momento, un artículo en El Socialista a narrar su entrada en el ayuntamiento madrileño, después de haber comentado que fue concejal en cinco elecciones y que en una de las legislaturas fue diputado provincial en la Diputación de Madrid. Las legislaturas en que Caballero fue concejal se extendieron de 1905 a 1909 y posteriormente lo fue de 1915 a 1919. Con ocasión de esta crónica, Caballero hace igualmente otra acerca de la realidad de las elecciones y su falseamiento a través de las prácticas caciquiles y la opresión que representaban, sin omitir todo tipo de detalles pintorescos.50 El Socialista había publicado, por lo demás, un programa electoral para «los obreros de Chamberí», lo que estaba muy lejos de las prácticas habituales.51
Los primeros tiempos de ejercicio del cargo no fueron fáciles, en razón, sobre todo, de las suspicacias y menosprecios con que se trataba a los llegados por el Partido Obrero. La toma de posesión tuvo lugar el 19 de enero de 1906 y en ella habló Iglesias en nombre de los tres. Caballero fue designado miembro de la Comisión de Obras y Consumos, y en sus escritos deja claro que su actividad fue más intensa que la de Iglesias y García Ormaechea. Con el tiempo llegaría a escribir nada menos que «me fue más penosa la función de concejal, que el desempeño del cargo de Ministro de Trabajo». Y como hito importante también en la vida del dirigente cabe señalar que, en función de la dedicación que aquel cargo entrañaba («tenía que dedicar todo el tiempo a la concejalía»), dejaría definitivamente de ejercer su oficio de estuquista cuando tenía treinta y siete años de edad para dedicarse por entero a la concejalía por consejo de la Agrupación Socialista Madrileña, de la que desde entonces recibiría como «subsidio» 50 pesetas semanales, «primera retribución que recibía de la organización obrera».52
La presencia socialista en el ayuntamiento marcaría igualmente un hito contra corruptelas y componendas, normalizadas en la vida municipal madrileña del tiempo, entendidas como normales bajo cualquier alcalde, por personajes como Eduardo Dato o Antonio Maura. En la vida política municipal la intriga partidista era común, y ello acarreó no pocos trabajos y sinsabores, de los que Caballero habla pormenorizadamente. Con cierta sorna, menciona que el alcalde don Alberto Aguilera dijo en cierta ocasión, en referencia a Iglesias y Caballero, que «ha entrado en la Casa ¡la pareja de la guardia civil!».53 De hecho, su experiencia como diputado provincial, que se abrió en 1911, tuvo las mismas características; su labor, según testimonio propio, fue sobre todo crítica con corruptelas y privilegios y se orientó a «enderezar entuertos». Hablando de esos entuertos y los esfuerzos por enderezarlos, Caballero narra con acritud su encuentro con un diputado de la familia del arquitecto Arturo Soria, «creadores y caciques de la Ciudad Lineal», que no era modelo de probidad. Y añade: «Esta familia, por su conducta despótica con los obreros, daba trabajo suf
