Qué es esta vida si, llenos de malestar,
no tenemos tiempo de pararnos y mirar.
Ni tiempo de pararnos debajo de las ramas
y mirar largamente como ovejas y vacas.
Ni tiempo de vislumbrar, al pasar por los bosques,
en qué lugar esconden las ardillas sus nueces.
Ni tiempo de admirar los arroyos estrellados,
a plena luz del día, como cielos nocturnos.
Ni tiempo de volvernos para contemplar la Belleza,
y observar sus pies y el modo en el que danza.
Ni tiempo de esperar hasta que sus labios puedan
esbozar la sonrisa que sus ojos insinúan.
Pobre es esta vida si, llenos de malestar,
no tenemos tiempo de pararnos y mirar.
WILLIAM HENRY DAVIES
PRIMERA PARTE
1
Tenía casi diecisiete años cuando se rompió el hechizo de mi infancia. Aquel día no se produjo ninguna sacudida repentina, ni ningún sobresalto ni alteración en el eje de la tierra; al menos, que yo sepa. Pero la vibración del cambio planeaba sobre nosotros, y presentía un giro: una realineación de mi trayectoria. Era el comienzo del verano y, sin nosotros intuirlo, el final de una belle époque.
Si cierro los ojos, aún puedo oler el aroma de aquel día: las rosas tras las puertas acristaladas abiertas de par en par, la lavanda del parterre al pasar corriendo por él; y la hierba, de un verde brillante, recién cortada. Puedo sentir la lluvia en la cara; oír la que entonces era mi voz.
No recuerdo exactamente quiénes estábamos, pero había más gente aparte de mis tres hermanos, varios de sus amigos de Cambridge y algún lugareño. Nuestra conversación adolescente todavía carecía de titubeos e inseguridades, y no nos conformábamos con estar al borde del precipicio, nos lanzábamos a él, impasibles ante los cielos trémulos, seguros de nosotros mismos y convencidos de que al día siguiente volvería a salir el sol, ávidos de leer el próximo capítulo de nuestras historias aún por escribir. Nuestras vidas —vidas que solo acabábamos de empezar a imaginar— se desplegaban ante nosotros entrecruzándose y difuminándose en un horizonte lejano. Todavía quedaba tiempo. Teníamos por delante el futuro, todos nuestros futuros, irradiando promesas, rebosando posibilidades.
Puedo oírnos; oírnos reír.
Aquella mañana, mientras las nubes se agrupaban sobre nuestras cabezas, los colores terrosos de mi mundo me parecían más vivos que nunca. Los jardines de Deyning siempre tenían su época de mayor apogeo durante el mes de junio y a principios de julio. Era entonces, durante esas preciadas semanas de pleno verano, cuando lucían en todo su esplendor. Y pese a que mamá a menudo se mostraba preocupada y se quejaba de que sus rosas se estropeaban constantemente, cada flor bien cuidada y cada rama repleta de hojas eran a mis ojos luminosas y frescas. Desde la terraza de losas, el césped se extendía formando una suave alfombra ondulante, y en los escalones cubiertos de musgo que bajaban hasta la hierba abundaban las fresas silvestres.
Puedo saborear su dulzor, incluso ahora.
Mamá había predicho que habría tormenta. Nos había avisado de que tal vez tendríamos que aplazar el torneo de cróquet, pero para entonces ya había llegado mucha gente. Así que nos quedamos en el salón de baile, al que mis hermanos y yo nos referíamos simplemente como «el salón grande», mirando los jardines a través de las puertas acristaladas, dudando entre iniciar el torneo o jugar a cartas en su lugar. Como de costumbre, Henry, el mayor de mis tres hermanos, se hizo cargo de la situación, y propuso que diéramos comienzo al partido en los equipos que ya habíamos formado. En cuanto nos dispusimos con los mazos en el césped, empezó a diluviar con gran estruendo, por lo que todos corrimos hacia la casa, alborotados y empapados.
—Señora Cuthbert, Henry quiere que se sirva el té en el salón grande. Ya estamos todos dentro —anuncié desde la puerta de servicio, mientras me escurría el pelo.
Hacía pocas semanas que la señora Cuthbert era nuestra ama de llaves. Años antes había trabajado para el conde Deyning, no solo en Deyning Park —ahora nuestra casa—, sino también en la finca de Northamptonshire. Afortunadamente, la señora Cuthbert aceptó volver a Deyning después de que el viejo conde muriese, y mi madre estaba encantada de contar con un ama de llaves que conociese tan bien la casa. «¡Qué pedigrí!», había dicho mamá, e inmediatamente me había imaginado un perrito con delantal y cofia.
—¿Y cuántos son, señorita? —preguntó la señora Cuthbert, sonriente.
—Mmm… creo que unos catorce. ¿Quiere que lo compruebe de nuevo?
—No se moleste. Lo haré yo misma. —Se secó las manos en el delantal y añadió—: Hoy mi Tom está con ustedes.
—¿Tom? ¿Su Tom?
—Sí, llegó ayer a la casa, y su madre tuvo la amabilidad de invitarlo a participar en el torneo. ¿Aún no les han presentado?
—No. Bueno, no estoy segura. No lo creo.
Fui tras la señora Cuthbert por el pasillo trasero que conducía al salón grande. Recuerdo que iba mirando al suelo de baldosas rojas y negras, e intentaba, como había hecho desde pequeña, no pisar en las negras. Pero ya no era posible; tenía los pies demasiado grandes.
—No es como sus hermanos, señorita —comentó, volviéndose hacia mí—. Es un pedazo de pan.
En el salón grande, habían juntado las cuatro mesas de juego y todos se habían sentado alrededor de ellas. De pronto reparé en que había una cara nueva, de ojos oscuros y serios, que me miraba fijamente. Cuando la señora Cuthbert me presentó a su hijo, le sonreí, pero él no me devolvió la sonrisa, y pensé que era un grosero.
—Hola —saludé.
Él ni se inmutó, seguía sin sonreír.
—Encantado de conocerla —contestó, y acto seguido apartó la vista.
No cayó ningún rayo, no se me aceleró el corazón; sin embargo, sentí que lo conocía. Su cara —la nariz, los ojos— y su estatura me eran familiares.
Decidí no jugar al whist; mis tres hermanos estaban en ello y sabía que no tendría ninguna posibilidad. En su lugar, fui al otro extremo del salón y me senté en la alfombra persa que había frente a la chimenea. Mientras jugaba con César, el pequinés de mamá, sorprendí a Tom Cuthbert mirándome. No sonreí, pero él se dio cuenta de que le había descubierto. Y cuando me levanté y volví a cruzar el salón, sabía que me estaba observando. Me senté en una butaca, más cerca de las mesas de juego, cogí una revista y empecé a ojearla. Le miré, y volví a sorprenderle; esta vez sonrió. Yo sabía que aquel era un gesto especial, dirigido solo a mí. No era consciente de cómo se sentía él en aquel momento; no tenía ni idea de lo incómodo que estaba mientras su madre nos servía el té.
Mi educación me había preparado para cierto tipo de vida, una vida en la que jamás me cuestionaría el papel que debía desempeñar o el elenco de actores con los que compartía escenario. En aquel entonces, era una idea totalmente moderna que una hija se formara y, según mi padre, un gasto innecesario. De modo que estudiaba en casa, con Mademoiselle: una mujer diminuta, cuya aversión hacia el aire fresco y sensibilidad a las corrientes la habían vuelto pálida y quebradiza. Sus lecciones sobre la vida dependían tanto de la temperatura de su corazón como del tiempo que hacía. A menudo me decía —sobre todo en clase de aritmética, y con una mantita encima de las rodillas— que los hombres eran bestias que no habían evolucionado de los animales. Sin embargo, Keats y Wordsworth parecían despertar un aspecto radicalmente distinto del carácter compacto y complejo de Mademoiselle. A veces, al hablar de ellos, se deshacía de la mantita, se ponía de pie y me decía que la vida no era nadá si no se había amado. Pero para aquel verano Mademoiselle ya había desaparecido de mi vida para siempre, porque se suponía que ya había aprendido lo suficiente para conversar con gente de la buena sociedad sin parecer una cabeza hueca.
Al igual que las orquídeas de mi madre, me habían cultivado en un medio controlado, en un ambiente mantenido a una temperatura constante, protegida de las olas de frío, de los dedos torpes y de las crudas heladas. En cambio, a mis tres hermanos les habían permitido e incluso animado a desarrollar zarcillos rebeldes, a crecer más allá de los límites de cualquier invernadero, a extender sus raíces ilimitadamente por la tierra inglesa a la que pertenecían. Para una chica era distinto.
Matrimonio, hijos, una casa ordenada y un jardín cuidado, eso era lo que se esperaba de ella. Y un marido adinerado era siempre un requisito esencial. ¿De qué otro modo se podía conseguir una vida así? Yo era una chica de un condado cercano a Londres, feliz de formar parte de una familia que gozaba de una vida prudente y tranquila, con independencia del tiempo, de los visitantes o de lo que sucediese al otro lado del portón blanco: la frontera entre mi entendimiento y el resto del universo. De pequeña, solía acercarme a esa frontera: caminaba por la larga avenida de hayas hasta el portón y me encaramaba en lo alto. En aquella época, había poco tráfico en la carretera que bordeaba nuestras tierras, aunque de vez en cuando pasaba un autocar o un automóvil, y yo saludaba con la mano a los rostros desconocidos que se volvían para mirarme. Se esfumaban en un instante, pero siempre recordé aquellas conexiones fugaces: nuevos amigos que aparecían y desaparecían en cuestión de segundos. ¿Adónde iban? ¿Qué les había pasado? ¿Se acordaban como yo de aquel momento? ¿Habían pensado alguna vez en qué habría sido de la niña del portón?
Aquella noche, durante la cena, quería preguntar a mamá acerca de Tom Cuthbert, pero parecía distraída. Escrutaba la habitación con una expresión indescifrable, y me pregunté si de nuevo estaba pensando en los criados. Había regresado de Londres el día anterior, engalanada con paquetes y un nuevo peinado, aunque evidentemente inquieta.
—Hoy día, es imposible encontrar criados decentes. Y cuando lo consigues, no te queda otro remedio que buscar sustitutos unos meses más tarde —se había quejado en el vestíbulo, en un tono inusitadamente alto.
No podía recriminarle su exasperación. La semana anterior ya había viajado a Londres para entrevistarse con una posible doncella, un mayordomo y un nuevo chófer, y, como de costumbre, había pasado una noche agradable en su club de Piccadilly. No era de extrañar que supiese el horario exacto y de memoria de los trenes aunque, según ella, tanta ida y venida la dejaban exhausta.
—Mamá, hoy he conocido al hijo de la señora Cuthbert. Se llama Tom, y ha estado fuera… pero no estoy segura de dónde.
—Va a la universidad, querida —contestó, sin mirarme.
—Pero ¿dónde? —pregunté.
—¡Ah! No te intereses demasiado por Cuthbert, hermanita —interrumpió Henry—. Creo que mamá espera que apuntes un poquito más alto —añadió, y se echó a reír.
—Tenía curiosidad, nada más. Parece bastante tímido y… bueno, solo tiene a su madre.
Henry me lanzó una mirada desde el otro lado de la mesa y dijo:
—Tímido, ¿eh? Me da la sensación de que bajo esa apariencia distante Cuthbert es bastante granuja.
—¿Granuja? —repetí—. No lo creo. Pienso que probablemente prefiera estar solo a… estar con gente como nosotros.
—¡Ajá! ¡Y sale en su defensa! Primera señal, querida hermanita, primera señal —repuso Henry, y tanto George como William se rieron con disimulo.
—Basta de burlas, Henry —intervino mamá, mirando a mi padre en busca de apoyo.
Él se aclaró la garganta, como si se dispusiera a hablar, pero no dijo nada.
—Lo que te pasa es que estás celoso —contesté, dedicándole a Henry una sonrisa forzada. Era una de mis respuestas preparadas para cuando no sabía muy bien qué decir.
—¿Y por qué razón iba yo a estar celoso? Es un criado, por el amor de Dios.
—No, no lo es. Mamá acaba de decirnos que va a la universidad.
—Claro, seguro que está aprendiendo a limpiar la plata —espetó Henry.
—Estás celoso porque es mucho más guapo que tú y no tiende a fanfarronear —aduje, con la vista clavada en mi plato, y añadí—: Mademoiselle dice que los caballeros que sienten la necesidad de fanfarronear casi siempre tienen un cerveau más pequeño de lo normal.
—¡Ah! Mademoiselle… ¡Mmm! Seguro que ella lo sabe de buena tinta. Y sí, tienes razón, estoy celoso del hijo del ama de llaves, porque nunca tendré lo que él tiene y porque nunca podré ser el hijo bastardo de…
—¡Henry! Ya es suficiente —sentenció mi padre—. No permito que ni tú ni nadie hable así en esta mesa. Y creo que deberías dejar los chismes y cotilleos en Cambridge. ¿Ha quedado claro?
—Sí, señor —contestó mi hermano.
Y ahí terminó la cosa.
No tenía ni la menor duda de que Henry, mi hermano mayor, sabía muchos chismes. Es más, me imaginaba que, en algún lugar, también circularían cotilleos y chismes infundados sobre él. Por lo visto, últimamente había hecho nuevos amigos, y pasaba más tiempo en Londres que en casa o en Cambridge. Todos conocían a Henry, y él, al parecer, lo sabía todo sobre todos. Sin embargo, su círculo nunca se había limitado a Cambridge. Dos de sus mejores amigos de la escuela habían ido a Oxford, y otros pocos directamente al ejército. Era el más extrovertido de mis hermanos, seguro de sí mismo y popular, y estaba muy bien relacionado. Le gustaba decir que aguzaba los oídos para mantenerse al corriente de todo, y a menudo me lo imaginaba como un conejo alerta.
Aquella misma noche interrogué a mi hermano, le pregunté qué había querido decir con su comentario, pero hizo caso de la advertencia de mi padre. «Estaba hablando a la ligera. No quería decir nada», me respondió. No obstante, sabía que escondía algo: algo concreto que mi padre no quería que se mencionase, especialmente delante de mí. No valía la pena seguir insistiéndole a Henry porque, por muy bravucón que pareciese, nunca llevaría la contraria a papá, y yo era consciente de que para él seguía siendo solo una niña. Sin embargo, cuando me metí en la cama volví a reflexionar sobre lo sucedido. Me pregunté quién pagaba los estudios de Tom Cuthbert; y entonces me pregunté si había oído bien a Henry. ¿Había utilizado la palabra «bastardo»?
2
El patrimonio de mi padre, aunque no era nada desdeñable, se había construido y acumulado durante años, sobre todo a través de las devoluciones de las inversiones en el ferrocarril. Cinco años antes de que yo naciera, había comprado Deyning Park al empobrecido conde, y había encargado a uno de los mejores arquitectos de Inglaterra convertirla en una mansión aún más imponente. Al edificio principal se le agregaron un salón de baile y dos alas enteras, y se cambiaron puertas y ventanas; se renovó la antigua biblioteca revestida de paneles, y en el vestíbulo principal se construyeron una escalera tallada con ornamentos, un suelo de mármol italiano y columnas corintias. Trajeron casi quinientas toneladas de mármol toscano blanco para hacer realidad la visión de mi padre: un gran recibidor con columnas de seis metros de altura. El comedor revestido de paneles de roble era lo suficientemente grande para acomodar a treinta personas, y gracias a las dieciséis habitaciones y los cuatro cuartos de baño modernos, mis padres podían recibir y acoger a los huéspedes por todo lo alto.
Posteriormente, unos cinco o seis años después de que yo naciera, instalaron la luz eléctrica en algunas salas de visitas. El resplandor del siglo veinte alteró el esquema de colores de mamá, y causó mucho debate y consternación entre los criados. En aquella época, corría por la casa el rumor de que mirar directamente a la luz eléctrica cegaba, y una de las criadas —ahora sospecho que fue Edna, aunque no tengo pruebas y ha pasado mucho tiempo— se lo contó a George. Mi hermano, en plena fase científica, decidió comprobar la teoría y, como de costumbre, me nombró su asistente. Mi tarea en el experimento consistía en hacer guardia mientras él se subía a la mesa del comedor, y cuando estuviese en posición debajo de la nueva araña y solo cuando dijera la palabra clave «eureka», darle al interruptor de la pared. Sin embargo, mientras yo esperaba la señal de pie sobre una silla, George se distrajo con otras posibilidades. Se deslizaba en calcetines por la mesa de caoba recién pulida cuando chocó con el recargado y enorme centro de mesa de cristal de mamá, y se lo llevó por delante en su breve viaje final. George y el centro de mesa aterrizaron en el suelo de roble con un estrépito lo suficientemente grande para despertar a los muertos, y de inmediato aparecieron mamá y la mitad de los criados. Por fortuna, George no se hizo daño, pero el centro de mesa —que, según nos informó mamá, era una reliquia— no tenía arreglo. Más tarde, en la biblioteca, George fue juzgado: me llamaron a testificar, y papá lo declaró culpable y lo condenó a pasar veinticuatro horas incomunicado. Y aquello marcó el final del interés de George por la electricidad.
Por lo que me contaron, algunas partes de nuestra casa se remontaban al siglo dieciséis. No obstante, por fuera tenía un aspecto claramente georgiano: de estilo neoclásico, construida con piedras de color miel, con una simetría agradable, líneas perfectamente equilibradas y una multitud de ventanas largas. En el centro de la fachada principal, dos columnas jónicas enmarcaban la entrada y sostenían un frontón de piedra en el que habían tallado la frase «Ubi bene, ibi patria». Al este de la casa, alrededor de un patio de adoquines al que siempre nos referíamos como «el patio de cuadras», se encontraban las cuadras, la cochera y algunas casitas de los criados. Un laberinto de pasillos oscuros y pequeñas habitaciones interconectadas unía la casa y la cochera, donde se guardaban dos automóviles, el viejo carro y el landó de mi infancia. Allí estaba también el trineo: todavía lo utilizábamos en lo más crudo del invierno, cuando los caminos estaban blancos y cubiertos de nieve.
La afición de papá por lo neoclásico era el digno telón de fondo de la colección de artefactos y recuerdos del extranjero que mamá y él poseían: antigüedades, cuadros, libros, objetos de bronce y esculturas. Tras cada viaje continental, recibíamos cajones y descubríamos nuevas obras de arte para Deyning. En la biblioteca recién renovada, mi padre añadía a su cada vez mayor colección de rarezas literarias libros que nunca leería y libros que nadie podría leer durante toda una vida. Mientras él satisfacía su amor por las antigüedades, mamá se centraba en las comodidades, y traía nuevas alfombras hechas a medida y caros revestimientos de paredes comprados en Harrods y Gamages. Había seguido, previo pago, los consejos de un viejo amigo que tenía un negocio de decoración de interiores en Londres.
Suntuoso sería el adjetivo que mejor definía el estilo de mamá. Había estado acostumbrada a él toda la vida; era lo que conocía. Por lo tanto, nuestra casa estaba tan magníficamente amueblada y decorada como cualquier otra elegante casa solariega: de todas las ventanas colgaban festones y cortinas de brocado llenas de color, enlazadas y adornadas con borlas y flecos; cada vista —norte, sur, este y oeste— estaba enmarcada con gran opulencia en un color expresamente elegido para hacer juego con la luz de la habitación y con el paisaje.
Desde la ventana de mi habitación divisaba los jardines formales y el lago, las doscientas hectáreas de parques ajardinados y los South Downs a lo lejos. Aquello era lo único al alcance de la vista que mi padre no poseía, y a veces me preguntaba quién viviría allí, más allá de mi mundo, más allá de Deyning. De pequeña, pocas veces me había aventurado a rebasar la zanja que separaba el parque de los jardines formales. Las terrazas, decoradas con estatuas, urnas y fuentes, descendían de la fachada sur de la casa a los céspedes rayados y anchos arriates, repletos de las rosas y peonías premiadas de mamá.
En Deyning, trabajaba un pequeño ejército compuesto por jardineros y empleados que se encargaban del exterior de la casa. Incluso ahora, veo las caras y las manos de mis «amigos de fuera». Todos ellos se ocupaban del parque, de la granja y de los huertos de la cocina, y se hacían cargo del mantenimiento de los parques ajardinados, del campo de tenis y del de cróquet; cortaban y allanaban el césped constantemente, hasta dejarlo perfecto. Arrancaban, plantaban, talaban, podaban y recortaban, como si fuesen los defensores de un reino, porque eso era Deyning: un reino protegido por extensos terrenos y completamente autosuficiente. En los huertos tapiados de la cocina crecían todo tipo de frutas y verduras: espárragos, fresas, frambuesas, frambuesas de Logan, grosellas (blancas, rojas y negras), grosellas espinosas, ciruelas, peras, manzanas, ruibarbos, patatas, coles, zanahorias, coliflores y espinacas; y en verano, en las tapias de ladrillo rosa, melocotones y nectarinas. La granja de la casa nos proporcionaba leche, nata, huevos, mantequilla y queso, así como carne, aves y caza.
No nos faltaba de nada, no pasábamos necesidades, y aquello me parecía lo normal. Nunca me lo había planteado desde otro punto de vista; nunca había pensado en cómo vivíamos. Hasta aquel momento: hasta que Tom Cuthbert entró en mi vida.
Aquel verano estábamos todos en casa, todavía vivíamos juntos, todavía éramos una familia. Henry, cinco años mayor que yo, acababa de finalizar sus estudios en Cambridge, y William, dos años más joven que Henry, había terminado allí el primer curso de teología. George, mi hermano más cercano —un año más joven que William y dos años mayor que yo—, estaba en Aldershot, formándose para ser oficial del ejército. Y yo, con dieciséis años, parecía haber acabado mis estudios. Antes de presentarme en sociedad, mamá quería que acudiese a una elegante escuela de buenos modales en París. Era lo que ella había hecho, y, según me dijo, lo que hacían todas las chicas. Pero mis padres estaban preocupados por los acontecimientos que estaban teniendo lugar en el continente, de modo que mi estancia en París se pospuso indefinidamente.
Por raro que parezca, en aquella época no me apetecía tener una vida más ajetreada, ni tampoco una perspectiva más amplia del mundo. Ocupaba los días con paseos por los jardines, tomando los mismos caminos, anticipando los mismos paisajes, contenta con la familiaridad. Me sumergía en la lectura, pasaba horas en la biblioteca de mi padre, cogiendo cualquier libro que me llamara la atención. Y fue allí, en la biblioteca, donde tuve la primera conversación propiamente dicha con Tom Cuthbert. Lo había visto por Deyning: bajando por el camino, desapareciendo en la distancia; ayudando a uno de los jardineros a cortar troncos en el patio de cuadras; y un par de veces en la cocina, cuando me mandaron a preguntar sobre un menú para mamá. Solía estar sentado a la mesa, leyendo el periódico, sin hacer nada en particular, y se levantaba y me saludaba sin sonreír.
Aquel día, cuando apareció en la biblioteca, yo estaba encaramada en lo alto de la escalera, con un libro de poemas de Emily Brontë. No estoy segura, pero creo que estaba leyendo en alto. Se aclaró la voz.
—¡Perdone! —se disculpó—. Su padre me dijo que podía consultar los libros que quisiera… Volveré más tarde.
—No, por favor. Estoy pasando el rato, puede entrar —contesté, mirándolo desde las alturas.
Cerró la puerta, y tuve una leve sensación de intimidad.
—Estaba leyendo un poema… ¿Le interesa la poesía, señor Cuthbert? —pregunté, interrumpiendo el silencio mientras él inspeccionaba de espaldas a mí las estanterías del otro extremo de la sala.
Sacó un libro.
—Sí, me interesa la poesía —afirmó, sin volverse para mirarme.
—A mí me gustan mucho las hermanas Brontë… especialmente Emily —puntualicé, intentando desesperadamente parecer mayor y de mucho mundo.
No contestó, y continuó examinando los volúmenes que tenía justo enfrente, agachándose y estirándose de vez en cuando. Yo lo observaba a hurtadillas por si se volvía de pronto.
Era alto, más alto que Henry, y su cabello oscuro era más largo que el de mis hermanos o el de cualquier otra persona que hubiese visto. Le caía una onda sobre la frente, y alguna que otra vez se la atusaba con la mano. Vestía unos pantalones de franela gris con tirantes azul marino y una camisa sencilla de un azul claro; no llevaba ni corbata ni chaqueta.
—Me imagino que esto le parecerá muy aburrido —dije al fin, incómoda por nuestra falta de conversación y deseando salir de aquel punto muerto.
Se volvió y me sonrió.
—¿Aburrido? No, en absoluto. ¿Por qué lo dice?
—Bueno, esto es muy tranquilo, sobre todo cuando mis hermanos no están, y no a todo el mundo le gusta la paz del campo.
Rió.
—En ese caso, creo que yo también soy aburrido, señorita Granville. Disfruto de esta calma. Tengo suficiente con el ruido y el ajetreo de Oxford.
—¿Oxford? —repetí, bajando con cuidado la escalera de la biblioteca.
—Sí, pero solo me queda un año para acabar.
—¿Y qué hará después? —pregunté.
—Iré a la escuela de abogacía, para poder ejercer de abogado.
—Ah, supongo que en ese caso vivirá en Londres.
—Sí, es lo que tengo planeado.
—Parece que al final todo el mundo se va a Londres, pero no estoy segura de si yo haré lo mismo. Creo que prefiero el campo.
Me miró fijamente, medio sonriendo. Me aparté el pelo de la cara y dirigí la vista al libro que sostenía en la mano.
—Bueno, todavía es usted muy joven… Tal vez más adelante cambie de opinión.
—No, no; cumpliré diecisiete años en agosto. Pronto me presentarán en sociedad, y entonces tendré que estar en Londres —aclaré, y esbozó una sonrisa más amplia.
Estaba muy guapo, tenía un aire despreocupado y el pelo le tapaba un ojo. Sentí que me sonrojaba, y volví a apartar la mirada. Parecía que se divertía, que se divertía disimuladamente. Yo todavía era una niña para él, ingenua e inocente, encerrada en una fortaleza moderna, diciendo tonterías.
—Estoy seguro de que se lo pasará fenomenal y de que tendrá muchos pretendientes —dijo, todavía sonriente, todavía mirándome—. Pero es un ritual extraño, ¿no le parece? —prosiguió, alejándose de las estanterías con un libro en la mano—. ¿Presentarse en sociedad? Se trata de buscar marido, ¿verdad?
—No, no exactamente —respondí, sin saber qué más decir. De hecho, hasta aquel momento no me había planteado cuáles eran el significado y el objetivo de presentarse en sociedad.
—¿Ah, no?
—Más bien se trata de ir a fiestas… conocer a gente, ese tipo de cosas. Creo que en su origen se trataba de buscar marido, pero ahora es distinto. —Sonreí—. Después de todo, estamos en el siglo veinte, las cosas han cambiado —continué, sintiéndome audaz y moderna—. Mire las sufragistas…
No estaba segura de lo que había querido decir con aquella última frase, pero me gustó cómo había sonado. Había leído sobre los recientes acontecimientos dramáticos ocurridos en Londres, y pese a los recelos de papá —las llamaba «gamberras»—, me tenían completamente fascinada. Por muy lejos que estuviesen de mi jaula dorada, esas mujeres que rompían escaparates, llenas de pasión y furia, habían cautivado mi imaginación.
Me sonrió y me fijé en sus ojos: de un caoba muy oscuro, brillantes.
—¿Han cambiado los tiempos? ¿Está usted segura, señorita Granville? —preguntó.
Frunció el ceño y me lanzó una mirada socarrona. Sabía que me estaba provocando. Como mis hermanos, pensé.
—Estoy acostumbrada a que se burlen de mí, señor Cuthbert —repuse—. Tengo tres hermanos mayores, ¿recuerda?
—No me estoy burlando de usted. Sinceramente, tengo curiosidad. ¿Realmente piensa que los tiempos han cambiado? ¿De verdad cree que su presentación en sociedad y la de las demás debutantes no tienen como objetivo encontrar un marido adecuado?
—Bueno, sí, me presentarán en sociedad, y puede que esa sociedad incluya a mi futuro marido; o puede que no, según el caso —respondí, quizá demasiado rápido.
No contestó, pero ladeó la cabeza y volvió a mirarme con los ojos entornados. Negó con la cabeza y se dio la vuelta.
—Le hago gracia —dije sin pensar.
—En cierto modo. Pero no es usted la que me hace gracia, sino la manera… la manera en la que se comportan los de su clase —matizó.
No comprendí lo que quería decir. ¿Estaba siendo grosero? ¿Estaba jugando? No estaba segura, así que me encogí de hombros y me reí.
—Sí, somos raros, ¿verdad?
—Tiene razón. Las cosas están cambiando, y muy rápido. Míreme a mí: el hijo de una humilde criada, estudiando en Oxford y a punto de iniciar una carrera profesional en Londres.
—Su madre debe de estar muy orgullosa de usted —aseguré, pareciendo mamá.
Se rió de nuevo. Se ponía muy guapo cuando se reía; se le veía tan desinhibido y libre… No se trataba de una broma, y sin embargo era lo suficientemente libre para reírse. Para reírse a carcajadas de mí, que fingía ser algo que no era.
—Lo siento —se disculpó—. No quiero parecer maleducado o irrespetuoso.
—No, ya lo sé. Bueno, ya me he dado cuenta.
Clavó sus ojos en mí.
—Sí, creo que ya te has dado cuenta… Clarissa.
Y cuando pronunció mi nombre, fue como si lo hubiese oído por primera vez, como si hubiera posado su mano sobre mi piel desnuda. Únicamente mi familia más cercana se dirigía a mí de forma tan directa, tan franca, utilizando solo mi nombre de pila. Clarissa. Había dicho mi nombre, lo había dicho despacio, mirándome fijamente.
Me había liberado de la jaula y me había hecho volar.
—Tengo que irme —anuncié, sin estar totalmente segura de cómo encajar que irrumpiera en mi vida—. Tengo que cambiarme para la cena.
—Por supuesto —repuso, mirando el reloj—. Y yo debería volver a estudiar.
—De verdad, Tom —dije, adoptando su tono familiar—, no tienes que irte por mí. Quédate un rato, seguro que nadie te molestará.
—No, tengo que irme. Pero volveré mañana —respondió mirándome.
Sonreí y asentí con la cabeza.
—Sí. Sí, vuelve mañana.
3
Recuerdo que al día siguiente, cuando desperté, me sentía distinta. De hecho, todo parecía extrañamente cambiado. Tenía la sensación de que por fin se había abierto una puerta de entrada a mi mundo, que dejaba pasar una luz que hacía que cada detalle fuese más nítido, más definido. Desde aquella puerta podía mirar atrás y observar mi vida, a mi familia, y empezar a vernos como nos veían los demás, como nos veía Tom Cuthbert.
Aquella mañana dormí hasta tarde. Para cuando bajé a desayunar ya habían dado las nueve, pero la casa estaba más tranquila que de costumbre. Sabía que Henry había ido con unos amigos a Salisbury y que, como siempre, papá estaba en la ciudad, ocupándose de los negocios. Sin embargo, me preguntaba dónde estaría mamá.
Al sentarme a la mesa del comedor, de la que ya habían retirado todos los cubiertos excepto un juego, apareció la señora Cuthbert por la puerta de servicio con té recién hecho. Me preguntó si deseaba que Edna me preparase algo para comer. Asimismo, me recordó que mamá había cogido el tren de las 7.38 a Londres para asistir a una exposición de horticultura con el señor Broughton, el primer jardinero, y que no se la esperaba de vuelta hasta la noche. Me informó de que George y Will también se habían levantado temprano y de que ya se habían marchado para acudir a la entrega de premios de su antigua escuela. Y por un momento me enfadé, porque todos se habían ido y me habían dejado allí, sola. ¿Por qué no me había pedido mamá que la acompañara? ¿Y por qué no me habían llevado mis hermanos a la entrega de premios? No me parecía justo. Me quejé a la señora Cuthbert de que me trataban como a una niña.
—Oh, pero tiene usted todo el tiempo del mundo, toda la vida por delante. No se precipite.
—No me precipito, señora Cuthbert, pero me gustaría que sucediera algo.
Entonces pensé en Tom Cuthbert.
—Y ¿qué tal está Tom? —pregunté—. Debe de estar encantada de que haya vuelto.
—Sí que lo estoy —afirmó sonriente—. Es un buen chico… un pedazo de pan —repitió, y desapareció por la puerta de servicio.
Durante muchos años había estado sumida en una fantasía en Deyning, especialmente desde que George, el último hermano al que enviaron a un internado, se hubiese marchado. Deambulaba por la casa y los jardines, y me inventaba personas, lugares y sucesos: invitados prestigiosos en fiestas fastuosas en el césped; una actriz subida al escenario de la zanja; un explorador intrépido avanzando a machetazos por la selva amazónica de los herbazales. Todavía persistían aquellos días poco metódicos de mi infancia, en los que una hora duraba toda una vida y el tiempo en sí carecía de importancia; sin embargo, estaban llegando a su fin.
Últimamente, las fantasías de mis horas muertas habían tomado un cariz distinto. En aquel momento, parecía que tenía que ser rescatada, y quizá inevitablemente por un joven guapo y gallardo, aunque un poco desaliñado. A menudo me sentía confusa, me enfadaba por aquellas intervenciones improvisadas. Me gustaba imaginarme a mí misma como a una de aquellas mujeres pioneras de la época victoriana sobre las que había leído: independiente, valiente e ingeniosa. Pero cualquiera que fuese la manera en la que se desarrollaba mi sueño, siempre aparecía un héroe de capa y espada que me tomaba en sus brazos. Y más últimamente, las fantasías solían acabar con una especie de pelea, que casi siempre culminaba en un beso.
Habían acabado los días en los que atrapaba polillas y mariposas. Ya no se me aceleraba el corazón al recibir noticias sobre los gatitos de los establos o los corderos recién nacidos en la granja. No obstante, a veces, y sobre todo cuando papá estaba delante, sentía la obligación de fingir aquel entusiasmo perdido.
Pero aquel día solo podía pensar en él, en Tom Cuthbert. Me preguntaba dónde se encontraría, qué estaría haciendo. Me paseé por la casa, mirando de vez en cuando en la biblioteca, esperando hallarlo allí. Fui a la cocina tres o cuatro veces con el pretexto de hablar con la señora Cuthbert sobre una labor. Caminé hasta el lago, atravesé el patio de cuadras y pasé por delante de la casita de la señora Cuthbert, y volví a dar el mismo rodeo. Me entretuve en el huerto tapiado, y distraídamente recogí frambuesas con la nueva ayudante de cocina, con un ojo puesto en la puerta del patio, desde donde se veía claramente la entrada de la casita de la señora Cuthbert. Y después pasé el rato con Frank y John, los dos ayudantes de jardinería más jóvenes, que estaban sentados en un banco junto al invernadero, comiendo los bocadillos que Edna les había hecho llegar en una cesta.
—Por favor, siéntense y coman tranquilos —les pedí cuando se pusieron en pie simultáneamente.
Ambos obedecían las órdenes del señor Broughton —un hombre que Edna, nuestra cocinera, había descrito más de una vez como «un caballo oscuro»— y solían trabajar en lo que todavía se conocía como los «jardines de recreo»: arrancaban las enredaderas y la hiedra de los arriates, recortaban y podaban los muchos y variados arbustos, y limpiaban los caminos que desaparecían fácilmente por la maleza. En lo alto de una escalera o de rodillas, siempre estaban allí, juntos, siempre sonrientes y risueños. Frank era rechoncho, pecoso y tenía unos brillantes rizos rojos; John era larguirucho y tenía el pelo corto y negro como el azabache. Ya solo por el aspecto hacían una pareja cómica, y mamá solía decir que deberían ser actores.
Aquel día, Frank, de mi misma edad y gran aficionado al críquet, se puso rojo como un tomate cuando le pregunté qué tal lo estaba haciendo su equipo aquella temporada. «Lleva el color de su corazón en la cara, señorita», dijo John, y se echó a reír. Ambos habían trabajado en los jardines de Deyning desde que eran muchachos, y habían participado en todas las Navidades, cumpleaños y celebraciones; y cada verano, cuando Deyning se enfrentaba al equipo local, Frank no parecía tener ningún problema para cambiarse de bando y lanzar para Deyning Park.
El verano anterior, cuando los días eran tan largos que se prolongaban hasta la noche, me había encargado de enseñar a Frank a leer y a escribir algo más que su nombre. (Tanto él como John eran demasiado mayores para haberse beneficiado de la escuela que había fundado mi padre en el pueblo. Por lo que ellos mismos me contaron, al menos durante un tiempo, y no todos los días, habían caminado cinco kilómetros para ir a la escuela más cercana, pero encontraban demasiadas distracciones por el camino, y ambos eran de los que se marchitaban si no estaban al aire libre.) Cada noche, después de cenar, me sentaba con Frank en la galería exterior. Le enseñaba los sonidos de las letras y las palabras conocidas, y las escribía para que las copiase y practicase. Leía en voz alta fragmentos de varios de mis libros favoritos, así como algunos poemas. E hicimos progresos: para finales de verano, Frank era capaz de reconocer cualquier cantidad de palabras, y tenía la suficiente confianza para intentar pronunciar otras. Con un poco de ayuda, escribió una carta a su madre, aunque dijo que no sería capaz de leerla y tendría que pedir a alguien que lo hiciera por ella. Se inscribió en la biblioteca del pueblo, y le di una lista de libros que pensé que le gustarían. Entonces intervino mamá. Según ella, Frank se estaba «encariñando» demasiado; ya había hecho suficiente, y no era adecuado, y probablemente podía inducir a error que siguiera «auspiciándolo». De manera que, a regañadientes, le dije a Frank que ya le había enseñado todo lo que podía y que debía seguir aprendiendo él solo, continuar leyendo libros hasta que pudiera hacerlo tan bien como los demás.
—Me imagino que ya habrán conocido al hijo de la señora Cuthbert… —dije al fin, apoyándome en un cristal caliente del invernadero.
—¿A Tom? —respondió John—. Antes andaba por aquí, ¿verdad, Frank?
Este, con la boca llena de pan, me miró, se volvió a sonrojar y asintió con la cabeza.
—Bueno, parece un chico jovial y amable —proseguí, dirigiendo la mirada a uno y a otro, y preguntándome si alguno de ellos sabría algo más que yo—. Pero es una lástima lo de su padre…
—¿Por qué lo dice? —inquirió John.
—El señor Cuthbert —contesté, sin saber qué más añadir.
—¿El señor Cuthbert? Pensaba que había muerto hace mucho tiempo.
—Sí… sí, a eso mismo me refería. Es una lástima, para la señora Cuthbert y para Tom. Me imagino que ni siquiera llegó a conocer a su padre…
—Sí, bueno, por aquí hay muchos de esos —cuchicheó John volviéndose hacia Frank, y ambos rieron.
Por fin, a última hora de la tarde, mientras volvía a examinar desganada las estanterías de libros de papá, oí que unos pasos se acercaban por el vestíbulo de mármol hacia la puerta abierta de la biblioteca. Cogí un libro y me senté justo a tiempo.
Cerró la puerta al entrar, y por un instante se quedó completamente inmóvil, mirándome.
—¡Ah! Hola, Tom —le saludé, pareciendo sorprendida (incluso para mí misma).
—Hola, Clarissa, esperaba encontrarte aquí. ¿Qué lees hoy? —preguntó acercándose—. ¿Sigues con las hermanas Brontë?
Miré el libro, vi que estaba envuelto en un papel en blanco y lo abrí rápidamente.
—¡No! Hoy no —respondí, buscando el título—. No, hoy estoy enfrascada en… Fanny Hill.
—¿De veras?
Estaba de pie ante mí, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión burlona.
—¿Por qué te sorprende tanto? —repuse, mirándole sonriente—. No me limito a las hermanas Brontë.
—Clarissa…
—¿Qué?
—¿De verdad estabas leyendo ese libro?
—Sí… sí, claro. —Abrí el libro al azar—. Iba por aquí… —Pasé un par de páginas—. Creo que aquí… Sí, justo aquí: «… pensar sin duda que ya era hora de zanjar la discusión y considerar que toda ulterior defensa sería vana…».
Levanté los ojos, pestañeando. Se sentó en una silla frente a mí, inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos enlazadas enfrente. Llevaba la camisa remangada, y me fijé en el vello oscuro de sus antebrazos.
—Sí, iba justo ahí.
—Continúa… por favor, lee un poco más —me pidió.
—¿Estás seguro? Sinceramente, me estaba resultando un poco aburrido.
Sonrió.
—No, por favor. Me gustaría oírte leer.
Me aclaré la voz.
—«Por su parte, el señor H… le levantó las enaguas hasta la cara…» —Hice una pausa, un poco desconcertada—. «… que tenía roja como la grana, y descubrió… un sabroso par de…» —Volví a hacer una pausa, y continué lentamente, en un tono más bajo—: «… robustos y rollizos muslos… pasablemente blancos; se los echó en torno a las caderas y…». —La cabeza me daba vueltas, estaba sonrojada, pero proseguí, en un tono aún más bajo—: «… desenvainada el arma, la hincó en la hendidura… donde no topó con tan mala entrada como había previsto…».
Le miré ruborizada. No estaba completamente segura de si lo que había leído era el fragmento previo a un asesinato horroroso o a alguna otra clase de crueldad. Pero, por la expresión de Tom, pude aventurar una respuesta. Extendió la mano, me quitó el libro y lo cerró.
—Estoy convencido de que tu padre no quiere que leas este libro en particular.
—No.
Fue lo único que pude decir. Sentí que me temblaban los labios, y por un momento pensé que iba a ponerme a llorar.
—¿Te encuentras bien? —preguntó.
—No, no muy bien —respondí.
—Vayamos afuera. Te vendrá bien tomar un poco de aire.
Se levantó, cruzó por delante de mí la biblioteca y, sin mirar de nuevo el libro, lo dejó en la estantería. Fui tras él por el vestíbulo y salimos al jardín. «Quizá piense que leo ese tipo de libros. Quizá piense que lo he cogido a propósito, que quería leérselo…» Me detuve, cerré los ojos y me estremecí.
—¿Necesitas un chal o algo?
—No, gracias. Estoy bien.
Caminamos en silencio por la terraza de losas, dejamos atrás el nuevo y llamativo balancín de mamá y bajamos los escalones que conducían al césped. Había sido un día nublado como otros tantos, pero en aquel momento el jardín brillaba al calor del sol del atardecer. Pasamos por debajo de las ramas colgantes del arce blanco, y nos dirigimos hacia el macizo de rododendros y la zanja que estaba justo detrás.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó, volviéndose hacia mí.
—Mmm, un poco mejor —contesté sin mirarle, con un revoltijo de palabras desconocidas resonando todavía en mi cabeza.
No era capaz ni estaba preparada para formar una frase más larga. Pero sabía que desde que había leído lo de «desenvainada el arma… en la hendidura» apenas había abierto la boca.
—Hay un banco justo ahí —conseguí decir al fin—. Se puede ver hasta muy lejos.
—Muy bien. Solo nos falta un Singapore Sling —comentó al sentarnos en el banco de madera.
—Singapore, ¿qué?
—Es un cóctel que está muy de moda en Oxford. —Se volvió hacia mí, sonriente—. ¿Alguna vez has tomado un cóctel?
—Tomé uno de champán… el día de Año Nuevo.
—¿Y te gustó?
—Sí. Hizo que me sintiera muy… enamorada de la vida —respondí, recordando el baile con Billy Robertson, un ayudante de jardinería muy guapo que desde aquel día había dejado de trabajar para mi padre.
Se echó a reír.
—Ese es el efecto que produce el alcohol. Relaja a la gente, hace que se sienta más libre —dijo, mirando a lo lejos.
—¿Hay muchas fiestas en Oxford? —pregunté, sintiéndome ya más serena gracias a la combinación de aire fresco y conversación.
—Sí, muchísimas. Pero no soy lo suficientemente popular ni rico para que me inviten a algunas de ellas. —Se volvió hacia mí y añadió—: Y tengo que trabajar. No soy como otros estudiantes que tienen ingresos privados y que están allí simplemente porque no tienen nada mejor que hacer, o porque quieren pasar un par de años desenfrenados antes de ocuparse del patrimonio familiar. Tengo una oportunidad, y no pienso desperdiciarla.
—Debe de ser difícil —respondí, sin estar segura de qué más decir.
—¿Difícil?
—Sí, difícil para ti, sentirte apartado o quizá excluido de algo.
—Clarissa, eres un encanto. Pero no me importan en absoluto las fiestas y la vida social.
—Creo que lo único que hace Henry es dar vueltas por ahí: anda detrás de las mujeres y… se va de picos pardos —dije, utilizando una de las expresiones de mamá.
—Bueno, su caso es distinto. Mira a tu alrededor —repuso, señalando lo que teníamos delante—. Todo esto será suyo algún día. Mientras que yo —prosiguió, volviéndose de nuevo hacia mí—, con un poco de suerte, heredaré una caja de zapatos llena de recuerdos.
—Pero puede que seas como papá… tal vez amases una fortuna.
—Sí, es lo que pretendo hacer. ¿Y tú, Clarissa? A lo mejor para el año que viene ya estés casada con un conde, o incluso con un duque.
Intenté reírme.
—Espero que no. No quiero casarme demasiado pronto. Y no estoy segura de si quiero hacerlo con un duque o con un conde.
—Quizá tú no, pero puede que tus padres sí.
Se metió la mano en el bolsillo, sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno.
—No, gracias. No fumo.
Vi cómo se encendía el cigarrillo y le daba una profunda calada hundiendo los carrillos.
—Espero que ante todo quieran que sea feliz —proseguí—. Y pretendo ser tremendamente feliz.
No contestó. Lo miraba con el rabillo del ojo mientras fumaba, con los ojos entornados observando el vacío, y me preguntaba qué estaría pensando. Estaba deseando conocer sus pensamientos; estaba deseando conocerlo. Y a pesar de que era una tarde demasiado calurosa para estar sentados al sol, no quería que aquel momento acabase.
Me fijé en las gotitas de sudor que le brillaban en la sien y encima del labio; en la mancha húmeda y añil que tenía bajo el brazo. Vi cómo ponía los labios alrededor del cigarrillo, aspiraba, y después echaba una serie de aros de humo al aire sofocante del atardecer. Yo jugueteaba con el lazo del volante de mi blusa de cuello alto, y pasé los dedos por debajo de la tela para tocar mi piel caliente; y deseé haber hecho caso a lo que mamá me había sugerido reiteradamente y haberme recogido el pelo.
—Deberíamos irnos. Tus hermanos ya habrán vuelto y seguro que se preguntarán dónde estás —dijo, lanzando el cigarrillo al otro lado de la zanja.
—No lo creo. No tienen el más mínimo interés por saber dónde estoy. Nadie lo tiene.
Se volvió hacia mí.
—Si fueras mía, quiero decir que si fueras mi hermana, me gustaría saber dónde estás, y creo que no me haría mucha gracia enterarme de que pasas el rato con el hijo del ama de llaves.
—Yo decido con quién paso el rato —aseveré, con mis ojos clavados en los suyos, a muy poca distancia.
Noté cómo me miraba a los labios, luego a los ojos, y luego otra vez a los labios. «Bésame, bésame ahora mismo», supliqué en silencio.
Llevó la mano hasta mi cara, como si fuese a tocarme, pero la apartó con un movimiento veloz.
—Eres peligrosamente bella, Clarissa Granville. Menos mal que te tienen aquí encerrada —aseguró, y se levantó—. Vamos, te acompaño.
—Pero no es tan tarde. No tengo que volver, todavía no.
—Yo tengo que volver.
—¿Por qué? ¿Tu madre estará preocupada?
—Clarissa… No está bien que estemos aquí… solos.
—¿Por qué? ¿Qué va a pasar? No tengo la sensación de que esté intentando seducirme, señor Cuthbert. La verdad es que me siento bastante segura aquí con usted.
—¡Ajá! Pues tal vez no deberías estarlo.
—¿Por qué? ¿Planea seducirme? —conjeturé, levantándome y volviendo a clavar mis ojos en los suyos—. Si es así, dígamelo, por favor. Me gustaría tomarme un segundo para prepararme.
Me agarró y me acercó a él.
—No deberías decir esas cosas… No tienes ni la más remota idea, ¿verdad?
Me sujetaba fuerte; tenía su boca tan cerca que podía sentir el calor de su aliento en fuertes ráfagas entrecortadas sobre mi cara.
—¿Ni la más remota idea de qué? —pregunté, viendo su mirada fija en mis labios.
«Bésame, bésame ahora mismo.»
—Ni la más remota idea —repitió, apartando la cara y soltándome.
Se alejó, metió las manos en los bolsillos y miró al cielo dejando escapar un quejido.
—Lo siento…
Suspiró y se volvió hacia mí.
—¿Qué es lo que sientes? No tienes por qué disculparte. Venga, volvamos —reiteró, sonriéndome otra vez.
Comenzamos a caminar por el césped hacia la casa.
—Lo siento si… si te he incomodado de alguna manera —me disculpé—. Me temo que las burlas de mis hermanos me han embotado la sensibilidad… me han vuelto demasiado frívola.
Al borde del césped, se detuvo y posó la mirada en la hierba.
—Quizá nos veamos mañana…
—Sí, quizá —respondí, divisando el lago en la distancia.
—Todavía necesito consultar un par de libros en la biblioteca de tu padre…
—Claro.
—Tal vez, a última hora… hacia las cuatro.
Me volví hacia él.
—Sí, hacia las cuatro me parece bien.
Sonrió y empezó a alejarse, caminando hacia atrás.
—¡Ah, Clarissa! Prométeme una cosa.
—¿Qué? —pregunté intri
