I
«Hay algunas pegas, pero si lo modifica lo aceptaré –decía la árida nota del señor Locket; y no había malgastado tinta en la posdata al añadir–: Venga a verme, y le explicaré lo que me propongo.» Esta comunicación había llegado a Jersey Villas con el primer correo, y Peter Baron casi no había tenido tiempo de engullir su correosa tortita antes de ponerse en marcha en cumplimiento de las órdenes del editor. Sabía que esta precipitación delataba mucha impaciencia, y no tenía ninguna gana de parecer impaciente: eso no decía nada en su favor; pero ¿cómo conservar, como una deidad, la calma, por muy predispuesto a ella que estuviese, si era la primera vez que una de las más importantes revistas aceptaba, aunque fuera haciendo ciertos crueles distingos, una muestra de su apasionado genio juvenil?
No fue hasta que, como un niño pegado a una caracola, empezó a oír el potente rugido de las «corrientes subterráneas», cuando, en su vagón de tercera, la crueldad de los distingos penetró, con el sabor del humo acre, en lo más sensible de su interior. Estar impaciente era realmente humillante, sabiendo como sabía que iba a tener que «modificar». En esos momentos Peter Baron trataba de convencerse a sí mismo de que no iba corriendo a delatar la urgencia de sus necesidades, sino a defender algunos de sus pasajes más atrevidos, aquellos que, con toda seguridad, despertaban las reticencias del director de la Promiscuous Review. Se convenció –como si quisiera convencer a su mugriento compañero de pasaje– de que ardía de indignación; pero se dio cuenta de que, a los pequeños y redondos ojos de ese correligionario aún más abatido, él representaba la imagen del éxito egoísta. Le habría gustado poder recrearse en la idea de que la Promiscuous le había «llamado»; pero, pensaran lo que pensasen en las oficinas de esta revista sobre algunos de los vuelos de su fantasía, no eran poco firmes las sospechas que de vez en cuando le asaltaban de que allí él no pasaba de ser un pesado al que se habían llegado a habituar. Lo único claramente halagüeño era la circunstancia de que la Promiscuous rara vez publicaba obras de ficción. Esto significaba que iba a verse envuelto en la desviación de un hábito solemne, cosa que le permitiría resarcirse con creces de una de las frases de las primeras e inexorables notas del señor Locket, una frase que aún le reconcomía y que aludía a la falta de síntomas que en él se daban del verdadero don para la creación. «No parece usted capaz de sostener un personaje», había afirmado en alguna otra parte aquel instructor desalmado. Peter Baron, arrinconado en su asiento mientras el tren se detenía, observó, entre las tinieblas de las farolas de gas, la sección de literatura de un quiosco, preguntándose qué personaje habría caído ahora hecho pedazos. Siempre se le había antojado una verdadera tortura el designio de quien posee un espíritu creador pero carece de una mano creadora.
Habría que consignar, no obstante, que antes de emprender su peregrinación al despacho del señor Locket, había llamado brevemente su atención un incidente ocurrido en Jersey Villas. Al dejar la casa (vivía en el número 3, frente a un pequeño jardín que daba a la calle), se tropezó con la dama que la semana anterior había tomado posesión de las habitaciones de la planta baja, los «saloncitos», para decirlo con la terminología de la señora Bundy. La había oído, y dos o tres veces, desde la ventana, hasta la había visto entrar y salir, y esta observación había originado en él, en lo más hondo, una vaga predisposición en su favor. Tal predisposición, ciertamente, se había visto sometida a una prueba de fuerza; saltaba a la vista que la mujer tenía unos andares gráciles, pero no era menos evidente que tenía también un piano vertical. Y además un niño y una voz muy dulce, cuyo tono Baron había captado no por sus cantos (ella sólo tocaba), sino por las alegres reprimendas que echaba a su hijo, a quien de vez en cuando autorizaba a explayarse –con ciertas restricciones muy notoriamente encarecidas– en la minúscula y ennegrecida parcela que, a modo de patio de entrada, pretendía marcar, dentro de la humilde alineación, los lindes de cada casa. Jersey Villas estaba formado por una sucesión de viviendas semiadosadas, de dos en dos, y la señora Ryves –tal era el nombre con que la nueva inquilina se presentó– había sido admitida en el vecindario confesa de actividad musical. La señora Bundy, la discreta propietaria del número 3, que consideraba sus «saloncitos» (de doce pies cuadrados) más tentadores, si cabe, que la segunda planta con la que había tenido que conformarse Peter Baron..., la señora Bundy, que se reservaba la sala para un eventual negocio de costura, había discutido por anticipado, largo y tendido, la cuestión de la nueva inquilina con nuestro joven, recordándole que el afecto que por él sentía era una prueba, en igualdad –por lo demás– de condiciones, de su decidida preferencia por los inquilinos con talento.
Éste era el caso de la señora Ryves; había convencido a la señora Bundy de que no era una simple musicastra. La señora Bundy confesó a Peter Baron su propia debilidad por las canciones bonitas, y Peter pudo honradamente responder que su oído no era menos sensible. El «arte» de la inquilina iba a tener la palabra. El piano de la señora Ryves le amargaría la vida si ésta se revelaba torpe de dedos o vulgar de repertorio; pero si tocaba cosas simpáticas y las tocaba de una forma simpática, más bien iba a serle útil a su hora de fumar la pipa de la «forma». La señora Bundy, deseosa de alquilar sus dependencias, garantizó un talento de primera por parte de la desconocida, y la señora Ryves, que evidentemente sabía a ciencia cierta lo que se traía entre manos, no había desmerecido de esta predicción un tanto precipitada. No tocaba nunca por la mañana, que era cuando Baron trabajaba, y éste se encontró escuchando con placer, a otras horas, sus acordes tristes y decorosos. Baron entendía poco de música, y la única crítica que habría hecho del concepto que de ella tenía la señora Ryves era que parecía consagrado a la melancolía. No es que, con todo, le desagradasen esos acordes; flotaban, al contrario, como una especie de réplica consciente a algunas de sus dudas y cavilaciones. Por todo ello habría reinado una suma armonía en aquel lugar de no haber sido por el singular mal gusto del número 4. El piano de la señora Ryves estaba en el lado exterior de la casa y la señora Bundy no lo consideraba sujeto a más objeción que la de su propio caballero, que era un hombre muy razonable. No era ésta, sin embargo, cosa que pudiera decirse del caballero del número 4, que ni siquiera tenía, como el señor Baron, la excusa de ser «literato» (tenía un bull-terrier y cinco sombreros: toda la calle podía dar buena cuenta de ellos), y al que uno, de hacer caso a la señora Bundy, debía suponer aislado del odioso instrumento por paredes y pasillos, obstáculos y distancias, de maciza estructura y extensión fabulosa. Dicho caballero había adoptado una actitud que había entrado ahora en la fase de la correspondencia y los compromisos; pero era la opinión del vecindario más próximo que él mismo nada tenía que hablara en su favor, y, aunque en cualquier otra materia el parecer de Jersey Villas habría podido ser indiferente, no lo era en absoluto en lo tocante a los aciertos y errores de las patronas.
El hijo de la señora Ryves estaba en el jardín cuando Peter Baron salió de casa, y su madre, al parecer, se había asomado un momento, sin ponerse el sombrero, para comprobar que no estuviera haciendo nada malo. Discutía con él las responsabilidades que podían derivarse de pasar una cuerda por los barrotes de hierro de la verja y pretender que estaba montando un «caballito»; pero sucedió que, al ver al otro inquilino, se apoderó del niño una intuición más afinada de lo que podía ser cabalgable. A golpes de brida y al grito de «¡Arre, caballito!», se lanzó contra Baron de una forma que produjo en la madre cierto refinado embarazo. Baron encajó la embestida subiéndose al niño sobre los hombros y fingiendo encabritarse por un momento, de tal manera que, una vez concluida la representación –duró sólo unos segundos–, el joven se sintió como si ya se hubieran hecho las presentaciones con la señora Ryves. La sonrisa de ésta le pareció encantadora, y una impresión así acorta todo género de distancias. Le dijo:
–Oh, gracias... No debe permitir que le moleste. –Y entonces, viendo que el joven, después de dejar al niño en el suelo y descubrirse a modo de saludo, se disponía a marcharse, añadió–: Es muy amable de su parte no quejarse del piano.
–Personalmente me encanta... Toca usted divinamente –dijo Peter Baron.
–Tengo que tocar, ya ve... No sé hacer otra cosa. Pero a los vecinos de al lado no les gusta, y eso que mis habitaciones, ya lo sabrá usted, no dan a las suyas. Por eso le agradezco la oportunidad que me brinda de poder decirles que a usted, que vive en la casa, no le parezco un engorro.
Sus palabras le daban un aire amable y vivaz y, cuando los ojos del joven se posaron sobre ella, la tolerancia de la que se había declarado deudora le pareció la menor de las indulgencias que de él podía esperar. Pero sólo rió y dijo:
–Oh, no, ¡usted no es ningún engorro! –Y sintió que las presentaciones estaban cada vez más hechas.
El niño, que
