El ejército perdido

Valerio Massimo Manfredi
Valerio Massimo Manfredi

Fragmento

Personajes principales

Personajes principales

Abira es la voz narradora de la novela.

Abisag, chiquilla que socorre a Abira.

Agasias de Estinfalia, comandante de una de las grandes unidades del ejército griego.

Agias de Arcadia, comandante de una de las grandes unidades del ejército griego.

Anaxibio, almirante espartano de estancia en Bizancio.

Arcágoras, oficial griego. Arieo, comandante del contingente asiático del ejército de Ciro.

Aristónimo de Metidrio, soldado griego, uno de los más valerosos del ejército.

Artajerjes, el Gran Rey, hermano de Ciro y emperador de los persas.

Calímaco, soldado griego.

Ciro, segundogénito del rey de Persia, gobernador de Lidia.

Cleanor de Arcadia, comandante de una de las grandes unidades del ejército de los Diez Mil.

Clearco, comandante espartano del cuerpo expedicionario de los mercenarios.

Cleónimos de Metidrio, uno de los más valerosos soldados griegos.

Ctesias, médico griego de Artajerjes.

Demetrio, jovencísimo soldado griego.

Deuxippo, soldado griego.

Durgat, prisionera persa, en otro tiempo al servicio de la reina Parisatis.

Epicrates, oficial griego.

Eupito, tenagrino, lugarteniente de Próxeno.

Euríloco de Lusio, jovencísimo soldado griego.

Falino, enviado del Gran Rey.

Glus, jinete bajo el mando de Arieo.

Jantias ( Janticles) de Acaia, comandante de una de las grandes unidades.

Jeno ( Jenofonte), joven guerrero ateniense, se alista en el ejército mercenario de Ciro para llevar el diario de la expedición.

Licio de Siracusa, comandante de caballería junto con Jeno.

Lystra, joven prostituta del séquito del ejército.

Masabate, eunuco persa.

Melisa, concubina de Ciro.

Menón de Tesalia, comandante de una de las grandes unidades.

Mermah, chiquilla que socorre a Abira.

Mitrídates, general persa.

Neón de Asine, oficial del batallón de Sócrates y ayuda de campo de Sofo.

Neto (Sofaineto) de Estinfalia, oficial griego.

Nicarco de Arcadia, joven soldado griego.

Parisatis, reina de Persia, madre de Artajerjes y de Ciro.

Próxeno de Beocia,comandante de una de las grandes unidades, amigo de Jeno.

Seutes, rey bárbaro de Tracia.

Sócrates de Acaia, comandante de una de las grandes unidades.

Sofo (Quirísofo), único oficial regular de alta graduación del ejército espartano.

Timas (Timasión) de Dardania, comandante de una de las grandes unidades.

Tiribazo, sátrapa de los armenios y «ojo del Gran Rey».

Tisarfenes, cuñado de Artajerjes y general de su ejército.

Sobre el libro

Para evitar el uso de términos griegos poco comprensibles para un público no especializado he recurrido a expresiones más accesibles.

Los estrategas son llamados «comandantes de las grandes unidades»; los locagoi son los «comandantes de batallón»; la palabra de origen árabe harén sustituye a «gineceo». He conservado en cambio las unidades de medida: estadios (unos setenta metros) y parasangas (medida persa equivalente a unos cinco kilómetros).

V. M. M.

El ejercito perdido

1

El viento.

Sopla sin descanso a través de los pasos angostos del monte Amanos como por las fauces de un dragón y se abate violentamente sobre nuestra llanura secando la hierba y los campos. Durante todo el verano.

A menudo también durante la mayor parte de la primavera y del otoño.

De no ser por el riachuelo que desciende de las estribaciones del Tauro, no crecería nada en estos parajes. Solo matojos para magros rebaños de cabras.

El viento tiene su propia voz, continuamente modulada. A veces es un largo quejido que parece que no fuera a aplacarse nunca; otras, un silbo que se cuela de noche por las grietas de los muros, por las rendijas de las hojas de las puertas y las jambas, envolviéndolo todo con una fina neblina y enrojeciendo los ojos y secando las bocas hasta cuando se duerme.

A veces es un rugido que trae consigo el eco del trueno sobre los montes y el chasquear de las tiendas de los nómadas del desierto. Un sonido que penetra en uno y hace vibrar cada fibra del cuerpo. Los viejos dicen que cuando el viento ruge de ese lado algo extraordinario va a suceder.

Hay cinco aldeas en nuestra tierra: Naim, Beth Qada, Ain Ras, Sula Him y Sheeb Mlech. En total viven en ellas unos pocos cientos de personas y todas se alzan sobre un pequeño realce del terreno formado por los restos de otras aldeas disgregadas por el tiempo, construidas y luego abandonadas y reconstruidas de nuevo unas sobre otras en el mismo sitio, con el mismo barro secado al sol. Los administradores del Gran Rey las llaman «las aldeas de Parisatis» por el nombre de la Reina Madre.

Las llaman también «las aldeas del cinturón» porque todo nuestro trabajo, todo lo que producimos y conseguimos vender, todo lo que nos sirve para sobrevivir está destinado a comprar todos los años un nuevo y precioso cinturón para el traje de la Soberana. Al final del verano llega un persa ricamente ataviado escoltado por numerosos soldados de la guardia para llevarse las ganancias que nuestros padres han acumulado a lo largo de un año de durísimo trabajo. Ello nos expone al riesgo del hambre y a la certeza de la miseria solo para comprar otro cinturón a una mujer que tiene ya docenas y seguramente no necesita ninguno más. Y también se nos dice que para nosotros ello es un honor del que deberíamos sentirnos orgullosos. No todo el mundo tiene el privilegio de proveer a un jefe de guardarropa para un miembro tan importante de la casa real.

He tratado muchas veces de imaginarme esa casa, pero no lo consigo, tales y tantas son las historias que circulan sobre esa morada hiperbólica. Hay quien dice que está en Susa, otros que en Persépolis, o también en Pasagarde, en la gran llanura. Quizá se encuentra en todos esos lugares al mismo tiempo, tal vez en ninguno. O quizá se alza en un lugar equidistante de todas esas ciudades.

Yo vivo en una casa con dos habitaciones, una para dormir y otra para comer. El suelo es de tierra batida y quizá por ello lo que comemos sabe a polvo; el techo está hecho de troncos de palmera y de paja. Cuando vamos al pozo a sacar agua, mis amigas y yo, nos paramos a charlar, a dejar volar la imaginación, a costa de ganarnos una paliza cuando volvemos demasiado tarde.

A menudo soñamos despiertas que vemos llegar a un hermoso, noble, amable joven que nos arranca de este lugar donde cada día es igual al anterior, aunque sabemos que esto no sucederá jamás. Pero no por eso estoy menos contenta: me gusta estar en el mundo, trabajar, ir al pozo con mis amigas. Soñar no cuesta nada y es como vivir otra vida: la que todas habríamos querido y que no tendremos jamás.

Un día, mientras íbamos al pozo, la fuerza del viento nos embistió haciéndonos tambalear y doblar hacia delante para aguantar el poderoso empuje. Lo conocíamos: ¡era el viento que ruge!

Todo se vio inmerso en la calina durante un rato, una calina densa que lo oscurecía todo. El disco solar era lo único que se distinguía con claridad, pero su color tenía una insólita tonalidad rosada. Parecía suspendido en la nada, sobre un páramo sin límites ni formas definidas, en un país de espectros.

Y apareció en aquella neblina una forma vaga que parecía moverse fluctuando en el aire.

Un fantasma.

Uno de los espíritus que salen a la hora del crepúsculo de debajo de tierra para adentrarse en la noche apenas se pone el sol en el horizonte.

—Mirad —les dije a mis amigas.

La figura se perfilaba, pero el rostro permanecía invisible. A nuestras espaldas oíamos los ruidos del atardecer: los campesinos que volvían de los campos, los pastores que aguijaban a sus ganados hacia los apriscos, las madres que llamaban a los niños. Luego, de repente, se hizo el silencio. El viento que ruge calló, la calina se disolvió lentamente. A nuestra izquierda apareció el soto de doce palmeras que circundaba el pozo; a la derecha, la colina de Ain Ras.

En el centro, ella.

Podía distinguirse ya con contornos nítidos: su figura, el rostro enmarcado por unos largos cabellos oscuros. Una mujer joven, hermosa aún.

—¡Mirad! —repetí. Como si aquella imagen no fuera ya el centro de la atención de todas. La figura delgada avanzaba lentamente como si notara todo el peso de las miradas sobre ella a cada paso que la acercaba a la entrada de Beth Qada.

Nos giramos y vimos que muchos hombres se habían reunido en la entrada del pueblo formando una muralla ante la proximidad de la mujer. Hubo quien gritó algo: unas palabras terribles, cargadas de una violencia desconocida para nosotras. También acudieron las mujeres y una de ellas gritó… «¡Vete! ¡Vete mientras estés a tiempo!», pero ella no lo oyó o no quiso oírlo. Continuó su camino. También ahora el peso de aquel odio se dejaba sentir sobre ella y la oprimía, dificultándole el paso.

Un hombre se agachó para coger una piedra del suelo y se la lanzó. Casi dio en el blanco. Otros también cogieron piedras y las lanzaron contra la mujer, que se tambaleó. Una le dio en el brazo izquierdo e inmediatamente después otra en la rodilla derecha hizo que se cayera. Volvió a levantarse a duras penas. En vano buscaba con la mirada entre aquella multitud feroz un rostro amigo.

También yo grité:

—¡Dejadla estar! ¡No le hagáis ningún daño!

Pero nadie me escuchó. El apedreamiento se transformó en una granizada. La mujer cayó de hinojos.

Aunque no la conociera, ni supiera nada de ella, veía en su resistencia bajo una lluvia de piedras algo de milagroso, un acontecimiento nunca visto en aquel olvidado rincón del Imperio del Gran Rey.

La lapidación continuó hasta que la mujer dejó de dar señales de vida. Luego los hombres se dieron la vuelta y regresaron al pueblo. Pensaba que no tardarían en sentarse a la mesa y partirían el pan para sus hijos y comerían lo que les habían preparado sus mujeres. Matar a pedradas, de lejos, no mancha las manos de sangre.

Mi madre debía de estar entre aquel gentío porque oí que me llamaban:

—¡Ven aquí, estúpida, vamos!

Estábamos todas petrificadas por lo que habíamos visto: algo que no hubiéramos sido capaces de imaginar. Yo fui la primera en volver a la realidad y me fui para casa. Venciendo el horror, pasé a poca distancia del cuerpo de aquella desconocida, lo bastante cerca para ver un riachuelo de sangre que salía de debajo de las piedras y teñía el polvo de rojo. Pude ver su mano derecha y sus pies, también ensangrentados, luego aparté la vista y me alejé deprisa, llorando.

Mi madre me recibió con un par de bofetones y poco faltó para que yo dejara caer el cántaro del agua. No tenía ningún motivo para pegarme, pero imaginé que quería desahogar la tensión y la angustia que había sentido al ver matar a pedradas a una persona que no había hecho ningún daño a nadie.

—¿Quién era esa mujer? —pregunté sin preocuparme del dolor.

—No lo sé —respondió mi madre—. Y ten la boca callada.

Comprendí que mentía; no hice más preguntas y me puse a preparar la cena. Mientras estaba poniendo la mesa entró mi padre; comió cabizbajo sobre su plato y sin decir palabra. Luego se fue a la otra habitación y poco después oímos su pesada respiración. Mi madre se reunió con él cuando llegó el momento de encender la lucerna y yo le pedí que no me dejara acostarme aún. No dijo nada.

Pasó un buen rato. La última claridad del atardecer se apagó y cayó la noche, una noche de luna nueva. Me había sentado cerca de la ventana, que mantenía entreabierta para ver las estrellas. Se oía ladrar a los perros: quizá olían el olor a sangre o la presencia de aquel cuerpo desconocido que yacía allí fuera cubierto de piedras. Me preguntaba si al día siguiente le darían sepultura o si la dejarían pudriéndose bajo las piedras.

El viento en cambio callaba, como si aquel crimen lo hubiera enmudecido también a él, y todos dormían ya en Beth Qada. Pero yo no. No habría podido abandonarme nunca al sueño porque sentía que el espíritu de aquella mujer vagaba inquieto por las calles de la aldea amodorrada buscando a alguien a quien afligir con su propio tormento. Incapaz de aguantar la angustia que me dominaba en la oscuridad de mi casa e incapaz de dormirme sobre la estera extendida en un rincón de la cocina, salí finalmente y ver la inmensa bóveda celeste estrellada me infundió un poco de paz. Dejé escapar un largo suspiro y me senté en el suelo junto a la pared tibia aún y allí me quedé con los ojos abiertos en la oscuridad esperando que se calmara el latido de mi corazón.

Al cabo de un rato advertí que no era la única que no podía conciliar el sueño: una sombra pasó a escasa distancia de mí, silenciosa, pero sus andares era inconfundibles y reconocí a una de mis amigas.

La llamé:

—Abisag.

—¿Eres tú?… Me has dado un susto de muerte.

—¿Adónde ibas?

—No consigo pegar ojo.

—Tampoco yo.

—Voy a ver a esa mujer.

—Está muerta.

—Pues, entonces, ¿por qué siguen ladrando los perros?

—No lo sé.

—Porque huelen que está viva y tienen miedo.

—Tal vez temen que su espíritu los atormente.

—Los perros no les temen a los muertos. Solo los hombres. Yo voy a ver.

—Espera, voy contigo.

Nos pusimos en camino juntas, conscientes de que, si nuestras familias se enteraban, nos molerían a palos. De camino, al llegar cerca de casa de Mermah, nuestra otra amiga, la llamamos en voz baja desde debajo de la ventana y dimos unos golpes con los nudillos en el postigo. Debía de estar despierta, porque nos abrió inmediatamente y, cuando se disponía a salir, también llegó su hermana y se unió a nosotras.

Caminamos al arrimo de las paredes hasta salir de la aldea y en pocos momentos llegamos al lugar donde había sido lapidada la extranjera. Un animal huyó a nuestra llegada: un chacal, probablemente, atraído por el olor de la sangre. Nos detuvimos delante de aquel montón informe de piedras.

—Está muerta —dije—. ¿Qué hemos venido a hacer aquí?

No había terminado de decirlo cuando una piedra desplazada rodó sobre las demás.

—Está viva —dijo Abisag.

Nos inclinamos sobre ella y comenzamos a retirar las piedras una por una, sin hacer el menor ruido, hasta que la liberamos completamente. Con aquella oscuridad no conseguimos verle siquiera la cara. En cualquier caso, era una máscara tumefacta, con los cabellos pegoteados de sangre y de polvo. Pero su vena yugular palpitaba y por su boca salía un leve estertor. Estaba indudablemente viva, pero por lo que parecía podía morir en cualquier momento.

—Llevémonosla —dije.

—¿Y adónde? —preguntó Mermah.

—A la cabaña que hay cerca del torrente —propuso Abisag—. No la utiliza ya nadie desde hace mucho tiempo.

—¿Y cómo vamos a hacerlo? —preguntó de nuevo Mermah.

Tuve una idea:

—Quitaos la ropa. Al fin y al cabo no nos ve nadie.

Las muchachas hicieron lo que les pedía intuyendo lo que tenía en mente y se quedaron casi desnudas.

Extendí las ropas y las anudé para formar una especie de ancha tela que pusimos en el suelo al lado de la mujer. Luego, con sumo cuidado, la cogimos de las manos y de los brazos, la levantamos y la depositamos encima. Cuando la levantamos del suelo dejó escapar un lamento, porque sus miembros debían de estar machucados y nosotras tratamos de levantar la tela con la máxima delicadeza. La pobre debía de estar en los huesos, pues no nos pareció pesada ni siquiera para unas chiquillas como nosotras. Conseguimos trasladarla hasta la cabaña sin excesivo esfuerzo, deteniéndonos de vez en cuando para descansar y recuperar el aliento.

Le preparamos una yacija con paja, heno y una estera. La lavamos con agua fresca y la cubrimos con una tela de arpillera. No pasaría frío en aquella noche templada, pero de todos modos este era el problema menos importante. Ninguna de nosotras sabía si sobreviviría a aquella noche o si al día siguiente la encontraríamos muerta. Pensamos que no podíamos hacer nada más por ella en ese momento y que lo mejor era volver a casa antes de que nuestros padres advirtieran nuestra ausencia. Lavamos también nuestros vestidos en el torrente porque se habían manchado de sangre y los llevamos a casa esperando que se secaran durante la noche.

Antes de separarnos acordamos socorrer por turnos a nuestra protegida, si es que sobrevivía, para llevarle comida y agua hasta que estuviera en condiciones de cuidar de sí misma. Juramos que no se lo diríamos a nadie, que aquel sería nuestro secreto y que no lo traicionaríamos por nada del mundo, aun al precio de nuestra vida.

No nos dábamos cuenta de lo que aquello significaba, pero sabíamos que para que un juramento fuera válido debía incluir unas afirmaciones tremendas. Nos separamos con un largo abrazo: estábamos cansadas, emocionadas, extenuadas, pero al mismo tiempo tan excitadas que tal vez no íbamos a conseguir pegar ojo.

Empezó a soplar de nuevo el viento y siguió así hasta el amanecer, cuando el canto de los gallos despertó a los vecinos de Beth Qada y de las otras Aldeas del Cinturón.

Lo primero que advirtieron los hombres al salir al campo a trabajar fue que la mujer lapidada había desaparecido, lo cual los dejó consternados a todos. Corrieron extrañas habladurías entre la gente, la mayoría de ellas aterradoras, de modo que nadie quiso indagar: preferían olvidar aquella acción sangrienta que de algún modo los había contaminado a todos. Así pudimos, sin llamar la atención, cuidar de la mujer que habíamos salvado de una muerte segura.

Éramos por aquel entonces nada más que unas niñas y habíamos llevado a cabo una empresa que nos superaba con creces. Ahora nos asustaban sus consecuencias. ¿Lograríamos mantenerla con vida? No sabíamos cómo prestarle asistencia y tampoco cómo conseguiríamos comida para alimentarla si sobrevivía. Mermah tuvo una idea que nos sacó del aprieto. Una vieja cananita vivía sola en una especie de guarida abierta en el terraplén que impedía al torrente desbordarse en los días de crecida. Preparaba ungüentos y pociones de hierbas con los que curaba las quemaduras, la tos y las fiebres malignas a cambio de comida y de algún andrajo con el que cubrirse. Era conocida como «la Muda» porque no sabía hablar o tal vez porque no había querido hacerlo nunca. Fuimos a verla a la tarde siguiente y la llevamos a la cabaña.

La mujer todavía respiraba, pero cada vez que expiraba aire parecía el último aliento.

—¿Puede hacer algo por ella? —preguntamos.

La Muda pareció no haber oído lo que habíamos dicho, pero se inclinó sobre la desconocida que estaba en las últimas. Cogió un saquete de cuero de su cinturón y derramó el contenido dentro de un cubilete que llevaba colgado de su bastón, luego hizo un amago de acercarse a la mujer, pero se interrumpió. Se volvió hacia nosotras y nos hizo seña de que nos fuéramos.

Miré dubitativa a mis compañeras, pero la vieja nos amenazó con el bastón, de modo que nos precipitamos afuera sin pérdida de tiempo. Esperamos hasta que de la cabaña salió un grito que nos dejó heladas. Ninguna de nosotras se movió; nos quedamos sentadas en el suelo hasta que la vieja salió para dejarnos entrar. Atisbamos desde la puerta y vimos que la desconocida dormía. La vieja nos hizo seña de que regresáramos al día siguiente y que le trajéramos algo de comer: le indicamos por señas que así lo haríamos y nos alejamos a regañadientes volviendo la vista atrás de vez en cuando. La Muda no volvió a salir. Pensamos que tal vez se quedaría con ella durante toda la noche.

Volvimos al día siguiente con leche de cabra y sopa de cebada. La Muda había desaparecido, pero la desconocida abrió sus ojos tumefactos al entrar nosotras y nos miró con una expresión intensa y doliente. La ayudamos a tomar ese poco de alimento y nos quedamos un rato velándola después de que se hubiera dormido de nuevo.

Pasaron así varios días durante los cuales vimos varias veces a la Muda entrar y salir de la cabaña, durante ese tiempo no salió ni una sola palabra de nuestras bocas. Guardábamos nuestro secreto tratando de comportarnos de forma que no despertáramos sospechas en nuestras familias y en los vecinos de la aldea. La mujer estaba recuperándose lentamente, pero era evidente cierta mejoría. Las tumefacciones iban desapareciendo poco a poco, los morados habían disminuido y las heridas tendían a cicatrizarse.

Debía de tener algunas costillas rotas porque respiraba de forma entrecortada y evitaba expandir el tórax. Probablemente no había un solo palmo de su cuerpo que no le doliese, que no hubiera sido martirizado por la cruel lapidación sufrida.

Estaba sola con ella cuando abrió los ojos, un día de mediados de otoño con las primeras luces. Le había llevado un poco de sopa de cebada y de zumo de granada que habíamos preparado todas juntas. Dijo una sola palabra:

—Gracias.

—Me alegro de que estés mejor —respondí—, se lo diré a mis amigas. También ellas se pondrán contentas.

Suspiró y volvió la cabeza hacia el ventanuco por el que entraban los rayos del sol.

—¿Puedes hablar? —le pregunté.

—Sí.

—¿Quién eres?

—Me llamo Abira y soy de este pueblo, pero tú quizá no te acuerdes de mí.

Indiqué que no con la cabeza.

—¿Por qué te lapidaron? ¿Por qué trataron de matarte?

—Porque hice algo que una muchacha honesta no debería hacer nunca y ellos no lo olvidaron. Me reconocieron, me condenaron y trataron de matarme.

—¿Tan terrible fue lo que hiciste?

—No. A mí no me lo parecía. No creía hacer daño a nadie, pero hay leyes aceptadas por todos que rigen nuestra vida desde hace mucho tiempo y que no es lícito infringir. Sobre todo para las mujeres. Para nosotras la ley es despiadada.

Estaba cansada y no insistí más, pero a medida que la vi mejorar y recuperar las fuerzas volví a su lado con mis amigas para escuchar, día tras día, su historia.

Durante una serie de extrañas circunstancias Abira, en el curso de su aventura, había entrado en contacto con personas de la más diversa procedencia, un joven en particular, bello y misterioso, como tantas veces habíamos soñado en nuestras conversaciones en el pozo, y luego también hombres y mujeres que les habían contado lo que sabían o que habían aprendido en el curso de sus turbulentas peripecias; y, así, habían confluido en ella muchas historias distintas para formar una sola, grande y terrible, como cuando en la estación de las lluvias cada wadi se convierte en un torrente y cada torrente vierte sus aguas en el río que crece y ruge y al final rompe los diques y anega la campiña arrasándolo todo: casas, hombres y ganados.

Era una historia de aventura, de amor y de muerte, vivida por miles de personas, que había trastornado la existencia de Abira arrancándola de la vida tranquila y monótona de Beth Qada, nuestra aldea, una de las cinco Aldeas del Cinturón. Pero, al comienzo, aquella historia tan impresionante y sobrecogedora que implicó a casi todo el mundo había sido solamente… la historia de dos hermanos.

2

—¿Por qué quisieron lapidarte? —le pregunté un día que parecía haber ya recuperado las fuerzas.

—¿Fue a causa de los dos hermanos de los que nos hablaste? —preguntó Abisag.

—Fue por mí —respondió—. Pero no habría ocurrido sin la historia de los dos hermanos.

—No comprendo —le dije.

—En aquel tiempo —comenzó diciendo ella— tenía poco más que la edad que tú tienes ahora. Trabajaba en el campo para mi familia, llevaba a pacer el ganado e iba al pozo a sacar agua con las amigas, igual que vosotras. La vida era siempre la misma, lo único que cambiaba era nuestro trabajo cuando cambiaban las estaciones. Mis padres ya habían elegido un esposo para mí, un primo mío de cabellos estoposos, con la cara llena de forúnculos: una manera de mantener unido el modesto patrimonio de nuestro clan. Eso no me inquietaba y mi madre me había explicado ya cómo serían las cosas: una vez casada, quiero decir. Seguiría trabajando en lo mismo, además mi primo me dejaría embarazada y tendría hijos. Por la manera en que me lo explicaba no parecía tan terrible y era algo que ya muchas mujeres habían hecho: nada de que preocuparse. Una vez, una de las raras veces que mi madre estaba de buen humor, me confió también un secreto: había mujeres que sentían placer en hacer eso con los hombres. Era lo que la gente llama amor, que normalmente no se producía con el marido elegido por la familia, sino con otros hombres que les gustaban a ellas.

»No comprendía muy bien qué trataba de decirme, pero mientras hablaba los ojos se le iluminaban y parecía seguir con la mirada imágenes lejanas ya perdidas.

»“¿Te sucedió también a ti, mamá?”, le pregunté.

»No. A mí no —respondió bajando la cabeza—, pero conozco a mujeres a las que les ha pasado y por la manera como lo contaban debe de ser la cosa más bonita del mundo: algo de lo que cualquiera puede gozar. No hay que ser ricos, o nobles, o instruidos, solo hay que encontrar a un hombre que te guste. Te gusta tanto que no sientes vergüenza de desnudarte delante de él y cuando te toca no sientes ninguna repugnancia…, es más, al contrario. Y también tú deseas lo que él desea y su deseo se une al tuyo liberando una energía poderosísima más embriagadora que el vino y que provoca un éxtasis extremo, algo que dura unos pocos minutos, a veces unos pocos instantes, nos hace semejantes a los Inmortales y vale por años enteros de vida monótona e insulsa.

»Si no había comprendido mal, mi madre trataba de darme a entender que también la vida de una mujer podía en ciertos momentos, aunque fuera por poco, ser como la de una diosa.

»Aquellas palabras me llenaron de una extraña excitación, pero también de una honda tristeza, porque estaba convencida de que el primo de cara granujienta no provocaría en mí esas emociones en toda la vida. Lo soportaría porque así debía ser. Nada más ni nada menos.

»El día en que me iba a unir a él para el resto de mi vida estaba ya a la vuelta de la esquina y cuanto más se acercaba más distraída me volvía, más incapaz de prestar atención a mis tareas cotidianas. Mi mente estaba ausente, era incapaz de dejar de pensar en el hombre que podría hacerme sentir lo que mi madre me había dicho. El hombre al que desearía enseñarle mi cuerpo antes que esconderlo, el que querría que me estrechase entre los brazos, el que querría contemplar al despertar a mi lado sobre la estera, acariciado por la luz del sol naciente.

»A veces lloraba porque lo deseaba tanto y sabía que no lo encontraría nunca. Miraba a mi alrededor pensando que se escondía en alguna parte; que quizá fuera uno de los muchos jóvenes que vivían en nuestras aldeas. Pero ¿estaba segura? ¿Cuántos jóvenes podía haber en las Aldeas del Cinturón? ¿Cincuenta? ¿Cien? Seguro que no más de cien y todos los que yo conocía o a los que me había acercado apestaban a ajo y tenían el pelo lleno de cascabillo. Acabé por convencerme de que se trataba de fantasías de mujeres que deseaban algo distinto de una vida siempre igual, llena de embarazos, partos, fatigas, palos.

»Y en cambio sucedió.

»Un día, en el pozo.

»A primeras horas de la mañana.

»Estaba sola y, tras haber bajado el ánfora con las cuerdas, trataba de subirla apoyándome en el otro extremo del contrapeso. Estaba trajinando con un pedrusco para fijarlo en el suelo cuando noté que, del otro lado, el peso del ánfora había disminuido y levanté la cabeza para mirar.

»Era así como yo había imaginado siempre a un dios: joven, hermosísimo, con la piel tersa, el cuerpo moldeado y armonioso, las manos fuertes y delicadas al mismo tiempo, y una sonrisa encantadora que deslumbraba como los rayos del sol que empezaba a nacer a sus espaldas.

»Bebió de mi ánfora y el agua le inundó el pecho volviéndolo reluciente como el bronce, luego me miró fija e intensamente a los ojos, yo sostuve y devolví su mirada con la misma intensidad.

«Posteriormente tuve ocasión de aprender que es la vida la que puede hacernos semejantes a las bestias o a los dioses, o el lugar donde el destino nos ha hecho nacer y donde nos hará morir humillando nuestros sueños y desilusionando nuestras esperanzas. Es la vida la que puede volver terso el cuerpo con las competiciones atléticas o con la danza e iluminar nuestra mirada con el ardor de los sueños y de la aventura. Era aquella luz que veía en los ojos del joven que tenía enfrente con el ánfora en la mano, en el pozo de Beth Qada, una mañana de finales del verano de mis dieciséis años, pero en aquel momento pensé que la energía que veía brillar en su mirada y la belleza que resplandecía en su persona eran aspectos de una naturaleza distinta y superior.

»Era él el hombre que mi madre había pintado con sus palabras, el único al que podía desear y por el que quería ser deseada. En un instante, mientras me levantaba dejando el contrapeso, sentí que mi vida estaba cambiando y que ya no sería la misma. Sentí una alegría inmensa y un gran miedo al tiempo, una sensación de vértigo que me dejaba sin respiración.

»Se acercó y conseguí pronunciar con mucho esfuerzo unas pocas palabras en mi lengua mientras señalaba al caballo que tenía a sus espaldas del que pendían las armas. Era un guerrero y precedía a un gran ejército que avanzaba detrás de él a pocas horas de distancia.

»Nos hablamos solamente con miradas y gestos, pero ambos comprendimos lo esencial. Me acarició la mejilla con la mano, se demoró un poco en mis cabellos y yo no me moví. La proximidad me transmitía sus emociones, notaba sus vibraciones y su intensidad en la hora tan tranquila y silenciosa de la mañana. Le di a entender que tenía que irme y pienso que por la expresión de mi rostro podía darse cuenta de cuánto ello me disgustaba. Entonces él indicó un pequeño palmeral cercano al río y trazó unos signos en la arena que representaban su respuesta: me esperaría allí a medianoche, y yo sabía ya que iría a la cita al precio que fuese, pasara lo que pasase. Antes de aceptar en mi más celosa intimidad a mi primo y el olor a ajo que despedía, quería saber qué significaba de verdad el amor y —aunque fuese solo por unos pocos instantes —saber qué se sentía al ser semejante a un Inmortal, entre los brazos de un joven dios.

»El ejército llegó a la caída de la tarde y el espectáculo dejó a todos en el más atónito estupor: viejos y jóvenes, mujeres y niños. Podría decir que la población de las cinco Aldeas del Cinturón al completo había corrido a ver lo que estaba pasando. Nadie había visto jamás un espectáculo similar. Miles de guerreros a caballo y a pie vestidos con túnicas y bombachos, con espadas, lanzas y arcos, avanzaban desde septentrión hacia el mediodía. A la cabeza de cada sección había oficiales ataviados con los más fastuosos trajes, con armas que centelleaban al sol, y delante de todos, rodeado de su guardia pretoriana, un joven de figura esbelta y erguida, de tez aceitunada y de barba muy negra y bien cuidada. Después supe quién era, y no olvidaría ya nunca a uno de los dos hermanos a los que me he referido. Hermanos enemigos. Su lucha sangrienta trastornaría el destino de innumerables seres humanos, como paja ante el ímpetu del oleaje.

»Pero lo que más me impresionó fue una sección de aquel ejército: hombres vestidos con túnicas cortas, cubiertos de bronce en el pecho. Embrazaban enormes escudos del mismo metal y llevaban sobre los hombros unos mantos rojos. Posteriormente me enteré de que eran los más fuertes guerreros del mundo: nadie podía enfrentarse a ellos en la batalla, nadie podía siquiera esperar derrotarlos. Eran infatigables, capaces de resistir al hambre y a la sed, al calor y al hielo. Avanzaban a pie a paso cadencioso, cantando una nenia al ritmo del son de las flautas. También sus comandantes marchaban junto a ellos y no se distinguían de los demás más que por el hecho de que caminaban fuera de las filas. Durante horas continuaron llegando los destacamentos y, cuando los primeros habían ya plantado las tiendas y comido, los últimos estaban aún de marcha hacia el lugar de parada: nuestras tranquilas aldeas.

»También esto propició mi locura: era tal la curiosidad de los hombres que no quisieron volver siquiera a sus casas para cenar, sino que se hicieron traer por sus mujeres algo de comer para no perderse nada de lo que acontecía. Nadie notó que me alejaba, o quizá lo notó mi madre y no dijo nada.

»Aquella noche era una noche de luna, y el coro de los grillos se dejaba oír cada vez más fuerte a medida que me alejaba de la aldea y del interminable campamento que no cesaba de crecer y se extendía por toda la superficie despejada y abierta. Tuve que mantenerme a distancia del pozo porque se había formado una interminable cola de hombres, asnos y camellos cargados de ánforas y de odres para abastecer de agua al inmenso ejército. Veía en la lejanía el palmeral junto al río que oscilaba con la brisa nocturna y veía brillar bajo la luna el agua que corría a unirse con el gran Éufrates lejano, en oriente.

»Cada paso que me acercaba a la cita me hacía temblar de la emoción y del miedo. Sentía algo que no había sentido en mi vida: una aprensión que me cortaba la respiración y una excitación misteriosa que me hacía sentir ligera como si pudiese echar a volar a cada paso. Recorrí a la carrera el último tramo que me separaba del palmeral y miré a mi alrededor.

»El lugar estaba desierto.

»Quizá me lo había imaginado todo, o tal vez no había interpretado correctamente lo que aquel joven había querido decirme con sus gestos, sus signos, sus palabras forzadas en una lengua para él extranjera. Quizá quería gastarme una broma y se escondía detrás del tronco de una palmera para darme un susto. Entonces miré por todas partes sin encontrar nada. Me negaba a creer que no vendría. Me quedé así todavía un largo rato. No recuerdo cuánto, pero vi descender la luna hacia el horizonte y la constelación de la Osa Mayor perderse entre las cimas lejanas del Tauro. Inútil hacerse ilusiones: me había equivocado y era hora de tomar el camino de vuelta a casa.

»Suspiré y me disponía a volver sobre mis pasos cuando oí un ruido de galope a mi izquierda. Me volví y, en medio de una nube de polvo atravesada por los rayos de la luna, vi claramente al caballo y al joven que lo espoleaba a gran velocidad. En un instante estuvo delante de mí, tiró de las bridas del corcel y saltó a tierra.

»¿Acaso también él había temido no encontrarme? ¿Acaso sentía la misma ansiedad, el mismo deseo, la misma inquietud que agitaban mi espíritu? Corrimos cada uno hacia los brazos del otro, nos besamos con un frenesí casi delirante.

Abira se detuvo, dándose cuenta de que estaba hablando con unas muchachas que no conocían varón y bajó la cabeza confusa. Cuando la levantó lloraba con un apenado abandono, las lágrimas empañaban los ojos y luego brotaban de debajo de los párpados gruesas como gotas de lluvia. Debía de haber amado como ni siquiera podíamos imaginarnos. Y sufrido mucho. De improviso parecía que el pudor de sus sentimientos se hubiese impuesto, que no quisiera contar ya la historia de su pasión a unas jóvenes inexpertas e ingenuas. Nos quedamos mirándola largo rato en silencio sin saber qué decir ni cómo consolarla. Finalmente fue ella quien volvió a levantar la cabeza. Se secó las lágrimas y reanudó su relato.

—Aquella noche comprendí el sentido de las palabras de mi madre y tomé conciencia de que si me hubiera quedado en la aldea, si hubiera seguido mi destino y me hubiera casado con un ser insignificante, indigno de mi espíritu capaz de tales arrebatos pasionales, el mero hecho de intuir sus pensamientos me habría ofendido, cualquier intimidad me habría parecido insoportable. Comprendí que aquel joven que me había amado, trastornado con su pasión, había hecho vibrar mi cuerpo y mi espíritu con la misma intensidad, me había hecho tocar la cara de la luna y el dorso del torrente.

»Nos amamos cada noche, durante los pocos días que el ejército estuvo acampado allí, y a cada hora que pasaba sentía crecer dentro de mí la angustia de la separación inminente. ¿Cómo podría vivir sin él? ¿Cómo podría resignarme a las cabras y a las ovejas de Beth Qada después de haber cabalgado aquel ardiente corcel? ¿Cómo podría soportar la soñolienta modorra de mi aldea tras haber conocido el fuego que abrasaba las carnes e iluminaba los ojos de locura? Me hubiera gustado hablar con él, pero no habría comprendido, y cuando él me hablaba en su lengua, muy agradable y armoniosa, no sentía más que una música confusa.

»La última noche.

»Yacimos sobre la hierba seca bajo las palmeras contemplando las miríadas de estrellas que brillaban entre las hojas y sentía subir dentro de mí las ganas de llorar. Partiría y pronto me olvidaría. Su vida le obligaría a hacerlo; otras etapas, otros pueblos, otras ciudades, ríos, montes y valles y otras gentes. Era un guerrero, prometido con la muerte, y sabía que cada día podía ser el último. Gozaría de otras mujeres, ¿por qué no? Pero ¿qué haría yo? ¿Por cuánto tiempo me atormentaría su recuerdo? ¿Cuántas veces me levantaría en la canícula de las noches estivales, empapada de sudor, despertada por el viento que silba y gime encima de los tejados de Beth Qada?

»Pareció que hubiese intuido mis pensamientos y me pasó un brazo en torno a los hombros atrayéndome hacia él, transmitiéndome su calor. Le pregunté cómo se llamaba para poder llevar conmigo al menos su nombre, pero me respondió con una palabra tan difícil que no conseguí siquiera recordarla. Le dije que yo me llamaba Abira y él repitió sin dificultad: “Abira”.

»De aquella noche recuerdo cada instante, cada susurro, cada murmullo del río, cada zurrir de hojas, cada beso y cada caricia, porque sabía que nunca más tendría nada parecido.

»Volví a casa antes del amanecer, antes de que mi madre se despertase, cuando todavía el viento ahogaba cualquier otro sonido.

»Mientras me metía bajo la manta oí un extraño ruido: un golpetear confuso de miles de cascos en el empedrado, un quedo bufar y relinchar y un rodar de carros de guerra. ¡El ejército había levantado el campamento y partía!

»Abrí un intersticio en la ventana con la esperanza de verle por última vez y me quedé mirando el monótono desfilar de miles de infantes y jinetes, de mulos, asnos y camellos. Pero él no estaba.

»Busqué con la mirada también entre los misteriosos guerreros de manto rojo, pero sus rostros estaban ahora cubiertos por un yelmo de forma extraña que solo dejaba ver los ojos y la boca, una especie de máscara grotesca. Cobré valor y salí al aire libre apoyándome en la pared exterior de mi casa; si no podía verlo yo, tal vez me reconociera él a mí y me mirara fijamente, quizá me hablase o, aunque solo me hiciera una señal de saludo, yo me quedaría mirándolo hasta que hubiera desaparecido de mi vista.

»No pasó nada.

»Volví a tumbarme en mi estera y lloré en silencio.

»El ejército desfiló durante horas y los vecinos de la aldea se dispusieron a ambos lados del camino para observar el imponente espectáculo. Luego los viejos lo compararían con otras cosas vistas en su juventud y los jóvenes lo grabarían en su memoria para contárselo a sus hijos cuando fueran ancianos. Pero a mí no me importaba nada; de todos aquellos miles de hombres solo uno era importante para mí; solo uno era vital.

»¿Adónde se dirigía aquel ejército? ¿Adónde llevaría muerte y destrucción? Pensaba en lo terribles que son los hombres cuando pueden ser crueles, violentos y sanguinarios. Tan distintos de nosotras, tan distintos de las mujeres. Pero el muchacho que había conocido tenía una mirada dulce, una voz cálida y sonora: él era distinto y separarme de él me producía una aguda pena, un dolor que me desgarraba el alma.

»Pues bien, la cosa se pasaría, lo olvidaría como él me olvidaría a mí. Encontraría otras razones para tirar adelante y un día los hijos me harían compañía y darían sentido a mi vida. ¿Qué importaba con quién los tuviera?

»Al final el viento levantó una densa nube de polvo y el ejército desapareció lejos, se disolvió en la calina.

»Durante todo el día sentí sobre mí los ojos de mi madre, suspicaces e inquietos. Debía de parecerle extraña: mi comportamiento, mi mirada, mi mismo aspecto debían de parecer tan turbados que delataban todo lo imaginable. De vez en cuando me preguntaba: “Pero ¿qué te pasa?”, no tanto para obtener una respuesta como para estudiar mi reacción.

»“Nada —respondía yo—. No me pasa nada.” Y el timbre mismo de mi voz, que de un momento a otro podía romper en llanto, desmentía mis palabras.

»El viento amainó hacia el atardecer. Cogí el ánfora y me dirigí hacia el pozo a sacar agua. Fui más tarde que de costumbre para no encontrarme con mis compañeras: sus parloteos y preguntas me habrían molestado. Llegué allí cuando el sol tocaba ya el horizonte, llené mi vasija y me senté en un tronco seco de palmera. Aquella soledad y aquel silencio producían en mí cierto alivio, aplacando la agitación de mi espíritu. Lloraba, en silencio, con cálidas lágrimas, pero en el fondo aquel llanto era un desahogo, una liberación o al menos eso esperaba yo. Las grullas pasaban por el cielo en su largo desfile hacia el sur y llenaban de quejidos el aire.

»Hubiera querido ser como ellas.

»Oscurecía; me puse el ánfora sobre la cabeza y emprendí el camino de vuelta hacia la aldea.

»Me lo encontré de frente.

»En un principio pensé que era una alucinación, una visión que había creado para consolar mi incurable tristeza, pero era realmente él. Había desmontado y venía hacia mí.

»“Ven conmigo. Ahora”, dijo en mi lengua.

»Me quedé atónita. Había pronunciado aquellas palabras sin ninguna vacilación ni error, pero una vez que yo le hube respondido: “¿Y adónde iremos? ¿Puedo despedirme de mi madre?”, él meneó la cabeza. No comprendía. Había aprendido solo aquellas palabras, en la secuencia adecuada, con la pronunciación exacta porque quería asegurarse de que yo comprendiese.

»Las repitió de nuevo y yo, que poco antes habría dado cualquier cosa por oírlas y me sentía desesperada por su ausencia, ahora, ante una elección tan repentina y drástica, tenía miedo. Dejarlo todo: mi casa, mi familia, mis amigas; seguir a un desconocido, a un soldado que podía morir de un momento a otro, en el primer enfrentamiento, en la primera emboscada, en la primera batalla. ¿Qué sería de mí?

»Pero fue un instante. El pensar que si me quedaba no lo volvería a ver nunca más se impuso en mí y respondí sin vacilar: “Voy contigo”. Y él debió de comprender, porque sonrió. ¡También aquellas palabras debía de haberlas aprendido! Montó a caballo, luego alargó la mano hacia mí para que yo la aferrase y me ayudó a subir detrás de él. Puso al animal a paso de andadura, tomando por el sendero que llevaba al mediodía, pasadas las aldeas, pero inmediatamente después vimos a escasa distancia a una muchacha de la aldea que iba al pozo con el ánfora. Ella me vio, me reconoció y se puso a gritar: “¡El soldado se lleva a Abira! ¡El soldado se lleva a Abira!, ¡Corred, corred!”.

»Un grupo de campesinos que volvía de los campos corrió hacia nosotros agitando los útiles de trabajo. Entonces mi joven espoleó al caballo al galope y pasó por en medio de ellos antes de que hubieran podido agruparse para impedirle el paso. Estaban ya muy cerca y vieron perfectamente que era yo quien me cogía a él y no al revés. No era un rapto, era una fuga.

Abira calló de nuevo dejando escapar un sordo gemido. Algunos recuerdos parecían pesar en su corazón, y evocarlos de nuevo reabría en ella unas llagas nunca del todo cicatrizadas. Habíamos comprendido por qué había sido lapidada a su regreso a Beth Qada. Había abandonado a la familia, a los parientes, la aldea, a su prometido para seguir a un desconocido al que se había entregado sin pudor. Había infringido todas las reglas que una muchacha de su condición puede infringir y el castigo que había sufrido debía servir de lección a las demás.

De repente me miró a los ojos y preguntó:

—Mis padres, ¿están todavía en el pueblo? ¿Cómo se encuentran?

Dudé en responder.

—Dime la verdad —insistió, y pareció prepararse para oír noticias desagradables.

Era extraño, pensé, que solo entonces se le hubiera ocurrido preguntar por sus padres. Quizá tenía presentimientos y no se atrevía a verlos confirmados. Fuera lo que fuese lo que pensara, había algo en ella que se me escapaba, un componente enigmático y misterioso que tenía que ver con su supervivencia a una simple matanza. Ella había recorrido la sutil línea que separa la vida de la muerte, ella, pensaba, había mirado más allá de aquella línea y había visto el mundo de los muertos. Aquella pregunta era más que un presentimiento, era la sugestión impresa en su ánimo por una visión.

—Tu madre murió —respondió Abisag—. De fiebres malignas. Poco después de que tú te fueses.

—¿Y mi padre?

—Tu padre vivía cuando volviste.

—Lo sé. Tuve la impresión de que estaba entre quienes tiraban piedras con los demás. Son los hombres los que se sienten deshonrados.

—Murió la noche misma de tu lapidación —dije—. De muerte repentina.

Ante aquellas palabras el cuerpo de Abira se puso rígido, su mirada se tornó fija y vidriosa. Estoy segura de que detrás de su mirada opaca había visiones de los infiernos.

Abisag apoyó una mano sobre uno de sus hombros para hacerla volver a la realidad:

—Dijiste que tu aventura, tu fuga con el soldado, el paso del gran ejército por las Aldeas del Cinturón, todos estos acontecimientos tuvieron su origen en la historia de dos hermanos. Cuéntanos esa historia, Abira.

Se sacudió con un estremecimiento y se apretó el mantón en torno a los hombros:

—En otra ocasión —suspiró—. En otra ocasión.

3

Pasaron varios días antes de que Abira se sintiera con ganas de hablar con nosotras. Mientras tanto le habíamos encontrado pequeños trabajos que hacer a escondidas para que pudiera ganarse la vida. A la larga la desaparición de comida de nuestras casas no pasaría inadvertida. En cualquier caso, siempre que nos mandaban fuera con el rebaño procurábamos llevar provisiones en abundancia para la comida de manera que quedase suficiente para ella.

La ayudamos a reparar la cabaña a fin de que pudiera pasar allí el otoño y el invierno e íbamos a verla siempre que volvíamos de sacar agua del pozo. Así nos enteramos también de muchas cosas. Su enamorado, de nombre muy complicado, le dijo que le llamara simplemente Jeno y la tuvo siempre consigo mientras duró la gran aventura. Fue él quien le contó la historia de los dos hermanos que cambiarían el devenir de nuestro mundo. De otras noticias se enteró por personas que conoció en el curso de aquel interminable viaje.

Por ella tuvimos confirmación de lo que ya habíamos oído contar en parte a nuestros padres en las largas noches de invierno: que uno de aquellos dos hermanos era un príncipe real del Imperio y era él quien mandaba el ejército de paso por nuestras aldeas cuando Abira conoció a su enamorado. Aquella historia que había implicado a tantas vidas y pasado por tantas bocas se había convertido finalmente en patrimonio de aquella mujer frágil y atemorizada que habíamos liberado de un cúmulo de piedras, y que a finales del otoño comenzó a contárnosla a nosotras: a tres muchachas de quince años que no habían visto nunca otra aldea que la suya y no verían ninguna otra durante el resto de su vida.

La Reina Madre Parisatis había tenido dos hijos: el mayor se llamaba Artajerjes, el más joven, Ciro, como el fundador de la dinastía. Cuando el Gran Rey murió dejó el trono al primogénito, según la costumbre. Pero la Reina Madre estaba disgustada porque Ciro era su preferido; era más apuesto, más inteligente, más seductor que su hermano y se parecía a ella; tenía la misma gracia flexible de ella cuando era joven, cuando se había convertido en esposa de un hombre al que detestaba. El hijo mayor, Artajerjes, se parecía a aquel hombre. La Reina obtuvo para Ciro el gobierno de una provincia muy rica, Lidia, situada a orillas del mar occidental, pero en su corazón seguía esperando que un día u otro se presentase la ocasión de encumbrarlo a lo más alto.

Las mujeres poderosas son capaces de acciones que una mujer normal no se atrevería a concebir.

De todos modos, sabía disimular sus pensamientos y sus planes; era capaz de utilizar toda su influencia para conseguir los fines que se había propuesto. La intriga era su pasatiempo preferido después del juego de ajedrez, en el que era muy diestra. Los cinturones eran su pasión.

Llevaba uno distinto cada día, tejidos y bordados: de seda, de lino de la India, de plata y de oro, adornados con fábulas de extraordinaria factura, obra de artesanos de Egipto y de Siria, de Anatolia y de Grecia. Se decía que quería la plata de la lejanísima Iberia solo por su inimitable color lechoso y los lapislázulis de la remota Bactriana solo por el gran núme

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos