Un jardín entre viñedos

Carmen Santos
Carmen Santos

Fragmento

cap-2

1

Febrero de 1927

  

La vida se vuelve ceñuda cuando uno visita por primera vez la tumba de su padre.

Rodolfo se subió el cuello del abrigo, dio una última calada al cigarrillo francés, sacó de la boquilla lo que quedaba, abrió la ventanilla y lo arrojó al exterior. Las viñas bordeaban el camino; un batallón de esqueletos retorcidos, que asomaban de la tierra nevada alzando al cielo sus brazos descarnados, le miraron a través de la niebla que envolvía el automóvil en su gélida humedad. Recordó entonces la última imagen de su padre cuando le despidió en la estación de ferrocarril de Cariñena: plantado en el andén con la solidez de las cepas que cultivaba la familia desde hacía generaciones; algo enjuto por la edad, con el cabello crespo entreverado de canas y el rostro surcado de arrugas, pero todavía fuerte y lleno de vida. Cómo iba a imaginar que el insensato saldría de casa un atardecer invernal y lo encontrarían a la mañana siguiente en su viña preferida, con la cabeza abierta como una sandía madura y la ropa endurecida por la sangre helada. ¿Qué diablos le empujaría a ausentarse a una hora a la que la gente juiciosa se recogía en invierno? ¿Por qué no le retuvo Dionisio? Claro que cuando el viejo se obstinaba, no atendía a razones. Rodolfo resopló. Introdujo las manos en los bolsillos del abrigo. Se le habían quedado heladas pese a sus refinados guantes parisinos. Se sentía culpable por no haber llegado a tiempo para asistir al funeral, pues había tenido que demorarse dos días en París antes de poder emprender el viaje a casa, aunque se dijo que había una buena razón para ello. Esperaba que su padre, dondequiera que se hallara, no le tuviera en cuenta ese retraso.

Se echó atrás en el asiento tapizado en cuero negro del Hispano-Suiza H6B que el viejo se empeñó en comprar cinco años atrás. «No basta con que uno sea rico, también hay que aparentarlo», recordaba que sentenció cuando bajó ufano del automóvil que había recogido el día anterior en Zaragoza, mientras Onofre, recién ascendido de capataz a chófer (se entendía bien con las máquinas, igual cambiaba la rueda de un carro que arreglaba el motor del camión Ford) mantenía abierta la puerta trasera con la marcialidad de un general en su nuevo uniforme, que le había hecho rozaduras en el cuello durante el viaje desde la ciudad.

Rodolfo volvió la cabeza hacia Solange, sentada a su derecha. Sonrió al percatarse del aire desvalido de la joven bajo el sombrero cloché que ocultaba su cabello dorado y le ensombrecía la mirada de aguamarina. Sacó la mano derecha del bolsillo y le apretó el antebrazo. Ella le miró, frunció los labios en una mueca voluntariosa y alzó la barbilla puntiaguda que él tantas veces había besado con labios guiados por el deseo. Habían transcurrido seis meses desde que la descubrió en el lujoso salón de Linda y Cole Porter y, al contemplarla, pensó en la luna llena que bañaba en plata las viñas entre las que se había criado. Y en las hadas de los cuentos que a su padre no le gustaba que leyese por si anidaban en su cabeza pensamientos de muchacha. Seres etéreos que asomaban a sus sueños infantiles, con la piel de resplandeciente nieve y los cabellos de oro puro, y le hacían imaginar que su madre no estaba muerta, sino que ahora era un hada y le visitaba por las noches para que no temiera la oscuridad. Había parpadeado embelesado, sin poder apartar la vista de la flapper que sacudía brazos y piernas al ritmo de ese frenético baile que llamaban charlestón, como si pretendiera arrojar lejos sus extremidades pero siempre decidiera recuperarlas en el último instante. Se fijó en su cabello, liso y muy rubio, cortado à la garçonne, alrededor de la frente una cinta dorada a juego con el vestido, cuya tela, tan ligera que semejaba un velo, destellaba bajo las luces del salón y no sólo mostraba sus esbeltas pantorrillas, sino también las rodillas más hermosas que Rodolfo había visto nunca. Tragó saliva varias veces y acabó boqueando como un pez moribundo colgado del anzuelo. Esa joven se le antojó un sueño que de un momento a otro se desvanecería ante sus ojos, difuminándose poco a poco en una neblina dorada. Tuvo que contenerse para no correr hacia ella y arrebatársela al elefante sudoroso que se retorcía a su lado y, a todas luces, era su acompañante. Esa chica era diferente a todas las mujeres que había conocido a lo largo de su vida. Comparada con las campesinas que ayudaban a los hombres a vendimiar en las tierras de su padre, mujeronas prematuramente envejecidas, de gordos mofletes y piel agrietada por la intemperie, era una diosa recién bajada del Olimpo. Hacía sombra incluso a la madre joven y bella que llevaba años protegiéndole desde lo alto de la chimenea del comedor, prisionera para toda la eternidad en una fotografía que se desvanecía con los años. Y también a Mariana, que le contaba cuentos de hadas cuando de niño se escondía con ella entre las tupidas hojas de las viñas estivales, y que una tarde de calor le permitió depositarle un huidizo beso en la boca. La rubia del vestido brillante y las piernas saltarinas era una estrella recién caída del cielo nocturno para cegar a los hombres con su fulgor. Y cual estrella fugaz se desvaneció aquella noche en la mansión de los Porter, de la mano de su gordo acompañante. Tuvieron que pasar muchos días hasta que volvió a encontrarla donde menos lo habría esperado.

El caserón de los Montero fue perfilándose entre la niebla y devolvió a Rodolfo a la realidad. Sus archiconocidos contornos le inspiraron respeto y, al instante, un miedo helador: a dejar de ser hijo; a verse obligado a administrar el patrimonio heredado y a cuidar de un hermano mayor aplastado por el alcohol y los malos recuerdos; y a que Solange, la chispeante y dorada Solange, se preguntara cualquier mañana por qué le había seguido desde la perpetua fiesta que había sido París hasta ese árido lugar rodeado de viñas y azotado por el viento.

El sueño del difunto Fausto Montero emergió de la bruma. Una casona de ladrillo rojo edificada en lo alto de una colina, a medio camino entre Cariñena y Aguarón, desde la que se divisaba al este la llanura de Cariñena y al oeste la cumbre de la sierra de Algairén. Los grandes ventanales de la planta baja daban a la terraza, ahora tapizada de nieve. Apliques de azulejos policromos adornaban la fachada. Siguiendo uno de sus característicos impulsos, el viejo encargó la construcción a un arquitecto de Zaragoza después de haber visto los planos de la villa que proyectaba su amigo y rival Juan Solans enfrente de la fábrica de harina de su propiedad emplazada en Zaragoza, en la margen izquierda del río Ebro, sobre un vasto terreno sin urbanizar donde se mezclaban factorías y huertas envueltas en un perpetuo olor a estiércol y acequia, y adonde se llegaba cruzando el viejo Puente de Piedra, del que se decía que tenía al menos cinco siglos.

Los viticultores con los que Fausto Montero había jugado al dominó, primero en Cariñena y, desde 1912, en el recién inaugurado casino de Aguarón, el pueblo en la falda de la sierra de Algairén donde nació y en cuyo cementerio moraba ahora, habían intentado sacarle de la cabeza el capricho de los ventanales. Hasta el viejo Juancho, que nació con el cordón umbilical apretado alrededor del cuello y era lerdo, sabía que en esa tierra las ventanas grandes sólo servían para que se colara el cierzo en invierno y la inmisericorde solana en verano. Pero cuando una idea se atrincheraba en la cabeza de Fausto Montero, nada ni nadie podía ahuyentarla. Su tozudez le había creado enemigos encarnizados entre sus vecinos, pero también le había servido para enriquecerse explotando las viñas y la bodega de la familia, una fábrica de harina que abastecía a toda la comarca y otra de alcoholes, anisados y licores de la que, según los entendidos, salía el mejor orujo de la región. Cobraba, además, sus buenos alquileres de valiosos inmuebles que había ido adquiriendo en Zaragoza a lo largo de los años y disfrutaba de los beneficios de afortunadas inversiones en acciones. Había logrado conservar a los clientes franceses con los que su padre estableció lazos comerciales cuando, hacia 1870, la filoxera arrasó los viñedos en Francia y los bodegueros galos pusieron los ojos en el campo de Cariñena, cuyo vino compraron durante años a buen precio para realizar sus coupages; algunas empresas francesas llegaron incluso a establecer delegaciones en Cariñena y Aguarón. Aquel esplendor se acabó al comienzo de los años noventa, cuando Francia recuperó sus viñas y redujo drásticamente la importación de vino español, abocando a los cosecheros de la zona a una profunda crisis. Sólo Fausto Montero salió indemne de aquel descalabro debido a sus previsoras inversiones y porque los galos, conocedores de la calidad de su garnacha y la solidez de su palabra, siguieron comprándole buena parte de la cosecha incluso durante la Gran Guerra que devastó Europa. El trato con los comisionistas que llegaban cada año desde Francia para negociar había desarrollado en Montero un profundo amor hacia el país vecino, adonde no había viajado jamás, pero cuyo idioma quiso que aprendieran sus dos hijos varones a través de un preceptor oriundo de París, algo añoso y desastrado, que había aparecido en el pueblo huyendo de quien sabe qué fantasmas; les enseñó a hablar con corrección y buen acento, hasta que Montero los envió a estudiar bachillerato a un internado de Zaragoza regentado por jesuitas.

Ahora, Fausto Montero estaba muerto y otros ocupaban su adorado Hispano-Suiza, que Onofre detuvo ante la puerta principal de la mansión. Rodolfo se quitó el guante de la mano derecha y acarició la mejilla de Solange. Esta vez no la tocó por amor, ni por la lujuria que despertaba en él su pequeño ángel rubio, ni siquiera motivado por un impulso de cariño. Lo hizo para cerciorarse de que los últimos meses en París no habían sido sólo un hermoso sueño.

cap-3

2

La mujer que salió de la casona en cuanto el coche se detuvo ante la entrada era pequeña y regordeta, de mejillas sonrosadas como la manzana de Blancanieves. Llevaba el cabello, abundante y canoso, recogido en un abultado moño. El viejo Montero la había sacado de Aguarón más de treinta años atrás, siendo casi una niña, para que fuera criada de la bella joven de Zaragoza con la que acababa de casarse y que, aunque hija de un comerciante de paños arruinado, había llegado a conocer los buenos tiempos de la familia y estaba ansiosa por volver a disfrutar de los privilegios que proporciona el dinero. La criada había servido a su ama con obsesiva abnegación. Cuando tuvieron que arreglárselas sin la señora tras el difícil parto de su tercer retoño, Pepita se encargó de buscar una nodriza para el diminuto Rodolfo y después siguió criándole con leche de vaca, mientras Dionisio se acurrucaba entre sus faldas en busca de calor y Amalia, la mayor y la más adusta, lloriqueaba abrazada a su muñeca de trapo. Ahora Pepita frisaba la cincuentena y su cometido era organizar las tareas domésticas y mandar a la cocinera y a las dos muchachas de servicio. Las únicas personas a las que había amado en su vida eran su desaparecida señora y los pequeños que quedaron a su cuidado. Seca de amor y de horizontes, Pepita no reconocía más familia que la de los Montero y ya no añoraba otra vida distinta a la suya. Era dichosa llevando la casa con mano de hierro. Sólo enturbiaban la paz de su madurez el imparable descarrío de Dionisio y, ahora, la trágica muerte de don Fausto, por cuya alma rezaba cada noche en la oscuridad de su alcoba.

—¡Rodolfico! —exclamó en cuanto vio a Rodolfo descender del coche. Enseguida se dio cuenta de su error y añadió bajando la vista—: Perdone, don Rodolfo.

Rodolfo rodeó el vehículo y tendió la mano a Solange para ayudarle a salir mientras Onofre mantenía abierta la portezuela. Después corrió hacia la sirvienta, con cuidado de no resbalar en los restos de nieve helada que cubrían la tierra, y la cercó en un efusivo abrazo, amenizado por los ladridos de los perros que alborotaban detrás de la casa.

—Tranquila, Pepita. Eres la única mujer en el mundo a la que le permito llamarme Rodolfico. Y te tengo dicho que te ahorres el señor.

Las mejillas de Pepita se tornaron aún más rojas.

—¿Está Dionisio? —preguntó Rodolfo. Albergaba un atisbo de esperanza de que su hermano se hubiera rehecho mientras él estaba en París, aunque en el fondo temía que esa noche también lo trajera alguien en un carro de mulas, medio inconsciente y apestando a vino de taberna.

—¡Ay, Rodolfo! —respondió Pepita en voz baja y estudiando de reojo a Solange, que la miraba con apatía—. Tu hermano se marchó a Cariñena nada más comer…

—¿A caballo? —la interrumpió él, sin molestarse en disimular la ansiedad ante Solange.

—Caminando —susurró Pepita.

Rodolfo respiró, aliviado.

—Bueno, al menos así no hay peligro de que se escurra de la silla de montar y se nos mate —bromeó, por quitar hierro al asunto. Se dirigió a Onofre—: Irás a buscarle antes de que anochezca. ¿Sigue frecuentando la misma taberna malsana?

Cohibido, el robusto chófer asintió mientras sacaba del automóvil el equipaje que los señores habían traído de Francia. Sabía que faltaban dos baúles con la ropa de esa joven silenciosa; habían sido enviados directamente desde París y él iría a recogerlos a Zaragoza pasados unos días. Se preguntó si la francesa tenía voz. No la había oído decir esta boca es mía durante todo el trayecto desde la ciudad. Onofre pensó que se avecinaban malos tiempos. El viejo muerto en extrañas circunstancias, el hermano mayor borracho de sol a sol, y el benjamín casado por sorpresa con una francesa refina y muda. Eso suponiendo que don Rodolfo hubiera dicho la verdad y esa joven no fuera su entretenida, lo que, por otra parte, ahorraría a la familia muchos quebraderos de cabeza.

Rodolfo ofreció el brazo a Solange y la condujo hacia el interior de la casa.

En el vestíbulo, Pepita se hizo cargo de los abrigos y los sombreros. Antes de entregárselos a Trini, una de las criadas, pasó con disimulo los dedos sobre el sombrerito de su nueva patrona. Qué fieltro tan suave… Y qué hermoso era el detalle de las flores en el lateral…

El familiar aroma a chimenea encendida y el calor de la casa barrieron por un instante la melancolía que embargaba a Rodolfo desde que la llamada de Rémy, el amigo francés de su padre que vivía en Aguarón, le había obligado a zanjar su alegre vida parisina y regresar a casa. La puerta que daba al despacho del viejo estaba abierta. Por allí salió de pronto Evaristo, el administrador. Rodolfo nunca había hecho mucho caso a ese hombre con traza de ciprés; había sido compañero de juegos de su padre y llevaba trabajando para él desde antes de que nacieran sus hijos, a los que un buen día se les ocurrió ponerle el mote de «el viejo cuervo». Sabía que Evaristo tenía estudios, era sumamente astuto con los números y se las arreglaba de maravilla con los documentos más engorrosos. Fausto Montero, por el contrario, solía sentirse desbordado leyendo un simple contrato. Su irrupción le recordó a Rodolfo lo poco que sabía de los asuntos de su padre y le llenó de desazón.

Evaristo atravesó el vestíbulo, se detuvo frente a Rodolfo, a quien sacaba una cabeza, inclinó el escuálido torso como muestra de respeto y dijo, muy enérgico:

—Sean bienvenidos a casa, Rodolfo. Permítame expresarle mi más sentido pésame.

Hizo otra inclinación dedicada a la esposa del nuevo patrón, cuya nívea belleza le había acelerado el corazón como si aún fuera un jovenzuelo.

La alusión al deceso de su padre puso en boca de Rodolfo un sabor áspero, como cuando Pepita le amargaba la infancia obligándole a tomar aceite de ricino.

—Gracias, Evaristo. Te necesitaré en los próximos días para que me pongas al corriente en los asuntos de la finca. Si estás libre, me gustaría verte mañana a las ocho en su despacho.

Evaristo asintió con la cabeza.

—Por supuesto, Rodolfo. Precisamente he estado ordenando los papeles de su señor padre, que en paz descanse. Que pasen buena noche…, señores.

Amagó una reverencia y se apresuró a salir en busca de su pequeño Ford de arranque eléctrico, con el que acudía a departir con su jefe desde Cariñena y que solía dejar detrás de la casa. Mientras caminaba hacia el vehículo, recordó aquel día de hacía veinticuatro años en que Pepita le mostró por primera vez a ese zagal con la delicadeza que se emplea para manejar los objetos muy frágiles. El neonato, que era muy pequeño y le hizo pensar en una pasa extraviada dentro de aquella mantilla de ganchillo manchada de sangre, berreaba con una insolencia que le puso la piel de gallina. La inesperada desaparición de la señora de la casa, apenas un mes después, no sólo dejó hundido a don Fausto, también acabó con las esperanzas que había albergado Evaristo con respecto a Pepita, que se consagró a la crianza de los tres pequeños y se marchitó como una manzana reineta olvidada en un desván; a sus ya numerosos quehaceres domésticos se sumaron un sinfín de platos de papilla, pañales sucios, narices goteantes y rodillas despellejadas. La timidez impidió a Evaristo rondar a otra mujer, y también a él se le pasó el arroz mientras acallaba el apremio de la carne una vez al mes en los lupanares finos de la ciudad. Cuando se sentó ante el volante del Ford, su posesión más preciada y la envidia de todo el pueblo, se preguntó si el benjamín de los Montero tendría agallas para explotar los viñedos que acababa de heredar.

Para cenar, Pepita había mandado preparar uno de los platos favoritos de Rodolfo: migas con trozos de longaniza y uva. Sobre la mantelería bordada de los domingos, que cubría la maciza mesa de caoba del comedor, las dos criadas habían repartido salchichón, chorizo, una fuente con lomo sacado de la orza y otra con morcillas de arroz, todo recién frito y todavía caliente.

Desde que la francesa había bajado del coche, Pepita se hacía la misma pregunta que Onofre. Le daba un poco de pena esa joven tan pálida y delgada. ¿Acaso en Francia no daban de comer a las mozuelas? Los hombres del país vecino que habían acudido alguna vez a la casona para negociar con don Fausto y trasegar coñac junto a la chimenea eran recios, de mediana edad, no seres traslúcidos y con demasiada pintura en la cara, como su nueva señora. Una lengua de miedo le lamió la boca del estómago y borró la alegría del reencuentro. El zagal también estaba más delgado, y transmitía un aire de refinamiento que antes no tenía. Se preguntó si sería capaz de imponerse a los astutos bodegueros locales que habían rivalizado con su padre. Era tan inocente cuando el amo le envió a Francia… Un joven alegre y juerguista al que jamás había preocupado de dónde salía el dinero que le había permitido estudiar leyes en Madrid y, después, pasar varios meses en París, desde donde escribía a su padre largas cartas; don Fausto leía a Pepita párrafos donde su hijo describía grandiosos edificios y cafés en los que la gente, holgazana sin duda, perdía el tiempo hablando de naderías. Pepita no concebía que se pudiera estar ocioso un solo segundo. A ella le habían enseñado que por la pereza entraban los vicios, y no estaba dispuesta a abrirles la puerta.

El estómago de Rodolfo se revolvió cuando entró con Solange en el comedor y vio la cena. En París se había acostumbrado a las comidas frugales que él mismo cocinaba en el hornillo de su modesto estudio alquilado, y también a los refinados platos que se servían en las mansiones de la alta sociedad parisina en las que le introdujo Marcel. El bueno de Marcel, que nunca debió de ser consciente, y quizá no lo iba a ser ya, de hasta qué punto su amistad amplió los horizontes de Rodolfo. Apartó una silla para que se sentara Solange. Cuando estuvo acomodada, se colocó a su espalda, se inclinó sobre su coronilla perfumada y la sembró de besos tenues, como sabía que a ella le gustaba.

—¿Te encuentras mal, chérie? —le susurró al oído.

—Me duele la cabeza y… estoy muy cansada —respondió Solange. Su acento francés, que había hechizado a Rodolfo la primera vez que habló con ella en español, le pareció esa noche más intenso que nunca.

Le apretó los hombros en un gesto que quiso ser alentador, y se sentó a su lado. No le extrañaba que la pobre apenas hubiera hablado desde que salieron de París. El viaje en tren hasta Zaragoza, haciendo transbordo en Madrid, había sido extenuante. El contenido del testamento de don Fausto, una sorpresa para todos los que estuvieron presentes durante su lectura. Y los dos días en casa de la beata Amalia, soportando su parloteo ñoño y las peroratas políticas del Manco, como él y Dionisio llamaban a su cuñado desde que regresó de Marruecos con un brazo menos y un flamante ascenso a coronel, le habían agotado incluso a él. De pronto, Rodolfo fue consciente de cuánto le había transformado París. La casa familiar ahora le parecía sombría; los muebles, toscos, y la comida, basta. Tal vez debería sugerir a Pepita que les sirviera cenas más ligeras. Aunque eso, en adelante, iba a ser tarea de Solange. La miró de reojo. Lejos de los salones en los que la joven había bailado charlestón y black bottom hasta el agotamiento, enfundada en sus refulgentes vestidos que dejaban las rodillas al aire, entre invitados sofisticados y camareros que portaban bandejas con champán y cócteles de nombres complicados, se le antojó una hormiguita desvalida y asustada.

Cenaron rápido y en silencio. Ninguno de los dos tenía hambre. Menos aún, ganas de hablar. Solange se sirvió un cucharón de migas y escarbó en ellas durante un rato sin decidirse a probarlas. Acabó comiéndose las uvas y el trozo de lomo que Rodolfo se había apresurado a ponerle en el plato. Por primera vez desde su impulsiva y apresurada boda, de la que sólo hacía una semana, entrevió cuál iba a ser su nueva vida. Un escalofrío le trepó por la columna vertebral.

Rodolfo engulló un puñado de migas por no disgustar a Pepita, a la que quería como a una madre, y tomó un vaso del vino granate elaborado con la garnacha de los viñedos familiares. Tampoco le agradó su sabor. Tras haber probado los caldos que obtenía la familia de Solange en su finca del Médoc, éste se le antojó tan espeso como si estuviera bebiendo puré de patatas. Se sentía vacío. Abatido por la ausencia de su padre, que se percibía en el aire gélido de la casona. Y muerto de miedo ante el futuro.

Solange había dejado su cubierto cuidadosamente alineado en el plato casi lleno y a duras penas mantenía los ojos abiertos. A Rodolfo se le encogió el corazón. Echó la silla hacia atrás y se puso en pie.

—¡Pepita!

La mujer acudió enseguida, con las mejillas de manzana encendidas en puro carmesí.

—Vamos a acostarnos —dijo Rodolfo antes de que Pepita pudiera abrir la boca—. Estos últimos días han sido agotadores. Manda a Lali que nos prepare una alcoba.

—Ya tienen lista la grande, señor —respondió ella con repentina indecisión. Cuando los hijos de don Fausto se convirtieron en adultos, se propuso dirigirse a ellos anteponiendo al nombre el tratamiento de «don», como hacía con el padre, pero le había sido imposible. Tanto les hablaba de usted, añadiendo con sumo esfuerzo la palabra «señor», como les trataba igual que si fueran todavía niños.

—¿La de mi padre?

—Es la que tiene cama de matrimonio. No ha habido tiempo de acondicionar una alcoba para usted y…

Las mejillas de Pepita enrojecieron un grado más cuando miró a su nueva ama, tan callada y encogida en la silla como un ratoncito. A su recuerdo acudió la imagen de la bella y remilgada esposa que don Fausto se trajo de la ciudad y a la que ella sirvió con abnegada admiración. El ama de llaves tuvo un mal pálpito. ¿Por qué los hombres Montero eran tan torpes para los asuntos del amor?

Cuando Rodolfo se disponía a retirar la silla de Solange para ayudarle a levantarse, un violento portazo sacudió la estancia. Se oyó el ruido de pasos irregulares y pesados, como de alguien que avanzara a trompicones. Pepita no pudo disimular el sobresalto. Su mirada se cruzó con la de Rodolfo. Ambos sabían quién había llegado.

Pese al cansancio y el sueño, Solange percibió la súbita tensión que se había adueñado de la estancia y miró hacia la puerta. Un hombre joven entró en el comedor, seguido por un perro grande de color canela con manchas blancas en el pecho y entre las orejas. Se tambaleaba tanto que parecía que de un momento a otro se caería de bruces en el suelo de baldosas multicolores colocadas en mosaico. Estaba ebrio. Como una cuba. Solange observó que guardaba un gran parecido con Rodolfo, aunque todo en él resultaba más contundente. La estatura, los ojos enturbiados por el alcohol, incluso el cuerpo, algo más fornido. No cabía duda: era el hermano por el que su marido había preguntado nada más llegar. El misterioso Dionisio del que Rodolfo apenas le había hablado. Ahora comprendía por qué. Dionisio iba despeinado y no debía de haberse afeitado en muchos días. Cuando se quitó la desastrada pelliza y la arrojó sobre una silla, dejó al descubierto una camisola arrugada, arremangada hasta los codos y sembrada de manchas rojizas que parecían de vino. La llevaba remetida de cualquier manera dentro de un pantalón anchuroso y sujeto por un cinturón de cuero agrietado. Pero lo que más horrorizó a Solange fueron sus pies. ¿Cómo podía andar por ahí con esas botas viejas y llenas de barro? De haberlo visto en cualquier otro lugar, lo habría tomado por un mendigo, o incluso por un maleante.

Dionisio torció una mueca con traza de sonrisa y avanzó hacia Rodolfo. Éste sintió cómo se expandía por todo su cuerpo la tristeza que llevaba encajada en el estómago desde que le comunicaron la muerte de su padre. Cada vez le costaba más reconocer en ese hombre sometido por el alcohol al Dionisio al que tanto había admirado de niño y que jamás regresó de la trampa en la que sucumbieron las tropas españolas en Annual. Ahora que su padre ya no podía vigilarle, ¿cómo se las arreglaría él para controlar sus tremendas borracheras?

—¡Hermano! —farfulló Dionisio.

Quiso abrazar a Rodolfo, pero éste, abrumado por tan lamentable estampa, retrocedió, topó con la mesa y estuvo a punto de caer de espaldas sobre los platos de la cena.

—¡Cielo santo, Dionisio! —se le escapó cuando recuperó el equilibrio—.Vas hecho una pena. ¿Cuánto hace que no te lavas?

El perro interpretó la actitud de Rodolfo como una amenaza y le ladró en defensa de su amo. Asustada, Solange saltó de la silla como empujada por un resorte.

—Siéntate, Sandokán —farfulló Dionisio.

El can obedeció, cambiando los ladridos por un gruñido no menos amenazante.

Por muy borracho que estuviera Dionisio, conservaba la suficiente lucidez para sentirse abochornado por las palabras de reproche de Rodolfo, cuyo regreso había aguardado con ansia. La muerte del padre le atormentaba tanto que ni siquiera el alcohol adormecía los demonios que le torturaban desde que su vida se oscureció en las montañas del Rif. Se pasó el dorso de la mano por los labios resecos. Necesitaba un trago. Iba a acercarse a la mesa para servírselo cuando reparó en Solange y los pies se negaron a obedecerle. Sabía que su hermano llegaría con la francesa con la que se había casado, pero no había contado con que su inesperada cuñada le hiciera sentirse de pronto tan lúcido como si no hubiera pasado la tarde ahogando su angustia en vino. Se quedó mirándola fijamente, sin parpadear siquiera.

La mano de Rodolfo sobre su hombro lo arrancó del repentino hechizo.

—No puedes andar por ahí con esa facha, Dionisio —le reprendió con suavidad—. Y apuesto a que hoy ni siquiera has comido en condiciones.

El otro se encogió de hombros sin apartar la vista de Solange.

—Voy a acompañar a mi esposa a la alcoba —prosiguió Rodolfo—. Está agotada del viaje. Tú siéntate y cena algo. Enseguida bajo y hablamos con calma.

Tomó a Solange de un brazo y la condujo hacia la puerta. La joven, deseosa de descansar y de alejarse de ese hombre ebrio y sucio, se dejó arrastrar con la pasividad de un corderito. Dionisio siguió a la francesa con la mirada hasta que abandonaron la estancia. Entonces se dejó caer en una de las sillas, partió con manos temblonas un trozo de lomo y se lo arrojó al perro, que lo atrapó al vuelo. Alzó el vaso de su hermano. Lo llenó de vino y se lo bebió a tragos ansiosos.

Pepita recuperó al fin la capacidad de moverse. Entre suspiros comenzó a recoger los platos que habían usado Rodolfo y su esposa. Debía vigilar que Dionisio cenara algo consistente. No podía vivir sólo de vino de taberna. Bastantes problemas se avecinaban ya. Había confiado en que el regreso de Rodolfo devolviera a la familia la cabeza segada por la muerte del patrón, pero el muchacho había vuelto cambiado. Más adulto, sí, pero alardeaba de unos refinamientos que le distanciaban de su hermano y de todo lo que había en esa casa.

La mujer se encogió de hombros y volvió a suspirar. Si cuando ella decía que los hombres Montero eran torpes para los asuntos del vivir…

cap-4

3

 

La alcoba de don Fausto era enorme. La más grande de la casa. Y la más parca en muebles. Una cama de matrimonio y su pesado cabezal de madera oscura, dos mesitas con encimera de mármol veteado en gris, una cómoda con cubierta también de mármol, la silla en la que el patriarca solía dejar la ropa que se quitaba antes de acostarse, y un armario en cuyo espejo se reflejaba la gruesa colcha de lana tejida por Pepita años atrás y que el viejo Montero sólo toleraba en invierno.

La luz del cuarto estaba encendida. Delante de la cómoda, que tenía el cajón superior abierto, Trini y Lali sostenían por los extremos una combinación de seda de color marfil, bordada y ribeteada de delicados encajes. La tela destellaba con suavidad, iluminada por las escasas bombillas insertadas en la araña de lágrimas de cristal que la desaparecida señora se empeñó en comprar en una tienda de Zaragoza muchos años atrás y nunca vio encendida. La electricidad no llegó a esa casa hasta 1924, cuando don Fausto pagó un dineral por que le tendieran una línea de luz hasta allí. Las criadas contemplaban la prenda tan embelesadas que no oyeron entrar a sus amos.

—¿Qué estáis haciendo? —La voz de Rodolfo las arrancó del hechizo.

Trini enrojeció como un pimiento morrón y soltó la tela.

—Pepita nos ha mandado deshacer el equipaje mientras ustedes cenaban, don Rodolfo… —respondió Lali, que siempre había sido la más pizpireta de las dos.

—¡Dejadlo para mañana!

El tono brusco y al mismo tiempo abatido de su patrón asustó aún más a Trini y desconcertó a la resuelta Lali. La joven dobló la enagua con pesar, la metió en el cajón y cerró deprisa. Para ella, el universo se condensaba en su pueblo natal y en esa casona, donde llevaba dos años sirviendo por recomendación de Pepita, su tía. Jamás había tenido en la mano una prenda cuya tela se deslizaba entre las yemas de los dedos con la suavidad del aceite y cuya belleza acariciaba los sentidos y aceleraba el corazón. Cuando salieron de la habitación, tras haber deseado buenas noches a los señores, Lali supo que en cuanto se acostara en el cuartito que compartía con Trini, la visitaría la añoranza de un mundo lleno de objetos y vestidos hermosos al que ella no tenía acceso pero cuya existencia intuía desde que dejó atrás la niñez.

Solange se sentó en la cama. Le había disgustado ver a esas sirvientas tan bastas manoseando su ropa interior. Y el tacto de esa colcha espantosa que debía de pesar un quintal le resultó desagradable. Su vista se fue posando en cada mueble de la desangelada alcoba. Se acordó de la habitación que tante Mathilde disponía para ella cuando pasaba largas temporadas en su hôtel particulier de París. Y de su luminoso cuarto en el château familiar en el Médoc, con las paredes de un suave color crema, el alto techo con una enrevesada cenefa de escayola y las cortinas de florecitas en tonos pastel que ella misma había elegido cuando cumplió dieciocho años. ¿Cómo iba a adaptarse a ese lugar tan inhóspito, atendido por una servidumbre primitiva que estudiaba una simple enagua con ademanes simiescos?

Rodolfo adivinó lo que estaba pensando y se sintió pueblerino, zafio e ignorante. ¿Cómo había osado traer a una mujer como Solange a esa casona? Se sentó a su lado, le tomó las manos que ella apoyaba en el regazo y las encerró entre las suyas.

—Compraremos muebles nuevos, Solange —murmuró. Miró hacia la ventana, tapada por un cortinón de terciopelo grueso—. Y cortinas bonitas. Mandaré que pinten la casa con colores alegres para que quede a tu gusto. Lo cambiaremos todo de arriba abajo. Ya lo verás…

Ella esbozó una sonrisa voluntariosa y apoyó la cabeza en el hombro de Rodolfo. Aspiró su olor fresco y varonil. Sintió cómo el calor que emanaba de él la llenaba de energía. Igual que la tarde en la que le besó por primera vez… y todas las tardes después de ésa.

—Estamos agotados —continuó él—. Cuando hayas dormido, te sentirás mucho mejor.

Solange se mantuvo en silencio.

—Te prometo que serás feliz a mi lado. —Rodolfo le soltó las manos y le acarició una mejilla—. Con el tiempo llegarás a amar esta tierra. Ya lo verás…

Se levantó y fue hacia la cómoda. Abrió los cajones uno a uno y revolvió las prendas que habían colocado Trini y Lali, con la esperanza de hallar algún camisón que fuera más gordo que el papel de fumar. Recordó pesaroso que después de retozar juntos en su estudio de París, Solange siempre dormía desnuda, acurrucada contra su cuerpo bajo varias capas de mantas, piel contra piel, el sudor de los dos mezclándose en una fragancia que le fascinaba más que el mejor de los perfumes. Sacó una prenda azul que le pareció un camisón. Al mirarla, fue consciente del frío que hacía en ese cuarto. Rumió que habría que esperar hasta el verano para poder retozar desnudos. Y que Solange se iba a helar con esa ropa.

Se plantó junto a la cama, hizo a un lado la colcha y metió la mano entre las sábanas. Las criadas ya habían colocado los calientacamas, pero eso no bastaría para que Solange pasara una noche cómoda. Rodolfo dejó el camisón sobre la almohada y rebuscó de nuevo en la cómoda. Las chicas habían sido rápidas ordenando el equipaje. Enseguida dio con un pijama de seda que Solange había comprado en el atelier de esa modista llamada Coco Chanel que tenía embelesadas a todas las mujeres ricas de Francia con sus extravagancias. Entre las amigas de Solange, poseer una prenda masculina adaptada al cuerpo femenino era el último grito en modernidad, ya fuera una chaqueta de punto o un pijama. Él había fingido admiración cuando Solange se ponía el pijama en su estudio parisino y se pavoneaba delante de él haciendo posturas varoniles, pero enseguida hallaba la manera de quitárselo y acababa olvidado en el suelo.

—Creo que necesitaremos más mantas —dijo cuando dejó caer el pijama sobre el regazo de Solange—. Será mejor que te pongas esto para dormir. De momento, aquí no te servirán tus camisones de París. —Rió entre dientes ante lo absurdo de la situación—. Voy a buscar a Pepita y a pedirle que nos suban más ropa de abrigo. Vuelvo enseguida, chérie.

Estaba a punto de salir al pasillo cuando le retuvo la voz de Solange:

—Tu hermano… ha bebido mucho, ¿verdad?

Rodolfo se volvió y caminó hacia ella, aunque se quedó parado en medio de la alcoba.

—Mi hermano es un alcohólico —respondió arrastrando las palabras y enfatizando la palabra «alcohólico»—. Bebe sin medida desde que regresó de Marruecos, hace cinco años.

—¿Marruecos?

Solange no comprendía nada. Un tío suyo, ya fallecido, había viajado por ese país antes de casarse con la hija de un acaudalado fabricante de máquinas de coser y jamás lo vio ebrio, ni siquiera achispado.

—Dionisio luchó en Marruecos, Solange. En una contienda absurda para mantener colonizada una tierra que no nos pertenece y en la que no se les había perdido nada ni a España ni a él…

No aguardó a que Solange dijera algo. Dio media vuelta y abandonó la habitación.

Encontró a Pepita en la cocina. La mujer daba instrucciones a Ramonica, la cocinera, sobre las comidas del día siguiente. Sentadas a la mesa de madera, las dos criadas jóvenes sorbían sendos tazones de chocolate, el único capricho que Pepita les permitía de vez en cuando si consideraba que habían realizado bien sus faenas. Las chicas se levantaron sobresaltadas al ver al patrón. También Pepita se asustó. No era frecuente que los Montero entraran en la cocina. Al oír la petición de Rodolfo, miró enseguida a su sobrina. Lali se apresuró a obedecer. Temerosa de que le echaran en cara el parentesco que las unía, Pepita solía ser especialmente dura con ella y no le perdonaba el más leve error.

El ama de llaves y Rodolfo salieron de la cocina. Le dio pena verle tan cansado, con esa mirada de perro apaleado. Claro que el pobre muchacho acababa de perder a su padre y de la noche a la mañana se había convertido en el cabeza de familia, porque con Dionisio, pese a ser el mayor, no se podía contar para esa encomienda. Había subido a trompicones a su alcoba para dormir la borrachera, sin acordarse siquiera de esperar a que bajara su hermano. Pepita posó la mano derecha sobre el antebrazo de Rodolfo. Ella le había cambiado los pañales, le había dado las primeras papillas y le había puesto compresas frías en la frente para bajarle la calentura cuando enfermaba. Era su zagal y se consideraba autorizada a hablarle con libertad. Al menos, en los asuntos importantes.

—Tu esposa parece tan delicada… —susurró—. Y esta tierra es dura, Rodolfo. Tal vez si vivierais en Zaragoza…

—Sabes que mi sitio está aquí —respondió él con aspereza, aunque sin mucha convicción—. Ahora soy el dueño de estas viñas… Y tendré que arreglármelas solo, porque Dionisio no creo que me sirva de ayuda. A saber si seré capaz de administrarlas…

—Claro que sí. Tú sí sabrás.

Rodolfo se encogió de hombros. No se sentía preparado para nada. De buena gana tomaría a Solange de la mano y regresaría con ella a París, o se la llevaría a cualquier lugar donde no le alcanzara esa losa de obligaciones y responsabilidades que nunca había deseado.

—Debo dirigir la casa Montero por el bien de todos. ¿Está encendida la chimenea en el despacho de mi padre?

—Acabo de reavivar el fuego. Aún queda leña para un buen rato.

—Pues sírveme un coñac y echa algún madero más. Cuando haya acomodado a mi esposa, bajaré para hablar con Dionisio, y en el despacho estaremos más cómodos. —Rodolfo reflexionó unos segundos—. Mejor olvida lo del coñac. No voy a ponerme a beber delante de sus narices.

—Tu hermano acaba de subir a su cuarto —apuntó Pepita.

—Vaya por Dios —murmuró Rodolfo—. Entonces sí tomaré esa copa.

Se alejó con intención de regresar a la alcoba donde le aguardaba Solange, pero de pronto se detuvo y dio media vuelta.

—¡Pepita!

Ella se sobresaltó ante el tono imperioso de su voz.

—¿Sabes adónde iba mi padre la tarde en que… la tarde de la desgracia?

—Nadie lo sabe —susurró ella.

—¿Qué buscaría en la Viña de Baco a esas horas y con este frío?

—Él sólo dijo que regresaría para la cena… Se puso su abrigo, ese de las pieles, y la gorra… y se marchó.

—¡Y no volvió para cenar!

Pepita negó con la cabeza.

—Mandé a las mozas a acostarse y le esperé en la cocina, con la mesa puesta en el comedor… Cuando el reloj del comedor acababa de dar las doce, oí que un carro paraba delante de la puerta… Pero era Lucio, el de la casa Oliván, que traía a Dionisio de…

—Borracho, claro —la interrumpió Rodolfo.

Ella bajó la mirada hacia sus manos gordezuelas y suspiró.

—Tuvimos que subirlo a su alcoba entre Lucio y yo. Aquella noche… —Pepita se encogió de hombros como pidiendo disculpas— me parece que le faltaba muy poco para desmayarse. Conté a Lucio que tu padre no había regresado… y a él también le pareció raro. Me prometió que vendría al punto de la mañana y, si el señor no había llegado, reuniría a unos cuantos hombres y saldrían a buscarlo…

—¿Por qué no salieron esa misma noche?

—Rodolfico… —La mujer se había puesto tan nerviosa que ni era consciente de cómo se dirigía a su patrón—. Sabes tan bien como yo que es peligroso salir a oscuras por esos caminos… y más en invierno.

—Tienes razón —admitió él—. Mira lo que le ha ocurrido a mi padre. —A sus ojos acudió un tropel de lágrimas que se apresuró a enjugarse con disimulo—. Él era… como el roble que da sombra en verano y sirve para guarecerse de la lluvia. Ahora nos hemos quedado a la intemperie.

cap-5

4

 

Arrebujado en la gruesa chaqueta de lana que se ponía su padre cuando hacía cuentas en su despacho, y con una manta vieja cubriéndole las piernas, Rodolfo ocupaba el viejo sillón orejero delante de la chimenea. Allí se sentaba don Fausto cada noche para fumarse un cigarro puro y saborear un coñac antes de subir a acostarse. Ahora era uno de sus hijos quien contemplaba absorto el desordenado bailoteo de las llamas mientras sujetaba en la mano izquierda la copa de coñac que le había preparado Pepita y en la derecha pinzaba un cigarrillo a medio consumir. Pensó, apenado, que le quedaban muy pocas cajetillas de Gauloises, la marca francesa a la que se aficionó en París. Había fumado mucho desde que le comunicaron la muerte de su padre y se vio obligado a disponer su regreso a casa. Ya entonces había comprendido que todo iba a cambiar para él, pero era ahora cuando se daba plena cuenta de que se había cerrado un ciclo: el de su apasionante vida parisina. Tras haber saboreado la libertad, volvía a ser cautivo de los viñedos familiares, atrapado como una mosca en una tela de araña. Era cuestión de tiempo que acabara engulléndole la vida de la que se había creído a salvo en París. Su sino le acechaba desde el día en que Dionisio fue repatriado tras el Desastre de Annual, casi repuesto de sus heridas físicas pero convertido en la triste sombra del hermano al que tanto admiraba.

Dio una última calada a su cigarrillo y lo arrojó al fuego, donde la colilla se consumió al instante. Se dijo que la vida de verdad, la que acelera el corazón, prende fuego a las entrañas y devora la monotonía con su brillo, arrancó para él la noche en la que vio a Solange bailando charlestón en la fiesta de los Porter. Aunque, pensándolo bien, tal vez empezó antes, cuando conoció a Marcel. Sonrió con melancolía sin apartar la vista de las llamas. Tomó un sorbo de coñac, dejó la copa sobre la mesita de caoba y encendió otro cigarrillo. No, se dijo tras la primera calada, la vida con mayúsculas arrancó con anterioridad a eso. En la misma estancia donde en ese momento se compadecía de sí mismo. Justo siete meses atrás. Cuando su padre le hizo la proposición más extraña de su vida. Aunque «proposición» quizá no fuera la palabra adecuada. Don Fausto no proponía. Disponía y daba órdenes. Y a los demás les correspondía obedecerle.

Recordó con nitidez aquel atardecer de agosto en que Pepita le abordó en el recibidor, nada más llegar de Zaragoza, donde había pasado varios días. Recién concluidos sus estudios de leyes en Madrid, Rodolfo se aburría en la casona familiar, le desasosegaban las continuas borracheras de su hermano, aborrecía el autoritarismo paterno y huía de todo lo relacionado con los viñedos que cercaban la absurda mansión que su padre había mandado erigir en lo alto de una loma. A veces fantaseaba con emigrar a algún país lejano como Cuba o Argentina, pero sabía que don Fausto se lo impediría a toda costa y que tampoco él se atrevería a dar ese paso, así que se conformaba con escapar a la ciudad siempre que podía. La tacañería del padre, que se negaba a cederle uno de los pisos del patrimonio familiar o a costearle un cuarto en una buena pensión, le obligaba a alojarse donde su hermana Amalia y el pesado de su cuñado, aunque eso no suponía un problema grave. Resultaba fácil esquivar al Manco, pasaba más tiempo departiendo con sus correligionarios políticos en el café Ambos Mundos que en el hogar junto a su esposa. Y el propio Rodolfo sólo acudía al piso, en pleno paseo de la Independencia, a dos portales del famoso café, para dormir tras haber empinado el codo con sus amigos del internado de los jesuitas donde estudió el bachillerato: Pepín, que había acabado la carrera de medicina, y Bartolomé, apodado el Flaco o el Cuatro Ojos según soplaba el cierzo, recién licenciado en leyes, como Rodolfo, pero por la Universidad de Zaragoza. A pesar de que se emborrachaba muchas veces, la embriaguez de Rodolfo siempre era leve. La decadencia de Dionisio le había enseñado a no beber más allá de cierto límite.

—Rodolfico… —Pepita se mordió el labio inferior mientras se teñía de color grana—. Ay, perdón, señor, su padre lo espera en su despacho. Quiere verlo enseguida.

—¿Ahora mismo?

Pepita asintió con la cabeza. La orden de su patrón le daba muy mala espina. Hacía poco que Lucio había traído en su carro a Dionisio y a su perro. El muchacho estaba tan ebrio que se había quedado dormido sobre la manta que el rubicundo campesino usaba para tapar a las caballerías, lo que no había contribuido a mejorar su desastroso aspecto. Don Fausto había estallado en un monumental ataque de cólera al ver a su primogénito tan bebido y hediondo, y Pepita se olía que parte de esa ira iba a caer ahora sobre Rodolfo.

—Tenga cuidado —susurró Pepita, vigilando con el rabillo del ojo por si aparecía el patrón—. Su padre ha discutido hace un rato con su hermano y ha sido talmente como una tormenta de granizo…

El joven le entregó el sombrero, reprimió un suspiro de fastidio y se encogió de hombros. Atravesó el recibidor camino del despacho deseando que Evaristo ya se hubiera marchado. Si el viejo se ensañaba con él, al menos que no fuera en presencia de testigos.

Halló al patriarca solo, sentado en su sillón favorito delante de la ventana abierta, como correspondía a esa época del año, pues en invierno lo mandaba colocar frente a la chimenea para calentarse con el fuego y contemplar el chisporroteo de las llamas. No parecía enfadado. Incluso le sonrió amigablemente por encima de las gafas de montura negra cuando alzó la vista del periódico que reposaba sobre sus rodillas. A Don Fausto le gustaba leer hasta los anuncios del Heraldo de Aragón, que encargaba a todo el que iba a Zaragoza; no le importaba hojearlo con muchos días de retraso. Al reparar en el periódico, Rodolfo tuvo ganas de abofetearse a sí mismo por estúpido. ¿Cómo no se le había ocurrido traerle unos cuantos ejemplares de Zaragoza para tenerle contento?

Don Fausto se quitó las gafas y cerró el Heraldo cuidadosamente; aún tenía que durarle unos días más.

—¿Qué tal en la ciudad, hijo?

Rodolfo se colocó cerca de la ventana en busca de la suave brisa del atardecer. Había pasado mucho calor durante el viaje en el tren de vía estrecha que unía Cariñena con la ciudad.

—Bien, padre.

—Me alegro. Divertirse es propio de jóvenes.

El hijo guardó un precavido silencio por si las moscas.

—Aquí dice que Raquel Meller pasó unas horas en Zaragoza, camino de Barcelona, para ver a la Pilarica —dijo don Fausto, señalando el Heraldo—. Llevaba tres perros en el coche; tres nada menos. Supongo que no los entraría en la basílica.

Rodolfo siguió callado, a la espera del chaparrón.

—La vi actuar en Barcelona, hace años —exclamó el patriarca con una sonrisa picarona. Rodolfo le había oído contar muchas veces aquel viaje a Barcelona y se temió lo peor—. ¡Una real hembra, sí señor! Y cantó como los ángeles…, aunque la música fue lo de menos. —El viejo emitió un suspiro que sonó como el maullido de un gato en celo—. Dice el periódico que la Meller querría haber llegado a Zaragoza al comienzo de la tarde pero que la retrasó la niebla. ¡Dichoso puré de patatas, cuánto mal da!

—Me parece que ese periódico es muy viejo, padre —se le escapó a Rodolfo—. Ahora, lo que da mal es el calor.

—Un poco viejo sí que es —admitió su progenitor—. Pero dejemos a la Meller. ¡Gran mujer, vive Dios! —Se pasó la lengua por los labios como relamiéndose y miró a su hijo a los ojos—: ¡Quiero hablar contigo de otra cosa!

«Ahora estallará la tempestad», se previno a sí mismo Rodolfo. Pero, para su asombro, don Fausto permaneció tranquilo. Se atusó el anticuado bigote y al poco, casi risueño, arrancó:

—Hijo… ha llegado la hora de que hablemos en serio tú y yo…

—Padre… —dijo Rodolfo, temeroso. ¿Y si habían llegado a oídos del viejo sus francachelas con las chicas del Cabaret Aragonés de la calle Cuatro de Agosto?

—No me interrumpas. —Don Fausto dejó el periódico y las gafas sobre la mesita de caoba, junto al sillón—. Eres joven, bien parecido y te paso una buena asignación al mes. Sé que jaraneas lo tuyo cuando vas a Zaragoza… y que tampoco te aburrías en Madrid.

Rodolfo tragó saliva. ¿Pagaría su padre a esbirros para que vigilaran sus pasos?

—Has sido aplicado en tus estudios y has sabido divertirte —continuó el padre—. Eso está bien. Un hombre como Dios manda debe desfogarse antes de sentar cabeza. Pero ha llegado la hora de la sensatez. No soy tan rico como para mantener a un borracho y a un zángano. Al menos uno de mis hijos debe ganarse lo que come.

Rodolfo sintió un escalofrío recorriéndole el espinazo. Quiso alegar algo en su defensa, pero el viejo le ordenó silencio con un escueto movimiento de la mano derecha.

—Quiero enviarte unos meses a Francia.

—¿A… Francia? —fue lo único que logró balbucear.

—Las cosas están mal en España para el negocio del vino. Las cosechas son tan abundantes que los precios caen en picado. Si te interesaras por los asuntos de la vid, sabrías que llevan años bajando. Si ahora puedes seguir viviendo como vives, es gracias a la harinera, los alquileres de los pisos de Zaragoza, mis inversiones en acciones y el vino que nos compran los franceses. ¿Me sigues?

Rodolfo se limitó a asentir con la cabeza. Sabía que ciertas preguntas de su padre no pedían respuesta.

—Pero las cosas van a peor y quiero ampliar mis negocios con Francia. Y eso lo vas a hacer tú.

El hijo volvió a tragar saliva de puro desconcierto. ¿Adónde pretendía llegar su padre?

—Quiero que perfecciones tu francés —añadió el viejo—. Me costó mis buenos duros que tu hermano y tú aprendierais a hablarlo con ese gabacho tan raro que apareció por aquí. Sólo Dios sabe de qué huiría ese adefesio. Espero que aquel gasto sirviera para algo.

Rodolfo sintió en el esófago el cosquilleo del pánico.

—Quiero que aprendas cómo hacen negocios los franceses. Eso lo conseguirás trabajando con un comerciante de vinos. Es hermano de mi amigo Rémy, el de los Arnaud. Harás todo lo que te manden, tanto si te toca hacer recados como si te piden que barras el suelo. Obedecerás sin rechistar. Y pobre de ti si me llega alguna queja.

Rodolfo conocía vagamente al tal Rémy. Era un hombre gordo y paticorto, de rostro coloradote y espeso mostacho entrecano, que trabajaba en Arnaud Frères, una empresa comisionista francesa establecida en Aguarón desde los años de las grandes exportaciones a Francia, y con el que su padre jugaba al dominó en el casino del pueblo o simplemente departía ante una copa de coñac. ¿Sería el hermano de Rémy igual de redondo y rubicundo? La idea de pasarse meses trabajando para un tipo estrafalario en algún pueblo perdido de Francia despertó en Rodolfo un asomo de hilaridad, que se cuidó mucho de no exteriorizar.

Don Fausto estaba tan entusiasmado exponiendo sus planes, que no vio que Rodolfo se mordía con ahínco el labio inferior. Continuó, impertérrito:

—Y quiero que presentes tus respetos a algunos viticultores importantes que tienen delegación en París. Tú verás cómo te las arreglas para que te abran sus puertas. Es hora de que aguces el ingenio, hijo mío.

Rodolfo se acercó más a la ventana. De pronto, se abrasaba de calor. ¿Había dicho su padre realmente «París» o se lo había imaginado? Metió las manos en los bolsillos del pantalón para disimular el súbito nerviosismo.

—Saldrás dentro de dos semanas. Evaristo irá mañana a Zaragoza a comprarte los billetes del tren y Rémy ya te ha buscado pensión en París.

Su hijo le veía mover los labios, entendía lo que decía, pero las sílabas le llegaban cansadas como si hubieran viajado hasta él desde la mismísima capital de Francia. Iba a salir del mar de viñedos que le asfixiaba desde niño. Iba a conocer la ciudad más excitante del mundo. El lugar con el que soñaban él y sus amigos desde antes de ponerse los primeros pantalones largos. ¿Qué importaba que tuviera que hacer de recadero del hermano de Rémy?

—Dispondrás de una asignación para tus gastos. Con eso y con lo que te pague el hermano de Rémy tendrás que arreglártelas. Administra bien el dinero. Dicen que la vida es cara en París; si te quedas sin un real, yo no te ayudaré. ¿Comprendido?

Rodolfo asintió con la cabeza. El corazón le latía como si llevara dentro toda una cofradía de Semana Santa tocando los tambores.

—Tú serás mi sucesor, hijo. Tendría que haber sido Dionisio, como le corresponde por ser el mayor. A ti te había destinado a las leyes, pero… —Don Fausto se calló de repente, dejó escapar un suspiro y murmuró—: No me falles tú también.

cap-6

París, 1926

  

Si tienes la suerte de vivir en París de joven, luego París te acompañará, vayas a donde vayas, el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue.

ERNEST HEMINGWAY
en una carta a un amigo

cap-7

1

Finales de agosto de 1926

Era un tórrido domingo de verano. Uno de esos días en los que la canícula convertía París en un horno y sus habitantes, poco habituados a esos rigores, se mostraban irritables y evitaban las orillas del Sena por no convertirse en pasto de moscas y mosquitos. Los ricos apuraban el estío en sus villas de veraneo en Biarritz o Deauville; los que buscaban más tranquilidad se relajaban en Dinard o Arcachon.

En todo el mundo las mujeres —y no pocos hombres— lloraban la muerte del astro del cinematógrafo Rodolfo Valentino, que había expirado el 23 de agosto en plena flor de sus treinta y un años. Las crónicas hablaban de miles de personas, casi todas mujeres, apretujadas en filas para entrar en la capilla de la empresa de pompas fúnebres Campbell de Nueva York, donde el cuerpo del hombre más bello del mundo, maquillado y acicalado como si fuera a bailar el tango en una de sus películas, seguía provocando desmayos entre las féminas. Ante la funeraria llegó a aglomerarse tanta gente que policías a caballo cargaron contra la multitud para dispersarla. Hubo que lamentar incluso suicidios de admiradoras a las que debían de faltarles razones para vivir y algún tornillo que otro.

En el instante en que bajó del taxi, Rodolfo supo que siempre recordaría el aroma a pan y a bollería recién horneada que brotaba de una boulangerie cercana y que le envolvió al pisar la acera. Tuvo la certeza de que ese recuerdo olfativo se impondría incluso al cielo azul que le recibió al salir de la estación, al frenético devenir de automóviles y tranvías en las avenidas por las que le había conducido el taxista, al esqueleto de la Torre Eiffel que vislumbró varias veces por encima de los tejados, a las voces de los vendedores de periódicos que anunciaban por doquier la muerte de Rudy il bello, al apresuramiento de los peatones que brotaban como hormigas de las bocas del metropolitano, y al sugerente caminar de las francesas.

Tras recorrer arriba y abajo, cargado con sus dos maletas, el boulevard de Montparnasse en infructuosa búsqueda, un viandante le explicó que la entrada de la pensión que buscaba no estaba en la avenida, como había creído, sino en una bocacalle angosta. Allí no llegaba el aroma de la boulangerie, sino un denso tufo a coliflor y pis de gato. Con el corazón encogido como un guisante, contuvo la respiración, maldijo para sus adentros al estúpido de Rémy y los planes trazados por su padre, y entró en el callejón. Sólo había dos patios, y la casa de huéspedes estaba en el primero. Al menos, eso ponía en una placa oxidada, o tal vez sólo estaba sucia: PENSION DE MADAME FLORE, PREMIER ÉTAGE.

Le abrió la puerta la dueña en persona, una mujer gorda, despeinada y de mirada torva que a Rodolfo se le antojó tan vieja como la madre tierra. Con el tiempo descubriría que según la actitud de madame Flore al dirigirse a un huésped se podía saber si éste pagaba su alojamiento con puntualidad o si no le quedaba un mísero sou en el bolsillo. También descubriría que madame Flore era prima lejana de Rémy. Y que el moño aupado a su coronilla era un ser rebelde, dotado de vida propia, que repelía las horquillas y siempre se liberaba de esa tiranía antes de media mañana. El día de la llegada de Rodolfo, las guedejas de la señora indicaban que las horquillas estaban a punto de tomar las de Villadiego.

El cuarto al que le condujo madame Flore daba al bulevar. Por la ventana abierta se filtraba el calor mezclado con el ruido de los automóviles, los timbrazos de los tranvías y algún retazo de música lejana. A Rodolfo la perspectiva de dormirse escuchando los sonidos de esa majestuosa ciudad le agradó. El desportillado mobiliario, en cambio, no le hizo tanta gracia. Y menos aún la cama, cuyo somier chirrió cuando se sentó para tantear su consistencia ante la mirada ceñuda de la dueña. Ésta le indicó a qué hora se servía le petit déjeuner en la salita y recalcó que ella no daba comidas, aunque monsieur podía acudir al bistro de su hermano, Chez Jean-Pierre, a tan sólo cinco minutos de allí. Añadió que el precio del alojamiento incluía un baño a la semana, pero monsieur podría bañarse siempre que lo deseara. Por supuesto, el capricho de malgastar agua supondría un sobreprecio. Dicho eso, madame Flore hizo un movimiento de cabeza que la acabó de desgreñar y dejó a Rodolfo a solas con sus dos maletas y una mezcla de nostalgia de su casa y de excitación por todo lo que iba a descubrir.

Exhausto como estaba del largo viaje, Rodolfo se quitó la americana, se tumbó sobre la cama gimiente y se quedó dormido enseguida. Despertó al cabo de dos horas, con la camisa y el pantalón arrugados y una sensación de vacío en el estómago. Se lavó la cara en el desportillado lavamanos, se peinó, se arregló la ropa hasta darle un aspecto presentable y se puso la chaqueta. Salió del callejón al boulevard de Montparnasse. Había refrescado un poco. El entusiasmo de estar en París hizo que se olvidara del hambre que le roía el estómago. Durante un buen rato deambuló por la acera sin rumbo fijo, observando el acelerado caminar de los peatones y las abarrotadas terrazas de los cafés, con sus mesas y sillas alineadas en varias filas de cara a la calle, de modo que quien se sentaba a tomar algo podía diseccionar a los viandantes a conciencia.

Cuando se cansó de dar vueltas, el hambre volvió a hacerse notar. Se detuvo ante un local llamado Le Dôme. Era un establecimiento grande cuya terraza, abarrotada de gente sentada a la sombra del toldo, ocupaba buena parte de la acera. Vio una mesa libre y se apresuró a instalarse allí antes de que alguien se le adelantara. Pronto se plantó ante él un camarero vestido con chaleco negro sobre camisa blanca y largo delantal del mismo color. Tras haberle escuchado recitar las sugerencias del día, Rodolfo decidió concederse el capricho de pedir un vino de Burdeos para acompañar un plato de salchichas de Toulouse con puré de patatas. Era el dispendio máximo que podía permitirse. Pronto tendría que empezar a buscar algún lugar barato donde comer a diario. Sabía que su padre no amenazaba en vano. Si le había dicho que no pensaba enviarle dinero en el caso de que se quedara sin blanca, lo cumpliría a rajatabla. Per

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