Ocho noches blancas

André Aciman
André Aciman

Fragmento

A media cena ya sabía que reviviría la velada entera a la inversa: el autobús, la nieve, el recorrido por la pequeña cuesta, la catedral imponente ante mí, la desconocida en el ascensor, el espacioso salón atestado de gente donde los rostros iluminados por las velas brillaban radiantes de risa y premonición, la música de piano, el cantante de voz ronca, la fragancia de madera de pino por todas partes mientras pasaba de una habitación a otra pensando que tal vez debería haber llegado mucho antes, o un poco más tarde, o que no debería haber ido. He ahí los grabados clásicos en sepia colgados de la pared junto al baño, donde una puerta batiente se abría a un largo pasillo que conducía a las zonas de la casa vedadas a los invitados, pero que luego describía otra curva y, milagrosamente, desembocaba de nuevo en el salón, donde se agolpaba cada vez más gente, y donde, junto a la ventana en la que creía haber hallado un rincón tranquilo detrás del enorme árbol de Navidad, alguien se volvió de repente hacia mí, me tendió la mano y dijo:

—Soy Clara.

Soy Clara, dos palabras soltadas de sopetón, como si fuera el hecho más evidente del mundo, como si yo ya lo supiera desde siempre o debiera haberlo sabido y ella, viendo que no le hacía ningún caso, o quizá intentaba no prestarle atención, quisiera ayudarme a abandonar todo fingimiento y poner rostro a un nombre que a buen seguro todo el mundo había ya pronunciado mil veces.

En cualquier otra persona, Soy Clara habría sido un vacilante intento de romper el hielo: dócil, en apariencia confiado, excesivamente informal, distante, hecho a la ligera como un pensamiento repentino, el equivalente verbal de un apretón de manos que ha aprendido a transmitir firmeza y vigor imprimiendo demasiada fuerza a unos dedos por lo demás flácidos y sin vida. En una persona tímida, Soy Clara requeriría tanto esfuerzo que quizá la habría dejado exhausta y casi agradecida al ver que su interlocutor no reaccionaba.

En este caso, Soy Clara no era una declaración osada ni indiscreta, sino una frase pronunciada con la sonrisa segura y algo irónica de quien la ha dicho demasiadas veces para preocuparse del modo en que rompe el silencio. Algo forzada, indiferente, cansada y divertida —por sí misma, por mí, por el hecho de que la vida convirtiera las presentaciones en los acontecimientos tensos y torpes que son—, se deslizó entre nosotros como una formalidad sin importancia que había que quitarse de encima cuanto antes, y por qué no ahora, ya que los dos estábamos algo apartados de los que se habían congregado en el centro del salón y se disponían a cantar. Sus palabras llegaron a mí como una de esas ráfagas de viento que superan todos los obstáculos y abren puertas y ventanas trayendo consigo fragancias de abril en pleno invierno, alborotándolo todo a su paso con la familiaridad despreocupada de las personas a las que nada importan los demás y que no tienen nada que perder. Ella no irrumpía afanosa ni se saltaba los pasos tediosos, pero en sus dos palabras se advertía un toque de crisis y agitación que no era del todo inintencionado ni estorbaba. De hecho, encajaba con su figura, con la arrogancia de su barbilla, la blusa finísima de gasa púrpura que llevaba desabrochada hasta el escote, el montículo de piel tan terso y formidable como el diamante engastado en su delgado collar de platino.

Soy Clara. Palabras que irrumpieron sin anunciarse, como una espectadora que se cuela en la sala de conciertos abarrotada segundos antes de que se alce el telón, molestando a todo el mundo, pero al mismo tiempo tan divertida por el revuelo que causa que, al localizar el asiento que será suyo durante el resto de la temporada, se quita el abrigo, lo desliza sobre los hombros, se vuelve hacia su nuevo vecino y, con la intención de disculparse por las molestias sin dar demasiada importancia al asunto, susurra «Soy Clara» en tono cómplice. Significa: Soy la Clara que verás aquí durante toda la temporada, así que más vale que nos llevemos bien. Soy la Clara a la que nunca habrías imaginado sentada a tu lado, y sin embargo, aquí estoy. Soy la Clara a la que anhelarás ver todos y cada uno de los días de los meses que quedan de este año todos los demás años de tu vida…, lo sé y, admitámoslo, por mucho que intentes fingir que no es así, tú también lo sabes desde el momento en que me has visto. Soy Clara.

Estaba a medio camino entre un burlón «¿Cómo es posible que no lo supieras?» y un «¿A qué viene esa cara?». «Toma —parecía decir, como un mago a punto de enseñar un truco sencillo a un niño—, coge este nombre y enciérralo en la palma de tu mano, y cuando estés solo en casa, abre la mano y piensa: Hoy he conocido a Clara.» Era como ofrecer a un anciano una onza de chocolate con avellanas justo antes de que pierda los estribos. «No digas nada hasta que lo hayas probado.» Te daba un empellón, pero te lo compensaba aun antes de que lo notaras, de modo que no sabías qué había venido primero, la disculpa o el empujoncito, o si ambos habían llegado juntos en el mismo gesto, revoloteando alrededor de sus dos palabras como juguetonas amenazas de muerte disfrazadas de bromas sin importancia. Soy Clara.

La vida antes de. La vida después de.

Todo antes de Clara se antojaba inerte, hueco, provisional. La vida después de Clara me emocionaba y me asustaba, un espejismo de agua al final de un valle infestado de serpientes de cascabel.

Soy Clara. Era lo que mejor conocía, la frase a la que podía volver cada vez que quisiera pensar en ella, viva, cálida, cáustica y peligrosa. Toda su esencia manaba de esas dos palabras, como si formaran un misterioso mensaje urgente garabateado en el dorso de una carterita de cerillas que te guardas en la cartera porque siempre evocará una noche en la que un sueño, una vida potencial, floreció de repente ante ti. Podía ser tan solo eso, un sueño y nada más, pero suscitó un deseo tan intenso de ser feliz que casi me sentí dispuesto a creer que de hecho lo era.

¿Seguiría sintiéndome así cuando me fuera de la fiesta? ¿O hallaría formas habilidosas de aferrarme a pequeños defectos para que empezaran a molestarme y me permitieran ir mitigando el sueño hasta que perdiera fuerza y lustre y, una vez perdido el lustre, me recordara una vez más que la felicidad es lo único en nuestra vida que no pueden proporcionarnos los demás?

Soy Clara. Las dos palabras evocaban su voz, su sonrisa, su rostro cuando desapareció entre el gentío aquella noche y temí que ya la había perdido, que no había sido más que fruto de mi imaginación. «Soy Clara», repetía para mí, y ella volvió a ser Clara, de pie junto a mí tras el árbol de Navidad, viva, cálida, cáustica y peligrosa.

Empecé —y lo supe a los pocos minutos de conocerla— a ensayar la vida sin volver a verla, a preguntarme cómo llevarme conmigo Soy Clara y guardar esas palabras en un cajón junto a los gemelos, las ballenas para el cuello de las camisas, el reloj y la pinza para billetes.

Estaba aprendiendo a no creer que aquello pudiera durar otros cinco minutos, porque tenía todo el aspecto de un interludio mágico e irreal, un instante en que las cosas se abren con excesiva facilidad y parecen dispuestas a franquearnos la entrada al círculo por lo general cerrado que no es otro que nuestra propia vida, la vida como siempre hemos anhelado vivirla, pero a la que engañamos a cada oportunidad, la vida por fin transportada a la tonalidad correcta, narrada en el tiempo verbal correcto, luminosa porque se revela, no en nuestra voz, sino en la de otra persona, aferrada por otra mano, plasmada en el rostro de una persona que dice: Esta noche soy el rostro que le pones a tu vida y el modo en que la vives. Esta noche soy tus ojos abiertos al mundo que te observa. Soy Clara.

Significaba: Coge mi nombre y susúrratelo, y dentro de una semana vuelve a él para ver si ha cristalizado.

Soy Clara. Sonrió como si acabara de reírse de algo que alguien le había dicho, apropiándose de la risa iniciada en otro contexto antes de volverse hacia mí tras el árbol de Navidad, revelarme su nombre con la mano tendida y hacer que me entraran ganas de reír chistes que no había oído pero cuya esencia correspondía a un sentido del humor que casaba a la perfección con el mío.

Esto significaba Soy Clara para mí. Creaba una sensación ilusoria de intimidad, de una amistad brevemente interrumpida y reanudada con urgencia, como si ya nos conociéramos o ya nos hubiéramos cruzado con anterioridad pero nos hubiéramos separado y ahora tuviéramos que volver a presentarnos a toda costa, de modo que, al tenderme la mano, de hecho ella hacía algo que deberíamos haber hecho mucho antes, porque nos habíamos criado juntos y luego habíamos perdido el contacto, o porque juntos habíamos vivido muchas cosas, o porque habíamos sido amantes largo tiempo atrás hasta que algo tan banal y vergonzoso como la muerte se interpuso entre nosotros, algo que esta vez ella no estaba dispuesta a permitir.

Soy Clara significa ya te conozco, esto no es cualquier cosa, y si crees que el destino no tiene nada que ver, te aconsejo que te lo replantees. Si quieres, podemos limitarnos a la charla insustancial y fingir que todo esto es fruto de tu imaginación, o bien podemos dejarlo todo, no prestar atención a nadie y, como niños que montan una tienda de campaña en medio de un salón abarrotado en Nochebuena, adentrarnos en un mundo radiante de risa y premonición, donde no hay peligro, donde no caben la vergüenza, la duda ni el miedo, donde todo se dice en broma y por capricho, porque las cosas más serias a menudo aparecen disfrazadas de travesura y diversión.

Mantuve su mano en la mía más tiempo del habitual para hacerle entender que había recibido el mensaje, pero se la solté antes de lo que hubiera deseado, temeroso de haber inventado el mensaje.

Esa fue mi aportación, mi firma a la velada, mi interpretación retorcida de un simple apretón de manos. Si sabía leerme el pensamiento, vería más allá de mi despreocupación fingida y percibiría esa otra despreocupación más profunda, a la que me cuesta renunciar sobre todo en presencia de una persona que con tan solo dos palabras y sin apenas una mirada tal vez esté en posesión de la llave de todos mis escondrijos.

No se me ocurrió pensar que las personas que irrumpen en tu vida pueden salir de ella con la misma facilidad en cuanto han terminado contigo, que alguien que entra en la sala de conciertos segundos antes de que empiece la música tal vez vuelva a levantarse de repente y molestar a todo el mundo al darse cuenta de que se ha sentado en la fila equivocada y no querer esperar al intermedio.

Me la quedé mirando. Contemplé su rostro. Conocía ese rostro. «Me suenas de algo», estuve a punto de decir.

—Pareces perdido —comentó.

—¿Tanto se nota? —dije—. ¿Acaso la mayoría de la gente no parece perdida en las fiestas?

—Algunos más que otros. Él no.

Señaló a un caballero de mediana edad que charlaba con una mujer. Estaba apoyado contra lo que parecía una falsa columna estriada con un capitel de estilo corintio, en la mano una bebida transparente, casi desplomado contra la columna, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Ese no parece perdido en absoluto. Y ella tampoco.

Soy Clara. Veo el interior de las personas.

El señor y la señora Shukoff,[1] así los bautizó. El señor y la señora Shukoff no veían el momento de arrancarse la ropa, comentó con un guiño mientras el caballero apuraba la copa, dame un momentito y estaré listo para el despegue.

Shukoff: personas de las que no puedes librarte, aunque te gustaría, explicó. Nos echamos a reír.

Acto seguido, con un gesto que no podría haber sido menos discreto, Clara señaló a una mujer de sesenta y tantos años que llevaba un vestido largo rojo y zapatos de charol negro.

—La abuela de Santa Claus. Mira eso —indicó señalando el ancho cinturón de charol con hebilla de oro que rodeaba la barriga de la abuelita. Llevaba lo que sin duda era una peluca de un rubio reluciente cuyos lados, apelmazados y duros como colmillos de jabato, se curvaban alrededor de las orejas. De los lóbulos le pendían sendas grandes perlas partidas engarzadas en diminutas planchas de plata…, ovnis en miniatura sin hombrecillos verdes, comentó Clara. De inmediato la bautizó con el nombre de Muffy Mitford. Luego procedió a destruir a Muffy Mitford, embarcándome en la operación como si no dudara ni por un momento que me uniría al vilipendio.

Muffy, más que hablar, gorjeaba. Muffy calzaba zapatillas con pompones azul celeste en casa, añadí. Muffy llevaba debajo un vestido de estar por casa, siempre llevaba debajo un vestido de estar por casa, apuntó ella. Muffy tenía un caniche de pelo largo llamado Suleiman. Y un marido apodado Chip. Y su hijo…, cómo no, Pip. Y su hija, Mimi. No, Buffy, que rima con Muffy. Lo cual nos hizo desternillarnos mientras veíamos cómo Muffy reía y balanceaba las caderas al ritmo del cantante de voz ronca, y el extremo suelto del cinturón se agitaba como un símbolo de fertilidad sobre su barriga, la copa de martini vacía. Sírveme otro y mira cómo me sonrojo, dijo Clara con un guiño antes de apurar el suyo.

—Eres amigo de Hans, ¿verdad? —me preguntó.

—¿Por qué lo dices? ¿En qué se nota?

—En que no cantas. Yo tampoco canto. —Al advertir que no acababa de entender la explicación añadió—: Los amigos de Hans no cantan. Solo cantan los amigos de Gretchen.

Se enjugó los labios con una servilleta, como si pretendiera sofocar los últimos aleteos de un chiste que no estaba dispuesta a compartir, pero cuyo eco quisiera hacerme llegar.

—Así de sencillo —continuó mientras señalaba sin discreción alguna a los invitados agolpados alrededor del piano, donde muchos cantaban con entusiasmo en torno al hombre de la voz ronca.

—En tal caso, Gretchen debe de tener más oído musical que él —comenté para decir algo, lo que fuera, aun cuando las palabras salieran renqueantes para llenar el silencio inevitable. La respuesta de Clara les cortó las alas.

—¿Oído musical Gretchen? Gretchen no reconocería la música aunque se la pedorrearan al oído. Mírala, con la espalda clavada a la puerta, saludando a todos sus invitados porque no se le ocurre nada mejor que hacer.

De repente recordé el apretón de manos flojo, el saludo mecánico, el beso en la mejilla que roza la oreja para no estropear el maquillaje.

Sus palabras me sorprendieron, pero las dejé pasar al no saber qué decir.

—Y mírales la cara —prosiguió señalando a los que cantaban. Les miré la cara—. ¿Tú cantarías solo porque estás en una fiesta de Navidad y todo el mundo se dedica a pegar alaridos como peces de colores grandotes tragando ponche de huevo?

Guardé silencio.

—En serio —añadió, de lo que deduje que no se trataba de una pregunta retórica—. Mira a todos esos euroshukoffs. ¿No parecen personas que siempre cantan en las fiestas de Navidad?

Soy Clara. Me pongo desagradable.

—Pero yo también canto…, a veces —dije faltando a la verdad, con la intención de parecer igual de ingenuo e inane que todas las personas que consideraban lo más normal del mundo cantar en las fiestas de Navidad. Tal vez deseaba ver cómo se las apañaba para retirar su hostilidad ahora que sin querer me había colocado en su línea de fuego. O quizá solo pretendía tomarle el pelo y no quería que supiera hasta qué punto su cínica opinión de los cantos navideños era un reflejo de la mía.

—Pero yo también canto —dijo enarcando una ceja, como si yo hubiera dicho algo difícil, complejo.

Hizo un leve gesto de asentimiento, como si reflexionara sobre el sentido profundo de mis palabras, y aún parecía sopesarlas cuando de repente caí en la cuenta de que no hablaba de sí misma, sino que repetía lo que yo acababa de decir —pero yo también canto—, arrojándome las palabras con un insultante retintín burlón, como si se tratara de un regalo estropeado que me devolviera en su caja ahora abollada.

—Así que cantas —insistió, considerando aún la cuestión.

¿O tal vez ya estaba dando marcha atrás después de haberme lanzado su dardo envenenado?

—Sí, a veces canto… —respondí intentando no parecer demasiado ufano ni demasiado serio.

Fingí no haber reparado en la irritante ironía de su voz y estuve a punto de añadir «en la ducha», pero de inmediato comprendí que, en el universo de Clara, cantar en la ducha era precisamente lo que todos confesaban cuando reconocían cautelosos que cantaban «a veces». Habría sido algo tan previsible que ya la imaginaba deshilvanando todos y cada uno de los tópicos de mi frase.

—Así que cantas —repitió—. Muy bien, pues cántame algo.

Me pilló desprevenido. Sacudí la cabeza.

—¿Por qué no? ¿No nos gusta cantar delante de alguien? —preguntó.

—Más o menos.

«Se me da fatal» habría sido una respuesta mediocre a su ingenio vertiginoso, de modo que no lo dije. Pero no se me ocurría nada más que decir.

Otro momento de vacilación. Luego miró por encima de mi hombro y rompió el silencio.

—¿Quieres oírme cantar?

Sus palabras casi sonaban a desafío. Supuse que lo decía en broma y que, después de haber manifestado tanta aversión hacia los amigos de Gretchen y sus alaridos, lo último que haría ahora sería ponerse a cantar. Sin embargo, antes de que pudiera formular una respuesta apropiada, Clara se unió a los que cantaban con una voz que jamás habría asociado a su rostro y que no podía creer que fuera suya, porque rayaba en la efusividad absoluta, como si al cantar en aquel momento junto a mí revelara una parte nueva y más profunda de sí misma para demostrarme que todo cuanto había pensado hasta entonces de ella —viento huracanado y dardo envenenado, salidas ingeniosas y mofas— tal vez fuera erróneo, que la mujer «cáustica» tenía un lado más dócil, que el «peligro» podía trocarse en temor y ternura, que podía dar tantos giros sorprendentes que de nada servía intentar entenderlos o preverlos, que carecía de sentido ofrecer resistencia a una persona cuyo Soy Clara seco y displicente me recordaba que algunas personas, pese a su arrogancia áspera, son capaces, con tan solo algunas notas, de convencerte de que en el fondo son amables, francas y vulnerables.

Estaba fascinado. Fascinado por la voz, por la persona, por mi incapacidad absoluta para dominar la situación, por el placer que me proporcionaba sentirme tan abrumado, impotente, desorientado. Su voz no surgía tan solo de su cuerpo. Parecía arrancarme cosas, como una confesión que aún era incapaz de hacer y que se remontaba a la infancia, como el eco de cuentos olvidados que por fin cobraban forma de canción.

Cual un Ulises demasiado inteligente para caer en la trampa de las sirenas, parte de mí todavía buscaba a tientas razones para no sucumbir, para no creer. Una voz tan perfecta podía convertirla en un ser demasiado perfecto.

No tardé mucho en comprender que lo que sentía no era tan solo admiración, tampoco asombro ni envidia. La palabra «adoración» —«podría llegar a adorar a una persona como ella»— todavía no había acudido a mi mente, aunque horas después, mientras contemplaba con ella una barcaza, reluciente a la luz de la luna, amarrada en el blanco Hudson, sí me decanté por la adoración. Porque los paisajes invernales plácidos elevan el alma e inducen a bajar la guardia. Porque parte de mí ya se estaba aventurando en un territorio amorfo en el que una palabra aquí, otra allá, cualquier palabra en realidad, es lo único a lo que podemos aferrarnos antes de someternos a una voluntad mucho más poderosa que la nuestra. Porque en aquella sala atestada de gente, mientras la oía cantar, me sorprendí sopesando una palabra tan trillada y manida, tan inocua, que sentí la tentación de descartarla, razón por la cual acabé eligiéndola: interesante.

Clara era interesante. No por lo que sabía o por lo que decía, ni siquiera por lo que era, sino por el modo en que veía y distorsionaba las cosas, por la burla implícita y cómplice que traslucía su voz, por el modo en que parecía admirarte y rebajarte, de tal manera que no sabías si poseía la sensibilidad del terciopelo o del papel de lija. Es interesante. Quiero saber más, oír más, acercarme más.

Pero «interesante» no era la palabra que buscaba. Con una copa más, la palabra que pugnaba por hacerse oír, y que por fin apareció en mi mente, surgiría con total naturalidad, sin esfuerzo alguno, de una forma tan desinhibida que, al contemplar su piel mientras charlaba con ella junto a la chimenea, me sentía tan tímido y torpe como un hombre que en sueño entra en un vagón de metro abarrotado, saluda a los demás viajeros y no siente la menor vergüenza al mirarse los pies y observar que no lleva zapatos ni calcetines y tampoco pantalones, que de hecho va desnudo de cintura para abajo.

Seguí charlando para evitar decir lo que quería decir, del modo en que los tímidos hablan demasiado cuando no tienen valor suficiente para decir lo justo y ni una palabra más. A fin de contenerme, cerré la boca. Intenté dejar que hablara ella. Luego, a fin de no interrumpirla y pronunciar la palabra fatídica, me mordí la lengua y la inmovilicé. No me mordí la punta, sino la parte central, un mordisco grande y dominante que tal vez habría dolido si le hubiera prestado atención, pero que en cualquier caso me inmovilizaba la lengua entera sin alterar la forma externa de mi boca. No obstante, tenía muchas ganas de interrumpirla, de interrumpirla como uno suele hacer cuando sabe que está a punto de entrometerse y escandalizar a alguien con una palabra a un tiempo exquisita, osada y obscena.

La palabra me asaltó la boca muchas veces. Me encantaba el salón, me encantaba la nieve que cubría Riverside Drive, me encantaba el puente de George Washington adornando la distancia como un collar sobre un cuello desnudo, también me encantaba el collar de Clara y el cuello que lo llevaba.

Quería decirle cuánto me había gustado su voz al cantar, quizá con el único propósito de empezar a decirle también otras cosas, cosas tímidas y vacilantes que esperaba pudieran tornarse osadas y conducirme a otros lugares. Sin embargo, en cuanto mencioné su voz me atajó en seco.

—Estudié música en la universidad —explicó, a todas luces para sofocar mi cumplido y, al mismo tiempo, subrayarlo con la impaciencia con que pareció hacer caso omiso de él.

Significaba: No te sientas obligado a decir nada. Lo sé. Es lo que estudié en la universidad.

—Me voy a otra habitación. Aquí hay demasiado ruido y el ambiente está cargado.

No logré articular más que un «vale» pensativo. ¿Así que ahí terminaba todo?

—Vamos a la biblioteca. Estaremos más tranquilos.

Quiere que la siga. Recuerdo que me divirtió la idea: Quiere que la siga.

La biblioteca, que resultó estar tan concurrida como el salón, contenía grandes y valiosos volúmenes encuadernados en cuero que se alineaban con pulcritud a lo largo de las paredes, separados por varias ventanas y lo que parecía ser un balcón con vistas al río. Durante el día aquella puerta vidriera debía de permitir la entrada de una luz infinitamente plácida.

—Podría pasarme el resto de mi vida en esta habitación.

—Como otra mucha gente. ¿Ves ese escritorio?

—Sí.

El escritorio estaba cubierto de entremeses.

—Ahí escribí mi tesina.

—¿Rodeada de toda esa comida?

Me dedicó un breve gesto de asentimiento para desechar al instante mi intento de chiste.

—Esta habitación me trae buenos recuerdos. Aquí pasé un año entero, de nueve a cinco todos los días. Incluso me dejaban venir los fines de semana. Recuerdo el verano y el otoño. Recuerdo que me asomaba a la ventana y veía la nieve. Y de repente llegó abril. El tiempo pasó volando.

Por un instante imaginé a Clara llegando puntual todas las mañanas de invierno para sentarse y pasarse el día escribiendo. ¿Llevaba gafas? ¿Se concentraba por completo en el proyecto o se aburría estando todo el día sola? ¿Divagaba, soñaba con el amor en las tardes invernales? ¿Había penas en su vida?

—¿De verdad echas de menos la época de la tesina? La mayoría de la gente ni siquiera quiere recordarla.

—No la echo de menos, pero tampoco la detesto.

Mi pregunta no pareció interesarle. La había formulado con la intención de impulsarla a decir que le gustaría volver a vivirla. O que desearía no haberla vivido. En cambio, me dio la respuesta más razonable. Pensé en decirle: Es una actitud agradable y ecuánime, pero me contuve para no parecer paternalista o, peor aún, sarcástico. Yo en su lugar probablemente habría respondido que odiaba aquella época pero al mismo tiempo la echaba de menos. Lo habría dicho con el fin de impresionarla, tal vez para sonsacarle algo, o sonsacarme algo a mí mismo, o para averiguar si le iban las paradojas y ver hasta qué punto podíamos avanzar a tientas por el terreno pantanoso de las ambigüedades cautelosas de la conversación banal.

Pero intuí que frases como aquella tampoco serían aceptables en su mundo. Decir que echabas de menos cosas que odiabas, que odiabas las que te gustaban, que querías las que rechazarías sin pensarlo…, todo eso no eran más que distorsiones artificiosas y cortinas de humo que tan solo provocarían su adiós fulminante.

Soy Clara. No me vengas con esas.

—¿Y sobre qué la escribiste?

—¿La tesina?

—Sí.

—Sobre la mesa, claro está. ¿Sobre qué si no?

De modo que me devolvía el favor. Gracias.

—No, en serio —insistí.

—¿Quieres decir si trataba de forma dialógica la situación de las mujeres marginadas que viven en un mundo monolingüe y hegemónico colonizado por instituciones falocráticas?

Muy graciosa.

—Pues no —añadió.

Un instante de silencio.

—¿Y ahora viene cuando tengo que seguir preguntando?

—Nadie te ha pedido que preguntes, pero sí, ahora viene cuando tienes que seguir preguntando.

Por un momento creí que la había perdido. Le devolví la sonrisa.

—¿De qué iba la tesina?

—¿De verdad quieres saberlo?

—No, solo te lo pregunto porque tengo que preguntártelo, ¿recuerdas?

—Las folías. Es un género musical. Carente de todo interés.

—¿Las folías? ¿Es un género que debería conocer una persona como yo?

—Una persona como tú… —Repitió mis palabras como si fueran una fruta exótica sobre cuyo sabor desacostumbrado reflexiona antes de emitir un juicio, razón por la que dijo—: Somos muy listos, muy ingeniosos. ¿Ahora viene cuando tengo que intentar adivinar quién es una persona como tú?

Me había calado. Había captado mi pregunta trampa aun antes que yo, mi intento de acercarme a ella, de conseguir que dijera algo sobre mí.

Soy Clara. Sigue intentándolo.

—Estoy segura de que has oído alguna folía más de una vez, aunque no lo sepas.

Y de repente ahí estaba de nuevo, su voz elevándose por encima del murmullo de la biblioteca atestada, entonando los sombríos compases iniciales de la famosa zarabanda de Händel. Y yo, que nunca había entendido por qué a los hombres les gusta que las mujeres canten para ellos, sentí que se me quitaban las telarañas de la mente.

—¿Lo reconoces?

Sí, pero no contesté.

—Me encanta tu voz —balbuceé en cambio.

No sabía si decir algo más o, de ser posible, retirar lo que acababa de decir. Una vez más me encontraba desnudo de cintura para abajo, emocionado por mi osadía.

—Es una melodía estándar sobre una progresión de acordes estándar, muy parecida a un passacaglia. ¿Quieres un poco de ponche? —preguntó de repente, como si quisiera cortar de cuajo mi cumplido y la intimidad incipiente entre nosotros.

Pronunció las palabras con tal brusquedad que, una vez más, comprendí que pretendía dejarme claro que estaba cambiando de tema, pero que solo quería dejármelo claro si yo captaba su mal disimulada aversión a los cumplidos.

La maniobra me hizo sonreír. Clara advirtió mi sonrisa y, al advertirla, sonrió a su vez casi burlándose de sí misma.

O quizá su sonrisa fuera el modo de devolverme la pelota, porque yo la había pillado, sí, pero a cambio ella había descubierto algo en mí que la hacía sonreír, a saber: el placer culpable que me proporcionaba el ir y venir de las cosas que quedaban sin decir. Por un momento, tal vez con el objeto de barajar los peores desenlaces posibles a fin de evitarlos, me puse a pensar en la mujer de la escotada blusa púrpura desde la distancia de los años venideros, como si la saludara con la mano desde el extremo equivocado de un catalejo. Como alguien a quien hubiera perdido. Como alguien a quien hubiera conocido en una fiesta lejana, visto una sola vez y olvidado pronto. Como alguien por quien podría haber cambiado de vida. O alguien que tal vez hubiera transformado mi vida de tal modo que llevaría años, una vida entera, generaciones enteras, recuperarla. Solo mirándola desde la distancia del tiempo podía vaticinar noches de enero vacías y domingos enteros sin ella. Una parte de mí me había adelantado y ya regresaba con noticias de lo sucedido largo tiempo después de haberla perdido: el camino hasta su casa, cuyo emplazamiento desconocía, la vista desde su ventana, que suspiraría por volver a ver, pero que daba a lugares que con toda probabilidad jamás había visto, el sonido de su molinillo de café por la mañana, el olor que despedía la caja de arena del gato, el chirrido de la puerta de servicio cuando sacabas la basura por la noche y oías el chasquido de la cerradura triple del vecino, la fragancia de sus sábanas y toallas, un mundo entero que se me escapaba antes de haberlo tocado si quiera.

De repente contuve mi imaginación, sabedor, gracias a la lógica inversa común a los supersticiosos, de que el mero hecho de prever penas futuras presuponía cierto grado de felicidad previa y sin duda alguna se interpondría en el camino de la felicidad que era reacio a considerar por miedo a perder el derecho a vivirla. Me sentía como un náufrago que, al divisar un velero desde una atalaya en su isla desierta, decide no encender una hoguera porque ya ha columbrado demasiados barcos y no quiere ver sus esperanzas frustradas una vez más. Sin embargo, al final se obliga a encenderla pese a todo y empieza a recelar de los ocupantes del velero, que tal vez resulten ser más peligrosos que las serpientes pitón y los dragones de Komodo entre los que ha aprendido a vivir. Las solitarias noches de enero no eran tan terribles. Los domingos vacíos tampoco estaban tan mal. Esto no lleva a ninguna parte, me repetí una y otra vez. Además, pensar que ya la había perdido tal vez aliviara la tensión que se había creado entre nosotros y me permitiera recuperar la compostura y la seguridad en mí mismo.

Lo que no quería era albergar esperanzas y, detrás de las esperanzas, un deseo tan intenso que cualquiera que me observara adivinaría al instante que estaba completa e indudablemente enamorado.

No me importaba que Clara lo supiera. Quería que lo supiera. Las mujeres como Clara saben que estás enamorado, esperan que lo estés y advierten todos y cada uno de tus vanos intentos por disimularlo. Lo que no quería mostrarle era mi pugna por mantener la compostura.

A fin de eludir su mirada desvié la vista y traté de parecer distraído. Quería que me preguntara por qué de repente me había alejado de ella, quería que le preocupara que pudiera perderme con la misma facilidad con que yo podía perderla a ella, pero también quería que se riera de mí por hacer precisamente lo que estaba haciendo. Quería que reparara en mi indiferencia fingida, que desenmascarara cada una de mis maniobras y así demostrara que conocía al dedillo aquel juego, porque lo había jugado muchas veces, porque quizá lo estaba jugando ahora mismo. Volví a morderme la lengua mientras me asaltaban toda suerte de pensamientos impetuosos que pedían a gritos ser verbalizados. Ahí estaba yo, un hombre tímido fingiendo ser tímido.

—¿Ponche? —repitió como quien chasquea los dedos en la cara de alguien para devolverlo al mundo de los vivos—. El que canta va a por las bebidas —añadió, lista para ir a buscarme una copa de ponche.

Le dije que no hacía falta que me trajera nada, que ya iría yo. Sabía que me estaba andando con tiquismiquis innecesarios y que lo más sencillo habría sido aceptar. Pero no me sentía capaz de salir del jardín en el que me había metido. Parecía resuelto a mostrar que me sentía más incómodo por el hecho de que alguien me trajera una copa que halagado por su ofrecimiento.

—Es que me apetece traértela —insistió—. Y traeré también algo para picar…, si me dejas ir antes de que esos palurdos acaben de cantar y se lo zampen todo —agregó como si esto fuese un último incentivo.

—No hace falta que te molestes, de verdad.

Tal vez lo que quería no era tanto ahorrarle el paseo como impedirle que se moviera, porque aun el paso más minúsculo podía alejarnos, porque cualquier cosa podía interponerse entre nosotros, porque podíamos perder nuestro rincón en la biblioteca y no recuperar jamás nuestro ritmo vertiginoso.

Clara repitió el ofrecimiento. Me encontré insistiendo en ir a buscar el ponche yo mismo. Empezaba a parecer esquivo e idiota.

Y entonces sucedió exactamente lo que temía.

—De acuerdo.

Se encogió de hombros, como si dijera: «Como quieras». O aún peor: «Que te den». En su voz todavía resonaba la alegría que había surgido entre nosotros momentos antes, pero se advertía asimismo un eco metálico, no un retintín de ironía y buen humor, sino más bien el chasquido de un archivador al cerrarse de golpe.

Al instante lamenté que hubiera cambiado de opinión.

—¿Y dónde están esas cosas de picar que dices? —farfullé con el propósito de reanimar su ofrecimiento, pensando que debía de haber comida en algún otro lugar del piso.

—Buf, quédate aquí, ya voy yo —resopló con fingida exasperación.

Miré su escote mientras volvía a ponerse la actitud ligera como si de un abrigo reversible se tratara, el otro lado del «que te den», papel de lija convertido en terciopelo. Me pregunté si mostrar a los demás el lado áspero no sería su forma de acercarse furtivamente a ellos, su forma de disipar la tensión liberando tantas cosas de sí misma que si se acercaba más sería para rechazarlos, pero al rechazarlos lo que en realidad haría sería aproximarse a ellos sigilosa como un gato arisco que no quiere que sepan que le gusta que lo acaricien.

Soy Clara. Ella fingió perder la paciencia. Yo fingí obedecer. En aquella estancia atestada y penumbrosa donde las sombras de todos se fundían, no podríamos haber elegido papeles más acertados.

Con aquel aire de agitación crónica, conseguía que hicieras exactamente lo que ella esperaba, no porque le gustara salirse con la suya, sino porque todo en su persona parecía tan cargado, agreste y lleno de espinas que no ceder a sus empellones sería como dejar en mal lugar cuanto ella era. Y así te acorralaba. Cuestionar su conducta equivaldría a desairar no solo la conducta, sino también a la persona que se ocultaba tras ella. Incluso su forma de arquear las cejas —un aviso de que exigía sumisión inmediata— podía compararse, si la cuestionabas, con el plumaje encrespado que los pájaros diminutos erizan para triplicar su tamaño, la mejor manera de disimular el miedo a no conseguir lo que se quiere pidiéndolo.

Todo eso podían no ser más que elucubraciones fantasiosas por mi parte. Tal vez Clara no ocultara nada, no se guardara nada, no erizara nada, no temiera a nadie. Tal vez era que yo necesitaba pensar así.

Quizá Clara fuera tal como se mostraba: una mujer jovial y rápida, atenta, cáustica y peligrosa. Clara sin más, sin personajes, sin alcánzame si puedes, sin aproximaciones sigilosas a desconocidos ni deseos de buscar subrepticiamente amistad y conversación. Uno de los inconvenientes de ser tan solo quien era y decir lo que pensaba era que las personas poco acostumbradas a tanta sinceridad pensarían que se trataba de una pose, que había aprendido a disimular su timidez mejor que la mayoría, pero que tras aquella fachada era tan vacilante o apocada como el que más, y que todo aquel comportamiento nervioso, desde el modo en que apoyó el codo en mi hombro para indicarme que dejara de discutir por el tema del ponche hasta la mano que surgió de la nada, no era más que una impostura, el modo en que algunos diamantes relucen por un instante y de inmediato se juzgan como falsificaciones de vidrio, hasta que los examinamos con mayor detenimiento y nos preguntamos con exasperación cómo es posible que hayamos creído ni por un segundo que no eran auténticos. La impostura estaba en nosotros, no en ellos.

Hay personas que se te insinúan con fricción. El roce áspero inicia la intimidad, y la lucha, al igual que la inquina, es el camino más corto al corazón.

Antes de que acabes la frase te la arrancan de la boca y le confieren un significado distinto, como si hubieras dado en secreto pistas de cosas que no sabías siquiera que existían y sin las que bien podrías haber vivido, pero que ahora deseas, como yo deseaba esa copa de ponche y las cosas de picar, justo lo que ella me había prometido, como si la velada entera y mucho, mucho más dependieran de esa copa de ponche.

¿Me perdonaría mi indecisión? ¿O la había interpretado como una victoria de su voluntad? ¿O quizá pensaba en términos completamente distintos? ¿Y qué términos eran esos y por qué no podía yo empezar a pensar en dichos términos?

De repente se marchó. La había perdido.

Debería haberlo imaginado.

—¿De verdad querías ponche? —preguntó al regresar.

Llevaba un plato con un surtido de aperitivos japoneses. Explicó que había tanta gente que no había podido servir las copas de ponche.

—Ergo, nada de ponche —sentenció, como si dijera «te fastidias».

Me sentí tentado de reprochárselo, no solo porque de repente estaba decepcionado y la palabra «ergo» me parecía un poco fría pese a la despreocupación con que la había pronunciado, sino porque tenía la impresión de que todo aquello de ir a buscar, no ir a buscar y al final sí ir a buscar el ponche había tenido un solo objetivo: engañarme, hacerme albergar esperanzas para luego dar al traste con ellas. Y ahora, a fin de sacudirse la culpa de no haber cumplido su promesa o de no haberse molestado en cumplirla, intentaba que pareciera que, de todas formas, yo no quería ponche…, lo cual era cierto.

Advertí que había agrupado los aperitivos en parejas y los había dispuesto en rectas hileras alrededor del plato, como si los hubiera colocado en fila para que subieran al arca de Noé; su forma de compensarme por no traer el ponche, pensé. Los rollos minúsculos de atún y aguacate, macho y hembra; el pez blanquillo, macho y hembra; las vieiras salteadas con una ramita de canónigos sobre un lecho de trozos de nabo bañados en mermelada de tamarindo y coronados por un rizo de corteza de limón, macho y hembra los creó el Señor. En cuanto le expliqué por qué el extravagante surtido me había arrancado una sonrisa, advertí que mi comentario sobre las parejitas de aperitivos que se disponían a propagarse y poblar la tierra tenía algo de atrevido, pero antes de que pudiera dar marcha atrás, me asaltó otra idea que me volvió el estómago del revés como si me arrastrara una ola inmensa: nada de machos y hembras, nada de machos y hembras esperando en la fría orilla del mar Negro, haciendo cola para reservar un pasaje en Cruceros Noé, sino macho y hembra en el sentido de tú y yo, tú y yo, Clara, solo tú y yo, aguardando nuestro turno, qué turno, el turno de quién, di algo ahora, Clara, o hablaré sin que me toque y no he bebido lo suficiente para reunir el valor que necesito para decirlo. Tenía ganas de tocarle el hombro, de deslizar los labios por su cuello, de besarla bajo la oreja derecha, bajo la oreja izquierda, a lo largo del esternón, y darle las gracias por preparar aquel plato, por saber lo que pensaría, por pensarlo conmigo, aun cuando nada de todo eso le hubiera cruzado la mente siquiera.

—Ahora que lo pienso… —empecé, sin saber si añadir algo más, pero titubeante porque sabía que el titubeo captaría su atención.

—¿Qué? —preguntó con falsa exasperación.

—La verdad es que detesto el ponche —dije.

Se echó a reír.

—En ese caso… —repuso en el mismo tono vacilante, porque también ella sabía jugar al juego de la espera y dejarme en vilo antes de pronunciar la siguiente palabra—, yo detesto, de-tes-to, el ponche, la sangría, las bebidas de chicas, el daiquiri, el harakiri y la vache qui rit. Me hacen vomitar.

Era su forma de devolverte la pelota justo cuando creías que por una vez habías podido decir la última palabra. Soy Clara. Siempre puedo contigo.

Lo que ninguno de los dos preguntó, porque ambos, sospechábamos ya la respuesta del otro, era por qué habíamos hecho tantos aspavientos por el ponche si a ninguno de los dos nos gustaba.

Una vez más, no preguntarlo solo delataba que los dos habíamos pensado en preguntarlo y decidido no hacerlo. Sonreímos ante nuestra tregua tácita, sonreímos por sonreír, sonreímos porque sabíamos y queríamos que el otro supiera que no dudaríamos un segundo en reconocer por qué habíamos hecho tantos aspavientos por el ponche si el otro amagaba siquiera la pregunta.

—Ni siquiera sé si alguna vez me han caído bien las personas a las que les gusta el ponche —añadí.

—Bien, ya que estamos —dijo, a todas luces resuelta a no permitir que la superara—, será mejor que confiese: nunca me han gustado demasiado las fiestas en las que ponen un recipiente de ponche.

Esa era la Clara que me gustaba.

—¿Y qué me dices de las personas que van a las fiestas en las que ponen un recipiente de ponche?

—¿Me preguntas si me caen bien las otraspersonas?

Yo suponía que así era.

—Casi nunca —contestó—. La mayoría de la gente son Shukoff. Excepto los que me caen bien. Y antes de que empiecen a caerme bien también ellos son Shukoff.

Tuve ganas de preguntarle qué puesto ocupaba yo en la Escala de Shukoff, pero no me atreví.

—¿Y qué te lleva a querer conocer a gente Shukoff?

Me gustaba emplear su lenguaje.

—¿De verdad quieres saberlo?

Me moría de ganas de saberlo.

—El aburrimiento.

—¿El aburrimiento detrás de un árbol de Navidad?

Con mi inocente pregunta tan solo pretendía demostrarle que me gustaba recordar cómo nos habíamos conocido, que guardaba aquel momento en la memoria y todavía no quería soltarlo.

—Puede…

Clara vaciló. Quizá no le gustaba dar la razón a nadie tan fácilmente y prefería ofrecer un «puede» a un «sí». Yo ya oía a lo lejos el redoble de los tambores.

—En cualquier caso, imagina lo aburrida que sería esta fiesta sin mí.

Me encantaba aquello.

—Probablemente ya me habría ido —repuse.

—No te estaré entreteniendo, ¿verdad?

Ahí estaba de nuevo, el mensaje que no era el verdadero mensaje, pero que bien podría ser el verdadero mensaje.

Algo reconfortante, casi conmovedor en aquella marea de pinchos y escollos me excitaba y me hacía pensar que Clara era un alma gemela que había descendido conmigo al mismísimo más allá, que me había arrebatado las palabras de la boca y, al decírmelas, les había conferido una vida y un sentido que jamás habrían poseído de haberlas guardado para mí. Bajo el disfraz de minirrabietas fieras, sus palabras insinuaban algo amable y cálido, como los pliegues ásperos de una vieja manta conocida que nos acepta tal como somos y sabe cómo dormimos, lo que soñamos, anhelamos desesperadamente y nos avergonzamos de reconocer cuando estamos a solas y desnudos. ¿Tan bien me conocía?

—La mayoría de la gente permanece en la categoría Shukoff —sentencié sin saber si lo decía en serio—. Pero podría equivocarme.

—¿Siempre eres tan ambiguo? —me picó.

—¿Tú no?

—Soy yo quien ha inventado la palabra.

Me llamo Clara. Invento acertijos y sus trampas.

Desvié la vista, tal vez para evitar mirarla. Eché una ojeada a los rostros que llenaban la biblioteca. La espaciosa estancia estaba atestada de la clase de personas que van a fiestas en las que un recipiente de ponche descansa en medio de su parloteo indolente. Recordé la actitud despectiva con que Clara había dicho «mírales la cara» e intenté lanzar una mirada fulminante a los invitados, un gesto que me proporcionó una excusa para continuar mirando a otra parte.

—Otraspersonas —dije para llenar el silencio.

—¿Son tan terribles las otraspersonas? —preguntó.

Alzó la mirada hacia mí en espera de una respuesta, como si yo fuera el experto que la hubiera conducido por un paisaje que no era suyo y con el que sentía escasa afinidad o paciencia, un paisaje en el que se había aventurado tan solo porque nuestra conversación se había desviado hacia él. ¿Estaba discrepando de mí de un modo cortés? O peor aún, ¿me estaba reprendiendo?

—¿Terribles? No —contesté—. ¿Necesarias? No lo sé.

Clara consideró la cuestión.

—Algunas lo son. Necesarias, quiero decir. Al menos para mí. A veces me gustaría que no lo fueran, aunque al final siempre estamos solos.

—No hay nada más que decir sobre las otraspersonas —añadió con una mirada pensativa y distante, como si aún albergara sentimientos encontrados hacia ellas—. A veces son lo único que se interpone entre nosotros y la zanja para recordarnos que no siempre estamos solos, aun cuando haya trincheras entre nosotros. De modo que sí, son importantes.

—Lo sé —convine. Tal vez me había extralimitado en mi condena indiscriminada de la humanidad y había llegado el momento de dar marcha atrás—. A mí tampoco me gusta estar solo.

—A mí no me importa en absoluto estar sola —puntualizó—. Me gusta estar sola.

¿Acababa de atajar otro de mis esfuerzos por acomodar mi opinión a la suya? ¿O acaso, en mi intento de entenderla desde mi punto de vista, no había oído lo que me decía? ¿Trataba por todos los medios de pensar que Clara era como yo para que así no me resultara tan desconocida? ¿O intentaba ser como ella para demostrarle que éramos más afines de lo que parecía?

—Con ellas o sin ellas, siempre hay andémica.

—¿Andémica?

—Angustia pandémica…, vista por última vez merodeando por el Upper West Side un domingo por la noche, aunque esta tarde la han visto otros dos testigos que sin embargo no lo han notificado. Odio las tardes. Este es el invierno de la andémica.

De repente vi algo que debería haber visto desde el primer momento. No le importaba estar sola, como suele pasarle a la gente que nunca está sola y anhela estarlo. La soledad le resultaba del todo ajena. La envidié. Con toda probabilidad sus amigos —y suponía que también sus amantes o posibles amantes— no le ponían fácil la tarea de estar sola, un estado que no le molestaba pero del que le gustaba quejarse, como solo aquellos que han estado en todos los rincones del mundo reconocen sin dudarlo que nunca han visitado Luxor o Cádiz.

—He aprendido a tomar lo mejor de lo que ofrecen los demás.

Esa era la persona que se acerca a un completo desconocido y lo saluda con un apretón de manos. No se advertía arrogancia en sus palabras sino tan solo la tristeza callada que provoca una larga lista implícita de reveses y decepciones.

—Tomo lo que ofrecen allí donde lo encuentro.

Pausa.

—¿Y el resto?

Tal vez no fueran por ahí los tiros, pero me parecía haber captado el indicio de un «pero» acallado al final de su frase a modo de advertencia y de cebo.

—¿El resto lo descartas? —aventuré con la intención de demostrar que tenía suficiente experiencia en los lances amorosos para entender lo que ella decía y que también yo era culpable de tomar lo que necesitaba de las personas y desechar el resto.

—¿Descartarlo? Quizá —contestó, sin que lo que yo le proponía como tema de reflexión acabara de convencerle.

Quizá me había mostrado duro e injusto, ya que tal vez no era aquello lo que ella había querido añadir. Tal vez se había limitado a seguirme la corriente distraída cuando lo único que pretendía decir era que aceptaba a la gente tal cual era.

¿O acaso se trataba de una advertencia más severa —tomo lo que necesito donde lo encuentro, así que ándate con ojo—, una advertencia que al principio no había captado porque no casaba con su expresión angustiada de un momento antes?

Estaba preparado para cambiar de táctica y señalar que tal vez nunca tiramos ni soltamos nada en la vida, y que mucho menos dejamos de amar a quienes nunca hemos amado.

—Puede que tengas razón —me atajó—. Conservamos a las personas para el día que las necesitamos, para que nos echen un cable, pero no porque las queramos. Creo que no siempre soy buena para los demás.

Me recordó las aves rapaces que mantienen a su presa viva pero paralizada mientras alimentan con ella a sus crías.

¿Qué sucedía con las personas a las que quitaban lo mejor de sí mismas para luego descartar el resto?

¿Qué le sucedía a un hombre después de que Clara acabara con él?

Soy Clara. No siempre soy buena para los demás.

¿Era su modo de sonsacarme, o era una advertencia que pedía a gritos no ser creída?

¿Era su vida una trinchera infestada de pulgas bajo el disfraz de boutique cara?

Tal vez, dijo. Algunos de nosotros nos hemos pasado la vida entera en las trincheras. Algunos de nosotros luchamos, albergamos esperanzas y amamos tan cerca de las trincheras que apestamos a ellas.

Era su aportación a mi imagen de las trincheras. Viniendo de una mujer como ella, se me antojó demasiado tenebrosa, demasiado sombría, no del todo creíble. ¿De verdad aquella mujer con la blusa desabrochada, un colgante sencillo y el cuerpo con un bronceado reluciente recién adquirido en el Caribe tenía una visión tan trágica de la vida? ¿O era esa su interpretación personal de la imagen diabólica que yo había forjado para mantener viva nuestra conversación?

¿Qué quería decir con amor en las trincheras? ¿La vida con alguien? ¿La vida sin amor? ¿La vida intentando inventar a alguien y encontrando a la persona equivocada una y otra vez? ¿La vida con muy pocas o ninguna persona relevante? ¿O era la vida de las personas solas, con sus picos y sus valles, mientras transitamos de un lugar a otro en las grandes ciudades buscando algo que ya no sabemos si denominaríamos amor aunque se abalanzara sobre nosotros desde una trinchera cercana y nos gritara que se llama Clara?

Las trincheras. Con gente o sin ella. Pero trincheras a fin de cuentas. Las citas, sobre todo. Clara odiaba las citas. Puro tormento, el colmo de la andémica. Detestaba las citas. Antes pegarse un tiro que concertar una.

Las trincheras de las tardes de domingo. Eso sí era el colmo de los colmos, coincidimos, la madre de todos los hoyos profundos. Les tranchées du dimange. Lo cual de repente les confería el lustre de Francia al atardecer. Ville d’Avray. Corot. Eric Rohmer.

Los sábados tampoco eran para tirar cohetes, comenté. El desayuno de los sábados, en casa o bien fuera, siempre la sensación de que los demás son más felices por el mero hecho de ser… los demás. Y luego las dos horas inevitables en la lavandería, donde tienes la impresión de que bien podrías quitarte la piel para meterla en la lavadora junto con los calcetines y, como un crustáceo que se esconde bajo una roca, aguardar a que te tejan una identidad nueva, con la esperanza de reinventarte gracias a lo que salga de la secadora.

Se echó a reír.

Su turno: Las trincheras, el abismo de la anfibalencia, el cenagal de la incomodidad, el tremedal del aburrimiento. Hacer daño, que te hagan daño, el apretón de mano flácido y frío de los amantes distanciados que acuden a inspeccionar los desperfectos, fumar juntos un cigarrillo, jugar a ser amigos para luego regresar a una vida sin amor.

Mi turno: A veces quienes más daño nos hacen son aquellos a los que menos hemos amado. Hundidos en la ciénaga de los domingos, también a ellos los echamos de menos.

Su turno: La ciénaga cuando el sueño no llega lo bastante deprisa y desearías estar con alguien, con quien fuera. O con otra persona. O cuando alguien es mejor que nadie, pero no mejor de por sí.

Mi turno: La ciénaga cuando pasas delante de la casa de alguien y recuerdas lo desgraciado que fuiste allí, pero comprendes lo desgraciado que eres ahora que ya no vives allí. Los días que descienden por un embudo a toda velocidad pero que recuperarías sin pensarlo, más lentos esta vez, aunque con toda probabilidad darías lo que fuera por no haberlos vivido.

—Anfibalencia extrema.

—Puedo contar con los dedos de una mano los días que no he pasado en la ciénaga últimamente —reconocí—. Y con un solo dedo los que he pasado en el jardín de rosas.

—¿Ahora mismo estás en la ciénaga?

No se andaba con chiquitas.

—En la ciénaga no —contesté—. Solo… en espera. En reserva. Tal vez en revisión, posiblemente a punto de ser retirado.

La frase le hizo gracia.

—¿Cuándo fue la última vez que estuviste en el jardín de rosas?

Cómo me gustó que la pregunta fuera al grano y sacara a colación lo que habíamos estado insinuando en todo momento.

¿Debía decírselo? ¿Había entendido siquiera su pregunta? ¿O debía suponer que hablábamos el mismo idioma? Podía decirle: Ahora mismo estoy en el jardín de rosas. O: No esperaba encontrar el jardín de rosas tan pronto.

—A mediados de mayo —me oí contestar.

Qué fácil había sido soltarlo. Hizo que mi temor a hablar de mí mismo resultara tan tonto, tan cauteloso, que todas las palabras que pronunciara en adelante parecerían cargadas de emoción y franqueza.

—¿Y tú? —pregunt

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