Septiembre de 2018 - septiembre de 2020
Si les soy sincero, tengo la impresión de haber reescrito unas cincuenta veces el principio de esta novela. La razón que me llevó a escribirla, en fin, es tan compleja que no los aburriré con ella. Siempre he tenido clara la historia que les voy contar, no se crean, pero ¿cómo narrarla y por dónde empezar? Cielos, ese ha sido mi mayor dilema. Supongo que en primer lugar debería hablarles de David Sender, y bajo qué circunstancias conocerlo se convirtió en el golpe de fortuna de mi vida.
David fue mi profesor en la facultad de Historia del Arte. Era también un escritor consagrado que en 2016 recomendó mi primera novela, aunque esta se publicó sin la menor trascendencia. No obstante, cuando en 2018 escribí la segunda, David se quedó asombrado al leerla.
—Óliver, o mucho me equivoco, o vas a convertirte en una estrella literaria.
Al oír tales ditirambos me eché a reír y le respondí que exageraba, pero David me garantizó que el manuscrito era bueno, muy bueno. «Oh, buenísimo», fue su calificativo. Y lo incluyó entre los finalistas de un gran premio literario que, en resumen, me concedieron a la edad de veintitrés años. David formaba parte del jurado y creo que condicionó el resultado final en mi favor. Pero no estoy seguro; sinceramente, nunca se lo he preguntado.
En cualquier caso, a la mañana siguiente mi nombre andaba de boca en boca por todo el país, miles de lectores y libreros preguntaban por mí, Óliver Brun, el jovencísimo y desconocido escritor a quien la editorial Prades & Noguera definía como «la más brillante revelación de la narrativa nacional de la última década».
En la Navidad de 2018 mi segundo libro copaba los escaparates y estantes de librerías y centros comerciales, las ventas se disparaban y la prensa lo destacaba como uno de los best sellers de la temporada. Como consecuencia, asistí a diversos eventos y fiestas culturales y, meses más tarde, en el verano de 2019, empecé a salir con Julia Falcó, la afamada y popular cantante. En la música y la literatura éramos los dos jóvenes triunfadores del momento. Julia quería ser rica y ganarse la vida cantando. A mí nunca me ha interesado el dinero, solo quiero vivir escribiendo; aunque el dinero anima, por supuesto, estoy convencido de que solo los libros dibujan la palabra libertad en el pensamiento; tienen el poder de llenar la mente de grandes sueños y durante un rato te permiten olvidarlo todo, qué maravilla, hasta el dinero. Francamente, sin libros la vida se embrutece.
Lo que intento decir es que siempre me han desconcertado quienes afirman trabajar solo por dinero. Creo que si a estas personas les dieran la oportunidad de cambiar de vida, ni siquiera sabrían cuál elegir, lo que viene a ser una de las mayores tragedias individuales de nuestro tiempo. Por el contrario, otras personas, pocas y extremadamente raras, casi prodigiosas, buscan trabajar en aquello que les reporte felicidad. ¿Esto no debería incluirse en el programa educativo de los colegios? Ya puestos, todos entendemos la educación como un derecho universal, ¿cierto?, pero, si lo piensan bien, es el servicio más extraño y maltratado de este país: todos la hemos defendido, incluso en masivas manifestaciones cada vez que los gobiernos la han deformado, sin embargo, los avances educativos a largo plazo han sido mínimos; no existe la menor voluntad colectiva, el menor intento gubernamental de implantar un modelo pedagógico que desarrolle en el ciudadano aptitudes críticas, lúcidas y creativas, sino que cada generación ha recibido una ley educativa partidista en estado bruto y elemental. Quizá pronto alguien se atreva a realizar una reforma profunda e imparcial; lo dudo mucho, pero permítanme soñar.
Bueno, como Julia Falcó no deseaba que nuestra relación se filtrara a la prensa, ideó un sistema para citarse conmigo con la más absoluta prudencia. Me aseguró que mantener un romance en secreto le proporcionaba una gran sensación de libertad, no sé por qué, y que desde luego era una práctica que la excitaba.
El mundo que rodeaba a Julia Falcó era un éxtasis, un puro éxtasis, un mundo pleno que reunía todas las comodidades deseables. Julia llegó a confesarme que su vida era maravillosa. También me dijo que yo era demasiado tímido e inseguro para ella y, seguidamente, puso fin a nuestra relación en noviembre de 2019.
Mamá no se enteró de ello hasta bien avanzado diciembre, y en su perseverante y latosa entrega por querer estar al corriente de todas las novedades de mi vida, cómo no, me telefoneó:
—Oli, cariño, ¿te pillo en buen momento? —Parecía preocupada.
—¿Qué sucede, mamá? ¿Te encuentras bien?
—Sí, muy bien, pero acabo de ver en la televisión que esa actriz rompió contigo hace un mes.
—¿Qué? ¿Qué actriz?
—La actriz, hijo, la actriz.
—¿Cómo que la actriz?
—¡Esa chica tan guapa que actúa en una serie de televisión! Es monísima. ¿Cómo se llama? Será posible que ya no recuerde su nombre. Es actriz, cariño, ya sabes cuál digo.
—No sé a quién... Espera, ¿te refieres a Julia Falcó? Julia es cantante, mamá.
—¿Ah, sí? Bueno, qué función desempeña en la farándula madrileña es lo de menos. Lo importante, cariño, es que me has ocultado tu ruptura con esa chica.
—No te lo conté porque nuestro idilio era, por definición, perecedero.
—¿Y eso qué significa, cielo?
—Que estoy bien, mamá. De verdad. No quería preocuparte. Julia me dijo que no congeniábamos porque yo tengo un temperamento más bien timorato.
—O sea, que has acabado aburriendo a esa actriz.
—Mamá, que no es actriz.
—Por cierto, tesoro, ¿sabes qué he hecho cuando ha terminado el programa?
Me atraganté con una porción de chocolate.
—¿Qué has hecho, mamá?
—He esperado a que llegara tu padre a casa y lo he puesto al día de tu vida privada, ¿y sabes qué opina?
—Ni me lo imagino.
—Hijo, te vas a quedar helado: que esos programas que veo, dice, son repugnantes, y que tú ya eres mayor, y que no deberíamos tener la necesidad imperativa de conocer todos los detalles de tu vida privada. Eso me ha dicho, por el amor de Dios. ¡Ay, cariño, es que todas las chicas rompen contigo! Y esa actriz es tan guapa, Oli, y en la tele hacíais tan buena pareja...
—¡Que no es actriz! Mamá, escúchame, simplemente no supimos gestionar algunos temas, ¿vale? No pasa nada. Julia se dio cuenta de que yo no era el chico adecuado para ella.
—¡Oh, Señor, es que a ninguna le pareces el adecuado! ¿No crees que ya va siendo hora de sentar la cabeza, hijo? Yo quiero lo mejor para ti, o sea, una buena mujer. Pero, Oli, ¿sabes cuál es el problema de las mujeres buenas?
Me resigné arrastrando las mismas palabras:
—¿Cuál es el problema de las mujeres buenas, mamá?
—Que saben que son buenas, cariño. Saben que están solicitadas y no les interesa limitarse a un cualquiera. Jesús —bufó—, odio a las chicas buenas. —Y con profusa alegría, mamá me animó—: Pero, cielo, excelentes noticias para ti: las mediocres están disponibles; aunque estas son tan inseguras que, al conocerte, pensarán: «No soy lo bastante para Óliver Brun». Y pasado un tiempo te preguntarán: «¿Qué haces conmigo, a ver?». Y tú terminarás respondiendo: «Oye, pues tienes razón; lo nuestro ha terminado».
—Mamá, ¿de qué demonios estás hablando?
—Tesoro, cuida ese lenguaje y escúchame: pronto cumplirás veinticinco años, así que olvídate de casarte con una mujer buena; cariño, es demasiado tarde para ti. Quizá deberías centrarte en encontrar a una entre lo bueno y lo mediocre, ¿comprendes? Una chica que aprecie estar contigo porque esté muy desmoralizada hasta el punto de pensar: «No quiero esperanza. La esperanza me está matando. Mi sueño es llegar a ser una desesperada». Porque a esas mujeres les da igual, cariño. Y si te da igual, la indiferencia te hace atractiva. Así que la desesperación es la clave.
Mamá es tremenda, caray, si la oyeran. Tiene los nervios destrozados y a menudo dice lo primero que le pasa por la cabeza. Figúrense que un día, al poco de mudarme a un modesto ático de alquiler en el barrio de las Letras, mamá me llamó solo para soltarme la siguiente perogrullada: «Tesoro, si tienes frío conecta la calefacción. Y si no tienes frío, pues no la conectes». No obstante, de vez en cuando mamá me proporciona material que, ya lo ven, voy incorporando a esta novela. Si les digo la verdad, espero que cuando se publique, mamá no la lea. Porque, si la lee, me temo que el personaje que he basado en ella no le gustará. Y si no le gusta, me telefoneará. Y entonces exigirá explicaciones e incluso cuestionará mi amor filial por ella.
En cualquier caso, le dije que tenía que colgar, que debía ponerme a escribir enseguida.
—Tesoro, desde que te dieron ese premio solo piensas en los libros, y nunca en casarte.
En efecto, de un tiempo a esa parte solo pensaba en mi tercera novela; sin embargo, no la escribía, he aquí el problema: cuando me proponía una idea, me sentía incapaz de generar un número de palabras suficientes para desarrollarla. Así era.
En marzo de 2020 cumplí veinticinco años y, a su vez, hacía diecisiete meses que me habían concedido el premio literario. Por este último motivo, Bernard Domènech, director ejecutivo de Prades & Noguera, me citó en su despacho, en el distrito de Chamberí, para comentarme una cuestión editorial que lo tenía preocupado.
—Dime, Óliver, ¿cuándo nos entregarás nuevo material? —reclamó—. ¿Eres consciente de que vas atrasado con respecto a los plazos programados? Los editores me han asegurado que todavía no les has entregado nada. Recuerda que el contrato de la concesión del premio tenía contraprestaciones, bien lo sabes, incluye el futuro libro que debes escribir. Ten en cuenta, además, que la competencia recibe a diario originales de otros jóvenes escritores que podrían robarte tu público. —Hizo una pausa y razonó—: Te lo comento porque si tú no llenas el tiempo libre de los lectores, será otro autor quien lo haga, y tú acabarás, ¿sabes dónde?, en el desván de la literatura. Así que espabila y entrégame una buena novela, que yo me encargaré de lo demás. El libro perfecto no existe, ¿de acuerdo?, no es lo que te pido; pero los lectores demandan otra obra tuya, y la quieren ya: ¡desean al escritor que hay en Óliver Brun para las próximas navidades!
Bernard Domènech era un directivo fuera de lo común que poseía un sentido excepcional para la publicidad y la edición, una habilidad innata que resultaba ser la contrapartida de su desmesurada ambición económica: siempre anhelaba más ventas, mayor distribución, numerosas ediciones, mucha repercusión y decenas de traducciones. Más dinero, claro. Pero tenía razón en que debía ponerme a escribir de inmediato.
Salí del edificio con esperanzas renovadas, absolutamente convencido de que en poco tiempo le entregaría a Domènech una obra grandiosa, y que, después de leerla, el directivo reuniría a los editores en su despacho, entre vítores y aplausos, y así valoraría mi nueva novela: «Damas y caballeros, hay que quitarse el sombrero».
Dos meses después, sin embargo, mi mente seguía en blanco. Sobre todo me aterrorizaba volver a casa y enfrentarme a mis ideas; o mejor dicho, a la ausencia de ellas. Nada me incitaba a la disciplina del trabajo, así que pasaba horas y más horas en la sala de becarios de la facultad para que los días se consumieran. Por entonces ya llevaba un tiempo matriculado en el programa de doctorado.
En mayo se incorporó al grupo de investigación una chica de veinticuatro años. Se llamaba Eleonora Salas y acababa de obtener una beca del Ministerio; era historiadora del arte, como yo, pero más eficiente. En su primer día en el departamento se acercó a saludarme.
—Tú eres Óliver Brun, ¿verdad? He leído tus dos novelas.
Le agradecí el detalle y el tiempo invertido en leerlas, y, a continuación, con una entonación de comedia, traviesa y pizpireta, manifestó: «Jo, como escritor no eres demasiado bueno». Después, con una bella sonrisa bailándole en los labios, me dijo su nombre y me advirtió:
—Pero como se te ocurra llamarme Eleonora, te mato. No me gusta, ¿vale? Lo detesto. Prefiero Nora.
Desde el primer momento me sentí enormemente atraído por ella. Nora y yo investigábamos juntos en la universidad, pero fuera del trabajo andábamos siempre bromeando, e incluso comenzamos a intercambiar mensajes a diario. De inmediato se estableció entre ambos un vínculo profundo y afectivo. A los dos nos maravillaba la facilidad y naturalidad con que nuestras vidas se habían encontrado. El problema, claro, residía en que Nora tenía novio desde hacía cinco años. También tenía un hámster. Se llamaba Óscar, el hámster. Su novio, no recuerdo el nombre, estudiaba un curso de posgrado en otra ciudad.
En junio, cuatro semanas después de conocer a Nora, empecé a salir con Martina Biel, una joven de mi edad que ejercía exitosamente la abogacía. Al conocerla, mi plácida vida experimentó una serie de forzosas transformaciones; la más crucial se produjo una noche de primavera, después de que Martina revisara en mi casa el contrato editorial.
—Óliver, el premio que te concedieron no fue, ni de cerca, un regalo por parte de la editorial. Más bien fue una especie de garantía.
—¿Eh?
—A ver, presta atención a la letra pequeña. Firmaste un contrato de exclusividad, ¿no?, en el que te comprometiste a entregar un nuevo manuscrito en un período máximo de dos años.
—¿Y bien?
—Pues que estamos en junio, Óliver, y el plazo vence en noviembre. Y aquí pone claramente que si no presentas otro libro, tu tercer libro, el departamento jurídico de Prades & Noguera se reserva la opción de presentar cargos en tu contra.
Por incumplimiento de contrato, naturalmente. De modo que solo disponía de cinco meses para escribir una novela. Bueno, no era un escenario insalvable. Sin embargo, iba a pagar un alto precio por haber coqueteado con la ociosidad, ya que, al no haber escrito una sola línea en el último año y medio, me enfrentaba a un imposible. Y lo peor estaba por llegar: ningún empleado de la editorial me había prevenido de las acciones legales a las que haría frente si no les proporcionaba un nuevo manuscrito. Martina me informó de ello pocas noches más tarde: «No hay forma de eludirlo, Óliver. Vas a tener que entregar una buena novela en el plazo estipulado. No puedes dejarlo pasar. ¡Literalmente, no puedes! ¡En qué estabas pensando, firmaste un contrato blindado! Y si no cumples tu parte del acuerdo, ¿sabes qué?, ¡podrían demandarte ante los tribunales!».
Horrorizado por la admonición de Martina, me di perfecta cuenta del peligro al que me enfrentaba: en el último año y medio no se me había ocurrido una mísera idea. Escribir dos libros sin presión alguna, cuando era un autor joven y desconocido, me había parecido relativamente sencillo. Pero, una vez alcanzado el éxito, descubrí que no estaba preparado para la fama. Me golpeó fuerte y no tuve la capacidad adecuada para afrontarla. Me llevó al éxtasis, pero también a la oscuridad. Y cuando llegó el momento de justificar mi presunto talento literario, ya no me sentía capaz de escribir, ergo, ¿qué era? ¿Un incapaz frente a un obstáculo? Más bien fui un iluso al creer que una nueva trama original se me ocurriría de repente y, por qué no, en el instante preciso en que la necesitase. Cielos, durante largo tiempo me conté esa mentira una y otra vez para solventar la carencia de ingenio y lucidez.
Mi gran problema residía, en efecto, en que estaba inmerso en la terrible crisis de la página en blanco.
Con el propósito de estimular la creatividad, empecé por seguir el ejemplo de algunos autores que en épocas pasadas recurrieron a la soledad como fábrica de inspiración genuina (Emily Dickinson, Flaubert, Proust..., o Conrad, quien llegó hasta el extremo de confinarse una semana entera en el baño de su casa para eludir cualquier tipo de distracción mundana). Así que hice las maletas, abandoné Madrid y durante el verano de 2020 me aislé en una casita junto a una playa del Mediterráneo, no importa cuál, para levantarme con la primera luz del alba y escribir hasta el anochecer. Pero cada mañana, frustrado y decepcionado, desechaba lo que había escrito el día anterior.
El estallido de genialidad no se manifestaba, y cuanto más se acercaba la fecha límite de entrega de la novela, más intensa sonaba la alarma en mi fuero interno, es decir, más me precipitaba hacia un verdadero drama.
En el tiempo que duró mi retiro literario, apenas mantuve contacto con Martina; le pedí tiempo e interrumpimos la relación esas semanas de verano. Para ser del todo sincero, sentía que a mi alrededor no había espacio para Martina. Con Nora, por el contrario, me escribía todos los días.
Al dar comienzo septiembre, mientras conducía de regreso a Madrid, el drama se transformó en auténtica desesperación. De pronto fui plenamente consciente de todas las amenazas que ponían en riesgo mi incipiente carrera literaria. Mi incapacidad para generar ideas atractivas me colocó frente a la mismísima impotencia, y la imposibilidad se transformó en vértigo, un sentimiento horrendo, el terrible presentimiento de que iba a fracasar.
La cuenta atrás había empezado. Las musas me habían abandonado. Todos los azares y las vicisitudes de mi vida convergían de manera dramática hacia un instante definitivo: la rendición final, la eterna página en blanco, la agonía moribunda de mi esperanza intelectual, mi caída hacia una nueva oscuridad.
Por suerte, el talento es un fiel compañero que en ocasiones llama a la puerta en el momento perfecto. Tiene esa peculiaridad. Imagínense a una persona con talento. Bien, podría quedarse sin nada, ¿verdad? Podría perder a sus amigos y familiares, hasta podría quedarse sin hogar, dinero y posesiones. Podría perderlo todo. Pero seguiría teniendo talento; es lo único que la vida no te puede arrebatar.
Una idea parpadeó, débil al principio, y de la sombra más oscura nació la luz más maravillosa: un destello literario me inundó al mantener una conversación con Nora, justo antes de que se hallaran los restos de una joven que había desaparecido hacía veinticinco años.
El caso mediático del que hablaría todo el país, y en el que me vi directamente implicado, estalló a finales de octubre, pocos días antes de que venciera el plazo del contrato editorial. El hallazgo de los huesos de Melisa Nierga fue solo el origen de la serie de sucesos que narraré a continuación.
Bien, comencemos. Este es el preludio de una historia en la que algunas obras de arte, como La Mona Lisa que se conserva en el Museo del Prado (sí, hay una Mona Lisa en Madrid), cobraron gran importancia y dejaron de ser, por supuesto, meras desconocidas para la mayoría del mundo.
1
—He visto que en la novela utilizas el tiempo pasado, pero en ocasiones puntuales, como si les hablases, introduces el presente y te diriges a los lectores.
—Sí, Nora, soy consciente. Espero que a mis editoras no les importe.
Nada más regresar a Madrid deshice las maletas, salí a la pequeña terraza del ático y marqué el número de David Sender, mi amigo y mentor, la única persona que podría ayudarme a superar la crisis de la página en blanco. Desde que optó por la jubilación anticipada, David pasaba los días en su casa de Monterrey, un bonito pueblo de la sierra madrileña.
Una vez que descolgó, procuré hablar de forma distendida. Sin embargo, fui parco en palabras, y mi voz sonó seca y dura. David no tardó en percatarse de que me dominaba un estado de nerviosismo.
—Óliver, ¿va todo bien?
—Sí —mentí.
—Vamos, Óliver, dime qué te ocurre.
—El premio —acabé reconociendo—, ¡ese dichoso premio me ha matado!
—¿Cómo dices? ¿Qué sucede con el premio?
—Desde que me lo concedieron, tengo la mente en blanco.
—¿No has escrito en los dos últimos años?
—No.
—¿Nada?
—Absolutamente nada. Ni un párrafo, ni una línea, ¡ni siquiera una palabra! ¿Y sabes qué es lo peor, David? Que cada vez que lo he intentado ¡he fracasado en mi propósito de crear!
Hubo un breve silencio tras el cual, con un tono sereno y confiado, David me pidió que mantuviera la calma; yo, sin embargo, exclamé:
—¡Mi carrera literaria se ha terminado!
—Óliver, escúchame...
—¡Oh, Dios mío —lo interrumpí, gritando—, soy un fraude, soy un negado!
La voz de David adoptó un tono serio de inmediato:
—Tranquilízate, por favor. No eres un fraude ni un incapaz, ¿de acuerdo? Estás exagerando, Óliver. ¿Sabes por qué lo creo? Porque he leído y recomendado tus dos novelas, y no me cabe la menor duda de que vas a ser uno de los narradores más talentosos y creativos de tu generación. Ahora bien, la literatura requiere tesón y disciplina, y, por lo visto en los últimos tiempos, te has dedicado a frecuentar todo tipo de cócteles y eventos; ¿me equivoco, Óliver?
—Pero ¡si hace tiempo que no recibo invitaciones! Los lectores apenas me escriben, y la prensa me ignora, David. Ya no formo parte de la actualidad cultural.
—Vaya, Óliver, creía que la notoriedad literaria no te importaba.
—Por supuesto que no, pero... —Le conté brevemente que Martina había revisado el contrato de la concesión del premio de Prades & Noguera—. ¿Lo entiendes ahora, David? Si a principios de noviembre no entrego un nuevo libro, me temo que la editorial me demandará.
—¡Así que Prades & Noguera te demandará, eh! —David prorrumpió en sonoras carcajadas—. ¿Por incumplimiento de contrato, dices? A ver si me aclaro: a ti, que a los veinticinco años ya has vendido cien mil ejemplares de tus dos novelas, ¿te van a demandar?
—Lo harán, ¿verdad?
—¡Óliver, no digas idioteces! En todo caso, deberían ponerte una alfombra roja cada vez que entras en la editorial. —Y volvió a reírse—. Por cierto, ¿quién es Martina? ¿Sales con ella?
—Bueno, no estoy del todo seguro.
—¿Y eso cómo se entiende?
—¿Qué?
—Óliver, ¿me estás diciendo que no sabes si tienes novia?
—A ver, conocí a Martina en junio, pero, pasado un mes, me fui de Madrid y me aislé en la playa.
—¿Para intentar escribir?
—Sí.
—¿Con estas palabras se lo explicaste a ella?
—Más o menos.
—¿Y bien, Óliver?
—Casi no he mantenido contacto con ella durante el verano. Le pedí tiempo. Necesitaba alejarme de toda distracción para intentar desarrollar alguna idea.
—¡Ay, Dios...! —se alarmó David.
—¡Qué! ¿Qué sucede?
—No me lo esperaba de ti. ¿Martina es una distracción, dices? Mi querido Óliver, eres un idiota cualquiera. Te equivocas al otorgar más importancia a los libros que al amor y a las personas, tarde o temprano lo comprenderás. Haz el favor de llamar a esa chica y pídele disculpas. Luego ven a verme y hablaremos con calma.
A solas en la terraza del ático, fijé la vista en el arrebol mientras daba vueltas a las últimas palabras de David. El sol de septiembre se hundía despacio en poniente, y su luz al atardecer, como una mancha de tinta sobre papel mojado, cubría de colores malvas y rosados el horizonte de Madrid.
—Creo que la literatura me queda demasiado grande —sentencié al fin—. Solo he tenido capacidad para escribir dos novelas. Ese es mi límite y la cruda realidad. Me rindo, David. Me niego a intentarlo otra vez; no quiero ver cómo mis ideas se disipan en las sombras.
—¡Qué despropósito! ¡Qué agorero! ¡Sigues exagerando, Óliver! Pero, eso sí, me hago cargo. Tu mayor problema reside en que, aparte de que no has escrito una sola palabra, no se te ocurre nada.
—En efecto. Ya no sé qué hacer. ¡Estoy bloqueado!
David enmudeció unos instantes.
—Mira, Óliver, dicen que Scott Fitzgerald también sufrió el síndrome de la hoja en blanco. O acuérdate de Harper Lee, a quien publicaron Matar a un ruiseñor en 1960, y le valió un premio Pulitzer, de acuerdo, pero no le editaron su segunda obra hasta 2015, ¿comprendes, Óliver? Pasaron cincuenta y cinco años entre una novela y la otra. Ahí va otro caso: a menudo se cita a Kafka como paradigma de escritor bloqueado, ¿verdad? Sin embargo, sus cuadernos revelan que no fue una víctima más de la página en blanco, sino que se frustraba al no alcanzar satisfactorios resultados.
Creo que lo comprendí:
—¿Quieres decir que Kafka tendía a buscar la perfección en sus textos?
—Algo así.
—Ya veo.
—¿Óliver?
—Sí, David, te escucho.
—Presta atención, que te voy a contar una historia edificante. Bien, ahí va: mi padre no fue escritor, fue panadero. Se levantaba a las dos de la mañana y a las tres empezaba a hornear pan. No tenía bloqueo de panadero. Trabajaba. Cuando vengas a verme, no olvides traer pastas.
Y colgó. A fin de cuentas, David Sender tenía razón. No tardaría mucho en desplazarme a Monterrey para pedirle consejo, pero antes tenía otros asuntos que atender.
Para empezar, debía adaptarme de nuevo a la actividad frenética de Madrid. Si les digo la verdad, siempre me ha desconcertado el ritmo trepidante que se vive en las grandes ciudades. A veces me siento en un banco, con donaire de jubilado, y durante horas no hago otra cosa que observar la vida a mi alrededor; lo que más me llama la atención es que la mayoría de la gente camina con prisas. Me pregunto por qué. Hay quien no tiene alternativa, hasta ahí llego; pero tengo la sensación de que muchas otras personas, de todas las condiciones y capas sociales, imprimen una velocidad innecesaria a su día a día para, quizá, dedicar el menor tiempo posible a la introspección. «La prisa es un mal universal porque todo el mundo está huyendo de sí mismo», por emplear el aforismo de Nietzsche, que en este contexto me parece inmejorable.
En otras palabras, para gran parte de la población, la filosofía se ha convertido en un estorbo. Aquellos razonamientos de los que la humanidad se había enorgullecido tanto, y las tesis e ideas en que se sustentaron, están perdiendo toda su trascendencia. La reflexión, el análisis de la propia conciencia, parece ser hoy un ejercicio árido y penoso de un aburrimiento insoportable. Todo ello se está sustituyendo por una forma de hedonismo basada en la búsqueda infatigable de distracciones instantáneas y desechables.
Compartí estos pensamientos con Nora la tarde del 2 de septiembre, en el despacho de becarios de la facultad, cuando dio comienzo el curso académico.
—¿Sabes qué, Óliver? Creo que si Nietzsche fuera testigo de los hábitos de impaciencia que hemos desarrollado nos llamaría locos; y luego, como él también lo estaba un poco, supongo que se tiraría por una ventana.
Dicho esto, Nora me atizó en la nuca con la palma de la mano. Por alguna razón, se lo pasaba en grande golpeándome siempre que se le presentaba la ocasión; y cuando lo hacía, su rostro sonreía.
—Sí, Óliver, ya sé que a veces te sacudo, y no sé por qué, pero lo hago. ¿Te crees que no me doy cuenta?
Me atizaba, principalmente, en el momento en que crecía la tensión sexual entre ambos, cuando, por ejemplo, pasábamos una tarde juntos y al finalizar la velada no le quedaba más alternativa que besarme o atizarme.
—Oye, Óliver, ¿te he hecho daño?
—No.
—Entonces ¿por qué pones esa cara?
—Por otras razones —aduje.
—A ver, ¿cuáles?
—En primer lugar, tengo la sensación de que mi mundo literario se desmorona.
—Jo, Óliver, eres un alarmista. ¿Es que no has escrito durante el verano?
—No, nada. Además, me he dado cuenta de que quizá solo sea el joven autor de un par de novelas al que le ha llegado la hora de aceptar su final. No tengo por qué convertirme en uno de esos literatos consolidados que publican novedades a un ritmo constante.
Nos alejamos de la facultad y entramos en un bar de Chamberí que, a las ocho de la tarde, se iba atestando de estudiantes universitarios; algunos jugaban al billar, la mayoría conversaba animadamente. Pedimos dos cervezas y nos sentamos a una mesa en una esquina. A bajo volumen empezó a sonar un tema de los Who, justo cuando Nora trató de animarme:
—No tienes por qué abandonar la literatura.
—¿A qué te refieres?
—A que podrías reinventarte. ¿Por qué no escribes un guion para cine o televisión?
—¡Ja!
—Oye, Óliver, ¿por qué te carcajeas?
—Ah, ¿es que hablas en serio?
Nora bebió generosamente y razonó:
—Es muy bonito oírte hablar de literatura, pero, vamos, Óliver, ¡las series están sustituyendo a los libros! En mi opinión, dentro de cincuenta años ya nadie comprará libros.
—¡Eso es imposible!
—¿Ah, sí? ¿No ves hacia dónde nos encaminamos, Óliver? A mí me da que toda una futura generación estará demasiado empeñada en perder el tiempo con el teléfono móvil y la televisión. Creo que los libros despertarán en mis hijos la misma curiosidad que despiertan en nosotros las obras de Goya y Picasso. O sea, que la literatura será considerada el producto de otro tiempo. Pasará otra generación y mi nieta me preguntará: «Oye, abuela Nora, ¿qué eran los libros? ¿Y para qué los usabais?». Y yo le responderé: «Oh, cariño, con los libros soñábamos y, sobre todo, pensábamos. ¿O los utilizábamos en las casas como elemento decorativo? Lo he olvidado». La sociedad habrá alcanzado tal grado de estulticia que se perderá el espíritu crítico, y nos mataremos los unos a los otros, cosa que ya hacemos, y bastante bien. Eso es lo que pasará si mueren los libros, Óliver, que, por cierto, morirán. Nosotros estamos viviendo el proceso del cambio, porque ahora, si te das cuenta, las personas no demandan letras, sino imágenes. Ya no quieren pensar, ceden su juicio a un aparato artificial. ¿Por qué será? Son las consecuencias de vivir en la sociedad de una incultura feroz y desmedida, ¿no crees, Óliver? La pantalla táctil es lo primero que muchos miran al abrir un ojo por la mañana, y lo último que comprueban antes de dormir. Jo, qué pena.
Yo le dije que, en mi opinión, el uso excesivo del teléfono móvil es uno de los principales motivos por el que muchas personas se expresan, y cada vez con mayor frecuencia, como si las hubieran educado en una sociedad vacía de libros y sin el menor apetito intelectual. Cuando hoy en día miro alrededor, me doy cuenta de que muchos jóvenes, no todos y no tan jóvenes, poseen un lenguaje ordinario, un vocabulario cutre y un pensamiento medio hueco y sin formar.
Lo que intento decir es que, antes de mudarme al barrio de las Letras, compartí piso con un conocido que, cuando volvía de trabajar, se tumbaba en el sofá sin más propósito en la vida que utilizar el teléfono móvil hasta la hora de cenar. No sabía qué era una librería ni una biblioteca, pero sí un gimnasio. Este conocido a veces me preguntaba entre pícaras sonrisas: «¿Por qué voy a leer la novela si puedo ver la película?». Y yo, con una sonrisa aún más pícara, le respondía: «Porque con una observas una secuencia de escenas, pero con la otra te las imaginas, captas infinidad de matices que los fotogramas no pueden mostrar y, por si fuera poco, piensas. Caray, la diferencia es extremadamente significativa».
Bueno, lo que de verdad quería decir es que yo desconecto el teléfono móvil por las noches y lo guardo en un cajón. Me parece que no es un hábito demasiado extendido en los tiempos que corren. Soy un anacronismo.
—Sí, Óliver, tú eres diferente, lo cual no implica que seas mejor o peor persona, ¿eh? —Nora chasqueó los dedos y reflexionó—: Eres un soñador, vaya, alguien que entiende el mundo como es y, además, como podría ser. Por eso me gustas. Ahora bien, ignoras qué ve la mayor parte de la gente, a saber, la peligrosa caída que se abre entre las expectativas y la realidad. Por eso la mayoría no sueña, se conforma.
—Oye, Nora, eso es muy triste.
—Sí, Óliver —sonrió ella—, pero no deja de ser verdad. Bienvenido al mundo real, es injusto y decepcionante, te encantará.
Acto seguido, Nora se abalanzó sobre mí y me golpeó graciosamente en el brazo. Después abonamos el precio de las consumiciones, pedimos otras dos cervezas y nos sentamos a la misma mesa.
Cada pocos minutos, como he mencionado, crecía la tensión sexual entre ambos. No éramos solo amigos, en definitiva. Eso a los dos nos había quedado ya bastante claro. Sin embargo, no hacíamos nada para solventar la situación. Es más, cada encuentro nos ofrecía infinitud de hermosas posibilidades. Todas las tardes nos despedíamos con caricias entrañables, sonrisas cómplices y unas ganas terribles de besarnos; y luego, continuábamos la conversación intercambiando mensajes día y noche, sin cesar.
Quizá se pregunten por qué no era yo quien daba el paso definitivo. A la vista de numerosas oportunidades, ¿por qué no me atrevía a besar a Nora? Bien, una posible respuesta sería: «Porque Óliver Brun es un joven introvertido. O un indeciso. O, para ser más concisos, un idiota redomado». Si alguien llegara a enunciar tales calificaciones sobre mi persona, cielos, no lo quisiera, yo no tendría réplica. Pero recuerden que Nora tenía novio, por el amor de Dios. Por tanto, y aunque yo la deseaba, no quería provocar su infidelidad. En efecto, me contenía un antiguo sentido de la moralidad.
Debía tomar una decisión; así que seguí el consejo de David Sender: telefoneé a Martina y retomamos la relación.
Martina vivía en las proximidades a la plaza del Dos de Mayo. Casi siempre nos citábamos allí y ocupábamos las tardes en vagar por los bares de Malasaña. El 20 de septiembre, tomando cócteles al atardecer, me habló sobre el nuevo caso que los socios del bufete le habían asignado; después se interesó por mis avances literarios. Me preguntó: «¿Cómo llevas la novela, Óliver?». Le respondí: «No existe tal novela. Llevo dos años bloqueado».
Al oír la angustia que se desprendía de mi voz, Martina me besó tiernamente en los labios.
—Sé que no es lo mismo —dijo—, pero cuando yo me ofusco redactando la defensa de un cliente, por ejemplo, salgo del despacho y hago deporte. Desconecto un par de horas y después lo sigo intentando. Y si aun así no obtengo resultados, me convenzo de que mañana será un día mejor. No se extrae nada útil de la obsesión, Óliver. Lo aprendí cuando trabajé en el último caso.
Le di las gracias por su consejo y añadí que, por suerte, mi bloqueo literario no afectaba a mi segunda pasión.
—Bueno, así podrás centrarte durante un tiempo en tu tesis doctoral.
—Pero no es lo mismo.
—¿Por qué, Óliver?
—Porque... no lo es. —Traté de explicárselo—: Verás, Martina, con las obras de arte soy como una luciérnaga: voy a la luz y me quedo pegado. Pero mi trabajo como doctorando en Historia del Arte, aunque gratificante, consiste en investigar.
Mientras que con la literatura, si les digo la verdad, trabajo soñando. Para ser del todo sincero, desde que era pequeño hasta hoy he querido ser escritor. Ya en mi más tierna infancia me inventaba personajes e incluso hablaba con ellos. No eran conversaciones lo que imaginaba, por cierto, sino imágenes, ideas. Las ideas inventadas son valiosas; es precisamente la imaginación lo que nos modela como personas. Y no quería desprenderme de ella, me quedaría indefenso sin ella. Al convertirme en escritor alcancé mi sueño; la literatura satisfacía todas mis necesidades, todos mis deseos. No ansiaba ir a por más: escribir era suficiente, el último paso que dar.
—Pero, ¿sabes qué?, ahora tengo la impresión de que he de reestructurar por completo toda mi vida. Hay quien dice que exagero. En fin, Martina, no me hagas caso. Oye, ¿dónde te apetece cenar?
—¿Vamos a mi casa? —propuso. Y fuimos.
En aquel momento, mi relación con Martina transcurría de la siguiente manera: hacíamos el amor noche y día en largas y fogosas sesiones que nos dejaban extenuados. Hasta podría decirse que juntos elevábamos los placeres sexuales a una categoría memorable. Y cuando nos tomábamos un descanso, conversábamos sobre temas profundos que, la verdad, por más vueltas que les diéramos no nos conducían a ningún lado. En la confusa edad que son los veinticinco años, ambos estábamos demasiado ocupados estudiando el futuro y aceptando la realidad de un presente que no se parecía en nada a como lo habíamos soñado. Estábamos descubriendo, por tanto, un nuevo sentimiento de pena por la pérdida y la lejanía de los sueños pasados: la nostalgia.
Aquella noche dormí abrazado a Martina, una chica inteligente, alegre y divertida, pero al amanecer sentí un deseo incontenible de ver a Nora. Supongo, me dije al despertar, que, a los veinticinco años, y a cualquier otra edad, todos queremos a alguien que no podemos tener.
Me despedí de Martina con la mente puesta en Nora y caminé hacia mi casa pensando en lo único en lo que un escritor bloqueado puede pensar, o sea, en nada: mi leitmotiv de cada mañana.
Permanecí todo el día encerrado en mi estudio tratando de averiguar la razón de este cruel e inexplicable castigo. Tenía suficientes razones de peso para abandonar la escritura. Prisionero de un brutal y constante bloqueo, durante largo tiempo me sentí un esclavo de la página en blanco. Llegué a tener la sensación de que, mientras la gente de mi alrededor progresaba, yo era incapaz de avanzar un paso. Dado que estaba incapacitado para escribir y concebir ideas, cada noche, antes de acostarme, me invadía un sentimiento de culpa.
Pero a finales de ese verano aprendí una lección muy valiosa: sentirse culpable no recompone el pasado, ni sirve para construir un porvenir. El sentimiento de culpa es improductivo. Y no me sobraba tiempo que desperdiciar. Debía escribir.
«No me rendiré —me ilusioné con los ojos cerrados—, escribiré el tipo de historias que dejan una huella imborrable en el corazón; novelas que me sirvan para caminar, a través de un mundo iluminado, y paso a paso recordar que la meta es ser feliz. No basta con soñarlo.»
En mi renovación literaria necesitaba que alguien me prestara ayuda para afrontar un nuevo escenario, ¿y a quién podía pedir que revisara, semana a semana, mi próximo libro? ¿A Martina, quizá?
—¿De verdad me dejarías leerlo a medida que lo escribes? —se interesó Nora una vez que se lo planteé a ella.
—Sí, pero solo si te parece bien. No quiero que te sientas obligada.
—Óliver, me encantaría.
—Todavía no sé qué escribiré. No tengo nada. Pero mantengo la esperanza. Te lo agradezco profundamente.
—No me des las gracias. Jo, más bien atente a las consecuencias: qué placer tan grande va a ser criticarte cada semana. —Y sin que yo me lo esperara, Nora volvió a golpearme.
Todo esto ocurrió en el mes de septiembre, días antes de emprender el viaje que iba a fraccionar, un poco más todavía, mi mundo en dos partes.
2
—¿Alguna vez piensas en el futuro, Óliver?
—A diario, Nora. O casi.
—No me refiero a tu futuro como individuo, sino al del mundo en su conjunto. Bueno, escucha. Yo a veces me pregunto qué escribirán los cronistas del próximo siglo, y creo que una simple frase servirá para definir a las personas de nuestra época: usaban el móvil y contaminaban.
—Caray, Nora.
—Los alemanes lo llaman Zeitgeist, ¿sabes?, el espíritu de una época. Quizá pienses que tengo una visión pesimista...
—¿Y no es así?
—No, para nada. En líneas generales tiendo a ser positiva. Pero todavía soy una muchacha joven e ingenua que ignora de qué trata la vida. Ahora bien, cuando oigo a un adulto considerarse un optimista, me digo: «¡Atiza! He aquí un tipo que solo piensa en sí mismo». Porque hablando en plata, Óliver, ¿cómo un adulto puede ser optimista en este mundo de codicia, egomanía y cemento?
Monterrey se encuentra a cincuenta kilómetros al noroeste de Madrid, en la sierra de Guadarrama, al pie de las montañas y a orillas de un lago. El último censo marcaba una población de siete mil habitantes. Residencia de algunas de las grandes fortunas de Madrid, se había convertido en una de las localidades más opulentas del país. En las afueras se erigían viviendas unifamiliares con extensos jardines y acceso al lago, en el que se organizaban festivales y pasatiempos lúdicos en primavera y verano.
Era, en definitiva, un lugar de riqueza, tranquilidad y prosperidad, tal y como indicaba el cartel de entrada al pueblo: BIENVENIDO A MONTERREY, UN EDÉN EN LA TIERRA.
El 1 de octubre conduje una hora hasta llegar allí. David Sender vivía en la periferia, en una casa de fantasía próxima a un bosque y a escasos metros del lago, un rincón muy tranquilo, extraordinariamente bello.
David me esperaba en el porche, sentado en un cómodo sillón; fumaba en pipa, con expresión relajada, y contemplaba las espléndidas vistas del lago y las estribaciones de las montañas. Cuando me vio, vino sonriente a mi encuentro y me estrechó entre sus brazos como el padre que abraza a un hijo al que no ha visto en mucho tiempo.
—¡Óliver! Pero ¿qué te ocurre? —murmuró tras soltarme—. Pareces consternado.
—¿Tanto se me nota?
—Venga, entremos —propuso solemne—, he preparado café.
La casa, de dos plantas y construida en madera de alerce color caoba y en pizarra, era el refugio adecuado al que retirarse para pensar y escribir sin distracciones; una hermosa vivienda rodeada por una valla de color pardo y un precioso jardín. En el salón, una decena de estanterías lamían el techo y rebosaban de libros de arte, ensayos y novelas. A través de las amplias cristaleras se divisaban las montañas y el bote de David, amarrado en su pequeño embarcadero privado.
—Ya desharás el equipaje luego —dijo mientras servía el café—. ¿No impartes clase este semestre, Óliver?
—No hasta febrero —apunté. Y nos sentamos frente a la chimenea.
—Bien, quédate conmigo el tiempo que precises. Aquí podrás trabajar en tu tesis doctoral, y en tu próxima novela. Nos haremos compañía, amigo mío, como en los viejos tiempos. Yo te cuidaré. Pero hazme un favor, ¿quieres, Óliver?
—Tú dirás.
—Alegra un poco la cara, hombre, que parece que estés agonizando.
Intenté esbozar una sonrisa, pero fue en vano.
—David, soy un novelista que ni escribe ni concibe ideas. —Y razoné—: ¿No es algo parecido a morir?
Él se llevó las manos a la cabeza con gran dramatismo.
—¡Oh, Dios mío!
—¡Qué! —exclamé.
—Óliver, deja que te diga una cosa...
—Te escucho.
—Das pena y eres lamentable, ¿sabes?
—¿Cómo has dicho?
—Lamentable y deprimente.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—¿Por qué?
—Porque ya has escrito dos libros estupendos, tienes toda la vida por delante y aun así te atormentas con nimiedades.
—¡Mis tormentos literarios no son nimiedades!
—Por supuesto que sí —zanjó David con el rostro serio—. ¿Acaso te has parado pensar un instante en lo afortunado que eres?
—¿Qué? Yo... ¿Eh?
—Ya veo que no. En mi opinión, solo sufres la enfermedad que incapacita a los jóvenes escritores, a saber, la impaciencia. No olvides que las prisas, por supuesto, solo entorpecen el desarrollo de una idea. Óliver, el mundo espera frente a ti y tú ni siquiera sabes lo que quieres. ¡Ese es tu mayor dilema! Diría que has perdido el sentido de la perspectiva, pues tienes veinticinco años y ya has logrado lo que pocos en este planeta: vivir de tus ideas, que has plasmado en dos novelas, te han enriquecido y
