Dios no existe

Christopher Hitchens

Fragmento

Dedicado a la memoria de Primo Levi (1919-1987), que tuvo la fortaleza moral de rechazar falsos consuelos incluso cuando era sometido en Auschwitz al proceso de «selección»:

Poco a poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido.

Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el Griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca?

Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.

PRIMO LEVI, Si esto es un hombre

También yo he entrado en el Lager como no creyente, y como no creyente he sido liberado y he vivido hasta hoy; la experiencia del Lager, su iniquidad espantosa, más bien me ha confirmado en mi laicismo. Me ha impedido, y todavía me impide, concebir cualquier clase de providencia o de justicia trascendente. […] Debo admitir, sin embargo, haber sentido (y de nuevo una sola vez) la tentación de ceder, de buscar refugio en la oración. Sucedió en octubre de 1944, en el único momento en que me he dado cuenta lúcidamente de la inminencia de la muerte, cuando, desnudo y apretujado entre compañeros desnudos, con mi ficha personal en la mano, esperaba desfilar ante la «comisión» que debía decidir, con una ojeada, si iría enseguida a la cámara de gas o si, por el contrario, estaba lo suficientemente fuerte para seguir trabajando. Durante un instante, he sentido la necesidad de pedir ayuda y refugio. Después, a pesar de la angustia, se ha impuesto la ecuanimidad: no se cambian las reglas del juego al final de la partida ni cuando estás perdiendo. Una oración en aquellas circunstancias habría sido no solo absurda (¿qué derechos podía reclamar?, ¿a quién?), sino también blasfemia, obscenidad, llena de la mayor impiedad de la que es capaz un no creyente. Dejé de lado aquella tentación: sabía que así, si sobrevivía, no tendría que avergonzarme.

PRIMO LEVI, Los hundidos y los salvados

Agradecimientos

Agradecimientos

Mi más sentida gratitud a mi agente, Steve Wasserman, y a mi editor, Ben Schafer, por la colaboración que dio pie a este libro. Puedo decir sin miedo a equivocarme que sin la dedicación y habilidad de Lori Hobkirk como correctora y directora del proyecto, y de Cliff Corcoran como responsable de derechos y contratación, la amplitud y el alcance de la antología se habrían visto bastante mermados.

Cuando acusaron a Isaac Newton de plagio científico (probablemente con razón), él tuvo la prudencia de decir (plagiando, también en este caso, un agradecimiento antiguo) que se había subido «a hombros de gigantes». En este esfuerzo, como en todos los míos, tengo una deuda enorme con un grupo reducido pero cada vez mayor de racionalistas fervorosos que rechazan las pretensiones absurdas y malvadas de la religión, y buscan respuestas en las maravillas y complejidades de la ciencia. No podría expresar lo orgulloso que estoy de que Salman Rushdie, Ian McEwan y Ayaan Hirsi Ali hayan aportado obras inéditas a esta antología. En el ámbito de las ciencias naturales y físicas, los esfuerzos de Richard Dawkins, Daniel Dennett, Michael Shermer, Steven Weinberg, Anthony Grayling y Sam Harris han sido a la vez valientes, ingeniosos y originales, y tengo la profunda esperanza de que cualquier persona que tenga en sus manos este libro de fragmentos se sienta impulsado a leer a estos magníficos autores en toda su extensión y fuerza.

CHRISTOPHER HITCHENS

Introducción de Christopher Hitchens

Introducción

Christopher Hitchens

Al final de su imperecedera novela La peste, Albert Camus nos da a conocer los pensamientos del buen doctor Rieux mientras la ciudad de Orán celebra haberse repuesto —sobrevivido— al terrible azote de la enfermedad. Rieux resuelve mantenerse lúcido y «redactar la narración» con el siguiente objetivo:

Para no ser de los que se callan, para dar testimonio a favor de aquellos apestados, para dejar al menos un recuerdo de la injusticia y la violencia que se les habían infligido, y para decir sencillamente lo que se aprende en medio de las calamidades: que hay en los hombres más cosas que admirar que cosas que despreciar.

Este libro es parte de la labor, tanto de conciencia como de memoria. La prehistoria de nuestra especie está sembrada de episodios de ignorancia y de calamidad que se repiten como una pesadilla, y a los que la religión no solo ha atribuido explicaciones falsas, sino falsos culpables. Se hacían sacrificios humanos, sobre todo en tiempo de epidemias; se elevaban inútiles plegarias, se testimoniaban falsos «milagros», y se daba caza y quema a chivos expiatorios (como los judíos, los herejes o las brujas). Los hombres de ciencia, raciocinio y medicina eran pocos, y bastante tenían con mantener intactos sus bibliotecas y laboratorios, por no decir sus vidas. Naturalmente, una vez «pasado» el mal, se organizaban ceremonias no menos estúpidas de agradecimiento histérico, buscando el favor de las deidades autóctonas…

Oyendo los gritos de alegría que subían desde la ciudad, Rieux se acordó de que aquella alegría siempre estaba amenazada. Pues él sabía lo que ignoraba aquella jubilosa multitud, y que puede leerse en los libros: que el bacilo de la peste nunca muere ni desaparece, que puede quedarse dormido durante décadas en los muebles y la ropa de cama, que espera pacientemente en las habitaciones, sótanos, maletas, pañuelos y papeles, y que tal vez llegase el día en que, para desgracia y enseñanza de los hombres, la peste despertaría a sus ratas y las enviaría a morir a una ciudad feliz.

A los no creyentes siempre nos dicen lo mismo: que está pasado de moda despotricar contra las sandeces y crueldades primitivas de la religión, puesto que a fin de cuentas vivimos en una época ilustrada, donde ya no queda nada de las antiguas supersticiones. En nueve de cada diez conversaciones con un eclesiástico, este no nos habla sobre dogmas de certeza religiosa, sino que aporta ejemplos de labor caritativa o humanitaria por parte de personas religiosas, lo cual, naturalmente, no dice nada del propio sistema de creencias; será verdad que la Nación del Islam de Louis Farrakhan consigue apartar a los jóvenes negros de los estupefacientes, pero eso no quita que la NoI sea una organización racista de chalados. ¿Y Hamás (que tiene colgados Los protocolos de los sabios de Sión en su web)? ¿No se ha hecho conocida por sus servicios sociales? Personalmente, mi respuesta siempre es un desafío: que se me nombre una sola declaración o acción éticas de un creyente que no pudiera haber hecho un no creyente. De momento nadie ha recogido el guante. (Lo curioso es que si pides a tus oyentes que citen una declaración o acción malvadas directamente atribuibles a la fe religiosa, a nadie le cuesta encontrar ejemplos.)

No, está claro que los bacilos siempre acechan en los viejos textos, y que están latentes en la teoría y práctica de la religión. Esta antología pretende identificar y aislar esos bacilos con mayor precisión, así como reivindicar al doctor Rieux por haber dado preferencia a quienes, en el pasado y en la actualidad, han contrapuesto siempre la ilustración a la ruina:

El testimonio de lo que había sido necesario hacer, y que sin duda deberían hacer de nuevo, contra el terror y su incansable arma, a pesar de sus desgarros personales, todos los hombres que, sin poder ser santos, y rechazando admitir las calamidades, se esfuerzan con todo en ser médicos.

Escribo estas líneas el 4 de julio de 2007, aniversario de la proclamación de la primera república laica del mundo. Como pondrán de manifiesto las siguientes páginas, los autores de la Declaración de Independencia eran hombres de temperamento ilustrado, muy conscientes de que la religión (por citar a William Blake) podía ser «una cadena forjada por la mente». Al leer los titulares, no puedo por menos de observar que en una ciudad feliz (Londres) las alcantarillas han vuelto a vomitar ratas. Se han puesto coches bomba a la salida de las discotecas con la esperanza de lisiar y descuartizar a chicas que tienen el descaro de exhibirse en público. De las mezquitas, y en las cintas y películas que en ellas se venden, surgen gritos escalofriantes, sedientos de asesinar a judíos, hindúes y demás gentuza. En una de las capitales más laicas y multiculturales de la historia de la humanidad, el odio y la violencia están envenenando todas las vidas. El descubrimiento de que la mayoría de los que habían urdido el atentado eran médicos fue como si se acabara de desencriptar un código especial del horror. Todo un impacto: hombres sujetos al juramento hipocrático, entregándose en secreto al asesinato. ¡Cuánta ingenuidad! El doctor Rieux lo habría entendido, como el propio Camus. Siempre ha habido profesionales de la medicina en las sesiones de tortura y las ejecuciones, traídos por los clérigos para infundir mayor prestancia y autoridad al acto. Los peores criminales de la Solución Final eran médicos que vieron la oportunidad de hacer experimentos nauseabundos. Ninguno de ellos fue amenazado por la Iglesia con la excomunión. (Para correr un riesgo tan terrible habrían tenido que asistir a la interrupción de un embarazo no deseado.) Actualmente, los que se arrogan el permiso de destruir vidas ajenas solo tienen que decir que gozan del permiso divino para que las autoridades religiosas excusen sus actos por escrito, en textos y a través de eufemismos que a menudo se publican en la prensa respetable. Un ejemplo particularmente repulsivo fue el del doctor y asesino Baruch Goldstein y sus apologistas, recogido más adelante en este libro.

Resulta que el mismo fin de semana en que se descubrían los planes de atentar con coches bomba en Londres y Glasgow, el norte de Inglaterra fue asolado por inundaciones que dejaron sin casa a miles de personas. La Iglesia anglicana no tardó en acudir en ayuda de los afectados. «Se trata de un veredicto firme y claro —anunció el obispo de Carlisle—, debido a que el mundo ha tenido la arrogancia de ir a la suya. Estamos recogiendo los frutos de nuestra degradación moral.» Entre la lista de posibles transgresiones, el señor obispo (que dispone de fuentes de información a las que el resto no tenemos acceso) seleccionó las iniciativas jurídicas de los últimos tiempos para dar más derechos a los homosexuales, de las que dijo que nos colocaban «en una situación en la que podemos ser sometidos al juicio de Dios, cuyo objetivo es que nos arrepintamos». Muchos de sus colegas en la cúpula eclesiástica, incluido alguien de quien se ha hablado como posible arzobispo de Canterbury, coincidieron en que la culpa de las inundaciones (que solo afectaron una parte geográfica del país) la tenían las preferencias sexuales. He elegido este ejemplo porque la mayoría de la gente estaría de acuerdo en que la «comunión» anglicana/episcopaliana es una de las instituciones religiosas más moderadas y humanas de nuestros días.

Pero ¿quién dijo lo siguiente, y cuándo, en referencia a la posibilidad de un holocausto nuclear? «Su peor consecuencia sería arrebatar en un solo momento de este mundo a un gran número de personas, y llevárselas a ese otro mundo más vital al que de todos modos deben acceder tarde o temprano.» No fueron Rafsanjani ni Ahmadineyad, que se han refocilado públicamente en la idea de que el islam podría sobrevivir a una guerra nuclear, a diferencia del Estado judío, sino el dulce y apocado arzobispo de Canterbury, Geoffrey Fisher, en declaraciones de no hace muchos años; y en cierto modo, aunque respondamos a su estupidez con risas o abucheos, habría faltado a su fe expresando otra opinión. En términos religiosos, admitir que una catástrofe termonuclear equivaldría al final de la civilización y de la biosfera sería blasfemo y derrotista. Todas las religiones llevan en lo más profundo la necesidad de anhelar el fin de este mundo, y el ansiado momento en que todo se revele y se separen las ovejas de las cabras, o cualquier otra analogía desértica de la Edad del Bronce que se juzgue adecuada. (En Papúa y Nueva Guinea, donde, como en la mayoría de los climas tropicales, no hay ovejas, los cristianos usan el animal más preciado por los habitantes del país, y se refieren a la congregación como «cerdos». Grey, rebaño… ¿Qué más da?)

Contra esta escatología de locos, con su pulsión de muerte y su profundo desprecio de la actividad mental, los ateos siempre han alegado que este mundo es lo único que tenemos, y que nuestro deber para con el prójimo es mejorarlo todo lo posible. Esta irreprochable conclusión no puede compaginarse con el teísmo. Por seguir un momento con las comparaciones animales, los dueños de perros se habrán dado cuenta de que si les das comida, agua, techo y cariño, creerán que eres dios, mientras que los dueños de gatos no tienen más remedio que observar que si les das comida, bebida, techo y afecto, llegan a la conclusión de que ellos son dios. (Puede que a veces los gatos compartan con sus dueños las vísceras frías de una de sus víctimas, pero eso es lo mismo que haría un dios de buen humor.) Pues bien, la religión tiene elementos caninos y felinos. Requiere servilismo y abyección en grado máximo, y exige que nos veamos como seres concebidos y nacidos en pecado, en deuda con un creador severo, pero a cambio nos sitúa en el centro del universo, y nos asegura que somos los destinatarios de un plan celestial. Es más: hasta es posible que quien haga las propiciaciones necesarias descubra que la muerte no es tan fiera como la pintan, y que en su caso puede haber una excepción a las normas de la aniquilación física. Nunca se repetirá demasiado que esta prédica es a la vez inmoral e irracional.

Siendo benévolos, podemos admitir que en muchos casos los religiosos no parecen darse cuenta de lo insultante que es su proposición principal. Intercambiemos puntos de vista con algún creyente, ni que sea un momento, y supongamos que se trata de un creyente moderado y buena persona, que no abre la puja diciéndonos que nuestra incredulidad pone en peligro nuestra alma y nos condena al infierno. No tardará mucho en preguntarnos educadamente cómo somos capaces de diferenciar el bien y el mal. Sin temor de dios, ¿qué nos impide recurrir al robo, el asesinato, la violación y el perjurio? A veces reconocen que ha habido no creyentes con vidas éticas, y también (¡menos mal!) que muchos creyentes han sido culpables de delitos atroces, pero la premisa básica es que, sin el sometimiento a alguna dictadura celestial inalterable e incuestionable, careceríamos de brújula moral. ¡Qué idea más repugnante! Aparte de atacar en su raíz todo lo que hemos aprendido sobre la biología evolutiva (las sociedades que toleran el asesinato, el robo y el perjurio duran poco, y las que infringen los tabúes del incesto y el canibalismo la verdad es que se apagan por sí solas), constituye una agresión radical al propio concepto del respeto humano a sí mismo, por cuanto insinúa que no se puede actuar bien ni evitar actuar mal sin la esperanza de una recompensa divina, o el miedo a un castigo divino. Mucha gente, y no solo la más altruista, podría aspirar a algo mejor actuando por su propia cuenta y riesgo. Yo, por ejemplo, si doy sangre (algo prohibido por diversas religiones), no pierdo medio litro, pero sí que lo gana otra persona. Por alguna razón me atrae la idea, y también me procura otras satisfacciones ser de ayuda para uno de mis semejantes. Es más, mi sangre es de un tipo muy poco frecuente, y tengo la firme esperanza de que, si algún día necesito una transfusión, otra persona habrá pensado y actuado exactamente como yo. De hecho, casi puedo darlo por seguro. Y todo eso no ha tenido que enseñármelo nadie, ni remacharlo con siniestros cuentos de hadas sobre apariciones del arcángel Gabriel. La ética de la reciprocidad es algo innato, a excepción de los sociópatas, a quienes no les importan los demás, y de los psicópatas, que disfrutan con la crueldad; y si la evolución no ha logrado erradicarlos, tampoco ha logrado reducir el porcentaje de buenas personas que son homosexuales por naturaleza. Presentando a los malvados como personas que también están hechas a imagen de dios, y a los inconformistas sexuales como seres que se hallan en un estado de pecado mortal incurable (el cual, por cierto, puede provocar inundaciones y terremotos), la religión se inventa problemas donde no los hay.

¿Cómo es posible que ideas tan absurdas y nocivas hayan llegado a ser tan influyentes? ¿Y por qué siempre estamos enzarzados en una lucha contra sus violentos e intolerantes defensores? Pues porque la religión fue la primera (y peor) tentativa de nuestra especie para explicar la realidad. Era a lo máximo que llegaba la humanidad en una época en que no teníamos la menor noción de física, química, biología o medicina. No éramos conscientes de vivir en un planeta esférico, y menos al borde de un universo de magnitud inconcebible que se estaba alejando de su fuente original de energía. Ignorábamos el gran poder de los microorganismos: que, por un lado, no pudiéramos vivir sin su presencia en el aparato digestivo, y, por el otro, nos sometiesen a ataques mortales como parásitos. Ignorábamos nuestro estrecho parentesco con otros animales. Creíamos que el aire que nos rodeaba estaba poblado por duendecillos, trasgos, demonios y djinns. Nos imaginábamos que el trueno y el relámpago eran prodigios. Hemos tardado mucho en quitarnos de encima este pesado manto de ignorancia y miedo, y cada vez que lo hacemos hay fuerzas que, por sus propios intereses, tratan de obligarnos a ponérnoslo de nuevo.

Reconozcamos sin ambages que somos mamíferos que buscan pautas, y que nuestra inteligencia inquieta y nuestra gran curiosidad nos llevan a preferir una teoría de la conspiración a la falta de teorías. La religión fue nuestro primer escarceo con la filosofía, del mismo modo que la alquimia fue nuestro primer escarceo con la química, y la astrología nuestro primer escarceo con la comprensión del movimiento de los cielos. Personalmente, soy partidario del estudio de la religión, primero porque la cultura y la educación implican respeto a la tradición y sus orígenes, y segundo porque algunos de los primeros textos religiosos figuran entre nuestros primeros escarceos literarios. Pero si la religión insiste tanto en los fenómenos celestes extraños, y en otros menos cuantificables como los sueños y las visiones, es por algo. Todo ello satisface nuestra estupidez innata, así como nuestra disposición a dejarnos convencer, pese a todas las pruebas en contra, de que sí somos el centro del universo, y de que todo está dispuesto pensando en nosotros.

Este penoso solipsismo se puede rastrear en todos los argumentos que rechazan (cada vez más desesperadamente) las interpretaciones propuestas por las escuelas de Darwin y Einstein. Ahora disponemos de explicaciones mejores y más sencillas del origen de las especies y del universo. («Más sencillas» solo porque son comprobables y coherentes, no porque no sean muchísimo más complejas.) Bueno, vale, objeta el creyente; supongamos (¡ya era hora!) que son ciertos los registros de la evolución natural, y los datos del Hubble acerca del big bang. ¿No es la demostración de que el creador de todo lo que existe aún era más ingenioso de lo que pensábamos? Trataré de poner fin a la triste vida de este argumento con la ayuda de otras personas que serán citadas in extenso a lo largo del libro. Supongamos que es cierta la premisa de los religiosos, la de que alguien, o algo, estuvo «presente en la creación», y que dio la orden para que explotase la materia, y para que más tarde empezara el proceso evolutivo sobre nuestro planeta. No entremos en que esta premisa es imposible de demostrar. Reconozcámosla de todos modos. A fin de cuentas, tampoco se puede refutar con contundencia; ni esa, ni ninguna otra premisa que no se apoye en pruebas.

La persona religiosa sigue teniendo todo el trabajo por delante. ¿En qué autoridad puede pretender basarse para demostrar que la separación original de la materia fue desencadenada con el objetivo de incidir miles de millones de años más tarde en la vida de un planeta minúsculo, una simple mota al borde de nebulosas en rotación, y entre la extinción de innumerables otros mundos? ¿Cómo demostrar que quien trazó este inmenso, inconcebible plan tenía en mente la lerda figura del obispo de Carlisle, que, báculo de pastor en mano, relaciona la vida sexual de sus parroquianos con el clima?

Otra pregunta, para la que habrá que reducir la escala en varios órdenes titánicos de magnitud. Teniendo en cuenta que como mínimo el 98 por ciento de las especies de este planeta diminuto solo dieron unos cuantos pasos vacilantes antes de sucumbir a la extinción, ¿cómo se justifica el postulado de que toda esta desaparición masiva, salpicada de vez en cuando por grandes explosiones vitales (como la del Cámbrico), también tenía como única finalidad nuestra presencia? ¿No es un poco raro que la religión, que tan constantemente nos incita a adoptar una modestia casi masoquista ante el Señor, aliente una forma tan extrema e inaceptable de egocentrismo y autoestima? Tratando de adaptarse a los descubrimientos que con tanta crueldad había intentado prohibir y reprimir, lo único que ha conseguido la religión es reformular las mismas preguntas que ya se cuestionaron en otras épocas. ¿Qué clase de diseñador o creador es ese, tan derrochador, caprichoso e impreciso? ¿Qué clase de diseñador o creador es ese, tan cruel e indiferente? Pero, sobre todo, ¿qué clase de diseñador o creador es ese, que solo decide «revelarse» a campesinos medio alelados de regiones desérticas? Yo he conocido a creyentes muy inteligentes, pero la historia no ha dejado constancia de ningún ser humano capacitado ni remotamente para decir que conocía o entendía el pensamiento de dios. Que es justamente la capacitación de la que deben afirmarse poseedores los devotos, tan modestos y humildes ellos… Va siendo hora de que les retiremos nuestro «respeto» a estas fanáticas ideas, cuyo único objetivo es ejercer el poder sobre otros seres humanos en el mundo real y material.

No hay equivalencia moral o intelectual entre los distintos grados de incertidumbre. Lo que suelen decir los ateos (aunque Victor Stenger tenga la audacia de ir un poco más lejos) es que no se puede probar la no existencia de una deidad. Solo se puede constatar la carencia de pruebas que la respalden. El teísta tiene la opción de ser un simple deísta, y decir que la magnificencia del orden natural apunta con fuerza a la existencia de una fuerza ordenadora. (Fue el planteamiento que adoptaron, por lo menos en público, enemigos de la religión como Thomas Jefferson o Thomas Paine.) En cambio, la persona religiosa debe ir forzosamente más allá, diciendo que la fuerza creadora en cuestión también es una fuerza que interviene, a la que le importan nuestros asuntos humanos y a la que le interesa qué comemos, con quiénes tenemos relaciones sexuales y cuál es el desenlace de nuestras guerras y batallas. Afirmarlo equivale lisa y llanamente a afirmar más de lo que puede pretender saber cualquier ser humano; de ese pie cojea, y por eso habría que rechazarlo; por eso hace tiempo que tendría que haberse rechazado.

Hay cosas que se pueden creer, y otras que ni por asomo. Por mi parte, puedo elegir creer que Jesús de Nazaret fue engendrado en Belén por una virgen, y que más tarde murió y no murió, ya que fue visto por seres humanos tras su aparente defunción. Más de uno ha dicho que la propia inverosimilitud de la historia la hace un poquito más probable. Supongamos, pues, que admito el nacimiento virginal y la resurrección. Los religiosos siguen teniendo todo el trabajo por delante. Aunque se confirmaran estos hechos, no demostrarían que Jesús era hijo de dios. Tampoco probarían que sus enseñanzas fueran ciertas o morales. Tampoco que haya un más allá, o un juicio final. Del mismo modo, si se verificasen sus milagros, quedaría como uno de tantos chamanes y magos (muchos de ellos presentes en el Antiguo Testamento) que al parecer eran capaces de obrar prodigios por arte de hechicería. Muchos de los filósofos y lógicos citados en este libro son de la opinión de que no puede haber milagros, ni los ha habido jamás. Según el planteamiento de Albert Einstein (que muchos se emperran en considerar deísta), el milagro es que no haya milagros ni ninguna otra interrupción de un maravilloso orden natural. No es una cuestión que admita medias tintas. O la fe es suficiente, o hacen falta milagros para convencer a las personas (predicadores incluidos) cuya fe, de otra manera, no sería bastante fuerte. A mí, personalmente, no me convencería presenciar una cura milagrosa, o un conjuro, aunque pudiera darles crédito, y aunque no conociera a nadie capaz de reproducir tales prodigios sobre el escenario (conozco a algunos, y lo hacen).

He aquí, sin embargo, algo en lo que no puede creer nadie. La especie humana lleva existiendo como Homo sapiens al menos ciento cincuenta mil años (no discutamos sobre el número exacto): un solo instante en términos evolutivos, pero una larga historia desde el punto de vista de los primates con cerebros e imaginaciones de un tamaño como el que podemos aducir nosotros. Para suscribir una religión monoteísta hay que creer que durante todo ese tiempo nacieron, vivieron y murieron seres humanos, muchos de ellos durante el parto, o por falta de alimentos básicos, y con una esperanza de vida de como máximo tres décadas. Añádanse a estos factores las guerras intestinas entre grupos y tribus discrepantes, epidemias de una magnitud alarmante sin ninguna teoría de gérmenes que pudiera, no ya paliarlas, sino explicarlas, y toda una serie de desastres naturales, con su reguero de tragedias humanas. Pues bien, durante todos esos milenios el cielo observaba con indiferencia, hasta que (como máximo en los últimos seis mil años) decidió que era hora de intervenir, y redimir. ¡Y el cielo solo quiso intervenir y redimir en zonas apartadas de Oriente Próximo, haciendo así que pereciesen muchas más generaciones antes de que pudiera difundirse la nueva! Voy a dar voces por el Sinaí, y a hacer un pacto con una sola tribu de paletos tozudos y codiciosos… Voy a pedirle al ángel Gabriel que haga emprender vuelos retóricos a un mercader analfabeto e inculto. ¡Por fin se disipará la oscuridad que impuse! Estar dispuesto ni que sea a plantearse unas ideas de tan laboriosa insensatez comporta mucho más que la suspensión de la incredulidad, o que la credulidad tonta que provocan los trucos de magia.

También comporta ignorar o justificar de alguna manera las muchas creencias religiosas que antecedieron a Moisés. Nuestros antepasados más remotos no eran ateos, ni mucho menos; erigieron templos y altares, e hicieron las debidas ofrendas y sacrificios, con el debido temor. Su religión era de origen humano, como todas. Hubo una época en que los pensadores griegos denunciaron como «ateos» a los cristianos, y los zoroastrianos a los musulmanes, por destruir antiguos santuarios y prohibir los antiguos rituales. La profanación tiene un origen religioso; no hay más que ver cómo violan los creyentes de hoy día la santidad de los templos ajenos, desde Bamiyán a Bagdad, pasando por Belfast. Tal vez sea Richard Dawkins quien lo haya formulado más cáusticamente al afirmar que todo el mundo es ateo por el mero hecho de decir que no cree en algún dios (desde Ra a Shiva). El ateo serio y objetivo se limita a dar el siguiente paso, diciendo que hay un dios más en el que no creer. Lo previsible, por lo general, es que el solipsismo humano monte en cólera, diciendo que ese dios descartable no puede ser el que recibe todo el crédito del propio creyente. Así son las cosas. Actualmente, sin embargo, el origen humano de la religión, del que juró librarnos el monoteísmo, al menos en su forma pagana, persiste de forma aterradora, como demuestra que los fieles se peleen por la interpretación correcta, y hasta maten a miembros de su propia confesión en luchas doctrinales. Estas crípticas reyertas entre fes han entorpecido enormemente la civilización, y en sus versiones modernas podrían llegar a destruirla.

En el seno de la comunidad de quienes rechazan todas estas fantasías, la utilidad de la palabra «ateo» es objeto de disputas. Para empezar, es puramente negativa, una mera afirmación de incredulidad o descreimiento. A Jonathan Miller, por ejemplo, destacado físico y director de teatro y ópera, le incomoda por esa razón: «Yo no tengo ninguna palabra especial para decir que no creo en el ratoncito Pérez o en Papá Noel —me dijo un día—. Doy por supuesto que a mis amigos inteligentes no se les ocurre que crea en esas cosas». Claro, claro, pero no tenemos que salir de un pasado dominado por el ratoncito Pérez o por Papá Noel (dos inventos bastante recientes). Los defensores del ratoncito Pérez no van de puerta en puerta intentando convertir a los demás. No se empecinan en que su pseudociencia se enseñe en los colegios. No condenan a los creyentes de otros ratoncitos Pérez a la muerte y el infierno. No dicen que toda la moral derive de las ceremonias del ratoncito Pérez, ni que, sin el ratoncito Pérez, la gente fornicaría por las calles y se aboliría la propiedad privada. No dicen que el mundo lo hizo el ratoncito Pérez, y que por consiguiente todos debemos arrodillarnos ante el Gran Hermano Pérez. No dicen que el ratoncito Pérez te ordenará matar a tu hermana si es vista en público con un hombre que no sea su hermano.

Por eso considero que existe lo que llamó el poeta Shelley la necesidad del ateísmo. No podemos evitar tomar postura. O atribuimos nuestra presencia a las leyes de la biología y la física, o la atribuimos a un plan divino. (La respuesta a esta pregunta ineludible, y la manera de asumir sus consecuencias, dice mucho de si quien la da es de los nuestros.) En todo caso, una vez tomada la decisión, estamos como los creyentes: con casi todo el trabajo por delante.

El rechazo del concepto humano de dios no es condición suficiente para la emancipación intelectual o moral. Los ateos no tienen derecho a ir por el mundo con aires de superioridad. No han hecho otra cosa que cumplir la condición necesaria abandonando la infancia de la especie y renunciando a un lugar especial en el sistema natural. Ya son libres, si quieren, de convertirse en unos nihilistas, unos sádicos o unos solipsistas por su propia cuenta. Algunas teorías del superhombre derivan del ateísmo, y si alguien cree que el cielo y el infierno están vacíos, puede concluir que él es libre de hacer exactamente lo que le venga en gana. El temor a que sea este el resultado (bien expresado por Fiódor Dostoievski) está detrás de la renuencia de muchas personas a abandonar el dogma religioso. Ahora bien, también hay muchos sádicos y asesinos en serie que dicen oír «voces» celestiales que les ordenan cometer sus crímenes, lo cual, en sí, no desacredita la fe religiosa. El debate sobre ética y moral deberá seguir en una sociedad posreligiosa, como tuvo que seguir cuando imperaba la religión y ordenaba con frecuencia a las buenas personas a estar de acuerdo con maldades como la tortura, la esclavitud o la crueldad con los niños. La cuestión es que parece que al ser humano le repugnan por naturaleza esas cosas, al margen del contexto político o religioso superambiente.

Tampoco hay motivos (tomo aquí una dirección algo distinta a la de Dawkins) para considerar «la ciencia» como madre o madrastra de la razón. Como en el caso de los médicos citados más arriba, dedicarse a la experimentación y la búsqueda de pruebas concluyentes no es garantía de inmunidad a la superstición, y otras cosas peores. En Isaac Newton hicieron presa las más estúpidas ideas sobre la alquimia. Joseph Priestley, el valiente unitarista y escéptico que descubrió el oxígeno, creía en la teoría del flogisto. Alfred Russel Wallace, uno de los mayores colaboradores y progenitores de Darwin, acudía con asiduidad a sesiones de espiritismo donde se hacían aparecer engañosamente «ectoplasmas» para entusiasmo de bobos. Actualmente todavía hay científicos (pocos, todo sea dicho) convencidos de que sus descubrimientos son compatibles con la fe en un creador. Tal vez no puedan establecer una relación lógica entre lo uno y lo otro, ni pretendan hacerlo, pero demuestran la extrema tozudez con la que personas inteligentes se aferran a opiniones sin fundamento.

En todo caso, no cabe duda de que la forma original de tiranía del hombre sobre el hombre, y del hombre sobre el pensamiento del hombre (a veces llamada totalitarismo), era teocrática, y nunca se derrotará del todo el absolutismo o la arbitrariedad si no se tiene la lucidez de rechazar a cualquier dictador cuya autoridad se base en lo sobrenatural. Yo mismo he intentado formular una postura que he llamado «antiteísta». A fin de cuentas, hay ateos que dicen que les gustaría que fueran verdad los mitos, pero que no pueden suspender la incredulidad como es debido, o bien les entristece haber renunciado a la fe. Mi respuesta es la siguiente: ¿a quién le parece deseable la existencia de un despotismo celestial permanente e inalterable que nos someta a una vigilancia continua, pueda condenarnos por delitos de pensamiento, y nos considere como su propiedad privada incluso después de nuestra muerte? ¡Cuánto debería alegrarnos la idea de que no haya una sola prueba respetable en apoyo de tan horrible hipótesis! ¡Y cuánta gratitud deberíamos sentir hacia nuestros predecesores que repudiaron esta negación absoluta de la libertad humana! Mucho antes de Darwin, Einstein, y hasta Galileo, hubo mucha gente que no se dejó engañar por lo que decían los rabinos, los curas y los imanes. Antiguamente, este rechazo solía exigir un valor extraordinario. Espero que las siguientes páginas den a conocer al lector a algunos de quienes manifestaron esta virtud. Creo que el conocimiento de esos pensadores también contribuirá a disipar otra objeción al ateísmo.

A veces se dice que no creer en un despotismo celestial temible y tentador convierte la vida en algo árido, tedioso y cínico, un mero existir sin ningún tipo de consuelo, ni de conciencia de lo numinoso y lo trascendental. Tonterías. Para empezar, se incurre en un error evidente. Es como decir que no deberíamos creer que somos una especie animal con componentes defectuosos y una duración reducida, tanto en nuestro caso como en el del planeta, porque las consecuencias de creerlo podrían resultarnos desagradables o vergonzosas. ¿Hay algo que ponga más de manifiesto los efectos perniciosos de negarse a ver la realidad? No puede haber una postura ética seria que se base en no querer ver las cosas, o en negarlas porque sí, aunque eso no significa que debamos mirar constantemente hacia el abismo. (Es curioso, pero solo la religión ha pretendido que lo hagamos obsesivamente.)

Partiendo de la base (como reconoce implícitamente esta objeción religiosa) de que para el ser humano vale la pena vivir, se puede luchar contra este pesimismo natural mediante el estoicismo y el rechazo de las ilusiones, a la vez que se embellece el panorama con alguna de las siguientes cosas. Están las bellezas de la ciencia y las maravillas extraordinarias de la naturaleza. Están el consuelo y la ironía de la filosofía. Están los esplendores infinitos de la literatura y la poesía, sin descartar sus aspectos litúrgicos y devocionales, como los que aparecen en John Donne y George Herbert. Está el formidable recurso al arte, la música y la arquitectura, sin descartar tampoco en este caso los elementos que aspiran a lo sublime. En todas estas actividades, cada una de las cuales daría para toda una vida, se puede encontrar un sentido del sobrecogimiento y la magnificencia que en absoluto dependen de ninguna invocación a lo sobrenatural. Es más: difícilmente a una persona armada de arte, cultura, literatura y filosofía le despertarán algo más que aburrimiento y náuseas los cuentos de fantasmas, ovnis, experiencias espiritistas o balbuceos desde el más allá. Es posible, por ejemplo, apreciar la simetría y la grandeza del Partenón, y prendarse de ellas sin necesidad de participar en los cultos de Atenea o Eleusis, o en los imperativos del imperialismo ateniense, del mismo modo que es posible escuchar a Mozart o admirar Chartres y Durham sin ninguna nostalgia del feudalismo, el monarquismo y la venta de indulgencias. De hecho, parte del propio concepto de cultura podría residir en esa distinción. La religión nos pide lo contrario: conservar los antiguos temores y prohibiciones a la vez que vivimos rodeados de arquitectura y armas modernas.

Con gran frecuencia se alega que algún tipo de poder o relevancia debe de tener la religión cuando aparece tan constantemente en cualquier época y lugar. Eso nunca lo negaría ninguno de los autores reunidos en este libro. Algunos de ellos sostendrían que la religión forma una parte tan intrínseca de nuestra naturaleza humana o animal, que de hecho no se puede erradicar. Por si a alguien le interesa, es lo que pienso yo. Mientras tengamos miedo de la muerte, o de la oscuridad, y mientras persistamos en nuestro egocentrismo, difícilmente dejaremos de fabricar dioses, o de inventarnos ceremonias de su agrado, y eso podría significar mucho tiempo. En contrapartida, podemos tener la misma seguridad en que seguiremos mirando nuestras invenciones con escepticismo, ironía y hasta ingenio. Si la religión es innata a nosotros, también lo es dudar de ella y despreciar nuestras debilidades.

Algunos de los escritores y pensadores reunidos en estas páginas son célebres por otros motivos que por su inteligencia y su valor moral en este tema. Más de uno debe su popularidad principalmente a haberse enfrentado a la más hinchada de todas las reputaciones: la elevación a divinidad de todos los miedos, odios y estupideces destilados de la humanidad. Algunos vivieron la experiencia de la fe, y la de perderla, mientras que otros, por decirlo como Blaise Pascal, están hechos de tal modo que no pueden creer.

Los argumentos a favor del ateísmo pueden dividirse en dos categorías principales: los que ponen en duda la existencia de dios y los que demuestran los efectos perniciosos de la religión. Quizá sea mejor ampliarlo un poco, diciendo que lo que se pone en duda es la existencia de un dios que interviene. A fin de cuentas, la religión es más que la fe en un ser supremo. Es el culto de ese ser supremo, y la creencia en que se han dado a conocer sus deseos, o es posible determinarlos. Definiendo así las cosas, puedo permitirme citar a grandes críticos como Thomas Jefferson y Thomas Paine, que —posible paradoja— consideraba la religión como un insulto a dios. Y tarde o temprano hay que tomar postura sobre el agnosticismo. No es una palabra que lleve mucho tiempo entre nosotros. La acuñó el gran Thomas Huxley, uno de los defensores acérrimos de Darwin en la primera discusión sobre la selección natural. A veces lo usan como término medio personas que no pueden hacer profesión de fe, pero que tampoco están dispuestas a repudiar, sea la religión, sea a dios de manera absoluta. Dado que he vuelto a definir como religiosos a quienes dicen saber, me siento con derecho a reclamar como mínimo a algunos de los que no dicen saber. Los agnósticos no creen ni dejan de creer en dios. No creer no equivale exactamente a descreer, pero haré la vista gorda y me anexionaré a todos los agnósticos que pueda para esta antología.

Escritores tan diversos como Matthew Arnold y George Orwell se han planteado una pregunta muy seria: ¿qué pasa con la moral y la ética, ahora que ha decaído tanto la religión? Arnold casi llegó al extremo de proponer que el estudio de la literatura sustituyese al de la religión. Debo decir que me da un poco de miedo el efecto que pudiera tener sobre la actividad literaria; sin embargo, como fuente de reflexión ética, y espejo en el que ver reflejados nuestros dilemas humanos, la tradición literaria es infinitamente superior a las parábolas y moralejas infantiles de los libros «sagrados», por no hablar de sus admoniciones sanguinarias y sectarias. Por eso he incluido el parecer de toda una serie de novelistas y poetas serios sobre este tema tan denso. Sinceramente, ¿quién le dará la espalda a George Eliot, James Joyce y Joseph Conrad para revisar el mundo desnudo, estrecho, estreñido y temeroso de san Agustín, santo Tomás de Aquino, Lutero, Calvino y Osama bin Laden?

Es habitual presuponer de manera inconsciente que la fe religiosa tiene algo de conservadora, mientras que el ateísmo y el «librepensamiento» forman parte de la tradición liberal. Razones históricas no faltan, vinculadas a los orígenes de las revoluciones americana y francesa, pero hay muchos conservadores inteligentes y de bien que han rechazado la «fe» por diversos motivos, entre los que pueden citarse una pura cuestión de verosimilitud y el hecho de que la religión parezca privilegiar a uno de sus muchos sectores, el de los fracasados, los enfermos, los inertes, los mendigos y los indefensos. A muchas personas pobres y rectas les parece innecesario inventarse a un dios que lave los pies a los mendigos y ensalce a quienes no quieren trabajar. ¿Qué es eso sino una negación del ahorro y una obsesión enfermiza por las víctimas? La gente de a pie, como suele decirse, se basta y sobra para descubrir el engaño («Mucho tiene que querer a los pobres el Señor, ya que ha creado a tantos»). A mucha gente de bien le incomoda el constante mandamiento de dedicar limosna y tiempo a los que se han perdido el respeto a sí mismos. También ven la punta del anzuelo saliendo por el cebo: abandona esta vida inútil, deja a tu familia y sigue al profeta que dice que pronto se acabará el mundo. Este mandamiento, sumado a un «si no…» explícito o implícito, repugna a muchos conservadores que creen en valerse por sí mismo y en la integridad personal, y que desconfían de la «caridad»; les repugna igual que repugnaba a los primeros socialistas, a quienes no les parecía que la pobreza fuese un ideal o un estado romántico o noble.

Por último, quiero tratar el tema del sexo. Si hay algo que demuestre que la religión no solo es de origen humano, sino masculino, es la repetición incesante de normas y tabúes sobre la vida sexual. Se trata de una enfermedad muy extendida, desde la extraña obsesión por la virginidad y el canal unidireccional del parto por el que son «dados a luz» los profetas hasta la mezcla de asco y de fascinación que despierta la homosexualidad, y la supuesta preocupación por los niños (que lo pasan peor en manos de los fieles que cualquier otro grupo), sin olvidar el horror a la sangre menstrual. La mutilación genital masculina y femenina, el miedo que se mete a los niños con horribles ficciones sobre la culpa y el infierno, la descabellada prohibición de la masturbación… La religión nunca podrá hacer olvidar la vergüenza de la que se ha manchado a este respecto durante generaciones, como tampoco podrá purgar su culpa por destrozar las fases formativas de unas vidas muy valiosas.

Una de las cosas por las que se salva la naturaleza humana (si se me permite formularlo así) es su sentido del humor. Muchos escritores y testigos conscientes del vínculo entre represión sexual y fervor religioso han logrado huir de su funesta influencia, y rescatar de ella a otras personas, por la vía del ingenio. De hecho, gran parte de la religión induce a risa de una manera tan inmediata que, desde Voltaire a Bertrand Russell y Chapman Cohen, los escritores se lo han pasado en grande a su costa. En nuestros propios días, el humor de científicos como Richard Dawkins y Carl Sagan ha puesto en ridículo el hecho de que el creador dé la impresión de no saber (y no digamos entender) qué ha creado. Parece que los dioses no conozcan a ningún otro animal que los que cuidan sus adoradores inmediatos, e ignoren los microbios y las leyes de la física. La procedencia humana de la religión (obvia, por lo demás), y su origen masculino en lo que respecta al apego universal de las religiones a la dominación masculina, es una de las primeras cosas que llaman la atención.

Ahora a la religión le pasa algo gravísimo: fuera de los lugares donde todavía puede hacerse valer mediante el miedo superpuesto a la ignorancia, se ha convertido en una opinión entre tantas. Se ve obligada a competir en el mercado libre de las ideas, y aunque luche por conservar la antigua ventaja de inculcar sus enseñanzas a los niños (por razones demasiado obvias como para tener que subrayarlas), debe someterse a un debate abierto y exponerse al libre análisis. En el verano de 2007 yo estaba en un estudio de Dublín, debatiendo con un portavoz laico de la Iglesia católica romana, que resultó ser el único cristiano creyente entre los cinco contertulios. Era un polemista de gran finura dialéctica, simpático y bastante modesto, que después del programa estuvo encantado de ir a tomar algo, y de repente me dio un poco de pena. En Irlanda, hace una generación, la Iglesia no se tenía que rebajar así. Solo con que levantase un poquito la voz, era obedecida de inmediato por el Parlamento, los colegios y los medios de comunicación. Podía prohibir el divorcio, la contracepción, la publicación de ciertos libros y la expresión de ciertas opiniones, y lo hacía. Ahora está desacreditada y en decadencia. Las doctrinas absolutas de antes ahora parecen ridículas: pocas semanas antes del programa de radio al que me he referido, finalmente el Vaticano admitió que no existía el «limbo» (destino tradicional de las almas de los niños sin bautizar). La decadencia también tiene motivos locales, empezando por las repercusiones del escándalo de la violación de niños, pero la secularización de Irlanda forma parte de una ilustración más amplia, en la que ha echado raíces, y ha cobrado fuerza, la falta de fe bien argumentada. Gran parte de este éxito se debe a la existencia de libros, casetes y DVD accesibles y bien hechos sobre los triunfos de la ciencia y la razón; también, naturalmente, a que las personas civilizadas cada vez tienen más claro que el principal enemigo al que nos enfrentamos es de origen religioso.

Abramos el periódico, o encendamos la tele, y fijémonos en qué hacen en Irak los partidos de dios en su empeño de reducir lo que había sido una sociedad avanzada a los niveles de Afganistán o Somalia (los dos últimos países donde han hecho y deshecho los partidos de dios). Observemos la inquietante evolución del país vecino, Irán, donde los que creen en el regreso inminente de un ratoncito Pérez que recibe el nombre de Duodécimo Imán están reforzando sus discursos apocalípticos con la adquisición de armas capaces de destruir el mundo. También podemos mirar hacia la orilla oeste del Jordán, donde unos colonos mesiánicos tienen la esperanza de desencadenar a su manera el Armagedón robando tierras ajenas. Los principales partidarios a escala internacional de estos colonos religiosos, los fundamentalistas evangélicos de Estados Unidos, intentan simultáneamente enseñar pseudociencia embrutecedora en los colegios, criminalizar la homosexualidad, prohibir la investigación con células madre y tener expuesta la ley mosaica en los juzgados. Desde Roma, el Santo Padre propone como remedio recuperar la forma «tridentina» de la misa, históricamente antisemita, predicar con una mano la retórica de las cruzadas mientras capitula ante el islamismo con la otra, y sostener que son peores los condones que el sida. En Europa y América, la prensa, los teatros y las universidades tiemblan ante las exigencias de los fundamentalistas musulmanes, que no cejan ni un momento en su búsqueda de motivos para «ofenderse».

Vaya, que la ilustración de la que he estado hablando no avanza ni muchísimo menos en línea recta. En cambio, la alternativa se nos está dibujando con una nitidez extraordinaria. Con la esperanza de fortalecer y armar la resistencia a los guerreros de la fe, y a la fe en sí, es como se presenta, con todo el respeto, esta antología de combate contra el más antiguo enemigo de la humanidad.

1. Lucrecio, de De rerum natura (De la naturaleza de las cosas)

1

De De rerum natura

(De la naturaleza de las cosas)

LUCRECIO

En enero de 1821, Thomas Jefferson escribió a John Adams para «alentar la esperanza de que algún día el pensamiento humano recupere la libertad de la que gozó hacía dos mil años». Este deseo de volver a la época de la filosofía habría situado a Jefferson en el mismo período que Tito Lucrecio Caro, a cuyo poema en seis volúmenes De rerum natura (De la naturaleza de las cosas) debemos una destilación de la obra de los primeros materialistas dignos de ese nombre: Leucipo, Demócrito y Epicuro. Los tres llegaron a la conclusión de que el mundo se componía de átomos en perpetuo movimiento. Epicuro, concretamente, sostuvo que si existían los dioses, no participaban en los asuntos humanos. Se deducía que fenómenos como las tormentas no eran sobrenaturales, sino naturales, que las ceremonias del culto y la propiciación eran una pérdida de tiempo, y que no había nada que temer de la muerte.

Dirigiéndose a su amigo Memmio, a quien sirve de Virgilio por este laberinto de ideas radicales, Lucrecio revivió la teoría «atomista» en una época en que Roma se hallaba en plena y burda restauración religiosa. Adujo que la religión, además de falsa, era inmoral: la referencia a Ifianasa de este fragmento es la versión latina de la historia griega y troyana de Ifigenia, víctima sacrificial de su propio padre en la casa de Atreo.

A principios de la era cristiana se persiguió encarnizadamente el atomismo, y un solo manuscrito impreso de De rerum natura sobrevivió a las llamas.

LIBRO I

vv. 50-61

Por lo demás, Memíada mío, con oídos desembarazados, entrégate libre de preocupaciones a la doctrina verdadera, no vaya a ser que mis dones, preparados para ti con leal empeño, antes de comprenderlos, los desdeñes y abandones. Pues por ti me pondré a disertar sobre el más alto fundamento del cielo y los dioses, e iré desvelando los primordios de los seres, de dónde la naturaleza produce todos los seres y los agranda y sustenta, y adónde a su vez esa misma naturaleza los reduce al desbaratarlos. A estas cosas nosotros solemos llamarlas, al dar una explicación de la realidad, «simientes de seres», y denominarlas a esas mismas también «cuerpos primarios», porque de esos cuerpos primarios derivan todos.

vv. 62-79

Cuando en todo el mundo la vida humana permanecía ante nuestros ojos deshonrosamente postrada y aplastada bajo el peso de la religión, que desde las regiones del cielo mostraba su cabeza amenazando desde lo alto a los mortales con su visión espantosa, por vez primera un griego se atrevió a levantar de frente sus ojos mortales, y fue el primero en hacerle frente; a él no le agobiaron ni lo que dicen de los dioses ni el rayo ni el cielo con su rugido amenazador, sino que más por ello estimulan la capacidad penetrante de su mente, de manera que se empeña en ser el primero en romper los apretados cerrojos de la naturaleza. Así pues, la vívida fuerza de su mente triunfó y avanzó lejos, fuera de los muros llameantes del mundo, y recorrió con su inteligencia y su empuje toda la inmensidad, de donde nos revela a la vuelta, ya vencedor, qué es lo que puede nacer y lo que no, según qué fundamento, en fin, cada ser tiene una capacidad restringida y unas lindes bien asentadas. En consecuencia la religión queda a nuestros pies pisoteada y a nosotros, por contra, su victoria nos empareja con el cielo.

vv. 80-101

En estas cuestiones temo lo siguiente: que acaso creas que te estás iniciando en los rudimentos de una doctrina irreverente o emprendiendo un camino de crímenes. Es al contrario, más a menudo esa religión provoca acciones criminales e irreverentes; fue así como en Áulide mancillaron torpemente con la sangre de Ifianasa al altar de la Virgen de las Encrucijadas los caudillos escogidos de los dánaos, la flor de los héroes: en cuanto a ella la cinta, puesta alrededor de su peinado de doncella, le cayó descolgándose por igual a una y otra parte de las mejillas, y se dio cuenta de que al tiempo su padre, entristecido, estaba en pie junto al altar, que a su lado los acólitos disimulaban el cuchillo y que al verla derramaban lágrimas sus paisanos, muda de espanto, postrada sobre sus rodillas se iba al suelo; y a la pobre de nada le servía en tal momento haber sido la primera en granjearle al rey el título de padre; porque arrastrada por manos de héroes y temblorosa la llevaron hasta los altares, no para que, tras acabar las consabidas solemnidades de la ceremonia, saliera acompañada por el sonoro «¡himeneo!», sino para que, en edad de bodas justamente, como víctima pura sin pureza cayera, entristecida porque su progenitor la sacrificaba para que a la flota se le concediera una salida próspera y venturosa. ¡Maldades tan grandes fue capaz de promover la religión!

vv. 102-135

Tú, digo, en cualquier momento, derrotado por las palabras terroríficas de los sacerdotes, querrás desertar de nuestro bando. ¡Porque hay que ver qué cantidad de ensoñaciones pueden al instante inventarte, capaces de darle la vuelta a los principios de tu conducta y, por el miedo, trastornar del todo tu ventura! Y es lógico, ya que si los hombres le vieran un final preciso a sus penalidades, podrían con algún fundamento oponerse a las supersticiones y amenazas de los adivinos: ahora no hay ningún fundamento para la resistencia, ninguna capacidad, puesto que con la muerte hay que temer castigos eternos. Y es que se desconoce cuál es la naturaleza del alma, si nace o, por el contrario, se les transmite a los nacientes, si perece a la vez que nosotros deshecha con la muerte, o va a ver las tinieblas de Orco y sus charcas desoladas, o si por milagro se transmite a otras bestias, tal como cantó Ennio, que entre nosotros fue el primero que trajo del Helicón deleitoso una corona de fronda inmarcesible, cuya fama ilustre habría de resonar a través de los pueblos de Italia. Aunque, pese a todo, Ennio expone de otra parte, publicándolo con versos eternos, que existen los templos del Aqueronte, donde no perduran las almas ni nuestros cuerpos sino una suerte de imágenes descoloridas de extraña manera. De allí cuenta que salió el espectro de Homero el siempre florido y, llorando a lágrima viva, se puso a decir y explicar la producción de las cosas.

Por consiguiente, si tenemos que dar buena cuenta de las cosas de arriba, con qué cadencia se producen los pasos del Sol y la Luna, y con qué alcances cada suceso que acaece en la Tierra, como más importante ahora hay que examinar con sagaz raciocinio de dónde toma consistencia el alma y el ser de la mente, y qué cosa nos aterroriza saliéndonos al paso cuando velamos si estamos aquejados de algún mal de la mente, o cuando nos hallamos sepultados en el sueño, de manera que nos parece contemplar y oír delante de nosotros a aquellos cuyos huesos, luego del trance de la muerte, abraza la tierra.

vv. 136-145

Y a mi comprensión no escapa que es difícil aclarar en versos latinos los oscuros hallazgos de los griegos, sobre todo cuando en muchos casos tenemos que manejarnos con palabras nuevas a causa de la pobreza de nuestra lengua y la novedad de los temas. Pero tu valía, pese a todo, y el gusto que espero de tu grata amistad me anima a sobrellevar cualquier fatiga y me arrastra a pasar en vela noches despejadas, rebuscando las expresiones y los versos con que poder abrirle por fin claras luces a tu mente para que un día contemples en su hondura la realidad oculta.

vv. 146

Porque ese miedo y esas tinieblas del espíritu es menester que los despejen no los rayos del sol ni los dardos luminosos del día sino la contemplación y doctrina de la naturaleza.

El comienzo de ello arrancará según nosotros de lo siguiente: que no hay cosa que se engendre a partir de nada por obra divina jamás. Y es que a todos los mortales los envuelve el miedo ese de que ven que en la tierra y en el cielo se producen muchas cosas sin que puedan ellos de ninguna manera acertar a ver las causas de tales acciones, y piensan que suceden por gracia divina. Por esto, cuando hayamos visto que no hay cosa que pueda originarse a partir de nada, arrancando entonces de ahí contemplaremos ya con más acierto lo que estamos persiguiendo: de dónde cabe que se origine cada cosa y de qué modo cada una se produce sin la actuación de los dioses.

Porque si se produjeran a partir de nada, de cualquier ser podría nacer cualquier linaje, nada necesitaría simiente. Del mar para empezar podrían surgir los hombres, de la tierra el escamoso linaje, y los volátiles brotarían del cielo; reses y otros ganados, fieras de cualquier linaje irían ocupando tierras habitadas y deshabitadas con alumbramientos imprevisibles; tampoco los árboles darían los mismos frutos que suelen, sino que se cambiarían, cualquiera de ellos podría dar cualquier cosa, como es evidente si no tuviera cada uno sus cuerpos genésicos de modo que pueda haber para los seres una madre segura. Pero puesto que ahora cada cosa se origina mediante una determinada semilla, nace y sale a las orillas de la luz de allí donde cada una tiene encerrada su materia y sus cuerpos primarios; y por tal razón no puede engendrarse de cualquier cosa cualquier otra, porque en determinados seres hay encerrada una peculiar capacidad.

Y esto otro: ¿por qué vemos diseminarse en primavera la rosa, con los calores los trigos y a la invitación del otoño las vides, si no es porque cuando a su tiempo determinadas semillas de seres se congregan aparece cada cosa que se va originando, mientras es la temporada, y la tierra vivificante saca sin peligro seres tiernos a las orillas de la luz? Porque si se produjeran a partir de nada, surgirían de pronto en plazos imprevisibles y en estaciones del año extrañas, pues tal sería en el caso de que no hubiera unos primordios que pudieran hallar impedimento para una conexión engendradora en tiempo inadecuado. Ni desde luego en el crecimiento de los seres tendría cabida un plazo para la conjunción de la simiente, si pudieran ellos crecer a partir de nada: y es que de pronto saldrían mozos a partir de niños balbucientes y brotarían matorrales de la tierra levantándose de repente. Ninguna de estas cosas sucede, es claro, ya que todo va creciendo poco a poco, como es lógico, mediante semillas determinadas; y al ir creciendo, conserva su linaje, de modo que uno puede reconocer que se va agrandando y sustentando cada cosa a partir de materia propia.

LIBRO II

vv. 167-181

Pero frente a esto algunos, desconocedores de la materia, dicen que sin la gracia de los dioses no se puede explicar que la naturaleza mude tan de acuerdo con los humanos intereses las estaciones del año y críe el grano, ni tampoco las otras cosas que el santo Placer, guía de la vida, por su cuenta saca e invita a los mortales a que las afronten, llevándolos a que mediante las faenas de Venus propaguen las generaciones, de modo que no perezca la raza humana. Cuando imaginan que los dioses lo formaron todo por causa de esos hombres, en todo punto parece que se han desviado muy mucho de una razón bien fundada. Y es que aunque desconociera yo cuáles son los primordios de la realidad, sería, pese a todo, capaz de demostrar a partir de las propias explicaciones del cielo, y capaz de explicar a partir de muchas otras cosas lo siguiente: que en modo alguno en beneficio nuestro el ser del mundo se ha creado por obra divina: de tan grandes flaquezas está aquejado.

LIBRO III

vv. 417-444

Ea pues, para que puedas conocer que espíritus y almas livianas en los animales son nacederos y mortales, seguiré componiendo versos, largo tiempo meditados y urdidos con grato esfuerzo, que sean dignos de tu persona. Haz tú que los dos nombres en uno solo se junten y que, cuando por ejemplo digo «alma» para mostrar que es mortal, entiendas que también digo «espíritu», en cuanto que una sola cosa y bien trabada son los dos.

Para empezar: puesto que he mostrado que ella en su levedad está formada de cuerpos menudos y hecha de principios mucho menores que el agua clara o la niebla o el humo (pues en movilidad mucho les gana, y se mueve si una causa más ligera la golpea, porque es que imágenes de humo y niebla nos mueven, tal como cuando dormimos vemos en sueños despedir gruesos vapores los altares y dar humo; porque sin duda alguna tales simulacros vienen hasta nosotros), ahora, en efecto, puesto que ves que, al romperse en torno el recipiente, se derrama el líquido y el agua escapa, y puesto que la niebla y el humo hacia el aire escapan, convéncete de que también el alma se desparrama y mucho más rápida y velozmente perece y se descompone <en> cuerpos primeros en cuanto se arranca y aparta de los miembros del hombre; porque es que el cuerpo, que viene a ser como su recipiente, cuando no puede retenerla al quebrarse por alguna causa y esponjarse una vez que de las venas se retira la sangre, ¿cómo pensarías que la puede retener un aire que, siendo más ralo que nuestro cuerpo, apenas a sí mismo se retiene?

LIBRO V

vv. 1011-1027

Luego, una vez que dispusieron de cabañas, pieles y fuego, y la mujer unida a varón se limitó a uno solo que bien la frecuentaba, y vieron que su prole de ellos nacía, entonces el género humano vino por vez primera a ablandarse; y es que el fuego procuró que en sus apuros los cuerpos ya no pudieran así a cielo raso soportar el frío; también el amor hizo menguar las fuerzas y con sus lisonjas los niños quebrantaron sin dificultad el talante arisco de los padres. También entonces empezaron a trabar amistad vecinos ansiosos de no recibir del otro daño ni atropello; y en manos de otros ponían a sus niños y a la casta de las mujeres, dando a entender con voces y gestos inseguros que es justo que todos se compadezcan de los débiles. No pudo sin embargo producirse acuerdo en toda cosa; pero la parte honrada y mayor respetaba con pureza las alianzas, que si no, todo el género humano habría perecido ya entonces, sin que su descendencia pudiera alargar las generaciones hasta la presente.

2. Omar Jayam&#44; de los Rub&#225;iy&#225;t

2

De los Rubáiyát

OMAR JAYAM

También la Persia medieval nos dio un largo y hermoso poema que se burla de las pretensiones y las prácticas de la religión. A Omar Jayam (1048-1131) se le recuerda sobre todo por sus efusivos elogios al vino, las mujeres y el canto (preferencias que en el Irán de nuestros días también le habrían ocasionado problemas), pero lo cierto es que fue un astrónomo y matemático de altos vuelos, que hizo aportaciones al álgebra, contribuyó a refinar el calendario, y tal vez fuera uno de los primeros defensores de la idea de que la Tierra gira alrededor del Sol.

Está claro que Jayam dudaba de que dios solo se hubiera revelado a algunos hombres, sobre todo frente a algo tan obvio como que a las personas que decían interpretar la revelación les gustaba utilizar sus pretensiones para conseguir poder y ejercitarlo en este mundo. No fue el primero que observó este aspecto de la religión, pero sí uno de los más ingeniosos.

XIV

Las esperanzas mundanales en que los hombres prenden su corazón se tornan ceniza… o prosperan; y luego, como la nieve sobre la faz polvorienta del desierto, lucen una hora o dos… y pasan.

XV

Y los que atesoraron el grano de oro, y los que lo arrojaron al viento como lluvia, todos se convertirán en tierra, y no de oro, de ese oro que los hombres, una vez enterrado, desean arrancar de nuevo a la tierra.

XVI

Piensa cómo en este campamento desmantelado, cuyos pórticos son alternativamente la noche y el día, Sultán tras Sultán, viven su hora o dos, y siguen su camino.

XVII

Dicen que el león y el lagarto tienen su corte donde Jamshyd se glorificó y bebió tanto; y Bahram, aquel gran cazador, yace dormido para siempre, aunque el asno salvaje pisotea su cabeza.

XVIII

Algunas veces pienso que nunca florece tan roja la rosa como donde sangra algún César enterrado; que cada jacinto que adorna el jardín ha caído en su regazo de alguna cabeza en otro tiempo hermosa.

XIX

Y esta deliciosa hierba, sobre la cual yacemos, cuyo verde tierno flequea la orilla del río… ¡Ah! Apoyémonos sobre ella suavemente, porque ¡quién sabe de qué labio invisible y en otro tiempo amable brota!

XX

¡Ay, amor mío! Llena la copa que libra al Hoy de las pasadas añoranzas y de los temores futuros… ¿Mañana?… Tal vez mañana yo mismo perteneceré a los siete mil años del Ayer.

XXI

¡Mirad! Algunos de aquellos a quienes hemos amado, los más amables y los mejores que el tiempo y el destino hayan prensado en su lagar, bebieron su copa una o dos vueltas antes, y uno a uno se hundieron silenciosamente en el descanso.

XXII

Y nosotros, que ahora nos regocijamos en el lugar que ellos dejaron, y que el verano viste de flores nuevas, también descenderemos bajo la capa de tierra, y haremos una capa de tierra… ¿para quién?

XXIII

¡Ah! Aprovechemos cuanto podamos lo que aún nos es dado gastar, antes de que bajemos al polvo; polvo en el polvo, y bajo el polvo, yacer sin vino, sin canción, sin cantor, y… ¡sin fin!

XXIV

Lo mismo a los que se preparan para hoy que a los que fijan la mirada en un mañana, clama un muecín desde la torre de las tinieblas: ¡Locos: vuestra recompensa no está ni aquí ni allá!

XXV

Porque todos los santos y los sabios que han discutido sobre los dos mundos tan sabiamente son arrojados como profetas locos: sus palabras se han deshecho en burla y sus bocas están llenas de polvo.

XXVI

¡Oh! Ven con el viejo Jayam, y deja hablar a los sabios: una cosa es cierta, que la vida huye; una cosa es cierta, y el sueño es mentira. La flor que ha florecido una vez muere para siempre.

XXVII

Yo mismo, de joven, frecuenté con ardor a doctores y santos, escuché grandes argumentos sobre esto y aquello; pero siempre salí por la misma puerta, como había entrado.

XXVIII

Con ellos sembré la semilla de la Sabiduría, y con mi propia mano labré la tierra para que germinase; y esta fue toda la cosecha que logré… «Vine como el agua, y me voy como el viento.»

XXIX

Vine a este universo sin saber por qué ni de dónde, como el agua que corre a pesar suyo; y me voy, fuera de él, como el viento a lo largo del desierto —no sé adónde—, soplando a su pesar.

XXX

¿Qué?… Sin consultarme, lanzado aquí… ¿de dónde? Y sin consultarme, arrojado de aquí… ¿adónde? Ahoguemos en otra copa y en otra copa la memoria de esta insolencia.

XXXI

Del centro de la Tierra, subí a través de la séptima puerta, y me senté sobre el trono de Saturno; por el camino desaté muchos nudos, pero no el nudo de la muerte y del destino humano.

XXXII

Había una puerta para la cual no encontré llave; había un velo a través del cual no pude ver; hablaban un momento del Mí y del Tú… y después ya no había ni Tú ni Yo.

XXXIII

Entonces clamé al mismo cielo preguntando: ¿Qué lámpara tiene el Destino para guiar a sus pequeñuelos vacilantes en la oscuridad? Y el cielo respondió: Un entendimiento ciego.

XXXIV

Entonces conjuré a la esfera terrestre para que enseñase a mis labios el secreto de la fuente de la vida. Y, labio a labio, la tierra murmuró: Mientras vives, bebe, porque una vez muerto no volverás nunca.

XLV

Deja disputar a los sabios la eterna disputa del universo, y conmigo en un rincón del reposorio de Hubbub burla al que hace otro tanto contigo.

XLVI

Porque dentro y fuera, encima, en derredor, abajo, no existe nada más que una sombra mágica, proyectada por una linterna, cuya luz es el Sol, en derredor del cual nos otros, figuras fantasmas, venimos y nos vamos.

XLVII

Y si el vino que bebes, el labio que besas, acaban en la nada… en que van a parar todas las cosas… sí… piensa que eres Hoy lo que eras Ayer y que no serás menos mañana.

XLVIII

Mientras florece la rosa a orillas del río, bebe el rubí de la vendimia con el viejo Jayam, y cuando el Ángel se acerque a ti ofreciéndote su más tenebrosa bebida, tómala y no tiembles.

IL

Todo es un tablero de ajedrez de noches y días, donde el Destino juega con los hombres: muévelos de aquí allí, da mate, vence, y una por una las figuras yacen en la caja.

L

La pelota no pregunta por el sí o el no, sino que va a la derecha o a la izquierda, según el golpe del jugador. ¡Aquel que te ha lanzado al campo lo sabe todo, lo sabe, lo sabe!

LI

El dedo se mueve y escribe, y habiendo escrito, se va: ni toda tu piedad, ni todo tu entendimiento lo moverán a cambiar media línea; ni todas tus lágrimas bastarán a borrar una palabra.

LII

Y ese cuenco invertido que llamamos cielo, bajo el cual arrastrándonos encarcelados vivimos y morimos; no levantes tus manos hacia él, pidiendo ayuda, porque, impotente, rueda como tú y yo.

LIII

Con la primera arcilla de la tierra amasaron al último hombre, y entonces sembraron la semilla de la última cosecha: sí, la primera mañana de la creación escribió lo que ha de leer la última aurora del juicio.

LIV

Te digo esto: cuando saliendo de la meta a lomos del flamante corcel, arrojaron a Parwin y a Mushtara en mi porción predestinada de barro y alma.

LV

Germinó una fibra en la vid, a la cual se prendió mi ser; burle el Sufí; de mi vil metal puede limarse una llave, que acaso abra la puerta ante la cual aúlla.

LVI

Y esto lo sé: ora la única luz verdadera encienda en mí el amor, ora me consuma en ira por completo, más vale alcanzar una chispa de ella en la taberna que perderla del todo en el templo.

LVII

¡Oh, Tú, que sembraste de trampas y lazos el camino por el cual he de caminar: no me habrás enredado en pre destinación para luego imputar mi caída a pecado!

LVIII

¡Oh, Tú, que hiciste al hombre de la arcilla más vil, y que con el Edén pensaste la serpiente; da al hombre tu perdón, por todas las culpas con que tiene ennegrecido el rostro… y recibe el suyo!

3. Thomas Hobbes&#44; Sobre la religi&#243;n&#44; de Leviat&#225;n

3

Sobre la religión

De Leviatán

THOMAS HOBBES

Las ideas atomistas empezaron a revivir durante el siglo XVII. Isaac Newton incorporó diecinueve versos de De rerum natura en las primeras redacciones de sus Principia. El Saggiatore de Galileo (1623) estaba tan impregnado de teoría atomista que tanto sus amigos como sus críticos lo definían como un libro epicúreo.

Sin embargo, en ninguna época dejó de ser enormemente peligroso dudar en público de la ortodoxia religiosa. Así acabó por descubrirlo Galileo, para su desgracia. Thomas Hobbes (1588-1679), que tuvo que exiliarse, y que durante la guerra civil inglesa fue objeto de sospechas por ambos bandos, se prodigó en profesiones formales de lealtad a la Iglesia establecida, al tiempo que hallaba la manera de arrojar dudas sobre la fe en sus escritos. El hecho de que en 1666 los cazadores de herejías amenazaran con someterle a un juicio por ateísmo en el Parlamento probablemente fuera una muestra de perspicacia, ya que no de imaginación.

En el capítulo XII de Leviatán, su larguísimo tratado sobre el arte de gobernar, Hobbes pone en ridículo la religión con la excusa de defender la verdadera fe contra el paganismo.

En vista de que no hay señales ni frutos de la religión, excepto en el hombre, no hay razón para dudar que la semilla de la religión se encuentra solamente en el ser humano, y que consiste en alguna cualidad especial, o, por lo menos, en algún grado eminente suyo que no se da en las otras criaturas vivientes.

En primer lugar, es característica peculiar del hombre inquirir sobre las causas de los sucesos que ve. Algunos hacen esto en mayor medida que otros; pero todos muestran, por lo menos, curiosidad por buscar las causas de su propio bienestar y de su mala fortuna.

En segundo lugar, cuando vemos algo que tiene un comienzo, pensamos que también ha tenido una causa que lo determinó a empezar a ser, y luego pensamos en cuándo lo hizo, y por qué no más temprano o más tarde.

En tercer lugar, mientras que las bestias no tienen otro tipo de felicidad que no sea la de comer su alimento diario, descansar y satisfacer sus instintos, y tienen muy poca o ninguna previsión del futuro porque les falta observación y memoria del orden, secuencia y dependencia de las cosas que ven, el hombre, por el contrario, observa cómo un suceso ha sido producido por otro, y recuerda cuál es el antecedente, y cuál el consecuente, y cuando no puede estar seguro de las causas de las cosas (pues las causas de la buena o de la mala fortuna son en su mayor parte invisibles), supone esas causas, ya según se lo sugiera su propia imaginación, ya fiándose de la autoridad de otros hombres que él considera amigos suyos, o más sabios que él.

Lo primero y lo segundo producen ansiedad. Porque una vez asegurados de que todas las cosas que han sucedido hasta ahora han tenido una causa, y que también la tendrán las que vengan después, es imposible que un hombre constantemente preocupado en protegerse contra los males que teme y en procurarse los bienes que desea, no se encuentre en un estado de perpetua ansiedad frente al porvenir. De tal modo que todos los hombres, especialmente los que son previsores en exceso, se hallan en una situación como la de Prometeo. Pues igual que Prometeo —nombre que, traducido, significa el hombre prudente— fue encadenado al monte Cáucaso, lugar de grandes vistas, donde un águila se alimentaba de su hígado y devoraba durante el día cuanto era reparado durante la noche, así también el hombre que mira con anticipación lo que le espera en un distante futuro, preocupado por lo que habrá de venir, tiene constantemente su corazón carcomido por el miedo a la muerte, a la pobreza o a cualquier otra calamidad, y no encuentra reposo ni pausa en su ansiedad, excepto cuando duerme.

Este miedo perpetuo que siempre acompaña al hombre en su ignorancia de las causas, como si estuviera en la oscuridad, necesita concretarse en algún objeto. Y cuando falta un objeto visible no hay nada a lo que puede atribuirse la buena o la mala fortuna, y entonces se recurre a algún poder o agente invisible. Quizá fue en ese sentido en el que algunos poetas dijeron que los dioses habían sido creados originalmente por el miedo del hombre, cosa que, referida a los dioses, es decir, a los muchos dioses de los gentiles, es muy verdadera. Pero el reconocimiento de un Dios eterno, infinito y omnipotente, puede más fácilmente derivarse del deseo que los hombres tienen de conocer las causas de los cuerpos naturales y de sus varias virtudes y operaciones, que del miedo de lo que pueda caer sobre ellos en el tiempo venidero. Porque quien, a partir de un electo que tiene lugar, razona sobre la causa próxima o inmediata del mismo, y de ahí sobre la causa de esa causa, y se sumerge profundamente en la averiguación de las causas, llegará finalmente a esta conclusión de que debe haber, como han confesado hasta los mismos filósofos paganos, un primer motor, esto es, una causa primera y eterna de todas las cosas, que es lo que los hombres quieren significar en el nombre de Dios. Y todo esto, sin pensamiento de la suerte futura, preocupación que lleva al miedo, impide buscar las causas de otras cosas, y da ocasión a imaginar tantos dioses cuantos hombres haya para imaginarlos.

Y en cuanto a la materia o sustancia de esos agentes así imaginados, como no puede ser concebida de una manera natural como no sea asimilándola a lo que es el alma humana, y como esta es imaginada como algo que es de la misma sustancia que lo que se aparece en sueños al que duerme, o lo que ve en un espejo el que está despierto, los hombres que no se dan cuenta de que esas imaginaciones no son otra cosa que productos de la fantasía, las toman por reales sustancias del mundo exterior, y las llaman fantasmas, igual que los latinos las llamaban imagines y umbrae. Y las toman por espíritus, es decir, por sutiles cuerpos del aire, y atribuyen esa misma naturaleza a los agentes invisibles de los que tienen miedo, con la excepción de que estos aparecen y desaparecen cuando les viene en gana. Pero la opinión de que esos espíritus son incorpóreos o inmateriales nunca pudo concebirse, por naturaleza, en una mente humana. Pues aunque los hombres pueden poner juntas palabras de significados contradictorios, tales como espíritu incorpóreo, nunca pueden tener una imagen de nada que responda a ellas. Por lo tanto, quienes, mediante sus propias meditaciones, llegan al reconocimiento de que hay un Dios infinito, omnipotente y eterno, prefieren confesar que es incomprensible y que cae más allá de lo que puede alcanzar su entendimiento, antes que definirlo como algo cuya naturaleza es un espíritu incorpóreo, pues esa definición sería ininteligible. Y si le dan a Dios ese título, no lo hacen dogmáticamente, es decir, con intención de hacer que se entienda lo que es la naturaleza divina, sino con la intención devota de honrarle con atributos o significados que se aparten lo más posible de los que son propios de los groseros cuerpos que vemos.

En lo que respecta a lo que piensan sobre el modo en que estos agentes invisibles operan sus efectos, es decir, sobre las causas inmediatas de que se sirven para hacer que pasen las cosas, los hombres que no saben lo que quiere decirse con la palabra causación —que son casi todos— no tienen, para guiarse en sus cálculos, otra regla que no sea la que les proporciona el observar y recordar lo que han visto que, en una o varias ocasiones pasadas, precedió a efectos semejantes, a pesar de que no vieron ninguna relación de dependencia o conexión causal entre el hecho antecedente y el consecuente. Y así, deducen que las cosas serán en el futuro de manera semejante a como lo fueron en el pasado, y, de un modo supersticioso, esperan buena o mala suerte de lo que no tiene nada que ver con lo que verdaderamente es su causa. Es lo que hacían los atenienses cuando pedían otro Formio para la guerra de Lepanto, o lo que hacían los pompeyanos pidiendo la presencia de otro Escipión para las guerras en África. Y otros también han hecho cosas así en diversas ocasiones desde entonces. De manera similar, hay hombres que atribuyen su suerte a la presencia de cierta persona, o a un lugar que dicen que les dé buena o mala suerte, o a palabras que se pronuncian, especialmente si entre ellas está el nombre de Dios; palabras mágicas y de encantamiento, liturgias de brujería, en cuanto que se las cree capaces de transformar en pan una piedra, o el pan en un hombre, o cualquier cosa en cualquier otra cosa.

En tercer lugar, y por lo que se refiere al culto de adoración que los hombres rinden naturalmente a los poderes invisibles, no puede ese culto consistir sino en expresiones de reverencia que se utilizan también con los seres humanos: regalos, peticiones, agradecimientos, sumisión del cuerpo, muestras de consideración, conducta sobria, palabras premeditadas, juramentos, es decir, garantías mutuas de lo que se promete, dando solemnidad a las promesas. La razón no sugiere que haya nada más allá de esto, y deja que los hombres se conformen con ese tipo de culto, o los obliga a fiarse, para otras ceremonias, de quienes creen que son más sabios que ellos.

Por último, en lo concerniente a cómo estos seres invisibles declaran a los humanos las cosas que acaecerán en el futuro, especialmente las que se refieren a su buena o mala fortuna en general, o al resultado bueno o malo de sus empresas, son los hombres naturalmente incapaces de determinarlo. Y como solo pueden conjeturar sobre el futuro basándose en lo que aconteció en el pasado, puede muy bien ocurrirles que, después de una o dos experiencias, no solo tomen sucesos que fueron puramente casuales como presagio de que otros sucesos semejantes tendrán lugar de entonces en adelante, sino que también están inclinados a creer los presagios de aquellos de quienes tuvieron alguna vez buena opinión.

Y en estas cuatro cosas —creencia en los espíritus, ignorancia de las causas segundas, devoción a lo que suscita el temor de los hombres y el tomar como presagio lo que es casual— consiste la semilla natural de la religión, la cual, debido a las diversas imaginaciones, juicios y pasiones que pueden darse en los hombres, ha dado lugar a una proliferación de ceremonias tan diferentes, que las que son usadas por un individuo resultan en su mayor parte ridículas a ojos de otro.

Pues estas semillas han sido cultivadas por dos clases de hombres. Una, la de aquellos que las han alimentado y ordenado de acuerdo con su propia invención. La otra, la de quienes han hecho eso mismo, siguiendo los mandamientos y la dirección de Dios. Pero ambas clases de hombres lo han hecho para hacer que quienes confían en ellos sean más aptos para obedecer, para respetar las leyes, para la paz, la caridad y la sociedad civil. Así, la religión de la primera clase forma parte de la política humana y enseña algunos de los deberes que los reyes de la tierra requieren de sus súbditos. Y la segunda clase de religión es política divina y contiene preceptos para quienes se han declarado súbditos del reino de Dios. De la primera clase de hombres fueron todos los fundadores de las repúblicas, y los que dictaron las leyes de los gentiles; de la segunda clase fueron Abraham, Moisés y nuestro bendito Salvador, mediante los cuales llegaron hasta nosotros las leyes del reino de Dios.

Y en cuanto a esa parte de la religión que consiste en opiniones concernientes a la naturaleza de poderes invisibles, no hay nada que pueda nombrarse que no haya sido estimado entre los gentiles, en un lugar o en otro, como un dios o un diablo; o imaginado por sus poetas como algo inanimado, inhabitado, o poseído por tal o cual espíritu.

La materia informe del mundo fue para ellos un dios llamado Caos.

Los cielos, el océano, los planetas, el fuego, la tierra y los vientos fueron otros tantos dioses.

Los hombres, las mujeres, un pájaro, un cocodrilo, una vaca, un perro, una serpiente, una cebolla, un puerro, también fueron deificados. Además de eso, los gentiles llenaron casi todos los sitios de espíritus llamados demonios: las llanuras, con Pan y los Panes o Sátiros; los montes, con Faunos y Ninfas; cada casa, con sus Lares o dioses familiares, cada hombre, con su Genius, el infierno, con sus espíritus y sus funcionarios, como Caronte, Cerbero y las Lunas. Y durante la noche, todos los sitios estaban llenos de larvae, lemures (fantasmas de hombres muertos) y todo un reino de hadas y espectros. También divinizaron, y construyeron templos en su honor, a meros accidentes y cualidades, como el tiempo, la noche, el día, la paz, la concordia, el amor, la lucha, la virtud, el honor, la salud, el deterioro, la fiebre y otras cosas semejantes. Y cuando rezaban a favor o en contra de ellas, lo hacían como si cada una estuviese acompañada de un espíritu capaz de retener o de dejar caer sobre ellos los dones o los castigos que con sus oraciones deseaban obtener o evitar. Rindieron también culto a su propio ingenio, al que dieron el nombre de Musas; a su propia ignorancia, dándole el nombre de Fortuna; a su propio deseo sexual, llamándolo Cupido; a sus propios sentimientos de ira, dándoles el nombre de Furias; a sus órganos privados, con el nombre de Príapos, y atribuían sus poluciones a Íncubos y Súcubos. De tal forma que no había cosa que un poeta pudiera personificar en un poema que los gentiles no convirtiesen en un dios, o en un demonio.

Los mismos creadores de la religión pagana, al observar el segundo fundamento de la religión —que es la ignorancia que los hombres padecen con respecto a las causas y, por tanto, su tendencia a atribuir su suerte a causas que nada tienen que ver con ella—, se aprovecharon de esto para fomentar aún más esa ignorancia; y en lugar de causas segundas, inventaron una serie de dioses ministeriales y secundarios. Así, adscribieron a Venus la causa de la fecundidad; a Apolo, la causa de las artes, a Mercurio, la sutileza y habilidad; las tempestades y tormentas, a Eolo, y todos los demás efectos, a otros tantos dioses. Hasta el punto de que, entre los paganos, había casi tanta variedad de dioses como de ocupaciones y asuntos.

Y a la adoración que de manera natural fue concebida por los hombres para con sus dioses, esto es, las oblaciones, rezos, acciones de gracias y todas las demás que ya han quedado mencionadas, los mismos legisladores de los gentiles añadieron la representación pictórica y escultural de esas deidades. Esto lo hicieron con el propósito de que los más ignorantes, es decir, la gran mayoría del pueblo, pensando que aquellas representaciones eran los dioses mismos, creyeran que estos estaban realmente allí, como habitantes de su mundo, por así decirlo, y les tuvieran más miedo. Y así, otorgaron a sus dioses tierras, casas, ministros y estipendios que estaban reservados solo para ellos y que no eran para uso de los hombres. Es decir, que consagraron y santificaron, para sus ídolos, cavernas, campos de cultivo, bosques, montañas, y hasta islas enteras; y no solo les atribuyeron figura de hombres, de bestias o de monstruos, sino también facultades, pasiones humanas y animales: sentido, habla, sexo, deseo, procreación, y esta no solo entre unos dioses con otros para propagar su especie, sino también con hombres y mujeres para engendrar dioses mixtos, residentes en el cielo en calidad de inquilinos, como Baco, Hércules y otros. Además, les atribuyeron la pasión de la ira, de la venganza, y otras que son propias de las criaturas vivientes, así como los actos que proceden de esas pasiones: fraude, latrocinio, adulterio, sodomía y cualquier otro vicio que pudiera considerarse como un efecto del poder o como causa de placer; y además, todos esos otros vicios que, entre los hombres, son tomados como ilegales más que como deshonorables.

Finalmente, a los pronósticos sobre el porvenir, que son, naturalmente, solo conjeturas basadas en la experiencia del pasado, y, sobrenaturalmente, revelación divina, los autores de la religión de los gentiles, en parte apoyados en una pretendida experiencia, y en parte apoyados en una pretendida revelación, añadieron otros innumerables modos supersticiosos de adivinación, e hicieron creer a los hombres que podían averiguar sus fortunas escuchando las ambiguas o absurdas respuestas de los sacerdotes de Delfos, Delos, Ammón y otros famosos oráculos, respuestas que fueron hechas ambiguas a propósito, para que resultaran acertadas en cualquier caso; o absurdas, a causa de los vapores embriagadores del lugar, cosa muy frecuente en cavernas sulfurosas. Otras veces creyeron averiguar su fortuna en las hojas de las Sibilas, de cuyas profecías, como también, quizá, de las de Nostradamus (pues los fragmentos que hoy se conservan parecen ser invención de tiempos posteriores), había algunos libros que eran conocidos en la época de la república romana; otras veces, en los sermones disparatados de locos que se consideraban poseídos de un espíritu divino, posesión a la que daban el nombre de entusiasmo. Y estas clases de adivinación de sucesos futuros fueron juzgadas teomancia o profecía. Algunas veces se leía el futuro de una persona en el aspecto de las estrellas el día de su nacimiento; esto se llamaba horoscopia y se consideró parte de la astrología judiciaria. Otras veces el futuro se anticipaba en las propias esperanzas y miedos; esto se llamaba tumomancia o presagio. Otras veces estaba en las predicciones de las brujas, las cuales decían que podían comunicarse con los muertos; a esto se le llamó nigromancia, conjuro o brujería, y no es sino engañosa y amañada truculencia. Otras veces, en el vuelo casual o en el modo de alimentarse los pájaros; a esto se le llamó augurio. Otras veces, en las entrañas de una bestia sacrificada; esto era la aruspicina. Otras veces, en los sueños. Otras, en los graznidos de los cuervos o en el piar de los pájaros. Otras, en los surcos del rostro, lo cual se llamó metoscopia, o en las líneas de las palmas de las manos, lo cual se llamó, con palabra casual, omina. Otras veces en monstruos o accidentes insólitos, tales como eclipses, cometas, raros meteoros, terremotos, inundaciones, nacimientos extraordinarios, etcétera, a los que se dio el nombre de portenta y ostenta, porque se pensaba que anunciaban o presagiaban alguna calamidad venidera. Otras veces, en el mero azar, como en el juego de cara o cruz; contando los agujeros de una cuba; escogiendo a ciegas versos de Homero y Virgilio, y en otras innumerables y vanas ocurrencias de este tipo. ¡Tan proclives son los hombres a ser llevados a creer cualquier cosa, si son arrastrados por quienes han logrado acreditarse entre ellos y pueden aprovecharse de su miedo e ignorancia actuando con refinamiento y destreza!

Y, por lo tanto, los primeros fundadores de repúblicas entre los gentiles, cuyo fin solo era mantener al pueblo sujeto en obediencia y paz, se cuidaron, en todas partes, y en primer lugar, de imprimir en las mentes del pueblo la creencia de que aquellos preceptos religiosos que se les daban no provenían de su propia invención, sino de los dictados de un dios o de cualquier otro espíritu, o, si no, que ellos, los fundadores mismos, eran algo más que simples mortales. De este modo, conseguían que sus leyes fueran recibidas más fácilmente. Así, Numa Pompilio fingió que había recibido de la ninfa Egeria las ceremonias que él instituyó entre los romanos; el primer rey y fundador del reino del Perú fingió que él y su esposa eran hijos del Sol, y Mahoma, para establecer su nueva religión, fingió que había tenido revelaciones del Espíritu Santo, quien se le apareció en forma de paloma. En segundo lugar, tuvieron su buen cuidado de hacer creer que las mismas cosas que estaban prohibidas por sus leyes, eran también desaprobadas por los dioses. En tercer lugar, prescribieron ceremonias, súplicas, sacrificios y celebraciones con las que hicieron creer que podía aplacarse la ira de los dioses, y que los fracasos en la guerra, las grandes enfermedades contagiosas, los terremotos y los infortunios particulares de cada hombre provenían de las iras de los dioses, y que estas provenían de que los hombres no habían cumplido con sus deberes de adoración, o los habían olvidado, o se habían equivocado en algún punto relativo a las ceremonias que habían sido prescritas. Y aunque entre los antiguos romanos a los hombres no se les prohibía negar lo que los poetas escribían sobre los sufrimientos y placeres de la otra vida, lo cual fue hecho abiertamente, en sus discursos públicos, por varios individuos de gran autoridad y prestigio, siempre fue la actitud de los creyentes más celebrada que la actitud contraria.

Y mediante estas y otras instituciones parecidas se consiguió alcanzar el fin que se proponían, que fue la paz de la república. Pues el pueblo, creyendo que sus propias desgracias se debían a alguna falla o descuido en el cumplimiento de las ceremonias, o a su desobediencia a las leyes, estaba menos predispuesto a rebelarse contra quienes lo gobernaban. Y como se le entretenía con la pompa y con los pasatiempos de festivales y juegos públicos que se celebraban en honor de los dioses, solo hacía falta darle pan para evitar que estuviera descontento y murmurara y se amotinara contra el Estado. Y, consiguientemente, los romanos, que habían conquistado la mayor parte de lo que entonces era el mundo conocido, no tuvieron el menor escrúpulo en tolerar cualquier religión, incluso en la misma ciudad de Roma, a menos que contuviese alguna cosa que fuera inconsistente con su gobierno civil. Tampoco leemos que ninguna religión fuese prohibida, excepto la de los judíos, los cuales, al ser el pueblo particular del reino de Dios, pensaban que era ilegal reconocer sujeción a ningún rey mortal o a ningún Estado, fuera el que fuese. Y así vemos cómo la religión de los gentiles fue parte de su política civil.

Pero allí donde Dios mismo, por revelación sobrenatural, implantó la religión, también creó un reino peculiar para sí mismo; y dio leyes de conducta para con él y para el comportamiento de los hombres entre sí. Y de ahí el que, en el reino de Dios, la política y leyes civiles sean parte de la religión. Por tanto, la distinción entre dominio temporal y dominio espiritu

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