La luz del diablo (Inspector Sejer 4)

Karin Fossum

Fragmento

cap

Edificio del Juzgado. 4 de septiembre. 16.00 h.

Jacob Skarre miró el reloj. Había acabado su turno, pero sacó con cuidado un libro de su bolsillo interior y leyó el poema de la primera página. «Como jugar en realidad virtual —pensó—. ¡Chas! Y estás en otro paisaje.» La puerta estaba abierta, y de repente se percató de que alguien lo observaba. La mujer quedaba fuera de su entorno, pero la magnífica visión periférica de Skarre la captó. No era más que otra conciencia que tocaba la suya. Una vibración ligerísima, casi imperceptible, que al final lo alcanzó. Cerró el libro.

—¿Puedo ayudarla en algo?

La mujer no se movió, seguía observándolo con una extraña mirada. Skarre contempló ese rostro tenso y de repente le resultó conocido. La mujer ya no era joven, estaría rozando los sesenta, llevaba un vestido y unas botas oscuras. Un pañuelo al cuello. Parte de la razón de por qué lo llevaba se veía debajo de su barbilla, en contraste con lo que la mujer probablemente tuviera de rapidez y elegancia. Caballos de carreras con vistosos jinetes sobre un fondo azul. Su cara era ancha y con los rasgos muy marcados, echada hacia delante por la prominente barbilla. Las cejas eran oscuras y casi continuas. Contra la tripa apretaba un bolso. Pero sobre todo destacaban sus ojos. Dentro del pálido rostro había un par de luminosos ojos que miraban tan fijamente a Skarre que él no podía apartar su vista de ellos. Entonces se acordó. «Una curiosa coincidencia», pensó expectante. Estaba como atornillado en ese silencio interrogante. Cada segundo saldría algo importante de la boca de esa mujer.

—Se trata de una persona desaparecida —dijo ella.

Su voz era tosca. Una herramienta oxidada y crujiente que se estaba poniendo en marcha tras un largo descanso. Detrás de la frente blanca ardía un fuego. Skarre vio el fulgor en el iris de su ojo. No quería sacar conclusiones anticipadas, pero la mujer estaba obviamente obsesionada por algo. Poco a poco fue cayendo en la cuenta del tipo de caso de que se trataba. Repasó mentalmente los informes del día, pero no recordaba que hubiera pacientes desaparecidos de instituciones psiquiátricas en su zona. La mujer respiraba con dificultad, como si le hubiese costado mucho llegar. Pero había tomado la decisión, era como si algo definitivo la empujara. Skarre se preguntó cómo había conseguido sortear la recepción y la mirada de halcón de la señora Brenningen y llegar hasta su despacho sin que nadie la hubiese parado.

—¿A quién busca? —preguntó con amabilidad.

La mujer seguía mirándolo fijamente. Él la miró con la misma intensidad para ver si ella desviaba los ojos. De repente parecía confundida.

—Sé dónde está.

Skarre se sorprendió.

—¿Lo sabe? Entonces ¿no está desaparecido?

—No creo que le quede mucho tiempo —contestó la mujer. Sus finos labios empezaron a temblar.

—¿Quién? —preguntó Skarre. Y añadió, porque de repente lo intuyó—: ¿Se refiere a su marido?

—Sí. Mi marido.

Asintió firmemente con la cabeza. Seguía erguida e inmóvil, con el bolso apretado contra la tripa. Skarre se reclinó en el sillón.

—Su marido está enfermo y usted está preocupada por él. ¿Es mayor?

Era una pregunta inadecuada. La vida es vida mientras haya vida y signifique algo para alguien. Quizá todo. Se arrepintió, cogió un bolígrafo de la mesa y empezó a darle vueltas.

—Es casi un niño —contestó ella con tristeza.

La respuesta le extrañó. ¿De qué hablaba realmente? Su marido estaba enfermo, quizá moribundo. «Y senil», pensó. De vuelta a la infancia. Al mismo tiempo, tenía una extraña sensación de que la mujer intentaba contarle algo diferente. El abrigo tenía bolitas por la parte del pecho, y el botón del medio se había cosido con descuido, lo que hacía que la tela se arrugara ligeramente. «¿Por qué me estoy fijando en esas cosas?», pensó.

—¿Vive usted lejos de aquí? —Skarre miró el reloj. ¿Tendría dinero para un taxi?

La mujer se enderezó.

—Calle de Prins Oscar, número 17. —Lo pronunció con consonantes afiladas—. No era mi intención molestar —añadió.

Skarre se levantó.

—¿Necesita ayuda para volver a su casa?

Ella seguía mirando fijamente sus ojos azules, como si fuera algo que quisiera llevarse consigo. Un calor, el recuerdo de algo vivo, como el joven inspector. A Skarre le ocurrió de repente algo extraño, eso que pasa de vez en cuando, que el cuerpo funciona a su antojo. Bajó la vista y se miró los brazos. Los pelos rubios se estaban erizando. Al mismo tiempo, la mujer se dio lentamente la vuelta, disponiéndose a salir. Acto seguido desapareció por el pasillo. Skarre se quedó mirándola desde la puerta. Su manera de andar era breve y angulosa, como si intentara ocultar algo. Él volvió a su mesa. Eran las 16.03. Por curiosidad, anotó algunas frases en una libreta:

«Mujer de unos sesenta años se persona en el despacho a las 16.00 h. Parece confundida. Dice que está buscando a su marido, al que no cree que le quede mucho tiempo. Lleva un abrigo marrón y un pañuelo azul al cuello. Bolso marrón, botas negras. Posiblemente trastornada. Se marcha al cabo de unos momentos. Rechaza la ayuda para volver a su casa».

Se quedó pensando. Sería solo un alma desorientada, de las muchas que andaban por ahí. Por fin dobló la hoja y se la metió en el bolsillo de la camisa. Ese episodio no pintaba nada en el Informe diario.

«¿Alguien ha visto a Andreas?»

Estas palabras podían leerse en el periódico más importante de la ciudad. Así suelen expresarse los periódicos, en un tono informal, dirigiéndose a nosotros, como si nos habláramos de tú y nos conociéramos de toda la vida. Rompamos las barreras formales y empleemos un tono directo, desenfadado, en esta sociedad tan enérgica y tan decidida. Por este motivo, aunque de hecho haya poca gente que lo conociera, que le hablara de tú, hagamos caso omiso y preguntemos: ¿Alguien ha visto a Andreas?

Y luego su foto. Un chico guapo, de dieciocho años, con la cara fina y el pelo rebelde. Digo guapo, soy lo bastante generosa como para usar esa palabra. Tan guapo que todo le resultaba demasiado fácil. Iba por el mundo tomándose las cosas con naturalidad. Es una conducta bien conocida. A nadie le viene bien tener ese aspecto. Como intemporal, como imposible de determinar. Un chico encantador. Cuesta un poco emplear esa palabra, y sin embargo encantador.

El 1 de septiembre por la tarde salió de su casa, en la calle Cappelen. No dijo adónde se dirigía. «¿Adónde vas?» «Voy a salir» Es lo que suelen contestar los de su edad. Una especie de tacañería sin límites. Se creen algo completamente excepcional. Y la madre no tuvo luces suficientes para presionarle. Quizá aprovechara la mala voluntad del hijo para alimentar su propio martirio. Su hijo estaba a punto de dejarla sola y eso era algo que la madre odiaba. Pero, en el fondo, se trataba de conseguir que la respetara. Ella debería haberle educado de tal manera que hubiera sido impensable que él no le contestara respetuosa y detalladamente: «Sí, voy a salir con tal persona. Pensamos ir al centro. Estaré en casa antes de las doce». Eso no es exigir demasiado, ¿verdad que no? Pero ella fracasó, como tantos otros. Eso pasa cuando gastas todas las fuerzas que tienes en ti mismo, en tu vida, en tu dolor. Sé de lo que hablo. Y el dolor se haría más grande. El chico nunca volvería a casa.

Sí, he visto a Andreas. Puedo verlo cuando quiera. Muchos se extrañarán cuando por fin lo encuentren. Naturalmente especularán y harán conjeturas, escribirán informes, discutirán y los archivarán. Cada uno con su propia teoría. Y se equivocarán, por supuesto. La gente grita con muchas voces. Yo he vivido dentro de este barullo, sin hablar, durante casi sesenta años. Me llamo Irma. Por fin soy yo la que habla. No os haré perder mucho tiempo, y no digo que esté en posesión de la verdad. Pero lo que estás leyendo ahora es mi versión.

Me viene a la mente un recuerdo de la infancia. Puedo hacerlo aparecer siempre que lo desee. Estoy en la entrada con una mano en el picaporte. Dentro reina el silencio, pero sé que están ahí. Y sin embargo, no se oye ni un ruido. Abro la puerta con mucho cuidado y entro en la cocina. Mi madre está junto a la encimera quitando la piel a una caballa hervida. Todavía noto el olor, un olor empalagoso, desagradable. Hace un movimiento con su pesado cuerpo, dando vagas muestras de que me ha visto. Mi padre está ocupado en algo cerca de la ventana. Está metiendo masilla a presión en las rendijas para evitar las corrientes. La casa es vieja. La masilla es blanca y blanda como la arcilla. Mis dos hermanas están sentadas a la mesa de la cocina, enfrascadas en libros y papeles. Recuerdo esa luz pálida, amarilla, un poco nauseabunda del sol que entraba brillando en la cocina verde. Yo tengo unos seis años. Instintivamente, me da miedo hacer ruido. Me quedo allí de pie, sola, mirándolos. Están todos ocupados en algo. De repente me siento muy inútil, casi como si sobrara, como si hubiese nacido demasiado tarde. A menudo pienso que soy un accidente que no pudieron evitar. Mis hermanas se llevan dos años. Ocho después llegué yo. ¿Qué pudo hacer que mi madre deseara otro hijo al cabo de tanto tiempo? Pero la idea de que yo tal vez fuera una obligación desagradable no me desespera. Es un pensamiento muy viejo, llevo conviviendo con él demasiado tiempo.

El recuerdo es tan real que noto que el borde del vestido me hace cosquillas encima de las rodillas. Permanezco en medio de la luz verdosa y me doy cuenta de lo sola que estoy. Nadie me saluda. Soy la más pequeña. No estoy haciendo nada importante. No pretendo que mi padre suelte todo para cogerme en brazos y lanzarme por los aires, peso demasiado para eso. Él padece reumatismo, y yo estaba gordita y era bastante ancha, con el esqueleto de un caballo. Mi madre solía decirlo: como un caballo. Solo era Irma volviendo a casa. Nada digno de crear revuelo. Las cabezas, los imperceptibles movimientos por si era algo importante, y luego el descubrimiento de que solo era Irma. «Nosotros estábamos aquí primero», decían.

La indiferencia me dejó sin aliento. Tuve la misma sensación que aquella vez que le rogué a mi madre que me hablara de cuando nací. Se encogió de hombros, pero me contó que fue en medio de la noche y con una horrible tormenta. Truenos y vendaval. Me encantó saber que había llegado a este mundo acompañada de atronadores ruidos. Pero entonces mi madre añadió, con una risa seca, que en un par de minutos todo había acabado. «Saliste deslizándote como un gatito», dijo. La buena sensación que tenía se desvaneció. Seguía esperando, con las piernas rígidas plantadas en el suelo. Al fin y al cabo había estado un buen rato fuera. Podría haberme pasado cualquier cosa. ¿Acaso no vivíamos junto al mar? A intervalos regulares llegaban a nuestro muelle barcos de otros países. Los marineros pululaban por las calles mirando a todas las que tenían más de diez años. Sí, es verdad, yo tenía seis, pero era grande como un caballo, lo acabo de decir. O podía estar tirada en el asfalto junto al Almacén de Verduras, en cuyo tejado solíamos jugar. Con el tiempo pusieron a tres pastores alemanes allí arriba para que vigilaran, pero antes de aquello subíamos a jugar, y podía haberme caído por el borde. O haber muerto aplastada bajo las ruedas de un camión remolque. A veces tienen veinte ruedas, y ni siquiera mi esqueleto lo habría aguantado. Pero a ellos esas cosas no les preocupaban. Esas no, pero sí otras. Si me veían con una manzana, me preguntaban quién me la había dado, porque no la habría robado, ¿no? ¿Había dado las gracias? ¿Me habían dado recuerdos para mis padres?

Mi cerebro trabajaba febrilmente para encontrar alguna tarea. Para poder desaparecer dentro de esa complicidad que pensaba que ellos tenían. No es que me negaran nada, pero tampoco me pedían nada. Te diré algo: esas cuatro personas tenían un aura común. Era nítida y de color rojizo, y no temblaba apenas, como ocurre con la de otras personas. Estaba alrededor de ellos, tiesa como un aro. Yo estaba fuera, rodeada de una niebla incolora. ¡Hacer algo sería la solución! Del que hace algo no se puede dudar. No se me ocurría nada, no tenía deberes, porque todo eso era antes de que empezara el colegio. Por eso me quedé quieta, mirando al techo. A la caballa hervida, a los libros que estaban por todas partes. A mi padre, que trabajaba de un modo tan quieto y preciso. ¿Y si me diera un trozo de masilla blanca? Podría moldearla con los dedos.

Por un segundo se me ocurrió algo que me parece muy importante. Importante explicármelo a mí misma y a ti, que estás leyendo esto, explicar cómo pudo ocurrir. Lo de Andreas. De repente intuí esa enorme cantidad de reglas que flotaban en la habitación. En el silencio, en las manos que trabajaban, en las caras herméticas. Unas reglas a las que tenía que ceñirme y seguir punto por punto. Continuaba en el silencio de la cocina mientras notaba que esas reglas se me caían encima como una trampilla del techo. Y entonces lo vi con toda claridad. ¡Dentro de esas reglas yo era inatacable! Dentro de esos marcos de dedicación y decencia nadie podía atraparme. El concepto «dentro de» implicaba tratarme con la gente sin miradas esquivas, no herir a nadie, y a la vez sentir cierta tranquilidad por ser como los demás. Pensar como los demás. Pero dentro de mí veía una calle con altos muros. Lo que sería mi vida. Y me sobrevino una terrible tristeza. Hasta entonces tal vez había creído en la libertad. Como hacen los niños, que creen que todo es posible. Pero tomé una decisión aunque era pequeña y tal vez no entendía todo. Seguí un antiquísimo instinto para sobrevivir. No quería estar sola, prefería ser como ellos y seguir las reglas. Pero algo se desprendió justo en ese instante, algo que se elevó, voló y desapareció para siempre. Por eso recuerdo tan bien ese momento. Allí, en la cocina, en la luz verde, a la edad de seis años, perdí mi libertad.

Esa niña callada, de buenos modales... En fotos de fiestas navideñas y de cumpleaños estoy sentada sobre las rodillas de mi madre, mirando a la cámara con una sonrisa piadosa. Ahora tengo unas mandíbulas de hierro que envían dolores a las sienes. ¿Cómo pudo acabar así? Seguramente las razones sean muchas y diferentes, y algunas se deban a meras casualidades, a que justo esa noche se cruzaran nuestros caminos. Pero ¿y el propio crimen? ¿De dónde viene esa idea repentina? ¿Cuándo nace el asesinato? ¿Allí y en ese momento? En ese caso puedo compartir la culpa con las circunstancias. Que viniera por mi camino, que él fuera como era. Porque en su compañía yo ya no era Irma, sino Irma con Andreas. Y eso era distinto a Irma e Ingemar. O a Irma y Runi. Ya sabes, la química. Cada vez surge una nueva fórmula. Irma y Andreas se destrozaron el uno al otro. ¿O no es así? ¿Es algo que va surgiendo con el transcurso de los años? ¿El crimen está dormitando en alguna parte, en la clave personal del cuerpo? ¿El asesinato es el final de un largo e ineludible proceso? Por necesidad he de contemplar mi vida a la luz de aquello tan terrible que ocurrió, y he de ver aquello tan terrible a la luz de lo que ha sido mi vida. Como harán todos a mi alrededor. Echar la vista atrás en busca de algo que pueda explicar la parte que se deje explicar. El resto quedará flotando en una zona gris de suposiciones.

Pero volvamos a lo de antes. Allí estaba yo, en el silencio de la cocina. Mi presencia sin ruido le hizo chillar. Era bonito, ahora no lo aguantaron. Mi madre se volvió y se acercó a mí. Se agachó y me olió el pelo.

—Necesita un lavado —dijo—. Huele.

Por un momento pensé en ir a por mis cosas de dibujar. Notar el olor de las ceras que tanto me gustaba usar. Pero salí por la cocina al jardín, atravesé la verja, pasé por delante de la herrería cerrada y me interné en el bosque. Entre los abetos reposaba una agradable oscuridad de un tono verde grisáceo. Caminaba con mis sandalias marrones por el sendero seco y vi un hormiguero. Me puse a hurgar con un palo, disfrutando del caos que fui capaz de crear. Una catástrofe en esa sociedad cuyo orden tal vez tardaría semanas en restaurarse. ¡El deseo de destrozar! La placentera sensación de poder mientras hurgaba con el palo en el hormiguero. Una buena sensación. Miré a mi alrededor en busca de algo que darles de comer. Un ratón muerto o cualquier otra cosa. Entonces podría haber contemplado cómo lo devoraban. Dejarían todo, olvidándose de la catástrofe, algo de comer sería lo primero, estaba segura de ello. Pero no encontré nada, y seguí mi camino. Llegué a una pequeña granja abandonada. Me senté en el escalón de la puerta y pensé en la historia de los que antaño habían vivido allí: Gustav e Inger con sus doce hijos, llamados Uno, Segunda, Trevor, Firmin, Femmer, Sexus, Syver, Otto, Nils, Tidemann, Ellef y Tollef. Era inconcebible, pero cierto. Ellos ya no vivían.

Sí, juro por un Dios en el que no creo que he visto a Andreas. Retrocedo hasta ese momento terrible en que lo sentí llegar, el deseo de destruirlo. En ese mismo instante vi mi rostro en el cristal de una ventana. Y recuerdo la sensación, una dulce presión, como aceite caliente corriendo por mi cuerpo. La certeza de que aquello era algo malvado. Mi cara en el cristal azulado. Ese ser humano espantoso, terrible, en que se convierte uno cuando el diablo sostiene la vela.

1 de septiembre.

Un niño iba andando solo por la calle. Llevaba unos vaqueros y una chaqueta Nike negra, con el logo blanco en la espalda y un parche de tela verde oliva en el pecho. Lo esperaban en su casa a las seis. A lo mejor llegaba a tiempo. Sobre la ciudad reposaba un débil resplandor de un cielo brumoso. Empezaba a soplar el viento. Septiembre, y tal vez un poco triste, pero él no pensaba así. Hasta ahora la vida había estado bien.

El niño tenía unos siete años, era delgado y guapo. Iba con las dos manos metidas en los bolsillos. En uno guardaba una bolsita de chuches. Llevaba ya quince minutos andando y la chaqueta empezaba a arder.

Levantó la mano y se secó la frente. Tenía la piel color café y el pelo abultado, rizado y negro, los ojos chisporroteaban en el rostro oscuro.

Entonces ocurrió algo. Por detrás de él llegaba un coche; dentro había dos hombres mirando por las ventanillas. Compartían una opinión: que en ese momento la vida era mortal. Esa ciudad no deparaba ninguna sorpresa. Simplemente estaba allí, dividida en dos por un río, satisfecha en su mediocridad. El coche era un Golf verde. El dueño era conocido por el apodo, Zipp, por el sonido que hace al abrirse la bragueta de unos vaqueros muy estrechos, y que, para ser más precisos, se abre con dedos temblorosos y mejillas enardecidas. Su verdadero nombre era Sivert Skorpe. Zipp era rubio, tenía el pelo rebelde y una expresión de curiosidad constante en su joven cara; algo bobalicona, dirían algunos. Pero solía tener éxito con las mujeres. Gozaba de buen aspecto y además era sonriente, juguetón y simple. No del todo superficial, pero no dirigía nunca sus pensamientos hacia dentro, razón por la que vivía sin conocer lo que había más al fondo. El amigo, sentado a su lado, tenía pinta de fauno o algún otro personaje de cuento. No competía nunca. Era como si se sintiera por encima de la caza. Las chicas tenían que acercarse a él. Zipp no lo entendía. Conducía despacio. Los dos tenían la misma callada esperanza de que algo sucediera. Descubrieron al niño.

—¡Frena! —exclamó Andreas.

—Joder. ¿Por qué?

Zipp gruñó y patinó con el embrague. No le gustaba ese ruido.

—Solo voy a charlar un poco.

—Déjalo, Andreas, no es más que un niño.

—¡Un negrito! Me aburro.

Bajó lentamente la ventanilla.

—Ese niñito de mierda no lleva dinero encima. Lo que necesitamos es pasta. Tengo mucha sed, joder.

El coche avanzó despacio hasta llegar a la altura del niño. Este los vio y miró hacia el otro lado. No hay que mirar fijamente a los ojos de la gente, tampoco a los de los perros. Se concentró por completo en sus zapatos y no aflojó el paso.

—¡Hola, chaval!

Un joven de pelo rojizo y rizado lo miraba por la ventanilla del coche. ¿Debía responder? El joven era un adulto, o casi.

—Hola —dijo en voz baja, y como sin interés, para dar a entender que no tenía tiempo. A lo mejor querían preguntarle por el camino. Seguía andando y el coche lo seguía a él.

—Joder, qué chaqueta tan chula llevas.

El joven movía la cabeza con admiración.

—¡Nike y todo, coño! Tu papi tiene pasta, por lo que veo.

—Me la ha regalado mi abuelo —murmuró el niño.

—Si hubiera sido unas tallas más grande te la habría mangado —se rio el joven—, pero supongo que me quedará un poco pequeña.

El niño no contestó, se concentró en las puntas de sus zapatos.

—Te estoy tomando el pelo —prosiguió el joven—. Solo quería preguntarte por dónde se va a la bolera.

El niño no se atrevía a levantar la cabeza.

—Está ahí mismo. El cartel se ve desde aquí —le indicó.

—Sí. Ya te he dicho que te estaba tomando el pelo. —Se rio en voz baja y, en tono adulador, sacó la cabeza por la ventanilla—: ¿Quieres que te llevemos a casa?

El niño negó intensamente con un gesto. Más adelante descubrió un portón.

—Vivo allí —mintió.

—Conque sí, ¿eh? —El hombre se rio violentamente—. ¿Cómo te llamas?

No contestó. Había dicho su nombre las veces suficientes como para saber la reacción que provocaba.

—¿Es un secreto?

—No —murmuró.

—¡Entonces dilo, chico!

—Matteus —susurró.

Se hizo el silencio. Los dos del coche se miraron.

—Pero ¡qué coño estás diciendo! —gritó el otro—. ¡Qué nombre tan cojonudo! ¡Matteus! ¡Evangélico y todo! —Chasqueó la lengua—. ¿De dónde vienes?

Miró risueño los rizos negros y las mejillas tostadas del niño. En sus ojos hubo un breve instante de añoranza que Matteus no tuvo posibilidad de descubrir.

—De aquí al lado —contestó, señalando.

—No, quiero decir de qué parte del mundo. Eres adoptado, ¿no?

—Déjalo ya, Andreas —dijo Zipp con un gemido.

—De Somalia —contestó el niño.

—¿Por qué no te pusieron un nombre noruego, como a otros adoptados? Aunque no sé yo. —Hizo un movimiento con la cabeza—. Cada vez que me encuentro con negros o chinos que se llaman Petter y Kåre me quedo sin habla. Joder, es insoportable.

Soltó una carcajada, dejando a la vista una fila de dientes blancos y puntiagudos. Matteus apretó los labios. Se llamaba Matteus el día que lo encontraron los que él llamaba mamá y papá. En un orfanato de Mogadiscio. No quisieron cambiarle el nombre. Alguna que otra vez deseaba que lo hubiesen hecho. Ahora se limitó a mirar fijamente esa verja que había un poco más adelante, apretó la bolsa de chuches con su mano marrón y echó otro vistazo dentro del coche. Entonces giró, y dio unos pasos por la entrada de coches de esa casa desconocida en la que no vivía. Vio un soporte con cubos de basura, se metió detrás y se agachó. Olía a podrido. El coche aceleró y desapareció. Cuando consideró que ya se habrían alejado, salió otra vez como a escondidas y siguió andando. Ahora más deprisa. Su corazón, que había palpitado con fuerza, empezó a tranquilizarse. El episodio le había producido una sensación de miedo en el estómago, una especie de intuición de lo que le esperaba más adelante. Un coche venía por la calle. Por un momento de locura pensó que tal vez habían vuelto. Que se habían dado cuenta de que no vivía allí, ¡y ahora venían a por él! El corazón empezó a latirle otra vez con más fuerza mientras el coche se acercaba. Se detuvo al otro lado de la calle.

—¡Vaya, vaya, Matteus! ¿Otra vez en la calle? ¡Pero cuánto te mueves, tío!

Matteus echó a correr. Los hombres se rieron, pisaron el acelerador y el coche desapareció en dirección al centro. Eran las 18.17 cuando abrió la puerta de su casa.

Zipp y Andreas vivían en el error de pensar que se conocían el uno al otro. En realidad, se trataba del conocimiento de pequeñas cosas sin importancia, como lo que les gustaba y lo que no les gustaba, y algo de cómo se comportaban. Además, los dos estaban demasiado interesados en ellos mismos como para descubrir nuevos aspectos del otro. Zipp sabía que Andreas prefería la cerveza con corcho azul. Que le gustaban los Doors y que comía las salchichas sin mostaza. Y que ninguna chica era lo bastante buena para él. Esto último le resultaba imposible de entender. Casi todas las chicas lo miraban con ojos de admiración. «Andreas es demasiado guapo», pensaba Zipp, lo que hacía que su manera de ser fuera indolente y relajada, y a veces provocara a su amigo. Había en Andreas algo inquebrantable, algo intachable y tan lento que a veces le entraban a uno ganas de pegarle o de darle una patada para verle perder el equilibrio. Comprobar si era posible. Zipp también sabía dónde trabajaba y vivía. Había estado en su habitación y en su lugar de trabajo, Cash & Carry. Entre botes de pintura, cuchillos de cocina y sartenes de teflón. Era un sitio de mujeres. Andreas era el único chico que trabajaba allí.

Andreas sabía que el padre de Zipp había muerto hacía muchos años, pero nunca se acordaba de cómo se llamaba o de por qué había muerto. Aunque Zipp estaba en paro y siempre le pedía dinero, le gustaba su compañía y el hecho de que tuviera coche. Este era de su padre, claro, su madre no sabía conducir. Pero ella pagaba la gasolina. La madre de Zipp trabajaba por turnos en una institución, y casi nunca estaba disponible; o estaba trabajando o durmiendo. En el sótano de su casa había un pequeño cuarto de estar, un sitio donde ir cuando no tenían dinero. Resultaba cómodo ir siempre con la misma persona. Zipp era previsible, y eso le gustaba a Andreas. Y por último, pero no por ello menos importante: era seguro estar con él.

No tenían gran cosa que ofrecerse el uno al otro. Y sin embargo estaban siempre juntos, todo era mejor que la soledad. Cuando Zipp quería invitar a un tercero o un cuarto, Andreas siempre conseguía convencerle de que no lo hiciera, diciendo que eso solo complicaría las cosas, que así no tendrían sitio para las chicas en el asiento de atrás, lo que era un buen argumento. Tenían pequeñas discrepancias, pero nunca acababan en peleas. Por regla general llegaban a un acuerdo y solía ser Andreas el que conseguía sacar provecho del conflicto, con tanta agilidad que Zipp no se daba ni cuenta. Habían traspasado algunos límites, cosas sin importancia; una vez en un quiosco, de donde se llevaron cartones de tabaco y dinero de un cofrecillo. En otra ocasión robaron un coche. El Golf se había quedado sin batería y la idea de caminar por las calles como colegiales no les hacía mucha gracia. Pero no llegaron lejos. En el fondo eran bastante cobardes. No empleaban la violencia, y jamás habían usado un arma, pero Andreas tenía un cuchillo que le regalaron cuando hizo la confirmación. A veces lo llevaba colgado del cinturón, tapado con la camisa. A Zipp no le gustaba ver el cuchillo. Algunos días bebían demasiado. El cuchillo colgaba como un péndulo sobre la estrecha cadera, estaba muy a mano. Él no provocaba a nadie, nada de eso, y tampoco se dejaba provocar. Su persona tenía el efecto contrario en la gente, se sentían bien en su compañía, se relajaban mirando esos ojos claros. Pero cuando bebía, se transformaba. Un desasosiego le iba creciendo por dentro, y ese chico perezoso desarrollaba una inquietud casi febril. Sus finos dedos no descansaban nunca, se movían por todas partes hurgando en todo, algo que siempre extrañaba a Zipp. Él, por su parte, se volvía poco a poco indolente y luego le entraba el sueño cuando bebía demasiado. Andreas era en realidad extraño. Ante todo era un estado de ánimo, como si no estuviera del todo presente. No eructaba cuando se emborrachaba. No tosía, no le entraba hipo. Todo lo que le rodeaba estaba quieto. Tampoco olía a nada en especial. En cambio, Zipp usaba un aftershave de Hugo Boss cuando se lo podía permitir, o mangaba un frasco en el supermercado Cash & Carry cuando se sentía animado. Andreas no usaba nada. Siempre tenía el mismo aspecto, el pelo nunca se le veía grasiento, lo llevaba siempre limpio, aunque no demasiado, siempre estaba igual. Si alguna vez Zipp iba a despertarlo un domingo a mediodía, y Andreas aparecía en la puerta en bata, no tenía aspecto de tener sueño. Sus ojos estaban siempre abiertos. Llevaba el pelo siempre igual de largo. Sus zapatos nunca se desgastaban. Era curioso.

Ahora Andreas estaba esperando que le pagaran el sueldo. Entre los dos poseían la vertiginosa suma de sesenta coronas. No daba ni siquiera para dos cervezas.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Andreas de repente.

Zipp hizo una mueca.

—Estoy pensando en Anita.

—Joder, tío, ¿de qué sirve pensar en ella?

—¿Qué quieres decir?

Zipp se enfurruñó.

—Esa tía está más muerta que mi abuela.

—Qué cosas dices.

Zipp tuvo que mirar por la ventana para disimular.

—¿Cuántos perdigones hay en una carga? —preguntó con voz apagada.

—Depende, supongo. ¿Por qué?

—Estoy pensando en su cara. En cómo quedó. Anita estaba buena.

Andreas se encogió de hombros.

—Si te encuentras lo bastante cerca, la carga sale como una única bala desgarradora. Hablé un momento con Roger. Dijo que el hueso de la nariz se le había salido y que la mandíbula estaba abierta. Un ojo había volado. —Dio una calada al cigarro—. Y Anders —prosiguió—. Estaba justo detrás de Anita cuando sonó el tiro. La parte de arriba de la cabeza se le perforó por completo.

Zipp permanecía callado, imaginándose lo que estaba oyendo. Tanto detalle. Su cerebro estaba atestado de imágenes de películas prohibidas para menores de dieciocho años, widescreen y efectos sonoros digitales.

—¡Joder! —Andreas puso los ojos en blanco—. ¿Por qué te pones así? No se trata de tu hermana. «Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.»

Andreas estaba citando a Roy Batty. Pero Zipp seguía pensando en Anita. Se acordaba de su risa, su voz y su olor. Se acordaba de la pequeña piedra verde en su nariz. Todo había volado, hecho pedazos.

—Al fin y al cabo me acosté con Anita. Resulta extraño pensar en ello ahora —dijo Zipp en voz baja.

—¿Hay alguna salsera en esta ciudad en la que no hayas metido la trompa?

—No, ja ja. No muchas —contestó. Se sorbió los mocos—. El diablo se le metería en el cuerpo —murmuró—. Conozco a Robert. Alguien tuvo que comerle el coco.

—Ya. Estaba completamente lleno. Pero no del diablo.

—¿No?

—Joder, tío. ¡Estaba pedo! Iba hasta arriba de alcohol. Con el coco paralizado. ¡Vaciado, imbécil y jodidamente drogado! Ese es el diablo.

—Creo que voy a hacerme abstemio —dijo Zipp con aire sombrío.

Al oír eso, Andreas se echó a reír, por lo monstruoso de lo anunciado. Dejaron el tema. El ambiente se distendió y Zipp se quitó la sangrienta imagen de la cabeza. Condujo un rato en silencio.

—¿Estuviste donde la Mujer ayer?

Por el rabillo del ojo veía el muslo de su amigo, con los pantalones claros.

—Así es —contestó Andreas.

Zipp pudo oír la sonrisa que acompañó a la respuesta, además de la invitación a que no preguntara más. No es que fuera un secreto. Él había contado lo que ocurría, que se acostaba con ella. ¿O no lo había dicho? Quizá solo le estaba tomando el pelo. Andreas era tan misterioso, tan difícil de entender.

—No entiendo cómo te puede gustar hacer eso —se rio Zipp.

—Unas coronas extra —respondió Andreas escuetamente. La voz no expresaba ninguna irritación, pero se notaba no obstante alerta—. Como siempre tienes tanta sed... —Y añadió con gran dramatismo—: Lo hago por nosotros, Zipp.

Zipp intentaba escuchar para oír todo lo que no decía. Andreas posaba para una artista, que lo pintaba sin ropa. Zipp intentaba imaginarse en qué posición, si estaba tumbado en un sofá, sentado en una silla, o tal vez de pie en alguna postura imposible. No se había atrevido a preguntar. Pero sentía una gran curiosidad. Pensar en desnudarse delante de una mujer y dejarse observar en actitud pasiva no le provocaba más que malestar. Ciertamente tenían sexo después, según Andreas. Pero qué sensación, pensaba Zipp. Tener que estar de pie, sin moverse, mientras una muje

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