El reino escondido (Alas de fuego 3)

Tui T. Sutherland

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Los cinco dragonets estaban peleándose. Otra vez.

Las escamas verdes, rojas y doradas brillaban bajo la luz del sol del amanecer, mientras los jóvenes dragones corrían a toda velocidad entre las rocas, lanzando destellos a su alrededor con sus garras y dientes. Cinco lenguas bífidas sisearon furiosas. A lo lejos, al pie del acantilado, el mar chocaba contra la arena con un sonido rápido y amortiguado, como si no quisiera competir con los gritos de los dragones.

Era vergonzoso. Eso es lo que era. Nautilo alzó la cabeza y miró, incómodo, al enorme dragón negro que estaba tras él. Los dragonets estaban tan ocupados gritándose los unos a los otros que aún no se habían percatado de su presencia. El Ala Marina deseó poder leerle la mente a Oráculo de la misma forma que, sin duda, él estaba leyendo la suya.

También deseó que hubiera más Garras de la Paz a su alrededor, pero cuando se corrió la voz de que el Ala Nocturna iba a hacerles una visita, la mayoría de ellos había encontrado alguna misión urgente de la que ocuparse en otro lado. Aquella mañana, la guarida del movimiento por la paz de los Garras, situada en los acantilados al lado de la costa, estaba prácticamente desierta. De vez en cuando, algún dragón asomaba el hocico desde una de las cuevas, miraba a Oráculo y, al instante, volvía a desaparecer.

Los cinco dragonets eran los únicos que se encontraban en la cima del acantilado. Había más dragones jóvenes viviendo con los Garras de la Paz, pero no se veía a ninguno de ellos por ningún lado.

Aunque, por lo visto, nadie parecía dispuesto a avisar a los dragonets de la llegada de Oráculo ni de que iban a ser inspeccionados.

—Bueno —comentó el Ala Nocturna—. Tienen mucha... energía.

—Solo son un plan de refuerzo —le dijo Nautilo a la defensiva—. Nadie pensó que al final los fuéramos a necesitar. Al menos, no a todos. Creímos que quizás a uno o a dos, si algo les pasaba a los originales. No los hemos entrenado demasiado.

—Ya lo veo.

Oráculo entrecerró los ojos cuando vio a Víbora, la Ala Arenosa, tropezar con una grieta y al Ala Lodosa trastabillar tras ella y caerle encima.

Con un siseo, Víbora se dio la vuelta rápidamente y le mordió la cola a Ocre, que dejó escapar un aullido quejumbroso.

—Discúlpame —soltó Nautilo.

El Ala Marina sabía cómo acabaría todo aquello. Se acercó a los dragonets, agarró a Víbora de las orejas y quitó a Calamar, el pequeño Ala Marina verde, de en medio antes de que cualquiera de los otros pudiera prenderle fuego a su cola.

—¡Parad! —siseó Nautilo—. ¡Os están observando!

Fulgor, el dragonet Ala Celeste rojo, cerró la boca y miró a su alrededor, inspeccionando las retorcidas rocas del acantilado. Oráculo dio un paso al frente, dejándose ver bajo la luz del amanecer e inclinando majestuosamente el hocico hacia ellos.

—¡Lo sabía! —cacareó Profecía, la pequeña dragonet Ala Nocturna. Se bajó de un pilar de piedra y batió las alas, orgullosa—. ¡Sabía que un Ala Nocturna iba a venir a vernos! ¿No os dije que esto pasaría, chicos?

—¿Ah, sí? —preguntó Ocre, rascándose su enorme cabeza marrón.

—No —contestó Víbora.

—Yo creo que no —añadió Calamar, que aún seguía escondido tras la espalda de Nautilo.

—Aunque lo hubieras hecho, también predijiste un terremoto, un nuevo Garra de la Paz y algo para desayunar esta semana que no fueran gaviotas —le dijo Fulgor—. Y ya que nada de eso ha ocurrido, puedes deducir por qué hemos dejado de escucharte.

—Bueno, lo sabía —dijo Profecía alegremente—. ¡Lo vi con mis poderes! Y también preveo que nos ha traído algo maravilloso para desayunar. ¿A que sí? —le preguntó a Oráculo.

El Ala Nocturna parpadeó lentamente.

—Esto... Nautilo... ¿Podemos hablar, por favor?

—¿Puedo ir yo también? —preguntó la dragonet negra, acercándose más a Oráculo—. Nunca había conocido a otro Ala Nocturna. Aunque, claro, siento una conexión psíquica brutal con toda nuestra tribu.

—Tú quédate aquí —le contestó Oráculo, poniéndole una garra en el pecho y empujándola de nuevo hacia los otros dragonets.

La Ala Nocturna se sentó y se enroscó la cola alrededor de las patas con un bufido de indignación.

Oráculo se alejó entre las rocas, hasta donde nadie pudiera oírlo. Cuando se giró, se topó con Nautilo justo detrás de él. Para disgusto de Oráculo, Nautilo tenía al pequeño Ala Marina, Calamar, agarrado a la cola. El Ala Nocturna le lanzó al dragonet una mirada de desaprobación.

—No puedo dejarlo solo con ellos —le explicó Nautilo—. Cuando no los estoy vigilando, uno de ellos lo muerde.

—O todos —bufó el pequeño dragón verde.

Oráculo deslizó la lengua dentro y fuera de la boca, pensativo.

—Lo que está claro —dijo el enorme Ala Nocturna tras un momento de silencio— es que haber dejado a los dragonets de la profecía al cuidado de los Garras de la Paz ha sido un error. Tanto a los verdaderos como a los falsos.

—¿A quién? —preguntó el dragonet.

—Silencio —le ordenó Nautilo, tapándole el hocico al dragonet con una garra. Miró a Oráculo a la cara y añadió con rapidez—. Acuérdate, Calamar. Ya os hemos hablado de la profecía. ¿Te acuerdas de la guerra en la que están involucradas todas las tribus?

—¡Esa que queréis parar! —dijo Calamar—. ¡Porque somos los buenos! ¡Queremos la paz!

—Correcto —le dijo Nautilo—. Casi correcto. La profecía dice que los cinco dragonets eclosionaron hace más o menos seis años. Un Ala Marina, un Ala Celeste, un Ala Lodosa, un Ala Arenosa y un Ala Nocturna serán los encargados de terminar esta guerra. Ellos serán los que elijan qué hermana debe reinar: Brasas, Ampolla o Llamas.

—Vaya —soltó Calamar—. Oye... ¡yo eclosioné hace más o menos seis años!

—¿En serio? —le preguntó Oráculo—. Apenas tienes el tamaño de un dragonet de tres.

—Pero tengo una gran personalidad —le informó Calamar, como si se lo hubieran repetido tantas veces a lo largo de su vida que estuviera seguro de que todo el mundo lo sabía.

—Y tus amigos también tienen unos seis años —añadió Nautilo con rapidez.

—Ellos no son mis amigos —murmuró Calamar—. Son todos unos abusones. Excepto Profecía, que simplemente está loca.

Oráculo miró de nuevo a Profecía, la dragonet Ala Nocturna: estaba sentada encima de una columna retorcida de roca, tan inclinada hacia ellos que corría el riesgo de perder el equilibrio y caerse al suelo.

—Bueno, Calamar —le dijo Nautilo—. ¿Y si te dijera que eres uno de los dragonets de la profecía? ¿Qué pensarías de eso?

El dragonet le dedicó a Oráculo una mirada astuta.

—¿Tendría un tesoro?

—Tendrías fama y poder —le contestó el Ala Nocturna—. Si haces todo lo que te digamos, lo tendrás.

—Pero... ¿y el tesoro? —insistió Calamar.

Oráculo miró a Nautilo con incredulidad.

—¿Está negociando conmigo este dragonet?

—Me gustan los tesoros —le explicó Calamar—. Los Garras de la Paz son tan sosos porque ninguno de ellos tiene un tesoro.

—Renunciamos a las cosas materiales para luchar por algo más importante —le dijo Nautilo—. La paz es mucho más importante que cualquier joya o que el oro.

—¡Oye! —exclamó Calamar—. También quiero un poco de oro.

—¿Estarías dispuesto a elegir a la reina Ala Arenosa que nosotros te digamos que elijas? —le preguntó Oráculo—. Si es así, quizá podamos hablar sobre el oro.

—Está bien —le dijo Calamar con un brillo extraño en los ojos—. Pero no quiero que Fulgor forme parte de esto. Él se tiene que quedar aquí.

—¿Por qué? ¿Qué le pasa a vuestro Ala Celeste? —le preguntó Oráculo a Nautilo.

—Nada —le contestó el Ala Marina—. Pero es que hoy se han peleado.

—¡Nos peleamos todos los días! —exclamó Calamar—. ¡Porque es malvado!

—El Ala Celeste es innegociable —le dijo Oráculo.

—Tú eres el noneciable —le contestó Calamar.

—Calamar, ten un poco más de educación —lo amonestó Nautilo, cansado.

—Preveo que voy a arrepentirme de esto —soltó Oráculo, frunciendo el ceño hacia los dos Alas Marinas—, pero a partir de ahora yo me encargaré del entrenamiento de los dragonets de la profecía. Se les ha consentido demasiado durante mucho tiempo. Es obvio que necesitan un guía mejor.

—¿Qué significa eso? —le preguntó Nautilo.

Un miedo visceral empezó a recorrerle las escamas.

El Ala Marina miró a Calamar. Quizá deberían haber elegido a otro Ala Marina para que fuera el dragonet falso de la profecía. «Si Oráculo le hace daño a Calamar... si le ocurre algo... su madre me mata», pensó Nautilo.

—Significa que se vienen conmigo —sentenció Oráculo, con un latigazo de su cola.

—¿Adónde? —preguntó Calamar.

—Lo sabrás cuando lleguemos —le contestó el Ala Nocturna—. Y si sabes lo que te conviene, dejarás de preguntarme tonterías y harás lo que te digo.

—Eso puedo hacerlo —respondió Calamar—. Que tengas suerte con Fulgor y Víbora —dijo, tras lo cual se quedó pensativo un momento—. Y, ya que estamos, con Profecía también.

—No. Espera —dijo Nautilo, mientras intentaba llenar sus pensamientos de ruido para que el Ala Nocturna no pudiera leerle la mente—. No puedes llevártelos. Excepto Profecía, que la trajiste tú, los padres de todos estos dragonets forman parte de los Garras, así es como conseguimos sus huevos. Ellos no querrán que te los lleves.

—Excepto Ocre —aportó Calamar—. A su madre no le importará. Es una Ala Lodosa.

—Callaos —espetó Oráculo.

El Ala Nocturna estudió a Nautilo entrecerrando sus ojos negros.

«No pienses. No pienses. No pienses», se repetía el Ala Marina a sí mismo.

—¡Por las tres lunas! —dijo Oráculo con disgusto—. Este dragonet es tu hijo.

Nautilo bajó la mirada y la fijó en sus garras. Le había parecido una buena idea cuando los Garras de la Paz decidieron tener dragonets de repuesto. Calamar eclosionó más o menos durante la fecha indicada, si no exactamente en la noche más brillante. Y eso significaba que todos los miembros del movimiento trataban al dragonet como la preciosa criatura que Nautilo sabía que era.

—Claro que lo soy —dijo Calamar—. ¿No es una divertida coincidencia? ¡Caray! Soy el hijo del líder de los Garras de la Paz y uno de los dragonets del destino —dijo, hinchando el pecho—. Soy incluso más importante de lo que pensaba.

Dicho esto, volvió pavoneándose hasta donde estaban los otros dragonets, olvidando, como solía hacer, que a ninguno le gustaba escuchar lo importante que era y que no tardaría demasiado en acabar con el hocico chamuscado.

Nautilo lo vio marchar, preguntándose cómo se había podido estropear todo tanto. ¿Por qué habían accedido los Garras a trabajar con Oráculo? ¿Por qué habían decidido involucrarse con la profecía? ¿Y cómo era posible que hubieran perdido a los dragonets auténticos? Aquella última pregunta era la que de verdad lo estaba volviendo loco.

Rapaz, Desierto y Membranas deberían haber podido manejar a cinco dragonets, especialmente cuando se suponía que estaban atrapados en una cueva secreta. En vez de eso, los cinco dragonets habían escapado y era muy probable que después hubieran matado a la reina Escarlata de los Alas Celestes, sumiendo al Reino Celeste en una revuelta política. Además, habían hecho que la reina Coral les diera la espalda a sus aliados, habían destrozado el palacio de los Alas Marinas y habían desaparecido, una vez más, entre los bosques salvajes de Pirria.

Peor aún, ya no quedaba nadie a quien poder castigar. Rapaz y Desierto estaban muertos, y Membranas había conseguido escabullirse de los Garras y había desaparecido. Y quién sabía dónde estaban los dragonets o cuándo volverían a aparecer con su espectacular talento para los problemas y el caos.

—Una coincidencia muy oportuna —dijo Oráculo, repitiendo las palabras de Calamar. No parecía muy impresionado.

—Bueno —dijo Nautilo—. Pensé... ¿por qué no? Claro que ninguno de estos cinco dragonets eclosionaron en la noche más brillante, si no serían los verdaderos dragonets de la profecía, ¿verdad? Pero tienen la misma edad y nadie más tiene que saber el resto.

—Excepto aquellos que estuvieron presentes durante sus nacimientos —reflexionó Oráculo—. Sería todo más limpio si pudiéramos matar a todos los testigos.

Nautilo palideció. «¿Los padres contaban como testigos?», se preguntó antes de poder reprimir el pensamiento.

—Nos encargaremos de ello cuando llegue el momento —soltó Oráculo bruscamente—. De momento, no sabemos a cuáles de estos dragonets usaremos ni a cuáles desecharemos.

Oráculo le lanzó una mirada a Profecía, que en aquellos momentos no paraba de interrogar a Calamar.

Nautilo sintió que estaba a punto de desmayarse.

—¿Desechar? —repitió.

El Ala Nocturna bufó.

—Muy bien. Intentaré devolverte al tuyo de una pieza —dijo Oráculo arrugando el hocico, con la expresión más próxima a la alegría que Nautilo le había visto jamás—. Pero ¿acaso la paz no es lo más importante, Ala Marina? ¿No les dices todo el tiempo a tus Garras que estén dispuestos a hacer cualquier sacrificio para acabar con esta guerra? —Sí, pero...

—Fue idea tuya lo de tener unos dragonets de repuesto. Una buena idea, como se ha demostrado, ya que los de verdad han resultado ser insatisfactorios —siseó Oráculo con suavidad—. Así que nos desharemos de los más peligrosos y yo mismo entrenaré a sus repuestos.

El Ala Nocturna sonrió de una forma tan terrorífica que Nautilo sintió náuseas.

—Y entonces nos ocuparemos de que la profecía se cumpla de la forma que debería cumplirse.

Primera parte. Bajo la montaña

Capítulo 1

CAPÍTULO 1

Llevaba cinco días lloviendo.

Ya era oficial: Gloria odiaba la lluvia.

Tampoco le gustaban demasiado los comentarios de los otros dragonets cuando decían que, «siendo una Ala Lluviosa», debería adorar aquel tiempo.

Estaba claro que no le gustaba en absoluto. En las cuevas, bajo la montaña, los dragonets nunca, jamás, habían tenido que sufrir la lluvia sobre sus escamas. Aquella llovizna no parecía natural. Era imparable y horrible, y ella se sentía desagradablemente mojada.

«No me importa si a los Alas Lluviosas de verdad les gusta esto», pensó, mientras las gotas le resbalaban por el hocico, se le colaban entre las escamas y le mojaban las alas hasta volverlas demasiado pesadas. «Si les gusta, entonces les pasa algo raro en la cabeza. A ningún dragón sensato le gustaría un clima que le hiciera tan difícil volar».

«Por las tres lunas, por favor, que sean dragones sensatos. Que no se parezcan en nada a las historias que cuentan de ellos».

Todo el mundo decía que los Alas Lluviosas eran unos inútiles y unos vagos. Pero la tribu vivía sola en el bosque tropical, donde nadie los veía nunca. Así que todo el mundo podía estar equivocado. La dragonet deseaba con todas sus fuerzas que lo estuvieran.

Sacudió el cuerpo y miró hacia el cielo cubierto de niebla. Lo que de verdad quería era más sol. Había echado de menos el sol toda su vida, y no lo había sabido hasta que sus rayos le habían bañado las escamas cuando huyeron de las cuevas. Le encantaban los días soleados.

Pero en vez de sol, lo que tenía era aquello. Lluvia. Lodo. Más lluvia. Y más lodo.

Y, para más inri, un lento y quejumbroso Ala Marina herido que no paraba de gemir de dolor.

—¿Podemos parar un momento? —jadeó Membranas—. Necesito descansar.

El guardián trastabilló por el lodo hasta un punto ligeramente seco debajo de un árbol.

Gloria lo miró fijamente mientras el dragón azul verdoso se desplomaba sobre el suelo. Los otros dragonets también se detuvieron e intercambiaron unas miradas. Aquel día iban caminando en vez de volando porque Membranas les había dicho que le resultaba mucho más fácil andar a causa de su herida. Y aun así, pedía que pararan casi cada diez pasos. Gloria empezaba a sospechar que no quería que llegaran al bosque tropical.

«Pero ¿por qué? —se preguntó—. ¿Nos oculta algo? ¿Tiene algo que ver con mis padres?».

Al ser el guardián que se había encargado de robar su huevo de la tribu de los Alas Lluviosas, Membranas debería haber sido una útil fuente de conocimiento acerca del lugar del que ella provenía. En vez de eso, el Ala Marina se volvía muy olvidadizo y no paraba de farfullar cada vez que le preguntaban sobre los dragones del bosque tropical.

Cieno se acercó lentamente a Membranas y le echó un vistazo a su herida. Le habían estado aplicando algas mojadas en agua de mar siempre que habían podido, pero ahora estaban demasiado tierra adentro y ya no era posible. El arañazo envenenado que Membranas tenía cerca de la cola se había convertido en un feo tajo rodeado por escamas ennegrecidas. Ninguno de ellos sabía cómo podían combatir el veneno de un Ala Arenosa.

«Sin mencionar que tampoco tenemos ni idea de por qué Ampolla quería tan desesperadamente que muriera. Es decir, yo sé que Membranas es lo peor, pero ella ni siquiera lo conoce». Gloria miró a Nocturno, el Ala Nocturna negro, y el dragonet más inteligente que ella conocía... Seguramente seguiría siendo el más inteligente aunque conociera a más de cuatro dragones. Se preguntó si él tendría alguna teoría sobre Ampolla y Membranas.

Cieno deslizó la cola sobre el lodo. Parecía preocupado.

—Espero que los Alas Lluviosas puedan ayudarlo —dijo—. Aunque no se trate de su veneno, puede que tengan más idea que nosotros sobre lo que hay que hacer.

Gloria se sacudió las alas y miró a lo lejos. A ella no le importaba mucho lo que le ocurriera, aunque los otros dragonets sintieran una especie de errónea lealtad que los impulsaba a creer que tenían la responsabilidad de salvarlo.

La Ala Lluviosa parecía ser la única que recordaba que había estado dispuesto a hacerse a un lado y dejar que otro dragón la asesinara.

Además, también había sido idea suya robar su huevo. La profecía hablaba claramente de un Ala Celeste, pero cuando los Garras de la Paz perdieron el huevo Celeste antes de que eclosionara, Membranas decidió reemplazarlo por uno de Ala Lluviosa. Era culpa suya que Gloria hubiera tenido que crecer bajo la montaña, lejos de su hogar y de su familia, a la sombra de una profecía en la que ni siquiera había un hueco para ella.

Para los otros era más fácil. No había ninguna duda sobre sus destinos. Pero para Gloria... Si estaba destinada a ayudarlos a salvar el mundo, entonces ¿por qué la profecía no mencionaba a una Ala Lluviosa? Y, si no la necesitaban para ese importante y gran destino, entonces ¿qué sentido tenía su vida?

Quizá todo había sido un error enorme, pero cuando se paraba a pensarlo, acababa teniendo sueños violentos en los que abría en canal a Membranas. Así que lo mejor era no pensarlo. El destino tendría que abrirse paso él mismo.

Ahora mismo, Gloria iba de camino a casa.

De pronto, la rama que colgaba sobre la Ala Lluviosa se hundió y dejó caer un pequeño lago de agua sobre su cabeza. Gloria retrocedió con un siseo y alzó la vista hacia los árboles.

—Shhhh —la silenció Tsunami por encima de ella. La Ala Marina saltó al suelo y miró alrededor de la sombría ciénaga—. Hay un par de Alas Lodosas dirigiéndose hacia aquí, pero nunca nos verán con este tiempo.

Retazos de una niebla espesa y gris cubrían el suelo lleno de lodo, rodeando los raquíticos árboles como el humo alrededor de los cuernos de un dragón. Era difícil adivinar qué hora era. Miraran donde miraran, el cielo era gris y la lluvia caía sin parar. Gloria estaba de acuerdo con Tsunami. Un dragón apenas distinguiría sus propias alas con aquel tiempo, y mucho menos a otro dragón.

—Aun así deberíamos permanecer ocultos —dijo Nocturno, ansioso—. Solo estamos a un día de vuelo del palacio de la reina Gallareta. Si nos cogen...

—Volverán a encerrarnos —suspiró Cieno.

Todas las reinas que habían conocido hasta el momento parecían decididas a mantener a los dragonets atrapados bajo sus garras. Habían conseguido escapar de la prisión de la reina Escarlata en el Reino Celeste solo gracias al veneno de Gloria... un arma secreta que ni siquiera ella misma conocía, hasta que la había necesitado.

Se tocó los colmillos con su lengua bífida y miró fijamente al cielo. Aún no sabían si la reina Escarlata había sobrevivido al ataque de Gloria. Dada su suerte, la Ala Lluviosa estaba segura de que la reina Celeste estaba viva y planeando algún tipo de horrible venganza.

Después de escapar, habían ido a buscar a la madre de Tsunami, la reina Coral de los Alas Marinas, creyendo que ella los mantendría a salvo. Y, por supuesto, Coral también había decidido encerrarlos. A Gloria aquello no la había sorprendido lo más mínimo. Cuando se trataba de la profecía, uno no podía confiar ni siquiera en su familia. Todo el mundo tenía sus propios planes sobre cómo había que poner fin a aquella guerra.

Así que, si la reina Gallareta de los Alas Lodosas los encontraba en su territorio, seguramente no los invitaría a tomar té antes de dejarles que siguieran su camino.

La reina Ala Lodosa tenía su corte junto a un gran lago en el extremo sur del Reino Lodoso. Un escalofrío de inquietud le recorrió el cuerpo a Gloria cuando recordó el mapa de Pirria. Si Nocturno tenía razón y solo estaban a un día de vuelo de su palacio, entonces solo debían de estar también a un día de vuelo del bosque tropical. Del bosque tropical... y de la tribu de Gloria.

«Y entonces podré pertenecer a algún sitio. A los Alas Lluviosas no les importará que yo no forme parte de la profecía».

—Gloria —la amonestó Tsunami—. Con tus escamas amarillo brillante sí que nos verán. Vuelve a camuflarte.

La dragonet bajó la mirada y vio la explosión de color dorado que ahora le recorría las escamas. Por lo que sabía, ese color significaba felicidad o emoción, ya que había aparecido muy raramente a lo largo de su vida. La volvía loca que las escamas le cambiaran de color sin ella ordenárselo. Y solían hacerlo demasiado a menudo. La dragonet tenía que reprimir cualquier emoción importante antes de que se reflejara en su cuerpo.

Se concentró en el burbujeo continuo de la ciénaga que los rodeaba, mirando fijamente el barro espeso que le salía de entre las garras. Se imaginó la niebla que le acariciaba las alas, se le colaba por los huecos de las escamas y se iba extendiendo como las nubes grises que cruzaban el cielo.

—Y... se fue —dijo Tsunami.

—Sigue aquí —soltó Sol, acercándose a Gloria y chocando con una de sus alas—. ¿Lo ves? Está aquí mismo.

Alzó una garra, pero Gloria fue más rápida y se colocó fuera de su alcance. Sol azuzó el aire un momento y, enseguida, se rindió.

La pequeña Ala Arenosa había estado extrañamente callada los últimos días. Gloria dedujo que Sol también odiaba la lluvia... Los dragones del desierto estaban diseñados para el tórrido calor, el sol abrasador y los días infinitos de cielos despejados. Incluso una dragona con un aspecto tan extraño como Sol debía de seguir conservando los instintos de su tribu.

En realidad, Cieno era el único que parecía feliz con aquel tiempo. Solo un Ala Lodosa podía apreciar el chapoteo y las salpicaduras bajo sus garras mientras atravesaban las ciénagas.

De repente, Nocturno giró abruptamente la cabeza.

—Creo que alguien se acerca, lo huelo —susurró, temblando desde los cuernos hasta las garras.

—No te dejes llevar por el pánico —le susurró Tsunami a su vez—. Cieno, escóndenos a Sol y a mí. Nocturno, encuentra una sombra y haz tu cosa esa de Ala Nocturna invisible y petrificado. Gloria, tú puedes servirle de escudo a Membranas.

—No, gracias —contestó la Ala Lluviosa inmediatamente. No pensaba acercarse de ninguna de las maneras a Membranas y mucho menos para salvarle la vida—. Yo esconderé a Sol.

A Gloria no le gustaba tocar a otros dragones, pero Sol era mucho mejor que Membranas.

—Pero... —empezó a decir Tsunami dando un pisotón con la garra.

Gloria la ignoró, alzó un ala y abrazó a la pequeña dragona dorada acercándola a ella. Cuando volvió a bajar el ala, Sol había desaparecido bajo el camuflaje marrón grisáceo de Gloria.

—Caray —exclamó Cieno—. Eso ha sido muy raro. Como si la niebla se hubiera tragado a Sol.

El estómago de Cieno rugió tristemente cuando pronunció la palabra «tragado». El Ala Lodosa arrastró los pies, avergonzado.

—Sol estará bien —le dijo Gloria—. Ve a seguir órdenes como un buen dragonet o puede que Tsunami te ofrezca de comida para las anguilas.

Tsunami miró con el ceño fruncido en su dirección, pero Nocturno se alejó y encontró un hueco oscuro en un árbol donde sus escamas se fundieron con las sombras.

Ahora Gloria también podía oírlo: el retumbar de unas enormes garras marchando por la ciénaga hacia donde ellos se encontraban. El calor que desprendían las escamas de Sol, en su costado, se le antojo incómodo.

Membranas no se había movido lo más mínimo mientras hablaban. Seguía tumbado hecho un ovillo contra las raíces de los árboles, con el hocico descansando sobre la cola. Tenía un aspecto horrible.

Cieno arrastró a Tsunami hasta colocarla al lado de Membranas y extendió sus alas color barro para taparlos a ambos. No era una solución perfecta: una cola azul salía por uno de los lados y la punta de un ala azul verdosa por el otro. Pero en aquella niebla, parecían una pequeña montaña de barro. Tendría que bastar.

Un paso. Y otro. Y otro.

—No me gusta esta patrulla —rugió una voz profunda. Gloria tuvo que reprimir un respingo, sorprendida. La voz sonaba solo a dos árboles de distancia—. Si me pides mi opinión, estamos demasiado cerca de ese escalofriante bosque tropical.

—No está encantado —le respondió una segunda voz—. Sabes que los únicos que viven ahí son los pájaros y los vagos de los Alas Lluviosas.

El autocontrol practicado durante años fue lo único que evitó que Gloria se encogiera de dolor. Había escuchado demasiadas veces a sus guardianes utilizar la expresión «vagos Alas Lluviosas» cuando vivían bajo la montaña. Pero oírselo decir a un completo desconocido era como una puñalada extra en el ojo.

—Si eso fuera verdad —dijo la primera voz—, entonces su majestad nos dejaría cazar ahí. Pero sabe que no es seguro y ya has oído los ruidos nocturnos. ¿Me estás diciendo que son los Alas Lluviosas los que gritan así?

«¿Gritar?».

Bajo el ala de Gloria, Sol giró un poco la cabeza, como si intentara oír mejor lo que esos desconocidos estaban diciendo.

—Sin mencionar los cadáveres —murmuró la primera voz.

—No existe ninguna especie de monstruo del bosque tropical —dijo la segunda guardia, pero hubo un titileo en su tono de voz que la hizo sonar insegura—. Es por culpa de la guerra. Alguna clase de ataque de guerrilla para asustarnos.

—¿Hasta aquí? ¿Tan lejos? ¿Por qué iban a recorrer todo este camino los Alas Marinas o los Alas Heladas para matar a uno o dos Alas Lodosas de vez en cuando? Hay batallas mucho más grandes desarrollándose en otros lugares.

—Vayamos un poco más deprisa —dijo de pronto la segunda voz. No parecía muy cómoda—. Deberían dejarnos patrullar en grupos de tres o cuatro en vez de en parejas.

—Dímelo a mí. —Los dragones oyeron el retumbar de sus garras en la ciénaga—. ¿Y qué piensas de la situación de los Alas Celestes? ¿Estás de parte de Rubí o piensas que...?

Gloria aguzó el oído, pero las voces se disiparon en la niebla mientras los dos Alas Lodosas se alejaban de allí. Se moría de ganas de saber cuál era «la situación de los Alas Celestes». Quizá sus amigos no lo notaran si se alejaba de allí solo un momento.

—Volveré enseguida —le susurró a Sol, levantando el ala y alejándose de allí.

Sol la agarró de la cola, con los ojos como platos.

—¡No te vayas! —murmuró—. ¡No es seguro! Ya has oído lo que han dicho.

—¿Sobre los monstruos del bosque tropical? —dijo Gloria, poniendo los ojos en blanco—. No es que eso me preocupe demasiado. No me alejaré mucho.

Se quitó a Sol de encima y se escabulló en busca de los soldados, poniendo mucho cuidado en pisar solo terreno seco para que sus garras no chapotearan en el barro.

La ciénaga estaba extrañamente silenciosa, especialmente con la niebla amortiguando la mayoría de los sonidos. Intentó seguir el murmullo distante

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