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Nory Horace intentaba transformarse en gatito.
Ese gatito debía ser un gatito negro. Y debía tener forma de gatito.
Era pleno verano, y Nory se había escondido en el garaje de su familia. «Minino, minino, minino», pensaba.
Se había escondido por si algo salía mal. No quería que nadie mirara, aunque si algo iba mal, pero mal de verdad, su hermano y hermana estarían lo bastante cerca como para oír sus gritos pidiendo ayuda.
O sus maullidos pidiendo ayuda.
O rugidos.
Nory decidió no pensar en eso. Era de esperar que no necesitase ayuda.
«Minino, minino, minino».
Debía dominar la forma de gatito porque el día siguiente se celebraba la Gran Prueba. El día siguiente, después de tantísimos años de espera, por fin se presentaba al examen de ingreso en la Academia Sage.
Era muy difícil entrar en ese centro. No te aceptaban a menos que tuvieras un talento impresionante. Los amigos de Nory ni siquiera se molestaban en intentarlo, todos se presentaban a exámenes para escuelas con menos nivel.
Si Nory aprobaba la Gran Prueba, en otoño podría empezar quinto grado en la Academia Sage.
Si no pasaba el examen...
No. No podía suspender. No estaba dispuesta a presentarse a las pruebas de ninguna otra escuela. No solo porque la Academia Sage fuera una escuela de magia muy importante y distinguida, sino también porque allí estudiaba su hermano Hawthorn.
Y también su hermana Dalia.
Además, el padre de Nory era algo así como el director.
Vale, algo así no; estaba claro que era el director.
Pensar en la Gran Prueba ponía nerviosa a Nory. Su magia era poderosa, no cabía duda. Pero a veces se embrollaba con ella.
Y en la Academia Sage no estaban para embrollos.
Era probable que la Gran Prueba incluyera un gatito negro; era un animal para principiantes. En realidad, Nory ya se había transformado en gatito negro un montón de veces. El problema era lo que pasaba después.
Pero no iba a pensar en eso. Así que respiró hondo y alzó la barbilla.
«¡Minino! ¡Minino! ¡MININO!».
El mundo se volvió borroso y su corazón se aceleró. El cuerpo de Nory se estiró y se encogió entre leves estallidos.
«¡Sííí, minino!».
Pero... espera. Notaba algo raro en la boca. Nory juntó los dientes repetidas veces. Clac, clac, clac.
Ahí va... No era una dentadura normal. Menudos dientes tan largos. Y tan afilados. Vaya dientes tan poderosos. ¡Largos, afilados y poderosos como para triturar madera!
«Mmm —pensó Nory, con una extraña sensación—. ¿Y por qué un gatito iba a querer triturar madera?».
Al mirar por encima del hombro vio una auténtica cola de gatito negro meneándose en el aire. Y pegadas a la cola, unas extremidades de gatito negro, con sus patas almohadilladas y afiladas garras.
Bajó la vista esperando ver el correspondiente par de patas delanteras donde solían estar sus brazos. Pero...
Pero sus patas delanteras no eran de gato. El pelaje era marrón, lacio y brillante. Además, parecía tener una panza redondeada y regordeta. ¿Y ese morro?
No conseguía verlo bien, pero no tenía nada de gatuno, no señor. Era más bien un hocico.
Un hocico de castor.
«¡Flipa! Soy medio minino y medio castor», se percató Nory.
Estaba claro.
Se había embrollado.
Con su magia.
«¡No, otra vez no! —pensó—. ¿Qué estoy haciendo mal? ¡Suspenderé la Gran Prueba si me sale así mañana! Debería regresar a mi forma humana e intentar otra vez transformarme en un gato perfecto. Sí. Eso es lo que voy a hacer».
Pero la parte castor-minino de Nory pasaba de ella. A Castor-Minino-Nory le importaba un bledo la Gran Prueba. Castor-Minino-Nory sol
