Legados de Lorien 3 - El ascenso de Nueve

Pittacus Lore

Fragmento

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CAPÍTULO UNO

 

 

 

«6A». ¿ES UNA BROMA? EN LA TARJETA DE EMBARQUE que tengo en la mano aparece el número de mi asiento en letras grandes; me pregunto si Crayton lo habrá elegido a propósito. A lo mejor es una coincidencia, aunque, después de los últimos acontecimientos, ya no creo demasiado en ellas. No me habría sorprendido que Marina se hubiera sentado detrás de mí, en la fila siete, y Ella algo más atrás, en la diez. Pero no, las dos se han dejado caer a mi lado sin decir palabra y, como yo, se han puesto a estudiar conmigo a todas las personas que iban subiendo al avión. Cuando te persiguen, siempre estás en guardia: ¡nunca se sabe cuándo pueden aparecer los mogadorianos!

Crayton entrará el último, cuando haya examinado a todos los pasajeros y considere que el vuelo es completamente seguro.

Subo el estor de mi ventanilla y contemplo al personal de tierra que se desplaza a los pies del avión. La ciudad de Barcelona es un perfil apenas visible en la distancia.

Marina, sentada a mi lado, no para de mover frenéticamente la pierna: arriba y abajo, arriba y abajo... La batalla de ayer en el lago contra un ejército de mogos, la muerte de su cêpan, encontrar su Cofre... y, encima, por primera vez desde hace casi diez años, se dispone a abandonar la ciudad donde ha pasado su infancia: está nerviosa.

—¿Va todo bien? —pregunto. Un mechón de cabello rubio me cae en la cara y me sobresalto: había olvidado que me lo había teñido esta misma mañana. Es solo uno de los muchos cambios de las últimas cuarenta y ocho horas.

—Todos parecen normales —susurra Marina, sin apartar los ojos del pasillo—. Por lo que veo, estamos a salvo.

—Vale, pero no me refería a eso.

Le pongo un pie encima del suyo y Marina deja de agitar la pierna en seco. Me dirige una breve sonrisa de disculpa y se enfrasca de nuevo en la vigilancia de todos los pasajeros que van subiendo al avión. Poco después, su pierna vuelve a trotar. Sacudo la cabeza, impotente.

Compadezco a Marina. Vivió encerrada en un orfanato aislado, con una cêpan que se negó a entrenarla: al parecer había perdido de vista por qué estamos aquí, en la Tierra. Procuro ayudarla a llenar sus lagunas. Conseguiré entrenarla para que aprenda a controlar su fuerza y a saber cuándo usar los legados que está desarrollando. Pero primero quiero demostrarle que puede confiar en mí.

Los mogadorianos pagarán por lo que han hecho. Por acabar con tantos de nuestros seres queridos, tanto aquí en la Tierra como en Lorien. Pienso destruirlos a todos, hasta el último: esa es mi misión personal, y me aseguraré de que Marina también se cobre su venganza. En el lago no solo ha perdido a Héctor, su mejor amigo, sino que también ha visto morir a su cêpan asesinado delante de sus narices, como me ocurrió a mí. Ambas cargaremos con eso para siempre.

—¿Qué tal ahí abajo, Seis? —pregunta Ella, inclinándose sobre Marina.

Miro por la ventana. Los hombres que se encuentran a los pies del avión empiezan a retirar su equipo mientras hacen las comprobaciones de última hora.

—De momento, todo bien.

Mi asiento está encima del ala, cosa que me tranquiliza. En más de una ocasión he tenido que utilizar mis legados para sacar de apuros a un piloto. Una vez, en el sur de México, usé la telequinesia para inclinar el avión doce grados a la derecha pocos segundos antes de que chocara con la falda de una montaña. El año pasado, en Arkansas, salvé a 124 pasajeros de una brutal tormenta envolviendo el aparato en una nube impermeable de aire frío: cruzamos la tormenta como una bala.

Cuando el personal de tierra se traslada al siguiente avión, Ella y yo clavamos la mirada en el primer tramo del pasillo. Esperamos con impaciencia que Crayton embarque, la señal de que todo marcha bien, al menos por ahora. Todos los asientos están ocupados, salvo el de detrás de Ella. ¿Dónde está Crayton? Vuelvo a mirar por la ventanilla y examino el terreno en busca de algo fuera de lo normal.

Meto la mochila debajo del asiento. Como está casi vacía, se dobla sin dificultad. Crayton me la ha traído al aeropuerto. Nos ha dicho que tenemos que pasar por adolescentes normales, un grupito de alumnas de viaje de estudios. Por eso Ella tiene un libro de biología en las rodillas.

—¿Seis? —pregunta Marina, que no deja de abrocharse y desabrocharse nerviosamente el cinturón.

—¿Sí?

—Has volado antes, ¿verdad?

Aunque Marina es solo un año mayor que yo, su mirada solemne y reflexiva y su nuevo peinado, un sofisticado corte de pelo justo por debajo de los hombros, le dan un aspecto de adulta. Sin embargo, ahora la veo morderse las uñas y llevarse las rodillas al pecho, como una niña asustada.

—Sí —le digo—, y no está tan mal. En realidad, si te relajas, es increíble.

Mientras espero aquí sentada, en el avión, me viene a la memoria mi cêpan, Katarina. No es que llegara a viajar en avión con ella, pero cuando yo tenía nueve años nos llevamos un buen susto en un callejón de Cleveland, donde un mogadoriano nos dejó temblando y cubiertas de una gruesa capa de ceniza. Después de aquello, Katarina me trasladó al sur de California. Nuestro destartalado bungalow de dos plantas estaba cerca de la playa, prácticamente bajo la sombra del aeropuerto internacional de Los Ángeles. Cada hora, unos cien aviones atronaban encima de nuestras cabezas, interrumpiendo las clases de Katarina y también el escaso tiempo libre que yo pasaba con mi única amiga, una chica flaca llamada Ashley que vivía en la casa de al lado.

Viví siete meses bajo esos aviones. Eran mi despertador por la mañana: al amanecer tronaban directamente sobre mi cama. Por la noche surcaban el cielo como fantasmas siniestros que me susurraban que estuviese alerta, preparada para saltar de la cama y correr al coche en cualquier momento. Como Katarina no permitía que me alejase de la casa, los aviones también eran la banda sonora de mis tardes.

Precisamente una de esas tardes, mientras la vibración del enorme avión que sobrevolaba nuestras cabezas agitaba la limonada de nuestros vasos, Ashley dijo:

—El mes que viene iré a visitar a los abuelos con mi madre. ¡Me muero de ganas! ¿Has ido alguna vez en avión?

Ashley siempre hablaba de los lugares que visitaba y de las cosas que hacía con su familia. Sabía que Katarina y yo apenas nos alejábamos de casa, y le gustaba fardar.

—No del todo.

—¿Qué quieres decir con «no del todo»? O has ido en avión o no has ido. Vamos, admítelo. No te has montado nunca en ninguno.

Recuerdo que la cara me ardió de vergüenza. Ashley había dado en el clavo. Por fin reconocí:

—No, nunca he ido en avión.

Quise contarle que había viajado en algo mucho mayor, mucho más impresionante que un avioncito. Quería que supiera que había llegado a la Tierra en una nave del planeta llamado Lorien, tras hacer un trayecto de más de 150 millones de kilómetros. No lo hice porque sabía que tenía que mantener Lorien en secreto.

Ashley se burló de mí y, sin siquiera despedirse, se marchó a su casa a esperar a que su padre regresara del trabajo.

—¿Por qué no hemos viajado nunca en avión? —le pregunté a Katarina esa noche mientras ella observaba la calle a través de las persianas de mi dormitorio.

—Seis —me respondió, antes de corregirse—. Perdona, Veronica. Para nosotras es demasiado peligroso volar en avión: estaríamos atrapadas ahí arriba. ¿Sabes qué pasaría si, estando a kilómetros de altura, descubriéramos que los mogos nos han seguido a bordo?

Sabía exactamente qué pasaría. Podía imaginarme el caos, a todos los pasajeros gritando y escondiéndose bajo los asientos mientras un par de enormes soldados alienígenas corrían por el pasillo armados con espadas. Pero eso no quitaba que quisiera hacer algo tan normal, tan humano, como viajar en avión de una ciudad a otra. Desde que vivía en la Tierra, nunca había podido hacer cosas que para los otros niños de mi edad eran del todo cotidianas. No solíamos quedarnos el tiempo suficiente en un mismo lugar como para que tuviese la oportunidad de conocer a otros niños, ni mucho menos de hacer amigos; Ashley era la primera niña a la que Katarina me había permitido invitar a casa. A veces, si Katarina lo consideraba más prudente, como había ocurrido en California, ni siquiera iba al colegio.

Por supuesto, yo sabía que todo eso era necesario. Y, en general, no me molestaba. Pero Katarina se dio cuenta de que Ashley y sus aires de superioridad me habían molestado. El silencio que mantuve durante los días siguientes debió de impresionarla, porque, para mi sorpresa, nos compró dos pasajes de avión a Denver. El destino era lo de menos; ella sabía que yo quería vivir aquella experiencia.

Se lo conté a Ashley de inmediato.

Sin embargo, el día del viaje, ya delante del aeropuerto, Katarina dudó. Parecía nerviosa y se pasaba la mano por sus cortos cabellos negros, que se había teñido y cortado la noche anterior, poco antes de hacerse un nuevo documento de identidad. Una familia de cinco miembros nos adelantó por la derecha arrastrando el pesado equipaje, mientras, a nuestra izquierda, una madre llorosa se despedía de sus dos hijas. Yo solo quería unirme a ellos, formar parte de aquella escena cotidiana. Katarina seguía observando a cuantos nos rodeaban y yo empecé a impacientarme.

—No —dijo Katarina por fin—. No vamos. Lo siento, Veronica, pero no vale la pena.

Regresamos en silencio, dejando que los atronadores motores de los aviones que se elevaban por los aires hablasen por nosotras. Cuando llegamos a casa y salimos del coche, vi a Ashley sentada en los escalones de su portal. Mientras yo cruzaba la acera hacia mi puerta, me miró y pronunció la palabra «mentirosa». La humillación fue más de lo que podía soportar.

Pero la verdad es que sí era una mentirosa. Qué irónico. No había hecho más que mentir desde mi llegada a la Tierra. Mi nombre, de dónde venía, dónde estaba mi padre, por qué no podía quedarme a dormir en casa de otras chicas... Mentir era todo lo que conocía y lo que me mantenía con vida. Pero cuando Ashley me llamó mentirosa justo cuando había dicho la verdad, me enfadé muchísimo. Subí a mi habitación hecha una furia, cerré de un portazo y di un puñetazo a la pared.

Sorprendentemente, mi puño la atravesó.

Katarina abrió la puerta de inmediato, blandiendo un cuchillo de cocina y dispuesta a atacar. Creyó que ese alboroto era cosa de los mogos. Cuando vio lo que le había hecho a la pared, comprendió que algo había cambiado en mí y, tras bajar el cuchillo, me sonrió.

—Hoy no es el día que subirás a un avión, pero sí el que empezarás a entrenar.

Ahora, siete años después, recuerdo la voz de Katarina sentada en este avión con Marina y Ella: «Estaríamos atrapadas ahí arriba», pero ahora estoy más preparada que nunca para esa posibilidad, mucho más de lo que lo habíamos estado Katarina y yo en aquellos tiempos.

He volado muchas veces desde entonces y todo ha ido bien. Sin embargo, esta es la primera que no uso mi legado de invisibilidad para subir a bordo. Ahora sé que soy mucho más fuerte y cada día que pasa aún lo soy más. Si un par de soldados mogos me atacase desde la parte delantera del avión, no se enfrentarían a una dócil jovencita. Ahora sé de lo que soy capaz; ahora soy una soldado, una guerrera. Soy alguien a quien temer, no a quien cazar.

Marina relaja las rodillas, se incorpora y suelta aire. En un susurro apenas audible, murmura:

—Estoy asustada. Quiero despegar.

—Todo irá bien —respondo en voz baja.

Me sonríe y le devuelvo la sonrisa. Ayer, en el campo de batalla, Marina demostró ser una potente aliada que dispone de legados sorprendentes. Puede respirar bajo el agua, ver en la oscuridad y curar a los heridos y enfermos. Como todos los guardianes, también tiene telequinesia. Y, debido a nuestra proximidad numérica —yo soy el Número Seis y ella, el Siete—, estamos unidas por un vínculo especial. Si el hechizo todavía existiera y aún tuvieran que matarnos en orden, los mogadorianos deberían haber acabado conmigo antes de ir a por ella. Y conmigo nunca habrían podido.

Ella está sentada en silencio al otro lado de Marina. Mientras seguimos esperando a Crayton, abre el libro de biología que tiene en el regazo y se queda mirando fijamente las páginas. Nuestra tapadera no exige este nivel de concentración y, cuando estoy a punto de decírselo, me doy cuenta de que no está leyendo: intenta pasar mentalmente la página con telequinesia, pero no lo consigue.

Ella es lo que Crayton llama una aeternus, alguien nacido con la capacidad de cambiar de edad a voluntad. Pero sigue siendo joven y sus legados todavía no se han desarrollado. Lo harán a su debido tiempo, por muy impaciente que esté.

Ella llegó a la Tierra en otra nave de cuya existencia yo no había oído hablar hasta que John Smith, Número Cuatro, me dijo que la había visto en sus visiones. Ella era solo un bebé, lo que implica que ahora estará a punto de cumplir doce años. Crayton dice que él es su cêpan no oficial, porque no hubo tiempo para que lo designaran oficialmente. Como todos nuestros cêpan, tiene el deber de ayudarla a desarrollar sus legados. Nos dijo que también había una pequeña manada de quimeras en su nave, animales lóricos capaces de cambiar de forma y luchar con nosotros.

Me alegra que nos acompañe. Después de la muerte de los Números Uno, Dos y Tres, solo quedamos seis. Con Ella, somos siete. Siete es un número de la suerte, si crees en ella. Yo, no. Yo creo en la fuerza.

Por fin Crayton aparece en el pasillo con un maletín negro. También lleva gafas y un traje marrón que le queda demasiado grande. Una pajarita azul asoma bajo su barbilla prominente. Se supone que es nuestro maestro.

—Hola, chicas —saluda, deteniéndose junto a nosotras.

—Hola, señor Collins —responde Ella.

—El vuelo está completo —dice Marina.

Es un código que indica que el pasaje parece correcto. Para decirle que en tierra todo parece normal, añado:

—Creo que intentaré dormir.

Él asiente con un gesto y se sienta detrás de Ella. Inclinándose entre Marina y Ella, nos aconseja:

—No desperdiciéis el tiempo en el avión. Estudiad mucho.

Eso significa: no bajéis la guardia.

Al principio, cuando nos conocimos, no supe qué pensar de Crayton. Es severo e irascible, pero tiene buen corazón y su conocimiento del mundo y de lo que en él sucede es increíble. Oficial o no, se ha tomado su papel de cêpan muy en serio. Dice que daría la vida por cualquiera de nosotras. Daría lo que fuera con tal de derrotar a los mogadorianos, lo que fuera con tal de vengarnos. Creo ciegamente en él.

Sin embargo, estar en este avión rumbo a la India no me hace feliz. Mi intención era volver a Estados Unidos lo antes posible, con John y Sam. Pero ayer, mientras contemplábamos la matanza del lago desde lo alto de la presa, Crayton nos dijo que Setrákus Ra, el poderoso líder mogadoriano, pronto llegaría a la Tierra, si es que no había llegado ya; la presencia de Setrákus indica que los mogadorianos nos consideran una amenaza, así que es razonable pensar que intensificarán su campaña para matarnos. Setrákus Ra es más o menos invencible. Solo Pittacus Lore, el más poderoso de todos los Ancianos de Lorien, habría sido capaz de derrotarle. Estamos horrorizadas. ¿Qué implicaba para todos nosotros que él fuese invencible? Cuando Marina lo preguntó, cuando preguntó si alguno de nosotros tenía la menor probabilidad de derrotarle, Crayton nos dio una noticia aún más sorprendente, algo que se había confiado a todos los cêpan. Uno de los guardianes —uno de nosotros— tenía los mismos poderes que Pittacus. Uno de nosotros llegaría a ser tan fuerte como lo había sido él y podría derrotar a Setrákus Ra. Solo teníamos que esperar que ese guardián no fuese Uno, Dos o Tres, sino alguno de los que seguían con vida. En tal caso, teníamos una opción. Había que aguardar y ver quién era, así como mantener la esperanza de que esos poderes se revelaran pronto.

Crayton cree haber encontrado al guardián que tiene los poderes de Pittacus.

—He leído que en la India hay un chico con poderes extraordinarios —nos dijo entonces—. Vive en las cimas del Himalaya. Algunos creen que es la reencarnación del dios hindú Vishnu, otros lo consideran un impostor extraterrestre capaz de alterar su apariencia física.

—¿Como yo, papá? —había preguntado Ella. Su relación paterno-filial me pilló desprevenida. No pude evitar sentir celos; celos de que Ella todavía tuviese un cêpan, alguien a quien recurrir en busca de consejo.

—No cambia de edad, Ella. Se transforma en animales y otros seres vivos. Cuanto más leo acerca de él, más creo que es un miembro de la Guardia y que quizá sea el poseedor de todos los legados, el que puede enfrentarse a Setrákus y derrotarlo. Hay que encontrarlo cuanto antes.

Ahora mismo no me apetece embarcarme en la ciega búsqueda de otro miembro de la Guardia. Sé dónde está John, o dónde se supone que está. La voz de Katarina insiste en que siga mi instinto, me dice que debo comunicarme con John por encima de todo. Es la decisión menos arriesgada. Sin duda, es menos arriesgado que volar por el mundo basándome en una corazonada de Crayton y algunos rumores de Internet.

—Podría ser una trampa —sugerí—. ¿Y si han colado esas historias para que las encontremos y hagamos exactamente lo que estamos haciendo?

—Entiendo tu inquietud, Seis, pero confía en mí; soy un maestro en eso de infiltrar historias en Internet. No es una trampa: hay demasiadas fuentes que hablan de ese chico en la India. No ha huido ni se ha escondido; se limita a estar ahí y, al parecer, es muy poderoso. Si es uno de vosotros, debemos encontrarlo antes que los mogadorianos. Nos reuniremos con Cuatro en Estados Unidos en cuanto hayamos terminado este viaje —aseguró Crayton.

Marina me miró. Quería encontrar a John tanto como yo; había estado siguiendo sus hazañas en Internet y su intuición le decía que era uno de los nuestros, algo que yo le había confirmado.

—¿Lo prometes? —le preguntó a Crayton. Él asintió.

La voz del piloto me saca de mi ensueño. Estamos a punto de despegar. Me muero por modificar la ruta del avión y dirigirlo al oeste de Virginia Occidental, donde están John y Sam. Espero que se encuentren bien. Me imagino a John en la celda de una prisión. No tendría que haberle hablado de la base mogadoriana de la montaña, pero John quería recuperar su Cofre y me fue imposible convencerle de lo contrario.

El avión rueda por la pista y Marina me agarra de la muñeca.

—Ojalá Héctor estuviese aquí. Seguro que se le ocurría algo para hacerme sentir mejor.

—No te preocupes, nos tienes a nosotras —repone Ella, tomándola de la mano.

—Y ya se me ocurrirá algo para que te sientas mejor —añado.

—Gracias —dice Marina, aunque más que un agradecimiento parece un hipo atragantado. Dejo que me clave las uñas en la muñeca. Le dedico una sonrisa de ánimo y, al cabo de un instante, ya estamos en el aire.

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CAPÍTULO DOS

 

 

 

LLEVO DOS DÍAS DEBATIÉNDOME ENTRE LA CONCIENCIA y la inconsciencia, entrando y saliendo de una enfermedad alucinatoria. Los efectos mentales y físicos del campo de fuerza azul que rodea la montaña de los mogadorianos duran más de lo que dijo Nueve. A cada instante mis músculos se tensan y arden de dolor.

Para distraerme del sufrimiento contemplo el diminuto dormitorio de esta casa abandonada y prácticamente en ruinas. Nueve no podría haber elegido un escondite más asqueroso. Desconfío de lo que ven mis ojos: el papel amarillo de la pared cobra vida y su estampado desfila por las manchas de moho como si fuera una colonia de hormigas; el techo resquebrajado parece respirar, y sube y baja a una velocidad de infarto. En la pared que separa la sala del dormitorio hay un boquete enorme, como si alguien lo hubiese abierto a mazazos. El suelo de la habitación está cubierto de latas de cerveza estrujadas y los animales han reducido los zócalos a astillas. Algo se mueve en los árboles de fuera, pero estoy demasiado débil para alarmarme. Anoche me desperté con una cucaracha en la mejilla, pero apenas tuve energía para apartarla de un manotazo.

—Eh, Cuatro. ¿Estás despierto? —dice alguien desde el otro lado del agujero de la pared—. Es hora de comer y se enfría el almuerzo.

Me levanto a duras penas. La cabeza me da vueltas, me tambaleo hacia lo que antes era la sala y acabo desplomándome en la sucia alfombra gris. Sé que Nueve está ahí, pero no consigo mantener los ojos abiertos el tiempo suficiente para encontrarlo. Solo quiero descansar la cabeza en el regazo de Sarah. O en el de Seis. Cualquiera de los dos. No puedo pensar con claridad.

Noto algo cálido en el hombro. Al darme la vuelta, veo a Nueve sentado en el techo, con su larga cabellera colgando hacia abajo. Mastica algo y tiene las manos grasientas.

—Dímelo otra vez: ¿dónde estamos?

El sol entra por las ventanas a raudales y me obliga a cerrar los ojos. Necesito dormir más. Necesito algo, lo que sea, para recuperar la lucidez y las fuerzas. Tanteo torpemente el colgante azul con la vana esperanza de que me transmita un poco de energía, pero sigo sintiendo su contacto frío en el pecho.

—En el norte de Virginia Occidental —responde Nueve entre mordisco y mordisco—. Nos quedamos sin gasolina, ¿recuerdas?

—Un poco —susurro—. ¿Dónde está Bernie Kosar?

—Fuera, ese siempre está patrullando. Es un animal alucinante. Dime, Cuatro: ¿por qué, de todos los guardianes, acabaste precisamente con él?

Me arrastro a un rincón de la habitación y apoyo la espalda en la pared.

—BK estaba conmigo en Lorien. Entonces se llamaba Hadley. Supongo que Henri creyó conveniente que nos acompañara en el viaje.

Nueve arroja un huesecillo desde el techo.

—Cuando era niño también tuve un par de quimeras. No recuerdo cómo se llamaban, pero aún las veo correteando por casa, rompiéndolo todo. Murieron en la guerra, protegiendo a mi familia. —Nueve guarda silencio unos instantes, apretando la mandíbula. Es la primera vez que no se hace el duro delante de mí. Una visión agradable, aunque sea breve—. Al menos eso es lo que me dijo mi cêpan.

Descubro que voy descalzo.

—¿Cómo se llamaba tu cêpan?

—Sandor —me responde, poniéndose de pie en el techo. Lleva mis zapatos—. Qué raro, no recuerdo la última vez que pronuncié su nombre en voz alta. Hay días que ni siquiera recuerdo su cara. —La voz de Nueve se endurece; cierra los ojos y añade—: Pero así son las cosas, supongo. Ellos son los prescindibles.

Esa última frase me indigna.

—¡Henri no era prescindible, ni tampoco Sandor! Ningún lórico lo es. ¡Y devuélveme mis zapatos!

Nueve arroja los zapatos al suelo; luego anda tranquilamente por el techo y baja por la pared.

—Vale, vale. Ya sé que no era prescindible, tío. Solo que a veces es más fácil pensar así, ¿sabes? La verdad es que Sandor era un cêpan increíble. —Llega al suelo y se yergue sobre mí. Había olvidado que es altísimo. Intimida. Me planta en la cara lo que ha estado comiendo—. ¿Quieres o no? Porque estoy a punto de terminármelo.

La visión de esa comida me revuelve el estómago.

—¿Qué es?

—Conejo a la brasa. Lo mejor de la naturaleza.

No me atrevo a abrir la boca para responder, por miedo a devolver. Vuelvo a la habitación tambaleándome sin hacer caso de la carcajada que me sigue. La puerta del dormitorio está tan deformada que es casi imposible cerrarla, pero la empujo todo lo que puedo. Me acuesto en el suelo usando la sudadera como almohada y pienso en cómo he terminado aquí, cómo he terminado así. Sin Henri. Sin Sam. Sam es mi mejor amigo y me parece increíble que lo hayamos abandonado. Durante varios meses Sam viajó y luchó a mi lado: fue siempre atento, leal y considerado. Nueve es todo lo contrario: temerario, arrogante, egoísta y un bruto rematado. Recuerdo a Sam en la cueva de los mogos, con un arma al hombro, mientras los soldados enemigos nos rodeaban. No pude llegar hasta él. No pude rescatarlo. Tendría que haber peleado más, haber corrido más rápido. Tendría que haber pasado de Nueve y haber regresado junto a mi amigo. Él lo hubiera hecho por mí. El peso de la culpabilidad me paraliza hasta que por fin me quedo dormido.

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Todo está a oscuras. Ya no me encuentro en la casa de las montañas, con Nueve, ni tampoco siento los dolorosos efectos del campo de fuerza azul. He recuperado la lucidez, pero no sé dónde estoy, ni cómo he llegado hasta aquí. Cuando pido ayuda a gritos, no oigo mi voz, aunque muevo los labios. Avanzo despacio, con las manos extendidas. De pronto, el lumen de mis palmas empieza a brillar. Al principio la luz es débil, pero enseguida se transforma en dos potentes focos.

—John. —Un susurro ronco pronuncia mi nombre.

Desplazo las manos para descubrir dónde me encuentro, pero la luz solo revela más vacío y oscuridad. Empiezo a tener una visión. Enfoco las palmas hacia el suelo para que mi lumen me muestre el camino y avanzo en dirección a la voz. El ronco susurro sigue repitiendo mi nombre, una y otra vez. Parece alguien joven y aterrorizado. Entonces otra voz, bronca y entrecortada, empieza a dar órdenes a gritos.

Poco a poco las voces se van oyendo con más nitidez. Es Sam, mi amigo perdido, y Setrákus Ra, mi peor enemigo. Sé que estoy acercándome a la base de mogadoriana. Veo el campo de fuerza azul, la fuente de tanto dolor. Por alguna razón, sé que ahora no me afectará y lo atravieso sin vacilar: oigo gritos, pero no son míos, sino de Sam. Su voz torturada me taladra la cabeza mientras me voy adentrando en el laberinto de túneles de la montaña. Veo los restos chamuscados que dejó nuestra reciente batalla, cuando arrojé una bola de lava verde a los depósitos de gas del pie de la montaña y estallaron en un mar de fuego. Cruzo la cavernosa sala principal y sus estrechas cornisas en espiral. Avanzo por el puente de piedra que Sam y yo cruzamos no hace mucho bajo el manto de invisibilidad. Recorro desvíos y pasillos, obligado a oír en todo momento los desgarradores gritos de mi mejor amigo.

Sé adónde me dirijo incluso antes de llegar. La constante inclinación del suelo me lleva a la amplia estancia donde se encuentran las celdas.

Allí están. Veo a Setrákus Ra en el centro de la habitación: es gigantesco y de aspecto repugnante. Y ahí está Sam. Lo tiene suspendido junto a él, en el interior de una pequeña jaula esférica. Es su burbuja de tortura particular. Sam cuelga con los brazos extendidos muy por encima de la cabeza y un par de cadenas le mantienen las piernas bien abiertas. Una serie de caños derraman líquido hirviente en diferentes partes de su cuerpo. La sangre se ha acumulado y secado bajo la jaula.

Me detengo a unos tres metros. Setrákus Ra intuye mi presencia y se vuelve; los tres colgantes lóricos de los otros niños guardianes que ha matado penden de su enorme cuello. La cicatriz que le rodea la garganta palpita con una energía oscura.

—No nos habíamos encontrado —gruñe.

Abro la boca, pero emito ningún sonido. Los ojos azules de Sam se vuelven hacia mí, pero no sé si me ve.

Más líquido caliente cae sobre las muñecas, el pecho, las rodillas y los pies de Sam. Un grueso chorro se derrama en su mejilla y le resbala por el cuello. Al ver a Sam torturado, mi voz se libera por fin.

—¡Suéltalo! —grito.

La mirada de Setrákus se endurece. Los colgantes que lleva en el cuello resplandecen y el mío responde iluminándose también. La loralita azul me quema la piel y se incendia súbitamente cuando mi legado se manifiesta.

—Lo soltaré si vuelves a la montaña a luchar conmigo —me responde.

Echo un rápido vistazo a Sam y veo que ha perdido su batalla con el dolor: se ha desmayado y cuelga con la barbilla apoyada en el pecho.

Setrákus Ra señala el cuerpo marchito de Sam y dice:

—Decide. Si no vienes, lo mataré y después acabaré con el resto. Si vienes, los dejaré vivir a todos.

Oigo una voz que grita mi nombre, que me dice que me mueva. Nueve. Me incorporo sobresaltado y abro los ojos. Estoy empapado en sudor. Miro por el boquete de la pared y tardo unos segundos en ubicarme.

—¡Tío! ¡Arriba! —grita Nueve desde el otro lado de la puerta—. ¡Tenemos montones de cosas que hacer!

Me pongo de rodillas y busco el colgante que llevo al cuello. Lo estrujo con todas mis fuerzas e intento sacarme los gritos de Sam de la cabeza. La puerta del dormitorio se abre. Nueve está en el umbral, secándose la cara con el dorso de la mano.

—Lo digo en serio, colega. Hay que largarse de aquí.

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CAPÍTULO TRES

 

 

 

EL AIRE ESTÁ ENRARECIDO CUANDO SALIMOS DEL aeropuerto de Nueva Delhi. Andamos por la acera, mientras los coches nos pasan rozando entre bocinazos, avanzando trabajosamente por las calles congestionadas. Crayton lleva el Cofre de Marina bajo el brazo. Los cuatro estamos alerta, pendientes de cualquier indicio de problemas, de la menor señal de que nos están siguiendo. Llegamos a un cruce y la gente nos empuja por todas partes: mujeres que avanzan con grandes cestas en la cabeza, hombres que nos gritan que nos apartemos, cargados con cubos de agua en los hombros. Los olores, el ruido, la proximidad física de este mundo caótico podría confundirnos. Seguimos atentos.

Al otro lado de la calle hay un bullicioso mercado que parece extenderse a lo largo de kilómetros. Un montón de niños que intentan vendernos baratijas se apiñan a nuestro alrededor, mientras rechazamos educadamente sus tallas de madera y sus joyas de marfil. Me sorprende este caos organizado y me siento feliz en esta vida tan cotidiana, feliz de poder vivir este momento ajeno a nuestra guerra.

—¿Adónde vamos? —pregunta Marina, levantando la voz para hacerse oír por encima del bullicio.

Crayton observa a la multitud que cruza la calle.

—Ahora que nos hemos alejado del aeropuerto y sus cámaras, supongo que podremos encontrar un... —Un taxi se detiene junto a nosotros dejando tras de sí una nube de polvo. El conductor abre la puerta del pasajero y Crayton acaba la frase—: Taxi.

—Por favor. ¿Adónde os llevo? —pregunta el taxista. Es joven y parece nervioso, como si este fuera su primer día de trabajo. Ya sea porque percibe el estado de ánimo del taxista o porque está desesperada por alejarse del gentío, Marina entra de un salto en el vehículo y se acomoda de inmediato al fondo del asiento trasero.

Crayton le da una dirección al taxista y se sienta delante. Ella y yo nos apretujamos detrás, con Marina.

El taxista asiente con un gesto y pisa el acelerador a fondo: todos nos precipitamos irremediablemente hacia atrás y nos quedamos con la espalda pegada al respaldo de plástico roto. Nueva Delhi se convierte en un torbellino de colores vivos y sonidos fugaces. Dejamos atrás a automóviles y rickshaws, cabras y vacas. Doblamos las esquinas tan rápido que me sorprende que no nos quedemos suspendidos sobre dos ruedas. Son tantos los peatones que estamos a punto de atropellar que he perdido la cuenta... Creo que será mejor no fijarme. El taxi nos zarandea de un lado al otro, y lo único que nos impide acabar en el suelo infecto del coche es que nos agarrarnos las unas a las otras y a cualquier cosa que tengamos a mano.

De pronto, el taxi se sube al bordillo y avanza a toda velocidad por una acera estrecha para evitar un embotellamiento. Es una locura, y confieso que me encanta. Tantos años de huir, esconderme y luchar me han convertido en toda una adicta a la adrenalina. Marina planta la mano en el reposacabezas delantero y se niega a mirar por la ventanilla, mientras Ella intenta no perderse detalle.

Sin previo aviso, el taxista se desvía bruscamente por una calle de viejos almacenes. Hombres armados con AK-47 flanquean la calle. Nuestro conductor les saluda con un gesto mientras pasamos a toda velocidad. Crayton se vuelve para mirarme. Al ver la expresión preocupada de su rostro, el nudo que siento en el estómago se estrecha aún más. De pronto, la calle está vacía, sin un solo vehículo.

—¿Adónde nos llevas? —pregunta Crayton al taxista—. Tenemos que ir al sur y tú vas hacia el norte.

Entonces Marina levanta la cabeza y Ella me mira inquisitiva.

De pronto el vehículo se detiene bruscamente. El taxista abre la puerta, sale del taxi y se aleja corriendo. Una docena de furgonetas y camiones camuflados nos rodean. Todos los vehículos llevan algo de color rojo pintado en las puertas, pero no consigo ver qué es. Hombres vestidos de paisano se apean de las furgonetas armados con metralletas.

Ahora noto el subidón de adrenalina que siempre precede a las peleas. Veo la expresión aterrorizada de Marina, pero sé que seguirá mi ejemplo. Mantengo la calma.

—¿Estáis listas? ¿Marina? ¿Ella?

Ambas asienten.

Crayton levanta la mano.

—¡Esperad! Mira los camiones, Seis. ¡Mira las puertas!

—¿Qué? ¿Qué hay en las puertas?

Los hombres se acercan, gritando cada vez con más insistencia. Estoy demasiado concentrada en el peligro inminente para pensar en lo que dice Crayton. Si alguien armado me amenaza, ya sea a mí o a mis seres queridos, me aseguro de que se arrepienta.

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