Amigas para siempre 3 - ¡A por todas!

María Ayguadé

Fragmento

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¡A por todas!

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Andrea miró de nuevo el reloj con im-paciencia. ¡Qué rabia! ¿Por qué el tiempo pasaba a veces taaaan len-to y otras tan deprisa?

Llegaba tarde. Bueno, todavía tenía tres minutos, pero seguro que llegaría tarde. Y en su cabeza ya podía escuchar cómo Alice se quejaba de tener que esperarla siempre. Pero ¿qué culpa tenía ella de haber tardado tanto en encontrar su cinta de flores para el pelo? ¿Y de que ahora todos los semáforos estu-vieran en rojo?

¡Verde, por fin! Andrea arrancó a correr como si

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se tratara de una atleta olímpica. ¡Si lo daba todo, llegaría a tiempo! Hizo un eslalon para esquivar a las personas que cruzaban en dirección contraria, saltó con mucho estilo por encima de varios «regalitos» de perro y aminoró el paso, con educación, cuando vio que delante tenía una señora muy mayor que andaba con bastón. La adelantó y retomó la carrera a toda velocidad. Por suerte, ya no tenía que cruzar más se-máforos; lo que le quedaba era todo recto y cuesta abajo. En los últimos metros, hizo un esprint que ha-bría dejado a miss Anderson, su profe de Health, con los ojos como platos.

—Oh, my god, Andy! Te has tomado en serio lo de hacer más ejercicio…

A Andrea no le quedaba aliento para responder, pero miró el reloj y sonrió. Y mientras ella iba re-cuperando la respira-ción, Alice hizo lo que hacía Alice cuando esta-ban juntas y animadas: charlar sin parar.

—Me parece un poco rara tu elección de run-ning outfit. Que me en-

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cantan todos tus vestidos, ya lo sabes, pero tal vez unas mallas y una camiseta de esas fosforescentes… Y un co-letero. I know, I know. No hace falta que digas nada, detestas las coletas. Pero, créeme, ahora mismo llevas los rizos totalmente alborotados. ¡Aunque estás moní-sima con las mejillas coloradas!

—¿Agua? —pudo decir, finalmente, Andrea.

—Sure —respondió Alice, tendiéndole la botella que siempre llevaba en su mochila.

Andrea bebió y señaló uno de los bancos de la pla-zoleta para sentarse. Tal vez que debería hacer algo más de ejercicio, porque no era normal ahogarse así con apenas ¡doce (casi trece) años!

—No quería llegar tarde y he corrido.

—More Easter resolutions? —preguntó Alice, con cu-riosidad.

A Andrea le parecía muy divertido que su amiga siempre hablase medio en inglés.

—Alice Green —respondió ella, haciéndose la seria—, mi único buen propósito de Easter ya lo conoces.

Hoy acababan las mejores vacaciones de Semana Santa de sus vidas. La clave había sido estar las dos juntas, sin más complicación. ¡Nada puede ir mal cuan-do dos amigas para siempre están unidas!

En lugar de irse de vacaciones fuera de la ciudad,

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como muchos de sus amigos y compañeros de la Saint John Academy, ellas se habían apuntado a un taller intensivo de baile de tres días en una pequeña escuela que acababa de abrir cerca de casa de Andrea (y que les había recomendado una amiga). ¡Y fue divertidísi-mo! Alice tuvo la oportunidad de descubrir que te-nía algo de ritmo en las venas y, aunque no tenía la misma gracia moviéndose que su amiga, le encantaron los bailes urbanos y… ¡el flamenco! Andrea, en cambio, disfrutó muchísimo con las danzas orientales, aunque, en todos los estilos, la profesora, Mikaela, la felicitó por la facilidad que tenía para aprender los movimien-tos.

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De hecho, le ofreció una beca para las clases del ter-cer trimestre del curso, el que justo iba a empezar, por-que le interesaba tener «bailarinas innatas» en la es-cuela. Andrea todavía no lo había contado ni en casa ni a Alice. Quería pensárselo muy bien antes de decidir-se… aunque sabía que en el fondo le hacía muchísima ilusión.

En el curso, habían sido solo ocho alumnas en toda la semana: ellas dos, que eran las más jóvenes; dos ami-gas de veintipocos años, que buscaban actividades para hacer juntas; dos madres de niños pequeños, que deja-ban a los peques en la guardería y se iban a bailar para desconectar; y dos señoras mayores, como su abuela, que bailaban fatal, pero se reían sin parar.

—Andy, my friend, prométeme que cuando seamos viejecitas también nos apuntaremos a clases de baile —le dijo Alice la primera mañana.

A decir verdad, de entrada, Andrea se quedó un poco decepcionada: esperaba un grupo de adolescentes con mucho estilo y flow con las que aprender rápido… Pero enseguida se dio cuenta de que podía ser igual de diver-tido y aprender todavía más. Por lo menos, ¡se dio cuen-ta de que la amistad no tiene edad!

Así que las vacaciones fueron tres días de escuela de baile y, luego, tres días bailando ellas dos por libre en

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casa de una o de la otra. Mientras Andrea improvisaba un vestuario, Alice diseñaba un cartel para el espec-táculo imaginario en su cuaderno. Bailaban, descansa-ban, se grababan bailando, merendaban, elegían las canciones… ¡No necesitaron nada más!

Y lo que seguro segurísimo que no necesitaron fue-ron chicos. Y por eso el domingo antes de que empeza-se el tercer trimestre habían quedado en esa plazoleta: para sellar una promesa, su Easter resolution. A partir de mañana regresarían a la Saint-John Academy e, ine-vitablemente, volverían a encontrarse con ellos...

El último día de trimestre, Andrea había besado a Carlos, un chico de su clase y de su pandilla. Pero cuan-

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do se vieron para «charlar», justo antes de que él se fuera de vacaciones, le había dicho que bueno… que estaba muy a gusto con ella… pero que ya hablarían. Por lo que Andrea había llegado a la conclusión de que es-taba mejor sin tener un casinovio que nerviosa por ver qué le iba a decir Carlos cuando se vieran.

Alice, por su parte, había decidido lo mismo: boys-free life. ¡Porque a ella le medio gustaban dos chicos a la vez! Y eso que era una auténtica locura… Le gusta-ba Sasha, con su preciosa sonrisa (lo habían apodado Smile a principios de curso) y su exnovia maléfica, Can-dy Lee. Uff, demasiado complicado. Y también le gusta-ba Oliver, con quien tenía mucho en común, ¡pero era amigo de toda la vida de su hermano! Así que casi me-jor olvidarse de él también.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —le pregun-Andrea a Alice.

—You? —preguntó su amiga.

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Ambas asintieron en silencio. La primavera ya podía sentirse en el sol de media mañana, ese sol que te hace pensar que todo es posible y que te llena de energía. Alice se bajó la cremallera de la sudadera y, del bolsillo interior, se sacó dos pulseras de hilo. Se las mostró a Andrea bajando la cabeza; su flequillo rubio le tapaba los ojos.

—¿Las has hecho tú? —la miró Andrea, sorprendida.

De las dos, era ella quien siempre estaba tejiendo, cosiendo o haciendo pulseras. Alice era más de dibujar

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con rotuladores o de hacer chapas para decorar mochi-las y cazadoras.

—Well, ¿te gustan? —preguntó, impaciente, su amiga.

Como respuesta, Andrea le dio un abrazo tan fuerte que casi se caen del banco. Las pulseras tenían algún nudo un poco irregular y no eran exactamente iguales, ¡pero eran geniales! Porque eran sus pulseras de la amistad.

Se las anudaron la una a la otra y, entonces, Andrea, tuvo una idea:

—Yo, Andrea Gracia Martín, de doce años, prometo que nada se va a entrometer en nuestra amistad. Somos amigas para siempre.

—Yo, Alice Green Salgado, de doce años de edad —re-pitió Alice—, prometo que nada se va a entrometer en nuestra amistad. We are best friends forever.

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Sentada en su pupitre, a primera hora de la mañana, Alice cabecea mientras hace como que escucha la ex-plicación del señor Alonso, su tutor. Está hablando de la organización del trimestre, bla, bla, bla, de la impor-tancia de dar un buen final a primero de la ESO, bla, bla, blaAlice se fuerza a abrir bien los ojos, pero sus oídos han desconectado.

El señor Alonso viste una camisa de manga corta abotonada hasta el cuello y un pantalón vaquero. Alice se fija en que está moreno. Tal vez ha pasado las va-caciones en la playa, en un hotel de esos con palme-ras, parasoles blancos y una piscina que llega casi has-ta el mar. ¿Cómo deben de ser las vacaciones de los profesores?

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Alice imagina, entonces, a mister Cameron, el tutor del otro grupo de primero, viajando en avión hasta Escocia para reunirse con la familia (que incluye una multitud de sobrinos pelirrojos). Miss Fountain, su profe de Arts, seguro que ha aprovechado para visitar algún país con ruinas históricas. Grecia o Egipto, tal vez. Y lo más pro-bable es que haya pasado algún tiempo comprando lar-gos collares de abalorios en algún mercadillo.

—Green, Alice. ¿Tú ya has decidido?

Escuchar su nombre la obliga a regresar a la clase. ¿Decidirse sobre qué? En su cabeza estaba decidiendo si miss Anderson, la profe de Health, se habría quedado toda la Semana Santa en la Saint John. Corría el rumor de que era el fantasma de la escuela…

Alice se arregla el cuello de la camisa del uniforme, sonríe a su tutor y responde con voz tímida:

—Not yet, sorry.

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—Está bien, pero hazlo pronto. Los grupos se llenan muy rápido.

Y, sin más, el señor Ca-meron sigue pasando lista y preguntando a sus compañe-ros «si se han decidido».

Alice busca a Andrea con la mirada para que su amiga le diga de qué va la cosa. Y ella, que la conoce, se ríe por debajo de la nariz y le pasa una hoja de papel doblada con una nota escrita a mano:

«Optativas. Este trimestre tenemos que elegir dos. Anoche enviaron un listado al correo electrónico. Te he impreso una copia. Es este papel. J BFF».

—¡No me lo puedo creer! ¿Os lo podéis creer? Es…

—¡Increíble!

Claudia y Ángela llegan como dos torbellinos a la mesa de la cafetería, con sus bandejas hasta arriba de macarrones con queso.

—No es taaan increíble. Todos los lunes hay macarro-nes —les dice Javi, sin dejar de comer de su fiambrera.

La energía de las gemelas ha roto la tensión que

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había en la mesa, empezando una discusión en broma sobre la comida de la cafetería. Y es que hasta ese mo-mento, Alice tenía un nudo en el estómago y no se atre-vía a probar su ensaladilla.

Primero habían llegado ella y Andrea con Javi, su amigo desde el primer día en la Saint John. Y se habían estado riendo porque el chico había calentado demasia-do su comida y se le empañaban las gafas cada vez que intentaba dar un bocado.

Luego, llegaron Nat y Carlos. Con ella se habían vis-to a la hora del descanso, pero él había estado un poco huidizo toda la mañana…

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—Perdón, es que mi primo y yo hemos tenido que hacer una guerra de pulgares para decidir si comíamos o nos íbamos a la biblioteca a hacer deberes. ¿Adivináis quién ha ganado? —les había dicho, animada, la chica.

—¿Qué deberes? —había preguntado Andrea, sobre-saltada.

—Es que he visto que este trimestre haremos geo-metría y quería darle un repaso antes de empezar —ha-bía respondido Carlos, sin mirarla.

¡Ufff! Alice le tocó la pierna a Andrea por debajo de la mesa, para reconfortarla. Sabían que ese primer día iba a ser muuuuy largo y que para su amiga era más difícil porque Carlos estaba

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