Maravilloso desastre (Maravilloso desastre 1)

Jamie McGuire

Fragmento

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Índice


Portadilla

Índice

Dedicatoria

Capítulo 1. Bandera roja

Capítulo 2. Cerdo

Capítulo 3. Golpe bajo

Capítulo 4. La apuesta

Capítulo 5. Parker Hayes

Capítulo 6. Momento decisivo

Capítulo 7. Diecinueve

Capítulo 8. Rumores

Capítulo 9. Promesa

Capítulo 10. Cara de póquer

Capítulo 11. Celos

Capítulo 12. Hechos el uno para el otro

Capítulo 14. Full

Capítulo 15. Ciudad del pecado

Capítulo 16. Casa

Capítulo 17. Nada que agradecer

Capítulo 18. La caja

Capítulo 19. Hellerton

Capítulo 20. El último baile

Capítulo 21. Humo

Capítulo 22. Avión

Epílogo

Si te ha gustado…

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

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Para los fans, cuyo amor por esta historia convirtió un deseo en el libro que tienen en las manos.

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Capítulo 1

BANDERA ROJA

 

 

 

Todo en la sala proclamaba a gritos que yo no pintaba nada allí. Las escaleras se caían a pedazos; los ruidosos asistentes estaban muy juntos, codo con codo, en un ambiente que era una mezcla de sudor, sangre y moho. Sus voces se confundían mientras gritaban números y nombres una y otra vez, y movían los brazos en el aire, intercambiando dinero y gestos para comunicarse en medio del estruendo. Me abrí paso entre la multitud, siguiendo de cerca a mi mejor amiga.

—¡Guarda el dinero en la cartera, Abby! —me dijo America.

Su radiante sonrisa relucía incluso en la tenue luz.

—¡Quédate cerca! ¡Esto se pondrá peor cuando empiece todo! —gritó Shepley a través del ruido.

America le agarró la mano y luego la mía mientras Shepley nos guiaba entre ese mar de gente.

El repentino balido de un megáfono cortó el aire cargado de humo. El ruido me sobresaltó y me hizo dar un respingo, buscar de dónde procedía ese toque. Había un hombre sentado en una silla de madera, con un fajo de dinero en una mano y el megáfono en la otra. Se llevó el plástico a los labios.

—¡Bienvenidos al baño de sangre! Amigos míos, si andabais buscando un curso básico de economía..., ¡os habéis equivocado de sitio! Pero, si buscabais el Círculo, ¡estáis en la meca! Me llamo Adam. Yo pongo las reglas y yo doy el alto. Las apuestas se acaban cuando los rivales saltan al ruedo. Nada de tocar a los luchadores, nada de ayudas, no vale cambiar de apuesta, ni invadir el ring. Si la cagáis y no seguís las reglas, ¡os vais derechitos a la puta calle sin dinero! ¡Eso también va por vosotras, jovencitas! Así que, chicos, ¡no uséis a vuestras zorritas para hacer trampas!

Shepley sacudió la cabeza.

—¡Por Dios, Adam! —gritó en medio del estruendo al maestro de ceremonias, en claro desacuerdo con las palabras que había utilizado aquel.

El corazón me palpitaba en el pecho. Con una rebeca de cachemira color rosa y unos pendientes de perlas, me sentía como una maestra repipi en las playas de Normandía. Le prometí a America que podía enfrentarme a todo lo que se nos viniera encima, pero en plena zona de impacto sentí la necesidad de agarrarme a su flacucho brazo con las dos manos. Ella no me pondría en peligro, pero el hecho de estar en un sótano con unos cincuenta tíos universitarios y borrachos, decididos a derramar sangre y ganar pasta, no me hacía confiar mucho en nuestras posibilidades de salir incólumes.

Desde que America había conocido a Shepley en la sesión de orientación del primer curso, solía acompañarlo a las peleas clandestinas que tenían lugar en los diversos sótanos de la Universidad de Eastern. Cada evento se llevaba a cabo en un lugar diferente y se mantenía en secreto hasta una hora antes de la pelea.

Como me movía en un entorno bastante más tranquilo, me sorprendió saber de un mundo clandestino en Eastern; pero Shepley lo conocía incluso antes de haberse matriculado. Travis, compañero de habitación y primo de Shepley, participó en su primera pelea hacía siete meses. Se decía que él, ya como estudiante de primer año, había sido el rival más letal que Adam había visto en los tres años desde que había creado el Círculo. Al empezar el segundo curso, Travis era invencible, de modo que las ganancias le permitían pagar sin problemas con su primo el alquiler y las facturas.

Adam se llevó nuevamente el megáfono a los labios; el ajetreo y los gritos aumentaron a un ritmo febril.

—¡Esta noche tenemos a un nuevo adversario! El luchador y estrella del equipo universitario de Eastern, ¡Marek Young!

Las ovaciones continuaron y la multitud se separó como el mar Rojo cuando Marek entró en la sala. Se formó un espacio circular; la turba silbó, abucheó y se burló del rival. Él daba brincos, sacudía el cuello de un lado a otro; tenía el rostro serio y concentrado. La multitud se calmó con un sordo rugido, y luego me llevé las manos a los oídos cuando la música retumbó por los grandes altavoces al otro extremo de la sala.

—¡Nuestro siguiente adversario no necesita presentación, pero, como me da un miedo que te cagas, ahí va de todos modos! ¡Temblad, chicos, y quitaos las bragas, señoritas! Con todos vosotros: ¡Travis Perro Loco Maddox!

El volumen se disparó cuando Travis apareció por una puerta al otro lado de la sala. Hizo su entrada con el pecho desnudo, tranquilo y espontáneo. Caminó sin prisas hacia el centro del perímetro, como si llegara al trabajo un día cualquiera. Sus músculos fibrosos se estiraron bajo la piel tatuada mientras chocaba los puños contra los nudillos de Marek. Travis se inclinó hacia Marek y le susurró algo al oído; el luchador mantuvo con gran dificultad su expresión severa. Ambos contendientes estaban de pie uno frente al otro, mirándose directamente a los ojos. Marek tenía una mirada asesina; Travis parecía ligeramente divertido.

Los dos hombres retrocedieron un poco; Adam hizo sonar la sirena del megáfono. Marek adoptó una postura defensiva y Travis lo atacó. Al perder la línea de visión, me puse de puntillas, balanceándome de un lado a otro para observar mejor. Subía poco a poco, deslizándome entre la turba que gritaba. Recibí codazos en los costados y golpes de hombros que chocaban contra mí, y me hacían rebotar de aquí para allá como una bola de pinball. Empezaba a ver las cabezas de Marek y Travis, así que seguí abriéndome paso hacia delante.

Cuando por fin alcancé la primera fila, Marek cogió a Travis con sus fuertes brazos e intentó tirarlo al suelo. Cuando Marek se inclinó hacia atrás con el movimiento, Travis estrelló la rodilla contra la cara de su rival. Sin darle tiempo a recuperarse del golpe, Travis lo atacó; sus puños alcanzaron la cara ensangrentada de Marek una y otra vez. Cinco dedos se hundieron en mi brazo y me eché hacia atrás.

—¿Qué demonios estás haciendo, Abby? —preguntó Shepley.

—¡No veo nada desde ahí atrás! —grité.

Me volví justo a tiempo para ver a Marek lanzar un puñetazo. Travis se giró y por un momento pensé que solo había evitado el golpe, pero dio una vuelta completa, hasta clavar el codo derecho en el centro de la nariz de Marek. La sangre me roció la cara y salpicó la parte superior de mi chaqueta. Marek cayó al suelo de cemento con un ruido sordo y en un instante la sala se quedó en completo silencio.

Adam lanzó un pañuelo de tela escarlata sobre el cuerpo sin fuerzas de Marek y la multitud estalló. El dinero cambió de manos una vez más y las expresiones se dividieron entre la suficiencia y la frustración. El vaivén de la gente me zarandeaba. America me llamó desde algún punto de la parte de atrás, pero yo estaba hipnotizada por el rastro de color rojo que iba del pecho a la cintura. Unas botas negras y pesadas se pararon frente a mí, desviando mi atención hacia el suelo. Mis ojos volaron hacia arriba: tejanos manchados de sangre, unos abdominales bien cincelados, un torso desnudo, tatuado, empapado de sudor y, finalmente, unos cálidos ojos marrones. Alguien me empujó por detrás y Travis me tomó por el brazo antes de que cayera hacia delante.

—¡Eh! ¡Alejaos de ella! —exclamó Travis, con el ceño fruncido mientras apartaba a cualquiera que se me acercase.

Su expresión seria se fundió en una sonrisa al ver mi ropa y luego me secó la cara con una toalla.

—Lo siento, Paloma.

Adam le dio a Travis unas palmaditas en la cabeza.

—¡Vamos, Perro Loco! ¡Tu pasta te espera!

Sus ojos no se apartaron de los míos.

—Vaya, qué lástima lo de la chaqueta. Te queda bien.

Acto seguido, fue engullido por sus fans y desapareció tal y como había llegado.

—¿En qué pensabas, idiota? —gritó America, tirándome del brazo.

—He venido aquí para ver una pelea, ¿no? —sonreí.

—Abby, ni siquiera deberías estar aquí —me regañó Shepley.

—America tampoco —le contesté.

—¡Ella no intenta meterse en el ring! —dijo frunciendo el ceño—. Vámonos.

America me sonrió y me limpió la cara.

—Eres un grano en el culo, Abby. Dios, ¡cómo te quiero!

Me rodeó el cuello con el brazo y nos abrimos paso en dirección a las escaleras y hacia la noche.

America me acompañó hasta mi cuarto y luego se burló de Kara, mi compañera de habitación. Enseguida me quité la rebeca ensangrentada y la arrojé al cesto de ropa sucia.

—Qué asco. ¿Dónde has estado? —preguntó Kara desde su cama.

Miré a America, quien se encogió de hombros.

—Ha sangrado por la nariz. ¿Nunca has visto uno de los famosos sangrados de nariz de Abby? —Kara se puso las gafas y negó con la cabeza—. Seguro que lo harás.

Me guiñó un ojo y luego cerró la puerta tras ella.

Menos de un minuto después, sonó mi móvil. Como de costumbre, America me enviaba un SMS a los pocos segundos de habernos despedido.

 

m kedo cn shep, t veo mñn reina dl ring

 

Le eché una ojeada a Kara, quien me miraba como si mi nariz fuera a chorrear de un momento a otro.

—Era broma —le dije.

Kara asintió con indiferencia y luego bajó la mirada hacia los libros desordenados sobre su colcha.

—Creo que voy a darme una ducha —dije mientras cogía una toalla y mi neceser.

—Avisaré a los medios de comunicación —ironizó Kara, sin levantar la cabeza.

 

 

Al día siguiente, Shepley y America comieron conmigo. Yo tenía toda la intención de sentarme sola, pero, a medida que los estudiantes empezaron a llenar la cafetería, tanto los compañeros de fraternidad de Shepley como los del equipo de fútbol ocuparon las sillas a mi alrededor. Algunos de ellos habían estado en la pelea, pero ninguno mencionó mi experiencia al borde del cuadrilátero.

—Shep —llamó una voz de paso.

Shepley asintió con la cabeza; America y yo nos dimos la vuelta y vimos a Travis mientras tomaba asiento al final de la mesa. Dos exuberantes rubias de bote con camisetas de Sigma Kappa lo seguían. Una de ellas se sentó en el regazo de Travis, mientras que la otra se sentó junto a él y aprovechó para toquetearle la camisa.

—Me están entrando ganas de vomitar —murmuró America.

La rubia del regazo de Travis se volvió hacia ella.

—Te he oído, guarra.

America agarró su bocadillo, lo lanzó al otro lado de la mesa y estuvo a punto de alcanzar la cara de la chica. Antes de que esta pudiera decir una palabra más, Travis relajó las rodillas y la mandó directa al suelo.

—¡Ay! —chilló ella, levantando la mirada hacia Travis.

—America es amiga mía. Tendrás que buscarte otro regazo, Lex.

—¡Travis! —gimió la chica mientras se ponía de pie.

Travis volvió su atención al plato, ignorándola. Ella miró a su hermana y resopló, luego las dos se fueron cogidas de la mano. Como si nada hubiese pasado, Travis le guiñó el ojo a America y engulló otro bocado. Fue entonces cuando me di cuenta de un pequeño corte en su ceja. Intercambió miradas con Shepley y después se puso a hablar con un chico del equipo de fútbol que tenía enfrente.

Cuando la mesa se despejó, America, Shepley y yo nos quedamos a hablar sobre los planes para el fin de semana. Travis se levantó para irse, pero se detuvo en la cabecera de nuestra mesa.

—¿Qué? —preguntó Shepley en voz alta, llevándose una mano al oído.

Traté de ignorarlo todo lo que pude, pero, cuando levanté la mirada, Travis tenía los ojos clavados en mí.

—Ya la conoces, Trav. ¿Te acuerdas de la mejor amiga de America? Estaba con nosotros anoche —dijo Shepley.

Travis me sonrió con la que supuse que debía de ser su sonrisa más encantadora. Rezumaba sexo y rebeldía con su pelo corto y castaño y los brazos tatuados, y yo puse los ojos en blanco frente a su intento de seducción.

—¿Desde cuándo tienes una mejor amiga, Mare? —preguntó Travis.

—Desde tercero de secundaria —contestó ella, apretando los labios mientras sonreía hacia mí.

—¿No te acuerdas, Travis? Le estropeaste la chaqueta.

Travis sonrió.

—Estropeo mucha ropa.

—Asqueroso —murmuré.

Travis giró la silla vacía a mi lado y se sentó, apoyando los brazos delante.

—Así que tú eres Paloma, ¿eh?

—No —dije bruscamente—, tengo un nombre.

El modo en que me dirigía a él parecía divertirlo, y eso solo hizo que me enfadara más.

—¿Ah sí? ¿Y cuál es? —preguntó.

Lo ignoré y di un mordisco al último trozo de manzana que me quedaba.

—Entonces te llamas Paloma —dijo, encogiéndose de hombros.

Miré a America y luego me volví hacia Travis.

—Oye, estoy tratando de comer.

Travis respondió al desafío que le había lanzado poniéndose más cómodo.

—Me llamo Travis. Travis Maddox.

Puse los ojos en blanco.

—Sé quién eres.

—Lo sabes, ¿eh? —dijo Travis, levantando la ceja herida.

—No te hagas ilusiones. Es difícil no enterarse cuando hay cincuenta borrachos gritando tu nombre.

Travis se incorporó un poco.

—Eso me pasa a menudo.

Volví a poner los ojos en blanco y Travis se echó a reír.

—¿Tienes un tic?

—¿Un qué?

—Un tic. Tus ojos no dejan de dar vueltas. —Se rio de nuevo cuando lo fulminé con la mirada—. Aunque lo cierto es que tienes unos ojos alucinantes —dijo, inclinándose a escasos centímetros de mi cara—. A ver... ¿De qué color son? ¿Grises?

Bajé la mirada al plato, dejando que los largos mechones de mi pelo color caramelo formaran una cortina entre nosotros. No me gustaba cómo me hacía sentir al estar tan cerca. No quería ser como todas esas chicas de Eastern que se ponían coloradas en su presencia. No quería que, de ninguna manera, tuviera ese efecto sobre mí.

—Ni lo sueñes, Travis. Es como si fuera mi hermana —le advirtió America.

—Cariño —dijo Shepley—, acabas de decirle que no lo haga. Ahora no va a parar.

—No eres su tipo —continuó ella, ignorando a su novio.

Travis fingió estar ofendido.

—¡Soy el tipo de todas!

Miré hacia él y sonreí.

—¡Ah! Una sonrisa. Al final, no seré un cabrón de cojones —dijo guiñando un ojo—. Ha sido un placer conocerte, Paloma.

Dio una vuelta alrededor de la mesa y se inclinó hacia el oído de America.

Shepley le lanzó una patata frita a su primo.

—¡Aparta tus labios de la oreja de mi chica, Trav!

—¡Solo estoy estableciendo contacto!

Travis retrocedió, con las manos arriba y gesto inocente. Unas chicas lo siguieron, soltando risitas y pasándose los dedos por el pelo para llamar su atención. Él les abrió la puerta y ellas casi chillaron de placer.

America se echó a reír.

—Oh, no. Estás en apuros, Abby.

—¿Qué te ha dicho? —pregunté, desconfiada.

—Quiere que la lleves a casa, ¿verdad? —dijo Shepley.

America asintió y él negó con la cabeza.

—Eres una chica inteligente, Abby. Ahora bien, si caes en su puto juego y acabas cabreándote con él, no la pagues conmigo o con America, ¿vale?

Sonreí.

—A mí no me pasará, Shep. ¿Acaso me has tomado por uno de esos clones de Barbie?

—No, a ella no le va a pasar —le aseguró America, tocándole el brazo.

—No sería la primera vez, Mare. ¿Sabes cuántas veces me ha jodido las cosas por acostarse con la mejor amiga de alguien? De pronto salir conmigo es un conflicto de intereses, ¡porque sería confraternizar con el enemigo! Te lo advierto, Abby —dijo mirándome—, no le pidas a Mare que deje de verme porque te creas las gilipolleces de Trav. Date por avisada.

—No hacía falta, pero te lo agradezco —dije.

Intenté tranquilizarlo con una sonrisa, pero su pesimismo era el resultado de años de decepciones causadas por las jugarretas de Travis.

America me saludó con la mano y se fue con Shepley, mientras yo me encaminaba a la clase de la tarde. Entrecerré los ojos ante el resplandor del sol y agarré las correas de mi mochila. Eastern era exactamente lo que yo esperaba; desde las aulas más pequeñas hasta las caras desconocidas. Para mí era un nuevo comienzo; finalmente podía ir caminando a algún sitio sin tener que aguantar los susurros de quienes lo sabían todo, o creían saberlo, sobre mi pasado. Era igual que los demás estudiantes de primero que se iban a clase con los ojos bien abiertos y ansiosos por aprender; nada de miradas, rumores, lástima o reprobación. Solo la impresión que yo quería causar: Abby Abernathy, seria y vestida de cachemira.

Dejé la mochila en el suelo y me derrumbé en la silla antes de agacharme para sacar mi portátil del bolso. Cuando me incorporé para dejarlo en la mesa, Travis se sentó a la mesa de al lado.

—Bien. Puedes tomar apuntes por mí —dijo.

Mordió el boli que llevaba en la boca y lució su mejor sonrisa.

Lo miré con desprecio.

—Ni siquiera estás en esta clase.

—Cómo que no. Suelo sentarme allí, al fondo —dijo, y señaló con la cabeza la fila de arriba. Un pequeño grupo de chicas me miraba fijamente y vi una silla vacía en medio.

—No voy a tomar apuntes por ti —aclaré mientras encendía el portátil.

Travis se inclinó de tal manera que podía sentir su aliento sobre mi mejilla.

—Lo siento... ¿He dicho algo que te ofenda? —Suspiré y negué con la cabeza—. Entonces, ¿qué problema tienes?

Mantuve la voz baja.

—No voy a acostarme contigo. Deberías dejarlo ya.

Una sonrisa cruzó lentamente su cara antes de hablar.

—No te he pedido que te acostaras conmigo. —Se quedó pensando, mirando fijamente al techo—. ¿Verdad?

—No soy un clon de Barbie o una de tus groupies de allí —le dije mientras echaba un vistazo a las chicas de atrás—. No me impresionas con tus tatuajes, tus encantos o tu indiferencia estudiada. ¿Por qué no dejas ya tus numeritos?

—De acuerdo, Paloma. —Era totalmente inmune a mis cortes—. ¿Por qué no te vienes con America esta noche?

Me reí de su petición, pero él se acercó más.

—No intento pillar cacho contigo, solo quiero pasar el rato.

—¿Pillar cacho? ¿Cómo consigues acostarte con alguien si le hablas de esta manera?

Travis se echó a reír, sacudiendo la cabeza.

—Ven y ya está. Ni siquiera flirtearé contigo, te lo prometo.

—Me lo pensaré.

El profesor Chaney entró pausadamente, y Travis volvió la mirada al frente del aula. Una sonrisa esbozada, que permanecía en su rostro, le marcaba un hoyuelo en la mejilla. Cuanto más sonreía, más ganas tenía de odiarlo y, aun así, eso era precisamente lo que me hacía imposible odiarlo.

—¿Alguien sabe decirme qué presidente tenía una mujer bizca que padecía de feítis aguda? —preguntó Chaney.

—Asegúrate de tenerlo apuntado —susurró Travis—, me hará falta para las entrevistas de trabajo.

—¡Shhh! —dije mientras tecleaba cada palabra de Chaney.

Travis sonreía, relajado en su silla. Durante el tiempo que duró la clase, bostezaba o se apoyaba en mi brazo para mirar la pantalla. Traté de ignorarlo con todas mis fuerzas, pero su proximidad y los músculos abultados de su brazo me lo ponían difícil. Después, se puso a juguetear con la pulsera de cuero negro de su muñeca hasta que Chaney nos dejó marchar. Salí corriendo por la puerta y atravesé el pasillo. Justo cuando ya me sentía a una distancia segura, Travis Maddox apareció a mi lado.

—¿Te lo has pensado? —preguntó mientras se colocaba las gafas de sol.

Una chica morena se plantó delante de nosotros, con los ojos como platos y llenos de esperanza.

—Hola, Travis —canturreó, mientras jugaba con su pelo.

Me detuve, intentando esquivar su voz melosa, y se fue andando después de rodearla. Ya la había visto antes, hablando de manera normal en las zonas compartidas de los dormitorios de las chicas: Morgan Hall. Su tono de voz entonces parecía mucho más maduro y me pregunté por qué creería que a Travis le parecería atractiva esa vocecita de niña. Balbuceó en una octava un poco más alta, hasta que él volvió a ponerse a mi lado.

Después de sacar un mechero del bolsillo, se encendió un cigarrillo y soltó una espesa nube de humo.

—¿Por dónde iba? Ah, sí..., estabas pensando.

Hice una mueca.

—¿De qué estás hablando?

—¿Has decidido si vas a venir?

—Si digo que sí, ¿dejarás de seguirme?

Consideró mi condición y después asintió.

—Sí.

—Entonces iré.

—¿Cuándo?

Solté un suspiro.

—Esta noche. Iré esta noche.

Travis sonrió y se detuvo en seco.

—Genial, nos vemos luego, Palomita.

Doblé la esquina y me encontré a America de pie con Finch, fuera de nuestro dormitorio. Los tres habíamos acabado en la misma mesa en la sesión de orientación para los estudiantes de primer año, y sabía que sería la tercera rueda de nuestra bien engrasada máquina. No era excesivamente alto, pero aun así superaba mi metro sesenta y pico. Tenía unos ojos redondos que compensaban sus rasgos finos, y normalmente llevaba el pelo decolorado peinado con una cresta hacia delante.

—¿Travis Maddox? Por Dios, Abby, ¿desde cuándo te aventuras por aguas tan peligrosas? —dijo Finch con mirada de desaprobación.

America se sacó el chicle de la boca formando un largo hilo.

—Si intentas ahuyentarlo solo vas a empeorar las cosas. No está acostumbrado a eso.

—¿Y qué me sugieres que haga? ¿Acostarme con él?

America se encogió de hombros.

—Ahorraría tiempo.

—Le he dicho que iría a su casa esta noche

Finch y America intercambiaron miradas.

—¿Qué?

—Me prometió que dejaría de darme la lata si decía que sí. Tú estarás en su casa esta noche, ¿no?

—Pues sí —dijo America—. ¿De verdad vas a venir?

Sonreí, y los dejé para entrar en los dormitorios, preguntándome si Travis haría honor a su promesa de no flirtear conmigo. No era difícil calarlo; o bien me veía como un reto o como lo suficientemente poco atractiva como para ser una buena amiga. No estaba segura de qué opción me molestaba más.

Cuatro horas después, America llamó a mi puerta para llevarme a casa de Shepley y Travis. Cuando salí al pasillo, no se contuvo.

—¡Puf, Abby! ¡Pareces una sin techo!

—Bien —dije, sonriendo por mi conjunto.

Llevaba el pelo recogido en la parte superior de la cabeza en un moño descuidado. Me había quitado el maquillaje y me había cambiado las lentillas por gafas de montura negra rectangular. Llevaba una camiseta raída y pantalones de chándal, y andaba con un par de chanclas. Unas horas antes se me había ocurrido que lo mejor, en cualquier caso, era ir lo menos atractiva posible. Si todo iba según lo previsto, las ansias de Travis se calmarían al instante y dejaría a un lado su ridícula persistencia. Si buscaba ser mi colega, seguiría siendo demasiado joven para dejarse ver conmigo.

America bajó la ventanilla y escupió el chicle.

—Está tan claro lo que haces... ¿Por qué no te revuelcas directamente en mierda de perro para completar tu vestimenta?

—No intento impresionar a nadie —dije.

—Obviamente.

Nos detuvimos en el aparcamiento del complejo de apartamentos de Shepley, y seguí a America hasta las escalera. Shepley abrió la puerta y se rio cuando entré.

—¿Qué te ha pasado?

—Intenta estar poco impresionante —dijo America.

America siguió a Shepley a su habitación. La puerta se cerró y me quedé sola; me sentía fuera de lugar. Me acomodé en el sillón reclinable que estaba más cerca de la puerta y me quité las chanclas.

Estéticamente, su apartamento era más agradable que el típico piso de solteros. En las paredes estaban colgados los predecibles pósteres de mujeres medio desnudas y letreros de calles robados, pero estaba limpio, los muebles eran nuevos y no olía ni a cerveza putrefacta ni a ropa sucia.

—Ya iba siendo hora de que aparecieras —dijo Travis, mientras se dejaba caer en el sofá.

Sonreí, me subí las gafas sobre la nariz y esperé a que él se burlara de mi aspecto.

—America tenía que acabar un trabajo.

—Hablando de trabajos, ¿has empezado ya el de Historia? —Mi pelo enmarañado ni siquiera le hizo pestañear, y fruncí el ceño por su reacción.

—¿Tú sí?

—Lo he acabado esta tarde.

—No hay que entregarlo hasta el miércoles que viene —dije, sorprendida.

—Pues yo acabo de rematarlo. ¿Qué dificultad hay en un ensayo de dos páginas sobre Grant?

—Supongo que yo lo dejo todo para el último momento —admití, encogiéndome de hombros. Probablemente no lo empiece hasta el fin de semana.

—Bueno, si necesitas ayuda, no tienes más que decírmelo.

Esperé a que se riera o diera alguna señal de que estaba bromeando, pero lo decía con sinceridad.

Levanté una ceja.

—¿Tú vas a ayudarme con ese artículo?

—Tengo un sobresaliente en esa asignatura —dijo él, un poco ofendido por mi incredulidad.

—Tiene sobresalientes en todas sus asignaturas. Es un puñetero genio. Lo odio —dijo Shepley, mientras conducía a America al salón de la mano.

Observé a Travis con una expresión de duda y levantó las cejas.

—¿Qué? ¿Acaso crees que un tío cubierto de tatuajes y que pega puñetazos para ganarse la vida no puede sacar buenas notas? No estoy en la universidad porque no tenga nada mejor que hacer.

—Entonces, ¿por qué tienes que pelear? ¿Por qué no intentaste pedir una beca? —pregunté.

—Lo hice, y me concedieron la mitad de la matrícula, pero hay libros, gastos diarios y tengo que pagar la otra mitad en algún momento. Lo digo en serio, Paloma. Si necesitas ayuda con algo, no tienes más que pedírmelo.

—No necesito que me ayudes. Sé escribir un ensayo.

Quería dejarlo así. Debería haberlo hecho, pero aquella nueva faceta suya que se había revelado me picaba la curiosidad.

—¿Y no puedes encontrar otro modo de ganarte la vida? Menos, no sé, ¿sádico?

Travis se encogió de hombros.

—Es una forma fácil

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