La Sagrada Familia
Nada la tranquiliza tanto como limpiar su arma. Cualquier otro tendría que comprobar la recámara para asegurarse de que está vacía. Ella no. Ella conoce al gramo el peso del cargador que se desliza en su mano. Sabe que no hay ningún cartucho en el cañón de la Browning High-Power igual que sabe que tiene los ojos verdes. Y a veces negros.
En cuatro segundos ha presionado la palanca de desmontaje, ha desatrancado la corredera y la ha extraído; el muelle y el cañón han salido como la seda. Trabajo belga de calidad.
Cuántas veces lo ha agradecido.
La primera vez que mató fue con veintidós años, cuando un traficante de drogas quiso quitarle la vida y no tuvo en cuenta que para eso hacen falta dos.
Un año después, en la entrega del dinero de un rescate, estaba preparada para el momento en que abrirían la bolsa con los recortes de periódico, pero no para el revólver de dos pulgadas que llevaba el secuestrador del niño en una funda sujeta a la pantorrilla. Los meses siguientes solo pudo dormir con la luz encendida.
Y esa no fue la última.
Se acordará toda la vida de cada una de ellas.
En Moscú se encontró con un asesino a sueldo que quería darle recuerdos de parte de Ilia Ivánovich Nikulin. El hombre jugó al ratón y al gato con ella en el aparcamiento subterráneo del hotel Aralsk, hasta que el gato fue ella, y él, el ratón al que ella hizo gimotear. El disparo que le descerrajó en el abdomen no le importó, pero todavía hoy siente la mirada que le clavó la joven empleada del hotel a quien una bala perdida de su Browning le dio en el corazón; todavía ve los ojos de esa chica cuya mano sostuvo hasta el final.
Pincela cuidadosamente el cañón y el seguro con aceite para armas sobre el lavamanos del lujoso cuarto de baño y recuerda que solo en una ocasión dejó de limpiar su pistola.
Nápoles. La callejuela junto a la basílica de Santa Chiara donde los esperaba el capo del clan Mazzarella, con quien habían negociado la compra simulada de diez millones de euros en billetes falsos. Cuando un «puttana» escupido de mala manera le desveló que los habían descubierto, lo rápido que pudiera correr ya no tuvo ninguna importancia.
Apretó el gatillo, pero la bala no salió.
El día anterior, Niko y ella habían tenido que regresar a Berlín en avión para unas pocas horas. El secretario del Interior exigía que le informaran en persona sobre el curso de la operación; un hombre tortuga que jamás entendería la diferencia entre un apunte de acta y un Magnum calibre .357. Ella se desfogó en la galería de tiro después de la reunión —trescientos cincuenta cartuchos—, y tuvo que ir a toda prisa al aeropuerto para regresar a Nápoles y llegar a tiempo a su cita con el capo. La Browning se le encasquilló a causa de la condensación, los gases de combustión y los restos de pólvora.
Una lección que aprendió de por vida.
Al encontrarse con el cañón de una Luger en lo alto de la nariz, le extrañó constatar que no sentía miedo. En lo único que pensó fue en que el hueco que tenía el capo entre los dientes y que le enseñaba como un lobo sería lo último que vería antes de morir.
Sin embargo, el hombre cayó a sus pies sin emitir un solo sonido.
Niko.
Un tiro en la cabeza con su Colt, desde cien metros.
Algo así no se aprende.
Frota todas las piezas del arma con un cepillo de dientes infantil. Tiene cuidado de no dejarse ninguna ranura; contempla satisfecha cómo el aceite se vuelve de un negro profundo. Solo entonces está bien. Introduce el cepillo de dientes en el cañón y lo limpia por dentro. Es consciente de lo mucho que le gusta notar en sus manos el acero, que es indestructible y a la vez suave y cálido.
Así le sucede desde que su padre la llevó por primera vez con él a la vieja cantera, cuando tenía doce años. Él le enseñó todo lo que un policía puede transmitirle a su hija sobre cómo se dispara.
Le regaló su primera arma por su decimoctavo cumpleaños. Una Starfire de nueve milímetros, usada pero bien conservada, que pesaba solo cuatrocientos gramos y se ajustaba a su mano. Le encantaba esa pistola, una pequeña belleza.
Ahora restriega el acero y lo olfatea.
Le gusta ese olor. Almendrado. Dulce. Puro.
Cuatro segundos para volver a montar la Browning.
El chasquido intenso que hace la corredera al encajar es el mejor betabloqueador del mundo.
Pero no hoy.
Jenny Aaron sale al dormitorio de la suite. Niko Kvist está tumbado en la cama, estudiando el dosier por tercera vez. A Aaron no le hace falta. Su memoria es un software de alto rendimiento; solo necesitó cinco minutos para grabarlo todo.
En febrero de 1912, Marc Chagall pintó en París Los soñadores: dos amantes estrechamente abrazados sobre una cuerda floja a una altura vertiginosa entre las torres de Notre Dame. Le gustó tanto el cuadro que decidió quedárselo. Poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando regresó a su ciudad natal en Rusia, se lo regaló a Bella, su musa y más adelante esposa.
A principios de la década de 1920, la pareja se lo llevó consigo a Berlín, donde, colgado en su dormitorio, Bella lo contemplaba extasiada. Hasta que un día Chagall le confesó que había tenido una aventura, y Bella le vendió Los soñadores a un galerista judío para castigar a su marido.
Cuatro años después de su ascenso al poder, los nazis ordenaron confiscar todas las obras de Chagall que llegaran a sus manos y, junto a otras, las expusieron al escarnio en la Casa del Arte de Múnich por considerarlas «degeneradas». Los cuadros debían malvenderse en Lucerna al finalizar la exposición, pero el vigilante nocturno del museo, que estaba solo desde la temprana muerte de su mujer, se había enamorado de Los soñadores y había pasado muchas horas contemplándolo. No era un hombre valiente. Aun así, la idea de no volver a ver ese cuadro le resultó tan insoportable que lo hizo desaparecer antes del traslado y consiguió engañar a todo el mundo. Hasta el final de la guerra lo tuvo escondido en su desván. Después lo colgó en el salón, frente a uno de esos muebles de comedor de estilo barroco de andar por casa.
Cuando murió, a una edad avanzada, sus hijos hicieron tasar el cuadro. Evidentemente no podían quedarse con Los soñadores, que por derecho pertenecía a la adinerada nieta del galerista que se lo había comprado a Bella Chagall. La mujer sabía lo que había significado ese cuadro para su abuelo y quiso honrar su memoria, por lo que acabó cediéndolo a la Galería Nacional de Berlín en préstamo permanente.
De allí lo robaron. Lo cortaron del marco en pleno día. A sangre fría. Con precisión. Sin dejar rastro.
Dos años: nada.
A principios de noviembre, Niko recibió el chivatazo de un informador: un tipo llamado Egger tenía el Chagall. Niko tardó tres semanas en establecer contacto con él en Brujas.
Su tapadera: un banquero de inversión, loco por el arte.
Egger quería tres millones de libras esterlinas. En Barcelona.
Por eso están aquí. Dos agentes encubiertos con una bolsa llena de dinero.
La tapadera de Aaron: la experta que debe examinar el cuadro.
Niko se levanta. La rodea con un brazo y le acaricia la mejilla con cariño. Huele bien. Hace un año que están juntos. En el Departamento nadie debe saberlo; si no, les prohibirían trabajar en equipo. Se les dan bien los secretos, pero tienen muy poco tiempo para ellos dos. Este año Niko ha estado tres veces en misiones que no le permitían regresar a Berlín. Aaron, dos. Varsovia y Helsinki. En sus catorce días de vacaciones en Marrakech apenas salieron del pequeño riad de Yamaa el Fna. Fueron dos soñadores en el sofocante calor de los días y en el frío de las noches. El gélido viento del Atlas se colaba por las callejuelas, pero a ellos les era tan indiferente como la comida y la bebida.
Después de Nápoles, Barcelona es su segunda misión conjunta. Aunque la otra vez, en Nápoles, todavía se rondaban el uno al otro como dos gatos que deben compartir un cuenco de leche. Ahora Aaron ya lo sabe: acostarse en vacaciones o antes de una operación con el hombre al que ama no supone ninguna diferencia. ¿Por qué está tan tensa? No lo entiende. Barcelona es rutina, se ha encargado de misiones más complicadas. Y aun así, anoche no consiguió dormir. La invadió un temblor extraño mientras Niko, a su lado, respiraba como un niño.
En su soledad, buscó el número que se escondía tras ese estremecimiento.
A cada número del uno al diez le ha asignado una sensación. El uno representa el deseo; el dos significa gratitud; el cuatro es el control perfecto; el cinco habla de desprecio; el seis, de compasión; el siete, no poder esperar algo; el ocho implica orgullo; el nueve es ser casi feliz. El diez es la adrenalina.
En el número tres intenta no pensar nunca.
Ha llegado el momento.
Deja la Browning en la caja fuerte de la habitación junto al Colt de Niko. Adonde van no pueden llevar ningún arma.
La puerta del ascensor se cierra. Tres plantas hacia abajo. Aaron deja caer todo su peso a un lado y luego al otro, estira el cuello, une los omóplatos, los mueve en círculo, hace girar los brazos, extiende los dedos de los pies dentro de las bailarinas, se relaja para conseguir tensión corporal.
Sin ser consciente de ello, se toca la cicatriz de la clavícula izquierda. No es la única que tiene, pero sí la principal.
—Conozco un restaurante genial en el parque Güell. ¿Qué te parece si nos quedamos un día más y mañana nos damos un homenaje? —propone Niko.
—En otra ocasión. —Ni loca se quedaría aquí más tiempo.
En el vestíbulo hay un niño sentado al lado de su madre. Tiene un rostro antiguo, ojos como piedras en las que se seca la sal marina. Está leyendo un cómic. Daredevil, el vengador ciego. Aaron siente los ojos del chico en la espalda. Se vuelve para mirarlo. La madre se ha levantado y quiere arrastrarlo hacia el ascensor, pero él no se mueve, sigue sentado, mirando a Aaron fijamente.
El compañero de la unidad especial de los Mossos d’Esquadra que finge ser su chófer les abre la puerta del Daimler. Jordi. Los otros dos, Rubén y Josué, hacen de guardaespaldas y los siguen en un segundo coche.
Esos chicos son su seguro de vida.
Jordi conduce deprisa. Moles rectangulares de hormigón armado de los años setenta plantificadas en las calles. A Aaron le gusta todo lo que es geométrico.
Barcelona respira las últimas luces. El cielo camina sobre las brasas encendidas de unas nubes de carbón.
Un diez alto. La adrenalina se estrella contra los ventrículos de su corazón. La conoce de cuatro tipos. La adrenalina de justo antes del contacto: ¿me espera un apretón de manos o una bala? La adrenalina de saber que la muerte está cerca. La adrenalina de cuando te hieren. La adrenalina de cuando te das cuenta del error.
Porque siempre hay un error.
—Mira —dice Niko.
Ella sabe que verá la Sagrada Familia, el templo de la locura de Gaudí, triunfo de la fe, ruina del catolicismo, monumento a la mayor victoria y al fracaso más terrible, sobrecogedora, espléndida pero al mismo tiempo perturbadoramente carente de toda clase de orden, desmesurada, terrorífica.
Vuelve la cabeza y mira por la ventanilla.
Pero allí no hay nada. En absoluto.
La catedral ha sido tragada por un agujero negro, un abismo por el que la luz se precipita, que se expande como el universo y succiona a Jordi, a Niko y a Aaron como si fueran asteroides al borde de una galaxia.
Presa del pánico, intenta alcanzar a Niko, pero su mano ha quedado segada de su cuerpo y no le obedece.
Aaron cierra los ojos y vuelve a abrirlos.
Están en el cruce de la calle Mallorca. Las farolas centellean. Un grupo de taxistas ríe en una parada. Unos amantes se encuentran delante de un cine. Un perro tira de su correa. Un niño llora.
—Dime un número del uno al diez —susurra Aaron.
La mirada de Niko es de asombro, burlona.
—Por favor.
—El tres.
Ellos son tres y esperan ya delante del almacén del puerto. Un Audi negro. Aaron enseguida se fija en que lo han optimizado.
Egger es grande, delgado, ágil a pesar de los cuarenta y cinco años que le calcula. Zapato clásico de cordones. Lleva un traje cortado a medida, el nudo de la corbata es afilado. Del ojal le sobresale una camelia blanca. La mano que le tiende lleva hecha la manicura; es fría, lisa. Desprende la serenidad de un hombre que lee a Dostoievski en su idioma original, pero tiene los músculos del cuello trabajados y están tensos como cables de acero, incluso al inclinar la cabeza ligeramente y decirle a Aaron con una voz suave y sonora:
—Por usted habría esperado todavía dos minutos más.
Es arrogante. Tal vez porque pocas veces se encuentra con personas cuya inteligencia pueda medirse con la suya. Aaron no duda que el hombre sabe lo valioso que es el cuadro. Seguro que no conoce solo el valor de mercado. No, también su valor real, la verdad, clarividencia y profundidad que permitieron a Chagall pintar Los soñadores en un solo día, la fuerza que también ella sintió al contemplar una reproducción.
Qué bello debe de ser el original…
De repente se pregunta por qué no se lo queda Egger, por qué quiere deshacerse de él a cambio de calderilla.
No parece tener intención de presentarles a la mujer ni al hombre unos diez años más joven que lo acompañan. La mujer es atractiva y segura de sí misma. Muestra un notable sentido del equilibrio al pasearse alrededor del coche con unos tacones de aguja de doce centímetros. Si llevara en la mano un vaso de agua lleno hasta el borde, no derramaría ni una sola gota.
Los ojos del joven son como fichas de plástico negro, planos y sin vida. De no ser por la colilla que le cuelga perezosa en la comisura de la boca, podría pensarse que no tiene labios. La nariz se la rompieron y le hicieron una chapuza al arreglársela. En el dorso de la mano derecha se le ve una mancha, de nacimiento.
Sin embargo, el parecido con Egger no puede pasarse por alto.
«Hermanos. Qué raro».
Ambos llevan fundas de pistola; eso Egger no puede ocultarlo ni con su traje cruzado de Savile Row. Aaron se apuesta lo que sea a que Ojos de Ficha está muy orgulloso de su Glock 33. A Egger seguro que no le hace falta algo así. No es de los que fanfarronea con el armamento. Además, tiene estilo; un arma con empuñadura de plástico no encajaría con él. Más bien una Remington 1911, o una Beretta Target.
Las fundas están vacías, también de eso se da cuenta Aaron a primera vista.
«Una medida para generar confianza».
—¿Dónde está el cuadro? —pregunta Niko.
—¿Dónde está el dinero?
Niko le hace una señal con la cabeza a Jordi, y este abre la gran bolsa que hay en el asiento del copiloto del Daimler. En Berlín se sopesó la idea de utilizar billetes falsos, pero dado que la detención no se produciría hasta que tuvieran el cuadro en su poder y era probable que no acudieran con él al lugar del intercambio, habían decidido llevar billetes usados reales.
La mirada de Egger se desliza sobre ellos con tanta displicencia que casi raya en la burla. Eleva el pómulo un milímetro; una especie de sonrisa.
—Solo usted, las mujeres y yo. Sus hombres se quedan aquí con él. —El hermano—. Considérelo como una prenda.
Niko se lo piensa un momento.
—De acuerdo.
Siguen a Egger y a la mujer al almacén.
Y Aaron lo sabe: «Este ha sido el primer error».
Ella quería ir armada, llevar una funda bajo los pantalones anchos, pero la decisión la tomaba Niko, que era quien conocía a Egger. «Ni siquiera se fiaría de una chica tan guapa como tú, nos cacheará a los dos», había dicho.
«No lo ha hecho. ¿Por qué?».
Vuelve la mirada hacia atrás por encima del hombro. Los catalanes niegan con la cabeza cuando Ojos de Ficha les ofrece un paquete de cigarrillos. Los chicos son buenos, de eso Aaron ya se convenció en un entrenamiento de tiro. Al terminar, Rubén los invitó a todos a cenar en su casa. Niños que saltaban por encima de los muebles, risas, comida casera, un licor de Andorra que les hizo llorar.
Después ella salió a fumar a la terraza. Los árboles negociaban con la brisa y, a través del follaje, las ventanas destellaban como en un calendario de Adviento. ¿Qué sorpresa guardaría para Aaron el 3 de diciembre? Música de fiesta, bueno… Pero ella estaba muy lejos de allí. Jordi se le acercó y le gorroneó un cigarrillo. Fumaron como dos personas conscientes de que no en todas las ventanitas se encuentra una chocolatina.
«Hace demasiado que estoy en esto. Ya no duermo. En enero me darán un despacho», había dicho Jordi.
La puerta del almacén se cierra detrás de Aaron. Un cargamento de café. Los olores son tan intensos que por un momento la dejan sin aire. Diente de león, azúcar caramelizado, tabaco de pipa húmedo, madera recién cortada.
Sobre un saco de café, un estuche. El cuadro.
—¿Puedo? —pregunta Aaron.
La mujer le alcanza el estuche.
Tiene un oído extraordinario. Una vez, en la galería de tiro, a Pavlik se le cayeron al suelo varios cartuchos del mostrador de armas.
Aaron lo supo sin mirar: cinco.
Ahora, al oír fuera tres ruidos secos y amortiguados, sabe que en el estuche no hay ningún cuadro.
Que Jordi nunca empezará su trabajo de despacho.
Como por arte de magia, el hombre que se hace llamar Egger tiene una Remington en la mano. Aaron se lanza sobre los sacos, siente la corriente de aire de las balas, rueda hacia un lado, se levanta en el mismo movimiento, ve que Niko se derrumba, corre en zigzag hacia la nave trasera mientras unas tenazas ardientes le muerden el brazo y ella no piensa nada más que «¡Niko! ¡Niko! ¡Niko!».
Dos puertas, una ruleta. Lo apuesta todo al rojo, abre de golpe la puerta de la derecha y se encuentra con un pasillo completamente a oscuras. Avanza a tientas, tropezando, hasta darse contra una pared. La puerta equivocada, un callejón sin salida. Aaron se esconde en un hueco. Algo caliente le corre por el brazo, pero no siente dolor. Encienden la luz. Su corazón, como si fuera una maquinaria, bombea un miedo vertiginoso por su torrente sanguíneo. Pasos ligeros. La mujer se ha quitado los tacones y va descalza.
Cinco metros todavía. Aaron ve el interruptor de la luz en la pared de enfrente. Demasiado lejos. Le da vueltas a sus ideas como si fueran una moneda, busca una alternativa.
No la hay.
Cuatro aún.
Tres.
Aaron sale del hueco a toda velocidad. La mujer dispara con la mano derecha, la bala le pasa rozando. El puño de Aaron se estrella contra el interruptor. Oscuridad. Se deja caer, dos tiros se pierden en el vacío. Su tijera de piernas atrapa a la mujer por los pies. Le clava los dedos índice y corazón rígidos en el plexo solar, y la mujer intenta tomar aire con un resuello. Aaron se da cuenta de que está doblando hacia ella el brazo del arma, así que le agarra la cabeza de medio lado, la hace girar con todas sus fuerzas y oye cómo se le parte la nuca.
Alcanza la pistola, palpa una Walther, saca el cargador. Vacío. La maquinaria de su corazón le inyecta desesperación en las venas, pero es posible que quede una bala en el cañón.
«Por favor, por favor, por favor».
Tiembla demasiado, no es capaz de discernir ningún peso y no se atreve a deslizar la corredera para comprobarlo. Haría mucho ruido.
El pulso le va demasiado deprisa. Tiene que bajar hasta sesenta o setenta pulsaciones y está a más de doscientas. En esas condiciones ni siquiera podría apretar el gatillo.
Aaron se obliga a respirar más despacio con el diafragma, amplía el volumen pulmonar, suministra oxígeno limpio a sus músculos y se concede treinta segundos para controlar el pulso. ¿Serán suficientes?
Se pone de pie en la oscuridad. Respira hondo una última vez y suelta el aire. Media inspiración, media espiración. Su mano derecha busca el interruptor.
«Ahora».
Enciende la luz. Ojos de Ficha, a cincuenta metros. El dedo de ella aprieta el gatillo. Jamás había oído un ruido tan hermoso como ese disparo. Le da en el cuello a Ojos de Ficha, que se vuelve a medias y se desploma. Sesenta pasos que resuenan. Ojos de Ficha mira al techo. No le ha tocado la arteria, pero no puede moverse. Está en shock. A su Glock 33 con silenciador le faltan tres cartuchos. Jordi, Rubén, Josué.
Regresa al almacén de un salto, se detiene, apunta con ambas manos, reduce la superficie corporal. Egger no está.
«¡Niko! ¡Niko! ¡Niko!».
Lo ve tumbado en posición fetal junto al estuche y con la camisa empapada de sangre. De entre los labios le sale una espuma rojiza. Su voz se oye tan poco como su respiración cuando duerme.
—Lárgate.
Aaron intenta levantarlo, noventa kilos de músculo, no lo consigue. Lo intenta otra vez. Lo intenta y lo intenta.
¿Dónde está Egger?
Niko la agarra de la mano. Tira de ella para acercarla hasta que tiene su oreja frente a la boca. Ella entiende las palabras, pero no las procesa.
—Tienes que irte —consigue resollar él.
Egger aparece en la nave por arte de magia, como si fuera un escenario. Aaron se abalanza hacia él. Ambos disparan al mismo tiempo. Cinco tiros que suenan como uno solo. El hombre se esfuma. Aaron no sabe si le ha dado. No. Oye cómo inserta un nuevo cargador.
La mirada de Niko. Una eternidad.
Echa a correr. La Remington martillea. Ella sujeta la Glock entre los dientes y se catapulta afuera con un doble flic-flac hacia atrás. Egger le ha dado otra vez en el brazo derecho. Pierde el equilibrio, se arrastra de espaldas, dispara por encima de su cabeza dos tiros que atraviesan la puerta y luego rueda para ponerse a cubierto.
Ve los tres cadáveres.
Aaron quiere impulsarse hacia arriba, pero ya no siente el cuerpo. Reza por que la reserva de emergencia salte y libere ese cinco por ciento extra que le queda aún a una persona cuando piensa: «Se acabó».
Dobla un meñique.
Conseguido.
Dos dedos.
Conseguido.
«¡Muévete!».
Se arrastra hacia el Daimler y cae tras el volante.
La llave se atasca.
El pesado coche se pone en marcha refunfuñando. Egger sale en tromba de la nave. Las balas destrozan el cristal de la ventanilla. Un proyectil abre un cortafuegos abrasador en la nuca de Aaron. El coche se incorpora a la circulación dando bandazos. Quinientos metros a todo gas. Vuela por la vía de acceso hacia la ronda de circunvalación. A la izquierda intuye rocas escarpadas, a la derecha ve las luces del puerto que pasan a toda velocidad, como fotones en un acelerador de partículas.
Es entonces cuando empieza a notar las heridas de bala. Su brazo derecho es como de hielo y la mano, en cambio, una bola de fuego. Le resbala sangre por la espalda.
Aaron mira por el retrovisor.
Y ve el Audi.
Pisa el acelerador a fondo y pone el vehículo a doscientos cincuenta. Aun así, Egger la alcanza. El coche de él pesa quinientos kilos menos y tiene el doble de caballos. Una furgoneta cambia de carril por delante de ella porque quiere adelantar a un camión. Aaron sale del carril de la izquierda al arcén. El espejo exterior se da contra una señal de tráfico, sale volando y desaparece girando en la oscuridad.
Egger va pegado a su parachoques. Se meten en el túnel de la plaza de Drassanes.
Doscientos sesenta.
Desesperada, cobra conciencia: «Reserva agotada».
El hombre coloca el Audi a la izquierda de Aaron sin dificultad.
Se miran.
Un instante que perdura más que el tiempo mismo.
Ante ella intuye una sombra, un coche. Su mirada se estremece sobre el carril, ya no hay arcén, no podrá esquivarlo, sabe que le queda solo un abrir y cerrar de ojos mientras levanta el arma con el brazo herido.
Tiene el dedo en el gatillo, pero Egger es más rápido.
Algo estalla en la cabeza de Aaron. Un rayo que parte el mundo por la mitad, como si fuera de papel. Lo ve todo a una cámara lenta exagerada y de un blanco cegador, como en una película grotescamente sobreexpuesta: el techo del coche, que gira hasta quedar debajo de ella; los billetes, que revolotean como hojas marchitas desde la bolsa del dinero; su rostro en el retrovisor; un paisaje amorfo, desiertos nevados, la nada eterna.
Después otra vez lo mismo, solo que a una velocidad multiplicada por mil. Un único torbellino, dolor, gritos.
Y de nuevo un rayo.
En cuestión de un nanosegundo el mundo ha desaparecido.
Aaron oye cómo el acero es devorado por el hormigón y por fin todo queda en silencio, callado, quedo. Lo último que recordará es esa peste a café, repugnante como la ceniza fría.
1
Con leche? —pregunta la azafata por segunda vez. —Solo. —Aaron alarga la mano y siente cómo le acercan la taza.
—Dentro de treinta minutos aterrizaremos en Berlín. Lleva toda la mañana nevando. Permanezcan sentados y con el cinturón abrochado, vamos a encontrar turbulencias —informa la voz del piloto.
Ella se obliga a beberse el café.
Desde que trabaja en Wiesbaden en la sede central de la BKA, la Oficina Federal de Investigación Criminal, Aaron ha tenido varias ocasiones para viajar de servicio a Berlín. Allí, en el distrito de Treptow, la BKA cuenta con una importante delegación en la que, entre otros, tienen sede el Grupo de Seguridad, el Centro de Lucha Antiterrorista y la Sección de Operaciones Especiales. Hasta ahora, sin embargo, siempre ha podido negarse.
Creció en Renania, pero a los veintitantos Berlín se convirtió en su hogar y, a pesar de que ya hace cinco años que no vive allí, de alguna forma lo ha seguido siendo hasta ahora. Es algo que siente de una forma muy clara con cada kilómetro que la aproxima a la ciudad. La impaciencia ocupa espacio en su interior, la alegría que anticipa la llegada, un cosquilleo. Está molesta porque esta vez, las veinticuatro horas que pasará allí, lleva el miedo como equipaje para su regreso.
Cinco años ya. Aaron ni siquiera se encargó de vaciar su apartamento de Schöneberg; su padre lo hizo por ella.
En Berlín no dejó más que a un puñado de personas a quienes echa de menos. La vida que llevaba apenas le permitía tener amigos. En realidad solo estaban Pavlik y su mujer, Sandra. Cuando entró en el Departamento sin nombre a los veinticinco años, él enseguida se hizo cargo de ella.
La única mujer entre cuarenta hombres.
Por Pavlik se enteró de que todos, daba igual cuánto tiempo llevaran dedicándose a aquello, conocían noches en las que les llegaba el temblor.
Para Aaron eso supuso un gran alivio: tener quien la abrazara, pero también poder consolar ella a otros.
Sin embargo, en los años que han pasado desde lo de Barcelona ya no ha tenido más relación con Pavlik. Los primeros meses se llamaron por teléfono. Pavlik intentaba hacer como si en España no hubiese ocurrido nada grave; se refugiaba en el desenfado porque era la única forma en que sabía gestionarlo. Aaron no encontraba palabras para intentar expresar lo que había significado para ella; aún seguía sin tenerlas. En algún momento ya solo se oyeron respirar el uno al otro a través del auricular y, al final, dejaron de llamarse.
«¿Reconoceré su voz?».
—Empezamos ahora el vuelo de aproximación a Berlín-Schönefeld. Por favor, recojan la mesita y pongan el respaldo en posición vertical.
—¡Estupendo!
Cuando el vecino de asiento de Aaron le lanza furioso la taza de café, ella comprende que debe de habérsela dejado medio llena sobre la mesita y acaba de volcarla en los pantalones del hombre.
—¿Está usted ciega? —grita, furioso.
—Sí.
La azafata de tierra acompaña a Aaron a la terminal.
—¿Seguro que vendrán a buscarla a Llegadas? —pregunta, y la deja sola.
Por cómo espera allí de pie, con la mirada tranquila y la maletita a su lado, podría ser una mujer de treinta y tantos normal y corriente, alta, atractiva. Tampoco deja entrever de ninguna manera que está temblando por dentro porque sabe quién irá a recogerla. Muy al principio se ponía una venda de lunares, pero ocurría que estaba ensimismada y sin ningún propósito concreto en una acera, o en unos grandes almacenes, y de repente un voluntario demasiado solícito la agarraba del brazo sin decirle nada y tiraba de ella porque pensaba que quería cruzar la calle o subir por la escalera mecánica. Si ella protestaba, podía ocurrir que ese alguien, agobiado a más no poder, la soltara en cualquier lugar para desaparecer ipso facto. Y entonces ella ya no sabía dónde estaba.
Aaron da un golpecito en su reloj de pulsera. La voz robótica informa: «Seis de enero. Miércoles. Ocho horas, catorce minutos, diecisiete segundos».
«A lo mejor se han confundido de vuelo. ¿Y entonces? ¿Un taxi?».
El horror. Hay que colocarse donde podría estar el primer taxi, oír cómo se cargan maletas y se dan direcciones, siguiente coche, golpe de puerta, el taxi que arranca, y ella que se queda ahí plantada como una testigo de Jehová. Hacer una señal con la mano resultaría ridículo. Con algo de suerte, en algún momento un taxista gruñe: «Oiga, ¿por qué no sube?».
De repente Aaron sabe que Niko lleva todo el rato ahí y la está mirando.
«Heridas de bala en el bazo y un pulmón, sin orificio de salida. Pérdida de dos litros de sangre».
«Sobrevivió».
Por fin le toca el hombro.
—Hola.
La abraza como si se hubieran despedido ayer mismo.
Aaron percibe un olor a tintura de yodo. Se ha cortado al afeitarse. Ella no quiere, pero su mano izquierda sí, y se cuela bajo la cazadora de piel de él y roza la empuñadura del arma. Una Makárov Single Action.
Niko carga con la maleta y la guía hacia la salida. Antes, Aaron llevaba casi siempre zapato plano. Desde que está ciega, los tacos de acero de sus tacones altos son su sónar. Sobre pavimentos duros, como el de allí, pero solo en lugares silenciosos, en salas cerradas. En la terminal hay demasiado ruido. Aaron va a la deriva por una catedral de sonidos, murmullos, gritos, el parloteo de muchas voces, carros de equipajes que traquetean, móviles que suenan, alboroto de niños, un aviso ruidoso por megafonía en mal inglés, otro en alemán que se solapa con el primero y se pelea con él. Tiene que aferrarse al brazo de Niko.
Fuera, el frío se le abalanza a la cara. Los copos de nieve danzan sobre su piel. El paso ligero y desenfadado de Niko no puede engañarla, porque una vez ella fue un depredador igual que él.
Aaron hace chasquear los dedos varias veces con fuerza. Sabe que Niko se pregunta por qué, pero no se lo explica. Se está orientando. Cada cosa refleja la resonancia de una forma distinta, tiene una onda propia. Aun así, el telón de fondo sonoro es un problema, desde luego. Cuando pasa mucho tiempo recorriendo la ciudad, por la noche tiene dolor de cabeza y se siente como si le hubieran dado una paliza.
—Cuidado, una papelera —advierte él.
Ella lo sabe desde hace rato. También porque ha olido una peladura de plátano podrida y una hamburguesa pasada.
Aún mejor sería chascar la lengua, el sistema de ecolocalización con el que Aaron genera los sonidos junto a su oído, de manera que no acaban desviados ni dispersados por el suelo. Los ecos modelan su mundo, lo iluminan como un estroboscopio. A entre cinco y doscientos metros, puede distinguir el tamaño y la densidad de los objetos y obtener de ellos una imagen muy pixelada.
Como un murciélago o un delfín.
Al principio ni ella misma se lo creía. En la clínica de rehabilitación había una mujer que estaba ciega desde hacía tiempo y que iba todos los días para apoyar a los pacientes en esas primeras semanas de desesperación. Un día salió a pasear con Aaron por el parque de la clínica. Se quedó quieta, hizo chascar la lengua y dijo: «A la derecha hay seis árboles. Muy altos y frondosos. Hayas, castaños o robles. A la izquierda, dos, pero más pequeños, puede que plátanos». Aaron pensó que la mujer se estaba quedando con ella, pero un médico que pasaba por allí lo corroboró sin extrañarse en absoluto. «Solo que no son plátanos, sino abedules jóvenes».
La mujer volvió a chascar la lengua y tocó a Aaron. «Allí al fondo hay un edificio. Calculo que a unos cien metros. Y unos veinte metros por delante de nosotras tenemos un coche aparcado».
También acertó.
Aaron lo supo: «Tengo que aprender a hacer eso».
Los que no son ciegos de nacimiento rara vez consiguen llegar a dominar esta técnica, pero ella entrenó como una posesa, que es la manera en que lo hace todo.
Su primer éxito fue un callejón que había entre dos edificios de la clínica. Primero lo reconoció por la corriente de aire y luego llegó a oírlo también. Sus chasquidos rebotaron desde los muros de los edificios y zumbaron de un lado a otro al regresar hacia ella, y entonces el sonido estalló una segunda vez. Aaron exploró el callejón y se topó con el contenedor que había localizado allí. ¡Ja!
Pero en presencia de Niko se sentiría ridícula usando el sónar de clics. ¿Acaso quiere que la tome por Flipper?
Se detiene.
—Deja que me fume antes un pitillo.
Seguro que Niko no sospecha lo mucho que ha tardado en conseguir que la llama acierte en el cigarrillo con tanta naturalidad y a la vez ofrecer una imagen relajada.
—¿Qué tal te va en la BKA? —pregunta él.
—Bien. ¿Y a ti?
—Mucho papeleo.
«Claro. Por eso llevas una Makárov en la cadera. Existe un buen argumento para esa joya: la resistencia del gatillo es prácticamente nula».
Él no le quita los ojos de encima. Ella vuelve la cabeza en dirección contraria.
—Voy a por el coche —anuncia Niko.
—Vale.
Cuando está segura de que él ya no puede oírla, Aaron suelta un fuerte clic con los labios abiertos en forma de «o». Localiza una farola. ¿O dos? A la izquierda, una columna enorme. ¿Publicidad? ¿Ventilación? A la derecha hay un autobús con el motor en marcha, una clase de colegio alborotando, retazos de palabras en una lengua escandinava.
Lo que Niko llama «ver» tampoco es más que un eco, pero de luz. Por eso él ve la farola, la columna, el autobús, a los alumnos.
De modo que Aaron ya está en Berlín. ¿Cómo lo sabe? ¿Porque el piloto ha dicho: «Empezamos el vuelo de aproximación a Schönefeld»? ¿Porque alguien desde un coche que pasaba ha renegado con acento inconfundible: «Que te den por saco, hay que joderse con los aparcamientos…»? Wiesbaden son los pasillos silenciosos de la BKA, en los que al principio pensaba: «¿Estoy yo sola?». Salsa verde de Fráncfort en la cantina, risas infantiles en el parque de juegos de detrás de su casa, el traqueteo del funicular de Neroberg. De las ciudades a las que viaja le quedan las texturas de las manos que ha estrechado, las especias de la comida, la llamada de un muecín, el sonido diferente de las sirenas de la policía, una ráfaga de aire en una plaza gigantesca. Eso son para ella Londres, El Cairo, París. ¿Y Berlín? Un pelaje cálido que respira y se acurruca contra ella, un grito en plena noche, pero a veces también el haber sido casi feliz.
Quiere recordar el rostro de Niko. No lo consigue.
Él la toma del brazo. De pronto vuelve a estar ahí.
La circunvalación hacia el norte. Aaron se concentra en el sonido que hace el limpiaparabrisas al apartar la nieve. Intenta sincronizar los latidos de su corazón con ese intervalo constante, monótono.
«Te estoy agradecida por muchas cosas, pero sobre todo por el hecho de que en Barcelona nunca estuvieras tú solo junto a mi cama. No habría soportado el silencio entre nosotros. Jamás me dirigiste una sola palabra de reproche, pero yo siempre me avergonzaré, hasta lo más hondo, hasta mi última hora».
Ningún miembro del Departamento había dejado nunca a un compañero herido atrás.
Solo ella.
Y no hubo más que una persona con quien fue capaz de hablarlo.
Su padre había sido lo más importante desde que tenía memoria. «¿No les pasa lo mismo a todas las niñas?». Con el tiempo se convirtió en su maestro, luego en su consejero, en su confidente. Pasaron muchos años viéndose solo en contadas ocasiones. Con eso les bastaba. Eran muchas las cosas que los unían, pero sobre todo el hecho de saber cuánto dura una fracción de segundo.
Jörg Aaron. Piedra angular del grupo antiterrorista GSG 9. Día 18 de octubre de 1977, las 23.45, barracones del aeropuerto de Mogadiscio. El canciller Schmidt ha dado el OK para el asalto del Boeing 737 Landshut. El coronel Wegener se planta ante la tropa y pregunta: «¿Quién entra primero?».
Diez hombres dan un paso al frente.
Jörg Aaron da uno más.
Él es quien irrumpe por la salida de emergencia del ala derecha y abate a los dos primeros terroristas.
Quince años en primera línea. Después, comandante del GSG 9. Un hombre que se tutea con Isaac Rabin. Gran Cruz Federal al Mérito. Una leyenda.
Ella percibía las miradas en todas las instalaciones policiales: «O sea que esa es la hija de Jörg Aaron».
En el hospital, él fue el primero que le sostuvo la mano. Que la alimentó, la bañó y la estrechó entre sus brazos cuando lloraba. Él se ocupó de que la ventana de la tercera planta no volviera a abrirse.
—Eché a correr. Abandoné a Niko a su suerte.
—Tuviste miedo, es normal.
—¿Cómo voy a vivir con esto?
—No lo pienses más.
—Dímelo.
—Aprenderás a levantarte y acostarte otra vez. A comer, a beber, a respirar. Habrá muchos días, días buenos, en los que se te olvidará. Pero nunca te librarás de ello.
—¿Cómo tengo los ojos? —le preguntó a su padre, porque sabía que él le diría la verdad sin miramientos.
—Perfectos y preciosos.
La mejor frase de todos los tiempos.
Una semana después estaba en condiciones de prestar declaración. Dos agentes de Asuntos Internos se sentaron junto a su cama en Barcelona. Eran como todos ante los que había tenido que rendir cuentas a lo largo de esos años, contables en cuyos protocolos no existe la adrenalina, el miedo a morir ni el dolor.
Su padre insistió en estar presente. No se atrevieron a prohibírselo.
Era Jörg Aaron.
Le leyeron la declaración de Niko: «Había recibido una bala en el bazo y otra en el pulmón. Jenny no podía moverme. Se encontraba bajo fuego. Tomó la decisión correcta».
—Señora Aaron, ¿ratifica usted esa descripción?
La pregunta no era complicada y ella quería contestarla. Solo que no sabía cómo.
—¿Señora Aaron?
—Sí.
Cuántas veces le ha dado vueltas a ese «sí». En algún momento se convenció a sí misma de que pudo significar: «Sí, ¿podrían repetirme la pregunta, por favor?», en lugar de: «Sí, así fue». Pero su «sí» quedó en el expediente como afirmación.
—Se enfrentaron a tres adversarios. Usted ya había neutralizado a dos. ¿Es correcto?
—Sí. —Eso le habían dicho.
—Consiguió hacerse con un arma de fuego.
—Sí.
—Señora Aaron, pertenece usted al Departamento. La entrenaron en tiro de combate y en cuatro técnicas de lucha cuerpo a cuerpo, tiene una resistencia al estrés extraordinaria y se ha distinguido en situaciones extremas. ¿No pudo eliminar al tercer hombre?
Habría tenido que decir la verdad: que no lo recuerda. Sabe que vuelve a mirar hacia Jordi, Rubén y Josué antes de que la puerta de la nave se cierre. Lo siguiente que ve es que está tirada frente al almacén sin poder moverse. Que dobla un meñique. Que de algún modo consigue llegar al coche. Que el cristal de la ventanilla revienta. Que va a toda velocidad por la ronda y junto a ella, donde debería estar Niko, solo está el dinero.
Que ve el Audi por el espejo retrovisor y lo sabe: «Se acabó».
Una mirada, un disparo, se acabó.
—Desde el almacén hasta el túnel debió de tardar unos cuatro minutos, según nuestros cálculos. ¿Es correcto?
La voz de su padre fue como una uña sobre una pizarra.
—¿Cree usted que mi hija se detuvo a consultar un cronómetro?
—Se trata de lo siguiente, señora Aaron: habría tenido que solicitar la intervención del comando móvil y una ambulancia, en el coche a más tardar. ¿Por qué no lo hizo?
Cuatro minutos.
Pasaron a toda velocidad, como si fueran segundos. Y duraron siglos.
—¿Señora Aaron?
Su padre salió de nuevo en su defensa.
—Voy a decirles algo, payasos. Ninguno de ustedes ha conducido a doscientos por hora gravemente herido por una autopista cargada de tráfico con un asesino pisándole los talones. Por experiencia propia puedo asegurarles una cosa: en ese momento es difícil llamar por teléfono.
Le pidieron a Aaron que firmara.
Los hombres se marcharon. La mano de su padre se posó sobre la suya. Ella pudo sentir cómo le latía la sangre. Ninguno dijo nada.
Su padre la quería.
Le faltaba todavía medio año para jubilarse y dejó el servicio, que lo era todo para él. Pero no representaba ni la mitad de lo que representaba su hija. Le buscó una clínica de rehabilitación en Siegburg, cerca de Sankt Augustin, donde residía. Todas las mañanas le leía el periódico antes de trabajar con ella, y no le daba tregua cuando fracasaba en las cosas más sencillas. Practicó con su hija cómo salir a comprar, cómo reconocer por el peso del tenedor si había levantado un trozo de carne o una patata, la ayudó a aprender de nuevo a maquillarse. Constantemente la animaba: «¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Otra vez!».
Cuántas veces les advirtió su entrenador de movilidad: «Esperan demasiado, la perfección solo la alcanzan los ciegos de nacimiento».
Su padre siempre respondía: «¡Mi hija podrá!».
También le daba la lata con el manejo del odiado bastón, por desgracia con escaso éxito. Hasta la fecha, Aaron sigue dominándolo solo a medias, porque su resistencia a que la identifiquen como ciega de manera automática es demasiado grande.
Él hincó los codos para estudiar braille con ella y fue el conejillo de Indias a quien Aaron sirvió el primer bistec que, llena de ilusión, cocinó sin ayuda. Por entonces todavía no sabía diferenciar la sal de la pimienta, que la sal suena al agitarla y la pimienta no. Cuando su padre, tosiendo, graznó un «¡Muy rico!», los dos se echaron a reír como locos.
Pero, por encima de todo, él le enseñó lo más difícil: a recibir ayuda, a aceptar que durante toda su vida dependería de los demás y que no debía percibirlo como una carga, sino como una necesidad.
El día en que por primera vez se atrevió a salir sola de la clínica de rehabilitación tenía un único objetivo: él. Se había pasado la mitad de la noche anticipando con alegría el momento en que su padre abriría la puerta y ella le sorprendería. Aaron sabía que lo encontraría en casa porque esperaba la visita de un amigo. Qué orgullosa estaba cuando se subió al autobús correcto y, después de bajar, se orientó gracias a las directrices aprendidas, guiándose como en la infancia, por olores y sonidos, hasta que finalmente lo supo: «Estoy en casa».
Palpó la puerta del jardín, oyó murmullos. Le pidieron que se hiciera a un lado. Unos hombres pasaron cerca cargados con algo. La voz ronca del amigo de su padre llegó hasta ella: «Soy yo, Butz».
Jörg Aaron se había desplomado después de la frase: «Este whisky me lo regaló el ministro del Interior cuando me retiré». Ella jamás se sobrepondrá al hecho de no haber podido despedirse de su padre y haberle dicho que sin él estaría muerta.
El tráfico se mueve con más lentitud, se acercan al nudo de la Torre de Radio. Por la respiración de Niko, Aaron nota que la mira una y otra vez. Ella dirige los ojos hacia los de él; él vuelve la cara. Acelerar, frenar, acelerar.
—Siento lo de tu padre.
Aaron solo hace un gesto con la cabeza.
Niko sirvió a las órdenes de Jörg Aaron. No había tenido que solicitar el puesto, él lo había seleccionado entre mil candidatos. Hasta que llegó un día en que lo invitó a marcharse, y se guardó para sí el porqué. Nadie había decepcionado a su padre tanto como Niko; eso era lo que intuía Aaron cuando su nombre salía a colación. Que ellos dos se hicieran pareja fue un duro golpe para Jörg Aaron. Una vez le preguntó qué había sucedido entre ambos, y su padre solo contestó: «Es un barco que va buscando su iceberg».
Unas palpitaciones ponen fin al recuerdo. Niko ha parado el limpiaparabrisas y sale de la circunvalación de la ciudad.
—La Cuarta ha hecho que te preparen una copia del expediente en braille.
Que no le servirá de nada. Aaron maldice porque el viernes pasado se quemó las yemas de los dedos en un fogón y no podrá usarlas hasta dentro de una semana por lo menos.
—Conoces los hechos. Explícamelo todo.
Reinhold Boenisch, cincuenta y ocho años de edad, cadena perpetua por asesinato cuádruple, encarcelado desde hace dieciséis años. Anteayer, una psicóloga de prisiones entró en su celda poco antes de terminar la jornada porque él la había invitado a una taza de té.
Boenisch la mató y desde entonces no ha pronunciado palabra.
Salvo una frase: «Solo hablaré con la señora Aaron».
