La jugada final (Una herencia en juego 3)

Jennifer Lynn Barnes

Fragmento

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CAPÍTULO 1

— T enemos que hablar de tus dieciocho, se acerca tu cumpleaños.

Las palabras de Alisa resonaron por la más grande de las cinco bibliotecas de la Casa Hawthorne. Había dos pisos de estanterías que iban del suelo al techo, nos rodeaban infinidad de tomos de tapa dura con cubiertas de piel, muchos de los cuales tenían un valor incalculable, y todos y cada uno de ellos eran un recordatorio del hombre que había construido esa estancia.

Esa casa.

Esa dinastía.

Casi podía imaginarme el fantasma de Tobias Hawthorne observándome cuando me agaché y pasé la mano por los suelos de madera de caoba, buscando con los dedos alguna irregularidad entre los listones.

Al no encontrar ninguna, me puse de pie y contesté la afirmación de Alisa.

—Ah, ¿sí? —repliqué—. ¿En serio?

—¿En términos legales? —La imponente Alisa Ortega me miró con una ceja enarcada—. Sí. Aunque ya estés emancipada, teniendo en cuenta las condiciones de tu herencia…

—No cambia nada cuando cumpla los dieciocho años —atajé mientras escrutaba la biblioteca en busca de mi próximo movimiento—. No heredaré hasta que haya vivido en la Casa Hawthorne durante un año.

Conocía lo bastante bien a mi abogada para saber que, en realidad, quería hablar precisamente de eso. Mi cumpleaños era el 18 de octubre. El plazo de un año se cumpliría la primera semana de noviembre y, al instante, me convertiría en la adolescente más rica del planeta. Hasta entonces, tenía otras cosas en las que pensar.

Una apuesta que ganar. Un Hawthorne que superar.

—Sea como fuere… —Alisa se desalentaba con la misma facilidad que un tren de alta velocidad—. Puesto que se acerca tu cumpleaños, deberíamos tratar algunos asuntos.

Solté un bufido irónico.

—¿Cuarenta y seis mil millones de asuntos?

Alisa me miró exasperada y yo me concentré en mi misión. La Casa Hawthorne estaba repleta de pasadizos secretos. Jameson había apostado conmigo que yo no sería capaz de encontrarlos todos. Escrutando el inmenso tocón de árbol que hacía las veces de escritorio, alargué la mano hacia la vaina que llevaba escondida dentro de la bota y saqué mi navaja para examinar una grieta natural de la superficie del escritorio.

Había aprendido por las malas que no podía permitirme el lujo de ir desarmada a ninguna parte.

—¡Comprobación de estado de ánimo! —Xander «Soy una Máquina de Rube Goldberg Andante» Hawthorne asomó la cabeza por la puerta de la biblioteca—. Avery, en una escala del uno al diez, ¿cuánto necesitas una distracción ahora mismo y hasta qué punto sientes apego por tus cejas?

Jameson estaba en la otra punta del mundo. Grayson no había llamado ni una sola vez desde que se marchara a Harvard. Xander, mi autodesignado MAHPS —es decir: Mejor Amigo Hawthorne Para Siempre—, consideraba que era su sagrado deber mantener alto mi estado de ánimo en ausencia de sus hermanos.

—Uno —respondí—. Y diez.

Xander hizo una breve inclinación.

—Entonces, te digo adieu.

En un abrir y cerrar de ojos, había desaparecido.

No me cabía ninguna duda de que en cuestión de diez minutos habría una explosión. Al volverme de nuevo hacia Alisa, escruté el resto de la habitación con los ojos: las estanterías aparentemente interminables, las escaleras de caracol de hierro forjado.

—Venga, suelta lo que hayas venido a decirme, Alisa.

—Sí, Lee-Lee. —Una voz profunda y aterciopelada nos llegó con calma desde el pasillo—. Ilumínanos.

Nash Hawthorne se colocó bajo el umbral de la puerta, con su acostumbrado sombrero de vaquero bien calado.

—Nash. —Alisa vestía su traje como si fuera una armadura—. Esto no te concierne.

Nash se apoyó contra el quicio de la puerta y cruzó perezosamente el pie derecho por encima del tobillo izquierdo.

—Si la chiquilla me dice que me vaya, me iré. —Nash no confiaba en Alisa cuando se trataba de mí. Llevaba meses así.

—Estoy bien, Nash —le dije—. Puedes irte.

—Me parece que puedo.

Nash no hizo ademán alguno de apartarse del quicio de la puerta. Era el mayor de los cuatro hermanos Hawthorne y tenía la costumbre de cuidar de los otros tres. A lo largo de este último año, me había incluido en su costumbre. Él y mi hermana llevaban meses «no saliendo juntos».

—¿No es noche de no cita hoy? —le pregunté—. ¿No significa eso que tienes que estar en alguna parte?

Nash se quitó el sombrero de vaquero y fijó sus templados ojos en los míos.

—Me apuesto lo que quieras —dijo mientras se daba la vuelta para irse tranquilamente de la biblioteca— a que pretende proponerte que establezcas un fondo fiduciario.

Esperé hasta que Nash no pudiera oírnos antes de volverme hacia Alisa.

—¿Un fondo fiduciario?

—Solo quiero que estés informada de tus opciones. —Alisa se salió por la tangente con su facilidad propia de abogado—. Te prepararé un dosier para que le eches un vistazo. Bien, volviendo a tu cumpleaños, también está el tema de la fiesta.

—Nada de fiestas —respondí de inmediato. Lo último que quería era convertir mi cumpleaños en un acontecimiento que copara portadas e incendiara las redes sociales.

—¿Cuál es tu grupo favorito? ¿Y cantante? Necesitaremos entretenimiento.

Noté que miraba a Alisa con los ojos entrecerrados.

—Nada de fiestas, Alisa.

—¿Se te ocurre alguien que te apetezca ver en la lista de invitados? —Al decir «alguien», Alisa no se refería a nadie que yo conociera. Hablaba de famosos, multimillonarios, miembros de la alta sociedad, de la realeza…

—Olvídate de la lista de invitados —dije—, porque no habrá ninguna fiesta.

—De verdad que deberías tener en cuenta la imagen que proyectas… —empezó a decir Alisa, y yo dejé de escucharla. Ya sabía lo que iba a decirme. Llevaba casi once meses repitiéndomelo: «A todo el mundo le encantan las historias como la de la Cenicienta».

Bueno, pues esta Cenicienta tenía una apuesta que ganar. Examiné las escaleras de hierro forjado. Tres subían en sentido antihorario. Sin embargo, la cuarta… Me acerqué y subí los escalones. En el descansillo de la segunda planta, recorrí con los dedos la parte inferior de la balda que quedaba justo delante de la escalera. Un interruptor. Lo accioné y toda la estantería curvada trazó un arco al moverse hacia atrás.

«Ya van doce. —Sonreí con malicia—. Toma esa, Jameson Winchester Hawthorne».

—Nada de fiestas —volví a decirle a Alisa, asomándome para mirarla. Y luego desaparecí hacia las profundidades de la pared.

CAPÍTULO 2

Esa noche me metí en la cama y sentí las sábanas de algodón egipcio frescas y suaves sobre la piel. Mientras esperaba que Jameson me llamara, deslicé la mano hasta la mesilla de noche para coger un pequeño broche de bronce con forma de llave.

«—Escoge una mano. —Jameson extiende ambos puños. Le doy un golpecito en la mano derecha y abre los dedos, mostrándome así una palma vacía. Escojo entonces la mano izquierda, lo mismo. Luego me cierra la mano en un puño. Extiendo los dedos y allí, en la palma de mi mano, descansa el broche.

»—Resolviste el acertijo de las llaves más rápido que cualquiera de nosotros —me recuerda Xander—. ¡Ya iba siendo hora!

»—Lo siento, chiquilla —interviene Nash, arrastrando las palabras—. Ya han pasado seis meses. Ahora eres una de nosotros.

»Grayson no dice nada, pero cuando intento ponerme el broche y se me escapa de entre los dedos con torpeza, él lo atrapa antes de que caiga al suelo».

Ese recuerdo quería enlazarse con otro —Grayson, yo, la bodega—, pero no se lo permití. A lo largo de esos últimos meses, había desarrollado mis propios métodos de distracción. Agarré el teléfono, busqué una página web de crowdfunding y micromecenazgo e hice una búsqueda con los términos «facturas médicas» y «alquiler». Todavía quedaban seis semanas para que la fortuna Hawthorne fuera mía, pero los socios de McNamara, Ortega & Jones ya se habían encargado de proporcionarme una tarjeta de crédito prácticamente sin límites.

«Hacer donación anónima». Hice clic en esa opción una y otra vez. Cuando mi móvil sonó por fin, me recosté y respondí.

—Hola.

—Necesito un anagrama de la palabra «contaros». —La voz de Jameson zumbaba de energía.

—No, no lo necesitas. —Me tumbé de lado—. ¿Qué tal por la Toscana?

—¿La cuna del Renacimiento italiano? ¿Llena de carreteras serpenteantes, colinas y valles, donde el rocío matutino baña el horizonte, y los bosques están repletos de hojas tan rojas y doradas que el mundo entero parece estar en llamas en el mejor sentido posible? ¿Esa Toscana?

—Sí —murmuré—. Esa Toscana.

—He visto cosas mejores.

—¡Jameson!

—¿De qué quieres que te hable primero, Heredera: de Siena, de Florencia o de los viñedos?

Lo quería absolutamente todo, pero había una razón por la cual Jameson estaba dedicando el tradicional año sabático de los Hawthorne a viajar.

—Háblame de la villa.

«¿Has encontrado algo?», añadí para mis adentros.

—Tu villa en la Toscana se construyó en el siglo diecisiete. Se supone que tendría que ser una casa de labranza, pero se parece más bien a un castillo, y está rodeada por un olivar de más de medio kilómetro cuadrado. Tiene piscina, un horno de piedra para hacer pizzas y una inmensa chimenea de piedra original del siglo diecisiete.

Pude imaginármelo. Con todo lujo de detalles, y no solo porque tuviera una carpeta con fotos.

—Y cuando has examinado la chimenea, ¿qué? —No tenía que preguntarle si lo había hecho.

—He encontrado algo.

Me senté y el pelo cayó a mi espalda.

—¿Una pista?

—Seguramente —contestó Jameson—. Aunque, ¿de qué rompecabezas?

Sentí la electricidad recorriéndome el cuerpo.

—Si no me lo dices, acabaré contigo, Hawthorne.

—Y yo —replicó Jameson— disfrutaría de lo lindo si lo hicieras. —Una sonrisa asomó en mis traicioneros labios. Paladeando la victoria, Jameson me dio la respuesta—: He encontrado un espejo triangular.

Y justo así, mi mente se puso a trabajar a toda velocidad. Tobias Hawthorne había criado a sus nietos con rompecabezas, acertijos y juegos. Con toda probabilidad, el espejo era una pista, pero Jameson tenía razón: era imposible saber de qué juego podía formar parte. Sea como fuere, esa no era la razón por la cual él estaba recorriendo el mundo.

—Descubriremos qué era ese disco. —Jameson me había leído el pensamiento—. El mundo es el tablero, Heredera. Solo tenemos que seguir tirando los dados.

Quizá sí, pero esta vez no seguíamos un camino ni jugábamos a uno de los juegos del viejo. Nos movíamos a tientas en la oscuridad con la esperanza de que, tal vez, las respuestas nos esperaran en alguna parte. Respuestas que nos contaran por qué un pequeño disco grabado con círculos concéntricos y parecido a una moneda valía una fortuna.

Por qué el tocayo de Tobias Hawthorne además de su único hijo le había dejado ese disco a mi madre.

Por qué Toby me lo había arrebatado antes de desaparecer para seguir fingiendo que estaba muerto.

Toby y ese disco eran mi último vínculo con mi madre, y habían desaparecido. Me dolía pensar excesivamente en ello.

—Hoy he encontrado otra entrada a los pasadizos secretos —le dije de pronto.

—¿En serio? —contestó Jameson, el equivalente verbal a tenderme la mano para empezar un vals—. ¿Cuál has encontrado?

—La de la biblioteca circular.

Al otro extremo de la línea se hizo un silencio breve, pero inconfundible.

Y entonces lo comprendí.

—¡Esa no la conocías! —La victoria era de lo más dulce—. ¿Quieres que te diga dónde está? —canturreé.

—Cuando vuelva —murmuró Jameson—, yo mismo la encontraré.

No tenía ni idea de cuándo iba a volver, pero muy pronto mi año en la Casa Hawthorne llegaría a su fin. Sería libre. Podría ir adonde quisiera, hacer lo que quisiera y cuando quisiera.

—¿Adónde vas a ir ahora? —le pregunté a Jameson. Si me ensimismaba demasiado pensando en las posibilidades, me ahogaría en el deseo, en el anhelo, en creer que podíamos tenerlo todo.

—Santorini —contestó él—. Pero, dímelo, Heredera, y…

—Sigue viajando. Sigue buscando. —La voz se me volvió áspera—. Sigue contándomelo todo.

—¿Todo? —repitió Jameson con un tono bajo y grave que me hizo pensar en lo que podríamos estar haciendo los dos si yo estuviera con él.

Me tumbé bocabajo.

—Oye, ¿el anagrama que buscabas? Es «tocarnos».

CAPÍTULO 3

Las semanas pasaron en una maraña de galas benéficas y exámenes del instituto, noches hablando con Jameson y demasiado tiempo invertido pensando en si Grayson se dignaría o no a contestar el maldito teléfono.

«Concéntrate», me insté. Dejé la mente en blanco y apunté. Mirando por encima del cañón de la pistola, cogí aire y lo solté, y disparé. Una y otra vez.

La finca Hawthorne tenía de todo, lo que incluía su propio campo de tiro. Yo no era partidaria de las armas. No eran mi idea de algo divertido. Sin embargo, tampoco quería estar indefensa. Haciendo un esfuerzo por relajar la mandíbula, bajé el arma y me quité los auriculares de protección.

Nash evaluó mi blanco.

—Bien hecho, chiquilla.

En teoría, nunca iba a necesitar una pistola ni la navaja que llevaba en la bota. En teoría, la finca Hawthorne era impenetrable, y cuando saliera al exterior siempre iría acompañada de seguridad armada. Pero, desde que Tobias Hawthorne me había incluido en su testamento, me habían disparado, puesto una bomba y secuestrado. La teoría no había mantenido las pesadillas a raya.

En cambio, Nash enseñándome a luchar sí.

—¿Tu abogada ya te ha traído el papeleo del fondo fiduciario? —me preguntó como quien no quiere la cosa.

Mi abogada era su ex y Nash la conocía demasiado bien.

—Tal vez —contesté, y la explicación de Alisa retumbó en mis oídos: «Lo normal, con un heredero de tu edad, sería haber erigido ciertas garantías. Puesto que el señor Hawthorne no consideró conveniente erigirlas, es una opción que tendrás que considerar tú misma». Según Alisa, si ponía el dinero en un fondo fiduciario, habría un fideicomisario a cargo de salvaguardar y aumentar la fortuna por mí. Alisa y los socios de McNamara, Ortega & Jones, desde luego, estarían dispuestos a hacer las veces de fideicomisarios, bajo el acuerdo de que no se me negaría nada que pidiera. «Un fideicomiso revocable sencillamente minimizaría la presión sobre ti hasta que estuvieras preparada para tomar las riendas por completo», había añadido.

—Recuérdamelo —me pidió Nash, inclinándose para fijar sus ojos en los míos—. ¿Cuál es nuestra norma acerca de jugar sucio?

Cuando se trataba de Alisa Ortega, ese chico no era ni la mitad de sutil de lo que se creía, aun así contesté a su pregunta igualmente.

—Nunca se juega sucio —le dije a Nash— si se acaba ganando.

CAPÍTULO 4

La mañana de mi decimoctavo cumpleaños —y el primer día de las vacaciones de otoño del gran Instituto Heights Country Day— me desperté ante la visión de un maravilloso vestido de gala colgado en la puerta de mi cuarto. Era de un verde medianoche profundo, largo hasta los pies, con un canesú recubierto de decenas de miles de diminutas piezas de pedrería negras que trazaban un oscuro patrón delicado e hipnotizador.

Era uno de esos vestidos que atraen todas las miradas. De los que a una le arrancan una exclamación y hacen que se quede mirándolo con la boca abierta.

El tipo de vestido que una se pondría para ir a un acontecimiento para copar portadas e incendiar las redes sociales. «Venga ya, Alisa», pensé. Fui hasta el vestido sintiéndome recelosa… y entonces vi la nota que pendía del perchero: LLÉVAME SI TE ATREVES.

Aquella no era la letra de Alisa.

Encontré a Jameson al borde del Black Wood. Vestía un esmoquin blanco que se ajustaba a su cuerpo demasiado bien y estaba de pie al lado de un verdadero globo aerostático.

«Jameson Winchester Hawthorne», pensé. Corrí como si el vestido de gala no pesara nada, como si no llevara una navaja atada al muslo, y le salté encima.

Jameson me agarró y nuestros cuerpos colisionaron.

—Feliz cumpleaños, Heredera.

Algunos besos eran dulces y suaves, y otros eran puro fuego.

Al cabo de un rato, me percaté de que no estábamos solos. Oren era discreto. No nos miraba directamente, pero estaba clarísimo que mi jefe de seguridad no iba a permitir que Jameson Hawthorne emprendiera el vuelo a solas conmigo.

A regañadientes me aparté de él.

—¿Un globo aerostático? —le pregunté a Jameson con fingida indiferencia—. ¿En serio?

—Debería advertirte, Heredera… —Jameson dio un salto para salvar el borde de la cesta y aterrizó en cuclillas—. Los cumpleaños se me dan peligrosamente bien.

A Jameson Hawthorne se le daban peligrosamente bien muchísimas cosas.

Me tendió la mano. La cogí y ni siquiera tuve que fingir que había crecido acostumbrada a eso, a mil y una cosas como esa, a él. Podrían pasar un millón de años, y la vida que Tobias Hawthorne me había legado seguiría dejándome sin respiración.

Oren se subió al globo detrás de mí y fijó la mirada en el horizonte. Jameson soltó las cuerdas y prendió la llama.

Emprendimos el vuelo al instante.

En el aire, con el corazón en la garganta, miré con fijeza la Casa Hawthorne.

—¿Cómo se conduce? —la pregunté a Jameson mientras todo, menos nosotros dos y mi discretísimo guardaespaldas, se empequeñecía y alejaba.

—No se conduce. —Jameson me rodeó el torso con los brazos—. A veces, Heredera, lo único que uno puede hacer es identificar en qué dirección sopla el viento y trazar un rumbo.

El globo no fue más que el principio. Jameson Hawthorne no hacía nada a medias tintas.

Un pícnic secreto.

Un vuelo en helicóptero hasta el golfo.

Escapar a toda velocidad de los paparazzi.

Bailar agarrados, descalzos, en la playa.

El océano. Un acantilado. Una apuesta. Una carrera. Un desafío. «Voy a recordar todo esto. —Esa fue la abrumadora sensación que tuve en el helicóptero mientras volvíamos a casa—. Voy a recordarlo absolutamente todo». Años más tarde, seguiría siendo capaz hasta de sentirlo. El peso del vestido de gala, el viento en el rostro. La arena cálida en la piel y las fresas bañadas de chocolate derritiéndose en mi lengua.

Al anochecer ya casi habíamos vuelto a casa. Había sido el día perfecto. Nada de aglomeraciones. Nada de famosos. Nada de…

—Fiesta —dije al tiempo que el helicóptero se acercaba a la finca Hawthorne y yo contemplaba las vistas.

El jardín topiario y los terrenos de alrededor estaban iluminados por miles de lucecitas diminutas…, y eso ni siquiera era lo peor.

—Más te vale que eso no sea una pista de baile —le advertí a Jameson amenazadoramente.

Jameson hizo aterrizar el helicóptero, echó la cabeza hacia atrás y sonrió.

—¿No vas a hacer ningún comentario de la noria?

Ahora entendía por qué había tenido que sacarme de la casa.

—Eres hombre muerto, Hawthorne.

Jameson apagó el motor.

—Por suerte, Heredera, los hombres Hawthorne tenemos nueve vidas.

Al apearnos y caminar hacia el jardín topiario, miré a Oren de soslayo y entorné los ojos.

—Lo sabías —acusé.

—Puede que me entregaran una lista de invitados a los que permitir la entrada en la finca. —La expresión de mi jefe de seguridad era absolutamente impenetrable… hasta que pudimos ver la fiesta al completo. Entonces casi sonrió—. También puede que vetara unos cuantos nombres de dicha lista.

Y con «unos cuantos», me di cuenta al cabo de un instante, se refería a casi todos ellos.

La pista de baile estaba llena de pétalos de rosa esparcidos e iluminada con una cinta de delicadas luces que tejían un manto de un suave fulgor, como si fueran luciérnagas recortadas contra la noche. Un cuarteto de cuerda tocaba a la izquierda de una tarta de las que una esperaría encontrar en una boda real. La noria giraba a lo lejos. Unos camareros con esmoquin portaban bandejas con copas de champán y entremeses.

Sin embargo, no había invitados.

—¿Te gusta? —Libby apareció a mi lado. Iba vestida como alguien sacado de un cuento de hadas gótico y sonreía de oreja a oreja—. Yo quería que los pétalos de rosa fueran negros, pero esto también está bien.

—¿Qué es esto? —suspiré.

Mi hermana me dio un golpecito en el hombro con el suyo.

—Lo llamamos el «baile de los introvertidos».

—No hay nadie. —Ya notaba como se me iba escapando una sonrisa.

—No es cierto —replicó Libby con alegría—. Yo estoy aquí. Nash se ha ofendido por la comida finolis y se ha puesto al mando de la barbacoa. El señor Laughlin lleva la noria bajo la supervisión de la señora Laughlin. Thea y Rebecca están robándose un momento superrobado detrás de las esculturas de hielo. Xander le está echando un vistazo a tu sorpresa, y ¡aquí están Zara y Nana!

Me volví justo a tiempo para que me atizaran con un bastón. La bisabuela de Jameson me fulminó con la mirada mientras su tía miraba, divertida y contenida a la vez.

—Tú, niña —espetó Nana, usando lo que se había convertido en su versión de mi nombre—. El escote de ese vestido hace que parezcas una fulana. —Me miró meneando el bastón y luego gruñó—: Lo apruebo.

—Y yo también —secundó una voz a mi izquierda—. ¡Feliz cumpleaños, frutilla preciosa!

—¿Max? —Clavé la mirada en mi mejor amiga y luego volví a fijarla en Libby.

—¡Sorpresa!

A mi lado, Jameson soltó una risita.

—Cabe la posibilidad de que Alisa estuviera convencida de que habría una fiesta mucho más grande.

Pero no fue así. Solo estábamos… nosotros.

Max me pasó un brazo por los hombros.

—¡Pregúntame qué tal la uni!

—¿Qué tal la uni? —le pregunté. Seguía absolutamente anonadada.

Max rio.

—Ni la mitad de entretenida que ese duelo a muerte de pídola en la noria.

—¿Duelo a muerte de pídola en la noria? —repetí. Aquello tenía el nombre de Xander escrito con todas las letras. Sabía de sobra que ese par había mantenido el contacto.

—¿Quién va ganando? —Jameson ladeó la cabeza.

Max contestó, pero antes de que pudiera procesar lo que estaba diciendo, percibí un movimiento por el rabillo del ojo… o tal vez lo sentí. A él. Ataviado de negro de la cabeza a los pies, vistiendo un esmoquin negro de diez mil dólares igual que otros chicos llevaban sudaderas ajadas, Grayson Hawthorne se plantó en la pista de baile.

«Ha vuelto a casa», pensé. Ese pensamiento llegó acompañado por un recuerdo de la última vez que lo vi: «Grayson roto. Yo a su lado», recordé. De vuelta en el presente, Grayson Hawthorne posó sus ojos en los míos un breve instante y luego los paseó por el resto de la fiesta.

—Duelo a muerte de pídola en la noria —comentó con calma—. Eso nunca acaba bien.

CAPÍTULO 5

A la mañana siguiente, me desperté y vi mi vestido de gala tirado a los pies de mi cama. Jameson estaba dormido a mi lado. Reprimí el impulso de recorrer su mandíbula con los dedos, de acariciarle levemente la cicatriz que le cruzaba el pecho.

Le había preguntado cien veces cómo se había hecho esa cicatriz, y él me había dado cien respuestas distintas. En algunas versiones, el culpable era una roca abrupta. Una vara de acero. Un parabrisas.

Algún día le sonsacaría la respuesta real.

Me permití un momento más al lado de Jameson, luego salí de la cama, tomé mi broche Hawthorne, me vestí y me dirigí al piso de abajo.

Grayson estaba en el comedor, a solas.

—No pensaba que fueras a volver a casa —le comenté, arreglándomelas no sé cómo para sentarme delante de él.

—Técnicamente, esto ya no es mi casa. —Incluso a un volumen bajo, la voz de Grayson se abría paso por la estancia inexorable como la marea—. Dentro de muy poco tiempo, todo lo que contiene este lugar será oficialmente tuyo.

Esa afirmación no fue una acusación ni una queja. Era un hecho.

—Eso no significa que tenga que cambiar nada —repliqué.

—Avery. —Sus penetrantes ojos claros se fijaron en los míos—. Tiene que cambiar. Tú tienes que cambiar.

Antes de que apareciera yo, Grayson había sido el heredero forzoso. Casi era un experto en lo que uno tenía que hacer.

Y yo era la única que lo sabía: debajo de ese exterior controlado e invencible, ese chico se estaba derrumbando. Como no podía decirlo, ni siquiera que estaba pensando en ello, me ceñí al tema que nos ocupaba.

—¿Qué pasa si no puedo hacerlo sola? —pregunté.

—No estás sola. —Grayson se permitió posar sus ojos en los míos un instante más, y luego rompió el contacto visual con fluidez y determinación—. Cada año, el día de nuestros cumpleaños —prosiguió al cabo de un momento—, el viejo nos citaba en su estudio.

Ya me lo habían contado.

—«Invierte. Cultiva. Crea» —dije.

Desde que eran niños, cada año el día de su cumpleaños, los hermanos Hawthorne habían recibido diez mil dólares para invertir. También habían recibido órdenes de escoger un talento o un interés que cultivar, y no se reparó en gastos para dicho cultivo. Finalmente, Tobias Hawthorne les plateaba un reto de cumpleaños: tenían que inventar, crear, representar o hacer realidad algo.

—Invierte: enseguida está hecho. Cultiva: tienes que escoger algo que quieras para ti. No un objeto o una experiencia, sino una habilidad. —Esperé que Grayson me preguntara qué iba a escoger yo, pero no lo hizo. En lugar de eso, se sacó un libro de cubiertas de piel del bolsillo interior de la americana y lo deslizó por la mesa—. Y respecto al desafío de cumpleaños, tendrás que crear un plan.

La piel era de un tono marrón intenso y profundo, suave al tacto. Los bordes de las páginas eran ligeramente irregulares, como si hubieran encuadernado el libro a mano.

—Te interesa empezar teniendo una idea clara de tus finanzas. A partir de ahí, piensa en el futuro y planifica tu tiempo y tus compromisos económicos de los próximos cinco años.

Abrí el libro. Las gruesas páginas de color blanco roto estaban vacías.

—Escríbelo todo —me indicó Grayson—. Luego rómpelo y vuelve a escribirlo. Una y otra vez hasta que tengas un plan que funcione.

—Tú sabes qué harías si estuvieras en mi lugar. —Habría apostado toda mi fortuna a que, en algún rincón, ese chico tenía una libreta y un plan propios.

Grayson volvió a mirarme a los ojos.

—Tú no eres yo.

Me pregunté si había alguien en Harvard —una sola persona— que lo conociera tan bien como sus hermanos y yo, aunque fuera una décima parte.

—Me prometiste que me ayudarías. —Esas palabras se me escaparon antes de poder detenerlas—. Dijiste que me enseñarías todo lo que tenía que saber.

Sabía que no hacía falta que le recordara a Grayson Hawthorne que había roto una promesa. No tenía derecho a pedírselo, a pedirle nada. Estaba con Jameson. Amaba a Jameson. Y, durante toda la vida de Grayson, todo el mundo había esperado demasiado de él.

—Lo siento —me disculpé—. No es problema tuyo.

—No —ordenó Grayson con brusquedad— me mires como si estuviera roto.

«No estás roto», pensé. Ya se lo había dicho. No me creyó esa vez. Tampoco iba a hacerlo ahora.

—Alisa quiere que ponga el dinero en un fondo fiduciario —le expliqué, porque lo mínimo que le debía era un cambio de tema.

Grayson respondió enarcando las cejas.

—Desde luego que quiere.

—Todavía no he accedido a nada.

Una leve sonrisa se apoderó de las comisuras de sus labios.

—Desde luego que no.

Oren apareció en el umbral de la puerta antes de que pudiera responder.

—Acaba de llamarme uno de mis hombres —me dijo—. Hay una persona en la verja.

Una alarma se disparó en mi mente porque Oren era más que capaz de lidiar por sí mismo con cualquier visitante indeseado. «¿Skye? ¿Ricky?», me pregunté. La madre de Grayson y el inútil de mi padre ya no estaban en la cárcel por un intento de asesinato contra mi persona que, sorprendentemente, no habían orquestado ellos. Sin embargo, aquello no significaba que hubieran dejado de ser amenazas.

—¿Quién es? —la expresión de Grayson se volvió afilada como una daga.

Oren no apartó sus ojos de los míos al responder.

—Dice que se llama Eve.

CAPÍTULO 6

Durante meses, había mantenido en secreto la existencia de la hija de Toby para todo el mundo excepto para Jameson. Porque Toby así me lo había pedido, aunque no solo porque Toby me lo hubiera pedido.

—Tengo que ocuparme de esto —dije con una calma que no sentía en absoluto.

—¿Doy por hecho que no requieres mi asistencia? —El tono de Grayson era tranquilo, pero lo conocía bien. Sabía que, si rechazaba su ayuda, se lo tomaría como una prueba de que lo trataba como a un niño.

«Los Hawthorne no pueden romperse —me susurró el recuerdo de su voz—. Y yo menos que nadie».

En ese preciso instante no podía darme el lujo de intentar convencer a Grayson Hawthorne de que para mí no era débil ni estaba roto ni dañado.

—Agradezco la oferta —le aseguré—, pero puedo ocuparme.

Lo último que Grayson necesitaba era ver a la chica que había en la verja.

Mientras Oren me conducía hacia allí, mi mente se disparó. «¿Qué está haciendo aquí? ¿Qué quiere?», me pregunté. Intenté prepararme; sin embargo, en cuanto vi a la hija de Toby ante la verja, se me derrumbó encima un muro de emociones. La brisa jugueteaba con su pelo ambarino. Incluso desde atrás, incluso llevando un vestido blanco deshilachado y sucio de tierra, aquella chica brillaba con luz propia.

«Eve no debería estar aquí», me dije. Toby había sido muy claro: a mí no podía salvarme del legado que Tobias Hawthorne había dejado atrás, pero sí podía salvarla a ella. De la prensa. De las amenazas. «Del árbol envenenado», pensé mientras bajaba del coche.

Eve se volvió. Se movía con la gracilidad y el abandono de una bailarina, y en cuanto sus ojos encontraron los míos, dejé de respirar.

Sabía que Eve era la viva imagen de la difunta Emily Laughlin.

Lo sabía.

Pero verla fue como levantar la mirada y ver un tsunami acercarse. Tenía el pelo rubio rojizo de Emily, los ojos color esmeralda de Emily. El rostro en forma de corazón, los mismos labios y el delicado manto de pecas.

Verla acabaría con Grayson. Tal vez a Jameson le dolería, pero a Grayson lo mataría.

«Tengo que sacarla de aquí», me dije. Ese pensamiento retumbó en mi cabeza; pero, en cuanto llegué a la verja, mi instinto me lanzó otra advertencia. Escruté la carretera.

—Déjala entrar. —Le pedí a Oren. No vi paparazzi, pero la experiencia me había enseñado los peligros de los objetivos telescópicos, y lo último que Jameson o Grayson necesitaban era ver el rostro de esa chica estampado en todas las páginas de prensa rosa de internet.

La verja se abrió. Eve se me acercó un paso.

—Eres Avery. —Tomó aire con dificultad—. Soy…

—Ya sé quién eres. —Las palabras me salieron con más dureza de lo que pretendía, y fue justo entonces cuando vi que tenía sangre seca en la sien—. Dios. —Me acerqué un poco—. ¿Estás bien?

—Yo sí. —Eve aferró con los dedos la correa de la ajada bandolera que llevaba—. Pero Toby no.

No —me dije. Mi mente se rebeló. Mi madre había amado a Toby. Él había ido a buscarme cuando ella murió—. Tiene que estar bien. —-Pensé. Una bocanada de aire se me ahogó en el pecho. Dejé que Oren nos escoltara de vuelta al coche, a salvo de ojos y oídos indiscretos.

—¿Qué le ha pasado a Toby? —exigí saber con urgencia.

Eve frunció los labios.

—Me dijo que si le ocurría algo, debía acudir a ti. Y, escucha, no soy ninguna ingenua, ¿vale? Sé que lo más probable es que no me quieras aquí. —Pronunció esas palabras como si estuviera acostumbrada a no ser querida—. Pero no podía ir a otra parte.

Cuando me enteré de la existencia de Eve, propuse llevarla a la Casa Hawthorne. Toby había prohibido esa idea. No había querido que nadie supiera de ella. «Entonces, ¿por qué me la ha mandado a mí?», me pregunté. Se me tensaron los músculos de la mandíbula y del estómago, y me obligué a concentrarme en lo único que importaba.

—¿Qué le ha pasado a Toby? —repetí con voz grave y gutural.

El viento jugueteó con el pelo de Eve. La chica separó sus rosados labios.

—Se lo han llevado.

El aire escapó de mis pulmones, me silbaban los oídos, se me había distorsionado la noción de la gravedad.

—¿Quién? —exigí saber—. ¿Quién se lo ha llevado?

—No lo sé. —Eve se rodeó el torso con los brazos en un gesto protector—. Toby me encontró hace meses. Me dijo quién era. Quién era yo. Estábamos bien, los dos solos, pero entonces la semana pasada ocurrió algo. Toby vio a alguien.

—¿Quién? —pregunté de nuevo, como si me hubieran arrancado la palabra.

—No lo sé. Toby no quiso decírmelo. Solo me dijo que tenía que irse.

«Toby es así —pensé. Me escocían los ojos—. Se va».

—Has dicho que alguien se lo ha llevado.

—Ya voy —espetó Eve con sequedad—. Toby no quería llevarme con él, pero no le di otra opción. Le dije que si intentaba dejarme atrás, iría a la prensa.

A parte de una fotografía filtrada y algunos rumores en los tabloides, hasta la fecha ningún medio de comunicación había sido capaz de afirmar de manera sustancial que Toby estaba vivo.

—¿Le hiciste chantaje para que te llevara con él?

—De haber estado en mi lugar —replicó Eve, en cuya voz se filtró algo casi suplicante—, tú habrías hecho lo mismo. —Bajó la mirada y unas pestañas tremendamente largas proyectaron sombras sobre su rostro—. Toby y yo conseguimos escapar, pero alguien nos seguía la pista, nos perseguía como un perro de presa. Toby no quería decirme de quién huíamos, pero el lunes me dijo que teníamos que separarnos. El plan era volver a encontrarnos tres días más tarde. Esperé. Me escondí bien, tal como él me había enseñado. Ayer me presenté en el lugar donde teníamos que encontrarnos. —Sacudió la cabeza, sus ojos verdes brillaban—. Pero Toby no.

—Quizá cambió de idea —dije, deseando que fuera verdad—. Tal vez…

—No —insistió Eve desesperada—. Toby no me ha mentido jamás. Nunca ha roto una promesa. Él no… —Calló y luego dijo—: Alguien se lo ha llevado. ¿No me crees? Puedo demostrarlo.

Eve se apartó el pelo del rostro. La sangre seca que yo había visto solo era la punta del iceberg. La piel que rodeaba el corte estaba moteada; era una nauseabunda mezcla de azul y negro.

—Alguien te ha golpeado. —Hasta que Oren habló, casi se me había olvidado que estaba allí—. Con la culata de una pistola, imagino.

Eve ni siquiera lo miró. Sus brillantes ojos verdes permanecieron clavados en los míos.

—Toby no se presentó donde teníamos que encontrarnos, lo hizo otra persona. —Dejó que el pelo volviera a caerle sobre la herida—. Me agarró por detrás y me dijo que, si sabía lo que me convenía, me olvidara de Toby Hawthorne.

—¿Esa persona usó su nombre real? —formulé la pregunta a duras penas.

Eve asintió.

—Es lo último que recuerdo. Me dejó inconsciente. Me desperté y descubrí que me había robado todo lo que llevaba encima. Incluso me había revuelto los bolsillos. —La voz le tembló un poco, pero se recompuso enseguida—. Toby y yo habíamos escondido una bolsa en caso de emergencia: una muda de ropa para cada uno y un poco de dinero. —Me pregunté si se daba cuenta de la fuerza con la que se aferraba a la bolsa en ese momento—. Compré un billete de autobús y vine aquí. Por ti.

«Tienes una hija», le había dicho a Toby cuando descubrimos la existencia de Eve. «Tengo dos», me había respondido él. Tragándome la enmarañada zarza de emociones que tenía dentro, me volví hacia Oren.

—Deberíamos llamar a las autoridades.

—No. —Eve me agarró del brazo—. No puedes denunciar la desaparición de un hombre muerto, y Toby no me dijo que fuera a la policía. Me dijo que acudiera a ti.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Alguien te ha atacado. Eso sí podemos denunciarlo.

—¿Y quién —replicó Eve— va a creer a una pobre chica como yo?

Yo misma había crecido pobre. Yo misma había sido esa chica, de la que nadie esperaba mucho, a la que todos trataban como si no fuera nadie porque tenía menos que el resto.

—Involucrar a las autoridades podría atarnos de pies y manos —intervino Oren—. Deberíamos prepararnos para recibir una posible petición de rescate. En caso de no recibir dicho chantaje…

Ni siquiera quería pararme a pensar un segundo en lo que podía significar que la persona que se había llevado a Toby no buscara dinero.

—Si Eve te dice dónde tenía que encontrarse con Toby, ¿podemos enviar a un equipo para que haga un reconocimiento? —le pregunté a Oren.

—Dalo por hecho —replicó. Luego su mirada se desvió abruptamente hacia algo o alguien que había detrás de mí. Escuché un ruido proveniente de esa dirección, un ruido estrangulado casi inhumano, y supe, incluso antes de volverme, qué me encontraría. A quién me encontraría.

—¿Emily…? —Grayson Hawthorne estaba viendo un fantasma.

CAPÍTULO 7

Grayson Davenport Hawthorne era una persona que daba mucha importancia al control; de cualquier situación, de cualquier emoción. Cuando di un paso hacia él, se apartó.

—Grayson —dije bajito.

No había palabras para describir cómo miraba a Eve: como si fuera un sueño. Una esperanza y un tormento. Como si lo fuera todo.

Cerró sus ojos argénteos.

—Avery. Deberías… —Grayson se obligó a coger aire y a soltarlo. Luego se irguió y cuadró los hombros—. No te me acerques, ahora mismo soy un peligro, Avery.

Me llevó un momento comprender que Grayson creía que estaba teniendo una alucinación. De nuevo. Desmoronándose. De nuevo.

«Vuelve a decirme que no estoy roto», recordé.

Acorté el espacio que nos separaba y agarré a Grayson por los hombros.

—Eh —le dije bajito—. ¡Eh! Mírame, Gray.

Aquellos ojos claros se abrieron.

—Esta chica no es Emily. —Le aguanté la mirada y le impedí que la apartara—. Y tú no estás teniendo alucinaciones.

Grayson desvió los ojos más allá de mi hombro.

—Estoy viendo…

—Lo sé —lo interrumpí al tiempo que le acercaba la mano a la mejilla y lo obligaba a mirarme a los ojos de nuevo—. Es real. Se llama Eve. —No estaba segura de que me estuviera oyendo, aún menos que estuviera procesando lo que le decía—. Es la hija de Toby.

—Se parece a…

—Lo sé —repetí, con la mano todavía en su mandíbula—. La madre de Emily era la madre biológica de Toby, ¿recuerdas? —La familia Hawthorne adoptó en secreto a Toby nada más nacer. Alice Hawthorne había fingido un embarazo para esconder la adopción y hacerlo pasar por propio—. Eso hace que Eve tenga sangre Laughlin —continué—. Son familia, por eso se parecen.

—Pensé… —Grayson dejó de hablar. Un Hawthorne no admitía la debilidad—. Lo sabías. —Grayson me miró desde arriba y, finalmente, aparté la mano de su rostro—. No te ha sorprendido verla, Avery. Lo sabías.

Oí lo que no me estaba diciendo: «Esa noche en la bodega… Lo sabías».

—Toby quería mantener en secreto su existencia —le expliqué, diciéndome a mí misma que esa era la razón por la cual no se lo había contado—. Él no quería que Eve tuviera esta vida.

—¿Quién más lo sabe? —exigió saber Grayson con ese tono habitual en él de heredero forzoso, el que hacía que las preguntas sonaran siempre como planteadas a la ligera, como si estuviera teniendo la despreocupada cortesía para con su interlocutor de hacerle una pregunta en lugar de arrancarle la respuesta de la mente él mismo.

—Solo Jameson —contesté.

Después de un largo y torturador momento, Grayson apartó la mirada de mí para fijarla en Eve; todos los músculos de su

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