Queda o que está escrito, todo o demais non queda.
EMILIA PARDO BAZÁN
—Entonces, ¿soy víctima de violencia de género? —pregunté al final de aquel encuentro de casi cuatro horas.
—Exacto, Rebeca. Por eso ingresa en el recurso. Ahora queda otro largo camino por delante.
Con esa rotundidad lo certificó el equipo de profesionales de la Administración Pública que otorga el título habilitante de víctima de violencia de género. Un reconocimiento que evita, en un principio, abrir la dolorosa vía penal. Además, permite a las víctimas recibir el apoyo de los servicios sociales.
Me llamo Rebeca Agustí, tengo cuarenta y ocho años y hace doce meses que soy víctima de violencia de género, aunque el reconocimiento no me ha librado del esfuerzo psicológico de vencer los miedos de más de una década y subir las escaleras de los juzgados. Hace unos meses ni siquiera me atrevía a pronunciar la palabra denuncia.
—Rebeca, te has adelantado un año —me dijo Carla, mi psicóloga, la mujer que me ha acompañado todo este tiempo—. Las supervivientes, en caso de sobrevivir, soléis tardar unos ocho años y medio en conseguir armaros de valor para denunciar a vuestro maltratador.
He tenido que hacer mucha terapia durante mucho tiempo para dejar de culpabilizarme. La pregunta flagelante de cómo no supe verlo me ha perseguido. Siempre me he considerado una mujer con la psicología suficiente como para detectar conductas tóxicas a mi alrededor. Pero entonces no sabía y no pude desenmascararle. Ni el amor de los míos, ni el reconocimiento profesional, ni siquiera mi experiencia vital han podido protegerme de este depredador.
Hay un altísimo porcentaje de mujeres que se sienten incapaces de soportar tantos años de tortura psicológica y terminan enloqueciendo o suicidándose. A mí, esto último, también se me pasó por la cabeza. ¿Tiene la justicia las herramientas necesarias para protegernos?
Los expertos hablan de suicidio inducido, provocado. Es lo que desvelan las autopsias psicológicas, que, mediante el análisis de los escritos, los mensajes y las comunicaciones de la víctima, determinan la relación causal entre el maltrato machista y la autolisis. Según los últimos datos oficiales, la prevalencia de pensamientos suicidas entre las mujeres que han sido víctimas de violencia por parte de su pareja o expareja es cinco veces superior a aquellas que no lo han sufrido. Del 4,7 por ciento se dispara al 25,5 por ciento. Muchas mujeres piensan que en ese contexto de angustia, acoso, desesperanza y depresión el suicidio es la única salida.
Este libro narra la historia del drama que me ha tocado vivir. Pero también cuenta que es un pozo del que se puede salir. Son necesarios juezas y jueces formados, equipos psicosociales preparados y una fiscalía con la sensibilidad y la concienciación suficientes como para luchar contra una lacra que, muchas veces silente, nos rodea y nos mata.
Esta novela revela, además, cuáles son las herramientas que me han convertido en una superviviente. Necesito contar lo que he vivido por mí y por mi familia, y también para ayudar a otras mujeres maltratadas. Por aquellas que, aun no habiéndolo sido nunca, se embarcan sin saberlo en una relación sentimental con uno de estos personajes definidos en la dark triad, la triada oscura de la personalidad, como maquiavélicos, narcisistas y psicópatas.
Hoy soy capaz de escribir y de denunciar. Pero ha sido después de lograr salir de un pozo de años. De un pozo de culpas, de soledad, de silencio, de rabia y de mucho miedo. He tenido que construir una nueva Rebeca, de la que me siento orgullosa.
Esta es mi historia.
1
QUÍDAM
La verdadera patria de mujeres y hombres es la infancia.
RAINER MARIA RILKE
Dos aromas me han salvado, dos fragancias que atesoro con pasión en mi retina olfativa: la intensa frescura de la hierbabuena que mi abuela gallega cultivaba en su casa de Madrid y que recogía con sus manos regordetas de campesina lucense de aladares nevados y el olor inolvidable de los pinos de la bahía de Alcudia que impregna cada verano de mi niñez. A su modo, a ambos les debo todo.
Mi infancia y su recuerdo me rescataron, sin duda, de los difíciles años de soledad y tristeza que vinieron más tarde. Una infancia que evoco con nostalgia, tal vez por esos juegos caprichosos de la memoria. Una niñez a caballo entre la disciplina estricta de un colegio del Opus Dei y los largos y felices veranos de mar, libros y arte.
—Educar con amor y disciplina es el mayor legado. —Recuerdo haberle escuchado decir a mi padre.
Se lo conté a Carla, mi psicóloga, en su consulta, con el mismo tono solemne y convencido que empleaba mi padre cada vez que lo decía. Era un lunes de octubre frío en Madrid, y los últimos rayos de sol de la que para mí era la primera tarde del principio de mi vida jugueteaban entre los pliegues delicados de las cortinas blancas. A través de la luminosa y amplia cristalera del despacho de Carla, observé como ya habían empezado a otoñar algunos fresnos y varios álamos. Por primera vez, en la serena quietud de aquel octubre, noté que mi dolor empezaba a remitir y que de mis brazos se iban desprendiendo con la cadencia del otoño las hojas del sufrimiento, la rabia y el miedo.
—Entiendo la vida como un tiempo que nos ha sido regalado para aprender y crecer, y siempre he intentado sembrar lo mejor de mí a lo largo del camino. Por eso he querido narrar esta historia. Para ayudar a otras mujeres contando qué me salvó y cómo, y para terminar de salvarme a mí misma. Seguramente, sin el robusto asidero de mi infancia no habría sido capaz de continuar. Y hubo momentos muy difíciles, tú los conoces bien, en los que temí que me fallasen las fuerzas y las ganas de seguir viviendo.
A Carla la había conocido una década atrás, cuando llamé al seguro médico para que me recomendasen un buen terapeuta. La chica que me atendió por teléfono me dijo que tenía muy buenas referencias entre los pacientes, pero también una larga lista de espera. Me propuso los nombres de otros profesionales con los que podía darme cita antes, pero mi intuición me dijo que optase por esperar. Así lo hice. Mes y medio después entré en su consulta. Aunque al principio me resultó demasiado joven, salí de aquel primer encuentro de más de una hora convencida de que era la persona adecuada para ayudarme: había conseguido, sin que yo apenas me percatara de ello, que me abriese en canal sin pudor ni miedo.
—Rebeca, ahora sal al mundo y cuéntalo. —Carla esbozó una sonrisa tranquilizadora—. Ahí fuera hay muchas mujeres que están pasando por lo mismo, sufriéndolo en silencio. También las ayudarás a ellas. Te deseo lo mejor. Te lo mereces.
Esa misma noche empecé a escribir este libro sobre el quídam. Nunca antes había oído este término, pero durante mi proceso de sanación conocí a un especialista cervantino que me habló de él. Poco antes de recibir el alta en la consulta de Carla, me había apuntado a unos talleres literarios donde conocí a Pedro Saavedra, un intelectual inquieto versado en teatro y que pronto se convirtió en amigo íntimo y oyente atento de las primeras lecturas de esta novela.
—«Quídam» es un término de origen latino cuya segunda acepción se refiere a una persona despreciable de quien se omite o ignora su nombre. La traducción literal del latín es ‘hombre sin cabeza’.
Lo dejó caer sin más, dando por hecho que el resto lo pondría yo. Él sabía que desde hacía meses le daba vueltas a qué nombre ponerle a aquel desgraciado, y, por fin, la magia prodigiosa de la literatura había vuelto a regalarme la respuesta. Realmente no necesitaba ningún nombre. «No es más que un quídam», me susurró bajito mi voz interior.
Y así me surgió quídam. Esa misma noche al regresar a casa y sentarme aún a oscuras a los pies de mi cama para descalzarme, lo vi claro. Ese era el término, la llave que abría la puerta al final de mi batalla. Hasta entonces yo había estado desarmada, desnuda, porque lo que no tiene nombre no se puede borrar. Se lo agradeceré siempre a aquel orfebre de la palabra que apareció en el momento oportuno para nombrar lo innombrable y, de paso, sellar con un título rotundo el primer capítulo de esta historia. Lectoras y lectores podrán nombrar a su propio quídam porque el maltrato psicológico no entiende de géneros, edades, posiciones económicas, estatus sociales ni titulaciones universitarias. El maltrato psicológico es trasversal.
A mi quídam lo conocí un mes de enero en París y en uno de esos lugares imposibles para la desconfianza. ¿Cómo mi receloso espíritu gallego iba a sospechar que la tortura de un maltrato psicológico podía iniciarse en un encuentro internacional de danza al que yo acudía invitada como bailarina de clásico español y él, como banquero y patrono de la prestigiosa fundación que promovía aquel evento cultural en el Théâtre des Étoiles? Una de esas pequeñas y delicadas joyas arquitectónicas francesas de butacones granates y pesados cortinajes. Un edificio magnífico construido en 1876 a los pies de Montmartre y desde el que se podía llegar caminando al espectacular neobarroco de la ópera de París. Aquel teatro olía a historia, la que durante años había estudiado en los libros, y aquel pensamiento emocionado me erizó la piel. Una ubicación perfecta en una ciudad perfecta para un perfecto depredador.
—Rebeca, il reste cinq minutes. —Tocaron con los nudillos en la puerta del camerino.
Era mi primera actuación internacional y estrenábamos una coreografía preciosa, compleja y elegante del Fandango del padre Soler, una de las joyas del clásico español. Me había formado con un esfuerzo enorme en el Real Conservatorio Profesional de Danza Mariemma.
—Admiro tu pasión por la danza, hija —me había dicho mi padre—, pero solo accederé a que te matricules en el conservatorio si me prometes que también estudiarás una carrera que te dé de comer. Es muy difícil hoy en día vivir de artes y bailes —zanjó, convencido.
Aunque yo sabía bien el esfuerzo que me iba a suponer, también comprendí su posición de padre protector. Y con veintitrés años, muy pocas horas de sueño y una emoción desbordante, me presenté en casa con dos títulos: el del Conservatorio de Danza y la licenciatura en Ciencias de la Información.
Poco más de una década después estaba en París, en el Théâtre des Étoiles, a punto de estrenarme en un escenario como primera bailarina. Había pasado la semana anterior en la localidad vallisoletana de Íscar repasando en el museo de Mariemma todas las coreografías e interpretaciones magistrales de palillos de aquella mítica bailarina y escuchando hipnotizada el piano del maestro Luzuriaga. Amaba la escuela bolera, las creaciones de Turina, Granados, Falla o Albéniz, y aquel enero iba a poder demostrar toda aquella pasión y esfuerzo sobre un escenario por primera vez fuera de España.
Cuando apenas faltaban unos minutos, tuve una de esas ausencias frecuentes en mí. Fue como si se hubiese detenido el tiempo y por mi cabeza desfilasen a velocidad de vértigo los recuerdos intensos de los últimos meses. Los recuerdos profesionales y también los sentimentales.
Desde el camerino escuché la voz del presentador de la gala:
—Mesdames et messieurs, nous avons le plaisir de vous présenter…
Mi pensamiento me traicionó en el último minuto antes de salir. Y, voilá, cual exquisito truco circense, apareció él. Su nombre, su voz susurrante, su forma poética de declamar, sus manos de pianista, su facilidad para la palabra y, sobre todo, su capacidad para convencerme cada vez que yo huía. Meses antes me había marchado de su casa de la calle Bomarzo con la intención definitiva de no regresar jamás. Me había ido otras veces, pero siempre terminaba volviendo. La última noche salí huyendo tras descubrir en su móvil una foto de su mujer. Siempre lo había sospechado, pero nunca quise ponerle palabras para no toparme con una realidad que, sin pedir permiso, la foto se encargó de estamparme en la cara. Para él la nuestra solo había sido una historia a escondidas de cuatro años y sin compromiso. Tardé en darme cuenta, pero cuando las evidencias me sepultaron ya no cupieron ni la locuacidad sosegada ni la verborrea literaria. Definitivamente me fui.
Ese último minuto antes de salir a escena mi pensamiento traicionero fue para él, pero también para una nueva vida que yo, feliz, divisaba en mi horizonte. Comenzaron a sonar los primeros compases del Fandango del padre Soler y, lento, empezó a alzarse el grueso telón granate en aquel París frío de un viernes de enero.
Cuando llevábamos poco más de diez minutos de actuación, percibí la intensidad implacable de una mirada desde la primera fila. Un hombre maduro, serio y trajeado me observada con vehemencia insistente y sin ánimo alguno de discreción. Le daba igual ser descubierto. Seguramente lo buscaba. Tampoco importaba si el resto del cuerpo de baile se esmeraba en piruetas, giros imposibles o el magnífico pas de deux del Cascanueces de Tchaikovsky. Aquel hombre inquietante de mirada felina solo tenía ojos para mí.
«No me gusta —pensé desde el escenario—. Menuda forma de mirar».
Había algo en él y en la impenetrabilidad de sus ojos que resonaba en la Rebeca que más de una década atrás había empezado a estudiar Ciencias de la información para no defraudar en casa. La mirada de aquel hombre tenía algo que ya había vislumbrado en un compañero de pupitre.
Cuando comenzó el estruendo de los aplausos al finalizar el Fandango, y mientras el felino seguía mirándome, recordé que a Mateo lo conocí con dieciocho años el primer día de carrera en la Universidad Autónoma de Madrid. Fue un recuerdo súbito del que me sacó el público, que nos hizo salir a saludar varias veces. Bajaba el telón, continuaban los aplausos, subía el telón. Volvía a bajar el telón, rugía el patio de butacas, volvía a subir el telón. Lo mismo ocurría con mis recuerdos.
—¡Viva la mague que te paguió! —gritó desde el patio de butacas un francés de castellano aceptable y acento mejorable. Todos nos echamos a reír.
Espectadores y elenco celebrábamos el éxito con alborozo, y el quídam seguía sin pestañear cada uno de mis movimientos sobre el escenario. A sus ojos yo parecía la única bailarina, y su mirada me volvió a generar inquietud.
El telón bajó definitivamente cuando el público se calmó y en la soledad de mi camerino, mientras me desvestía y me desmaquillaba, recordé los detalles de la historia que había vivido con Mateo. Una historia de la que afortunadamente salí indemne, pero cuyo trasfondo obsesivo me dejó un poso perturbador.
El primer día de clase en la Facultad de Ciencias de la Información, Mateo se sentó a mi izquierda y apenas cruzamos palabra durante la primera hora. Estábamos justo en la esquina de una larga mesa rectangular junto con otros alumnos. El aula era una sala amplia, luminosa, y de las paredes colgaban decenas de estanterías llenas de libros. «Buena señal —pensé—, con lo que me han fascinado siempre los libros».
—El periodismo es mi tercera opción en la vida —le confesaría a mi madre por la noche—, la danza y los libros siempre han estado por encima de todo. Creo, mamá, que encontraré la forma de canalizar estas pasiones a través de la comunicación.
Desde niña me fascinaron —a la par que la danza— palabras, rimas, letras, conjugaciones, todos los juegos posibles e imposibles a los que un vocablo era capaz de llevarme, la sonoridad de verbos como crepitar o recapitular, la felicidad de pronunciar con deleite términos como serendipia, arcadia o epifanía. Había amado siempre el infinito universo de la palabra y ese abanico de posibilidades que me tendía puentes mágicos a mundos increíbles. Igual que muchos médicos vocacionales quedan atrapados, como en un flechazo de amor, en la fascinación de la célula, yo vivía seducida por el poder y las posibilidades ilimitadas de la palabra.
Inmersa como estaba en estas reflexiones, apenas reparé en aquel joven estudiante. No era un muchacho especialmente atractivo, pero recuerdo que al primer golpe de vista su mirada me resultó turbadora.
—¿Algún voluntario para leer el primer artículo? —preguntó el profesor Oliaga, un periodista vasco que inició su carrera dirigiendo un pequeño periódico local en Vizcaya—. ¿Ningún voluntario? ¿Es este el curso de los vergonzosos? —insistió con ironía y ademanes rotundos.
Sonreí para mis adentros al verle gesticular. Oliaga no podía negar que era un vasco de generaciones y que en él no cabían ni dobleces ni sutilezas.
Por romper el hielo y la tensión que generó entre los estudiantes, levanté la mano y me pasó un artículo de opinión de un diario de tirada nacional. Después, en el intercambio de clases, Mateo se me acercó. Hablaba pausado, bajito y con cierta timidez.
—Tienes una voz preciosa. Has leído como una profesional. ¿Has hecho algún curso de locución? —me preguntó.
Lo observé atentamente. Recuerdo que la intensidad de su mirada azul casi trasparente me intranquilizó. Sí me gustaron, sin embargo, sus modos en apariencia tranquilos y caballerosos.
Al segundo día se ofreció a llevarme a casa en su moto.
—Rebeca, como ayer me contaste que madrugas mucho para las clases del conservatorio, si quieres te acerco a casa. Me pilla de paso —me sugirió quitándole importancia al ofrecimiento, como si se lo hubiese propuesto a cualquiera de las otras alumnas.
A partir de ahí nos hicimos inseparables. Yo veía en él a un compañero de clase con el que compartía apuntes, un muchacho que sentía la misma pasión que yo por la poesía y un colega con el que disfrutaba del mismo grupo de amigos. Y no veía en él nada más. Evité confusiones desde el inicio porque no quería malentendidos.
—No tengo ningún interés en tener pareja y ahora mismo no me gusta nadie —deslizaba con frecuencia—. Vivo consagrada a la danza y quiero demostrarle a mi padre que puedo sacarme las dos carreras a la vez. Así dejará que trabaje como bailarina profesional con la tranquilidad de tener otra formación universitaria.
Mateo asentía, pero nunca decía nada. Se pasaba el día haciéndome fotos con su Reflex o intentando también tomármelas in fraganti.
—Son para un trabajo de final de curso que estoy preparando —respondía cuando yo le preguntaba con extrañeza.
Antes de terminar el curso, Mateo anunció que se cambiaba de provincia y de facultad para estar más cerca de su familia. Todos lo entendimos, y yo sentí la pena de perder al único colega con el que compartía inquietudes poéticas.
Lo que pasó después nunca lo vi venir. Recibí en casa un libro que me resultó escalofriante. Recuerdo que abrí el paquete en la cocina delante de mi madre y de mi hermano. Los tres nos quedamos perplejos. Era un libro de más de cien páginas lleno de fotos mías en diferentes momentos. Entre foto y foto Mateo había escrito a mano reflexiones y poemas cargados de tragedia en los que flotaba la idea de la muerte. Había también dibujos e ilustraciones muy elaborados donde todo giraba en torno a ideaciones suicidas.
—Rebeca —me dijo mi hermano Tono—, voy a llamar a mi amigo Ángel, el policía, porque esto tiene que verlo un experto. Me parece muy preocupante.
No pude decirle que no porque fue también lo primero que yo pensé.
—Este chico lleva muchos meses escribiéndolo —nos dijo—, es un trabajo muy elaborado y hay partes, además, escritas bajo los efectos del alcohol o de alguna otra sustancia. Le recomendamos que mantenga la mayor distancia posible, haga contacto cero y corte todas las comunicaciones con él.
—¿No debería ponerle un «no quiero volver a saber nada de ti» o algo parecido para que entienda lo poco que me ha gustado este libro? —pregunté.
—No. Desaparezca. Aléjese y corte toda comunicación —sentenció convencido.
Así lo hice. Jamás volví a saber de él. Y un silencio misterioso se cernió sobre su recuerdo.
Esa noche, una década después, en el Théâtre des Étoiles de París, la mirada fría de Mateo regresó como un recuerdo difuso y veloz a mi vida. Creí vislumbrar algo de mi compañero de facultad en el banquero de la primera fila. Pero solo fue un escalofrío inicial que no tuvo más recorrido. Fui incapaz de definir aquella punzada de desasosiego que me generó su mirada; además, el paso de los años había terminado por desdibujar en mi memoria aquella extraña historia que preferí olvidar.
