1961
Leonor bordaba con calma una pequeña margarita en la áspera tela de saco. En aquel atestado compartimento de tren, la modesta labor se convertiría en testigo de su nueva vida. Había pensado en dibujar con aguja e hilo, cada año, una de aquellas flores que siempre le habían gustado. Cada margarita simbolizaría lo que en esos meses sucediera en sus vidas. Entre puntada y puntada miraba a Manuel, que estiraba las piernas en el estrecho pasillo del vagón de madera. Su marido apuró el cigarrillo de picadura e intercambió desde la distancia una leve sonrisa con ella. Se conocían desde niños, del cortijo. La casa de la tía de Manuel, que fue antes la de sus padres, lindaba con la vivienda de la familia de Leonor, la más grande de todas las de los trabajadores porque su padre era el capataz.
Leonor recogió con cuidado la tosca tela de color marrón en la que la pequeña margarita asomaba tímida, perdida. La guardó junto con los hilos y las agujas en la maleta de cartón que tenía a sus pies. La mujer, morena, delgada, de ojos de color miel y que apenas superaba el metro sesenta de altura, pasó la mano por el pelo de su hija Lucía, tan negro como el suyo. La niña, que estaba a punto de cumplir los siete años, se agitó entre sueños. Juanito seguía sentado a su lado. El chaval, cada vez que se iba a quedar dormido, daba un salto sobre sí mismo para despertarse. El pequeño de la familia no había echado ni una cabezada durante todo aquel largo viaje que había comenzado el día anterior. El chiquillo, de cara redonda y ojos verdes, ni siquiera había llegado a tumbarse. Permanecía sentado, con la cabeza erguida, como si no quisiera verse sorprendido por el sueño.
El rumor en el tren era continuo: las conversaciones apagadas de los que estaban dentro, el traqueteo persistente del exterior. De tanto en tanto, el frío de fuera se colaba por las ventanas y a través de las paredes de madera de los vagones, atestados de personas como si fueran ganado. En el compartimento que ocupaban Leonor y los niños había dos familias más con otros críos que dormían. Venían de Palma del Río. En la puerta del habitáculo se acurrucaban también cuatro chicos jóvenes que, como Leonor y Manuel, eran de Montilla. Los tenían vistos por el pueblo. El más joven de todos estuvo a punto de acabar el viaje al llegar a Almansa, ya que desde que se subió al tren en Córdoba no había parado de vomitar. Sus amigos convencieron con algunas pesetas al hastiado revisor para que lo dejara continuar cuando estaba a punto de echarlo a patadas.
Leonor se cercioró con el pie de que sus maletas de cartón seguían bajo el asiento. Allí dentro viajaba todo lo que tenían: ropas viejas y un recuerdo, el único retrato de los padres de Manuel, una foto que parecía dibujada y que se tomó apenas tres semanas antes de que llegara la guerra de la que nadie hablaba y que a ellos se los había llevado para siempre.
¡Pom, pom, pom!, se escuchó de repente. El ruido anunciaba que el viejo revisor se acercaba. Los golpes que se abrían paso entre el rumor continuo del tren eran de la pierna de madera que aquel tipo arrastraba por el firme desigual del convoy.
—¡Cierren las ventanas! ¡Cierren las malditas ventanas! —comenzó a gritar violentamente el malhumorado revisor.
—Disculpe, señor —interrumpió Manuel.
El empleado del ferrocarril se volvió con cara de pocos amigos hacia el joven de metro setenta, espigado, con nariz aguileña, cara afilada y quemada por el sol, vestido con gorra y un traje viejo de color azul, que llamaba su atención como si le pidiera perdón. «Un muerto de hambre más, un mierda», parecía que pensaba el revisor, exmiembro de la División Azul, gracias a la cual había conseguido aquel trabajo pero también la cojera, provocada por la bala perdida de un ruso en la batalla de Krasni Bor.
—¿Y a ti qué cojones te pasa? —escupió el veterano de trincheras.
—¿Queda mucho para llegar a Barcelona? —preguntó Manuel.
—La puta tierra prometida —masculló el funcionario.
Dentro del compartimento, Juanito se incorporó de nuevo huyendo de la cabezada. Leonor, sin perder detalle de lo que pasaba en el angosto pasillo, abrazó cariñosamente a su hijo pequeño. A Juanito era como si le diera miedo cerrar los ojos, aunque lo que más le preocupaba a su madre era que, con tres años, apenas hablase. Habían llegado a pensar que quizá tenía algún retraso, pese a que un caro médico de Córdoba capital les había afirmado lo contrario. «Poco a poco se soltará», les aseguró. Lucía, que en cambio no se callaba ni debajo del agua, se despertó en ese momento. Con los ojos adormilados, la niña se estiró y fijó la mirada en su padre, que en el pasillo esperaba la respuesta del revisor.
El tren entró en un túnel. El convoy se llenó de oscuridad, humo y tizne.
—¿No les dije que subieran las ventanas? ¡Que luego se muere algún chiquillo por la carbonilla y se pondrán a llorar! —exclamó el revisor clavando los ojos en Manuel—. ¿Pero te vas a apartar de mi camino?
—Disculpe —respondió el marido de Leonor bajando la mirada.
Manuel no insistió en su pregunta. Era de los que no insistían, de los que estaban pero de pronto podían no estar. Al cabo de una hora, el tren penetraba en una ciudad gris, en la que altas chimeneas expulsaban más negrura al cielo.
—¡Ya estamos en Barcelona! —gritó alguien en el vagón.
El convoy aminoró la marcha y entró en la estación. No era el final del viaje; para todos era el principio. Tanto para los que no tuvieran a nadie aquí, y que habrían de buscar dónde pasar la noche, como para los que tenían familiares o amigos. Los más afortunados deberían salir en busca de calles, barrios e incluso otros pueblos cercanos a Barcelona: el Carmel, Montjuïc, L’Hospitalet, Cornellà, Santa Coloma de Gramenet, Rubí… Nombres que conocían de viva voz o por las cartas de los amigos y familiares que iban a acogerlos durante los primeros días de su nueva vida. El destino de Leonor y su familia era Sant Joan Despí, donde vivía su hermana mediana. Rosa, la Rubia, como la habían llamado de siempre en el pueblo, le había insistido aquel último verano en que fueran a Barcelona, que su marido, Rafa, tenía la confianza de su jefe y que en la fábrica textil había trabajo para Manuel. Rosa les había explicado que a los hombres les pagaban hasta diez pesetas al día y les había ofrecido su casa para que se quedaran con ellos hasta que pudieran permitirse algún sitio en el que vivir. Desde entonces, Leonor no había parado hasta convencer a Manuel. No le había costado demasiado, todo el mundo emigraba. Su marido había aprendido algo de mecánica en el ejército, al que se reenganchó varios meses cuando acabó el servicio militar. Al volver al pueblo esos conocimientos no le habían servido de nada. Ni siquiera el marqués le dejaba acercarse al viejo Fiat 508 Balilla que tenía en el cortijo y que fue un regalo de un general italiano al acabar la guerra. En Barcelona sí que podría poner en práctica esos conocimientos. Además, Manuel y Leonor vivían en una habitación de la casa de los padres de ella y trabajaban por peonadas. Su suegro era el capataz de la finca, pero ni siquiera así tenían el jornal asegurado. La mecánica y los coches fascinaban a Manuel.
«En Barcelona tienes muchas más posibilidades de poder trabajar en coches, de hacer de mecánico, que es lo que te gusta y puede ser un buen trabajo», le decía a su marido Leonor, que sabía de paisanos que se habían colocado en Seat, la gran fábrica de coches española. Manuel, poco dado a los sueños, solo tenía uno y era conseguir un empleo en esa enorme factoría que salía en las películas del NO-DO. Dejar atrás la miseria y trabajar en la industria automovilística, con eso lo azuzó Leonor hasta convencerlo. Manuel, desde que decidieron que se iban a Barcelona, había enviado dos cartas al director de la factoría solicitándole trabajo. La primera se la pagó a un profesor de la República que ahora se ganaba la vida redactando cartas para otros. La segunda la escribió de propio puño con la ayuda de Antonio, el hermano mayor de Leonor.
Justo cuando frenó el tren, el revisor entró de nuevo en su zona de pasillo.
—No se olviden nada, que luego soy yo quien tiene que limpiar la mierda —reclamó de nuevo con malas formas el ferroviario—. Y en cuanto bajen, tengan preparados los papeles.
Tras casi un día entero de viaje, a todos les costó recobrar el paso al bajar de aquel vagón de madera y adentrarse en la majestuosa estación de Francia, la primera de todas las que se habían construido en España cuando en el siglo XIX el ferrocarril comenzó su andadura, unas instalaciones que habían sido ricamente remodeladas con mármol, bronce y vidrieras decorativas para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929. Cada día, el magno edificio daba la bienvenida a los que llegaban a la gran ciudad en aquellos trenes atestados, haciéndolos sentir todavía más insignificantes.
Lucía miraba con curiosidad a su alrededor. Juanito, con miedo. Leonor apretó la mano de sus hijos. Manuel cargaba con las dos maletas, que apenas pesaban.
—¡Echo humo por la boca! —exclamó la niña—. ¡Parezco una locomotora!
Leonor sonrió a su hija, aunque Manuel con la mirada le dijo que callara, que no llamara la atención. Su marido era dos hombres: uno, paciente y cariñoso; otro, al que parecía que el miedo le dictara lo que tenía que hacer y, sobre todo, lo que no.
A pesar de la multitud que transitaba por la estación, bajo aquellas majestuosas cúpulas Leonor sentía mucho más el frío que dentro del tren.
—¿Cómo se llama el sitio donde vive tu hermana? —preguntó Manuel. Se lo había dicho mil veces. Pero ninguno de los dos se acordaba. La mujer cogió la última carta manuscrita que Rosa le había enviado. En ella le daba todo tipo de consejos para el viaje y le indicaba con letras grandes la dirección.
—San Juan Despí —contestó Leonor.
Al coger el papel, Leonor fue consciente de lo heladas que tenía las manos, de lo agitada que estaba. Varias parejas de la Guardia Civil, fusil en ristre, se habían desplegado por la estación. De tanto en tanto paraban a algún hombre o alguna familia. Les pedían los papeles, que no eran más que algún documento de identificación y las señas del lugar adonde se dirigían, o sin mediar palabra los apartaban a un lado sin decirles que regresarían al pueblo en el siguiente tren que saliera hacia el sur. En Cataluña seguía faltando mano de obra, pero había demasiadas barracas. El régimen franquista no podía dejar que todas aquellas personas, aunque fueran necesarias, llegasen sin más. No podía dar la sensación de que renunciaba al control, que era la base de su poder. Desde hacía meses no cesaba de anunciar nuevas promociones de viviendas en Barcelona y en otras grandes urbes españolas para acoger a todos los que emigraban o lo habían hecho, pero no daban abasto.
—¿Ustedes adónde van? —preguntó un guardia civil a Manuel.
—A San Juan Despí —contestó Leonor, sin darse cuenta de que estaba hablando ella en nombre de la familia estando presente su marido. No le preocupaba tanto que Manuel se pudiera molestar como la forma en que podían reaccionar aquellos guardias, que iban armados y tenían cara de tener peores pulgas que los del pueblo.
—¿Y a qué van? —intervino el otro de la Benemérita, sin apartar la mirada de unos chicos de diecisiete o dieciocho años que, no lejos de allí, caminaban sin maletas por los andenes.
—Viven allí mis cuñados, señor guardia… Tenemos casa y trabajo —contestó nervioso Manuel.
La atención de los guardias civiles se desvió a los chicos del andén, que habían comenzado a caminar en dirección contraria a las personas que se bajaban del Sevillano. La presencia de esos grupos era habitual cuando a Barcelona llegaban centenares de inmigrantes. Acudían a la estación dispuestos a ganarse un jornal sisando a los recién llegados. Eran víctimas fáciles, cansadas del viaje e ignorantes de lo que les esperaba en su nueva vida. Aunque viajaban con pertenencias a menudo escasas, también hay grados diferentes de miseria.
—Mira a aquellos —le dijo un guardia al otro.
—Va, va… prosigan —concluyó el segundo. Sin decir nada más, los agentes se encaminaron con paso ligero hacia los chicos, que al verlos arrancaron a correr. Los guardias civiles les ordenaron a gritos que se detuvieran mientras se abrían camino entre la multitud, paralizada ante aquella situación.
—Vámonos, Leonor —dijo Manuel, que se puso en marcha en dirección a la salida. Leonor apretó las manos de Lucía y de Juanito y siguió tras su marido hasta llegar a la inmensa avenida que se extendía ante la majestuosa estación.
Era de noche y hacía frío. Desconocían qué hora era, aunque hubieran pasado bajo el enorme reloj de la estación. Leonor se fijó en la esfera, pero no retuvo lo que marcaban las agujas.
—¿Eso es un taxi? —preguntó retóricamente Manuel, señalando con la mirada un coche oscuro con las puertas pintadas de amarillo—. Voy a preguntar cuánto nos puede costar ir hasta San Juan Despí.
Leonor asintió plantada en la escalinata de la estación, con los niños cogidos de la mano, a lado y lado. El viaje, aunque largo y cansado, no había servido para que tomase del todo conciencia de la nueva situación, de cómo se había convertido en cuestión de horas en otra andaluza más que había dejado atrás todo lo conocido para empezar una nueva vida en la otra punta de España. Ahí, por primera vez, observando la enorme avenida, en medio de una ciudad oscura y fría que la aterraba, se percató del cambio.
Manuel los llamó con un gesto tras parar un taxi.
El conductor era parco en palabras. En pocos minutos, dejaron atrás la gran ciudad y emprendieron el camino por una carretera que transitaba por pequeños municipios, donde fábricas y bloques de pisos no muy viejos todavía convivían con campos de cultivo y algunas masías. El invierno parecía más invierno. Llegaron a Sant Joan Despí cuando era noche cerrada. Un puñado de farolas era insuficiente para iluminar aquel ambiente tenebroso.
Hacía cuatro años que Rosa se había marchado del pueblo y, desde entonces, tan solo se había visto con Leonor y los demás dos veranos, uno de ellos el último. Le había contado que vivían en una pequeña casa con dos habitaciones, en un pueblo muy cerca de Barcelona y al lado de Cornellà, donde se encontraba la fábrica en la que estaba empleado Rafa. Manuel trabajaría con él, al menos para empezar.
Bajaron del taxi. Aquel silencio, la oscuridad… ¿Se habían escondido las estrellas? Hasta allí no alcanzaban ni las farolas ni las calles asfaltadas. Era un pedazo de montaña pelada. No había ni pisos ni casas. Solo una serie de casetas construidas con chapa.
El taxi se marchó.
—¿Es aquí? —preguntó extrañada Leonor.
—Es la dirección que nos dio tu hermana, si es que no nos ha engañado el taxista.
—¡Leonor! ¡Leonor!
Los cuatro se giraron hacia esa voz que gritaba en la oscuridad y que avanzaba hacia ellos, una sombra que aparecía de la nada en la noche cerrada y que caminaba acelerada. Rosa abrazó con fuerza y entre lloros a su hermana pequeña y a los niños. También a Manuel.
—Estáis fríos. Vamos a casa, que allí estaremos calentitos —dijo Rosa al tiempo que se secaba las lágrimas y cogía del brazo a Leonor. Los acompañó con seguridad entre aquellas penumbras hasta que llegaron a una puerta entreabierta por la que asomaba una tenue luz—. Os llevo esperando toda la tarde. ¡Toda la tarde! Cuando he visto llegar un taxi… Qué feliz me he puesto. Qué feliz soy. Entrad, entrad…
La casa olía a caldo. Estaba iluminada con muchas velas. Lucía se fijó en las paredes encaladas y el techo abovedado.
—Esto es como una cueva —dijo la niña.
—Es una cueva y es nuestra casa —contestó Rosa con una sonrisa—. Y ahora es vuestra. Es una cueva, pero ¿a que no lo parece? Además, ¿sabes qué, Lucía? ¡No hay cavernícolas! ¿Habéis cenado? ¿Tenéis hambre?
—Nosotros tenemos el estómago un poco extraño, pero a los niños les puede ir bien cenar algo —dijo Leonor.
Rosa apretó de nuevo el brazo de su hermana. Le dio un beso. Estaba completamente feliz. Fue a la cocina, que estaba abierta del todo al comedor, y sirvió dos platos de sopa a los niños, que no tardaron en sentarse a la mesa. Aunque más delgada y blancuzca que la última vez que se habían visto en el pueblo, el pasado verano, la Rubia brillaba. Siempre lo había hecho. Por eso era de las mujeres más guapas de Montilla, tras la que andaban siempre todos los quintos.
—Esa de ahí es vuestra habitación, Leonor. Ya está preparada. Pero bueno, contadme, ¿cómo está todo el mundo en el pueblo? —preguntó Rosa.
No dio tiempo a que contestaran. Rafa, el marido de la Rubia, abrió la puerta de la cueva. Tanto a Manuel como a su mujer les sorprendió que pareciera un hombre totalmente distinto al que conocían. Envejecido, estaba más lleno de arrugas y tenía menos pelo. No hacía tanto del verano, pero lo encontraron muy cambiado. A Leonor nunca le había generado confianza aquella mirada, desde siempre le había parecido como si ocultara algo. Solo con verlo le venía un desasosiego. Fue, además, como si de repente Rosa perdiera el brillo. Rafa estrechó la mano de su cuñado, le dio dos besos a Leonor, dejándole un rastro húmedo en las mejillas, y sonrió a los niños mostrando una dentadura maltrecha.
—Bienvenidos a casa —dijo el anfitrión, que vestía mono de trabajo y un gordo abrigo militar. Sin decir nada más, ni saludar a Rosa, se sentó en una silla junto a los críos. Su mujer fue a buscar rápidamente otro plato con sopa.
—Rosa os ha preparado una de las habitaciones —continuó Rafa—. Aquí podréis pasar el mes. En este tiempo, Manolo, puedes aprovechar para hacerte tú mismo un agujero. La gente también se construye casas de chapa, pero una cueva es mucho más cómoda. Y la chapa también tienes que buscarla o pagarla, cuando todavía hay algunos agujeros que se pueden aprovechar. ¿Sabéis? Esto eran casas cuando la guerra, las cuevas no son nuevas… Mañana iremos a la fábrica poco antes de que amanezca. Ya tienes un trabajo allí esperándote, Manolo.
Rafa sonrió a Leonor con aquellos dientes deteriorados. Su mirada era fría, no era limpia. Ella sintió un escalofrío.
Las dos primeras semanas en Sant Joan Despí pasaron volando. Manuel se marchaba a la fábrica al amanecer y regresaba cuando era noche cerrada. A la semana de instalarse en la cueva, Lucía comenzó las clases en un colegio de religiosas. Rosa se había ocupado de todo. Juanito era todavía demasiado pequeño para llevarlo a la escuela, por lo que se quedaba en casa con las dos mujeres.
Leonor se fijó en Lucía y Juanito, que todavía dormían a su lado. Hacía unos diez minutos que Manuel se había marchado con Rafa. Cogió la bata que le había regalado su hermana y salió al cuarto de mayor tamaño, que hacía de comedor, salón y cocina, así como de entrada a la cueva. Además de este espacio y de las dos habitaciones, había un pequeño agujero excavado en la tierra que usaban como letrina de emergencia. Siempre que se podía, tenían que salir de la cueva para hacer aguas mayores y menores.
Rosa estaba en la tosca mesa que presidía la estancia principal. Leonor se sentó a su lado después de darle un beso y ella le devolvió una sonrisa. Cuando Rafa estaba cerca, era como si le quitara la energía a su hermana mediana, como si le absorbiera la belleza. No tenía la paz en la mirada que mostraba en aquel momento. El marido de Rosa fue de los primeros del pueblo que emigró a Barcelona. Estuvo varios años solo, sin familia, primero en una habitación de alquiler y luego en una pequeña barraca en el Carmel. Regresó al pueblo una temporada y se casó con Rosa. Cuando volvió a Cataluña, aquella tierra no era desconocida para él. Le esperaban el trabajo en la fábrica y la cueva que había apalabrado con un viejo conocido. Rafa, el de la Casilla Azul de la sierra, casado con la Rubia, la más guapa de todas las chicas de Montilla. Al padre de Leonor y Rosa, no era el pretendiente que más le gustaba, pero no se moría de hambre como la mayoría. Los de la Casilla Azul de la sierra eran de los que habían ganado la guerra y mandaban en la Falange. Y Rosa necesitaba un marido.
—¿Dormiste bien? —preguntó Leonor.
—Dormí —contestó con una sonrisa su hermana—. ¿Ya te levantas? Puedes dormir un poco más. Es muy temprano. Todavía falta mucho para el colegio de Lucía.
Rosa le echó leche caliente en un tazón que ya estaba sobre la mesa y le acercó un poco de pan blanco para que lo pudiera migar.
—El no hacer nada va a acabar conmigo. Voy a buscar trabajo —dijo Leonor—. A lo mejor haciendo alguna faena en casa de alguna catalana. O cosiendo. Ayer, cuando llevé a la niña al colegio, una chica de Azuaga me contó que cose y se saca así unas pesetas; y otra, que va a limpiar casas. ¿Te podrás quedar tú con Juanito? Seguiré haciendo la faena de la cueva también, que no soy ninguna señorita…
—Leonor, yo no tengo ningún problema en quedarme con Juanito, como si me tengo que hacer cargo también de Lucía cuando salga del colegio. Y tampoco me cuesta nada hacer la faena de casa… ¿Pero Manuel te va a dejar trabajar? Rafa nunca me ha dejado, quiere que solo me dedique a tener hijos… —contestó Rosa, que hizo un silencio.
—¿Estás bien? —preguntó Leonor.
Rosa se la quedó mirando unos segundos antes de contestar. Sus ojos claros habían comenzado a chispear pena.
—Me casé muy vieja. ¡Con veinticinco años! Y no sé, Leonor, hay cosas que… Creo que soy yerma. Que Dios me ha castigado con no poder tener hijos por algo que hice… —añadió con una sonrisa agria, casi a punto de llorar. Leonor le cogió las manos. Las tenía frías.
—Rosa… A veces tardan más en venir. Y luego vienen todos de golpe. Además, tú todavía manchas cada mes: eres joven, ¿no? —preguntó Leonor—. No creo que Dios tenga ningún motivo para castigarte…
—Sí, sí que lo tiene… —Tomó aire—. Mancho, pero no encinto. En el pueblo fui con madre y Carmela a curanderas, también a una vieja que vive aquí y dicen que todo lo sana, que incluso habla con los muertos… Me asegura que estoy bien, que no encinto porque no quiero encintar. Rafa dice que no quiero tener un hijo con él… —Comenzó a llorar—. Ay, Leonor, a ti se te ve tan bien con tus niños, con Manuel… Y luego está Carmela, que tiene tres, más el cuarto que perdió. Soy la única hermana sin hijos…
Rosa lloraba a lágrima viva con tal intensidad que, en algunos momentos, parecía que le faltaba el aire. Leonor la acercó a su pecho. Notaba cómo la tristeza atravesaba la bata.
—A veces, si se piensa mucho en algo, de tanto pensar no pasa, por mucho que se desee… —continuó Leonor, tratando de calmar a Rosa, que siempre había sido mucho más fuerte que ella. Le costaba reconocer a su hermana en aquella mujer. Estaba mermada, delgada, aunque no de pasar hambre: no brillaba. Leonor siempre se había sentido la más débil de las tres hermanas, quizá por ser la pequeña. Rosa no era así, era casi tan fuerte como Antonio, el mayor de todos ellos.
—No puedo dejar de pensar, quizá es la cueva… Sobre eso también te he de decir… Anoche Rafa me dijo que ha dado una entrada para un piso, que en dos o tres meses ya no estaremos aquí. —Rosa dejó de llorar—. Os podréis quedar en la cueva todo el tiempo que queráis. Nosotros nos iremos aquí al lado, a la Ciudad Satélite. Es un barrio que están construyendo en Cornellá, entre campos de cultivo y de acacias… ¡Pero enseguida seremos vecinos en un piso! —A Rosa se le iluminó por un momento el rostro.
Leonor le dio otro beso a su hermana.
—Ya verás como en el piso encintas seguro —añadió la hermana pequeña, apretándole cariñosamente el brazo.
—Me dijo que el piso está casi acabado. Fue una sorpresa. No sabía nada… La verdad es que Rafa cada vez gana más duros. Mira a Manuel. ¿A que no costó encontrarle trabajo, aunque acabase de llegar? Allí, en el pueblo, nunca lo habríais tenido fácil con lo que lleva arrastrando tu marido…
—¿Qué quieres decir? —preguntó Leonor, que hizo un gesto como si se diera cuenta de que entraba en algo que no debiera.
—Ya lo sabes… Mucha suerte tuvo de que su tía se hiciera cargo de él desde niño y de no acabar en un hospicio, como tantos otros. Y que también padre le dejara quedarse en el cortijo, a pesar de todo. Yo soy la última persona a quien tienes que convencer de que tu marido sea una buena persona… —Rosa notó en ese momento la cara de incomodidad de su hermana.
—Era un niño, tan pequeño como Juanito… Cuatro años cuando pasó aquello, cuando la guerra. No se acuerda de nada… ¿No es suficiente condena haber crecido sin sus padres? —dijo Leonor, molesta.
Era un tema del que no le gustaba hablar, una cuestión que Manuel nunca trataba. Pero Leonor sabía mejor que nadie que precisamente el hecho de que los padres de su marido fuesen unos rojos, y que por eso desaparecieran una noche, era algo que no gustaba.
—Yo no juzgo —dijo Rosa, al ver que la pequeña de la familia parecía un tanto molesta—. Solo digo que es huérfano de la guerra… No te enfades.
—No lo hago —contestó Leonor, en el momento en que Juanito y Lucía entraban en la sala.
La tristeza que sentía Rosa se disipó completamente con la presencia de los dos niños con cara de sueño y legañas. Fuera de la cueva hacía poco que había amanecido un sol frío de invierno. A Leonor le aliviaba la idea de que su hermana y su cuñado se mudaran a un piso y que ellos se quedaran solos, aunque fuera por poco tiempo y en aquella cueva. No por Rosa, sino por Rafa. Manuel le había contado unos días atrás que en la fábrica se comentaba que el cuñado daba chivatazos a la policía, que por eso estaba tan bien considerado en la empresa y cuidado por los dueños. Los compañeros le detestaban y le temían por igual. A Leonor no le extrañaba. Rafa era malo, lo decía su mirada. Leonor se había fijado en la forma como miraba a su hermana, a Manuel… Y también a ella.
Manuel y Leonor llevaban todo el domingo acarreando hasta el piso nuevo las pocas cosas que Rosa y su cuñado tenían en el agujero de Sant Joan Despí. Rafa había pedido prestado un camión a su jefe sin que este le pusiera ninguna pega. Manuel hacía de chófer, de mozo y de lo que hiciera falta. Rosa y Rafa no tenían amigos a pesar del tiempo que llevaban aquí.
Las semanas de espera para el traslado se habían convertido en meses. Se construían pisos, muchos y muy rápido, pero la demanda también era muy alta. El bloque de Rafa y Rosa se levantaba en una de las primeras calles de la conocida como Ciudad Satélite, donde cuatro edificios más se erigían a lo largo de un polvoriento vial en el que la acera se había urbanizado por tramos, con baldosas grises, y que acababa en una plaza circular, sin rematar y llena de matorrales. Leonor le había preguntado varias veces a su hermana, los días anteriores, si aquello estaba acabado. Ella le había asegurado que sí, como lo había hecho más tajante y molesto Rafa, a pesar del ambiente de provisionalidad que lo rodeaba todo. En aquel pedazo de nuevo barrio habían sobrevivido tan solo un par de acacias. Leonor no había visto, hasta llegar a Barcelona, tantos de aquellos árboles de hojas amarillas. En Montilla también había acacias, pero pocas, y todas se concentraban cerca del palacio que los marqueses tenían en el centro del pueblo, al lado del gran convento de las monjas. Su madre decía que eran árboles de brujas y curanderas porque sus hojas eran curativas: se hacía infusión, servían para lavarse el pelo… En su familia, en particular las mujeres, siempre habían sabido de árboles y de hierbas.
—¡Qué calor! —exclamó Leonor en la portería del inmueble. La mujer chorreaba sudor por la frente, cuando ella apenas sudaba. El verano aquí no era como el de Córdoba. Las temperaturas no eran tan altas, no había bofetadas de viento cálido ni momentos del día en los que solo respirar ya quemaba, pero la humedad provocaba que siempre estuviera empapada y que ni siquiera la sombra le aliviara el bochorno.
Era septiembre, pero el verano persistía con fuerza. Rosa y Rafa habían pasado el mes de agosto en el pueblo. Ellos no pudieron ir. Leonor se secó el sudor de la frente mientras se apoyaba en el portal de aquel edificio rectangular que se erigía junto a otros idénticos, rodeados todos de solares y de campos de cultivo. Los inmuebles de ladrillo parecían nacer de las entrañas de la tierra. El piso de Rosa era un tercero, que daba a la especie de plazoleta, un descampado lleno de tierra. Al otro lado del edificio, se extendía una inmensa llanura, la del delta del Llobregat, en la que se mezclaban fábricas, pisos y aún más campos de cultivo. Las vistas alcanzaban hasta el mar y el aeropuerto de El Prat. El piso de Rosa y Rafa se ubicaba a unos centenares de metros de la torre de la Miranda, el mirador de una casa noble cuyos jardines, que ocupaban casi tanto terreno como aquel nuevo barrio que crecía a su lado, eran un bosque salvaje al que gentes con escopeta iban a cazar. Si Leonor había sentido vértigo al asomarse al pequeño balcón, tanto a Lucía como a Juanito les fascinó la altura, y más porque vieron pasar un par de aviones en un corto intervalo de tiempo. En Montilla solo se divisaba el vuelo de las aeronaves de tanto en cuanto, y mucho más a lo lejos. Días atrás, Leonor, Manuel y Rosa habían visitado con los niños el aeropuerto de El Prat. El viaje, de por sí una aventura de transbordos en autobús, culminó con varias horas en la terraza de un bar que justo se asomaba a las pistas y constituía todo un reclamo de fin de semana. El ruido de los aviones era ensordecedor; los trajes y vestidos de los pasajeros, de una elegancia que ninguno había visto nunca.
Manuel apareció por el portal también sudado. Bajaba del piso. Se quedó junto a su mujer y se encendió un pitillo.
—¿Ya habéis acabado arriba? —preguntó Leonor.
Su marido se encogió de hombros.
—Depende de Rafa, ahora quería mover no sé qué después de haberlo movido todo… Está todo el rato: Manolo eso, Manolo lo otro… Y eso que tienen pocos trastos. Él sí que se mueve poco. Es más vago que la chaqueta de un guarda. A él le gusta mucho mandar, pero poco dar el callo.
—Manuel, nos dejan un sitio donde vivir.
—Un agujero.
Leonor y su familia podían seguir en la cueva de Sant Joan Despí a cambio de que Manuel le pagara dos décimas partes de su salario a su cuñado. Lo habían hablado con el capataz. El dinero iría directamente al sobre de Rafa, ese de color marrón en el que cobraban cada semana
