Presentes
La dictadura no golpeó en la puerta de mi casa. No me tocó. Por esos tiempos era un niño que transitaba las calles de mi barrio, Piedras Blancas. Y mientras yo jugaba, en Uruguay pasaban cosas.
Aquel período fue doloroso. Temor, incertidumbre, desesperación, búsqueda, y mucho dolor formaron parte de la vida de infinidad de uruguayos.
El paso del tiempo permitió que muchas de las cosas que estaban vedadas se hicieran públicas. Sin embargo, en un rinconcito, perdidas y ocultas, había infinidad de historias de mujeres. Mujeres anónimas, invisibilizadas, que durante la dictadura fueron un canto a la resistencia: las madres.
¿Por qué escribí este libro? Por ellas. Por las que convivieron con el temor y la desesperación. Las que salieron a la calle a buscar. Las del amor incondicional. Las que jamás faltaron a una visita. Las que sufrieron y lloraron solas en la oscuridad de la noche.
La idea surgió a partir de una simple charla con un amigo que me hizo notar que esas mujeres eran las grandes olvidadas de aquella dura etapa que vivió el país.
A partir de ese momento sentí la humilde obligación de visibilizar a un pequeño grupo de madres anónimas que resistieron a la dictadura. En ellas están representadas muchas otras.
No se trata de un libro académico ni de narrar el Uruguay que se vivía. Esa historia fue contada por muchos autores. Yo, humildemente, pensé en las madres y en escribir a corazón abierto contando sus historias. Lo que vivieron, padecieron y pelearon por sus hijos.
También están aquí aquellas mujeres que, sin ser madres, ocuparon ese lugar con un amor a prueba de todo. Abuelas, tías, hermanas que se pusieron familias al hombro. Ellas también merecen reconocimiento.
Debo admitir que no las tenía presentes cuando inicié la búsqueda de las historias. Pero como si fuera un árbol que va creciendo, se fueron abriendo las ramificaciones que me llevaron a conocer mujeres que, sin ser madres, asumieron el rol con enorme valentía. Sentí la necesidad de incluirlas.
En la investigación reparé en historias de barrio. Esas que generalmente quedan ocultas, perdidas, silenciadas. Quería que tuvieran voz. También viajé al interior profundo para saber cómo se vivió esa época del país en una sociedad que tiene una tendencia a ser más conservadora y tradicional.
Una historia me llevó a otra. Los propios entrevistados me abrieron caminos.
En el viaje al alma del libro atravesé innumerables situaciones. El respetable silencio de quienes prefirieron no remover su pasado. Y la increíble confianza de gente que me brindó recuerdos que marcaron su vida, como una caja plagada de cartas que un hijo escribió a su madre desde la cárcel. Abrir cada viejo sobre me movió el alma. Cuando llegué al final de cada una de ellas comprendí el valor de cada palabra. Es que, sobre el cierre de las misivas, la letra se achicaba cada vez más –al grado de ser casi invisible– para aprovechar el poco espacio que restaba en la hoja que se les permitía escribir.
Asumo que las entrevistas representaban un reto. Las encaré con una premisa básica: respeto. La respuesta fue que, no solo me abrieron desinteresadamente las puertas de su casa, sino también las de su corazón.
Valoro y agradezco la generosidad de todas las personas que aportaron con sus relatos. No es sencillo remover sentimientos. Me llevó charlas profundas, lágrimas, emociones. Las mismas que dejé en el teclado cuando me tocó escribir.
Por doña María, Nibia, Graciela, Nelba, Lucy, Lil, Aurora, la tía Delia, Beba, Alicia, Rosita, Susana, Yolanda, Ninón, la tía Marta, Maximina, Alba Rosa, Zulma, María Laura, la Polaca Sara y la vecina de al lado.
Por las madres.
Jorge Señorans
Nibia López
Madre coraje
«Señora, la felicito, va a ser mamá…», le dijeron mientras estaba encapuchada. El hecho de estar embarazada no fue impedimento para zafar de todas las torturas imaginables, incluida la que más afecta a una mujer: el abuso sexual. La encerraron en un calabozo. Estuvo a punto de perder el embarazo. En el parto perdió mucha sangre y debió recibir transfusiones. Apenas nació su hijo, se lo sacaron. Estuvo dos días sin verlo. Nibia López y una historia cruda y desgarradora de una mujer que luchó por amor a su familia, a su hijo, y por sus ideas para cambiar el mundo soñando con una revolución.
Nibia se para y camina unos pasos en el living de su casa. Toma una serie de fotos y me las muestra. «Esta es del día del casamiento», me dice y me entrega un cuadro donde se la ve sonriente al lado de Baldemar. Se ceba un mate y retoma la charla. Su voz es calma y cálida, como aquella típica mañana de verano donde se respiraba el aire del balneario donde vive con su eterno compañero.
Esta mujer tiene una historia cruda y desgarradora que contó con total naturalidad en una charla que fluyó durante más de dos horas.
«¡Alto o disparo, están rodeados!». El grito los paralizó. Era mayo de 1974 cuando la pareja fue sorprendida caminando por las calles de Piedras Blancas rumbo a su casa. Nibia López y Baldemar Taroco se miraron. No fue necesario hablar. Sus ojos se expresaron. Los militares de las Fuerzas Conjuntas avanzaron, momento en el que Baldemar salió corriendo por la calle y Nibia hizo lo propio contra el muro de la casa. Una lluvia de balas los persiguió hasta que su esposo cayó herido en medio de la vía pública y ella fue atrapada y metida dentro de la casa donde comenzó a vivir una pesadilla.
La encapucharon con un repasador y se inició un interrogatorio por parte de los miembros de las Fuerzas Conjuntas. Nibia, que era militante del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), fue torturada durante varias horas. «Venía uno y te daba un piñazo y venía otro que decía: “No, dejala, pobrecita, que es una chiquilina”. Aparte de los golpes, de sacarte la ropa, estaba también el tema mental. Yo tenía 19 años y estaba embarazada. Antes de caer me había hecho un control que dio positivo», recordó.
Unas horas más tarde la sacaron de la casa, la tiraron dentro de un camello (vehículo militar), y se la llevaron mientras su compañero permanecía tendido en la calle herido de bala.
Fue trasladada a Boiso Lanza, en Camino Mendoza, donde la llevaron a una sala de torturas. El lugar se conocía como «la perrera». ¿Por qué lo llamaban así? Porque era un espacio abierto al que daban las salas de tortura y las casillas donde encerraban a sus perros entrenados.
Nibia reveló que pasar por allí daba el miedo lógico de que soltaran a los perros. «Estaba encapuchada y sin poder ver. Lo único que percibía era lo que oía o podía tocar. Estar en esa situación, indefensa, te obliga a desarrollar otros sentidos. Ahí, en las perreras, tenía la sensación de que había mucha gente de plantón [era una forma de tortura que implicaba que el detenido permaneciera durante muchos días parado] y otras personas a las que estaban torturando porque escuchaba gritos».
Por unos cuantos días no supo absolutamente nada de su esposo hasta que le llegó la noticia de que lo habían trasladado a un hospital, ya que se había complicado la herida de bala que tenía en una pierna.
Mientras tanto, en Boiso Lanza, Nibia vivía encapuchada y de plantón. Cuando la sacaban del plantón era para llevarla a la sala donde estaban el caballete, el tacho, y la picana. A la tortura.
El momento más duro
En determinado momento, los miembros de las Fuerzas Conjuntas sospecharon que Nibia podía estar embarazada, así que le tomaron una muestra de orina para realizar un examen.
Días después apareció un hombre, que supuestamente era médico, y le dijo: «Señora, la felicito, va a ser mamá». En ese momento Nibia se encontraba encapuchada y dentro de una cámara de presurización en Boiso Lanza.
«Era todo oscuro, no veías nada. Y tenía puertas como las de los submarinos, con ojos de buey. Luego supe que esa era una cámara de prueba de pilotos que estaba dentro de un galpón».
Ni siquiera el embarazo sirvió para que los torturadores tuvieran contemplaciones. «No zafé de ninguna tortura, ni de picana, caballete, submarino, plantones, golpes y la que más afecta a las mujeres: el abuso sexual», expresó antes de narrar la dura experiencia que le tocó vivir.
Una noche, Nibia estaba en la sala de torturas esposada y encapuchada. «Con las mujeres utilizaban mucho el tema de la desnudez. Te desnudaban, te humillaban, te manoseaban, te tiraban agua para darte picana. Recuerdo que yo estaba empapada y desnuda cuando vino un tipo y me levantó la capucha. En ese momento le veo la cara. Me hace mirarlo y estaba con el montgomery de Baldemar [su esposo]. Y me dice: “¿Te gusta?”. Y abusó de mí».
Nibia reconoció que lo que más le molesta es que, pese a tener muy presente el rostro del abusador, jamás lo pudo encontrar.
«Es lo que más me marca y me molesta. Tengo la cara en mi memoria, pero no era ninguno de los que vi después. Me quedó eso. Que el tipo que más me lastimó, el que más me afectó con su acción, no sé quién es. Al día de hoy no sé quién es. Es una cara que nunca más vi y no pude denunciarlo porque no sé quién es».
Como muchas otras mujeres que pasaron por la tortura, hubo momentos en los que deseó la muerte para que se terminara el sufrimiento. «Es verdad, querés que se termine porque es horrible. Porque además, en esa situación, estás en manos de ellos, no podés hacer nada. Son los dueños de tu vida, de tu cuerpo, y hasta de tu cabeza si te descuidás. Me acuerdo que uno de los momentos donde me entró como una desesperación fue cuando estaba desnuda en el tacho. Me tenían boca abajo con agua mugrienta y me vino como algo de que me iba a morir. Entonces empecé a hacer fuerza, me solté, y resbalé arriba de la mesa de metal».
El interrogatorio duró varios días. Del plantón a la tortura y de la tortura al plantón. Vivir en ese estado la trastornaba y llegó un momento en el que no soportaba estar más de pie. Pasaba entre el sueño y la alucinación.
A la torre
Con el paso de los días Nibia fue sacada de «la perrera» y llevada a unos calabozos que estaban en una torre de control del mismo establecimiento.
Era un lugar construido sobre unos pilares que tenía cinco calabozos chiquitos. La puerta no se podía abrir con normalidad porque golpeaba contra la cama.
A la construcción, que era de bloques de hormigón, se ascendía a través de una escalera metálica. Tenía un baño con agua fría y prácticamente no había luz. Allí se reencontró con algunas compañeras que también estaban presas en el lugar.
Cada tanto, eran sacadas para ser llevadas a «la perrera» o, en su defecto, las subían encapuchadas a una camioneta donde eran sometidas a simulacros de fusilamiento. Esa situación despertaba sensaciones terribles. Nibia lo vivió en carne propia.
«El simulacro de fusilamiento era muy estresante. En ese momento te apuntaban y te decían “Corré”. Yo nunca corrí porque ya había pasado con un compañero que salió corriendo, lo agarraron, lo pararon delante de todos los demás y lo mataron. Fue en diciembre de 1973. Entonces, vos tenías claro que eso te podía pasar. Otra cosa que hacían era que vos estabas parada y disparaban al lado tuyo. Gatillaban. Pah, eso es muy duro también», recordó sobre aquellos momentos de angustia y temor que le tocó vivir.
Así la tuvieron a Nibia desde mayo hasta setiembre. Incomunicada y desaparecida ante la búsqueda desesperada de su familia.
Recién en el mes de setiembre, cuando fue llevada a un juzgado, su familia se enteró de que estaba con vida y su mamá, Lourdes, supo que estaba embarazada.
Embarazo en riesgo
A pesar de estar embarazada, Nibia jamás recibió la visita de un médico. Es más, las condiciones en las que vivía en la torre no eran las adecuadas para una mujer que iba a tener familia. «Frío, humedad, mugre, la comida, cuando había comida, era mala. Fruta solo comía cuando me traían en alguna visita», expresó. De sus palabras se desprende que la alimentación no era la adecuada y muchos menos para una mujer que comenzaba a vivir los primeros meses de embarazo.
Consecuencia de todo ello fue que Nibia contrajo hepatitis y en diciembre de 1974 debió ser trasladada al Hospital Militar. Cuando la llevaron, el nacimiento de su hijo era inminente.
«Estaba en una situación muy difícil, como en un callejón sin salida, porque estábamos presos y veía que no iba a salir pronto. Pero al mismo tiempo iba a ser madre y eso era muy motivador. No haber perdido el embarazo, cosa que le pasó a muchas compañeras, era importante. En ese momento tan oscuro el nacimiento de mi hijo iba a ser alentador», comentó.
Como Nibia fue internada pocos días después del asesinato del coronel Ramón Trabal, el ambiente con los presos políticos en el hospital no era sencillo. De hecho, estaban todos incomunicados en la Sala 8. De todos modos, Nibia reconoció que le tocó un médico, de apellido Fabius, que tuvo un trato muy humano con ella y le ordenó una dieta especial a base de comida para recuperar el peso perdido.
Luego de pasar Navidad internada, a fin de mes, el doctor le dio el alta para que pudiera tener una visita de su familia antes del parto. Nibia fue trasladada nuevamente a Boiso Lanza, pero no recibió visitas. Por el contrario, la dejaron sola e incomunicada porque sus compañeras ya habían sido trasladadas a Punta de Rieles.
«Tampoco había policía femenina. Yo quedé sola allá arriba de la torre, embarazada de mi hijo y a punto de dar a luz, con un milico de guardia al pie de la escalera».
Allí recibió Año Nuevo. Nibia no olvida el gesto que tuvo el guardia que aquel día custodiaba su lugar de detención. «Me acuerdo que la noche de fin de año el milico que estaba abajo me subió un pedazo de cordero para comer. Y ahí, con mi panza, me senté en la puerta de la torre a mirar la noche, el cielo, los fuegos artificiales. Así pasé fin de año».
El nacimiento de Daniel
La mañana del 9 de enero de 1975, Nibia comenzó con contracciones. Para ella, una jovencita que iba a tener su primer hijo, las sensaciones que estaba experimentando eran toda una novedad. Nunca la prepararon para el trabajo de parto. En determinado momento llamó al guardia que estaba abajo de la torre y le dijo que se sentía rara.
«Yo no tenía ni idea de cómo era llevar el trabajo de parto. Nadie me dijo nada».
Fue entonces que, con enormes dificultades, bajó la escalera metálica de la torre y fue trasladada al Hospital Militar. Nibia contó con lujo de detalles cómo vivió aquel día.
«Me bajaron encapuchada y esposada. La camilla en la que me habían trasladado la pusieron a rodar por el piso. Yo, por debajo de la venda, veía los pies de la gente. Ahí me llevaron a la Sala 8, que era la sala de las presas, al trabajo de parto. Siempre incomunicada, porque nadie podía hablar conmigo. Pasé muy mal, nadie me podía ayudar. A las 9 de la noche nació mi hijo».
Como consecuencia del parto de Daniel, tuvo un desgarro y una hemorragia muy grande por lo que tuvo que recibir transfusión de sangre. A todo esto, a su hijo se lo arrancaron de las manos, por lo que empezó a gritar con desesperación preguntando qué iban a hacer él. Pero la ignoraron. «Tuvieron una falta de sensibilidad increíble, ninguna empatía con nada. De todos modos, yo empecé a jorobar preguntando permanentemente dónde estaba mi hijo ya que le tenía que dar de mamar. Y me decían que no me lo podían traer».
Pasaron dos días para que le permitieran verlo.
«Me pusieron en una silla de ruedas, me colocaron leuco en los ojos y por encima unos lentes de sol, y me llevaron en esas condiciones a verlo». Recién cuando estaba en la nursery le sacaron los lentes y las esposas para que pudiera amamantar al bebé. Cuando volvía a la sala lo hacía esposada y con los lentes puestos.
Vivió esos días en la incertidumbre total. No sabía qué podía llegar a pasar con su hijo. «Fue horrible. Esos momentos fueron espantosos, así como también fue espantoso cuando me dieron el alta porque me inquietaba saber dónde me iban a llevar. Me preguntaba: ¿Me van a llevar con él? ¿Me lo van a sacar? Vivir en ese estado de no saber qué podía pasar fue tremendo».
En determinado momento pidió para concurrir a la nursery a darle de mamar a su hijo. Llegó, tomó a su bebé, lo abrazó, y se puso a llorar sin consuelo. No podía parar de llorar.
Al rato ingresaron unos uniformados que, sin mediar palabra, la trasladaron junto a su hijo a una barraca de la Base Aérea N.º 1 en el aeropuerto. Allí permaneció seis meses, viviendo su maternidad en estado de inseguridad y miedo.
En ese lugar, Nibia disponía de una salida detrás de los calabozos. Era un espacio chico, entre los tejidos, donde era vigilada por soldados armados y con perros en cada esquina. El recreo se limitaba a caminar por ese pequeño espacio con su hijo Daniel en brazos.
Cierta vez se vivió una situación que no olvida. «Llegó el jefe del S2 (Dirección de Inteligencia del Ejército Nacional), que era el jefe del operativo donde me detuvieron, el mayor Pintos, y me dijo que le entregara a mi hijo. Que yo era una tupamara que no lo iba a poder criar y que él sí lo iba a poder cuidar y lo iba a tener bien. Y yo le dije que no, que a mi hijo no se lo daba nadie».
Aquella charla la atemorizó más todavía por lo que le pidió a su mamá que se llevara a Daniel a vivir con ella. «Es
