1
Una vez más cabalgó hasta el Valle de la Muerte.
Solo que este «valle» estaba en Colorado, en la cárcel de Florence, la única prisión de máxima seguridad reforzada del sistema federal de Estados Unidos. Con todo, la referencia a la «muerte» resultaba más que evidente; el lugar apestaba a ella en virtud de los crímenes cometidos por los reclusos que albergaba entre sus muros.
La agente especial del FBI Atlee Pine había apretado el acelerador a fondo para llegar allí en su moderna versión de un caballo: su Mustang descapotable de 1967 color turquesa. Se había pasado dos años restaurándolo con su propietario original, un veterano agente del FBI que había ejercido como su mentor poco después de que ella acabara su formación en Quantico. Cuando el hombre murió, le legó el coche. Y ahora Pine no podía imaginar su vida sin él.
Una vez concluida su veloz travesía, permaneció sentada en el aparcamiento de la prisión reuniendo el valor y el aplomo necesarios para ver a un monstruo en particular que estaba internado allí dentro, entre otras muchas abominaciones humanas. Aquellos hombres constituían la materia de la que estaban hechas las pesadillas. En conjunto, habían asesinado a millares de personas sin mostrar el más mínimo ápice de remordimiento.
Pine iba vestida toda de negro salvo por la blusa blanca. La reluciente placa del FBI estaba prendida a la solapa de su chaqueta. Tardó diez minutos en pasar los controles de seguridad, donde tuvo que dejar sus armas: la Glock 23, su pistola principal, y una Beretta Nano con cargador de ocho disparos, el arma de refuerzo que llevaba en una pistolera en el tobillo. Se sentía un tanto desnuda sin sus dos pistolas, pero las prisiones tenían sus normas. Y, por razones obvias, una de las más importantes era que las visitas no podían llevar armas.
Se sentó en el duro taburete de un cubículo de la sala de visitas, con las largas piernas enroscadas alrededor de los soportes metálicos del asiento. Frente a ella había una gruesa barrera de cristal. Al otro lado, no tardaría en aparecer el hombre al que había ido a ver.
Minutos después, seis corpulentos guardias escoltaron hasta el interior de la sala a Daniel James Tor, cargado de esposas y grilletes, y lo encadenaron al aro de acero anclado al suelo. Luego se marcharon, dejando allí a la agente de la ley y al fuera de la ley una frente al otro, separados solo por el cristal de policarbonato que podía soportar la gran mayoría de los impactos de bala.
Tor era un espécimen de físico impresionante; medía más de metro noventa y pesaba casi ciento treinta kilos de fibra musculosa. Y, pese a sus más de cincuenta años, podía pasar perfectamente por un jugador de la NFL. Pine sabía que tenía el cuerpo cubierto de tatuajes, muchos de ellos grabados en la piel por algunas de sus propias víctimas. Por lo visto, Tor poseía tal confianza en el control que ejercía sobre sus presas que les permitía tener en la mano un objeto punzante con el que podrían poner fin a su pesadilla. Sin embargo, ninguna de ellas había intentado hacer nada contra él.
Era un engendro de la naturaleza tanto física como emocionalmente. Un sociópata narcisista, o al menos eso era lo que habían concluido todos los expertos consultados. Se trataba sin lugar a dudas de la combinación más mortífera que la naturaleza puede conceder a un ser humano. No es que matara con maldad; era algo mucho peor. No sentía la menor empatía hacia los demás. Su único afán era conseguir el propio placer. Y el único modo de saciar ese deseo consistía en la absoluta destrucción de los otros. Lo había hecho al menos en treinta ocasiones; esas eran sus víctimas conocidas. Pine y otros miembros de los cuerpos policiales sospechaban que el número real podría duplicar o incluso triplicar esa cifra.
Tenía la cabeza totalmente rapada, al igual que el mentón y la mandíbula. Sus ojos gélidos y asépticos se posaron sobre Pine como los de una serpiente curiosa antes de atacar a su presa. Eran las pupilas de un depredador salvaje; el único pensamiento que había tras ellas era el de matar. Pine también sabía que, como consumado embaucador, Tor podía adoptar cualquier papel que se exigiera de él para atraer a sus víctimas a su perdición, entre ellos el de aparentar ser una persona normal. Y eso, ya de por sí, resultaba suficientemente terrorífico.
—¿Usted otra vez? —preguntó en un tono deliberadamente condescendiente.
—A la tercera va la vencida —replicó ella, impasible.
—Empieza a aburrirme. Así que aproveche bien su tiempo.
—Le enseñé la foto de Mercy durante la última visita.
—Y yo le dije que me hacía falta más información. —A pesar de sus palabras sobre estar aburrido, Pine sabía que Tor necesitaba a alguien a quien tratar de dominar. Requería atención para justificar su misma existencia. Y ella pensaba aprovecharse de ello.
—Ya le he dado todo lo que tengo.
—Todo lo que cree que tiene. Ya se lo dije la última vez. Y le pedí que hiciera los deberes. ¿Los ha hecho? ¿O va a decepcionarme?
Pine estaba transitando por una línea muy delicada. Era consciente de ello; y, más importante aún, Tor también. Quería mantenerle interesado y, al mismo tiempo, procurar que no la dominara por completo. Eso, precisamente, era lo que aburría al hombre.
—Tal vez usted tenga algunas ideas que puedan ayudarme.
Él la miró con expresión hosca.
—Me dijo que su hermana gemela tenía seis años cuando se la llevaron.
—Exacto.
—Se la llevaron de su habitación en mitad de la noche cerca de Andersonville, Georgia. ¿Estaba usted con ella?
—Sí.
—¿Y cree que la ataqué a usted pero no la maté?
—De hecho, me destrozó el cráneo.
—¿Y que recité una cancioncilla infantil para decidir a cuál de las dos llevarme?
—Pito, pito, gorgorito.
—De modo que, si empezaba por una de las dos, acabaría tocándole a la otra, debido a la estructura fonética de la canción.
Ella se inclinó hacia delante.
—¿Y por qué decidió empezar por mí? Porque entonces sabía que Mercy sería la perdedora.
—Está yendo demasiado deprisa, agente Pine. Debe ir más despacio si queremos llegar a alguna parte.
De forma instintiva, Pine decidió contraatacar.
—No tengo ganas de perder más tiempo.
Él sonrió y, haciendo agitar sus grilletes, replicó:
—Yo tengo todo el tiempo del mundo.
—¿Por qué eligió dejarme vivir a mí y no a Mercy? ¿Fue puro azar? ¿Una casualidad?
—No se deje ofuscar por su sentimiento de culpabilidad de superviviente. Y yo tampoco tengo tiempo para lamentos. —De pronto sonrió y añadió—: Aunque esté condenado a más de treinta cadenas perpetuas. —Se mostró orgulloso de las sentencias que pesaban sobre él, como ella sabía que haría.
—Muy bien, pero para mí es importante conocer la verdad —repuso Pine con calma.
—Ha dicho que le destrocé el cráneo. Podría muy bien haber muerto.
—Podría, pero no morí. Y a usted siempre le gusta asegurarse de que sus víctimas no sobrevivan.
—¿Se da cuenta de que está refutando su propio argumento de que fui yo quien las atacó aquella noche?
—Yo no lo veo así.
—Permítame insistir sobre ese punto. ¿Conoce alguna otra situación en que me llevara a una niña de seis años de su habitación y dejara a un testigo con vida?
Pine se echó hacia atrás en el taburete.
—No.
—Entonces ¿por qué piensa que fue así en su caso? ¿Porque su hipnoterapeuta hizo emerger ese recuerdo de su subconsciente? Me habló de ello en su última visita. Es algo muy curioso, la hipnoterapia. Se equivoca tanto como acierta, quizá incluso más. Pero usted ya me había estudiado durante su formación en el FBI. De hecho, todos los agentes en prácticas lo hacen, ya que soy una lectura obligada —agregó como si tal cosa, aunque Pine detectó un deje de orgullo en su tono—. Me contó que sabía que yo había estado actuando en Georgia durante esa época. De modo que ¿quiere que le diga lo que pienso? Que la hipnosis no sacó a la luz un recuerdo real, sino que simplemente le dio la base para extraer una conclusión a la que ya había llegado basándose en información externa. —Tor negó con la cabeza—. Ese argumento nunca se sostendría ante un tribunal. Me colocó a mí en la escena porque deseaba que yo estuviera allí, porque no tenía a la persona real para llenar las lagunas de su memoria. Quería cerrar el caso y pasar página desesperadamente, hasta el punto de estar dispuesta a aceptar algo que no es verdad.
Ella no dijo nada porque sabía que era muy posible que Tor tuviera razón. Mientras reflexionaba sobre ello, él añadió:
—Agente Pine, ¿la he perdido? —Agitó las esposas—. ¿Hola, FBI? Mi nivel de interés está cayendo en picado por segundos.
—Su modus operandi fue cambiando a lo largo de los años. No todos sus ataques fueron iguales. Evolucionaron.
—Por supuesto que evolucionaron. Como en cualquier otra profesión, cuanto más te dedicas a algo, mejor lo haces. Y yo no soy una excepción. De hecho, soy la norma en mi particular… especialidad.
Ante ese comentario, Pine tuvo que contenerse para evitar que la bilis le subiera a la garganta. Sabía que, al comparar su actividad criminal con una profesión, Tor buscaba ver repulsión en su rostro, pero no pensaba darle esa satisfacción.
—Es cierto. Pero eso no hace más que reforzar mi teoría. Solo porque desconozcamos si lo ha hecho antes, no significa que no pueda haberlo hecho nunca. Como acaba de decir, su método fue mejorando. Evolucionó.
—¿Sabe si he vuelto a hacerlo después de aquella vez?
Pine estaba preparada para esa pregunta.
—No tenemos constancia de todas sus víctimas, ¿no? Así que no puedo responder a eso con total certeza.
Tor se reclinó y sonrió a regañadientes ante esa carta tan bien jugada.
—Quiere una respuesta ahora, ¿no es así? ¿Lo hice o no lo hice? Tan simple como eso.
—Vuelvo a repetirle que no le costaría nada. No van a ejecutarle por ello.
—Podría mentir y decir que tiene usted razón. ¿Le bastaría con eso?
—Soy agente del FBI.
—Lo que significa…
—Significa que necesito…
—Necesita el cuerpo… o más bien el esqueleto, después de todo este tiempo. ¿Es así?
—Necesito confirmación —se limitó a decir Pine.
Tor se encogió de hombros.
—Me temo que no sé dónde están enterrados todos los cuerpos.
—Entonces ¿se equivocaban al afirmar que tiene memoria fotográfica?
—No del todo. Pero intencionadamente he olvidado algunos de ellos.
—¿Por qué?
Tor se inclinó hacia delante.
—Porque no todos eran dignos de ser recordados, agente Pine. Y no quiero ayudar a cerrar la herida a todos los familiares gimoteantes que vienen a suplicarme. No es precisamente lo mío, ¿o acaso no lo ha notado?
—¿Recuerda dónde enterró a Mercy?
—Tendrá que volver para tener otra charla conmigo. Ya estoy cansado.
—Pero si solo hemos empezado a hablar —repuso ella, con un deje de urgencia en su voz.
—Llámame Dan.
Ella lo miró con gesto inexpresivo. No se había esperado esa petición.
—¿Cómo?
—Es nuestra tercera cita. Ya es hora de usar nuestros nombres de pila, Atlee.
—¿Y si no quiero hacerlo?
Juntó las manos en una palmada silenciosa.
—Entonces el paradero de la pobre, dulce y probablemente muerta Mercy continuará siendo un enigma para siempre. Puf…
—¿Cuándo quiere que volvamos a vernos?
—Dentro de un mes…, Atlee. Soy un hombre muy ocupado. Así que dilo, o habremos acabado. Definitivamente.
—De acuerdo…, Dan.
Pine se levantó y se marchó, recuperó sus armas… y tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no irrumpir de nuevo en la cárcel y volarle los sesos al puto «Dan».
Se subió al coche y puso rumbo a Shattered Rock, Arizona, donde era la única agente federal a cargo de unas vastas extensiones de territorio escasamente poblado. Al cabo de una hora de trayecto, recibió una Alerta Amber en el móvil. Habían secuestrado a una niña. El sospechoso conducía una camioneta Nissan gris muy cerca de donde se encontraba Pine.
Y esa noche, bajo el resplandeciente fulgor de una brillante luna del cazador, el dios de la ley y el orden sonrió a Pine, porque cinco minutos después la camioneta pasó volando junto a ella en dirección contraria.
Dio un volantazo de ciento ochenta grados. Los neumáticos del Mustang restaurado humearon y chirriaron en protesta antes de agarrarse de nuevo al asfalto. Pine encendió las luces azules que había instalado en la parrilla del coche, apretó a fondo el reluciente pedal cromado del acelerador y, haciendo rugir el motor, salió disparada para salvar la vida de una niña.
Pine se juró a sí misma que esta vez no iba a fallar.
2
Las fuerzas del orden tenían una regla fundamental en relación con las Alertas Amber: localizar a la víctima y al secuestrador lo más rápido posible, y cercarlos para impedir cualquier posible escapatoria. Una vez conseguido eso, podías manejar la situación de varias maneras. O bien por la fuerza bruta, o bien convenciendo al sospechoso de que no ejerciera violencia contra el rehén, si es que cabía tal posibilidad.
Cuando el hombre se desvió de la carretera principal después de ver las luces azules destellantes acercarse velozmente tras él, Pine supo que debía interpretar la situación y tomar pronto esa decisión. Al menos conocía el terreno. Pine había tomado ese mismo desvío para tratar de despejar la mente después de su segunda sesión con Tor. Por eso sabía que se trataba de un cañón encajonado, y que la única salida posible consistía en regresar a la misma carretera principal.
Llamó a la policía local para darles su ubicación. Les dijo que era agente federal y que estaba persiguiendo al sospechoso. Sabía que se pondrían en marcha inmediatamente, pero también era consciente de que se encontraban en un territorio muy remoto y aislado. Los agentes no llegarían en cuestión de unos pocos minutos. De modo que, por el momento, solo estaban Pine y sus dos pistolas, su ingenio, su formación y su experiencia; todo ello, sumado al fuerte deseo y la esperanza de que la niña sobreviviera.
Poco a poco, a medida que ascendían por la serpenteante carretera, la penumbra vespertina fue dando paso a la oscuridad. Con cada giro de las ruedas, la calzada se iba volviendo cada vez más estrecha y la caída cada vez más alta.
Aguzó la vista para intentar ver al hombre y a la niña en la cabina de la camioneta, pero apenas logró distinguir unas vagas siluetas. Sin embargo, el número de la matrícula era el mismo que había emitido la Alerta Amber, y era evidente que el tipo trataba de escapar. Pine no tenía claro si el sospechoso era consciente de que la carretera no tenía salida, pero lo que sí sabía era que la situación se iba a complicar mucho. Aun así, ella había sido rigurosamente adiestrada para afrontar ese tipo de situaciones.
Al cabo de algo menos de un kilómetro llegaron al punto de no retorno. Pine colocó el Mustang transversalmente en el centro de la estrecha carretera a fin de bloquear la salida, con el lado del copiloto mirando hacia la camioneta. Si trataba de embestirla, dispararía al sospechoso a través del parabrisas. Sacó su fiel Glock y apuntó cuidadosamente hacia el vehículo por la ventanilla abierta del pasajero.
La Nissan dio media vuelta hasta que su morro quedó apuntando en la dirección por la que había venido. El hombre detuvo la camioneta y dejó el motor al ralentí. Pine casi podía ver cómo giraban los engranajes en su cabeza: «¿Lo intento o no?».
Cuando el tipo encendió las luces largas, seguramente para tratar de cegarla, ella se encargó de apagarlas de dos certeros disparos. Ahora, supuso Pine, se habría ganado toda su atención. Después de llamar de nuevo a los agentes locales para informarles de su nueva posición, se quedó sentada con una mano agarrando firmemente el arma y la otra sobre la manija de la portezuela.
Permanecieron así durante un buen rato. Luego, al cabo de unos diez minutos, se abrió la puerta del conductor de la Nissan. Al parecer, el tipo ya se había decidido.
Y dio comienzo la partida de ajedrez.
Pine respondió a su movimiento abriendo la puerta del Mustang.
Dos pares de pies salieron de la Nissan y se posaron sobre el suelo de tierra.
Pine hizo girar sus largas piernas para salir del Mustang y sus botas se aposentaron sobre el asfalto.
Cuando el secuestrador y la niña emergieron de detrás de la puerta del conductor, Pine apuntó con la pistola al ancho pecho del hombre.
—FBI. No tiene escapatoria. Apártese de la niña. Túmbese boca abajo en el suelo, con las piernas abiertas y las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Haga lo que le digo o abriré fuego.
El hombre no obedeció ninguna de sus órdenes. En vez de ello, se agachó y colocó a la niña justo delante de él.
Muy bien, se dijo Pine a sí misma, ese saco de mierda pensaba ponérselo difícil y utilizar a la cría como escudo. «No sé por qué me sorprendo».
A la luz que arrojaba el interior de la cabina, Pine había observado que el tipo tendría algo más de cincuenta años. Era de estatura media, recio y musculoso, con la cabeza calva y una fina línea de pelo gris enmarañado que se enroscaba como hiedra alrededor de su coronilla. Sus facciones curtidas y ajadas resultaban muy desagradables, propias de un perturbado. Era el estereotipo andante de un pedófilo avejentado. Llevaba una sucia camiseta que dejaba al descubierto sus protuberantes bíceps de hacer pesas, unos polvorientos pantalones de pana y unas botas gastadas. La niña tendría unos diez u once años; era alta para su edad, con un cuerpo esbelto y atlético. Un par de trenzas rubias colgaban a los lados de su cara. Llevaba unos pantalones cortos de fútbol con manchas de hierba y un jersey a juego. Tenía las rodillas sucias, al igual que los calcetines largos y las zapatillas Adidas. Parecía asustada, como era lógico, pero en sus ojos Pine detectó también un espíritu resuelto y decidido.
No tenía muy clara la situación: podía tratarse de un escenario con un desconocido peligroso, o podía ser un simple caso de secuestro familiar. El hombre parecía demasiado mayor para ser su padre, pero quién sabía últimamente.
—La policía está de camino. Haga lo que le digo y podrá salir vivo de esta.
El tipo se la quedó mirando sin decir palabra.
—¿Habla inglés? —le preguntó ella en español.
—Soy americano, puta —bramó él—. ¿Te parece que tengo pinta de mexicano?
—Entonces no hay razón para que no cumpla mis órdenes.
El hombre sacó una Sig de la cintura del pantalón y apretó el cañón de la pistola contra la cabeza de la niña.
—Esta es mi escapatoria. Tira la pipa o le volaré los sesos a la princesita.
—Deje el arma en el suelo, consiga un abogado y cumpla su condena.
—Ya he pasado por eso. Y no me gustó mucho que digamos.
—¿Cómo se llama?
—No intentes ir con esa mierda de poli buena conmigo.
—Estoy segura de que podemos arreglar esto.
—Joder, ¿de verdad piensas que vamos a llegar a un trato? —preguntó él en tono incrédulo.
—Suelte a la niña e intentaremos resolver su situación.
—¿Te crees que me voy a tragar toda esa palabrería?
A lo lejos empezaban a oírse las sirenas.
—No es simple palabrería, es la verdad.
—No pienso hacer ningún trato.
—Entonces ¿cómo cree que vamos a solucionar esto?
—Contigo apartando el coche y dejándome salir de aquí. Quiero hacerle algunas cositas a esta pequeña preciosidad. Y estoy ansioso por empezar cuanto antes. —Mientras lo decía, rodeó con el otro brazo la garganta de la niña.
Pine acercó el dedo al gatillo de la Glock. ¿Debería arriesgarse a disparar?
—¿Y qué pasa con los policías que están de camino?
—Ordénales que se retiren.
—No tengo jurisdicción sobre ellos.
—Mira, zorra estúpida. Tengo a la niña, lo que significa que yo tengo el mando. Vas a hacer lo que te digo, no lo que tú quieras.
—No va a marcharse de aquí con ella.
—Pues entonces tienes un gran problema, puta.
Pine decidió cambiar de táctica. Miró a la niña.
—¿Conoces a ese hombre?
La pequeña negó despacio con la cabeza.
—¿Cómo te llamas?
—Me lla…
—Cállate —ordenó el tipo, apretando aún más el cañón contra su cabeza—. ¡Y tú cierra también el pico! —le gritó a Pine.
—Quiero que los tres salgamos de esta por nuestro propio pie.
—Querrás decir vosotras dos. Lo que me pase a mí te importa una mierda.
—No quiero disparar, pero si me obliga tendré que hacerlo.
—Si me disparas, ella morirá.
Pine volvió a mirar a la niña e hizo una rápida valoración. Le recordaba a sí misma a esa edad. Alta, flacucha. Pero una vez más le sorprendió la calma que veía en sus ojos. Recorrió de nuevo con la mirada su equipación deportiva, los pantaloncitos manchados de hierba, las rodillas sucias. La chiquilla era peleona. Así que tal vez, solo tal vez, su idea podría funcionar. Era algo arriesgado, pero no tenía opciones que no lo fueran.
—¿Juegas a fútbol?
La niña asintió lentamente.
El hombre la arrastró hacia atrás, en dirección al borde del precipicio. Apenas unos tres metros los separaban de una caída de más de trescientos.
—No se acerque ni un milímetro más al borde —le ordenó Pine, avanzando unos pasos al frente.
El hombre se detuvo. Ella también.
Las sirenas se oían cada vez más cerca. Si Pine no resolvía pronto la situación, podría complicarse mucho cuando llegara la policía.
—Se me está acabando la paciencia —bramó el tipo.
—Ya le he dado una opción. La única que puedo ofrecerle. La cárcel no es ninguna bicoca, pero es mejor que una tumba. Del hoyo no podrá salir en libertad condicional.
El hombre se acercó un poco más al precipicio, arrastrando a la niña consigo.
—¡Deténgase! —gritó Pine mientras trataba de enfocar su objetivo a través de la mira nocturna instalada en su Glock. El alza incorporaba dos elementos de tritio fluorescente, mientras que el punto de mira tenía solo uno, rodeado de pintura blanca no luminosa. Era bastante fiable, pero sabía que no podía disparar. Podría darle a la niña. O el dedo del hombre podría apretar el gatillo al recibir el impacto de la bala.
El tipo sonrió con aire triunfal al percibir el dilema en el semblante de Pine.
—No vas a disparar. Tengo la sartén por el mango, señorita.
Pine volvió a mirar a la niña. «Muy bien, llegó el momento de jugársela a todo o nada».
—Yo también jugaba al fútbol, ¿sabes? La única vez que metí un gol fue de tacón, dando una patada hacia atrás. El balón se coló entre las piernas del portero. Apuesto a que tú eres mucho mejor jugadora de lo que era yo. —Pine sostuvo fijamente la mirada de la niña, comunicándole con los ojos lo que no podía decirle con palabras.
—¡Dejad de hablar de fútbol, joder! —vociferó el tipo—. ¡Por última vez, tira la…!
El pie de la niña salió disparado hacia atrás y hacia arriba, golpeando al hombre acuclillado justo en la entrepierna. Este soltó a la niña, con el rostro retorciéndose de dolor, y la Sig resbaló de su mano.
—Pe-pequeña… zo… —gimió con la cara roja como la grana, y cayó de rodillas jadeando en busca de aire.
Pine se precipitó hacia delante y dio una patada a la pistola para alejarla del hombre. Agarró a la niña por el brazo y la puso a salvo.
Ese debería haber sido el final. Pine tenía su arma y el secuestrador no tenía la suya. Ni tampoco a su rehén. La niña había sido liberada. Todo había acabado.
Pero no fue así. Porque, cuando el hombre se puso finalmente en pie, miró a Pine y le espetó:
—¿Te crees que has acabado conmigo? ¡Yo tengo siete vidas! —Lanzó una mirada asesina a la niña, que se la devolvió con expresión asqueada—. Ya ni me acuerdo de a cuántas como ella me he tirado y después he descuartizado para que las devoraran las alimañas. Y volveré a salir para seguir haciéndolo. ¿Me oyes, puta federal?
Ella se lo quedó mirando un largo instante. En el rostro provocador del hombre vio algo más.
Pine sabía muy bien que no debía picar el anzuelo. Pero también sabía que iba a hacerlo igualmente.
Alzó la vista al cielo, donde la luna llena refulgía en apagados tonos amarillos y rojizos.
Sabía que era la luna del cazador, también conocida como luna de sangre.
«Más bien la luna del depredador, y ahora mismo yo soy la depredadora».
Enfundó la pistola y dio un paso al frente.
En la mente de Pine, era el gigantesco Daniel James Tor quien le devolvía la mirada. Su némesis, la materia de la que estaban hechas las pesadillas. Iba a hacer que todo eso desapareciera.
El tipo sonrió con gesto triunfal.
—Acabas de cometer un terrible error.
—¿Y eso por qué? —preguntó ella, aunque sabía muy bien cuál sería la respuesta.
—Por si no lo habías notado, señorita, yo soy un hombre. —Y embistió contra ella como un toro furioso.
Un momento después retrocedió tambaleante, aturdido, con la cara sangrando por el devastador impacto de la bota del cuarenta y tres al final de la larga pierna derecha de Pine. El tipo se dobló sobre sí mismo, gimiendo.
—Por si no lo habías notado —replicó ella—, voy a darte una paliza de muerte.
Y le atizó una patada bajo la barbilla que lo obligó a enderezarse. Acto seguido, estampó con fuerza la palma abierta contra el puente de la nariz del hombre, que aulló de dolor y cayó de espaldas como si lo hubieran golpeado con un mazo.
La batalla debería haber terminado ahí, pero Pine se montó a horcajadas sobre él y apretó las musculosas piernas de su fuerte constitución de metro ochenta en torno a los brazos del hombre, inmovilizándoselos fácilmente a los costados. Y a continuación procedió a propinarle un auténtico vendaval de golpes, uno tras otro, con puños, codos, antebrazos y palmas abiertas, utilizando todas las técnicas de artes marciales mixtas y combate cuerpo a cuerpo que había aprendido durante su periodo de adiestramiento.
Fue como si, de repente, se hubieran desatado cerca de treinta años de rabia acumulada. Notaba cómo bajo sus golpes cedían los cartílagos y los huesos de la cara del hombre, y al mismo tiempo oía cómo el ángel del FBI posado sobre su hombro le gritaba que aquello iba contra todas las normas de la Agencia. Y, aun así, Pine no podía parar.
Al principio el hombre forcejeó para tratar de defenderse, pero pronto cayó en una lánguida inconsciencia, a medida que su rostro se disolvía rápidamente en una pulpa sanguinolenta. Pine podía oler la peste que emanaba de él penetrando por sus fosas nasales y mezclándose con su propio sudor. Resultaba nauseabundo y a la vez excitante.
Por fin, exhausta tras el esfuerzo, Pine se levantó muy despacio, con el semblante pálido y las piernas temblorosas. De pronto se sintió horrorizada por lo que acababa de hacer, mientras el ángel del FBI posado sobre su hombro seguía reafirmándose en sus palabras. Pine soltó todo el aire de sus pulmones, se miró las manos y las mangas ensangrentadas y se las limpió en los pantalones. Luego caminó hacia la niña, que al verla acercarse retrocedió. Pine se detuvo, avergonzada de que la cría le tuviera miedo.
—¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño? ¿Te ha… hecho algo?
Ella negó con la cabeza.
Mientras las sirenas se aproximaban, la niña miró al hombre.
—¿Está…, está muerto?
—No. Solo… inconsciente. —En realidad no estaba segura. Se acuclilló frente a la pequeña—. ¿Cómo te llamas?
—Holly.
—Holly, has sido muy valiente. Y has entendido exactamente lo que quería que hicieras. Has estado increíble.
—Tengo tres hermanos mayores. —Sonrió débilmente—. Cuando me incordian mucho, les pego patadas con todas mis fuerzas.
Pine alargó una mano y apretó el hombro de la niña.
—Me alegro de que estés bien.
—¿De verdad eres una agente del FBI?
—Lo soy.
—No sabía que las chicas pudieran dedicarse a eso. Pensaba que era…, ya sabes, como en la tele.
—Las chicas pueden hacer todo lo que quieran. No dudes nunca de eso.
Pine se incorporó mientras los coches policiales se detenían haciendo chirriar las ruedas a escasos metros. Miró hacia el hombre ensangrentado que yacía inmóvil en el suelo.
Sacó sus credenciales y se acercó a los policías para explicarles lo que había sucedido, así como la razón por la que había golpeado a aquel tipo hasta casi matarlo.
«Puede que este sea el fin de la agente no tan especial Atlee Pine».
3
Pine entró por la puerta de seguridad de su oficina en Shattered Rock, Arizona, la población más cercana al Gran Cañón. Esta joya topográfica era la única maravilla natural del mundo ubicada en Estados Unidos, y Pine tenía jurisdicción sobre cualquier delito federal cometido en su territorio. Su ayudante, Carol Blum, se hallaba sentada al escritorio de la pequeña antesala que daba a su despacho. Era una mujer ya en la sesentena que había trabajado durante varias décadas para la Agencia en distintas secciones y departamentos. Madre de seis hijos ya adultos, ninguno de los cuales vivía cerca de ella, llegaba siempre pronto a la oficina y se marchaba tarde a casa. Como le había explicado a Pine, el FBI era ahora su vida y no tenía aficiones con las que entretenerse. Era una mujer alta y atractiva, con el pelo impecablemente arreglado, joyas y maquillaje discretos, y ropa de aspecto siempre profesional.
—¿Cómo te ha ido el entrenamiento? —le preguntó.
Pine solía ejercitarse a primera hora de la mañana en un gimnasio situado en el pequeño centro urbano de Shattered Rock. Sus instalaciones eran muy apreciadas por los verdaderos amantes de la halterofilia por su austeridad minimalista. No contaba con aire acondicionado ni con máquinas sofisticadas, ni tampoco se veía licra ni ropas deportivas de marca por ninguna parte. Tan solo barras y enormes discos de acero, y gente gruñendo para levantarlos en el aire con feroz intensidad.
Y mucho, mucho sudor.
—No he ido esta mañana. Anteanoche llegué de Colorado más tarde de lo previsto y ayer decidí dormir todo lo que pudiera para recuperar fuerzas. Pero esta noche apenas he pegado ojo y me he levantado demasiado tarde para ir al gimnasio. Tengo muchas cosas en la cabeza.
Blum la miró con gesto preocupado.
—¿Qué cosas?
—Entra en el despacho y te pondré al corriente de los «magníficos» detalles. Ah, y puede que pronto tengas un nuevo jefe.
La expresión de Blum no se alteró lo más mínimo. A Pine le encantaba el carácter impasible de la mujer. Estaba claro que en sus años en la Agencia había visto de todo.
—¿Quieres un café?
—Carol, no tienes por qué prepararme café. Estás perpetuando un estereotipo de lo más negativo.
—No hay nada de malo en que te ofrezca una taza de café. Ahora bien, si tú me lo hubieras ordenado, la cosa habría sido muy distinta. A lo largo de estos años he visto a muchos agentes varones que parecían tener bastantes problemas con esa norma.
Se levantó y se acercó al pequeño aparador donde estaba la cafetera Keurig. La encendió y sacó una cápsula de un cajón.
Cuando entró en el despacho con la humeante taza de café, Pine estaba sentada detrás de su escritorio. Blum la dejó sobre la mesa y se acomodó en la silla situada enfrente.
El despacho había sido remodelado recientemente, pero Pine le pidió al contratista que dejara las dos marcas que había en la pared. La primera abolladura se había producido cuando un sospechoso al que estaba interrogando decidió propinarle un puñetazo. El tipo erró el objetivo y su puño acabó estampándose contra el muro. La segunda marca quedó grabada en el yeso cuando Pine arrojó al hombre de cabeza contra la pared. Había sido idea de Blum no repararla. Tal como había sugerido, una imagen valía más que mil palabras.
—¿Y bien? —dijo la mujer, expectante—. ¿Qué ha pasado?
Pine dio un sorbo a su café antes de responder.
—Cuando aún me encontraba en Colorado, recibí una Alerta Amber. Por suerte me crucé con el tipo. Y evité que escapara llevándose a una adorable niñita llamada Holly.
—Pero eso es fantástico, agente Pine. Te felicitarán por ello. —Hizo una pausa—. No veo cuál es el problema.
—Sí, bueno. La cuestión es que me extralimité un poco a la hora de reducir al sospechoso.
—¿Que te extralimitaste? ¿Y eso?
—El tipo está en el hospital con una fractura de cráneo, entre otras lesiones.
—Estoy segura de que hiciste lo que debías.
—El caso es que no debería haberle dado semejante paliza.
—¿Y entonces por qué lo hiciste?
—Se abalanzó sobre mí, intentó atacarme, y yo… me desfogué de mis frustraciones.
—¿Frustraciones?
—Acababa de estar con Tor.
—De modo que… ¿quizá era a él a quien estabas golpeando?
—Podría haber parado. Debería haber parado.
—Pero, como acabas de decir, él te atacó.
Pine negó con la cabeza.
—Después de que la niña estuviera a salvo, decidí tomarme la justicia por mi mano.
—Pero no resultará fácil juzgar tus acciones sobre el terreno en ese momento.
—La Agencia «juzga» continuamente las acciones sobre el terreno, Carol.
—Eso es cierto —admitió ella.
Justo entonces llamaron a la puerta de seguridad exterior. Las dos mujeres se miraron.
—Ya están aquí los lobos —dijo Pine.
Al cabo de unos momentos, Blum hizo pasar a un hombre al despacho.
Era Clint Dobbs, el jefe del FBI en Arizona. Cincuentón, algo más de metro ochenta, anchas espaldas, tripa incipiente y pelo canoso. Estaba tan por encima de Pine en el escalafón jerárquico que esta solo lo veía cuando se producía una catástrofe. Así que supuso que la situación podía considerarse como tal. Sin embargo, le sorprendió que viniera solo. Dobbs solía desplazarse rodeado de todo un séquito de agentes. Se preguntó por qué no sería así en esta ocasión.
El hombre se sentó en la silla situada frente a Pine, quien se había levantado al ver a su superior. Cuando Blum se disponía a salir del despacho, Dobbs alzó una mano.
—Puede quedarse, Carol. Usted también tiene que escuchar esto.
Blum lanzó una mirada a Pine y permaneció de pie junto a la mesa.
Dobbs miró de nuevo a la agente con una expresión indescifrable.
—Siéntese, Pine.
—Supongo que esto tiene que ver con lo ocurrido la otra noche —dijo ella, volviendo a tomar asiento.
—A menos que haya dado otra paliza de muerte a alguien más del que no tenga conocimiento —repuso él con brusquedad.
—No, señor —dijo Pine en voz baja—. Solo ha sido a ese.
Dobbs asintió.
—El tipo al que detuvo es un agresor sexual conocido, Clifford Rogers. Salió de prisión hace seis meses. Le concedieron la libertad condicional tras haber sido condenado por el secuestro y violación de una niña de nueve años. Solo cumplió diecinueve años. El sistema penitenciario estaba totalmente desbordado y el despreciable abogado que se agenció esa escoria recurrió a algún tecnicismo para conseguir que lo soltaran. Rogers también fue sospechoso de asesinar a una niña de ocho años dos semanas después de salir de la trena, pero no se pudo encontrar el cuerpo y tuvieron que dejarlo ir. De hecho, eso mismo había ocurrido treinta años atrás con otras cuatro víctimas. El tipo es un monstruo de la peor calaña, pero el sistema judicial no ha podido demostrarlo, tan solo el cargo de violación. Secuestró a la niña que usted salvó después de un partido de fútbol. Si no hubiera sido por su intervención, ahora estaría muerta. En cambio, está de vuelta en casa con su familia.
—¿Rogers ha recuperado la conciencia?
—Sí.
— ¿Y?
—Ha dicho que le propinó una paliza sin ningún motivo.
—¿Eso ha dicho?
—¿Y cuál es su versión?
—Me limité a hacer mi trabajo. Tal vez con cierto exceso de celo.
—Entiendo.
—¿Y ha dicho algo más?
—No estoy seguro de que me importe mucho lo que pueda decir ese tío —replicó Dobbs, lo cual sorprendió a Pine, porque el hombre siempre se ceñía estrictamente a las normas.
—¿Ha presentado una queja contra mí?
—Desde luego quiere hacerlo.
—Bueno —intervino Blum—, siempre se puede cambiar de opinión.
Dobbs se la quedó mirando fijamente.
—¿Y qué significa eso exactamente, Carol?
—Hace seis años, el agente especial Voorhies, en Tucson.
—Tiene muy buena memoria —observó Dobbs.
—La cuestión es que en aquel caso se llegó a un acuerdo. El agente Voorhies hizo lo que tenía que hacer. Y desde entonces ha ejercido su labor con gran eficiencia.
—¿Qué es lo que hizo? —preguntó Pine.
—Digamos que se pasó un poco de la raya —contestó Dobbs. Se reclinó en la silla y adoptó un gesto pensativo—. A ver qué le parece esto: ¿y si tengo una charla con el señor Rogers y le convenzo de que presentar una queja formal contra usted no sería lo mejor para él?
—No quiero que se coma ningún marrón por lo que hice, señor.
—Y por eso me estoy ofreciendo a hacer solo esto. Es usted una buena agente, Pine, y no quiero que este asunto arruine su carrera.
—¿Cree que Rogers aceptará? —preguntó Blum.
—La última vez que estuvo entre rejas suplicó que lo pusieran en confinamiento solitario. Si entra en prisión con el resto de la población reclusa y se corre la voz de que es un violador y asesino de niñas, no durará ni cinco minutos. Y él sabe que podemos hacer que eso ocurra.
Blum miró a Pine y dijo:
—Bien. Parece un buen plan.
—Pero seguramente habrá una investigación interna —señaló Pine.
—No disparó su arma. El tipo no ha muerto. Rogers no va a presentar ninguna queja. Por lo que cuentan los agentes locales de Colorado, el alcalde quiere entregarle la llave de la ciudad.
—Vale —dijo ella en tono dubitativo.
Dobbs se irguió en el asiento.
—Pero tampoco voy a andarme con rodeos, Pine. Lo que hizo es totalmente inaceptable. Según mis normas, tenía un comodín y acaba de utilizarlo.
—¿Significa eso que no tendré que afrontar medidas disciplinarias?
—Así es. Por esta vez…
Pine bajó la vista.
—Se lo agradezco, señor. Yo… esperaba que la cosa fuera mucho peor.
Dobbs se acarició el mentón.
—No se ha tomado unas vacaciones desde Dios sabe cuándo, ¿verdad?
—¿Vacaciones, señor? Bueno, de hecho estaba fuera de servicio cuando…
—Eso no fueron unas vacaciones de verdad. Usted lo sabe y yo también. Uno no está a punto de morir varias veces durante unas vacaciones.
—Vale, sí, hace ya bastante que no me tomo unos días libres.
—Yo voy a pescar todos los años. Nunca capturo un solo pez, pero disfruto de cada minuto de ese tiempo.
—¿Y cuánto durarían mis vacaciones?
Dobbs se levantó, se abrochó la americana y se dirigió hacia la puerta.
—Todo el tiempo que necesite, Pine. —Se giró para mirarla—. Por cierto, ¿cómo le fue su visita a la cárcel de Florence?
—No muy fructífera, la verdad.
—Bueno, tal vez podría aprovechar sus vacaciones para hacer que lo sean. —Se detuvo y bajó la vista al suelo—. ¿Esa sabandija de Rogers le recordaba a alguien?
—Sí, pero solo en un sentido.
—Me imagino que Daniel Tor está varios niveles por encima.
—Un equipo de la NBA contra uno de instituto.
—Bueno, él está encerrado de por vida y usted no. Aunque, en cierto modo, creo que usted también lo está. En fin, ¿qué me dice?
—Tengo… algunos asuntos que resolver, sin duda.
—Buena respuesta.
—Y yo creo —intervino Blum— que debería acompañarla para ayudarla en esto.
Los otros dos se la quedaron mirando.
—Eso depende de Pine —dijo Dobbs muy despacio.
—Carol, no tienes por qué ha…
—Sí —la interrumpió Blum—, tengo que hacerlo.
—Bueno —dijo Dobbs—, les dejo que lo decidan. —Se despidió de las mujeres con un gesto de la cabeza y se marchó.
Blum miró a Pine. Esta le devolvió la mirada.
—Ha pasado mucho tiempo, Carol. Mucho, mucho tiempo.
—A lo largo de estos años he visto cómo investigabas a conciencia todos y cada uno de los casos y encontrabas siempre una solución. Tal vez vaya siendo hora de que lo intentes con esto.
—Ya me he reunido con Tor en tres ocasiones.
—Pero no hay ninguna garantía de que él tenga algo que ver con la desaparición de tu hermana.
Pine se miró las manos.
—No…, no sé si estoy preparada para esto, Carol.
—Bueno, si no te importa que te lo diga, creo que sí lo estás. Al menos, creo que tienes que estarlo. Como ha dicho Dobbs, ya has quemado tu único comodín. Y tampoco puedes dejar la Agencia de forma involuntaria ni de ninguna otra manera. Naciste para ser agente del FBI.
Pine se levantó de detrás de su mesa.
—Pero este no es tu problema, Carol.
—Soy tu ayudante y voy a echarte una mano en todo lo que pueda. Y no hay más que hablar.
Pine le sonrió.
—Te lo agradezco mucho. —Luego su mirada se perdió en la distancia—. Bueno, pues entonces tendremos que prepararnos para el viaje.
—¿El viaje?
—Un viaje en el tiempo, Carol. Un viaje en el tiempo.
4
—Sé que dijiste que íbamos a viajar en el tiempo —comentó Blum—, pero es como si hubiéramos regresado literalmente al pasado.
Pine iba al volante del SUV de alquiler y Blum viajaba de copiloto. Habían volado hasta Atlanta y después condujeron algo más de dos horas en dirección sur hasta el condado de Sumter, más concretamente hasta Andersonville, Georgia, una pequeña población de unos doscientos cincuenta habitantes. En ese momento circulaban por la desangelada calle principal del pueblo.
—En la década de los setenta, el alcalde y otras fuerzas vivas de la localidad decidieron dar marcha atrás en el tiempo y convertir Andersonville en una atracción turística haciendo que tuviera el mismo aspecto que presentaba durante la Guerra Civil estadounidense. Ahora estamos en Church Street, que es la arteria principal. Por las vías del tren que corren en perpendicular a ella, los prisioneros de guerra eran transportados hasta la prisión de Andersonville. Para muchos de ellos fue su último trayecto.
—¿Queda cerca la prisión?
Pine detuvo el coche y señaló al frente.
—¿Ves todas esas huellas de pisadas pintadas en la calle? Simbolizan a los prisioneros que caminaban los cuatrocientos metros que había hasta la prisión. Probablemente el recorrido a pie más largo que hicieron en su vida.
Blum se estremeció.
—Qué horror —dijo.
—El pueblo destinó una zona de unas tres hectáreas para la construcción de un recinto denominado la Granja de los Pioneros, justo a las afueras. En ella hay una herrería, una cárcel, un ahumadero y un molino de caña de azúcar, entre otras atracciones. Ahí arriba puedes ver ese cartel que dice: «Bienvenidos a Andersonville, Pueblo de la Guerra Civil».
Blum lo leyó, asintió con la cabeza y añadió:
—Y también un camping de caravanas y un restaurante.
—Cada año visitan Andersonville unas ochenta mil personas, así que supongo que el plan del alcalde ha quedado bien amortizado. Y pronto se celebrará el gran acontecimiento turístico.
—¿En qué consiste?
—Simulaciones de batallas de la Guerra Civil. Recreaciones, las llaman. Habrá un gran desfile y una banda recorriendo esta misma calle. Soldados uniformados de azul y gris. Más bandas tocando, bailes en línea y con zuecos, montones de comida y bebida. Un auténtico jolgorio. Gente vendiendo uniformes, armas, banderas, espadas, colchas y demás parafernalia. Y la entrada cuesta solo cuatro dólares.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Lo pone en ese cartel de ahí.
Las dos intercambiaron una breve sonrisa.
—¿Y todos los turistas vienen aquí por este motivo? —preguntó Blum.
—No, también vienen para ver la tristemente célebre prisión confederada de los tiempos de la guerra.
—¿Para visitar una prisión? Qué cosa más rara, ¿no?
—Bueno, fue la prisión más importante durante la Guerra Civil. En ella murieron unos trece mil prisioneros de la Unión. Hay un Sitio Histórico Nacional y un enorme cementerio militar. Y he leído que también hay una especie de centro de prisioneros de guerra. El comandante de la prisión, Henry Wirz, fue ahorcado por crímenes de guerra. —Señaló hacia un alto obelisco que se alzaba en el centro de la calle—. Ese es el Monumento a Wirz.
—Espera… ¿Construyeron un monumento en honor a un criminal de guerra?
—Fue erigido por las Hijas de la Confederación. Supongo que pensaron que Wirz no había recibido un juicio justo y que fue utilizado como chivo expiatorio. —Hizo una pausa—. Tor sabía lo de que Wirz había sido colgado. Me lo explicó la primera vez que nos vimos, cuando le dije que era de la zona de Andersonville.
—¿Así que Tor había estado aquí?
—Estuvo actuando por este estado cuando se llevaron a mi hermana. Cometió asesinatos en Macon, Atlanta, Columbus y Albany. Por eso se me ocurrió que podría estar relacionado con la desaparición de Mercy. Pero también podría haber sabido lo de Wirz porque se había documentado sobre mí antes de que fuera a visitarlo por primera vez. Puede que se enterara de eso entonces.
—En el avión me has contado que pensaste que Tor podría haber sido el secuestrador de tu hermana después de una sesión de hipnoterapia.
Pine asintió.
—Pero aquí nos encontramos con el problema de la gallina y el huevo. Evidentemente yo ya sabía de Tor antes de someterme a hipnosis, de modo que tal vez se tratara de una profecía autocumplida, una proyección inconsciente de mi deseo de que lo hubiera hecho él. En realidad, él mismo me lo comentó durante mi última visita a la prisión. Aunque yo ya lo había pensado antes.
—No puedo imaginarme estar en el mismo edificio con alguien así —comentó Blum estremeciéndose—, no digamos ya hablar con él.
—Sin duda tiene la capacidad de desquiciarte, de tergiversar todo lo que d
