INTRODUCCIÓN
Punto de inflexión: llegó el momento de tener nuestro propio viaje
Recientemente escuché hablar de la sincronicidad, ese punto de intersección coincidente en el tiempo que, por ser tan potente, la palabra “casualidad” queda corta. Hay algo en nuestro interior que nos indica que ese punto de encuentro no fue azaroso, que hay una causa detrás, aunque no podamos identificarla.
Esta es la cuarta vez que escribo esta introducción. Las versiones anteriores me salieron pomposas y extrañas, eran un “deber” que tenía que cumplir. Sé hacer las tareas (¡qué mujer no!), pero cuando no vienen acompañadas de la intención adecuada, se vuelven mecánicas y se nota, como me pasó en los otros tres intentos
En este preciso momento, estoy en una transición personal. Siento el dolor del duelo por lo que dejo atrás, el miedo por lo desconocido que viene, y, al mismo tiempo, la inevitabilidad de seguir adelante. La vida me llama, me invita a avanzar, a reunir todo el coraje que encuentre, a confiar en mis herramientas y en lo aprendido hasta hoy. A continuar mi camino.
Es una mezcla de angustia, esperanza, miedo y sentido de propósito. Intento que este último sea el hilo que me guíe. Necesito que así sea para que todo tenga sentido.
Hoy, en la sincronicidad del final de un vínculo transformador, encuentro la inspiración para escribir las palabras de la introducción. Creo entender la “causalidad”, aunque la emoción me embriaga y me nubla el entendimiento. O tal vez lo ilumine.
Es que justamente así es atravesar los umbrales en un viaje heroico. Tiene su lado espiritual ese reconocimiento de cerrar una etapa y pasar a la siguiente. Pero también tiene su lado carnal, táctil, físico. Sentimos en la piel el aumento de nuestra temperatura, nos cambia el sueño, el estómago se cierra o se abre. Lloramos con angustia que se puede mezclar con risas. Experimentamos momentos de caos, pero también de paz, una paz dulce y suave que nos abraza. Nos surge la necesidad de arreglar cosas de la casa, de limpiar o de cumplir pendientes históricos o de quedarnos inmóviles por un tiempo. Y en el proceso de todo esto, ascendemos al siguiente peldaño.
El viaje siempre fue de ellos
El viaje heroico es una estructura narrativa clásica. Describe la aventura de un protagonista, conocido como “el héroe”, que atraviesa una serie de etapas desde la salida de su hogar familiar hasta su retorno, ya transformado. A su regreso, el héroe no solo ha cambiado internamente, sino que también impacta y transforma el mundo que lo rodea. Esta estructura fue identificada por el mitólogo Joseph Campbell en su libro El héroe de las mil caras, donde describe un patrón común del viaje heroico en los mitos y cuentos de diversas culturas y épocas.
De Ulises a El rey león, Pinocho o Buscando a Nemo, las historias de héroes masculinos repiten un patrón a su medida. Encuentran guías y acompañantes que comprenden su punto de vista, caminan siguiendo las huellas de sus antepasados y de las historias que han escuchado y donde se ven reflejados. Pero ¿qué hay de las mujeres protagonistas?
La escritora y periodista italiana Andrea Marcolongo señala en su libro La medida de los héroes que “héroe” para los griegos era el que sabía escucharse, elegirse a sí mismo en el mundo y aceptar la prueba exigida a todo ser humano: la de no traicionarse nunca.
Para las mujeres, sin embargo, hasta hace apenas doscientos años salir del espacio doméstico era casi imposible sin correr altos riesgos. Dependiendo del momento histórico, aquellas que se atrevían a pensar por sí mismas y a hacerlo público podían terminar quemadas, encarceladas en hospicios, manicomios o comunidades religiosas. Aunque hubo honrosas excepciones, la realidad era que las mujeres no tenían espacio para que su pensamiento crítico moldeara la civilización ni para desarrollar su curiosidad intelectual estudiando, viajando o explorando. Mucho menos para ejercer algún tipo de liderazgo jerárquico institucional.
La “vocación” ha sido un lujo disponible para los varones. Se suponía que la única fuente de desarrollo personal y plenitud para las mujeres era la maternidad. La idea de que la paternidad fuera la única vocación para un varón fue y es inaudita. Por otro lado, que las mujeres tuvieran toda su atención y su tiempo dedicados a los hijos ha dejado a los hombres el terreno disponible para los demás quehaceres e intereses.
Podríamos decir que, durante la mayor parte de la historia, la identidad de cada mujer estuvo definida más por los “no” que por los “sí”. Las mujeres podían padecer poderosas sanciones sociales o legales por decir lo que pensaban o desarrollar sus intereses fuera del ámbito doméstico. Si bien existen las excepciones de mujeres extraordinarias, estadísticamente son tan pocas que hasta las celebramos por sus nombres propios. Incluso asumiendo que hubo muchas más que no tuvieron reconocimiento, a nivel demográfico el número sigue siendo nimio.
Si tener una vocación más allá de la maternidad era impensable para las mujeres, mucho menos ser heroínas. La maternidad puede no satisfacer todas las necesidades o ambiciones personales, pero sin duda colma, cuando no rebalsa todo el tiempo y atención de la persona, casi sin dejar margen para cualquier otra inquietud.
Además, ¿valía la pena soñar con grandes aventuras o ideales a experimentar? ¿Tenía sentido para ellas conectarse con su ambición o vocación? Como mínimo, las llevaría a frustrarse, incluso a ponerse en peligro físico en caso de querer hacerlo realidad.
Solemos olvidar que hasta hace muy poco la mujer tenía una relación de subordinación respecto al hombre. Perdía el apellido al casarse, no heredaba, no tenía potestad sobre sus propios hijos, no tenía plenos derechos civiles, no podía educarse. No tenía liderazgo en la política, el arte, la academia ni la religión. En el mejor de los casos, era asistente y auxiliar en estas áreas. Que las mujeres seamos consideradas en igualdad jurídica, podamos tener un patrimonio propio o la posibilidad de participar en política es toda una novedad cultural de los últimos años de nuestra historia (aunque no en todos los países).
La mujer sí ha sido la principal encargada de las tareas del cuidado del hogar, los menores y ancianos. Actividades no remuneradas y poco reconocidas. Hoy podemos identificar no solo el peso físico que conllevan estas acciones, sino la carga emocional. Aún son las mujeres en las familias quienes recuerdan los cumpleaños, planean las comidas, llevan el calendario de actividades, controlan el stock de alimentos que debe reponerse al hacer las compras y conocen cuánto calza y mide cada miembro de la familia. Todas cuestiones y responsabilidades que dejan poco espacio para ir en busca de la propia esencia y propósito en un viaje heroico personal.
Cambiemos la narrativa
Desde hace aproximadamente doscientos años, luego de muchos reclamos, activismo y sacrificios individuales y colectivos, las mujeres van accediendo a la posibilidad de contar con el mismo modelo de vida que los hombres (curiosamente, no ha habido movimientos de varones reclamando el modelo de vida de las mujeres, ni antes ni ahora). Al comienzo, la igualdad lograda fue más formal que práctica; con el tiempo se va plasmando en la realidad.
Sin embargo, las mujeres no hemos tenido ni tenemos hoy un “viaje del héroe” que nos represente. Hasta hace dos siglos, siendo generosas, no podíamos. Hoy que podemos, solo contamos con el relato de un protagonista varón, en un mundo hecho por y para ellos.
Llegó el momento de nuestro propio viaje. El camino que propongo en este libro no es una descripción de lo que hacen las heroínas, sino un esbozo de posibles etapas que las mujeres podemos transitar. Algunas se verán reflejadas en todo el ciclo, otras en algunas secciones más que en otras. Pero seguramente todas nos podamos preguntar acerca de nuestros propios pasos y analizar hasta qué punto hemos ido por las huellas trazadas por siglos por y para los hombres, o si hemos demarcado un camino propio o creado por otra mujer.
Este libro es una propuesta para ese trayecto, para crear una narrativa de transformación por y para nosotras.
Un poco sobre mí
A lo largo de mi vida, he tenido que atravesar muchos umbrales, enfrentándome a los cambios mientras me mantenía fiel a mí misma. Este ha sido siempre mi desafío: encontrar el equilibrio entre dejarme modificar por las circunstancias y mi propia voluntad, y preservar mi fuerza e identidad personal distintiva. Es un equilibrio frágil, una superposición de cambio y permanencia.
Desde los tiempos de la facultad de Derecho, ya sabía que no practicaría la abogacía. Sin embargo, decidí terminar la carrera, sobre todo por falta de una opción clara. Después realicé un posgrado en Mercado de Capitales y Financiero, buscando una formación que me permitiera integrarme en el sector bancario.
Luego llegaron mis hijos, y durante diez años no trabajé en relación de dependencia. En ese tiempo me dediqué a realizar muchos voluntariados y aprendí una infinidad de manualidades que me enseñaron el valor de la paciencia y lo artesanal.
Después comenzó una etapa de activismo cívico. Movida por una Argentina social y económicamente golpeada, me involucré en promover la participación ciudadana en asuntos públicos. Este compromiso me llevó más tarde a unirme a la función pública, donde tuve el honor de crear y dirigir el Centro de Desarrollo Económico de la Mujer en el Ministerio de Producción de la Nación. Fueron cuatro años de servicio a mi querida Argentina, el mayor honor que he tenido y tendré en mi vida laboral. En ese rol, recorrí gran parte del país, conocí a mujeres de todos los estratos socioeconómicos y comprendí cuánto tenemos en común. Escuché muchísima
