Las obras esenciales de E. M. Bounds sobre la oración Vol. I

Origen

Fragmento

Las obras esenciales de E.M. Bounds III

Introducción

Las obras de E. M. Bounds sobre la oración resuenan con fuerza en la tradición protestante, aportando una perspectiva invaluable a una disciplina espiritual que a menudo se descuida. En este tercer volumen, que incluye El poder de la oración y El arma de la oración, Bounds nos presenta una visión de la oración como una fuerza poderosa y transformadora, capaz de moldear tanto al creyente individual como a la comunidad de la Iglesia.

El poder de la oración nos invita a replantear el papel que esta desempeña en nuestro camino espiritual. Nos muestra que la oración es la llave maestra que abre las puertas del poder divino y nos conecta con una vitalidad espiritual renovada. Cultivar una vida de oración sólida es esencial para nuestro propio crecimiento individual y la renovación comunitaria. Este llamado se complementa con El arma de la oración al presentarla como un instrumento en la lucha espiritual. La oración puede ser utilizada para combatir las fuerzas de la oscuridad y la desesperación que enfrentamos. Nos insta a reconocer la autoridad y el poder que surgen de la intercesión. La oración ferviente tiene el potencial de desencadenar resultados milagrosos, incluso en medio de la adversidad.

Sumérgete en el poder transformador de la oración e inspírate a renovar tu compromiso con esta disciplina de la fe cristiana. ¡Prepárate para descubrir un mundo lleno de posibilidades a través de la oración!

EL PODER DE LA ORACIÓN

Prólogo

I
Por el Rev. A. C. Dixon, D. D.

Un amigo me obsequió este pequeño libro. Lo hojeé brevemente y lo dejé a un lado, pensando que lo leería en algún momento oportuno, aunque jamás había oído hablar del autor. Sin embargo, quedó en el olvido hasta Navidad, cuando recibí otro ejemplar como regalo de otro amigo. «Bueno —pensé—, debe de haber algo valioso en este librito, o no habría sido escogido como presente por dos personas tan inteligentes». Así que comencé a leerlo de inmediato, desde la primera página, hasta que llegué a estas palabras: «El hombre es el método de Dios. La iglesia busca mejores métodos; Dios busca mejores hombres». Aquello bastó para abrirme el apetito espiritual, y continué leyendo capítulo tras capítulo con deleite y provecho. Al llegar a la última línea, sentí que sabía más sobre la oración que cuando empecé y, aún mejor, sentí un renovado deseo de orar. Cada página palpita con el corazón y la mente de un hombre que sabe orar, que conoce a quienes han sabido orar y que anhela profundamente que otros también aprendan a hacerlo.

Ese anhelo suyo se ha cumplido, al menos en parte, en el caso de alguien que desea compartir con otros la bendición recibida.

El autor ha tenido la gentileza de autorizar la reimpresión de este libro en el Reino Unido.

II
Por el Sr. Albert A. Head

Si hay una necesidad que se hace sentir por encima de todas entre los miembros de la Iglesia de Cristo en nuestros días es la del poder en la oración —el anhelo de orar—, el tiempo dedicado a la oración. ¡Cuántos grupos de oración existen ya! Y, sin embargo, ¡qué pocos son los que perseveran en la oración o los que oran sin cesar! El autor de este libro hace un diagnóstico certero cuando escribe lo siguiente: «Nunca antes la causa de Dios ha necesitado tanto ejemplos vivos de lo que la oración puede lograr como en esta generación. Orar es lo más grande que podemos hacer. Necesitamos reaprender el arte de la oración y volver a entrar en la escuela de la oración».

El contenido de este mensaje sobre la oración debería ser leído tanto por predicadores como por maestros, evangelistas e intercesores. Sus páginas contienen un llamado a todo aquel que sea un «colaborador de Cristo», y avivan el deseo de orar en las múltiples dimensiones de la vida cristiana. Este llamado merece una amplia difusión entre los miembros de los círculos y grupos de oración y, en verdad, entre todos los que anhelan un avivamiento de la verdadera religión en nuestra tierra y un envío de embajadores de Cristo a las poblaciones paganas y musulmanas.

Recomiendo con todo mi corazón su lectura, convencido de que Dios ha puesto en labios del autor una trompeta profética que llama a la Iglesia de Cristo a «levantarse y orar».

«El esparcimiento para un ministro debe ser como lo es afilar la guadaña para el segador: ha de utilizarse solo en la medida en que sea necesario para su labor. ¿Acaso puede un médico, en tiempo de peste, permitirse más descanso o recreación que aquella indispensable para preservar su vida, cuando tantos aguardan su ayuda en casos de vida o muerte? ¿Te quedarás quieto, viendo a los pecadores agonizar bajo las punzadas de la muerte, y dirás: “Dios no me exige que me esclavice por salvarlos”? ¿Es esa la voz de la compasión ministerial o cristiana, o más bien la de una pereza sensual y una crueldad diabólica?».

Richard Baxter

«El mal uso del tiempo daña la mente. Durante mis enfermedades, he mirado atrás con remordimiento por los días pasados en mi despacho: estaba sumido en la historia, la poesía y las revistas del mes… ¡pero estaba en mi despacho! Las trivialidades de otro saltan a la vista de todos; pero ¿y yo, qué estoy haciendo? Tal vez nada que tenga relación con el bien espiritual de mi congregación. Permanece largo tiempo en retiro y en oración. Estudia el honor y la gloria de tu Maestro».

Richard Cecil

I

«Estudia la santidad universal de la vida. Toda tu eficiencia depende de esto, pues tus sermones duran apenas una o dos horas; pero tu vida predica durante toda la semana. Si Satanás logra que un ministro sea codicioso, amante de los elogios, del placer o de la buena comida, ha arruinado tu ministerio. Entrégate a la oración y recibe de Dios tus textos, tus pensamientos y tus palabras. Lutero dedicaba sus mejores tres horas del día a la oración».

Robert Murray McCheyne

Vivimos constantemente en tensión —por no decir bajo presión— buscando idear nuevos métodos, nuevos planes, nuevas organizaciones para hacer avanzar a la Iglesia y lograr mayor alcance y eficacia para el evangelio. Esta tendencia de nuestros días suele hacer que perdamos de vista al hombre o que lo diluyamos en el plan o en la organización. Sin embargo, el plan de Dios es exaltar al hombre, darle un valor mucho mayor que a cualquier otra cosa. Los hombres son el método de Dios. La Iglesia busca mejores métodos; Dios busca mejores hombres. «Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan» (Juan 1:6). La dispensación que anunció y preparó el camino para Cristo estaba concentrada en ese hombre, Juan. «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado» (Isaías 9:6). La salvación del mundo surgió de ese Hijo recostado en un pesebre. Cuando Pablo apela al carácter personal de los hombres que arraigaron el evangelio en el mundo, nos da la clave del misterio de su éxito. La gloria y eficacia del evangelio dependen de los hombres que lo proclaman. Cuando Dios declara en 2 Crónicas 16:9: «Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar Su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él», está declarando la necesidad de hombres y su dependencia de ellos como el canal a través del cual ejercer Su poder sobre el mundo. Esta verdad vital y urgente es una que esta era de maquinarias tiende a olvidar. Y olvidarla es tan perjudicial para la obra de Dios como lo sería arrancar al sol de su órbita. Seguirían la oscuridad, la confusión y la muerte.

Lo que la Iglesia necesita hoy no es más maquinaria, ni mejores equipos; no son nuevas organizaciones ni métodos más innovadores, sino personas que el Espíritu Santo pueda usar: hombres y mujeres de oración, poderosos en la oración. El Espíritu Santo no fluye a través de métodos, sino a través de personas. No desciende sobre la maquinaria, sino sobre los hombres. No unge planes, sino vidas consagradas a la oración.

Un eminente historiador ha dicho que los accidentes del carácter personal influyen más en las revoluciones de las naciones que lo que están dispuestos a admitir los historiadores filosóficos o los políticos demócratas. Esta verdad tiene plena aplicación al evangelio de Cristo: el carácter y la conducta de los seguidores de Cristo cristianizan a la Iglesia, transfiguran naciones e individuos. Y esto es especialmente cierto de los predicadores del evangelio.

El carácter, así como la suerte del evangelio, está en manos del predicador. Él da vida o echa a perder el mensaje de Dios al hombre. El predicador es la caña de oro por la cual fluye el aceite divino. Esa caña no solo debe ser de oro, sino también abierta e impecable, para que el aceite tenga un flujo completo, sin obstáculos ni desperdicios.

El hombre hace al predicador. Dios debe hacer al hombre. El mensajero es, si cabe, más importante que el mensaje. El predicador es más que el sermón. El predicador hace el sermón. Así como la leche que da vida no es otra cosa que la vida misma de la madre, todo lo que dice el predicador está teñido e impregnado de lo que él es. El tesoro está en vasijas de barro, y el sabor de la vasija impregna e incluso puede alterar el contenido. El hombre, el hombre completo, está detrás del sermón. Predicar no es una actuación de una hora; es el derramar de una vida. Se necesitan veinte años para hacer un sermón, porque se necesitan veinte años para hacer al hombre. El verdadero sermón es una expresión de vida. El sermón crece porque el hombre crece. El sermón es poderoso porque el hombre es poderoso. El sermón es santo porque el hombre es santo. El sermón está lleno de la unción divina porque el hombre está lleno de la unción divina.

Pablo lo llamó «mi evangelio»; no porque lo hubiera degradado con sus excentricidades personales ni lo hubiera desviado por una apropiación egoísta, sino porque el evangelio fue puesto en el corazón y la savia de vida del hombre Pablo, como un encargo personal que debía cumplirse a través de sus rasgos paulinos, para ser encendido y fortalecido por la energía ardiente de su alma apasionada. Los sermones de Pablo, ¿qué fueron? ¿Dónde están? ¡Esqueletos, fragmentos dispersos, flotando en el mar de la inspiración! Pero el hombre Pablo, mayor que sus sermones, vive para siempre, en forma plena, con todos sus rasgos y estatura, con su mano moldeadora sobre la Iglesia. La predicación es solo una voz. La voz en el silencio muere, el texto es olvidado, el sermón se desvanece de la memoria; el predicador vive.

El sermón no puede elevarse en su fuerza vivificadora por encima de la persona. Las personas muertas dan sermones muertos, y los sermones muertos matan. Todo depende del carácter espiritual del predicador. Bajo la dispensación judía, el sumo sacerdote llevaba inscrito en letras de joyas sobre un frontal de oro: «Santidad al Señor». Así, todo predicador en el ministerio de Cristo debe ser moldeado y dominado por ese mismo lema santo. Es una vergüenza lamentable que el ministerio cristiano caiga en santidad de carácter y santidad de propósito por debajo del sacerdocio judío. Jonathan Edwards dijo: «Continué en mi ansiosa búsqueda de más santidad y conformidad con Cristo. El cielo que deseaba era un cielo de santidad». El evangelio de Cristo no se mueve por olas populares. No tiene poder de autopropagación. El evangelio se mueve según se muevan los hombres que están a su cargo. El predicador debe encarnar el evangelio. Sus rasgos divinos y más distintivos deben estar vivos en él. El poder irresistible del amor debe habitar en el predicador como una fuerza proyectante, excéntrica, dominante en todo y que se olvida a sí misma. La energía de la negación propia debe ser su esencia, su corazón, su sangre y sus huesos. Debe salir al mundo como un hombre entre hombres, revestido de humildad, permaneciendo en la mansedumbre, sabio como la serpiente, inocente como la paloma; con los lazos de la servidumbre pero con el espíritu de un rey, un rey de porte alto, regio e independiente, con la sencillez y dulzura de un niño. El predicador debe entregarse con todo el abandono de una fe perfecta y vacía de sí misma, y con un fervor que se consume a sí mismo en su labor por la salvación de las almas. Hombres decididos, heroicos, compasivos, y mártires sin temor deben ser aquellos que tomen las riendas y formen una generación para Dios. Si son tímidos acomodados al tiempo, buscadores de puestos, agradadores o temerosos de los hombres; si su fe tiene un débil sostén en Dios o en Su Palabra; si su negación propia es quebrantada por cualquier aspecto del yo o del mundo, no podrán tomar el control ni de la iglesia ni del mundo para Dios.

La predicación más aguda y poderosa del predicador debe dirigirse a sí mismo. Su trabajo más difícil, delicado, laborioso y minucioso debe ser consigo mismo. La formación de los doce apóstoles fue la gran obra difícil y duradera de Cristo. Los predicadores no son simples hacedores de sermones, sino formadores de hombres y de santos, y solo está bien preparado para este ministerio quien se ha hecho a sí mismo un hombre y un santo. No son grandes talentos, ni vastos conocimientos, ni grandes oradores lo que Dios necesita, sino personas grandes en santidad, grandes en fe, grandes en amor, grandes en fidelidad, grandes para Dios: hombres que predican siempre con sermones santos desde el púlpito y con vidas santas fuera de él. Estos pueden moldear una generación para Dios.

Según este modelo fueron formados los primeros cristianos. Eran hombres de molde sólido, predicadores conforme al tipo celestial: heroicos, robustos, guerreros y santos. Para ellos, predicar significaba un oficio serio, arduo, de negación propia y crucifixión personal, incluso de martirio. Se entregaron a esta labor de tal manera que impactaron su generación y formaron en su vientre una generación aún no nacida para Dios. Quien predica debe ser, ante todo, una persona de oración. La oración es el arma más poderosa del predicador: una fuerza todopoderosa que da vida y poder a todo lo que hace.

El verdadero sermón se prepara en el aposento secreto. El hombre —el hombre de Dios— se forma en el aposento secreto. Su vida y sus convicciones más profundas nacieron en su comunión íntima con Dios. La agonía cargada de lágrimas de su espíritu, sus mensajes más profundos y dulces, fueron obtenidos cuando estaba a solas con Dios. La oración hace al hombre; la oración hace al predicador; y la oración hace al pastor.

El púlpito de hoy es débil en la oración. El orgullo del saber se opone a la humilde dependencia de la oración. Con demasiada frecuencia, la oración en el púlpito moderno es solo oficial, un acto rutinario dentro del servicio. La oración no es para el púlpito contemporáneo la fuerza poderosa que fue en la vida y ministerio de Pablo. Todo predicador que no convierte la oración en un factor poderoso en su propia vida y ministerio es débil como instrumento en la obra de Dios y es incapaz de promover la causa divina en este mundo.

II

«Pero, por encima de todo, sobresalía en la oración. La profundidad y el peso de su espíritu, la reverencia y solemnidad de su modo de dirigirse y comportarse, y la brevedad y plenitud de sus palabras, han impresionado muchas veces incluso a extraños, así como solían consolar a otros. La disposición más solemne, viva y reverente que he sentido o contemplado, debo decir, fue su oración. Y verdaderamente fue un testimonio. Él conocía y vivía más cerca del Señor que otros hombres, porque los que más le conocen ven mayor motivo para acercarse a Él con reverencia y temor».

William Penn, sobre George Fox

Las gracias más dulces, por una ligera perversión, pueden dar el fruto más amargo. El sol da vida, pero las insolaciones causan la muerte. Predicar es para dar vida; sin embargo, también puede matar. El predicador tiene las llaves; puede tanto cerrar como abrir. La predicación es la gran institución de Dios para la siembra y maduración de la vida espiritual. Bien ejecutada, sus beneficios son inmensos; mal ejecutada, ningún mal puede superar sus daños. Es fácil destruir el rebaño si el pastor es descuidado o si el pasto se arruina; es fácil tomar la ciudadela si los centinelas están dormidos o si el alimento y el agua están envenenados. Dotado de tales prerrogativas tan valiosas, expuesto a tan grandes males y cargado de tan graves responsabilidades, sería una burla a la astucia del diablo y una difamación a su carácter y reputación si no usara sus más poderosas influencias para corromper al predicador y la predicación. Ante todo esto, la exclamación interrogativa de Pablo en 2 Corintios 2:16: «Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?», nunca pierde su vigencia.

Pablo afirma: «Nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica» (2 Corintios 3:5-6). El verdadero ministerio es tocado por Dios, capacitado por Dios y hecho por Dios. El Espíritu de Dios está sobre el predicador con una unción de poder, el fruto del Espíritu habita en su corazón, el Espíritu de Dios ha vitalizado al hombre y a la palabra; su predicación da vida, como da vida la primavera; como da vida la resurrección; como da vida ardiente el verano; como da vida fructífera el otoño. El predicador que da vida es un hombre de Dios cuyo corazón anhela siempre Su presencia, cuya alma persigue incansablemente al Señor, cuyo ojo permanece fijo en Él, y en quien, por el poder del Espíritu Santo, la carne y el mundo han sido crucificados. Su ministerio fluye como el desbordar generoso de un río vivificante.

La predicación que mata es una predicación no espiritual. La capacidad de esa predicación no proviene de Dios. Fuentes inferiores a Dios le han dado energía y estímulo. El Espíritu no se evidencia ni en el predicador ni en su predicación. Muchos tipos de fuerzas pueden ser proyectadas y estimuladas por una predicación que mata, pero no son fuerzas espirituales. Pueden parecerse a fuerzas espirituales, pero solo son sombra, falsificación; pueden aparentar vida, pero esa vida está magnetizada. La predicación que mata es la letra; puede ser bien formada y ordenada, pero sigue siendo la letra, la letra seca y áspera, la cáscara vacía y desnuda. La letra puede contener el germen de la vida, pero no tiene aliento de primavera para despertarla; son semillas de invierno, tan duras como la tierra invernal, tan heladas como el aire del invierno, sin descongelarse ni germinar. Esta predicación de letra tiene la verdad. Sin embargo, aun la verdad divina, sin vida, no tiene poder vivificante; debe ser energizada por el Espíritu, con todas las fuerzas de Dios respaldándola. La verdad sin la vivificación del Espíritu de Dios seca tanto o más que el error. Puede ser verdad pura, sin mezcla; pero sin el Espíritu, su sombra y su toque son mortales, su verdad es error, su luz es tiniebla. La predicación de letra carece de unción, no es suavizada ni aceitada por el Espíritu. Puede haber lágrimas, pero las lágrimas no hacen funcionar la maquinaria de Dios; las lágrimas pueden ser solo el aliento veraniego sobre un témpano cubierto de nieve, nada más que escarcha superficial. Puede haber sentimientos y fervor, pero es el sentimiento del actor y el fervor del abogado. El predicador puede sentirse inspirado por el chisporroteo de sus propias chispas, ser elocuente en su propia exégesis, ferviente al entregar el fruto de su propio intelecto. El profesor puede usurpar el lugar e imitar el fuego del apóstol; la inteligencia y los nervios pueden suplir la función y simular la obra del Espíritu de Dios, y por estas fuerzas la letra puede brillar y resplandecer como un texto iluminado, pero ese brillo y resplandor será tan estéril como un campo sembrado con perlas.

El elemento que produce la muerte se encuentra detrás de las palabras, detrás del sermón, detrás de la ocasión, detrás de la manera, detrás de la acción. El gran obstáculo está en el propio predicador. No posee en sí mismo las poderosas fuerzas vivificadoras. No se puede descontar su ortodoxia, honestidad, pureza o fervor; pero, de alguna manera, el hombre, el hombre interior, en su aposento secreto, nunca se ha rendido completamente a Dios, su vida interna no es una gran autopista para la transmisión del mensaje de Dios, del poder de Dios. De algún modo, el yo, y no Dios, gobierna en el lugar santísimo. En algún punto, sin que él mismo lo perciba, algún falso guía espiritual ha influido en su interior, y la corriente divina se ha interrumpido. Su ser interior nunca ha sentido su absoluta bancarrota espiritual, su total impotencia; nunca ha aprendido a clamar con un grito inefable de desesperación y desamparo hasta que el poder y el fuego de Dios entren y llenen, purifiquen y capaciten. La autoestima, la autosuficiencia, en alguna forma perniciosa, han mancillado y violado el templo que debería reservarse sagrado para Dios. La predicación vivificante le cuesta mucho al predicador: muerte al yo, crucifixión al mundo, el trabajo doloroso de su propia alma. Solo la predicación crucificada puede dar vida. Y la predicación crucificada solo puede venir de un hombre crucificado.

III

«Durante esta aflicción, fui llevado a examinar mi vida en relación con la eternidad más profundamente de lo que había hecho cuando gozaba de salud. En este examen, en cuanto al cumplimiento de mis deberes hacia mis semejantes como hombre, ministro cristiano y funcionario de la iglesia, me hallé aprobado por mi propia conciencia; pero en lo que respecta a mi Redentor y Salvador, el resultado fue distinto. Mis muestras de gratitud y obediencia amorosa no guardan proporción alguna con mis obligaciones hacia Aquel que me redimió, preservó y sostuvo a través de las vicisitudes de la vida, desde la infancia hasta la vejez. El frío de mi amor hacia Aquel que primero me amó y ha hecho tanto por mí me abrumó y confundió; y para completar mi indigno carácter, no solo había descuidado aprovechar la gracia concedida hasta el límite de mi deber y privilegio, sino que, por falta de esa mejora, habiendo abundancia de afanes y trabajos desconcertantes, había declinado del fervor y amor iniciales. Me sentí confundido, me humillé, imploré misericordia y renové mi pacto para esforzarme y entregarme sin reservas al Señor».

Obispo McKendree

La predicación que mata puede ser —y con frecuencia lo es— ortodoxa: dogmáticamente, inviolablemente ortodoxa. Amamos la ortodoxia. Es buena. Es lo mejor. Es la enseñanza limpia y bien definida de la Palabra de Dios, los trofeos ganados por la verdad en su lucha contra el error, los diques que la fe ha levantado contra las inundaciones desoladoras de la incredulidad, sea esta honesta o temeraria. Sin embargo, la ortodoxia —clara y dura como el cristal, suspicaz y militante— puede no ser más que la letra: bien formulada, bien nombrada, bien aprendida, pero letra al fin, y letra que mata. Nada está tan muerto como una ortodoxia muerta: demasiado muerta para especular, demasiado muerta para pensar, para estudiar o para orar.

La predicación que mata puede poseer comprensión e intuición de los principios, puede ser culta y de gusto refinado, puede dominar todas las minucias de la derivación y la gramática del texto, puede incluso moldear la letra con perfección y hacerla brillar como se ilumina a Platón o a Cicerón, puede estudiarla como un abogado estudia los libros de texto para redactar su alegato o defender su causa y, sin embargo, ser como una helada: una helada que mata. La predicación según la letra puede ser elocuente, esmaltada de poesía y retórica, salpicada de oración, sazonada con sensacionalismo, iluminada por el genio; y, aun así, todo esto no es sino el engaste macizo o refinado, el costoso adorno, las flores raras y hermosas que embalsaman

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