Órdago

Rocío A. Gómez

Fragmento

1. Mala racha

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Mala racha

Un escandaloso cling, cling, cling inunda la sala y anuncia que la máquina tragaperras del casino acaba de dar su gran bote. El sonido invade todo el local, pero no, el dinero no es para ellas. Qué va. Su premio gordo continúa desaparecido.

Y como sigan tan desubicadas les va a ser complicado encontrarlo. Es la primera vez en toda su vida que visitan un casino, y hay demasiados sonidos, luces y billetes como para concentrarse, aunque deberían empezar a ponerse las pilas.

Desde que entraron han pasado un rato muy largo debatiendo cuán difícil debe de ser mantener limpia esa moqueta. No han encontrado ni una mota de suciedad y tampoco a nadie del personal de limpieza al que pedirle el truco. También se han detenido unos cuantos minutos al lado de dos mujeres para descifrar si sus bolsos eran realmente de las marcas que indicaban sus logos o se trataba de esos clones tan cucos que dan el pego.

Ahora Dolo, Pili y Rosario están hipnotizadas observando cómo la ganadora del premio de la tragaperras, una mujer canosa que rondará su edad, con las arrugas bien cubiertas por unas excéntricas gafas, recoge una especie de talonario. ¿Que si les ha desilusionado que no caigan monedas de verdad anegando el suelo? Un poco, para qué negarlo.

También les ha desilusionado dejar fuera a Carmen. Habían olvidado que hacía años ella se había inscrito voluntariamente al registro de la autoprohibición del juego… ¡Esta mujer no para de sorprenderlas! Acostumbradas a ser siempre cuatro, sienten que les falta una pata, y encima Carmen era la única que sabría moverse con soltura en este lugar.

Carmen, sentada en las opulentas escaleras de mármol de la entrada, también lamenta haberse quedado fuera. En parte, por perder la oportunidad de tomarse unas copas a precios irrisorios —eso lo recuerda perfectamente—, y sobre todo por no ayudar en esta aventura a sus compañeras. Se enciende un pitillo mientras trata de hacer memoria de cuándo se inscribió en el dichoso registro que le prohíbe el acceso a lugares de juego. Supone que durante aquellos años en los que, cuando salía de trabajar del bar, solo estaba abierto el bingo. Siempre pensó que la autoprohibición afectaba únicamente a los bingos. ¡Vaya chasco! De cualquier forma, de poco le sirve afligirse por eso. Ahora está mucho más preo­cu­pa­da porque sus amigas consigan lo que han venido a buscar. No puede evitar sentirse muy culpable por todo lo sucedido.

Dentro del local no hay ningún avance, salvo los que resuenan en las tragaperras más clásicas. Ni consiguen averiguar cómo se mantienen las alfombras tan pulcras ni les están sirviendo las horas que han invertido durante la mañana en aprender a jugar al póquer y al blackjack con las aplicaciones que el hijo de Pili les ha instalado.

Rodean una mesa, comentan que el tapete también está limpísimo («De verdad, ¿cómo lo harán?»), e intentan seguir la jugada que se extiende sobre el tablero con los escasos conocimientos adquiridos. Desde la distancia cualquiera puede notar que no son asiduas, y basta acercarse y escucharlas para corroborarlo.

—¿Qué había que sumar aquí? ¿Veintidós? —pregunta Dolo junto a la mesa de blackjack.

—No, mujer, son veintitrés. Yo para recordarlo me acuerdo de lo de «con los dedos de las manos, los dedos de los pies, la polla y los cojones todo suma veintitrés» —responde Pili.

—De verdad que no hay por dónde cogeros. Son veintiuno. ¡Veintiuno! —aclara Rosario alejándose un poco de sus compañeras. Le gustaría conocer las reglas de estos juegos. La gente parece realmente entretenida.

Ya que la noche no tiene pinta de lograr el final feliz que auguraban, no le importaría al menos aprender algo nuevo que, oye, nunca está de más. No importa su edad ni su condición; está convencida de que hay que continuar aprendiendo cosas nuevas hasta el último día. Y, siendo sincera, los juegos de casino que lleva en el móvil le han robado más horas de las que esperaba. Cuando se los instalaron la noche anterior, la idea era sencilla: familiarizarse con el ambiente y las normas para no llamar demasiado la atención en su visita. Sin embargo, ella ha descubierto un pasatiempo excepcional. Y sí, se siente orgullosa de haber memorizado al menos algunas reglas.

Lo de familiarizarse con el ambiente tampoco lo han conseguido. No solo porque se han vestido con lo que consideran sus mejores galas, compuestas básicamente de brillos, perlas, transparencias y una falda que vivió su momento dorado en los ochenta, y, para mayor inri, se han encontrado con que la tónica predominante son chavales en camiseta y vaqueros y mujeres con vestidos casi playeros, sino porque no es su hábitat. Por muy cerca que quede este casino de su barrio, saben que no es lugar para ellas. No están cómodas. Que nada más entrar a Dolo le hayan quitado la laca del bolso porque no se pueden introducir aerosoles o algo así y que Pili cante línea cada vez que el crupier saca la carta del river en una partida de póquer, las pone en continua evidencia.

Por suerte el entorno es distendido. Las risas de los ganadores se entremezclan con los sonidos metálicos de los juegos, los perdedores no lloran y el ritmo no para. Que sea no­che de viernes contribuye a que ninguna mesa se quede va­cía y a que la sala destile diversión. Ya tendrán tiempo de comentar con calma todo lo que están viendo, de regodearse en los perfiles variopintos de los jugadores y de marujear sobre las cantidades ingentes de dinero que mueven algunos. Ahora no es el momento para ello, por muchas ganas que tengan de cotillear sobre esa improvisada experiencia.

La intención de las tres mujeres es clara: buscan un rostro concreto. Sin embargo, se dispersan con facilidad y, cada pocos minutos, tienen que levantar la cabeza y echar pequeñas carreritas para reagruparse. Demasiados estímulos.

En un principio les pasa desapercibido un grupo de hombres. Se han apoderado de una de las esquinas del local y beben copas en vaso de tubo como el que come pipas, con ansiedad y sin límite. Hasta que no llevan un buen rato mirándolas, ellas no se percatan de su presencia. Cuando lo hacen, lo primero en lo que reparan es en el tamaño de sus brazos. «Ni Álex, aquel butanero que vino tantos años por el barrio, los tenía así, ¿os acordáis?», comenta Pili obteniendo unas sonrisas cómplices por respuesta. Después se fijan un poco más. Eso sí que se les da bien: escrutar, observar y cazar cada detalle por minúsculo que parezca. Van subiendo la mirada por los tatuajes que cubren, sin demasiada lógica, esos brazos. Los rostros les parecen todos iguales. El que se ríe más alto tiene cara de niño extraviado y «le pegaría bastante tener una cicatriz en el pómulo», dictamina Dolo, que está desatada.

El desconocimiento del lugar consigue hacerlas dudar del motivo de esas miradas. Si eso pasase en la calle, apostarían porque alguno es hijo, sobrino o primo de alguien conocido. O porque ellas están chillando demasiado. O, lo más probable, porque Dolo se ha vuelto a trabar la falda con las bragas y va enseñando todo el culo. Pero no es el caso. No tener referencias para encontrar la lógica de esas miradas las desorienta aún más. Como si no fuese suficiente con el alboroto bañado de extrañeza en el que se hallan.

Sin embargo, cuanto más los miran, más conscientes son de que ellos también las están observando.

—¿Querrán ligar? Que he oído que ahora las maduritas están de moda —dice Dolo con auténtica convicción.

—Lo de ser maduritas lo perdimos hace unas décadas, bonita. Pero sí he oído que ahora hay aplicaciones para vender fotos, de esas íntimas, y que se encuentra de todo. De hecho dicen que la Puri se saca de ahí unas perras. —Pili habla de oídas, como casi siempre, pero convencida de que cuando el río suena…, agua lleva.

—¿Y nos querrán captar para fotos de esas? Ay, no sé yo si estaré preparada para esas. ¿Se gana mucho? —A Dolo no le gusta perder oportunidades.

—No, no estás para esas. Ninguna lo estamos. —Rosario ladea la cabeza mientras habla—. Estamos para otra cosa. Venga, a concentrarse. Siempre igual, ¡te ilusionas con cualquier milonga!

—Si estamos aquí por dinero, habrá que abrirse a todas las opciones. No sé, digo yo… —Dolo lo dice convencida. Que necesitan dinero es un hecho, y que el mundo ofrece curiosas formas de ganarlo, otro.

Pili y Rosario vuelven a ojear la sala y comienzan a andar unidas del brazo. No así Dolo que, aunque también avanza, gira la cabeza e intenta guiñar un ojo a los chicos. Por si acaso. Se sonroja un poco al ver que uno de ellos le dirige un gesto de brindis alzando su copa mientras le devuelve el guiño, aunque la escena le está resultando más propia de una película de mafiosos que de una comedia romántica. Es más, en la telenovela a la que es fiel cada tarde no se desvelaría hasta el último capítulo si ese gesto es de amenaza o de cortejo. Y con las mismas ganas de saberlo se va a quedar.

Rosario hace uno de sus clásicos movimientos: rebusca en su bolso durante un largo transcurso de tiempo, saca un paquetito y se mete un chicle en la boca. No por repetido el movimiento ha perdido interés para ella. Solo que esta vez, al abrir la boca, casi se atraganta.

—Está allí. Mirad, mirad.

Y justo donde señala, junto a la barra del fondo, alejado del juego y con una botella de agua entre las manos, ven a su objetivo. Como tres animales indefensos en el centro de una jauría unen sus espaldas, alzan la cabeza y se yerguen. Dudan de si será cierto que por fin tienen delante de ellas lo que llevan toda la noche buscando. Son conscientes de que cada vez se confunden más con las caras. Y con los recuerdos.

Su objetivo apenas mide metro setenta, viste un chándal oscuro y luce unos pelillos revoltosos en lo que pretende ser una perilla. Es una pena que Carmen, la que mejor lo conoce, esté pasando la noche en la puerta. Aunque no le dan demasiada importancia. En realidad no piensan interactuar. Por el momento, solo van a observar para intentar descifrar si ahí se esconde lo que buscan. Y lo hacen como tres espías venidas a menos a las que ya les da exactamente igual ser descubiertas.

Se aproximan sin ningún tipo de discreción y se sientan a jugar, por fin, en una máquina situada bastante cerca del joven. No tienen ni idea de si hay que unir estrellas con estrellas, estrellas con nubes o nubes con soles. Les duele echar el primer euro. Su intención no es gastar dinero y, desde luego, no pueden permitirse ir tirando monedas. Aunque sienten que no les queda otra. Han traído bien interiorizado que deben mimetizarse con el ambiente para no llamar la atención. Esta es la teoría, porque en la práctica las cosas no están sucediendo tal y como las habían imaginado.

—Decís ese de ahí, ¿no? —Pili señala al muchacho con descaro. Por suerte él no parece haberse fijado en ellas.

—Sí, yo diría que sí que es. Ay, no sé. Quizá no. —Rosario rebusca de nuevo en el bolso—. Qué fallo, no traje las gafas de lejos.

—¡Si está a cinco metros, Rosario! Pero sí, yo también creo que es él. De hecho me parece que llevaba el mismo chándal el día que lo vimos paseando con Tere. Pensar que ahí nos saludó muy majo…

—¡Objetivo localizado! —chilla Dolo en un arrebato de ilusión.

Se percatan enseguida de que los jóvenes que rodean a su objetivo —misma edad, mismos gestos, mismos atuendos— le están dando codazos. No las señalan, no hace falta. Ven a tres señoras que brillan como una bola de discoteca, apretujadas en torno al sillón fijado al suelo frente a la máquina tragaperras. Deberían estar absortas, como todos los demás habitantes de ese pasillo, entre estrellas, nubes y soles. Sin embargo, ellas no hacen ni caso al juego. Los jóvenes dudan entre la ternura y la sospecha. Al final deciden cambiarse de sitio.

Andan tranquilos hasta que, a los pocos pasos, ya son conscientes de que están siendo perseguidos. Las mujeres mantienen la compostura, creen que están pasando inadvertidas. No consideran que corretear, agarrándose el bolso y casi en formación puede resultar llamativo. Cuando los ven entrar en masa al baño, empiezan a dudar sobre si habrán sido descubiertas.

—Yo creo que no nos han visto —dice Dolo—. Aquí hay mucha gente.

Sus compañeras la miran con esa sonrisa complaciente de quien está acostumbrado a no responder ante lo obvio. Retoman su posición en otra máquina con vistas al baño. Juegan un par de euros y les tocan diez. Lo celebran como si les hubiese tocado un premio gordo. Mezclan la vigilancia a la sala con las risas nerviosas.

«Dolo, de verdad, no te enteras de nada», comenta Rosario mientras se dirige a la máquina que habían ocupado con anterioridad. Recoge del suelo un pastillero de plástico con fondo rojo y cubierta transparente bien cargadito y vuelve a la nueva ubicación para entregárselo a su dueña.

—Ay, gracias, Rosario. Ni me di cuenta de haberlo sacado.

—Si es que te dejas todo por ahí. Eres una mujer a un pastillero pegada.

—Cada día estoy peor…

—Y mira que no darte ninguna medicina para la memoria…, estos médicos.

—Tiempo al tiempo, supongo. —Dolo es consciente de que cada día hay más pastillas en su vida. Lo siente como una victoria frente a la muerte, como una enraizada lucha personal contra la naturaleza.

—Guárdalo, guárdalo. No sea que piensen que las estamos vendiendo —añade Pili a la conversación.

—No seas agorera. Siempre igual. Lo menos sospechoso que alguien puede encontrar a estas alturas es a una señora de setenta años con un pastillero en la mano. Aunque es cierto que no suelen ir tan cargados como el de Dolo. —Rosario sabe que la mujer dedica la tarde del domingo a organizar las pastillas de la semana, cada una en la cajita del día correspondiente y de la comida a la que tiene que acompañar—. Aunque esa camiseta que te has puesto, Dolo, es un poco de pastillera, la verdad.

Las mujeres se ríen. Dolo ya les ha explicado que ese top de lentejuelas que deja a la vista el ombligo y las lorzas, generadas cada vez que levanta los brazos por el ajustado cinturón de polipiel, no es un disfraz de gogó, como la han vacilado en cuanto la han visto, sino que es el uniforme que llevaron para la despedida de soltera de su sobrina. Pili y Rosario rezan para que no repita la historia de cómo acabó esa noche bailando en el centro de la pista entre aplausos y vítores. La han oído demasiadas veces.

—Las pastillas son pastillas y aquí no creo que estén acostumbrados a ver estas. —Rosario está empezando a sentir algo parecido a la vergüenza mezclada con la desconfianza—. Además, seguro que aquí hay cámaras y se fijarán en esas cosas.

—Cámaras hay ya en todas partes —corrobora Pili, que, desde que se enteró en Facebook de que hay peluches con cámaras espía, e incluso cámaras para controlar mascotas, vive un poco acojonada bajo una sensación permanente de control, de hallarse bajo el Gran Hermano. Y eso que ella no ha leído a George Orwell ni nada por el estilo—. Pero los que las miran estarán atentos a las trampas en las mesas, ¿no?

Dolo guarda por fin el pastillero en el bolso, no vaya a ser que piensen mal de ella. Los jóvenes, el foco de su interés, todavía no han salido del baño. Entonces Rosario decide entrar con el objetivo de inspeccionar el terreno. Cuando regresa, informa de que los baños tienen una segunda puerta que da a otra sala del casino.

Rosario se asoma a esa sala, tampoco están allí. Los han perdido. Cuando vuelve a la maquinita donde la esperan sus dos amigas, y les cuenta que la persecución ha finalizado, percibe en sus miradas un ápice de tranquilidad.

¿Se sienten un poco abatidas por no haber interactuado con su objetivo? Sí. ¿Un poco liberadas al poder irse por fin de ese lugar en el que no se han sentido cómodas? También. ¿Motivadas incluso por ver ya cerca el momento de llegar a casa, quitarse esa ropa y ponerse el pijama? Muy probablemente. Aunque nadie les ahorra la insatisfacción de seguir en el punto de partida. La cara de Carmen, cuando la encuentran a la salida y le comunican que no hay novedades, es un poema que no contagia alegría.

Las cuatro mujeres abandonan el casino cansadas, con diez euros ganados (sin restar lo invertido) y con la pesada carga de no haber encontrado lo que habían ido a buscar.

Si alguien las observa con detenimiento mientras retoman el camino a su barrio, se dará cuenta de que no se parecen en nada, aunque sean uña y carne. Carmen destila la energía de una adolescente, incluso en ese momento en el que los fantasmas visitan su mente. Se mueve ágil, con la delgadez del que no puede estar quieto. De hecho, si Pili necesita escaleras hasta para buscar el cargador de su móvil en las baldas superiores, Carmen parece la torre del castillo de naipes que, entre todas, forman. Mientras, Dolo se agarra al brazo de sus compañeras levantando mucho la cabeza a pesar de toda la laca que sigue manteniendo su pelo corto, que perfila un rostro redondo y arrugado, intacto. Rosario camina erguida, con el toque de elegancia que aportan unos brazos finos y una piel cuidada durante años.

Las diferencias entre ellas son tan notables como las de los palos de la baraja, y no les importaría entrar en la discusión de quién representa bastos, oros, copas o espadas. Y es que gracias a sus diferencias son las auténticas, las genuinas Gamers del Cinquillo.

2

Las Gamers del Cinquillo

Suman más de doscientos cincuenta años entre las cuatro, y una cifra superior si se consideran sus pesos, y no están bien. Por primera vez en sus vidas, les han robado su futuro. Un futuro que vino en forma de un papelito y que, con la misma, se ha ido.

Porque no, no han acabado en el casino por casualidad. No ha sido una de esas tardes aburridas en las que no saben qué hacer y las rematan sin premeditación, y sin Carmen, en el bingo. Uy, están en la mesa con varios cartones en una mano y el boli Bic en la otra. Al rato se vuelan veinte euros por barba y se están pidiendo un gin-tonic. Sus conversaciones son antológicas: que si Pili dice «Dolo, deja de jugar al treinta y cinco», y Dolo responde «¿A cuál?»; y que si Rosario asevera «Al treinta y cinco» y Pili cierra la conversación con un «por el culo te la hinco». Las mesas cercanas lloran de risa, pero lo del casino no, no ha sido uno de esos planes espontáneos.

La risa, sin embargo, sí es algo que producen con cierta asiduidad. No les es complicado arrancar carcajadas a su alrededor. Nunca se han molestado en indagar el motivo. Desconocen si es por ser malhabladas, por aparentar a su edad una vida de juventud o por alguna vis cómica que no tienen trabajada. Poco les importa.

En definitiva, no, no ha sido uno de esos días. Y eso que llegaron al casino con un plan muy concreto después de su reunión de la tarde anterior.

El problema surge la mañana del miércoles y, aunque ha dejado su vida patas arriba y ha instaurado en ellas una desazón mucho más profunda que la cancelación de Sálvame, dónde iba a parar, han mantenido su tradicional cita del jueves por la tarde. De hecho acuden a ella con más ansiedad que nunca.

Esas tardes la agenda impone partida casera de brisca regada con vino barato y salpimentada con los últimos marujeos del barrio, pero, en esta ocasión, el problema que les acucia se transforma en el elefante en la habitación.

Aunque son conscientes de que nada será como antes, la velada comienza con normalidad. Rosario ejerce de anfitriona y su conejo, de nombre Playboy, está eufórico de recibir invitadas y mimos. Ella hubiese preferido un perro como animal de compañía, pero alguien la convenció de que un conejo de mascota le saldría más económico. A veces le da pena no encontrar ropa para él en ninguna tienda, aunque Pili le insiste en que entre a internet, que ella ahí ha visto muchas opciones. De cualquier forma, adora a Playboy. Nadie ha compartido vivienda con ella desde que salió de casa de sus padres cuando empezó a trabajar. Así que el conejo se ha convertido en el único compañero de piso que ha tenido en su vida. Y ha salido bien, el animalito siempre se ha comportado como un amigo fiel.

Carmen llega la primera, lo que no es raro porque solo tiene que bajar unos cuantos pisos, ya que Rosario y ella viven en el mismo edificio. Al entrar deposita su habitual tarta en la mesa mientras se enciende un cigarrillo. Con la mano que le queda libre comienza a quitar el papel de aluminio con el que ha envuelto el postre. Al hacerlo queda a la vista que ese día lo ha elaborado sin mucho esmero. Es comprensible. De todas formas se lo van a comer igual, aunque las frutas que lo decoran parezcan recién salidas del estómago de algún rumiante que, tras saborearlas, las ha regurgitado sin ganas.

Enseguida llega Dolo, con su pelo inundado de laca, y al poco aparece Pili, que lo primero que hace es devolver a Rosario unos pendientitos de perlas que le había prestado para un cumpleaños que tuvo el otro día.

La mesa para la partida ya está dispuesta en la terraza minúscula. Apenas caben cuatro sillas plegables y una mesita que, en algún momento, fue de dormitorio. No les importa que sea invierno y que tengan que jugar con el abrigo puesto. En peores se han visto. Les preocupa mucho más la subida del precio de la calefacción, por lo que cualquier opción de ahorro es bienvenida. Además, aún entra un solecito que da gusto.

—Sí, sí, perfecto en la terraza —dice Pili nada más cruzar la puerta—. Yo lo prefiero. Es una tontería encender la calefacción. Es que mira que justo perder el dinero ahora que todo está subiendo…

Ignoran su comentario. Ninguna está preparada aún para hablar de la realidad, para darse de bruces con la desilusión, para asumir lo que les ha pasado a ellas. Quizá más adelante, cuando el vino o la brisca relajen el ambiente…

—Es que la inflamación esa nos va a dejar pobres a todos. Más pobres. —Todas se ahorran corregir la palabra a Dolo; cada vez dejan pasar sus errores más a menudo. Es demasiado agotador rectificarla a cada rato—. Además, a mí me viene de perlas que me dé el sol. Siempre me dice el médico que necesito más vitamina de esa para los huesos. Igual hasta me ayuda a dejar alguna medicina.

Rosario está volcada en su papel de anfitriona. No suele ofrecer su casa como sede y, aunque siempre reina el orden en ella, mantiene su obsesión por tener todo en su sitio. Es la herencia que le ha quedado de trabajar tantos años como secretaria en la universidad. Le costaba tanto dar la cara cuando se perdía algún papel que sigue esforzándose por rayar la perfección. Sirve un poco de vino en tres vasos chiquitos y ofrece a Carmen una cerveza que ha comprado expresamente para la ocasión. Esta le agradece que haya ido a por sus lagers favoritas de marca blanca, da un largo trago mientras toma asiento y se dispone a barajar las cartas.

—Espera un segundo. Antes de repartir, vamos a hacernos un selfi. —Pili alza la cámara en un gesto ensayadísimo y consigue que se agrupen.

Las sonrisas falsas, que han aprendido a poner imitando a las famosas, no les salen muy perfectas en esta ocasión, pero se contiene de pedir una segunda instantánea. No está el horno para bollos.

—Que no falte nunca tu selfi. —Carmen necesita empezar a jugar, distraerse.

—Mujer, ya sabes que me gusta mandarla al grupo de la familia. Que los chavales sepan dónde estoy. Me quedo más tranquila.

—¿No de

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