Nota del autor
Lectora y lector, la que tienes en las manos es una obra de ficción que se alimenta de la rumba catalana —cuya importancia reivindico— y de otros estilos musicales. La novela transcurre en Madrid, Barcelona, El Aaiún, Benidorm, Buenos Aires y Granada. La mayoría de los protagonistas y los hechos narrados son imaginarios o dramatizados. Algunos son personajes compuestos sin correspondencia con personas concretas, pero en el libro aparecen también individuos reales y episodios reconocibles con finalidad literaria. Los he tratado con respeto y admiración, sobre todo a quienes crearon y sostienen la rumba catalana, y muy en particular a la comunidad gitana que la ha hecho y la hace posible. Cualquier error de enfoque o en un detalle es exclusivamente mío.
En la novela se mencionan artistas y títulos de canciones cuyos derechos pertenecen a sus titulares. Las únicas letras reproducidas íntegramente son las atribuidas al personaje de Teodoro Montoya, que son originales del autor y han sido compuestas expresamente para esta novela, que empecé a escribir en una habitación del ICO l’Hospitalet mientras acompañaba a Jéssica, mi pareja, a quien dediqué Las hijas de la fábrica.
En ese edificio cuadriculado, tan feo por fuera y con tanta belleza en su interior, nació esta historia, y allí he escrito también más de un capítulo. Quizá por eso, Los acordes de la ciudad habla tanto de cómo, de pronto y sin aviso previo, la vida puede cambiar de forma radical, como le ocurre a Teodoro. La música en esta novela, tan importante para Jéssica, es una excusa para hablar de la vida.
Los acordes de la ciudad es un homenaje a la música, a la rumba, a la cultura popular, a los barrios, y es un abrazo para quienes afrontan el cáncer y quienes los acompañan con amor y preocupación. La novela es también un agradecimiento sincero al personal del ICO, por su humanidad más allá de las batas, las mascarillas y los protocolos.
Y ahora sí, ¡que empiece el espectáculo!
Compás de arranque
1
Barcelona, 1953
Teodoro sentía cómo se le hinchaban y deshinchaban los pulmones, percibía por las fosas nasales el aire húmedo y salino que con intensidad le rasgaba la garganta. El Canijo, que era como todos en la montaña de Montjuïc conocían a ese chiquillo de once años de ojos verdes y pelo castaño, sentía que se le contraían los músculos y el corazón le latía acelerado mientras aguardaba en aquel punto de La Rambla. Teo, como lo llamaba su hermana Amelia, era hijo del Bala, un músico venido a menos que murió cuando el niño apenas tenía tres años, y huérfano también de madre, que había fallecido dos años antes. Sus manos sudaban mientras sentía la tensión recorriéndole la columna. El crío sabía que solo podía seguir adelante, y eso suponía lanzarse contra el tipo de traje gris que, para pagar unas flores, acababa de sacar una abultada billetera de la que sobresalía un billete verde.
El Canijo inició mentalmente una cuenta atrás desordenada y pensó en lo que les decía el Navajas: «Los que compran flores, con el campo lleno, son ricos. Y los ricos, aunque les robemos, seguirán siendo ricos. Y si tienen tanto dinero es porque también es nuestro, porque los billetes, al contrario de las flores, no crecen en el campo».
—¡P’alante! —gritó el crío, al que se le encendieron los ojos rodeados de legañas, como si fuera un felino a la zaga. Teo salió corriendo hacia el tipo de traje gris, pero cruzó a tanta velocidad el paseo que no pudo evitar estamparse contra el trasero de su víctima, cuya cartera acabó volando por los aires.
El niño clavó la mirada en la cara de desconcierto de aquel individuo, que empezó a desplomarse poco a poco. Delgado, pero de enorme cadera, vestía un traje impoluto. El Canijo era en ese momento un felino, un animal salvaje al que el instinto marcaba cada una de sus acciones, por lo que se dirigió veloz hacia la cartera, que había quedado en medio de La Rambla. Atrapó con agilidad la billetera.
—¡Al ladrón! —gritó alguien casi a la vez que Teodoro cogía la cartera.
—¡Al ladrón! ¡Al ladrón! —se sumaron otras voces graves y también agudas.
El niño de la montaña tragó saliva e inició una segunda carrera hacia la estrecha calle cuya entrada se conocía popularmente como el portal de Trentaclaus: el acceso al Chino, al barrio más canalla y a sus concurridas callejuelas, idóneas para desaparecer. La angosta vía discurría al lado del decadente Teatro Principal, convertido en un enorme garito de variedades casposas.
—¡Alto! —gritó con firmeza una voz grave, la del guardia municipal que todos los chiquillos conocían como Guzmán el Guarro. El policía, de los que iban en moto, estaba en la callejuela que pretendía ser la ruta de escape de Teodoro.
—¡Al ladrón! —continuaron las voces, a las que se sumó un silbato policial y el rugido de una moto.
El Canijo regresó al centro de La Rambla y arrancó a correr en dirección al mar, sorteando a una decena de marineros norteamericanos que caminaban con pasos ebrios y torpes. Tras rebasar la estatua de Colón, que se alzaba frente al litoral de Barcelona, advirtió la llegada de un tranvía. Teodoro saltó al vagón de cola, con cuidado de no llamar la atención del revisor. El muchacho, que se había criado en las miserables chabolas de la montaña, prefirió no mirar atrás. «Lo que tenga que ser será», se dijo, mientras separaba ligeramente la billetera de su cuerpo para confirmar que asomaba un billete de mil pesetas con la imagen de Joaquín Sorolla, uno de los pocos pintores que conocía.
Días atrás, el Navajas les había mostrado un fajo de esos billetes, tras el golpe en una joyería del Poble Sec, mientras exclamaba: «¡Valenciano como yo! ¡Don Joaquín Sorolla! Quiero que me traigáis billetes como estos». Recordando esa frase, los ojos de Teodoro se encendieron… «No quiero que te acerques a él, ese hombre es peligroso», le había advertido ese mismo día Amelia, cuando Teodoro llegó a la chabola explicándole que el Navajas les había enseñado un enorme fajo de billetes verdes.
Amelia había cumplido no hacía mucho los dieciséis. La hermana del Canijo, que no tenía apodo, nació en 1937, cuando todavía había guerra. La chica, que se llevaba cinco años con su hermano, era la que cuidaba de ambos desde que había muerto su madre, dos inviernos antes, de manera repentina y tras unos días en los que casi lo único que comieron fue agua hervida. Ella también se llamaba Amelia.
—Muchacho, ¿te apartas? Bajo en la siguiente —dijo un hombre con un elegante sombrero y un enorme bigote. Teodoro se hizo a un lado.
El tranvía avanzaba en paralelo al litoral de la ciudad, a su puerto, en el que hacía poco que se había retomado la actividad, paralizada por la destrucción provocada en la guerra.
—¿Te quieres quitar de en medio? —preguntó, menos amigable, otro pasajero de traje oscuro, sombrero y maletín de pasante y unos zapatos de dos o tres tallas de más. Se mostraba incómodo ante ese chico vestido con harapos—. ¿Eres sordo?
El convoy se detuvo cerca del paseo Nacional de la Barceloneta. El segundo pasajero no le dio tiempo a Teodoro a apartarse, de modo que el muchacho perdió el equilibrio y se vio empujado hacia el exterior. Eran tantas las personas que bajaron que no tuvo opción de volver a subirse al tranvía.
El aire salino era intenso.
—¡Ese es el ladrón! ¡Atrápenlo! —exclamó alguien, haciendo que Teodoro se pusiera en alerta, listo para correr en cualquier dirección. La voz de alarma, a la que siguió un silbato, la había dado Guzmán.
El Guarro, en compañía de otro guardia municipal, estaba a apenas doscientos metros de donde se encontraba el muchacho. Los dos policías, montados en sendas Sanglas, hicieron rugir las motocicletas. El veterano policía clavó los ojos en Teodoro, que tragó saliva.
—Ya eres mío… ¡Ni te muevas! —gritó Guzmán.
El Canijo arrancó a correr de nuevo con la furia de un diablo desatado, como si el mismo infierno lo empujara. Correr siempre se le había dado bien. No huir, correr. En toda la montaña de Montjuïc sabían que a la carrera era capaz de ganar a la más rápida pedrada.
Los dos policías motorizados se pusieron en movimiento tras Teodoro, que galopaba a toda velocidad. En cuanto pudo, viró y se internó con rapidez en el barrio de pescadores de la Barceloneta, formado por casas estrechas de tan solo dos plantas. El Canijo sentía que se le salía el corazón mientras atravesaba ese barrio que, después de la guerra, apenas había conservado la industria de cuando era uno de los principales polos metalúrgicos de España. Los hornos habían sido reemplazados por pequeños talleres. Los artesanos y los buscavidas poblaban sus calles, que mantenían la esencia marinera.
El rugido grave de las Sanglas retumbaba cada vez más cerca, como si los motores persiguieran no solo los pasos de Teodoro, sino también su miedo. El Canijo corría esquivando peatones y doblando esquinas con la urgencia de quien conoce que no tiene escapatoria fácil. Sabía que solo le quedaba una salida real: llegar al Somorrostro. Aquel inmenso asentamiento de barracas tendido como una cicatriz sobre las playas de Barcelona, desde el hospital de infecciosos hasta los depósitos de gas de Poble Nou, se le antojó un territorio imposible para las motos. La arena impediría el giro de las ruedas y el desorden vencería a la autoridad.
—¡Por fin! —exclamó Teodoro al ver un acceso al barrio de barracas.
El Somorrostro nació a finales del siglo XIX y, desde entonces, había crecido a la par de una ciudad de Barcelona que necesitaba mano de obra barata para celebrar exposiciones universales y construir líneas de metro. El asentamiento lo componían una suerte de casas improvisadas de ladrillo, madera o chapa, de tamaños dispares y equilibrios dudosos, que se desplegaban en un laberinto imprevisible de callejones, algunos tan estrechos que apenas cabía una persona, y otros tan anchos que parecían plazas deformes. En ese caos de miseria, Teodoro confiaba en desvanecerse, así que se internó en sus callejuelas de arena y escombros, que se entrecruzaban con riachuelos de colores que, zigzagueando, desembocaban en el mar. Algunos desprendían un hedor insoportable. El Somorrostro, como Montjuïc, era un enorme desván de miserias densamente poblado, abarrotado por personas de todas las edades y una variada galería de animales, entre los que había mulos y burros, además de cerdos y numerosas gallinas.
Las motos dejaron de rugir, aunque el Canijo no estaba seguro de que los policías no estuvieran yendo tras él a pie. Por eso, al girar una de esas esquinas de miseria, apartó una cortina de tela que hacía de puerta y entró en una de las barracas. Los pies de Teodoro dejaron de pisar arena para hacerlo en un suelo estable y seco, conformado por oscuras y anchas láminas de madera. Teodoro y su hermana Amelia vivían en una barraca en el barrio de Can Valero, el más grande de todos los que había en la montaña de Montjuïc, pero su casa nada tenía que ver con la que estaba pisando. Aquel sitio era como una vivienda de verdad, en la que sorprendía la ausencia de ruido; había silencio, aunque lo único que se ocupara de cerrar el acceso fuera la tosca tela que Teodoro había retirado para entrar. El muchacho se mantenía inmóvil, tratando de recuperar el aliento en medio de una gran sala que hacía de cocina y de comedor, donde se abrían dos puertas que daban a sendas habitaciones. En las sólidas paredes de esa casa de ladrillo, colgaban varias guitarras como si estuvieran expuestas.
—Oye, chaval —dijo una voz grave—. Que no te sepa mal, pero ¿quién carajo eres y qué demonios haces en mi casa?
Quien hablaba era un hombre con barba y pelo largo y cano. Observaba sorprendido a Teodoro desde una silla de madera y mimbre, con una bella guitarra entre las piernas abiertas. Había estado tocando hasta la irrupción del muchacho. Teodoro dio un paso atrás, asustado, como buscando la salida, aunque consciente a la vez de que los policías podrían estar fuera buscándolo.
—Chaval… ¿Quién carajo eres? —insistió el anciano, con la mano izquierda en el tercer traste y la derecha apoyada en la tapa, justo al lado de la boca del instrumento—. No te tengo visto por el poblado, aunque parece que por las noches os multipliquéis.
—Soy un amigo —acertó a decir Teodoro—. Y usted ¿quién es? —preguntó el crío, que todavía necesitaba recuperar el aliento y ganar algo de tiempo.
—¡Carajo! ¿Ahora me tengo que presentar en mi propia casa? —contestó el anciano, divertido—. Me llaman el Chacho Antonio. ¿Y tú? ¿Un amigo? ¿Amigo de quién? —añadió sin levantarse de la silla, en la misma postura que había adoptado mientras tocaba el allegro del Concierto de Aranjuez. El Chacho había escuchado por primera vez la obra que Teodoro había interrumpido en 1940, cuando Joaquín Rodrigo la estrenó en Barcelona, en el Palau de la Música. Cuando ese anciano era el Maestro, o simplemente el gran Antonio Salamanca.
—Soy amigo de… Soy amigo de quien quiera ser mi amigo… —respondió al fin, rematando la frase con una sonrisa que le marcaba los hoyuelos.
—Qué cara de pillo —contestó el anciano, para después estallar en una sonora carcajada—. Te vendes barato —añadió y siguió riendo—. Pues, amigo, a ver si te gusta la canción que estaba tocando cuando has llegado…
El Chacho retomó la guitarra y la interpretación de la obra de Joaquín Rodrigo, un compositor ciego, como él empezaba a quedarse. Aunque en el caso de Rodrigo, no eran las cataratas las culpables, sino la difteria que sufrió siendo apenas un niño. El Concierto de Aranjuez era una conmovedora historia de amor que, con el tiempo, se convertiría en una de las piezas clásicas más emblemáticas de la guitarra española.
La casa del Somorrostro se llenó de música y también de sentimiento. Teodoro permanecía inmóvil, embelesado por la alegre melodía, hipnotizado por la destreza de ese hombre que tenía una guitarra entre las piernas y movía la mano izquierda por el mástil, cuyos dedos saltaban de traste en traste mientras, con la mano derecha, rasgaba en ocasiones las cuerdas del instrumento más bello que el muchacho había visto nunca.
Al poco, la cortina de la casa se abrió de nuevo y la magia de la música y del momento se frenó de forma abrupta. El muchacho y el anciano, que dejó de tocar la guitarra, se quedaron mirando a una chiquilla, de once años como Teodoro, alta, tiesa, morena y con unos ojos oscuros e intensos que, en cuanto se percataron del intruso, pasaron de la dulzura con la que miraba a su abuelo a la desconfianza.
—Y este ¿quién es? —preguntó la pequeña.
—Un amigo —dijo el Chacho Antonio.
—¿Un amigo de quién?
—Mío…, y ahora tuyo también. El chiquillo se vende barato, porque dice que es amigo de cualquiera que quiera ser su amigo —respondió el Chacho Antonio con guasa.
—Abuelo, pues a mí me da que de quien es amigo es de lo ajeno…
—Nene… ¿Cómo te llamas? A mí me gusta saber cómo se llaman mis amigos.
—Teodoro, señor Chacho Antonio, aunque me llaman el Canijo —saltó rápidamente el muchacho sin dar pie a que la niña, que seguía en la puerta, continuara con sus cavilaciones—. Para servir a Dios y a usted.
—¿A Dios? —preguntó el anciano, chistoso—. De monaguillo no tienes pinta…, más bien de diablillo. Y eso de «Canijo»… Aunque me esté quedando ciego…, tampoco eres tan poca cosa. Mira, Teodoro, esa niña que está en la puerta, con esa mirada fuerte y desafiante, es mi Carmen. Mi nieta. Y mi vida. La vida del que todos llaman el Chacho Antonio, como te dije antes. Y ahora que ya nos conocemos y somos amigos, querido Teodoro, servidor mío y de Dios, ¿qué haces aquí, en mi casa? Mira, te lo pondré más fácil: ¿de quién huyes? Porque tú no eres de aquí, y has llegado con la prisa del que quiere escapar de algo.
—Tiene una billetera en la mano, abuelito —dijo la muchacha a la vez que abandonaba la puerta e iba donde estaba el anciano—. Es un ladrón.
—Como acabas de ver, Carmen es muy perspicaz y observadora —apuntó el Chacho Antonio, que le dio la guitarra a su nieta, como si fuera a levantarse.
—Es mía —aseguró firme Teodoro—. La billetera es mía.
—¡Si vas hecho un guiñapo! —contraatacó Carmen—. No tienes dos zapatos iguales y vas a tener billetera…
—Lo que quiere decir mi nieta no es que esa billetera no sea tuya, Teodoro, sino que quizá hace un rato era de otra persona.
—Puede ser. Vale, la robé —confesó el muchacho con la misma firmeza con la que antes había asegurado que era suya—. Pero no a un pelagatos, sino a uno que tiene muchos cuartos, uno que estaba comprando flores en La Rambla… Un ricachón, vaya, un fulano con un cojón de plata… Este calé más lo necesito yo que el muerto la mortaja.
—Se defiende con sólidos argumentos —admitió el anciano.
—Por cierto, señor, me gustó esa música que estuvo tocando con la guitarra —continuó el niño mirando al Chacho—. Donde yo vivo, hay quien toca la guitarra, pero nunca escuché una canción así… Flamenco, coplas, de las que se tocan las palmas…
—Esa a mí me gusta mucho también. Hay que saber de todas las músicas, si se quiere ser un buen músico. De las de palmas, como tú dices, y también composiciones como la que has escuchado. Pero Canijo…, ¿dónde vives? —Hizo una pausa el guitarrista—. Ahora que somos amigos me lo puedes decir.
Carmen se estaba poniendo nerviosa. Si por ella fuera, ya habría echado a ese muchacho de la casa a palos.
—Soy de Can Valero, donde los Tres Pins y cerca de Las Banderas, en las barracas de la montaña de Montjuïc —contestó el chico.
—No lo conozco, amigo Canijo, aquello es más grande que esto. Vienes de lejos, pero has hecho un viaje de la nada hacia la nada… ¿Así que un ladronzuelo?
Teodoro se quedó unos segundos sin hablar. No estaba nervioso. De hecho, desde que había entrado en la casa, se sentía muy tranquilo y el anciano le había caído bien, aunque no tanto su nieta. Pero su experiencia de pillo le decía que, en cuanto pudiera, tenía que poner de nuevo pies en polvorosa.
—Tengo hambre, señor. Poco más puedo decir. Sí, eso sí… ¡Felicidades por el guitarreo! —exclamó Teodoro, que, sin añadir nada más, atravesó la tupida cortina aprovechando que, desde que Carmen había llegado a la casa, la puerta seguía abierta.
Teodoro salió de la barraca a toda prisa, como si huyera de nuevo. El sol golpeó al muchacho en la cara. Cuando Teodoro había entrado en ese lugar lleno de guitarras, no había tenido la sensación de que calentara tanto, ni de su intensidad. El destello era tan fuerte que cegaba; el astro apretaba con tal fuerza que quemaba. Era como si de pronto hubiera empezado un abrasador verano.
Teodoro caminaba ligero, en alerta por si alguno de los guardias estaba al acecho, o quizá otro muchacho como él, o mayor, que hubiera visto la billetera. Dejó atrás las barracas y se adentró en una zona de naves desvencijadas, donde el aire con un fuerte olor a azufre le llenaba los pulmones. Se apartó a una callejuela y abrió la billetera.
—¡Cagon la mar! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja, satisfecho, orgulloso. Teodoro nunca había visto tanto dinero junto. Allí había una fortuna. Las mil pesetas ilustradas con la imagen del pintor valenciano no habían sido un espejismo, sino toda una revelación. El billete, recio y que parecía nuevo, sobresalía imponente entre los demás. Estaba acompañado por otros seis de una peseta, mucho más arrugados, que mostraban el rostro de don Quijote de la Mancha, y por ocho de cinco pesetas: siete con la cara de Jaime Balmes y uno con la de Juan Sebastián Elcano.
Teodoro, como los demás críos que no iban a la escuela, sabía algo de las cuatro reglas gracias a un maestro de la República, depurado tras la Guerra Civil. Ese hombre, a veces por aburrimiento y otras a cambio de unas monedas, enseñaba lo más básico a los niños de la montaña, y también escribía y leía cartas para los adultos. El crío contó y recontó, entre nervioso y eufórico, aquella pequeña fortuna que ahora le pertenecía: 1.046 pesetas. En cualquier otro momento, el pico —esas 46 pesetas— le habría parecido un tesoro, pero la presencia del verde lo convertía en simple calderilla. Sin más ceremonias, lanzó la billetera a su espalda, enrolló los billetes con cuidado y los guardó junto a sus partes íntimas. Se dejó solo un billete de una peseta en la mano, suficiente para coger un tranvía que lo llevara al Paralelo y, desde allí, a Montjuïc.
Sin pensarlo dos veces, se puso en camino.
A Teodoro nunca se le había hecho tan largo el viaje de regreso a Can Valero. Se pasó todo el trayecto intranquilo, nervioso, mirando de un lado a otro. Aunque pillo desde que nació, en las últimas semanas se había convertido oficialmente en ladrón, un nivel que estaba por encima del de descuidero, que era a lo que se había dedicado hasta hacía seis meses, que entró a formar parte de la banda del Navajas. Eran un grupo de unos quince chicos, de entre once y dieciséis años, que delinquían bajo la protección del curtido delincuente valenciano. Se decía que el Navajas había llegado a Barcelona para trabajar en la construcción del recinto ferial de la Exposición Internacional de 1929, pero que, en cuestión de un día, pasó de peón a delincuente tras degollar a un compañero de obra y al jefe de ambos. El Navajas les daba seguridad, les soplaba objetivos, los amparaba y los adiestraba; a cambio, se quedaba con la mitad de lo que lograban robar. En ocasiones, aunque rara vez, repartía algo entre los que habían tenido menos suerte.
En el camino de vuelta a la montaña, Teodoro no había parado de pensar en la «comisión del patrón», como llamaba aquel cabecilla de rufianes a su tajada. «¿Por qué darle más de quinientas pesetas? ¿Él qué ha hecho?», pensaba el Canijo, que con tantos billetes en el cuerpo no tenía tan claro que no debieran ser todos para él.
—¿Ahora vuelves? —preguntó el Barrilete, un niño de la misma edad de Teodoro que hacía como dos veces él.
El muchacho, pelirrojo, era robusto como su padre, al que conocían como el Murciano y que trabajaba de yesero.
—Pues sí, ahora vuelvo. ¿Algún problema? —contestó Teodoro, en guardia, aunque tratando de mostrar tranquilidad.
—Vaya humos, Canijo… ¿Cómo fue la cosa en Barcelona? —interpeló el taheño.
—Nada mal —atendió Teodoro con una sonrisa—. Cuarenta pesetas —continuó mostrando los billetes.
—¡Cuarenta pesetas! Entonces te tocan… ¡doce!
—¿Doce? —dijo Teodoro soltando una carcajada—. Eso te pasa por no ir a las clases del maestro. Cuatro duros son para mí, que es la mitad de cuarenta pesetas… Que también son ocho duros —continuó el muchacho, haciendo gala de su conocimiento de la regla del tres y las equivalencias.
El Barrilete se quedó mirando al Canijo, como si repasara mentalmente las cuentas.
—¡Veinte! ¡Eso es una fortuna! —exclamó finalmente el pelirrojo arrastrando conscientemente la última palabra.
—Me voy para casa, que estoy cansado…
—¿Para casa? —preguntó poniéndose en alerta—. No olvides ir a ver al Navajas, que querrá su parte —apuntó el Barrilete—. Veinte pesetas, qué afortunado… —continuó para sí el pelirrojo, que masticaba cada una de las palabras mientras Teodoro, pensando en el verde, dibujaba una sonrisa.
El Canijo se adentró en la extensa población de barracas que cubría las laderas de la montaña de Montjuïc, cuyas piedras calizas se habían usado durante siglos para construir la ciudad que crecía a sus pies y esculpir majestuosas estatuas. Ese material, noble pero frágil, se desmorona con el paso del tiempo, un recordatorio de que incluso lo más grande y poderoso está destinado a desaparecer. Teodoro había nacido y crecido en las laderas de esa montaña golpeada por el aire salino, el testimonio constante de los cambios de Barcelona. Lo que había allí arriba, tan cerca y a la vez tan lejos de lo que había abajo, no era solo un conglomerado de barracas, sino una ciudad en sí misma dividida en diferentes barrios que tomaban nombres de fuentes y leyendas, también de bares. Una ciudad bajo la alfombra que albergaba treinta mil almas. Teodoro y su hermana vivían en Can Valero, uno de los barrios de barracas más extensos, ubicado en la zona central de la montaña. El Navajas, por el contrario, habitaba al lado de lo que se conocía popularmente como la Ciudad sin Ley, justo encima de la fosa común del cementerio de Montjuïc.
Teodoro, tras comer un poco de pan mojado en leche, optó por acostarse en su colchón para darse un merecido descanso. Su hermana todavía no había llegado a la barraca. Al poco se quedó dormido con el billete verde apretado en la mano.
—¿Dónde estuviste todo el día? —preguntó Amelia para despertar a Teodoro. Anochecía.
—¿Y tú? Cuando llegué hace un rato, aquí no había nadie —contestó a la defensiva, tratando de ganar tiempo para espabilarse. Se había quedado profundamente dormido.
—¿Yo? Trabajando, no haciendo el vago o el maleante por ahí…
—¿Cómo sabes que estuve todo el día fuera? No hace mucho que has vuelto de trabajar… A lo mejor llevo todo el día durmiendo —dijo Teodoro.
—No me tomes el pelo ni lo intentes. Aunque yo no te vea, tengo mil ojos en esta montaña —contestó Amelia, que a sus dieciséis años era la mujer de la casa.
—Estuve trabajando —dijo el niño, enseñándole orgulloso el billete verde de mil pesetas. Trataba de zanjar la conversación con aquella bravuconada—. Lo que tú no ganas ni en un mes.
—Pero ¿qué hiciste? ¡Te has ido de la chaveta! ¡Tú estás tarumba! ¿De dónde has sacado toda esa fortuna? —vociferó Amelia mientras se abalanzaba hacia su hermano—. ¿Quieres acabar como padre? No te lo digo en broma.
—Amelia, que son muchos cuartos y pueden ser más —dijo en su defensa Teodoro.
—¿No te das cuenta? ¡Más que perras son problemas! —zanjó Amelia, que se hizo con el billete antes de que su hermano pudiera reaccionar.
—Pero ¡qué haces! ¡Dame mi papeleta! —reclamó Teodoro, enfadado.
Amelia guardó el dinero en el bolsillo delantero del mandil que vestía, apretando el billete con la mano derecha. En el puesto de La Boqueria nunca había ni siquiera tocado uno de esos verdes. Era áspero, rígido, y les solucionaba unos cuantos meses en los que incluso se podría dar el lujo de ponerse enferma.
—¿Tuyo este billete? Nunca lo fue, ni ahora ni antes —dijo Amelia, al tiempo que el Barrilete aparecía por la puerta.
—¿Qué billete? —preguntó el muchacho.
Los dos hermanos se quedaron mirando al pelirrojo, en guardia y molestos por la confianza con la que había entrado.
—Y a ti ¿quién te dio permiso para entrar en nuestra casa? Teo, dile al zanahorio este que, como vuelva a entrar sin pedir permiso, le calentaré bien el lomo —dijo la chica.
—Ya lo escuchaste, colorao, y a mí Amelia me da más miedo que la Dama de Blanco, así que ni se te ocurra venir alguna otra vez sin avisar… O directamente venir.
—Canijo, es que el Navajas quiere su parte, los cuatro duros… —dijo el pelirrojo.
Teodoro guiñó un ojo a su hermana.
—¿Y cómo sabe el Navajas tan rápido que le tocan cuatro duros? —preguntó el Canijo al otro niño, que se encogió de hombros—. Ni guardar un secreto sabes.
—¿Ahora no se le suelta prenda al Navajas? —contraatacó el Barrilete.
—Zanahorio, ¿todavía estás aquí? —dijo Amelia mirando a su hermano, como si con ese gesto tratara de averiguar qué iba a hacer. Mientras, apretaba el billete dentro del mandil.
—Me voy con el cenizo este a entregar los cuatro duros —concluyó Teodoro.
—Es de noche —dijo Amelia.
—Pero conocemos la montaña tan bien como ella nos conoce a nosotros —dijo Teodoro—. Vamos a ver a tu dueño, perro.
—Como si no fuera el tuyo también, Canijo.
El Navajas vivía a poco más de diez minutos caminando, en dirección a la fosa común del cementerio. Esa noche brillaba una enorme luna en un cielo tan despejado que ni siquiera había estrellas. El pelirrojo seguía a Teodoro a unos pasos de distancia, esforzándose por alargar la zancada y no quedarse atrás. Caminaba como si escoltara a Teodoro, sin acortar la distancia, pero tampoco dejándola aumentar. El Canijo se detuvo frente a la casa del Navajas, que era una de las más robustas de la montaña, construida con piedra y ladrillo y coronada con un techado de tejas bien puestas. Del interior emanaba una luz abundante que se derramaba sobre la entrada, bañándolo todo en un resplandor insólito en aquel entorno. No era la oscilante penumbra de las velas, sino la firme claridad de la luz eléctrica, un lujo en aquella montaña.
El Navajas debía su apodo a cómo había cruzado la delgada línea por la que, en casi cualquier momento, una persona puede convertirse en un delincuente. Pero también a la facilidad que tenía para mostrar su chaira, el cuchillo de gran tamaño que siempre le acompañaba.
El Navajas, como si lo oliera, salió a la puerta cuando Teodoro, custodiado por el Barrilete, estaba a tan solo un puñado de metros. El patrón de pequeños rufianes era alto, de piel oscura y delgado. Sus ojos claros se mostraban afilados. Teodoro sentía como si pudieran atravesarle el cuerpo y penetrar en su alma.
—¡Cucha!, si tengo aquí a mi ratero promesa —saltó el Navajas.
Teodoro sintió su mirada a pesar de la distancia, lo que provocó que por unos segundos perdiera el paso. Lo recuperó rápido. Aunque estuvo tentado a aguijar la mirada al suelo, si algo se aprendía en la montaña rápido, casi desde el momento de nacer, era que mostrarse débil era refriega perdida y la peor de las posibles derrotas, porque suponía claudicar, y eso abría la puerta a que todo el que quisiera se aprovechara de uno. En la naturaleza, el animal que se muestra débil se convierte en presa.
Sonrió el Navajas al ver como aquel muchacho de once años le aguantaba la mirada. El capo de los quinquis mostró su oscura dentadura, en la que lucía dos pequeñas muelas de oro.
—¿Qué me trajiste? —preguntó el Navajas—. Me dijo el Barrilete que cuatro duros…
Teodoro asintió, aunque el modo en que ese tipo se refirió al botín le dejó un regusto amargo. Era como si le restara importancia, como si veinte pesetas fueran poca cosa, cuando con esa cantidad se podía comprar un kilo de azúcar y otro de arroz.
—Sí, veinte pesetas, porque es la mitad de lo que conseguí —arrancó Teodoro.
El Navajas se acercó todavía más al muchacho, que sintió su intenso aliento. Apestaba.
—¿Sisaste cuarenta pesetas? —insistió el Navajas cerrando un ojo. Se mostraba desconfiado—. Nos salió listillo el chaval… Cuatro duros… ¡Qué huevos tienes, mozo! —escupió el Navajas mirando hacia la puerta de su casa—. ¡Guzmán!
Teodoro notó un sudor frío que le recorría el espinazo. Quien salía de la chabola del Navajas no era otro que el guardia municipal sucio y gordo. El policía, más desaliñado que cuando lo había visto por la mañana, caminó con pasos pesados hasta donde estaban. Teodoro se sentía atrapado. Por un momento tuvo ganas de correr, pero… ¿hacia dónde? Aunque pudiera salir de ese pedazo de montaña, el Navajas seguiría allí al día siguiente; también los demás y su vida. El Barrilete se alejó varios metros de donde estaban cuando el guardia municipal llegó a su altura.
—Pero ¡si tenemos aquí al mocoso! —dijo el policía al tiempo que le soltaba, con toda la mano abierta, una sonora y también dolorosa torta a Teodoro. Le impactó en la oreja, que de pronto era como si le quemara, y el muchacho perdió el equilibrio y se dio contra el suelo.
El cuerpo de Teodoro quedó delante de la bota del guardia, que estuvo a punto de propinarle una patada. El Navajas le acababa de dejar claro que con él no se jugaba.
—¡Levántate! —gritó el jefe de la banda.
Teodoro se puso en pie, aunque tenía miedo. Apretaba los puños, lleno de ira, pero no dijo nada. El Navajas sonreía.
—Canijo, fuiste de listo conmigo, y el que va de listo conmigo lo que es, en el fondo, es un tonto. ¿Cuánto birlaste en La Rambla? Me querías engañar justo el día que Guzmán y yo hemos convenido hacernos socios…
—¡Varios verdes! —gritó el guardia, tambaleándose.
—¡Varios no! —contestó con rabia Teodoro, todavía dolorido.
—Entonces había verdes… —prosiguió el Navajas, mucho más serio—. Ahí había una fortuna y no cuarenta pesetas.
—Solo uno —contestó Teodoro.
—¡Ladronzuelo de mierda! Y encima mentiroso. De esta montaña nunca sale nada bueno —gruñó el guardia, acercándose de nuevo a Teodoro.
El muchacho se mantenía firme, aunque esta vez no estaba dispuesto a encajar otra bofetada. Sus puños eran insignificantes, comparados con las enormes manos del policía, pero tenía claro cómo zafarse si hacía falta, e incluso cómo devolver el golpe. El Navajas, sin embargo, detuvo a Guzmán en seco.
—Canijo, solo te lo voy a decir una vez. Esta es la última que me tangas. No soy bobo, pero sí lo es el que juega conmigo. A la próxima te ventilo. ¿Te quedó claro?
La voz del Navajas tenía un filo que cortaba más que sus palabras. Teodoro asintió con un gesto seco, intentando no mostrar flaqueza.
—Lo tengo en casa.
—Pues arreando y me lo traes… Dale recuerdos a tu hermana, que cada día está más bonita. Ella sí que se podría sacar unos buenos cuartos, y en su caso sin tener que hacer nada —dijo el Navajas.
2
Teodoro escuchó tumbado, adormilado sobre su anárquico y enorme colchón de pedazos de espuma, cómo su hermana se marchaba de casa antes del amanecer. Amelia se iba cada día a la ciudad cuando todavía era de noche. La chica descendía a oscuras la montaña, por senderos que conocía de memoria, hacia el barrio del Poble Sec, desde donde cruzaba el Paralelo, de madrugada aún poblado por soldados norteamericanos de la Sexta Flota y jóvenes de buena familia, ajenos a la miseria, que salían de algún local de variedades. Desde allí, Amelia se adentraba en el barrio Chino y continuaba hasta el mercado de La Boqueria. A esas horas, los maleantes ni siquiera se molestaban en acercarse a los miserables que transitaban en dirección al trabajo. ¿Qué les iban a robar? ¿El hambre? Amelia había tenido suerte en la desgracia y eso le escocía. La muerte prematura de su madre había hecho que se quedara el trabajo en el puesto de legumbres.
Teodoro pensó en el billete de mil pesetas que había tenido que devolver. Ya era mala suerte que el Navajas y el guardia Guzmán estrenaran pacto justo ese día… El Canijo era muy consciente de que podía haber acabado igual que su padre, como siempre le decía Amelia. Pero ¿por qué estaba con ese maleante? Porque era una salida para poder sacar dinero, y más cuando tampoco había otras opciones. Barcelona no necesitaba a tantos lustrabotas, ni aprendices en los talleres…
—Canijo, tienes trabajo —dijo el Barrilete desde el otro lado de la barraca.
Teodoro suspiró, todavía tumbado. No había llegado el verano, pero se notaba su cercanía en el calor que desprendía la techumbre de cartón cuero.
—Canijo, que vengo a buscarte con urgencia. ¡Que tienes un trabajo que no puede esperar! —gritó el Barrilete al otro lado de la pared.
Teodoro exhaló con frustración. Durante unos instantes estuvo a punto de perder los estribos, de salir y darle un buen tortazo al pelirrojo. Pero tomó aire, cerró los ojos y se contuvo. Resignado, buscó los pantalones y esa camisa blanca que, de tanto uso, parecía más bien negra. Salió al encuentro del muchacho, que estaba plantado frente a la puerta de su chabola, jadeando, con el rostro encendido. Sin darle tiempo a preguntar ni a negarse, el pelirrojo extendió una caja hacia Teodoro.
—Toma —dijo el Barrilete con un tono seco—. Tienes que llevar este paquete a un tipo que se llama Tío Escopeta. Vive en el Somorrostro, cerca del hospital.
El Barrilete miró fijo al Canijo, como para asegurarse de que las instrucciones quedaban claras. Luego, repitiendo las palabras que el Navajas había dejado caer antes de enviarlo, añadió:
—No la cagues ni intentes el engaño. Si fueras un gato, anoche perdiste tres de tus cuatro vidas. Recuerda: Tío Escopeta.
Teodoro lo observó con el ceño fruncido y, aunque estuvo a punto de decirle que los gatos tienen siete vidas, no respondió. La caja, pequeña y pesada, ya estaba en sus manos. El mensaje del Navajas era tan claro como el día: no se trataba de una petición, sino de una orden.
—Canijo… Que el Navajas dice que salgas cagando leches, que otra no te la perdona, que le quisiste timar trescientos duros, ni más ni menos.
—¿Trescientos duros? Que yo sepa, mil pesetas son doscientos duros —rectificó Teodoro, sin que el chico pelirrojo dijera nada.
La caja estaba atada con varias guitas y pesaba al menos cuatro kilos. La parte de abajo estaba fría, aunque no se percibía humedad, sino que era sólida y pesada. Esa caja, con lo que contuviera, la habían guardado en algún lugar frío, quizá en una fresquera.
—Por cierto, panocha. Los gatos tienen siete vidas y no cuatro.
—¿Tienen siete?
—Aunque los de aquí nos los comamos a la primera en cuanto los cazamos. Tienen siete vidas, incluso si son pobres como nosotros.
El Barrilete se lo quedó mirando serio.
—¡No la cagues! —dijo el pelirrojo.
Cargado con la caja, Teodoro bajó la montaña, que, a pesar de ser muy temprano, estaba llena de vida. A los pocos minutos, llegó al Poble Sec. El Canijo decidió evitar el tranvía, aunque habría acortado considerablemente el trayecto, y también optó por no adentrarse en el Chino, que a esas horas estaba en plena ebullición, embebido de un aire de precariedad que le resultaba familiar. Él venía de las barracas y su mundo no era ajeno a ese barrio marginal en cuyas calles convivían locales de mala fama y familias obreras que luchaban por subsistir. Prefirió evitarlo. Llevaba consigo un paquete que debía de contener algo de valor y no quería correr riesgos innecesarios.
Al cabo de media hora llegó al Somorrostro. La alta densidad de barracas impedía ver el mar, aunque su presencia colmaba los sentidos. Se escuchaba su bramido en la distancia, el aire húmedo y salino se percibía con cada inhalación, como un rastro que calaba hasta los huesos. Las casas y barracas se amontonaban unas junto a otras. De las fachadas colgaban cuerdas con ropa tendida, humilde y desteñida, casi siempre igual, y al lado se adivinaban las redes de pescador remendadas una y otra vez y las sillas de madera desvencijadas junto a las puertas, como si fueran una extensión natural de los hogares. Las calles, un laberinto de arena, estaban llenas de vida. Almas que iban y venían, y chiquillos de la edad de Teodoro que jugaban entre las sombras de las chabolas.
—Perdone, ¿sabe dónde puedo encontrar al Tío Escopeta? —preguntó Teodoro a un hombre de tez morena, ojos sanguinolentos por el cansancio y una camisa vieja abierta. El tipo lo ignoró. El segundo a quien interrogó lo fulminó con la mirada. El tercero se quedó mirando demasiado rato la caja, por lo que no insistió. De pronto, el muchacho escuchó a lo lejos unos acordes de guitarra y pensó en el anciano del día anterior. El crío se acercó a un grupo de mujeres que, afanadas en la colada, compartían varias tablas de lavar de madera junto a unas tinas rebosantes de espuma jabonosa.
—Buenos días, señoras… Estoy buscando al Tío Escopeta.
Las mujeres se quedaron mirando a Teodoro con cierta cautela, como si trataran de descubrir de dónde podía haber salido ese muchacho de ojos claros, sonrisa de hoyuelos y pelo castaño.
—¿Vienes de la montaña? —preguntó sin mirarlo la mayor del grupo. Con el cabello completamente gris recogido en un moño, seguía golpeando la ropa contra la madera, con cuidado de no derramar el agua del balde.
Teodoro asintió sin decir palabra.
—Pues sigue el son de la música y llegarás donde está el que buscas. Pero no se te ocurra pronunciar su nombre, ¿me oyes? Di solo de dónde vienes. Si él quiere, te atenderá, y si no, pues ya está. Anda con Dios, muchacho.
Teodoro aguzó el oído para tratar de seguir los acordes de guitarra, que parecía que nacían en el mar. La melodía, a la que se sumaron unas palmas, penetró en su mente y en su alma. Ese rasgado de las cuerdas le resultaba familiar. Hasta no hacía mucho le sonaba haber visto en su casa una guitarra que se suponía que fue de su padre, pero un día, cuando su madre aún vivía, desapareció: o la vendió, o directamente la tiró.
La música lo envolvía; no tenía que seguirla, lo había atrapado. Se trataba de la guitarra del Chacho, estaba seguro, a pesar de que tan solo la hubiera escuchado una vez. Pero el ritmo era más festivo. Teodoro llegó al claro de chabolas donde sonaba la música. Allí estaba el anciano tocando junto a un hombre más joven. Varias mujeres daban palmas a Carmen, su nieta, que bailaba delante de todas. Teodoro se fijó en el Chacho Antonio, en cómo el pulgar de la mano derecha golpeaba las cuerdas más graves para marcar el ritmo, mientras que, con los dedos índice, medio y anular, rasgaba las más agudas abajo y arriba, creando una cascada de notas. En diferentes intervalos, también golpeaba con el dedo índice la tapa de la guitarra, con lo que sumaba él mismo la percusión. El ritmo se tornó vibrante y acelerado, con compases vertiginosos e intensos que imprimían una energía arrolladora a la melodía. El chico que tenía a su lado, y que parecía seguir al Chacho, comenzó a cantar. Carmen se movía como si flotara en el aire. Alrededor de los guitarristas, la bailaora y las palmeras, había como una treintena de personas. Un chico de unos veinte años, moreno y fuerte, que vestía pantalones grises y camisa blanca con chaleco, se acercó a donde estaba Teodoro.
—Y tú ¿qué pintas aquí?
El Canijo regresó a este mundo, abandonando esa música que sentía que formaba parte también de su vida. Reaccionó y se fijó en el chico que aguardaba una respuesta.
—Vengo de la montaña —dijo al fin Teodoro, nervioso aunque sin miedo.
—¿Para?
—Le traigo esta caja, de parte del Navajas.
El chico abrió los ojos, como si tuviera claro de qué se trataba.
—Tú, quietecico hasta que acaben. Es el cumpleaños del Tío, ¿me entiendes? Cuida esta caja como si fuera oro y, cuando terminen de cantar, ya haremos, ¿estamos?
Teodoro asintió y tomó asiento fuera del círculo, pero lo bastante cerca como para no perder detalle de cómo el viejo rasgaba la guitarra y Carmen bailaba a su son. Al cabo de media hora, se dio por acabado el espectáculo. El mismo chico que había ido al encuentro de Teodoro se acercó de nuevo con un anciano que caminaba ayudado por un bastón. Aunque el hombre llegaba precedido por su propia barriga, se le veía ágil. Cuando estaba a apenas dos metros de donde se hallaba Teodoro, se sumaron otros dos hombres, también descalzos, pero con ropa que parecía comprada en un sastre.
—¿Nos das la caja? —dijo a Teodoro el anciano.
Tras entregarle el paquete, uno de los dos hombres sacó una enorme navaja de su bolsillo y cortó las cuerdas. El otro tipo la abrió y le enseñó el contenido al anciano, que hizo un gesto de aprobación.
—Le das las gracias al Navajas, chaval, y le dices que su deuda está saldada —dijo el Tío Escopeta. Se lo quedó mirando y preguntó—: ¿Te gustó el espectáculo?
Teodoro asintió.
—Ese viejo toca la guitarra como nadie… Conoció bien al Chino, el padre de la Amaya —continuó el Tío Escopeta—. Y al Pescaílla, que son amigos… En esta ciudad faltan músicos y sobran ladrones —zanjó antes de desaparecer con su comitiva.
Teodoro se quedó plantado allí, viendo cómo el Chacho Antonio recogía la guitarra y se preparaba para marchar. No percibió que su nieta se había acercado hasta él.
—¿Te perdiste otra vez, niño? —dijo Carmen, desconfiada.
—¿Este no es el muchacho que estuvo ayer de visita? —preguntó el Chacho Antonio al llegar donde estaba su nieta.
—El mismo.
—¿No dijiste que eras de la montaña?
—Sí, señor… Pero tenía que traer algo aquí —contestó Teodoro.
—Estaba hablando con el Tío Escopeta —continuó Carmen—. Nada bueno será…
El anciano sonrió.
—Y tú estabas bailando por su cumpleaños y yo tocando la guitarra, y esta noche lo volveremos a hacer… Todos sobrevivimos en este sainete que es la vida, cariño.
—Me gustó mucho el sonido de la guitarra, ha sido, bueno, era… No sé, lo sentía en mi interior —dijo Teodoro—. El baile también estuvo muy bien —apunt
