Fugitivos

Danny Orbach

Fragmento

Introducción

Introducción

No hay presente ni futuro; solo el pasado, que sucede una y otra vez.

EUGENE O’NEILL, Una luna para el bastardo

Tras la caída del Tercer Reich, millones de alemanes habituados a servir en la máquina de conquista y genocidio de Hitler se quedaron sin empleo y sin una causa que abrazar. Unos eran soldados profesionales, trabajadores civiles o expertos en inteligencia manchados por su relación con el nazismo; otros, «verdaderos creyentes» de la ideología nazi, miembros de organizaciones de seguridad como las SS y el SD o perpetradores directos de genocidio y crímenes de guerra.

En teoría, al menos estos últimos debían someterse a una justicia implacable por sus crímenes, ya que los victoriosos aliados habían jurado perseguirlos «hasta el fin del mundo». En la práctica, no más de un puñado de líderes nazis fueron llevados a juicio en el Tribunal Internacional de Núremberg. Los planes de desnazificación de la sociedad alemana occidental tuvieron una muerte silenciosa cuando quedó claro que purgar Alemania Occidental de los funcionarios y los soldados profesionales de Hitler, siquiera de los miembros del Partido Nazi, generaría un gasto prohibitivo en el mantenimiento de la Administración.

En paralelo, la República Federal, que nació de las cenizas del Tercer Reich, pese a que prometió cortar rotundamente con el pasado nazi de Alemania, estaba repleta de individuos que tenían trapos sucios que esconder. En ningún sector era esto más cierto que en los servicios de inteligencia, en los que los antiguos agentes nazis eran considerados sumamente fiables en la lucha contra el comunismo y útiles —cosa discutible— de cara a influir en los países del tercer mundo.

Estos últimos no escaseaban, puesto que miles de criminales de guerra se habían escabullido a todos los rincones del mundo y otros tantos hicieron pactos con los aliados occidentales. En contra de la impresión que se suele tener de que los nazis eran anticomunistas, muchos establecieron acuerdos similares con la Unión Soviética y sus Estados satélites, e incluso se vincularon ideológicamente con ellos. Otros se pusieron a trabajar por libre como traficantes de armas, espías y agentes de operaciones encubiertas, y solo estaban interesados en la compensación económica que les generaban las aptitudes que habían desarrollado bajo el Tercer Reich. Por último, algunos conservaron la fantasía de un resurgimiento del nacionalsocialismo. En realidad, como mostraremos, la línea divisoria entre mercenarios prooccidentales o prosoviéticos y revanchistas nazis no solía estar clara; con frecuencia, cumplían más de un objetivo, a menudo cambiaban de bando y actuaban como agentes dobles e incluso triples.

Al final fue la Unión Soviética la que obtuvo más beneficio de dichos individuos de moralidad incierta. En parte porque estos abrieron una grieta para que los soviéticos se introdujeran en la estructura interna de la República Federal; en parte porque, para los alemanes occidentales, que eran percibidos como los herederos del Tercer Reich, asociarse con criminales nazis suponía un problema político serio. En efecto, el descubrimiento final e inevitable de cuán lejos había llegado esa asociación y hasta qué punto la había explotado la Unión Soviética mermó las capacidades de los servicios de inteligencia de Alemania Occidental contra la Oriental y los soviéticos durante décadas, lo cual era precisamente lo que quería Moscú.

La arrogancia y el autoengaño que llevaron a los líderes de la política y de los servicios de inteligencia de Alemania Occidental a confiar en criminales nazis se parecían en muchos sentidos a las ilusiones fantasiosas de esas supuestas figuras influyentes que soñaban con de­sempeñar un papel independiente entre los bloques occidental y oriental. Desde restaurantes alemanes de lujo, puertos yugoslavos infestados de contrabandistas, escondites clandestinos en Damasco y reductos fascistas en la España de Franco, los nazis retrógrados crearon una caótica red de influencia e información. Hasta la empresa OTRACO fantaseó con ser el patrono indispensable de revolucionarios y nacionalistas árabes, financió movimientos neonazis en toda Europa y estableció las bases para un resurgimiento «nacional» alemán.

Desde luego, los refugiados nazis y los agentes de la República Federal que confiaban en estos criminales no eran los únicos que se engañaban. A causa de las impresiones erróneas sobre su fiabilidad e influencia, la CIA también se apoyó en ellos para crear células durmientes anticomunistas en las entrañas de Estados satélite de la Unión Soviética que se activarían cuando estallase la «inevitable» tercera guerra mundial. Y, en forma muy distinta, las largas sombras proyectadas por los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, inflamados por los disparates cometidos por nazis impredecibles en Oriente Próximo, llevaron a Francia e Israel a reaccionar de forma tremendamente exagerada ante la actividad de los traficantes alemanes de armas en Argelia y de los científicos que desarrollaban misiles para Egipto. Esas reacciones pusieron en peligro algunos intereses nacionales básicos, así como el frente común contra la amenaza, muy real y muy presente, de los soviéticos.

El propósito de este libro es contar la historia de los mercenarios nazis en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, aclarar la importancia del fenómeno y los modos en que convergió con el escenario más general de la Guerra Fría, el drama de la lucha interna alemana, el conflicto árabe-israelí y las guerras clandestinas de los servicios secretos. En la primera parte, «Caída y resurgimiento», seguiremos al servicio secreto alemán desde sus inicios, cuando era un grupo de mercenarios que trabajaba para Estados Unidos, hasta su auge, como única agencia de inteligencia exterior de la República Federal Alemana. Rastrearemos las fantasías de su fundador, el general Reinhard Gehlen, que pensaba que los expertos nazis en seguridad le harían un buen servicio en la lucha contra el comunismo y en impulsar su carrera profesional. Sin embargo, al contratarlos y compartir sus desvaríos, Gehlen se expuso a la infiltración de los soviéticos y plantó las semillas de su propia caída.

En la segunda parte, «Efectos colaterales y consecuencias», nos alejaremos para explorar las operaciones encubiertas que se llevaron a cabo por todo el mundo. Veremos cómo los traficantes de armas y los espías independientes nazis pusieron en marcha una maquinaria mundial de contrabando de armamento con la intención de utilizar los beneficios para ascender en política y enriquecerse. Enredados en fantasías de dinero fácil y un posible renacimiento del nacionalsocialismo, despertaron tanto temores como ilusiones en Francia y en Alemania Occidental, provocando que el BND (el Servicio Federal de Inteligencia de Alemania Occidental) y el SDECE (el Servicio de Documentación Exterior y Contraespionaje), su homólogo francés, socavaran las estrategias de sus respectivos Gobiernos con temerarias operaciones secretas. El Mosad, el famoso servicio de inteligencia de Israel, también saltó a la palestra y comenzó a perseguir a unos mercenarios nazis mientras utilizaba a otros en el conflicto árabe-israelí.

En la tercera y última parte, «Secuelas y sombras», veremos cómo el Mosad, empujado por miedos irracionales a la desaparición del Estado de Israel, lanzó una campaña encubierta de terror e intimidación contra los científicos alemanes que trabajaban para Egipto en el desarrollo de misiles, lo cual suscitó una crisis casi rupturista entre el Estado judío y Alemania Occidental. En consecuencia, para resolver ese conflicto, el Mosad también realizó operaciones encubiertas que tuvieron repercusiones inesperadas en la campaña que emprendió el propio Israel contra los criminales nazis fugitivos.

Este libro explora tres temas principales. El primero se concentra en las estrategias que usaron quienes sirvieron en el Tercer Reich para enfrentarse y adaptarse a la vida después de la caída del régimen. Dadas las condiciones de la Guerra Fría, solo a unos pocos, un núcleo de fanáticos extraviados, les fue posible adherirse a la ideología nazi y practicarla en conjunto. Pero tampoco muchos fueron capaces de dejar el vertedero ideológico de Hitler y, con él, doce años o más de su vida. Lo que hicieron fue aferrarse a los elementos más afines a sus inclinaciones y buscar oportunidades de integrarlos en el mundo de la posguerra. Unos escogieron el anticomunismo y trataron de alinearse con Occidente; otros, el odio a las democracias occidentales y se alinearon con el Este, y aun otros se centraron en el antisemitismo y prometieron continuar con la lucha contra los judíos desde el extranjero. Esas elecciones casi siempre exigían un compromiso. Los antiguos nazis para quienes la batalla contra el comunismo era el objetivo más importante, por ejemplo, tuvieron que abrazar las democracias occidentales. Los que quisieron continuar «luchando contra los judíos» acabaron acercándose a la Unión Soviética, el enemigo más odiado de Hitler. Muchos prometieron volverse «neutralistas» y manipularon a los actores de la Guerra Fría —estadounidenses, alemanes, rusos, árabes e incluso israelíes— enfrentándolos entre sí para lucrarse sin comprometerse con ninguno. Esta flexibilidad ideológica explica la presencia de mercenarios nazis hasta en el último rincón del escenario mundial durante el conflicto entre las superpotencias que se desarrolló en las décadas de 1950 y 1960.

El segundo tema que se examina aquí es el poder de la ilusión y el autoengaño. Por un lado, están las ilusiones de los antiguos nazis, de los neonazis y de los admiradores del Tercer Reich que creían ser de veras una fuerza independiente capaz de manipular Estados y hasta a las superpotencias durante la Guerra Fría; por otro, los monstruos y el miedo a desaparecer evocados por quienes encontraban la menor huella de figuras nazis en su terreno. En los decenios que siguieron a 1945, la palabra «nazi» tenía mucho peso en los espectadores de la Guerra Fría, ya fueran periodistas, líderes políticos o agentes de inteligencia. Debido al trauma de la guerra y el genocidio, los responsables de la política tendían a atribuir una importancia exagerada a los mercenarios nazis, con lo cual los dotaban de más poder del que habrían tenido en otras circunstancias. De hecho, más que ellos, fueron las reacciones que suscitaron en los Gobiernos y en los servicios secretos las que influyeron de verdad en el curso de la Guerra Fría, en la historia de Alemania y en el conflicto entre Israel y sus vecinos árabes.

Por último, este libro explora el trabajo interno de los servicios de inteligencia y la frecuente incongruencia entre las operaciones encubiertas y la política nacional. En la Guerra Fría, esas operaciones a menudo sustituían al pensamiento político coherente y empujaban a choques y crisis internacionales entre Estados. Veremos cómo los servicios secretos alemán, francés e israelí minaron la política de sus propios Gobiernos al conspirar y luchar contra mercenarios nazis o tratar con ellos, impidiendo así que los representantes gubernamentales tuvieran en consideración sus medios y fines de modo racional. Solo en el momento en que las actividades clandestinas estuvieron vinculadas estrechamente con objetivos políticos realistas y viables fue cuando se obtuvieron resultados de provecho.

Cuando tratamos con la historia de las operaciones de inteligencia, los investigadores nos enfrentamos a dificultades desalentadoras. Casi todos los archivos de los servicios de inteligencia están clasificados y vedados, y mucha información a la que sí tenemos acceso no es fiable: está basada en filtraciones, artículos sensacionalistas de prensa y recuerdos tendenciosos. Hasta hace poco, solo podíamos reconstruir una imagen parcial, en el mejor de los casos, y una errónea, en el peor. Por suerte, en los años recientes muchos servicios secretos han abierto parte de sus archivos.

Este libro, por tanto, se apoya en documentos de los organismos de inteligencia de Estados Unidos, Alemania e Israel, muchos desclasificados recientemente, además de en informes diplomáticos, políticos, judiciales, policiales y militares. En algunos casos, como ciertas noticias del Mosad, se publican aquí por primera vez. Escribir este libro habría sido una tarea mucho más difícil si el Departamento de Historia del Mosad no hubiese tenido una actitud tan abierta como inesperada que me permitió un acceso sin igual a material clasificado hasta la fecha. También me llevé una agradable sorpresa al percibir la cooperación de las agencias de inteligencia alemanas, como la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV) y el Servicio Federal de Inteligencia (BND). En cambio, los archivos de los servicios secretos árabes y soviéticos siguen cerrados; los del Servicio de Documentación Exterior y Contraespionaje francés (SDECE) también lo están en su mayor parte. En estos casos, tuve que recurrir a secretos filtrados, testimonios indirectos, mensajes privados, recuerdos y estudios previos basados en información interna, todo lo cual he examinado con la mayor prudencia. En el caso de Francia, hay poca cantidad de documentos disponibles. Por fortuna, los Archivos Mitrojin, en Cambridge, ofrecen también perspectivas importantes aunque muy parciales sobre el oscuro mundo de la inteligencia soviética. Siempre he preferido consultar fuentes primarias en lugar de descripciones de segunda mano para intentar oír las voces de los propios actores y discernir entre verdad, distorsión y mentira. Cuando me he visto obligado a escoger entre relatos discrepantes, me he decantado por los testimonios que estaban en relativa consonancia con otras pruebas disponibles y he evitado descripciones sensacionalistas o sin corroborar, incluso aquellas que han circulado en la literatura histórica durante décadas.

También me he apoyado en estudios excelentes de otros autores, entre los cuales se encuentra el comité independiente de historiadores del BND, que ha publicado en los últimos años numerosos libros sobre la historia de este servicio entre 1945 y 1968, y expertos en historia del Mosad, del SDECE y del KGB. Asimismo, pude entrevistar a varios protagonistas, entre ellos Rafi Eitan, el famoso espía del Mosad, unos meses antes de que falleciera. Por último, tuve la suerte de recibir consejos de muchos especialistas, historiadores y periodistas de investigación, a veces en largas conversaciones que duraban hasta entrada la noche. No habría podido escribir este libro sin ellos. La responsabilidad de los errores, no obstante, es exclusivamente mía.

PRIMERA PARTE

Caída y resurgimiento

1

El Prado de las Miserias

No sé si es un granuja. Hay pocos arzobispos en espionaje. Está de nuestro lado, y eso es lo que importa.

ALLAN W. DULLES, director de la CIA de 1953 a 1961

Era abril de 1945, y el conflicto mundial desencadenado en 1939 por la Alemania nazi al invadir Polonia había llegado a un estancamiento. En cierto momento pareció que Hitler se encontraba a punto de someter a toda Europa bajo su régimen asesino y haría realidad la obsesión nazi del «espacio vital» transformando Polonia y la Unión Soviética en una gigantesca colonia. El Plan General del Este dictaba, con total indiferencia, que se deportara o que directamente se exterminara al 80 por ciento de la población polaca de la preguerra, a casi dos tercios de la eslava de la Unión Soviética y, por supuesto, a todos los judíos. Los pocos eslavos que quedaran trabajarían bajo la supervisión de colonos alemanes, y así proporcionarían al Gran Reich Alemán los recursos, la fuerza de trabajo y la solidez geográfica necesarias para competir con las potencias anglosajonas. Europa del Este sería el Raj británico y el Salvaje Oeste de Estados Unidos, todo en uno.[1] El devastador conflicto que desató Hitler en septiembre de 1939 arrastró a casi todos los países del mundo, mató a más de cincuenta millones de personas y transformó buena parte de Europa en un erial arrasado. Si bien es cierto que los planes de batalla sobreviven muy pocas veces ante el contacto con el enemigo, es difícil determinar cuán contrario fue el resultado de la estrategia nazi respecto a los objetivos planteados en un principio.

Lejos de sofocar la amenaza comunista, la Segunda Guerra Mundial la haría expandirse en el vacío de poder generado por el auge y la caída del Tercer Reich. El comunismo llegaría al poder en los cinco años siguientes desde el mar de la China Meridional hasta el Adriático, y a lo largo de veinte años penetraría en las naciones descolonizadas de África, del Sudeste Asiático y hasta en Occidente. La pugna entre la ideología revolucionaria emergente, respaldada por la Unión Soviética, y la ideología de la sociedad y el mercado libres, promovida por Estados Unidos, definiría el mundo de las dos generaciones siguientes y relegaría al pasado a los poderes establecidos de la Europa Central y Occidental.

En lugar de establecer una Europa que llegara hasta los Urales y expulsar a los «inferiores» eslavos a Siberia, las políticas genocidas de la Alemania nazi provocaron que los soviéticos, así como los polacos, los checos, los bálticos, los yugoslavos y los húngaros, expulsaran a doce millones de germanos étnicos de tierras en las que habitaban y gobernaban desde el siglo XIII y relegaran las fronteras de la etnia alemana al Óder. En lugar de salvaguardar la imaginaria «pureza racial» de la nación alemana, las mujeres alemanas que vivían al este del Elba se verían sometidas a repetidas violaciones en grupo, seguidas de suicidios en masa, trauma mental y físico, y muchos embarazos no deseados.[2] En lugar de conseguir la base geográfica que Hitler consideraba necesaria para ser una potencia mundial, la mera supervivencia de Alemania dependería en breve de la generosidad y la garantía de las potencias anglosajonas, en particular de Estados Unidos.

En efecto, la Unión Soviética ya daba los primeros pasos para instituir Gobiernos títere en Polonia y los Balcanes, y estaba a punto de hacer lo mismo en Alemania. Un Gobierno en la sombra de comunistas alemanes estaba listo para asumir el poder en nombre de sus amos soviéticos el día en que Berlín cayera bajo el Ejército Rojo.

En abril de 1945, ese día era inminente. Unos dos millones de soldados soviéticos rodeaban Berlín. Entre ellos y la cancillería del Reich había menos de cuarenta y cinco mil soldados alemanes procedentes de unidades mermadas y fragmentadas, acompañados del mismo número de Volkssturm, canosos y sin preparación, así como batallones de Juventudes Hitlerianas, integrados por adolescentes inexpertos, y formaciones de las SS integradas, irónicamente, por voluntarios bálticos, croatas y rusos que habrían encontrado una muerte segura a manos de los soviéticos.[3] Aun así, desde las asoladas ruinas de la capital, Hitler seguía soñando con crear una Fortaleza Alpina en el sur de Alemania y en Austria, donde resistirían los fieles al régimen y desde donde reivindicarían una Alemania nacionalsocialista cuando estallara el inevitable conflicto entre la Unión Soviética y los aliados occidentales.[4]

El general Reinhard Gehlen, analista de inteligencia de alto rango encargado de preparar ese «reducto alpino», tenía otros planes en mente. A este oficial delgado y de mirada acerada le preocupaba la supervivencia no del nacionalsocialismo, sino la suya, la de su poder personal y la de la nación, en este orden. Hijo de un editor y en absoluto el prototipo de general del Estado Mayor prusiano con monóculo, se había abierto camino en el marchito ejército que había quedado después de 1920 con el Tratado de Versalles. Después de que Hitler ascendiera al poder y del rápido crecimiento de la Wehrmacht, consiguió un puesto en el Estado Mayor, y su carrera no tardó en despegar.[5] Y no tenía ninguna intención de echar por la borda lo que tanto le había costado ganar solo porque el régimen al que había servido y hasta su nación se encontraran en trance de desaparecer.

Así pues, Gehlen reunió a un grupo de oficiales con ideas afines a las suyas en un lugar aislado y recóndito cercano a la frontera entre Bavaria y Austria, ambas partes del Gran Reich Alemán. Una carretera que serpenteaba por los Alpes bávaros conducía a un prado verde y retirado salpicado de flores silvestres alpinas. Elendalm, el «Prado de las Miserias», la villa vecina, solo la frecuentaban unos pocos guardabosques y veraneantes. Allí, Gehlen y sus asociados se prepararon para la caída y sus consecuencias. Gehlen recordaba aquella cabaña humilde con cariño. «La vida en la naturaleza —escribió— era realmente encantadora».[6] En efecto, el Prado de las Miserias era un lugar precioso. Por la ventana se veía una cascada que caía sobre un arroyo, y las cumbres nevadas de los Alpes, detrás de los árboles, brindaban unas vistas maravillosas.

En aquella casa de madera, Gehlen debió de reflexionar sobre la mala fortuna que esperaba al país al que había servido con lealtad los seis últimos años y quizá también sobre el papel que él mismo había desempeñado en el desastre inminente. A su alrededor se desmoronaba el antes formidable Reich alemán, sus ejércitos salían derrotados, sus ciudades no eran más que ruinas humeantes y sus líderes buscaban refugio en la clandestinidad. Pero, allí, el paisaje idílico ofrecía la oportunidad de redimirse en cierto modo, la posibilidad de olvidar convenientemente los pecados del pasado y soñar con una nueva vida. Y Gehlen, antiguo comandante del Fremde Heere Ost, las Fuerzas Extranjeras del Este, el organismo responsable de la inteligencia del Frente Oriental, deseaba sin duda olvidar muchas cosas y, aún más, que otros, en concreto los aliados occidentales, las pasaran por alto.

La agencia de Gehlen había desempeñado un papel central en el análisis de los puntos débiles étnicos, políticos y militares de la Unión Soviética antes del arranque de la operación Barbarroja, la invasión de Alemania a la Unión Soviética, y en consecuencia en allanar el camino para la muerte de millones de civiles en el conflicto genocida resultante y para los objetivos mucho más extremistas del Generalplan Ost, el Plan General del Este. No obstante, Gehlen no era un ideólogo nazi. Como cabeza del Fremde Heere Ost, fue indiferente a las teorías raciales nazis y aprobó el reclutamiento de espías y colaboradores de inteligencia procedentes de las muchas naciones y etnias descontentas de la Unión Soviética, individuos a los que, en cualquier caso, pensaba explotar, aunque no en el modo en que habían pretendido sus superiores políticos nazis. Había previsto la caída del Tercer Reich años antes de que sucediera y se había preparado para ella, aunque no había corrido ningún riesgo por anunciarla y salvar a su país de las consecuencias. Era cierto que había mirado a otra parte ante la conspiración de julio de 1944 para asesinar a Hitler y había enfurecido a este con informes militares pesimistas, pero no había levantado tanto la cabeza como para que le echaran un lazo al cuello, tal como le ocurrió al grupo de valientes conspiradores.[7] Gehlen, aunque se veía como un patriota alemán, era ante todo un superviviente y un arribista, y estaba decidido a resistir la caída e incluso prosperar en ella. En lugar de mantener un perfil bajo y ocultarse de los victoriosos aliados, sus subordinados cercanos y él tenían la intención de utilizarlos para reconstruir su imperio particular de inteligencia a partir de las cenizas del Tercer Reich. Ese plan tendría repercusiones que irían mucho más allá de lo que podían prever sus integrantes.

Gehlen tuvo suerte: un día antes de que Hitler se suicidara, se marchó al Prado de las Miserias. Con la muerte del Führer, el plan nazi de resistencia última en los Alpes bávaros se desvaneció por completo. A Gehlen, a quien Hitler había encomendado asumir un puesto en la estructura de mando del reducto alpino, le traían sin cuidado las fantasías de un resurgimiento del nacionalsocialismo. Con vistas al futuro, proyectó aliarse con los estadounidenses y concentrar poder político en la «nueva Alemania» que surgiría inevitablemente de las cenizas del Tercer Reich. Para ello se preparó una baza de considerable valor. Había pasado su archivo secreto sobre el Ejército Rojo a microfilmes y lo había guardado en cajas resistentes al agua, las cuales escondió en el Prado de las Miserias y en otros puntos. Esperaba ofrecer un pacto a sus futuros captores estadounidenses: información valiosísima sobre la Unión Soviética y parte de las redes restantes de agentes a cambio de su libertad, la de sus colaboradores más cercanos y el renacimiento de su carrera como especialista en inteligencia bajo la supervisión de Washington.[8]

El audaz plan de Gehlen se basaba en suposiciones no muy alejadas de las de los líderes nacionalsocialistas que lo habían enviado al fantasioso reducto alpino. Mientras el Ejército Rojo se preparaba para atacar la Festung Berlin (la fortaleza de Berlín), Hitler, el ministro de Propaganda Joseph Goebbels y otros soñaban en el búnker, pensando con regocijo en la sima que separaba cada vez más a las potencias soviética y occidental. Hasta el suicidio de Hitler y de sus cómplices más cercanos, habían tenido la esperanza de que en el último momento los estadounidenses apuntarían sus armas a los soviéticos y el Reich se salvaría.

El propio Gehlen alimentó esas fantasías en cuanto analista de inteligencia. «Para los líderes políticos [de Moscú] está claro que solo el Reich alemán es capaz de ofrecer resistencia militar y política ante las pretensiones que los soviéticos tienen sobre Europa. [El Reich] puede ser de valor militar para los británicos y los estadounidenses al mantener el imperialismo bolchevique alejado de Europa».[9] Lo único que hizo Gehlen con esas palabras fue apuntalar las quimeras de sus superiores y darles un bálsamo mientras los soviéticos, los británicos y los estadounidenses permanecían unidos en su propósito original de aplastar a la Alemania nazi. Como Estado, el Reich estaba condenado. Y también sus líderes.

Sin embargo, lo que Gehlen sí entendía era las consecuencias que traería la discordia creciente entre los aliados respecto al futuro individual de los oficiales alemanes, en especial de sí mismo. Nadie podía garantizar que la desconfianza entre los soviéticos y los estadounidenses llevara a otra guerra, fría o como fuera. Pero lo que era casi seguro, y en este aspecto Gehlen previó el futuro con una nitidez impresionante, era que los estadounidenses necesitarían información de los soviéticos. Y, como antiguo jefe de inteligencia del Frente Oriental, esa era justo la mercancía que se disponía a vender.

En los caóticos días de la primavera de 1945, sin embargo, el plan era, en el mejor de los casos, una apuesta peligrosa. Gehlen seguramente sabía que su estratagema no sería más que alta traición a ojos de los nazis, y el camino al Prado de las Miserias estaba plagado de riesgos. Grupos de las SS patrullaban las carreteras y detenían o ejecutaban a los desertores a la mínima sospecha. Esos fanáticos de tiro fácil podrían sentenciarlo a él y a sus subordinados a una muerte prematura.[10] Por otra parte, no estaba seguro de que los estadounidenses apreciasen su «tesoro» ni de que le diesen nada a cambio de él. En realidad, era más probable que sus colaboradores y él terminaran en un campo de prisioneros o, aún peor, que los entregaran a los soviéticos.

En los días que siguieron a la rendición de Alemania, Gehlen y sus compañeros esperaban que los soldados de Estados Unidos se presentaran en su puerta. Sin embargo, para su sorpresa, nadie les prestó atención. Confundidos, abandonaron el escondite de las montañas y fueron a celebrar el Pentecostés a casa de los padres de un compañero de guerra cerca del lago Schliersee. Después de pasar dos días de alegres festejos, se entregaron al puesto de mando de Estados Unidos más cercano, en Fischhausen. Gehlen, ingenuo, estaba seguro de que su importancia era tal que los estadounidenses lo tratarían con el mayor respeto, incluso reverencia. Gerhard Wessel, su auxiliar en tiempos de guerra, que lo había acompañado a las montañas bávaras tras la rendición de Alemania, le aseguró que el ejército de Estados Unidos trataba bien a los generales enemigos. Sin embargo, arrestaron a Gehlen y lo metieron de inmediato en una «jaula» de un campo de prisioneros de Miesbach (Bavaria), repleto de oficiales alemanes cautivos. Ni sus compañeros ni él hablaban inglés y les era difícil comunicarse con sus captores, quienes tampoco hablaban una palabra de alemán.

Envanecido y frustrado, Gehlen dijo a su primer interrogador, un oficial joven del CIC, el Cuerpo de Contrainteligencia del Ejército de Estados Unidos: «Soy general y el jefe del Departamento de Inteligencia del Alto Mando del Ejército Alemán. Tengo información de la mayor importancia para su comandante en jefe y el Gobierno estadounidense, y debe presentarme de inmediato a un comandante». La respuesta del joven lo hizo volver a la realidad: «Usted era general; lo era, señor. Y haga el favor de no decirme lo que tengo que hacer».[11] En efecto, en el CIC abundaban los oficiales alemanes prisioneros que mentían sobre su pasado para aparentar importancia, ocultar sus crímenes o salvar el pellejo. Por ello, el joven interrogó a Gehlen solo acerca de las condiciones de la Alemania nazi y no mostró gran interés en sus conocimientos sobre la Unión Soviética. Tras una breve charla, lo mandó de vuelta a la jaula.

Después pasó por varios campos de prisioneros. Él no lo sabía, pero los informes de su captura fueron ascendiendo en la jerarquía del cuerpo de inteligencia de Estados Unidos durante el mes de julio de 1945, y al fin lo trasladaron a Wiesbaden, a una villa adecuada para los interrogatorios de prisioneros alemanes prominentes. Allí, en cuanto conoció al capitán John Boker, del G-2, el Departamento de Inteligencia del Ejército de Estados Unidos, su fortuna cambió. A diferencia de los interrogadores previos, Boker mostró una actitud amistosa hacia Gehlen y lo invitó a charlar de modo informal en un banco de un parque cercano a la villa.[12]

El capitán Boker hablaba bien alemán y sabía algo de la Unión Soviética, de modo que de inmediato entendió que había pescado un pez gordo. Su superior, el general Edwin L. Sibert, el comandante del G-2 del Decimosegundo Grupo de Ejércitos, no compartía la opinión de la mayoría de los oficiales estadounidenses, que seguían viendo a los soviéticos como aliados. Igual que para el famoso George Patton, los soviéticos eran una amenaza indiscutible y presente. Durante los dos años que siguieron a la capitulación de Alemania, los conflictos entre Estados Unidos y la Unión Soviética, los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, se incrementaron tanto en magnitud como en naturaleza. Las medidas que habían tomado los soviéticos para instaurar Gobiernos títere comunistas en los Estados del este de Europa que habían ocupado durante la guerra, así como las pretensiones que Stalin tenía sobre Irán, Turquía y Grecia, provocaron el distanciamiento de ambos países a una velocidad alarmante. La inteligencia estadounidense tenía cierto conocimiento del Ejército Rojo, pero sentía que necesitaba más, y el archivo secreto de Gehlen fue un complemento bienvenido.[13]

Pese a sus intenciones originales, Gehlen no pudo forzar ningún «acuerdo» con los estadounidenses. Como prisionero de guerra, estaba totalmente a su merced. Muy consciente de su situación precaria, dio a Sibert la ubicación del archivo secreto sin pedir nada a cambio. A su vez, Sibert hizo trasladar a Wiesbaden a algunos compañeros de Gehlen de los tiempos de la guerra desde diversos campos de prisioneros y les permitió escribir informes sobre la historia de su servicio de inteligencia.[14]

El 21 de agosto de 1945, el Pentágono aceptó la propuesta de Boker y Sibert de enviar el archivo secreto de Gehlen a Washington para evaluarlo y analizarlo con detenimiento. Además, tras insistir, Boker obtuvo permiso para que Gehlen y seis ayudantes suyos muy cercanos volaran junto con los documentos, y él mismo los acompañaría y vigilaría. Concedieron a los prisioneros alemanes tres días para comprarse ropa de civil y recoger sus pertenencias. Uno de ellos no encontró maleta y llevó sus enseres en una gran funda de violín, lo cual dio a los oficiales de la Wehrmacht un aspecto de un grupo de artistas. El general Walter Bedell Smith, el jefe de Estado Mayor de Eisenhower y futuro director de la CIA, les facilitó el uso de su avión particular.

Gehlen y sus colegas, todavía convencidos de su propia importancia, esperaban una bienvenida calurosa, si no una alfombra roja, en la capital de Estados Unidos. En el viaje, sus guardianes no escatimaron en recordarles que seguían siendo prisioneros de guerra. No se les permitió bajar del avión en las paradas para que no atrajeran una atención no deseada. Cuando al fin llegaron a Washington, no había ningún oficial de categoría esperándolos en el aeropuerto, sino que los sometieron a un examen médico y los condujeron al vehículo de prisioneros sin ventanas que los esperaba. Boker no pudo ayudarlos ni suavizar las condiciones de encarcelamiento y se quedó muy decepcionado por ello. Para los funcionarios del Pentágono, Boker era solo un agente de inteligencia más procedente de Europa.[15]

Gehlen y sus ayudantes pasaron los dos meses siguientes encerrados en celdas aisladas en Fort Hunt, Virginia. Si bien las condiciones eran relativamente cómodas, no dejaban de ser carcelarias. Según Gehlen, el comandante les era «hostil» e hizo lo posible para evitar que tuvieran contacto con el Pentágono hasta que llegó un aliado inesperado a rescatarlos. El capitán Eric Waldman, un judío estadounidense de ascendencia vienesa, fue el agente de inteligencia designado por el Pentágono para trabajar con Gehlen y los suyos. Aunque había perdido familiares en el Holocausto, veía a los soviéticos como el enemigo del futuro y estaba más que dispuesto a colaborar con oficiales de la Wehrmacht. Gehlen, que nunca fue antisemita, recordaba a Waldman como «bondadoso y de fiar», y comprendió instintivamente que debía ganarse su confianza. Por ejemplo, Gehlen sospechaba que había micrófonos en las celdas, de modo que advirtió a sus compañeros que no permitiría comentarios antisemitas. Cuando uno llamó a Waldman «cerdo judío» en una conversación privada, Gehlen lo expulsó del grupo. Por su parte, Waldman ayudó a la familia que Gehlen tenía en Alemania, y más adelante fue uno de los defensores estadounidenses más firmes de la cooperación con el antiguo general de la Wehrmacht y su equipo.[16]

A pesar de las duras condiciones, Gehlen y sus hombres trabajaron con diligencia, y para mediados de noviembre de 1945 ya tenían redactado un volumen de 716 páginas acerca de las operaciones que habían realizado en el Frente Oriental y el Ejército Rojo. Agradecido por aquella contribución, Waldman consiguió mejorarles las condiciones del alojamiento, en cabañas remotas en un bosque, y hasta les organizó visitas a la ciudad de Washington para ir de compras o de turismo.[17]

Durante un tiempo, Gehlen y algunos compañeros pensaron en solicitar la nacionalidad estadounidense y luchar contra el comunismo desde allí, igual que ciertos científicos alemanes, como Wernher von Braun. Solo después de que Estados Unidos decidiera que sus nuevos colaboradores serían más útiles en Europa fue cuando tomó forma la idea de establecer un servicio secreto alemán independiente que estuviera bajo su supervisión. En junio de 1946, Gehlen y los suyos regresaron a Alemania con Waldman y articularon, con distintos nombres, el grupo que acabaría conociéndose como la Organización Gehlen, primero en Camp King, en Oberursel, cerca de Frankfurt; luego en el castillo de Kransberg, una fortaleza pintoresca en las montañas de Taunus, y por último en Pullach, un pueblo de Múnich.[18] Sin embargo, para fastidio de Gehlen, sus superiores estadounidenses trabajaban también con una red de espionaje encabezada por un rival suyo, Hermann Baun, que les hacía la competencia.

Baun era experto en inteligencia militar, y los estadounidenses lo tenían por un recopilador de información brillante y un buen conocedor del Ejército Rojo. Hay que reconocer que su vida fue trágica. Los últimos días de la guerra perdió a toda su familia en un ataque aéreo, y después se volvió un adicto al trabajo y fumador compulsivo con muy mal genio y una obsesión anticomunista febril.[19] En 1946 y 1947, los estadounidenses repartieron el trabajo entre sus dos protegidos, Gehlen y Baun. En un lugar conocido como la Casa Azul, ubicado en lo alto de las montañas, Baun tejía redes de espionaje en la zona de ocupación soviética y supervisaba dónde ubicar instalaciones de inteligencia de señales SIGINT —para interceptar, recopilar y descifrar información militar— destinadas a vigilar al Ejército Rojo. Por su parte, a Gehlen le encargaron analizar los datos que obtenía Baun.[20]

Pero la relación de Gehlen y Baun no tardó en deteriorarse, ya que cada uno intentaba robar poder al otro. Los oficiales del G-2 (inteligencia militar de Estados Unidos) no lo tenían claro al principio, pero luego entendieron que debían escoger a uno de sus dos protegidos. Gehlen y su mano derecha, Gerhard Wessel, hicieron todo lo posible por retratar a Baun ante los estadounidenses como un antisemita excéntrico, una acusación que intuían sería desastrosa para este, tal vez basada en viejas fantasías nazis relacionadas con la influencia que el «poder judío» ejercía en sus antiguos enemigos. Baun era un profesional competente, pero «no se fiaba de los judíos» y había recibido una educación estrecha de miras; además, estaba sometido a la influencia perniciosa de su nueva y joven mujer, y carecía de estabilidad mental. Poco a poco, su comportamiento fue confirmando esta imagen.[21]

Baun había dejado perplejos a los estadounidenses con su conducta extravagante: había escondido una maleta llena de dólares debajo de la cama y había amenazado a otro oficial tras una disputa de naturaleza amorosa. Lo peor fue que, sin tener en cuenta los límites de su poder, esbozó un plan para crear una red internacional de espionaje por toda la Europa del Este comunista, los Balcanes y Oriente Próximo. El G-2, sin embargo, necesitaba escasa información sobre el Ejército Rojo apostado en Alemania y no tenía interés en dar más importancia global a sus antiguos enemigos alemanes ni en preservar las redes de influencia de la época nazi.[22] Al final, los estadounidenses prefirieron a Gehlen, más sensato, antes que al presuntuoso Baun, a quien relegaron a posiciones de menor importancia. Con la aprobación de Waldman, Gehlen se hizo cargo de las redes de espionaje y de las estaciones de SIGINT de Baun. No obstante, este tendría un papel importante después, ya que encabezaría la incursión de la Organización Gehlen en zonas extranjeras y peligrosas, como Oriente Próximo.[23]

Durante los nueve años siguientes, la Organización Gehlen compitió con otros servicios alemanes de inteligencia y poco a poco se convirtió en el servicio secreto de la recién nacida República Federal Alemana. Si bien muchos agentes estadounidenses tenían sus reparos, Gehlen pasó a ser un socio de peso en la comunidad de inteligencia de Estados Unidos en Europa central. Así fue, pues, como se sembraron las semillas para que los antiguos agentes de inteligencia nazis entraran en el escenario del conflicto entre las superpotencias. Pero para comprender cómo esta oscura capa adicional del espionaje antes de la Guerra Fría dio forma al conflicto, es preciso presentar a unos cuantos actores más.

2

El vertedero ideológico. Mercenarios nazis después de la caída

Porque quienes van con uniforme de soldado,

y nosotros que vulneramos,

ya sea mediante la acción o el acuerdo subliminal,

somos empujados, murmurando «es necesario» […],

al reino de los criminales de guerra.

NATAN ALTERMAN, «Al Zot»

A finales de abril de 1945, mientras Gehlen y sus socios enterraban su tesoro en el Prado de las Miserias, un joven oficial estadounidense conducía por aquellas mismas carreteras de montaña con un pequeño destacamento de tropas de infantería. A sus veintiocho años, James H. Critchfield era uno de los coroneles más jóvenes del ejército de Estados Unidos, y tenía la tarea de llevar a una fuerza avanzada al reducto alpino. El día 29, cerca del pueblo de Hurlach, sus hombres y él se toparon con un tren de mercancías alemán. Lo hicieron detenerse con disparos de advertencia, y unos cuantos guardas de las SS saltaron de él y se perdieron en el bosque. «Los soldados de infantería que iban encima de los primeros tanques abrieron a golpes las puertas de los vagones —recordaba Critchfield—, y un espantoso cargamento de seres humanos en los huesos vestidos con ropa blanca y negra, sucia, […] cayó en los brazos de los atónitos soldados estadounidenses. A primera vista, los prisioneros parecían más muertos que vivos. Casi todos simplemente se desplomaron al suelo».[24] En sus memorias, Critchfield describe con horror genuino ese primer encuentro con el sistema de terror y muerte del nacionalsocialismo. Más adelante, cuando fuera agente de la CIA, se vería a sí mismo como un enemigo acérrimo de las dictaduras totalitarias y un luchador por los valores democráticos de su país, y mostraría considerable simpatía hacia las penalidades de los judíos y otras víctimas del Tercer Reich.[25] Y también fue el mismo Critchfield quien desempeñó un papel crucial en poner los fundamentos de la colaboración de Estados Unidos con la Organización Gehlen y con célebres criminales nazis.

Reinhard Gehlen y sus amigos no eran, ni mucho menos, los únicos oficiales nazis empleados por la inteligencia de Estados Unidos. Tampoco eran los peores. Como muchos oficiales alemanes del Frente Oriental, estuvieron envueltos en crímenes de guerra porque proveían a los asesinos de las SS de información que les facilitaba el trabajo, pero no fueron instigadores ni perpetradores directos. Tal como revelaron investigaciones posteriores, había culpables mucho más perversos en nómina de Estados Unidos; tenerlos contratados implicaba una buena dosis de cinismo.

Klaus Barbie es un buen ejemplo de ello. Fue jefe de la Gestapo en Lyon y uno de los policías secretos más famosos de la Francia ocupada, responsable directo de la ejecución y tortura sádica de miles de hombres, mujeres y niños. En la posguerra inmediata, el apodado Carnicero de Lyon no solo no recibió ninguna condena, sino que el Cuerpo de Contrainteligencia (el CIC), la misma autoridad que se encargaba de capturar criminales de guerra nazis, lo contrató como agente. Cuando su puesto resultó indefendible, la inteligencia de Estados Unidos lo envió a Sudamérica, donde volvió a sus viejas costumbres, esa vez como consejero de seguridad de varios dictadores de la zona.[26]

Barbie no era el único. El CIC contrató a una docena de oficiales de las SS y de la Gestapo, algunos de ellos responsables de grandes masacres.[27] Por su parte, la Administración Truman atrajo a su país a unos cuantos científicos alemanes, entre los cuales había varios que se habían beneficiado del trabajo esclavo nazi. Los falsificadores que se habían dedicado a fabricar dinero falso para la inteligencia de las SS iban muy buscados por Estados Unidos y demás potencias de la Guerra Fría con el fin de que trabajaran para sus servicios secretos en tareas semejantes. La CIA, creada en 1947, enseguida entró en el juego: contrató a nazis y a otros perpetradores del Holocausto —alemanes, rusos y ucranianos— como espías y agentes encubiertos en zonas fronterizas y en el territorio de la Unión Soviética y de sus Estados satélite. A otros les pidieron que formaran redes de células durmientes clandestinas encargadas de organizar guerrillas en caso de ofensiva soviética.[28]

Todo empezó a una escala relativamente pequeña. El 10 de mayo de 1945, el Estado Mayor Conjunto ordenó al general Eisenhower, comandante de las fuerzas estadounidenses en el teatro europeo, que arrestara a todos los criminales de guerra nazis, excepto aquellos que pudieran ser útiles en inteligencia u otros propósitos militares. La palabra «excepción» era la clave. Según las órdenes vigentes, el CIC debía preferir a agentes nazis «cuyos ideales se alinearan con los de Estados Unidos» y excluir a quienes siguieran implicados en actividades criminales o tuvieran un pasado muy comprometido que pudiera salir a la luz y avergonzar a Washington.[29] Los agentes de inteligencia de Estados Unidos responsables del reclutamiento de sospechosos criminales de guerra reconocían que semejante práctica era lamentable y podía ser bochornosa (además de servir de alimento a la propaganda soviética) si se descubría. Cuanto más prominente era un nazi, más graves eran sus crímenes y más aumentaban tanto la probabilidad de que el hecho se destapara como el riesgo de humillación pública. Asimismo, era peligroso contratar a veteranos de los organismos de seguridad nazis, como las SS, el SD o la Gestapo, pues en sí mismos ya representaban una amenaza al régimen de ocupación estadounidense o a la democracia recién instaurada de Alemania Occidental. Así pues, emplear a personas como esas siempre se consideró problemático, algo excepcional que solo se permitía si era imprescindible.[30]

Como consecuencia de aquellas presiones conflictivas, los sospechosos de crímenes de guerra fueron un porcentaje muy pequeño de los miles de alemanes que emplearon los servicios de inteligencia estadounidenses (en el caso del CIC, investigaciones posteriores mostraron veinticuatro individuos así) y los sometían a un complejo sistema de escrutinio antes de contratarlos. El sistema, sin embargo, no siempre funcionaba bien, y los comandantes locales a menudo eran libres de escoger qué agente de las SS, de la Gestapo o del SD podía considerarse una «excepción».[31]

A pesar de ello, el alcance de tales excepciones fue ampliándose gradualmente según cambiaba la percepción de las amenazas. La seguridad del territorio ocupado fue siempre, en efecto, la mayor fuente de desasosiego de los aliados. En 1945 y principios de 1946, el ejército de Estados Unidos que ocupaba Alemania seguía viendo a los nazis y a los neonazis, en especial a las legendarias guerrillas conocidas como Hombres Lobo, como el peligro más importante presente en la zona.[32] A lo largo de los siete meses que siguieron a la rendición de Alemania, el CIC detuvo a ciento veinte mil alemanes por crímenes de guerra o por actividades nazis o neonazis. Algunos, entre los que había oficiales veteranos del ejército y miembros de organismos de seguridad del Reich como las SS, el SD y la Gestapo, formaban parte de la categoría «arresto inmediato». De muchos se sospechaba que eran criminales de guerra, pero otros eran simples jóvenes desmoralizados que organizaban pandillas espontáneas, miembros de los escalafones bajos de organizaciones nazis o ciudadanos apresados por culpa de habladurías, rumores y acusaciones falsas. En aquellos primeros meses, el CIC se sirvió de un gran número de informadores comunistas alemanes y, en cierto caso, llegó a compartir oficina con un partido comunista local.[33]

Existían restricciones significativas a la hora de contratar a nazis, sobre todo porque estaban considerados el mayor peligro para la ocupación aliada. Un agente de contraespionaje de Múnich se quejaba a finales de agosto de que «la lista de personas proscritas se ha alargado tanto que es imposible contratar a ningún exmiembro del Partido Nazi, ni a ningún oficial del ejército, ni aún menos a personal del GIS [servicio de inteligencia alemán]». Avisó que esa política amenazaba con empujar a los veteranos del ejército a organizaciones neonazis.[34]

Las cosas ya estaban cambiando en otoño de 1945, a medida que la mayor amenaza en Alemania y en el teatro europeo dejaban de ser los nazis y empezaban a ser los comunistas.[35] En el invierno y la primavera de 1946, las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética empezaron a agriarse debido a conflictos generados por la suerte que debían correr Alemania, Polonia y otros países en la posguerra. En un discurso que dio en el Congreso en marzo de 1947, el presidente Harry Truman prometió ayudar a todas las naciones libres amenazadas por la invasión de un régimen totalitario. Los jefes militares de Truman, que sobreestimaron de largo el grado de preparación para la guerra de la Unión Soviética, temían un ataque inminente y total a Europa Occidental, temor que crecía significativamente con cada agresión comunista: la toma de Checoslovaquia y el bloqueo de Berlín, en 1948; el primer experimento nuclear, en 1949; la invasión de Corea del Sur por parte de Corea del Norte, en 1950. Para contener una ofensiva militar soviética, los comandantes del ejército de Estados Unidos no solo necesitaban fuerza militar —y creían que la suya era del todo inadecuada—, sino también información sobre las intenciones y las capacidades soviéticas, y sobre el orden de batalla del Ejército Rojo.[36]

Aunque Estados Unidos tenía información sobre la Unión Soviética, le faltaba hacerse una idea de qué ocurría en el interior de ese país y de sus Estados satélite, lo cual era necesario si querían enterarse por anticipado de una posible invasión. La capacidad para recoger información mediante el SIGINT era limitada, al menos hasta mediados de los años cincuenta, y tenían que confiar en fuentes humanas, también espías; pero las sociedades cerradas como la Unión Soviética son mucho menos vulnerables al espionaje que las democracias.[37] Para reunir la información necesaria, era razonable emplear a agentes con experiencia pertinente y aptitudes lingüísticas. Había muchos candidatos convenientes que pertenecían a categorías específicas relacionadas con crímenes de guerra: ciudadanos soviéticos que colaboraban con Alemania o expertos en inteligencia nazis que habían combatido recientemente contra los soviéticos. En otras palabras, contratar al menos a algunos criminales de guerra se consideraba una respuesta defensiva ante una amenaza militar de emergencia.[38]

Poco a poco, el problema de juzgar a criminales nazis fue considerándose cosa del pasado, no del presente, y en marzo de 1946 se delegó en parte a los indulgentes tribunales alemanes. Algunos agentes del CIC aún estuvieron unos años más persiguiendo a nazis sospechosos de crímenes de guerra, pero, a partir de 1948, los estadounidenses empezaron a tratar a sus prisioneros con más cautela e incluso enmendaron sentencias duras impuestas en juicios previos de crímenes de guerra.[39] La necesidad de apaciguar a la población alemana occidental y al cuerpo de oficiales de la Wehrmacht, aliados imprescindibles en la lucha contra el comunismo, se estimaba más importante que ajustar cuentas pasadas y hacer justicia a las víctimas del Tercer Reich.[40] Al mismo tiempo, cada vez más equipos del CIC perseguían a comunistas en lugar de a nazis, tarea para la que los antiguos oficiales de seguridad de Hitler también podían ser útiles. Al fin y al cabo, sabían mucho sobre los «rojos» y eran anticomunistas acérrimos, ¿verdad? Por otra parte, el CIC temía que los nazis descontentos se abrieran camino en el comunismo clandestino.[41]

Aunque parezca extraño, la percepción que tenían los estadounidenses no carecía de base. En comparación con la amenaza de una invasión soviética a Alemania Occidental que recibiera la ayuda de una quinta columna comunista desde dentro, las probabilidades de un resurgimiento nazi eran escasas o nulas. La derrota de la Alemania nazi había sido tan aplastante que, para la mayoría de los partidarios de Hitler, e incluso para muchos de ideología nazi, estaba claro que para preservar a Alemania debían cambiar de modo sustancial su visión del mundo, sus estrategias y su política. Hasta un nazi convencido como el gran almirante Karl Dönitz, el leal teniente de Hitler y su sucesor como líder del Tercer Reich, reconoció que solo podían mantenerse ciertos aspectos del nacionalsocialismo.[42] Para otros más realistas, estaba claro que se deberían descartar la mayoría de los elementos de la ideología del régimen de Hitler. Los antiguos nazis que quisieran conservar algo de ese vertedero ideológico tendrían que escoger con atención y mucha prudencia.

En concordancia con las expectativas estadounidenses, muchos antiguos oficiales nazis eligieron el anticomunismo del vertedero y descartaron el resto sin mayor problema. Con el fin de proteger a Alemania del odiado enemigo bolchevique, aceptaron dejar de lado el antioccidentalismo de Hitler y su aversión por la democracia, así como el antisemitismo y la teoría racial como principios organizativos del Estado. Servir a un país anticomunista, democrático y prooccidental era la mejor elección que podían hacer, o al menos la menos mala, en las circunstancias de la posguerra.[43] Esta opción, escogida por millones de antiguos nazis de mandos medios e inferiores, proporcionó a la recién nacida Alemania Occidental, la República Federal Alemana, una buena y necesaria dosis de vitalidad y estabilidad. Justo por eso, un sinnúmero de ellos que trabajaban en la burocracia de Alemania Occidental no quisieron socavar el Estado ni ir tras una política nazi; la única e importante excepción fue que protegieron a los criminales de guerra del hostigamiento legal.

No obstante, Estados Unidos cometió un error crucial al creer que todos los antiguos colaboradores nazis habían escogido rescatar el anticomunismo del vertedero. Hubo quienes hicieron elecciones distintas, o al menos definían el anticomunismo de un modo más amplio que las autoridades estadounidenses. A principios de la década de 1950, estas últimas descubrieron, para su pavor, que una de sus células durmientes, un grupo conocido como la Liga de Jóvenes Alemanes, conspiraba para asesinar a políticos socialdemócratas de Alemania Occidental.[44] Para otros, el anticomunismo no era tan atractivo como otras ideas del viejo régimen. Algunos odiaban las democracias occidentales mucho más que a la Unión Soviética y, por tanto, estaban más dispuestos a trabajar como agentes rusos. Ciertos veteranos de las SS creían que debía conservarse la independencia de Alemania tanto del bloque comunista como del occidental, una idea extendida en algunos círculos del Tercer Reich. Conocidos entonces como neutralistas, estos se sentían atraídos con frecuencia por los países emergentes del tercer mundo. Había otros para quienes el antisemitismo era la idea más importante y dirigieron su odio contra el Estado judío de Israel, fundado en 1948. Por supuesto, también se volvieron antioccidentalistas, proárabes y, poco a poco, prosoviéticos.

En otros casos, los agentes de inteligencia de Estados Unidos se enteraban de que a muchos de sus iguales alemanes les traía sin cuidado el anticomunismo. De hecho, algunos antiguos nazis no tomaron nada del vertedero de ideas que Hitler había impulsado con su régimen. Cínicos, traumatizados por la guerra y desapegados tanto del Este como del Oeste, se convirtieron en mercenarios codiciosos de fortuna y embaucadores profesionales. Las ciudades alemanas y austriacas, sobre todo Berlín y Viena, estaban repletas de esos traficantes de información que vendían sus servicios por dinero y otros beneficios.[45]

Quizá el más famoso de ellos sea Wilhelm Höttl, un antiguo oficial del SD a quien los estadounidenses contrataron como agente de inteligencia en Austria. Era encantador y sofisticado, aunque tenía las manos manchadas de sangre. En cuanto representante de la inteligencia de las SS en Hungría, estuvo muy implicado en el exterminio de los judíos de este país junto al célebre Adolf Eichmann. En los juicios de Núremberg, no obstante, testificó contra Eichmann y fue seguramente el primero en estimar que los nazis asesinaron a unos seis millones de judíos. También hizo de informante para Simon Wiesenthal, el cazador de nazis judío.[46]

Höttl ofreció a los estadounidenses dos redes ya formadas de inteligencia que llevaban por nombres en clave Montgomery y Monte Vernon. En realidad, como advirtió la policía austriaca, se trataba de un traficante de información dispuesto a trabajar para cualquiera que le pagara. Estuvo al servicio de todas las agencias de inteligencia imaginables, como la UDBA yugoslava, el SDECE francés, el MGB soviético (el Ministerio de Seguridad del Estado, predecesor del más famoso KGB), agencias árabes y organizaciones judías. Los agentes de Höttl eran exoficiales de seguridad del Tercer Reich, antiguos miembros de las Juventudes Hitlerianas y fascistas húngaros. Facilitaban información sobre emplazamientos militares comunistas en Austria y Hungría, y creaban redes de células durmientes clandestinas con el objetivo de prepararse para una invasión soviética. En septiembre de 1949, el CIC dejó de colaborar con él porque su participación continuada en actividades neonazis ponía en un aprieto a Estados Unidos y generaba dificultades políticas en Austria.[47] La información que proporcionaba Höttl tal vez no era del todo inservible, como asumen algunos académicos, pero sí de poco valor. Personas como él, fueran veteranos de las SS o emigrados eslavos pronazis, tenían un interés personal en referir datos alarmistas que subrayaran las intenciones hostiles soviéticas y el peligro inminente de una guerra, y así justificar su labor y ganar más dinero por su cometido. Al menos parte de la información —por ejemplo, un informe detallado realizado por un activista ruso sobre la invasión soviética inminente de Irán— eran puras y simples invenciones.[48]

El colectivo de la inteligencia estadounidense era un batiburrillo de muchas agencias autónomas que solían ser muy celosas de sus secretos y se negaban a compartirlos con las rivales, lo cual generaba compartimentalización; con ella, la seguridad mejoró, en cierto modo, pero también creó problemas a la hora de evaluar la información. Los agentes estadounidenses, entre los que había muchos novatos sin experiencia y autodidactas, no conocían lo suficiente el contexto en el que se enmarcaban los asuntos de Alemania, Europa del Este y la Unión Soviética. Con mucha frecuencia ignoraban los idiomas relevantes y no siempre podían confrontar su información con la de organismos rivales, de modo que se volvieron dependientes de la traducción y la evaluación de sus poco fiables espías. Si una agencia los descubría y los dejaba de lado, los traficantes de información como Höttl podían ofrecer sus servicios a otra agencia de la heterogénea comunidad de inteligencia de Estados Unidos. Otros se movían entre los servicios secretos estadounidenses, británicos, franceses, alemanes occidentales, alemanes orientales, soviéticos y, después, árabes e israelíes, a los que vendían información dudosa a precios exorbitados.[49]

Ni siquiera la Organización Gehlen, cuyos líderes eran «anticomunistas» ideales a ojos de los estadounidenses, fue inmune a esos problemas. El organismo creció rápidamente y se convirtió en un monstruo irreductible, apenas dominado por el propio Gehlen y aún menos por los estadounidenses. Había reclutado al personal mediante redes de organizaciones militares, de seguridad y de inteligencia formadas en los tiempos de la guerra y daba trabajo a muchos agentes y subagentes problemáticos de estratos muy distintos, no solo criminales de guerra, sino también topos soviéticos, oportunistas y charlatanes.[50] Esta caótica política de reclutamiento sembró las semillas para el desastre futuro, pero eso no se vería hasta mucho más adelante.

3

A quien dan no escoge. Gehlen y la CIA

El veneno más letal para la moralidad de un hombre está encerrado en estas palabras: «Aquí eso se permite».

ZEEV JABOTINSKI

El 18 de noviembre de 1948, tres años después de su primer contacto con supervivientes de campos de concentración en la campiña de Bavaria, el coronel James H. Critchfield llegó al tranquilo pueblo de Pullach, situado al sur de Múnich, en su Chevrolet negro. Ya no iba vestido de uniforme ni comandaba ninguna tropa, pues se había retirado del ejército hacía poco y trabajaba en la recién inaugurada Agencia Central de Inteligencia (la CIA). Ese día nublado de otoño, el joven oficial que había rescatado a aquellas pavorosas víctimas del régimen nazi en la fase final de la Segunda Guerra Mundial se dirigía en misión de alto secreto a unas instalaciones muy bien vigiladas, emplazadas en las afueras del pueblo, donde se encontraría con ciertos antiguos vasallos nazis. Aquel complejo de edificaciones, ahora llamado Camp Nikolaus, fue otrora un retiro para oficiales nazis, con casas y jardines protegidos por sistemas de seguridad y rodeado de muros. En el interior, una elegante residencia conocida como la Casa Blanca sobresalía entre una fuente y varios edificios anexos para los empleados. Critchfield aparcó el viejo coche frente a la casa, fijándose en la bandera de barras y estrellas que ondeaba sobre el césped.

En los escalones de la entrada de la Casa Blanca, un alemán vestido con traje gris oscuro, que se presentó como el doctor Schneider, recibió al agente de la CIA. Años después, Critchfield recordaría a su interlocutor como «un hombre de estatura media, delgado y esbelto, con un bigote perfectamente recortado y el pelo castaño muy corto». Mientras tomaban café y fumaban un puro, Critchfield se presentó como Kent James Marshall.[51] Sabía con certeza que el doctor Schneider, o el Doctor, como solían llamarlo sus hombres, era en realidad Reinhard Gehlen y que Camp Nikolaus era en aquel momento el cuartel general de su servicio secreto. Cerca de allí, la gran ciudad de Múnich constituía un punto de convergencia de los flujos de refugiados procedentes de la Europa central y oriental ocupada por los soviéticos, y las calles en ruinas eran el patio de juegos de espías, mercenarios y traficantes independientes de información que trabajaban para los poderes en disputa. Un historiador de la CIA la describiría más adelante como «un lugar de misterios, confusiones e intrigas, una guerra que se libraba en las sombras».[52]

Friedrich Schwend, el comandante de la operación Bernhard, el plan de las SS para falsificar moneda británica, trabajaba para Estados Unidos en Múnich ayudando a sacar a espías nazis de sus escondites en Austria e Italia.[53] Un fichaje aún más dudoso era el doctor Wilhelm Höttl, antiguo espía del SD y colaborador de Eichmann, que vendió redes de espionaje ya organizadas a los estadounidenses mientras trabajaba para la Unión Soviética, la Yugoslavia comunista y muchos otros países. El doctor Schneider y sus hombres eran solo un grupo más entre los variopintos agentes y veteranos de inteligencia asentados en Múnich que ofrecían sus servicios. Gehlen, no obstante, era más ambicioso que la mayoría de sus pares. No solo pretendía ganar dinero, sino también aprovechar la protección que le proporcionaban sus patronos estadounidenses para hacer de su organización el único servicio de inteligencia de Alemania Occidental.

La Organización Gehlen se había constituido de modo informal dos años antes, bajo el auspicio del general Edwin Sibert, el entonces comandante del G-2 en Alemania. Por su cuenta, sin pedir permiso a sus superiores, Sibert aceptó este grupo alemán como afiliado a la comunidad de inteligencia estadounidense.[54] Después, Sibert se marchó de Alemania, ocupado con otras tareas, y los estadounidenses discrepaban respecto a qué hacer con aquel hijo bastardo. El ejército lo quiso transferir a la CIA. El almirante Roscoe H. Hillenkoetter, el primer director de esta agencia, fue reacio a aceptar el «regalo», pues creía que la Organización Gehlen tenía muchos defectos y estaba malograda por procedimientos laxos de seguridad, lo cual la hacía vulnerable a la infiltración soviética. Aún peor: creía que podía servir de base para un resurgimiento futuro del nazismo y el militarismo alemán. No todos estaban de acuerdo con ello y, como solución de compromiso, enviaron al joven e inexperto Critchfield para que sondeara el terreno. Su cometido era decidir si la CIA debía aceptar a la Organización Gehlen, si el ejército de Estados Unidos debía preservarla o si había que eliminarla definitivamente.[55]

Critchfield llegó al primer encuentro con Gehlen cargado con varias cuestiones urgentes. La CIA quería asegurarse de que la información aportada por Gehlen valía el precio que pedía. Además, en el caso de que la CIA amparase a la organización, supervisaría todas sus acciones hasta el último detalle. Critchfield se mostró inflexible en cuanto a eso. Gehlen, a cambio, debería facilitar los nombres reales y los alias de todos sus agentes y empleados. Critchfield le preguntó si tenía a nazis en nómina. Aunque las directrices de la CIA no prohibían expresamente contratar a criminales de guerra, Critchfield tenía la firme opinión de que tal cosa debía evitarse. Insistió en que Gehlen debería mantenerse alejado de antiguos trabajadores de las SS, la Gestapo y oficiales de la Wehrmacht condenados por el Tribunal de Núremberg a menos que fuera imprescindible. Los alemanes eran enemigos del pasado, pero muchos oficiales estadounidenses seguían detestándolos. La CIA era una agencia joven que sufría mucha presión y estaba cansada de pasar vergüenza cuando se descubrían criminales de guerra en sus filas. En cualquier caso, Critchfield dejó ver que la agencia consideraba aceptable contratar a oficiales de rango medio de la Wehrmacht, como Gehlen y sus compañeros.

Gehlen reaccionó con cautela; le aseguró que su política era «no contratar a criminales de guerra». En efecto, Critchfield no encontró «nazis identificables a primera vista» en la sede de Pullach. Pero Gehlen se negó en redondo a proporcionar ninguna lista de sus agentes y a ceder control a los estadounidenses. Critchfield recordaba que, «después de una pausa significativa, durante la cual dio unas caladas al puro y vació la taza, [Gehlen] se arrellanó en el asiento y me explicó su filosofía básica para mantener la integridad y el carácter alemán de su organización».[56] Critchfield no convino, y el asunto quedó sin resolver. Tras unas semanas de inspección, sin embargo, recomendó a la CIA que acogiese a la Organización Gehlen. Al fin y al cabo, a quien dan no escoge. Los estadounidenses, y en especial la CIA, recién creada, necesitaban con urgencia agentes que los informaran de los soviéticos, un nuevo enemigo contra el que no poseían ninguna infraestructura de inteligencia. Por su parte, los antiguos nazis necesitaban trabajo y un nuevo objetivo al que encomendar su lealtad, por muy contrarios que fueran sus nuevos empleadores a sus antiguas adhesiones y vínculos. Enseguida, el almirante Hillenkoetter nombró supervisor de la organización de Gehlen a Critchfield, quien se trasladó de forma permanente a Pullach.[57]

Desde el principio, a Critchfield no le faltaron motivos para estar satisfecho con Gehlen y su trabajo. Aunque la organización nunca sobresalió en inteligencia política ni estratégica, ni consiguió colocar espías en posiciones importantes del Ejército Rojo, sí reclutó a agentes de menor categoría y recopiló abundante información táctica y de operaciones del orden de batalla soviético. Era cierto que muchos agentes no estaban «dentro»; solían ser ciudadanos alemanes orientales que por casualidad vivían cerca de instalaciones soviéticas, pero aun así proporcionaban información útil. Más importante era que los espías de Gehlen y las estaciones de SIGINT vigilaban la actividad de la Fuerza Aérea Soviética, la cual era esencial para los pilotos aliados que volaban sobre el Berlín bloqueado por los soviéticos en 1948.[58] En sentido político, Gehlen parecía bastante de fiar. A pesar de las permanentes desavenencias con Critchfield acerca de la independencia de la organización, no había duda de que era leal a Estados Unidos. Sus consejeros cercanos y él mismo les parecían a la CIA alemanes idóneos, antiguos nazis que escogieron el anticomunismo del vertedero hitleriano y descartaron lo demás.

Era cierto: para el círculo más íntimo de Gehlen, el aspecto más importante del antiguo régimen era la oposición al comunismo. Según su punto de vista, Alemania era un escudo protector de la «cultura occidental» ante las hordas del Este. Esto concordaba con temores alemanes mucho más antiguos, una mezcla de racismo contra los «rusos asiáticos» que se remontaba a la Alemania guillermina, de antes de la Primera Guerra Mundial, y una oposición ideológica al orden bolchevique. Incluso la razón de Estado alemana estaba subordinada a la cruzada ideológica contra Moscú. Gehlen declaró que, si Alemania se unía bajo el estandarte del comunismo, sus hombres y él se exiliarían y combatirían a su antigua patria.[59]

Para seguir luchando contra el comunismo, Gehlen y sus asociados estaban dispuestos a someterse a Estados Unidos en asuntos de política exterior, una concesión impensable en la época nazi;[60] también a descartar la teoría racial y el antisemitismo, principios fundamentales del Tercer Reich. Como hemos mencionado, cuando un hombre de Gehlen llamó a Eric Waldman «cerdo judío», el general lo expulsó de su servicio para mantener intacta la relación con los estadounidenses. Más adelante veremos que Gehlen encabezaría una alianza de inteligencia con el Estado judío de Israel, al cual consideraba otro bastión anticomunista. «Los soldados israelíes —escribiría con admiración después a un amigo judío de la infancia— son los prusianos de Oriente Próximo». Entre otras cosas, Gehlen ayudó al Mosad a infiltrar agentes en Europa del Este y auxilió a refugiados judíos a escapar de países comunistas y llegar a Israel. Asimismo, proporcionó una identidad falsa a Wolfgang Lotz, el espía israelí más importante de Egipto de principios de los años sesenta.[61]

El problema era que Gehlen tenía poco control sobre sus agentes, muchos de los cuales no compartían sus prioridades ideológicas. Su sociedad era una coalición enrevesada y poco definida de células semiautónomas, agentes privados y filiales externas que Gehlen casi nunca visitaba y aún menos supervisaba con eficiencia. A finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta estaba ocupado con maquinaciones políticas en Bonn, tratando de convencer al nuevo Gobierno de Alemania Occidental de que hiciera de su organización el servicio de inteligencia nacional una vez que concluyera la ocupación estadounidense. Cuando Critchfield llegó a Pullach, Gehlen tenía un control parcial de las operaciones y del espionaje. Ese era el feudo de su rival y competidor, Hermann Baun, antiguo oficial de la Abwehr, la inteligencia militar nazi. En mayo de 1948, solo medio año antes de la llegada de Critchfield, Gehlen pudo por fin enviar a Baun a un puesto en Oriente Próximo, pero siguió siéndole difícil supervisar a los fieles a este, así como financiar, apoyar y evaluar el trabajo de los agentes de toda Alemania.[62]

Este problema persistente del control se entrelazaba con la corrupción sistémica de la organización. En los primeros años no tenía ni estatus legal ni respaldo financiero estable por parte del Gobierno, y no estaba claro quién en la complicada burocracia estadounidense era en concreto responsable de ella. Por descontado, nadie mostraba interés por sufragar los gastos, y en Pullach tuvieron que subsistir con un presupuesto medio mensual de 132.000 dólares. Hasta la reforma monetaria de junio de 1948, la destrozada economía alemana estaba dominada por un mercado negro floreciente en el que los excedentes de la campaña militar de los aliados eran los productos más buscados, sobre todo si se podían comer, beber o fumar. Para que Gehlen se mantuviera a flote, el ejército estadounidense le suministraba café y cigarrillos, y lo animaba a que se financiara las operaciones vendiéndolos en el mercado negro.[63] En efecto, se cuenta que los agentes alemanes de inteligencia que estaban en Alemania Occidental identificaban la potencia para la que trabajaban sus colegas (Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia) según la marca de cigarrillos que fumaban. Tanto los alemanes como los estadounidenses consideraban el desmantelado país como un lugar caótico donde la astucia y el engaño eran requisitos para la supervivencia. «Aquí esto se puede» era el lema no oficial de muchos. No eran pocos los oficiales estadounidenses, incluido el coronel William Liebel, del G-2, el primer supervisor de la Organización Gehlen en Pullach, que estaban hasta el cuello de corrupción e invitaban a sus protegidos alemanes a hacer lo mismo.[64]

Estas turbias operaciones financieras se mantuvieron hasta bien entrada la década de 1950, mientras Gehlen seguía enfrentando grandes dificultades económicas. Recibía el dinero en dólares estado

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