Ángela Banzas. Novelas

Ángela Banzas
Ángela Banzas

Fragmento

Capítulo 1

1

Santiago de Compostela, noviembre de 1983

«Aprende a amar tu destino. Cuando otros vean solo lluvia y la repudien, tú sonríe a la tierra agrietada y mortecina esperando a la simiente que crecerá mañana. Sé paciente y persevera, pues en la oscuridad la luz brilla con más fuerza. Las mujeres de nuestra familia no soplamos al viento, aprovechamos su fuerza y mecemos a nuestros hijos con ella. Aramos el campo y molemos el trigo, luchando en esta vida para descansar algún día». Marta recordaba las palabras de su madre antes de dejarse ir al encuentro de su padre, confiando en hallarlo en las Alturas. Siempre supo que iría pronto detrás de él. Conocedora de su tiempo, le había pedido que sacase lustre a los zapatos, aunque llevaba sin salir desde mediados de agosto, el día del entierro. Decía que aquel sol la había fatigado y poco o nada le quedaba ya por hacer en invierno. No quería flores, tampoco un adiós con olor a naftalina. Insistió en que airease el traje de los domingos. No el de las romerías, sino el de las misas importantes, como el Corpus o el Domingo de Ramos.

Marta Castro preparaba la cena, con la mente dispersa entre recuerdos y tareas pendientes. Necesitaba tumbarse un poco, la espalda la torturaba. Tantas horas entre hilvanes y remates, con pausas exprimidas para atender la casa, a los animales y a las niñas, suponía una factura de difícil pago. Pensó en sentarse unos minutos mientras el agua rompía a hervir. Lanzó una mirada a las rígidas manecillas del reloj, que la controlaba desde lo alto de la pared tiznada de la cocina, y desechó la idea de inmediato. Posponía el descanso, eso hacía, eso creía que debía hacer, mientras aguardaba un porvenir de mar en calma y puestas de sol infinitas. Así era la medida del tiempo al desconocer si habría un después o un mañana. Introdujo otro leño en la cocina económica, abrió el tiro de la chimenea para guiar la salida del humo y, casi de forma inmediata, una nube gris y densa la envolvió. Humo que siempre encontraba la rendija justa por la que colarse, obligándola a cerrar los ojos unos segundos y a defenderse con unos golpes de tos. Dejó el atizador colgado en la manija de la portezuela de hierro y alcanzó un paño en el que limpiarse las manos. El crepitar de la madera iluminó con destellos fugaces y anaranjados su rostro, tiempo atrás vivo como una cendra, ahora portador fatigado de facciones delicadas y mirada inmensa. Las crestas de la lumbre asomaban con fuerza por el ojo de los tres anillos sobre los que debía colocar la olla de nuevo. Se concedió un parpadeo pausado, sintió el mimo del calor tiñendo sus mejillas y dibujó una sonrisa que parecía eterna, reconciliada y cansada. Sabía que algún día, al igual que su madre, cuando el último grano de arena se dejase llevar con su aliento, rogaría a ese mar desconocido que meciese sin prisa sus cenizas absueltas. Tan humana la contradicción.

El reloj marcaba ya las ocho y media. Ahora solo podía pensar en que Ricardo llegaría en cualquier momento de su taller de carpintero. Trabajaba mucho, en un horario inflexible y bien delimitado en el tiempo y en el espacio, como para soportar retrasos de un plato humeante en la mesa. Así lo entendía él y así lo aceptaba ella. Una cena bien hecha y hablar lo justo y necesario para no incomodar. Llegaba cansado.

Con la tensión de la última mirada al reloj, Marta cogió de nuevo el atizador de la portezuela y avivó los fuegos cuanto pudo. A sus veintiséis años parecía mayor, fruto, quizá, de aquella lucha con el minutero. Pero ella nunca se quejaba. No podía. No con los labios. Su cuerpo delataba la necesidad de descanso. Y sus padres ya no estaban, ni en el frente ni en la retaguardia. Se habían ido. Y ya nadie se paraba a auxiliar sus pesares silenciosos y renuentes; a tender una mano tan cálida como valiente.

Tiempo atrás habría pensado que debía cumplir penitencia. No supo elegir a los hombres. No supo presentarse ante ellos como una buena esposa, exhibiendo sin pudor su belleza, su voz y hasta su risa. Había sido una joven alegre con ganas de cambiar el mundo. Y lo había conseguido, al lado de una mayoría sin miedo, en su breve etapa universitaria; entonando cánticos a favor de la libertad y la democracia, entre asambleas cargadas de energía, en las que cada voz era la voz de un ideal que logró materializarse en 1978. Año en el que su destino mutó en más de un sentido. Año en el que un embarazo la sorprendió en la Facultad de Periodismo de Santiago. Así cambiaron sus prioridades, sus necesidades. Se prometió volver algún día y terminar la carrera que con tanta ilusión había empezado. Era el orgullo discreto y silencioso de su madre, pero ella nunca mostró decepción; hija de las circunstancias como tantos, ni tan siquiera los estudios había comenzado. El exilio forzoso de una España convulsa la señaló como una presa a batir, rompiendo la ensoñación de ser dueña de su destino. Distintos motivos, la misma consecuencia: aguja e hilo, día y noche, tejiendo el futuro de nuevo. Así la había educado su madre para luchar, para vivir, para salir siempre adelante, pero se enamoró, se enamoró de la forma apasionada en que se viven los sueños y entonces llegó la decepción, y con ella el dolor, un dolor inmenso que transformaría su historia para siempre. El mismo hombre que un día la había protegido con su cuerpo de un grupo de falangistas extemporáneos, que buscaban amedrentarla por eslóganes y demás discursos estudiantiles, se esfumó tras señalarla con un beso que ni el mismo Judas Iscariote. Con indiferencia, permitió que reminiscencias de una España oscura y atrincherada se la llevaran, a punta de pistola sobre su vientre abultado, con el fin de someter su voluntad entre amenazas. Aquellos hombres sin compasión, grandes en sus uniformes, diminutos en todo lo demás, no consiguieron lo que buscaban, pero después de haberla golpeado como a un enemigo de guerra, sin guerra, acorralado como a una presa en una cacería de diez a uno, ella había cambiado, totalmente y para siempre. Su energía se había desvanecido. La tristeza había conseguido envolver su cuerpo, más lento, más pesado. Estaba cansada y se dejaba arrastrar por inercias tan fáciles como prudentes. Se había resignado a cambiar ella y a que el mundo avanzara a su ritmo; doblegada, mermada y, al final, diluida en una identidad que ya no reconocía cuando se miraba al espejo.

Así transcurrieron los meses. Su madre la acompañaba cada día sin lograr llegar a ella, acariciarla, despertarla. Había levantado un muro a su alrededor. Robusto y sofocante, con los cimientos en el engaño de un hombre y las almenas en el miedo a ser alcanzada de nuevo.

Y entonces nació Ana. El sol brillaba en lo alto, inundando de claridad los ojos tristes de Marta. Pétalos en verdes prados, pájaros con sus cantos, la niña había nacido en el mes de mayo. Y con ella, la oportunidad de volver a sentir la vida y el mundo. Abrió sus ojos pocos minutos después de iniciar el camino fuera de su madre, como si no quisiera perder detalle de cuanto sucedía a su alrededor. Había sido un flechazo, un rayo de luz. Al ver a su hija por primera vez, con sus ojillos cerrados y envuelta en grasa, Marta sintió que una parte de ella viviría siempre. Y esa parte no iba a ser la tristeza. Pequeña, indefensa, inocente. Haría todo lo que estuviese en sus manos para que su vida fuese plena. Aquel sentimiento era más que un deseo y le daba fuerza. Una fuerza que se había multiplicado cuando llegó al mundo Clara, la dulce Clara. Con apenas kilo y medio de peso, fruto de un parto precipitado para el que todavía no estaba preparada, la pequeña de sus hijas se aferró a la vida y luchó por quedarse en ella.

Cuando Marta las miraba, cuando tocaba sus manos diminutas o sus minúsculos pies, la vida sonreía y el brillo volvía a sus ojos, naufragando en el deshielo de la melancolía. Ellas lo eran todo. Por ellas, todo merecía la pena. Su coraje renovado como mujer nacía de su amor como madre. Hizo una promesa: protegerlas siempre. Y lo intentaría, lo intentaría con todas sus fuerzas.

Se había puesto encima toda la bisutería que sus pequeñas manos le habían permitido alcanzar, elevándose sobre las puntas de sus pies. El joyero de madera lacada en blanco que su madre conservaba con tanto mimo desde su primera comunión estaba vacío, y Ana danzaba feliz con todas las pulseras de perlas, metal y nácar que había encontrado, tintineando con cada movimiento en sus brazos. Su delgadez permitía que algunos de esos adornos jugasen el papel de brazaletes y otros, simplemente, huyesen despavoridos rodando por el suelo. Pero la niña disfrutaba, se reía de tal forma que había contagiado a su hermana pequeña. Clara, con su primer año cumplido, la seguía con la mirada desde la cuna, con profunda admiración, verdadera devoción. Asomaba apenas la nariz y los ojos, pero le bastaba para disfrutar de la actuación de su hermana. Las risas estaban aseguradas, así como las consecuentes caídas por querer imitar con tan precaria estabilidad a Ana.

En esa espiral de diversión, la mayor consiguió acceder al rincón más pequeño y secreto de cuantos departamentos de terciopelo tenía el joyero. En él encontró una fina cadena dorada con un camafeo que no recordaba haber visto antes. Así que la niña ni se lo pensó, lo vio brillante con piedras verdes y se lo puso, y el colgante cayó con holgura por su cuello. Pequeños saltos alborotados y risa nerviosa, así fue corriendo hacia el espejo frente a la cuna, tan galana como vistosa. Allí seguía su hermana expectante, esperando su actuación de risas acompasadas y tintineo de pulseras.

Clara, hipnotizada por el baile y el compás de muecas, así como por el reflejo de estas en el espejo, respondió con un intento de aplauso que daba alas al ingenio de su hermana y aseguraba más tiempo con el juego.

Ana salió del dormitorio dando brincos y se metió en el pequeño cuarto en el que su madre dedicaba tantas horas a bordar, coser y tricotar. En uno de los zapateros que había junto a la pared encontró unos zapatos negros de tacón medio que ayudarían a crear su personaje de «Ana Barreiro, chica mayor».

Mientras avanzaba por el pasillo del piso de arriba, pues la casa tenía dos plantas, oyó el timbre. Se paró en seco y se asomó a la balaustrada de madera de roble para ver de quién se trataba. Ya estaba próxima la hora de la cena y la única persona que venía a casa tan tarde era su padre; y él tenía llaves. Dejó los zapatos en el suelo y bajó descalza y sigilosa un par de peldaños. Desde esa posición, sentada y con las piernas recogidas, intentó asomar sin éxito la cabeza entre los barrotes de madera. Solo acertó a ver a su madre de espaldas. Parecía rígida agarrando la puerta con una mano y bloqueando la vista y el paso a aquella inusitada visita. Como si el tiempo se hubiera detenido, su madre continuaba paralizada y en silencio. Pese a la mala visibilidad que tenía, Ana se encontraba lo suficientemente cerca como para escuchar la conversación, en el supuesto de que esta tuviese lugar. Pero Marta no hablaba. No podía. Había reconocido la oscuridad de aquellos ojos que esperaban en el umbral de la puerta y temblaba. Sintió un escalofrío, como un látigo en su memoria, donde veía al diablo sonreír. Sabía que el mensaje venía del infierno y era demasiado tarde para huir.

Ana, incapaz de resistirse al misterio, bajó otros dos peldaños con cuidado de no ser descubierta. Estiró el cuello todo lo que pudo y solo entonces logró ver un abrigo y un sombrero de paño oscuro, tan del gusto de las películas antiguas, de otra época, en blanco y negro, las mismas que rompían el silencio de las noches de costura en las que su madre trabajaba bajo una luz solitaria en la penumbra.

En ese momento, el menudo cuerpo de su madre, rígido y en evidente estado de alerta, retrocedió despacio; un paso, luego otro, inciertos y torpes, al tiempo que se cubría con la chaqueta de lana, en un movimiento inconsciente de protección. La mano derecha cruzaba su pecho, ignorando el mechón de pelo que se liberaba lentamente de aquel recogido improvisado durante largas horas de trabajo. Con la mano izquierda continuaba agarrando la puerta, congelada en el tiempo, con la sangre como el hielo, sin tan siquiera un parpadeo.

El hombre avanzó hacia ella, desafiante, y antepuso una mano escuálida y huesuda, de largos dedos macilentos, para impedir que se cerrara la puerta. El gesto de desprecio se afianzó al sacar, pausado y resarcido, un paquete de Bisontes del bolsillo interior del abrigo. Una mirada fría avanzó por el interior de la casa, manteniendo la aspereza de sus facciones, imperturbable. Encendió un cigarro, indiferente a la voluntad de su madre, y entonces Ana pudo ver su cara envuelta en humo. Cejas negras y pobladas, sobre una piel cetrina y consumida por el tabaco, se arqueaban entre la humareda enmarcando su mirada oscura de diablo. Efectiva carta de presentación, acentuada con una desproporcionada nariz aguileña que no hacía sino dejar una impronta en la retina de cualquiera que tuviera la desgracia de cruzárselo en el camino.

El aspecto de aquel hombre asustó a Ana. Su madre continuaba sin decir nada. Solo retrocedía lentamente, escurriéndose en su chaqueta, deslizando sus pasos, sin resultar evidente, rastreando a ciegas con la punta de los dedos el comienzo de la balaustrada. Mientras, el extraño parecía disfrutar con la escena. Ana no necesitó un segundo más para entender que algo no iba bien, que aquel hombre era una amenaza. Se puso de pie y fue hacia el dormitorio de sus padres en donde la pequeña Clara continuaba jugando con su conejito de peluche, ajena a todo. Ana se arrancó las pulseras de su madre dando pequeños saltos, como si de pronto le quemasen la piel, y trató de volver a colocarlas en su sitio.

Con la yema de los dedos, Marta palpó al fin el salvoconducto que brindaba el pasamanos. Lo asió vigorosa y emprendió su huida escalera arriba. La madera crujía, molesta por los golpes torpes y rápidos de sus chinelas. El aliento parecía abrasarle en la garganta. Impulsándose con la fuerza de sus brazos entre la pared y aquella vieja balaustrada, deseaba poder volar, catapultarse a lo alto de la escalera. Pero aquellas zapatillas, que tanto había agradecido a la anciana tía de su marido, torpedeaban su objetivo. Lamentó que la señora Carmiña aplicase el mismo criterio para la ropa y el calzado que para la comida: «Mejor que sobre que no que falte». Así fue como, observadora y silenciosa, en la visita al hospital para conocer de forma precipitada a Clara, había advertido la necesidad y se las compró en la primera zapatería que encontró. Hasta este momento, la talla no había supuesto un problema. Ahora, sus movimientos desmañados con aquellas chinelas desafiaban el equilibrio y le hacían torcer los tobillos sin remedio, al tiempo que un pensamiento percutía en sus sienes: «Debo llegar al cuarto de las niñas, debo protegerlas». Se encerraría con ellas, bloquearía la puerta con algún mueble y esperaría a que Ricardo o algún vecino llamase a la policía. Incluso, con suerte, ella misma podría hacerlo desde el teléfono del dormitorio. Necesitaba suerte. Esa que en su vida no acostumbraba a aparecer; ella la buscaba sin éxito, nunca era una opción.

Todo sucedía demasiado rápido en su cabeza y fuera de ella. El hombre parecía haberle dado ventaja. Tal vez, cuanto más difícil se lo pusiera, el placer de atraparla resultase mayor. Quizá para él solo fuese un juego cruel y macabro. O acaso se apiadase de una pobre madre que solo quería proteger a sus crías. Probablemente no quisiera hacerlo.

La duda se disipó enseguida. El hombre arrojó el cigarro medio consumido al suelo con la mirada clavada en su presa, dibujando una sonrisa sin alma en el cuerpo. Ágil como una pantera, sus saltos escalera arriba eran secos, limpios y certeros. Sabía lo que hacía y disfrutaba haciéndolo.

Los nervios se apoderaron de Marta y le impedían moverse con más suerte. Una mano la agarró con fuerza cuando alcanzaba el último peldaño. Su tobillo se había convertido en el prisionero perfecto de aquel cepo humano. Dedos largos y consumidos que parecían quemar su piel. Se sintió atrapada. Con el miedo vibrando dentro de su pecho. Sin tiempo para intentar liberarse. La arrastró escalera abajo. El primer golpe fue el peor. El dolor se hundía en sus ojos, quemando, expandiéndose por su rostro con cada peldaño. Una ceja abierta, la nariz rota y sangre. Sentía el bullir caliente cubriendo su cabeza, y aun así no era comparable al miedo que sentía por sus hijas. Trató de reponerse, luchando con brío, ajena al dolor y las heridas. Tenía que retomar la huida hacia la planta superior de la casa. Aturdida y sin tiempo para el miedo, reptaba ayudándose de las manos, desesperada. Necesitaba salvarse. Aquel hombre pasó sin dificultad por encima de su cuerpo. Se detuvo un segundo a observar el coraje malnutrido de Marta arrastrándose por los peldaños de madera y sonrió. Sin piedad ni deshielo, le pisó la mano derecha percutiendo sin descanso hasta romperle cada uno de sus dedos. Los desgarradores gritos de la joven provocaban un intenso placer en aquel ser sin humanidad, alimentado de humo y tinieblas.

Al otro lado del pasillo, dentro de la habitación, Ana temblaba y sufría por su madre. Se mordía las puntas de las uñas, retorcía los dedos entre las manos. Necesitaba saber qué le pasaba. Sin pensarlo, asomó la cabeza por la puerta. La escena de su madre cubierta de sangre, con el rostro irreconocible, le encogió el estómago y quiso arrancarse los ojos. Entró de nuevo en el dormitorio, con el miedo de un valiente, hasta ese momento desconocido, y un mal recuerdo en la memoria que ya no parecía suyo.

Ana se aproximó a Clara atropellando sus pasos y comenzó a llamarla. Con los brazos extendidos y dedos inquietos, la apremiaba para que se acercase y así poder bajarla de la cuna. Pero la pequeña escondía su cara tras su conejito de peluche, del que no se separaba nunca, y sonreía a su hermana sin entender que el juego había terminado.

Los nervios de Ana iban en aumento, al igual que los gritos de su madre. Aquel hombre no iba a marcharse. Todavía no. Acercó una caja de juguetes a la cuna y se subió a ella. Mostró de nuevo las manos a Clara y le rogó que las cogiera para levantarla. La pequeña sonreía burlona mostrando de nuevo a Orejitas, su muñeco, creyendo que así respondía a la demanda de su hermana.

Con voz trémula pero firme, Ana le ordenó que se levantara de una vez para que pudiera cogerla, aunque fuese a duras penas, entre sus brazos. Clara se asustó. Sus ojos grandes y redondos se llenaron de lágrimas en un segundo y rompió a llorar. Angustiada, Ana se bajó de la caja justo cuando un estruendo inundó la casa y también su mente. Parecía el disparo de un revólver. Miró a su hermana con el miedo abrasando sus ojos y se metió dentro del armario. No sabía qué hacer, y la pequeña Clara continuaba llorando sola y asustada tras los barrotes de la cuna.

Aquel armario empotrado en el dormitorio de sus padres escondía un secreto en forma de portezuela mimetizada con el fondo que conducía a un espacio que bien podría ser un refugio y que, de hecho, para Ana lo era. Lo había construido su abuelo en los años de la posguerra por precaución, según decía, y hasta esa noche ella lo llenaba de juegos, imaginación y juguetes, que acababan por mezclarse con papeles viejos, fotografías antiguas y demás recuerdos de su familia. «Si un día alguien entra en esta casa para haceros daño, aquí estaréis a salvo», recordó las palabras de su abuelo. Entonces sintió las piernas temblorosas, tragó lágrimas, y supo que ese momento había llegado y parecía que solo ella podría salvarse.

Al entrar en su lugar secreto con tanta urgencia, la cadena que llevaba colgada al cuello se enganchó y se soltó, dejando que el camafeo corriera su propia suerte dentro de aquel escondrijo. Pero Clara seguía llorando. No podía soportarlo. Era su pequeña y más leal compañera de juegos y risas. Decidió salir sin apenas haber llegado a acomodarse dentro. Se acercó rápidamente a ella, quien al verla enmudeció dando un respingo, aliviada.

Mientras, Marta había conseguido esquivar la bala. Con la mano derecha atrapada bajo la suela del zapato, pudo escuchar cómo el hombre amartillaba el arma. Instintivamente se llevó la mano que le quedaba libre a la cabeza. En un único movimiento, rápido y limpio, se quitó la aguja de tricotar con la que se recogía su melena ondulada dentro de casa, y, con toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo, se la clavó al hombre en el pie que retenía su mano. La punta metálica atravesó el zapato y la carne haciendo que perdiera el equilibrio. Marta entonces alzó la vista y esquivó la bala 9 mm Parabellum que pretendía ejecutarla. Aprovechó que aquel ángel de la muerte estaba tirado en la escalera tratando de arrancarse la aguja para correr como alma que lleva el diablo hacia arriba.

Con el aguijón de metal en la mano, triunfante, el hombre comenzó a reírse. Estentóreas carcajadas que sobrecogieron a Marta cuando intentaba alcanzar la puerta del dormitorio. Temblorosa, se acercó a la balaustrada y pudo ver el movimiento perturbado con el que lamía la sangre de la aguja, como una bestia enfermiza cogiendo fuerzas para el ataque.

—¡Ahora es algo personal, zorra! —bramó mostrando la sangre en su boca—. ¡Disfrutaré acabando contigo!

Los escalones de madera crujían como si un caballo galopase sobre ellos en una carrera a vida o muerte. En cuestión de segundos le había dado caza. Tras la balaustrada, Marta seguía luchando por proteger la entrada a aquella habitación. Le había arrojado todos los objetos que a su paso había ido encontrando: lámparas, jarrones, platos decorados de algunas romerías expuestos en las paredes..., pero nada podía contener la fiereza de aquel hombre.

Ana quería ir con su madre. La angustia y el terror comprimían sus pequeños pulmones reprimiendo el llanto. La necesitaba. Y Clara también. Abrió la puerta del dormitorio y pudo ver el rostro de su madre frente a ella: ensangrentado, turbado, confundido. Con la desesperación de quien sabe que ha fallado, que no ha podido cumplir su promesa.

—¡Ve dentro! —ordenó su madre, viendo cómo el miedo y la tristeza inundaban sus ojos esmeralda.

Sin apartar la vista del rostro de su madre, la niña quiso obedecer. Las lágrimas se dejaron caer buscando suerte, y Ana, en silencio, asintió en una despedida ahogada.

Marta sintió que la rabia de su verdugo se acrecentaba. Contrajo cada una de las falanges de su puño, mientras con la otra mano tiraba con fuerza de su larga cabellera. Él quería ver su cara antes del último golpe; que intuyese el final y que el pánico desencajase sus facciones. Pero Marta no le dio ese placer, sus ojos se clavaban en la puerta del dormitorio. Tras ella podía escuchar a la pequeña Clara llamándola con un gimoteo intermitente y cansado, incapaz de entender lo que ocurría. Inmovilizada, inmortalizaba sin querer un último recuerdo. Uno en el que los temblorosos ojos de Ana y la ternura ahogada de Clara clamaban por su abrazo. Ese abrazo que alejaba a los monstruos y serenaba las noches de tormenta. El que más iban a necesitar y ya no podría darles.

Intentó liberarse sin suerte ni armas. Él permitió su fútil empeño buscando el miedo en sus ojos verdes. Ella le negó ese placer y resistió con la fuerza del condenado y el orgullo del valiente. Un golpe, dos golpes, más sangre y dolor, hasta que llegó el último y, sin más despedida, sin llegar a ver el mar algún día, le arrebató el futuro a sus veintiséis años, siendo esposa por contrato y entregada madre de dos niñas.

Hasta el final había intentado protegerlas, pero no fue suficiente. La fuerza del fatal impacto levantó el cuerpo menudo de Marta en el aire, lo preciso para sortear la balaustrada, precipitándola con saña contra el suelo de la planta baja.

Ana emitió un grito sordo que contrajo su niñez. Ya no pudo oír nada ni a nadie. Las imágenes parecían lancear sus sentidos. Su pequeño corazón agitado y desvalido le dificultaba respirar. Estaba paralizada.

La sangre cubría el suelo en el que su hermana había dado sus primeros pasos hacía solo unos días. Su madre, ahora tendida sobre él, parecía suplicar una segunda oportunidad para vivir, con los ojos abiertos clamando al Cielo.

Con la vileza de un verdadero asesino, el hombre contempló el cuerpo exánime con decepción. Habría querido alargar la tortura para resarcirse con el terror que reflejaban los ojos de Marta. Se colocó el sombrero, ceremonioso, y bajó la escalera pausadamente, queriendo ignorar su pie bañado en sangre. Con la barbilla erguida y el gesto rotundo e invencible. Abrió su abrigo Chester y del bolsillo interior extrajo un encendedor de gas y la cajetilla de Bisontes. Un golpe seco contra la palma de la mano hizo que saliera uno de esos emblemas nacionales sin boquilla. Incapaz de postergar el placer de la nicotina, carraspeó con aspereza y se colocó el cigarro en el centro de los labios. Envuelto en humo como un fantasma, sacó del otro bolsillo un estilete con empuñadura de cobre y hoja de acero ante los ojos secos y turbados de Ana, inmóvil en lo alto de la escalera. La estrecha hoja de la daga se movía complacida de un lado al otro de la llama hasta que su punta alcanzó un brillo candente. Sonrió admirando el metal, con el cigarro sujeto por un hilo de labios apretados e invisibles. Clavó una rodilla en el suelo, a un lado del cuerpo todavía caliente de Marta, desgarró su blusa y buscó el punto en el que poco antes palpitaban sus desvelos. La incandescencia del estilete abrasó su piel con la misma rapidez que lo tornó del color del fuego sin ofrecer resistencia. Ana continuaba agarrada con ambas manos a los barrotes torneados de la balaustrada, con la mirada perdida, sin lágrimas e incapaz de entender lo que veían sus ojos. El fumador murmuró algo ininteligible para ella, pero que sonaba a maldición contra aquel cuerpo que no podía reconocer. Solo dos movimientos del estilete, de arriba abajo, de izquierda a derecha. Con un ojo entrecerrado, esquivando el humo que subía rizado desde la comisura de su boca. Sarcástico, mordaz, así marcó el momento de su muerte con una gran cruz latina. Después se puso de pie y desdeñó la colilla de los labios con desproporcionada fuerza, al tiempo que escupía furioso los restos que la picadura del tabaco le había dejado entre los dientes.

Una sacudida estremeció el pequeño cuerpo de Ana, apremiándola a entrar de nuevo a por su hermana. Demasiado tarde. Sus pies hicieron crujir la madera y los ojos enrojecidos por el humo se giraron advirtiéndole de que cualquier intento sería inútil.

Al llegar hasta ella, el hombre la agarró por la barbilla, en abusivo gesto de fuerza, escudriñando su pequeño rostro. Vulnerable y lejana, vio la sombra de su aterradora sonrisa al mirarla a los ojos. Sintió un pinchazo en el cuello, su vista se nubló y cayó rendida. Aquel olor a tabaco rancio acababa de secuestrar su infancia.

2

Madrid, abril de 2011

Se incorporó agitada sobre la cama, con el vello erizado y bañada en un sudor frío que parecía nacer en el mismo lugar en el que pernoctaban sus desvelos. El corazón, acelerado y tembloroso, buscaba recuperar el aliento en cualquier rincón de la habitación. Encontró el agarre necesario que anclase su amanecer en un marco familiar que coronaba la mesita de noche. Asustada, como un animal deslumbrado en medio de una autopista de la que quiere salir pero su cuerpo permanece inmóvil, parpadeó dos veces, tal vez más, hasta que fue capaz de reconocer la sonrisa a medio hacer de su hijo Martín en la fotografía. El brillo de sus ojos verde esmeralda jugando con las hojas caducas del parque del Retiro le permitió controlar de nuevo la respiración. Adela estaba en casa. Había sido un sueño. Ese mal sueño.

Álvaro, sobresaltado, intentó cogerle la mano, pero continuaba alterada y sus dedos se escurrieron huidizos, fríos y húmedos, bajo la sábana blanca; aún no podía compartir la soledad del trance con nadie. Juntó las manos y las apretó con angustia, buscando el calor de la mañana, aquel que alejase la oscuridad de la noche y la sombra de ese sueño.

—¿La misma pesadilla otra vez? —preguntó Álvaro, acariciando al fin sus manos.

—Sí —musitó Adela, y tragó saliva para dejar que su voz diera cuerpo a cuantas palabras explicasen a su marido lo que sentía—. Era de noche. Creo que hacía frío o, al menos, sé que yo temblaba y estaba oscuro. Llovía. Agua que parecía no tener cuerpo y, sin embargo, me empapaba la cara. Había charcos delante de la casa. Tal vez de días pasados, pero allí estaban, robando agua a un aire espeso, a mi propio aliento, a mi último aliento. Un gran charco rodeaba mi cuerpo, ignorando que estaba allí tendida. Era sangre. Mucha sangre sobre baldosas de granito en distintos tonos. Da igual, porque, de pronto, todas eran del mismo color rojo brillante. —Tragó saliva de nuevo. Con la vista clavada en la sábana blanca y las yemas de los dedos reconociendo su cara, continuó—: Había llovido, sí, recuerdo la lluvia en la ventana, pero aquel cuerpo no era el mío. Ni tan siquiera de alguien a quien conociese... y, sin embargo, allí estaba mi rostro y un dolor muy intenso que me impedía respirar. —Se cubrió la cara con las manos, como si tratara de despertar por segunda vez aquella mañana o, más probable aunque imposible, como si intentase borrar su propio rostro, alterar sus rasgos o facciones y no reconocerse ya en el espejo.

Álvaro guardaba silencio con párpados pesarosos. Realmente no sabía qué decir ni cómo actuar con ella. Aquel sueño se repetía más de lo que le reconocía a sus suegros. Incluso a sí mismo. Desde distintas perspectivas, sensaciones y emociones, el resultado era el mismo: la angustia y la frustración con las que Adela debía lidiar demasiadas mañanas ante su impotencia.

—¿Quieres que pida cita con el terapeuta de la otra vez? Juraría que con aquellas pastillas para dormir estabas mejor —propuso sin mucha fe ni convencimiento.

—¿Al que me llevaba mi abuelo? —preguntó ella, exaltada.

—¿Tu abuelo? No, no. El que nos recomendó tu tío Enrique —contestó prudente.

Álvaro sabía que no era buena idea incluir al abuelo Roldán en la conversación, si su propósito era ayudar a que su esposa se rehiciese tras la desazón de aquella pesadilla. Con solo mencionarlo, sus ojos expresivos se habían abierto como grandes portillos circulares de un barco naufragado; confundidos y azorados, parecían estar viendo los destrozos de un temporal en una orilla en la que no quisieran detenerse, esperando en la distancia de varias millas náuticas. Había tanto por reconstruir para recuperar la calma...

—Son lo mismo —replicó ella, a la defensiva—. Doctor Navarro padre y doctor Navarro hijo —farfulló apartando la vista, decepcionada.

—Pues dime qué propones y si te puedo ayudar —rogó él, buscando su mirada, persiguiendo otra oportunidad.

—Se trataba del mismo sueño, pero esta vez ha sido diferente —concedió ella, explicando con tono pausado, devolviéndole la mirada—. Pude ver con claridad que...

—¡Mamá, mamá, es sábado, quiero desayunar! Bizcocho de chocolate, ¿vale? —le interrumpió su hijo Martín, con la delicadeza y la prudencia típicas de quien acaba de soplar tres velas de cumpleaños.

—¡Buenos días, Martín! —exclamó su padre—. Yo te voy a preparar el desayuno, campeón. —Cogió en volandas al pequeño.

—¿Y mamá? ¿No vienes, mami? —preguntó el niño señalando con el dedo a su madre.

—Claro que sí. —Adela dibujó una sonrisa, todavía lejos de poseer la energía de su hijo.

—¿Qué tal si nosotros nos vamos adelantando? —dijo Álvaro para echar un capote—. ¿Quién será el primero en llegar a la cocina? —Dejó al niño en el suelo antes de salir del dormitorio a la carrera, guiñando un ojo a Adela.

Agradecida, con una sonrisa más amplia, Adela aprovechó el paréntesis que le habían dado los dos hombres de su vida y de su casa y se metió en el baño. Jueza y parte, frente al espejo, escrutó su imagen con la crudeza de una mujer en la treintena. Se detuvo en los ojos, con esa mirada que no sabe lo que busca y siempre encuentra lo que no quiere ver. Movió el rostro a izquierda y a derecha, con un ademán de coquetería que se obligaba a no perder tras haber sido madre. Ojeras parduzcas fruto de noches difíciles, incipientes líneas que se arremolinaban en torno a sus ojos; unas dibujaban sonrisas, hasta espontáneas carcajadas, y otras aludían más al miedo que a la tristeza. Más arriba, Adela pareció centrarse en contar los primeros destellos plateados que asomaban en las raíces de su pelo castaño. Cada uno le recordaba que el tiempo no admitía réplica ni segundas oportunidades, solo despedidas. Era un tren que pasaba muy rápido, demasiado, diría ella en más de una ocasión al guardar con nostalgia la ropa que se le iba quedando pequeña a Martín. Y, por suerte o por desgracia, el tren se detenía solo una vez en la estación que tocase parar, sin importar el frío, la lluvia o el reflejo del sol en los andenes. Adela no siempre se sobreponía tan bien como quisiera al frío, y antes de emprender la marcha ya estaba añorando el sol, pero creía que el rumbo de su destino lo marcaba ella, solo ella, y eso la hacía fuerte. Al menos, hasta el momento en que aquella pesadilla de sangre y sombras traspasara la noche para hacerse con el control de los días que estaban por venir.

Continuó examinando frente al espejo sus enormes ojos verdes, los mismos que había heredado su hijo Martín. Mantenían todavía ese brillo que había hipnotizado a su marido una década atrás, cuando estudiaban en la universidad. Ella, Historia en la Complutense; y él, Arquitectura en la Politécnica de Madrid. Un tropiezo en la biblioteca con un libro mal catalogado sobre templos medievales les llevó a creer en la bondad del destino. La admiración inicial dio paso a las risas con maridaje de madrugada y luego a un sentimiento de unión cómplice digno de la gran pantalla. Al menos así creía haberlo vivido ella. También él.

Desde entonces, Adela y Álvaro se habían vuelto inseparables. Compartían sus ganas de conocer mundo, de viajar, tanto a los lugares más lejanos en la diversidad de cada continente como a los más próximos, pues no era infrecuente que se sorprendieran y maravillaran de culturas de tiempos pasados en la misma tierra que pisaban, o simplemente moviéndose a pocas horas en coche en escapadas de fin de semana. Lo hacían por el mero placer de conocer, desde la naturaleza más salvaje hasta una ciudad medieval, un pueblo marinero o las ruinas de una villa romana con retazos de esplendor de otra época. Así lo había demostrado Álvaro al pedirle matrimonio frente a la iglesia de Santa María de Eunate, en Navarra, convirtiendo en testigo al espectacular icono del románico que, cinco años antes, los había unido con aquel viejo libro en la universidad. Así cerraban un círculo para abrir otro en el que se integrase su familia. Solo dos años después, paseando por la estrecha calleja de las Flores de Córdoba, Adela le anunciaba que pasarían a ser tres en casa. Y llegó a sus vidas el pequeño Martín, dándole la vuelta a todo. Obligándoles a buscar el equilibrio necesario. Y lo habían encontrado. Respetaban sus tiempos y sus espacios. Álvaro siguió ligado a la vida universitaria como profesor de Geometría en la Politécnica, robando tiempo de su escaso ocio a mantener su pasión por la astronomía. No sin gracia, Adela solía decirle que al menos alguna noche de invierno dejase un poco de intimidad a las estrellas porque buscaba calor de madrugada. Por su parte, ella se había tomado una excedencia para no perderse el rápido crecimiento de Martín. Un año de vaguedades, dirían algunos, pero repleto de lecciones, oportunidades y sonrisas para Adela. Solo un día antes de ser madre firmó la excedencia creyendo abrir un paréntesis en su vida, y una vez inmersa en él, había descubierto una parte de ella que desconocía; se sentía más fuerte, agradecida y despierta, aunque apenas dormía.

Transcurrido el tiempo pactado con la revista mensual Patrimonio, especializada en Historia y Arte, en la que había trabajado desde que terminó la carrera, le ofrecieron volver con la promesa de que podría trabajar desde casa un buen número de días al mes. Adela aceptó. Le gustaba su trabajo, a medio camino entre la investigación y la divulgación del inmenso patrimonio cultural, conocido y desconocido, no solo del país sino del mundo entero. Disfrutaba como nadie viendo pueblos por primera vez y ahondando en sus culturas y tradiciones con el fin de mostrárselas al mundo o, al menos, a los lectores de la revista. Defendía su trabajo con ahínco, porque creía en el objetivo de dar luz al pasado, más allá de las propias fronteras; de discernir entre los claroscuros de la historia, fruto a veces de bienintencionadas acciones o del absolutismo de las ideas, y otras tantas, consecuencia despreocupada de intereses egoístas. Así lo demostraba en reuniones familiares en las que su tío Enrique, con sus maneras tan educadas en la forma como frías en el fondo, le ofrecía un trabajo catalogado como «serio» con el que sacar algo de lustre a su currículo y, cómo no, al orgullo de la familia. Adela se defendía recordando el buen poso que le dejaba contribuir a acercar el mundo a un espejo en el que pudiera reflejarse cada historia, rito o tradición, porque era deber y derecho de la Humanidad entera conocerse para dejar de matarse. Al fin y al cabo, terminaba diciendo, todos los hombres estaban hechos del mismo polvo y les esperaba el mismo final. Por norma general, las veces que se había atrevido a argumentar en esa línea, su favorita, Adela encendía los ánimos de buena parte de la familia, por lo que terminaba recibiendo un responso de su padre en la intimidad de una pequeña sala de estar al lado de la cocina, presidida por un gran óleo de san Josemaría que, sin duda alguna, tomaba parte en la reprimenda y no precisamente a favor de ella. Esos enfrentamientos formaban parte de su etapa de juventud. Ahora era madre, estaba más cansada y había ciertas licencias que ya no se concedía, no debía. Evitaba cualquier atisbo de conflicto familiar por el bien de su hijo, también por el de su padre e incluso por el del propio santo.

Desde que terminó sus estudios se había centrado en la revista. Sumergida en investigaciones hasta perder la noción del tiempo y el espacio, dando rienda a una manera de pensar que su abuelo había luchado por corregir internándola en caros colegios de estricta moral cristiana. Allí se habían volcado en forjar su carácter y el de cientos de niñas. Predisponiéndolas a sentir culpas y a mantener silencios como condenas, bien medidos con disciplinas y otras penitencias físicas, evitando dejar cicatrices visibles en muchachas algún día casaderas, bajo largas faldas tan grises como su existencia en aquellos centros de olor a incienso y madera noble. Su abuelo se había encargado de proporcionarle aquella modélica educación para niñas de buena familia, como solía recordarle su padre cuando ella lloraba abrazada a sus piernas porque no quería volver a la escuela tras las vacaciones de Navidad o en verano. Era en esos momentos cuando su abuelo la reprendía, indiferente a las lágrimas, afeándole la falta de gratitud por la oportunidad y el privilegio de ser una Roldán. Porque a su abuelo no le interesaba lo que ella pudiese pensar o sentir. Realmente, no le importaba nada ni nadie que no se alinease con su postura o sus creencias. Maniqueo, hombre de bandos y trincheras, de pensamiento único sin objeciones, solo tenía en cuenta una forma de ser: la suya. Aunque eran familia, él solo la veía como una institución necesaria, un requisito para el orden que tanto añoraba; aquel en el que, como en un batallón, el capitán ordena y los soldados se entregan en silencio. Orden y silencio, así entendía su abuelo lo que era la familia.

Pero en el presente ella llevaba una vida corriente, de rutinas relajadas. Centrada en su pasión de madre y, a ratos, en pequeños proyectos de la revista. Sin grandes historias que contar a su hijo, pues salvo una juventud con algunos altibajos emocionales, podría decirse que desde siempre su mayor desvelo era esa pesadilla que la desconcertaba y ante la que sus padres respondían estirando levemente los labios, invirtiendo su natural curvatura, para después enviarla a terapeutas que daban por toda respuesta recetas para adormecer su mente. Al ser hija única, en el internado elegido por su abuelo, primero, y en un centro de enseñanza católico y moderado, después, había pasado una infancia muy solitaria. En el internado se sintió superada por los largos ratos de escucha silenciosa en el despacho de la llamada dirección espiritual, en donde amonestación tras amonestación, siempre por su bien, según decían, le recordaban que allí no había amigos, pues todos eran hermanos que se corregían unos a otros para crecer. Durante aquellos años se negó a aceptarlo, pero de allí salió sin amigos y, por supuesto, sin hermanos. Más tarde, en la escuela concertada, ya a elección de sus padres, dedicaba más tiempo a observar a los demás niños y niñas que a intentar jugar con ellos, tal vez porque necesitaba tiempo para aprender a relacionarse. Por suerte, poco tiempo. Por último, en su casa había estado siempre rodeada de adultos, con una niñera que sumaba demasiados años como para recordar las necesidades de la niñez, y como tampoco había tenido primos con los que jugar, cantar villancicos en Nochebuena o hacer travesuras que, con el tiempo, pasasen a engrosar el anecdotario personal de una generación, podría decirse que toda su vida había anhelado un hermano o, mejor, muchos. Ese era el motivo por el que contestaba vehemente y casi con impaciencia cuando alguien le preguntaba por un hermanito para Martín. Álvaro y ella estaban decididos a dárselo. Ahora solo faltaba que la naturaleza obrase a su favor. Cuestión de tiempo, suponían.

Adela Roldán era una mujer que había ido dejando atrás resquemores de la infancia. Había apostado por el pragmatismo en todas sus formas; resolutiva y enérgica, siempre. Detestaba dejar nada al azar. Salvo imponderables, al final conseguía controlar todas aquellas variables a su alcance y dar respuesta a cada interrogante. Y esa mañana, la pesadilla con la que compartía toda una vida había hecho algo más que enturbiar su descanso; le había dado un dato, una información, una pista de la que poder tirar, y debía saber si era fiable.

Abrió su ordenador portátil. En su cabeza rememoraba los fragmentos del sueño más reveladores. Podía ver la fachada de una casa de piedra con jambas y postigos de madera. Parecía una construcción antigua. Frente a ella, un letrero en donde se podía leer con claridad: «Vilar de Fontao». Lo tecleó rápidamente en el buscador.

Al cabo de un rato, entró en la cocina decidida y sonriente y abrazó por la espalda a Martín dándole un sonoro beso en la cabeza.

—Chicos, he pensado que como la semana que viene es Semana Santa y no tenemos «cole» —enfatizó sonriendo a Martín—, nos podemos ir unos días a Galicia. No hemos estado nunca y creo que lo vamos a pasar muy bien.

Álvaro, con una tostada en la mano y dos tarros de mermelada abiertos que lo tentaban al unísono y le hacían dudar, la miró con cara de sorpresa.

Adela aupó a Martín y le animó a que pintase un dibujo en la pequeña mesa que ocupaba un rincón del salón, menguado para los adultos una vez reconvertido en jardín de infancia, con el objetivo de que se entretuviese un rato solo.

—Veo que te has repuesto. —Álvaro esbozó una sonrisa antes de preguntar—: ¿Ahora me lo puedes explicar? —Y comenzó a extender mermelada de albaricoque sobre la rebanada de pan.

—Es justo por ese sueño. —Adela hizo una pausa para explicarse—. Sé que no es nada importante, e incluso puede que sea una tontería, pero me gustaría hacer un pequeño... trabajo de campo. —Sonrió mostrando los dientes y levantó los hombros con un punto de humor.

—¿En Galicia? —preguntó él llevándose la tostada a la boca.

—Esta noche ha sido lo mismo de siempre: la muerte violenta de esa chica... —Hizo un gesto con una mano como si tratara de ahuyentar una mala visión—. Pero esta vez he visto la fachada de la casa y el nombre de un pueblo: Vilar de Fontao. Sé lo que piensas —dijo antes de que él hiciese algún gesto o ademán para hablar—: o bien no existe o es un pueblo que hemos visitado o por el que hemos pasado alguna vez, ¿cierto?

Álvaro levantó las cejas, sopesando esas opciones, y dio otro mordisco a la tostada.

—¿Y si te digo que ese pueblo existe y que está en Galicia? —Hizo una breve pausa antes de exclamar—: ¡Yo nunca he estado en Galicia!

—Pero puede que hayas visto ese pueblo en alguna noticia o en alguna película...

—Sí, podría ser. —Adela reflexionó unos instantes—. Pero, de todas formas, necesito ir a Galicia y ver si realmente existe esa casa. Después de eso, prometo dejarlo pasar.

—Me parece justo —dijo tras calibrar durante unos segundos las ventajas del trato—. Si así te sientes mejor, merecerá la pena intentarlo —añadió con una mueca resignada—. Aunque dudo mucho que exista, siempre podremos aprovechar y conocer Galicia. ¿Qué zona?

—Santiago de Compostela.

—Ah, perfecto. Yo estuve de niño, con motivo del año Jacobeo del noventa y tres. Apenas recuerdo poco más que la catedral y lo mucho que me gustó el pulpo á feira.

Adela se quedó pensativa.

—La Catedral de Santiago —murmuró—. ¿Te puedes creer que nunca he estado?

—Cuesta creerlo, la verdad. Con lo aficionada que es tu familia a moverse por causas religiosas, es raro que no te hayan llevado a uno de los tres centros de peregrinación cristiana más importantes: Santiago de Compostela.

—Y lo cierto es que sí me llevaron de niña al Vaticano y a Jerusalén —musitó.

—Pues no entiendo que no te llevaran a Santiago a ganar el Jubileo. —Álvaro hizo gesto de no entender y añadió—: Incluso mis padres, sin ser tan... creyentes —se corrigió a tiempo, aunque el cuerpo le pedía acertar más con «beatos»—, nos llevaron a mí y a mi hermana tras concluir, con éxito y mucho esfuerzo, un par de tramos del camino de peregrinación.

—De hecho —añadió pensativa—, no firmaron la autorización para dejarme hacer el Camino en el colegio, ni tan siquiera me permitieron hacerlo en la universidad...

3

Santiago de Compostela, noviembre de 1983

La puerta estaba abierta. Dos robles custodiaban la oscuridad que envolvía la última casa al lado del río. Aquella noche no dejaría de llover. Nunca lo hacía. Aunque el sol decidiese salir, regresaba la tormenta para llover sobre mojado. Así el agua salpicaba las baldosas, percutiendo con un leve repiqueteo que buscaba organizarse en un pequeño reguero de lluvia que se colaba en el interior de la casa, para mezclarse con la sangre que cubriría para siempre el recuerdo de quien la encontrara. Porque habían llegado demasiado tarde.

Abiertos, secos y asustados, los ojos de Marta suplicaban al Cielo tal vez por una suerte que nunca supo buscar, rehén silenciosa del destino, o quizá más probable y certera aquella fuese una penitencia entregada a Dios para liberar de cualquier pecado a sus hijas. Desvencijada su ropa, maltratada su carne, mostraba una cruz a fuego en su pecho. El perdón impuesto del diablo. De aquel que había robado la última caricia a unas manos tan menudas como sobradas de trabajo, abiertas y todavía templadas, guardando el calor, quién podría saber si con la esperanza del que había sido el último segundo. Los dos hombres se santiguaron a un tiempo ante ella. El más joven, ajeno a la sangre que empapaba su pantalón, se arrodilló a su lado. Compasivo, pasó con delicadeza la palma de la mano sobre su rostro, sintiendo el tímido roce de sus pestañas, presionando lo justo para cerrar sus ojos ahora tan lejanos.

—Es ella, padre. Es Marta Castro. Al final han dado con ella —dijo doliéndose de la suerte de la joven, al tiempo que rebuscaba en un bolsillo interior de su impermeable.

Cubrió su pecho desnudo y maltratado con un pañuelo blanco, mas no consiguió borrar la imagen del diablo de la memoria de su padre, quien apartó la vista y apretó ligeramente la mandíbula, impotente, sin querer recordar, pero obligado a hacerlo; sin intención de hablar y queriendo decir muchas cosas, pero no era el momento. A su mente acudieron nombres de mujeres, tan valientes como anónimas; sus rostros, sus palabras; torturadas, asesinadas, por la sombra de un tiempo que se negaba a morir y se enfrentaba a Dios y al diablo, mirando al Cielo mientras prendía la mecha del infierno. Cerró los ojos y pensó en todas ellas, enterradas en las sombras de los montes y en los atrios de las iglesias, también en los patios de la Historia, todas silenciosas, sin nombre y con una cruz en el pecho.

Daniel miró a su padre con intención de dar con la palabra necesaria, esa que nunca aparece cuando se la busca y que acudiría a él cuando ya fuese tarde. No fue una palabra, tampoco una frase, el momento viró con el frágil llanto de una niña pequeña.

El sonido provenía del piso de arriba. Padre e hijo cruzaron una mirada y el más joven subió con agilidad la escalera.

En la cuna, la pequeña Clara, exhausta y abatida de tanto llorar, hacía pucheros sin dejar de frotar sus ojos, enrojecidos y desesperados. Daniel le sonrió con ternura. Ella no se hizo de rogar y extendió los brazos ante el desconocido. Así el miedo y la necesidad forjarían el espíritu de una superviviente. Agradecida, colocó sus manos húmedas y diminutas sobre el rostro de quien deseó fuese su salvador y le devolvió una sonrisa muda con no más de dos cimas perladas asomando en sus encías.

Daniel descendió los peldaños con sumo cuidado, pues la responsabilidad la había cargado en brazos al mismo tiempo que a ese bebé.

—¿Y la otra niña? —preguntó su padre—. ¿Y la mayor?

Paralizado en el último escalón, el joven se sorprendió con la pregunta y contestó:

—No hay nadie más.

El padre se agarró con firmeza a la balaustrada para subir a la habitación. Rastreó todas las estancias y confirmó que, en efecto, no había nadie más.

—¿Por qué se han llevado a la niña? —preguntó Daniel—. ¿Por qué no matarla junto a su madre? Si lo que querían era que no hablara, eso sería lo más lógico, ¿no?

Pensativo, el mayor de los hombres cabeceaba al tiempo que se tiraba de la barba dando pequeños pasos que esquivaban la sangre de las baldosas.

—No han encontrado lo que buscaban —contestó al fin—. Por eso no pueden matarla. Todavía, al menos. Aun así..., ¿llevársela?... Sigue sin tener sentido. —Hizo una breve pausa y volvió a acariciarse la barba—. Hay algo que se nos escapa.

Agotada, la pequeña se había quedado dormida con la cara enterrada en el pecho de Daniel. Él sintió su respiración profunda y aliviada y decidió que era mejor llevarla al coche para que descansara; sin duda, lo necesitaba.

Una vieja sábana blanca, sin más seña ni distinción que el deterioro propio del uso y el paso del tiempo, ejerció de sudario para envolver el cuerpo que yacía al pie de la escalera y, así, trasladarlo al maletero del coche.

Lo hicieron con cuidado. Con el respeto debido a quien había tomado una decisión valiente y, a la vista estaba, había sido insuficiente. Tal vez tardía. Daniel colocó el cuerpo en el maletero con delicadeza, con el desconocimiento y la prudencia que los vivos guardan hacia los muertos. Cogió la cabeza como si velase su sueño. Entonces vio las palmas de sus manos manchadas de sangre. La misma que había traspasado la fina sábana y ahora amenazaba con empapar el enmoquetado de sufrido gris, quizá negro, como aquella noche. Asustado, tanto casi como si fuera propia, dio un paso atrás sin parpadear, con la vista centrada en aquel rastro escarlata de vida con tan violento final, incapaz de mirar hacia nada más, de ver más allá del infortunio, de la muerte. Fue entonces cuando la fuerza de unos dedos gruesos y rudos se ancló a su hombro, apretando hasta hundirse entre los huesos y la carne. Daniel sintió cómo el corazón se le desbocaba en un segundo, sin valor para darse la vuelta.

—¿Qué estás haciendo en mi casa? —preguntó Ricardo Barreiro con tono áspero.

Al principio Daniel no supo qué contestar y dejó que sus manos hablaran por él. Se dio la vuelta, con el gesto compungido, y señaló el bulto blanco que cubría la totalidad del maletero del coche.

La noticia demudó el gesto de Ricardo, pasando de una impostada fortaleza y autoridad a una tristeza que no tardó en asumir, como si realmente no le sorprendiera, como si, al fin y al cabo, fuese inevitable.

Resignado, silencioso, se sentó en un pequeño banco de piedra custodiado por aquella oscuridad que envolvía su casa. La vida en familia que nunca había llegado a comprender se había esfumado. No lloró por Marta, por quien había sido su esposa, como tampoco había podido llorar por su madre. Así se lo había inculcado su padre: porque los hombres no lloran. No porque la pena le fuese ajena, no. No por eso Ricardo no sufría. Sus ojos se hundían en el manto de la noche y su mente se recluía como cuando no era más que un niño al que no dejaban llorar. Soledad, tristeza, absoluta orfandad.

Preguntó por la niña, por Clara, y, sabiéndose desgraciado, sintió cierto alivio al escuchar que Daniel y su padre pretendían llevársela. Era su hija, sí, pero pensaba que un hombre no podía ser padre en soledad, que no era más que un huérfano perpetuo y poco o nada podría hacer por ella. Tampoco apenas por él mismo.

No quiso despedirse. Para qué. Ni siquiera habían tenido tiempo para conocerse. Demasiado pequeña la niña, demasiado tarde para un hombre como él.

Detuvieron el coche en la oscuridad ahuecada de las copas de unos árboles y algunos arbustos. Por un estrecho camino de no más de unas decenas de pasos accedieron a la iglesia de Vilar de Fontao. Trabajaron lo más rápido que pudieron, no los fuera a delatar el alba devolviendo a la tierra a la joven Marta Castro. Rezaron y volvieron al coche antes de que la niña se despertase y rompiese a llorar. Pero antes, el mayor de los hombres palpó la piedra más cercana en un lateral del atrio rastreando con dedos inquietos, a la vez que seguros de lo que buscaban, en la rugosa superficie de granito. Al fin, con ayuda de la escasa luz de la luna menguante, hundió las yemas siguiendo la silueta de una discreta cruz y se dispuso a grabar a su lado otra pequeña cruz, tan anónima como su compañera, ahora menos solitaria, para que bendijese su descanso eterno.

—Aquí no estarás sola.

4

Santiago de Compostela, abril de 2011

Pese a estar a las puertas de la primavera, el día en Santiago era gris. El cielo plomizo se reflejaba por momentos en el adoquinado, resaltando la melancolía de unas calles que parecían invitar a la reflexión más profunda a sus místicos viajeros. Aunque no todos los visitantes que se acercaban a Santiago lo hacían por una motivación espiritual. Algunos, sencillamente, perseguían su patrimonio cultural y su riqueza gastronómica. Santiago de Compostela no fallaba. Con cada uno de sus visitantes ejercía de excelente anfitriona. Mostraba su identidad y exhibía sin reparo ni tacañería sus mejores virtudes. Ni la lluvia ni el orballo enturbiaban un viaje que era mucho más que un destino en un mapa. Porque las nubes grises formaban parte de la escena de la ciudad en el imaginario popular, al igual que la fina lluvia que todo calaba, de forma lenta pero precisa hasta hacer brillar su esencia, puliendo la piedra de cada monumento y tornando de un vivo verdor los cantos más excepcionales de su casco antiguo. Superando expectativas, más allá de la historia y la religión escritas en cada uno de ellos, alimentando también leyendas en un aura de insuperable misterio.

El trayecto a Santiago había sido rápido. No así el recorrido por la rúa do Franco hasta la plaza del Obradoiro. Cientos de peregrinos desfilaban apretados sobre el empedrado de intrincadas calles y más angostos callejones. Ataviados con macutos, gorras o sombreros y ropa de algodón. Los nostálgicos portaban bordones, calabazas y conchas de vieira, mientras que los más prácticos apostaban por ergonómicos bastones de senderismo y cantimplora. Abundaban los solitarios, y también los que habían recorrido el Camino en grupos más o menos multitudinarios. Todos cansados y agradecidos de alcanzar la meta de sus pasos. Aunque no todos compartiesen la misma motivación para cargar la mochila al hombro y colocar visible una vieira. Los más jóvenes lo consideraban un divertimento; una foto, alguna anécdota y, con suerte, amigos nuevos o algo más. Los mayores, con el gesto castigado, cargaban compromisos y penitencias sobre sus hombros, difíciles de disimular. Pero había otros, con el cuerpo entregado, extenuado a veces, y la mirada limpia, brillante, nueva, que se presentaban ante la monumental fachada sin nada que ofrecer ni que pedir al Santo. Como una página en blanco ansiosa por conocer el mundo y reescribir su vida. Como si no lo hubieran hecho nunca antes. Y estos eran los peregrinos.

Adela se dejó abrazar por Álvaro mientras paseaban rodeando la catedral y respondían como podían a las preguntas de Martín sobre todo cuanto llamaba su atención: gaitas que vibraban con ritmos celtas, conchas de vieira que señalaban al peregrino, centollos que lo observaban con la misma curiosidad que la suya desde peceras expuestas en la rúa do Franco... Todo era nuevo para él y necesitaba entender las diferencias de aquel lugar. Solo así podría disfrutar del viaje, siquiera una parte de lo que lo estaban haciendo sus padres.

Los primeros pasos dentro del templo habían discurrido en silencio, avanzando desde la Puerta de las Platerías, con discretas audioguías susurrando el arte y la historia que exhibía y escondía, a partes no siempre iguales, cada rincón de la catedral. Caminaban reconfortados por aquella obra en piedra que acogía al pobre peregrino del románico, acercando la ascensión gótica de sus almas bajo la clave de bóveda del cimborrio. Desde esa cúpula de forma octogonal, nervada y rodeada de ventanas, la luz del sol accedía al templo para iluminar su esplendor y su grandeza.

Con un sentir poético, las nubes se abrieron y un torrente de luz de mediodía emprendió el descenso como un gran chorro de plata bruñida desde la cúpula. Fulgor que dotaba de un aura casi celestial al eco de la piedra y al efluvio del incienso envolviendo a los visitantes. Misticismo que invitaba al católico arrodillado a santiguarse, mientras el ateo circunspecto se atrevía, quizá, a preguntarse. Entre ellos, Álvaro y Adela, escépticos y reflexivos, agnósticos, observaban la escena con Martín de la mano para, finalmente, consentir y entregarse.

Tal vez la luz, indefinida aunque templada, tal vez el incienso, la piedra o el profundo sentir en los ojos de los peregrinos, o puede que todo eso al mismo tiempo dando forma a una experiencia compartida por millones de personas a lo largo de la historia, empujaron a Álvaro y Adela a avanzar por la girola buscando abrazar al Apóstol, y seguir la costumbre de todo visitante, para después descender bajo el altar mayor y ver sus reliquias.

Un pasillo estrecho permitía la entrada y la salida al mausoleo entre disculpas y roces, con el cuerpo de medio lado y miradas escurridizas. Los devotos se agolpaban frente a la urna de plata que contenía las reliquias de Santiago el Mayor, murmurando plegarias mientras aguardaban para arrodillarse en primera fila sobre el mullido terciopelo color carmesí. Rompiendo la oscuridad y el recogimiento de un rincón, dos máquinas se ofrecían para el encendido de velas eléctricas, quizá como una opción más en la súplica del buen orante. Ignorando así, tal vez, que su sola presencia obligaba al más devoto a rascarse el bolsillo en cada oración y al pobre entre los más pobres a no abandonar nunca su condición.

Cruzando el transepto norte disfrutaron de cada detalle, maravillados por las armoniosas proporciones de su inmensidad, descendiendo por la nave lateral que los conduciría hasta el exuberante y afamado Pórtico de la Gloria.

Un grupo de turistas de la tercera edad se arremolinaba junto al parteluz del Pórtico, mientras escuchaba con atención las explicaciones de su guía. En aquel momento, el entusiasta orador dilucidaba acerca de la escultura pétrea que se encontraba a sus pies, con el rostro orientado al altar mayor. Hablaba de las diversas teorías acerca de la identidad de aquella figura que para unos era el autorretrato del Maestro Mateo; para otros, el Santo dos croques o la Santiña da memoria, o bien podían ser todos a un tiempo, porque ninguna de las teorías había podido documentarse en la época de su creación. El guía explicaba la referencia a los maestros constructores de catedrales, añadiendo que en la Edad Media el término utilizado para referirse al gremio recurría a la forma latina de magister, además de representarse la escultura con alguna herramienta del oficio como una escuadra o un compás. Entonces, los más curiosos allí reunidos fijaban sus ojos de nuevo sobre la escultura, escudriñando cada detalle, por pequeño que fuese, pues poco o nada se sabía del gran artífice del Pórtico de la Gloria, quien había pasado a la historia como un verdadero enigma.

El vasto cuerpo de seguridad del templo impedía que pudieran detenerse frente al parteluz más tiempo del estrictamente necesario, con el pretexto de preservar su conservación. Eran muchos los visitantes reunidos en aquel punto y el tránsito previo a misa de una, lejos de volverse fluido, parecía complicarse por minutos. Pese a todo, trataron de aproximarse cuanto pudieron al parteluz donde el afamado maestro constructor se mostraba postrado. Un brazo fuerte cubierto de una tupida y oscura manta de pelo dio el alto a Adela cuando se encontraba a un par de metros de la orante figura. El guardia se había adelantado a sus intenciones con una mirada áspera. Alrededor del paso, cuatro postes con cintas negras extensibles prohibían el paso y, por si no fuese suficiente, el hercúleo brazo de la seguridad del lugar impedía que ningún peregrino osase obviar las advertencias.

—¿Podría acercarme un poco más a la cinta? —rogó Adela.

—Por favor, guarde la distancia —contestó hosco sin mirarla a la cara, mientras potenciaba la dureza del gesto hacia un par de jóvenes que sacaban una cámara de fotos en disposición de tocar al Santo dos croques.

Adela reprobó la aspereza de su respuesta sin dejar de mirarlo. El guardia, consciente, bajó la vista y edulcoró el gesto, aunque sin excesos.

—Solo cumplo órdenes, señora. —Señaló al responsable con un movimiento de cabeza en dirección a un corrillo de cuatro o cinco personas.

La curiosidad por ver quién era el encargado de las rígidas prohibiciones en torno al parteluz la obligó a estirar el cuello hasta entremeterse, en una posición un tanto embarazosa, en medio de una joven pareja más aficionada a la fotografía de redes sociales que al arte medieval. Consciente de la incomodidad que había provocado, Adela se ofreció a tomarles una instantánea. Los jóvenes se colocaron lo más cerca que pudieron del parteluz, lo justo para no provocar un nuevo enfrentamiento con el guardia de seguridad. Adela enfocó el objetivo de la cámara para alcanzar al corrillo responsable de la catedral y sus normas. Accionó el zoom mientras la pareja exhibía el símbolo de la victoria, el único galardón o recuerdo que tal vez se llevarían estando de espaldas a la obra del Maestro Mateo. Cinco hombres: tres seglares de frente y dos sotanas negras como el azabache, detrás. Una ocurrencia de la joven pareja, afanada en hacer alarde de la profundidad de su vida de peregrinos, les había empujado a procurar un ángulo imposible para salir ambos en la imagen con la mirada perdida en un horizonte más allá del maestro cantero, que evidenciara su madurez vital, en honda y grotesca introspección, milimetrada con obsesión para conseguir la admiración del prójimo. Tal esperpéntico cénit espiritual entre posados provocó el traspié del joven sobre una anciana que se desplazaba en su silla de ruedas tras el guía. Uno de los postes que bordeaban el parteluz advirtió la inminencia del estrépito, y fue este el que propició que dos sotanas se girasen de inmediato. Álvaro, con Martín de la mano, se acercó a Adela para asegurarse de que estaba bien. Ella asintió y devolvió la cámara a la pareja, todavía sofocada con las disculpas a la anciana y deseando escurrirse hacia el interior del templo entre la algarada de turistas y peregrinos. Adela lanzó una última mirada a quien poseía sobrado poder en la catedral, con su pelo plateado destacando sobre la sotana, mandíbula cuadrada y ojos fríos. Tan fríos que se estremeció al sentir que la miraba con fijeza, al punto de hacerle sentir incómoda y obligarla a bajar la vista.

Adela se aproximó de nuevo al guardia de seguridad y le preguntó:

—¿Quién es ese sacerdote?

—¿Quién, monseñor Bramonte? Es el arzobispo de Santiago.

Corriendo, pese al esfuerzo de Álvaro por contenerlo, Martín se abalanzó para abrazar a su madre. Adela le acarició la cabeza, lo que al parecer le dio la seguridad necesaria para alargar el brazo en un descuido de sus padres y tratar de tocar la cara del Maestro Mateo.

Descuido que no pasó inadvertido para el guardia, pues le llamó la atención en el acto mientras el niño hundía la cara entre las piernas de su madre.

—Sí que son estrictos con el cuidado de esta escultura —dijo Adela con una queja en el tono.

—Recuerdo haber estado de joven y haber hecho el ritual de golpear tres veces la cabeza del Santo dos croques —añadió Álvaro.

—Antes sí, pero el arzobispo Bramonte y el cabildo compostelano han decidido prohibirlo y, como comprenderán, yo solo cumplo con mi trabajo. —Hizo un gesto sobrio al tiempo que daba dos zancadas para frenar en seco a otro joven aventurero, cámara en mano.

Adela y Álvaro retomaron posiciones en el corrillo constituido en torno al guía que, justo en ese momento, explicaba el ritual por el que los estudiantes de Santiago necesitados de memoria e ingenio golpeaban sus cabezas buscando la intercesión del Santo dos croques para abrir sus mentes.

—Disculpe, ¿y esta marca grabada en la piedra? —preguntó con aire despistado, digresivo, casi insolente, una señora que cargaba entre sus manos una abultada guía de la ciudad y un plano mal doblado en octavillas—. ¿Es una cruz? —Bajó las gafas que coronaban una maraña de pelo y las dejó sobre la punta de la nariz, la mujer se encontraba cerca del árbol de Jesé, en el parteluz—. O... ¿qué es? Antes vi otras marcas de estrellas, espirales... o algo así... ¿Qué significan?

El guía suspiró paciente antes de contestar, pues no se trataba de la primera turista que advertía las marcas.

—Son muchas las marcas en las piedras de la catedral. Unas indicaban dónde debía colocarse cada piedra, a qué taller pertenecía... y otras, sencillamente, se desconoce su significado. Hay quien se refiere a estas señales como parte del lenguaje secreto de los maestros constructores. Ahí, debo decir, que poco más puedo aportar.

—Así que el único que sabía su significado era el artista, ¿no?

—Supongo que así es, señora, son muchos los interrogantes. De hecho, aquí en el suelo —señaló una lápida en bronce—, enterrado a los pies del Maestro Mateo, frente al parteluz del pórtico, está el arzobispo Pedro Muñiz, apodado el Nigromántico, quien dedicó su vida a tratar de descifrar las marcas de las piedras. —Ojos curiosos, cámaras fotográficas, clic, clic—. Sin flash, por favor. Respecto al árbol de Jesé o árbol de la vida, solo puedo decir que representa la genealogía de la vida de Cristo y que la colocación de la mano de tantos peregrinos durante siglos ha dibujado las oquedades que ahora pueden verse deformando el mármol.

—¿Quiere decir que la colocación de tantas manos en el mismo sitio de esta columna ha sido casual, peregrino tras peregrino y año tras año, durante siglos? —desafió de nuevo la señora.

—No se sabe a ciencia cierta si fue casual o no. —Lanzó un vistazo que asegurase el perímetro lejos de sotanas antes de decir—: Muchos estudiosos ven en esas tradiciones ritos iniciáticos. Incluso han llegado a apoyarse en la lectura del Códice Calixtino, viendo en el camino de peregrinación un camino de iniciación, de transformación espiritual, de búsqueda de sabiduría, aquel que antiguamente conducía a Finisterre, al fin del mundo conocido, siguiendo el sol del este al oeste. Pero nada de eso es apoyado por la doctrina de la Iglesia.

Adela y Álvaro se miraron extrañados.

—¿Ritos iniciáticos? Qué misterioso el Maestro Mateo, ¿verdad? —dijo Adela, curiosa.

—Eso parece —aseveró Álvaro.

—¿Y Martín?

Los ojos de Adela comenzaron a agitarse asustados, rastreando las baldosas. Transcurrieron varios segundos, tal vez un único instante, en los que el miedo bulló frío por su mente congelando el tiempo; desdibujando las piedras, los rostros, a cámara rápida. Tan rápida que la mareó, incapaz de distinguir la estela de su hijo, y la acercó a un precipicio desde el que la peor de las opciones amenazaba con arrojarla. Los turistas en la catedral eran numerosos y Martín era demasiado pequeño y escurridizo para dejarse ver con facilidad. El grupo de turistas que se encontraba en el Pórtico de la Gloria se desplazó hacia la nave central, y tras ellos pudieron ver un chubasquero rojo con la capucha ribeteada con animales de lo más colorido y variado de la sabana africana. Martín se había soltado en un descuido y, tal y como parecía, había decidido continuar la visita por su cuenta.

Adela y Álvaro apretaron el paso, conteniendo las lágrimas ella, tragando saliva él, los dos dando gracias al universo, sin apartar la vista del chubasquero para no perder su rastro de nuevo entre el tropel de visitantes que entraban y salían de aquella obra del románico. Después del abrazo que ponía fin a la angustia y de la legítima y necesaria reprimenda por haberse soltado sin previo aviso, los tres se detuvieron a contemplar el tímpano de aquel pórtico, con la imagen de Dios Todopoderoso como Pantocrátor, mostrando las llagas de sus manos, en un gesto por enseñar su condición humana en la Tierra.

—No recordaba el poder y el impacto de esta obra —acertó a decir Álvaro, plenamente obnubilado—. Aunque sí recuerdo la fascinación de mis padres, en especial de mi madre cuando estuvimos aquí. Supongo que no se percibe igual a los quince años que a los treinta y tres. —Hizo un tímido mohín hacia ella.

—No entiendo cómo mis padres, tan beatos en Madrid y apasionados del arte, no me permitieron venir cuando era estudiante en ninguna de las dos ocasiones que se me presentaron para hacer el Camino, ni tampoco como viaje familiar los tres juntos —verbalizó Adela como parte de un pensamiento invadido por la belleza de cada ángulo.

Antes de salir a la plaza del Obradoiro, Martín ya había dicho al menos media docena de veces en pocos minutos que tenía hambre.

—Vamos a dejar para después de comer la visita a la cripta y al museo de la catedral —anunció Adela—. Está claro que tenemos que ver la obra del afamado y enigmático Maestro Mateo al completo.

—¿Qué parte del museo? —preguntó Álvaro—. En la guía dice que son varias horas de visita... No sé yo si nos dará tiempo a ver tantas cosas, y teniendo en cuenta que Martín querrá ir al parque también...

—Solo una parte —interrumpió Adela—. La obra del Pórtico de la Gloria consta de tres niveles: la cripta, el propio pórtico y la galería de la tribuna. Además, me gustaría ver el coro pétreo...

—Bueno, intentaremos ver el conjunto entonces —concedió Álvaro sin saber si el tiempo y Martín lo permitirían—. Pero ahora será mejor que busquemos un sitio donde comer.

Decidieron subir por la rúa da Azabachería, evitando parte del bullir de peregrinos y turistas que inundaban las proximidades de la catedral.

Mientras avanzaban calle arriba, Adela se adelantó un par de pasos para curiosear en un escaparate de una joyería en donde el protagonista era el azabache, tal y como cabía esperar. En un primer vistazo llamaron su atención infinidad de conchas de peregrino que formaban parte de rosarios, colgantes, pendientes y hasta broches de distinto tamaño y valor. Álvaro ya estaba casi a su altura, por lo que lanzó otra mirada hacia el interior de aquel pequeño taller que parecía coetáneo de la mismísima catedral y se encontró con los sorprendidos ojos del dueño. Incómodo con la manera en que aquel hombre miraba a su mujer, Álvaro la agarró suavemente por la cintura, animándola a continuar caminando.

Finalmente, en una calle angosta encontraron un sitio acogedor en el que disfrutar de la riqueza gastronómica del lugar. La estrechez del restaurante impedía colocar las mesas en otra disposición que no fuese lineal, pegadas a la pared y con el espacio bien tasado en un pasillo que lindaba con la barra. Adela se colocó de espaldas a la puerta, al lado de Martín, mientras Álvaro se acercaba a los aseos, que estaban al fondo del pasillo. A su vuelta, cuando avanzaba hacia la mesa, pudo ver a un anciano pegado a la cristalera con los ojos centrados en Adela. Su aspecto le sorprendió. Con barba blanca bien cuidada, vestía una infrecuente capa negra de invierno y un sombrero de fieltro del mismo color. Se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata, porte elegante y gesto reservado. Álvaro tomó asiento frente a Adela. Al levantar la vista de nuevo hacia la cristalera, el anciano se había esfumado.

Al poco, un grupo de peregrinos entró en tropel en el angosto establecimiento. Empezaron a juntar varias mesas rompiendo el silencio y, probablemente, arañando el suelo.

—Mejor voy pagando —dijo Adela colocando las manos a modo de megáfono.

Álvaro asintió.

En la puerta, padre e hijo aguardaron pacientes unos minutos. Adela no se hizo esperar demasiado y se encaminaron de nuevo en dirección a la catedral, aunque esta vez variaron la ruta.

—El grupo de turistas que acaba de entrar en el bar... —comenzó diciendo Adela.

—Sí, los ruidosos —remarcó Álvaro.

—Los mismos. Iban a emprender el Camino hasta Finisterre, en la Costa da Morte. Dijeron que allí es donde termina el camino primitivo.

—¿Estarán haciendo el camino de peregrinación o el camino de iniciación? —Sonrió cómplice, alardeando de cuánto había aprendido esa mañana en la visita a la catedral.

Adela respondió a su ocurrencia con una risa tan sonora que no tardó en contagiar al pequeño Martín.

De nuevo, Álvaro divisó la figura de aquel anciano en el interior de los soportales de la plaza de Cervantes. Únicamente centraba su vista en Adela.

—Fíjate —susurró Álvaro a su esposa—, apoyado en la segunda columna hay un hombre con sombrero.

—No veo a nadie.

Álvaro se volvió para mirar con menos disimulo. No había nadie. Tal vez estaba confundido.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Adela.

—Déjalo. Debe de ser la humedad —dijo para restar importancia—. No estoy acostumbrado.

Visita obligada la de la plaza de la Quintana, con su Quintana dos vivos y su Quintana dos mortos, llamada así por el cementerio que había en aquel lugar en el pasado. Y era justo sobre la Quintana dos mortos donde se levantaba la Puerta Santa. Se detuvieron frente a ella para contemplarla. Atravesarla resultaba una quimera solo al alcance de aquellos dispuestos a invertir las más de cuatro horas de espera guardando turno, penitentes y expectantes. Pese a ello, Álvaro decidió sacar una fotografía para inmortalizar el momento y el lugar. Hizo una primera toma alargando el brazo cuanto pudo y después le pidió a una joven francesa que les hiciera otra a los tres en aquella espléndida plaza.

Cuando le devolvió la cámara y vio la imagen, perfectamente encuadrada y en donde los tres salían sonrientes, Álvaro rastreó la plaza de izquierda a derecha los ciento ochenta grados que su cuello le permitían, y de nuevo de derecha a izquierda. Volvió a mirar la fotografía y demudó el gesto de forma abrupta, obligando a la improvisada fotógrafa a ofrecerse de nuevo para tomar otra instantánea. Adela lo observaba sin entender qué le pasaba y qué tenía de malo aquella fotografía, así que le dio las gracias a la joven, apurada.

—¿De verdad te encuentras bien? —insistió Adela en un susurro, analizando el rostro de Álvaro.

—Mira bien la fotografía. —Le acercó la cámara.

—Salimos muy bien. A mí me lo parece.

—Fíjate más atrás. —Álvaro hizo zoom en el visor, acercando la bancada de piedra del monasterio de San Paio de Antealtares, frente a la Puerta Santa.

—Reconozco que tiene un aspecto inquietante. Con esa capa negra y ese sombrero..., parece de otro siglo. —Hizo una pausa —. Pero nada más.

—Solo te mira a ti. Es la tercera vez que lo veo en dos horas y siempre te está observando. Y después desaparece como una sombra.

La preocupación de Álvaro traspasó a Adela, quien prefirió reaccionar restando importancia a aquella coincidencia.

Álvaro lanzó un vistazo por toda la plaza.

—Yo creo que nos está siguiendo. Lo que todavía no sé es con qué intención.

5

Pazo de Altamira, junio de 1919

El padre Eliseo la estaba buscando. Era la segunda vez en lo que iba de mes. La cita en el lugar de siempre: la sacristía de la iglesia del pueblo, erigida en honor a san Juan Bautista. Allí, bajo el mismo techo abovedado en donde, años atrás y armado de paciencia, el sacerdote le había enseñado a leer y a escribir cuando no era más que una niña, revoltosa y burlona, de ojos curiosos y desbordante imaginación. Una niña que escuchaba con atención las sagradas escrituras contenidas en la Biblia, pero lejos de fingir entenderlas, interpelaba al sacerdote con mil y una preguntas que rara vez eran contestadas por un eco que parecía huir a la nave central del templo cuando el cura se dejaba la puerta abierta. Aquel maestro, más cercano al común de los mortales que a la santidad que le conferían los feligreses, reconocía aquella pasión por conocer y entender el mundo, tan necesaria en la niñez y después de ella. La había visto antes, en su propia juventud, pues la sotana no había sido nunca lo suficientemente rígida en su persona, pese a haber sido totalmente necesaria. Tal vez por ese destino solo escrito para los más pobres, le habría gustado que se centrase más en el Evangelio y en los Escritos de Santa Teresa de Jesús, y en el fondo consentía sus preguntas, aunque fuese con silencios y una tibia sonrisa, acercándole otros textos más paganos como Los cuentos de Calleja o Moby Dick. Así se había iniciado ella en la pasión por la lectura y así disfrutaba él con sus hilarantes, pocas veces cohibidas, preguntas sobre casi todo, esperando precavida y expectante sus respuestas, en exceso censuradas, sobre casi nada. Pese a todo, ambos aprendían algo del otro.

Fatigada por la carrera, Emilia subió ligera los cuatro peldaños de piedra que marcaban la diferencia entre lo terrenal y lo celestial y se detuvo unos instantes sobre el atrio amurallado del templo para recobrar el aliento. La iglesia del pueblo de San Juan de Meirande se había levantado en el siglo XVIII sobre una ermita románica. En la fachada, un arco adintelado recibía a los feligreses con austeridad y recato. La luz entraba prudente a través de una única ventana cuadrada, guiando los tiempos en el interior. En lo alto, silenciosas y entregadas, dos campanas esperaban su momento, colgadas de una espadaña central que, adornada con un par de pináculos, se sometía a la pequeña cruz que vigilaba desde el punto más alto la totalidad del pueblo.

Decidida, empujó la pesada puerta de madera y se adentró en el templo. Estaba oscuro. Alzó la vista a la pequeña ventana desde el interior de aquella nave cubierta con bóveda de cañón. El cielo parecía cubierto por nubes de plomo que impedían el paso de los rayos del sol. Olía a incienso. Se acercó a la pila de agua bendita y rozó dos dedos en ella. Se colocó frente al venerado santo que custodiaba aquel retablo barroco y se santiguó. Entonces se fijó en sus zapatos: humildes y envejecidos, pero cumplidores. Recordó la primera vez que había entrado en aquel santo lugar; con los pies descalzos y ateridos, caminando despacio, con pasos pequeños, como si pidiera permiso a la misma piedra que cimentaba los rezos tan necesarios en aquel pueblo. Y así avanzaba un paso tras otro, cada día, menuda y enjuta, con su pelo humedecido bien recogido en una trenza, un vestido aseado que no dejaba de encoger con cada primavera, entre las decenas de remiendos que el lino permitía a su madre. Cubierta con una mantilla de lana negra como el carbón, que añadía madurez, silencio y recato a unos hombros hambrientos que no acababan de crecer para bien del trabajo diario de su madre. Con las manos escondidas y prudentes dentro del pequeño mandil, esperando impaciente sus clases. El sacerdote había prometido a su madre, analfabeta resignada, que enseñaría las cuatro reglas a la niña para que supiera manejarse en la vida: leer, escribir, sumar y restar. Con eso tendría más que suficiente para poder desenvolverse. Un buen siervo de Dios y del pueblo, así se referiría siempre a él su madre. Pues no era menos cierto que lejos de dar sermones, rezaba en soledad; sentido primer penitente en su lista de pecadores.

Demasiado humilde como para ser dueña de un libro, ni tan siquiera del tiempo que requería disfrutarlo, la niña había crecido ocultándose en aquella sacristía con el pretexto de aprender el rosario, o de hacer penitencia, encubriendo sus verdaderas intenciones dentro de aquellas páginas ilustradas, cargadas de emociones y deliberadamente expuestas en vitrinas al alcance de su mano por el improvisado maestro del alzacuellos. Pero entre todos aquellos libros, el cura guardaba un pequeño cuaderno, de autor desconocido, que había alimentado el placer por la lectura de la niña. Encuadernado en piel, sin más título que unos grabados deteriorados por el tiempo, contenía varios cuentos, puede que leyendas, de San Juan de Meirande, con un poder de seducción que atrapaba su imaginación y la hacían volar sin miedo a equivocarse.

Emilia disfrutaba tanto de aquellos cuentos, que el padre Eliseo tuvo a bien regalarle el viejo cuaderno el día que, cumpliendo los diez años, la niña se vio obligada a cambiar las clases por el delantal de su madre. Había sido precipitado, pero el corazón a veces no avisa, y el de su madre aquella mañana de diciembre falló, revelando el daño escondido de una escarlatina en la niñez. Una nueva oportunidad, eso había dicho el curandero de San Juan, pues dinero para médicos no había, insistiendo en que debía medir mejor los esfuerzos. Así, ante las lágrimas de la niña, superado el susto inicial, el cura le había entregado el cuaderno y, con él, una sonrisa y todo el ánimo del que era dueño con aquella sotana. Su escritura era imprecisa y sus ilustraciones, difíciles de interpretar, casi infantiles diría, pero a ella no le importaba. Había crecido sintiéndose fuerte gracias a aquellas leyendas en donde había héroes y heroínas, batallas y tesoros, misiones y destinos. A fin de cuentas, aquel cuaderno le pertenecía más a Emilia de lo que creía.

Convertida ya en adulta, no podía desoír las llamadas del sacerdote, pese a anticipar su causa. Le guardaba aprecio, pero su insistencia la incomodaba. No consideraba que fuesen asuntos que concerniesen a la Iglesia. Qué diferencia era tan incorregible entre un hombre y una mujer, para que el error de uno se saludase con penitencia en una mano, y no existiese regalo semejante para una mujer que únicamente había pecado por entregarse a una promesa vacía, con palabras sin firma. Finalmente, arrepentida, ni aun rindiendo pleitesía en sagrada confesión, merecía el perdón de Dios ni, en consecuencia, del pueblo. Reticencias aparte, Emilia sabía que debía personarse ante el párroco y explicarle la motivación tras su negativa.

—Padre, le ruego no insista más. No puedo perdonar a ese hombre.

—Emilia, ¿qué hará una mujer como tú... sola? ¡Y con un niño! Por el amor de Dios, sé sensata. —El cura exhalaba el aire con cierta incredulidad ante su tozudez—. Andrés se arrepiente...

—No, padre, no intente ir por ahí... Me alegro de que pueda arrepentirse, pero eso no quiere decir que mis sentimientos hayan cambiado... No después de lo que hizo, después de lo que nos hizo a mí y al pequeño José María. —Emilia hizo una pausa para recobrar las formas ante el párroco. Su dolor podría venderse y someterse a la traición de un hombre al que, sin duda, había amado por encima de todas las cosas, pero la indiferencia hacia su hijo lo cambiaba todo—. Padre, agradezco su interés, pero tengo faena y no puedo retrasarme más. Tenga usted muy buenos días.

Su coraje, perfumado del más sutil desdén, traspasó el marco de la puerta de la sacristía y se mezcló con el olor a salitre que el Atlántico salpicaba mar adentro. Mirando a un lado y al otro, se encaminó, con las heridas reabiertas y el corazón vacilante, hacia el Pazo de Altamira. Allí la aguardaban su madre y su hijo, su bien más preciado. Él sí le infundía el valor que necesitaba para ignorar las tardías pretensiones de un hombre que la había traicionado. Un hombre que la había hecho a un lado por dos vacas y un pedazo de tierra de labranza. Un hombre codicioso que, viendo la oportunidad del cambio, no dudó en repudiarla y alejarla de sus planes de vida sin remordimiento alguno, ni por los sentimientos de ella ni por el hijo que venía en camino. Imprudente la llamaron las lenguas más amables por haberse dejado hacer sin paso previo por la vicaría. Tal vez tuvieran razón, llegó a pensar ella. Ahora él pedía perdón porque no hallaba felicidad en el cambio de compañera. El orgullo de Emilia y su despertar a la crudeza de las intenciones de Andrés la habían obligado a repensar sus movimientos una y mil veces por su bien y el de su hijo. Entendía que no era fácil salir adelante sin un hombre, pero también sabía que él no era trigo limpio. Había dejado claro que el niño no le importaba y pretendía deshacer el daño de su traición, de su abandono, volviendo de nuevo a su lado, dando por toda excusa o explicación que la actual no acababa de ser de su agrado. Holgazana y con la gracia de un asno. Así la había caracterizado sin pudor ante los ojos bañados en descrédito de Emilia. Pese a la dureza de optar por negarle la oportunidad de la redención a quien había sido su primer y, hasta el momento, único amor, la fuerte convicción de que la codicia era una máxima en su existencia, contra la que ella nunca podría ganar, se impuso. Sin él habría soledad; con él, sumisión y desdicha, pero nunca el amor con el que ella soñaba. La decisión estaba tomada.

Emilia se había convertido en una mujer fuerte, de corazón bondadoso y raudo palpitar. Todas sus dudas se disipaban cuando miraba a los ojos de su pequeño José María. En ellos veía el futuro y se entregaba a todo cuanto el niño pudiera necesitar de ella. Había asumido, con pesar pero sin exceso, que era una joven madre soltera, viviendo en el pazo de un pequeño pueblo costero en Galicia, al servicio de unos condes. Pero no estaba sola. Su madre, Cándida, velaba por ella y por el niño. Emilia no se quejaba. No por ahora. Era joven y fuerte, y trabajaba con el sueño, como estandarte, de poder presentar un mundo con más oportunidades y mejoras para su hijo.

Dentro de las paredes del Pazo de Altamira, bajo el mismo techo que los condes, vivían las dos mujeres con el niño. Una decisión dictada por puro pragmatismo y no otros privilegios, ya que había sido su madre el ama de cría de los señoritos y más tarde se hizo cargo de los cuidados que el doliente señor conde pudiese requerir durante las noches. El resto de los criados ocupaban estancias separadas en una construcción aledaña, más cerca de los establos, donde descansaban lo justo y necesario para velar por el buen funcionamiento de una casa y una finca de extensión, riqueza y poder inigualables en la zona.

El Pazo de Altamira se erigía sobre el acantilado de A Pedreira, desde donde observaba curioso y prudente la fuerza del océano Atlántico. Aislada y temeraria ante los hombres, la imponente edificación de piedra se dejaba encerrar entre brumas, confiriendo a la imagen, borrosa y espectral, el poder y la desconfianza de un misterioso fantasma del pasado. Así lo sentían los lugareños de San Juan de Meirande, admirándolo de soslayo, con la debida cautela, desde el otro lado de la ensenada de A Pedreira. Aunque aquella cala no era propiedad del pazo, no completamente, nadie que no fuera de la gran Casa de Altamira osaba acercarse ni tan siquiera a pasear por la arena, entre los afilados dientes de piedra que conseguían amedrentar a dubitativos visitantes.

Mientras Emilia emprendía el camino de subida desde el pueblo hacia el pazo, disfrutaba del baile de gaviotas sobrevolando el jardín inglés, casi salvaje, que presentaba la edificación al mar, con un crucero de piedra al frente que ejercía de hierático maestro de ceremonias. Las aves circundaban las almenas del torreón, entre graznidos, simulando el asedio medieval que había convertido en ruinas la primigenia construcción sobre la que se levantaba el actual pazo, más cercano, del siglo XVIII.

A medida que se aproximaba, perdía visibilidad del mar, pero, con un cielo al fin azul y despejado sobre ella, podía recrearse en la espléndida fachada principal del pazo, haciendo a un lado los vastos viñedos no exentos de jornaleros que orientaban la madurez de las uvas al sol. De espaldas al océano, con ínfulas de poder terrenal y prestancia señorial, la fachada principal se resguardaba frente a un espléndido jardín con parterres rodeados de setos, simétricos y ordenados, salpicados de palmeras, azaleas y magnolios. Aquella majestuosa construcción, con su torreón almenado, se orientaba vanidosa a la perfección de aquel primoroso jardín de estilo afrancesado, mientras que el más salvaje y despreocupado crecía indómito en la fachada norte, contagiado por la bravura del mar.

Justo a un lado, discreta, a las puertas del pazo, había una fuente adornada con una enorme venera en piedra ante la que se detenían algunos de los peregrinos que alcanzaban el Atlántico en su camino de conversión espiritual. El agua parecía brotar de la misma piedra a través de un angosto cilindro de metal que la dirigía hacia el suelo. Los cansados viajeros hacían parada a sus pies, aprovechando para beber y también para descansar con los ojos prendidos admirando el mar. Sobre la venera, grabada a la altura de los ojos de quien por allí pasaba, la inscripción de tres palabras que eran seña y signo de la Casa de Altamira: «Quem videre, intelligere».

Con el paso prohibido para ella, como para el resto de los sirvientes, a tan magnífico jardín, debía acceder por la discreta puerta dispuesta para los criados, dando un rodeo entre las casas de los jornaleros, los establos, el lavadero y la huerta, tomando como punto de partida el margen izquierdo de aquel terreno diseñado entre arriates. Pero no lo hizo. Prefirió caminar a hurtadillas por detrás de la iglesia de Nuestra Señora del Mar, la única construcción que había resistido desde que fue levantada en el siglo XII. Aquel casto y armonioso templo, propiedad del pazo, resultaba un enigma para todo aquel ajeno a la privilegiada familia Gómez de Ulloa, condes de Altamira. El padre Eliseo velaba por sus cuidados y oficiaba personalmente las misas y demás sacramentos que le eran encargados. Emilia la observaba buscando descubrir sus misterios, pero, para ella, aquella puerta siempre estaba cerrada. Solo una sirvienta, que fue ama de cría del señor conde, una anciana a quien Emilia no había tenido ocasión de conocer, pero de quien había escuchado algunas historias en el pazo, solo ella, Rosario, había conocido el interior de la iglesia. De lo que vio, tan solo resaltó un detalle que había llamado su atención: los hermosos ojos de la Virgen sentada con el Niño en brazos. La había sobrecogido aquella mirada tan viva en la madera. Más allá de eso, austeridad. Justo lo que faltaba dentro del pazo.

Emilia continuó su camino cruzando entre muros de camelias fragantes y exultantes, entre rojos, rosas y blancos que, por un momento, hacían que olvidase su condición de sirvienta y se sintiera una afortunada. Aquellos lienzos floridos guiaban solo en parte el exterior de un intrincado laberinto de setos en el que se escondían monstruosas figuras de boj. Ella creía que eran una excentricidad más de los señoritos, que no sabían a qué dedicar su tiempo o cómo sorprender a sus amistades en las reuniones que allí celebraban. Más allá del laberinto, un puente de piedra dejaba a ambos lados dos estanques que parecían contraponerse en forma y belleza, pues uno representaba las bondades del hombre y el otro los vicios y perversiones del mundo. Situados cerca de la iglesia de Nuestra Señora del Mar, Emilia concluía que no era más que otro mensaje religioso para acercarse a los creyentes.

—Buenos días, madre. ¿Está bien el niño? ¿Ha desayunado ya?

Emilia había entrado en la cocina como el torbellino que acostumbraba a ser. Su madre, sentada en un rincón, con un cuchillo en una mano y una patata en la otra, y el delantal cubierto de pieles y otros desperdicios de aquel tubérculo de final de temporada, levantó la vista despacio. Inalterable y prudente, así la recibía Cándida. De igual modo en que veía pasar los días y las horas.

—Buenos días, Emilia. El niño está bien. Ha tomado un poco de leche con pan duro. Ahora anda jugando con su pelota en lo alto de la huerta.

—Madre, ya sabe usted que me preocupo... —dijo Emilia, anticipando la disculpa ante su madre.

—Está bien, hija. Ahora ve a atender a la señora. Doña Urraca ha estado por aquí muy inquieta y, al no encontrarte en la cocina ni en la huerta, se ha marchado refunfuñando.

—Por Dios, madre, ¿¡cómo no me dice antes!?... ¡Ahora mismo salgo a buscarla!

Nerviosa y con el peso de la responsabilidad a sus espaldas, avanzó sin demora cruzando pasillos y salones. Todos vacíos y sin vida, pero impolutos y necesarios en el pazo de los condes de Altamira. El señor conde, don Rodrigo Gómez de Ulloa y Saavedra, llevaba más de cuarenta años, buena parte de su vida, postrado tras sufrir una aparatosa caída de caballo, a la que siguió un ictus que le había paralizado la mitad del rostro. No había transcurrido más de lustro y medio desde su enlace con la joven doña Urraca Bramonte y Zúñaga, que a sus diecinueve años cumplidos todavía no alcanzaba la mayoría de edad en las nupcias, cuando tuvo lugar el fatal accidente. Para entonces ya contaban con tres hijos en común: Gerardo y las mellizas, María Cristina e Isabel.

La posición de los Bramonte era fruto de un devenir histórico arropado por un pueblo temeroso y una élite anclada en cuestionables tradiciones. Carecían de gracia ante el pueblo, pero también ante sus semejantes, tal vez eso propiciase la búsqueda de la gracia divina. Con gran poder en la Iglesia, sus obispos y arzobispos estaban faltos ya de números romanos para hacer recuento de la estirpe. Pese a la conducta cuestionable de Lucrecia Zúñaga, madre de doña Urraca, en asuntos de perfil amoroso o puramente carnal, la familia Bramonte cerraba filas tirando de apodícticas aseveraciones que no dudaban en anatematizar o condenar al infierno a todo aquel que cuestionase su poder entre los mortales.

Por su parte, don Rodrigo Gómez de Ulloa había aportado riqueza y un título nobiliario a su esposa bajo el juramento de fidelidad y cuidados mutuos. De esa forma, disponían de cientos de hectáreas de tierra para el cultivo, además de praderas y viñedos de excelente renombre y consideración, constituyendo un patrimonio a la altura de su título. Las labores para el cuidado de la casa y las tierras quedaban en manos de sirvientes y de una legión de jornaleros a los que cabía sumar la ayuda de mozos que se ocupaban de las cabezas de vacuno y de porcino para consumo de la familia.

El trabajo no escaseaba nunca en A Pedreira, el punto más alto del acantilado en el que se enclavaba el Pazo de Altamira. Buen ejemplo de ello era Emilia; siempre apurando minutos con el empeño y la fuerza de un galeote. Con el amplio delantal blanco y sin terminar de anudar el pañuelo sobre su cabeza, caminaba apresurada por los amplios y encerados corredores de la casa, al tiempo que repasaba mentalmente cada una de las tareas que debían estar finalizadas antes de la una del mediodía. Ese era el momento en que don Rodrigo se reunía con Antonio, el capataz, para que este le contase las novedades de la jornada. Procuraba así el patrón supervisar cada día el trabajo de jornaleros y mozos de cuadra, a través de los ojos del hombre en el que depositaba gran confianza, convencido de que era indispensable para el buen funcionamiento de la casa y de su patrimonio. Aunque, en la práctica, era un abogado y buen amigo como pocos quien velaba por las cuentas y los negocios, mientras que el capataz era el único que conocía realmente la forma en que marchaba el pazo, ajeno a los números. De todos modos, el conde todavía tenía capacidad para exigir que le rindiesen cuentas y eso hacía cada día en cada reunión. El respeto que necesitaba para su vulnerable y aciaga existencia en aquella casa provenía de esa supervisión. Era lo único que le quedaba, y en parte se debía a la negativa de su esposa a que nadie le contase nada de lo que sucedía en el pazo al conde. Doña Urraca pretendía hacerle a un lado, censurando sus salidas a los jardines e incluso a la iglesia del pazo. La actitud de la condesa se correspondía más con un oscuro interés para minar la estima del convaleciente que para ayudar en su necesaria recuperación, pero la mente del conde era fuerte y se resistía a allanarle el camino. Por suerte, Cándida y Emilia, que habían crecido en el pazo, no se prestaban a la confabulación y atendían al señor conde en cuanto les solicitaba.

Así, cada día, Antonio ayudaba a Emilia a acomodar a don Rodrigo en la biblioteca, sobre un sillón de terciopelo corinto con barrocas filigranas doradas estratégicamente colocado al lado de una estufa de hierro, alejando el frío de su cuerpo y también de su mente, pues allí el conde disfrutaba de una copa de vino blanco de las botellas, casi clandestinas, que Emilia le seleccionaba de la bodega, siguiendo sus indicaciones y desafiando a la condesa. A cambio, él le permitía sacar libros de las estanterías para seguir alimentando sus sueños. Imposible no hacerlo en aquella biblioteca con más de diez mil ejemplares de las mejores y más variopintas obras clásicas y también más actuales. El aristócrata había llegado no solo a consentir que la joven sirvienta tomase prestados sus libros, sino que él mismo le aconsejaba lecturas que le presentaban mundos inalcanzables, incluso transgresoras para ella, desde los versos de Rosalía de Castro y la narrativa de Emilia Pardo Bazán, pasando por las cantigas de trovadores como Airas Nunes. Había guiado su conocimiento y su sed de respuestas sobre el mundo que la rodeaba, desde Platón o Parménides hasta los más brillantes pensadores de la Ilustración: empezando con Descartes, continuando con Voltaire, deteniéndose en Kant hasta alcanzar el idealismo de Krause. Él decía que solo siendo dueña de sus ideas podría serlo de sus acciones. Así le ofrecía libros cada día, recordándole que eran el conocimiento de otros, de los más grandes en muchos casos, pero que de poco servían si no despertaban en ella la curiosidad y la crítica para alimentar su propio conocimiento.

El conde retaba su condición en aquella casa y la obligaba a ver más allá de todo lo que conocía. Más allá de cuentos para niños y más allá de catecismos. Ahí residía el buen hacer del desdichado conde para la bienhadada sirvienta. Sin intuirlo todavía, don Rodrigo daba alas a un sueño que tardaría años en ser alcanzado, pero que se alcanzaría.

Encontró a doña Urraca en la habitación dedicada a la costura. Seca como el palo de un naranjo sin años y con tantos surcos que bien podría simular un mapa de ríos desembocando en el mismo lugar que lo hacía la náusea. La dama examinaba, con su habitual gesto constreñido, tal vez de asco o de simple odio a la especie, las telas traídas días atrás desde la capital. Emilia observaba desde la puerta, con la blusa remangada y las manos cruzadas sobre el mandil. Permanecía atenta a la señora de la casa, esperando sus instrucciones. Sus labores en el pazo eran de lo más diversas y debía estar siempre disponible para cualquier necesidad o antojo fruto de la ocurrencia de la señora condesa.

—Buenos días, doña Urraca. ¿Me buscaba usted?

—Las preguntas las hago yo, muchacha. Tamaña osadía —bufó con los labios fruncidos, obligando a Emilia a bajar la cabeza—. ¿Por dónde andabas? Cuidadito con no tentar a la suerte por ahí... —Hizo una pausa buscando no ensuciarse la boca con palabras gruesas y faltas de cualquier decoro—. Haciendo lo que hacéis las de tu clase...

El incisivo tono de doña Urraca provocó una leve tartamudez en Emilia.

—Discúlpeme, señora. El padre me mandó llamar y yo solo me ausenté unos minutos. He dejado adelantadas las labores de hoy. He aseado los dormitorios de sus hijas, salado la carne de cerdo en el arcón para el próximo invierno, y pensaba ponerme también a...

—No me aburras más con tus cosas —interrumpió airada—. Y escucha al cura bien, porque un bastardo se tolera, pero el segundo... como si lo crían los cerdos, ¿me oyes?

Emilia apretaba la mandíbula con la vista puesta en las baldosas que cubrían el suelo. Centrada en respirar profundamente, controlaba la sangre que bombeaba su corazón, con tal fuerza que los tímpanos parecían inflamarse y querer explotar. Pensó que tal vez eso sería mejor que seguir escuchando la perfidia lenguaraz de aquella mujer de gran nombre y exquisitos vestidos confeccionados en las mejores casas de moda. Pero aguantó estoica la prédica infame sin levantar la cabeza.

—Y haz el favor de estirarte las mangas antes de presentarte ante mi persona —bufó bajando ella misma las mangas de la sirvienta, con un gesto a todas luces abusivo e innecesario.

Doña Urraca no mostraba el más mínimo respeto o tolerancia hacia los sirvientes de la casa. Consideraba que eran todos unos vagos y unos desagradecidos. Pero si entre todos ellos existía alguien capaz de desquiciarla con su sola presencia, esa era Emilia. A ella no podía tacharla de holgazana, ya que si algo le sobraba era energía y sabía cómo administrarla y cumplir con sus obligaciones y encargos con sobrada solvencia. Por eso buscaba cualquier pretexto para afear su conducta y amilanar su desenvoltura.

—Me ha dicho mi hija María Cristina que ayer por la noche, pasadas las nueve y media, estabas bajo la ventana de su dormitorio haciendo no sé muy bien qué con un ¿libro? —inquirió con aire de evidente desprecio y burla.

—No era mi intención incomodar a la señorita —anticipó Emilia con voz temblorosa—. Pensé que como usted nos ha indicado que no encendamos los candiles por la noche para no hacer gasto..., y ya sabe que en la iglesia me han enseñado a leer y a escribir, y yo, bueno, algún día ayudaré a mi hijo cuando vaya a la escuela y, eso, pensé que aprovechando la luz del quinqué de la habitación de la señorita no hacía mal a nadie... —dijo precipitando explicaciones y rogando que no le preguntase por la procedencia de los libros.

—Pensé, pensé... ¿Y a ti quién te manda pensar? ¿Quién te da permiso para pensar, eh? No necesitas aprender nada. Y tu hijo, ¿cómo va a ir a la escuela? ¡Eso cuesta dinero! Cíñete a lo que yo te ordeno hacer cada día y punto. Igual así podremos darle alguna utilidad a tu hijo en el pazo, y a Dios gracias. —Doña Urraca hizo una breve pausa para clavar su mirada en el doblegado rostro de Emilia—. ¡Qué descaro, Emilia, y nosotros dando techo a tu hijo...! ¡Deberías estar más agradecida!

—Discúlpeme, señora. No he debido...

—Bueno, bueno, eso espero —añadió con un tono más relajado—. Ahora vamos a lo que realmente me interesa a mí. Veamos, Emilia, quiero cambiar las cortinas del salón de verano, en el que recibimos a los invitados. He estado viendo las telas que me han traído de la ciudad y me he decantado por una. Me gustaría que estuviesen listas cuanto antes. En ocho días daremos una cena de gala para recibir a mi nieto Luis y celebrar que ha terminado la carrera de Medicina con unas excelentes calificaciones. Viene a pasar las vacaciones de verano antes de comenzar a ejercer como doctor.

—Sí, señora. No sabía que el señorito Luis vendría a pasar el verano —dijo con total inocencia e incredulidad Emilia, quien no había vuelto a ver al único nieto de los condes desde que era un niño. Un niño que regalaba abrazos espontáneos a su ama de cría, alterando el ánimo de la señora condesa.

—¿Por qué habrías de saberlo? Únicamente debes saber que las cortinas tienen que estar listas en ocho días. Empieza —ordenó.

—Por supuesto, señora. Coseré cada día y cada noche. Descuide.

La buena disposición de Emilia al trabajo desquiciaba sin proponérselo a doña Urraca, quien se sulfuraba al mínimo gesto o sin él. Su persona carecía de gracia natural. Aunque tampoco se podía decir que dicha condición le quitase el sueño a tan excelsa dama. Los apellidos impuestos por nacimiento la volvían atractiva hasta la repulsión entre semejantes y ante resignados. Su linaje le concedía distinción en múltiples convenciones sociales y le había proporcionado un marido y unos hijos complacientes; especialmente las mellizas, ya que don Gerardo era más distante y celoso de su intimidad. Buena prueba de ello eran las nulas visitas al pazo desde que partiera con su mujer y su hijo, rumbo a Brasil, para hacer su propia fortuna. Indispuesto para continuar bajo las imposiciones de la condesa, había puesto tierra y mar de por medio para centrarse en los intereses económicos y aristocráticos de su esposa, Leopoldina de Bragança, en la vibrante ciudad de Río de Janeiro.

Por aquel entonces el señorito Luis contaba con no más de nueve primaveras. Más tarde había oído hablar de él en el pazo a los señores condes, orgullosos del éxito y la fortuna de su primogénito y de las incipientes habilidades heredadas por su nieto Luis. Alguna vez Emilia le había preguntado a su madre, con afán de cotillear un poco en las noches, acerca de don Gerardo y de su afamado vástago. Pero ella, seria y cauta con sus señores hasta en la intimidad, no se prestaba al comadreo. Y era en esos momentos de intimidad en los que Emilia creía ver cierta melancolía en los ojos de su madre al preguntarle por don Gerardo. Todo lo que conocía de él era que tenía talento para los negocios y que era de buen trato. Su simpatía encandilaba a jóvenes y a mayores, sin resultar demasiado evidente al gusto. Únicamente lo justo para permitir un primer acercamiento cordial. Estas cualidades confundían a Emilia sobre las motivaciones que habían llevado a don Gerardo a distanciarse de aquel lugar y de sus padres. ¿Por qué un hombre como él habría renunciado a heredar el título de conde y más rentas de las que pudiesen necesitar varias generaciones, con tal de alejarse de su familia, del gran Pazo de Altamira?

Sin más demora, la joven Emilia se dispuso al trabajo cortando y tomando medidas a las telas para las nuevas cortinas. Mientras lo hacía, rememoraba las palabras del párroco. El ahínco con el que se esforzaba en pedir el indulto para el padre de su hijo. No podía concederlo. No era premio o ventaja suficiente para ella. Un matrimonio a cualquier precio siempre sería un mal matrimonio. Y aunque conocía los dictados no escritos, los murmullos de lavadero para una madre soltera, había tomado una decisión confiando en su suerte, desconociendo todavía las sorpresas que le traería su destino.

6

Santiago de Compostela, abril de 2011

Allí estaba, Vilar de Fontao. Habían avanzado por la estrecha carretera de doble sentido, sin arcén ni seguridad y plagada de baches, la mayoría oscuros y vacíos como abismos para los conductores, aunque había otros que con gracia algún vecino había cubierto de tierra y, sin proponérselo, sobrada de fertilidad, con abundante agua y el sol oportuno, daba lugar a hierbajos e incluso a flores silvestres. No parecía una zona muy turística. Con el tendido eléctrico a medio tender y la canalización del agua falta de canales. Casas desperdigadas, orientadas sin ton ni son, sin equilibrio ni simetría, buscando caminos, abriéndolos unos con nocturnidad para cerrarlos otros con la misma oscuridad y cuatro tablas. Probablemente a causa de la falta de inversión, ni pública ni tampoco privada, parecía que aquella aldea carecía del reclamo necesario para atraer a visitantes y retener a locales.

Habían recorrido la carretera en ambas direcciones dentro de los límites de la aldea, pero ni rastro de la casa que buscaban. Casas de distintos tamaños, materiales y hasta colores, de natural estridentes y con el paso del tiempo descascarados; edificaciones sin armonía, ninguna línea en sus arquitecturas. Entre ellas, retales de tierra, trapezoidales y disformes, porfiando milímetros entre ellos. Terrenos entregados al pequeño cultivo de verduras y hortalizas para el autoabastecimiento, sin olvidar el objetivo último de velar por sus lindes a cualquier precio, según desprendía la falta de rectitud en el lugar. La carretera principal conducía a un grupo de casas agolpadas en torno a una iglesia románica, que parecía inducir al orden con su torre campanario bien dispuesta marcando los tiempos en el núcleo de la aldea. Junto a ella, un camposanto amurallado y cerrado a la vista de curiosos. Frente a la iglesia había una parada de autobús, un pequeño crucero de piedra y un tablón de anuncios con los carteles de las fiestas de años anteriores roídos y medio descoloridos, junto al horario de las misas. Una forma de hacer penitencia y conciliar las inclinaciones del cuerpo y del alma. También había un pequeño bar con ultramarinos carente de atractivo para el visitante, pero que parecía abastecer de lo básico a los lugareños.

La cercanía de la hora de comer y las necesidades del pequeño Martín les obligaron a aparcar frente a la iglesia, abriendo así un paréntesis en su búsqueda sobre el terreno.

Cuando se bajó del coche, Adela respiró profundamente la humedad fragante de aquella tierra, tan distinta a lo que conocía en Madrid, donde el sol castigaba con fuerza al cemento y el polvo se suspendía en una masa de aire caliente, sin escudo de agua, sin olor a verde.

En la fachada de la iglesia, sobre la portada de tres arquivoltas, podía leerse en contundente grabado: «Parroquia de Santa María de Vilar de Fontao». Una escalinata de piedra con cuatro peldaños daba acceso al santuario. Al subirla, una placa metálica en el lado izquierdo ofrecía al visitante una breve descripción del edificio, con un plano de la planta.

—Mira, otra iglesia románica de peregrinación —dijo Adela leyendo la pequeña descripción—. Como curiosidad, dice que dentro conserva una talla de madera policromada de la Virgen con el Niño Jesús en su regazo. La restauraron hace solo seis años, tras la visita de una historiadora de arte que se fijó en la inscripción que tenía en su base: «Virgini pariturae». Fue entonces cuando se confirmaron sus sospechas y comprobaron que bajo la pintura blanca de su piel se encontraba el negro original. Así que realmente se trata de una Virgen Negra —sentenció mirando a Álvaro.

—¿Una Virgen Negra?

—Sí. En España todavía se conservan unas cuantas. Muchas fueron destruidas o devoradas por el fuego, ajusticiadas por paganismo. —Crispó ligeramente el gesto y respiró recuperando el tono—. Por suerte, otras, como esta, se salvaron de las llamas, pero fueron pintadas de blanco para no despertar animadversión en el culto católico.

A solo unos pasos de la iglesia se encontraba el bar de la aldea. Resultaba difícil creer que aquel lugar pudiera contar con licencia de negocio. Era más bien una casa en donde habían adecentado una barra y cuatro mesas, sin más publicidad en la puerta que una pequeña pizarra de Estrella Galicia, con el plato del día escrito en asimétricas letras blancas, confiando en que el hambre y la falta de competencia en la zona hicieran el resto. Tras la barra, un hombre menudo que rondaba las seis décadas se servía un orujo con alegría so pretexto de acompañar a dos compadres, sin saber que el indiscreto bermejo en su nariz y sus pómulos hacía tiempo que ya no guardaba el secreto de su afición al licor.

A los tres pares de ojos sobre ellos se sumaron los de la señora que se encargaba de la cocina. Su disposición y su amplia sonrisa les hizo sentirse como en casa. Se acercó a ellos con un largo delantal negro sobre una falda del mismo color y un jersey azul pálido con las mangas subidas para trabajar más cómoda. Tenía el pelo cano, aunque por su agilidad parecía más joven. Los gestos y las señales al hombre de la barra hacían intuir que se trataba de su esposa.

—¡Genaro! ¡Pon aquí unas tapiñas a esta gente! —dijo levantando la voz hacia la barra, queriendo ejercer como perfecta anfitriona—. Muy buenos días nos dé Dios y la Virgen María. Soy Raimunda. Díganme qué les puedo ofrecer por aquí.

—Pues habíamos pensado en el plato del día y... —comenzó Adela.

—Muy bueno, muy bueno, claro que sí, está todo fresquísimo, señora. Una merluza de primera. Y al niño le pongo unas pataquiñas fritas con croquetas caseras, que eso le gusta a todos los niños. Buenísimas. Las hice yo misma. De pollo. De los de verdad, no de esos de granja que no saben a nada.

—Vale, perfecto —dijo Adela con una sonrisa—. Y de beber queríamos...

—Uy, tenemos un vino de la casa que es una maravilla. Un Barrantes de categoría. ¡Venga una botella para la mesa! Genaro, las tapas, hombre, que me estás en las berzas —apremió al hombre, más lento de lo que se pensaba, con el sopor del alcohol en sus carnes.

—No, no. De verdad. Seguro que está muy bueno el vino, pero para nosotros solo agua —contestó con apuro Álvaro.

—Hemos venido en coche —añadió Adela a modo de disculpa con otra de sus sonrisas.

Raimunda los miró con incredulidad. Por unos segundos permaneció inmóvil, con las cejas levantadas, esperando que le explicasen la relación entre el coche y el vino.

—Bueno, como ustedes quieran. Yo les pongo unas tazas de vino de la casa y ya van entrando en calor. Que hoy hace un frío... Aquí la primavera llega con el mismo brío que un paso de Semana Santa —apostilló, dándose la vuelta en dirección a la cocina—. Bueno, eso si llega, claro —masculló, aunque parecía razonar ya consigo misma.

—Ya puestos, nos tomaremos unas cervezas sin alcohol —apuntó Álvaro.

—La mía cero-cero, por favor —agregó Adela.

Tragando saliva, quizá encerrando en su garganta una sonora carcajada, Raimunda lanzó una mirada a Genaro, quien le respondió con cara de sorpresa.

—Bueno, bueno... Miraré a ver si tenemos de eso. Uy, no se vayan a pensar, que aquí tenemos de todo. Como en el mismo centro de Santiago. Pero vamos, que si no ya les soluciono yo algo. De hambre o de sed por aquí ya nadie se muere, ¿no creen ustedes?

Adela y Álvaro se rieron cómplices, sabiendo que deberían dejarse llevar por aquella mesonera tan resuelta como atrevida.

—¿Crees que encontraremos la casa del sueño? —preguntó Adela contrayendo el gesto.

—Sinceramente, creo que no. Es solo un sueño. Pero si te quedas más tranquila, ¿por qué no le preguntas a Raimunda? De existir, seguro que nos ayuda. Esta señora tiene pinta de que se conoce el lugar y a los lugareños al dedillo.

Tras dar buena cuenta de la comida, volvió Raimunda.

—Parece que les gustó todo, ¿eh? Dejaron los platos tan limpiños que hasta no necesitan de jabón —les dijo rebosando orgullo.

—Todo buenísimo. Nos ha encantado —apostilló Adela—. ¿Le puedo hacer una pregunta?

—Puede, claro que sí. Otra cosa es que yo le dé una contestación —dijo soltando una carcajada, confiada en ser portadora de la gracia del lugar.

—Cierto, cierto —respondió Adela con tono quedo, no exento de cierta incomodidad—. Verá, estamos buscando una casa en esta aldea. No sabemos el número. Tiene dos plantas, toda de piedra, con contraventanas de madera oscura...

—Pero, mujer, aquí todas las casas son más o menos como me dice —dijo riéndose.

—Ya veo. Y si le digo que está cubierta de hiedra y que tiene un hórreo a su izquierda, también de piedra y con los laterales y la puerta de madera. ¿Le suena alguna casa así por aquí?

—Ay, pues ¡esa va a ser la casa de los argentinos! —intervino desde la barra Genaro.

—Perdone usted, ¿quiénes me dijeron que son? —Raimunda frunció el ceño, desconfiada—. Porque no son de por aquí... ni tampoco de las Américas. Deben ser castellanos...

—Venimos de Madrid. Estamos buscando la casa de unos familiares lejanos. —A Adela le pareció que podía ser una explicación creíble.

—¿Familiares dice? —Raimunda hizo una breve pausa para pensar qué decir—. Bueno, pues ya siento no poder ayudarles. No conozco ninguna casa así. Les dejo que tengo que marchar, aquí siempre hay mucha faena...

Desconcertados por la rapidez con que los había despachado, Adela y Álvaro abandonaron el local. Parecía no tener interés en echarles una mano para encontrar nada. No estaban seguros de si realmente existía la casa o era una coincidencia que se pareciera a alguna del lugar.

Martín dormía plácido su siesta en la silla de paseo, por lo que decidieron continuar explorando la aldea. Era un día soleado, aunque muy frío, así que aprovecharían esas horas para conocerla un poco, antes de desistir y volver al hotel en el casco antiguo de Santiago a renovar el ánimo de su viaje.

Como no podía ser de otra forma en esos lares, el asfalto parcheaba el camino para hacerlo funcional, descuidando por completo la parte estética del entorno. Carecía de aceras, obligando a los paseantes a compartir espacio con coches, bicicletas de niños, algún que otro tractor y pequeños rebaños de rumiantes. Puertas de viviendas con el pavimento al borde de sus portales, mientras otras casas apuraban el cierre sobre la calzada, con el fin de no ver agraviada su propiedad. El resultado era un núcleo difícilmente transitable para peatones y vehículos. Tal vez nadie allí estuviera dispuesto a perder para ganar. Juego de tontos, pensarían.

Por lo demás, era una aldea con su encanto. Como todas. Olor a campo, a verde, a hierba recién cortada y, cómo no, a excrementos de vaca, de cerdo y de gallina. Parecía bastante común que cada una de esas casas que se dispersaban al alejarse de la iglesia de Santa María contara con su propio establo, aunque fuera pequeño, en donde criaban a sus animales para consumo propio a lo largo del año.

Los aldeanos eran muy trabajadores. No entendían el ocio más allá de tener una huerta hermosa rebosante de hortalizas, y puede que incluso algún terreno con patatas o maíz. Gente curtida en el campo con una guerra a sus espaldas, alguno incluso dos, y una dura posguerra la mayoría de ellos. Eran conocedores de la importancia de tener su propio cultivo y de cuidar la tierra con el mismo orgullo con el que iban sumando décadas a su vida. Pues, como bien decían, «las monedas, de tragarse, ahogan, pero no alivian la sed de nadie». Lección que tenían bien aprendida esos hijos de la guerra y del hambre.

Se detuvieron ante un campo en el que una octogenaria con una bata de trabajo cruzada, en tonos oscuros, y con un sombrero de paja se afanaba, azada en mano, a un ritmo difícil de creer para quien no fuese testigo.

En ese momento, el pequeño Martín se despertó dando un grito y señalando emocionado con su dedo a la señora.

—¡Mira, mamá, como el tuyo! ¡Un sombrero de playa!

La señora alzó la vista y sonrió al pequeño, y a los padres les dijo lo ocurrente que era su hijo. En un descuido, el niño saltó de la silla, confiando en la tierna sonrisa de la anciana, y corrió a su lado.

—Yo quiero ayudar a la señora, ¿puedo?

Adela se sintió apurada y saltó al campo para corregir las acciones de su hijo.

—¡Así me gusta, pequeño! Como debe ser. Eres un gran ayudante —dijo la señora sonriente.

—Perdone —acertó a decir Adela, recobrando el aliento por la carrera.

—No te preocupes, nena. Hay que aprovechar ahora que son pequeños para que les entren ganas de mayores. Si no, estamos perdidos —contestó la anciana, casi sin mirarla al principio y sin dejar de hacerlo después.

Parecía contemplar cada rasgo de Adela como si de una aparición se tratase. La miraba de arriba abajo, el pelo y las manos, pero sobre todo a los ojos. Y lo hacía en silencio, como si no fuese consciente de estar haciéndolo, hasta que alargó una mano y la puso sobre la de Adela, propiciando cierta incomodidad que podía leerse en su gesto.

—Ahora debo irme, señora. Estoy buscando una casa por aquí y no puedo entretenerme más.

—¿Una casa? —preguntó sorprendida—. ¿Qué casa?

Adela le dio la misma descripción de la casa que le había dado a Raimunda, depositando todas sus esperanzas en aquella amable aunque extraña abuela.

—Miña neniña, no creo que me equivoque si te digo que la casa que buscas está yendo hacia el río. El camino está sin asfaltar. Allí viven unos retornados que no se relacionan mucho con el pueblo. Se hicieron con la casa hará unos cinco o seis años, porque antes estuvo cerrada mucho tiempo. Cosas de familia. De familia, reiniña. Y en temas de padres y hermanos que nadie meta sus manos, ¿no es así? —Buscó complicidad en los ojos de Adela, que la miraba asintiendo sin estar segura de entender—. Pues como te decía, que tenéis que ir con cuidado con el coche porque el sitio está justo para pasar. Claro, estos pobres, se vinieron de la Argentina y todavía no saben a quién vender su voto. Y eso aquí es no conocer las reglas del juego. Hay que ser prácticos, ¿no crees? Bueno, es mi idea, nena. Y ya estoy muy mayor —argumentó con el aplomo de quien posee un conocimiento que los libros de historia no pueden soportar.

—Muchísimas gracias, señora, de verdad —exclamó Adela, entusiasmada.

—Nada, nada, faltaría más, nos tenemos que ayudar, que aquí en este mundo queda todo —añadió con negrura en el aliento, temerosa por represalias divinas—. Ah, y por cierto, soy Carmiña, de los Couselo, de toda la vida de esta aldea. Si necesitáis alguna otra cosa, decidme, por favor, decidme lo que sea, que para dos días que estamos aquí... —incidió de nuevo en lo limitado del tiempo y de la vida.

—Pues se lo agradezco de veras, señora Carmiña. Apreciamos mucho su amabilidad. Estábamos a punto de desistir con la búsqueda, ya que en el bar del pueblo no parecieron muy dispuestos a darnos ninguna indicación.

—Bueno, Raimunda y sus cosas. No se lo tengáis en cuenta. Es muy desconfiada y no quiere problemas con nadie por irse de la lengua. Lo suyo ha pasado ya —aseveró con un movimiento de cabeza que parecía asomarse a una ventana de un tiempo nunca demasiado lejano.

Bajaron andando por el camino que les había indicado la señora Carmiña. Siguieron su consejo y prescindieron del coche. Adela no hablaba, su mirada parecía ciega y tampoco quería pensar. Se limitaba a caminar. Deseaba encontrar esa casa, al tiempo que su mente se declaraba en estado de alerta porque, de existir el escenario de su pesadilla, ¿qué podría significar? Y lo que era más importante para ella: ¿qué supondría en su apacible vida familiar?

Se paró en seco. Deseó con todas sus fuerzas que no existiera, que continuase formando parte de un sueño, un mal sueño, ese mal sueño y nada más. Y entonces sintió miedo. Un miedo que la golpeaba en el estómago, le levantaba la cabeza y la obligaba a abrir los ojos, a ver, aunque ya no quisiera hacerlo.

Corpulentos castaños en la margen del río levantaban gruesas raíces de la tierra para beber de aquellas aguas que murmuraban, esquivando piedras y arrastrando hojas que se desprendían de la sombra de grandes copas verdes. Aquellos árboles parecían amenazar con levantarse, con salir corriendo al encuentro de unos robles alineados como auténticos vigías frente a una casa. Una vieja casa de piedra con media fachada cubierta de hiedra y begonias en las tres ventanas de la planta superior, que conferían un poco de frescura y color a aquel entorno mortecino y lánguido. Y ahora también aterrador. Así lo sentía Adela en el fondo de su alma.

La casa existía. Entonces, esa mujer..., ¿su muerte? Notó que el estómago se le contraía, prisionero del pánico, y se adentró entre los matorrales que ocultaban el tímido caudal para dar paso a la imperiosa necesidad de vomitar.

Pálida, aliviada y fingiendo un sosiego que no sabía si recuperaría alguna vez, regresó al lado de Álvaro y de Martín para llamar a la puerta.

Adela ya tenía pensado lo que les iba a decir a los dueños de la casa para ganarse su confianza y que no sospecharan que era una loca.

—Hola, buenas tardes —empezó diciendo—. Trabajo para la revista Casa y estamos preparando un suplemento especial para el próximo mes sobre casas rurales en Galicia. De hecho, habíamos pensado incluir la suya en el reportaje, si les parece bien. Pero justo estábamos paseando por esta zona cuando el niño se ha puesto un poco malo de la tripa, probablemente algo le ha sentado mal, y le ha dado diarrea. Me da un poco de apuro, pero ¿me permitirían usar su baño?

Álvaro estaba atónito por la facilidad con la que su mujer había tejido una mentira aceptable y por lo creíble que parecía al contarla.

Adela agarraba con ternura y aires de preocupación la mano de Martín, mientras su marido observaba sereno la expresión de una mujer especialmente llamativa en aquel entorno. Sus labios, pintados de un rojo fuerte, destacaban en una tez blanca enmarcada por un cabello rubio platino que alcanzaba la altura del mentón. Esos detalles, sumados a la estrechez de sus pantalones vaqueros y a lo colorido de su blusa, evidenciaban que no era natural de aquel lugar.

La dueña de la casa tardó unos segundos en comprender la situación, tras los cuales se presentó con una amplia y blanca sonrisa, abriéndoles la puerta de par en par y permitiéndoles pasar al interior.

La mujer se mostraba accesible y extrañamente confiada. Lo entendieron al ver la fortaleza física de su marido. Ambos, rondando los cuarenta, estaban en buena forma. Rendidos al culto al cuerpo.

Al cruzar el marco de la puerta, el corazón de Adela latía con urgencia, desbocado, atropellando su respiración. Aquella casa era el escenario de su sueño. El lugar de una muerte violenta. La presión constreñía sus arterias con un dolor punzante que atravesaba sus sienes. Procuraba mantener la compostura y mirar al suelo. Por un momento, creyó ver un enorme charco de sangre bajo sus pies, frente a un aparador de madera antiguo. Su mente le estaba jugando una mala pasada. Se asustó en silencio y miró hacia el techo, al hueco de la escalera. Al tiempo que subía la mirada reparó en los gruesos balaústres que protegían cada peldaño. Las imágenes de su sueño, tan recurrente como perturbador, se solaparon con la realidad y creyó ver la caída de la joven mujer. Sus ojos abiertos clamando al Cielo, sus lágrimas mezclándose con la sangre.

Incapaz de digerir lo que estaba sucediendo, buscó la puerta a sus espaldas con un imperioso deseo de huir. Salir corriendo era lo que le pedía su cuerpo, pues su mente la golpeaba, la torturaba con imágenes igual de reales que irreales y ya no podía discernir.

Álvaro conocía esa mirada inquieta de desconcierto y tristeza. Consciente de la incomodidad de su mujer, la miró un segundo, sonrió y la cogió de la cintura.

—Creo que a ti también te ha sentado mal la comida, ¿no es cierto? —dijo Álvaro para romper el hielo—. ¿Te encuentras indispuesta?

Adela asintió mirándole a los ojos. Tocándose el abdomen con una mano, se giró hacia la argentina y lanzó una media sonrisa buscando empatía.

—Disculpa, ¿me puedes indicar dónde está el aseo, por favor?

—Por supuesto, perdona. El baño de abajo tiene una avería y le hemos cortado el agua. Tendréis que usar el de arriba. Esta casa es muy antigua y requiere mucho mantenimiento.

—Vale, gracias. Sin problema. Sube conmigo, Martín.

La mirada de Álvaro y la sonrisa divertida de Martín mientras subía las escaleras relajaron la mente de Adela y le permitieron recuperar su rol detectivesco. Le dolía estar en aquella casa; su cuerpo y su mente reaccionaban como en una cámara de tortura, pero aun así necesitaba saber más. Pensó que le venía como anillo al dedo la coyuntura de la avería para poder subir a la planta de arriba, pues era la que salía en su sueño con mayor claridad. Necesitaba verla. Necesitaba encontrar alguna pista que arrojara luz sobre aquella oscuridad que la asfixiaba, sobre la locura que solo estaba empezando a vivir.

Álvaro pasó con los dueños de la casa a la cocina y allí se presentaron. Se llamaban María Elena y Julio José y eran argentinos, llegados unos cinco años atrás, para empezar una nueva vida en la tierra que vio nacer a sus abuelos. Ambos habían crecido al son de la muiñeira del Centro Gallego de Buenos Aires, estudiando la profundidad de los versos de Rosalía y redescubriendo el patrimonio de la nación de Castelao con su obra Sempre en Galiza, por lo que no tardaron en aceptar su alma máter en medio de la confusión y el sentir bucólico del emigrado.

Álvaro disfrutaba escuchando las historias y demás anécdotas de aquella pareja. Era un gran conversador y le gustaba conocer a gente nueva y diferente. Incluso podría decirse que prefería compartir un rato con los que tenían vidas e ideas radicalmente opuestas a él, porque consideraba que solo de esa forma se puede abrir la mente y fortalecer o cambiar ideas preconcebidas, la mayoría de las veces equivocadas.

—Al final, habéis cumplido entonces el sueño de vuestros abuelos de volver a Galicia, ¿no es así? —preguntó Álvaro con una sonrisa.

—Así es —se adelantó María Elena, mirando a su marido con otra sonrisa en el rostro—. Nos surgió la oportunidad y decidimos empezar una nueva vida aquí. Esta casa y este pueblo nos cautivaron desde el primer momento. Es genuino, auténtico. Y la casa estaba en muy buen estado y..., por qué no decirlo, nos salió muy bien de precio.

—¡Qué suerte! Sí que es algo a tener en cuenta. —Álvaro sonrió, cercano—. ¿Desde Argentina?

—Pues sí. Nos la vendió un amigo. Bueno, no es exactamente un amigo. —Mientras se explicaba, se levantó a buscar más café—. Julio y yo nos licenciamos en Bellas Artes en la Universidad de Buenos Aires y a este señor lo conocimos en una exposición. También es artista y descendiente de gallegos. Supongo que esto no es nada difícil en la Argentina. —Soltó una carcajada que mostró su dentadura excesivamente blanca—. Comentamos que nos gustaría vivir aquí y él quería vender esta casa. No tenía interés en mantenerla ni tampoco en volver, así que se la compramos sin necesidad de negociar mucho, y... aquí estamos.

Abrió la puerta del dormitorio principal con sigilo, mientras el pequeño Martín permanecía tranquilo sentado en el baño. Era mejor que el niño no supiera de sus intenciones detectivescas o se lo contaría a los dueños de la casa.

La pared de la habitación estaba cubierta de un papel de gusto dudoso para alguien que buscase relajar la vista al terminar el día. Vio el armario empotrado, ahora lacado en blanco. Lo abrió con sumo cuidado por miedo a que chirriase. Nunca había visto tantos zapatos de tacón y de tantos colores fuera de una zapatería. Cerró esa puerta y probó con la contigua. Allí había ropa colgada en perchas y sobre el suelo unas cajas para guardar más zapatos. Las hizo a un lado y se dispuso a entrar en el armario con la ayuda de la linterna de su teléfono móvil. Fue pasando las puntas de los dedos por el perímetro del fondo hasta que encontró la ranura de la trampilla que le permitió, previo empujón silencioso, acceder a un hueco o diminuta estancia secreta.

Estaba lleno de telas de araña y polvo, pero era el escondite que veía en su sueño. Se sintió naufragar y a la deriva. Sus desvelos zozobraban de nuevo, ahogándose en su retina, imágenes reales e irreales que se fundían golpeando su pecho hasta provocarle el mareo, la náusea. Sintió que un tornado a su alrededor lo arrasaba todo y ella no podía hacer nada. Su fuerza era devastadora, girando muy deprisa, descomponiendo todo en el aire, desapareciendo. Cerró los ojos un segundo queriendo abrir su mente. Quería llorar y se dejó caer en el suelo. Se cubrió la cara con las manos, frotando con fuerza para que las lágrimas no apareciesen. Ahora no aportaban nada. Pensó que los torbellinos son de paso y la calma siempre llega. Se pellizcó, ahogó el miedo en su garganta y no se dejó paralizar. Debía centrarse, tenía poco tiempo. En el suelo de la estancia secreta había un pequeño camafeo. Lo cogió, lo encerró dentro de su puño y lo guardó en el bolsillo del pantalón. Había sido un acto reflejo.

En un rincón había una caja de madera. Era pequeña y estaba cerrada con un candado, más disuasorio que funcional. No lo pensó, sintió que debía llevársela. Se quitó la chaqueta y la envolvió. Dejó el armario tal y como lo había encontrado y se dirigió al baño, a ver qué hacía Martín. El pequeño la estaba esperando sentado en el suelo.

—¡Qué bien te has portado, mi vida! Espera aquí otro minutito que ahora vuelvo.

Adela bajó sigilosa la escalera con la caja escondida bajo la chaqueta y la ocultó en la silla de paseo del niño, bien envuelta en la manta de Martín. Volvió a ponerse la chaqueta y subió a por el pequeño.

Estaba ansiosa por abrir la caja y ver lo que escondía. Necesitaba regresar al hotel y ordenar todo lo que estaba viviendo. Sus ansias por saber más de toda aquella locura chocaban con el profundo temor de alterar la vida tranquila que llevaba en su casa, con su familia. Pero, por otro lado, la angustia la devoraba al intuir que el sueño era más que un sueño, y se preguntaba quién era la joven a la que veía morir, quién la había asesinado, por qué, por qué ella soñaba con esa casa... y lo más importante: ¿qué había pasado con las niñas?

7

Pazo de Altamira, junio de 1919

Las cortinas habían quedado perfectas, aportando distinción y marcando el buen gusto de la condesa de Altamira. El salón lucía engalanado como en los mejores tiempos del pazo para no decepcionar a los invitados. Lo más granado de las casas nobles de Galicia y del norte de Portugal estaba presente, pese a los malos tiempos que corrían para la aristocracia en el país luso, la cual, aun sin títulos oficiales, no renunciaba al único estilo de vida que conocía. Doña Leopoldina de Bragança, madre del señorito Luis, pertenecía a una casa con títulos de ducado y opciones a la corona. Su matrimonio con don Gerardo le había permitido huir con su fortuna a tiempo y multiplicarla en Brasil, mientras que en Portugal se precipitaba la república.

Emilia iba de un lado para otro portando una bandeja de plata con los cócteles para los distinguidos invitados. Estaba fascinada con la elegancia con la que aquellas mujeres lucían vestidos, peinados y joyas con el poder de deslumbrar a cualquiera. Sabían cómo moverse. A Emilia le parecía que en lugar de andar, levitaban con el cuello muy estirado, envueltas en perfumado donaire de clase y con la gracia en las manos. Manos finas que mostraban una realidad a la que Emilia no había tenido acceso. Tampoco se podía decir que fuese causa de sus desvelos, no era esa la vida que ambicionaba para sí misma. Era una joven curiosa y así observaba aquel mundo paralelo al suyo; acercándose invisible, sin perder detalle, con unos ojos claros que desconcertaban la belleza de las presentes y despertaban la osadía de aquellos que veían en ella algo más que una bandeja. Era ese el momento en que recordaba su obligación al recato, fijando la vista en la punta de sus zapatos, sumisa y conforme.

Obligación que había sabido cumplir el día anterior, en un instante prestado a anécdota, cuando el joven señorito Luis tropezó casualmente en el pasillo con su enérgica disposición, mientras ella, en lo alto de una escalera, limpiaba un óleo de grandes dimensiones donde se exhibía la belleza del Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago. Como un torbellino, a punto estuvo de arrearle cual fusta a un caballo en un giro impredecible del plumero. Justo a tiempo, él se detuvo en seco para no ser golpeado, pero sin poder evitar dar un golpe a la escalera. Asustada, soltó un pequeño grito que la sacó de su trance, haciendo que perdiera ligeramente el equilibrio. El señorito Luis, caballero de noble disposición, no dudó en agarrarla por la cintura y evitar un percance mayor.

Emilia, absolutamente ruborizada, se agarró a la escalera y bajó con cuidado cada peldaño con las piernas temblorosas. Una vez en el suelo, miró a los ojos al señorito Luis adelantando una disculpa a su torpeza. Él, por su parte, con el ánimo fácil de quien sabe vender lo que nadie piensa en comprar, le mostró una sonrisa más pícara que cortés y le restó importancia diciendo que había sido él el culpable, por ir pensando en las musarañas sin prestar la debida atención a la belleza de cada estancia.

—Fijaos, señorita, si hasta sonríe el encuentro el mismísimo profeta Daniel desde el sagrado Pórtico de la Gloria —dijo el joven con aire de donjuán y una sonrisa blanca que destacaba pulidas y atezadas facciones.

Cuanto más amables eran sus palabras y sus gestos con ella, mayor era el grado de incandescencia que sentía en sus mejillas.

—Confío en las buenas intenciones del profeta —continuó el señorito Luis—. No actuaría de ese modo, de tratarse de otro hombre, pues me obligaría a batirme en duelo con la mismísima espada de la Casa de Altamira. —Señaló con una mirada coqueta a una panoplia de madera que se exhibía a un lado del óleo.

Emilia no contempló la opción de responder nada. Embelesada por sus ojos color miel, que la buscaban como dos diablillos con gracia, quizá con un punto de descaro, parpadeó y rompió el embrujo de olor a distinguido perfume francés con notas de flores silvestres, acordes sin duda a su personalidad. Ella se despidió con otra disculpa que pretendía sonar aséptica y salió como alma que lleva el diablo en dirección a la cocina donde aguardaba su madre.

Cándida no pudo evitar señalar a su hija que sus carrillos parecían amapolas en primavera. Emilia, incapaz de guardar secretos a su madre, sintió la necesidad de contarle el desafortunado encuentro con el joven Luis, haciendo hincapié en lo afable y cortés de su persona.

La prudencia caracterizaba cada reacción de Cándida con los demás, sobre todo con su hija. Su corazón había sido doblegado y amansado a fuerza de necesidad en aquella casa, y su palpitar se había vuelto cauto y también quebradizo, fruto de una fiebre reumática de la niñez que, tal y como se decía, «había lamido sus articulaciones y le había mordido el corazón». Porque no había tenido opción y había aprendido a meditar respuestas y a medir silencios. Así que a Emilia no le resultó nada extraño que su madre no añadiese respuesta o gesto alguno al escuchar su anécdota y, solo antes de dar por terminada la conversación, le indicase fríamente el deber de alejarse del señorito.

—Madre, no tiene usted de qué preocuparse —musitó con el gesto serio—. No me interesa conocer hombre.

—Emilia, eres muy joven. Tal vez conozcas a alguien que merezca tus atenciones, pero no en esta casa, hija. Haz caso a tu madre. Sé de lo que hablo.

Escuchando sin lugar a réplica, levantó la vista con un punto de picardía. Intuyó una rendija al pasado de su madre y a sus emociones y no quiso perder la oportunidad de acercarse.

—¿Alguna vez se ha enamorado usted? —dijo casi entre susurros, respetando el circunspecto sentir de su progenitora.

—Una vez, hija. Pero de eso hace ya mucho tiempo... —Asintió incómoda, sin dar pie a continuar con la conversación. Luego recobró la fortaleza en la voz—. Ya está bien de confesiones que no conducen a nada. Volvamos al trabajo.

—¡Espere, madre! Dígame solo qué pasó.

—Él se casó con otra, y a mí me dejó una barriga y un ramo de flores.

Emilia la contemplaba con el gesto apesadumbrado. Entendía lo doloroso del tema para su madre y ya no tenía interés en profundizar.

—Descuida, hija. Me dio lo más bonito que he tenido: a ti. Y un ramo de rosas blancas. Mis favoritas. El único hombre que se ha molestado en conocerme como para saber que eran mis favoritas —confesó con el recuerdo tembloroso en su mirada cansada.

—No sufra usted, madre. No sería tan bueno cuando la abandonó en estado.

En este punto, Cándida respiró profundamente mientras alejaba a los fantasmas del pasado.

—Dejémoslo estar. Es importante que no te acerques al señorito Luis. No queremos problemas, ¿verdad que no?

La joven inclinó la cabeza hacia delante y negó con un pequeño y rápido movimiento, dejando claro que acataría las normas de su madre.

Cándida conocía a su hija, por eso sabía que el rubor y la forma de contar el tropiezo con el señorito Luis habían significado algo más para ella. De ahí su preocupación; no podía permitir que surgiese ningún sentimiento, ni mucho menos ningún deseo, entre ellos.

Durante toda la cena y hasta el momento en que los hombres, incluido el joven Luis Gómez de Ulloa, se despedían de las damas para fumar los puros, Cándida vigilaba cada movimiento de su hija, indicando a otras sirvientas que se ocuparan de la mesa destinada a la familia de los condes. Sin hacer preguntas, Emilia acataba las indicaciones de su madre, pues sabía que era importante darle tranquilidad.

Aun así, esa tranquilidad estaba lejos de afianzarse, y resultaba evidente en cada incursión que Cándida hacía al salón de verano, donde tenía lugar la cena, pues podía ver cómo el señorito Luis orientaba su mirada hacia Emilia, unas veces de reojo, otras, demasiadas, con un brillo que acompañaba una sonrisa pequeña, casi rebelde. Parecía disfrutar con sus movimientos torpes e imprecisos en un ambiente de refinada compostura. Cándida lo veía, y sufría. Su más de medio siglo de vida le permitía identificar ese tipo de afinidades y sensibilidades especiales entre jóvenes. Parecía buen chico, estaba segura de que lo era, pero eso para ella no significaba nada.

Esa noche, más silenciosa y pensativa que de costumbre, se acostó con un nudo en el estómago que le había impedido tomar bocado alguno. Por su parte, Emilia no quiso importunarla y, sigilosa, se tumbó en la cama al lado de José María. Realmente lo había extrañado durante la larga jornada de trabajo. Contempló su rostro angelical unos segundos, tal vez más, y le besó la frente. El pequeño se movió perezoso, abrió un ojo, luego los dos, y le pidió que le contase un cuento. Y ella, incapaz de resistirse a la petición, sacó con mucho cuidado de un cajón el manido cuaderno de autor desconocido que el padre Eliseo le había regalado años atrás y seleccionó entre sus páginas, apergaminadas por el tiempo, un cuento muy especial, el más especial de cuantos recogía, titulado «La hija del mar esmeralda». Y así, entre susurros que acompañaban los ágiles movimientos de sus manos, Emilia comenzó a leer. Lejos de ser una gran obra, aquella historia le transmitía fuerza. La misma que quería para su hijo. Hablaba de una pequeña náufraga, hija de una tierra lejana donde el sol brillaba sin más descanso que el que ofrecía la noche. Un lugar especial en el que el mar lucía un abanico de colores entre azules y verdes, claros y translúcidos, que se cubría de elegancia y sosiego bajo el argénteo barniz de la luna de medianoche. Una tierra que era casi un espejismo, rayano en la fantasía o la ficción mejor pintada. A la niña se la habían llevado de noche, amordazada para que no diera cuenta del tamaño de la traición. Y sin tratar de impedir siquiera que el fuego a sus espaldas quemase todos y cada uno de sus recuerdos. Viendo cómo las llamas devoraban su mundo de fantasía. Extrañando los brazos de su madre, deseando que solo fuera un mal sueño. Una pesadilla en la que unos hombres sin fe y sin escrúpulos la habían subido a un barco y la habían obligado a cruzar el océano convirtiéndola en parte de un botín. Lloraba sabiéndose sola, con el ánimo quebrado, sin probar comida ni bebida, hasta que sus ojos, brillantes como el mar que la añoraba, se secaron con la aridez de un riachuelo en el desierto. Con su llanto rezaba e imploraba a Nuestra Señora del Mar. La leyenda que recogía aquel cuento decía que sus lágrimas eran tan abundantes que la Virgen, sintiendo su dolor como propio, la miró y tornó sus ojos del mismo verde intenso que la niña tenía en los suyos. Y fue así que de los ojos de la Virgen, grandes y brillantes, ahora verdes como esmeraldas, habían brotado piedras preciosas en forma de lágrima. Apiadándose de la niña, Nuestra Señora la salvó de ser engullida por la furia del mar en aquella noche de centelleantes relámpagos y estentóreos truenos, en la que todos sus captores se toparon con la justicia del Atlántico y la Costa da Morte. Finalmente, la niña encontró su destino en la orilla, jurando velar siempre por la Virgen, en un templo que se alzaría desde el mismo mar. Sin más arma que su cuerpo, su alma y su espíritu, creció cada día más fuerte, sin miedo a las tormentas ni a los monstruos ni a los hombres.

Tras la puerta de aquel cuarto, don Rodrigo escuchaba ahogando nostalgia, con la vista clavada en la manta de lana que cubría sus piernas inmóviles y la cabeza hundida entre los hombros. Él también había sido fuerte una vez y entendió que el destino no era más que una parada antes de perder el miedo para siempre.

A la mañana siguiente, Cándida se levantó antes del canto del gallo para adelantar los desayunos. Parecía haber encontrado un poco de calma tras una noche cargada de recuerdos y temores, en la que solo el amanecer y una idea consiguieron devolver la templanza a su ánimo.

José María se llevó una inmensa alegría al despertar y sentir el abrazo de su madre, tendida junto a él, en la misma cama. Para él era uno de los pequeños placeres de la vida. Eso, su pelota de trapo y lanzar pequeñas piedras a la fuente, mientras su madre se hacía la despistada lavando la ropa de toda la familia.

Tras abrir la puerta de la cocina, a Emilia le llamó la atención no encontrar allí a Cándida; concluyó que estaría en la despensa organizando la comida del día y se dispuso a desayunar junto al niño, no sin antes llevar las pócimas que cada dos semanas preparaba el boticario para el señor conde.

Ya estaban terminando el desayuno cuando, al fin, apareció en las jambas de la puerta.

—Buenos días —dijo con su habitual tono sereno, apurando una mínima abertura tras ella.

—Buenos días, madre. Me había inquietado al no verla. ¿Adónde ha ido?

—He bajado al pueblo a hacer unos recados. Todo bien, no te preocupes. Tengo que hablar contigo.

—Diga usted, madre.

—Mira, aunque ahora no lo veas así, son buenas noticias. Tú quieres que el niño tenga más oportunidades y vaya a la escuela, ¿verdad? —Hizo una pausa mientras Emilia asentía con la cabeza—. Pues te he conseguido un trabajo para que hagas un dinero para el futuro del niño y el tuyo propio, porque yo no voy a estar siempre, ya lo sabes.

Emilia seguía expectante el argumento de su madre, asintiendo con la mirada y deseando no tener que pensar en lo que estaba escuchando.

—Puedes ir los meses de verano de jornalera a Santiago. Si trabajas bien, te darán hasta una peseta al día. Y después del verano te vuelves para el pazo con unos ahorros.

Emilia no se lo esperaba. Su gesto se congeló unos segundos en los que trataba de encajar la crudeza de aquella oferta. Nunca imaginó tener que salir del pazo y dejar atrás a su hijo. Pero ahora la oportunidad se presentaba y era justo por él que estaba dispuesta a hacerlo. Las lágrimas aparecieron mal contenidas al contemplar a José María, ajeno, jugando en una esquina de la cocina con la pequeña pelota de trapo, la que ella misma le había cosido por no tener con qué pagar el medio patacón que le pedía el tendero. Sabía que su madre no buscaba su parecer en aquella propuesta de trabajo. También sabía que debía hacerlo. La decisión ya estaba tomada.

—Dígame, madre, ¿cuándo debo salir para Santiago?

—Mañana temprano. Y por el niño puedes estar tranquila, hija, sabes que yo lo cuidaré.

—¿Ya lo saben los señores condes?

—Sí, está todo dispuesto. Alégrate, neniña, verás que el verano pronto pasa y ese dinero te vendrá de perlas para pagar la escuela al niño.

—Tiene razón, madre. Sé que José María estará bien. Y sé que usted también lo estará. Pero los voy a extrañar mucho. Nunca he salido de aquí...

—Eres lista y espabilada —interrumpió su madre—. Todo va a ir como debe ir. Mañana saldrás con las hermanas Casal, las hijas del herrero, que en paz descanse. Ellas necesitan hacer algo de dinero para arreglar su situación y la de sus hermanos pequeños, porque si no los pobriños acabarán en la inclusa.

—Gracias, madre —susurró Emilia tragando amargura—. Usted siempre pensando en todo.

—No me des las gracias todavía. Tengo una cosa para ti —le anunció Cándida con una sonrisa que escondía su propia tristeza.

De un bolsillo sacó un pañuelo de un blanco prístino. Lo abrió con mucha delicadeza y respeto dejando al descubierto una cadena plateada con un deslumbrante camafeo de azabache de Nuestra Señora del Mar con el Niño en brazos, rodeada de pequeñas incrustaciones de piedras que parecían esmeraldas, tal vez en recuerdo a la leyenda de aquella Virgen intercesora de los lamentos de tantas madres.

Mostrando su entendible desconcierto, Emilia miró a su madre con los ojos muy abiertos.

—Pero, madre, ¿de dónde ha sacado usted esta joya? Parece muy cara...

—No creo que tenga mucho valor, hija. Supongo que serán piedras de imitación de esas. Pero eso no importa. Esto es lo único que tengo de mi madre. De nuestros orígenes, Emilia. Aunque no sepamos bien cuáles son. Estoy segura de que mi madre era una mujer honrada que me dejó a las puertas de esta casa porque no tenía nada mejor que darme. Te protegerá. Cógelo y guárdalo con celo, miña nena. Cada noche rézale a la Virgen para que cuide de ti y del pequeño José María. Cuando pase el verano, volverás a abrazarlo.

Emilia lo envolvió con esmero y se lo llevó a su dormitorio, en donde durante unos minutos, los pocos de los que podía ser dueña, se entregó al desconsuelo.

En la soledad de la cocina, Cándida abandonó la pose de fortaleza y seguridad que había mantenido ante su hija y se santiguó vacilante, lamentando tener que alejarla del pazo, de la gran Casa de Altamira y del señorito Luis, e imploró al Altísimo por su familia. Emilia y José María eran todo cuanto tenía en esta vida. Buscaba en su luz el brillo de sus propios ojos. Sabía bien que sin ellos solo habría oscuridad y tinieblas.

8

Santiago de Compostela, abril de 2011

Se marcharon casi sin despedirse. Adela estaba muy nerviosa y Álvaro demasiado preocupado por ella como para continuar representando el papel de articulista de una revista de hogar y decoración.

Antes de subir al coche, ella vomitó una vez más. Luego entró y se sentó. Estaba aturdida y muy cansada. Apoyó la cabeza en la ventanilla mientras Álvaro le ceñía el cinturón de la silla a Martín, que de nuevo se había quedado dormido.

De repente, Adela dio un brinco y salió del coche antes de que su marido plegase la silla de paseo. Sin vacilar un segundo, agarró con ambas manos el hatillo con la caja que había rescatado del armario y volvió a sentarse en el asiento de copiloto. Retiró la manta que la envolvía y trató de abrirla. Le dio un par de vueltas impaciente y, con la mala fortuna que cargan los nervios, se le resbaló y fue a parar bajo el salpicadero. Frustrada, confundida, torpe, rompió a llorar tapándose la cara con las dos manos.

Álvaro no soportaba verla así. Parecía tan vulnerable que no la reconocía. La abrazó fuerte, sintiendo sus latidos, el ritmo con el que la golpeaban. No entendía el miedo, todavía no, pero pronto lo haría. Con un brazo alcanzó la caja bajo el salpicadero y la miró.

—¿Qué es esto? —preguntó con extrañeza.

—La encontré en la casa —dijo ella, frágil, trémula, silenciada por aquel tambor que percutía en el centro de su pecho.

—¿La has cogido de la casa? —insistió incrédulo.

—Álvaro... —Tragó saliva para permitirse el derecho a la explicación antes de ser juzgada—. Estaba en el hueco de la pared, el que vi en mi sueño. Créeme, ellos no la echarán de menos. Ni siquiera conocen la existencia de ese doble fondo del armario, estoy segura. —Su mirada se perdió buscando su reflejo en la ventanilla—. Parece que conozco yo mejor los entresijos de esa casa por mis sueños que sus propios dueños... No tiene sentido —musitó sintiéndose perdida, como una niña en un bosque sin nombre.

Adela metió la mano en el bolsillo de su pantalón buscando un pañuelo en el que aliviar el calor del sollozo en su garganta. Rozó algo con las yemas de los dedos. De pronto lo recordó. Con cuidado, extrajo con la punta de los dedos el camafeo. Lo miró, lo tocó y una ola de nostalgia la abordó de nuevo. Nostalgia que no tenía razón de ser, que no entendía, que no podía entender. Casi como un acto reflejo, lo apretó en su puño y se lo llevó al pecho. Cerró los ojos con tanta fuerza que las lágrimas abrieron dos caudales que ya no podía controlar, tampoco disimular.

Nervioso, frotándose las cejas con una mano y el otro brazo extendido sobre el volante, Álvaro no sabía qué ocurría, qué le pasaba a su mujer, ni cómo podía ayudarla.

—Será mejor que volvamos al hotel. Podrás descansar.

Ella asintió, dejó caer la mano, desfallecida, y la abrió, mostrando el camafeo.

—Adela, ¿también has cogido esa joya? —preguntó sin dar crédito a la suposición, como si estuviera hablando con una desconocida.

—Es extraño... —musitó, tratando ella misma de hallar explicación—. Al verla, sentí que al fin la había encontrado. No sé por qué..., sé que es difícil de entender, pero no podía dejarla allí.

Una vez en el hotel, dejaron a Martín en la cuna de viaje para que echase su siesta, tan necesaria para que la tarde transcurriese en armonía. Pero el niño estaba demasiado estimulado y se negaba en redondo.

Álvaro le contó un cuento para que se tranquilizase y pudiese conciliar una hora de sueño. Los dos se quedaron traspuestos. Tiempo que Adela utilizó para guardar en su maleta y con sumo cuidado la caja que había rescatado de la casa de Vilar de Fontao. Después se dirigió al baño, tenía un gran espejo y tres potentes bombillas como para hacer dudar al más seguro y al más agraciado. Sacó el camafeo del bolsillo y se lo colgó al cuello. Pequeñas esmeraldas regalaban un brillo especial a sus ojos, acentuando la intensidad de su verde natural.

El llanto de Martín rompió el hechizo de las piedras y de la Virgen de azabache con el Niño en brazos tallada en el camafeo. Adela salió del baño y, al verlo sobresaltado por una pesadilla, lo cogió en brazos buscando calmarlo. Álvaro se había quedado traspuesto al lado de la cuna con el brazo metido por un lateral, acariciando la mano del niño. Con el llanto repentino, se olvidó de que su brazo estaba encajado entre los barrotes, y al intentar sacarlo, su quejido contribuyó a incrementar el susto de Martín. Medio dormido y muy enfadado en el regazo de su madre, agarró fuerte el camafeo y, rompiendo la fina cadena que lo sostenía, lo lanzó contra el suelo en un acceso de rabieta todavía mal controlada.

Adela, visiblemente disgustada, se contuvo para no asustar más a su hijo. «El camafeo se habrá mellado y seguro que se ha soltado alguna piedra», pensó.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Álvaro, arrodillándose y recogiendo los pedazos sueltos de la joya.

—Ha sido sin querer. Martín se ha asustado. Lo llevaré a arreglar..., no pasa nada —dijo suavizando la versión de lo que había ocurrido.

—¡El camafeo se ha abierto! —exclamó él, sorprendido, todavía en el suelo.

—¿Cómo dices? ¿Qué quieres decir con eso de que se ha abierto?

—Mira —dijo al tiempo que alargaba la mano y mostraba el camafeo abierto como un libro, con una foto en blanco y negro en su interior.

Adela se acercó a una lámpara a fin de escudriñar el daguerrotipo de cerca. Se veía a una mujer en la veintena, ataviada con un pomposo vestido de generoso escote y talle ajustado. La joven posaba estirando el cuello para mostrar las sofisticadas joyas que vestían su busto. Con la seriedad habitual de alguien de su clase social y de su tiempo, llevaba el cabello recogido en un elaborado moño con raya al medio. Parecía una señorita noble o burguesa del siglo XIX. Mostraba unas facciones delicadas y una mirada cálida y dulce que contrastaba con la rigidez de su ensayada pose.

Junto al retrato había una inscripción grabada: «Quem videre, intelligere». Con la curiosidad quemando la punta de sus dedos, Adela tecleó cada letra en su teléfono a fin de conocer una traducción aproximada.

Álvaro, con Martín en brazos y todavía dolorido en el codo, rondaba la joya con la misma curiosidad.

—«Quien vea, entienda» —dijo Adela marcando el ritmo en cada palabra, sosteniendo el teléfono en la mano—, así se traduce al castellano. Pero no entiendo qué quiere decir. ¿Qué puede significar? —añadió con gesto pensativo y la mirada centrada de nuevo en la foto—. Extraña inscripción para una joya.

—Tal vez en nuestro tiempo no signifique nada, nada importante, pero sí en el siglo XIX —dijo Álvaro con gesto de posibilidad y sin mucha confianza en lo que decía—. De lo que estoy casi seguro es de que la joven de la foto era la dueña de la joya. Sin más —dijo para restarle interés, despreocupado.

—Una entrada de Google me lleva al Génesis —dijo Adela, dispuesta a leer lo que allí decía—: «El que sepa ver, que entienda». Lo recoge el Génesis, el primer libro de la Biblia —añadió con tono interesado—. ¿Crees que tiene algo que ver?

Álvaro negó con la cabeza; no quería dar alas a su imaginación. Conocía bien a su mujer y era consciente de que todo esto, con tan pocos datos para contrastar con la realidad, podía derivar en un asunto enrevesado y poco beneficioso para ella.

—Casualidad, Adela. Pura casualidad. Pero si te quedas más tranquila, es posible que puedan ayudarte con este tipo de joyas en uno de esos talleres de orfebres. Aquí se trabaja mucho el azabache. De hecho, creo que es un mineral típico de esta ciudad. Te habrás fijado en los escaparates. Seguro que te dicen algo sobre esta pieza. Y además te la dejarán como nueva —añadió con una sonrisa que restase significación a todo aquello—. Antes hemos pasado por una calle de nombre bastante intuitivo: rúa da Azabachería, cerca de la plaza de las Platerías...

—Acércate —interrumpió Adela en voz baja, misteriosa—. Fíjate, fíjate bien en los ojos de esta mujer, en su mirada...

Álvaro inspeccionó la foto con maneras de auténtico profesional. Dio un paso atrás, descolocado, mirándola fijamente.

—No lo sé, Adela —balbuceó—. Podría ser.

9

Pazo de Altamira, junio de 1867

—¡Virgen del Cielo! Señorita Celia, ¡está usted calada hasta los huesos! —exclamó alarmada la anciana ama de llaves del Pazo de Altamira—. ¡Y en su estado, señorita! Pase usted y colóquese al calor de la lumbre —imploró levantando del suelo a la joven dama que la miraba con ojos nublados y perdidos, sin dejar de abrazar su vientre.

—Creo que no hay tiempo, Rosario... —acertó a decir la joven con el gesto contraído por el dolor.

—¡Ay, Virgencita, ayúdanos! —exclamó en un susurro mientras estiraba el cuello hacia el interior del pazo buscando el auxilio necesario—. ¡Pepita, ven aquí, neniña! ¡Por Dios, corre!

La joven sirvienta se acercó rápidamente sin entender todavía qué sucedía.

—Ayúdame a llevar a la señorita a la habitación de invitados, que está más cerca de la cocina. Es la más caliente de la casa y tenemos que quitarle ese frío de las carnes antes de que alcance a devorar sus entrañas —se explicó ante la doliente señorita, mientras luchaba contra la cojera que le impedía ser de más ayuda en esa situación.

Pero ella ya no la escuchaba. Las intermitencias del dolor y el agotamiento de su cuerpo no se lo permitían. Necesitaba guardar las pocas fuerzas que le quedaban para hacer frente al momento más importante de su vida.

La tumbaron sobre la cama, con cuidado para no provocarle más padecimiento, y le quitaron el vestido. Lo que ahora necesitaba era la holgura de un camisón. Rosario rebuscó en un armario hasta dar con una prenda apropiada. Debía ser suficientemente cómoda para el inminente alumbramiento y que no importase si se cubría de sangre.

—Pepita, busca al señor conde. Dile que es urgente que venga. Yo terminaré de instalar aquí a la señorita. —La joven sirvienta se dirigía ya rauda hacia la puerta cuando Rosario la llamó de nuevo—. ¡Espera! Acércame esos almohadones antes de salir.

La anciana acomodó a Celia y salió de la habitación sin tiempo ni para tener prisa. Avanzó sus pasos con huella imprecisa, con la urgencia de pedir en la cocina que preparasen las necesarias palanganas de agua tibia, con al menos una docena de paños bien limpios. Al regresar a la habitación, pidió a voz en grito que fuesen hirviendo las tijeras en una olla de agua para cortar el cordón del niño que estaba por llegar.

Con el apremio que la circunstancia requería, las dos sirvientas que estaban en la cocina llevaron a cabo las instrucciones que el ama de llaves les había dado, sin pararse a opinar ni mucho menos a discrepar.

Entretanto, la joven Celia se enfrentaba a un duro trance tras salir huyendo en plena noche para no ser alcanzada por su padre. Había logrado engañarle ocultándose en casa de una amiga de la familia los dos últimos meses, para que este no la obligase a renunciar al inocente que ya vivía dentro de ella. Se había enamorado de un hombre sin rostro laureado ni apellido con eco en la Historia o, al menos, con la resonancia metálica suficiente que salvaguardase el honor de la familia. Nunca tendría el aval de su padre, no había dudas. Lo que había ocurrido era imperdonable a sus ojos. Una traición. Como si lo hubiese calculado. O peor, dejando claro que ella no calculaba nada y se dejaba llevar por burdas pasiones, como si fuese una muchacha más del pueblo, sin más aspiraciones o falta de toda inteligencia. Celia era un verso libre, tal vez por eso más solitario, pero nunca el ripio infeliz y forzado que su padre pretendía. Había crecido devorando obras tan especiales como Madame Bovary o Cumbres borrascosas y creía que podía elegir su destino. Destino diferente al de las jovencitas que la habían acompañado para tomar el té desde la infancia, soñando con príncipes y perfilando estampas familiares, de perfectas, increíbles.

En el interior de la cocina, Rosario pudo oír el atropellado relinchar de los caballos, dividiendo charcos y levantando el agua que parecía caer en todas las direcciones. El carruaje se detuvo abruptamente ante la puerta principal del Pazo de Altamira. Sin dar tiempo al sirviente para atenderle, un caballero de mediana edad, con el porte ensombrecido por un acceso de ira sobre sus movimientos, se bajó rápida y torpemente de un salto para alcanzar los soportales del pazo. Golpeó la aldaba con contundencia repetidas veces, hasta que la puerta se abrió.

Rosario, temblorosa viendo la cólera en los ojos del caballero, acertó únicamente a no entorpecer su camino.

Recuperando momentáneamente la cordura, consciente de que no sabía adónde debía dirigirse, la arrolladora visita se detuvo en la sala de armas, al más puro estilo medieval. Encopetado, su respiración se agitaba más, de ser posible, frente a los dos sitiales en donde, tiempo atrás, él mismo organizaba ceremonias de besamanos entre escudos heráldicos, armaduras y armas, muy del gusto de su rancio abolengo.

—¡Rosario! —vociferó crispado, conteniendo la fuerza de sus mandíbulas—. ¿Dónde está?

—Deme un segundo, señor... —rogó el ama de llaves tratando de templar los ánimos del visitante, guardando una distancia prudente con él.

En ese momento, el señor conde, don Rodrigo, acudía dando celeridad a sus pasos para encontrarse con el embrutecido caballero.

—Haz el favor de indicarme dónde está, ¡ahora mismo! —dijo esgrimiendo autoridad sobre el conde, ante la mirada temerosa del ama de llaves.

—Todavía no la he visto. Y debo reconocer que no entiendo a qué se debe este alboroto —aseveró con un leve desconcierto en sus palabras el joven noble—. ¿Acaso ha sucedido algo que yo desconozca? —añadió fijando su mirada sobre Rosario.

—Señor, lo hice buscar porque ha venido...

—Llévanos al lugar en el que está. ¡Ahora! —le interrumpió el visitante sin dar tiempo a contemplaciones de ningún tipo.

—Tranquila, Rosario. Haga caso al señor —dijo el conde, tratando de apaciguar el ambiente.

En la habitación, la joven se esforzaba por estar a la altura de la situación. Los terribles dolores se apoderaban de su mente y parecía perder la consciencia en cada envite de su cuerpo. Pepita cogía su mano con tibieza, sin saber bien qué hacer.

—¡Rosario! Necesito que venga. Yo no sé qué más hacer —se apresuró a decir la sirvienta al ver que se abría la puerta de la habitación.

La anciana apuró sus pasos, tropezando con la palangana de agua. Por suerte, ni acabó en el suelo Rosario, ni tampoco la mitad del agua y los paños.

—¡Límpiale el sudor! —dijo el ama de llaves—. Ahora viene lo duro, señorita Celia. ¡Empuje!

Los dos hombres palidecieron ante la imagen de la joven dando a luz a su hijo.

El señor conde, don Rodrigo, acertó a cerrar rápidamente la puerta del dormitorio, tratando de entender la situación.

—¡Va a ser abuelo! ¿A qué vienen esos modales?

—No seré abuelo de un bastardo. Te ordeno que te deshagas del niño.

—¿Ha perdido la razón? ¡Está hablando de mi sobrino!

10

Pazo de Altamira - Santiago de Compostela, junio de 1919

El viaje a Santiago no era fácil; a la soledad y la fatiga había que sumar el sofocante calor del verano y el ajetreo para el cuerpo. Los primeros treinta, quizá cuarenta kilómetros, los habían hecho en una carreta tirada por caballos. El dueño les hizo el favor por medio real, en secreto pago por una pequeña deuda que el finado Julián Casal, herrero de la parroquia de San Juan de Meirande, no había tenido tiempo de cobrar. La buena acción con las huérfanas hermanas Casal le permitiría al carretero acallar su conciencia y purgar su deuda. Ellas, jóvenes apocadas y necesitadas, se sintieron agradecidas por el favor, y Emilia contribuyó con lo que pudo: el medio real que había guardado en el mismo pañuelo que envolvía la única joya que había tenido en su vida, el camafeo que su madre le había dado antes de emprender el viaje.

Los restantes cincuenta kilómetros para llegar a Compostela habrían de hacerlos andando con sus aperos de labranza a cuestas. La tortuosa travesía, a merced del tiempo, la suerte y el cansancio, implicaría al menos un par de días de dura andanza. Más, quizá, si se dejaban guiar por la tristeza y el miedo siempre al acecho en cada tropiezo del camino, obligándolas a replantearse el regreso al entorno conocido. Pero las tres jóvenes necesitaban el dinero para sacar adelante a sus familias. Razón poderosa para que la retirada no fuese una opción.

Aurora y Consuelo Casal caminaban despacio, sin ganas de hablar. El luto y la reciente orfandad que vestían y respiraban las conminaba al silencio. Emilia decidió respetar sus tiempos y sus espacios. También ella tenía demonios a los que vencer y debía ser fuerte, por lo que no dejaba de repetirse que solo con el dinero que iba a ganar podría mejorar el futuro de su hijo.

El día estaba oscuro y las nubes amenazaban con descargar un chaparrón en cualquier momento. El fino orballo se fundía con el aire sin llegar a desaparecer, descendiendo la temperatura para la época del año en la que estaban, y lejos de dificultar cada paso, parecía ayudar a sus sofocos, también a sus pasos.

El camino era silencioso y se prestaba a la melancolía, a la nostalgia. Emilia comenzó a fijarse en cada detalle, en todo cuanto veía. Tal vez por pura y necesaria distracción. Tal vez por esquivar sus pensamientos. Había hojarasca en medio del camino. Pasó a su lado sin dejar de mirarla. Un viento caprichoso sopló sin más, deshaciendo el escaso montón de hojas secas que parecía refugiarse de la lluvia. Hojas que pronto se descompondrían en alguno de los charcos que aquella tierra arcillosa albergaría, en pequeñas cuencas, antes de absorber hasta la última gota, siempre tan agradecida. Y aun así, hojas que parecían no querer separarse, que se buscaban y apiñaban ante un viento que insistía en enviarlas a distintos puntos del camino, cada vez más alejadas unas de otras. Sin más fuerza que nulas opciones, las hojas, grandes y pequeñas, se dejaban mover prometiendo encontrarse... Eso pensaba Emilia mientras acariciaba con la punta de los dedos el bulto disimulado de un pañuelo a la altura de su pecho; en él protegía el camafeo, también el recuerdo y las fuerzas necesarias para continuar el camino. Despidió a las hojas, y sabía que en un charco pequeño, quién sabe si en un gran aguazal, volverían todas a estar juntas. Las circunstancias de Emilia ya estaban ahí el día que nació, ahora debía aprovechar el empuje del viento para alcanzar sus metas. Era poco probable que existiese un plan para cada persona. Al menos, uno en el que el ser humano no fuese más que una marioneta y las fuerzas del destino, deidades caprichosas presas del aburrimiento en una existencia insustancial. Levantó de nuevo la vista hacia el firmamento, buscando en él algún rastro de esas entidades corruptas e incapaces ante un poder tan brillante que preferirían ejercerlo ciegas, y en ese momento un rayo de sol se impuso a la opacidad de nubes cenicientas. El camino y el silencio le recordaban que estaba sola. Sola con sus pensamientos. Recordó al señor conde y recordó al filósofo ilustrado. Don Rodrigo le había insistido en cuestionarse la creencia y en pensar con responsabilidad. «¿Acaso una sirvienta puede ser libre?», le había preguntado a quien llamaba «amo». Su respuesta, un placer en la forma y un axioma en el fondo: «Servir es lo que haces, Emilia, pero no determina quién eres. Todos, ricos y pobres, servimos a alguien». En la práctica de sus días, Emilia seguía sintiéndose cobarde y cautiva de su vida, sometida a doña Urraca, al modelo que la Iglesia le dictaba y al recato silencioso de su madre. Pese a las buenas intenciones de aquel aristócrata que, lejos de haber alzado su espada para imponer reyes o gobiernos, imperios o dioses, decía defender únicamente sus libros y su biblioteca. «Sandeces», respondería doña Urraca. «Creencias de necios sin valor para la guerra», terminaría diciendo la condesa.

El segundo día amaneció con un sol que parecía ganar el pulso a las nubes. Emilia disfrutaba viendo los brillos que el astro regaba en los campos todavía húmedos de la lluvia de la noche. Olía a verano, pero también a verde, a tierra mojada y a vida.

Continuaron el camino hablando, fantaseando con todo lo que podrían hacer con el dinero que ganasen en Santiago cuando volvieran al pueblo. Las hermanas Casal tendrían arreglado el invierno para ellas y sus tres hermanos pequeños.

Discretamente, Emilia se llevó una mano al pecho, donde había ceñido la bolsa de tela en la que guardaba el camafeo que su madre le había entregado. Sentir la forma de esa joya cerca transformaba casi por arte de magia la nostalgia en una promesa de reencuentro.

Al fin, después de demasiadas horas de viaje para sus piernas, llegaron a Santiago. Agotadas, pero más animadas y decididas que al emprender su travesía. Las tres mujeres alcanzaron la plaza del Obradoiro con el cansancio más contenido que la emoción, pues la fachada de la catedral premiaba el esfuerzo de los visitantes a la ciudad. Especialmente el sentir del peregrino, después de la soledad y las fatigas del camino.

Emilia se adentró en el imponente templo y deambuló entre rosarios y demás murmullos de letanías, tan desventuradas como interminables, dejándose envolver por el incienso y la cera que se consumía con peticiones imploradas cada día entre desvelos, ante santas imágenes e inmortales formas divinas. Ceremoniosos y espirituales, o al menos aparentes, cruzaron ante ella hombres pertrechados con alba y cíngulo, uno de ellos con estola verde, el color de la espera, del tiempo ordinario, y todos con un crucifijo en el pecho y un misal en la mano.

Desde donde se encontraba, bajo aquella gran cúpula que la observaba, sintió el misticismo de la luz entrando por poniente, inundando de misterio y fantasía la experiencia de los presentes, extasiados con su fe. Justo en la oscuridad de las sombras, Emilia se acercó al parteluz dispuesta a llevar a cabo aquellos rituales que el señor conde le había explicado antes de partir a Compostela. Siguió el sendero de luz que entraba desde el rosetón cuando el día estaba a punto de expirar y acopló su mano en el pilar de mármol en donde estaba el árbol de Jesé. De aquella forma su vida entroncaba con la de Jesús, se integraba como cualquier peregrino en su árbol de la vida. Cerró los ojos, sintiendo el frío del mármol en la yema de los dedos, y respiró profundamente dejando que un aura de espiritualidad la envolviese por un momento.

Después avanzó despacio hasta el otro lado del parteluz para colocarse frente al Maestro Mateo. Acercó su cabeza a aquel rostro enmarcado por rizos y le dio los tres golpes que marcaba la tradición del segundo ritual del peregrino. Permaneció ante él un momento buscando sus ojos que se perdían entre las piedras y se acordó entonces de Rosalía. Pues no había sido otra sino la poetisa quien había rogado al Maestro que le revelase el secreto de su obra.

Aquella obra de colores y formas, de miradas vivas, que hablaba todas las lenguas. Advirtió entonces una extraña marca en una piedra que le pareció tener forma de azada, quizá fruto de la sugestión de sus circunstancias. No le dio más importancia. Vio después otra marca, una extraña cruz al lado de dos círculos que se entrelazaban. Creyó ver en ellas quizá otra lengua o un lenguaje para ella desconocido con la que el Maestro Mateo quisiese contar más de lo que le estaba permitido. Maravillada e impresionada con los detalles del Pórtico de la Gloria, Emilia paseó su admiración por cada figura al punto que un escalofrío recorrió su espalda al volver la vista a los condenados, a aquellos devorados por los demonios de sus propios pecados. El mensaje sobrecogía por su realismo y también por su contundencia.

Eran las seis de la mañana y Emilia esperaba en la plaza de la Quintana, junto a los demás jornaleros, a que llegasen los capataces para elegir a los trabajadores más válidos y fuertes y llevárselos a las parcelas de labranza.

A esas horas la plaza de la Quintana despertaba con un bullir de gente en todas las direcciones. Entre los jornaleros y aspirantes que se preparaban en la plaza, circulaban aguerridas trabajadoras, portando lecheras de aluminio sobre sus cabezas para su reparto matinal. El intenso olor de la leche recién hervida despertaba los sentidos a los presentes, recordándoles la necesidad de un jornal que calmara sus hambrientos anhelos.

Emilia mostraba su gesto más comprometido con el trabajo y se afanaba en destacar entre los hombres más fornidos, pues eran ellos quienes se llevaban el jornal de una peseta por día trabajado en el campo. Intentaba sobresalir a pesar de sus exiguos cincuenta kilos de peso repartidos por su escaso metro sesenta de estatura. Era menuda pero muy ágil. Y eso era de gran valor para la recogida de la patata o para plantar el centeno y el maíz. Compensaba lo menudo de su cuerpo con inmensas ganas de trabajar para conseguir el mejor jornal. De esa forma volvería con su hijo para darle una educación y más oportunidades que las que ella había tenido. Ese era su objetivo, lo tenía claro y pelearía hasta la extenuación para lograrlo y poder regresar al pazo.

Su ímpetu y su energía la traspasaron y surtieron el efecto que buscaba. Un viejo capataz se detuvo frente a ella.

—Media peseta de jornal para la recogida de la patata. Cuatro días —le dijo sin mediar formalismo alguno.

—Una peseta, señor —negoció una Emilia envalentonada que trataba de disimular un leve temblor en su voz.

El capataz la miró de arriba abajo y se echó a reír a carcajadas.

—No se arrepentirá —replicó ella—, verá que lo valgo.

Emilia recordaba el coraje de las mujeres de los libros que el conde le había consentido leer. La impronta indeleble de Jane Eyre, el carácter persuasivo de Elizabeth Bennet en Orgullo y prejuicio, pero también la fuerza silenciosa de mujeres como su madre, e incluso el valor inocente de su misma adolescencia, desafiando su condición de sirvienta y de mujer al acercarse desde la humildad de sus manos y la curiosidad de sus ojos a las grandes obras de los más grandes pensadores, hasta altas horas de la madrugada.

—Muchacha, no creerás que te voy a pagar a ti lo mismo que a uno de esos mozos —dijo señalando a un grupo de cuatro jóvenes con hercúleos brazos de campo.

—Le aseguro que no se va a arrepentir. Soy menuda pero muy rápida. Sé que no tengo la misma fuerza para cargar los sacos llenos, pero si se trata de cavar y recoger patatas, soy más ágil que ninguno de esos hombres —argumentó con una vehemencia asombrosa.

—Eso lo veremos —apuntó a modo de reto el viejo capataz—. Hoy media peseta y mañana Dios dirá. Si lo vales, yo no le robo el pan a nadie y tendrás tu peseta.

A Emilia no le quedó más opción que aceptar a regañadientes, pero con la cabeza bien alta. Confiaba en sus posibilidades y hasta ese momento creía que eso sería lo único que tendría que demostrar.

11

Santiago de Compostela, abril de 2011

La angosta entrada a la azabachería Francisco Figueroa e Hijos anticipaba la escasez de espacio para atender a clientes y demás turistas y curiosos, atraídos por el buen gusto de su minimalista escaparate. Todos ellos se acercaban para disfrutar de un taller de orfebres que presumía de ser el más antiguo de Santiago. Continuaba utilizando técnicas tradicionales de diseño y pulido para la creación de piezas de joyería únicas. Esa dedicación al taller, localizado en la trastienda, impedía disponer de más holgura para sus clientes.

Tras curiosear unos minutos a través del cristal que exhibía al Apóstol Santiago en distintos tamaños, junto a figas que prometían alejar el mal de ojo, veneras en plata, rosarios, cruces de peregrinos, de templarios y varias decenas de pendientes que lucían en pareja sobre el fondo blanco del escaparate, Adela vio a un anciano pidiendo limosna justo en la puerta, con una lata herrumbrosa y descolorida que no mostraba más que las míseras pretensiones de un hombre abandonado y sin suerte. Su mirada era triste, y se perdía en un horizonte infinito en el que vivía sin saber cuándo había llegado. Adela sintió lástima y recordó a su difunto abuelo. Y no lo hizo por la avanzada edad del hombre, tampoco por un parecido físico, ni tan siquiera por un rasgo o una mueca, pero su mente la arrastró a un recuerdo que le torció el gesto y le encogió el corazón en el pecho: una tarde salían de misa en aquella suerte de centro social en que se transformaba su iglesia de referencia los domingos, cuando otro pobre desdichado, creyendo que a la sombra de un campanario encontraría el atisbo de humanidad que su ánimo necesitaba, cogía en un renuncio a cada hombre y a cada mujer que sin mirarlo lo ignoraban. Aquel día, siendo solo una niña de primera comunión, le preguntó a su abuelo cuál era el motivo por el que no daba alguna moneda a un mendigo. Sin ganas de responder, pero con la educación a que obligaba la distinguida compañía, su abuelo se agachó para depositar en sus oídos infantiles una respuesta sin perder la sonrisa: «En esta vida cada uno tiene lo que se merece». Incapaz de disimular, ella abrió los ojos sorprendida y se fue corriendo en busca de una caricia de su padre.

Adela, sin pensarlo, sacó la cartera y dio una generosa ayuda a aquel anciano, acompañándola de una sonrisa y un comentario con el que le deseaba mejor suerte. El hombre no devolvió el gesto, tampoco dijo nada, se mostraba confundido, casi asustado, pero sus ojos hundidos y diminutos escondían un agradecimiento sincero porque esa mujer había visto a un hombre más allá de una lata y su necesidad de limosna.

Dentro de la joyería, un joven de sonrisa amable se acercó para recibirla y atenderla en lo que pudiese necesitar. En aquella ciudad todo el mundo mostraba una gentileza y un deseo por ayudar al visitante que, claramente, mejoraba la calidad del viaje y la experiencia de disfrutarlo.

—Hola, buenos días —dijo Adela, cordial, enseñando su blanca sonrisa—. Necesito arreglar este camafeo —añadió colocando la joya sobre el mostrador—. Como ve, se le han desprendido dos piedras pequeñas. Aquí las he traído también.

—Ningún problema, señora. Esas piedras son esmeraldas. La joya parece muy antigua y valiosa. ¿Me permite? —preguntó señalando el camafeo.

—Por supuesto —asintió ella.

—Sí, podría ser de comienzos del siglo XIX —comentó.

Para sorpresa de Adela, el azabachero abrió el camafeo sin vacilar y pudo ver la imagen. Le llamó la atención lo evidente que le había resultado a aquel hombre que pudiera abrirse.

—Perdone, señor Figueroa, ¿ha visto más joyas como esta? Por la facilidad con la que la ha abierto, diría que sí.

Él sonrió con un punto de timidez.

—Es muy probable que este camafeo se creara en el taller de mi familia.

Adela escuchaba con atención al joven, sin perder detalle de cuanto explicaba de la joya, pero también de su huidiza mirada.

—Pero yo no soy un Figueroa. El señor Figueroa está dentro. Es muy mayor y apenas sale a ver a los clientes.

—¿Y sus hijos? En el rótulo de la entrada reza «Francisco Figueroa e Hijos». —Adela era incapaz de contener sus ganas de husmear.

—Sus hijos no muestran interés en mantener un taller de artesanos. Hoy en día es difícil encontrar reemplazo generacional. No les culpo. Yo trabajo aquí por las mañanas hasta que consiga reflotar el negocio de mi familia. Por ahora no alcanza para dos salarios, así que mi hermano está al frente, aunque mi padre, jubilado, pase más tiempo allí con él que en casa.

—Es muy triste que se pierdan trabajos artesanos como este. Para mí sois irreemplazables. Verdaderos artistas —alabó Adela con sinceridad.

El joven sonrió complacido antes de contestar:

—Muchas gracias, señora.

—Soy Adela. Adela Roldán —se presentó, apoyando una mano en su pecho—. Por favor, tutéame.

El joven asintió con gesto amable, entendiendo la invitación a presentarse.

—Yo soy Juan de Ortega —contestó con una mano apuntando también a su pecho, y continuó explicándose—: Como te decía, es muy probable que haya salido de nuestro taller. El mecanismo del cierre es el que estuvimos utilizando hasta bien entrado el siglo XX.

—¿Estás seguro?

—Juraría que sí, pero, si me lo prestas un segundo, se lo voy a mostrar al maestro Figueroa para que me dé su opinión. Está en el taller, tras este cristal. —Señaló con una mano.

Dentro podía verse a un señor muy mayor, probablemente octogenario, sentado ante una mesa pequeña desde la que contemplaba el trabajo de jóvenes orfebres que se hallaban al fondo del taller.

Adela accedió a que le enseñase el camafeo y así salir de dudas. Desde donde estaba, pudo ver la reacción del anciano al ver la joya. El hombre se quitó las gafas y lo observó con detenimiento. Aseveraba con la cabeza. Al abrirlo y ver su interior, evidenció cierta incomodidad en la silla. Hizo por levantarse apoyado en su bastón. Parecía ansioso por ver el rostro de la persona a la que pertenecía la joya. Al otro lado del cristal, Adela continuaba observando todo. El anciano exhibió un gesto a medio camino entre la sorpresa y la sonrisa. Se sentó de nuevo y le devolvió el camafeo a Juan de Ortega, mientras parecía darle algún tipo de indicación.

—Disculpa la tardanza. Solo te puedo asegurar que no se ha creado en este taller. Por el cierre, la colocación de las piedras... El maestro dice que no es obra suya. De todos modos, me ha pedido que lo dejes aquí junto con tus datos, y que puedes pasar a recogerlo más tarde.

—¿Crees que llevará mucho tiempo? —preguntó sin estar convencida de dejar allí la joya.

—Bueno, la verdad es que no mucho. A no ser que prefieras llevarlo a otro taller... En ese caso me gustaría recomendarte...

Pese a los intentos de Juan de Ortega por presentarle la opción de ir a otro taller, más concretamente al de su familia, Adela solo se centraba en la inversión de tiempo y en la reticencia a abandonar aquella joya ni tan siquiera un momento.

—Descuida. Si no es mucho tiempo esperaré aquí —afirmó con mucha seguridad, que no tardó en dulcificar con una sonrisa.

Colocadas las piedras, el joven orfebre quiso examinarlo una vez más para asegurarse de que se lo entregaba en perfecto estado. El maestro le había dicho que era una joya muy especial y que le encantaría disponer de tiempo para observarla prestando atención al detalle. «Pura nostalgia del buen trabajo de los artesanos compostelanos», se justificó, creyendo que así mantenía a raya la suspicacia del aprendiz. El anciano se equivocaba. Juan de Ortega sabía más de esa joya de lo que podía imaginar.

Al abrirlo de nuevo, el joven azabachero retiró con precisión la foto para centrarla en su sitio. Del golpe se había torcido un poco. Vio entonces que bajo el daguerrotipo había otra imagen de una joven señora sentada con un bebé en brazos al lado de un niño de unos siete u ocho años. El gesto y la pose de aquella dama trascendían cierta majestuosidad.

Juan de Ortega se apresuró a retirar la segunda fotografía con las pinzas que tenía en la mano. Con mucho cuidado le dio la vuelta y comprobó que, efectivamente, en el dorso de esta sí había dos iniciales: «B. S.».

—¿Y eso? —se interesó Adela.

—Parecen dos iniciales. Imagino que se corresponden con el nombre de la dama.

Sin la imagen, el metal limpio y vacío de aquella joya ocultaba algo. Parecía no significar nada, eso pensaba ella, pero el joven colocó el camafeo abierto bajo la luz de una gran lupa para analizar las líneas inconexas que tenía grabadas.

—¿Todo bien? —preguntó Adela.

El azabachero, inmerso en la exhaustiva inspección de la pieza, no contestó.

—¿Y esas líneas discontinuas? —insistió Adela—. ¿Sabes qué significan?

Juan de Ortega negó despacio, con ojos minuciosos tras la gran lupa.

—¿Podría ser la marca de un taller de azabacheros? ¿O de un artista? Quizá un platero... —Adela indagaba incansable—. Tal vez el señor Figueroa reconozca las marcas y pueda decirme algo. —Estiró el cuello buscando al anciano, pero ya no estaba tras el cristal.

—Descuida, Adela. Yo le preguntaré. Déjame tus datos de contacto y, tan pronto como sepa algo, te lo haré saber —zanjó con una sonrisa cordial que buscaba también parecer despreocupada.

—De acuerdo. Gracias. Te dejo una tarjeta con mi teléfono y mi correo. Te anoto también el hotel en el que me hospedo por si fuera necesario —dijo al tiempo que sacaba de su bolso un bolígrafo.

—Perfecto, Adela —asintió, leyendo la tarjeta y guardándola en un cajón bajo el mostrador—. Disfruta de la estancia en Santiago. Si prestas atención a los detalles, descubrirás que tiene mucho que contar y también que esconder.

Adela sonrió con un tibio asentimiento sin entender muy bien el mensaje y cruzó el umbral de la puerta.

Absorta en sus pensamientos, caminaba por la ciudad, ahora embellecida por los rayos del sol. Los mismos que acariciaban como dedos divinos, etéreos, cálidos, las piedras todavía húmedas de las tormentas de días pasados; colándose entre los tejados, en cada rincón del casco histórico.

Aquella joya parecía querer decirle muchas cosas y ella deseaba descifrarlas. Tal vez ese fuese el único camino posible para controlar la horrible pesadilla que atormentaba todas sus noches y ponía en jaque cada una de sus mañanas. Desde que estaban en Santiago, los sueños oscuros parecían romper el mundo onírico al que pertenecían para desdibujar la realidad. Una realidad en la que su cordura era amenazada por el regusto amargo de la pesadilla y por unos instantes cada vez más prolongados de angustia, por la falta de descanso. Pero ahora, con ese camafeo y las dos fotografías que protegía del paso del tiempo, tenía al fin un punto de partida para hacer las averiguaciones que necesitaba. Por su trabajo en la revista estaba acostumbrada a investigar, a veces incluso en lugares remotos. Podía hacerlo, sabía que podía.

Se detuvo en seco en medio de uno de los soportales del casco antiguo. Fue tan repentino que provocó que la turista nórdica que caminaba a sus espaldas con la vista anclada a su pequeña guía de viaje tropezase con ella, viendo caer a cámara lenta las gafas de sol que llevaba sobre su cabeza. Después de recogerlas del suelo y disculparse en varios idiomas, aunque el más efectivo había sido el lenguaje corporal y la expresión de su rostro, Adela se dio la vuelta para desandar el trayecto que la separaba del taller del señor Figueroa. Se preguntaba cómo era posible que no se le hubiese ocurrido pedir el nombre y la dirección del taller de Ortega. Tenía más posibilidades de conseguir respuestas acerca de la joya y del grabado si se personaba ella misma con el camafeo en la mano.

Cuando llegó a la azabachería Francisco Figueroa e Hijos, cruzó la puerta y esperó. Nadie se había percatado de su entrada en la tienda. Juan de Ortega ya no estaba. Tras el cristal se encontraba el maestro de espaldas, totalmente ajeno a su presencia. Estaba hablando por teléfono. «No importa», pensó Adela, decidida a pedirle el nombre del taller de Ortega. Era imposible que no lo conociese.

Mientras esperaba a que finalizase la conversación, sacó del bolso una agenda para tomar nota de todo lo que le pudiera aportar el anciano. Un movimiento un poco torpe terminó con el cuaderno en el suelo. El ruido del impacto alertó al maestro orfebre, quien salió de la trastienda a ver qué sucedía. Adela estaba agachada tras el mostrador recogiendo los papeles sueltos que se habían caído de su agenda. Al no ver a nadie, el anciano continuó con su conversación, sintiéndose en intimidad.

—Que no, don Braulio, que la chica no sabe nada. Ha salido de aquí tan tranquila. No creo que vuelva... Juan, el joven que me ayuda en la tienda, se lo ha arreglado y ella se lo ha llevado... Poco podía hacer. No ha querido dejarlo... Lo sé, lo sé. Trataré de ofrecerle un precio que no pueda rechazar... Sí, sí, seguro que esa cantidad no la rechaza... No hace falta que me lo recuerde. Soy mayor, pero no estoy senil, señor mío... Pues claro, tengo su teléfono. Y además sé que se aloja en el hotel San Mateo...

Adela, todavía de rodillas tras el mostrador, abrió los ojos convenciéndose de cuanto había escuchado. Ese era el hotel en el que ella se hospedaba. ¿Acaso estaban hablando de ella?

El anciano volvió a la trastienda apoyado en su bastón. Adela aprovechó el momento para erguirse y abrir la puerta de la entrada para que hiciese ruido. Simuló que acababa de llegar forzando una tos que delatase su presencia.

—Buenos días, de nuevo —dijo en tono desenfadado—. He decidido volver por si usted me pudiese orientar algo más sobre esta joya antigua. —Mostró su camafeo en la mano, sin dejarlo esta vez sobre el mostrador.

—Buenos días, señora —acertó a decir el anciano queriendo disimular un pequeño temblor en la boca, acompañado por el involuntario movimiento de sus manos—. Lo único que le puedo decir es que es una joya muy bien tallada. Antigua...

—¿Tal vez la Asociación de azabacheros pueda orientarme sobre el taller donde fue creado?

—Lo dudo mucho. Es una joya bien diseñada y trabajada por manos artesanas, pero nada más. El valor que tiene es por la plata y las esmeraldas. Y como es antigua... Mire, si usted quiere, yo se la compro. Tengo un coleccionista de antigüedades interesado en este tipo de piezas.

—No tengo pensado deshacerme de ella. Solo quería saber un poco más de su historia, por curiosidad... —Ocultaba su interés, desconfiando de cada palabra del señor Figueroa.

—El coleccionista está muy interesado en los camafeos. Pagaría muy bien por este. Realmente bien. Pagaría cincuenta mil euros.

Como un resorte, Adela apretó el puño y ocultó la joya. Respiró, tragó saliva. Pálida y completamente muda. ¿Acaso aquel camafeo podía valer tanto?

12

Pazo de Altamira, junio de 1867

La niña dormía plácida al lado de su madre. Don Rodrigo las observaba con ternura desde un rincón de la habitación. Desde allí, viendo la forma en que los cuerpos de madre e hija se acoplaban buscando calor y caricias, recordó a su propia madre pocas horas después de dar a luz a Celia. La misma mirada, suave y delicada sobre el pequeño cuerpo, con una sonrisa agradecida y cansada. Pero por el gesto de su hermana, más que cansada se la veía exhausta, al límite de sus fuerzas, de sus posibilidades, y la preocupación por ella iba en aumento cada hora que pasaba. El frío y la lluvia de aquella noche, en la que había llegado al mundo su sobrina, parecían haber anidado en el pecho de la joven y hermosa Celia Gómez de Ulloa.

Volcánica y asfixiante, la tos de la madre había provocado el llanto de la niña. Don Rodrigo, atento a las necesidades del momento, se apresuró a coger en brazos a la pequeña. Con escaso vigor, Celia se afanaba en agitar una campanilla entre exhalaciones, buscando la inestimable ayuda de Rosario. Ella siempre la había atendido y protegido al faltar su madre. Se había encargado de cuidar sus desvelos, de esconderla cuando su padre la perseguía cinturón en mano, de limpiar sus lágrimas y de besar sus heridas cuando el escondite resultaba evidente y su cuerpo menudo quedaba expuesto. En más de una ocasión había preferido el ama de llaves interponerse entre la bravura de ese hombre, que habiendo tenido dos hijos no había sido padre de ninguno, y la soledad del inmerecido castigo a una niña, sin más culpa que la herencia de su madre en el rostro.

La cojera de Rosario revelaba el amor incondicional por su protegida y le recordaba la barbarie de la que era capaz aquel hombre. Pese a lo dificultoso de sus pasos, salió de la cocina diligente, vaso de agua en mano, para aliviar el sufrimiento de la doliente joven madre. Antes de alcanzar la cama en la que yacía postrada, sin poder sofocar su tos con el agua, la señorita Celia no pudo contener más la arcada y convirtió la nívea colcha de seda adamascada en un precoz lienzo carmesí que únicamente podía anticipar el trágico final.

El temporal desahogo le sirvió para organizar sus pensamientos y dirigirse a su hermano.

—Siempre te estaré muy agradecida por todo lo que has hecho por mí.

—Por favor, Celia, descansa. No hables ahora.

—Sabes que ya no me queda tiempo. Acércame a la niña. —Suspiró con una punzada que le abrasaba el centro del pecho—. Es tan pequeña... —dijo con la fatiga de la muerte en un hilo de voz—. No es justo, Dios mío... Me necesita tanto... Una madre no debería abandonar a su retoño tan pronto. —Las lágrimas empapaban la almohada, cayendo a un lado y a otro, inflamando su garganta. Así, sus palabras parecían deshacerse hasta desaparecer, cada vez más pequeñas, más dolorosas.

—No siga, señorita Celia. El Señor puede obrar milagros. Tenga fe, miña nena —le pidió Rosario, cautiva de unas creencias que no calaban en su carne con la misma fuerza que ese pánico con el que apretaba el pañuelo, con la humedad impotente traspasando a su mano.

Celia solo acertó a mirar a la anciana con la pesadumbre de saber que, inevitablemente, le iba a romper el corazón.

—Rodrigo, ruego le ofrezcas bautismo y le pongas por nombre Celia: el nombre de su madre.

Las lágrimas inundaban su rostro sin dejar de acariciar y besar el pequeño cuerpo de su hija, de nuevo a su lado. La niña parecía corresponderle abriendo los ojos, con aspavientos alegres, ajenos.

—Eres lo mejor que me ha pasado nunca, mi niña —susurró con voz cálida, humedecida en un amor que desconocía, con un regusto acibarado que le arañaba la garganta: el sabor de la despedida—. Siento tanto no poder estar para cuidarte, para mimarte, para verte crecer... Pero no temas, mi niña, desde donde esté, siempre cuidaré de ti. Siempre.

Su hermano se mantenía en pie junto a la cama, con fingida entereza.

—Rodrigo —pidió con voz débil—, prométeme que la cuidarás. —Levantó una mano, acaso un palmo buscando el encuentro con él—. Que sea feliz, te lo ruego. Que no pague ninguna penitencia por los pecados de su madre.

Rodrigo le cogió la mano para depositar un beso solemne, incondicional, que alejase fantasmas y dudas, para después guardarla con mimo entre las suyas, como un tesoro: una promesa.

—Tranquila, hermana, te lo prometo. Nunca le faltará nada.

Con cuidado, Celia hizo ademán de quitarse una cadena que llevaba al cuello bajo el camisón. Rosario, que era mucho más que un espectador paciente, siempre dispuesta para ella, se pasó el pañuelo por los ojos y se inclinó a prestarle ayuda con las penas estrujadas en el interior de un puño.

—Toma —dijo extendiendo el brazo hacia su hermano—, este es el camafeo que me entregó nuestra madre, ¿lo recuerdas? —Don Rodrigo miraba al suelo, derrotado, asintiendo con la cabeza—. Sabes lo importante que era para ella que protegiésemos su legado. —Hizo una pausa para coger aliento y después continuó—: Háblale del mar. Guíala, hermano. Necesito que veles por ella y por su alma. Guarda mi camafeo junto con tu reloj. Entrégaselo un día viendo el sol más allá del horizonte. Tal y como hacíamos con nuestra madre.

—Descuida, yo me encargaré de todo. Urraca seguirá al margen. Pero sé que, en lo elemental, cuidará a la niña como si fuera una hija.

—No sé, Rodrigo. Nuestra relación ha sido más bien escasa. Desde que rechacé a su hermano Braulio... —añadió controlando los espasmos de la tos—, ella parecía tan molesta conmigo... Casi tanto como padre... —Rompió a toser.

—Tranquila, Celia. No pienses en eso ahora.

—Debes saberlo, Rodrigo —imploró ella—. Padre trató de arrebatarme el camafeo. Se puso violento..., ya sabes..., las mismas formas de siempre. Como hacía con madre. Yo tenía tanto miedo... No sabía qué hacer y quise entregárselo a quien era mi amado, el hombre al que amo, al único que habré amado nunca. —Suspiró e hizo una breve pausa—. Pero él rehusó. Demasiada responsabilidad, supongo. Únicamente aceptó guardar el cuaderno de madre, ¿lo recuerdas? ¿Recuerdas aquel cuento...? «La hija del mar esmeralda». —Exhaló con dificultad y amargura—. Ojalá yo hubiese sido tan fuerte como ella... Ahora ya no importa. —Miró hacia la ventana con un parpadeo pausado, como si se despidiera de lo que había al otro lado del cristal.

Don Rodrigo cogió su mano y tragó saliva, incapaz de decir palabra, ni tan siquiera una mentira piadosa en un momento aciago como aquel.

—Después padre se enteró del embarazo y la rabia se apoderó de él. Culpó a nuestra madre de mis decisiones, de mi destino, de mi suerte. Nada que en este momento merezca la pena ser traído a mi memoria. Tampoco a la tuya, hermano.

Un silencio cargado de dolor recorrió toda la habitación, en la que solo se escuchaba el gimoteo pobremente contenido de Rosario, que sufría la pena en su rincón.

—Pero... ¿quién es entonces ese hombre, el padre de la niña? —preguntó Rodrigo.

—Juré no delatarlo. Y aunque él me haya fallado, no responderé de esa forma y me llevaré el secreto a la tumba.

Rodrigo contuvo la amargura de un suspiro y buscó el sol en la ventana, en el horizonte, quizá infinitamente más lejos.

—Se lo he contado todo, hermano. Él lo sabe todo. Pero no temas, nunca lo contará: sabe guardar secretos.

—Celia, ese hombre ha renegado de ti, y también de su hija...

—Sí, lo sé. Pero aquello por lo que ha renegado, por lo que hoy no está aquí conmigo, es garantía suficiente para que guarde el secreto. Confía en mí.

Un acceso de tos contraía su pecho encontrando un alivio momentáneo que Rodrigo aprovechó para hablar.

—Le diré a Urraca que pase para que te quedes más tranquila de los cuidados que recibirá la pequeña Celia.

Sin poder hablar por la tos, aseveró con la cabeza. Entretanto, Rosario cogió en brazos a la niña y se la llevó. La atenta mirada de su madre la seguía por la habitación en penumbra, mientras rogaba a Dios para que la protegiera por siempre.

Doña Urraca se cruzó con Rosario y la niña al entrar en la habitación. Destilaba su habitual superioridad hacia la primera y su incipiente indiferencia hacia la segunda.

Con altanería y fingida compasión, se encaminó hacia la ventana para permitir que la luz devolviese algo de normalidad a la estancia. Después, se sentó en un butacón junto a la cama, esperando a que la tos de Celia le permitiese hablar.

—Me ha dicho Rodrigo que te encuentras muy mal, Celia. Desde luego sí que te ha costado traer esta niña al mundo.

Celia miraba hacia la ventana con el halo mortecino del penitente. Buscaba quizá la salida que le permitiese volver a las promesas del pasado.

—Bueno, mujer. Ahora no te atormentes más. Se te está poniendo una mala cara... Quién diría que solo hace un año flotabas engalanada en uno de tus flamantes vestidos de gasa, incendiando miradas y derritiendo corazones. ¡Ay! Siempre has sido un poquito atrevida, ¿verdad? Incluso siendo el día de tu compromiso con un gran señor... ¡Ay, ay! Si es que no lo compras, querida, lo heredas.

—Urraca, supongo que no te falta razón, pero te ruego que no mientes a mi madre ahora.

—Disculpa, mujer. Ya veo que estás muy sensible. Siempre lo has sido. De ahí que salieras huyendo con un paria desconocido, a la mínima que tu prometido te llamó al orden para meterte en cintura un poco. Siempre tan delicada.

—Por favor, Urraca. Déjalo estar. Solo he intentado cambiar mi estrella. Ahora ya está —acertó a decir con las pocas fuerzas que le quedaban—. Necesito que cuides de mi hija. Por favor te lo pido. Como si fuera tu propia hija —añadió con la voz entrecortada buscando aliento.

—La niña tendrá un techo donde vivir, y disciplina no le va a faltar. No vaya a ser que se tuerza como..., bueno, ya sabes.

—Cuídala, por favor —susurró con la perecedera angustia de su último aliento.

La Parca la había encontrado. Nadie había atendido la súplica de más tiempo para la joven Celia Gómez de Ulloa. Ni la necesidad ni el llanto inconsolable de su hija resonando en el pasillo parecía haber sido suficiente.

Su cuñada, sin ningún respeto ni sentido del decoro, lanzó un rápido vistazo en busca de las afamadas joyas de la Casa de Altamira y, ante lo infructuoso de tan deplorable acción sobre el cuerpo todavía caliente, salió de la habitación. Mostrando más molestia que desdicha, doña Urraca se dirigió a la cocina para indicar a la sirvienta que limpiase bien el dormitorio de la difunta para después quemar las sábanas. Fría como un témpano y afilada como una daga, ordenó a la criada, compungida y cabizbaja por la pérdida de quien ni siquiera conocía, que todos sus vestidos y, por supuesto, las joyas que allí pudiese encontrar los llevara a sus aposentos.

13

Santiago de Compostela, abril de 2011

—Don Braulio, soy yo, Francisco Figueroa. La chica, al menos por ahora, no acepta vender el camafeo... Sí, sí, creo que es el auténtico... Hago lo que está en mi mano, señor... Bueno, si no quiere que lo intente de nuevo... ¿Qué otros medios?... No cuente conmigo. Ese no es el trato. Nunca he aceptado hacer las cosas así... Imagino que sí, seguirá haciendo preguntas y encontrará respuestas, está claro. Pero aun así... Sí, sí, un momento que se lo digo ahora mismo... En el hotel San Mateo.

Acalorado por el desencuentro telefónico, el anciano orfebre colocó el aparato en su sitio y se tomó unos minutos para recobrar el aliento en su viejo butacón. No confiaba en aquel hombre que tanto dinero le había hecho ganar en el pasado.

Braulio Bramonte Artiazu, marqués de Bramonte y Grande de España, no tenía escrúpulos. Sus casi noventa años, lejos de humanizarlo, le habían conferido un estatus por encima del bien y del mal. Arrogante, altivo y con la inteligencia de un depredador, había sido capaz de urdir una trama que le permitiese llevar a cabo el saqueo y la represión impunemente, desde que tenía dieciocho años. Al amparo de la ley y al margen de ella, ejecutaba su personal venganza en una España dividida entre vencedores y vencidos. Todos perdedores. Su padre y su abuelo, sublevados contra la República, habían muerto en el campo de batalla, y él había crecido al amparo de los vencedores, en concreto de su tío el general Fernando Bramonte Soler, quien lo había criado como a un hijo al que inculcarle sus valores, entre otros, de justicia y, más importante, de venganza. No había sido el único miembro de la familia volcado en guiar su educación, pues para el hermano de su abuelo, el arzobispo de Compostela monseñor Antonio Bramonte Medina, se convirtió en lo más parecido a un nieto. Precoz heredero del marquesado a los catorce años, supo sacar rédito con su maquiavélico razonar a la herencia de su tío abuelo y al poder del general, máxima autoridad militar en la provincia de La Coruña tras la sublevación de 1936. En calidad de general de División en el bando nacional, había presidido distintos consejos de guerra contra desafectos y leales al gobierno republicano, que desembocaron no solo en fusilamientos, sino también en incautación de bienes. El joven Braulio había crecido admirando su ejecutiva labor de depuración tanto de oficiales del Ejército como de civiles al frente de instituciones públicas. De esta forma se había ido gestando su concepción del Tribunal de Responsabilidades Políticas de La Coruña como feudo personal para expurgar su causa y enriquecer sus arcas.

Francisco Figueroa recordaba perfectamente el día en que el joven marqués, envarado e inexpresivo, cruzó por primera vez la puerta del humilde taller orfebre que regentaba su padre. Altanero y suficiente, le dijo que era afortunado porque lo había elegido para ganar importantes sumas de dinero. Con la voluntad mermada, intimidado, y en riguroso silencio, su padre escuchaba atentamente las directrices que debía seguir. El poso de autoridad que le infundía el marqués de Bramonte a cada palabra, meticulosamente escogida y pronunciada, disipaba cualquier espejismo de inocencia ante su juventud. Eran años de posguerra, años donde el caos campaba glorioso y la supervivencia era la máxima a alcanzar. Pues la vida no valía nada, y así la necesidad de proteger a su familia de poderosos desaprensivos se impuso. Aceptó sin condiciones ni remilgos de moralidad ante la mirada timorata de su primogénito, convirtiéndose en el último eslabón de una cadena ideada para apropiarse de bienes y riquezas de los condenados. Culpables todos ellos de no haber facilitado el alzamiento del 18 de julio, de no adorar al mismo Dios o, sencillamente, de no asentir a las mismas ideas. A veces, la pena perseguía al carente de astucia necesaria para exhibir sintonía política en plaza pública, evitando así quedar expuestos a rencillas de vecinos o a codiciosos faltos de conciencia. En cualquier caso, el vencido debía sufrir por serlo, más allá del campo de batalla y de la guerra.

De todos los bienes usurpados en esa red de pillaje paralela, Braulio Bramonte sentía especial debilidad por las joyas. Siempre estaba buscando las piezas más extraordinarias y valiosas en los inventarios que supervisaba para la incautación. En muchas ocasiones, la belleza o el valor de alguna joya era lo que propiciaba la condena de algún infeliz, de su viuda o de sus hijos. Aunque él en realidad buscaba dos joyas, solo dos: un camafeo de azabache y un reloj de bolsillo. Dos piezas excepcionales, únicas, que perseguía incansable desde antes incluso de entender lo que significaban, lo que guardaban, qué escondían. Pero él no era el único que las quería, y aunque había heredado un pacto para compartirlas, deseaba ser el primero en tenerlas en sus manos.

Después estaban las joyas que solo tenían el valor del oro o de la plata. Estas se las entregaba al orfebre para que las vendiese, eliminando fechas, iniciales grabadas, cualquier atisbo de duda sobre su procedencia.

Fue así como el instinto de supervivencia del artesano dio paso al afán de lucro con el que vendió su alma y compró un local de solera en la zona más próspera del casco antiguo de Santiago.

El joven Francisco Figueroa había heredado la causa de su padre, pero sin entregar el rumbo de su alma. Sabía bien que tenía unos límites. Lo comprobó el día que una anciana maltrecha, a cargo de sus tres nietos huérfanos de la guerra, entró en el viejo taller y le enseñó a su padre una fotografía, mostrando entre lágrimas a una niña en su primera comunión con un rosario uniendo sus manos, en pose suplicante. Su padre pudo comprobar que la niña de la imagen era efectivamente quien la acompañaba, su nieta, pese a que su mirada se había vuelto triste y los pies descalzos exhibían sin pudor sus miserias, entre mugre y sangre seca, al igual que sus pequeños hermanos. Puso atención en el rosario de oro que mostraba, consciente de que figuraba entre las joyas de más valor expuestas tras el cristal del mostrador de la tienda. Pese a las evidencias, tuvo el valor de negárselo a aquella pobre anciana desesperada por sacar adelante a tres muertos de hambre. Haciendo oídos sordos a sus lamentos y sus quejas, la echó del taller sin miramientos, después de amenazarla con avisar a la policía. Tras el mostrador, el imberbe Francisco miraba al suelo, incapaz de soportar el peso del dolor en los ojos de aquellos niños. Su padre había aprendido del mejor. Trabajar para el marqués había congelado la sangre en sus venas. Pero el corazón del joven todavía latía con fuerza. Sin pensarlo, en un descuido, cogió el rosario y se lo devolvió a su legítima dueña, tras una intensa carrera bajo la incorpórea lluvia de Compostela.

Al volver, su padre ya se había percatado de la insensatez de sus actos y se preparaba para disciplinarlo, siguiendo la doctrina de la época. Cinturón en mano, se sentía obligado a infundir en su hijo respeto por su trabajo y por su negocio. Una visión puramente utilitarista de las personas, desde la perspectiva del afortunado. Francisco Figueroa hijo no volvió a desafiar a su padre, pero a su fallecimiento, trató de desligar su negocio de las malas artes del marqués de Bramonte. Tenía dinero suficiente para vivir de forma honrada. Don Braulio le concedió la libertad, con la excepción de conseguir las dos piezas que anhelaba, aquellas que eran su obsesión, la obsesión de su familia e incluso de la España más oscura: el reloj y el camafeo.

Adela avanzaba pensativa entre la multitud de turistas que se concentraban en la rúa do Franco, deseosos de catar las exquisiteces de la gastronomía gallega. No sabía nada de joyas ni de sus precios, pero estaba segura de que la cantidad que le había ofrecido el anciano orfebre era, a todas luces, desproporcionada. «¿Por qué alguien querría pagar tanto por esa joya?», se preguntaba entre empellones de ávidos peregrinos. «¿Quién será el coleccionista que está dispuesto a pagar ese dinero por un humilde camafeo?».

Entregada a sus interrogantes y a la necesidad de encontrar respuestas, no era consciente de que la estaban siguiendo. Un hombre no muy alto, con las hechuras de un toro de lidia, pertrechado con ropa oscura; cazadora y gorra negras, gafas de sol y zapatillas, vigilaba en la distancia cada uno de sus pasos en dirección al hotel San Mateo.

Adela se acercó al llamativo escaparate de una de las pastelerías con más encanto de la ciudad. Repleta de almibarada decoración, sobrada de formas y colores vistosos en una fachada de granito, sin más relieve que la forja de su rótulo, se detuvo para admirar su buen gusto y acudir al reclamo de alguno de sus dulces para consentir a Martín. En el reflejo del cristal pudo ver a aquel hombre, sin apariencia de turista ni mucho menos de peregrino, mirándola tras el pétreo pilar de un soportal. Sin darle mayor importancia, se decidió a entrar en la pastelería. Dubitativa, contemplaba aquellos dulces que bien podrían parecer pequeñas obras de arte o, al menos, obra de un artista, tratando de decantarse por alguno. Desde el interior del local, advirtió que el hombre hablaba por teléfono y se movía inquieto, lanzando miradas a la tienda.

De nuevo sobre el empedrado, con una muestra de pasteles envueltos con mimo dentro de una bolsa de papel, pudo comprobar que la sospechosa silueta de quien parecía perseguirla ya no estaba. Tranquila, continuó varias calles más en dirección al hotel. Acostumbrada a caminar deprisa, sin prestar atenciÃ

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos