Introducción:
Burguesía mutante
En estas páginas hay Ferraris, hoteles de lujo en el desierto, fiestas pocas veces vistas, barcos, helicópteros, símbolos nazis, dólares, caprichos de ricos, negocios millonarios, codicia, evasores, pensamientos retrógrados, mentes brillantes y tráfico de influencias. Hay empresarios, en su circunstancia, en su contexto. En síntesis, hay poder y un debate central que está abierto: ¿quién y bajo qué condiciones tiene el manejo del poder real? Una idea que ayudaría a procesar las trampas del retroceso institucional y del desarrollo que atraviesa la Argentina. Un estímulo intelectual para explicar las razones de éxitos y fracasos alternados, etapas que alejaron al país de una estabilidad sostenida.
La burguesía nacional —o algo parecido a ella— es un ente amorfo y oscilante que se empoderó de una manera notable tras el regreso de la democracia. Supo mutar todas las veces que fue necesario, hasta convertirse en una maquinaria eficaz de utilización de influencias, con una inédita capacidad de supervivencia. Lo hizo, además, con un activo central: ser parte del eje de poder sin reconocerse como tal. Mientras disputa y condiciona a la política, logra sostener la idea de que ese poder está en otro lado.
Ninguno de los hombres y mujeres de negocios que son contados en este texto —incluidos varios que aportaron información bajo condición de reserva de identidad— admite, en charlas para este libro o en declaraciones periodísticas o del sector, que forma parte de la discusión del poder. No se reconocen en ese rango. Han adquirido la habilidad para, aun manejando los hilos, dar la idea de que son observadores de lo que los gobiernos hacen, de lo que los presidentes y ministros deciden. Es un logro pocas veces puesto en debate, pero actúa como activo de altísima valía.
En los hechos, lo que ocurrió es que los gobiernos fueron perdiendo capacidad frente a un poder económico que ganó volumen y autonomía. La idea es simple: no hay dos poderes, hay uno en disputa. Lo que uno gana el otro lo pierde. O lo gana menos. Ese proceso no fue casual. Se construyó a lo largo de años de prueba y error, pero también sobre las debilidades de la política: internas, falta de cohesión y disputas de poder que terminaron por erosionar su propia capacidad de gobierno.
Pero hay uno de esos problemas que debilitan a la política que explica casi todo el resto: el hecho de no haber resuelto el frente externo. La tenencia o no de reservas de dólares fue el talón de Aquiles de todos los gobiernos, no distinguiendo incluso entre derechas e izquierdas. No queda claro si el faltante de divisas es el emergente de la crisis política y de articulación previas, o bien esas crisis internas, los momentos en los que los gobiernos se nublan, producen el faltante de dólares. Pero hay una certeza: buena parte del problema son los dólares, que debilitan o fortalecen a los Estados y ponen más o menos frágiles a los partidos ante el monstruo amorfo de la burguesía.
Ese faltante de divisas, que en los años 70 el economista Marcelo Diamand describió como el problema basal de la economía argentina (la “restricción externa”), además se dio de manera religiosa en los últimos dos años de casi todos los períodos políticos de la posdictadura: con Perón a principios de la década de los 50; con Perón en la crisis del petróleo de 1973; con Macri en 2018; con Cristina Kirchner luego del arrasador triunfo del 54% en 2011; con Alberto Fernández desde el 2021 en adelante y con Javier Milei desde mediados del 2025, cuando debió ser rescatado varias veces: por los dólares del Tesoro de los Estados Unidos, el Fondo Monetario (FMI), préstamos REPO de los bancos y varios blanqueos de dólares que aprovechó como ningún otro actor social nuestra clase empresaria local.
Por diferentes razones y con algunos matices, en todos los períodos recientes en los que hubo cohesión política y dólares, la burguesía nacional o los empresarios de manera individual alinearon sus intereses a los de la nación. Más contentos, convencidos o a regañadientes, confiaron. Cuando no hubo nada de eso, tomaron el poder y debilitaron a los gobiernos. Esos dos factores, estabilidad política y reservas, mataron en el tiempo incluso a la inclinación ideológica más rancia.
Por supuesto que los gobiernos peronistas o progresistas quedaron más entrampados ante la falta de dólares porque estaban obligados a sostener modelos de crecimiento caros. Evitaban el ajuste y, en el camino, subsidiaban las tarifas en exceso y mal, con la meta de sostener un bienestar general inestable. No es algo alejado de la realidad considerar como válida la parte de la afirmación de que no hay populismo o gestión asistencialista sin plata, sin dólares. Porque casi no hay ninguna posibilidad de regímenes virtuosos sin divisas a granel. Se verá esto, más adelante, en los años inmediatamente anteriores al lapso de crecimiento económico más virtuoso de la historia reciente, el período 2003-2011.
Naturalmente, esa debilidad que la política y el Estado padecieron en las últimas décadas se empezó a transformar en otro éxito social de los mil-millonarios, que seguían metidos con mucha obstinación en la evolución de su propia identidad, mientras se despintaba el auto de los partidos políticos: los empresarios consiguieron la manera de colar entre la gente común, de todas las clases sociales, pero sobre todo los sectores medios y bajos, los valores y objetivos de la burguesía. Hallaron la manera de que un pobre que padece la crisis que el mismo sistema generó argumente en favor del sistema y de los intereses de ese sistema.
Es visible que esta mímesis antes mencionada entre el discurso de un trabajador común y un magnate, con ambos pidiendo cosas que sólo uno de ellos necesita, es la consagración de ese poder económico robusto. Aquello que lo hace no sólo permanecer, sino casi autodefinirse como un cambio social irreversible. El manejo del poder desde la política convencional en la Argentina se ha vuelto, también por la concentración económica, circunstancial, impotente. Muy pocas empresas, con mucho poder y gobernando muchos negocios, también es el producido de la deficiencia política.
En el proceso de aprendizaje de años, los ceos entendieron, además, que ya no alcanzaba con apoyar gobiernos alineados con su programa, porque esos esquemas terminaban siendo falibles y socialmente inestables. Se necesitaba alguien que los aplicara sin pruritos. Alguien que aceptara ir a los bordes, al límite, sin entrar en pánico. Fue un proceso, una búsqueda, que con los años también terminaría pasando. La concentración del poder empresario sería cada vez mayor. Es menester aclarar que esta inclinación hacia el empresariado fue acompañada por una Justicia que se aprovechó de la judicialización de la política para centrar las investigaciones de manera muy marcada en los actores vinculados a los diferentes Estados.
La Justicia argentina ha sido, como en algunos períodos en Brasil, funcional a las elites. Existieron fallos curiosos y algunos más ordinarios. Empresarios argentinos aceptando haber cobrado coimas y siendo exculpados, con políticos denunciados y juzgados casi por cualquier cosa. La historia siguió como si nada hubiera pasado. La fortaleza del poder económico también se engrandece en los tribunales. En 1964, el desarrollista Arturo Frondizi, el presidente democrático más admirado por Mauricio Macri, escribió el libro Estrategia y táctica del movimiento nacional. Cuenta allí cómo la corrupción se ha usado en la política como medio de control. El título de ese capítulo es “La corrupción: pretexto para derribar gobiernos populares”.
Asimismo, la evolución ideológica del empresariado se volvió con el tiempo algo muy homogéneo. Se borró aquella divisoria histórica de que las empresas chicas son más pro Estado o pro gobiernos progresistas, con políticas fabriles; y que los gigantes siempre se apoyan del lado derecho. Semejante diferencia no fue asumida, todavía y en su magnitud, por la mayor parte del análisis político y, mucho menos, periodístico. Ya no hay pymes buenas y grandes empresas malas. Siempre hay excepciones, pero todo el espectro se corrió a la derecha.
Es en exceso romántico pensar que el dueño de una industria con cinco trabajadores no puede ser un conservador. Sin asimilar eso, es difícil tener una comprensión aproximada de las condiciones de la disputa de poder en la Argentina. En la Unión Industrial Argentina (UIA), la cámara empresaria más grande del país, el 80% de las firmas son pymes. Pero mandan, deciden y marcan la línea tres grandes compañías, que siempre cuentan con aval mayoritario de esas pymes para moverse políticamente en relación con políticas liberales. El ejemplo vale como botón de muestra de casos repetidos.
El establishment se puso conservador porque cree que ese es el mejor lugar para estar. Pero también, en la escala evolutiva para conseguir el poder absoluto, empezó a crecer desde una base bastante menos nacionalista, en términos rígidos, que otras burguesías cercanas, como la brasileña o la estadounidense. En el país vecino, los industriales han logrado separar la postura político-ideológica de la idea de defensa del modelo productivo de Brasil. El Banco Nacional de Desarrollo (BNDES) es una entidad profesionalizada, despartidizada, pero muy politizada en el sentido de los intereses del país. Financia a la producción brasileña a tasas históricamente bajas. Obliga, de algún modo, a que los empresarios sean parte del club del Estado. Fuerza, con la zanahoria del crédito, a que los empresarios jueguen siempre dentro de los intereses estratégicos del Estado si es que quieren tener éxito.
También en Brasil las empresas y los popes de los negocios entienden que la dinámica de apoyar las políticas de un partido o un gobierno no son necesariamente hechos de militancia partidaria. Saben diferenciar la defensa de las políticas correctas de las ideas político-ideológicas o las preferencias partidarias. En la Argentina, el poder económico asocia la defensa de ideales pro empresa como parte del apoyo incondicional a cada acontecimiento que produce el partido de gobierno.
En Estados Unidos ocurre algo similar. Las grandes empresas mantienen un alineamiento estructural con el Estado y sus intereses estratégicos, más allá de las diferencias políticas. Lo tienen claro. Incluso en la Argentina, a través de cámaras como AMCHAM, ese vínculo se replica con una lógica ordenada. Entre los ceos argentinos, en cambio, esa línea no existe.
La pregunta de por qué los empresarios suelen apoyar a quienes los mandan a la quiebra tiene que ver con la mirada que, luego de años de convivir periodísticamente con esta clase de hombres y mujeres, llega a verse con claridad: la mayoría de los popes con manejo entienden sus negocios como ciclos largos, que van y vienen. Con resultados mejores y peores, pero siempre reversibles. Para un trabajador, la concepción puede ser distinta, pero para los dueños, no.
¿Cuál es, entonces, el fin último de apoyar a gobiernos conservadores y de mala gestión económica? Hay, por lógica, algo de afinidad ideológica clásica, que cruza todo el asunto y no distingue partidos políticos sino líneas de pensamiento dentro de esos mismos partidos. Pero lo más sensible va por otro lado. El establishment interpreta que esos gobiernos, esos presidentes y esos ministros les dan garantías de cambios permanentes que se demoraron por años. Cambios que no tienen que ver con balances positivos o negativos, sino con anhelos históricos que consagran más la concentración del poder en manos empresarias. No son dos o tres balances buenos, son herramientas de fondo para robustecer los esquemas de influencia corporativa. Es sacarle al Estado cambios a su favor.
Un esquema de winwin: cuando a la gente le va mal, ellos igual se llevan algo (reformas); cuando a la gente le va bien, se llevan las dos cosas, las reformas y las ganancias millonarias. Parece complejo, pero es práctico. Flexible. Resulta paradójico, pero la flexibilidad de los ceos es lo que los puso en el tope de la cadena evolutiva. La inflexibilidad de la política, en tanto, colocó a los políticos en el subsuelo del éxito y la credibilidad. Por eso uno evolucionó y el otro no.
En febrero del 2026, Daniel Hadad —dueño de Infobae y unos de los mayores creadores de medios en la Argentina y la región— dio una entrevista al diario La Capital, de Mar del Plata, y puso el fenómeno en palabras públicas. Lo que expresó es de alto impacto porque nunca nadie con poder dentro del establishment nacional lo dijo de una manera tan clara. “La democracia fue pensada cuando las empresas no eran más grandes que los Estados. Hoy esa ecuación cambió. Las grandes tecnológicas concentran poder económico, infraestructura y manejo de información a una escala que tensiona el modelo clásico de organización política”, explicó.
Y agregó que “la democracia fue diseñada en una época en que los Estados eran más grandes que las empresas. Hoy eso no es así. Cuando compañías privadas manejan infraestructura satelital o flujos globales de información, la relación con los Estados se redefine. Ese fenómeno convive con liderazgos más personalistas y disruptivos y con el debilitamiento de los partidos tradicionales”.
Hadad arriesga que no sabe si el cambio es permanente, pero la evidencia muestra, por lo menos, que el avance que ha tenido requiere centenares de años y reconfiguración del poder político y la empatía social si la idea es revertirlo. Lo que él apunta respecto a la democracia es otro dato atendible. En estas páginas se verá cómo la burguesía nacional y su pata internacional se posicionaron de una manera no definitiva respecto a la democracia como régimen ideal para la vida pública y los negocios. Hoy, vivir en democracia, con orden institucional y división de poderes, no parece ser un anhelo de los empresarios. Juegan a decir que sí lo es, pero ante acciones concretas queda expuesto exactamente lo contrario. Aquí y en casi todo el mundo. Es un síntoma global.
Es preciso, en tren de la equiparación de burguesías locales y vecinas exponer también que hay, en el caso argentino, un condicionante histórico que funciona como un punto de partida. Un diferencial. La dictadura militar instaló en la Argentina un modelo de represión y desaparición de personas que aplicó, además, un modelo económico nada nacionalista y destructor de los medios de producción. Un culto a la apertura económica y al menosprecio de lo que se produce en el país.
En los regímenes militares de los países vecinos, eso no pasó de manera tan dramática. En general, sostuvieron sus empresas y se blindaron de los extranjeros. “Cada elite tiene la dictadura que se merece. La nuestra, la Argentina, se autoexterminó mientras apoyaba al que producía el exterminio”, expresó una fuente con conocimiento de burguesías regionales. La burguesía fue cómplice del proceso cívico-militar de una Argentina que no sólo desaparecía, secuestraba y mataba como ninguna otra dictadura en el mundo, sino que además destruía a los factores de producción como ningún otro gobierno de ese cariz en el mundo.
En la mirada global del fenómeno, se distinguen tres partes bien marcadas en el camino de empoderamiento del sector empresario por sobre el poder político. Si la dictadura es el primer período de consolidación y concentración del poder económico, el período democrático muestra a un grupo de ceos que apoyaron el golpe y el modelo económico reinsertándose en la vida política con los mismos preceptos que ya traían de los años de plomo. En las décadas posteriores, el menemismo actuó, como se verá más adelante, como el segundo período de empoderamiento del establishment, con un esquema de liberalización económica y apertura muy marcado, además de un remate de las herramientas y bienes del Estado en las privatizaciones.
Con los Kirchner ese esquema de poder se pone en cuestión, se expone con nombre propio a los factores de poder y se instala el debate sobre cómo los empresarios se mueven en el período de mayor crecimiento económico en décadas. Es un tiempo de disputa ideologizado, turbulento, con decisiones de fondo y mucha batalla cultural. Un período en el que muchos salieron dañados, sobre todo el poder estatal, pero que dejó al descubierto los hilos del Círculo Rojo.
Luego el macrismo, que era visto como el gobierno de los ceos, fue en realidad el peor período para el empresariado, según el propio prisma de estos hombres y mujeres de negocios. Un período incompleto y muy condicionado por la paradoja de un presidente hijo de un megaempresario vieja escuela, que vivía a la sombra de aquella relación personal, en la cual el heredero era despreciado por la clase empresaria que a priori venía a representar.
La crisis de los conservadores derivó en el triunfo político del albertismo, un gobierno pandémico y con internas que se rompe por falta de dólares y tensiones voraces. Ese es otro período fallido que no logra construir identidad ni un poder sólido, perdiendo ante los empresarios y quedando entrampado en una inflación final muy alta. Eso, el fracaso político y el agotamiento popular por el encierro de la pandemia se transformaron en el caldo de cultivo para el acceso de Javier Milei al poder. Los años libertarios deben ser identificados como el tercer período histórico donde se consagra la acumulación de poder del Círculo Rojo. Un presidente osado, rupturista, sin temores al daño social de medidas extremas, que hizo todo lo que los empresarios querían. Ajuste, desregulaciones, reformas de fondo pro empresa y la concepción de la necesidad de destruir el Estado “desde adentro”. Milei les concedió el poder a los empresarios, sin eufemismos. El esquema de fortaleza histórica del sector económico se apoya en la tríada dictadura-menemismo-mileísmo. Allí hay que hurgar para ver cómo hoy el establishment funciona como una maquinaria perfecta de dominación.
1. Cómo se construyó el poder
CIMIENTOS DE PLOMO
El año 1976 en la Argentina es un punto de inflexión en la crisis no sólo del Estado como organización, sino también de un modelo de economía y de burguesía que se mantiene, hoy, casi con las mismas características. El ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz, venía además del ámbito corporativo.
Martínez de Hoz fue el presidente de Acindar, una de las grandes firmas metalúrgicas nacionales. Mientras estaba en un safari de caza en Kenia, África, organizado por Acindar, recibió el llamado para integrarse al Estado y desde allí fomentó la apertura económica y de las importaciones, que fue el germen de la ruptura de la economía y el entramado productivo. Además, a metros de la entrada de la fábrica de Acindar en Villa Constitución, Santa Fe, se instaló, desde la Triple A hasta pasado el golpe del 76, el “Albergue de solteros”, lugar de tortura de los trabajadores de esa planta y aledaños.
El caso de Ledesma y el “apagón” en el ingenio azucarero es más conocido, pero también hubo grandes empresas de autos y alimentarias plegadas a esa metodología y al respaldo al modelo. La transición democrática es un hecho complejo porque la burguesía que soportó y acompañó a la dictadura es la que luego debía convivir social y políticamente con otros procesos democráticos.
La base de la concentración del poder económico estuvo, primero, en aquellos años de plomo. Después, durante el menemismo. Esos dos períodos históricos resumen el camino de la acumulación de potencia que sentó las bases inalterables. Tras el golpe cívico-militar del 76 operó, además, un factor muy relevante para los empresarios: se estatizó la deuda privada. El economista Claudio Lozano detalló, en diferentes trabajos sobre el período, que la deuda privada ascendía a US$ 16.629 millones; “de ese total, 49,1% (US$ 8.166,9 millones) correspondía a empresas que integran la cúpula empresaria”. Celulosa, PECOM, Acindar, Techint, Fate, Loma Negra y una larga lista de compañías se vieron beneficiadas en ese período, que actuó como base de poder del Círculo Rojo.
La década de los 80 estuvo signada por el pase de los empresarios a la era democrática. Allí, los medios empiezan a hablar, para referirse a ellos, de “los capitanes de la industria”. Alfonsín debe lidiar con un partido militar vivo, una economía degradándose y choques con los factores de poder, entre ellos el campo, personificado en la Sociedad Rural, muy vinculada al golpe militar. Carlos Menem recoge el guante de una situación delicada y pacta con los sectores del poder económico, que se consolidaron en dictadura, para edificar solidez política para su propio gobierno.
Hay una frase de Juan Alemann, ex secretario de Hacienda hasta 1981, en la cual admite que el camino de Menem, las privatizaciones y la liberalización económica, se pudo hacer sobre la base de la destrucción que produjo la dictadura en actores sociales y políticos, como los sindicatos y opositores. “Todo el objetivo del Proceso fue poner orden. Por eso cuando queríamos hacer cosas más de fondo en la economía, no nos dejaban. (…) Por eso no se pudo privatizar, no se pudieron hacer algunas cosas sino marginalmente”, expresó en una entrevista con Veintitrés. Buena parte de la tarea de asiento del poder económico se hizo a sangre y fuego. Y luego vino Menem, que sobre esa base les dio la impunidad y los negocios.
DE FOOTING CON MINGO EN LOS 90
En el detalle de los períodos históricos, el proceso de aprendizaje social de la burguesía mientras la política y la sociedad se consumían en errores, idas y vueltas puede resumirse en pocas líneas. La visión simplificada, el tráiler, tiene al menemismo como la efervescencia de los negocios impúdicos con el Estado, con un presidente frívolo, permisivo, pero líder. La era del capitalismo que añoran aún hoy muchos empresarios, el combo de negocios frondosos y apertura económica. Menem fue el tipo con experiencia, pero simpático. La fiesta, los lujos, los excesos. Lo que estaba reprimido, expuesto sin vergüenza. Todo a riesgo del fracaso de un sistema (la convertibilidad) del que todos sospechaban, que no era sustentable, pero que se exprimió como a la gallina de los huevos de oro durante una década.
Menem era el superlíder que conquistaba mujeres a granel, un hecho que en la época era celebrado como símbolo de poder en la sociedad y el establishment. Era el que se mostraba sonriente con los Rolling Stones y con Madonna, dejando incluso fluir los rumores de romances veloces. También el que aglutinó a la burguesía que se había transformado al peronismo conservador luego del fracaso de Alfonsín y el aval de ellos a los años de plomo. Fue Menem el que andaba en una Ferrari conectando Buenos Aires y Pinamar en algo más de dos horas, circulando a 200 kilómetros por la ruta. La foto de él saliendo del auto italiano en Pinamar, con una chomba Lacoste fucsia sudada en las axilas luego del ultraveloz periplo, es parte de la historia de los 90.
Fue ese vehículo, de hecho, un gran fetiche de la época y resumió con precisión suiza todo lo que representó el menemismo como fenómeno cultural, político, económico y social. Y también describía a Menem como personaje: el coche, modelo 348, era, según el riojano, una donación que le había hecho el empresario italiano Massimo del Lago, que buscaba quedarse, en la era de las privatizaciones, con la concesión de una autopista.
El auto generó un escándalo porque Menem, avalado por la época, decía no entender por qué no podía recibir un regalo de ese estilo, y menos de un empresario que quería negocios. Presionado y algo resignado, terminó subastando la Ferrari por 1000 millones de australes en un remate del Banco Ciudad. La obtuvieron empresarios mendocinos dueños de la bodega Pico de Oro, un vino de caja que consumían los sectores sociales más bajos. El coche paseó en un tráiler por diferentes lugares del país. Usaron el símbolo del lujo barroco y los excesos del menemismo para promocionar un vino popular, de gente que ni podía soñar con un FIAT 600.
La Ferrari fue sorteada por los dueños del vino. La ganó un vecino de Ciudad Evita que la vendió por 100 mil dólares a un empresario de Ra
