Persecución y modorra

Úrsula Camba Ludlow

Fragmento

Título

Todos, en algún momento de nuestra vida (a veces con harta más frecuencia de la hubiéramos querido), hemos sufrido, según sea el caso, la inoperancia, la modorra, la indiferencia o pereza, en fin, la pesadilla de tener que lidiar con la burocracia en este país. Días o meses de espera para conseguir un documento, un duplicado, una apostilla, la corrección de un dato, la liberación de un trámite, la modificación de alineamiento y número oficial.

Las filas interminables, los malos modos, las áreas de atención al público con la ventanilla llena de anuncios, advertencias y hasta regaños enmarcados en Diurex amarillento a punto de despegarse, el linóleum descarapelado, los asientos con el hule espuma a la vista, que vieron mejores tiempos allá por el año 1971, los escritorios desvencijados con pilas de folders en precario equilibrio, expedientes y copias. Mesas y paredes decoradas con un piolín bizco y una rosa roja de plástico rodean a una mujer con las uñas perfectamente manicuradas, en cualquier tono nacarado, que nos dice, como si fuéramos tarados: “Le falta un sello”, “Le falta una copia”, “Era en tamaño oficio”, “Cerramos a las dos y ya son las 13:59”, “Venga el lunes”, “No vino el supervisor”, “No, no tiene para cuando volver porque está de incapacidad”, “Allá donde está el puesto de jugos le sacan la copia, vaya y regrese, sí aunque esté a treinta y cinco grados y tenga usted ochenta y dos años”, “La encargada salió a comer”, “Fórmese ahí”, y después de cuarenta minutos de hacer cola, “No, ahí no, en la otra fila. No, yo no le dije que se formara ahí”, “Pues, a ver, intente, igual y le resuelven”.

No voy a enumerar más de esos lugares comunes para no agobiar al lector con una realidad que nos atormenta desde años y que probablemente siga así por unos siglos más, pero que, tal y como se verá, no es tan distinta de la que vivían los presos de la Inquisición novohispana.

Este libro trata precisamente sobre la burocracia, la lentitud en los procesos y las sentencias, los entresijos del poder, los enconos y rivalidades, las creencias populares, el triste destino de los acusados, la vida en los calabozos inquisitoriales y el funcionamiento de un tribunal cuya resonancia se escucha todavía en los pasillos de cualquier oficina a la que acudimos a realizar un infausto trámite.

En efecto, ahora se utiliza a la Inquisición como uno de los tópicos favoritos cuando se trata de hablar de persecución política, de la “funa”, de la “cultura de la cancelación”, tan de moda en las redes sociales. La Inquisición es el arquetipo al que todos recurren cuando la imaginación se agota para explicar fenómenos tan complejos como el disenso y la ausencia de libertad de expresión, por ejemplo. Es también el epítome de la crueldad y la intolerancia.

Lamento “spoilear” al lector. La Inquisición actual es, a mi parecer, un poco peor que aquella que perseguía herejes hace cinco siglos o, en el mejor de los casos, no tan distinta como a algunos les gustaría creer. En estas páginas, intento recuperar el contexto que posibilitó la existencia del Tribunal del Santo Oficio, su función, sus protagonistas, desde inquisidores hasta acusados, pasando por todo un sistema burocrático que, ¡oh sorpresa!, nunca estuvo exento de irregularidades, componendas e injusticias.

Esta es la segunda edición, corregida, aumentada, reflexionada y extendida, de un texto que escribí hace varios años
y que he revisitado para descubrir lagunas, faltantes, imprecisiones y erratas que ahora intento solventar para ofrecer al lector un panorama más completo del tristemente célebre tribunal de la Inquisición, en el que, a pesar de la distancia, podremos escudriñar lo que somos hoy. Comenzaré por apelar a las imágenes que pueblan el imaginario colectivo en torno a dicha institución, a saber, las más evidentes y socorridas: calabozos oscuros e inmundos. Prisioneros olvidados por el mundo, sin redención posible. Ratas que se comen sus magras raciones. Torturas inenarrables. Llanto y locura. Dolor y muerte. Injusticia. Terror. Repugnancia. Curiosidad morbosa. Angustia. Impotencia. Soledad. La ruina y el escarnio público. En efecto, Hollywood ha hecho un gran trabajo trazando con nitidez esos escenarios escabrosos y terribles que habitan nuestra mente.

Imaginamos esa vida exangüe y miserable que se escurre, desprovista de esperanza, de aquellos infelices presos que daban con sus huesos en las cárceles inquisitoriales para no salir jamás, bueno, si salían no era más que para recibir insultos y escupitajos de sus otrora vecinos y amigos, antes de morir en la hoguera. Si bien todas esas imágenes tienen un fondo de verdad y son parte esencial de la historia de los desdichados presos y los implacables inquisidores, son solo una parte de la larga y compleja historia del tribunal, que no siempre funcionó con la eficiencia, celeridad y prudencia con la que debería haberse conducido.

Tampoco pretendo decir que los inquisidores eran unos santos varones, epítomes de la caridad cristiana, incomprendidos por la modernidad, cuyo celo religioso y conciencia pura los guio en todo momento. Por el contrario, me interesa devolver a dichos actores sociales a su dimensión humana, ruin y mezquina, pero también perezosa y mediocre o incluso suave y permisiva, según fuera el caso y el tiempo. Todo esto nos permitirá sumergirnos en las profundidades del tribunal que peor fama ha tenido de todos los tiempos y mire, querido lector, que acudimos a una disyuntiva en la que varios tribunales actuales en el plano mundial podrían hacerle la competencia al Santo Oficio, pero suficientemente espinoso es el tema que me interesa como para introducir variables más ruidosas.

Cuando pensamos en los inquisidores, acuden a nuestra mente las siluetas amenazantes, despreciables y tenebrosas de hombres tristemente célebres, implacables y crueles como Bernardo Gui, el personaje de El nombre de la rosa. En el imaginario colectivo se ha fijado el estereotipo del sacerdote malvado, juez implacable, que actúa impulsado solo por un fanatismo timorato, movido por avaricia, venganza y sadismo. Como ignorantes que se dejaban arrastrar por la superstición popular, aparecen en nuestra mente también los rostros imaginarios de amigos, familiares, criados, compadres y vecinos, quienes vencidos por el pavor se acusan unos a otros. Familias separadas, infamadas y arruinadas, fortunas perdidas, torturas arbitrarias, inocentes famélicos languideciendo en la cárcel. Como en las brujas de Salem. Ya se verá cuán distinto era el proceder de los inquisidores novohispanos.

Nos costaría pensar en un inquisidor endeudado que tiene que cargar con la manutención de su madre anciana y viuda, o el acomodo de sobrinas casaderas, sobrinos sin oficio ni beneficio, que además debe la renta o la ropa y los adornos con los que viste, o en un fiscal que temeroso de ser atacado por otro funcionario anduviera por los pasillos del edificio inquisitorial mirando siempre sobre su hombro para evitar una estocada a traición. Tampoco se nos ocurriría pensar en inquisidores que dan el pitazo a sus amistades para que, antes de ser aprehendidas, escapen a la justicia inquisitorial y escondan sus bienes o que llegan tarde a cumplir con sus labores y, en lugar de sacar el trabajo acumulado, se ponen al día con los demás empleados sobre los últimos chismes.

Cabe recordar que los funcionarios inquisitoriales, así como los héroes nacionales y la gente común y corriente como nosotros, eran, al fin y al cabo, seres humanos con flaquezas, miedos, afectos y envidias que, al igual que todos los seres humanos, comían, dormían, lloraban, se peleaban y ofendían, se reían y albergaban esperanzas o rencores.

Negar que la Inquisición tuvo una función persecutoria sería no solo inútil, sino perverso. Como herramienta de la monarquía española, fue fundamental en la regulación de la moral, los comportamientos y, sobre todo, por supuesto, de la religiosidad. Pero esa ominosa oscuridad es únicamente una parte de la historia que rodea a los tribunales inquisitoriales. Que su razón de ser era la persecución religiosa y que logró reprimir o al menos atemperar o restringir innumerables comportamientos y prácticas heterodoxas es algo que sabemos de sobra. Le propongo entonces al lector desentrañar todo aquello que no aparecía en la enciclopedia cuando nos tocaba hacer la tarea, que casi siempre consistía en repetir fechas y nombres. Hablaré, entonces, no solo de la vida de los inquisidores y de los presos, sino de todos los actores sociales que, de una u otra manera, se encontraban ligados a la Inquisición. ¿Cómo eran los calabozos? ¿Qué comían los presos? ¿Cómo sobrevivían al tedio en la oscuridad? ¿Quiénes vivían en aquel edificio que todavía hoy está en pie en la Plaza de Santo Domingo? ¿Quiénes eran aquellos burócratas amodorrados que con frecuencia cumplían medianamente con su trabajo? Un tribunal, lo sabemos, no funciona desprendido de la sociedad a la que sanciona. En efecto, de las dinámicas del tribunal, su función y significado, participaban todos los novohispanos, las corporaciones, los órganos de gobierno, el resto de la Iglesia, es decir, que el tribunal se engarza y se mueve al ritmo que lo hace la sociedad. No existe de forma aislada o desarticulada de la misma. Con frecuencia se desconoce que el tribunal, como el resto de los tribunales y de otros tiempos, se regía por una serie de instrucciones, prohibiciones, excepciones y recomendaciones que debían aplicarse conforme a las leyes

La función del tan temido y odiado tribunal era perseguir los delitos de fe y, en tanto órgano persecutorio y castigador, cumplió su cometido de mantener el orden religioso que estaba íntimamente ligado a la esfera política, por supuesto, tal y como lo veremos, en aquella sociedad que era en apariencia estática, pero cuya existencia estuvo marcada por un dinamismo que con frecuencia escapaba de las normas.

Pero, más allá de todos esos aspectos que han provocado que tengamos un panorama sesgado, cuando no francamente erróneo, del funcionamiento de la Inquisición, especialmente en el caso novohispano, me interesa escarbar en las peculiaridades que el tribunal desarrolló en estas tierras antaño ignotas, peculiaridades que son a veces chuscas y absurdas, a veces injustas y trágicas, pero tan cotidianas que incluso nos remiten al presente.

I

FÓRMESE AHÍ

Antes de ahondar sobre el desempeño del Santo Oficio en tierras americanas, hay que empezar por explicar cuál es el origen de tan tristemente célebre institución religiosa. Cuando el cristianismo fue proclamado como la religión oficial del Imperio romano, alrededor del siglo iv d.C., comenzaron a surgir una serie de herejías, es decir, interpretaciones de la religión, alejadas de la ortodoxia que buscaba conservar el papado.

Pensemos en una Europa primordialmente campesina, en la que ideas del antiguo paganismo siguen enraizadas en la conciencia de hombres y mujeres, cuyo contacto con los centros urbanos es mínimo, cuando no nulo. Hay que recordar también que la inmensa mayoría de la gente no sabía leer ni escribir, que los relatos orales ocupaban el centro de la memoria y que quienes poseían el acceso al saber eran los monasterios y, por supuesto, las universidades. Poco a poco la Iglesia ira extendiendo dogmas y preceptos que no siempre serán bien entendidos o recibidos por los fieles que los escuchan, ya sea en las visitas pastorales o en los sermones dominicales. Sobre todo, si eran en latín. Pregunte a sus papás o abuelos, estimado lector, ¿cuánto duraba la misa y en qué lengua se celebraba hasta casi 1970?

Hereje proviene del griego αἵρεσις (haresis) que significa “opinión, filosofía o toma de posición”. Antiguamente, el término no poseía una connotación negativa, pero con el correr de los siglos y a medida que la estructura de la Iglesia fue haciéndose más sólida y afianzando sus postulados como verdades absolutas e incontestables, el término fue asociándose con la idea de “error”. En efecto, los herejes eran aquellos que optaban por una opinión distinta (y, por ende, errónea) a la impuesta por la jerarquía religiosa, que admitía solo una interpretación —la propia— de los dogmas y de los textos sagrados.

Durante la Edad Media, a lo largo de Europa surgieron grandes cantidades de grupos religiosos, llamados sectas, que interpretaban y profesaban el cristianismo con diversas variantes, entre
los que se cuentan: maniqueos, pelagianos, valdenses, cátaros, priscilianistas, insabatatos, eutiquianos, ofitas, nicolaítas, alogos, tacianos, patripasionistas, acéfalos, circonceliones, novacianos, fotinianos, setitas, acuarios, adamitas, severianos, arrianos, por
mencionar solo un puñado. Algunos de los postulados que sostenían estos movimientos heterodoxos eran la negación del bautismo a los niños —así como de los sacramentos de la eucaristía y el matrimonio—; se mantenían solteros, sin embargo no guardaban la castidad; afirmaban que Cristo había sido engendrado por María y José; no consagraban el vino, sino solo el agua; detestaban la carne; unos vivían desnudos, imitando a Adán, o se suicidaban por amor al martirio; negaban la realidad del cuerpo humano de Jesucristo o eran iconoclastas; otros señalaban incluso que no debía obedecerse a autoridad alguna, ni eclesiástica ni civil; algunos más difundían una mezcla de gnosticismo y maniqueísmo. Los había que permitían a las mujeres predicar y administrar los sacramentos, por mencionar algunos.

No existe un registro de todas las sectas que surgieron durante la Edad Media, pues no ha quedado rastro documental de muchas y lo que nos llega son tan solo los ecos de lo que se revelaba en los interrogatorios de los procesos o las impugnaciones e invectivas lanzadas en su contra por la ortodoxia cristiana de aquel tiempo.

La expansión de dichas sectas fue vertiginosa y, en algunos casos, alarmante a los ojos de las autoridades eclesiásticas, por lo que en un principio la Iglesia encomendó a los obispos que periódicamente llevaran a cabo visitas a los pueblos y comunidades más remotos de sus diócesis, verificando que los fieles cumpliesen con sus deberes religiosos como se esperaba. Era su obligación averiguar, buscar, indagar, descubrir, inquirir, de ahí el término inquisitor. Porque se pensaba que la herejía naturalmente se escondía y era preciso encontrarla, aunque hubiese que escudriñar en lo más profundo de los corazones.

Pero el celo de los obispos fue más bien débil. A veces se olvida que en aquellos tiempos no había carreteras pavimentadas, gps, ni luz eléctrica, ni siquiera existía el concepto de confort, de comodidad. La dificultad en los traslados, el peligro agazapado en los caminos asolados por ladrones, pícaros y criminales, las incomodidades propias del viaje —había que cargar con camas, sillas, cofres, ropa, cacerolas, vajillas, baúles, ropa, criados y acompañantes—; la indolencia y un largo etcétera impidieron que los obispos llevaran a cabo esa tarea con el tesón y el rigor que se requerían.

Posteriormente, hacia 1163, el papa Alejandro III envió legados papales —funcionarios nombrados expresamente por el pontífice—, cuya función era averiguar y sancionar las manifestaciones y comportamientos religiosos de los fieles y aplicar a los infractores las penas de rigor: la confiscación de bienes, la excomunión y el encarcelamiento, según la gravedad del caso; pero la misión de nueva cuenta fracasó.

En el siglo xiii surgieron dos órdenes mendicantes, cuyos fundadores —Francisco de Asís y Domingo de Guzmán— eran contemporáneos. Estas órdenes buscaban el regreso a los ideales del cristianismo primitivo: franciscanos y dominicos recorrían los caminos predicando el Evangelio y la pobreza de Cristo, sin ninguna atadura terrenal, sosteniéndose de limosnas.

Esto dio oportunidad para que el papado fundara tribunales permanentes que pudieran perseguir metódicamente las faltas a la fe y extirpar la herejía, pues santo Domingo de Guzmán había visto de cerca la herejía de los cátaros en su paso por Toulouse, Francia, y buscó, mediante la predicación, la pobreza, la mendicidad y la castidad, provocar el arrepentimiento en los herejes y su regreso a la verdadera fe.

Así, el poder inquisitorial recayó principalmente en los dominicos, llamados también “los perros de Dios”, Domini cane, en clara alusión a su función de guardianes y defensores de la pureza de la fe.

Se cree de forma errónea que fue España la que fundó el primer tribunal para combatir la herejía y el judaísmo. En realidad, fue en Francia, bajo el reinado de san Luis IX en el siglo xiii, donde se estableció un tribunal inquisitorial. El dominico Robert le Bougre es conocido como el primer inquisidor, cuya intemperancia y despiadada persecución de la herejía arrastraron a la muerte a cientos de personas.

Paulatinamente, se fueron estableciendo tribunales en otras regiones europeas, como Lombardía, cuyo inquisidor, también dominico, Pedro de Verona, fue asesinado; lo que le valió la canonización y el nombre de san Pedro Mártir, y fue nombrado patrono de los inquisidores. Posteriormente, se fundaría otro tribunal en Aragón, que todavía era un reino separado de Castilla. En el curso del siglo xiv también se fundarían tribunales inquisitoriales en las regiones que hoy conocemos como Alemania, Polonia, Portugal y Bohemia.

Por su parte, el imperio español era confesional. Es decir que religión y política estaban unidos de forma indisoluble. Y la Inquisición es una de las maniobras más contundentes del rey Fernando de Aragón para erigirse como el máximo tejedor de los hijos del poder, la mano que mece la cuna. Poco a poco, logra, mediante intrigas, negociaciones y amenazas, muy propias de ese monarca, hacerse con el control hasta conseguir que el tribunal inquisitorial le dé cuentas al rey y no al papado. De esta manera, los empleados del Tribunal del Santo Oficio eran burócratas imperiales, es decir, religiosos que debían obediencia al rey. No fue una maniobra menor porque de esa manera Fernando y sus sucesores lograban un control total sobre los territorios que formaban parte del imperio español.

Así, imperio y religión formaron un binomio indisociable en los años de mayor actividad de los tribunales inquisitoriales pertenecientes a la monarquía hispánica. El Santo Oficio fue una herramienta de control ideada por Fernando de Aragón desde el siglo xv gracias a la potestad que el papado había otorgado al monarca para designar a los inquisidores. El rey Fernando se erigió en el inquisidor mayor del mundo hispánico, sometiendo a su designio a los burócratas encargados de vigilar la pureza de la fe, de tal forma que el Santo Oficio se convirtió, desde finales del siglo xv, en un mecanismo de control unificador y uniformador de la moral y los comportamientos, aunque no actuara siempre de forma homogénea, y cuyos hilos fue tejiendo y jalando en su favor la monarquía hispánica con bastante éxito, al menos durante el reinado de Fernando y la dinastía Habsburgo.

II

UNA PELIGROSA GRIETA

En el siglo xvi, la religión cristiana sufrió un cisma que cambiaría para siempre la geopolítica y los comportamientos socioculturales de Europa y del resto del mundo. Pero ese cisma tendría consecuencias también en la forma de adoctrinar y cristianizar a los millones de indígenas que habitaban allende el océano, en el afán de perseguir cualquier intento de “contaminación” de aquellas sociedades.

En el seno mismo de la Iglesia, teólogos y religiosos —los únicos que tenían acceso directo al conocimiento, la lectura y la escritura— comenzaron a denunciar los abusos y la corrupción de la Iglesia. Las críticas a los privilegios, la riqueza y el olvido de los ideales del cristianismo primitivo, de parte de reformadores como John Wyclif en Inglaterra, Jan Hus en Praga, Girolamo Savonarola en Florencia y, posteriormente, Martín Lutero en Alemania y Juan Calvino en Francia, produjeron de forma irreversible un desgarre político y una fractura religiosa en Europa que cambiaría la configuración geopolítica y religiosa

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