1. De la teoría al misterio
Las conferencias y los ensayos son un formato que ya no me interesa en absoluto. La explicación materialista del hombre ha dejado paso a una angustia mística, que es lo que ahora mismo dirige mis pasos en el trabajo. He pasado de la teoría al misterio.
ANGÉLICA LIDDELL,
El sacrificio como acto poético
Cuando me ofrecieron escribir este libro pensé en mis tiempos de estudiante de Filosofía y en la ilusión que me habría hecho entonces la propuesta de publicar un ensayo. Luego me pregunté por qué había tenido que viajar al pasado para encontrar una motivación. Me daba escalofríos –y así se lo dije al editor– adoptar el rol del humorista que enciende una pipa y se pone serio. Pero, aparte de este remilgo, que tiene mucho que ver con la imagen que quiero proyectar de mí mismo, había algo más detrás de aquella reticencia. Una problemática más profunda que en realidad me ha acompañado siempre.
En mi época de estudiante, el clima intelectual estaba atravesado por la clásica rivalidad entre filósofos analíticos y continentales. Los primeros propugnan una praxis científica y los segundos desconfían de la lógica y apuestan por una aproximación humanista de corte europeo (de ahí lo de «continentales»). En la facultad había profesores de uno y otro bando, y luego estaban los curas de paisano, la mayoría del Opus Dei, que iban a su aire. Aunque fue la prosa inflamada de Nietzsche la que me sedujo y me animó a estudiar aquella carrera, pronto descubrí que los autores que iban por el buen camino eran los anglosajones. Lo tuve claro ya en el segundo curso: no iba a tomarme nunca en serio a los relativistas que negaban la posibilidad misma del conocimiento objetivo. Sin embargo, por mucho que intentara engañarme a mí mismo, nunca dejé de gozar en las clases sobre Heidegger, Derrida y otros posmodernos. Me asombraban aquellos argumentos sostenidos en el aire, me parecían pura poesía y me divertían mucho más que los catedráticos serios de Stanford, los únicos a los que respetaba. ¿Por qué demonios me atraía tanto algo en lo que ni siquiera creía? Llegué a preguntarle a mi mentor, el doctor Campos, si no era posible «salvar» a todos aquellos chalados valorando su obra desde el punto de vista del arte y la literatura. Reclamaba para ellos –y también para mí– un espacio digno, al margen de la filosofía seria, donde poder disfrutar leyendo, entre otros, a Lyotard. La respuesta de mi profesor fue un «no» rotundo. Aquellas chaladuras no tenían ni rigor intelectual ni valor estético. Fin de la cuestión.
La exigencia de hablar del humor en serio me obligaría a dejar entrar a la lógica analítica y académica en un terreno que hasta entonces había consagrado a mis impulsos creativos. El humor se había convertido, de algún modo, en mi reserva de misterio. Teorizar sobre una actividad que siempre me ha nacido de las entrañas se me antojaba forzado y artificioso. Los chistes me han asaltado a todas horas como chispazos, adelantándose muchas veces a mi pensamiento consciente, y me parecía de mal gusto atraparlos racionalmente para luego disecarlos. Jesse David Fox, en Comedy Book, critica que los humoristas seamos tan reacios a articular un discurso serio sobre nuestra actividad
